Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas. X.
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Más escenas de la vida íntima.




--i--.


Saliendo por los corredores, decía Guillermina a su amiga: «Eres una inocentona... tú no sabes tratar con esta gente. Déjame a mí, y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo. Yo me entiendo. Si ese bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. ¿Qué pensabas tú ofrecerle? ¿Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la diferencia es para mi obra».

Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los dos patios. A Juanín, por más que Jacinta y Rafaela se desojaban buscándole, no le vieron por ninguna parte.

Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta los medios de su propia reparación. A poco de levantarse tuvo que volverse a la cama, quejándose de molestias y dolores puramente ilusorios. Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación. Pasó la noche intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la mañana del 23, por lo que pudo Jacinta dar otro salto, acompañada de Rafaela, a la calle de Mira el Río. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvió muy triste a su casa. No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo. Díjole Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo parlamento con el _endivido_, quien tenía al chico montado en el hombro, ensayándose sin duda para _hacer_ el San Cristóbal. Lo único que sacó Jacinta en limpio de la excursión de aquel día fue un nuevo testimonio de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y mujeres la rodeaban y poco faltó para que la llevaran en volandas. Oyose una voz que gritaba: «¡viva la simpatía!» y le echaron coplas de gusto dudoso, pero de muy buena intención. Los de Ido llevaban la voz cantante en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. José tan elegante, con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi nuevo de color café. El primogénito de los _claques_ fue objeto de una serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de hacer el _higuí_ en los Carnavales.

Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar. Era como una idolatría el cariño de aquella chicuela. Quedábase estática y lela delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que sentía era dar de cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un hueco. Ver partir a _doña_ Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón. Aquel día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un garbanzo; más grande todavía, del tamaño de una avellana.

Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si Guillermina había hecho algo. Llamola por el balcón; pero la fundadora no estaba. Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.

Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D. Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer que hay agraciados.

Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor ni frío. Todos los años compraba un billete entero, por rutina o vicio, quizás por obligación, como se toma la cédula de vecindad u otro documento que acredite la condición de español neto, sin que nunca sacase más que fruslerías, algún reintegro o premios muy pequeños. Aquel año le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Había dado, como siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos duros se repartían entre la multitud de personas de diferente posición y fortuna; pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres pellizcaban algo. Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le oía como se oye a los niños del Colegio de San Ildefonso que sacan y cantan los números en el acto de la extracción.

«_Los Chicos_ jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales.
Villalonga un décimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad».

Pepe Samaniego apareció en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegría y empezó a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados.

«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio décimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta».

«El carbonero, ¿a ver el carbonero?» dijo Barbarita que se interesaba por los jugadores de la última escala lotérica.

--El carbonero echó diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera, veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos cincuenta reales.

--¡Qué miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética.

Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta, llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada!

Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que el caso requería.

«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado. No puede disimular su pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la cara la hiel que está tragando».

--Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordarás que estuvo con el medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su avaricia pudo más que la ambición, y dijo: «Para lo que yo me he de sacar, más vale que emplee mi escudito en anises...». ¡Toma anises!

--¡Pobrecillo!... ponlo en la lista.

Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad. Aquella infracción de la aritmética parecíale una cosa muy grave.

«Ponlo, hombre, ¿qué más te da? Que estén todos contentos...».

Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz: «Rossini, diez reales: le tocan mil doscientos cincuenta».

Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedándose él tan parado y suspenso, que creyó que le tomaban el pelo.

«No, si yo no...». Pero Barbarita le echó unas miradas que le cortaron el hilo de su discurso. Cuando la señora miraba de aquel modo no había más remedio que callarse.

«¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido--dijo D. Baldomero a su nuera--, que hasta se saca la lotería sin jugar!».

--Plácido--gritó Jacinta riéndose con mucha gana--, es el que nos ha traído la suerte.

--Pero si yo...--murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de contrabando.

--Pero tonto... cómo tendrás esa cabeza--dijo Barbarita con mucho fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la lotería.

--Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda, _talmente_, así un poco ida...

Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado el escudo.

«¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos...!--manifestó D. Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la corazonada».

--Como bonito...--agregó Estupiñá--, no hay duda que lo es.

--Si tenía que salir, eso bien lo veía yo--afirmó Samaniego con esa convicción que es resultado del gozo--. ¡Tres _cuatros_ seguidos, después un _cero_, y acabar con un _ocho_...! Tenía que salir.

El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita prohibió todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a Eulalia Muñoz y a uno de los _Chicos_, Ricardo Santa Cruz mandó destapar media docena de botellas de _champagne_.

Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el milagro del premio de Estupiñá. Lo que se rió con esto no hay para qué decirlo. La prisión en que tan a disgusto estaba volvíale pronto a su mal humor y poniéndose muy regañón decía a su mujer:. «Eso, eso, déjame solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. ¡La lotería!, ¡qué atraso tan grande! Es de las cosas que debieran suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la lotería no puede haber prosperidad pública... ¿Qué?, te marchas otra vez. ¡Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, ¿qué demonios tienes tú que hacer por esas calles toda la mañana? A ver, explícame, quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días».

Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos, velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria.

«Pues entonces--replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas--, yo quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa Cruz... A ver, que me expliquen esto...».

La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento para mi obra... Si no, Dios y San José les amargarán el premio».

--El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D. Baldomero--. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.

--¡Hereje!...--replicó la dama haciéndose la enfadada--, herejote... después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento... Y punto en boca.
Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.

--No, hija mía; por mí te lo daré todo... --Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las cosas, a fe mía... El ciento de _pintón_, que estaba la semana pasada a diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el _pardo_ a diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes... Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de _Champagne_.

«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!...
¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de Fraga. No te dejaré vivir».

Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído indiscreto.

«Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El _Pituso_ es tuyo.
He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será... ¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral.
Allá lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para mí, que bien me lo he sabido ganar... Con que mañana, yo iré después de medio día; ve tú también con los santos cuartos.

Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al _Pituso_ a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las facciones del pobre niño las de...? Al interés dramático de este lance sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba, producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble podía producirse esta pasión.




--ii--.


Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los ánimos estaban más serenos. «Ahora--dijo la mamá--, han pegado la hebra con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había aceptado la diputación que le ofrecieron...

Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en... --No dijo eso--saltó Juanito, suspendiendo la bebida.

--Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.

--Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos.

--Pero hijo, si lo he oído yo.

--Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.

--¿Pues qué? --El marqués no pudo decir _meterse_... yo pongo mi cabeza a que dijo _inmiscuirse_... Si sabré yo cómo hablan las personas finas.

Barbarita soltó la carcajada.

--Pues sí... tienes razón, así, así fue... que no quería _inmiscuirse_... --¿Lo ves?... Jacinta. --¿Qué quieres, niño mimoso?

--Mándale un recado a Aparisi. Que venga al momento.

--¿Para qué? ¿Sabes la hora que es?

--En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto.

--¿Pero a qué? --¡Ahí es nada! ¿Crees que va a dejar pasar eso de _inmiscuirse_? Yo quiero saber cómo se sacude esa mosca... Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama.
Guillermina había salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se fueron marchando los demás. Antes de las doce, todo estaba en silencio, y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara. Este parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso. No había transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a hablar de una manera algo descompuesta. Creyó Jacinta que deliraba, y se incorporó en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de impertinencia. Procuró calmarle con palabras cariñosas; pero él no se daba a partido. «¿Quieres que llame?».--«No; es tarde, y no quiero alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueño. Ya se ve; todo el día en este pozo del aburrimiento. Las sábanas arden y mi cuerpo está frío».

Jacinta se echó la bata, y corrió a sentarse al borde del lecho de su marido. Pareciole que tenía algo de calentura. Lo peor era que sacaba los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apuró todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se durmiera. Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia cuando estaba desvelado. ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía, si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situación oyó claramente la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa. En la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.

Y cuando pasaba un rato largo sin que él se moviera, Jacinta se entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro saca las monedas, cuando nadie le ve, y se ponía a contarlas y a examinarlas y a mirar si entre ellas había alguna falsa. De repente acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma se estremecía con el placer de su pueril venganza. El _Pituso_ se le metía al instante entre ceja y ceja. ¡Le estaba viendo! La contemplación ideal de lo que aquellas facciones tenían de desconocido, el trasunto de las facciones de la madre, era lo que más trastornaba a Jacinta, enturbiando su piadosa alegría. Entonces sentía las cosquillas, pues no merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de turbarle el sueño. Si creía notar que se estremecía con escalofríos, apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor posible. Cuando él gemía o respiraba muy fuerte, le arrullaba dándole suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella obligación, siempre que quería saber si sudaba o no, acercaba su nariz o su mejilla a la frente de él.

Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el espacio de dos o tres narices. «¡Qué bien me encuentro ahora!--le dijo con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah!
La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo.
¡Qué buena eres!».

--¿Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A ver dime a dónde fuiste esta mañana.

--A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.

--Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?

Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy chusco.

«¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».

--Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo lo quieren saber.

--Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras... --Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede ser. Tú no has ido a compras.

--Que sí. --¿Y qué has comprado?

--Tela. --¿Para camisas mías? Si tengo... creo que son veintisiete docenas.

--Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.

--¡Chiquititas! --Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy monos.

--¡A mí, baberos a mí!

--Sí, tonto; por si se te cae la baba.

--¡Jacinta! --Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.

--¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.

--¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.

--Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!

--Que es verdad. --Pero. --¿Te lo digo? Di si te lo digo.

Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía una sola, saltando de boca a boca.

--¡Qué pesadez!... di pronto... --Pues allá va... Voy a tener un niño.

--¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.

--Eh, formalidad. Si te destapas me callo.

--Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco... ¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe?

--No, no lo sabe nadie todavía.

--Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.

--Tonto... loco... estate quieto o te pego.

--Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa tuya? Sí, te lo conozco en los ojos.

--Si no te estás quieto, no te digo más... --Bueno, pues me estaré quieto... Pero responde, ¿es presunción tuya o...?

--Es certeza. --¿Estás segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y le sintiera correr por los pasillos... ¡Es más salado, más pillín...!, bonito como un ángel, y tan granuja como su papá.

--¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes que es varón, y que es tan granuja como yo.

La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro, que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este sudaba por los poros de las sienes de su mujer.

«¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado!» añadió con incredulidad.

--¿Te alegras? --¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?

--Pronto. --¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco?

--Más pronto. --¿Dentro de tres?

--Más prontísimo... está al caer, al caer.

--¡Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Con que fuera de cuenta? Pues nada, no se te conoce.

--Porque lo disimulo. --Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú, con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La Correspondencia_.

--Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te convencerás.

--¿Pero a quién he de ver?

--Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma.

--Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan guardado hasta ahora.

Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación acalorada podía hacerle daño.

«Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irás convenciendo».

--_Güeno_ --replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un niño a quien arrullan.

--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres?

--Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo aprietas!

--Si me engañas te cojo y... así, así... --¡Ay! --Te deshago como un bizcocho. --¡Qué gusto! --Y ahora, a _mimir_... Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de hombre: «¿Pero de veras que vas a tener un chico?...».

--_Chí_... y a _mimir_... _ro_... _ro_... Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en la espalda.

«¡Qué gusto ser _bebé_!--murmuró el Delfín--, ¡sentirse en los brazos de la mamá, recibir el calor de su aliento y...!».

Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un tierno infante en edad de lactancia, chilló así: --Mama... mama... --¿Qué? --Teta. Jacinta sofocó una carcajada.

--_Ahola_ no... teta caca... cosa fea... Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el tiempo y de expresar su cariño.

--Toma teta--díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.

--¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!

--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!

--Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!...

--¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!

--Me parece que de esta me duermo, vida.

--Y yo también, corazón.

Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.




---iii--.


24 de Diciembre.

Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su suegra el lío que entre manos traía. Pidiole perdón por no haberle confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín. «¿Pero tú sabes lo grave que es eso?... así, sin más ni más... un hijo llovido. ¿Y qué pruebas hay de que sea tal hijo?... ¿No será que te han querido estafar? ¿Y crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?... Porque todo eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela...».

La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le dijo con frialdad: «No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y escóndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Diré a tu marido que Benigna está enferma y has ido a visitarla». Después de esta conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que Juan y D. Baldomero lo supieran. «Veremos cómo lo toman» añadió dando un gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al _Pituso_ como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que ella.

Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres, y algunas chucherías, entre ellas la sortija que la señorita había prometido a Adoración. Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana por Rafaela en los bazares de _Liquidación por saldo, a real y medio la pieza_, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricación de esta soberbia piedra había sido empleado el casco más valioso de un fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio, viéronse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quién cogía la peseta, quién el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana, que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que recibían. A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche.
Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no habían podido traer más que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los almireces. Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: «¡Aire, aire, a la plaza!». Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda.
Había quien preparaba su banquete con un _hocico con carrilleras_, una libra de _tapa del cencerro_, u otras despreciadas partes de la res vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios aún peores. Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen cuidado de que la vieran. Pero ningún habitante de aquellas regiones de miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales.
Aun las pequeñas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de _doña_ Jacinta, los habrían cambiado por aquella monstruosa y relumbrante piedra. La poseedora de ella, después que recorrió ambos corredores enseñándola, se pegó otra vez a la señorita, frotándose el lomo contra ella como los gatos.

«No me olvidaré de ti, Adoración» le dijo la señorita, que con esta frase parecía anunciar que no volvería pronto.

En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la voz para hacerse oír. Cuando a los tamborazos se unía el estrépito de las latas de petróleo, parecía que se desplomaban las frágiles casas. En los breves momentos que la tocata cesaba, oíase el canto de un mirlo silbando la frase del himno de Riego, lo único que del tal himno queda ya. En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical, como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las uñas de sus notas. Eran una polka y un andante patético, enzarzados como dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que vendía higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa de los chicos, y el ladrar de los perros pusiéronle a Jacinta la cabeza como una grillera.

Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina, impaciente por su tardanza. Izquierdo y el _Pituso_ estaban también; el primero fingiéndose muy apenado de la separación del chico. Ya la fundadora había entregado el _triste estipendio_.

«Vaya, abreviemos» dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como asustado.

--¿Quieres venirte conmigo? --_Mela pa ti_... --replicó el _Pituso_ con brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia.

Las tres mujeres se rieron mucho también de aquella salida tan fina, e Izquierdo, rascándose la noble frente, dijo así:.

«La señorita... a cuenta que ahora le enseñará a no soltar exprisiones».

--Buena falta le hace... En fin, vámonos.

Juanín hizo alguna resistencia; pero al fin se dejó llevar, seducido con la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas para que se las comiera todas.

«Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está pintando ahora un magnífico _Buen Ladrón_. Vaya... quédese con Dios».

Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de Diciembre son tan cortos los días, cuando salieron de la casa ya se echaba la noche encima. El frío era intenso, penetrante y traicionero como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían escalofríos. En la calle del Bastero se insurreccionó el _Pituso_. Su bellísima frente ceñuda indicaba esta idea: «¿Pero a dónde me llevan estas tías?». Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _«Pae Pepe...»._ --¿Qué te importa a ti tu papá Pepe? ¿Quieres un rabel? Di lo que quieres.

--_Quelo citunas_ --replicó alargando la jeta--. No, _citunas_ no; un pez.

--¿Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mamá, que estaba nerviosísima, sintiendo toda aquella vibración glacial de las estrellas dentro de su alma.

En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y también allí se engarfiñaron las dos piezas, una tonadilla de la _Mascota_ y la sinfonía de _Semíramis_. Estuvieron batiéndose con ferocidad, a distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios sonidos. Al fin venció _Semíramis_, que resonaba orgullosa marcando sus nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.

Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres algún comistrajo recién comprado;. los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran.
En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta:.
«¡Al vivo de hoy, al vivito!»... Enorme farolón con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con poéticas inscripciones que decían: el _Diluvio en mazapán, o Turrón del Paraíso_ _ terrenal_... Más allá _Mantecadas de Astorga bendecidas por Su Santidad Pío IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía: _Turrón higiénico_. Con que ya lo veía el público... El otro turrón sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era _higiénico_.

--_Quelo_ un pez... --gruñó el _Pituso_ frotándose con mal humor los ojos.

--Mira--le decía Rafaela--, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.

--_Pae Pepe_... --repitió el chico llorando.

--¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho.

Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando a cada instante con la gente que la invadía.

«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!--le decía Jacinta para calmarle--¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de mazapán, para que te lo comas entero».

--_¡Gande, gande!_ A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de los brazos, diciendo: «Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se ha dicho...».

El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza.

«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué gordo está el tunante!, parece mentira...».

--_Quelo un batón_... ¡hostia!

--¿Un bastón?... también te lo compramos, hijo, si te estás calladito... A ver, dónde encontraremos bastones ahora... --Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.

De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al _Pituso_ le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que contenía... ¡mil onzas!




--iv--.


Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de Banco, sujetos con un elástico. Otro contaba sobre una mesa pesetas gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas.
Manejaban el _género_ con absoluta indiferencia, cual si los sacos de monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía nerviosa.

Ramón Villuendas no estaba; pero Benigna bajó al momento, y lo primero que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que su hermana le traía.

«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada.

--La verdad, hija... no sé qué te diga... --Es el vivo retrato--afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.

--Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros».

En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró sonriendo.

«Son falsas... tienen hoja».

--Usted sí que tiene hoja --replicó la santa con gracia, y los demás se reían--. Una peseta de premio por cada una.

--¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.

--Lo que merecéis, publicanos.

Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los billetes del cambio.

«Vaya... para que no diga...».

--Gracias... Ya sabía yo que usted... --A ver, doña Guillermina, espere un ratito--añadió Ramón--. ¿Es cierto lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la suscrición para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo para que busque cuartos?

--El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ahí les queda ese caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se le ablande la mugre.

Ramón miró al _Pituso_. Su semblante no expresaba tampoco una convicción muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido por consideración a su querida hermana, habría dicho del _Pituso_ lo que de las monedas que no sonaban bien: _Es falso_, o por lo menos, _tiene hoja_.

«Lo primero es que le lavemos».

--No se va a dejar--indicó Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua.
Vamos, arriba.

Subiéronle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que vestía y trajeron un gran barreño de agua. Jacinta mojaba sus dedos en ella diciendo con temor: «¿estará muy fría?, ¿estará muy caliente?
¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!». Benigna no se andaba en tantos reparos, y ¡pataplum!, le zambulló dentro, sujetándole brazos y piernas.
¡Cristo! Los chillidos del _Pituso_ se oían desde la Plaza Mayor.
Enjabonáronle y restregáronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso de sus berridos como si fueran expresiones de alegría. Sólo Jacinta, más piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos, cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante exclamaciones de admiración. «¡Es un niño Jesús... es una divinidad este muñeco!».

Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor propio y la presunción acallaban su displicencia.

«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?».

El _Pituso_ abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la medida aproximada de su gana de comer.

«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás... Vas a comer cosas ricas...».

--¡Patata!--gritó con ardor famélico.

--¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra... --¡Patata, hostia! --repitió él pataleando.

--Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.

Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.

Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera manifestación que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la propiedad colectiva consistió en meter mano a las velas de colores. Una de las niñas llevó tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos chillidos tan fuertes que por poco se arma allí la de San Quintín.

«¡Ay Dios mío! --exclamó Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este salvajito...».

--Yo le compraré a él muchas velas--afirmó Jacinta--. ¿Verdad, hijo, que tú quieres velas?

Lo que él quería principalmente era que le llenaran la barriga, porque volvió a dar aquellos bostezos que partían el alma. «A comer, a comer» dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llevó por delante como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los niños, porque los papás cenarían aquella noche en casa del tío Cayetano.

Jacinta se había olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no supo apreciar el tiempo mientras duró la operación de lavar y vestir al _Pituso_. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, púsose precipitadamente el manto, y se despidió del _Pituso_, a quien dio muchos besos. «¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo.
Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para echarse a llorar.

Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24? Veámoslo.
Desde que entró en San Ginés, corrió hacia ella Estupiñá como perro de presa que embiste, y le dijo frotándose las manos: «Llegaron las ostras gallegas. ¡Buen susto me ha dado el salmón! Anoche no he dormido. Pero con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy».

Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con devoción, yo no lo creo. Es más; se puede asegurar que ni cuando el sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax. El pensamiento se le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareció larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza, que se _menease_ más. Por fin salieron la señora y su amigo. Él se esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. «Se me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia--, que los pavos de la _escalerilla_ no están todo lo bien cebados que debíamos suponer. Al salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi parecer es que se los compremos a González. Los capones de este son muy ricos... También les tomé el peso. En fin, usted lo verá».

Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la baqueta. Echábaselas él de tener un pulso tan fino para apreciar el peso, que ni un adarme se le escapaba. Después de dejarse allí bastante dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir algunas culebras del legítimo mazapán de Labrador, y aún tuvieron tela para una hora más. «Lo que la señora debía haber hecho hoy--dijo Estupiñá sofocado, y fingiéndose más sofocado de lo que estaba--, es traerse una lista de cosas, y así no se nos olvidaba nada».

Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quería enterarse de cómo había pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando Jacinta reveló lo del _Pituso_ a su mamá política, quedándose esta tan sorprendida como poco entusiasmada, según antes se ha dicho. Sin cuidado ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller. Aún faltaban algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos de la familia. Del pensamiento de la gran señora no se apartaba lo que su nuera le había dicho. ¿Qué casta de nieto era aquel? Porque la cosa era grave... ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad? Virgen Santísima, ¡qué novedad tan estupenda! ¡Un nietecito por detrás de la Iglesia! ¡Ah!, las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo temía... Pero ¿y si todo era hechura de la imaginación exaltada de Jacinta y de su angelical corazón? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le había de contar todo a Baldomero.

Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana, y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los chicos de la parentela de Santa Cruz _surtidos de aquel artículo_.
Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para quién es este Belén, señora?».

La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio: «Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos?
¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.

Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos con que se había olvidado lo más importante. Llegada la noche, inquietó a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima, el vestido mojado y toda hecha una lástima,. se encerró un instante con ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad: «Hija, pareces loca... Vaya por dónde te ha dado... por traerme nietos a casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero tu calaverada; pero no me atreví... Ya debes suponer si la cosa me parece grave...».

Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar que allá se iban compras con compras y manías con manías. Y no paró aquí el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó helada a la infeliz Jacinta:. «Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto.
Pues bien: ¿no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?».

--¿Cómo lo ha de reclamar si lo abandonó?--contestó la otra sofocada, queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades.

--Sí, fíate de eso... Eres una inocente.

--Pues si lo reclama, no se lo daré--manifestó Jacinta con una resolución que tenía algo de fiereza--. Diré que es hijo mío, que le he parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben.

Exaltada y fuera de sí, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa, soltó la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita quiso ponerse seria; pero no pudo.

«No, tú eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no pienses locuras, y tranquilízate ahora, que mañana hablaremos».

--¡Ay, mamá!--dijo la nuera enterneciéndose--. ¡Si usted le viera...!

Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para marcharse, volvió junto a su nuera para decirle: «¿Pero se parece?...
¿Estás segura de que se parece?...».

--¿Quiere usted verlo?, sí o no.

--Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fío yo de un parecido que puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré creyendo que a donde debe ir tu _Pituso_ es a la Inclusa.




--v--.


¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la jurisdicción de la vigilia más rigurosa. Los pavos y capones eran para los días siguientes, y aquella noche cuanto se sirvió en la mesa pertenecía a los reinos de Neptuno. Sólo se sirvió carne a Juan, que estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festín de cardenales, con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar, todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.
Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado allí sus vástagos más diversos. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo.
Resultaba no sé qué irónica armonía de la conjunción aquella de los dos nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual Muñoz, dignísimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento, Aparisi el Municipio, Joaquín Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba muchas cosas a la vez:. la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de paño fino, ¿qué representaba? El comercio antiguo, sin duda, las tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizás _la religión de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel Moreno Isla no fue aquella noche; pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. También Barbarita tenía buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa, Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado y otro su perfil de cotorra.

Nada ocurrió en la cena digno de contarse. Todo fue alegría sin nubes, y buen apetito sin ninguna desazón. El pícaro del Delfín hacía beber a Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino muy divertido, y al fin consiguió con el _Champagne_ lo que con el Jerez no había conseguido. Aparisi, siempre que se ponía peneque, mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus _jumeras_ eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas, porque todo lo decía llorando. Allí brindó por _los héroes de Trafalgar_, por _los héroes del Callao_ y por otros muchos héroes marítimos; pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus papás y que olían muy mal. A Ruiz también le daba por el patriotismo y por los héroes; pero inclinándose a lo terrestre y empleando un cierto tono de fiereza. Allí sacó a Tetuán y a Zaragoza poniendo al extranjero como chupa de dómine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir está en África_, y que el Estrecho es un arroyo español. De repente levantose Estupiñá el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la expectación y solemnísimo silencio que precedieron a su breve discurso.
Conmovido y casi llorando, aunque no estaba _ajumao_, brindó por la noble compañía, por los nobles señores de la casa y por... aquí una pausa de emoción y una cariñosa mirada a Jacinta... y porque la noble familia tuviera pronto sucesión, como él esperaba... y sospechaba... y creía.

Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el Delfín, celebraron mucho la gracia. Después hubo gran tertulia en el salón; pero poco después de las doce se habían retirado todos. Durmió Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había hecho Juanín!... ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se reía al hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel, Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crímenes.
¡Arrancar la cabeza a las figuras!... Escondía el _Pituso_ la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz... La mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.

«Tiita, ¿no sabes? --decía Ramona riendo--. Se come las cáscaras de naranja...».

--¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.

Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.

«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba igualmente sucia.

--Tiita--le dijo Isabelita haciéndose la ofendida--.

Si vieras... No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para echárnosla por la cara... Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias, aunque con tono indulgente.

«Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre qué gentes se ha criado».

--Mejor... Así le domesticaremos.

--¡Qué palabrotas dice!... ¡Ramón se ha reído más...! No sabes la gracia que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque llamaba a su _Pae Pepe_ y se acordaba de la pocilga en que ha vivido... ¡Pobrecito! Esta mañana se me orinó en la sala. Llegué yo y me lo encontré con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antojó hacerlo sobre el _puff_... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar la sala, porque me destrozaba todo. ¿Has visto cómo ha puesto el nacimiento? A Ramón le hizo muchísima gracia... y salió a comprar más figuras; porque si no, ¿quién aguanta a esta patulea? No puedes figurarte la que se armó aquí anoche. Todos llorando en coro, y el otro cogiendo figuras y estrellándolas contra el suelo.

--¡Pobrecillo!--exclamó Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y a todos los demás, para evitar una tempestad de celos--. ¿Pero no veis que él se ha criado de otra manera que vosotros? Ya irá aprendiendo a ser fino. ¿Verdad, hijo mío? (Juan decía que sí con la cabeza y examinaba un pendiente de Jacinta)... Sí; pero no me arranques la oreja... Es preciso que todos seáis buenos amiguitos, y que os llevéis como hermanos. ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?...
¿Verdad que no? Vaya, él es formal. Ramoncita, tú que eres la mayor, enséñale en vez de reñirle.

--Es muy fresco: también se quería comer una vela--dijo Ramoncita implacable.

--Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veréis qué pronto aprende él todas las cosas... Si creeréis que no tiene talento.

--No hay medio de hacerle comer más que con las manos--apuntó Benigna riendo.

--Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto él un tenedor... Pero ya aprenderá... ¿No observas lo listo que es?

Villuendas entró con las figuras.

«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina».

Mirábalas el _Pituso_ sonriendo con malicia, y los demás niños se apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella mientras en la casa estaba...

Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia.

Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas, estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma. Verdad que era hijo de otra. Pero esta idea, que se interponía entre su dicha y Juanín, iba perdiendo gradualmente su valor. ¿Qué le importaba que fuera hijo de otra? Esa otra quizá había muerto, y si vivía lo mismo daba, porque le había abandonado. Bastábale a Jacinta que fuera hijo de su marido para quererle ciegamente. ¿No quería Benigna a los hijos de la primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quería a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas. ¡Y no había más que hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitación de su cariño, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. «Con ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar.
Ella lo arreglará, y se hará un documento en toda regla... Seremos falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude».

Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese porquerías. Apenas se vio Juanín en el suelo, agarró el bastón de Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más alarmante. Villuendas se reía sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!».

Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.

«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle.

Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo su movimiento de ataque.

«Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de veras... Ya, ya le educaré yo como es debido».

Lo más particular fue que cuando se despidió, el _Pituso_ quería irse con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?, ¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo, no le quiero yo...».




--vi--.


No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo que has obrado muy de ligero...».

Cuando entró en la casa y vio al _Pituso_, la severidad, lejos de disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así: «¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».

Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el _Pituso_ no pudo menos de protestar con un chillido.

«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un beso a tu abuelita».

--¿Se parece?--preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se le caía la baba, como vulgarmente se dice.

--¡Que si se parece! --observó Barbarita tragándole con los ojos--.
Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenía cuatro años.

Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...--agregó la señora examinando más las facciones del chico--, bien se le conoce en este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».

Y vuelta a abrazarle y a darle besos.

«Pues nada, hija --añadió después con resolución--, a casa con él».

Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero clavado...».

--¡Y usted que dudaba! --Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro.
¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que hacía compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.

--Bien sabía yo que usted cuando le viera... --¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!--exclamó Barbarita en tono de consternación--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un vestidito de marinero con su gorra en que diga: _Numancia_. ¡Qué bien le estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el camello del Rey negro. Bien, vida mía, bien roto está. Ya le compraré yo a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos los colores.

Jacinta tenía ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juanín.
Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!» clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se había quitado su propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito... Luego se había subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la lámpara... «¡Ay, qué rico!».

«¡Cuidado que es desgracia!--repitió la señora de Santa Cruz dando un gran suspiro--, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ángel, ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo».

--Ya lo creo...--indicó Jacinta con orgullo--. Pero no; él es bueno ¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?

Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos maridos.

Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de Barbarita no tenían nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú, probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que dice Juan».

Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la alcoba por ver si pescaban alguna sílaba de lo que el padre y el hijo hablaban. Pero no se percibía nada. La conversación era sosegada, y a veces parecía que Juan se reía. Pero estaba de Dios que no pudieran salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del cuarto de su hijo, he aquí que se presentan en el despacho Villalonga y Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el cuarto del Delfín. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que su marido le echó.

Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la demencia de _los castillos_; estaba haciendo averiguaciones sobre todos los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese país es un asombro». Luego resultaba que la tal _riqueza_ era de muros despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...».
Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la Corte Celestial. «Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le estaba haciendo daño el almuerzo--. Me gustaría de veras si sirviera para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».

Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más sustancia.

«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...».

--Es escandaloso... ¡Pobre país!...

Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada; pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?».

Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en la cuenta. Después la conversación recayó en la política. Jacinta estaba desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal negocio, hija, mal negocio».

Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.

Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento.
¡Solos en la alcoba! Al fin... Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:.

«Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo».

--Por Dios, no me digas eso --murmuró Jacinta, después de una pausa en que quiso hablar y no pudo.

--Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--añadió el Delfín muy cariñoso--. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su composicioncita.

Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir: «Ese José Izquierdo...».

--Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto; pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un novelista que se alimenta con judías.

--El pobre Ido es incapaz... --De engañar a sabiendas, eso sí. Pero no te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser suya. La concebiría como sospecha, como inspiración artístico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquí hay un negocio». Lo que es a _Platón_ no se le ocurre; de eso estoy seguro.

Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance. «Juanín es tu hijo, no me lo niegues» replicó llorando.

--Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mío!, ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que tendría el mío si viviese.

--¡Si viviese! --Si viviese... sí... Ya ves cómo te canto claro. Esto quiere decir que no vive.

--No me has hablado nunca de eso --declaró severamente Jacinta--. Lo último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver, ¿fue esto lo que me dijiste?

--Sí, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no había para qué.
Cuando ocurrió, hacía ya un año que estábamos casados; vivíamos en la mejor armonía... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa.
Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para mí. Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sí puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mía, nos acostaremos, dormiremos y mañana... --vii--.


«No, no, no--gritó Jacinta más bien airada que impaciente--. Ahora mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».

--Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfín, disponiéndose a hacerlo--. Si creerás tú que te voy a revelar algo que pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por la _plancha_, hija. Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por la tierra sin dar un traspié a cada paso.

Se había acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a Juanín, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo arrancado de sí por una prueba, por un argumento en que intervenía la aborrecida mujer aquella cuyo nombre quería olvidar. Lo más particular era que seguía queriendo al _Pituso_, y que su cariño y su amor propio se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonaría ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la tuvieran por loca y ridícula.

«Y ahora--siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas--, despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije fue...».

--Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.

--¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta.

--¿Yo? --Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo mi sombrero y a la calle.

--¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!...--observó Jacinta, sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.

--Es decir, hacía que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe... «Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la resurrección de una cosa que creía muerta y desaparecida para siempre.
«¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decía también: «De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz había venido a Madrid con su hijo, con el mío: ¿por qué no decirlo claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era natural: a mí. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mí... pues sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decía al verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro, yo habría llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si le hubiéramos salvado.

Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.

«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.

--Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabías nada.

--Y... --Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que había en la tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo que son las casualidades, me encontré a mamá... Díjome: «¡Qué pálido estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado hoy la pierna». En efecto, le habían cortado la pierna, a consecuencia de la caída del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrían sobrevenido mil disgustos, celos y cuestiones?

--Quizás no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Según lo que venga detrás. ¿Qué pasó después?

--Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo, yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentía era compasión por sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer!
Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mía... Bueno, pues sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias, pretendía una plaza de contador de la depositaría de un pueblo.
¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero. La pobre Fortunata no me decía nada. Aquel bestia no le permitía que me viera y hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del suelo los ojos; tan aterrorizada la tenía. Una noche, según me contó la patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me había mirado. Así lo decía él... Me puedes creer, como esta es noche, que Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se había desmejorado mucho de físico, y en lo espiritual no había ganado nada. Estaba flaca, sucia, vestía de pingos que olían mal, y la pobreza, la vida de perros y la compañía de aquel salvaje habíanle quitado gran parte de sus atractivos.
A los tres días se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera, y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye, puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habían de ir inmediatamente. Y aquí paz y después gloria. Y se acabó mi cuento, niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel respetable tronco, lo que me llena de contento.

Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decía más que «¡Pobre _Pituso_, pobre Juanín!». De repente una idea hirió su mente como un latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la convicción última que se revolvía furiosa en las agonías del vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de _plancha_, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más. «Todo lo que has dicho será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y el parecido?».

Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.

«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere el que los mira. Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujería en ello».

Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan recomendada, y... la verdad... el parecido subsistía... aunque un poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento.

«Tu mamá también le encontró un gran parecido».

--Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín.
También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela, no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso es falso, como novela es cursi. Si no, fíjate en las personas que te han ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José Izquierdo, un loco de la clase de cabellerías; Guillermina, una loca santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada, se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rías; a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que no hay más remedio que atarlas.

Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin accedió a ello.

«Mañana--dijo ella--, irás conmigo a verle».

--A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo!

--Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no querrías verle?

--Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podría, que este encierro me va cargando ya.

Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También pensó mucho en el _Pituso_. «Se me figura que ahora le quiero más.
¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión?
No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando se ríe... aquel entrecejo...». Y así estuvo hasta muy tarde.

El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna demostración de cariño paternal.

«Hola, barbián--dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas manos--. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te apures, mujer, ya vendrá el verdadero _Pituso_, el legítimo, de los propios cosecheros o de la propia tía Javiera».

Benigna y Ramón miraban a Jacinta.

«Vamos a ver--prosiguió el otro constituyéndose en tribunal--. Vengan ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de juicio, si este chico se parece a mí».

Silencio. Lo rompió Benigna para decir: «Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido».

--¿Y tú?--preguntó Juan a Ramón.

--Yo... pues digo lo mismo que Benigna.

Jacinta no sabía disimular su turbación.

«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».

--¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien salir. Su padre fue primero empleado en el _gas_; después punto figurado en la casa de juego del _pulpitillo_.

--¡Punto figurado! ¿Y qué es eso?

--¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe de estar ahora tomando aires en Ceuta.

--Eso, eso no--indicó Jacinta con rabia--. ¿También quieres tú infamar a mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?

Todos se echaron a reír. Consolábase ella de su desairada situación besándole y diciendo: «Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo mande. Es mío».

--Como que te ha costado tu dinero.




--viii--.


El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor, como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que no _debía darle tan fuerte_.

«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa».

--¿Estás loca? --insinuó el Delfín con severidad.

--No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discreción... No digo yo tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien recomendado, no lo pasaría mal.

--¡En el Hospicio! --exclamó Jacinta con la cara muy encendida--, ¡para que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas bazofias...!

--¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que así se toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo.

Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.

«Pero si yo también le quiero proteger--afirmó Juan apreciando los sentimientos de su mujer y disculpando su exageración--. Ha sido una suerte para él haber caído en nuestras manos librándose de las de Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad, Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en la tontería de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo, ¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como mi mujer, se llevara a la práctica, la vida sería imposible, absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonía del mundo, ¡pues bueno estaría!... a la armonía del mundo, que es... para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones, admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido, ¿sí o no?

--Así, así --replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las paradojas de su marido. Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios independientes que la modestia y la subordinación no le permitían manifestar. No habían transcurrido diez segundos después de aquel _así, así_, cuando se oyó una gran chillería. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué había de ser sino alguna barbaridad de Juanín! Así lo comprendió Benigna, corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venía.

--¡Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramón Villuendas se despedía para bajar al escritorio. Jacinta corrió al comedor y a poco volvió aterrada.

«¿No sabes lo que ha hecho? Había en el comedor una bandeja de arroz con leche. Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con leche a puñados... así, así, y después de hartarse, lo tira por el suelo y se limpia las manos en las cortinas».

Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar...
¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después reíros y armar estos alborotos?».

--Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. ¡Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche!

Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.

«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» díjoles la tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado.

«Tú le tienes que lavar --manifestó Benigna, sin cejar en su cólera--, tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!».

--Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.

--Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos... Y nada más.

--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.

Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.

«Bien, bien por los hombres bravos--gritó Juan en presencia de la fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho».

--Te voy a matar, pillo--le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante él y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... verás que jabonadura te vas a llevar.

Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los brazos para contarle las grandes cochinadas que hacía el bruto de Juanín. No sólo se comía las velas, sino que lamía los platos, y _dimpués_... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le reprendía, le enseñaba la lengua, diciendo _hostias_ y otras _isprisiones_ feas, y _dimpués_... hacía una cosa muy indecente, ¡vaya!, que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a reír y enseñar el culito.

Santa Cruz no podía permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo con la mayor severidad: «¿Tienes ahí un duro? No tengo suelto». Juan se apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz cayó de su burro.

«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes.
Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del dinero no hubiera suelto».

--Tomad--dijo Benigna a los niños--; vuestro tiito os convida a dulces.

--Para inocentadas--indicó Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi mujer.

--A mí no--replicó Benigna--. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de casa. Bastantes jaquecas me dan las mías.

Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más.
Ya decidirían.

Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras que Barbarita le dijo al oído:.

«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada, pero nada».

Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.

«Pero usted... ¡por la Virgen santísima! también...--atreviose a decir cuando el espanto se lo permitió--, también usted creyó...».

--Es que se me pegaron tus ilusiones --replicó la suegra esforzándose en disculpar su error--. Dice Juan que es manía; yo lo llamo ilusión, y las ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas.
Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mí y se pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos de imitación... Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquí. Baldomero no lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo.
Ven acá y verás el nacimiento que le compré.

Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el nacimiento, le dijo: «Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a las tiendas, y... aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul, a estilo inglés. Mira la gorra que dice _Numancia_. Este es un capricho que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el letrero en la frente, voy a tener un disgusto».

Jacinta oyó y vio esto con melancolía.

«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del arroz con leche.

--¡Ay, Dios mío, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una gran desgracia para todos que tú no nos _des_ algo.

A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se han clavado bien.

«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados.
Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, con los chicos a la pela».

--Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible tampoco tenerle aquí, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga pesada... --Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las gatas paridas, escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá.

--¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia y el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe entre ataúdes... Sí, está fresco.

--Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria--dijo Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle una camita. ¿A ti qué te parece?

Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales.
Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el próximo cortase el vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para echarle el siguiente sermón:.

«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará.

Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez, bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes...
Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no nos podremos aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas... Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero no vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de ninguna persona de la familia, porque parecería tapujo».

No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre político le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de expresar lo mucho y bueno que se le ocurría.

«Por consiguiente --prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera las dos manos--, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allí estará como en la gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe, quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás que no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido, bien abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí, estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina».

Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para oponerse a las razones de aquel excelente hombre.

«Sí; aquí donde me ves--agregó Santa Cruz con jovialidad--, yo también le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del contagio de vuestra manía de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara me lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo también me lo tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían tales pruebas, perdí la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel día haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni dejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y no chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en confianza, salí a la calle, me reía solo, y sin saber lo que me hacía, me metí en el Bazar de la Unión y...».

Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.

«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces... veinticuatro reales».

Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a encogerlo, haciendo _flin flan_ repetidas veces. Jacinta se reía y al propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».

--Nada, querida--declaró el buen señor acusándose francamente--. Que a mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me saliste con que lo del nieto era una novela, _flin flan_, me dio la idea de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se compró para él, _flin flan_, que la disfrute... ¿no os parece?

--A ver, dame acá--indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el pueril instrumento--. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios.
Dámelo... lo tocaré yo... _flin flan_... ¡Ay!, no sé qué tiene esto... ¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.

Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a llevárselo, _flin flan_...».
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-X-.
1 Translations, 0 Upvotes, Last Activity 4 months, 1 week ago
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Más escenas de la vida íntima.
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--i--.
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Déjame a mí, y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo.
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Yo me entiendo.
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¿Qué pensabas tú ofrecerle?
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¿Diez mil reales?
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No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo.
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Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar.
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Era como una idolatría el cariño de aquella chicuela.
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Llamola por el balcón; pero la fundadora no estaba.
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Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz.
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Es preciso que a uno le toque para creer que hay agraciados.
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Aquel año le tocaron doscientos cincuenta mil reales.
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«_Los Chicos_ jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales.
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Villalonga un décimo: veinticinco mil.
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Samaniego la mitad».
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«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales.
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Benignita, medio décimo: doce mil quinientos reales.
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Federico Ruiz, dos duros: cinco mil reales.
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Ahora viene toda la morralla.
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Deogracias, Rafaela y Blas han jugado diez reales cada uno.
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Les tocan mil doscientos cincuenta».
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A estas les tocan seiscientos cincuenta reales.
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--¡Qué miseria!
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--Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética.
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¡Y él no se había sacado nada!
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«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado.
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¡Toma anises!
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--¡Pobrecillo!...
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ponlo en la lista.
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Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad.
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Aquella infracción de la aritmética parecíale una cosa muy grave.
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«Ponlo, hombre, ¿qué más te da?
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Que estén todos contentos...».
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«No, si yo no...».
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En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la corazonada».
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--Como bonito...--agregó Estupiñá--, no hay duda que lo es.
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Tenía que salir.
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Lo que se rió con esto no hay para qué decirlo.
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¡La lotería!, ¡qué atraso tan grande!
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Con la lotería no puede haber prosperidad pública...
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¿Qué?, te marchas otra vez.
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¡Bonita manera de cuidar a un enfermo!
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A ver, explícame, quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días».
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Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada.
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Pero le fue preciso soltar una mentirijilla.
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Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.
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Si no, lo gastarás en botica.
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Con que elige.
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Estoy volada.
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«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote?
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¡Yo beber esas porquerías!...
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¿Cuándo cobras, mañana?
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Pues prepárate.
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Allí me tendrás como la maza de Fraga.
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No te dejaré vivir».
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«Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--.
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El _Pituso_ es tuyo.
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He cerrado el trato esta tarde.
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No puedes figurarte lo que bregué con aquel Iscariote.
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Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy blasfemo.
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Este documento no prueba nada.
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El chico será o no será... ¡quién lo sabe!
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Lo primero debió ser hablar del caso a tu marido.
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Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral.
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Allá lo veremos...
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Ya sabes, hija, el trato es trato.
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Me ha costado Dios y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo.
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Por fin se contenta con seis mil quinientos reales.
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Púsose Jacinta muy contenga.
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Había realizado su antojo; ya tenía su juguete.
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Pensó que nada debía decir por el pronto al Delfín.
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Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al verle.
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¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre?
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¿Reconocería en las facciones del pobre niño las de...?
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--ii--.
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«Ahora--dijo la mamá--, han pegado la hebra con la política.
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--Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.
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--Que no dijo eso, mamá.
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No alteres tú también la verdad de los textos.
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--Pero hijo, si lo he oído yo.
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--Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.
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--¿Pues qué?
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Barbarita soltó la carcajada.
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Jacinta.
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--¿Qué quieres, niño mimoso?
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--Mándale un recado a Aparisi.
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Que venga al momento.
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--¿Para qué?
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¿Sabes la hora que es?
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--En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto.
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--¿Pero a qué?
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--¡Ahí es nada!
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¿Crees que va a dejar pasar eso de _inmiscuirse_?
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Se me ha espantado el sueño.
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Ya se ve; todo el día en este pozo del aburrimiento.
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Las sábanas arden y mi cuerpo está frío».
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Pareciole que tenía algo de calentura.
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Lo peor era que sacaba los brazos y retiraba las mantas.
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No tardó Juan en aletargarse con la virtud de estos melindres.
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En la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.
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El _Pituso_ se le metía al instante entre ceja y ceja.
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¡Le estaba viendo!
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«¡Qué bien me encuentro ahora!--le dijo con dulzura--.
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Estoy sudando; ya no tengo frío.
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¿Y tú no duermes?
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¡Ah!
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La gran lotería es la que me ha tocada a mí.
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Tú eres mi premio gordo.
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¡Qué buena eres!».
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--¿Te duele la cabeza?
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--No me duele nada.
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Estoy bien; pero me he desvelado; no tengo sueño.
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Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo.
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A ver dime a dónde fuiste esta mañana.
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--A contar los frailes, que se ha perdido uno.
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--Respóndeme al derecho.
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¿A dónde fuiste?
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«¡Qué alegre está el tiempo!
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¿De qué te ríes?».
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--Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres!
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¡Virgen María!, todo lo quieren saber.
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--Claro, y tenemos derecho a ello.
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--No puede una salir a compras... --Dale con las tiendas.
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Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede ser.
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Tú no has ido a compras.
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--Que sí.
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--¿Y qué has comprado?
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--Tela.
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--¿Para camisas mías?
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Si tengo... creo que son veintisiete docenas.
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--Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.
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--¡Chiquititas!
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--Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy monos.
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--¡A mí, baberos a mí!
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unit 249
--Sí, tonto; por si se te cae la baba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 250
--¡Jacinta!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 251
--Anda... y se ríe el muy simple.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 252
¡Verás qué camisas!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 253
Sólo que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 254
--¿De veras que tú?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 255
A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 256
--¿Ves que seria me pongo?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 257
Es que me haces reír tú... Vaya, te hablaré con formalidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 258
Estoy haciendo un ajuar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 259
--Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 260
--Que es verdad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 261
--Pero.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 262
--¿Te lo digo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 263
Di si te lo digo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 264
Pasó un ratito en que se estuvieron mirando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 265
La sonrisa de ambos parecía una sola, saltando de boca a boca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 266
--¡Qué pesadez!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 267
di pronto... --Pues allá va... Voy a tener un niño.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 268
--¡Jacinta!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 269
¿Qué me cuentas?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 271
--Eh, formalidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 272
Si te destapas me callo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 274
Ya se lo habrías dicho hasta a los sordos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 275
Pero di, ¿y mamá lo sabe?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 276
--No, no lo sabe nadie todavía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 277
--Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 278
--Tonto... loco... estate quieto o te pego.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 279
unit 280
Sí, te lo conozco en los ojos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 282
--Es certeza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 283
--¿Estás segura?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 285
--¡Ave María Purísima, qué precocidad!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 286
unit 287
La Delfina no podía tener la risa.
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unit 290
--¿Te alegras?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 291
--¿Pues no me he de alegrar?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 293
Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 294
--Pronto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 295
--¿Dentro de seis meses?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 296
¿Dentro de cinco?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 297
--Más pronto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 298
--¿Dentro de tres?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 299
--Más prontísimo... está al caer, al caer.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 300
--¡Bah!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 301
Mira, esas bromas son impertinentes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 302
¿Con que fuera de cuenta?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 303
Pues nada, no se te conoce.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 304
--Porque lo disimulo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 305
--Sí; para disimular estás tú.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 307
--Pues te digo que ya no hay día seguro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 308
Nada, hombre, cuando le veas te convencerás.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 309
--¿Pero a quién he de ver?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 310
--Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 315
--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 316
¿Verdad que me quieres?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 317
--Más que a mi vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 318
Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 319
¡Cómo aprietas!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 320
--Si me engañas te cojo y... así, así... --¡Ay!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 321
--Te deshago como un bizcocho.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 322
--¡Qué gusto!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 328
--Teta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 329
Jacinta sofocó una carcajada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 331
Era un medio de entretener el tiempo y de expresar su cariño.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 333
--¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 334
--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 335
--Di qué temprano.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 337
¡Qué frío tendrá!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 338
--¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 339
--Me parece que de esta me duermo, vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 340
--Y yo también, corazón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 341
Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 342
---iii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 343
24 de Diciembre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 347
«¿Pero tú sabes lo grave que es eso?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 348
así, sin más ni más... un hijo llovido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 349
¿Y qué pruebas hay de que sea tal hijo?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 350
¿No será que te han querido estafar?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 351
¿Y crees tú que se parece realmente?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 352
¿No será ilusión tuya?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 354
La Delfina se descorazonó mucho.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 355
Esperaba una explosión de júbilo en su mamá política.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 356
Pero no fue así.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 358
Diré a tu marido que Benigna está enferma y has ido a visitarla».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 360
«Veremos cómo lo toman» añadió dando un gran suspiro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 361
Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 368
Quién cogía la peseta, quién el duro o el medio duro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 370
Otros no se daban por satisfechos con lo que recibían.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 371
A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 375
Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 386
unit 390
Ya la fundadora había entregado el _triste estipendio_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 391
unit 392
--¿Quieres venirte conmigo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 395
unit 396
--Buena falta le hace... En fin, vámonos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 399
Vaya... quédese con Dios».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 401
Rafaela llevaba en brazos el chico.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 404
En la calle del Bastero se insurreccionó el _Pituso_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 407
¿Quieres un rabel?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 408
Di lo que quieres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 409
--_Quelo citunas_ --replicó alargando la jeta--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 410
No, _citunas_ no; un pez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 411
--¿Un pez?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 429
¿Qué pondría?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 430
Porque decir que el género era muy bueno no significaba nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 433
unit 434
--Mira--le decía Rafaela--, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 435
--_Pae Pepe_... --repitió el chico llorando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 436
--¿Quieres una pandereta?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 437
sí, una pandereta grande, que suene mucho.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 439
unit 440
Le compraron también naranjas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 443
unit 445
Rafaela, que era una mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 447
El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 449
--_Quelo un batón_... ¡hostia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 450
--¿Un bastón?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 455
--iv--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 461
«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 464
«Pero me habéis de dar premio--les dijo--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 465
Tres reales por ciento.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 467
unit 468
«Son falsas... tienen hoja».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 470
Una peseta de premio por cada una.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 471
--¡Cómo va subiendo!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 472
Usted nos tira al degüello.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 473
--Lo que merecéis, publicanos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 475
«Vaya... para que no diga...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 476
--Gracias...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 481
Ramón miró al _Pituso_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 484
«Lo primero es que le lavemos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 485
--No se va a dejar--indicó Jacinta--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 486
Este no ha visto nunca el agua.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 487
Vamos, arriba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 490
¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 492
¡Cristo!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 493
Los chillidos del _Pituso_ se oían desde la Plaza Mayor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 499
«¡Es un niño Jesús... es una divinidad este muñeco!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 500
Después empezaron a vestirle.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 501
Una le ponía las medias, otra le entraba una camisa finísima.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 503
«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 505
«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 506
Verás... Vas a comer cosas ricas...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 507
--¡Patata!--gritó con ardor famélico.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 508
--¿Qué patatas, hombre?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 509
Mazapán, sopa de almendra... --¡Patata, hostia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 510
--repitió él pataleando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 511
--Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 512
Ya estaba vestido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 513
La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla usado toda su vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 517
Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 520
«¡Ay Dios mío!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 521
--exclamó Benigna--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 522
Vamos a tener un disgusto con este salvajito...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 523
--Yo le compraré a él muchas velas--afirmó Jacinta--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 524
¿Verdad, hijo, que tú quieres velas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 526
«A comer, a comer» dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 527
Y los llevó por delante como un hato de pavos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 531
«¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 533
Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 534
Veámoslo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 536
¡Buen susto me ha dado el salmón!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 537
Anoche no he dormido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 538
Pero con seguridad le tenemos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 539
Viene en el tren de hoy».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 543
Por fin salieron la señora y su amigo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 545
Se afanaba por todo, exagerando las dificultades.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 548
Los capones de este son muy ricos... También les tomé el peso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 549
En fin, usted lo verá».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 552
Después de dejarse allí bastante dinero, tiraron para otro lado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 559
¿Qué casta de nieto era aquel?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 560
Porque la cosa era grave... ¡Un hijo del Delfín!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 561
¿Sería verdad?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 562
Virgen Santísima, ¡qué novedad tan estupenda!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 563
¡Un nietecito por detrás de la Iglesia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 571
Que no lo vea nadie cuando entremos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 572
¿Qué significaban estos tapujos?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 573
¡Introducir un Belén cual si fuera matute!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 579
Ya debes suponer si la cosa me parece grave...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 582
«Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 585
--Sí, fíate de eso... Eres una inocente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 589
Barbarita quiso ponerse seria; pero no pudo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 591
--¡Ay, mamá!--dijo la nuera enterneciéndose--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 592
¡Si usted le viera...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 594
¿Estás segura de que se parece?...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 595
--¿Quiere usted verlo?, sí o no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 597
--v--.
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unit 601
Sólo se sirvió carne a Juan, que estaba ya mejor y pudo ir a la mesa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 610
Y Estupiñá, con su levita nueva de paño fino, ¿qué representaba?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 613
También Barbarita tenía buen ver.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 616
Nada ocurrió en la cena digno de contarse.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 617
Todo fue alegría sin nubes, y buen apetito sin ninguna desazón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 631
¡Vaya con lo que había hecho Juanín!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 632
¡Ahí era nada en gracia de Dios!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 634
¡Vaya una gracia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 635
Era un sinvergüenza, un desalmado, un asesino.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 638
Pero ¿dónde estaba el muy bribón?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 639
Jacinta vio aparecer su cara inteligente y socarrona.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 640
Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se arrimó a la pared.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 642
¡Arrancar la cabeza a las figuras!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 645
«Tiita, ¿no sabes?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 646
--decía Ramona riendo--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 647
Se come las cáscaras de naranja...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 648
--¡Cochino!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 649
unit 650
unit 651
Esto sí que era marranada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 652
unit 653
«Pues tienes bonito el delantal».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 654
unit 655
Toda la ropa estaba igualmente sucia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 656
--Tiita--le dijo Isabelita haciéndose la ofendida--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 659
«Hija, no he visto un salvaje igual.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 660
El pobrecito... bien se ve entre qué gentes se ha criado».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 661
--Mejor... Así le domesticaremos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 662
--¡Qué palabrotas dice!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 663
¡Ramón se ha reído más...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 664
No sabes la gracia que le hace su lengua de arriero.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 666
Esta mañana se me orinó en la sala.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 668
He tenido que cerrar la sala, porque me destrozaba todo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 669
¿Has visto cómo ha puesto el nacimiento?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 671
No puedes figurarte la que se armó aquí anoche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 674
¿Pero no veis que él se ha criado de otra manera que vosotros?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 675
Ya irá aprendiendo a ser fino.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 676
¿Verdad, hijo mío?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 678
¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 679
¿Verdad que no?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 680
Vaya, él es formal.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 681
Ramoncita, tú que eres la mayor, enséñale en vez de reñirle.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 683
--Las velas no se comen, no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 686
--Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 688
Villuendas entró con las figuras.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 689
«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 694
Verdad que era hijo de otra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 696
¿Qué le importaba que fuera hijo de otra?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 698
unit 700
Pues ella quería a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 701
¡Y no había más que hablar!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 702
Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 708
unit 709
¡socorro!, ¡guardias...!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 710
Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 711
Ramoncita pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 712
unit 713
Una cosa agradaba mucho a la joven.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 714
Juanín no obedecía a nadie más que a ella.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 716
«Ya me conoce--pensaba ella--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 717
Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de veras...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 718
Ya, ya le educaré yo como es debido».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 721
Con que portarse bien todos, y no regañar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 722
Al que sea malo, no le quiero yo...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 723
--vi--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 727
«A Baldomero le ha sabido esto muy mal.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 732
¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 734
«¡Hijo mío!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 735
corazón... gloria, ¡qué guapo eres!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 736
Rico, tesoro; un beso a tu abuelita».
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unit 738
--¡Que si se parece!
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unit 739
--observó Barbarita tragándole con los ojos--.
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unit 740
Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene?
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unit 741
Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenía cuatro años.
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unit 742
Jacinta se echó a llorar.
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unit 744
Y vuelta a abrazarle y a darle besos.
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unit 746
Jacinta no deseaba otra cosa.
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unit 748
Hay que hablar antes a tu marido.
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--¡Y usted que dudaba!
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--Qué quieres...
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Era preciso dudar, porque estas cosas son muy delicadas.
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unit 753
Pero la procesión me andaba por dentro.
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unit 754
¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco?
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unit 755
Ayer, sin saber lo que hacía compré un nacimiento.
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unit 757
--Bien sabía yo que usted cuando le viera... --¡Dios mío!
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¡Qué bien le estará!
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unit 762
Me dicen estos tontainas que has roto el camello del Rey negro.
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unit 763
Bien, vida mía, bien roto está.
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Jacinta tenía ya celos.
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¡Válganos Dios lo que había hecho!
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unit 771
«¡Ay, qué rico!» clamaba Barbarita comiéndosele a besos.
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unit 773
«¡Ay, qué rico!...».
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unit 778
--Ya lo creo...--indicó Jacinta con orgullo--.
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unit 779
Pero no; él es bueno ¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?
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unit 780
Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra.
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unit 783
unit 789
Pero no se percibía nada.
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unit 790
La conversación era sosegada, y a veces parecía que Juan se reía.
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Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba.
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unit 800
«¡Oh!, ¡el castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?...
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Pero ninguno llegaba a los del Bierzo...
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¡Ah!, ¡el Bierzo!...
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unit 803
la riqueza que hay en ese país es un asombro».
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unit 811
Usted vaya atando cabos...».
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unit 812
--Es escandaloso... ¡Pobre país!...
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unit 816
Después la conversación recayó en la política.
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unit 818
Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente.
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unit 819
Hasta las doce duró aquel martirio.
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unit 820
Se marcharon al fin uno a uno.
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unit 823
¡Solos en la alcoba!
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unit 824
Al fin... Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:.
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unit 826
Te han engañado; te han dado un soberbio timo».
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--Es un tunante.
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unit 834
Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo.
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unit 835
No, no discurrió él tan gracioso timo.
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unit 837
--El pobre Ido es incapaz... --De engañar a sabiendas, eso sí.
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unit 838
Pero no te quepa duda.
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unit 839
La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser suya.
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unit 841
Lo que es a _Platón_ no se le ocurre; de eso estoy seguro.
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unit 842
Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance.
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unit 843
«Juanín es tu hijo, no me lo niegues» replicó llorando.
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unit 844
--Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?...
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¡Pobre Nicolasa!
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unit 847
Se murió de sobreparto.
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Era una excelente chica.
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--¡Si viviese!
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--Si viviese... sí...
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Ya ves cómo te canto claro.
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Esto quiere decir que no vive.
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unit 854
--No me has hablado nunca de eso --declaró severamente Jacinta--.
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unit 856
Pero se me vienen al pensamiento sin querer.
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unit 858
A ver, ¿fue esto lo que me dijiste?
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unit 859
--Sí, y era la verdad, la pura verdad.
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Entonces callé, y creo firmemente que hice bien en callar.
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unit 864
Lo que pasó no es desfavorable para mí.
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unit 865
Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal?
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unit 866
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Lo que sí puedo asegurarte es que ya no hay más.
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unit 869
Y se acabó.
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«No, no, no--gritó Jacinta más bien airada que impaciente--.
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Ahora mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».
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unit 874
Si creerás tú que te voy a revelar algo que pone los pelos de punta.
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Veo que pones una cara muy tétrica.
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Y no te apures por la _plancha_, hija.
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Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado buenas.
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Lo último que te dije fue...».
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Esto me lo contaste en Sevilla.
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--¡Qué memoria tienes!
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--¿Yo?
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--Sí, una cartita que trajeron para mí.
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Cojo mi sombrero y a la calle.
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Cree que tu pobre marido iba de muy mal humor.
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«¿Por dónde saldrá ahora?...
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¿Para qué me llamará?».
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Yo decía también: «De fijo que hay muchacho por en medio».
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Esta sucesión me cargaba.
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Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de huéspedes.
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En el bajo hay tienda de ataúdes.
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Viose la pobre en un trance muy apurado.
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unit 907
¿A quién acudir?
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Era natural: a mí.
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Yo se lo dije.
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«Has hecho perfectamente...».
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unit 914
Jacinta callaba.
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unit 915
El terror no la dejaba articular palabra.
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«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.
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--Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato!
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¡Y tener que disimular en casa delante de ti!
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Aquella noche ibas tú al Real.
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Tú no te acordarás... No sabías nada.
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--Y... --Y nada más.
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--Quizás no--dijo la esposa dando un gran suspiro--.
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Según lo que venga detrás.
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¿Qué pasó después?
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--Todo lo que sigue es muy soso.
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Puedes creérmelo: no me interesaba nada.
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¡Pobre mujer!
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Y respondiome: «No tengo más amparo que esta fiera.
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unit 939
No le puedo ver; pero el agradecimiento...».
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unit 940
Es triste cosa vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo.
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unit 943
¡Valiente animal!
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unit 945
La pobre Fortunata no me decía nada.
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unit 947
Una noche, según me contó la patrona, la quiso matar el muy bruto.
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unit 948
¿Sabes por qué?, porque me había mirado.
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unit 954
Aflojé los cuartos a condición de que se habían de ir inmediatamente.
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unit 955
Y aquí paz y después gloria.
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unit 957
Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha.
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unit 958
Su marido le tomó una mano y se la apretó mucho.
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Ella no decía más que «¡Pobre _Pituso_, pobre Juanín!».
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«Todo lo que has dicho será verdad: no lo pongo en duda.
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Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y el parecido?».
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Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.
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«¡El parecido!
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Si no hay tal parecido ni lo puede haber.
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Sólo existe en tu imaginación.
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«Tu mamá también le encontró un gran parecido».
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--Porque tú le calentaste la cabeza.
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Tú y mamá sois dos buenas maniáticas.
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Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín.
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Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada, se chifla también.
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Tanto le rogó que se acostara, que al fin accedió a ello.
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«Mañana--dijo ella--, irás conmigo a verle».
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--A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?...
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¡Yo!
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unit 993
Si compráramos un perrito, ¿no querrías verle?
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--Bueno, pues iré.
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Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír.
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¡Qué cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana!
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unit 999
También pensó mucho en el _Pituso_.
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unit 1000
«Se me figura que ahora le quiero más.
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unit 1001
¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...!
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unit 1002
Pero si yo me confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión!
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unit 1003
¿Cómo ha de ser ilusión?
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unit 1004
No me vengan a mí con cuentos.
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unit 1005
unit 1006
Y así estuvo hasta muy tarde.
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«Os cogéis el coche y vais a dar una vuelta por el Retiro».
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Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín tampoco.
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unit 1014
Pues es guapo de veras.
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Benigna y Ramón miraban a Jacinta.
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«Vamos a ver--prosiguió el otro constituyéndose en tribunal--.
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Silencio.
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--¿Y tú?--preguntó Juan a Ramón.
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--Yo... pues digo lo mismo que Benigna.
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unit 1023
Jacinta no sabía disimular su turbación.
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--¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete.
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unit 1026
Tiene a quien salir.
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--¡Punto figurado!
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unit 1029
¿Y qué es eso?
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unit 1031
--Eso, eso no--indicó Jacinta con rabia--.
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unit 1032
¿También quieres tú infamar a mi niño?
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unit 1033
Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?
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unit 1034
Todos se echaron a reír.
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Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo mande.
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Es mío».
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--Como que te ha costado tu dinero.
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--viii--.
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«Cállate tú... Digo que no le abandono.
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Me le llevaré a casa».
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--¿Estás loca?
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--insinuó el Delfín con severidad.
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--No, que estoy bien cuerda.
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unit 1048
--¡En el Hospicio!
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--¿Pero tú qué crees?
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Eres una criatura.
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unit 1052
¿De dónde sacas que así se toman niños ajenos?
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unit 1053
Chica, chica, estás en pleno romanticismo.
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unit 1057
Pero no disloquemos las ideas.
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unit 1058
Una cosa es protegerle y otra llevárnosle a casa.
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unit 1059
Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi padre lo consintiera.
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unit 1060
Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad, Benigna?
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unit 1068
Vamos a ver, te he convencido, ¿sí o no?
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unit 1072
«¿Qué es, qué hay?».
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unit 1073
¡Qué había de ser sino alguna barbaridad de Juanín!
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--¡Bien por los chicos valientes!
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Jacinta corrió al comedor y a poco volvió aterrada.
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«¿No sabes lo que ha hecho?
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Había en el comedor una bandeja de arroz con leche.
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Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar...
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¡indecente!, ¡cafre!».
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Los demás chicos aparecieron chillando.
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¿Por qué no avisasteis?
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unit 1086
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¡Virgen del Carmen, mi bandeja de arroz con leche!
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Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.
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unit 1092
¡Cómo me ha puesto las cortinas!».
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--Bueno, mujer, le lavaré.
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No te apures.
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--Y vestirle de limpio.
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Yo no puedo.
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Bastante tengo con los míos... Y nada más.
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unit 1098
--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.
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unit 1100
unit 1101
Mano al arroz con leche.
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unit 1102
Me hace gracia este muchacho».
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unit 1104
Te has puesto bonito... verás que jabonadura te vas a llevar.
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unit 1108
Santa Cruz no podía permanecer serio.
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unit 1110
No tengo suelto».
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unit 1112
Santa Cruz cayó de su burro.
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unit 1113
«Me la has dado, chica.
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unit 1114
No me acordaba de que es hoy día de Inocentes.
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unit 1115
Buena ha sido, buena.
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unit 1116
unit 1117
--Tomad--dijo Benigna a los niños--; vuestro tiito os convida a dulces.
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unit 1118
unit 1119
--A mí no--replicó Benigna--.
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unit 1122
Bastantes jaquecas me dan las mías.
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unit 1123
Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más.
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unit 1124
Ya decidirían.
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unit 1126
«Baldomero está incomodado con tu bromazo.
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unit 1127
Juan le habló claro.
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unit 1128
No hay tal hijo ni a cien mil leguas.
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unit 1130
Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1131
«Pero usted... ¡por la Virgen santísima!
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unit 1135
Las ideas fijas son contagiosas.
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unit 1139
¿Y ahora, qué hacer?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1140
No se te pase por la cabeza traerle aquí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1141
Baldomero no lo consiente, y tiene mucha razón.
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unit 1142
Yo... si he de decirte la verdad, le he tomado cariño.
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unit 1143
¡Ay!, sus salvajadas me divierten.
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unit 1144
¡Es tan mono!
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unit 1145
¡Qué ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1147
Ven acá y verás el nacimiento que le compré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1149
Mira.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1151
Mira la gorra que dice _Numancia_.
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unit 1152
Este es un capricho que yo tenía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1153
Estará saladísimo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1155
Jacinta oyó y vio esto con melancolía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1157
--¡Ay, Dios mío, qué gracioso!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1159
¡Ay!, de veras te lo digo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1160
No puede una vivir sin tener algún ser pequeñito a quien adorar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1161
unit 1163
«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona.
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--¿Y qué remedio hay?...
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Me parece que debo empezar por comprarle una camita.
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¿A ti qué te parece?
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No te apures; todo se arreglará.
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Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle.
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Allí estará como en la gloria.
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Ya he hablado con la santa.
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Yo le pensiono, para que se le dé educación y una crianza conveniente.
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Aprenderá un oficio, y quién sabe, quién sabe si una carrera.
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Todo está en que saque disposición.
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Paréceme que no te entusiasmas con mi idea.
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Verás que guapines les va a poner.
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¡Y que no les llenan bien la barriga en gracia de Dios!
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Observa, si no, los cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana.
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«Y le compré esto... Es un acordeón.
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Jacinta se reía y al propio tiempo se le escaparon dos lágrimas.
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A ver, a ver».
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--Nada, querida--declaró el buen señor acusándose francamente--.
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Que a mí también se me fue el santo al Cielo.
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No lo quería decir.
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¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios.
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Dámelo... lo tocaré yo... _flin flan_...
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¡Ay!, no sé qué tiene esto... ¡da un gusto oírlo!
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Parece que alegra toda la casa.
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Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a llevárselo, _flin flan_...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity 4 months, 1 week ago

-X-.

Más escenas de la vida íntima.

--i--.

Saliendo por los corredores, decía Guillermina a su amiga:

«Eres una inocentona... tú no sabes tratar con esta gente. Déjame a mí,
y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo. Yo me entiendo. Si ese
bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los
chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. ¿Qué pensabas tú
ofrecerle? ¿Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la
diferencia es para mi obra».

Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron
escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los
dos patios. A Juanín, por más que Jacinta y Rafaela se desojaban
buscándole, no le vieron por ninguna parte.

Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y
por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta
los medios de su propia reparación. A poco de levantarse tuvo que
volverse a la cama, quejándose de molestias y dolores puramente
ilusorios. Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y
Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación. Pasó la noche
intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la mañana del 23, por lo que
pudo Jacinta dar otro salto, acompañada de Rafaela, a la calle de Mira
el Río. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvió muy
triste a su casa. No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo. Díjole
Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo
parlamento con el _endivido_, quien tenía al chico montado en el hombro,
ensayándose sin duda para _hacer_ el San Cristóbal. Lo único que sacó
Jacinta en limpio de la excursión de aquel día fue un nuevo testimonio
de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y
mujeres la rodeaban y poco faltó para que la llevaran en volandas. Oyose
una voz que gritaba: «¡viva la simpatía!» y le echaron coplas de gusto
dudoso, pero de muy buena intención. Los de Ido llevaban la voz cantante
en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. José tan elegante,
con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi
nuevo de color café. El primogénito de los _claques_ fue objeto de una
serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por
dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de
hacer el _higuí_ en los Carnavales.

Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar. Era como
una idolatría el cariño de aquella chicuela. Quedábase estática y lela
delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la
cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que
le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que sentía era dar de
cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los
pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un
hueco. Ver partir a _doña_ Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y
Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón. Aquel
día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras
prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un
garbanzo; más grande todavía, del tamaño de una avellana.

Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si
Guillermina había hecho algo. Llamola por el balcón; pero la fundadora
no estaba. Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la
noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las
Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.

Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D.
Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con
la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó
Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de
la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado
en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la
lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en
buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de
fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no
haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista
grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más
particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer
que hay agraciados.

Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor
ni frío. Todos los años compraba un billete entero, por rutina o vicio,
quizás por obligación, como se toma la cédula de vecindad u otro
documento que acredite la condición de español neto, sin que nunca
sacase más que fruslerías, algún reintegro o premios muy pequeños. Aquel
año le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Había dado, como
siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos
duros se repartían entre la multitud de personas de diferente posición y
fortuna; pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres
pellizcaban algo. Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo
mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le
oía como se oye a los niños del Colegio de San Ildefonso que sacan y
cantan los números en el acto de la extracción.

«_Los Chicos_ jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales.
Villalonga un décimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad».

Pepe Samaniego apareció en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba
su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegría y
empezó a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados.

«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio
décimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil
reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han
jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta».

«El carbonero, ¿a ver el carbonero?» dijo Barbarita que se interesaba
por los jugadores de la última escala lotérica.

--El carbonero echó diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera,
veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco
reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos
cincuenta reales.

--¡Qué miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética.

Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la
noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras
personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta,
llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para
oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La
señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y
la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco
reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo
lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los
agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a
Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca
a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada!

Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que
el caso requería.

«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado. No puede disimular su
pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la
cara la hiel que está tragando».

--Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordarás que estuvo con el
medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su
avaricia pudo más que la ambición, y dijo: «Para lo que yo me he de
sacar, más vale que emplee mi escudito en anises...». ¡Toma anises!

--¡Pobrecillo!... ponlo en la lista.

Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad. Aquella infracción
de la aritmética parecíale una cosa muy grave.

«Ponlo, hombre, ¿qué más te da? Que estén todos contentos...».

Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y
sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz: «Rossini, diez reales:
le tocan mil doscientos cincuenta».

Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedándose
él tan parado y suspenso, que creyó que le tomaban el pelo.

«No, si yo no...». Pero Barbarita le echó unas miradas que le cortaron
el hilo de su discurso. Cuando la señora miraba de aquel modo no había
más remedio que callarse.

«¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido--dijo D. Baldomero a su
nuera--, que hasta se saca la lotería sin jugar!».

--Plácido--gritó Jacinta riéndose con mucha gana--, es el que nos ha
traído la suerte.

--Pero si yo...--murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las
nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de
contrabando.

--Pero tonto... cómo tendrás esa cabeza--dijo Barbarita con mucho
fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la
lotería.

--Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda,
_talmente_, así un poco ida...

Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado
el escudo.

«¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos...!--manifestó D.
Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la
corazonada».

--Como bonito...--agregó Estupiñá--, no hay duda que lo es.

--Si tenía que salir, eso bien lo veía yo--afirmó Samaniego con esa
convicción que es resultado del gozo--. ¡Tres _cuatros_ seguidos,
después un _cero_, y acabar con un _ocho_...! Tenía que salir.

El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y
villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los
agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita
prohibió todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a
Eulalia Muñoz y a uno de los _Chicos_, Ricardo Santa Cruz mandó destapar
media docena de botellas de _champagne_.

Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo
contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el
milagro del premio de Estupiñá. Lo que se rió con esto no hay para qué
decirlo. La prisión en que tan a disgusto estaba volvíale pronto a su
mal humor y poniéndose muy regañón decía a su mujer:. «Eso, eso, déjame
solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. ¡La
lotería!, ¡qué atraso tan grande! Es de las cosas que debieran
suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la
lotería no puede haber prosperidad pública... ¿Qué?, te marchas otra
vez. ¡Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, ¿qué demonios
tienes tú que hacer por esas calles toda la mañana? A ver, explícame,
quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días».

Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar
una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos,
velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria.

«Pues entonces--replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas--, yo
quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la
vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa
Cruz... A ver, que me expliquen esto...».

La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la
llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró
diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento
para mi obra... Si no, Dios y San José les amargarán el premio».

--El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D.
Baldomero--. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.

--¡Hereje!...--replicó la dama haciéndose la enfadada--, herejote...
después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la
Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El
veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento... Y punto en boca.
Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.

--No, hija mía; por mí te lo daré todo...

--Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las
cosas, a fe mía... El ciento de _pintón_, que estaba la semana pasada a
diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el _pardo_ a
diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes...

Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de
_Champagne_.

«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!...
¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de
Fraga. No te dejaré vivir».

Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído
indiscreto.

«Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El _Pituso_ es tuyo.
He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con
aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy
blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que
apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será...
¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá
con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar
del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral.
Allá lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios
y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con
seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para
mí, que bien me lo he sabido ganar... Con que mañana, yo iré después de
medio día; ve tú también con los santos cuartos.

Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su
juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus
razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al _Pituso_
a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que
nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en
casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría
que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni
una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de
tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al
verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las
facciones del pobre niño las de...? Al interés dramático de este lance
sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de
tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el
perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba,
producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o
compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble
podía producirse esta pasión.

--ii--.

Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un
tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los
ánimos estaban más serenos. «Ahora--dijo la mamá--, han pegado la hebra
con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o
trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el
derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había
aceptado la diputación que le ofrecieron...

Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en...

--No dijo eso--saltó Juanito, suspendiendo la bebida.

--Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.

--Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos.

--Pero hijo, si lo he oído yo.

--Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.

--¿Pues qué? --El marqués no pudo decir _meterse_... yo pongo mi cabeza
a que dijo _inmiscuirse_... Si sabré yo cómo hablan las personas finas.

Barbarita soltó la carcajada.

--Pues sí... tienes razón, así, así fue... que no quería
_inmiscuirse_...

--¿Lo ves?... Jacinta. --¿Qué quieres, niño mimoso?

--Mándale un recado a Aparisi. Que venga al momento.

--¿Para qué? ¿Sabes la hora que es?

--En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto.

--¿Pero a qué? --¡Ahí es nada! ¿Crees que va a dejar pasar eso de
_inmiscuirse_? Yo quiero saber cómo se sacude esa mosca...

Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama.
Guillermina había salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se
fueron marchando los demás. Antes de las doce, todo estaba en silencio,
y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta
que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara. Este
parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el
ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso. No había
transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a
hablar de una manera algo descompuesta. Creyó Jacinta que deliraba, y se
incorporó en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de
impertinencia. Procuró calmarle con palabras cariñosas; pero él no se
daba a partido. «¿Quieres que llame?».--«No; es tarde, y no quiero
alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueño. Ya se ve;
todo el día en este pozo del aburrimiento. Las sábanas arden y mi cuerpo
está frío».

Jacinta se echó la bata, y corrió a sentarse al borde del lecho de su
marido. Pareciole que tenía algo de calentura. Lo peor era que sacaba
los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apuró
todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la
bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche
abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se
durmiera. Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le
gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia
cuando estaba desvelado. ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con
deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba
contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en
aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus
ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía,
si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situación oyó claramente
la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta
del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa. En
la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.

Y cuando pasaba un rato largo sin que él se moviera, Jacinta se
entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro
saca las monedas, cuando nadie le ve, y se ponía a contarlas y a
examinarlas y a mirar si entre ellas había alguna falsa. De repente
acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma
se estremecía con el placer de su pueril venganza. El _Pituso_ se le
metía al instante entre ceja y ceja. ¡Le estaba viendo! La contemplación
ideal de lo que aquellas facciones tenían de desconocido, el trasunto de
las facciones de la madre, era lo que más trastornaba a Jacinta,
enturbiando su piadosa alegría. Entonces sentía las cosquillas, pues no
merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía
acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y
apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que
la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de
turbarle el sueño. Si creía notar que se estremecía con escalofríos,
apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor
posible. Cuando él gemía o respiraba muy fuerte, le arrullaba dándole
suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella
obligación, siempre que quería saber si sudaba o no, acercaba su nariz o
su mejilla a la frente de él.

Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose
completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el
espacio de dos o tres narices. «¡Qué bien me encuentro ahora!--le dijo
con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah!
La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo.
¡Qué buena eres!».

--¿Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he
desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A
ver dime a dónde fuiste esta mañana.

--A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando
mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.

--Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?

Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy
chusco.

«¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».

--Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo
lo quieren saber.

--Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras...
--Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede
ser. Tú no has ido a compras.

--Que sí. --¿Y qué has comprado?

--Tela. --¿Para camisas mías? Si tengo... creo que son veintisiete
docenas.

--Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.

--¡Chiquititas! --Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy
monos.

--¡A mí, baberos a mí!

--Sí, tonto; por si se te cae la baba.

--¡Jacinta! --Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo
que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.

--¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.

--¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te
hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.

--Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!

--Que es verdad. --Pero. --¿Te lo digo? Di si te lo digo.

Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía
una sola, saltando de boca a boca.

--¡Qué pesadez!... di pronto...

--Pues allá va... Voy a tener un niño.

--¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo
Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.

--Eh, formalidad. Si te destapas me callo.

--Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco...
¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los
sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe?

--No, no lo sabe nadie todavía.

--Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.

--Tonto... loco... estate quieto o te pego.

--Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa
tuya? Sí, te lo conozco en los ojos.

--Si no te estás quieto, no te digo más...

--Bueno, pues me estaré quieto... Pero responde, ¿es presunción tuya
o...?

--Es certeza. --¿Estás segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y
le sintiera correr por los pasillos... ¡Es más salado, más pillín...!,
bonito como un ángel, y tan granuja como su papá.

--¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes
que es varón, y que es tan granuja como yo.

La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro,
que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este
sudaba por los poros de las sienes de su mujer.

«¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado!» añadió con
incredulidad.

--¿Te alegras? --¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo
ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá
se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar
un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?

--Pronto. --¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco?

--Más pronto. --¿Dentro de tres?

--Más prontísimo... está al caer, al caer.

--¡Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Con que fuera de
cuenta? Pues nada, no se te conoce.

--Porque lo disimulo. --Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú,
con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el
mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La
Correspondencia_.

--Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te
convencerás.

--¿Pero a quién he de ver?

--Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma.

--Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me
parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan
guardado hasta ahora.

Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso
recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación
acalorada podía hacerle daño.

«Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irás
convenciendo».

--_Güeno_ --replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un
niño a quien arrullan.

--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres?

--Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo
aprietas!

--Si me engañas te cojo y... así, así...

--¡Ay! --Te deshago como un bizcocho. --¡Qué gusto! --Y ahora, a
_mimir_...

Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez
que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a
ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de
gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de
hombre:

«¿Pero de veras que vas a tener un chico?...».

--_Chí_... y a _mimir_... _ro_... _ro_...

Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en
la espalda.

«¡Qué gusto ser _bebé_!--murmuró el Delfín--, ¡sentirse en los brazos de
la mamá, recibir el calor de su aliento y...!».

Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un
tierno infante en edad de lactancia, chilló así:

--Mama... mama... --¿Qué? --Teta. Jacinta sofocó una carcajada.

--_Ahola_ no... teta caca... cosa fea...

Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el
tiempo y de expresar su cariño.

--Toma teta--díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo
chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas,
justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.

--¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!

--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!

--Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al
sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!...

--¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!

--Me parece que de esta me duermo, vida.

--Y yo también, corazón.

Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.

---iii--.

24 de Diciembre.

Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos
que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció
coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado
inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como
tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su
suegra el lío que entre manos traía. Pidiole perdón por no haberle
confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no
se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín. «¿Pero tú sabes lo grave
que es eso?... así, sin más ni más... un hijo llovido. ¿Y qué pruebas
hay de que sea tal hijo?... ¿No será que te han querido estafar? ¿Y
crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?... Porque todo
eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela...».

La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su
mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le
dijo con frialdad: «No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y
escóndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Diré a tu marido que
Benigna está enferma y has ido a visitarla». Después de esta
conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió
su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que
Juan y D. Baldomero lo supieran. «Veremos cómo lo toman» añadió dando un
gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al _Pituso_
como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de
poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que
ella.

Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la
calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres,
y algunas chucherías, entre ellas la sortija que la señorita había
prometido a Adoración. Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana
por Rafaela en los bazares de _Liquidación por saldo, a real y medio la
pieza_, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo
Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricación
de esta soberbia piedra había sido empleado el casco más valioso de un
fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio,
viéronse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar
piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quién
cogía la peseta, quién el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana,
que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica
lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con
un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que
recibían. A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche.
Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no habían
podido traer más que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche
de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi
todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los
almireces. Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro
tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: «¡Aire, aire, a la
plaza!». Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda.
Había quien preparaba su banquete con un _hocico con carrilleras_, una
libra de _tapa del cencerro_, u otras despreciadas partes de la res
vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios
aún peores. Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del
que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen
cuidado de que la vieran. Pero ningún habitante de aquellas regiones de
miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre
las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el
puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales.
Aun las pequeñas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de
_doña_ Jacinta, los habrían cambiado por aquella monstruosa y
relumbrante piedra. La poseedora de ella, después que recorrió ambos
corredores enseñándola, se pegó otra vez a la señorita, frotándose el
lomo contra ella como los gatos.

«No me olvidaré de ti, Adoración» le dijo la señorita, que con esta
frase parecía anunciar que no volvería pronto.

En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la
voz para hacerse oír. Cuando a los tamborazos se unía el estrépito de
las latas de petróleo, parecía que se desplomaban las frágiles casas. En
los breves momentos que la tocata cesaba, oíase el canto de un mirlo
silbando la frase del himno de Riego, lo único que del tal himno queda
ya. En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la
calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical,
como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las
uñas de sus notas. Eran una polka y un andante patético, enzarzados como
dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que
vendía higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa
de los chicos, y el ladrar de los perros pusiéronle a Jacinta la cabeza
como una grillera.

Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina,
impaciente por su tardanza. Izquierdo y el _Pituso_ estaban también; el
primero fingiéndose muy apenado de la separación del chico. Ya la
fundadora había entregado el _triste estipendio_.

«Vaya, abreviemos» dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como
asustado.

--¿Quieres venirte conmigo? --_Mela pa ti_... --replicó el _Pituso_ con
brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia.

Las tres mujeres se rieron mucho también de aquella salida tan fina, e
Izquierdo, rascándose la noble frente, dijo así:.

«La señorita... a cuenta que ahora le enseñará a no soltar
exprisiones».

--Buena falta le hace... En fin, vámonos.

Juanín hizo alguna resistencia; pero al fin se dejó llevar, seducido con
la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas
para que se las comiera todas.

«Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le
procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para
que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está
pintando ahora un magnífico _Buen Ladrón_. Vaya... quédese con Dios».

Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era
posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de
Diciembre son tan cortos los días, cuando salieron de la casa ya se
echaba la noche encima. El frío era intenso, penetrante y traicionero
como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las
estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían
escalofríos. En la calle del Bastero se insurreccionó el _Pituso_. Su
bellísima frente ceñuda indicaba esta idea: «¿Pero a dónde me llevan
estas tías?». Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _«Pae
Pepe...»._ --¿Qué te importa a ti tu papá Pepe? ¿Quieres un rabel? Di lo
que quieres.

--_Quelo citunas_ --replicó alargando la jeta--. No, _citunas_ no; un
pez.

--¿Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mamá, que estaba
nerviosísima, sintiendo toda aquella vibración glacial de las estrellas
dentro de su alma.

En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y también
allí se engarfiñaron las dos piezas, una tonadilla de la _Mascota_ y la
sinfonía de _Semíramis_. Estuvieron batiéndose con ferocidad, a
distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose
dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios
sonidos. Al fin venció _Semíramis_, que resonaba orgullosa marcando sus
nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo
cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.

Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que
venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar
próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres
algún comistrajo recién comprado;. los chicos, con sus bufandas
enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad
prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a
la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en
toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de
vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas
de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de
panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran.
En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando
las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los
calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta:.
«¡Al vivo de hoy, al vivito!»... Enorme farolón con los cristales muy
limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las
canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda
trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar,
hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de
misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de
poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para
detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales
y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de
barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos
con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados
con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con
poéticas inscripciones que decían: el _Diluvio en mazapán, o Turrón del
Paraíso_ _ terrenal_... Más allá _Mantecadas de Astorga bendecidas por
Su Santidad Pío IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos
ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara
tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a
probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había
discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los
orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que
el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en
el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía:
_Turrón higiénico_. Con que ya lo veía el público... El otro turrón
sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era _higiénico_.

--_Quelo_ un pez... --gruñó el _Pituso_ frotándose con mal humor los
ojos.

--Mira--le decía Rafaela--, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.

--_Pae Pepe_... --repitió el chico llorando.

--¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho.

Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que
ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una
naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito
se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando
a cada instante con la gente que la invadía.

«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!--le decía Jacinta para
calmarle--¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de
mazapán, para que te lo comas entero».

--_¡Gande, gande!_ A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba
el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una
mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de
los brazos, diciendo:

«Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se
ha dicho...».

El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza.

«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué
gordo está el tunante!, parece mentira...».

--_Quelo un batón_... ¡hostia!

--¿Un bastón?... también te lo compramos, hijo, si te estás calladito...
A ver, dónde encontraremos bastones ahora...

--Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que
escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.

De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya
cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se
dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al
_Pituso_ le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que
contenía... ¡mil onzas!

--iv--.

Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en
las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de
Banco, sujetos con un elástico. Otro contaba sobre una mesa pesetas
gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas.
Manejaban el _género_ con absoluta indiferencia, cual si los sacos de
monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de
estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con
cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de
llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía
nerviosa.

Ramón Villuendas no estaba; pero Benigna bajó al momento, y lo primero
que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que
su hermana le traía.

«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada.

--La verdad, hija... no sé qué te diga...

--Es el vivo retrato--afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con
una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.

--Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le
cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis
de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la
Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros».

En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró
sonriendo.

«Son falsas... tienen hoja».

--Usted sí que tiene hoja --replicó la santa con gracia, y los demás se
reían--. Una peseta de premio por cada una.

--¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.

--Lo que merecéis, publicanos.

Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los
billetes del cambio.

«Vaya... para que no diga...».

--Gracias... Ya sabía yo que usted...

--A ver, doña Guillermina, espere un ratito--añadió Ramón--. ¿Es cierto
lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la
suscrición para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo
para que busque cuartos?

--El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace
siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ahí les queda ese
caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se
le ablande la mugre.

Ramón miró al _Pituso_. Su semblante no expresaba tampoco una convicción
muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido
por consideración a su querida hermana, habría dicho del _Pituso_ lo que
de las monedas que no sonaban bien: _Es falso_, o por lo menos, _tiene
hoja_.

«Lo primero es que le lavemos».

--No se va a dejar--indicó Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua.
Vamos, arriba.

Subiéronle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que
vestía y trajeron un gran barreño de agua. Jacinta mojaba sus dedos en
ella diciendo con temor: «¿estará muy fría?, ¿estará muy caliente?
¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!». Benigna no se andaba en tantos
reparos, y ¡pataplum!, le zambulló dentro, sujetándole brazos y piernas.
¡Cristo! Los chillidos del _Pituso_ se oían desde la Plaza Mayor.
Enjabonáronle y restregáronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso
de sus berridos como si fueran expresiones de alegría. Sólo Jacinta, más
piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy
divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana
de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que
estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos,
cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó
la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la
infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos
torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante
exclamaciones de admiración. «¡Es un niño Jesús... es una divinidad este
muñeco!».

Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba
una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal
humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor
propio y la presunción acallaban su displicencia.

«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?».

El _Pituso_ abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la
medida aproximada de su gana de comer.

«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás... Vas a comer cosas ricas...».

--¡Patata!--gritó con ardor famélico.

--¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra...

--¡Patata, hostia! --repitió él pataleando.

--Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.

Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla
usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de
Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su
nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se
alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y
suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco
cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y
los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.

Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera
manifestación que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la
propiedad colectiva consistió en meter mano a las velas de colores. Una
de las niñas llevó tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos
chillidos tan fuertes que por poco se arma allí la de San Quintín.

«¡Ay Dios mío! --exclamó Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este
salvajito...».

--Yo le compraré a él muchas velas--afirmó Jacinta--. ¿Verdad, hijo, que
tú quieres velas?

Lo que él quería principalmente era que le llenaran la barriga, porque
volvió a dar aquellos bostezos que partían el alma. «A comer, a comer»
dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llevó por delante
como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los niños, porque
los papás cenarían aquella noche en casa del tío Cayetano.

Jacinta se había olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no
supo apreciar el tiempo mientras duró la operación de lavar y vestir al
_Pituso_. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, púsose
precipitadamente el manto, y se despidió del _Pituso_, a quien dio
muchos besos. «¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo.
Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para
echarse a llorar.

Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24? Veámoslo.
Desde que entró en San Ginés, corrió hacia ella Estupiñá como perro de
presa que embiste, y le dijo frotándose las manos: «Llegaron las ostras
gallegas. ¡Buen susto me ha dado el salmón! Anoche no he dormido. Pero
con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy».

Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con
devoción, yo no lo creo. Es más; se puede asegurar que ni cuando el
sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan
edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio
retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax. El pensamiento se
le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareció
larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza,
que se _menease_ más. Por fin salieron la señora y su amigo. Él se
esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de
un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. «Se
me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir
al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia--, que los pavos de la
_escalerilla_ no están todo lo bien cebados que debíamos suponer. Al
salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi
parecer es que se los compremos a González. Los capones de este son muy
ricos... También les tomé el peso. En fin, usted lo verá».

Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando
animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la
baqueta. Echábaselas él de tener un pulso tan fino para apreciar el
peso, que ni un adarme se le escapaba. Después de dejarse allí bastante
dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir
algunas culebras del legítimo mazapán de Labrador, y aún tuvieron tela
para una hora más. «Lo que la señora debía haber hecho hoy--dijo
Estupiñá sofocado, y fingiéndose más sofocado de lo que estaba--, es
traerse una lista de cosas, y así no se nos olvidaba nada».

Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quería
enterarse de cómo había pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando
Jacinta reveló lo del _Pituso_ a su mamá política, quedándose esta tan
sorprendida como poco entusiasmada, según antes se ha dicho. Sin cuidado
ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara
volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller. Aún faltaban
algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos
de la familia. Del pensamiento de la gran señora no se apartaba lo que
su nuera le había dicho. ¿Qué casta de nieto era aquel? Porque la cosa
era grave... ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad? Virgen Santísima, ¡qué
novedad tan estupenda! ¡Un nietecito por detrás de la Iglesia! ¡Ah!,
las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo temía... Pero ¿y si
todo era hechura de la imaginación exaltada de Jacinta y de su angelical
corazón? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le había de
contar todo a Baldomero.

Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana,
y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en
la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los
nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la
señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los
chicos de la parentela de Santa Cruz _surtidos de aquel artículo_.
Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar
como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló
los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para
quién es este Belén, señora?».

La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando
Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio:
«Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no
lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos?
¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo
contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora
lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas
precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto
con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.

Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá
saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos
con que se había olvidado lo más importante. Llegada la noche, inquietó
a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima,
el vestido mojado y toda hecha una lástima,. se encerró un instante con
ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad:

«Hija, pareces loca... Vaya por dónde te ha dado... por traerme nietos a
casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero
tu calaverada; pero no me atreví... Ya debes suponer si la cosa me
parece grave...».

Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar
que allá se iban compras con compras y manías con manías. Y no paró aquí
el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó
helada a la infeliz Jacinta:. «Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto.
Pues bien: ¿no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo
y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?».

--¿Cómo lo ha de reclamar si lo abandonó?--contestó la otra sofocada,
queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades.

--Sí, fíate de eso... Eres una inocente.

--Pues si lo reclama, no se lo daré--manifestó Jacinta con una
resolución que tenía algo de fiereza--. Diré que es hijo mío, que le he
parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben.

Exaltada y fuera de sí, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa,
soltó la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita
quiso ponerse seria; pero no pudo.

«No, tú eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no
pienses locuras, y tranquilízate ahora, que mañana hablaremos».

--¡Ay, mamá!--dijo la nuera enterneciéndose--. ¡Si usted le viera...!

Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para
marcharse, volvió junto a su nuera para decirle: «¿Pero se parece?...
¿Estás segura de que se parece?...».

--¿Quiere usted verlo?, sí o no.

--Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito
pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fío yo de un parecido que
puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré
creyendo que a donde debe ir tu _Pituso_ es a la Inclusa.

--v--.

¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos
señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues
no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la
jurisdicción de la vigilia más rigurosa. Los pavos y capones eran para
los días siguientes, y aquella noche cuanto se sirvió en la mesa
pertenecía a los reinos de Neptuno. Sólo se sirvió carne a Juan, que
estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festín de cardenales,
con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar,
todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.
Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto
de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases
sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado allí sus
vástagos más diversos. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la
aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de
Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo.
Resultaba no sé qué irónica armonía de la conjunción aquella de los dos
nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual
Muñoz, dignísimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos
encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de
Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento,
Aparisi el Municipio, Joaquín Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba
muchas cosas a la vez:. la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica
musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la
Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de
paño fino, ¿qué representaba? El comercio antiguo, sin duda, las
tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizás _la religión
de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel
Moreno Isla no fue aquella noche; pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo
Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus
tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido
muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. También
Barbarita tenía buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa,
Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en
boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de
pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin
tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado
y otro su perfil de cotorra.

Nada ocurrió en la cena digno de contarse. Todo fue alegría sin nubes, y
buen apetito sin ninguna desazón. El pícaro del Delfín hacía beber a
Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino
muy divertido, y al fin consiguió con el _Champagne_ lo que con el
Jerez no había conseguido. Aparisi, siempre que se ponía peneque,
mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus
_jumeras_ eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas,
porque todo lo decía llorando. Allí brindó por _los héroes de
Trafalgar_, por _los héroes del Callao_ y por otros muchos héroes
marítimos; pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios
tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus
papás y que olían muy mal. A Ruiz también le daba por el patriotismo y
por los héroes; pero inclinándose a lo terrestre y empleando un cierto
tono de fiereza. Allí sacó a Tetuán y a Zaragoza poniendo al extranjero
como chupa de dómine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir está en
África_, y que el Estrecho es un arroyo español. De repente levantose
Estupiñá el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la
expectación y solemnísimo silencio que precedieron a su breve discurso.
Conmovido y casi llorando, aunque no estaba _ajumao_, brindó por la
noble compañía, por los nobles señores de la casa y por... aquí una
pausa de emoción y una cariñosa mirada a Jacinta... y porque la noble
familia tuviera pronto sucesión, como él esperaba... y sospechaba... y
creía.

Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el
Delfín, celebraron mucho la gracia. Después hubo gran tertulia en el
salón; pero poco después de las doce se habían retirado todos. Durmió
Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había
despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue
a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los
sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron
entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había
hecho Juanín!... ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles
la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se reía al
hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un
sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel,
Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la
indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la
palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los
pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara
inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se
arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y
conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crímenes.
¡Arrancar la cabeza a las figuras!... Escondía el
_Pituso_ la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz... La
mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las
acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más
execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.

«Tiita, ¿no sabes? --decía Ramona riendo--. Se come las cáscaras de
naranja...».

--¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que
había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo
cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.

Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.

«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si
hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba
igualmente sucia.

--Tiita--le dijo Isabelita haciéndose la ofendida--.

Si vieras... No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces
como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para
echárnosla por la cara...

Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias,
aunque con tono indulgente.

«Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre
qué gentes se ha criado».

--Mejor... Así le domesticaremos.

--¡Qué palabrotas dice!... ¡Ramón se ha reído más...! No sabes la gracia
que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque
llamaba a su _Pae Pepe_ y se acordaba de la pocilga en que ha vivido...
¡Pobrecito! Esta mañana se me orinó en la sala. Llegué yo y me lo
encontré con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antojó
hacerlo sobre el _puff_... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar
la sala, porque me destrozaba todo. ¿Has visto cómo ha puesto el
nacimiento? A Ramón le hizo muchísima gracia... y salió a comprar más
figuras; porque si no, ¿quién aguanta a esta patulea? No puedes
figurarte la que se armó aquí anoche. Todos llorando en coro, y el otro
cogiendo figuras y estrellándolas contra el suelo.

--¡Pobrecillo!--exclamó Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y
a todos los demás, para evitar una tempestad de celos--. ¿Pero no veis
que él se ha criado de otra manera que vosotros? Ya irá aprendiendo a
ser fino. ¿Verdad, hijo mío? (Juan decía que sí con la cabeza y
examinaba un pendiente de Jacinta)... Sí; pero no me arranques la
oreja... Es preciso que todos seáis buenos amiguitos, y que os llevéis
como hermanos. ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?...
¿Verdad que no? Vaya, él es formal. Ramoncita, tú que eres la mayor,
enséñale en vez de reñirle.

--Es muy fresco: también se quería comer una vela--dijo Ramoncita
implacable.

--Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veréis qué pronto
aprende él todas las cosas... Si creeréis que no tiene talento.

--No hay medio de hacerle comer más que con las manos--apuntó Benigna
riendo.

--Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto él un
tenedor... Pero ya aprenderá... ¿No observas lo listo que es?

Villuendas entró con las figuras.

«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina».

Mirábalas el _Pituso_ sonriendo con malicia, y los demás niños se
apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas
de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre
adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los
animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella
mientras en la casa estaba...

Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las
personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia.

Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas,
estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma. Verdad que
era hijo de otra. Pero esta idea, que se interponía entre su dicha y
Juanín, iba perdiendo gradualmente su valor. ¿Qué le importaba que fuera
hijo de otra? Esa otra quizá había muerto, y si vivía lo mismo daba,
porque le había abandonado. Bastábale a Jacinta que fuera hijo de su
marido para quererle ciegamente. ¿No quería Benigna a los hijos de la
primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quería
a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas. ¡Y no había más que
hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitación
de su cariño, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. «Con
ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado
este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar.
Ella lo arreglará, y se hará un documento en toda regla... Seremos
falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude».

Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese
porquerías. Apenas se vio Juanín en el suelo, agarró el bastón de
Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más
alarmante. Villuendas se reía sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi
dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!».

Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita
pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.

«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle.

Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a
ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo
su movimiento de ataque.

«Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de
veras... Ya, ya le educaré yo como es debido».

Lo más particular fue que cuando se despidió, el _Pituso_ quería irse
con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?,
¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo,
no le quiero yo...».

--vi--.

No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo
aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este
apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en
cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para
salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta
exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado
sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba
tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido
esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo
que has obrado muy de ligero...».

Cuando entró en la casa y vio al _Pituso_, la severidad, lejos de
disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra
al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba
en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y
cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela
lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así:

«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».

Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el _Pituso_ no pudo menos
de protestar con un chillido.

«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un
beso a tu abuelita».

--¿Se parece?--preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se
le caía la baba, como vulgarmente se dice.

--¡Que si se parece! --observó Barbarita tragándole con los ojos--.
Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy
mirando a Juan cuando tenía cuatro años.

Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...--agregó
la señora examinando más las facciones del chico--, bien se le conoce en
este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».

Y vuelta a abrazarle y a darle besos.

«Pues nada, hija --añadió después con resolución--, a casa con él».

Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su
propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que
hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me
encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero
clavado...».

--¡Y usted que dudaba! --Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas
cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro.
¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que
hacía compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no
sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.

--Bien sabía yo que usted cuando le viera...

--¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!--exclamó Barbarita en tono de
consternación--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un
vestidito de marinero con su gorra en que diga: _Numancia_. ¡Qué bien le
estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero
mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el
camello del Rey negro. Bien, vida mía, bien roto está. Ya le compraré yo
a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos
los colores.

Jacinta tenía ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no
quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de
esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena
que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de
informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juanín.
Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando
cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo
que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de
la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!»
clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se había quitado su
propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con
las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las
medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole
muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito...
Luego se había subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la
lámpara... «¡Ay, qué rico!».

«¡Cuidado que es desgracia!--repitió la señora de Santa Cruz dando un
gran suspiro--, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso
comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de
colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ángel,
ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has
hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo».

--Ya lo creo...--indicó Jacinta con orgullo--. Pero no; él es bueno
¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?

Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo
dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos
maridos.

Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano
de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a
decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado
todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor
tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el
cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron
allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en
el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de
Barbarita no tenían nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos
presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú,
probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que
dice Juan».

Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la
alcoba por ver si pescaban alguna sílaba de lo que el padre y el hijo
hablaban. Pero no se percibía nada. La conversación era sosegada, y a
veces parecía que Juan se reía. Pero estaba de Dios que no pudieran
salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el
mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del
cuarto de su hijo, he aquí que se presentan en el despacho Villalonga y
Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los
préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el
ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el
cuarto del Delfín. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió
mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que
su marido le echó.

Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que
nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de
bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico
Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se
interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la
demencia de _los castillos_; estaba haciendo averiguaciones sobre todos
los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran
obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque
estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con
sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares
o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el
castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los
del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese país es un
asombro». Luego resultaba que la tal _riqueza_ era de muros
despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a
piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la
altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de
Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...».
Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la
Corte Celestial. «Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le
estaba haciendo daño el almuerzo--. Me gustaría de veras si sirviera
para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».

Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los
entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más
sustancia.

«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en
consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor
nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...».

--Es escandaloso... ¡Pobre país!...

Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse
cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada;
pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en
tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?».

Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y
vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el
pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con
seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en
la cuenta. Después la conversación recayó en la política. Jacinta estaba
desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su
suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal
negocio, hija, mal negocio».

Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta
las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.

Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles
con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y
ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus
ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento.
¡Solos en la alcoba! Al fin...

Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:.

«Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas
nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo».

--Por Dios, no me digas eso --murmuró Jacinta, después de una pausa en
que quiso hablar y no pudo.

--Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--añadió el Delfín
muy cariñoso--. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las
mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que
imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su
composicioncita.

Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir: «Ese José
Izquierdo...».

--Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que
eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que
me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto;
pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta
clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió
él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un
novelista que se alimenta con judías.

--El pobre Ido es incapaz... --De engañar a sabiendas, eso sí. Pero no
te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser
suya. La concebiría como sospecha, como inspiración
artístico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquí hay un
negocio». Lo que es a _Platón_ no se le ocurre; de eso estoy seguro.

Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance. «Juanín es tu
hijo, no me lo niegues» replicó llorando.

--Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mío!,
ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra
de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente
chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que
tendría el mío si viviese.

--¡Si viviese! --Si viviese... sí... Ya ves cómo te canto claro. Esto
quiere decir que no vive.

--No me has hablado nunca de eso --declaró severamente Jacinta--. Lo
último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas
cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no
supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver,
¿fue esto lo que me dijiste?

--Sí, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro
episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no había para qué.
Cuando ocurrió, hacía ya un año que estábamos casados; vivíamos en la
mejor armonía... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa.
Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre
alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni
se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo
firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para
mí. Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha
llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sí
puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el
último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se
acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mía, nos acostaremos,
dormiremos y mañana...

--vii--.

«No, no, no--gritó Jacinta más bien airada que impaciente--. Ahora
mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».

--Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfín,
disponiéndose a hacerlo--. Si creerás tú que te voy a revelar algo que
pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la
prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues
si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te
rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por la
_plancha_, hija. Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado
buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por
la tierra sin dar un traspié a cada paso.

Se había acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a
Juanín, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo
arrancado de sí por una prueba, por un argumento en que intervenía la
aborrecida mujer aquella cuyo nombre quería olvidar. Lo más particular
era que seguía queriendo al _Pituso_, y que su cariño y su amor propio
se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonaría
ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la
tuvieran por loca y ridícula.

«Y ahora--siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas--,
despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del
Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije
fue...».

--Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a
dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.

--¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de
repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta.

--¿Yo? --Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un
poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del
pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo
mi sombrero y a la calle.

--¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!...--observó Jacinta,
sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.

--Es decir, hacía que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe...
«Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido
iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la
resurrección de una cosa que creía muerta y desaparecida para siempre.
«¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decía también:
«De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero
en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras
escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de
huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz
había venido a Madrid con su hijo, con el mío: ¿por qué no decirlo
claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no
tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo
uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era
natural: a mí. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra
era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que
cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mí... pues
sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decía al
verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro,
yo habría llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si
le hubiéramos salvado.

Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.

«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.

--Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en
casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero
te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza
agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabías nada.

--Y... --Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que había en la
tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos
caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y
el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo
que son las casualidades, me encontré a mamá... Díjome: «¡Qué pálido
estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado
hoy la pierna». En efecto, le habían cortado la pierna, a consecuencia
de la caída del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de
la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos
a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrían sobrevenido mil
disgustos, celos y cuestiones?

--Quizás no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Según lo que venga
detrás. ¿Qué pasó después?

--Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo,
yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes
creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentía era compasión por
sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote
grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer!
Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con
este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que
esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa
vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta
desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mía... Bueno, pues
sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El
tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias,
pretendía una plaza de contador de la depositaría de un pueblo.
¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y
no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero. La pobre
Fortunata no me decía nada. Aquel bestia no le permitía que me viera y
hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del
suelo los ojos; tan aterrorizada la tenía. Una noche, según me contó la
patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me había
mirado. Así lo decía él... Me puedes creer, como esta es noche, que
Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se había desmejorado mucho de
físico, y en lo espiritual no había ganado nada. Estaba flaca, sucia,
vestía de pingos que olían mal, y la pobreza, la vida de perros y la
compañía de aquel salvaje habíanle quitado gran parte de sus atractivos.
A los tres días se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera,
y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye,
puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el
sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habían
de ir inmediatamente. Y aquí paz y después gloria. Y se acabó mi cuento,
niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel
respetable tronco, lo que me llena de contento.

Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido
le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decía más que «¡Pobre

_Pituso_, pobre Juanín!». De repente una idea hirió su mente como un
latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la
convicción última que se revolvía furiosa en las agonías del
vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás
lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve
amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de
_plancha_, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para
prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas
sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con
brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más. «Todo lo que has dicho
será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y
el parecido?».

Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.

«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en
tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere
el que los mira. Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con
imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si
después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujería en
ello».

Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan
recomendada, y... la verdad... el parecido subsistía... aunque un
poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su
inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento.

«Tu mamá también le encontró un gran parecido».

--Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas
maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín.
También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no
se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de
la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela,
no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita
novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso
es falso, como novela es cursi. Si no, fíjate en las personas que te han
ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José
Izquierdo, un loco de la clase de cabellerías; Guillermina, una loca
santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada,
se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque
sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rías;
a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que
no hay más remedio que atarlas.

Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias,
afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin
accedió a ello.

«Mañana--dijo ella--, irás conmigo a verle».

--A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo!

--Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra
que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no
querrías verle?

--Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podría,
que este encierro me va cargando ya.

Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo
dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué
cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También
pensó mucho en el _Pituso_. «Se me figura que ahora le quiero más.
¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me
confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión?
No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando
se ríe... aquel entrecejo...». Y así estuvo hasta muy tarde.

El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba
del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el
enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una
vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín
tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón
Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar
subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que
esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que
Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna
demostración de cariño paternal.

«Hola, barbián--dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas
manos--. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te
apures, mujer, ya vendrá el verdadero _Pituso_, el legítimo, de los
propios cosecheros o de la propia tía Javiera».

Benigna y Ramón miraban a Jacinta.

«Vamos a ver--prosiguió el otro constituyéndose en tribunal--. Vengan
ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de
juicio, si este chico se parece a mí».

Silencio. Lo rompió Benigna para decir:

«Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido».

--¿Y tú?--preguntó Juan a Ramón.

--Yo... pues digo lo mismo que Benigna.

Jacinta no sabía disimular su turbación.

«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y
en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».

--¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien
salir. Su padre fue primero empleado en el _gas_; después punto figurado
en la casa de juego del _pulpitillo_.

--¡Punto figurado! ¿Y qué es eso?

--¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe
de estar ahora tomando aires en Ceuta.

--Eso, eso no--indicó Jacinta con rabia--. ¿También quieres tú infamar a
mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?

Todos se echaron a reír. Consolábase ella de su desairada situación
besándole y diciendo:

«Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo
mande. Es mío».

--Como que te ha costado tu dinero.

--viii--.

El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor,
como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su
estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le
hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que no
_debía darle tan fuerte_.

«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa».

--¿Estás loca? --insinuó el Delfín con severidad.

--No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discreción... No digo yo
tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien
recomendado, no lo pasaría mal.

--¡En el Hospicio! --exclamó Jacinta con la cara muy encendida--, ¡para
que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas
bazofias...!

--¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que así se
toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo.

Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que
aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.

«Pero si yo también le quiero proteger--afirmó Juan apreciando los
sentimientos de su mujer y disculpando su exageración--. Ha sido una
suerte para él haber caído en nuestras manos librándose de las de
Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra
llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi
padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad,
Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es
menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en
la tontería de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo,
¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el
criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como
mi mujer, se llevara a la práctica, la vida sería imposible,
absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas
generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se
debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonía
del mundo, ¡pues bueno estaría!... a la armonía del mundo, que es...
para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones,
admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido,
¿sí o no?

--Así, así --replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las
paradojas de su marido. Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de
las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante
ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios
independientes que la modestia y la subordinación no le permitían
manifestar. No habían transcurrido diez segundos después de aquel _así,
así_, cuando se oyó una gran chillería. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué había
de ser sino alguna barbaridad de Juanín! Así lo comprendió Benigna,
corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venía.

--¡Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramón
Villuendas se despedía para bajar al escritorio. Jacinta corrió al
comedor y a poco volvió aterrada.

«¿No sabes lo que ha hecho? Había en el comedor una bandeja de arroz con
leche. Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con
leche a puñados... así, así, y después de hartarse, lo tira por el suelo
y se limpia las manos en las cortinas».

Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar...
¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta
les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba
haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después
reíros y armar estos alborotos?».

--Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de
tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. ¡Virgen del Carmen, mi
bandeja de arroz con leche!

Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.

«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» díjoles la
tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado.

«Tú le tienes que lavar --manifestó Benigna, sin cejar en su cólera--,
tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!».

--Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.

--Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos... Y
nada más.

--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.

Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un
adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.

«Bien, bien por los hombres bravos--gritó Juan en presencia de la
fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho».

--Te voy a matar, pillo--le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante
él y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... verás que jabonadura
te vas a llevar.

Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en
torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los
brazos para contarle las grandes cochinadas que hacía el bruto de
Juanín. No sólo se comía las velas, sino que lamía los platos, y
_dimpués_... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le
reprendía, le enseñaba la lengua, diciendo _hostias_ y otras
_isprisiones_ feas, y _dimpués_... hacía una cosa muy indecente, ¡vaya!,
que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a
reír y enseñar el culito.

Santa Cruz no podía permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de
la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró
Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo
con la mayor severidad: «¿Tienes ahí un duro? No tengo suelto». Juan se
apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la
mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz
cayó de su burro.

«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes.
Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del
dinero no hubiera suelto».

--Tomad--dijo Benigna a los niños--; vuestro tiito os convida a dulces.

--Para inocentadas--indicó Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi
mujer.

--A mí no--replicó Benigna--. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la
verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la
encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la
familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de
casa. Bastantes jaquecas me dan las mías.

Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más.
Ya decidirían.

Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó
nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras
que Barbarita le dijo al oído:.

«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay
tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en
cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada,
pero nada».

Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.

«Pero usted... ¡por la Virgen santísima! también...--atreviose a decir
cuando el espanto se lo permitió--, también usted creyó...».

--Es que se me pegaron tus ilusiones --replicó la suegra esforzándose en
disculpar su error--. Dice Juan que es manía; yo lo llamo ilusión, y las
ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas.
Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto
tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mí y se
pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos
de imitación... Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las
dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y
ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquí. Baldomero no
lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le
he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué
ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella
boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo.
Ven acá y verás el nacimiento que le compré.

Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el
nacimiento, le dijo: «Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a
las tiendas, y... aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul,
a estilo inglés. Mira la gorra que dice _Numancia_. Este es un capricho
que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el
letrero en la frente, voy a tener un disgusto».

Jacinta oyó y vio esto con melancolía.

«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del
arroz con leche.

--¡Ay, Dios mío, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la
verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les
gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir
sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una
gran desgracia para todos que tú no nos _des_ algo.

A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un
rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se
han clavado bien.

«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que
chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados.
Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le
conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies,
con los chicos a la pela».

--Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible
tampoco tenerle aquí, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré
un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga
pesada...

--Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las
gatas paridas, escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá.

--¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no
lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le
han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia
y el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe entre
ataúdes... Sí, está fresco.

--Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria--dijo
Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están
concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle
una camita. ¿A ti qué te parece?

Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta
conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales.
Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el próximo cortase el
vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para
echarle el siguiente sermón:.

«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué
hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará.

Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez,
bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de
carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes...
Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales
trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no
nos podremos aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas...
Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero
no vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de ninguna
persona de la familia, porque parecería tapujo».

No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre
político le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de
expresar lo mucho y bueno que se le ocurría.

«Por consiguiente --prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera
las dos manos--, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo
de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allí estará como en la
gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé
educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe,
quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme
que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás
que no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido, bien
abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino
para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que
no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los
cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos
niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí,
estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina».

Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para
oponerse a las razones de aquel excelente hombre.

«Sí; aquí donde me ves--agregó Santa Cruz con jovialidad--, yo también
le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del
contagio de vuestra manía de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara
me lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo también
me lo tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían tales
pruebas, perdí la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel día
haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni
dejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y no
chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en
confianza, salí a la calle, me reía solo, y sin saber lo que me hacía,
me metí en el Bazar de la Unión y...».

Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de
su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.

«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais
a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces...
veinticuatro reales».

Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a
encogerlo, haciendo _flin flan_ repetidas veces. Jacinta se reía y al
propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso
Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».

--Nada, querida--declaró el buen señor acusándose francamente--. Que a
mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me
saliste con que lo del nieto era una novela, _flin flan_, me dio la idea
de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se
compró para él, _flin flan_, que la disfrute... ¿no os parece?

--A ver, dame acá--indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el
pueril instrumento--. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios.
Dámelo... lo tocaré yo... _flin flan_... ¡Ay!, no sé qué tiene esto...
¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.

Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito
juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a
llevárselo, _flin flan_...».