Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la
noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras
personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta,
llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para
oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían.
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