Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas. V.
Difficulty: Hard    Uploaded: 3 months, 1 week ago by marina     Last Activity: an hour ago
0% Upvoted
0% Translated but not Upvoted
836 Units
0% Translated
0% Upvoted
-V-.

Honeymoon.




--i--


The wedding took place in May 1871. D. Baldomero judiciously remarked that, since it was customary for newlyweds to set off on their honeymoon immediately after receiving the blessing, he could not understand why a trip to France or Italy was considered essential, when there were so many places in Spain well worth seeing. He and Barbarita had not even gone as far as Chamberi, because in those days couples stayed where they were, and the only Spaniard who was allowed to travel was the Duke of Osuna, D. Pedro.
¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial, verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto, sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá, cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella, pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así, clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba _Chí_, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El _Chí_ se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir, también en estilo mimoso, _¿me quieles?_, y otras tonterías y chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas, frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas; si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez, divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente, Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.
Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.
Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_ (como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.
Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables, como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor, porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor, quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito; eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así: «¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al mugir de la máquina humeante, gritaba: «¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.
¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar, para que me quieras más».

--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --¿Ahora mismo?

--_Chí_.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuéntala y luego veremos.

--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer... Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...




--ii--.


--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que come huevos crudos?...

--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste... --No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra vez.

--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos, suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar... ¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!
¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!...
¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de granito, llorando».

--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

--¡Qué poca vergüenza!

--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la tía y hablamos;. y una tarde salió el picador de entre un montón de banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo por la sobrina de Segunda.

--¿Y cuál era más guapa?

--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón... ¡pobre _nena_!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para ser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como pasaron... Basta ya, basta de cuentos».

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que hoy poseo, tú, niña mía?

--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo; pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la Seo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No, si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo así: «Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

--Sigue con tu conquista. Pues señor... --Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije: «Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_. No podía salir por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y enemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:.

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido yo...».

--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes más.

--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de cumplir la palabra de casamiento que le di?

--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.
Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se entere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes, sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos, besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las palabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía uno...».

--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por estas paredes una mirada humana... --Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les miró mucho.

«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara».

--¿Qué nos ha conocido?

--Que estábamos... tonteando.

--Psch... ¿y a mí, qué?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:.

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la cabeza, una nuera que dice _diquiá luego_ y no sabe leer».




--iii--.


«Quedamos en que no hay más cuentos».

--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito, siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo mismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo: «Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa era esa de la Concepción Jerónima...?».

--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal, hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo, presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga; él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo popular.

--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia, verdad?

--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.
¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.
«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y yo, que oíamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacíamos más que reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era cosa de alquilar balcones.

--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma, fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas que no puedo juntar.

--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

--Sí que es particular. ¡Qué gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para _juergas_ y cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la guitarra, _venga de ahí_, comer magras. Era una orgía continua. En la tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.
La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo como dos insensatos... --¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua, pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros tuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo pasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale más ser mujer mala que máquina buena'».

--Filosófica está mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro resuello que declara su fogosa actividad,. Jacinta se dejó caer del lado de su marido y le dijo: «Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura; mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la palabra difícil de pronunciar, _¡chiquillo!_, Jacinta no se atrevía, y aunque intentó sustituirla con _familia, sucesión_, tampoco salía.

--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

--Era una tontería; no hagas caso.

--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza, y hablaremos... y sabré si hay o no algún _hueverito_ por ahí».




--iv--.


Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía, colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.
Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar, Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?
Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre, tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero, para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al escondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona, mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma; tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo, me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un beso, que las hambres con amor son menos.

--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores, rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?
«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--.
Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas, poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre les daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy gordito».

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él, y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más le supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote, viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este almuerzo.

--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la digestión.

--¿El ácido qué...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están riquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido, y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:.

«No me has dicho cómo se llamaba».

--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque supongo que vivirá.

--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.
¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no?

--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres.

--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.
No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el bolsillo con saber un nombre más?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes?


--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo ni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de pelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las chufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el cielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la aparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah!
Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo con calma. ¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...? Todo porque aquellos brutos...».

--¿Chica, qué estás ahí diciendo?

--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás... hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes, que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el de los higos chumbos?».

--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por fruto las sogas.

--Y el esparto, ¿dónde está?

--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en Valencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda sin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de haber paseado por las calles y oído media _Africana_ en el teatro de la Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero olvidar eso...».

--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo, la falda, el _polisón_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas palabras:.

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más... en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le ayudaba.

--Se llama _For_... --_For_... _narina_.

--No. _For_... _tuna_... --_Fortunata_.

--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.




--v--.


«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a casa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas, a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así, llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad, palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre, que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno... Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche, muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate, y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla... Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento, viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a _pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados, como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!, sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente _curdela_ tienes tú».
Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita, tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a tomarle el pelo al inglés.

«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la sangre a la cabeza...».

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía.
Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el _mister_ con sus finuras, le pego... Yo también sé _boxear_».

Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy esclavo del deber... Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por la habitación.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--decía sin mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea mi madrecita... que me casó contigo... Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:.

«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado; era yo muy _cañí_... esto quiere decir _gitano_, vida mía. El vicio y la grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle _garlochín_... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado... tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy a hacer un altar de oro para adorarte».

«¡Jesús, qué fino está el tiempo!--exclamó la esposa que ya no podía ocultar su disgusto--. ¿Por qué no te acuestas?».

--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas, _chavala_!--añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas, había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--.
Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas... sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme... Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:.

«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el corazón lleno de inocencia... Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas letras y otras las equivocaba. Decía _indilugencias, golver, asín._ Pasó su niñez cuidando el _ganado_. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas.
Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les hacía _rorrooó_... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre Fortunata, pobre _Pitusa_!... ¿Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_?
¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que conste también; es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!...
Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le _garfiñé_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás, una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles... justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».




--vi--.


Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía qué hacer ni qué decir. «Hijo mío--exclamó limpiando el sudor de la frente de su marido--, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima.
Estás delirando».

--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--añadió Santa Cruz, quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el suelo--. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio... Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde vas? ¿No ves mi aflicción?

--Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té.

--¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...--dijo el otro en un tono tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas--. ¡Té...!, lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la, la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me digas que no, no me lo digas... Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o era broma?

«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».

--No, niña de mi alma --replicó él sentado en el suelo sin descubrir el rostro, que tenía entre las manos--. ¿No ves que lloro? Compadécete de este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me idolatraba... Seamos francos.

Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.

--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza, qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no, y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo, después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la _Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien llaman _Platón_ porque comía en un plato como un barreño, arrojaba chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les reconciliábamos cuando nos convenía... La _Pitusa_ temblaba de verlos alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras: «¡indecente, cabrón, _najabao, randa, murcia_...! No era posible semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma _Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije _vuelvo_, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite.
Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la _Pitusa_ estaba _cambrí_ de cinco meses... _¡Cambrí de cinco meses...!_ Alcé los hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo... Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua, contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas que revelaba.

«¡Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cariño y del miedo--, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures dormirte. Cállate ya».

--¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada, ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di que sí.

Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla a los niños cuando se les quiere dormir.

Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse, luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable recuerdo de lo que había visto y oído.

Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de zalamerías, le dijo:.

«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche... Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me acuerdo».

--¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público que yo.

--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.

--Tú lo has dicho... --Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué... --Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La palabra horrible negábase a salir de su boca.

--Dilo, hija. Di _ajumao_, que es más bonito y atenúa un poco la gravedad de la falta.

--Pues como estabas _ajumaíto_, no eras responsable de lo que decías.

--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?

--No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde cogerte.

--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.

Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. _Platón_ estaba fuera de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del _pulpitillo_. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico, que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.

«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba.




--vii--.


Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en el suelo con el bastón. Por fin se expresó así: «Supe que en efecto había...».

Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración, diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima.

«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué, ¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa, y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se había marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he tenido noticias de ella».

La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono, aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal, y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas, se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos, que por la tarde ya estos se habían desvanecido.

Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las _bocas de la Isla_? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.

Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos, deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de tener ocasión de darle el _par de galletas_ que se tenía ganadas. «Este danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y de que te contara aquellos horrores...».

Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el _punto negro_. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.

«¡Pobres mujeres! --exclamó--. Siempre la peor parte para ellas».

--Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se prueba todo lo que se quiere.

Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente.
Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.

Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas; pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que _hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer.
Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la buscaba».

Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.

Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre España, cuyo radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros,. soñaron con lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y de repartir los regalos.

A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una cotorra.
unit 1
-V-.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 2 hours ago
unit 2
Viaje de novios .
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 2 hours ago
unit 3
--i--.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 2 hours ago
unit 4
La boda se verificó en Mayo del 71.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 2 hours ago
unit 7
¡Qué diferencia de tiempos!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 12
¡Y tantísimo como quería a su marido!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 21
Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un atrevido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 23
Todo era para ellos motivo de felicidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 27
Por cualquier tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 31
Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las fugaces horas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 39
unit 40
Manos a la obra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 41
No debe haber secretos entre los esposos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 45
La respuesta fue cariñosa, pero evasiva.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 49
Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 51
Entre esposos debe haber siempre la mayor confianza, ¿no es eso?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 52
En cuanto hay secretos, adiós paz del matrimonio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 54
¡Como que estas historias ayudan bastante a la educación matrimonial!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 56
¡tras!, ya están cogidos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 57
«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 59
En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 62
«¡Sí, porque me engañas tú a mí!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 63
A buena parte vienes... Sé más de lo que te crees.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 64
Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 71
Te como; mira que te como.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 72
¡Curiosona, fisgona, feúcha!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 73
¿Tú quieres saber?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 74
Pues te lo voy a contar, para que me quieras más».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 75
--¿Más?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 76
¡Qué gracia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 77
Eso sí que es difícil.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 78
--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 79
--No, ahora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 80
--¿Ahora mismo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 81
--_Chí_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 82
--No... en Zaragoza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 83
Mira que es historia larga y fastidiosa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 84
--Mejor... Cuéntala y luego veremos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 85
--Te vas a reír de mí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 86
Pues señor... allá por Diciembre del año pasado... no, del otro...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 87
¿Ves?, ya te estás riendo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 88
--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 90
Pero déjame que empiece por el principio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 92
--ii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 95
--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 96
¿Te enfadas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 97
--¡Qué me voy a enfadar, hombre!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 98
Sigue...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 100
Volví al siguiente y me la encontré otra vez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 101
--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 106
¡Ah!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 107
¡Segunda Izquierdo!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 108
por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 109
¡qué lengua!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 110
¡qué rapacidad!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 111
Era viuda, y estaba liada, así se dice, con un picador.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 112
«Pero basta de digresiones.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 114
--¿A la tía?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 115
--No, mujer, a la sobrina.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 117
--¡Qué poca vergüenza!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 118
--Empezamos a hablar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 119
No subía ni bajaba nadie.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 121
Sigamos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 122
Pues señor... al tercer día me la encontré en la calle.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 123
Desde lejos noté que se sonreía al verme.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 127
--¿Y cuál era más guapa?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 129
Figúrate, ¡qué educación!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 131
unit 134
«¿Ves?, ya estás enfadada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 135
Y sin motivo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 136
Te cuento las cosas como pasaron... Basta ya, basta de cuentos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 137
--No, no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 138
No me enfado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 139
Sigue, o te pego otra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 144
No soy impertinente, no exijo imposibles.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 145
Bien conozco que los hombres la han de correr antes de casarse.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 150
Santa Cruz puso mala cara.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 151
«¡Pero qué tontín!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 152
Si lo quiero saber para reírme, nada más que para reírme.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 153
¿Qué creías tú, que me iba a enfadar?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 154
¡Ay, qué bobito!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 155
No, es que me hacen gracia tus calaveradas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 156
Tienen un _chic_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 159
Ahora te voy a anticipar la continuación de la historia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 162
Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 163
Aquello no era adivinación de Jacinta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 164
Algo había oído sin duda, por lo menos el nombre de la calle.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 166
--Sigue con tu conquista.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 167
Pues señor... --Cuestión de pocos días.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 168
En el pueblo, hija mía, los procedimientos son breves.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 169
Ya ves cómo se matan.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 170
Pues lo mismo es el amor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 172
Yo pensé que me iba a decir que no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 173
--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 174
--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 175
No podía salir por la Cava.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 176
Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de azucenas_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 177
unit 178
Jacinta miraba al suelo más que a su marido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 183
¡Qué hombres!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 184
unit 185
Si hubiera sido yo...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 186
--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 187
--Que sí... pillo... granujita.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 188
Vaya, no quiero saber más, no me cuentes más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 189
--¿Para qué preguntas tú?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 193
¡a mí!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 196
No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 199
Juanito corría.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 200
Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 201
«Que no me coges».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 202
--«A que sí».--«Que te mato...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 205
unit 207
«Ya ves, esto es sabrosísimo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 208
Quién diría que en medio de la calle podía uno...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 210
--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 211
Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 212
--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 213
Es más, creo que por aquí no ha pasado nunca nadie.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 215
--Pasos... ¿a ver?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 216
--Sí, pasos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 217
En efecto, alguien venía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 219
Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 220
Era un sacerdote viejo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 221
unit 222
El clérigo, al pasar junto a ellos, les miró mucho.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 224
--¿Qué nos ha conocido?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 225
--Que estábamos... tonteando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 226
--Psch... ¿y a mí, qué?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 228
No quiero saber más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 229
Punto final.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 231
«¿Sabes de qué me río?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 233
--iii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 234
«Quedamos en que no hay más cuentos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 235
--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 237
Que te aburriste pronto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 238
unit 239
Pasa la ilusión, y después ¿qué resulta?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 242
No hay más que ver las casas por dentro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 243
Pues lo mismo están los benditos cuerpos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 246
Después punto en boca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 247
¿Qué casa era esa de la Concepción Jerónima...?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 248
--Pero, hija, ¿qué te importa?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 249
Bueno, te lo diré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 250
No tiene nada de particular.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 252
¡Ah!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 253
¡José Izquierdo!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 254
te reirías si le vieras y le oyeras hablar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 256
Cada uno por su estilo, aquella pareja valía un imperio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 258
Primero se emborrachaba él solo, después los dos a turno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 260
Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 261
¡Lo que es el hombre!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 262
Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo popular.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 263
unit 265
Pero más que por la deshonra se enfurecía por la fuga.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 266
unit 267
Esta gente del pueblo es atroz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 268
unit 270
«Que si tú eres esto, si eres lo otro...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 272
¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 276
Era cosa de alquilar balcones.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 277
--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 278
--Ni yo lo sé tampoco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 279
Creo que me volví otro de lo que era y de lo que volví a ser.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 280
Fue como un paréntesis en mi vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 282
--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 283
--Que te calles, hombre, que te calles.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 284
Me repugna eso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 285
Razón tienes; tú no eras entonces tú.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 286
Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo conseguir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 288
--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 291
--Sí que es particular.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 292
¡Qué gente!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 293
--El pueblo no conoce la dignidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 294
Sólo le mueven sus pasiones o el interés.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 296
Era una orgía continua.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 297
En la tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 299
La vecindad estaba escandalizada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 300
La policía rondaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 301
Villalonga y yo como dos insensatos... --¡Ay, qué par de apuntes!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 303
¿Ves?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 304
Aprisita, que nos mojamos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 316
¡Cosa estupenda!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 319
unit 320
¡Toma, el algodón!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 321
¿Pues y los tintes?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 325
Y no paraba aquí la observadora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 329
--Filosófica está mi mujercita.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 330
--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 331
Di si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 335
¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 337
Y la cosa era bastante natural.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 342
--No, no era nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 343
--Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 344
--Era una tontería; no hagas caso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 346
Se queda uno confuso y haciendo mil cálculos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 347
Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 348
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 349
--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 350
--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 351
--Nada... no era nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 352
Él la miraba y se ponía serio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 354
Se miraban, se reían, y nada más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 355
Para sí dijo la esposa: «a su tiempo maduran las uvas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 357
--iv--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 358
Jacinta no tenía ninguna especie de erudición.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 359
Había leído muy pocos libros.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 370
A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 373
Espléndido sol doraba los campos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 376
«Míralos, míralos allí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 377
¡Valientes pícaros!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 378
Se burlan del tren y de nosotros».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 379
--Fíjate ahora en los alambres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 380
Son iguales al pentagrama de un papel de música.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 381
Mira cómo sube, mira cómo baja.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 384
Te lo confieso, marido de mi alma; tengo un hambre de mil demonios.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 385
unit 386
--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 387
Pronto llegaremos a una estación de fonda.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 389
Ánimo chica, y dame un beso, que las hambres con amor son menos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 391
¿Sabes lo que yo me comería ahora?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 392
--¿Un bistec?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 393
--No.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 394
--¿Pues qué?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 395
--Uno y medio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 396
--Ya te contentarás con naranja y media.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 397
Pasaban estaciones, y la fonda no parecía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 399
unit 400
Tráete una docena... No... oye, dos docenas».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 401
Y otra vez el tren en marcha.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 403
«¡Ay, qué ricos están!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 404
Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy gordito».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 405
--No, para ti, para ti.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 406
La mano de ella era tenedor para la boca de él, y viceversa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 407
unit 408
«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 410
¡prum!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 411
Todo para que nosotros nos regaláramos hoy.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 412
Y a fe que están sabrosos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 413
Me ha gustado este almuerzo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 414
--Y a mí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 415
Ahora veamos estos pasteles.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 416
El ácido fórmico es bueno para la digestión.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 417
--¿El ácido qué...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 418
--Las hormigas, chica.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 419
No repares, y adentro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 420
Mételes el diente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 421
Están riquísimos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 422
Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 423
«Ya no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 424
¡Mira qué casas, qué emparrados!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 425
Y aquello, ¿qué es?, naranjos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 426
¡Cómo huelen!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 427
Iban solos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 428
¡Qué dicha, siempre solitos!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 429
Juan se sentó junto a la ventana y Jacinta sobre sus rodillas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 430
Él le rodeaba la cintura con el brazo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 432
unit 434
«No me has dicho cómo se llamaba».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 435
--¿Quién?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 436
--preguntó Santa Cruz algo atontado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 438
--No lo sé... ni me importa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 439
Vaya con lo que sales ahora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 440
--Es que hace un rato me dio por pensar en ella.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 441
Se me ocurrió de repente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 442
¿Sabes cómo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 443
Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un arbusto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 446
Anoche me acordé, ¿cuándo creerás?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 447
Cuando apagaste la luz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 448
unit 449
unit 450
¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 451
--¿Qué?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 452
--El nombre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 453
--Déjame a mí de nombres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 454
--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 455
Bueno, guarda el secretito, hombre, y dispensa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 456
Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 457
Eso, eso es, o somos reservados o no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 458
Yo me quedo lo mismo que estaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 459
No creas que tengo gran interés en saberlo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 460
¿Qué me meto yo en el bolsillo con saber un nombre más?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 463
Eso quisieras tú para darte tono.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 464
No los tengo ni hay para qué.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 465
No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 474
Valencia se aproximaba ya.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 477
¡Sagunto!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 481
«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 482
¡Ah!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 483
Sagunto, ya... un nombre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 484
De fijo que hubo aquí alguna marimorena.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 485
Pero habrá llovido mucho desde entonces.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 486
No te entusiasmes, hijo, y tómalo con calma.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 487
¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 488
Todo porque aquellos brutos...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 489
--¿Chica, qué estás ahí diciendo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 494
«Mira, mira, qué esperpento de árbol.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 495
¿Será el de los higos chumbos?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 497
Aquello otro es la pita, que da por fruto las sogas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 498
--Y el esparto, ¿dónde está?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 499
--Hasta eso no llega mi sabiduría.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 500
Por ahí debe de andar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 501
El tren describía amplísima curva.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 503
Los grupos de árboles la tapaban a trechos; después la descubrían.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 504
«Ya estamos en Valencia, chiquilla; mírala allí».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 507
«¡Pero qué país, hijo!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 510
Juan se resistió a satisfacerla, alegando razones diversas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 511
«No me marees, hija...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 512
Ya te he dicho que quiero olvidar eso...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 513
--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 514
¿Qué te cuesta abrir la boca un segundo?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 515
No creas que te voy a reñir, tontín.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 518
El esposo también iba soltando ropa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 519
Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le desagradaba ya.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 523
Pues se llama...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 524
--Gracias a Dios, hombre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 525
Le costaba mucho trabajo decirlo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 526
La otra le ayudaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 527
--Se llama _For_... --_For_... _narina_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 528
--No.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 529
_For_... _tuna_... --_Fortunata_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 530
--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 531
--Nada más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 532
Te has portado, has sido amable.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 533
Así es como te quiero yo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 534
Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 535
--v--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 537
Me parece una tontería que vayamos tan pronto a Madrid.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 538
Nos plantaremos en Sevilla.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 539
Pondré un parte a casa».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 540
Al pronto Jacinta se entristeció.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 541
unit 548
Aquella dichosa Mancha era un narcótico.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 549
unit 552
Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla... Otra vez al tren.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 562
Era un banquete de boda.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 563
Los novios eran españoles anglicanizados de Gibraltar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 566
«De ninguna manera... muchas gracias».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 569
unit 574
Ya se me subía la sangre a la cabeza...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 576
Juan hablaba poco y parecía algo inquieto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 577
De repente le entraron ganas de volver abajo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 578
Su mujer se oponía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 579
Disputaron.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 580
Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 582
Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 583
--Debes acostarte--le dijo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 585
Yo tampoco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 586
Acompañaré a mi cara mitad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 587
Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 592
Él entonces se puso a dar paseos rápidos por la habitación.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 593
unit 594
_Te amo con delirio_ como se dice en los dramas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 597
Santa Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 599
¡Y me comí el cardo!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 602
Esto que te digo es la pura verdad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 603
Si te miento, que me quede muerto ahora mismo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 604
Todas mis faltas las veo claras esta noche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 607
¿Por qué no te acuestas?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 609
Perdona que no haya sido franco contigo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 610
Me daba vergüenza de revelarte ciertas cosas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 613
Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 617
«¡Si la hubieras visto...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 620
unit 621
¿Sabes lo que es el ganado?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 622
Las gallinas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 623
Después criaba los palomos a sus pechos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 627
¿Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 628
¿No?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 629
pues te lo digo ahora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 631
¿Has visto?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 632
¡Si seré pillín!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 637
--vi--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 638
Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 639
No sabía qué hacer ni qué decir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 641
Cálmate, por María Santísima.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 642
Estás delirando».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 644
¿Crees acaso que el vino...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 645
¡Oh!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 646
no, hija mía, no me hagas ese disfavor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 648
¿No ves mi aflicción?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 649
--Lo que veo... ¡Oh!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 650
Dios mío.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 651
Juan, por amor de Dios, sosiégate; no digas más disparates.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 652
Acuéstate.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 653
Yo te haré una taza de té.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 657
¿Pero de veras sollozaba o era broma?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 658
«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 660
¿No ves que lloro?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 661
Compadécete de este infeliz...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 662
unit 663
Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 664
--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 666
Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no, y que no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 667
¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 668
¡Qué humanidad tan farsante!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 669
El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le da la gana.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 672
El picor del ajo me repugnaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 674
unit 675
Todos los días jarana en la casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 679
No era posible semejante vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 680
Di que no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 681
El hastío era ya irresistible.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 684
Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 685
Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 686
No me cogía, no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 690
Jacinta temblaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 691
Le había entrado mortal frío, y daba diente con diente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 693
«¡Por Dios y por tu madre!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 694
--dijo al fin movida del cariño y del miedo--, no me cuentes más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 695
Es preciso que te acuestes y procures dormirte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 696
Cállate ya».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 697
--¡Que me calle!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 698
¡que me calle!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 700
di que sí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 701
Se levantó de un salto y trató de andar... No podía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 705
unit 707
Pero la sedación vencía, y al fin se quedó profundamente dormido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 710
Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 715
En mi vida me ha pasado otra igual.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 716
Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me acuerdo».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 717
--¡Ay!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 718
unit 719
--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 721
El maldito inglés tuvo la culpa y me la ha de pagar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 722
¡Dios mío, cómo me puse!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 723
¿Y qué dije, qué dije?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 724
unit 725
¡Qué bochorno!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 726
¿Estás enfadada?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 727
No, si no hay para qué... --Cierto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 728
Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 729
La palabra horrible negábase a salir de su boca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 730
--Dilo, hija.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 731
unit 732
--Pues como estabas _ajumaíto_, no eras responsable de lo que decías.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 733
--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 735
No las entendí bien.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 736
Lo demás bien clarito estaba, demasiado clarito.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 738
Créelo, te pusiste que no había por dónde cogerte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 742
¿Habló Juan con verdad?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 743
De todo hubo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 744
Sus declaraciones eran una verdad refundida como las comedias antiguas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 745
El amor propio no le permitía la reproducción fiel de los hechos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 748
_Platón_ estaba fuera de Madrid y su mujer en el otro mundo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 751
Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el ajuar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 752
En el resto del día prestaba servicios en la taberna del _pulpitillo_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 754
«¿Y la otra?...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 755
porque esto era lo que importaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 756
--vii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 757
Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 758
Hacía rayas en el suelo con el bastón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 759
Por fin se expresó así: «Supe que en efecto había...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 761
Al Delfín se le quitó un peso de encima.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 763
Después no pude ocuparme de nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 764
Sobrevino la muerte de tu mamá.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 766
¿A dónde?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 767
¿Con quién?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 768
Ni entonces lo supe ni lo he sabido después.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 770
La esposa dio un gran suspiro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 773
De cada población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 780
Nada, absolutamente nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 781
Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 782
unit 783
unit 791
«¡Pobres mujeres!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 792
--exclamó--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 793
Siempre la peor parte para ellas».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 795
Jacinta se dejó hacer caricias.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 796
No estaba enfadada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 797
Pero en su espíritu ocurría un fenómeno muy nuevo para ella.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 802
Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la humanidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 803
Jacinta no podía ocultárselo a sí misma.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 808
«Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 809
Hay dos mundos, el que se ve y el que no se ve.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 810
La sociedad no se gobierna con las ideas puras.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 813
Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 816
Veo que te ríes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 818
Visto de acá, ya es otro distinto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 819
En cosas de moral, lo recto y lo torcido son según de donde se mire.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 821
El mundo es así.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 822
Debía yo salvarme, ¿sí o no?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 825
Ciertas palabras no significan nada por sí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 827
Cada cual tiene su destino.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 828
El de ella era ese: no parecer cuando yo la buscaba».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 836
A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una cotorra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity 3 months, 1 week ago

-V-.

Viaje de novios .

--i--.

La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen
juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de
recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de
rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos
lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a
Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el
único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.
¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que
tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de
Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó
enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial,
verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,
sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá,
cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con
sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la
estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a
las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y
de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no
excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus
sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta
escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de
ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella
pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería
a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su
marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que
se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se
acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la
ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella,
pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía
Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de
amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la
vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No
le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así,
clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si
era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría
hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a
ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba
_Chí_, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El
_Chí_ se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,
también en estilo mimoso, _¿me quieles?_, y otras tonterías y
chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la
misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que
les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos
aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,
frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua
yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un
atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las
consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que
Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del
que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del
arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de
cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que
les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;
si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la
señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de
esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del
mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier
tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de
estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez,
divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su
memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen
gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los
enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las
fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para
averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor
aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente
victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando
los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y
hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,
Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado
de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado
antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves
indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los
mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va
adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las
revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la
curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido
un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.
Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.
Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la
primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de
inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_
(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.
Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,
como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si
lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas
de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser
completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo
a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las
pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor,
porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca
hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No
dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor,
quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber
siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós
paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas
paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas
historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de
memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se
deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de
Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía
que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la
indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso
sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo
que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá
estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito;
eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se
enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación
impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría
puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba
su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y
diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:

«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con
un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al
mugir de la máquina humeante, gritaba:

«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.
¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar,
para que me quieras más».

--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --¿Ahora mismo?

--_Chí_.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuéntala y luego veremos.

--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año
pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer...
Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una
vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado
Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a
verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró
una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...

--ii--.

--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una
salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que
come huevos crudos?...

--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...

--No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra
vez.

--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos,
suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de
peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del
gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a
relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar...
¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su
tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!
¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!...
¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se
dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que
entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de
granito, llorando».

--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los
tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la
pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

--¡Qué poca vergüenza!

--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era
confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo
bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré
en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro
palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la
tía y hablamos;. y una tarde salió el picador de entre un montón de
banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y
llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y
yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No
tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella
gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a
aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo
por la sobrina de Segunda.

--¿Y cuál era más guapa?

--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de
su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no
sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y
luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la
culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que
poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a
veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz
chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón...
¡pobre _nena_!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan
espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la
aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de
una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y
expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para
ser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como
pasaron... Basta ya, basta de cuentos».

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que
considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un
episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los
pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor
puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero
olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que
hoy poseo, tú, niña mía?

--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa
Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas
expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo
imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de
casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo;
pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la
curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en
Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la
Seo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando
vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás
de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para
reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a
enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus
calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un
poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No,
si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa
aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el
pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la
historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo
admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los
dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no
era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el
nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo
así:

«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es
que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

--Sigue con tu conquista. Pues señor...

--Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son
breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije:
«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé
que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_. No podía salir
por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de
azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y
enemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo
mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las
palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos
por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y
aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para
hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su
marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio
un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:.

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una
burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa
tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido
yo...».

--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes
más.

--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas
conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que
al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de
cumplir la palabra de casamiento que le di?

--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente
cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te
daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de
pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la
plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos
esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos
caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas
gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas
aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y
tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.
Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas
entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el
sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se
entere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no
me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el
desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella
coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un
sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,
sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra
plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin
decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,
besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las
palabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía
uno...».

--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en
verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se
quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no
ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por
estas paredes una mirada humana...

--Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin
poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del
suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un
sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron
afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les
miró mucho.

«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y
pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara».

--¿Qué nos ha conocido?

--Que estábamos... tonteando.

--Psch... ¿y a mí, qué?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me
cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la
causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:.

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si
le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la
cabeza, una nuera que dice _diquiá luego_ y no sabe leer».

--iii--.

«Quedamos en que no hay más cuentos».

--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí
que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo
figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y
la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué
resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como
si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El
pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito,
siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo
mismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los
elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a
ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre
el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa
era esa de la Concepción Jerónima...?».

--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de
particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal,
hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más
grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,
presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y
tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y
le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda
de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja
valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se
entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se
emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga;
él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se
armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo
que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo
popular.

--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia,
verdad?

--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las
callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la
deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la
pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.
¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de
moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la
Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.
«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y
yo, que oíamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacíamos más que
reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo
tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante
chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió
allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo
Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era
cosa de alquilar balcones.

--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que
volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,
fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de
entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú
no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo
conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas
que no puedo juntar.

--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un
poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te
sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta
bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre
Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se
acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

--Sí que es particular. ¡Qué gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el
interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para _juergas_ y
cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto
llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la
guitarra, _venga de ahí_, comer magras. Era una orgía continua. En la
tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día
que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.
La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo
como dos insensatos...

--¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha
caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos
mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no
cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la
lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del
Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el
gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los
estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían
sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los
campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las
locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las
plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua,
pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros
tuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía
llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los
recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y
tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que
habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les
dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la
animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y
de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas
armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante
tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la
familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente
olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en
el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles
juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación
de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa
estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en
cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver
una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de
decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el
algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro
una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más
raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que
de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de
los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo
pasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo
instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en
sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara
los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al
salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas
que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para
vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan
tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan
tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan
seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale
más ser mujer mala que máquina buena'».

--Filosófica está mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di
si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa
ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro
resuello que declara su fogosa actividad,. Jacinta se dejó caer del lado
de su marido y le dijo:

«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que
deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el
pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que
sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había
pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura;
mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden
de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi
marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien
podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la
palabra difícil de pronunciar, _¡chiquillo!_, Jacinta no se atrevía, y
aunque intentó sustituirla con _familia, sucesión_, tampoco salía.

--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

--Era una tontería; no hagas caso.

--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a
preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y
haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le
adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su
sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra
que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la
esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza,
y hablaremos... y sabré si hay o no algún _hueverito_ por ahí».

--iv--.

Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos
libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía
artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera
mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a
Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía,
colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el
paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas
lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las
embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados
puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las
construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y
naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han
leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las
barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.
Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta
no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las
Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de
Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar,
Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los
piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la
rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o
parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan
desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido
que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?
Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre,
tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se
desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la
maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de
algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro
del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se
acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se
alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero,
para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al
escondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,
mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del
cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta
se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en
fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes
pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de
música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están
grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que
se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa
bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;
tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,
me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a
una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o
pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un
beso, que las hambres con amor son menos.

--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si
descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con
naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál
apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores,
rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?
«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--.
Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,
poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de
cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre
les daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy
gordito».

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él,
y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más
le supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer
con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,
viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino
el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros
nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este
almuerzo.

--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la
digestión.

--¿El ácido qué...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están
riquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya
no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué
casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la
ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el
brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre
todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que
ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,
y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:.

«No me has dicho cómo se llamaba».

--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque
supongo que vivirá.

--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de
repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un
arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a
saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé
de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de
equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me
pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya
sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.
¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no?

--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres.

--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el
secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.
No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el
bolsillo con saber un nombre más?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero
olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes?

--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener
celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo
ni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje
era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba
los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o
sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores
olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las
más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana
está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas
los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas
encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las
hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes
semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el
arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por
todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias
gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con
zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres
frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de
pelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las
chufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían
las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas
personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el
mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el
cielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras
nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos
los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones
más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las
ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la
aparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah!
Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero
habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo
con calma. ¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...? Todo porque aquellos
brutos...».

--¿Chica, qué estás ahí diciendo?

--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás...
hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra
esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las
cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio
Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes,
que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el
de los higos chumbos?».

--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta
de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por
fruto las sogas.

--Y el esparto, ¿dónde está?

--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran
masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de
árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en
Valencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo
observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los
esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles
angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si
esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda
sin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de
haber paseado por las calles y oído media _Africana_ en el teatro de la
Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la
picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita
disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando
razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero
olvidar eso...».

--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la
boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo,
la falda, el _polisón_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas
y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar
con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando
ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le
desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su
mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre
las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas
palabras:.

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más...
en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor
alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le
ayudaba.

--Se llama _For_...

--_For_... _narina_.

--No. _For_... _tuna_...

--_Fortunata_.

--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.

--v--.

«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días
después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos
tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a
casa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas,
a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco
aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así,
llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas
jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de
azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal
aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de
viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo
que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo
triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche
tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad,
palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad
horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el
humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el
horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre,
que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y
las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...
Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un
narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche,
muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate,
y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la
Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío
muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a
Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día
para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla...
Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron
dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso
y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo
que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,
viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando
del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las
miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a
Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en
los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las
teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta
ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su
flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos
cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito
que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo
pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que
recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en
tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez
convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas
cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a
Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda
la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla
y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a
_pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que
en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios
eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz
fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un
poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que
chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,
como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de
tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!,
sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los
cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más
remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de
sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente _curdela_ tienes tú».
Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo
malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su
boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como
él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía
era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un
embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita,
tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a
tomarle el pelo al inglés.

«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las
escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque
no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus
dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si
sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la
sangre a la cabeza...».

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato
recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos
que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De
repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía.
Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la
silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el
_mister_ con sus finuras, le pego... Yo también sé _boxear_».

Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de
tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara
mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy
esclavo del deber...

Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre
sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el
caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de
que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba
su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la
silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por
la habitación.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--decía sin
mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea
mi madrecita... que me casó contigo...

Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención
recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa
Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:.

«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando
todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y
me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado;
era yo muy _cañí_... esto quiere decir _gitano_, vida mía. El vicio y la
grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle
_garlochín_... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura
verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas
las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado...
tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy
a hacer un altar de oro para adorarte».

«¡Jesús, qué fino está el tiempo!--exclamó la esposa que ya no podía
ocultar su disgusto--. ¿Por qué no te acuestas?».

--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas,
_chavala_!--añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas,
había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--.
Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte
ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una
urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás
cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los
pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma
mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la
humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas...
sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme...

Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato,
los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:.

«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas,
muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo
Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo
dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el
corazón lleno de inocencia...

Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas
letras y otras las equivocaba. Decía _indilugencias, golver, asín._ Pasó
su niñez cuidando el _ganado_. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas.
Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino
del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú
qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los
palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche
de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la
boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos
pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les
hacía _rorrooó_... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre
Fortunata, pobre _Pitusa_!... ¿Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_?
¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que
conste también; es preciso que cada cual cargue con su
responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice
creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!...
Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las
tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo
cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le
_garfiñé_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos,
somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es
cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes
razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás,
una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que
me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles...
justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».

--vi--.

Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía
qué hacer ni qué decir. «Hijo mío--exclamó limpiando el sudor de la
frente de su marido--, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima.
Estás delirando».

--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--añadió Santa Cruz,
quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el
suelo--. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese
disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la
cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio...
Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para
que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde
vas? ¿No ves mi aflicción?

--Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no
digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té.

--¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...--dijo el otro en un tono
tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas--. ¡Té...!,
lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he
ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en
la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno
debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la,
la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me
digas que no, no me lo digas...

Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o
era broma?

«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».

--No, niña de mi alma --replicó él sentado en el suelo sin descubrir el
rostro, que tenía entre las manos--. ¿No ves que lloro? Compadécete de
este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me
idolatraba... Seamos francos.

Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.

--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no
era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la
decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza,
qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no,
y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué
humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le
da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo
pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo,
después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado
encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la
_Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por
esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por
mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa
en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien
llaman _Platón_ porque comía en un plato como un barreño, arrojaba
chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les
reconciliábamos cuando nos convenía... La _Pitusa_ temblaba de verlos
alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No
volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos
Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se
armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos
todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras:
«¡indecente, cabrón, _najabao, randa, murcia_...! No era posible
semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma
_Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije
_vuelvo_, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo
sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia
allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite.
Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me
cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día
subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la _Pitusa_
estaba _cambrí_ de cinco meses... _¡Cambrí de cinco meses...!_ Alcé los
hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y
plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y
plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo...

Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el
suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la
silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con
diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua,
contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a
preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas
que revelaba.

«¡Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cariño y del
miedo--, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures
dormirte. Cállate ya».

--¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada,
ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di
que sí.

Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida
vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los
ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta
fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla
a los niños cuando se les quiere dormir.

Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en
estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse,
luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en
él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se
quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco
trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un
pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable
recuerdo de lo que había visto y oído.

Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia
vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor
propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se
atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma
prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y
cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el
afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de
zalamerías, le dijo:.

«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche...
Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado
otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me
acuerdo».

--¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público
que yo.

--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.

--Tú lo has dicho... --Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he
cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la
culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué
dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que
no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué...

--Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La
palabra horrible negábase a salir de su boca.

--Dilo, hija. Di _ajumao_, que es más bonito y atenúa un poco la
gravedad de la falta.

--Pues como estabas _ajumaíto_, no eras responsable de lo que decías.

--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?

--No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta
sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado
clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable
por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde
cogerte.

--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos
palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.

Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario
banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería
comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que
las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran
sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran
una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le
permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de
Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber
qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto
tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y
el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. _Platón_ estaba fuera
de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde
diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la
huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la
escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En
aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la
gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el
ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del
_pulpitillo_. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico,
que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.

«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba.

--vii--.

Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en
el suelo con el bastón. Por fin se expresó así:

«Supe que en efecto había...».

Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración,
diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima.

«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué,
¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de
tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa,
y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la
conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer
diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se había
marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he
sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he
tenido noticias de ella».

La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su
alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la
responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin
duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono,
aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal,
y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más
en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era
preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada
población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la
actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas,
se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos,
que por la tarde ya estos se habían desvanecido.

Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el
gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas
misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se
acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento
de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería
que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las _bocas de la
Isla_? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las
bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.

Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya
en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos,
deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque
picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal
asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo
borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió
algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues
señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés
de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles
muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres
de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de
tener ocasión de darle el _par de galletas_ que se tenía ganadas. «Este
danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y
de que te contara aquellos horrores...».

Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el
_punto negro_. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea
que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.

«¡Pobres mujeres! --exclamó--. Siempre la peor parte para ellas».

--Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las
circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando
todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se
prueba todo lo que se quiere.

Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu
ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se
barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente.
Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese
despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y
existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento
procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le
inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la
desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la
humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su
amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria
había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la
vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el
altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.

Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su
esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para
esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de
su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en
someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay
dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna
con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como
parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de
clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las
relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La
conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas;
pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo
duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que
_hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir
más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una
locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto
de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido
son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que
hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo
salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que
lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay
alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también
mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que
ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer.
Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la
buscaba».

Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil
y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una
bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal
y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un
emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía
dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a
salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad
de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de
colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo
lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en
aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una
levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.

Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes
seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas
dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer
cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por
convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los
cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había
que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre España, cuyo
radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros,. soñaron con
lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea
placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar
todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y
de repartir los regalos.

A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una
cotorra.