Casa velha II
Difficulty: Medium    Uploaded: 7 years, 11 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 7 months ago
Fin
222 Units
100% Translated
100% Upvoted
Antes de despedirme de ellos, fui a ver la biblioteca. Era una amplia sala, que daba a la granja, por medio de seis ventanas de rejas de hierro, abiertas por un solo lado. Todo el lado opuesto estaba cubierto de estanterías, repletas de libros. Estos eran, en su mayor parte, antiguos y muchos en pliegos; libros de historia, de política, de teología, algunos de letras y filosofía, no pocos en latín e italiano. Los veía, sacaba uno u otro, decía alguna palabra que Félix, que iba conmigo, escuchaba con mucho placer porque mis reflexiones redundaban en elogios al padre, al mismo tiempo que le daban una mayor idea de mí. Esta idea todavía creció cuando, por casualidad, di con la mirada en la Storia Fiorentina de Varchi, edición de 1721. Confieso que nunca había leído ese libro, ni siquiera lo leí más tarde; pero un padre italiano que yo había visitado en el Hospicio de Jerusalén, en la antigua calle de los Barbonos, poseía la obra y me había hablado de la última página que faltaba en algunos ejemplares y trataba del modo descomunalmente sacrílego y brutal con el que uno de los farnesios había tratado al obispo de Fano.

—¿Será el ejemplar truncado?, dije.

—¿Truncado?, repitió Félix.

—Vamos a ver, proseguí yo, corriendo al fin. No, aquí está; es el capítulo 16 del libro XVI. Algo indigno: In questo anno medesimo nacque un caso... (En este mismo año surgió un caso...) No merece la pena leerlo, es inmundo.

Puse el libro en su sitio. Sin mirar a Félix, lo sentí subyugado. No confieso este incidente que me avergüenza, más que porque, además de la resolución de contarlo todo, importa explicar el poder que desde el principio ejercí en aquella casa y especialmente en la mente del joven. Me consideraron naturalmente un sabio, tanto más digno de admiración, en cuanto que contaba con apenas treinta y dos años. Lo cierto es que solamente era un hombre leído y curioso. Mientras, como también era discreto, dejé de manifestar un reparo que me hice acerca de la promiscuidad de cosas religiosas e incrédulas, algunos padres de la Iglesia no alejados de Voltaire y de Rousseau y aquí no había de afectar a nada, porque los conocía, no por completo, sino en lo principal que ellos habían dicho. En cuanto a la parte que me interesaba de inmediato, encontré muchas cosas, opúsculos, periódicos, libros, relatos, pliegos de papeles rotulados y colocados en orden, en pequeños estantes y dos grandes cajas que Félix me dijo que estaban llenas de manuscritos.

Allí había dos retratos, uno del difunto ex ministro y otro de Pedro I. Aunque la luz no fuera buena, me di cuenta de que Félix se parecía mucho a su padre, sin tener en cuenta la edad, porque el retrato era de 1829, cuando el ex ministro tenía cuarenta y cuatro años. La cabeza era altiva, la mirada inteligente, la boca voluptuosa; esta fue la impresión que me dejó el retrato. Sin embargo, Félix no tenía ni la primera ni la última expresión; la semejanza se limitaba a la configuración del rostro, al corte y vivacidad de los ojos.

—Aquí está todo, me dijo Félix, aquella puerta da a una salita donde podrá trabajar cuando quiera, si no prefiere hacerlo aquí mismo.

Ya dije que salí de allí encantado y que, igualmente, los dejé encantados conmigo. Comencé mis trabajos de investigación tres días más tarde. Solo entonces revelé a monseñor Queirós, mi viejo maestro, el proyecto que tenía de escribir una historia del Primer reinado. Y se lo revelé con el único fin de contarle las impresiones que había traído de la Casa Vieja y confiar mis esperanzas de algún descubrimiento de valor político. Monseñor Queirós sacudió la cabeza, desconsolado. Era un buen hijo de la Iglesia que me hizo lo que soy, excepto la tendencia política, a pesar de que en el tiempo en el que él prosperó, también muchos servidores de la Iglesia lo eran del Estado. No aprobó la idea; pero no perdió el tiempo en tratar de disuadirme. "Siempre y cuando, me dijo, usted no perjudique a su madre que es la Iglesia. El Estado es un padrastro".

A mi cuñado y a mi hermana que conocían el proyecto, apenas les conté lo que había sucedido en la Casa Vieja; quedaron contentos y mi hermana me pidió que la llevase allí, alguna vez, para conocer la casa y a la familia.

El miércoles comencé la investigación. Entonces vi que resultaba más fácil proyectarla, pedirla y obtenerla que, realmente, llevarla a cabo. Cuando me encontré en la biblioteca y en el gabinete contiguo, con los libros y papeles a mi disposición, me sentí incómodo, sin saber por dónde comenzar. No era una casa pública, archivo o biblioteca, era un lugar donde, en lo que respectaba a papeles y manuscritos, podía dar con alguna cosa privada y del hogar. Para sentirme más cómodo, pedí a Félix que me ayudara, le dije incluso con franqueza, la causa de mi timidez. Respondió, cortésmente, que todo estaba en buenas manos. Al insistir, consintió en servirme (son sus palabras) de sacristán; pedía, no obstante, permiso en aquel dia porque tenía que salir y, en la siguiente semana, desde el martes hasta el sábado, estaría en el campo. Volvería el sábado por la noche y desde entonces hasta el final, quedaba a mis órdenes. Acepté este acuerdo.

Ocupé los primeros días en la lectura de periódicos y opúsculos. Conocía algunos de ellos, otros no, y no eran estos los menos interesantes. Luego, al día siguiente, Félix me acompañó en ese trabajo y a partir de ahí hasta seguir para el campo. Yo, por lo general, llegaba a las diez, conversaba un poco con la señora de la casa, las sobrinas y el coronel; el primo Eduardo se había ido a S. Paulo. Hablábamos de cosas de la actualidad y pocos minutos después, nunca más de media hora, me retiraba a la biblioteca con el hijo del ex ministro. A las dos en punto era la comida. El primer día me negué, pero la dueña de la casa me dijo que era la condición del obsequio concedido. O comía con ellos o me retiraba el permiso. Todo eso con tan buena cara que resultaba imposible obstinarse en la negativa. Comía. Entre las tres y las cuatro descansaba un poco y después continuaba el trabajo hasta el anochecer.

Un día, cuando Félix todavía estaba en el campo, doña Antonia fue a estar conmigo, con el pretexto de ver mi trabajo que no le interesaba nada. El día anterior, en la comida, le dije que me gustaba mucho ver las tierras de Europa, especialmente Francia e Italia y que tal vez fuera por allí dentro de unos meses. Doña Antonia, al entrar en la biblioteca, tras algunas palabras insignificantes, derivó la conversación hacia el viaje y finalizó pidiendo que convenciese a su hijo para que fuera conmigo.

—¿Yo, señora mía?

—No se sorprenda por la petición; ya me di cuenta, a pesar del poco tiempo, de que usted y él se agradan mutuamente y sé que si le dijera eso, con ganas, él cedería.

—No creo que yo tenga más fuerza que su madre. ¿Ya le ha recordado eso?

—Ya, respondió doña Antônia con una entonación prolongada que expresaba largas instancias sin motivo.

Y después de un modo más alegre: —Las madres como yo no pueden con los hijos. El mío fue criado con mucho amor y bastante flaqueza. Más de una vez le he pedido y él se niega siempre diciendo que no quiere separarse de mí. ¡Mentira! La verdad es que él no quiere salir de aquí. No tiene ambiciones, hizo estudios incompletos, no le importa nada. Tiene unos parientes nuestros en Portugal. Ya le dije que fuera a visitarlos, que ellos deseaban verlo y que fuera después a España y a Francia y a otros lugares. José Bonifácio estuvo allí y contaba cosas muy interesantes. ¿Sabe qué me responde él? Que le da miedo el mar; y entonces repite que no quiere separarse de mí.

—¿Y no le parece que esta segunda razón es la verdadera?

Doña Antonia miró para el suelo y dijo con voz perdida: —Puede ser.

—Si es la verdadera, habría un modo de compaginarlo todo; era el irse ambos y yo con los dos y para mí sería un inmenso placer.

—¿Yo?

—¿Pues entonces?

—¿Yo? ¿Dejar esta casa? Su ilustrísima está bromeando. De aquí a la tumba. No fui cuando era joven y ahora que estoy vieja es cuando he de meterme en fiestas... Él sí, que es joven y necesita... Tuve una súbita sospecha: —Señora mía, puede ser que padezca alguna molestia que... —No, no, ¡gracias a Dios! Digo que le hace falta, porque es un muchacho, y mi abuelo decía que para ser un hombre completo es preciso ver aquellas cosas por allá. Es solo por eso. No, no tiene ninguna dolencia, es un muchacho fuerte.

Era imposible, o al menos descortés, intentar obtener el motivo secreto de este pedido, si lo había, como me pareció. Le puse fin a la conversación diciendo que invitaría al muchacho. Doña Antônia me agradeció, dijo que no me arrepentiría de la compañía y elogió mucho a su hijo. Quise hablar de otras cosas; no obstante, ella se obstinaba en el asunto del viaje para familiarizarnos con la idea y, moralmente, forzarme a realizarla. Al día siguiente volvió a la biblioteca, pero con otro pretexto: vino a mostrarme una cajita de rapé que fuera del marido y que era, realmente, una perfección. No dudé en decirle esto mismo y ella acabó pidiéndome que la aceptase como recuerdo del difunto. La acepté incomodado; hablamos de nuevo del viaje, apenas dos palabras y me quedé solo.

No me encontraba contento. Me había dejado llevar a realizar una promesa no pensada, cuya ejecución parecía complicarse con circunstancias extrañas y oscuras, probablemente serias. Las peticiones de doña Antônia, las razones dadas, las reticencias y por último aquel regalo sin más motivo que el de cautivarme y obligarme, todo eso daba que pensar. Ese día por la noche, fui a casa del padre Mascarenhas para sonsacarle; le pregunté si sabía alguna cosa del joven, si era presumido, si tenía irregularidades en su vida. Mascarenhas no sabía nada.

—Hasta ahora supongo que es un modelo de tranquilidad y seriedad, concluyó. A decir verdad, solamente voy allí los domingos.

—Pero por los domingos se sacan los días santos, respondí riendo.

Félix regresó del campo dos días más tarde, un sábado. El domingo no fui allí. El lunes, le hablé del viaje que iba a realizar y del deseo que tenía de llevarlo conmigo; respondió que sería para él un gran placer, si pudiera acompañarme, pero que no podía. Me obstiné, le pedí los motivos, hablé con tal interés, que él, desconfiado, me miró fijamente, y me dijo: —¿Fue mamá quien se lo pidió?

—No digo que no, fue ella misma. Le había dicho que tenía intención de ir a Europa dentro de algunos meses y ella entonces me habló del señor y de las veces que ya le ha aconsejado un viaje. ¿Qué mira?

Félix mantuvo la mirada fija en mí, como si quisiera llegar al fondo de mi conciencia. Al cabo de unos instantes, respondió secamente: —Nada, no puedo ir.

—¿Por qué?

Aquí tuvo un gesto casi imperceptible de orgullo importunado; naturalmente encontró incómoda la curiosidad de un extraño. Pero, bien fuera por su carácter, bien por mi carácter sacerdotal, vi desaparecer enseguida ese pequeño indicio; Félix sonrió y confesó que no podía separarse de su madre. Yo, en rigor, no debía decir nada más y encerrarme en el examen de los papeles; pero la maldita curiosidad me picaba las espuelas y todavía contesté algo; consideré que el sentimiento era digno y justo, pero que, teniendo que vivir con los humanos, debía comenzar a ver a los humanos y no limitarse a la vida sencilla y emparedada de la familia. Además, el contacto con otras civilizaciones nos daría necesariamente temple al espíritu. Escuchó callado, pero sin poner atención y cuando acabé, afirmó dando por finalizado todo: —Bien, puede ser que me decida; veremos. ¿No se va ya? Entonces, más tarde hablaremos de esto; puede ser... ¿Y su trabajo, está adelantado?

No insistí, ni volví al tema, a pesar de la madre que me habló algunas veces de él. Me pareció que lo mejor de todo era acelerar la conclusión del trabajo y deshacerme de una intimidad que podía traer complicaciones o disgustos. Las horas que pasé entonces fueron de las mejores, regulares y tranquilas, ajustadas a mi índole tranquila y eclesiástica. Llegaba temprano, conversaba algunos minutos y me recogía en la biblioteca hasta la hora de comer que no pasaba de las dos. El café se servía en la gran terraza que quedaba entre el comedor y el terreno de las casuarinas, así llamado por tener una linda hilera de esos árboles y yo me retiraba antes del atardecer. Félix me ayudaba gran parte del tiempo. Tenía libres todas las horas y, cuando no me ayudaba, era porque salía a cazar o estaba leyendo o había ido a la ciudad de paseo o al negocio de casa.

De pronto, un día, estando solo en la biblioteca, oí un ruido del lado de fuera. Al principio era un chirriar de carro de bueyes, al que no hice caso, por haberlo oído ya otras veces; debía de ser uno de los dos carros que traían del campo para la Casa Vieja, una o dos veces por mes, fruta y verduras. Pero poco después oí otro rodar, que me pareció de carruaje, voces intercambiadas y como el encontronazo de dos vehículos. Fui a la ventana; era eso mismo. Un carruaje, que había entrado después del carro de bueyes, fue hacia éste en el momento en que él, para darle paso, torcía el camino; el boyerizo no pudo contener a los animales inmediatamente, ni el carro huir a tiempo, pero no tuvo más consecuencia que el vocerío. Cuando yo llegué a la ventana ya acababa de pasar el carro y el carruaje recorrió enseguida los pocos pasos que lo separaban de la puerta que se encontraba justamente debajo de mi ventana. Sin embargo, no fue tan poco el tiempo como para que yo no viese aparecer, entre las cortinas entreabiertas del carruaje, la carita alegre y risueña de una chica que parecía burlarse del peligro. Miraba, reía y hablaba para dentro del carruaje. No le vi más que la cara, y un poco del cuello; pero de ahí a poco, al parar el carruaje en la puerta, se corrieron las dos cortinas de cuero para los lados, y ella y otra descendieron rápidamente y entraron en la casa. "Tienen que ser visitas", pensé para mí.

Volví al trabajo; eran las once y media. Cerca de una entró en la biblioteca el hijo de Dña. Antônia; venía de la plaza, adonde había ido temprano, para tratar de un negocio del tío coronel. Estaba especialmente alegre, expansivo, haciéndome preguntas y no atendiendo o atendiendo mal a las respuestas. No me acordaría de esto ahora, ni nunca más, si no estuviera relacionado con los acontecimientos próximos, como veremos. La prueba de que no le di entonces gran importancia a su estado de espíritu es que de ahí a poco casi no le respondía nada y continuaba viendo los papeles. Hojeaba justamente una pila de copias relativas a Cisplatina y prefería el silencio a cualquier tema de conversación. Félix se quedó un poco, salió, pero volvió antes de las dos y me encontró concluyendo el trabajo del día para acudir a la comida. Al cabo de poco estábamos en la mesa.

Era costumbre de Dña. Antônia venir para la mesa acompañando a su hermana (la señora anciana que encontré en la tribuna de la capilla el primer día que fui allí), y así lo hizo ahora, con la diferencia de que otra señora la acompañaba también. Me dijeron que era amiga de la familia, se llamaba Mafalda. Después de sentarnos, Dña. Antônia preguntó a la huésped: —¿Dónde está Lalau?

—¡Dónde ha de estar! tal vez jugando con el pavo. Pero no importa, Dña. Antonia, vamos comiendo; puede ser que ella ni tenga ganas de comer: antes de venir comió un platillo de melado con harina.

– ¿El carruaje llegó muy tarde? Preguntó Félix a la huéspeda.

– No, señor, todavía esperó por nosotras.

– ¿Está bien su hermano?

– Sí; mi cuñada es la que anda un poco enfermiza. Desde la erisipela que tuvo por Navidad, nunca estuvo bien del todo.

Creo que todavía dijeron otras cosas; pero como no me interesaba nada, ni la conversación, ni la huéspeda, que era una persona vulgar, hice lo que suelo hacer en tales casos: me quedé para mí. Ya había comprendido que la huéspeda era una de las que habían llegado en el carruaje, que la otra debía de ser la muchachita, cuya cara vi entre las cortinas, y finalmente que alguna intimidad debía de haber entre esa gente y la gente de la casa, visto que, en contra del orden severo de ésta, Lalau andaba detrás del pavo en vez de estar en la mesa con nosotros. Pero, en resumen, todo eso era bien poco para quien tenía en la cabeza la historia de un emperador.

Lalau no tardó mucho. Llegó entre el primer plato y el segundo. Venía un tanto sofocada, con los pelos, que eran cortos y rizados, al vuelo y cuando doña Antônia le preguntó si no estaba cansada de las travesuras Lalau iba a responder algo, pero se encontró conmigo y quedó callada; doña Antônia, que se dio cuenta de eso, se volvió hacia mí.

—Reverendísimo, es necesario confesar a esta pequeña e imponerle una penitencia para ver si adquiere juicio. Mire que hace poco que regresó y ya anda en ese estado. Ven aquí, Lalau.

Lalau se acercó a doña Antônia que le compuso el cuello del vestido y luego fue a sentarse frente a mí, al lado de la otra huéspeda. En realidad, era una criatura adorable, espigada, de no más de diecisiete años, dotada de un par de ojos como nunca jamás vi otros, claros y vivos, riendo mucho por ellos, cuando no reía con la boca; pero si la risa venía al mismo tiempo de ambas partes, entonces es cierto que la fisonomía humana concordaba con la angelical y toda la inocencia y toda la alegría que hay en el cielo parecían hablar a través de ella a los hombres. Puede ser que esto parezca exagerado a unos e impreciso a otros, pero no encuentro, por el momento, un modo mejor de traducir la sensación que esa chica produjo en mí. La contemplé con infinito placer durante algunos instantes. Me fié del carácter de padre para saborear toda la espiritualidad de aquel rostro alargado y fresco, tallado con gracia como rostro de persona. No digo que todas las líneas fueran correctas, pero el alma lo corregía todo.

Se llamaba Claudia; Lalau era el nombre de andar por casa. No teniendo ni padre ni madre, vivía en casa de una tía. Casi puede decirse que nació en Casa Vieja, donde los padres habían estado mucho tiempo como invitados y a donde iban a pasar días y semanas. El padre, Romão Soares, ejercía un oficio mecánico y antes había pertenecido a la guardia de caballería de la policía; la madre, Benedita Soares, era hija de secretario rural y, según me dijo la propia doña Antônia, fue una de las mujeres más bonitas que conoció desde los tiempos del rey.

Lalau, aunque no nació allí, fue criada y cuidada siempre allí, al igual que la madre, al mismo mismo nivel que otras relaciones; eran menos invitadas que huéspedas. De ahí la intimidad de esta moza que llegaba a infringir el austero orden de la casa, no acudiendo a la mesa con la dueña de la misma. Lalau viajaba en el propio coche de doña Antônia, vivía de lo que esta le daba y no le daba poco; en compensación, ella amaba sinceramente la casa y a la familia. Habiendo quedado huérfana desde 1831, doña Antônia cuidó de completar su educación; sabía leer y escribir, coser y bordar y ahora aprendía a hacer ganchillo y encaje.

Fue Dña. Antônia quien me dio esas informaciones, esa misma tarde, en el café, añadiendo que encontraba bien casarla cuanto antes; tenía la responsabilidad de su destino, y recelaba que le ocurriese lo mismo que a otra invitada, seducida por un saltimbanqui en 1835.

En esto la niña vino con nosotros, mirando mucho para mí. Estábamos en la terraza.

– Voy a confesarla, le dije; pero a ver si me oculta algún pecado.

– ¡Qué pecado, Dios mío! ¡Por Dios! Yo no tengo pecado. Es Dña. Antônia la que anda inventando esas cosas. ¿Yo, pecado?

– ¿Y las travesuras?, le pregunté. Mire, todavía hoy, cuando estaba a punto de suceder un desastre en la carretera, entre el carro de bueyes y el carruaje en que venía usted, en lugar de ponerse seria y pensar en Dios, asomó la cabeza por entre las cortinas, riendo como una niña.

– ¿Qué es ella más que una niña? consideró Dña. Antônia.

Lalau miró asombrada.

–¿Dónde estaba el señor padre?

–Estaba en el cielo, espiando.

–¡Vaya! diga dónde estaba.

–Ya lo dije; estaba en el cielo.

–¡Adiós! ¡diga dónde estaba!

–¡Lalau! ¿qué modales son esos? reprendió Doña Antônia.

La muchacha se calló fastidiada; fui yo quien salió en su auxilio, y conté que estaba en la ventana de la biblioteca cuando ella había llegado. Doña. Antônia ya lo sabía todo, pues allí un acontecimiento de nada o casi nada era materia de largas conversaciones. No obstante, la muchachita refirió todavía lo que había pasado y sus alegres sensaciones. Confesó que no tenía miedo de nada, y que hasta quería ver un desastre para comprender bien lo que era. Como su conversación iba a trancos, se interrumpió para preguntarme si era yo quien iba a decir misa ahora allí en la casa, en vez del padre Mascarenhas. Le respondí que no, quiso saber lo que estaba haciendo en la biblioteca. Dije que estaba cribando. Pareció gustarle la respuesta; creo que encontró entre nuestros espíritus algún punto de contacto.

La verdad es que, al día siguiente, al verme entrar para ir a la biblioteca, fue allí a buscarme, ansiosa de saber lo que estaba haciendo. Como le dije que examinaba unos papeles, me oyó atenta, tomó algunas notas curiosa y me dirigió varias preguntas; pero enseguida lo dejó todo para contemplar la biblioteca, pieza que raramente se abría. Conocía los retratos, los diferenció de inmediato; a pesar de todo parecía deleitarse en contemplarlos, principalmente el del ex ministro; quise saber si ella lo conocía y me respondió que sí, que era un hombre bien parecido y que uniformado entonces parecía un rey. Siguió un gran silencio, durante el cual ella miró al retrato y yo a ella y que se rompió con esta frase susurrada por la joven, entre ella y Dios: —Muy parecido... —¿Parecido con quién?, pregunté.

Lalau se estremeció y me miró avergonzada. No necesitaba más; lo adiviné todo. Desgraciadamente, todo no era todavía todo.
unit 1
Antes de me despedir deles, fui ver a biblioteca.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 3
Todo o lado oposto estava forrado de estantes, pejadas de livros.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 8
— Será o exemplar truncado?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 9
disse eu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 10
— Truncado?
2 Translations, 4 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 11
repetiu Félix.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 12
— Vamos ver, continuei eu, correndo ao fim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 13
Não, cá está; é o cap.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 14
16 do lv.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 15
XVI.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 16
Uma coisa indigna: In quest’anno medesimo nacque un caso... Não vale a pena ler; é imundo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 17
Pus o livro no lugar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 18
Sem olhar para o Félix, senti-o subjugado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 21
A verdade é que era tão-somente um homem lido e curioso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 25
unit 28
Já disse que saí de lá encantado, e que os deixei igualmente encantados comigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 29
Comecei os meus trabalhos de investigação três dias depois.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 32
Monsenhor Queirós abanou a cabeça, desconsolado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 34
Não aprovou a idéia; mas não gastou tempo em tentar dissuadir-me.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 35
"Conquanto, disse-me ele, que você não prejudique sua mãe, que é a Igreja.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 36
O Estado é um padrasto".
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 38
Na quarta-feira comecei a pesquisa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 39
Vi então que era mais fácil projetá-la, pedi-la e obtê-la, que realmente executá-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 43
Ele respondeu, polidamente, que tudo estava em boas mãos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 45
Voltaria sábado à noite, e daí até o fim, estava às minhas ordens.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 46
Aceitei este convênio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 47
Ocupei os primeiros dias na leitura de gazetas e opúsculos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 48
Conhecia alguns deles, outros não, e não eram estes os menos interessantes.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 49
unit 52
Às duas horas, em ponto, era o jantar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 53
No primeiro dia recusei, mas a dona da casa declarou-me que era a condição do obséquio prestado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 54
Ou jantaria com eles, ou retirava-me a licença.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 55
Tudo isso com tão boa cara que era impossível teimar na recusa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 56
Jantava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 57
Entre três e quatro horas descansava um pouco, e depois continuava o trabalho até anoitecer.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 61
— Eu, minha senhora?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 63
— Não creio que tenha mais força que sua mãe.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 64
Já lhe tem lembrado isso?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 65
unit 66
E logo depois com um modo alegre: — As mães como eu não podem com os filhos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 67
O meu foi criado com muito amor e bastante fraqueza.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 68
Tenho-lhe pedido mais de uma vez: ele recusa sempre dizendo que não quer separar-se de mim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 69
Mentira!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 70
A verdade é que ele não quer sair daqui.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 71
Não tem ambições, fez estudos incompletos, não lhe importa nada.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 72
Há uns parentes nossos em Portugal.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 74
José Bonifácio lá esteve e contava coisas muito interessantes.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 75
Sabe o que ele me responde?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 76
Que tem medo do mar; ou então repete que não quer separar-se de mim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 77
— E não acha que esta segunda razão é a verdadeira?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 78
D. Antônia olhou para o chão, e disse com voz sumida: — Pode ser.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 80
— Eu?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 81
— Pois então?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 82
— Eu?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 83
Deixar esta casa?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 84
Vossa Reverendíssima está caçoando.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 85
Daqui para a cova.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 88
É só por isso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 89
Não, não tem moléstia nenhuma; é um rapaz forte.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 91
Pus termo à conversação dizendo que ia convidar o rapaz.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 96
Aceitei-a constrangido; falamos ainda da viagem, duas palavras apenas, e fiquei só.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 97
Não estava contente comigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 101
Mascarenhas não sabia nada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 102
— Até aqui suponho que é um modelo de sossego e seriedade, concluiu ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 103
Verdade seja que só vou lá aos domingos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 104
— Mas pelos domingos tiram-se os dias santos, repliquei rindo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 105
Félix voltou da roça dois dias depois, num sábado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 106
No domingo não fui lá.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 109
— Não digo que não; foi ela mesma.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 111
Que admira?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 112
Félix conservou os olhos espetados em mim, como se quisesse descer ao fundo da minha consciência.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 113
Ao cabo de alguns instantes respondeu secamente: — Nada: não posso ir.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 114
— Por quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 118
Demais, o contato de outras civilizações necessariamente nos daria têmpera ao espírito.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 120
Não vai já?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 121
Então depois falaremos disto; pode ser... E o seu trabalho, está adiantado?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 122
Não insisti, nem voltei ao assunto, apesar da mãe, que me falou algumas vezes dele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 127
Félix ajudava-me grande parte do tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 129
Vai senão quando, um dia, estando só na biblioteca, ouvi rumor do lado de fora.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 132
Fui à janela; era isso mesmo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 136
Olhava, ria e falava para dentro da sege.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 138
"Hão de ser visitas", pensei comigo.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 139
Voltei para o trabalho; eram onze horas e meia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 146
Daí a pouco estávamos à mesa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 148
Disseram-me que era amiga da família, e chamava-se Mafalda.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 149
Logo que nos sentamos, D. Antônia perguntou à hóspeda: — Onde está Lalau?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 150
— Onde há de estar!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 151
talvez brincando com o pavão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 153
— A sege chegou muito tarde?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 154
perguntou Félix à hóspeda.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 155
— Não, senhor; ainda esperou por nós.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 156
— Seu irmão está bom?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 157
— Está; minha cunhada é que anda um pouco adoentada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 158
Depois da erisipela que teve pelo Natal, nunca ficou boa de todo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 161
Mas, em resumo, tudo isso era bem pouco para quem tinha na cabeça a história de um imperador.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 162
Lalau não se demorou muito.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 163
Chegou entre o primeiro e o segundo prato.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 165
unit 166
Olhe que voltou há pouco e já anda naquele estado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 167
Vem cá, Lalau.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 171
Contemplei-a alguns instantes com infinito prazer.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 173
Não digo que todas as linhas fossem corretas, mas a alma corrigia tudo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 174
Chamava-se Cláudia; Lalau era o nome doméstico.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 175
Não tendo pai nem mãe, vivia em casa de uma tia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 183
Nisto a menina veio a nós, olhando muito para mim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 184
Estávamos na varanda.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 185
— Vou confessá-la, disse-lhe eu; mas olhe lá se me nega algum pecado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 186
— Que pecado, meu Deus!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 187
Cruz!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 188
Eu não tenho pecado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 189
Nhãtônia é que anda inventando essas coisas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 190
Eu, pecado?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 191
— E as travessuras?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 192
perguntei-lhe.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 194
— Que é ela senão criança?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 195
ponderou D. Antônia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 196
Lalau olhou espantada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 197
— Onde estava o senhor padre?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 198
— Estava no céu, espiando.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 199
— Ora!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 200
diga onde estava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 201
— Já disse; estava no céu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 202
— Adeus!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 203
diga onde estava!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 204
— Lalau!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 205
que modos são esses?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 206
repreendeu D. Antônia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 209
Não obstante, a mocinha referiu ainda o que se passara e as suas sensações alegres.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 210
unit 212
Respondi-lhe que não, quis saber o que estava fazendo na biblioteca.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 213
Disse-lhe que fazia crivo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 214
Ela pareceu gostar da resposta; creio que achou entre os nossos espíritos algum ponto de contato.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 219
perguntei.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 220
Lalau estremeceu e olhou para mim, envergonhada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 221
Não era preciso mais; adivinhei tudo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 222
Infelizmente tudo não era ainda tudo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago

Antes de me despedir deles, fui ver a biblioteca. Era uma vasta sala, dando para a chácara, por meio de seis janelas de grade de ferro, abertas de um só lado. Todo o lado oposto estava forrado de estantes, pejadas de livros. Estes eram, pela maior parte, antigos, e muitos in-fólio; livros de história, de política, de teologia, alguns de letras e filosofia, não raros em latim e italiano. Eu via-os, tirava e abria um ou outro, dizia alguma palavra, que o Félix, que ia comigo, ouvia com muito prazer, porque as minhas reflexões redundavam em elogio do pai, ao mesmo tempo que lhe davam de mim maior idéia. Esta idéia cresceu ainda, quando casualmente dei com os olhos na Storia Fiorentina de Varchi, edição de 1721. Confesso que nunca tinha lido esse livro, nem mesmo o li mais tarde; mas um padre italiano, que eu visitara no Hospício de Jerusalém, na antiga Rua dos Barbonos, possuía a obra e falara-me da última página, que, em alguns exemplares faltava, e tratava do modo descomunalmente sacrílego e brutal com que um dos Farneses tratara o bispo de Fano.

— Será o exemplar truncado? disse eu.

— Truncado? repetiu Félix.

— Vamos ver, continuei eu, correndo ao fim. Não, cá está; é o cap. 16 do lv. XVI. Uma coisa indigna: In quest’anno medesimo nacque un caso... Não vale a pena ler; é imundo.

Pus o livro no lugar. Sem olhar para o Félix, senti-o subjugado. Nem confesso este incidente, que me envergonha, senão porque, além da resolução de dizer tudo, importa explicar o poder que desde logo exerci naquela casa, e especialmente no espírito do moço. Creram-me naturalmente um sábio, tanto mais digno de admiração, quanto que contava apenas trinta e dois anos. A verdade é que era tão-somente um homem lido e curioso. Entretanto, como era também discreto, deixei de manifestar um reparo que fiz comigo acerca de promiscuidade de coisas religiosas e incrédulas, alguns padres de Igreja não longe de Voltaire e Rousseau, e aqui não havia afetar nada, porque os conhecia, não integralmente, mas no principal que eles deixaram. Quanto à parte que imediatamente me interessava, achei muitas coisas, opúsculos, jornais, livros, relatórios, maços de papéis rotulados e postos por ordem, em pequenas estantes, e duas grandes caixas que o Félix me disse estarem cheias de manuscritos.

Havia ali dois retratos, um do finado ex-ministro, outro de Pedro I. Conquanto a luz não fosse boa, achei que o Félix parecia-se muito com o pai, descontada a idade, porque o retrato era de 1829, quando o ex-ministro tinha quarenta e quatro anos. A cabeça era altiva, o olhar inteligente, a boca voluptuosa; foi a impressão que me deixou o retrato. Félix não tinha, porém, a primeira nem a última expressão; a semelhança restringia-se à configuração do rosto, ao corte e viveza dos olhos.

— Aqui está tudo, disse-me Félix; aquela porta dá para uma saleta, onde poderá trabalhar, quando quiser, se não preferir aqui mesmo.

Já disse que saí de lá encantado, e que os deixei igualmente encantados comigo. Comecei os meus trabalhos de investigação três dias depois. Só então revelei a Monsenhor Queirós, meu velho mestre, o projeto que tinha de escrever uma história do Primeiro Reinado. E revelei-lho com o único fim de lhe contar as impressões que trouxera da Casa Velha, e confiar as minhas esperanças de algum achado de valor político. Monsenhor Queirós abanou a cabeça, desconsolado. Era um bom filho da Igreja, que me fez o que sou, menos a tendência política, apesar de que no tempo em que ele floresceu muitos servidores da Igreja também o eram do Estado. Não aprovou a idéia; mas não gastou tempo em tentar dissuadir-me. "Conquanto, disse-me ele, que você não prejudique sua mãe, que é a Igreja. O Estado é um padrasto".

A meu cunhado e minha irmã, que sabiam do projeto, apenas contei o que se passara na Casa Velha; ficaram contentes, e minha irmã pediu-me que a levasse lá, alguma vez, para conhecer a casa e a família.

Na quarta-feira comecei a pesquisa. Vi então que era mais fácil projetá-la, pedi-la e obtê-la, que realmente executá-la. Quando me achei na biblioteca e no gabinete contíguo, com os livros e papéis à minha disposição, senti-me constrangido, sem saber por onde começasse. Não era uma casa pública, arquivo ou biblioteca, era um lugar onde, no que tocava a papéis e manuscritos, podia dar com alguma coisa privada e doméstica. Para melhor haver-me, pedi ao Félix que me auxiliasse, disse-lhe até com franqueza, a causa do meu acanhamento. Ele respondeu, polidamente, que tudo estava em boas mãos. Insistindo eu, consentiu em servir-me (palavras suas) de sacristão; pedia, porém, licença naquele dia porque tinha de sair; e, na seguinte semana, desde terça-feira até sábado, estaria na roça. Voltaria sábado à noite, e daí até o fim, estava às minhas ordens. Aceitei este convênio.

Ocupei os primeiros dias na leitura de gazetas e opúsculos. Conhecia alguns deles, outros não, e não eram estes os menos interessantes. Logo no dia seguinte, Félix acompanhou-me nesse trabalho, e daí em diante até seguir para a roça. Eu, em geral chegava às dez horas, conversava um pouco com a dona da casa, as sobrinhas e o coronel; o primo Eduardo retirara-se para S. Paulo. Falávamos das coisas do dia, e poucos minutos depois, nunca mais de meia hora, recolhia-me à biblioteca com o filho do ex-ministro. Às duas horas, em ponto, era o jantar. No primeiro dia recusei, mas a dona da casa declarou-me que era a condição do obséquio prestado. Ou jantaria com eles, ou retirava-me a licença. Tudo isso com tão boa cara que era impossível teimar na recusa. Jantava. Entre três e quatro horas descansava um pouco, e depois continuava o trabalho até anoitecer.

Um dia, quando ainda o Félix estava na roça, D. Antônia foi ter comigo, com o pretexto de ver o meu trabalho, que lhe não interessava nada. Na véspera, ao jantar, disse-lhe que estimava muito ver as terras da Europa, especialmente França e Itália, e talvez ali fosse daí a meses. D. Antônia, entrando na biblioteca, logo depois de algumas palavras insignificantes, guiou a conversa para a viagem, e acabou pedindo que persuadisse o filho a ir comigo.

— Eu, minha senhora?

— Não se admire do pedido; eu já reparei, apesar do pouco tempo, que Vossa Reverendíssima e ele gostam muito um do outro, e sei que se lhe disser isso, com vontade, ele cede.

— Não creio que tenha mais força que sua mãe. Já lhe tem lembrado isso?

— Já, respondeu D. Antônia com uma entonação demorada que exprimia longas instâncias sem efeito.

E logo depois com um modo alegre:

— As mães como eu não podem com os filhos. O meu foi criado com muito amor e bastante fraqueza. Tenho-lhe pedido mais de uma vez: ele recusa sempre dizendo que não quer separar-se de mim. Mentira! A verdade é que ele não quer sair daqui. Não tem ambições, fez estudos incompletos, não lhe importa nada. Há uns parentes nossos em Portugal. Já lhe disse que fosse visitá-los, que eles desejavam vê-lo, e que fosse depois à Espanha e França e outros lugares. José Bonifácio lá esteve e contava coisas muito interessantes. Sabe o que ele me responde? Que tem medo do mar; ou então repete que não quer separar-se de mim.

— E não acha que esta segunda razão é a verdadeira?

D. Antônia olhou para o chão, e disse com voz sumida:

— Pode ser.

— Se é a verdadeira, haveria um meio de conciliar tudo; era irem ambos, e eu com ambos, e para mim seria um imenso prazer.

— Eu?

— Pois então?

— Eu? Deixar esta casa? Vossa Reverendíssima está caçoando. Daqui para a cova. Não fui quando era moça, e agora que estou velha é que hei de meter-me em folias... Ele sim, que é rapaz — e precisa...

Tive uma suspeita súbita:

— Minha senhora, dar-se-á que ele padeça de alguma moléstia que...

— Não, não, graças a Deus! Digo que precisa, porque é rapaz, e meu avô dizia que, para ser homem completo, é preciso ver aquelas coisas por lá. É só por isso. Não, não tem moléstia nenhuma; é um rapaz forte.

Era impossível, ou, pelo menos, indelicado tentar obter a razão secreta deste pedido, se havia alguma, como me pareceu. Pus termo à conversação dizendo que ia convidar o rapaz. D. Antônia agradeceu-me, declarou que não me havia de arrepender do companheiro, e fez grandes elogios do filho. Quis falar de outras coisas; ela, porém, teimava no assunto da viagem, para familiarizar-nos com a idéia, e moralmente constranger-me a realizá-la. No dia seguinte voltou à biblioteca, mas com outro pretexto: veio mostrar-me uma boceta de rapé, que fora do marido, e que era, realmente, uma perfeição. Não tive dúvida em dizer-lhe isto mesmo, e ela acabou pedindo-me que a aceitasse como lembrança do finado. Aceitei-a constrangido; falamos ainda da viagem, duas palavras apenas, e fiquei só.

Não estava contente comigo. Tinha-me deixado resvalar a uma promessa inconsiderada, cuja execução parecia complicar-se de circunstâncias estranhas e obscuras, provavelmente sérias. As instâncias de D. Antônia, as razões dadas, as reticências, e finalmente aquele mimo, sem outro motivo mais que cativar-me e obrigar-me, tudo isso dava que cismar. Na noite desse dia fui à casa do Padre Mascarenhas para sondá-lo; perguntei-lhe se sabia alguma coisa do rapaz, se era peralta, se tinha irregularidades na vida. Mascarenhas não sabia nada.

— Até aqui suponho que é um modelo de sossego e seriedade, concluiu ele. Verdade seja que só vou lá aos domingos.

— Mas pelos domingos tiram-se os dias santos, repliquei rindo.

Félix voltou da roça dois dias depois, num sábado. No domingo não fui lá. Na segunda-feira, falei-lhe da viagem que ia fazer, e do desejo que tinha de o levar comigo; respondeu que seria para ele um grande prazer, se pudesse acompanhar-me, mas não podia. Teimei, pedi-lhe razões, falei com tal interesse, que ele, desconfiado, fitou-me os olhos, e disse:

— Foi mamãe que lhe pediu?

— Não digo que não; foi ela mesma. Tinha-lhe dito que tencionava ir à Europa, daqui a alguns meses, e ela então falou-me do senhor e das vezes que já lhe tem aconselhado uma viagem. Que admira?

Félix conservou os olhos espetados em mim, como se quisesse descer ao fundo da minha consciência. Ao cabo de alguns instantes respondeu secamente:

— Nada: não posso ir.

— Por quê?

Aqui teve ele um gesto quase imperceptível de orgulho molestado; achou naturalmente esquisita a curiosidade de um estranho. Mas, ou fosse da índole dele, ou do meu caráter sacerdotal, vi desaparecer-lhe logo esse pequeno assomo; Félix sorriu e confessou que não podia separar-se da mãe. Eu, a rigor, não devia dizer mais nada, e encerrar-me no exame dos papéis; mas a maldita curiosidade picava-me de esporas, e ainda repliquei alguma coisa; ponderei-lhe que o sentimento era digno e justo, mas que, tendo de viver com os homens, devia começar por ver os homens, e não restringir-se à vida simples e emparedada da família. Demais, o contato de outras civilizações necessariamente nos daria têmpera ao espírito. Escutou calado, mas sem atenção fixa, e quando acabei, declarou ultimando tudo:

— Bem, pode ser que me resolva; veremos. Não vai já? Então depois falaremos disto; pode ser... E o seu trabalho, está adiantado?

Não insisti, nem voltei ao assunto, apesar da mãe, que me falou algumas vezes dele. Pareceu-me que o melhor de tudo era acelerar a conclusão do trabalho, e despregar-me de uma intimidade que podia trazer complicações ou desgostos. As horas que então passei foram das melhores, regulares e tranqüilas, ajustadas a minha índole quieta e eclesiástica. Chegava cedo, conversava alguns minutos, e recolhia-me à biblioteca até a hora de jantar, que não passava das duas. O café ia à grande varanda, que ficava entre a sala de jantar e o terreiro das casuarinas, assim chamado, por ter um lindo renque dessas árvores, e eu retirava-me antes do pôr do sol. Félix ajudava-me grande parte do tempo. Tinha todas as horas livres, e quando não me ajudava é porque saíra a caçar, ou estava lendo, ou teria ido à cidade a passeio ou a negócio de casa.

Vai senão quando, um dia, estando só na biblioteca, ouvi rumor do lado de fora. Era a princípio um chiar de carro de bois, de que não fiz caso, por já o ter ouvido de outras vezes; devia ser um dos dois carros que traziam da roça para a Casa Velha, uma ou duas vezes por mês, fruta e legumes. Mas logo depois ouvi outro rodar, que me pareceu de sege, vozes trocadas e como que um encontrão dos dois veículos. Fui à janela; era isso mesmo. Uma sege, que entrara depois do carro de bois, foi a este no momento em que ele, para lhe dar passagem, torcia o caminho; o boleeiro não pôde conter logo as bestas, nem o carro fugir a tempo, mas não houve outra conseqüência além da vozeria. Quando eu cheguei à janela já o carro acabava de passar, e a sege galgou logo os poucos passos que a separavam da porta que ficava justamente por baixo de minha janela. Entretanto, não foi tão pouco o tempo que eu não visse aparecer, entre as cortinas entreabertas da sege, a carinha alegre e ridente de uma moça que parecia mofar do perigo. Olhava, ria e falava para dentro da sege. Não lhe vi mais do que a cara, e um pouco do pescoço; mas daí a nada, parando a sege à porta, as duas cortinas de couro foram corridas para cada lado, e ela e outra desceram rapidamente, e entraram em casa. "Hão de ser visitas", pensei comigo.

Voltei para o trabalho; eram onze horas e meia. Perto de uma, entrou na biblioteca o filho de D. Antônia; vinha da praça, aonde fora cedo, para tratar de um negócio do tio coronel. Estava singularmente alegre, expansivo, fazendo-me perguntas e não atendendo, ou atendendo mal às respostas. Não me lembraria disto agora, nem nunca mais, se não se tivesse ligado aos acontecimentos próximos, como veremos. A prova de que não dei então grande importância ao estado do espírito dele, é que daí a pouco quase que não lhe respondia nada, e continuava a ver os papéis. Folheava justamente um maço de cópias relativas à Cisplatina, e preferia o silêncio a qualquer assunto de conversa. Félix demorou-se pouco, saiu, mas tornou antes das duas horas, e achou-me concluindo o trabalho do dia, para acudir ao jantar. Daí a pouco estávamos à mesa.

Era costume de D. Antônia vir para a mesa acompanhando a irmã (a senhora idosa que achei na tribuna da capela, no primeiro dia em que ali fui), e assim o fez agora, com a diferença que outra senhora a acompanhava também. Disseram-me que era amiga da família, e chamava-se Mafalda. Logo que nos sentamos, D. Antônia perguntou à hóspeda:

— Onde está Lalau?

— Onde há de estar! talvez brincando com o pavão. Mas, não faz mal, sinhá D. Antônia, vamos jantando; ela pode ser que nem tenha vontade de comer: antes de vir comeu um pires de melado com farinha.

— A sege chegou muito tarde? perguntou Félix à hóspeda.

— Não, senhor; ainda esperou por nós.

— Seu irmão está bom?

— Está; minha cunhada é que anda um pouco adoentada. Depois da erisipela que teve pelo Natal, nunca ficou boa de todo.

Creio que disseram ainda outras coisas; mas não me interessando nada, nem a conversação, nem a hóspeda, que era uma pessoa vulgar, fiz o que costumo fazer em tais casos: deixei-me estar comigo. Já tinha compreendido que a hóspeda era uma das que chegaram na sege, que a outra devia ser a mocinha, cuja cara vi entre as cortinas, e finalmente que alguma intimidade haveria entre tal gente e aquela casa, visto que, contra a ordem severa desta, Lalau andava atrás do pavão, em vez de estar à mesa conosco. Mas, em resumo, tudo isso era bem pouco para quem tinha na cabeça a história de um imperador.

Lalau não se demorou muito. Chegou entre o primeiro e o segundo prato. Vinha um pouco esbaforida, voando-lhe os cabelos, que eram curtinhos e em cachos, e quando D. Antônia lhe perguntou se não estava cansada de travessuras, Lalau ia responder alguma coisa, mas deu comigo, e ficou calada; D. Antônia, que reparou nisso, voltou-se para mim.

— Reverendíssimo, é preciso confessar esta pequena e dar-lhe uma penitência para ver se toma juízo. Olhe que voltou há pouco e já anda naquele estado. Vem cá, Lalau.

Lalau aproximou-se de D. Antônia, que lhe compôs o cabeção do vestido; depois foi sentar-se defronte de mim, ao pé da outra hóspeda. Realmente, era uma criatura adorável, espigadinha, não mais de dezessete anos, dotada de um par de olhos, como nunca mais vi outros, claros e vivos, rindo muito por eles, quando não ria com a boca; mas se o riso vinha juntamente de ambas as partes, então é certo que a fisionomia humana confirmava com a angélica, e toda a inocência e toda a alegria que há no céu pareciam falar por ela aos homens. Pode ser que isto pareça exagerado a uns e vago a outros, mas não acho do momento um modo melhor de traduzir a sensação que essa menina produziu em mim. Contemplei-a alguns instantes com infinito prazer. Fiei-me do caráter de padre para saborear toda a espiritualidade daquele rosto comprido e fresco, talhado com graça, como o rosto da pessoa. Não digo que todas as linhas fossem corretas, mas a alma corrigia tudo.

Chamava-se Cláudia; Lalau era o nome doméstico. Não tendo pai nem mãe, vivia em casa de uma tia. Quase se pode dizer que nasceu na Casa Velha, onde os pais estiveram muito tempo como agregados, e aonde iam passar dias e semanas. O pai, Romão Soares, exercia um ofício mecânico, e antes pertencera à guarda de cavalaria de polícia; a mãe, Benedita Soares, era filha de um escrivão da roça, e, segundo me disse a própria D. Antônia, foi uma das mais bonitas mulheres que ela conheceu desde o tempo do rei.

Lalau, se não nasceu ali, ali foi criada e tratada sempre, ela como a mãe, no mesmo pé de outras relações; eram menos agregadas que hóspedas. Daí a intimidade desta mocinha, que chegava a infringir a ordem austera da casa, não indo para a mesa com a dona dela. Lalau andava na própria sege de D. Antônia, vivia do que esta lhe dava, e não lhe dava pouco; em compensação, amava sinceramente a casa e a família. Tendo ficado órfã desde 1831, D. Antônia cuidou de lhe completar a educação; sabia ler e escrever, coser e bordar; aprendia agora a fazer crivo e renda.

Foi D. Antônia quem me deu essas notícias, naquela mesma tarde, ao café, acrescentando que achava bom casá-la quanto antes; tinha a responsabilidade do seu destino, e receava que lhe acontecesse o mesmo que com outra agregada, seduzida por um saltimbanco em 1835.

Nisto a menina veio a nós, olhando muito para mim. Estávamos na varanda.

— Vou confessá-la, disse-lhe eu; mas olhe lá se me nega algum pecado.

— Que pecado, meu Deus! Cruz! Eu não tenho pecado. Nhãtônia é que anda inventando essas coisas. Eu, pecado?

— E as travessuras? perguntei-lhe. Olhe, ainda hoje, quando estava quase a suceder um desastre na estrada, entre o carro de bois e a sege em que a senhora vinha, a senhora, em vez de ficar séria e pensar em Deus, enfiou a cabeça por entre as cortinas para fora, rindo como uma criança.

— Que é ela senão criança? ponderou D. Antônia.

Lalau olhou espantada.

— Onde estava o senhor padre?

— Estava no céu, espiando.

— Ora! diga onde estava.

— Já disse; estava no céu.

— Adeus! diga onde estava!

— Lalau! que modos são esses? repreendeu D. Antônia.

A moça calou-se aborrecida; eu é que fui em auxílio dela, e contei-lhe que estava à janela da biblioteca, quando ela chegara. D. Antônia já sabia tudo, pois ali um acontecimento de nada ou quase nada era matéria de longas conversações. Não obstante, a mocinha referiu ainda o que se passara e as suas sensações alegres. Confessou que não tinha medo de nada, e até que queria ver um desastre para compreender bem o que era. Como a conversação dela era a trancos, interrompeu-se para perguntar-me se era eu quem iria agora dizer missa lá em casa, em vez do Padre Mascarenhas. Respondi-lhe que não, quis saber o que estava fazendo na biblioteca. Disse-lhe que fazia crivo. Ela pareceu gostar da resposta; creio que achou entre os nossos espíritos algum ponto de contato.

A verdade é que, no dia seguinte, vendo-me entrar e ir para a biblioteca, ali foi ter comigo, ansiosa de saber o que eu estava fazendo. Como lhe dissesse que examinava uns papéis, ouviu-me atenta, pegou curiosa de algumas notas, e dirigiu-me várias perguntas; mas deixou logo tudo para contemplar a biblioteca, peça que raramente se abria. Conhecia os retratos, distinguiu-os logo; ainda assim parecia tomar gosto em vê-los, principalmente o do ex-ministro; quis saber se ela o conhecia; respondeu-me que sim, que era um bonito homem, e fardado então parecia um rei. Seguiu-se um grande silêncio, durante o qual ela olhou para o retrato, e eu para ela, e que se quebrou com esta frase murmurada pela moça, entre si e Deus:

— Muito parecido...

— Parecido com quem? perguntei.

Lalau estremeceu e olhou para mim, envergonhada. Não era preciso mais; adivinhei tudo. Infelizmente tudo não era ainda tudo.