Casa velha I
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
114 Units
100% Translated
100% Upvoted
Aquí está lo que relataba, hace muchos años, un viejo canónigo de la Capilla Imperial: —No le deseo a mi mayor enemigo lo que me sucedió en el mes de abril de 1839. Se me había metido en la cabeza una obra política, la historia del reinado de don Pedro I. Hasta entonces había desperdiciado algo de talento en décimas y sonetos, muchos artículos periodísticos y algunos sermones, que prestaba a otros, después de haber reconocido que no poseía los dones indispensables para el púlpito. En el mes de agosto de 1839, leí las Memorias que otro padre, Luís Gonçalves dos Santos, llamado el padre Perereca, escribió del tiempo del rey y ese libro fue el que me apasionó. Seguramente lo encontré mediocre y quise demostrar que un miembro de la iglesia brasileña podía hacer algo mejor.

Posteriormente, comencé a reunir los materiales necesarios, periódicos, debates, documentos públicos y a tomar notas de cualquier lugar y de todo. A mediados de febrero, me dijeron que en cierta casa de la ciudad, encontraría, además de libros que podría consultar, muchos papeles manuscritos, algunos reservados, naturalmente importantes, porque el dueño de la casa, fallecido hacía muchos años, había sido ministro del Estado. Es comprensible que esta noticia agudizara en mí la curiosidad. La casa, que tenía capilla para el uso de la familia y de los moradores cercanos, tenía también un padre contratado para decir misa los domingos y confesar por la cuaresma: era el reverendo Mascarenhas. Me reuní con él para que me consiguiera de la viuda el permiso para ver los papeles.

—No sé si le consentirá eso, me dijo; pero voy a ver.

–¿Por qué no lo consentirá? Está claro que no utilzaré más que lo que se pueda, y con su autorización.

–Pues sí, pero es que tiene gran respeto por los libros y papeles que hay allí. No toca nada de lo que pertenecía a su marido, por una especie de veneración que la buena señora conserva y conservará siempre. Pero, en fin, voy a ver y se hará lo que se pueda.

Mascarenhas me trajo la respuesta diez días más tarde. La viuda comenzó negándose; pero el padre instó, una vez expuesto de qué se trataba, le dijo que no perdía nada del debido respeto a la memoria del marido consintiendo que alguien hojease una parte de la biblioteca y del archivo, apenas una parte y, al final consiguió, tras una larga resistencia, que me presentara allí. No me demoré mucho en hacer uso del favor y al domingo siguiente acompañé al padre Mascarenhas.

La casa, cuyo lugar y dirección no es preciso decir, tenía entre el pueblo el nombre de Casa Vieja, y realmente lo era: databa de finales del siglo pasado. Era una edificación sólida y extensa, de gusto severo y sin adornos. Yo, desde niño, conocía la parte exterior, el gran balcón de la fachada, los dos enormes portones, uno especial para las personas de la familia y las visitas y el otro destinado al servicio, a las cargas que iban y venían, a los coches y al ganado que salía a pastar. Además de esas dos entradas, había, en el lado opuesto, donde quedaba la capilla, un camino que daba acceso a las personas de la vecindad que iban allí a oír misa los domingos, o a rezar la letanía los sábados.

Por ese camino llegamos a la casa, a las siete y pocos minutos. Entramos en la capilla, siguiendo un rayo de sol que jugueteaba en el azulejo de la pared interior en la que estaban representados varios episodios de las Escrituras. La capilla era pequeña, pero muy bien cuidada. En la planta baja, a la izquierda, cerca del altar, una tribuna servía de forma exclusiva a la dueña de la casa y a las señoras de la familia o a los huéspedes que entraban por el interior; los hombres, los sirvientes y los vecinos ocupaban la nave de la iglesia. Fue lo que me dijo el padre Mascarenhas explicando todo. Me llamaron la atención los candelabros de plata, los finos y blanquísimos manteles y el suelo en el que no había ni una paja.

—Todos los adornos son así, completó. ¿Y este confesionario? Pequeño pero un primor.

No había ni coro ni órgano. Ya dije que la capilla era pequeña; en días determinados la asistencia a misa era tal que los fieles llegaban a arrodillarse hasta el umbral de la puerta. Mascarenhas me hizo observar a la izquierda de la capilla el lugar en el que estaba sepultado el exministro. Lo había conocido poco antes de 1831 y me contó algunas particularidades interesantes; me habló también de la piedad y la añoranza de la viuda, de la veneración en que tenía su memoria, de las reliquias que guardaba, de las frecuentes alusiones en la conversación.

—Allí verá, en la biblioteca, su retrato, me dijo. Comenzaron a entrar en la iglesia algunas personas de la vecindad, en general pobres, de todas las edades y colores. Algunos de los hombres, después de persignarse y rezar, volvían a salir, para esperar afuera, conversando, la hora de la misa. También venían esclavos de la casa. Uno de ellos era el mismo sacristán; tenía a su cargo no solo el cuidado y aseo de la capilla, sino que también ayudaba en la misa y, salvo por la prosodia latina, con mucha perfección. Lo encontramos frente a una gran cómoda de jacarandá antiguo, con argollas de plata en las gavetas, concluyendo los arreglos preparatorios. Después entró a la sacristía un joven de unos veinte años, simpático, de fisonomía amable y franca, a quien el padre Mascarenhas me presentó, era el hijo de la dueña de la casa, Félix.

–Ya sé, dijo sonriendo, mamá me habló de usted. ¿Viene a ver el archivo de papá?

Le confié rápidamente mi idea y él me escuchó con interés. Mientras hablábamos vinieron otros hombres de adentro, un sobrino del dueño de casa, Eduardo, también de veinte años, un pariente anciano, el coronel Raimundo, y unos dos o tres huéspedes. Félix me presentó a todos y, naturalmente, fui durante algunos minutos objeto de gran curiosidad. Mascarenhas, que estaba con su vestimenta de cura, de pie, con el codo en el borde de la cómoda, hablaba poco, escuchaba más de lo que hablaba, esbozando una sonrisa, volvía a menudo la cabeza hacia uno u otro. Félix lo trataba con benevolencia e incluso con deferencia, me pareció inteligente, sincero y modesto. Los demás apenas participaban. El coronel no hacía más que confesar que tenía hambre, se había despertado temprano y no había desayunado.

–Parece que ya es la hora, dijo Félix y, después de ir a la puerta de la capilla: –Mamá ya está en la tribuna. ¿Vamos?

Fuimos. En la tribuna había cuatro señoras, dos ancianas y dos jóvenes. Las saludé de lejos y apenas las vi, noté que entre ellas hablaban de mí. Afortunadamente, el padre entró tres minutos más tarde, todos nos arrodillamos y continuó la misa que, para fortuna del coronel, fue breve. Cuando terminó, Félix fue a besar la mano de su madre y de la otra señora mayor, su tía; me llevó y me las presentó ahí mismo. No hablamos de mi proyecto, la dueña de la casa solamente me dijo con delicadeza: –¿Está entendido que usted nos hará el honor de almorzar con nosotros?

Asentí. Ni siquiera recordé agregar que para mí era todo un honor.

La verdad es que me sentía turbado. Me parecía que la casa, las costumbres y las personas tenían un aspecto de otros tiempos, exhalaban un aroma a vida clásica. El uso de la capilla particular no resultaba extraño, lo que me pareció único fue la disposición de aquella, el estrado de la familia, la sepultura del jefe, allí mismo, a los pies de los suyos, que hacía recordar a las sociedades primitivas en las que florecía la religión doméstica y el culto privado de los muertos. Una vez que las señoras salieron del estrado, regresamos por una puerta interior a la sacristía donde nos esperaba el padre Mascarenhas con el coronel y los demás. De la puerta de la sacristía, pasando por un zaguán, bajamos dos escalones hasta un patio vasto, con piso de piedra y un aljibe en el centro. Había una baranda de cada lado, a la izquierda se encontraban algunos cuartos y, a la derecha, la cocina y la despensa. Las negras y los niños me espiaban, curiosos, y creo que sin miedo, porque, naturalmente, mi visita era la preocupación de todos en los últimos unos días. En efecto, la casa era una especie de villa o hacienda, donde los días, al contrario de un dicho peregrino, se parecían unos a otros; las personas eran las mismas, nada rompía la uniformidad de las cosas, todo quieto y patriarcal.

Doña Antonia gobernaba ese pequeño mundo con mucha discreción, indulgencia y justicia. Nació dueña de casa al mismo tiempo que la vida política de su marido, y la entrada de este en los concejos de Pedro I podían sacarla del retiro y la oscuridad, raras veces los dejó. Es así que, durante todo el ministerio del marido, fue al Pazo solamente dos veces. Era hija de Minas Gerais, pero fue criada en Río de Janeiro, en aquella misma Casa Vieja donde contrajo matrimonio, donde perdió a su marido y donde nacieron sus hijos: Félix y una niña que murió a los tres años. La casa fue construida por el abuelo, en 1780, al volver de Europa, de donde trajo las ideas del solar y las costumbres de los nobles; y fue él y, parece que también la hija, la madre de D Antônia, quien transmitía un pequeño sentimiento de orgullo, que influenciaba a esta dama y se podía notar, esencialmente a la hora del té. Deduje eso de algunas anécdotas que me contó de ambos, en el tiempo del rey. Doña Antônia era más bien baja que alta, delgada, muy buena forma, vestida con sencillez y austeridad; debía tener cuarenta y seis a cuarenta y ocho años.

Pocos minutos después estábamos almorzando. El coronel, que afirmaba riendo tener un agujero de un palmo en el estómago, tampoco por eso comió mucho y durante los primeros minutos, no dijo nada; me miraba, de reojo, y si decía algo, era muy bajo, a las dos jóvenes, sus hijas; pero al final se desquitó y no conversaba mal. Félix, el padre Mascarenhas y yo hablábamos de política, del ministerio y de los sucesos del sur. Desde luego, observé en el hijo del ministro, la cualidad de saber escuchar y de disentir pareciendo aceptar las ideas ajenas, de tal modo que, a veces, la gente recibía la opinión devuelta por él y suponía ser la misma que había emitido. Otra cosa que me llamó la atención fue que la madre, percibiendo el placer con que yo hablaba al hijo, parecía encantada y orgullosa. Comprendí que había heredado las naturales esperanzas del padre y redoblé la atención con el hijo. Lo hice sin esfuerzo; pero también puede ser que entrase por algo, en aquello, la necesidad de captar todo el afecto de la casa, a causa de mi proyecto.

Solo después del almuerzo fue cuando hablamos del proyecto. Pasamos a la terraza que comunicaba con el comedor y daba a un gran terreno; estaba completamente enladrillada y tenía el techo sostenido por gruesas columnas de cantería. Me llamó doña Antonia y me senté a sus pies, con el padre Mascarenhas.

—Reverendísimo, me dijo, la casa está a sus órdenes. Hice lo que me pidió el señor padre Mascarenhas y con mucho esfuerzo, no porque lo juzgue o no persona capaz, sino para que nadie toque los libros y papeles de mi marido.

—Crea que agradezco mucho... —Puede estar agradecido, interrumpió ella sonriendo; no haría esto con otra persona. ¿Necesita verlo todo?

—No puedo decir si todo; tras un rápido examen, sabré más o menos lo que necesito. Y también usted ha de ser para mí un libro y el mejor el libro, el más íntimo... —¿Cómo?

—Espero que me cuente algunas cosas que han de haber quedado escondidas. Las historias se hacen, en parte, con las noticias personales. Usted, esposa de ministro... Doña Antonia se encogió de hombros.

—¡Ah!, nunca entendí de política; nunca me metí en esas cosas.

—Todo puede ser política, señora mía, una anécdota, un dicho, cualquier cosa insignificante puede valer mucho.

En este punto fue cuando ella me dijo lo que relaté antes; vivía en casa, salía poco y solo fue dos veces a palacio. Confesó incluso que la primera vez tuvo mucho miedo y que solo lo perdió al recordar a tiempo un dicho del abuelo.

—Salí de casa temblando. Era día de gala, iba trajeada a la corte y por las portezuelas del coche veía a mucha gente mirando, detenida. Pero cuando recordaba que tenía que cumplimentar al emperador y a la emperatriz, confieso que el corazón me latía deprisa. Al bajar del coche, el miedo creció y más aún cuando subí las escaleras de palacio. De pronto, me acordé de un dicho de mi abuelo. Mi abuelo, cuando llegó aquí el rey, me llevó a ver las fiestas de la ciudad y, como yo, todavía jovencita, impresionada, le dije que tenía miedo de ver al rey, si apareciera en la calle, me miró, y dijo con un modo muy serio que él adquiría en ocasiones: "¡Niña, una Quintanilha no tiembla nunca!". Eso fue lo que hice, me acordé de que una Quintanilha no tiemblaba y, sin temblar, cumplimenté a sus majestades.

Todos nos reímos. Yo, por mi parte, afirmé que aceptaba la explicación y que no le pediría nada y luego hablé de otras cosas. Parece que estaba inspirado, si no es que la conversación de la viuda me dio ánimos. Vino el hijo, vino el cuñado, vinieron las chicas y puedo afirmar que dejé la mejor impresión en todos, fue lo que el padre Mascarenhas me confirmó, algunos días después, y fue lo que observé yo mismo.
unit 7
Compreende-se que esta notícia me aguçasse a curiosidade.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 9
Mascarenhas.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 10
Fui ter com ele para que me alcançasse da viúva a permissão de ver os papéis.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 11
— Não sei se lhe consentirá isso, disse-me ele; mas vou ver.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 12
— Por que não há de consentir?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 13
É claro que não me utilizarei senão do que for possível, e com autorização dela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 14
— Pois sim, mas é que livros e papéis estão lá em grande respeito.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 16
Mas enfim vou ver, e far-se-á o que for possível.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 17
Mascarenhas trouxe-me a resposta dez dias depois.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 19
Não me demorei muito em usar do favor; e no domingo próximo acompanhei o Padre Mascarenhas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 21
Era uma edificação sólida e vasta, gosto severo, nua de adornos.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 24
Foi por esse caminho que chegamos à casa, às sete horas e poucos minutos.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 26
A capela era pequena, mas muito bem tratada.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 28
Foi o que me disse o padre Mascarenhas explicando tudo.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 30
— Todos os paramentos são assim, concluiu ele.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 31
E este confessionário?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 32
Pequeno, mas um primor.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 33
Não havia coro nem órgão.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 35
Mascarenhas fez-me notar à esquerda da capela o lugar em que estava sepultado o ex-ministro.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 37
— Lá verá na biblioteca o retrato dele, disse-me.
3 Translations, 4 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 40
Vinham também escravos da casa.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 44
— Já sei, disse ele sorrindo, mamãe me falou de V. Revma.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 45
Vem ver o arquivo de papai?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 46
Confiei-lhe rapidamente a minha idéia, e ele ouviu-me com interesse.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 48
unit 50
Félix tratava-o com benevolência e até deferência; pareceu-me inteligente, lhano e modesto.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 51
Os outros apenas faziam coro.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 52
O coronel não fazia nada mais que confessar que tinha fome; acordara cedo e não tomara café.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 54
Vamos?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 55
Fomos.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 56
Na tribuna estavam quatro senhoras, duas idosas e duas moças.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 57
unit 61
faz-nos a honra de almoçar conosco?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 62
Inclinei-me afirmativamente.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 63
Não me lembrou sequer acrescentar que a honra era toda minha.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 64
A verdade é que me sentia tolhido.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 65
Casa, hábitos, pessoas davam-me ares de outro tempo, exalavam um cheiro de vida clássica.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 72
D. Antônia governava esse pequeno mundo com muita discrição, brandura e justiça.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 74
Assim é que, em todo o ministério do marido, apenas duas vezes foi ao paço.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 77
Inferi isso de algumas anedotas que ela me contou de ambos, no tempo do rei.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 79
Poucos minutos depois estávamos almoçando.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 81
Félix, eu e o padre Mascarenhas falávamos de política, do ministério e dos sucessos do Sul.
2 Translations, 5 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 84
Compreendi que ela herdara as naturais esperanças do pai, e redobrei de atenção com o filho.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 86
Foi só depois do almoço que falamos do projeto.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 88
D. Antônia chamou-me, sentei-me ao pé dela, com o Padre Mascarenhas.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 89
— Reverendíssimo, a casa está às suas ordens, disse-me ela.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 92
Precisa ver tudo?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 93
— Não posso dizer se tudo; depois de um rápido exame, saberei mais ou menos o que preciso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 94
E V. Ex.ª também há de ser um livro para mim, e o melhor livro, o mais íntimo... — Como?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 95
— Espero que me conte algumas coisas, que hão de ter ficado escondidas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 96
As histórias fazem-se em parte com as notícias pessoais.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 97
V.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 98
Exª., esposa de ministro... D. Antônia deu de ombros.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 99
— Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 100
eu nunca entendi de política; nunca me meti nessas coisas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 104
— Saí de casa tremendo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 105
Era dia de gala, ia trajada à Corte; pelas portinholas do coche via muita gente olhando, parada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 107
Ao descer do coche, o medo cresceu, e ainda mais quando subi as escadas do paço.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 108
De repente, lembrou-me um dito de meu avô.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 110
unit 111
Rimo-nos todos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago
unit 113
Parece que estava de veia, se não é que a conversação da viúva me meteu em brios.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 7 months ago

Aqui está o que contava, há muitos anos, um velho cônego da Capela Imperial:

— Não desejo ao meu maior inimigo o que me aconteceu no mês de abril de 1839. Tinha-me dado na cabeça escrever uma obra política, a história do reinado de D. Pedro I. Até então esperdiçara algum talento em décimas e sonetos, muitos artigos de periódicos, e alguns sermões, que cedia a outros, depois que reconheci que não tinha os dons indispensáveis ao púlpito. No mês de agosto de 1838 li as Memórias que outro padre, Luís Gonçalves dos Santos, o padre Perereca chamado, escreveu do tempo do rei, e foi esse livro que me meteu em brios. Achei-o seguramente medíocre, e quis mostrar que um membro da igreja brasileira podia fazer coisa melhor.

Comecei logo a recolher os materiais necessários, jornais, debates, documentos públicos, e a tomar notas de toda a parte e de tudo. No meado de fevereiro, disseram-me que, em certa casa da cidade, acharia, além de livros, que poderia consultar, muitos papéis manuscritos, alguns reservados, naturalmente importantes, porque o dono da casa, falecido desde muitos anos, havia sido ministro de Estado. Compreende-se que esta notícia me aguçasse a curiosidade. A casa, que tinha capela para uso da família e dos moradores próximos, tinha também um padre contratado para dizer missa aos domingos, e confessar pela quaresma: era o rev. Mascarenhas. Fui ter com ele para que me alcançasse da viúva a permissão de ver os papéis.

— Não sei se lhe consentirá isso, disse-me ele; mas vou ver.

— Por que não há de consentir? É claro que não me utilizarei senão do que for possível, e com autorização dela.

— Pois sim, mas é que livros e papéis estão lá em grande respeito. Não se mexe em nada que foi do marido, por uma espécie de veneração, que a boa senhora conserva e sempre conservará. Mas enfim vou ver, e far-se-á o que for possível.

Mascarenhas trouxe-me a resposta dez dias depois. A viúva começou recusando; mas o padre instou, expôs o que era, disse-lhe que nada perdia do devido respeito à memória do marido consentindo que alguém folheasse uma parte da biblioteca e do arquivo, uma parte apenas; e afinal conseguiu, depois de longa resistência, que me apresentasse lá. Não me demorei muito em usar do favor; e no domingo próximo acompanhei o Padre Mascarenhas.

A casa, cujo lugar e direção não é preciso dizer, tinha entre o povo o nome de Casa Velha, e era-o realmente: datava dos fins do outro século. Era uma edificação sólida e vasta, gosto severo, nua de adornos. Eu, desde criança, conhecia-lhe a parte exterior, a grande varanda da frente, os dois portões enormes, um especial às pessoas da família e às visitas, e outro destinado ao serviço, às cargas que iam e vinham, às seges, ao gado que saía a pastar. Além dessas duas entradas, havia, do lado oposto, onde ficava a capela, um caminho que dava acesso às pessoas da vizinhança, que ali iam ouvir missa aos domingos, ou rezar a ladainha aos sábados.

Foi por esse caminho que chegamos à casa, às sete horas e poucos minutos. Entramos na capela, após um raio de sol, que brincava no azulejo da parede interior onde estavam representados vários passos da Escritura. A capela era pequena, mas muito bem tratada. Ao rés-do-chão, à esquerda, perto do altar, uma tribuna servia privativamente à dona da casa, e às senhoras da família ou hóspedas, que entravam pelo interior; os homens, os fâmulos e vizinhos ocupavam o corpo da igreja. Foi o que me disse o padre Mascarenhas explicando tudo. Chamou-me a atenção para os castiçais de prata, para as toalhas finas e alvíssimas, para o chão em que não havia uma palha.

— Todos os paramentos são assim, concluiu ele. E este confessionário? Pequeno, mas um primor.

Não havia coro nem órgão. Já disse que a capela era pequena; em certos dias, a concorrência à missa era tal que até na soleira da porta vinham ajoelhar-se fiéis. Mascarenhas fez-me notar à esquerda da capela o lugar em que estava sepultado o ex-ministro. Tinha-o conhecido, pouco antes de 1831, e contou-me algumas particularidades interessantes; falou-me também da piedade e saudade da viúva, da veneração em que tinha a memória dele, das relíquias que guardava, das alusões freqüentes na conversação.

— Lá verá na biblioteca o retrato dele, disse-me. Começaram a entrar na igreja algumas pessoas da vizinhança, em geral pobres, de todas as idades e cores. Dos homens alguns, depois de persignados e rezados, saíam, outra vez, para esperar fora, conversando, a hora da missa. Vinham também escravos da casa. Um destes era o próprio sacristão; tinha a seu cargo, não só a guarda e asseio da capela, mas também ajudava a missa, e, salvo a prosódia latina, com muita perfeição. Fomos achá-lo diante de uma grande cômoda de jacarandá antigo, com argolas de prata nos gavetões, concluindo os arranjos preparatórios. Na sacristia, entrou logo depois um moço de vinte anos mais ou menos, simpático, fisionomia meiga e franca, a quem o padre Mascarenhas me apresentou; era o filho da dona da casa, Félix.

— Já sei, disse ele sorrindo, mamãe me falou de V. Revma. Vem ver o arquivo de papai?

Confiei-lhe rapidamente a minha idéia, e ele ouviu-me com interesse. Enquanto falávamos vieram outros homens de dentro, um sobrinho do dono da casa, Eduardo, também de vinte anos, um velho parente, coronel Raimundo, e uns dois ou três hóspedes. Félix apresentou-me a todos, e, durante alguns minutos, fui naturalmente objeto de grande curiosidade. Mascarenhas, paramentado e de pé, com o cotovelo na borda da cômoda, ia dizendo alguma coisa, pouca; ouvia mais do que falava, com um sorriso antecipado nos lábios, voltando a cabeça a miúdo para um ou outro. Félix tratava-o com benevolência e até deferência; pareceu-me inteligente, lhano e modesto. Os outros apenas faziam coro. O coronel não fazia nada mais que confessar que tinha fome; acordara cedo e não tomara café.

— Parece que são horas, disse Félix; e, depois de ir à porta da capela: — Mamãe já está na tribuna. Vamos?

Fomos. Na tribuna estavam quatro senhoras, duas idosas e duas moças. Cumprimentei-as de longe, e, sem mais encará-las, percebi que tratavam de mim, falando umas às outras. Felizmente o padre entrou daí a três minutos, ajoelhamo-nos todos, e seguiu-se a missa que, por fortuna do coronel, foi engrolada. Quando acabou, Félix foi beijar a mão à mãe e à outra senhora idosa, tia dele; levou-me e apresentou-me ali mesmo a ambas. Não falamos do meu projeto; tão-somente a dona da casa disse-me delicadamente:

— Está entendido que V. Revmª. faz-nos a honra de almoçar conosco?

Inclinei-me afirmativamente. Não me lembrou sequer acrescentar que a honra era toda minha.

A verdade é que me sentia tolhido. Casa, hábitos, pessoas davam-me ares de outro tempo, exalavam um cheiro de vida clássica. Não era raro o uso de capela particular; o que me pareceu único foi a disposição daquela, a tribuna de família, a sepultura do chefe, ali mesmo, ao pé dos seus, fazendo lembrar as primitivas sociedades em que florescia a religião doméstica e o culto privado dos mortos. Logo que as senhoras saíram da tribuna, por uma porta interior, voltamos à sacristia, onde o padre Mascarenhas esperava com o coronel e os outros. Da porta da sacristia, passando por um saguão, descemos dois degraus para um pátio, vasto, calçado de cantaria, com uma cisterna no meio. De um lado e outro corria um avarandado, ficando à esquerda alguns quartos, e à direita a cozinha e a copa. Pretas e moleques espiavam-me, curiosos, e creio que sem espanto, porque naturalmente a minha visita era desde alguns dias a preocupação de todos. Com efeito, a casa era uma espécie de vila ou fazenda, onde os dias, ao contrário de um rifão peregrino, pareciam-se uns com os outros; as pessoas eram as mesmas, nada quebrava a uniformidade das coisas, tudo quieto e patriarcal.

D. Antônia governava esse pequeno mundo com muita discrição, brandura e justiça. Nascera dona de casa; no próprio tempo em que a vida política do marido, e a entrada deste nos conselhos de Pedro I podiam tirá-la do recesso e da obscuridade, só a custo e raramente os deixou. Assim é que, em todo o ministério do marido, apenas duas vezes foi ao paço. Era filha de Minas Gerais, mas foi criada no Rio de Janeiro, naquela mesma Casa Velha, onde casou, onde perdeu o marido e onde lhe nasceram os filhos — Félix, e uma menina que morreu com três anos. A casa fora construída pelo avô, em 1780, voltando da Europa, de onde trouxe idéias de solar e costumes fidalgos; e foi ele, e parece que também a filha, mãe de D. Antônia, quem deu a esta a pontazinha de orgulho, que se lhe podia notar, e quebrava a unidade da índole desta senhora, essencialmente chã. Inferi isso de algumas anedotas que ela me contou de ambos, no tempo do rei. D. Antônia era antes baixa que alta, magra, muito bem composta, vestida com singeleza e austeridade; devia ter quarenta e seis a quarenta e oito anos.

Poucos minutos depois estávamos almoçando. O coronel, que afirmava, rindo, ter um buraco de palmo no estômago, nem por isso comeu muito, e durante os primeiros minutos, não disse nada; olhava para mim, obliquamente, e, se dizia alguma coisa, era baixinho, às duas moças, filhas dele; mas desforrou-se para o fim, e não conversava mal. Félix, eu e o padre Mascarenhas falávamos de política, do ministério e dos sucessos do Sul. Notei desde logo, no filho do ministro, a qualidade de saber escutar, e de dissentir parecendo aceitar o conceito alheio, de tal modo que, às vezes, a gente recebia a opinião devolvida por ele, e supunha ser a mesma que emitira. Outra coisa que me chamou a atenção foi que a mãe, percebendo o prazer com que eu falava ao filho, parecia encantada e orgulhosa. Compreendi que ela herdara as naturais esperanças do pai, e redobrei de atenção com o filho. Fi-lo sem esforço; mas pode ser também que entrasse por alguma coisa, naquilo, a necessidade de captar toda a afeição da casa, por motivo do meu projeto.

Foi só depois do almoço que falamos do projeto. Passamos à varanda, que comunicava com a sala de jantar, e dava para um grande terreiro; era toda ladrilhada, e tinha o teto sustentado por grossas colunas de cantaria. D. Antônia chamou-me, sentei-me ao pé dela, com o Padre Mascarenhas.

— Reverendíssimo, a casa está às suas ordens, disse-me ela. Fiz o que o Sr. Padre Mascarenhas me pediu, e a muito custo, não porque o não julgue pessoa capaz, mas porque os livros e papéis de meu marido ninguém mexe neles.

— Creia que agradeço muito...

— Pode agradecer, interrompeu ela sorrindo; não faria isto a outra pessoa. Precisa ver tudo?

— Não posso dizer se tudo; depois de um rápido exame, saberei mais ou menos o que preciso. E V. Ex.ª também há de ser um livro para mim, e o melhor livro, o mais íntimo...

— Como?

— Espero que me conte algumas coisas, que hão de ter ficado escondidas. As histórias fazem-se em parte com as notícias pessoais. V. Exª., esposa de ministro...

D. Antônia deu de ombros.

— Ah! eu nunca entendi de política; nunca me meti nessas coisas.

— Tudo pode ser política, minha senhora; uma anedota, um dito, qualquer coisa de nada, pode valer muito.

Foi neste ponto que ela me disse o que acima referi; vivia em casa, pouco saía, e só foi ao paço duas vezes. Confessou até que da primeira vez teve muito medo, e só o perdeu por se lembrar a tempo de um dito do avô.

— Saí de casa tremendo. Era dia de gala, ia trajada à Corte; pelas portinholas do coche via muita gente olhando, parada. Mas quando me lembrava que tinha de cumprimentar o imperador e a imperatriz, confesso que o coração me batia muito. Ao descer do coche, o medo cresceu, e ainda mais quando subi as escadas do paço. De repente, lembrou-me um dito de meu avô. Meu avô, quando aqui chegou o rei, levou-me a ver as festas da cidade, e, como eu, ainda mocinha, impressionada, lhe dissesse que tinha medo de encarar o rei, se ele aparecesse na rua, olhou para mim, e disse com um modo muito sério que ele tinha às vezes: "Menina, uma Quintanilha não treme nunca!" Foi o que fiz, lembrou-me que uma Quintanilha não tremia, e, sem tremer, cumprimentei Suas Majestades.

Rimo-nos todos. Eu, pela minha parte, declarei que aceitava a explicação e não lhe pediria nada; e depois falei de outras coisas. Parece que estava de veia, se não é que a conversação da viúva me meteu em brios. Veio o filho, veio o cunhado, vieram as moças, e posso afirmar que deixei a melhor impressão em todos; foi o que o Padre Mascarenhas me confirmou, alguns dias depois, e foi o que notei por mim mesmo.