Aurora sem dia - Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 3 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
429 Units
100% Translated
100% Upvoted
Originalmente publicado en "Jornal das Famílias" en el año de 1873 y posteriormente recopilado en "Historias da meia-noite".


En aquel tiempo, Luís Tinoco contaba veintiún años. Era un chico de estatura media, ojos vivos, cabellos desordenados, lengua inagotable y pasiones impetuosas. Ejercía un modesto empleo en el foro, de donde sacaba el parco sustento, y vivía con el padrino cuyos medios de subsistencia consistían en lo ordenado de su jubilación. Tinoco estimaba al viejo Anastácio y éste le tenía el mismo afecto a su ahijado.

Luís Tinoco tenía la convicción de que estaba abocado a grandes destinos, y ése fue durante mucho tiempo el mayor obstáculo de su existencia. En el tiempo en que el Dr. Lemos lo conoció comenzaba a arder en él la llama poética. No se sabe cómo comenzó aquello. Naturalmente los laureles ajenos comenzaron a quitarle el sueño. Lo cierto es que una mañana se levantó Luís Tinoco escritor y poeta; la inspiración, flor en capullo todavía la víspera, amaneció pomposa y lozana. El chico se lanzó al papel con ardor y perseverancia, y entre las seis y las nueve, cuando lo fueron a llamar para desayunar, había producido un soneto, cuyo principal defecto era tener cinco versos con sílabas de más y otros cinco con sílabas de menos. Tinoco llevó la producción al Correo Mercantil, que la publicó entre los artículos remitidos.

Mal dormida, entremezclada de sueños interrumpidos, de sobresaltos y ansias, fue la noche que precedió a la publicación. Al final despuntó la aurora y Luís Tinoco, a pesar de poco madrugador, se levantó con el sol y fue a leer el soneto impreso. Ninguna madre contempló al hijo recién nacido con más amor del que el chico leyó y releyó la producción poética, además decorada desde la víspera. Se figuró que todos los lectores del Correo Mercantil estaban haciendo lo mismo; y que cada uno de ellos admiraba la reciente revelación literaria, preguntándose quién sería ese nombre hasta entonces desconocido.

No durmió sobre los laureles imaginarios. De ahí a dos días, nueva composición, y esta vez salió una larga oda sentimental en que el poeta se quejaba a la luna del desprecio en que lo había dejado la amada, y ya entreveía en el futuro la muerte melancólica de Gilbert. No pudiendo hacer gastos, consiguió, por mediación de un amigo, que la poesía fuera impresa gratis, motivo este que retrasó la publicación algunos días. Luís Tinoco se tragó el precio de la demora y no sé si llegó a sospechar de la envidia de los redactores del Correio Mercantil. La poesía salió finalmente y produjo tal contento en el poeta que enseguida fue a hacer la gran revelación al padrino.

—¿Leyó hoy el Correio Mercantil, padrino mío? le preguntó.

—Hombre, ya sabes que yo solo leía los periódicos en el tiempo en que era un empleado de verdad. Desde que me retiré no leí más los periódicos... —¡Pues es una pena! dijo Tinoco con tono frío; quería que me dijese lo que piensa de unos versos que vienen allí.

—¡Y además versos! ¿Los periódicos ya no hablan de política? En mi tiempo no hablaban de otra cosa.

—Hablan de política y publican versos, porque ambas cosas tienen cabida en la prensa. ¿Quiere leer los versos?

—Dame.

—Aquí están.

El poeta sacó del bolsillo el Correio Mercantil y el viejo Anastácio comenzó a leer para sí la obra de su ahijado. Con los ojos clavados en el padrino, Luís Tinoco parecía querer adivinar las impresiones que producían en él sus elevados conceptos, metrificados con toda las libertades posibles e imposibles de la rima consonante. Anastáscio acabó de leer los versos e hizo con la boca un gesto de enfado.

–Esto no tiene gracia, dijo él a su ahijado estupefacto, ¿qué diablos tiene que ver la luna con la indiferencia de esa chica y a cuento de qué viene la muerte de este extranjero?

Luís Tinoco tuvo ganas de insultar al padrino, pero se limitó a tirarse los pelos para atrás y a decir con sumo desdén: –Son cosas de poesía que no todos entienden; esos versos sin gracia son míos.

–¿Tuyos? preguntó Anastáscio en la cima del espanto.

–Sí señor.

–¿Entonces tú haces versos?

–Eso dicen.

–¿Pero quién te enseñó a hacer versos?

–Esto no se aprende; se trae desde la cuna.

Anastácio leyó otra vez los versos, y solo entonces se fijó en la firma del ahijado. No cabía duda: el muchacho se había hecho poeta. Para el viejo jubilado era esto una gran desgracia. Él unía la idea de poeta a la idea de mendicidad. Le habían pintado a Camões y a Boccaccio, que eran los nombres literarios que él conocía, como dos improvisadores de esquina, que arrojaban sonetos a cambio de algunas monedas, durmiendo en los atrios de las iglesias y comiendo en los establos de las casas grandes. Cuando supo que su querido Luís estaba herido por la terrible enfermedad, Anastácio se puso triste y fue en esa ocasión cuando se encontró con el Dr. Lemos y le dio la noticia de la gravísima situación de su ahijado.

—Le comunico que Luís es poeta.

—¿Sí? le preguntó el Dr. Lemos. ¿Y qué tal le salió el poeta?

—No me importa si salió malo o bueno. Lo que sé es que es la mayor desgracia que le podía pasar, porque esto de la poesía no da nada de sí. Tengo miedo de que deje el empleo y se quede ahí, por las esquinas, a hablar de la luna, rodeado de mocosos.

El Dr. Lemos tranquilizó al hombre diciéndole que los poetas no eran esos vagabundos que él imaginaba; le mostró que la poesía no era obstáculo para ser como los demás, para ser diputado, ministro o diplomático.

—No obstante, dijo el Dr. Lemos, desearía hablar con Luís; quiero ver lo que ha realizado, porque como yo también fui en otros tiempos un poco poeta, puedo saber ya si el chico da de sí.

Luís Tinoco fue a hablar con él; le llevó el soneto y la oda impresos y algunas producciones más no publicadas. Estas se dividían entre odas y sonetos. Imágenes maliciosas, expresiones comunes, flojo impulso o falta de arte; a pesar de todo eso, de vez en cuando había algún destello que indicaba por parte del neófito una propensión al misterio; al cabo de algún tiempo podía ser un excelente trovador de salas.

El Dr. Lemos le dijo con franqueza que la poesía era un arte difícil y que exigía largo estudio; pero que, de querer cultivarla a todo trance, debía escuchar algunos consejos necesarios.

—Sí, respondió, puede recordarme algo; no me niego a aceptar lo me parece bueno, tanto más en cuanto que hice estos versos muy deprisa y no tuve ocasión de corregirlos.

—Estos versos no me parecen buenos, dijo el Dr. Lemos; podría romperlos y estudiar antes algún tiempo.

No es posible describir el gesto de soberbio desdén con el que Luís Tinoco arrancó los versos al doctor y le dijo: —Sus consejos valen tanto como la opinión de mi padrino. La poesía no se aprende, se trae de la cuna. Yo no presto atención a los envidiosos. Si los versos no fuesen buenos, el Mercantil no los hubiera publicado.

Y se fue.

De allí en adelante, fue imposible tenerlo a mano.

Tinoco se entregó a escribir como quien se despedía de la vida. Los periódicos estaban llenos de sus producciones, unas tristes, otras alegres, no de aquella tristeza ni de aquella alegría que vienen directamente del corazón, sino de una tristeza que hacía reír y de una alegría que hacía bostezar. Luís Tinoco confesaba sencillamente al mundo que había sido invadido por el escepticismo de Byron, que había tragado hasta las heces la copa del infortunio y que para él la vida había escrito en la puerta la inscripción dantesca. La inscripción era citada con las propias palabras del poeta, sin que en realidad Luís Tinoco la hubiese leído nunca. Salpicaba en las producciones ajenas una colección de alusiones y normas literarias, con que hacía los gastos de su erudición y no le era preciso, por ejemplo, haber leído a Shakespeare para hablar del to be or not to be, del balcón de Julieta y de las torturas de Otelo. Tenía con respecto a las biografías ilustres nociones sumamente singulares. Una vez, irritándose con su amada –persona que todavía no existía– ocurrió que dijo que el clima fluminense podía producir monstruos de esa especie, del mismo modo que el sol italiano había dorado los cabellos de la niña Aspasia. Había leído casualmente algunos de los salmos del Padre Caldas, y los encontró soporíferos; hablaba con más benevolencia de la "Muerte de Lindóia", nombre que él daba el poema de J. Basílio da Gama, del que solo conocía cuatro versos.

Al cabo de cinco meses había producido Luís Tinoco una cantidad razonable de versos, y podía mediante muchos claros y páginas en blanco, dar un volumen de ciento ochenta páginas. La idea de imprimir un libro le sonrió; y de ahí a poco era raro pasar por una tienda sin ver en el escaparate un prospecto redactado así: Goivos e Camélias (Alhelíes y camelias) por Luís Tinoco. Un volumen de 200 páginas... 2$000 rs.

El Dr. Lemos lo encontró algunas veces en la calle. Caminaba con el aire inspirado de todos los poetas nobeles que se suponen apóstoles y mártires. Con la cabeza alta, la mirada perdida, los cabellos largos y caídos; en algunas ocasiones se abotonaba el paletó y colocaba la mano en el pecho para ser visto así como un retrato de Guizot; oras veces caminaba con las manos a la espalda.

El Dr. Lemos le habló en la tercera ocasión que lo vio así, porque en las dos primeras el muchacho lo esquivó de modo que no pudo detenerle el paso. Le hizo algunos elogios a sus producciones. Se le alegró el rostro: —Gracias, le dijo; esos elogios son el mejor premio a mis fatigas. El pueblo no está preparado para la poesía: las personas inteligentes, como el doctor, pueden jugar el merecimiento de los demás. ¿Leyó mi "Flor pálida"?

—¿Unos versos publicados el domingo?

—Sí.

—Lo leí, son muy galantes.

—Y sentimentales. Hice aquella poesía en media hora y no corregí nada. Me sucede eso con mucha frecuencia. ¿Qué le parecen aquellos esdrújulos?

—Los encuentro esdrújulos.

—Son excelentes. Ahora voy a llevar algunas estrofas que compuse ayer. Se titulan "Â beira de um túmulo" (Al borde de una tumba).

—¡Ah!

—¿Ya firmó mi libro nuevo?

—Todavía no.

—No lo firmé. Quiero darle un volumen. Sale en breve. Estoy recogiendo las suscripciones. Alhelís y camelias; ¿qué le parece el título?

–Magnífico.

–Se me ocurrió de repente. –Me recordaron otros, pero eran comunes. Alhelís y camelias parece que es un título distinto y original; es lo mismo que si dijese: alegrías y tristezas.

–Exactamente.

Durante ese tiempo, el poeta iba sacando del bolso un aluvión de papeles. Buscaba las estrofas de que había hablado. El Dr. Lemos quiso evadirse, pero el hombre era implacable; lo agarró por el brazo. Amenazado de oir leer los versos en la calle, el doctor invitó al poeta a ir a cenar con él.

Fueron a un hotel próximo.

–¡Ah! amigo mío, decía por el camino, no imagina cuantos envidiosos andan denigrando mi nombre. Mi talento ha sido el blanco de mil ataques; pero yo ya estaba dispuesto a esto. No me sorprende. La vista de Camões es un ejemplo y un consuelo. Prometeo, atado al Cáucaso, es el emblema del genio. La posteridad es la venganza de los que sufren los desdenes de su tiempo.

En el hotel buscó el Dr. Lemos un lugar más apartado, donde no llamasen mucho la atención de las otras personas.

–Aquí están las estrofas, dijo Luís Tinoco consiguiendo arrancar de un montón de papeles la poesía anunciada.

–¿No le parece mejor leerlas a los postres?

–Como quiera, respondió él; tiene razón, porque yo también tengo hambre.

Luís Tinoco era todo prosa a la mesa de la cena; comió desgarbadamente.

–No le preste atención, decía de vez en cuando; esto es el animal que se está alimentando. El espírito no tiene ninguna culpa de esto.

A los postres, estando en la sala unos cinco huéspedes, desdobló Luís Tinoco el papel fatal y leyó las anunciadas estrofas, con una melopea afectada y completamente ridícula. Los versos hablaban de todo, de la muerte y de la vida, de las flores y de los gusanos, de los amores y de los odios; había más de ocho cipreses, cerca de veinte lágrimas y más tumbas que en un cementerio de verdad.

Los cinco clientes que cenaban volvieron la cabeza cuando Luís Tinoco comenzó a recitar los versos; después comenzaron a reír y a murmurar alguna cosa que los dos no pudieron oír. Cuando el poeta acabó, uno de los presentes, bastante grosero, soltó una carcajada. Luís Tinoco se volvió enfurecido, pero el Dr. Lemos lo contuvo diciendo: —No va con nosotros.

—Sí, amigo mío, dijo resignado, pero ¿qué le vamos a hacer? ¿quién entiende la poesía para respetarla en todas partes?

—Dejemos este lugar, dijo el Dr. Lemos; aquí no comprenden lo que es un poeta.

—¡Vamos!

El Dr. Lemos pagó la cuenta y salió detrás de Luís Tinoco que echó a quien se había reído una mirada desafiante.

Luís Tinoco lo acompañó hasta la casa. Por el camino le recitó algunos versos que sabía de memoria. Cuando se entregaba a la poesía, no a la ajena, que no le preocupaba mucho, sino a la suya, se podía decir que todo lo demás desaparecía de su memoria; le bastaba con la contemplación de sí mismo. El Dr. Lemos iba oyendo callado con la resignación de quien soporta la lluvia que no puede impedir.

Poco tiempo después salieron a la luz Alhelíes y Camelias que todos los periódicos habían prometido analizar más despacio.

En el prólogo de la obra, el poeta decía que era audaz por su parte "venir a sentarse a la mesa de la comunión de la poesía, pero que todo aquello que sentía dentro de sí el j'ai quelque chose là, de André Chénier, debía dar patria a aquello que le dio la naturaleza. A continuación pedía disculpas para sus años verdes y afirmaba al público que no había sido "envuelto en cunas de seda". Concluía dando la bendición al libro y llamando la atención para la lista de los abonados que venía al final.

Esta obra monumental pasó desapercibida en medio de la indiferencia general. Apenas un folletinista de la época escribió algunas líneas a su respecto que hicieron reír a toda la gente, menos al autor, que fue a agradecer al folletinista.

El Dr. Lemos perdió de vista a su poeta durante algún tiempo. Digo mal; solo perdió de vista al hombre, porque el poeta de vez en cuando se le aparecía metido en alguna producción literaria que el Dr. Lemos leía invariablemente para bendecirse de la estéril pertinacia de Luís Tinoco. No había ocasión, entierro o espectáculo solemne que escapase a la inspiración del fecundo escritor. Como el número de sus ideas era muy limitado, se podía decir que él solo había escrito una necrológica, una elegía, una oda o una congratulación. Los diferentes ejemplares de cada una de estas cosas eran la misma cosa dicha de otro modo. El modo, sin embargo, constituía la originalidad del poeta, originalidad que no tuvo al principio, pero que se desarrolló mucho con el tiempo.

Lamentablemente, en cuanto se entregaba con ardor a las lides literarias, el poeta se olvidaba de las lides forenses de donde le venía el pan. Anastácio un día se quejó de esta desgracia al Dr. Lemos, en una carta que acababa asi: "No sé, mi amigo Sr. Lemos, a dónde irá a parar este muchacho. No le veo otro final: el hospicio o la cárcel.

El Dr. Lemos mandó llamar al poeta. Elogió sus obras con el fin de disponerle la mente a oír lo que iba a decir. El muchacho se abrió.

—Me alegro de escuchar de vez en cuando alguna voz animosa, le dijo; no sabe lo que ha sido la envidia respecto a mí. Pero, ¿qué importa? Tengo confianza en el futuro; lo que me venga es la posteridad.

—Tiene razón, la posteridad es que se deshaga de las travesuras contemporáneas.

—Hace días leí un papelucho que yo era un hilvanador de pequeñeces. Me di cuenta de la intención. Me acusaba de no poner manos a la obra con más amplitud de miras. Voy a desmentir al papelucho: ¡estoy escribiendo un poema épico!

"¡Ay!" dijo el Dr. Lemos para sí, adivinando alguna lectura forzada del poema.

—Podía mostrarle alguna cosa, prosiguió Luís Tinoco, pero prefiero que lea la obra cuando esté más adelantada.

—Muy bien.

Tiene diez cantos, cerca de 10 000 versos. Pero, ¿quiere saber mi desgracia?

—¿Cuál es?

—Estoy apasionado... —Realmente, en su posición, es una desgracia.

—¿Qué tiene mi posición?

—Creo que no es excelente. Me cuentan que se ha descuidado un poco de sus obligaciones del foro y que en breve van a echarlo del trabajo.

—Me despidieron ayer.

—¿Ya?

—Es verdad. ¡Si hubiera oído el discurso con el que respondí al secretario delante de toda la gente que abarrotaba el registro! Me vengué.

—Pero... ¿ahora de qué vivirá? su padrino no puede, creo yo, con el peso de la casa.

—Dios me ayudará. ¿No tengo una pluma en la mano? ¿No recibí de la cuna un tal o cual ingenio que ya me ha dado algo de sí? Hasta ahora no intenté sacar lucro de mis obras; pero era solo aficionado. De aquí en adelante cambia el cariz de las cosas; es necesario ganar el pan, pues ganaré el pan.

La convicción con que Luís Tinoco decía estas palabras, entristeció al amigo del padrino. El Dr. Lemos contempló durante algunos segundos —con envidia tal vez— a aquel soñador incorregible, tan desapegado de la realidad de la vida, pensando no solo en sus grandes destinos, sino también en la verosimilitud de hacer de su pluma una azada.

—¡Oh! ¡déjelo estar! continuó Luís Tinoco; he de demostrarles, al señor y a mi padrino, que no soy tan inútil como les parezco. No me falta coraje, doctor; cuando me falte, hay un estrella... Luís Tinoco se calló, se retorció el bigote y miró melancólicamente hacia el cielo. El Dr. Lemos también miró hacia el cielo, pero sin melancolía y preguntó riendo: —¿Una estrella? Al mediodía es raro... —¡Oh! no hablo de esas, interrumpió Luís Tinoco; allí es donde ella debía estar, allí en el espacio azul, entre las otras hermanas suyas, más viejas que ella y menos hermosas... —¿Una joven?

—Una joven es poco; diga la más gentil criatura que el sol nunca iluminó, una sílfide, mi Beatriz, mi Julieta, mi Laura... —Sobra decir; debe de ser muy hermosa si hizo apasionarse a un poeta.

—Mi amigo, el señor es un gran hombre; Laura es un ángel y yo la adoro... —¿Y ella?

—Ella tal vez ignora que yo me consumo.

—¡Eso es malo!

—¿Qué quiere? dijo Luís Tinoco enjugando con el pañuelo una lágrima imaginaria; es destino de los poetas que ardan por cosas que no pueden obtener. Ese es el pensamiento de unos versos que escribí hace ocho días. Los publiqué en Caramanchão Literário (El Cenador literario).

—¿Qué diantres es eso?

—Es mi hoja que le mando cada quince días...¡Y dice que lee mis obras!

—Leo las obras... Ahora los títulos pueden escaparse. Vamos, sin embargo, a lo que importa. Nadie le cuestiona talento ni fecunda inspiración; pero el señor se engaña pensando que puede vivir de los versos y de los artículos literarios... Dese cuenta de que sus versos y sus artículos son muy superiores al entendimiento popular y por eso deben tener mucha menos aceptación.

Este desencantar con las manos llenas de rosas produjo sano efecto en el ánimo de Luís Tinoco; el poeta no pudo sufrir una sonrisa de satisfacción y bienaventuranza. El amigo del padrino concluyó su discurso ofreciéndole un lugar de escribano en casa de un abogado. Luís Tinoco lo miró durante algún tiempo sin decir palabra. Después:—¿Vuelvo al foro, no? dijo con la más melancólica resignación de este mundo. ¡Mi inspiración debe bajar otra vez a empolvarse en los libelos, a tolerar las rutinas, recitar el vocabulario de enredo! ¿Y a cambio de qué? A cambio de unos escasos mil reales que yo no tengo y que me son necesarios para vivir. ¿Esto es la sociedad, doctor?

-Mala sociedad, si le parece, respondió el Dr. Lemos con dulzura, pero no hay otra a mano, y a no ser que esté dispuesto a reformarla, no tiene otro recurso más que tolerarla y vivir.

El poeta dio algunos pasos en el salón; al cabo de dos minutos le extendió la mano al amigo.

- Gracias, dijo, acepto; veo que se ocupa de mis intereses, sin desconocer que me ofrece un exilio.

-Un exilio y un sueldo, enmendó el Dr. Lemos.

De ahí a unos días estaba el poeta copiando razones de embargos y de apelación, haciéndose daño y maldiciendo la fortuna, sin adivinar que de ese empleo nacería un cambio en sus aspiraciones. El Dr. Lemos no le habló durante cinco meses. Un día se encontraron en la calle. Le preguntó por el poema.

-Está parado, respondió Luís Tónico.

-¿Lo deja de lado?

-He de concluirlo cuando tenga tiempo.

-¿Y la hoja?

-Debe saber que acabé con ella; No la mando hace mucho tiempo.

-Es verdad, pero podía ser un olvido. ¡Qué me cuenta! ¿Entonces se acabó el Caramanchão Litetário?

-Lo dejé morir en el mejor periodo de vitalidad: tenía ochenta suscriptores de pago... -¿Pero entonces abandona las letras?

-No, pero... Adiós.

-Adiós.

Todo aquello pareció sencillo; pero habiéndose ganado algo, que era emplearlo, el Dr. Lemos dejó que el propio poeta fuese a anunciarle la causa de su sueño literario. ¿Sería el enamoramiento de Laura?

Esta Laura, es necesario que lo diga, no era Laura, era simplemente Inocencia; el poeta la llamaba Laura en sus versos, nombre que le parecía más dulce y, efectivamente, lo era. ¿Hasta qué punto existió ese enamoramiento y en qué medida correspondió la moza a la llama del chico? La historia no conservó mucha información a este respecto. Lo que se sabe con certeza es que un día apareció un rival en el horizonte, tan poeta como el padrino de Luís Tinoco, elemento mucho más conyugal que el redactor del Caramachão Literário y que de un solo lance la derribó todas las esperanzas.

No es preciso decir al lector que este acontecimiento enriqueció la literatura con una extensa y llorosa elegía, en la que Luís Tinoco metrificó todas las quejas que pudo tener de una mujer un enamorado traicionado. Esta obra tenía por epígrafe el nessun maggior dolore del poeta florentino. Cuando la acabó y la enmendó, la releyó en voz alta, paseando en la alcoba, dio el último retoque a uno que otro verso, admiró la armonía de muchos y sencillamente se confesó que era su mejor producción. El Caramanchão Literário todavía existía; Luís Tinoco se apresuró a llevar el escrito a la prensa, no sin leérselo a sus colaboradores, cuya opinón fue idéntica a la suya. A pesar del dolor que lo debía de consumir, el poeta leyó las pruebas con el máximo desvelo y escrúpulo, asistió a la impresión de los primeros ejemplares de la hoja, y durante muchos días releyó los versos hasta que se cansó. De lo que menos se acordaba era de la perfidia que los inspiró.

Esta, sin embargo, no era la razón del sueño literario de Luís Tinoco. La razón era puramente política. El abogado, del cual era escribiente, había sido diputado y colaboraba en una gaceta política. Su despacho era un centro, donde iban muchos hombres públicos y se conversaba largamente de los partidos y el gobierno. Luís Tinoco oyó al principio esas conversaciones con la indiferencia de un dios envuelto en el manto de su inmortalidad. Pero poco a poco le fue cogiendo gusto a lo que oía. Ya leía los discursos parlamentarios y los artículos de polémica. De la atención pasó rápidamente al entusiasmo, porque en aquel chico todo era extremo, entusiasmo o indiferencia. Un día se levantó con la convicción de que sus destinos eran políticos.

–Mi carrera literaria está hecha, le dijo al Dr. Lemos cuando hablaron de esto; ahora me llama otro campo.

–¿La política? ¿Le parece que es esa su vocación?

–Me parece que puedo hacer algo.

–Veo que es modesto, y no dudo que alguna voz interior lo esté invitando a quemar sus alas de poeta. ¡Pero, cuidado! Debe de haber leído Macbeth... Cuidado con la voz de las brujas, amigo mío. Hay demasiado sentimiento en usted, mucha susceptibilidad, y no me parece que... –Estoy dispuesto a acudir a la voz del destino, interrumpió impetuosamente Luís Tinoco. La política me llama a su campo; no puedo, no debo, no quiero cerrar los oídos. ¡No! las opresiones del poder, las bayonetas de los gobiernos inmorales y corruptos, no pueden desviar una gran convicción del camino que ella misma escogió. Siento que me llama la voz de la verdad. ¿Quién huye de la voz de la verdad? Los cobardes y los ineptos. No soy inepto ni cobarde.

Tal fue la estrategia oratoria que le brindó al Dr. Lemos en una esquina por donde felizmente no pasaba nadie.

–Solo le pido una cosa, dijo el expoeta.

–¿Qué?

–Recomiéndeme al doctor. Quiero acompañarlo y ser su protegido; es mi deseo.

El Dr. Lemos cedió al deseo de Luís Tinoco. Fue a ver al abogado y le recomendó al escribiente, no con mucha solicitud, pero tampoco con excesiva frialdad. Felizmente el abogado era una especie de San Francisco Javier del partido, deseoso como ninguno de aumentar el personal militante; recibió la recomendación con la mejor cara del mundo, y enseguida al día siguiente, dijo algunas palabras benevolentes al escribiente, que las oyó trémulo de conmoción.

–Escriba algo, dijo el abogado, y tráigamelo para ver si le encontramos inclinación.

No fue necesario decirlo dos veces. Dos días después, llevó el expoeta a su protector un artículo extenso y difuso, pero lleno de entusiasmo y de fe. El abogado encontró defectos en el trabajo; le indicó excesos y carencias, lasitud de argumentos, más ornamentación que solidez; aunque prometió publicarlo. Bien fuera porque le hiciese estas observaciones con mucho cuidado y benevolencia, bien porque Luís Tinoco hubiese perdido algo de la antigua susceptibilidad, o porque la promesa de la publicación le endulzara lo amargo de la censura, o por todas estas razones juntas, lo cierto es que oyó con ejemplar modestia y alegría las palabras del protector.

—Con el tiempo ha de perder los defectos, dijo este mostrando el artículo a los amigos.

El artículo fue publicado y Luís Tinoco recibió algunos apretones de manos. Aquella dulce e indescriptible alegría que había sentido cuando publicó en el Correo mercantil sus primeros versos, volvió a experimentarla ahora, pero alegría complicada por una virtuosa resolución: Luís Tinoco desde aquel día creyó sinceramente que tenía una misión, que la naturaleza y el destino lo habían mandado a la tierra para enderezar los males políticos.

Pocas personas se habrán olvidado del período final del debut político del exredactor del Caramanchão Literário. Era así: Perdone el poder, hipócrita y sañudo, que yo le diga muy humildemente que no temo ni el desprecio ni el martirio. Moisés, conduciendo a los hebreos a la tierra prometida, no tuvo la suerte de entrar en ella: es el símbolo del escritor que lleva a los hombres a la regeneración moral y política, sin traspasar las puertas doradas. ¿Qué podría yo temer? Prometeo atado en el Cáucaso, Sócrates bebiendo la cicuta, Cristo expirando en la cruz, Savonarola yendo al suplicio, John Brown pataleando en la horca. son los grandes apóstoles de la luz, el ejemplo y el consuelo de los que aman la verdad, el remordimiento de los tiranos y el terremoto del despotismo.

Luís Tinoco no se detuvo en estas primicias. La misma fecundidad de la estación literaria vino a reproducirse en la estación política; el protector, sin embargo, le dijo que era conveniente escribir menos y más asentado. El expoeta no rechazó la advertencia, y hasta se benefició con ella, produciendo algunos artículos menos desgarbados en el estilo y en el pensamiento. La erudición política de Luís Tinoco era nula; el protector le prestó algunos libros, que el expoeta aceptó con infinito placer. Los lectores comprenderán fácilmente que el autor de Alhelíes y camelias no era hombre que meditase una página de lectura; iba detrás de las grandes frases, sobre todo de las frases sonoras, se detenía en ellas, las repetía, pensaba en ellas con verdadera delicia. Lo que era reflexión, observación, análisis le parecía árido, y él pasaba deprisa por ello.

Algún tiempo después hubo elecciones primarias. El publicista sintió que había en él un elegible, y fue a decírselo valientemente al abogado. El deseo no dejó de ser aceptado; se arreglaron las cosas de modo que Luís Tinoco tuvo el gusto de ser incluido en una lista electoral y la sorpresa de ser derrotado. Batirlo le fue posible al gobierno; abatirlo, no. El expoeta, aún caliente del combate, tradujo en largos y floridos párrafos el desprecio que le inspiraba aquella victoria de los adversarios. A ese artículo respondieron los amigos del gobierno con uno que terminaba así: "¿Hasta dónde querrá ir, con semejante descomedimiento de lenguaje, el pimpollo del exdiputado Z.?" Luís Tinoco casi murió de júbilo al recibir de lleno aquella descarga ministerial. La prensa adversa no lo había tratado hasta entonces con la consideración que él deseaba. Una que otra vez habían discutido argumentos suyos; pero faltaba lo mejor, faltaba el ataque personal, que le parecía que era el bautismo de fuego en aquella especie de campaña. El abogado, al leer el ataque, le dijo al expoeta que su posición era idéntica a la del primer Pitt cuando el ministro Walpole le respondió llamándolo mozo en plena Cámara de los Comunes, y que era necesario rechazar en el mismo tono la ofensa ministerial. Luís Tinoco ignoraba hasta aquella fecha la existencia de Pitt y de Walpole; aunque encontró muy ingeniosa la comparación de las dos situaciones, y con habilidad y cautela le preguntó al abogado si le podía prestar el discurso del orador británico "para refrescar la memoria". El abogado no tenía el discurso, pero le dio una idea del mismo, lo que bastó para que Luís Tinoco fuese a escribir un largo artículo acerca de lo que era y no era pimpollo.

Entre tanto, la lucha electoral le descubría un nuevo talento. Como fue necesario arengar algunas veces, lo hizo el pimpollo con gran agrado suyo y en medio de los aplausos generales. Luís Tinoco se preguntó a sí mismo si le era lícito aspirar a las honras de la tribuna. La respuesta fue afirmativa. Esta nueva ambición era más difícil de satisfacer; el expoeta lo reconoció, y se armó de paciencia para esperar.

Aquí hay una laguna en la vida de Luís Tinoco. Razones que la historia no conservó llevaron al joven publicista a la provincia natal de su amigo y protector, dos años después de los acontecimientos electorales. No perdamos tiempo en conjeturar las causas de este viaje, ni las que allí lo detuvieron más de lo que él quería. Vamos a encontrarlo ya unos meses después, colaborando en un periódico con el mismo ardor juvenil, del que había dado tanta muestra en la capital. Recomendado por el abogado a sus amigos políticos y parientes, rápido creó Luís Tinoco un círculo de compañeros, y no tardó mucho en decidirse a quedarse allí algún tiempo, El padrino ya había muerto; Luís Tinoco se encontraba totalmente sin familia.

La ambición del orador no estaba apagada por la satisfacción del publicista; al contrario, una cosa avivaba la otra. La idea de poseer dos armas, blandirlas al mismo tiempo, amenazar y vencer con ambas a los adversarios, se le volvió una idea crónica, presente, inextinguible. No era la vanidad la que lo llevaba, quiero decir, una vanidad pueril. Luís Tinoco creía firmemente que él era un artículo del programa de la Providencia, y eso lo sostenía y lo contentaba. La sinceridad que nunca tuvo cuando versificaba sus infortunios entre sus charlas de jóvenes, la tuvo cuando se dedicó cada vez más a la política. Está claro que si alguien ponía en duda su mérito político, lo hería del mismo modo que los que le cuestionaban las excelencias literarias; pero no lo ofendían solo en su vanidad, sino también, y mucho más, en la fe, fe profunda e intolerante, que tenía de que su talento formaba parte de la armonía universal.

Luís Tinoco mandaba al Dr. Lemos en el juzgado todos sus escritos de la provincia, y le contaba simplemente sus nuevas esperanzas. Un día le informó de que su elección para la Asamblea Provincial era objeto de negociaciones que se le figuraban propicias. El correo siguiente trajo la noticia de que la candidatura de Luís Tinoco había entrado en la categoría de los hechos consumados.

Las elecciones tuvieron lugar y no dieron poco trabajo al candidato fluminense, que a fuerza de mucha lucha y mucho empeño pudo tener la honra de ser incluido en la lista de los vencedores. Cuando le dieron la noticia de la victoria, entonó el alma de Luís Tinoco un verdadero y solemne Te Deum Laudamus. Un suspiro, el más entrañado y desentrañado de cuantos suspiros hubieran jamás soltado los hombres, desahogó el corazón del expoeta de las dudas e incertidumbres de largas y crueles semanas. ¡Por fin había sido elegido! Iba a subir el primer escalón del Capitolio.

Esa noche durmió mal, como la de la víspera de la publicación del primer soneto, y con sueños intercalados análogos a la situación. Luís Tinoco se veía ya atronando en la Asamblea Provincial, entre los aplausos de unos, las imprecaciones de los otros, la envidia de casi todos, y leyendo en toda la prensa de la provincia los más calurosos aplausos a su nueva y original elocuencia. Veinte exordios hizo el joven diputado para el primer discurso, cuyo tema sería naturalmente digno de grandes rasgos y de períodos nerviosos. Ya estudiaba mentalmente los gestos, la actitud, todo el exterior de la figura que iba a honrar la sala de los representantes de la provincia.

Muchos grandes nombres de la política habían comenzado en el parlamento provincial. Era verosímil, incluso era necesario, para que cumpliera el mandato imperativo del destino, que saliera de allí en poco tiempo para acabar traspasando la puerta más amplia de la representación nacional. El expoeta ocupaba ya en el espíritu una de las sillas de la Cadeia Velha, y se miraba en la propia persona y en el brillante papel que tendría que desempeñar. Ya veía delante de sí a la oposición o al ministerio tirado por el suelo, con cuatro o cinco de aquellos golpes que suponía saber dar como nadie y los periódicos hablarían de ello y el pueblo se ocuparía de él y su nombre repercutiría en todos los rincones del imperio y una cartera caería en sus manos al mismo tiempo que el bastón de mandato ministerial.

Todo esto y mucho más se imaginaba el reciente diputado, embrollado en las sábanas, con la cabeza en la almohada y la mente vagando por ese mundo exterior que es la peor cosa que puede acontecerle a un cuerpo mortificado como lo estaba el suyo en aquella ocasión.

Luís Tinoco no se demoró en escribir al Dr. Lemos y contarle sus esperanzas y el programa que tenía intención de observar, desde que la fortuna le abría la calle más amplia en la vida pública. La carta trataba extensamente del probable efecto de su primera oración y finalizaba así: Cualquiera que sea el puesto al que yo ascienda; cualquiera, entienda bien, incluso aquel que es el primero del país, por debajo del emperador (y creo que llegaré hasta allí), nunca he de olvidar que debo al señor, el ánimo que me dispensó y la recomendación que de mí hizo. Me parece que hasta hoy he correspondido a la confianza de mis amigos; espero continuar mereciéndola.

Finalmente, se inauguraron lo trabajos. Tan ansioso estaba Luís Tinoco por hablar que, tras las primeras sesiones, a propósito de un proyecto sobre la colocación de una fuente, hizo un discurso de dos horas en el que demostró por A + B que el agua era necesaria al hombre. Pero la gran batalla se produjo en la discusión del presupuesto municipal. Luís Tinoco hizo un largo discurso en el que combatió al gobierno general, al presidente, a los adversarios, a la policía y al despotismo. Sus gestos eran hasta entonces desconocidos en la escala de la gesticulación parlamentaria; en la provincia, por lo menos, nadie había tenido nunca la satisfacción de contemplar aquel sacudir de la cabeza, aquel arquear del brazo, aquel apuntar, levantar, caer y golpear con la mano derecha.

El estilo tampoco era vulgar. Nunca se habló de ingresos y gastos con mayor lujo de imágenes y figuras. Los ingresos fueron comparados con el rocío que recogen las flores durante la noche, los gastos con la brisa de la mañana que las sacude y les derrama un poco de sereno vivificante. Un buen gobierno es solamente brisa; el presidente actual fue declarado siroco y pampero. Toda la mayoría protestó solemnemente en contra de esa calificación injuriosa, si bien es cierto que poética. Uno de los secretarios confesó que nunca de Río de Janeiro les había ido un aura más refrigerante.

Desgraciadamente, los adversarios no dormían. Uno de ellos, apenas Luís Tinoco había acabado el discurso entre algunos aplausos de sus amigos, pidió la palabra y clavó largo tempo los ojos en el orador debutante. Después sacó del bolsillo un paquete de periódicos y un folleto, aclaró la garganta y dijo: —Nos han mandado de Río de Janeiro al noble diputado que me precedió en esta tribuna. Decían que era un ilustrado fluminense, destinado a arrasar los talentos provincianos. Inmediatamente, Sr. presidente, traté de obtener las obras del noble diputado.

Tengo aquí, Sr. presidente, el Caramanchão Literario, hoja dirigida por mi adversario y el volumen de Alhelíes y camelias. Allí en mi casa tengo otras obras más. Abramos Alhelíes y camelias.

EL SR. LUÍS TINOCO. —¡El noble diputado está fuera del orden! (Respaldados).

El orador: —Prosigo, Sr. presidente; aquí tengo los Alhelíes y camelias. Veamos un alhelí.

A Ella.

¿Quién eres tú que me atormentas con tus placenteras sonrisas?
¿Quién eres tú que me señalas las puertas de los paraísos?

¿Eres tú la imagen del cielo?
¿Es hija de una divinidad?
¿O vienes a apresar en tus cabellos mi libertad?

Ya ve, Excelentísimo Señor presidente que ya en aquel tiempo el noble diputado era enemigo de todas las leyes opresoras. La asamblea ha visto cómo trata él las leyes de la métrica.

Todo el resto del discurso fue así. La minoría protestó, Luís Tinoco se puso de todos los colores y la sesión acabó en una risotada. Al día siguiente, los periódicos amigos de Luís Tinoco agradecieron al adversario de éste el triunfo que le proporcionó mostrando a la provincia "una antigua y brillante faceta del talento del ilustre diputado". Los que indecorosamente se habían reído de los versos, fueron condenados con estas pocas líneas: "Hace días un diputado gubernamental dijo que la situación era una caravana de hombres honestos y buenos. Es caravana, no hay duda; vimos ayer sus camellos".

Ni con eso se consoló Luís Tinoco. Las cartas del diputado al Dr. Lemos comenzaron a escasear, hasta que dejaron de aparecer completamente. Discurrieron así silenciosamente unos tres años, al cabo de los cuales el Dr. Lemos fue nombrado para no sé qué cargo en la provincia donde se encontraba Luís Tinoco. Se fue. Nada más jurar el cargo, trató de buscar al expoeta, y poco tiempo empleó, recibiendo enseguida una invitación suya para ir a un establecimiento rural donde se encontraba.

–Me va a llamar ingrato, ¿verdad? dijo Luís Tinoco en cuanto vio asomar por la puerta de la casa al Dr. Lemos. Pero no lo soy; contaba ir a verlo de aquí a un año; y si no le escribí... ¿Pero qué le pasa, doctor? ¿está asombrado?

El Dr. Lemos estaba efectivamente pasmado al mirar para la figura de Luís Tinoco. ¿Era aquel el poeta de los Alhelíes y camelias, el elocuente diputado, el fogoso publicista? Lo que tenía delante de él era un honrado y pacato labrador, de estilo y modales rústicos, sin el menor vestigio de las actitudes melancólicas del poeta, del gesto arrebatado del tribuno, –una transformación, una criatura muy distinta y mucho mejor.

Se rieron ambos, uno del cambio, otro del asombro y el Dr. Lemos pidió a Luís Tinoco que le dijese si era cierto que había dejado la política y si aquello eran apenas unas vacaciones para renovar el alma.

–Le explicaré todo, doctor, pero ha de ser después de que haya visto mi casa y mi campo, después de que le haya presentado a mi mujer y mis hijos... –¿Casado?

–Hace veinte meses.

–¡Y no me dijo nada!

–Iba este año a la corte y esperaba sorprenderlo... Qué dos niñitos los míos... lindos como dos ángeles. Salen a la madre, que es la flor de la provincia. Ojalá se parezcan también a ella en las cualidades de ama de casa; ¡qué actividad! ¡qué economía!...

Hecha la presentación, besados los niños, examinado todo, Luís Tinoco declaró al Dr. Lemos que definitivamente había dejado la política.

–¿Para siempre?

–Para siempre.

–Pero ¿por qué motivo? disgustos, naturalmente.

–No; descubrí que no estaba predestinado para grandes hazañas. Un día me leyeron en la asamblea algunos versos míos. Reconocí qué despreciables eran esos versos; y pudiendo llegar a mirar más tarde con la misma lástima e igual arrepentimiento para mis obras políticas, me horripilé de la carrera y dejé la vida pública. Una noche de reflexión y nada más.

–¿Entonces tuvo ánimos?...

–Los tuve, amigo mío, tuve ánimos para pisar terreno sólido, en vez de patinar en las ilusiones de los primeros días. Yo era un poeta ridículo y tal vez un orador todavía más ridículo. Mi vocación era ésta. En unos años seré rico. Venga ahora a beber el café que nos espera y cierre la boca, que las moscas andan por el aire.
unit 2
Naquele tempo contava Luís Tinoco vinte e um anos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 5
Tinoco estimava o velho Anastácio e este tinha ao afilhado igual afeição.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 7
No tempo em que o Dr. Lemos o conheceu começava a arder-lhe a chama poética.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 8
Não se sabe como começou aquilo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 9
Naturalmente os louros alheios entraram a tirar-lhe o sono.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 12
Tinoco levou a produção ao Correio Mercantil, que a publicou entre os a pedidos.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 17
Não dormiu sobre os louros imaginários.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 22
— Leu hoje o Correio Mercantil, meu padrinho?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 23
perguntou ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 24
— Homem, tu sabes que eu só lia os jornais no tempo em que era empregado efetivo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 25
Desde que me aposentei não li mais os periódicos... — Pois é pena!
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 26
disse Tinoco com ar frio; queria que me dissesse o que pensa de uns versos que lá vêm.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 27
— E de mais a mais versos!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 28
Os jornais já não falam de política?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 29
No meu tempo não falavam de outra coisa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 30
— Falam de política e publicam versos, porque ambas as coisas têm entrada na imprensa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 31
Quer ler os versos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 32
— Dá cá.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 33
— Aqui estão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 36
Anastácio acabou de ler os versos e fez com a boca um gesto de enfado.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 39
— Teus?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 40
perguntou Anastácio no cúmulo do espanto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 41
— Sim, senhor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 42
— Pois tu fazes versos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 43
— Assim dizem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 44
— Mas quem te ensinou a fazer versos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 45
— Isto não se aprende; traz-se do berço.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 46
Anastácio leu outra vez os versos, e só então reparou na assinatura do afilhado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 47
Não havia que duvidar: o rapaz dera em poeta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 48
Para o velho aposentado era isto uma grande desgraça.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 49
Esse, ligava à idéia de poeta a idéia de mendicidade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 52
— Dou-lhe parte de que o Luís está poeta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 53
— Sim?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 54
perguntou-lhe o Dr. Lemos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 55
E que tal lhe saiu o poeta?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 56
— Não me importa se saiu mau ou bom.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 58
Tenho medo que deixe o emprego, e fique aí pelas esquinas a falar à lua, cercado de moleques.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 62
Estas orçavam pela ode ou pelo soneto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 68
Poesia não se aprende, traz-se do berço.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 69
Eu não dou atenção a invejosos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 70
Se os versos não fossem bons, o Mercantil não os publicava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 71
E saiu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 72
Daí em diante foi impossível ter-lhe mão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 73
Tinoco entrou a escrever como quem se despedia da vida.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 78
Tinha a respeito de biografias ilustres noções extremamente singulares.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 83
O Dr. Lemos encontrou-o algumas vezes na rua.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 84
Andava com o ar inspirado de todos os poetas nov éis que se supõem apóstolos e mártires.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 87
Fez-lhe alguns elogios às suas produções.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 90
Leu a minha “Flor pálida”?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 91
— Uns versos publicados no domingo?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 92
— Sim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 93
— Li; são galantíssimos.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 94
— E sentimentais.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 95
Fiz aquela poesia em meia hora, e não emendei nada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 96
Acontece-me isso muita vez.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 97
Que lhe parecem aqueles esdrúxulos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 98
— Acho-os esdrúxulos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 99
— São excelentes.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 100
Agora vou levar algumas estrofes que compus ontem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 101
Intitulam-se “À beira de um túmulo”.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 102
— Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 103
— Já assinou o meu livro?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 104
— Ainda não.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 105
— Nem assine.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 106
Quero dar-lhe um volume.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 107
Sai brevemente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 108
Estou recolhendo as assinaturas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 109
Goivos e camélias; que lhe parece o título?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 110
— Magnífico.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 111
— Achei-o de repente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 112
Lembraram-me outros, mas eram comuns.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 114
— Justamente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 115
Durante esse tempo, ia o poeta tirando do bolso uma aluvião de papéis.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 116
Procurava as estrofes de que falara.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 117
O Dr. Lemos quis esquivar-se, mas o homem era implacável; segurou-lhe no braço.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 118
Ameaçado de ouvir ler os versos na rua, o doutor convidou o poeta a ir jantar com ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 119
Foram a um hotel próximo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 120
— Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 121
meu amigo, dizia ele em caminho, não imagina quantos invejosos andam a denegrir o meu nome.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 122
O meu talento tem sido o alvo de mil ataques; mas eu já estava disposto a isto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 123
Não me espanto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 124
A enxerga de Camões é um exemplo e uma consolação.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 125
Prometeu, atado ao Cáucaso, é o emblema do gênio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 126
A posteridade é a vingança dos que sofrem os desdéns do seu tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 129
— Não lhe parece melhor lê-las à sobremesa?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 130
— Como quiser, respondeu ele; tem razão, porque eu também estou com fome.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 131
Luís Tinoco era todo prosa à mesa do jantar; comeu desencadernadamente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 132
— Não repare, dizia ele de quando em quando; isto é o animal que se está alimentando.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 133
O espírito aqui não tem culpa nenhuma.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 137
Quando o poeta acabou, um dos circunstantes, assaz grosseiro, soltou uma gargalhada.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 138
Luís Tinoco voltou-se enfurecido, mas o Dr. Lemos conteve-o dizendo: — Não é conosco.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 139
— É, meu amigo, disse ele resignado; mas que lhe havemos de fazer?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 140
quem entende a poesia para a respeitar em toda a parte?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 141
— Deixemos este lugar, disse o Dr. Lemos; aqui não compreendem o que é um poeta.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 142
— Vamos!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 143
O Dr. Lemos pagou a conta e saiu atrás de Luís Tinoco, que deitou ao rideiro um olhar de desafio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 144
Luís Tinoco acompanhou-o até à casa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 145
Recitou-lhe em caminho alguns versos que sabia de cor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 147
O Dr. Lemos ia ouvindo calado com a resignação de quem suporta a chuva, que não pode impedir.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 151
unit 152
Esta obra monumental passou despercebida no meio da indiferença geral.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 154
O Dr. Lemos perdeu de vista o seu poeta durante algum tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 156
unit 158
Os diferentes exemplares de cada uma destas coisas eram a mesma coisa dita por outro modo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 162
Não lhe vejo outra conclusão: hospício ou xadrez”.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 163
O Dr. Lemos mandou chamar o poeta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 164
Elogiou-lhe as suas obras com o fim de lhe dispor o espírito a ouvir o que ia dizer.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 165
O rapaz expandiu-se.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 167
Mas que importa?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 168
Tenho confiança no futuro; o que me vinga é a posteridade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 169
— Tem razão, a posteridade é que vinga das maroteiras contemporâneas.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 170
— Li há dias num papelucho, que eu era um alinhavador de ninharias.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 171
Percebi a intenção.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 172
Acusava-me de não meter ombros a obra de mais largo fôlego.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 173
Vou desmentir o papelucho: estou escrevendo um poema épico!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 174
“Ai!” disse o Dr. Lemos consigo, adivinhando alguma leitura forçada do poema.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 176
— Muito bem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 177
— Tem dez cantos, cerca de 10.000 versos.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 178
Mas quer saber a minha desgraça?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 179
— Qual é?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 180
— Estou apaixonado... — Realmente, é uma desgraça na sua posição.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 181
— Que tem a minha posição?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 182
— Creio que não é excelente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 184
— Fui despedido ontem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 185
— Já?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 186
— É verdade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 187
unit 188
Vinguei-me.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 189
— Mas... de que viverá agora?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 190
seu padrinho não pode, creio eu, com o peso da casa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 191
— Deus me ajudará.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 192
Não tenho eu uma pena na mão?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 193
Não recebi do berço um tal ou qual engenho, que já tem dado alguma coisa de si?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 194
Até agora nenhum lucro tentei tirar das minhas obras; mas era só amador.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 195
Daqui em diante o caso muda de figura; é necessário ganhar o pão, ganharei o pão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 196
A convicção com que Luís Tinoco dizia estas palavras, entristeceu o amigo do padrinho.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 198
— Oh!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 199
deixe estar!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 202
O Dr. Lemos também olhou para o céu, mas sem melancolia, e perguntou rindo: — Uma estrela?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 203
Ao meio-dia é raro... — Oh!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 206
— Meu amigo, o senhor é um grande homem; Laura é um anjo, e eu adoro-a... — E ela?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 207
— Ela ignora talvez que eu me consumo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 208
— Isso é mau!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 209
— Que quer?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 211
É esse o pensamento de uns versos que escrevi há oito dias.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 212
Publiquei-os no Caramanchão Literário.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 213
— Que diacho é isso?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 214
— É a minha folha, que eu lhe mando de quinze em quinze dias... E diz que lê as minhas obras!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 215
— As obras leio... Agora os títulos podem escapar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 216
Vamos porém ao que importa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 220
unit 221
Luís Tinoco olhou para ele algum tempo sem dizer palavra.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 222
Depois: — Volto ao foro, não?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 223
disse ele com a mais melancólica resignação deste mundo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 225
E a troco de quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 226
A troco de uns magros mil-réis que eu não tenho e me são necessários para viver.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 227
Isto é sociedade, doutor?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 229
O poeta deu alguns passos na sala; no fim de dois minutos estendeu a mão ao amigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 231
— Um exílio e um ordenado, emendou o Dr. Lemos.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 233
O Dr. Lemos não lhe falou durante cinco meses.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 234
Um dia encontraram-se na rua.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 235
Perguntou-lhe pelo poema.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 236
— Está parado, respondeu Luís Tinoco.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 237
— Deixa-o de mão?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 238
— Conclui-lo-ei quando tiver tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 239
— E a folha?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 240
— Deve saber que acabei com ela; não lha mando há muito tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 241
— É verdade, mas podia ser um esquecimento.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 242
Muito me conta!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 243
Então acabou o Caramanchão Literário?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 245
— Não, mas... Adeus.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 246
— Adeus.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 248
Seria o namoro de Laura?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 250
Até que ponto existiu esse namoro, e em que proporções correspondeu a moça à chama do rapaz?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 251
A história não conservou muita informação a este respeito.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 254
Esta obra tinha por epígrafe o nessun maggior dolore do poeta florentino.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 258
Do que ele menos se lembrava era da perfídia que os inspirou.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 259
Esta porém não era a razão do sono literário de Luís Tinoco.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 260
A razão era puramente política.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 261
O advogado, cujo escrevente ele era, tinha sido deputado e colaborava numa gazeta política.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 264
Mas a pouco e pouco foi adquirindo gosto ao que ouvia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 265
Já lia os discursos parlamentares e os artigos de polêmica.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 267
Um dia levantou-se com a convicção de que os seus destinos eram políticos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 269
— A política?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 270
Parece-lhe que é essa a sua vocação?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 271
— Parece-me que posso fazer alguma coisa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 273
Mas, cuidado!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 274
Há de ter lido Macbeth... Cuidado com a voz das feiticeiras, meu amigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 276
A política chama-me ao seu campo; não posso, não devo, não quero cerrar-lhe os ouvidos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 277
Não!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 279
Sinto que sou chamado pela voz da verdade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 280
Quem foge à voz da verdade?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 281
Os covardes e os ineptos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 282
Não sou inepto nem covarde.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 284
— Só lhe peço uma coisa, disse o ex-poeta.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 285
— O que é?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 286
— Recomende-me ao doutor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 287
Quero acompanhá-lo, e ser seu protegido; é o meu desejo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 288
O Dr. Lemos cedeu ao desejo de Luís Tinoco.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 291
— Escreva alguma coisa, disse o advogado, e traga-me para ver se lhe achamos propensão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 292
Não foi preciso dizer-lho duas vezes.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 296
— Há de perder os defeitos com o tempo, disse este mostrando o artigo aos amigos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 297
O artigo foi publicado e Luís Tinoco recebeu alguns apertos de mão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 302
Que poderia eu temer?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 304
Luís Tinoco não parou nestas primícias.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 309
O que era reflexão, observação, análise parecia-lhe árido, e ele corria depressa por elas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 310
Algum tempo depois houve uma eleição primária.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 311
O publicista sentiu que havia em si um eleitor, e foi dizê-lo afoitamente ao advogado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 313
Batê-lo foi possível ao governo; abatê-lo, não.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 316
A imprensa adversa não o havia tratado até então com a consideração que ele desejava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 321
Entretanto, a luta eleitoral lhe descobrira um novo talento.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 323
Luís Tinoco perguntou a si mesmo se lhe era lícito aspirar às honras da tribuna.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 324
A resposta foi afirmativa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 326
Aqui há uma lacuna na vida de Luís Tinoco.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 328
unit 331
O padrinho já estava morto; Luís Tinoco achava-se absolutamente sem família.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 334
Não era a vaidade que o levava, quero dizer, uma vaidade pueril.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 344
Estava enfim eleito!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 345
Ia subir o primeiro degrau do Capitólio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 350
Muitos grandes nomes da política haviam começado no parlamento provincial.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 357
unit 358
Inauguraram-se enfim os trabalhos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 360
Mas a grande batalha foi dada na discussão do orçamento provincial.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 363
O estilo também não era vulgar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 364
Nunca se falou de receita e despesa com maior luxo de imagens e figuras.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 366
Um bom governo é apenas brisa; o presidente atual foi declarado siroco e pampeiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 367
Toda a maioria protestou solenemente contra essa qualificação injuriosa, ainda que poética.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 368
Um dos secretários confessou que nunca do Rio de Janeiro lhes fora uma aura mais refrigerante.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 369
Infelizmente os adversários não dormiam.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 372
Diziam que era uma ilustração fluminense, destinada a arrasar os talentos da província.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 373
Imediatamente, Sr. presidente, tratei de obter as obras do nobre deputado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 375
Tenho lá em casa mais outras obras.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 376
Abramos os Goivos e Camélias.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 377
O SR. LUÍS TINOCO.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 378
— O nobre deputado está fora da ordem!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 379
(Apoiados).
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 380
O orador: — Continuo, Sr. presidente; aqui tenho os Goivos e Camélias.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 381
Vejamos um goivo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 382
A Ela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 383
Quem és tu que me atormentas Com teus prazenteiros sorrisos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 384
Quem és tu que me apontas As portas dos paraísos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 385
Imagem do céu és tu?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 386
És filha da divindade?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 387
Ou vens prender em teus cabelos A minha liberdade?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 389
A assembléia tem visto como ele trata as leis do metro.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 390
Todo o resto do discurso foi assim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 391
A minoria protestou, Luís Tinoco fez-se de todas as cores, e a sessão acabou em risada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 394
É caravana, não há dúvida; vimos ontem os seus camelos”.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 395
Nem por isso Luís Tinoco ficou mais consolado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 396
As cartas do deputado ao Dr. Lemos começaram a escassear, até que de todo cessaram de aparecer.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 398
Partiu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 400
— Há de me chamar ingrato, não?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 401
disse Luís Tinoco, apenas viu assomar à porta de casa o Dr. Lemos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 402
Mas não sou; contava ir vê-lo daqui a um ano; e se lhe não escrevi... Mas que tem, doutor?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 403
está espantado?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 404
O Dr. Lemos estava efetivamente pasmado a olhar para a figura de Luís Tinoco.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 405
Era aquele o poeta dos Goivos e camélias, o eloqüente deputado, o fogoso publicista?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 409
— Há vinte meses.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 410
— E não me disse nada!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 412
Saem à mãe, que é a flor da província.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 413
Oxalá se pareçam também com ela nas qualidades de dona de casa; que atividade!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 414
que economia!...
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 416
— De vez?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 417
— De vez.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 418
— Mas que motivo?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 419
desgostos, naturalmente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 420
— Não; descobri que não era fadado para grandes destinos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 421
Um dia leram-me na assembléia alguns versos meus.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 423
Uma noite de reflexão e nada mais.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 424
— Pois teve ânimo?...
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 426
Eu era um ridículo poeta e talvez ainda mais ridículo orador.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 427
Minha vocação era esta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 428
Com poucos anos mais estou rico.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 429
Ande agora beber o café que nos espera e feche a boca, que as moscas andam no ar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

Originalmente publicado em Jornal das Famílias no ano de 1873 e posteriormente compilado em Histórias da meia-noite.

Naquele tempo contava Luís Tinoco vinte e um anos. Era um rapaz de estatura meã, olhos vivos, cabelos em desordem, língua inesgotável e paixões impetuosas. Exercia um modesto emprego no foro, donde tirava o parco sustento, e morava com o padrinho cujos meios de subsistência consistiam no ordenado da sua aposentadoria. Tinoco estimava o velho Anastácio e este tinha ao afilhado igual afeição.

Luís Tinoco possuía a convicção de que estava fadado para grandes destinos, e foi esse durante muito tempo o maior obstáculo da sua existência. No tempo em que o Dr. Lemos o conheceu começava a arder-lhe a chama poética. Não se sabe como começou aquilo. Naturalmente os louros alheios entraram a tirar-lhe o sono. O certo é que um dia de manhã acordou Luís Tinoco escritor e poeta; a inspiração, flor abotoada ainda na véspera, amanheceu pomposa e viçosa. O rapaz atirou-se ao papel com ardor e perseverança, e entre as seis horas e as nove, quando o foram chamar para almoçar, tinha produzido um soneto, cujo principal defeito era ter cinco versos com sílabas de mais e outros cinco com sílabas de menos. Tinoco levou a produção ao Correio Mercantil, que a publicou entre os a pedidos.

Mal dormida, entremeada de sonhos interruptos, de sobressaltos e ânsias, foi a noite que precedeu a publicação. A aurora raiou enfim, e Luís Tinoco, apesar de pouco madrugador, levantou-se com o sol e foi ler o soneto impresso. Nenhuma mãe contemplou o filho recém-nascido com mais amor do que o rapaz leu e releu a produção poética, aliás decorada desde a véspera. Afigurou-se-lhe que todos os leitores do Correio Mercantil estavam fazendo o mesmo; e que cada um admirava a recente revelação literária, indagando de quem seria esse nome até então desconhecido.

Não dormiu sobre os louros imaginários. Daí a dois dias, nova composição, e desta vez saiu uma longa ode sentimental em que o poeta se queixava à lua do desprezo em que o deixara a amada, e já entrevia no futuro a morte melancólica de Gilbert. Não podendo fazer despesas, alcançou, por intermédio de um amigo, que a poesia fosse impressa de graça, motivo este que retardou a publicação por alguns dias. Luís Tinoco tragou a custo a demora, e não sei se chegou a suspeitar de inveja os redatores do Correio Mercantil. A poesia saiu enfim; e tal contentamento produziu no poeta que foi logo fazer ao padrinho a grande revelação.

— Leu hoje o Correio Mercantil, meu padrinho? perguntou ele.

— Homem, tu sabes que eu só lia os jornais no tempo em que era empregado efetivo. Desde que me aposentei não li mais os periódicos...

— Pois é pena! disse Tinoco com ar frio; queria que me dissesse o que pensa de uns versos que lá vêm.

— E de mais a mais versos! Os jornais já não falam de política? No meu tempo não falavam de outra coisa.

— Falam de política e publicam versos, porque ambas as coisas têm entrada na imprensa. Quer ler os versos?

— Dá cá.

— Aqui estão.

O poeta puxou da algibeira o Correio Mercantil, e o velho Anastácio entrou a ler para si a obra do afilhado. Com os olhos pregados no padrinho, Luís Tinoco parecia querer adivinhar as impressões que produziam nele os seus elevados conceitos, metrificados com todas as liberdades possíveis e impossíveis do consoante. Anastácio acabou de ler os versos e fez com a boca um gesto de enfado.

— Isto não tem graça, disse ele ao afilhado estupefato; que diabo tem a lua com a indiferença dessa moça, e a que vem aqui a morte deste estrangeiro?

Luís Tinoco teve vontade de descompor o padrinho, mas limitou-se a atirar os cabelos para trás e a dizer com supremo desdém:

— São coisas de poesia que nem todos entendem; esses versos sem graça são meus.

— Teus? perguntou Anastácio no cúmulo do espanto.

— Sim, senhor.

— Pois tu fazes versos?

— Assim dizem.

— Mas quem te ensinou a fazer versos?

— Isto não se aprende; traz-se do berço.

Anastácio leu outra vez os versos, e só então reparou na assinatura do afilhado. Não havia que duvidar: o rapaz dera em poeta. Para o velho aposentado era isto uma grande desgraça. Esse, ligava à idéia de poeta a idéia de mendicidade. Tinham-lhe pintado Camões e Bocage, que eram os nomes literários que ele conhecia, como dois improvisadores de esquina, expectorando sonetos em troca de algumas moedas, dormindo nos adros das igrejas e comendo nas cocheiras das casas-grandes. Quando soube que o seu querido Luís estava atacado da terrível moléstia, Anastácio ficou triste, e foi nessa ocasião que se encontrou com o Dr. Lemos e lhe deu notícia da gravíssima situação do afilhado.

— Dou-lhe parte de que o Luís está poeta.

— Sim? perguntou-lhe o Dr. Lemos. E que tal lhe saiu o poeta?

— Não me importa se saiu mau ou bom. O que sei é que é a maior desgraça que lhe podia acontecer, porque isto de poesia não dá nada de si. Tenho medo que deixe o emprego, e fique aí pelas esquinas a falar à lua, cercado de moleques.

O Dr. Lemos tranqüilizou o homem dizendo-lhe que os poetas não eram esses vadios que ele imaginava; mostrou-lhe que a poesia não era obstáculo para andar como os outros, para ser deputado, ministro ou diplomata.

— No entanto, disse o Dr. Lemos, desejarei falar ao Luís; quero ver o que ele tem feito, porque como eu também fui outrora um pouco versejador, posso já saber se o rapaz dá de si.

Luís Tinoco foi ter com ele; levou-lhe o soneto e a ode impressos, e mais algumas produções não publicadas. Estas orçavam pela ode ou pelo soneto. Imagens safadas, expressões comuns, frouxo alento e nenhuma arte; apesar de tudo isso, havia de quando em quando algum lampejo que indicava da parte do neófito propensão para o mister; podia ser ao cabo de algum tempo um excelente trovador de salas.

O Dr. Lemos disse-lhe com franqueza que a poesia era uma arte difícil e que pedia longo estudo; mas que, a querer cultivá-la a todo o transe, devia ouvir alguns conselhos necessários.

— Sim, respondeu ele, pode lembrar alguma coisa; eu não me nego a aceitar-lhe o que me parecer bom, tanto mais que eu fiz estes versos muito à pressa e não tive ocasião de os emendar.

— Não me parecem bons estes versos, disse o Dr. Lemos; poderia rasgá-los e estudar antes algum tempo.

Não é possível descrever o gesto de soberbo desdém, com que Luís Tinoco arrancou os versos ao doutor e lhe disse:

— Os seus conselhos valem tanto como a opinião de meu padrinho. Poesia não se aprende, traz-se do berço. Eu não dou atenção a invejosos. Se os versos não fossem bons, o Mercantil não os publicava.

E saiu.

Daí em diante foi impossível ter-lhe mão.

Tinoco entrou a escrever como quem se despedia da vida. Os jornais andavam cheios de produções suas, umas tristes, outras alegres, não daquela tristeza nem daquela alegria que vem diretamente do coração, mas de uma tristeza que fazia sorrir, e de uma alegria que fazia bocejar. Luís Tinoco confessava singelamente ao mundo que fora invadido do ceticismo byroniano, que tragara até às fezes a taça do infortúnio, e que para ele a vida tinha escrita na porta a inscrição dantesca. A inscrição era citada com as próprias palavras do poeta, sem que aliás Luís Tinoco o tivesse lido nunca. Ele respingava nas alheias produções uma coleção de alusões e nomes literários, com que fazia as despesas de sua erudição, e não lhe era preciso, por exemplo, ter lido Shakespeare para falar do to be or not to be, do balcão de Julieta e das torturas de Otelo. Tinha a respeito de biografias ilustres noções extremamente singulares. Uma vez, agastando-se com a sua amada — pessoa que ainda não existia, — aconteceu-lhe dizer que o clima fluminense podia produzir monstros daquela espécie, do mesmo modo que o sol italiano dourara os cabelos da menina Aspásia. Lera casualmente alguns dos salmos do Padre Caldas, e achou-os soporíferos; falava mais benevolamente da “Morte de Lindóia”, nome que ele dava ao poema de J. Basílio da Gama, de que só conhecia quatro versos.

Ao cabo de cinco meses tinha Luís Tinoco produzido uma quantia razoável de versos, e podia, mediante muitos claros e páginas em branco, dar um volume de cento e oitenta páginas. A idéia de imprimir um livro sorriu-lhe; e daí a pouco era raro passar por uma loja sem ver no mostrador um prospecto assim concebido:

GOIVOS E CAMÉLIAS
POR
LUÍS TINOCO
Um volume de 200 páginas... 2$000 rs.

O Dr. Lemos encontrou-o algumas vezes na rua. Andava com o ar inspirado de todos os poetas nov éis que se supõem apóstolos e mártires. Cabeça alta, olhos vagos, cabelos grandes e caídos; algumas vezes abotoava o paletó e punha a mão ao peito por ter visto assim um retrato de Guizot; outras vezes andava com as mãos para trás.

O Dr. Lemos falou-lhe a terceira vez que o viu assim, porque das duas primeiras o rapaz esquivou-se por modo que não pôde deter-lhe o passo. Fez-lhe alguns elogios às suas produções. Expandiu-se-lhe o rosto:

— Obrigado, disse ele; esses elogios são o melhor prêmio das minhas fadigas. O povo não está preparado para a poesia: as pessoas inteligentes, como o doutor, podem julgar do merecimento dos outros. Leu a minha “Flor pálida”?

— Uns versos publicados no domingo?

— Sim.

— Li; são galantíssimos.

— E sentimentais. Fiz aquela poesia em meia hora, e não emendei nada. Acontece-me isso muita vez. Que lhe parecem aqueles esdrúxulos?

— Acho-os esdrúxulos.

— São excelentes. Agora vou levar algumas estrofes que compus ontem. Intitulam-se “À beira de um túmulo”.

— Ah!

— Já assinou o meu livro?

— Ainda não.

— Nem assine. Quero dar-lhe um volume. Sai brevemente. Estou recolhendo as assinaturas. Goivos e camélias; que lhe parece o título?

— Magnífico.

— Achei-o de repente. Lembraram-me outros, mas eram comuns. Goivos e Camélias parece que é um título distinto e original; é o mesmo que se dissesse: tristezas e alegrias.

— Justamente.

Durante esse tempo, ia o poeta tirando do bolso uma aluvião de papéis. Procurava as estrofes de que falara. O Dr. Lemos quis esquivar-se, mas o homem era implacável; segurou-lhe no braço. Ameaçado de ouvir ler os versos na rua, o doutor convidou o poeta a ir jantar com ele.

Foram a um hotel próximo.

— Ah! meu amigo, dizia ele em caminho, não imagina quantos invejosos andam a denegrir o meu nome. O meu talento tem sido o alvo de mil ataques; mas eu já estava disposto a isto. Não me espanto. A enxerga de Camões é um exemplo e uma consolação. Prometeu, atado ao Cáucaso, é o emblema do gênio. A posteridade é a vingança dos que sofrem os desdéns do seu tempo.

No hotel procurou o Dr. Lemos um lugar mais afastado, onde não chamassem muito a atenção das outras pessoas.

— Aqui estão as estrofes, disse Luís Tinoco conseguindo arrancar de um maço de papéis a poesia anunciada.

— Não lhe parece melhor lê-las à sobremesa?

— Como quiser, respondeu ele; tem razão, porque eu também estou com fome.

Luís Tinoco era todo prosa à mesa do jantar; comeu desencadernadamente.

— Não repare, dizia ele de quando em quando; isto é o animal que se está alimentando. O espírito aqui não tem culpa nenhuma.

À sobremesa, estando na sala apenas uns cinco fregueses, desdobrou Luís Tinoco o fatal papel e leu as anunciadas estrofes, com uma melopéia afetada e perfeitamente ridícula. Os versos falavam de tudo, da morte e da vida, das flores e dos vermes, dos amores e dos ódios; havia mais de oito ciprestes, cerca de vinte lágrimas, e mais túmulos do que um verdadeiro cemitério.

Os cinco fregueses jantantes voltaram a cabeça, quando Luís Tinoco começou a recitar os versos; depois começaram a sorrir e a murmurar alguma coisa que os dois não puderam ouvir. Quando o poeta acabou, um dos circunstantes, assaz grosseiro, soltou uma gargalhada. Luís Tinoco voltou-se enfurecido, mas o Dr. Lemos conteve-o dizendo:

— Não é conosco.

— É, meu amigo, disse ele resignado; mas que lhe havemos de fazer? quem entende a poesia para a respeitar em toda a parte?

— Deixemos este lugar, disse o Dr. Lemos; aqui não compreendem o que é um poeta.

— Vamos!

O Dr. Lemos pagou a conta e saiu atrás de Luís Tinoco, que deitou ao rideiro um olhar de desafio.

Luís Tinoco acompanhou-o até à casa. Recitou-lhe em caminho alguns versos que sabia de cor. Quando ele se entregava à poesia, não a alheia, que o não preocupava muito, mas a própria, podia-se dizer que tudo mais se lhe apagava da memória; bastava-lhe a contemplação de si mesmo. O Dr. Lemos ia ouvindo calado com a resignação de quem suporta a chuva, que não pode impedir.

Pouco tempo depois saíram a lume os Goivos e Camélias, que todos os jornais prometeram analisar mais de espaço.

Dizia o poeta no prólogo da obra, que era audácia da sua parte “vir assentar-se na mesa da comunhão da poesia, mas que todo aquele que sentia dentro de si o j’ai quelque chose là, de André Chénier, devia dar à pátria aquilo que a natureza lhe deu”. Em seguida pedia desculpa para os seus verdes anos, e afirmava ao público que não tinha sido “embalado em berços de seda”. Concluía dando a bênção ao livro e chamando a atenção para a lista dos assinantes que vinha no fim.

Esta obra monumental passou despercebida no meio da indiferença geral. Apenas um folhetinista do tempo escreveu a respeito dela algumas linhas que fizeram rir a toda a gente, menos o autor, que foi agradecer ao folhetinista.

O Dr. Lemos perdeu de vista o seu poeta durante algum tempo. Digo mal; só perdeu de vista o homem, porque o poeta de quando em quando lhe aparecia metido em alguma produção literária que o Dr. Lemos invariavelmente lia para se benzer da estéril pertinácia de Luís Tinoco. Não havia ocasião, enterro ou espetáculo solene que escapasse à inspiração do fecundo escritor. Como o número de suas idéias fosse mui limitado, podia-se dizer que ele só havia escrito um necrológio, uma elegia, uma ode ou uma congratulação. Os diferentes exemplares de cada uma destas coisas eram a mesma coisa dita por outro modo. O modo porém constituía a originalidade do poeta, originalidade que ele não teve a princípio, mas que se desenvolveu muito com o tempo.

Infelizmente enquanto se entregava com ardor às lides literárias, esquecia-se o poeta das lides forenses, de onde lhe vinha o pão. Anastácio queixou-se um dia desta desgraça ao Dr. Lemos, numa carta que acabava assim: “Não sei, meu amigo Sr. Lemos, aonde irá parar este rapaz. Não lhe vejo outra conclusão: hospício ou xadrez”.

O Dr. Lemos mandou chamar o poeta. Elogiou-lhe as suas obras com o fim de lhe dispor o espírito a ouvir o que ia dizer. O rapaz expandiu-se.

— Ainda bem que eu ouço de quando em quando alguma voz animadora, disse ele; não sabe o que tem sido a inveja a meu respeito. Mas que importa? Tenho confiança no futuro; o que me vinga é a posteridade.

— Tem razão, a posteridade é que vinga das maroteiras contemporâneas.

— Li há dias num papelucho, que eu era um alinhavador de ninharias. Percebi a intenção. Acusava-me de não meter ombros a obra de mais largo fôlego. Vou desmentir o papelucho: estou escrevendo um poema épico!

“Ai!” disse o Dr. Lemos consigo, adivinhando alguma leitura forçada do poema.

— Podia mostrar-lhe alguma coisa, continuou Luís Tinoco, mas prefiro que leia a obra quando estiver mais adiantada.

— Muito bem.

— Tem dez cantos, cerca de 10.000 versos. Mas quer saber a minha desgraça?

— Qual é?

— Estou apaixonado...

— Realmente, é uma desgraça na sua posição.

— Que tem a minha posição?

— Creio que não é excelente. Dizem-me que se tem descuidado um pouco das suas obrigações do foro, e que brevemente lhe vão tirar o emprego.

— Fui despedido ontem.

— Já?

— É verdade. Se ouvisse o discurso com que eu respondi ao escrivão, diante de toda a gente que enchia o cartório! Vinguei-me.

— Mas... de que viverá agora? seu padrinho não pode, creio eu, com o peso da casa.

— Deus me ajudará. Não tenho eu uma pena na mão? Não recebi do berço um tal ou qual engenho, que já tem dado alguma coisa de si? Até agora nenhum lucro tentei tirar das minhas obras; mas era só amador. Daqui em diante o caso muda de figura; é necessário ganhar o pão, ganharei o pão.

A convicção com que Luís Tinoco dizia estas palavras, entristeceu o amigo do padrinho. O Dr. Lemos contemplou durante alguns segundos — com inveja, talvez, — aquele sonhador incorrigível, tão desapegado da realidade da vida, acreditando não só nos seus grandes destinos, mas também na verossimilhança de fazer da sua pena uma enxada.

— Oh! deixe estar! continuou Luís Tinoco; eu hei de provar-lhes, ao senhor e a meu padrinho, que não sou tão inútil como lhes pareço. Não me falta coragem, doutor; quando me faltasse, há uma estrela...

Luís Tinoco calou-se, retorceu o bigode, e olhou melancolicamente para o céu. O Dr. Lemos também olhou para o céu, mas sem melancolia, e perguntou rindo:

— Uma estrela? Ao meio-dia é raro...

— Oh! não falo dessas, interrompeu Luís Tinoco; lá é que ela devia estar, ali no espaço azul, entre as outras suas irmãs, mais velhas do que ela e menos formosas...

— Uma moça?

— Uma moca, é pouco; diga a mais gentil criatura que o sol ainda alumiou, uma sílfide, a minha Beatriz, a minha Julieta, a minha Laura...

— Escusa dizê-lo; deve ser muito formosa se fez apaixonar um poeta.

— Meu amigo, o senhor é um grande homem; Laura é um anjo, e eu adoro-a...

— E ela?

— Ela ignora talvez que eu me consumo.

— Isso é mau!

— Que quer? disse Luís Tinoco enxugando com o lenço uma lágrima imaginária; é fado dos poetas arderem por coisas que não podem obter. É esse o pensamento de uns versos que escrevi há oito dias. Publiquei-os no Caramanchão Literário.

— Que diacho é isso?

— É a minha folha, que eu lhe mando de quinze em quinze dias... E diz que lê as minhas obras!

— As obras leio... Agora os títulos podem escapar. Vamos porém ao que importa. Ninguém lhe contesta talento nem inspiração fecunda; mas o senhor ilude-se pensando que pode viver dos versos e dos artigos literários... Note que os seus versos e os seus artigos são muito superiores ao entendimento popular, e por isso devem ter muito menos aceitação.

Este desenganar com as mãos cheias de rosas produziu salutar efeito no ânimo de Luís Tinoco; o poeta não pôde sofrear um sorriso de satisfação e bem-aventurança. O amigo do padrinho concluiu o seu discurso oferecendo-lhe um lugar de escrevente em casa de um advogado. Luís Tinoco olhou para ele algum tempo sem dizer palavra. Depois:

— Volto ao foro, não? disse ele com a mais melancólica resignação deste mundo. Minha inspiração deve descer outra vez a empoeirar-se nos libelos, a aturar os rábulas, a engrolar o vocabulário da chicana! E a troco de quê? A troco de uns magros mil-réis que eu não tenho e me são necessários para viver. Isto é sociedade, doutor?

— Má sociedade, se lhe parece, respondeu o Dr. Lemos com doçura, mas não há outra à mão, e a menos de não estar disposto a reformá-la, não tem outro recurso senão tolerá-la e viver.

O poeta deu alguns passos na sala; no fim de dois minutos estendeu a mão ao amigo.

— Obrigado, disse ele, aceito; vejo que trata de meus interesses, sem desconhecer que me oferece um exílio.

— Um exílio e um ordenado, emendou o Dr. Lemos.

Daí a dias estava o poeta a copiar razões de embargos e de apelação, a lastimar-se, a maldizer da fortuna, sem adivinhar que daquele emprego devia nascer uma mudança nas suas aspirações. O Dr. Lemos não lhe falou durante cinco meses. Um dia encontraram-se na rua. Perguntou-lhe pelo poema.

— Está parado, respondeu Luís Tinoco.

— Deixa-o de mão?

— Conclui-lo-ei quando tiver tempo.

— E a folha?

— Deve saber que acabei com ela; não lha mando há muito tempo.

— É verdade, mas podia ser um esquecimento. Muito me conta! Então acabou o Caramanchão Literário?

— Deixei-o morrer no melhor período de vitalidade: tinha oitenta assinantes pagantes...

— Mas então abandona as letras?

— Não, mas... Adeus.

— Adeus.

Pareceu simples tudo aquilo; mas tendo-se ganho alguma coisa, que era empregá-lo, o Dr. Lemos deixou que o próprio poeta lhe fosse anunciar a causa do seu sono literário. Seria o namoro de Laura?

Esta Laura, preciso é que se diga, não era Laura, era simplesmente Inocência; o poeta chamava-lhe Laura nos seus versos, nome que lhe parecia mais doce, e efetivamente o era. Até que ponto existiu esse namoro, e em que proporções correspondeu a moça à chama do rapaz? A história não conservou muita informação a este respeito. O que se sabe com certeza é que um dia apareceu um rival no horizonte, tão poeta como o padrinho de Luís Tinoco, elemento muito mais conjugal do que o redator do Caramanchão Literário, e que de um só lance lhe derrubou todas as esperanças.

Não é preciso dizer ao leitor que este acontecimento enriqueceu a literatura com uma extensa e chorosa elegia, em que Luís Tinoco metrificou todas as queixas que pode ter de uma mulher um namorado traído. Esta obra tinha por epígrafe o nessun maggior dolore do poeta florentino. Quando ele a acabou e emendou, releu-a em voz alta, passeando na alcova, deu o último apuro a um ou outro verso, admirou a harmonia de muitos, e singelamente confessou de si para si que era a sua melhor produção. O Caramanchão Literário ainda existia; Luís Tinoco apressou-se a levar o escrito ao prelo, não sem o ler aos seus colaboradores, cuja opinião foi idêntica à dele. Apesar da dor que o devia consumir, o poeta leu as provas com o maior desvelo e escrúpulo, assistiu à impressão dos primeiros exemplares da folha, e durante muitos dias releu os versos até cansar. Do que ele menos se lembrava era da perfídia que os inspirou.

Esta porém não era a razão do sono literário de Luís Tinoco. A razão era puramente política. O advogado, cujo escrevente ele era, tinha sido deputado e colaborava numa gazeta política. O seu escritório era um centro, onde iam ter muitos homens públicos e se conversava largamente dos partidos e do governo. Luís Tinoco ouviu a princípio essas conversas com a indiferença de um deus envolvido no manto da sua imortalidade. Mas a pouco e pouco foi adquirindo gosto ao que ouvia. Já lia os discursos parlamentares e os artigos de polêmica. Da atenção passou rapidamente ao entusiasmo, porque naquele rapaz tudo era extremo, entusiasmo ou indiferença. Um dia levantou-se com a convicção de que os seus destinos eram políticos.

— A minha carreira literária está feita, disse ele ao Dr. Lemos quando falaram nisto; agora outro campo me chama.

— A política? Parece-lhe que é essa a sua vocação?

— Parece-me que posso fazer alguma coisa.

— Vejo que é modesto, e não duvido que alguma voz interior o esteja convidando a queimar as suas asas de poeta. Mas, cuidado! Há de ter lido Macbeth... Cuidado com a voz das feiticeiras, meu amigo. Há no senhor demasiado sentimento, muita suscetibilidade, e não me parece que...

— Estou disposto a acudir à voz do destino, interrompeu impetuosamente Luís Tinoco. A política chama-me ao seu campo; não posso, não devo, não quero cerrar-lhe os ouvidos. Não! as opressões do poder, as baionetas dos governos imorais e corrompidos, não podem desviar uma grande convicção do caminho que ela mesma escolheu. Sinto que sou chamado pela voz da verdade. Quem foge à voz da verdade? Os covardes e os ineptos. Não sou inepto nem covarde.

Tal foi a estréia oratória com que ele brindou o Dr. Lemos numa esquina onde felizmente não passava ninguém.

— Só lhe peço uma coisa, disse o ex-poeta.

— O que é?

— Recomende-me ao doutor. Quero acompanhá-lo, e ser seu protegido; é o meu desejo.

O Dr. Lemos cedeu ao desejo de Luís Tinoco. Foi ter com o advogado e recomendou-lhe o escrevente, não com muita solicitude, mas também sem excessiva frieza. Felizmente o advogado era uma espécie de São Francisco Xavier do partido, desejoso como ninguém de aumentar o pessoal militante; recebeu a recomendação com a melhor cara do mundo, e logo no dia seguinte, disse algumas palavras benévolas ao escrevente, que as ouviu trêmulo de comoção.

— Escreva alguma coisa, disse o advogado, e traga-me para ver se lhe achamos propensão.

Não foi preciso dizer-lho duas vezes. Dois dias depois, levou o ex-poeta ao seu protetor um artigo extenso e difuso, mas cheio de entusiasmo e fé. O advogado achou defeitos no trabalho; apontou-lhe demasias e nebulosidades, frouxidão de argumentos, mais ornamentação que solidez; todavia prometeu publicá-lo. Ou fosse porque lhe fizesse estas observações com muito jeito e benevolência, ou porque Luís Tinoco houvesse perdido alguma coisa da antiga suscetibilidade, ou porque a promessa da publicação lhe adoçasse o amargo da censura, ou por todas estas razões juntas, o certo é que ele ouviu com exemplar modéstia e alegria as palavras do protetor.

— Há de perder os defeitos com o tempo, disse este mostrando o artigo aos amigos.

O artigo foi publicado e Luís Tinoco recebeu alguns apertos de mão. Aquela doce e indefinível alegria que ele sentira quando estampou no Correio Mercantil os seus primeiros versos, voltou a experimentá-la agora, mas alegria complicada de uma virtuosa resolução: Luís Tinoco desde aquele dia sinceramente acreditou que tinha uma missão, que a natureza e o destino o haviam mandado à terra para endireitar os tortos políticos.

Poucas pessoas se terão esquecido do período final da estréia política do ex-redator do Caramanchão Literário. Era assim:

Releve o poder — hipócrita e sanhudo, — que eu lhe diga muito humildemente que não temo o desprezo nem o martírio. Moisés, conduzindo os hebreus à terra da promissão, não teve a fortuna de entrar nela: é o símbolo do escritor que leva os homens à regeneração moral e política, sem lhe transpor as portas de ouro. Que poderia eu temer? Prometeu atado ao Cáucaso, Sócrates bebendo a cicuta, Cristo expirando na cruz, Savonarola indo ao suplício, John Brown esperneando na forca, são os grandes apóstolos da luz, o exemplo e o conforto dos que amam a verdade, o remorso dos tiranos, e o terremoto do despotismo.

Luís Tinoco não parou nestas primícias. Aquela mesma fecundidade da estação literária veio a reproduzir-se na estação política; o protetor, entretanto, disse-lhe que era conveniente escrever menos e mais assentado. O ex-poeta não repeliu a advertência, e até lucrou com ela, produzindo alguns artigos menos desgrenhados no estilo e no pensamento. A erudição política de Luís Tinoco era nenhuma; o protetor emprestou-lhe alguns livros, que o ex-poeta aceitou com infinito prazer. Os leitores compreendem facilmente que o autor dos Goivos e Camélias não era homem que meditasse uma página de leitura; ele ia atrás das grandes frases, — sobretudo das frases sonoras — demorava-se nelas, repetia-as, ruminava-as com verdadeira delícia. O que era reflexão, observação, análise parecia-lhe árido, e ele corria depressa por elas.

Algum tempo depois houve uma eleição primária. O publicista sentiu que havia em si um eleitor, e foi dizê-lo afoitamente ao advogado. O desejo não foi mal aceito; trabalharam-se as coisas de modo que Luís Tinoco teve o gosto de ser incluído numa chapa e a surpresa de ficar batido. Batê-lo foi possível ao governo; abatê-lo, não. O ex-poeta, ainda quente do combate, traduziu em largos e floreados períodos o desprezo que lhe inspirava aquela vitória dos adversários. A esse artigo responderam os amigos do governo com um, que terminava assim: “Até onde quererá ir, com semelhante descomedimento de linguagem, o pimpolho do ex-deputado Z.?”

Luís Tinoco quase morreu de júbilo ao receber em cheio aquela descarga ministerial. A imprensa adversa não o havia tratado até então com a consideração que ele desejava. Uma ou outra vez, haviam discutido argumentos seus; mas faltava o melhor, faltava o ataque pessoal, que lhe parecia ser o batismo de fogo naquela espécie de campanha. O advogado, lendo o ataque, disse ao ex-poeta que a sua posição era idêntica à do primeiro Pitt quando o ministro Walpole lhe respondeu chamando-lhe moço em plena Câmara dos Comuns, e que era necessário repelir no mesmo tom a ofensa ministerial. Luís Tinoco ignorava até aquela data a existência de Pitt e de Walpole; achou todavia muito engenhosa a comparação das duas situações, e com habilidade e cautela perguntou ao advogado se lhe podia emprestar o discurso do orador britânico “para refrescar a memória”. O advogado não tinha o discurso, mas deu-lhe idéia dele, quanto bastou para que Luís Tinoco fosse escrever um longo artigo acerca do que era e não era pimpolho.

Entretanto, a luta eleitoral lhe descobrira um novo talento. Como fosse necessário arengar algumas vezes, fê-lo o pimpolho a grande aprazimento seu e no meio às palmas gerais. Luís Tinoco perguntou a si mesmo se lhe era lícito aspirar às honras da tribuna. A resposta foi afirmativa. Esta nova ambição era mais difícil de satisfazer; o ex-poeta o reconheceu, e armou-se de paciência para esperar.

Aqui há uma lacuna na vida de Luís Tinoco. Razões que a história não conservou levaram o jovem publicista à província natal do seu amigo e protetor, dois anos depois dos acontecimentos eleitorais. Não percamos tempo em conjecturar as causas desta viagem, nem as que ali o demoraram mais do que queria. Vamos já encontrá-lo alguns meses depois, colaborando num jornal com o mesmo ardor juvenil, de que dera tanta prova na capital. Recomendado pelo advogado aos seus amigos políticos e parentes, depressa criou Luís Tinoco um círculo de companheiros, e não tardou que assentasse em ali ficar algum tempo. O padrinho já estava morto; Luís Tinoco achava-se absolutamente sem família.

A ambição do orador não estava apagada pela satisfação do publicista; pelo contrário, uma coisa avivava a outra. A idéia de possuir duas armas, brandi-las ao mesmo tempo, ameaçar e bater com ambas os adversários, tornou-se-lhe idéia crônica, presente, inextinguível. Não era a vaidade que o levava, quero dizer, uma vaidade pueril. Luís Tinoco acreditava piamente que ele era um artigo do programa da Providência, e isso o sustinha e contentava. A sinceridade que nunca teve quando versificava os seus infortúnios entre suas palestras de rapazes, teve-a quando se enterrou a mais e mais na política. É claro que, se alguém lhe pusesse em dúvida o mérito político, feri-lo-ia do mesmo modo que os que lhe contestavam excelências literárias; mas não era só a vaidade que lhe ofendiam, era também, e muito mais, a fé — fé profunda e intolerante — que ele tinha de que o seu talento fazia parte da harmonia universal.

Luís Tinoco mandava ao Dr. Lemos na corte todos os seus escritos da província, e contava-lhe singelamente as suas novas esperanças. Um dia noticiou-lhe que a sua eleição para a Assembléia Provincial era objeto de negociações que se lhe afiguravam propícias. O correio seguinte trouxe notícia de que a candidatura de Luís Tinoco entrara na ordem dos fatos consumados.

A eleição fez-se e não deu pouco trabalho ao candidato fluminense, que à força de muita luta e muito empenho pôde ter a honra de ser incluído na lista dos vencedores. Quando lhe deram notícia da vitória, entoou a alma de Luís Tinoco um verdadeiro e solene Te Deum Laudamus. Um suspiro, o mais entranhado e desentranhado de quantos suspiros jamais soltaram homens, desafogou o coração do ex-poeta das dúvidas e incertezas de longas e cruéis semanas. Estava enfim eleito! Ia subir o primeiro degrau do Capitólio.

A noite foi mal dormida, como a da véspera da publicação do primeiro soneto, e entremeada de sonhos análogos à situação. Luís Tinoco via-se já troando na Assembléia Provincial, entre os aplausos de uns, as imprecações de outros, a inveja de quase todos, e lendo em toda a imprensa da província os mais calorosos aplausos à sua nova e original eloqüência. Vinte exórdios fez o jovem deputado para o primeiro discurso, cujo assunto seria naturalmente digno de grandes rasgos e nervosos períodos. Ele já estudava mentalmente os gestos, a atitude, todo o exterior da figura que ia honrar a sala dos representantes da província.

Muitos grandes nomes da política haviam começado no parlamento provincial. Era verossímil, era indispensável até, para que ele cumprisse o mandato imperativo do destino, que saísse dali em pouco tempo para vir transpor a porta mais ampla da reapresentação nacional. O ex-poeta ocupava já no espírito uma das cadeiras da Cadeia Velha, e remirava-se na própria pessoa e no brilhante papel que teria de desempenhar. Via já diante de si a oposição ou o ministério estatelado no chão, com quatro ou cinco daqueles golpes que ele supunha saber dar como ninguém, e as gazetas a falarem, e o povo a ocupar-se dele, e o seu nome a repercutir em todos os ângulos do império, e uma pasta a cair-lhe nas mãos, ao mesmo tempo que o bastão do comando ministerial.

Tudo isto, e muito mais imaginava o recente deputado, embrulhado nos lençóis, com a cabeça no travesseiro e o espírito a vagar por esse mundo fora, que é a coisa pior que pode acontecer a um corpo mortificado como estava o dele naquela ocasião.

Não se demorou Luís Tinoco em escrever ao Dr. Lemos, e contar-lhe as suas esperanças e o programa que tencionava observar, desde que a fortuna lhe abria mais ampla estrada na vida pública. A carta tratava longamente do efeito provável da sua primeira oração, e terminava assim:

Qualquer que seja o posto a que eu suba; qualquer, entenda bem, ainda aquele que é o primeiro do país, abaixo do imperador (e creio que irei até lá), nunca me há de esquecer que ao senhor o devo, à animação que me dispensou, à recomendação que fez de mim. Parece-me que até hoje tenho correspondido à confiança dos meus amigos; espero continuar a merecê-la.

Inauguraram-se enfim os trabalhos. Tão ansioso estava Luís Tinoco de falar que, logo nas primeiras sessões, a propósito de um projeto sobre a colocação de um chafariz, fez um discurso de duas horas em que demonstrou por A + B que a água era necessária ao homem. Mas a grande batalha foi dada na discussão do orçamento provincial. Luís Tinoco fez um longo discurso em que combateu o governo geral, o presidente, os adversários, a polícia e o despotismo. Seus gestos eram até então desconhecidos na escala da gesticulação parlamentar; na província, pelo menos, ninguém tivera nunca a satisfação de contemplar aquele sacudir de cabeça, aquele arquear de braço, aquele apontar, alçar, cair e bater com a mão direita.

O estilo também não era vulgar. Nunca se falou de receita e despesa com maior luxo de imagens e figuras. A receita foi comparada ao orvalho que as flores recolhem durante a noite, a despesa à brisa da manhã que as sacode e lhes entorna um pouco do sereno vivificante. Um bom governo é apenas brisa; o presidente atual foi declarado siroco e pampeiro. Toda a maioria protestou solenemente contra essa qualificação injuriosa, ainda que poética. Um dos secretários confessou que nunca do Rio de Janeiro lhes fora uma aura mais refrigerante.

Infelizmente os adversários não dormiam. Um deles, apenas Luís Tinoco acabou o discurso entre alguns aplausos dos seus amigos, pediu a palavra e cravou longo tempo os olhos no orador estreante. Depois sacou do bolso um maço de jornais e um folheto, concertou a garganta e disse:

— Mandaram-nos do Rio de Janeiro o nobre deputado que me precedeu nesta tribuna. Diziam que era uma ilustração fluminense, destinada a arrasar os talentos da província. Imediatamente, Sr. presidente, tratei de obter as obras do nobre deputado.

Aqui tenho eu, Sr. presidente, o Caramanchão Literário, folha redigida pelo meu adversário, e o volume dos Goivos e Camélias. Tenho lá em casa mais outras obras. Abramos os Goivos e Camélias.

O SR. LUÍS TINOCO. — O nobre deputado está fora da ordem! (Apoiados).

O orador: — Continuo, Sr. presidente; aqui tenho os Goivos e Camélias. Vejamos um goivo.

A Ela.

Quem és tu que me atormentas
Com teus prazenteiros sorrisos?
Quem és tu que me apontas
As portas dos paraísos?

Imagem do céu és tu?
És filha da divindade?
Ou vens prender em teus cabelos
A minha liberdade?

Vê V. Ex.ª, Sr. presidente, que já nesse tempo o nobre deputado era inimigo de todas as leis opressoras. A assembléia tem visto como ele trata as leis do metro.

Todo o resto do discurso foi assim. A minoria protestou, Luís Tinoco fez-se de todas as cores, e a sessão acabou em risada. No dia seguinte os jornais amigos de Luís Tinoco agradeceram ao adversário deste o triunfo que lhe proporcionou mostrando à província “uma antiga e brilhante face do talento do ilustre deputado”. Os que indecorosamente riram dos versos, foram condenados com estas poucas linhas: “Há dias um deputado governista disse que a situação era uma caravana de homens honestos e bons. É caravana, não há dúvida; vimos ontem os seus camelos”.

Nem por isso Luís Tinoco ficou mais consolado. As cartas do deputado ao Dr. Lemos começaram a escassear, até que de todo cessaram de aparecer. Decorreram assim silenciosos uns três anos, ao cabo dos quais o Dr. Lemos foi nomeado não sei para que cargo na província onde se achava Luís Tinoco. Partiu. Apenas empossado do cargo, tratou de procurar o ex-poeta, e pouco tempo gastou, recebendo logo um convite dele para ir a um estabelecimento rural onde se achava.

— Há de me chamar ingrato, não? disse Luís Tinoco, apenas viu assomar à porta de casa o Dr. Lemos. Mas não sou; contava ir vê-lo daqui a um ano; e se lhe não escrevi... Mas que tem, doutor? está espantado?

O Dr. Lemos estava efetivamente pasmado a olhar para a figura de Luís Tinoco. Era aquele o poeta dos Goivos e camélias, o eloqüente deputado, o fogoso publicista? O que ele tinha diante de si era um honrado e pacato lavrador, ar e maneiras rústicas, sem o menor vestígio das atitudes melancólicas do poeta, do gesto arrebatado do tribuno, — uma transformação, uma criatura muito outra e muito melhor.

Riram-se ambos, um da mudança, outro do espanto, pedindo o Dr. Lemos a Luís Tinoco lhe dissesse se era certo haver deixado a política, ou se aquilo eram apenas umas férias para renovar a alma.

— Tudo lhe explicarei, doutor, mas há de ser depois de ter examinado a minha casa e a minha roça, depois de lhe apresentar minha mulher e meus filhos...

— Casado?

— Há vinte meses.

— E não me disse nada!

— Ia este ano à corte e esperava surpreendê-lo... Que duas criancinhas as minhas... lindas como dois anjos. Saem à mãe, que é a flor da província. Oxalá se pareçam também com ela nas qualidades de dona de casa; que atividade! que economia!...

Feita a apresentação, beijadas as crianças, examinado tudo, Luís Tinoco declarou ao Dr. Lemos que definitivamente deixara a política.

— De vez?

— De vez.

— Mas que motivo? desgostos, naturalmente.

— Não; descobri que não era fadado para grandes destinos. Um dia leram-me na assembléia alguns versos meus. Reconheci então quanto eram pífios os tais versos; e podendo vir mais tarde a olhar com a mesma lástima e igual arrependimento para as minhas obras políticas, arrepiei carreira e deixei a vida pública. Uma noite de reflexão e nada mais.

— Pois teve ânimo?...

— Tive, meu amigo, tive ânimo de pisar terreno sólido, em vez de patinhar nas ilusões dos primeiros dias. Eu era um ridículo poeta e talvez ainda mais ridículo orador. Minha vocação era esta. Com poucos anos mais estou rico. Ande agora beber o café que nos espera e feche a boca, que as moscas andam no ar.