Juanita la larga - Juan Valera (-XLIII-XLIV-XLV-epilogo...).
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XLIII.


Juanita never regretted what she had done, after having thought it through carefully, rightly or wrongly; but although her will was firm and even stubborn, her understanding wavered and changed often, because, successively, if not simultaneously, she saw the pros and cons of everything.

When she found herself in Don Andres's presence, she had second thoughts, and felt something like remorse.

"To what extent," she thought, "can I allow myself to mock this man, and to what extent does he deserve it? Have I been harassed long enough to reach this point?" As if answering herself, and without giving Don Andres time to say a word, Juanita spoke in this way: "Forgive me, Don Andres, if I have attracted you to my house with something that could be described as trickery. Me pidió vuecencia una cita amorosa, y yo se la he concedido.... --Pues entonces--dijo don Andrés--no es mi perdón, sino infinitas gracias lo que tengo que darte.

--Así sería--dijo la muchacha--si yo, desmintiendo la lealtad de mi carácter, no hubiese en esta ocasión engañado a vuecencia.

Don Andrés era un hombre de mucha calma y de bastante mundo. Presumió que la muchacha quería hacerse valer, ir cediendo poco a poco y no declararse, desde luego, vencida. Tomó, pues, una silla y se sentó con mucho reposo, apercibiéndose a oír lo que la muchacha dijese y hasta a contestarle discutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discusión y el coloquio durasen media hora, serían el andante de un dúo y harían más vivo y más grato el _allegro_ que vendría después.

Echados estos cálculos y ajustando a ellos su conducta, don Andrés dijo:.

--Veo con sorpresa que he venido a hacer aquí el extraño papel de tu confesor. Te me confiesas desleal y engañosa. ¿Qué quieres? Feos pecados son esos; pero la pecadora es tan bonita, que yo la perdonaré y la absolveré si se arrepiente.

--De nada tengo que arrepentirme. Lo que he hecho lo he hecho porque no podía por menos. Vuecencia me perseguía, me comprometía, me exponía y se exponía a sí mismo a tener un lance con mi novio. He sido leal y no he ocultado a vuecencia que tengo novio y que le quiero y que por nada y por nadie del mundo le faltaré nunca. Vuecencia ha sabido por mi boca que ese novio mío es su amigo de toda la vida. Si él debe a vuecencia muchos favores, también vuecencia se los debe. Y si esto no le arredra, y si no desiste de perseguirme y solicitarme, ¿quién es aquí el desleal y engañoso, vuecencia o yo?

--No hay de mi parte--contestó don Andrés--ni deslealtad ni engaño. El lazo reciente que a don Paco te une bien puede desatarse con la misma prontitud con que se ha atado. Ni a él ni a ti os conviene. A él y a ti os sirvo y os valgo interviniendo para que el lazo se rompa. Quizá le dolería a él por lo pronto, pero más tarde me lo agradecería. Más tarde sentiría la satisfacción de verse libre de un absurdo compromiso.

--El compromiso--exclamó Juanita enojada--no es absurdo ni repentino.
Hace ya cerca de dos años que él me ama de amor, que me respeta cuando todos me desdeñaban,. que me trata como a una señora y como a una santa cuando todos me juzgaban una perdida, que no ha sentido vergüenza ni ha vacilado en ofrecerme su mano y en darme su nombre,. que aun viéndose desdeñado por mí ha seguido amándome y que me ha celado, y creyéndome pocos días ha prendada de otro hombre o harto liviana para concederle favores, ha faltado poco para que se muera de pena. ¿Qué hay, pues, de absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo le quiero, y sería la más ingrata de las mujeres si no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo, aunque hasta ayer no se lo he declarado y no le he dicho que soy suya.
Suya soy ahora y lo seré siempre, y sería yo muy vil si sólo con el pensamiento y si sólo por un leve instante quebrantase la fe que le tengo prometida.

--Todo esto estará muy bien. No vengo aquí a discutirlo contigo. Ni para que tú me lo digas ni para que yo lo discuta te he pedido yo y tú me has concedido la cita. Yo no soy un personaje ridículo y tú no tienes derecho para querer hacerme objeto de una necia burla.

--Yo estaba exasperada, señor don Andrés, y si alguna falta hubo en mí, harta disculpa tiene. Por mi humilde cuna, por mi baja condición social, todos me despreciaban, incluso vuecencia. Confieso que he querido vengarme de este desprecio, y aun convertirlo en acto de aprecio, haciendo sentir a vuecencia que valgo más de lo que imagina.

--Ahí está tu equivocación, Juanita--dijo don Andrés--. Yo no he creído que te menospreciaba y que te humillaba al requebrarte. Sobre poco más o menos, tan plebeyo soy yo como tú y tan humilde es mi cuna como la tuya.
Si tu madre se emplea en adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico como arriero y como labrador, guardó los cerdos en sus primeros años, porque fue porquerizo. Conque ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es una tontería imaginar que yo te he solicitado por la bajeza de tu extracción. Lo mismo te hubiera solicitado y te hubiera perseguido, porque me enamoras, aunque fueses una reina extraviada por estos andurriales o la princesa heredera del mayor imperio del mundo. Además, tú eres libre y yo también lo soy. ¿A qué juramentos, a qué deberes hubiéramos faltado queriéndonos? ¿Me habías tú dado seriamente parte de tu compromiso con don Paco? ¿No podría yo suponer que era una coquetería sin formalidad ni consecuencia? Desengáñate: tú has querido mofarte de mí sin motivo alguno; tú has querido vengar en mí agravios, imaginados o reales, que otros y no yo te han hecho. A decir verdad, tú debiste enamorar al padre Anselmo y atraerle a esta cita, si es que la cita sigue siendo de burla. El y no yo fue quien reprobó que te vistieses de seda. Lo que es yo, aprobé y aplaudí el verte tan bien vestida. Y por mi gusto cada día estrenarías tú trajes mejores y más lujosos.

Juanita se aturdió un poco con esta no esperada salida del señor don Andrés.

Casi receló que él tenía razón y que ella se había conducido irreflexiva y arrebatadamente.

Al fin habló así: --Yo no voy a sostener ahora que he procedido contra vuecencia con motivo bastante. Lo que digo es que estaba, y aún estoy, fuera de mí.
Nada me importaría que me considerasen con la obligación de no vestirme ni de seda, ni de lana, ni de algodón siquiera, sino de esparto. Lo que me importa es que me respeten. ¿Qué segundo pecado original es el mío, que no hay bautismo que lave? ¿Qué mancha indeleble ha caído sobre mí que no hay nada que limpie? ¿Qué vicio innato hay en mi sangre del que yo no puedo purificarla? ¿Por qué se supone tal mi flaqueza que necesite yo refugiarme en un convento para resistir las seducciones y los peligros del mundo? Crea vuecencia, señor don Andrés, que, aunque yo tuviera vocación de monja, la perdería si imaginase que era para huir de peligros que desprecio y que me siento capaz de arrostrar con el mayor denuedo.

Don Andrés se sonrió, halló graciosa y algo disparatada a Juanita al oírla quejarse y lamentarse de aquel modo, y le dijo con dulzura:.

--Pero, hija mía, con todo eso que dices sólo me pruebas que estás quejosa de doña Inés. Quéjate enhorabuena y no me hagas a mí responsable. Ni yo quiero que te metas monja, sino todo lo contrario, ni por más que miro alrededor de ti descubro los peligros que te cercan. Yo no deseo que te vengues de doña Inés ni de nadie; pero, en todo caso, de ella y no de mí tendrás razón para vengarte. Y perdona, además, que sea franco contigo y que te acuse de un pecado constante y aun prolijo en ti: tu hipocresía tenaz. Ha tiempo que debiste tener el valor de no fingirte mística y devota, si no lo eras, y de decírselo a doña Inés y no seguir engañándola. En tu franqueza pudo haber peligro, aunque tú lo exagerabas; pero ya que te jactas de valiente, debiste hacer cara a ese peligro sin apartarlo de ti por medio de una falsía.

Juanita se mordió los labios, se compungió un poco y empezó a sospechar que, en vez de dar una lección, era ella quien iba a recibirla. Pronto, no obstante, se repuso. La misma dureza de la acusación le hizo ver más clara su injusticia.

Juanita no había tomado asiento como don Andrés. En pie se agitaba, hablaba e iba de un lado a otro.

Parándose y encarándose con don Andrés, le dijo:.

--¡Cuán injustamente me acusa vuecencia de hipócrita y de falsa! ¿Qué había de hacer yo? La aprobación y el aplauso que vuecencia dice que me daba eran tan ocultos como inútiles; eran la carabina de Ambrosio. La reprobación general cayó sobre mí y sobre mi madre, y vuecencia no protestó ni volvió por nosotras. Se supuso que yo era una perdida. Huyó la gente de mí para evitar el contagio, como si yo tuviera la peste.
Hasta ese desventurado de Antoñuelo me insultó y me abandonó. Sólo don Paco fue constante en amarme y en respetarme. Pero, repito, ¿qué había yo de hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, aún no le amaba de amor. ¿Podía yo abusar entonces de su caballerosidad y tomarle por marido y por escudo, arrastrándole conmigo al basurero en que todos los del lugar me habían echado? Si yo fuese en realidad una perdida o tuviese inclinación a serlo, ¿me cree vuecencia tan estúpida que ignore lo que valdría y lo que alcanzaría si a tal oficio me dedicase? Al verme en aquel humillante aislamiento por haber querido lucir entre patanes la gallardía de mi persona, en vez de quedarme aquí y de ser hipócrita y falsa, como vuecencia dice,. me hubiera ido a Madrid, a Barcelona, quién sabe si a París, donde se entiende lo que es hermoso y elegante y se paga bien cuando se pone a la venta,. y hace tiempo que viviría yo en un palacio y andaría en coche y gastaría en una semana más de lo que vale todo el caudal de vuecencia bien dividido. Pues ¿qué ventaja he sacado yo de la hipocresía de que vuecencia me acusa? Vivir con más apuros y con más miseria que antes, emplear mí tiempo en oír discursos de doña Inés y en leer con ella libros devotos y no haber logrado hasta ahora con todo ello sino la amistad de doña Inés,. que yo apreciaría infinito si ella me la diese incondicionalmente y sin sujetarme a sus tiránicos caprichos. También he logrado con mi hipocresía llamar hacia mí la tardía atención de vuecencia, que ahora, y no antes, me aprueba y me aplaude, pero de un modo según el cual no quiero yo ser aprobada ni aplaudida.

--Juanita--dijo don Andrés--, yo no he venido aquí a disputar contigo.
Tendrás razón en estar quejosa de todo el género humano, pero de mí debes estar menos quejosa que de nadie.

Mi pecado, si lo hubo, fue de tardanza. No volví por ti a tiempo; ahora estoy dispuesto a enmendarme; pero quiéreme. ¿No gustas tú de que te respeten? Pues yo también gusto de ser respetado. No debo sufrir que de mí hagas tu juguete.

--Yo soy una chica de tan buen humor, que, por fortuna, huyo de lo trágico y todo lo tomo a risa. Y más vale así, porque mis compatricios me han desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado más por lo serio,.
hubiera sido cosa de armarme de una caja de fósforos y de una lata de petróleo y de pegar fuego al lugar. Conque así, mejor es que yo tome a vuecencia por juguete que no me le pegue fuego.

--Prefiero el fuego a la burla que ahora quieres hacer de mí.

--Cuánto yerra al decir eso el señor don Andrés--dijo Juanita casi cariñosamente--. ¿Por qué ha de tenerse por burlado un hombre de noble corazón, si en vez de lograr los fáciles favores y de gozar de las compradas caricias de una mujer sin vergüenza, se halla con una mujer digna y honrada que anhela merecer y obtener su estimación, que le brinda con su más fervorosa amistad y que le tiende confiadamente las manos?

Al hablar así con verdadera efusión, Juanita tendió, en efecto, las manos a don Andrés. Don Andrés las tomó entre las suyas.

Juanita apareció entonces tan confiada y tan hermosa a los ojos del cacique, que este le dijo:.

--¿Por qué tu amistad solamente? ¿Por qué no tu amor? Ambos somos libres. Amándonos no tendremos que engañar a nadie. No tendremos que disimular ni que ocultar nuestro amor como un delito, como un robo.

--Eso no puede ser; yo no amo a vuecencia de amor--contestó Juanita--.
Yo amo de amor a otro hombre--y desprendió sus manos de las de don Andrés, que aún las retenía.

Durante todo este coloquio, doña Inés miraba por la claraboya, y a menudo sentía la comenzón de tomar parte en él, hablando desde allí;.
pero el temor de lo ridículo enfrenaba su lengua.




XLIV.


Don Andrés perdió entonces su circunspección y su calma. No pudo contenerse más.

--Ámame--dijo.

Y se abalanzó a Juanita y la ciñó con fuerza entre sus brazos.

Juanita recordó en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha, cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en medio del arroyo. Ella también se abrazó a don Andrés, le puso la barba en el pecho, le empujó al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de ella y le echó una zancadilla tan hábil, que le derribó al suelo.

Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo del enemigo, derribado, y quedó erguida sobre él,. con la rodilla derecha en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estómago y el pecho de don Andrés, donde pesaba y oprimía como pujante prensa de hierro.

Con la mano izquierda había Juanita agarrado a don Andrés por el pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tenía asido su siniestro brazo.

Juanita estaba así tan guapa, que se parecía, aunque sin alas, al propio arcángel San Miguel dando una soba al diablo.

Don Andrés la contemplaba con tal embeleso, que apenas sentía enojo de verse vencido. Y como era hombre muy versado en fábulas y en narraciones verídicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por Juanita, a Pentesilea,. a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas fértiles orillas reinaron las amazonas.

Por acaso se tocó don Andrés con la diestra, que tenía libre, en el bolsillo del chaquetón y notó con amargura los medios inútiles que en él traía: de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un cartucho con veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy por su rareza de figurar en el más rico gabinete de numismática. Y traía asimismo el revólver de seis tiros, bien preparado y cargado;. pero como hubiera sido felonía villana emplearlo contra una mujer, lo dejó allí reposar tranquilo para mejor ocasión.

Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida;. pero contra todo atrevimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, y estos valieron bien a la gallarda vencedora.

Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron como ascuas sus ojos, la ira trocó en espantosa su linda cara.

Aterrorizaba doña Inés, sacó la cabeza fuera del ventanuco y empezó a gritar; pero nadie podía oírla, y menos aún don Andrés, que no estaba para oír ni ver cosa alguna.

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, haciéndole sacar tres pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.

Harto le pesaba tener que matarle. No había previsto Juanita que pudiese llegar a aquel extremo; pero, puesta en él, estaba resuelta a todo por más que le pesase.

Apeando a don Andrés el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo: --¡Ríndete, o mueres!

Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar. Lo que hizo fue retirar la diestra atrevida.

Aflojó entonces Juanita el dogal que tenía echado al cuello del cacique, y le dijo: --¿Te rindes a discreción? ¿Te declaras vencido?

--Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.

--¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás en la boda su padrino?

--Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.

--¿Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencor y pagándome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimación con que te miro?

--Seré tu mejor amigo, como lo mereces.

Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés, que se levantó también, algo maltrecho, mohíno y humillado por la derrota.

Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación, y entre cándida y maliciosa inventó desatinos para disimular o explicar su triunfo.

--No te aflijas--dijo--. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de Tobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que es muy devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en el desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcángel le desató y le envió a esta casa para que me defendiese. Por él estuviste poco ha, y volverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no pienses más en eso. ¡Qué lástima si hubiera dado yo, sin querer, un día de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar sino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una brava batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la vez, tú a mí y yo a ti: Valiente eres, capitán, y cortés como valiente; con tu espada y con tu trato me has cautivado dos veces.


Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuya que antes.

Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos a don Andrés, más cariñosamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego añadió: --Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de poco, a las diez y media,. para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se celebren con don Paco mis esponsales.

--Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré aquí, para rescate de mi pariente Antoñuelo, a quien tanto o más que tú tengo obligación de proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano.

--Ya está arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.

--Pues aunque no los necesites, quédate con ellos, y tú y don Pablo contad con otros ocho mil más, que os daré como regalo de boda.

Dicho esto se fue don Andrés a la calle, no sin besar galantemente, al despedirse, la linda mano que había estado a punto de estrangularle.

Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta de su alcoba, donde, como en chiquero, había estado doña Inés encerrada. Salió esta de allí algo atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy mansa y muy benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarría como antes de su misticismo, ya convertido en humo.

De todos modos, doña Inés siguió admirando la virtud de Juanita,. y aun formó desde allí en adelante sobre su casta entereza un concepto muy superior al que tenemos de las antiguas heroínas que nos ponen por modelo las historias sagradas y profanas.

Doña Inés, discurriendo sobre esto, pensó que al fin y al cabo Susana sólo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo, rico y joven aún, como el cacique. Lucrecia, a lo que doña Inés entendía, sucumbió, aunque se mató después. Y en cuanto a Timoclea, tan ensalzada por Plutarco, y a la que el macedón Alejandro concedió su admiración, todavía doña Inés tenía más que criticar,. porque Timoclea, durante el saco de Tebas, no acertó a defenderse del capitán de los tracios,. y sólo después le mató arrojándole a un pozo, porque aquel bárbaro le pidió dinero;. de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de pedírselo, él hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune.

Razón tenía, pues, doña Inés en seguir admirando a Juanita; en decirle, como le dijo, que se alegraría de tenerla por madre política;. en desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase a la Monja Alférez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjío.

Llamada por Juanita, acudió Rafaela, que se quedó estupefacta y boquiabierta al ver allí a doña Inés, a quien acompañó a su casa. Doña Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media.




XLV.


Cuando Juanita se quedó sola se lavó la cara y las manos, se alisó el pelo y sacó del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco.

Ella había tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejándola a la moda del día. Con tela que tenía de sobra el corte, y que ella había guardado, se había hecho un nuevo corpiño de medio escote, a propósito para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se miró al espejo y quedó muy satisfecha encontrándose bien.

Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo de admiración.

Juanita y la criada encendieron después los tres velones que tenían, cada uno con cuatro mecheros.

Encendieron además veinte o veintidós velas de cera, y lo iluminaron todo tan ricamente, que la casa parecía aderezada para una solemne fiesta.

A poco llegó Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido la opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando entre el rey David y San Pedro.

Al ver Juana la Larga la iluminación que en su casa había, y cuyo fin ignoraba, receló por un instante que se había excedido en beber vino y que a causa de aquel exceso veía tantas luces.

Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.

Juana se puso más contenta que unas pascuas.

No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los convidados. Eran estos doña Inés y don Alvaro, don Andrés Rubio, el maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y doña Encarnación, su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta.
Venía este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la condecoración azul que ella le había concedido.

Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente por Juanita, según ya hemos visto, y otros por medio del maestro de escuela, a quien Juanita había dado el encargo de convidarlos. No fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Reinó allí muy cordial alegría.

Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llamó para este fin, sirvió un delicado piscolabis. Para los que no habían cenado o tenían suficiente capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite;.
y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y dos o tres clases de rosolis.

Cuando cundió el regocijo y se aumentó la animación de todos, Juanita los formó en círculo, asidos de las manos,. y se puso a cantar con mucha gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no había estudiado música, el célebre cantar del conde de Cabra:.


Yo no quiero al conde de Cabra, conde Cabra, ¡triste de mí!, que a quien quiero solamente, solamente es, ¡ay!, a ti.


Al cantar ese «¡ay!, a ti», Juanita miró con ojos muy dulces a don Paco.
Luego siguió cantando: Arroz con leche, me quiero casar con un guapo mozo de porte real.

Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos había en el corro, sin excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:.

--Ni con este, ni con este, ni con este.

Al llegar a don Paco, que dejó Juanita para lo último, dijo: «Sino con este», y le dio un abrazo muy apretado.

Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la aupó y la levantó a pulso dos o tres veces en el aire.

Todos aplaudieron y gritaron: --¡Que vivan los novios!

Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, los futuros esposos fueron felicitados.

El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los señores de Roldán hacían regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de retractación y palinodia, prometió hacer venir de Madrid un lujoso corte para un vestido de seda.

El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tenía buenos libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos de la Biblioteca de Ribadeneyra,. entre ellos _El Romancero general_ y las _Comedias_ Tirso, a cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo desenfadada y traviesa.

Don Ramón, que traía en cartera el pagaré para que Juana lo refrendase y pusiese en él su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibió, por lo pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales.
Pero don Ramón se sintió estimulado a competir y hasta a vencer su generosidad a los otros. Dijo al oído a su mujer el prurito que sentía de ser generoso y doña Encarnación tuvo que dominarse para no arañarle.
La generosidad triunfó, a pesar de todo, en el corazón del tendero murciano.

--Juanita--dijo--, yo te doy dos mil reales para que te merques un hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.

Al hablar así, don Ramón devolvió a Juanita el pagaré que ella había firmado. En seguida añadió: --Según el pagaré, tú me eres deudora de diez mil reales, y como me has dado ocho mil, me debes dos mil aún. Yo te los perdono.

La generosidad de don Ramón fue solemnizada por toda la concurrencia con los más ruidosos aplausos.

* * * * * Veinte días después de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas de Juanita y don Paco.

Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a don Paco como viudo.

El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. Cesó este al fin, convirtiéndose en vivas y aclamaciones,. merced a la simpatía que inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los tocadores de los cencerros.

Así don Paco se durmió al fin con reposo y merced al silencio, y también se durmió Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera leona; suave y graciosa como Jerusalén y no terrible como un escuadrón de Caballería.

* * * * * EPILOGO.


Después de los sucesos referidos han pasado seis o siete años.

Posible es, por más que a mí no me apesadumbre, que los personajes principales que en esta historia figuran a nadie interesen;. pero como yo he tenido que tratar con ellos y que describir sus caracteres, les he cobrado bastante afición, despertando en mi alma curioso interés la situación y término en que hoy se hallan.

Interrogado por mí el diputado novel a quien debo el relato, me ha comunicado las noticias que voy a transcribir como contera o remate, aunque los críticos lo tachen de superfluo.

Don Paco sigue gozando de la privanza del cacique y gobernando en su nombre cuanto hay que gobernar en la villa. Juanita, casada con él, le adora, le mima y le ha dado dos hermosísimos pimpollos:. una niña, que se llama Juanita la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que promete valer tanto como su madre, porque ya es muy linda, picotera y graciosa;.
y un Ricardito, como su abuelo materno, que es un diablejo, ágil, robusto y bullicioso, por lo que sus padres le destinan a que sea, también como su abuelo, oficial de Caballería.

Juanita no ha embarnecido. Está gallarda y bonita como siempre. Se viste de seda, sin que el padre Anselmo la censure en sus sermones, y parece una princesa encantada, pues no pasan días por ella. Tampoco envejece don Paco, porque la felicidad mantiene, conserva y hasta remoza, y él es feliz de veras.

El pobre don Alvaro de Roldán es el que está muy averiado. Hace ya tiempo que se quedó lelo, paralítico y con los dedos engarabitados. No se sabe si es falta de la lengua o de algún otro órgano del aparato vocal; pero lo cierto es que ya no puede decir ni dice, sino: --Ta, ta, ta, ta, ta.

Doña Inés le cuida con esmero y cariño de esposa; pero como es tan moralizadora y tan conmocionante, le reprende a menudo con suavidad.

Cuando, a pesar de su deplorable situación, a Serafina, que le cuida, la mira con ojos encandilados y lo ve doña Inés, esta le dice:.


--¿Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee? ¡El vicio, que huye de todo tu cuerpo, se te mete en la cabeza y no te deja!
¡Da asco y vergüenza!

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--contesta don Alvaro. Si por señas se queja del estómago o del vientre, que le muge como si tuviera allí, no una borrega, sino dos o tres becerras, doña Inés exclama:.

--Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotón de siete suelas; pero ya, hijo mío, no estás para eso. Tus fuerzas digestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que seas sobrio si no quieres reventar el día menos pensado.

Y don Alvaro responde: --¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Calvete, que ha pasado de zagalón a ser un mozo muy gentil y brioso, que es al mismo tiempo travieso y más malo que la quina,. viendo que don Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que ni habla ni escribe, se deleita a menudo en ponerle furioso.

Para ello acude a Serafina, que está muy frescachona y floreciente y que sigue tan regocijada como en su primera juventud. En las barbas de don Alvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar amorosamente con Serafina;. y don Alvaro, fuera de sí, con espumarajos en la boca, grita como un energúmeno: --¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Y cada «ta», por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centón de blasfemia y una letanía de maldiciones.

Doña Inés suele acudir entonces, y dice: --¿Por qué chillas tanto, diantre de hombre? Lo que tú padeces nada vale en comparación de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. ¿Piensas tú que chilló nunca Job en el muladar tanto como tú chillas ahora? ¡Sufre y ganarás el cielo!

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--dice don Alvaro, algo resignado. Doña Inés suele también moverse a compasión y dice a Calvete:.

--¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el señor se distraiga y regocije.

Y contesta Calvete: --Pues si las hago a manta y el señor rabia y chilla más. Como está tan jaquecoso.... Y exclama don Alvaro: --¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Se cuenta en el lugar--casi no queremos creerlo--que cuando está don Alvaro muy mal y siente físicamente muchos dolores arma tan incesante y fatigosa retahíla de «ta, ta, ta»,. que aburre a todo el mundo, alborota la casa y hace que doña Inés pierda la circunspección y la paciencia que ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:.

--Cállate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin justo motivo te castiga. No te verías así sí no hubieras tenido una vida tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. Tú tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has sido para todo y me parece que vas a serlo también para morirte.

Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: «¡Ta, ta, ta, ta, ta!», el noble corazón de su esposa se enternece;. y arrepentida ella de las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con cariño,. y para función de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso capirotazo.

Don Alvaro sonríe consolado, y, beatificado, exclama: --¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Así va tirando aún el ilustre descendiente, según pretende su ejecutoria, del más heroico de los doce pares.

En cuanto a doña Inés, afirma mi amigo el diputado que está hermosa y fresca todavía, y que pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolífica, y en estos últimos años ha conseguido que los vástagos de su ilustre casa lleguen a la docena.

El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabiduría y la moderación de los Antonios en Roma.

La señora doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua ha sufrido con resignación algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la mitad. Apenas tendrá ahora doce mil reales al año. La disminución de sus rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha buscado compañía doméstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doña Agustina, además, se manifiesta muy ufana de haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan pertinaz solterón,. y lo que es más trascendental, de haber traído al gremio de los fieles a aquel impío extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.

A lo que se presume, desde que doña Agustina empezó a mostrársele propicia, don Policarpo discurrió sobre poco más o menos de esta suerte:.

«No se comprende ni se explica cómo el proceso evolutivo del ser, aunque haya durado millones de años, por el concurso fortuito de los átomos,. y por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfección, ha podido aparecer sobre nuestro planeta, después de prolongadísima serie de transformaciones, un mamífero tan primoroso y apetecible como doña Agustina,. dotado, además, de claro entendimiento y de voluntad tan benigna y con el portentoso don de la palabra,. que le sirve para transmitir las ideas agradables en contestación a las que salen de mi cabeza y a las voliciones de mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y sapientísima que todo lo dirige,. el que posea aún el mencionado mamífero doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor, elegancia y decoro,. lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de la sociedad a través de los siglos para crear las leyes, para hacer que haya herencia y propiedades individuales; .e implica por otro lado, según se comprende muy bien cuando se estudia la economía política, la multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes textiles, indumentarias y de curtidos de cueros,. y otras mil agudas invenciones, como la división del trabajo y como el objeto que vale por sí y representa además y mide con exactitud lo que valen los otros objetos, facilitando la circulación y los cambios,. sobre todo si se le añade cierto descubrimiento más sutil aún, o sea, la virtud representativa de todo lo que vale por algo que por sí vale poco o nada y que se llama crédito,. difícil de adquirir, no obstante, pues yo carezco de él, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo, la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino y guió con orden su marcha por la interminable senda del progreso.» Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.

En aras de su amor a doña Agustina y de su renaciente fe, se cortó aquella uña maldita del dedo meñique, vara de virtudes de Satanás,. y no volvió a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar cañonazos con ella.

Se cortó la uña como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de torear y se retiran a la vida privada.

Se cortó la uña despojándose de sus fuerzas taumatúrgicas y teratológicas, por obra y gracia de las tijeras de doña Agustina, que fue la piadosa Dalila de este Sansón de nuevo cuño.

Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de púrpura, para que resaltase mejor, colocó y guardó la uña como trofeo de su victoria en un passe-partout muy bonito que colocó en su alcoba.

Por bajo de la uña quiso poner un letrero explicatorio, y rogó a don Andrés que lo pusiese. Don Andrés, que, como ya sabemos era muy erudito y que así mismo era algo guasón, recordó el cambio glorioso de Napoleón I en los últimos años de su vida,. y no creyendo menos glorioso el cambio del boticario, le aplicó los versos de Manzoni y escribió de buena letra, por bajo de la uña y defendido todo por un cristal:.


_Bella_, _immortal_, _benéfica_, _fede ai trionfi avezza_, _scrivi ancor questo_.

Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad de su hija y de su yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les ríe todas las gracias, hasta las más pesadas y olorosas.

Para que se críen robustos, después que los ha amamantado Juanita, Juana los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.

Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartén en las casas más principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los gastrónomos.

El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con la esperanza de su tránsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus discretas razones.

Doña Inés, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mística que es y por la mucha teología que sabe.

Por último, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las noticias que de Antoñuelo se tienen en el lugar. Allá en el Río de la Plata adonde el cacique le obligó a que emigrase, se dedicó al comercio y prosperó mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por ahorrarse tres o cuatro duros, acudió con frecuencia a la Legación pidiendo que España reclamase diplomáticamente en su favor contra mil agravios y danos que del Gobierno argentino había recibido,. y que exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una indemnización muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala reputación y crédito, que consideró prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y de rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible corazón de una rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivió con tanta pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrín, acompañado de su mujer, tan ricamente vestida que parecía la reina de Saba,. que se empeñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y acabó por tener más deudas que pelos en la cabeza.

A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora partidario de la independencia de la Perla de las Antillas,. y ya sueña con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Haití, aunque tenga que tiznarse con hollín; .ya con más modestia, forma un plan que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces, según dice, se irá a Nueva York, se hará ciudadano de la gran República, y, nuevo Coriolano español, obligará a su ingrata patria a darle una indemnización _di primo cartello_. Aunque tenga que ceder a los Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de España,.
siempre le quedará otra quinta parte, con la cual podrá vivir como un príncipe en una magnífica casa de la Quinta Avenida. Allí brillará su morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton, como la más ilustrada _talkative_ y _funny_ inglesita.


De la fecunda zona, que al sol enamorado circunscribe el vago curso, y cuanto ser se anima en cada vario clima, acariciada de su luz, concibe.
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XLIII.
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Don Andrés era un hombre de mucha calma y de bastante mundo.
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Te me confiesas desleal y engañosa.
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¿Qué quieres?
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--De nada tengo que arrepentirme.
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Lo que he hecho lo he hecho porque no podía por menos.
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Si él debe a vuecencia muchos favores, también vuecencia se los debe.
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--No hay de mi parte--contestó don Andrés--ni deslealtad ni engaño.
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Ni a él ni a ti os conviene.
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--El compromiso--exclamó Juanita enojada--no es absurdo ni repentino.
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¿Qué hay, pues, de absurdo ni de repentino en este compromiso?
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Yo le quiero, y sería la más ingrata de las mujeres si no le quisiese.
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--Todo esto estará muy bien.
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No vengo aquí a discutirlo contigo.
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--Ahí está tu equivocación, Juanita--dijo don Andrés--.
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Yo no he creído que te menospreciaba y que te humillaba al requebrarte.
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Conque ya ves que nada nos debemos.
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Además, tú eres libre y yo también lo soy.
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¿A qué juramentos, a qué deberes hubiéramos faltado queriéndonos?
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¿Me habías tú dado seriamente parte de tu compromiso con don Paco?
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El y no yo fue quien reprobó que te vistieses de seda.
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Lo que es yo, aprobé y aplaudí el verte tan bien vestida.
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Y por mi gusto cada día estrenarías tú trajes mejores y más lujosos.
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Lo que digo es que estaba, y aún estoy, fuera de mí.
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Lo que me importa es que me respeten.
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¿Qué segundo pecado original es el mío, que no hay bautismo que lave?
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¿Qué mancha indeleble ha caído sobre mí que no hay nada que limpie?
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¿Qué vicio innato hay en mi sangre del que yo no puedo purificarla?
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Quéjate enhorabuena y no me hagas a mí responsable.
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Pronto, no obstante, se repuso.
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La misma dureza de la acusación le hizo ver más clara su injusticia.
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Juanita no había tomado asiento como don Andrés.
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En pie se agitaba, hablaba e iba de un lado a otro.
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Parándose y encarándose con don Andrés, le dijo:.
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--¡Cuán injustamente me acusa vuecencia de hipócrita y de falsa!
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¿Qué había de hacer yo?
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Se supuso que yo era una perdida.
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Hasta ese desventurado de Antoñuelo me insultó y me abandonó.
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Sólo don Paco fue constante en amarme y en respetarme.
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Pero, repito, ¿qué había yo de hacer?
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Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, aún no le amaba de amor.
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--Juanita--dijo don Andrés--, yo no he venido aquí a disputar contigo.
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Mi pecado, si lo hubo, fue de tardanza.
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¿No gustas tú de que te respeten?
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Pues yo también gusto de ser respetado.
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No debo sufrir que de mí hagas tu juguete.
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--Prefiero el fuego a la burla que ahora quieres hacer de mí.
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Don Andrés las tomó entre las suyas.
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--¿Por qué tu amistad solamente?
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¿Por qué no tu amor?
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Ambos somos libres.
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Amándonos no tendremos que engañar a nadie.
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--Eso no puede ser; yo no amo a vuecencia de amor--contestó Juanita--.
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pero el temor de lo ridículo enfrenaba su lengua.
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XLIV.
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Don Andrés perdió entonces su circunspección y su calma.
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No pudo contenerse más.
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--Ámame--dijo.
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Y se abalanzó a Juanita y la ciñó con fuerza entre sus brazos.
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Y traía asimismo el revólver de seis tiros, bien preparado y cargado;.
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Harto le pesaba tener que matarle.
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Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar.
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Lo que hizo fue retirar la diestra atrevida.
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¿Te declaras vencido?
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--Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.
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--Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.
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--Seré tu mejor amigo, como lo mereces.
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--No te aflijas--dijo--.
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Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al propio Goliat.
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Pero no pienses más en eso.
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Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor.
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--Volveré como deseas.
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--Ya está arreglado eso.
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No necesito los ocho mil reales.
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Salió esta de allí algo atontada y muda de espanto.
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De todos modos, doña Inés siguió admirando la virtud de Juanita,.
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Doña Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media.
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XLV.
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Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.
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Juana se puso más contenta que unas pascuas.
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No fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones.
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Reinó allí muy cordial alegría.
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--Ni con este, ni con este, ni con este.
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Todos aplaudieron y gritaron: --¡Que vivan los novios!
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Yo te los perdono.
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Cesó este al fin, convirtiéndose en vivas y aclamaciones,.
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* * * * * EPILOGO.
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Después de los sucesos referidos han pasado seis o siete años.
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Juanita no ha embarnecido.
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Está gallarda y bonita como siempre.
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El pobre don Alvaro de Roldán es el que está muy averiado.
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--¿Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee?
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¡Da asco y vergüenza!
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unit 277
--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--contesta don Alvaro.
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Tus fuerzas digestivas son muy pocas.
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Y don Alvaro responde: --¡Ta, ta, ta, ta, ta!
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¡Sufre y ganarás el cielo!
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--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--dice don Alvaro, algo resignado.
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Doña Inés suele también moverse a compasión y dice a Calvete:.
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No te verías así sí no hubieras tenido una vida tan depravada.
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Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio.
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Tú tienes miedo porque piensas que te vas a morir.
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Entre otros, ha perdido un pleito de importancia.
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Sus rentas han quedado reducidas a menos de la mitad.
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Apenas tendrá ahora doce mil reales al año.
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Ha buscado compañía doméstica que la consuele.
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Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad.
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XLIII.

Juanita no se arrepentía nunca de lo que había hecho, después de haberlo
reflexionado bien o mal;. pero si su voluntad era firme y hasta terca, su
entendimiento vacilaba y cambiaba a menudo, porque, sucesivamente cuando
no al mismo tiempo, veía el pro y el contra de todas las cosas.

Al hallarse en presencia de don Andrés le asaltaron dudas y sintió algo
como remordimiento.

«¿Hasta qué punto--pensó--me puedo permitir la burla que quiero hacer a
este hombre, y hasta qué punto se la tiene merecida? ¿He sido
suficientemente acosada para llegar a este extremo?»

Como si ella misma se contestase, y sin dar tiempo a que don Andrés
dijese palabra, Juanita habló de esta suerte:. --Perdone vuecencia, señor
don Andrés, si le he atraído a mi casa con algo que puede calificarse de
engaño. Me pidió vuecencia una cita amorosa, y yo se la he concedido....

--Pues entonces--dijo don Andrés--no es mi perdón, sino infinitas
gracias lo que tengo que darte.

--Así sería--dijo la muchacha--si yo, desmintiendo la lealtad de mi
carácter, no hubiese en esta ocasión engañado a vuecencia.

Don Andrés era un hombre de mucha calma y de bastante mundo. Presumió
que la muchacha quería hacerse valer, ir cediendo poco a poco y no
declararse, desde luego, vencida. Tomó, pues, una silla y se sentó con
mucho reposo, apercibiéndose a oír lo que la muchacha dijese y hasta a
contestarle discutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discusión y
el coloquio durasen media hora, serían el andante de un dúo y harían más
vivo y más grato el _allegro_ que vendría después.

Echados estos cálculos y ajustando a ellos su conducta, don Andrés dijo:.

--Veo con sorpresa que he venido a hacer aquí el extraño papel de tu
confesor. Te me confiesas desleal y engañosa. ¿Qué quieres? Feos pecados
son esos; pero la pecadora es tan bonita, que yo la perdonaré y la
absolveré si se arrepiente.

--De nada tengo que arrepentirme. Lo que he hecho lo he hecho porque no
podía por menos. Vuecencia me perseguía, me comprometía, me exponía y se
exponía a sí mismo a tener un lance con mi novio. He sido leal y no he
ocultado a vuecencia que tengo novio y que le quiero y que por nada y
por nadie del mundo le faltaré nunca. Vuecencia ha sabido por mi boca
que ese novio mío es su amigo de toda la vida. Si él debe a vuecencia
muchos favores, también vuecencia se los debe. Y si esto no le arredra,
y si no desiste de perseguirme y solicitarme, ¿quién es aquí el desleal
y engañoso, vuecencia o yo?

--No hay de mi parte--contestó don Andrés--ni deslealtad ni engaño. El
lazo reciente que a don Paco te une bien puede desatarse con la misma
prontitud con que se ha atado. Ni a él ni a ti os conviene. A él y a ti
os sirvo y os valgo interviniendo para que el lazo se rompa. Quizá le
dolería a él por lo pronto, pero más tarde me lo agradecería. Más tarde
sentiría la satisfacción de verse libre de un absurdo compromiso.

--El compromiso--exclamó Juanita enojada--no es absurdo ni repentino.
Hace ya cerca de dos años que él me ama de amor, que me respeta cuando
todos me desdeñaban,. que me trata como a una señora y como a una santa
cuando todos me juzgaban una perdida, que no ha sentido vergüenza ni ha
vacilado en ofrecerme su mano y en darme su nombre,. que aun viéndose
desdeñado por mí ha seguido amándome y que me ha celado, y creyéndome
pocos días ha prendada de otro hombre o harto liviana para concederle
favores, ha faltado poco para que se muera de pena. ¿Qué hay, pues, de
absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo le quiero, y sería la más
ingrata de las mujeres si no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo,
aunque hasta ayer no se lo he declarado y no le he dicho que soy suya.
Suya soy ahora y lo seré siempre, y sería yo muy vil si sólo con el
pensamiento y si sólo por un leve instante quebrantase la fe que le
tengo prometida.

--Todo esto estará muy bien. No vengo aquí a discutirlo contigo. Ni para
que tú me lo digas ni para que yo lo discuta te he pedido yo y tú me has
concedido la cita. Yo no soy un personaje ridículo y tú no tienes
derecho para querer hacerme objeto de una necia burla.

--Yo estaba exasperada, señor don Andrés, y si alguna falta hubo en mí,
harta disculpa tiene. Por mi humilde cuna, por mi baja condición social,
todos me despreciaban, incluso vuecencia. Confieso que he querido
vengarme de este desprecio, y aun convertirlo en acto de aprecio,
haciendo sentir a vuecencia que valgo más de lo que imagina.

--Ahí está tu equivocación, Juanita--dijo don Andrés--. Yo no he creído
que te menospreciaba y que te humillaba al requebrarte. Sobre poco más o
menos, tan plebeyo soy yo como tú y tan humilde es mi cuna como la tuya.
Si tu madre se emplea en adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico
como arriero y como labrador, guardó los cerdos en sus primeros años,
porque fue porquerizo. Conque ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es
una tontería imaginar que yo te he solicitado por la bajeza de tu
extracción. Lo mismo te hubiera solicitado y te hubiera perseguido,
porque me enamoras, aunque fueses una reina extraviada por estos
andurriales o la princesa heredera del mayor imperio del mundo. Además,
tú eres libre y yo también lo soy. ¿A qué juramentos, a qué deberes
hubiéramos faltado queriéndonos? ¿Me habías tú dado seriamente parte de
tu compromiso con don Paco? ¿No podría yo suponer que era una coquetería
sin formalidad ni consecuencia? Desengáñate: tú has querido mofarte de
mí sin motivo alguno; tú has querido vengar en mí agravios, imaginados o
reales, que otros y no yo te han hecho. A decir verdad, tú debiste
enamorar al padre Anselmo y atraerle a esta cita, si es que la cita
sigue siendo de burla. El y no yo fue quien reprobó que te vistieses de
seda. Lo que es yo, aprobé y aplaudí el verte tan bien vestida. Y por
mi gusto cada día estrenarías tú trajes mejores y más lujosos.

Juanita se aturdió un poco con esta no esperada salida del señor don
Andrés.

Casi receló que él tenía razón y que ella se había conducido irreflexiva
y arrebatadamente.

Al fin habló así:

--Yo no voy a sostener ahora que he procedido contra vuecencia con
motivo bastante. Lo que digo es que estaba, y aún estoy, fuera de mí.
Nada me importaría que me considerasen con la obligación de no vestirme
ni de seda, ni de lana, ni de algodón siquiera, sino de esparto. Lo que
me importa es que me respeten. ¿Qué segundo pecado original es el mío,
que no hay bautismo que lave? ¿Qué mancha indeleble ha caído sobre mí
que no hay nada que limpie? ¿Qué vicio innato hay en mi sangre del que
yo no puedo purificarla? ¿Por qué se supone tal mi flaqueza que necesite
yo refugiarme en un convento para resistir las seducciones y los
peligros del mundo? Crea vuecencia, señor don Andrés, que, aunque yo
tuviera vocación de monja, la perdería si imaginase que era para huir de
peligros que desprecio y que me siento capaz de arrostrar con el mayor
denuedo.

Don Andrés se sonrió, halló graciosa y algo disparatada a Juanita al
oírla quejarse y lamentarse de aquel modo, y le dijo con dulzura:.

--Pero, hija mía, con todo eso que dices sólo me pruebas que estás
quejosa de doña Inés. Quéjate enhorabuena y no me hagas a mí
responsable. Ni yo quiero que te metas monja, sino todo lo contrario, ni
por más que miro alrededor de ti descubro los peligros que te cercan. Yo
no deseo que te vengues de doña Inés ni de nadie; pero, en todo caso, de
ella y no de mí tendrás razón para vengarte. Y perdona, además, que sea
franco contigo y que te acuse de un pecado constante y aun prolijo en
ti: tu hipocresía tenaz. Ha tiempo que debiste tener el valor de no
fingirte mística y devota, si no lo eras, y de decírselo a doña Inés y
no seguir engañándola. En tu franqueza pudo haber peligro, aunque tú lo
exagerabas; pero ya que te jactas de valiente, debiste hacer cara a ese
peligro sin apartarlo de ti por medio de una falsía.

Juanita se mordió los labios, se compungió un poco y empezó a sospechar
que, en vez de dar una lección, era ella quien iba a recibirla. Pronto,
no obstante, se repuso. La misma dureza de la acusación le hizo ver más
clara su injusticia.

Juanita no había tomado asiento como don Andrés. En pie se agitaba,
hablaba e iba de un lado a otro.

Parándose y encarándose con don Andrés, le dijo:.

--¡Cuán injustamente me acusa vuecencia de hipócrita y de falsa! ¿Qué
había de hacer yo? La aprobación y el aplauso que vuecencia dice que me
daba eran tan ocultos como inútiles; eran la carabina de Ambrosio. La
reprobación general cayó sobre mí y sobre mi madre, y vuecencia no
protestó ni volvió por nosotras. Se supuso que yo era una perdida. Huyó
la gente de mí para evitar el contagio, como si yo tuviera la peste.
Hasta ese desventurado de Antoñuelo me insultó y me abandonó. Sólo don
Paco fue constante en amarme y en respetarme. Pero, repito, ¿qué había
yo de hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, aún no le amaba
de amor. ¿Podía yo abusar entonces de su caballerosidad y tomarle por
marido y por escudo, arrastrándole conmigo al basurero en que todos los
del lugar me habían echado? Si yo fuese en realidad una perdida o
tuviese inclinación a serlo, ¿me cree vuecencia tan estúpida que ignore
lo que valdría y lo que alcanzaría si a tal oficio me dedicase? Al verme
en aquel humillante aislamiento por haber querido lucir entre patanes la
gallardía de mi persona, en vez de quedarme aquí y de ser hipócrita y
falsa, como vuecencia dice,. me hubiera ido a Madrid, a Barcelona, quién
sabe si a París, donde se entiende lo que es hermoso y elegante y se
paga bien cuando se pone a la venta,. y hace tiempo que viviría yo en un
palacio y andaría en coche y gastaría en una semana más de lo que vale
todo el caudal de vuecencia bien dividido. Pues ¿qué ventaja he sacado
yo de la hipocresía de que vuecencia me acusa? Vivir con más apuros y
con más miseria que antes, emplear mí tiempo en oír discursos de doña
Inés y en leer con ella libros devotos y no haber logrado hasta ahora
con todo ello sino la amistad de doña Inés,. que yo apreciaría infinito
si ella me la diese incondicionalmente y sin sujetarme a sus tiránicos
caprichos. También he logrado con mi hipocresía llamar hacia mí la
tardía atención de vuecencia, que ahora, y no antes, me aprueba y me
aplaude, pero de un modo según el cual no quiero yo ser aprobada ni
aplaudida.

--Juanita--dijo don Andrés--, yo no he venido aquí a disputar contigo.
Tendrás razón en estar quejosa de todo el género humano, pero de mí
debes estar menos quejosa que de nadie.

Mi pecado, si lo hubo, fue de tardanza. No volví por ti a tiempo; ahora
estoy dispuesto a enmendarme; pero quiéreme. ¿No gustas tú de que te
respeten? Pues yo también gusto de ser respetado. No debo sufrir que de
mí hagas tu juguete.

--Yo soy una chica de tan buen humor, que, por fortuna, huyo de lo
trágico y todo lo tomo a risa. Y más vale así, porque mis compatricios
me han desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado más por lo serio,.
hubiera sido cosa de armarme de una caja de fósforos y de una lata de
petróleo y de pegar fuego al lugar. Conque así, mejor es que yo tome a
vuecencia por juguete que no me le pegue fuego.

--Prefiero el fuego a la burla que ahora quieres hacer de mí.

--Cuánto yerra al decir eso el señor don Andrés--dijo Juanita casi
cariñosamente--. ¿Por qué ha de tenerse por burlado un hombre de noble
corazón, si en vez de lograr los fáciles favores y de gozar de las
compradas caricias de una mujer sin vergüenza, se halla con una mujer
digna y honrada que anhela merecer y obtener su estimación, que le
brinda con su más fervorosa amistad y que le tiende confiadamente las
manos?

Al hablar así con verdadera efusión, Juanita tendió, en efecto, las
manos a don Andrés. Don Andrés las tomó entre las suyas.

Juanita apareció entonces tan confiada y tan hermosa a los ojos del
cacique, que este le dijo:.

--¿Por qué tu amistad solamente? ¿Por qué no tu amor? Ambos somos
libres. Amándonos no tendremos que engañar a nadie. No tendremos que
disimular ni que ocultar nuestro amor como un delito, como un robo.

--Eso no puede ser; yo no amo a vuecencia de amor--contestó Juanita--.
Yo amo de amor a otro hombre--y desprendió sus manos de las de don
Andrés, que aún las retenía.

Durante todo este coloquio, doña Inés miraba por la claraboya, y a
menudo sentía la comenzón de tomar parte en él, hablando desde allí;.
pero el temor de lo ridículo enfrenaba su lengua.

XLIV.

Don Andrés perdió entonces su circunspección y su calma. No pudo
contenerse más.

--Ámame--dijo.

Y se abalanzó a Juanita y la ciñó con fuerza entre sus brazos.

Juanita recordó en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha,
cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en
medio del arroyo. Ella también se abrazó a don Andrés, le puso la barba
en el pecho, le empujó al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de
ella y le echó una zancadilla tan hábil, que le derribó al suelo.

Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo
del enemigo, derribado, y quedó erguida sobre él,. con la rodilla derecha
en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estómago y el pecho de don
Andrés, donde pesaba y oprimía como pujante prensa de hierro.

Con la mano izquierda había Juanita agarrado a don Andrés por el
pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tenía
asido su siniestro brazo.

Juanita estaba así tan guapa, que se parecía, aunque sin alas, al propio
arcángel San Miguel dando una soba al diablo.

Don Andrés la contemplaba con tal embeleso, que apenas sentía enojo de
verse vencido. Y como era hombre muy versado en fábulas y en narraciones
verídicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por
Juanita, a Pentesilea,. a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres
heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las
zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas fértiles orillas
reinaron las amazonas.

Por acaso se tocó don Andrés con la diestra, que tenía libre, en el
bolsillo del chaquetón y notó con amargura los medios inútiles que en él
traía: de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un cartucho con
veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy
por su rareza de figurar en el más rico gabinete de numismática. Y traía
asimismo el revólver de seis tiros, bien preparado y cargado;. pero como
hubiera sido felonía villana emplearlo contra una mujer, lo dejó allí
reposar tranquilo para mejor ocasión.

Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en
decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida;. pero contra todo
atrevimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, y estos valieron
bien a la gallarda vencedora.

Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron
como ascuas sus ojos, la ira trocó en espantosa su linda cara.

Aterrorizaba doña Inés, sacó la cabeza fuera del ventanuco y empezó a
gritar; pero nadie podía oírla, y menos aún don Andrés, que no estaba
para oír ni ver cosa alguna.

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, haciéndole sacar tres
pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.

Harto le pesaba tener que matarle. No había previsto Juanita que pudiese
llegar a aquel extremo; pero, puesta en él, estaba resuelta a todo por
más que le pesase.

Apeando a don Andrés el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo:

--¡Ríndete, o mueres!

Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar. Lo que hizo fue
retirar la diestra atrevida.

Aflojó entonces Juanita el dogal que tenía echado al cuello del cacique,
y le dijo:

--¿Te rindes a discreción? ¿Te declaras vencido?

--Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.

--¿Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás en
la boda su padrino?

--Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.

--¿Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencor
y pagándome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimación
con que te miro?

--Seré tu mejor amigo, como lo mereces.

Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés,
que se levantó también, algo maltrecho, mohíno y humillado por la
derrota.

Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación,
y entre cándida y maliciosa inventó desatinos para disimular o explicar
su triunfo.

--No te aflijas--dijo--. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al
propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que
ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de
Tobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que es
muy devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en el
desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcángel le desató y le
envió a esta casa para que me defendiese. Por él estuviste poco ha, y
volverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir
ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no
pienses más en eso. ¡Qué lástima si hubiera dado yo, sin querer, un día
de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar
sino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una brava
batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la
vez, tú a mí y yo a ti:

Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente;
con tu espada y con tu trato
me has cautivado dos veces.

Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuya
que antes.

Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos a don Andrés, más
cariñosamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego añadió:

--Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de poco, a las diez y
media,. para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se
celebren con don Paco mis esponsales.

--Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré aquí, para rescate de mi
pariente Antoñuelo, a quien tanto o más que tú tengo obligación de
proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano.

--Ya está arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.

--Pues aunque no los necesites, quédate con ellos, y tú y don Pablo
contad con otros ocho mil más, que os daré como regalo de boda.

Dicho esto se fue don Andrés a la calle, no sin besar galantemente, al
despedirse, la linda mano que había estado a punto de estrangularle.

Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta de su alcoba, donde,
como en chiquero, había estado doña Inés encerrada. Salió esta de allí
algo atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy mansa y muy
benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de
Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarría como antes de su
misticismo, ya convertido en humo.

De todos modos, doña Inés siguió admirando la virtud de Juanita,. y aun
formó desde allí en adelante sobre su casta entereza un concepto muy
superior al que tenemos de las antiguas heroínas que nos ponen por
modelo las historias sagradas y profanas.

Doña Inés, discurriendo sobre esto, pensó que al fin y al cabo Susana
sólo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo,
rico y joven aún, como el cacique. Lucrecia, a lo que doña Inés
entendía, sucumbió, aunque se mató después. Y en cuanto a Timoclea, tan
ensalzada por Plutarco, y a la que el macedón Alejandro concedió su
admiración, todavía doña Inés tenía más que criticar,. porque Timoclea,
durante el saco de Tebas, no acertó a defenderse del capitán de los
tracios,. y sólo después le mató arrojándole a un pozo, porque aquel
bárbaro le pidió dinero;. de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de
pedírselo, él hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune.

Razón tenía, pues, doña Inés en seguir admirando a Juanita; en decirle,
como le dijo, que se alegraría de tenerla por madre política;. en
desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase
a la Monja Alférez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el
regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjío.

Llamada por Juanita, acudió Rafaela, que se quedó estupefacta y
boquiabierta al ver allí a doña Inés, a quien acompañó a su casa. Doña
Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media.

XLV.

Cuando Juanita se quedó sola se lavó la cara y las manos, se alisó el
pelo y sacó del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco.

Ella había tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejándola a
la moda del día. Con tela que tenía de sobra el corte, y que ella había
guardado, se había hecho un nuevo corpiño de medio escote, a propósito
para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se miró al espejo y
quedó muy satisfecha encontrándose bien.

Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo
de admiración.

Juanita y la criada encendieron después los tres velones que tenían,
cada uno con cuatro mecheros.

Encendieron además veinte o veintidós velas de cera, y lo iluminaron
todo tan ricamente, que la casa parecía aderezada para una solemne
fiesta.

A poco llegó Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y
prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido
la opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando entre el rey David
y San Pedro.

Al ver Juana la Larga la iluminación que en su casa había, y cuyo fin
ignoraba, receló por un instante que se había excedido en beber vino y
que a causa de aquel exceso veía tantas luces.

Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.

Juana se puso más contenta que unas pascuas.

No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los
convidados. Eran estos doña Inés y don Alvaro, don Andrés Rubio, el
maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y doña Encarnación,
su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta.
Venía este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la
levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la
condecoración azul que ella le había concedido.

Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente
por Juanita, según ya hemos visto, y otros por medio del maestro de
escuela, a quien Juanita había dado el encargo de convidarlos. No
fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Reinó allí
muy cordial alegría.

Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llamó para este fin, sirvió un
delicado piscolabis. Para los que no habían cenado o tenían suficiente
capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite;.
y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y
dos o tres clases de rosolis.

Cuando cundió el regocijo y se aumentó la animación de todos, Juanita
los formó en círculo, asidos de las manos,. y se puso a cantar con mucha
gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no había estudiado música,
el célebre cantar del conde de Cabra:.

Yo no quiero al conde de Cabra,
conde Cabra, ¡triste de mí!,
que a quien quiero solamente,
solamente es, ¡ay!, a ti.

Al cantar ese «¡ay!, a ti», Juanita miró con ojos muy dulces a don Paco.
Luego siguió cantando:

Arroz con leche,
me quiero casar
con un guapo mozo
de porte real.

Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos había en el corro, sin
excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:.

--Ni con este, ni con este, ni con este.

Al llegar a don Paco, que dejó Juanita para lo último, dijo: «Sino con
este», y le dio un abrazo muy apretado.

Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la aupó y la levantó a pulso
dos o tres veces en el aire.

Todos aplaudieron y gritaron:

--¡Que vivan los novios!

Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, los futuros esposos
fueron felicitados.

El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los señores de Roldán hacían
regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo
consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de
retractación y palinodia, prometió hacer venir de Madrid un lujoso corte
para un vestido de seda.

El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tenía buenos
libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos
de la Biblioteca de Ribadeneyra,. entre ellos _El Romancero general_ y
las _Comedias_ Tirso, a cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo
desenfadada y traviesa.

Don Ramón, que traía en cartera el pagaré para que Juana lo refrendase y
pusiese en él su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibió, por lo
pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales.
Pero don Ramón se sintió estimulado a competir y hasta a vencer su
generosidad a los otros. Dijo al oído a su mujer el prurito que sentía
de ser generoso y doña Encarnación tuvo que dominarse para no arañarle.
La generosidad triunfó, a pesar de todo, en el corazón del tendero
murciano.

--Juanita--dijo--, yo te doy dos mil reales para que te merques un
hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.

Al hablar así, don Ramón devolvió a Juanita el pagaré que ella había
firmado. En seguida añadió:

--Según el pagaré, tú me eres deudora de diez mil reales, y como me has
dado ocho mil, me debes dos mil aún. Yo te los perdono.

La generosidad de don Ramón fue solemnizada por toda la concurrencia con
los más ruidosos aplausos.

* * * * *

Veinte días después de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas
de Juanita y don Paco.

Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a
don Paco como viudo.

El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de
don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los
molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. Cesó este al fin,
convirtiéndose en vivas y aclamaciones,. merced a la simpatía que
inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes
hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los
tocadores de los cencerros.

Así don Paco se durmió al fin con reposo y merced al silencio, y también
se durmió Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera
leona; suave y graciosa como Jerusalén y no terrible como un escuadrón
de Caballería.

* * * * *

EPILOGO.

Después de los sucesos referidos han pasado seis o siete años.

Posible es, por más que a mí no me apesadumbre, que los personajes
principales que en esta historia figuran a nadie interesen;. pero como yo
he tenido que tratar con ellos y que describir sus caracteres, les he
cobrado bastante afición, despertando en mi alma curioso interés la
situación y término en que hoy se hallan.

Interrogado por mí el diputado novel a quien debo el relato, me ha
comunicado las noticias que voy a transcribir como contera o remate,
aunque los críticos lo tachen de superfluo.

Don Paco sigue gozando de la privanza del cacique y gobernando en su
nombre cuanto hay que gobernar en la villa. Juanita, casada con él, le
adora, le mima y le ha dado dos hermosísimos pimpollos:. una niña, que se
llama Juanita la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que promete
valer tanto como su madre, porque ya es muy linda, picotera y graciosa;.
y un Ricardito, como su abuelo materno, que es un diablejo, ágil,
robusto y bullicioso, por lo que sus padres le destinan a que sea,
también como su abuelo, oficial de Caballería.

Juanita no ha embarnecido. Está gallarda y bonita como siempre. Se viste
de seda, sin que el padre Anselmo la censure en sus sermones, y parece
una princesa encantada, pues no pasan días por ella. Tampoco envejece
don Paco, porque la felicidad mantiene, conserva y hasta remoza, y él es
feliz de veras.

El pobre don Alvaro de Roldán es el que está muy averiado. Hace ya
tiempo que se quedó lelo, paralítico y con los dedos engarabitados. No
se sabe si es falta de la lengua o de algún otro órgano del aparato
vocal; pero lo cierto es que ya no puede decir ni dice, sino:

--Ta, ta, ta, ta, ta.

Doña Inés le cuida con esmero y cariño de esposa; pero como es tan
moralizadora y tan conmocionante, le reprende a menudo con suavidad.

Cuando, a pesar de su deplorable situación, a Serafina, que le cuida, la
mira con ojos encandilados y lo ve doña Inés, esta le dice:.

--¿Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee? ¡El
vicio, que huye de todo tu cuerpo, se te mete en la cabeza y no te deja!
¡Da asco y vergüenza!

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--contesta don Alvaro. Si por señas se queja del
estómago o del vientre, que le muge como si tuviera allí, no una
borrega, sino dos o tres becerras, doña Inés exclama:.

--Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotón de
siete suelas; pero ya, hijo mío, no estás para eso. Tus fuerzas
digestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que seas sobrio
si no quieres reventar el día menos pensado.

Y don Alvaro responde:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Calvete, que ha pasado de zagalón a ser un mozo muy gentil y brioso, que
es al mismo tiempo travieso y más malo que la quina,. viendo que don
Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que ni habla ni escribe,
se deleita a menudo en ponerle furioso.

Para ello acude a Serafina, que está muy frescachona y floreciente y que
sigue tan regocijada como en su primera juventud. En las barbas de don
Alvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar amorosamente con
Serafina;. y don Alvaro, fuera de sí, con espumarajos en la boca, grita
como un energúmeno:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Y cada «ta», por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centón
de blasfemia y una letanía de maldiciones.

Doña Inés suele acudir entonces, y dice:

--¿Por qué chillas tanto, diantre de hombre? Lo que tú padeces nada vale
en comparación de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. ¿Piensas tú que
chilló nunca Job en el muladar tanto como tú chillas ahora? ¡Sufre y
ganarás el cielo!

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!--dice don Alvaro, algo resignado. Doña Inés suele
también moverse a compasión y dice a Calvete:.

--¡Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el señor se distraiga
y regocije.

Y contesta Calvete:

--Pues si las hago a manta y el señor rabia y chilla más. Como está tan
jaquecoso....

Y exclama don Alvaro:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Se cuenta en el lugar--casi no queremos creerlo--que cuando está don
Alvaro muy mal y siente físicamente muchos dolores arma tan incesante y
fatigosa retahíla de «ta, ta, ta»,. que aburre a todo el mundo, alborota
la casa y hace que doña Inés pierda la circunspección y la paciencia que
ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:.

--Cállate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin
justo motivo te castiga. No te verías así sí no hubieras tenido una vida
tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. Tú
tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has
sido para todo y me parece que vas a serlo también para morirte.

Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: «¡Ta, ta, ta, ta,
ta!», el noble corazón de su esposa se enternece;. y arrepentida ella de
las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con
cariño,. y para función de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa
la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso
capirotazo.

Don Alvaro sonríe consolado, y, beatificado, exclama:

--¡Ta, ta, ta, ta, ta!

Así va tirando aún el ilustre descendiente, según pretende su
ejecutoria, del más heroico de los doce pares.

En cuanto a doña Inés, afirma mi amigo el diputado que está hermosa y
fresca todavía, y que pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo
metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolífica, y
en estos últimos años ha conseguido que los vástagos de su ilustre casa
lleguen a la docena.

El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabiduría y
la moderación de los Antonios en Roma.

La señora doña Agustina Solís y Montes de Allende el Agua ha sufrido con
resignación algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un
pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la
mitad. Apenas tendrá ahora doce mil reales al año. La disminución de sus
rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha
buscado compañía doméstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar
partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si
bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse
de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doña
Agustina, además, se manifiesta muy ufana de haber vencido la
repugnancia al matrimonio de tan pertinaz solterón,. y lo que es más
trascendental, de haber traído al gremio de los fieles a aquel impío
extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.

A lo que se presume, desde que doña Agustina empezó a mostrársele
propicia, don Policarpo discurrió sobre poco más o menos de esta suerte:.

«No se comprende ni se explica cómo el proceso evolutivo del ser, aunque
haya durado millones de años, por el concurso fortuito de los átomos,. y
por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfección, ha
podido aparecer sobre nuestro planeta, después de prolongadísima serie
de transformaciones, un mamífero tan primoroso y apetecible como doña
Agustina,. dotado, además, de claro entendimiento y de voluntad tan
benigna y con el portentoso don de la palabra,. que le sirve para
transmitir las ideas agradables en contestación a las que salen de mi
cabeza y a las voliciones de mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de
este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y
sapientísima que todo lo dirige,. el que posea aún el mencionado mamífero
doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor,
elegancia y decoro,. lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de
la sociedad a través de los siglos para crear las leyes, para hacer que
haya herencia y propiedades individuales; .e implica por otro lado, según
se comprende muy bien cuando se estudia la economía política, la
multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes
textiles, indumentarias y de curtidos de cueros,. y otras mil agudas
invenciones, como la división del trabajo y como el objeto que vale por
sí y representa además y mide con exactitud lo que valen los otros
objetos, facilitando la circulación y los cambios,. sobre todo si se le
añade cierto descubrimiento más sutil aún, o sea, la virtud
representativa de todo lo que vale por algo que por sí vale poco o nada
y que se llama crédito,. difícil de adquirir, no obstante, pues yo
carezco de él, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es
absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo,
la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino y
guió con orden su marcha por la interminable senda del progreso.»

Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.

En aras de su amor a doña Agustina y de su renaciente fe, se cortó
aquella uña maldita del dedo meñique, vara de virtudes de Satanás,. y no
volvió a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar
cañonazos con ella.

Se cortó la uña como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de
torear y se retiran a la vida privada.

Se cortó la uña despojándose de sus fuerzas taumatúrgicas y
teratológicas, por obra y gracia de las tijeras de doña Agustina, que
fue la piadosa Dalila de este Sansón de nuevo cuño.

Doña Agustina, sobre un fondo de raso color de púrpura, para que
resaltase mejor, colocó y guardó la uña como trofeo de su victoria en un
passe-partout muy bonito que colocó en su alcoba.

Por bajo de la uña quiso poner un letrero explicatorio, y rogó a don
Andrés que lo pusiese. Don Andrés, que, como ya sabemos era muy erudito
y que así mismo era algo guasón, recordó el cambio glorioso de Napoleón
I en los últimos años de su vida,. y no creyendo menos glorioso el cambio
del boticario, le aplicó los versos de Manzoni y escribió de buena
letra, por bajo de la uña y defendido todo por un cristal:.

_Bella_, _immortal_, _benéfica_,
_fede ai trionfi avezza_,
_scrivi ancor questo_.

Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad de su hija y de su
yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les ríe todas
las gracias, hasta las más pesadas y olorosas.

Para que se críen robustos, después que los ha amamantado Juanita, Juana
los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.

Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la
matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartén en las
casas más principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y
hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los
gastrónomos.

El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con
la esperanza de su tránsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se
regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le
cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus
discretas razones.

Doña Inés, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mística que es
y por la mucha teología que sabe.

Por último, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las
noticias que de Antoñuelo se tienen en el lugar. Allá en el Río de la
Plata adonde el cacique le obligó a que emigrase, se dedicó al comercio
y prosperó mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por
ahorrarse tres o cuatro duros, acudió con frecuencia a la Legación
pidiendo que España reclamase diplomáticamente en su favor contra mil
agravios y danos que del Gobierno argentino había recibido,. y que
exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una
indemnización muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor
suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala reputación y crédito, que
consideró prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y
de rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible corazón de una
rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivió con tanta
pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrín, acompañado
de su mujer, tan ricamente vestida que parecía la reina de Saba,. que se
empeñó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y acabó por tener más
deudas que pelos en la cabeza.

A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora
partidario de la independencia de la Perla de las Antillas,. y ya sueña
con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay
o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Haití,
aunque tenga que tiznarse con hollín; .ya con más modestia, forma un plan
que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que
por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces,
según dice, se irá a Nueva York, se hará ciudadano de la gran República,
y, nuevo Coriolano español, obligará a su ingrata patria a darle una
indemnización _di primo cartello_. Aunque tenga que ceder a los
Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que
acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo
que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de España,.
siempre le quedará otra quinta parte, con la cual podrá vivir como un
príncipe en una magnífica casa de la Quinta Avenida. Allí brillará su
morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton,
como la más ilustrada _talkative_ y _funny_ inglesita.

De la fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribe
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibe.