Linha reta e linha curva I
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Fin
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Era en Petrópolis, en el año 186*. Ya se ve que mi historia no data de hace mucho. Está tomada de los anales contemporáneos y de las costumbres actuales. Tal vez alguno de los lectores conozca incluso a las personas que van a aparecer en este pequeño cuadro. No resultará raro que, al encontrarse con una de ellas mañana, Azevedo, por ejemplo, uno de mis lectores exclame: —¡Ah! acá vi una historia en la que se habló de ti. El autor no te trató mal. Pero la semejanza era tal, hubo tan poco cuidado en disfrazar la fisonomía, que yo, a medida que volvía la página, me decía: —Es Azavedo, no hay duda.

¡Feliz Azevedo! En el momento en que comienza esta narración, él es un marido feliz, completamente feliz. Casado hacía poco, teniendo por mujer la más hermosa dama de la sociedad y la mejor alma que se encarnó hasta ahora al sol de América, dueño de algunas propiedades bien situadas y perfectamente rentables, acatado, querido, descansado, así es nuestro Azevedo, a quien para colmo de ventura coronan los más hermosos veintiséis años.

La fortuna le dio un trabajo suave; no hacer nada. Posee un diploma de bachiller en derecho; pero ese diploma nunca le sirvió; existe guardado en el fondo de la lata clásica en que lo trajo de la universidad de San Pablo. De vez en cuando Azevedo mira el diploma, que a decir verdad gano legítimamente, pero es para luego no verlo por mucho tiempo. No es un diploma, es una reliquia.

Cuando Azevedo dejó la universidad de San Pablo y regresó a la granja de la provincia de Minas Geraes, tenía un proyecto: ir a Europa. Luego de unos meses el padre consintió en el viaje y Azevedo se preparó para realizarlo. Llegó a la corte con el propósito firme de ocupar un lugar en el primer trasatlántico que saliera; pero no todo depende de la voluntad del hombre. Azevedo fue a un baile antes de partir; allí estaba armada una red en la que él debería de ser cogido. ¡Qué red! Veinte años, una figura delicada, esbelta, delgada, una de esas figuras vaporosas que parecen deshacerse al primer rayo de sol. Azevedo no fue señor de sí mismo: se enamoró, al cabo de un mes se casó y al cabo de ocho días partió para Petrópolis.

¿Qué casa acogería a aquel matrimonio tan bello, tan amante y tan feliz? No podía ser más apropiada la casa escogida; era un edificio ligero, delgado, elegante, más de recreo que de morada; un verdadero nido para aquellas dos palomas fugitivas.

Nuestra historia comienza exactamente tres meses después de la ida a Petrópolis. Azevedo y su mujer se amaban aún como el primer día. El amor tomaba entonces una fuerza mayor y nueva; es que.... debo decirlo, ¡oh! ¿casados hace tres meses? es que asomaba el primer hijo en el horizonte. También la tierra y el cielo se alegran cuando asoma en el horizonte el primer rayo del sol. La figura no viene aquí por simple adorno de estilo; es una deducción lógica: la mujer de Azevedo se llamaba Adelaide.

Era, entonces, en Petrópolis, en una tarde de diciembre de 186*. Azevedo y Adelaide estaban en el jardín que estaba frente a la casa donde ocultaban su felicidad. Azevedo leía en alto; Adelaide lo oía leer, pero como se oye un eco del corazón, tanto la voz del marido como las palabras de la obra correspondían al sentimiento interior de la joven.

Al cabo de un tiempo Azevedo se detuvo y preguntó: –¿Quieres que paremos aquí?

–Como quieras, dijo Adelaide.

–Es mejor, dijo Azevedo, cerrando el libro. Las cosas buenas no se gozan de una sentada. Guardemos un poco para la noche. Además, era ya tiempo de que pasara del idilio escrito al idilio vivo. Déjame mirarte.

Adelaide lo miró y dijo: –Parece que comenzamos la luna de miel.

–Parece y es, añadió Azevedo, y si el matrimonio no fuese eternamente esto, ¿qué podría ser? ¿La unión de dos existencias para meditar discretamente en la mejor manera de comer el pepino y el repollo? Entonces, ¡por el amor de Dios! Yo pienso que el matrimonio debe ser un enamoramiento eterno. ¿No piensas como yo?

–Siento, dijo Adelaide.

–Sientes, con eso basta.

–Pero que las mujeres sientan es natural; los hombres... –Los hombres son hombres.

–Lo que en las mujeres es sentimiento, en los hombres es sentimentalismo; desde pequeña me dicen esto.

–Te engañan desde pequeña, dijo Azevedo riendo.

–¡Mejor eso!

–Es la verdad. Y desconfía siempre de los que más hablan, sean hombres o mujeres. Tienes cerca un ejemplo. Emília habla mucho de su excepción. ¿Cuántas veces se casó? Hasta aquí dos y está en los veinticinco años. Era mejor callarse más y casarse menos.

—Pero en ella es un juego, dijo Adelaida.

—Pues no. Lo que no es broma es que los tres meses de nuestro matrimonio me parecen tres minutos... —¡Tres meses! exclamó Adelaide.

—¡Cómo corre el tiempo! dijo Azevedo.

—¿Siempre dirás lo mismo? preguntó Adelaide con un gesto de incredulidad.

Azevedo la abrazó y preguntó: —¿Dudas?

—Me da miedo. ¡Es tan bonito ser feliz!

—Has de serlo siempre y del mismo modo De otra cosa no entiendo.

En ese momento oyeron ambos una voz que venía de la puerta del jardín.

—¿Qué es lo que no entiendes? decía esa voz.

Miraron.

En la puerta del jardín había un hombre alto, bien parecido, vestido con elegancia, guantes color de la paja y con fusta en la mano.

Al principio, Azevedo pareció no conocerlo. Adelaide miraba al uno y al otro sim comprender nada. Sin embargo, todo esto no pasó de un minuto; a cuyo final Azevedo exclamó: —¡Es Tito! ¡Entra, Tito!

Tito entró gallardamente en el jardín; abrazó a Azevedo e hizo un saludo gracioso a Adelaide.

—Es mi mujer, dijo Azevedo presentando a Adelaide al recién llegado.

—Ya lo sospechaba, respondió Tito y aprovecho la ocasión para darte mi enhorabuena.

—¿Recibiste nuestra carta de invitación?

—En Valparaíso.

—Ve a sentarte y cuéntame tu viaje.

—Eso es largo, dijo Tito sentándose. Lo que te puedo contar es que desembarqué ayer en Río. Traté de indagar sobre tu morada. Me dijeron que estabas temporalmente en Petrópolis. Descansé, pero hoy enseguida tomé una barca en la Prainha y aquí estoy. Yo ya sospechaba que con tu espíritu de poeta irías a esconder tu felicidad en algún rincón del mundo. En efecto, esto es verdaderamente un pedacito del paraíso. El jardín, la pérgola, una casa ligera y elegante, un libro. ¡Bravo! Marília de Dirceu... ¡Está completo! Tityre, tu patulae. Caigo en medio de un idilio. Pastorcilla, ¿dónde está el cayado?

Adelaide se rio a carcajadas.

Tito continúa: –Ríe igual que una pastorcilla alegre. Y tú, Teócrito, ¿qué haces? ¿Dejas correr los días como las aguas del Paraíba? ¡Feliz criatura!

–¡Siempre el mismo! dijo Azevedo.

–¿El mismo loco? ¿Piensa que él tiene razón, señora?

–Sí, si no lo ofendo... –¡Qué va a ofender! Si hasta me honro de ello; soy un loco inofensivo, eso es verdad. Pero es que realmente son felices como pocos. ¿Cuántos meses hace que se casaron?

–Tres meses va a hacer el domingo, respondió Adelaide.

–Dije hace poco que me parecían tres minutos, añadió Azevedo.

Tito miró para ambos y dijo sonriendo: –¡Tres meses, tres minutos! Esta es toda la verdad de la vida. Si los pusieran sobre una parrilla, como a San Lorenzo, cinco minutos serían cinco meses. ¡Y todavía se habla del tiempo! ¡Para allá el tiempo! El tiempo está en nuestras impresiones. ¡Hay meses para los infelices y minutos para los venturosos!

–¡Más que ventura! exclama Azevedo.

–Completa, ¿verdad? ¡Me imagino! Marido de un serafín, en las gracias y en el corazón, no me di cuenta de que estaba aquí... ¡pero no tiene que enrojecer! Esto me lo ha de oír veinte veces al día; lo que pienso, lo digo. ¡Cómo te han de envidiar nuestros amigos!

–No lo sé.

–¡No me extraña! Encerrado en este rincón del mundo, nada puedes saber. Y haces bien. Esto de ser feliz a la vista de todos es repartir la felicidad. Ahora, para respetar el principio, debo irme ya... Diciendo esto, Tito se levantó.

–Olvídalo: quédate con nosotros.

–Los verdaderos amigos también son la felicidad, dijo Adelaide.

–¡Ah!

–Incluso es bueno que aprendas en nuestra escuela la ciencia del matrimonio, agregó Azevedo.

–¿Para qué? preguntó Tito agitando la fusta.

–Para que te cases.

–¡Hum!.. hizo Tito.

–¿No tienes intención? preguntó Adelaide.

–¿Sigues siendo el mismo que antes?

–Exactamente el mismo, respondió Tito.

Adelaide hizo un gesto de curiosidad y preguntó: –¿Te horroriza el matrimonio?

–No tengo vocación, respondió Tito. Es meramente un caso de vocación. El que no la tenga, que no se meta en eso, ya que es perder el tiempo y la tranquilidad. Estoy convencido de ello desde hace mucho tiempo.

–Todavía no te ha llegado la hora.

–No siempre llega, dijo Tito.

–Pero, si recuerdo bien, dijo Azevedo ofreciéndole un cigarro, hubo un tiempo en el que escapaste a las teorías de costumbre: entonces estabas enamorado... –Enamorado, es un error. Hubo un día en el que la Providencia trajo una confirmación a mis instintos solitarios. Se me ocurrió pretender a una señora... —Es cierto, fue un caso muy gracioso.

—¿Cómo fue el asunto? preguntó Adelaide.

—Tito vio a una muchacha en un baile. Al día siguiente se presenta en su casa y, así como así, le pide la mano. Ella responde... ¿qué te respondió?

—Respondió por escrito que yo era un loco y que me olvidara de eso. No dijo exactamente loco, pero lo dio a entender. Debo confesar que semejante respuesta no era la indicada. Me retiré y nunca más amé.

—Pero, ¿en esa ocasión amó? preguntó Adelaide.

—No sé si era amor, respondió Tito, era algo... Pero tenga en cuenta que eso fue hace al menos cinco años. Desde entonces nadie más me hizo latir el corazón.

—Peor para ti.

—¡Lo sé! dijo Tito, encogiéndose de hombros. Si bien no tengo los placeres íntimos del amor, tampoco tengo los sinsabores ni los desengaños. ¡También es una gran suerte!

—En el verdadero amor no hay nada de eso, dijo la mujer de Azevedo con seriedad.

—¿No lo hay? Dejemos el tema; podía hacer un discurso al respecto, pero prefiero... —Quedarse con nosotros, cortó Azevedo. Ya se sabe.

—No tengo esa intención.

—Pero yo tengo. Tienes que quedarte.

—Pero ya ordené al criado coger alojamiento en el Hotel de Bragança... —Pues da la orden contraria. Quédate conmigo.

—Insisto en no perturbar tu paz.

—Deja eso.

—¡Quédate! dijo Adelaide.

—Me quedaré.

—Y mañana, continuó Adelaide, después de haber descansado, ha de decirnos cuál es el secreto de la exención de la que tanto presume.

—No hay secreto, dijo Tito. Lo que hay es esto. Entre un amor que se ofrece y... una partida al tresillo, no dudo, me lanzo al tresillo. A propósito Ernesto, ¿sabes que encontré en Chile a un famoso compañero de tresillo? Hizo la casca más temeraria que he visto... ¿sabe qué es una casca, señora?

–No, respondió Adelaide.

–Pues se lo explico.

Azevedo miró para afuera y dijo: –Ahí llega Doña Emilia.

En efecto en la puerta del jardín estaba una señora dando el brazo a un viejo de cincuenta años.

Doña Emilia era una chica a la que se puede llamar una bella mujer; era alta de estatura y altiva de carácter. El amor que pudiera infundir sería por imposición. Por sus modales y sus gracias inspiraba un no sé qué de reina que daban ganas de llevarla a un trono.

Vestía con elegancia y sencillez. Tenía esa elegancia natural que es otra elegancia distinta de la elegancia de los adornos, a propósito de la cual ya tuve ocasión de escribir esta máxima: "Que hay personas elegantes y personas adornadas".

Ojos negros y rasgados, llenos de luz y de grandeza, cabellos castaños abundantes, nariz recta como la de Safo, boca roja y pequeña, tez de seda, cuello y brazos como los de las estatuas, tales eran los rasgos de la belleza de Emília.

En cuanto al viejo al que le daba el brazo, era, como dije, un hombre de cincuenta años. Era lo que se diría simple y grosero, –un viejo gaitero. Pintado, encorsetado, se veía en él como una ruina del pasado reconstruida por manos modernas, de modo que tenía ese aspecto bastardo que no es ni la austeridad de la vejez, ni la frescura de la juventud. No cabía duda de que el viejo debía haber sido un guapo muchacho en sus tiempos; pero en la actualidad, si había hecho algunas conquistas, solo podía contentarse con su recuerdo.

Cuando Emília entró en el jardín todos se encontraban de pie. La recién llegada estrechó la mano de Azevedo y fue a besar a Adelaide. Iba a sentarse en la silla que Azevedo le había ofrecido cuando se fijó en Tito que se encontraba a un lado.

Los dos se saludaron, pero con diferente ademán. Tito parecía tranquilo y fríamente cortés; pero Emília, después de saludarlo, conservó la mirada fija en él, como evocando un recuerdo del pasado.

Realizadas las presentaciones oportunas y a Diogo Franco (es el nombre del viejo bracero), todos tomaron asiento.

La primera que habló fue Emília: —Tampoco hoy hubiera venido si no fuese por la insistencia del Sr. Diogo.

Adelaide miró al viejo y dijo: —El Sr. Diogo es una maravilla.

Diogo se puso ufano y murmuró con cierto tono de modestia: —No tanto, no tanto.

—Lo es, lo es, dijo Emília. Tal vez no sea una, sino dos maravillas. ¡Ah! ¿Sabes que me va a hacer un regalo?

—¡Un regalo! exclamó Azevedo.

—Es cierto, prosiguió Emília, un regalo que mandó traer de Europa y más allá de los confines; recuerdos de sus viajes de adolescente... Diogo se encontraba radiante.

—Es una insignificancia, dijo mirando con ternura hacia Emília.

—Pero, ¿qué es? preguntó Adelaide.

—Es... ¿lo adivinan? ¡Es un oso blanco!

—¡Un oso blanco!

—¿De verdad?

—Está por llegar, pero solo hoy me ha dado noticias de él. ¡Que amable recuerdo!

—¡Un oso! exclamó todavía Azevedo.

Tito se inclinó al oído de su amigo y dijo en voz baja: —Con él hacen dos.

Diogo jubiloso por el efecto que causaba la noticia del regalo, pero engañado en el carácter de ese efecto dijo: —No vale la pena. Es un oso que hice venir; es cierto que lo pedí de los más hermosos. No saben lo que es un oso blanco. Imaginen que es todo blanco.

—¡Ah! dijo Tito.

—¡Es un animal admirable! replicó Diogo.

—Supongo que sí, dijo Tito. Ahora imagínate qué no será un oso blanco que es todo blanco. ¿Qué hace este sujeto? le pregunto enseguida a Azevedo.

—Enamora a Emília; tiene cincuenta cuentos.

—¿Y ella?

—No le hace caso.

—¿Dice ella?

—Y es verdad.

Mientras ambos intercambiaban estas palabras, Diogo jugueteaba con las agujas del reloj y las dos señoras charlaban. Tras las últimas palabras entre Azevedo y Tito, Emília se volvió hacia el marido de Adelaide y preguntó: —¿Se da esto, Sr. Azevedo? Entonces, ¿se festeja un cumpleaños en esta casa y no me invitan?

—Pero, ¿y la lluvia? dijo Adelaide.

—¡Ingrata! Bien sabes que no importa la lluvia en estos casos.

—Genial, agregó Azevedo, entonces se festeja con capucha.

—Sea como sea, yo soy de la casa.

—Es que la luna de miel continúa a pesar de los cinco meses, dijo Tito.

—Ahí vienes con tus epigramas, dijo Azevedo.

—¡Ah! ¡Eso es malo, Sr. Tito!

—¿Tito? le preguntó Emília a Adelaide en voz baja.

—Sí.

—Doña Emília aún no sabe quién es nuestro amigo Tito, dijo Azevedo. Incluso tengo miedo de decirlo.

—¿Entonces es muy feo lo que tienes que decir?

—Tal vez, dijo Tito con indiferencia.

—¡Muy feo! exclamó Adelaide.

—¿Qué es, entonces? preguntó Emília.

—Es un hombre incapaz de amar, continuó Adelaide. No puede haber mayor indiferencia hacia el amor... Resumiendo, en lugar de un amor, prefiere... ¿qué? un tresillo.

—¿Te ha dicho eso? preguntó Emília.

—Y lo repito, dijo Tito. Pero entiéndalo bien, no es por ellas, es por mí. Creo que todas las mujeres son dignas de mi adoración, pero es que yo estoy hecho de tal manera que nada les puedo conceder más que una desinteresada estima.

—Emília miró al muchacho y dijo: —Si no es vanidad, es enfermedad.

—Me ha de perdonar, pero creo que no es enfermedad ni vanidad. Es la naturaleza: unos aborrecen las naranjas, otros aborrecen los amores: ahora, si el aborrecimiento viene a causa de la cáscara, no lo sé; lo que es cierto es que es así.

–¡Es hiriente! dijo Emília mirando para Adelaide.

–¿Hiriente, yo? dijo Tito levantándose. Soy una seda, una dama, un milagro de blandura... De verdad me duele no poder estar en la línea amorosa de otros hombres, y no ser, como todos, propenso a recibir las impresiones amorosas, pero ¿qué voy a hacer? la culpa no es mía.

–Bueno, dijo Azevedo, ya te cambiará el tiempo.

–¿Pero cuándo? Tengo veintinueve años cumplidos.

–¿Ya veintinueve? preguntó Emília.

–Los cumplí por Pascua.

–No parece.

–Me mira con buenos ojos.

La conversación siguió de este modo, hasta que se anunció la cena. Emília y Diogo habían cenado, se quedaron sólo para hacer compañía al matrimonio Azevedo y a Tito, que dijo desde el principio que se moría de hambre.

La conversación durante la cena trató de cosas indiferentes.

Cuando se servía el café apareció en la puerta un criado del hotel en que moraba Diogo; traía una carta para éste, con una indicación en el sobre de que era urgente. Diogo recibió la carta, la leyó y pareció cambiar de color. Todavía continuó tomando parte en la conversación general. Esa circunstancia, sin embargo, dio lugar a que Adelaide preguntase a Emília: –¿cuándo te dejará este eterno enamorado?

–¡Qué se yo! respondió Emilia. Pero, a fin de cuentas, no es mala persona. Tiene esa manía de decirme al final de todas las semanas que nutre por mí una ardiente pasión.

–En fin, no pasa de una declaración semanal... –No pasa. Tiene la ventaja de ser un bracero infalible para la calle y un organillero menos malo dentro de casa. Ya me ha contado unas cincuenta veces los avatares amorosos en los que se encontró. Todo su deseo es acompañarme en un viaje por la vuelta al mundo. Cuando me habla de esto, si es de noche, y es casi siempre de noche, ordeno traer el té, excelente medio de aplacarle los ardores amorosos. Le gusta mucho el té. ¡Le gusta tanto como yo! ¿Pero la del oso blanco? ¿Y si realmente mandó traer un oso?

—Lo acepta.

—¿Y luego tengo que alimentar a un oso? ¡Era lo único que me faltaba!

Adelaide sonrió y dijo: —Me parece que te acabas de apasionar... —¿Por quién? ¿Por el oso?

–No, por Diogo.

En este momento se encontraban las dos cerca de una ventana. Tito conversaba en el sofá con Azevedo. Diogo reflexionaba profundamente, tendido en una butaca.

Emília tenía los ojos en Tito. Después de un silencio, le dijo a Adelaide: –¿Qué opinas del amigo de tu marido? Parece un presumido. ¡Nunca se enamoró! ¿Se puede creer?

–Tal vez sea verdad.

–No lo creo. ¡Pareces una niña! Dice eso de boca para afuera... –Es verdad que no lo conozco mucho... –En cuanto a mí, me parece que esa cara no me es extraña... ¡pero no me acuerdo!

–Parece ser sincero... pero decir eso ya es atrevimiento.

–Está claro... –¿De qué te ríes?

–Me recuerda a uno del mismo tipo, dijo Emília. Fue ya hace tiempo. Se estaba jactando siempre de su desdén. Decía que todas las mujeres eran para él jarrones chinos: las admiraba y nada más. ¡Pobre! Cayó en menos de un mes. Adelaide, lo vi besarme la punta de los zapatos... después de que lo desprecié.

–¿Qué hiciste?

–¡Ah! no sé lo que hice. Santa Astucia fue quien obró el milagro. Vengué el sexo y abatí a un orgulloso.

–¡Bien hecho!

–No era menos que este. Pero hablemos de cosas serias... Recibí las revistas francesas de moda... –¿Qué hay de nuevo?

–Muchas cosas. Mañana te las mandaré. Fíjate en un nuevo corte de las mangas. Es lindísimo. Ya mandé encargos a la capital. En artículos de paseo hay muchos y de lo mejor.

–A mi casi es inútil que me los mandes.

–¿Por qué?

–Casi nunca salgo de casa.

–¡Al menos vendrás a cenar conmigo el día de año nuevo!

–¡Oh! ¡segurísimo!

—Pues vas... ¡Ah! ¿irá el hombre? ¿El señor Tito?

—Si estuviese aquí... y quisieras... —Pues que vaya, no hace daño... sabré contenerlo... Creo que no será siempre tan... incivil. ¡No sé cómo puedes estar con esa sangre fría! ¡A mí me pone mal de los nervios!

—Me resulta indiferente.

—Pero la ofensa al sexo... ¿no te indigna?

—Poco.

—Es feliz.

—¿Qué quieres que haga yo con un hombre que dice eso? Si no estuviera casada es posible que me indignara más. Si fuera libre es probable que le hiciese lo que hiciste al otro. Pero no puedo estar pendiente de esas cosas... —¿Ni escuchando la preferencia del tresillo? ¡Ponernos por debajo de la dama de copas! ¡Es la forma cómo lo dice! ¡Qué calma, qué indiferencia!

–¡Es malo! ¡Es malo!

–Merecía un castigo... –Lo merecía. ¿Quieres castigarlo tú?

Emília hizo un gesto de desdén y dijo: –No merece la pena.

–Pero castigaste al otro.

–Sí... pero no merece la pena.

–¡Hipócrita!

–¿Por qué dices eso?

–Porque ya te veo medio tentada a una nueva venganza... –¿Yo? ¡Quién si no!

–¿Qué te pasa? No es un crimen... –No lo es, seguro; pero... veremos.

–¡Ah! ¿serás capaz?

–¿Capaz? dijo Emília con un gesto de orgullo ofendido.

–¿Ha de besarte la punta del zapato?

Emília quedó en silencio por algunos momentos; después señalando con el abanico al botín que calzaba en el pie, dijo: –Y han de ser estos.

Emília y Adelaide se dirigieron para el lado en que se encontraban los hombres. Tito, que parecía conversar íntimamente con Azevedo, interrumpió la conversación para prestar atención a las señoras. Diogo continuaba sumergido en su meditación.

–¿Entonces qué es eso, Sr. Diogo? preguntó Tito. ¿Está meditando?

–¡Ah! ¡perdón, estaba distraído!

–¡Pobre! dijo Tito por lo bajo a Azevedo.

Después, volviéndose para las señoras: –¿No les molesta el puro?

–No señor, dijo Emília.

–¿Entonces, puedo continuar fumando?

–Sí, dijo Adelaide.

–Es un mal vicio, pero es mi único vicio. Cuando fumo parece que aspiro la eternidad. Me elevo todo y cambio de ser. ¡Divina invención!

–Dicen que es excelente para los disgustos amorosos, dijo Emília con intención.

–Eso no lo sé. Pero no es solo esto. Después de la invención de fumar no hay soledad posible. Es la mejor compañía de este mundo. Además, el puro es un verdadero Memento homo; conviertiéndose poco a poco en cenizas, va recordando al hombre el final real e infalible de todas las cosas: es el aviso filosófico y la sentencia fúnebre que nos acompaña a todas partes. Ya es un gran progreso... Pero estoy aburriendo con una disertación tan pesada. Deben disculparme... que fue por descuido. Bueno, a decir verdad, ya voy desconfiando; usted mira con unos ojos tan singulares... Emília, a quien iba dirigida la palabra, respondió: –No sé si son singulares, pero son los míos.

–Pienso que no son los de costumbre. Tal vez esté usted diciendo para sí que yo soy extraño, singular,... –Vanidoso, es verdad.

–Séptimo mandamiento: no levantar falsos testimonios.

–Falsos, dice el mandamiento.

–¿No me dirá que yo soy vanidoso?

–¡Ah! a eso no respondo.

–¿Por qué no quiere?

–Porque... no sé. Es algo que se siente, pero que no se puede mostrar. Irradia vanidad en todo: en el mirar, en las palabras, los gestos.. pero no se atina con el verdadero origen de semejante enfermedad.

–Es una pena. Me complacía mucho oír de su boca el dignóstico de mi enfermedad. En compensación puede oír de la mía el diagnóstico de la suya... Su enfermedad es... ¿Lo digo?

–Puede decirlo.

–Es despecho.

–¿De verdad?

–Veamos eso, dijo Azevedo riéndose.

Tito continuó: –Despecho por lo que dije hace poco.

–¡Puro engaño! dijo Emília riéndose.

–Lo es con toda seguridad. Pero es todo gratuito. Yo no tengo la culpa de nada. La naturaleza es la que me hizo así.

–¿Solo la naturaleza?

–Pude ser analizado. Ahora voy a exponerle mis razones. Vea si puedo amar o pretender: primero, no soy atractivo... –¡Oh!... dijo Emília.

–Le agradezco la protesta, pero sigo de la misma opinión: no soy atractivo, no lo soy... –¡Oh!... dijo Adelaide.

–Segundo: no soy curioso, y el amor, si lo reducimos a sus verdaderas proporciones, no pasa de ser curiosidad; tercero: no soy paciente, y en las conquistas amorosas la paciencia es la virtud principal; cuarto, finalmente: no soy idiota, porque, si con todos estos defectos pretendiese amar, mostraría la mayor falta de razón. Esto es lo que yo soy por naturaleza y por industria.

–Emília, parece que es sincero.

–¿Tú crees?

–Sincero como la verdad, dijo Tito.

–En último caso, sea o no sea sincero, ¿qué tengo yo que ver con eso?

–Yo creo que nada, dijo Tito.
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Era em Petrópolis, no ano de 186... Já se vê que a minha história não data de longe.
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É tomada dos anais contemporâneos e dos costumes atuais.
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Talvez algum dos leitores conheça até as personagens que vão figurar neste pequeno quadro.
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cá vi uma história em que se falou de ti.
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Não te tratou mal o autor.
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Feliz Azevedo!
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A hora em que começa essa narrativa é ele um marido feliz, inteiramente feliz.
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Deu-lhe a fortuna um emprego suave: não fazer nada.
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Não é um diploma, é uma relíquia.
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unit 16
No fim de alguns meses o pai consentiu na viagem, e Azevedo preparou-se para realizá-la.
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unit 18
Azevedo foi a um baile antes de partir; aí estava armada uma rede em que ele devia ser colhido.
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unit 19
Que rede!
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Que casa encerraria aquele casal tão belo, tão amante e tão feliz?
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unit 24
A nossa história começa exatamente três meses depois da ida para Petrópolis.
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Azevedo e a mulher amavam-se ainda como no primeiro dia.
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O amor tomava então uma força maior e nova; é que... devo dizê-lo, ó casais de três meses?
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unit 27
é que apontava no horizonte o primeiro filho.
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unit 28
Também a terra e o céu se alegram quando aponta no horizonte o primeiro raio do sol.
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unit 32
No fim de algum tempo Azevedo deteve-se e perguntou: — Queres que paremos aqui?
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unit 33
— Como quiseres, disse Adelaide.
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unit 34
— É melhor, disse Azevedo fechando o livro.
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As coisas boas não se gozam de uma assentada.
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unit 36
Guardemos um pouco para a noite.
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Demais, era já tempo que eu passasse do idílio escrito para o idílio vivo.
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unit 38
Deixa-me olhar para ti.
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unit 39
Adelaide olhou para ele e disse: — Parece que começamos a lua-de-mel.
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unit 40
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Ora, pelo amor de Deus!
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unit 43
Eu penso que o casamento deve ser um namoro eterno.
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unit 44
Não pensas como eu?
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unit 45
— Sinto, disse Adelaide.
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unit 46
— Sentes, é quanto basta.
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unit 47
— Mas que as mulheres sintam é natural; os homens... — Os homens, são homens.
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— O que nas mulheres é sentimento, nos homens é pieguice; desde pequena me dizem isto.
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unit 49
— Enganam- te desde pequena, disse Azevedo rindo.
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unit 50
— Antes isso!
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unit 51
— É a verdade.
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unit 52
E desconfia sempre dos que mais falam, sejam homens ou mulheres.
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unit 53
Tens perto um exemplo.
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unit 54
A Emília fala muito da sua isenção.
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unit 55
Quantas vezes se casou?
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unit 56
Até aqui duas, e está nos vinte e cinco anos.
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unit 57
Era melhor calar-se mais e casar-se menos.
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unit 58
— Mas nela é brincadeira, disse Adelaide.
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unit 59
— Pois não.
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unit 61
exclamou Adelaide.
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unit 62
— Como foge o tempo!
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unit 63
disse Azevedo.
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unit 64
— Dirás sempre o mesmo?
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unit 65
perguntou Adelaide com um gesto de incredulidade.
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unit 66
Azevedo abraçou-a e perguntou: — Duvidas?
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unit 67
— Receio.
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unit 68
É tão bom ser feliz!
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unit 69
— Sê-lo-ás sempre e do mesmo modo.
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unit 70
De outro não entendo eu.
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unit 71
Neste momento ouviram os dois uma voz que partia da porta do jardim.
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unit 72
— O que é que não entendes?
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unit 73
dizia essa voz.
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unit 74
Olharam.
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unit 76
Azevedo pareceu ao princípio não conhecê-lo.
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unit 77
Adelaide olhava para um e para outro sem compreender nada.
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unit 78
Tudo isto, porém, não passou de um minuto; no fim dele Azevedo exclamou: — É o Tito!
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unit 79
Entra, Tito!
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unit 80
Tito entrou galhardamente no jardim; abraçou Azevedo e fez um cumprimento gracioso a Adelaide.
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unit 81
— É minha mulher, disse Azevedo apresentando Adelaide ao recém-chegado.
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unit 82
— Já o suspeitava, respondeu Tito; e aproveito a ocasião para dar-te os meus parabéns.
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unit 83
— Recebeste a nossa carta de participação?
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unit 84
— Em Valparaíso.
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unit 85
— Anda sentar-te e conta-me a tua viagem.
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— Isso é longo, disse Tito sentando-se.
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unit 87
O que te posso contar é que desembarquei ontem no Rio.
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unit 88
Tratei de indagar a tua morada.
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unit 89
Disseram-me que estavas temporariamente em Petrópolis.
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Descansei, mas logo hoje tomei a barca da Prainha e aqui estou.
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unit 92
Com efeito, isto é verdadeiramente uma nesga do paraíso.
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unit 93
Jardim, caramanchões, uma casa leve e elegante, um livro.
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unit 94
Bravo!
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Marília de Dirceu... É completo!
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Tityre, tu patulae.
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Caio no meio de um idílio.
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unit 98
Pastorinha, onde está o cajado?
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unit 99
Adelaide ri às gargalhadas.
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unit 100
Tito continua: — Ri mesmo como uma pastorinha alegre.
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unit 101
E tu, Teócrito, que fazes?
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unit 102
Deixas correr os dias como as águas do Paraíba?
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unit 103
Feliz criatura!
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unit 104
— Sempre o mesmo!
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unit 105
disse Azevedo.
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unit 106
— O mesmo doido?
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unit 107
Acha que ele tem razão, minha senhora?
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unit 108
— Acho, se o não ofendo... — Qual ofender!
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unit 109
Se eu até me honro com isso; sou um doido inofensivo, isso é verdade.
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unit 110
Mas é que realmente são felizes como poucos.
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unit 111
Há quantos meses se casaram?
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unit 112
— Três meses faz domingo, respondeu Adelaide.
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unit 113
— Disse há pouco que me pareciam três minutos, acrescentou Azevedo.
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unit 114
Tito olhou para ambos e disse sorrindo: — Três meses, três minutos!
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unit 115
Eis toda a verdade da vida.
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unit 116
Se os pusessem sobre uma grelha, como São Lourenço, cinco minutos eram cinco meses.
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unit 117
E ainda se fala em tempo!
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Há lá tempo!
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unit 119
O tempo está nas nossas impressões.
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unit 120
Há meses para os infelizes e minutos para os venturosos!
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unit 121
— Mas que ventura!
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unit 122
exclama Azevedo.
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unit 123
— Completa, não?
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unit 124
Imagino!
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unit 126
Disto me há de ouvir vinte vezes por dia; o que penso, digo.
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unit 127
Como não te hão de invejar os nossos amigos!
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— Isso não sei.
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unit 129
— Pudera!
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unit 130
Encafuado neste desvão do mundo, de nada podes saber.
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unit 131
E fazes bem.
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unit 132
Isto de ser feliz à vista de todos é repartir a felicidade.
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unit 133
Ora, para respeitar o princípio devo ir-me já embora... Dizendo isto, Tito levantou-se.
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unit 134
— Deixa-te disso: fica conosco.
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unit 135
— Os verdadeiros amigos também são a felicidade, disse Adelaide.
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unit 136
— Ah!
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unit 137
— É até bom que aprendas em nossa escola a ciência do casamento, acrescentou Azevedo.
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unit 138
— Para quê?
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unit 139
perguntou Tito meneando o chicotinho.
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unit 140
— Para te casares.
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unit 141
— Hum!...
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unit 142
fez Tito.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 143
— Não pretende?
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unit 144
perguntou Adelaide.
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unit 145
— Estás ainda o mesmo que em outro tempo?
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unit 146
— O mesmíssimo, respondeu Tito.
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unit 147
Adelaide fez um gesto de curiosidade e perguntou: — Tem horror ao casamento?
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unit 148
— Não tenho vocação, respondeu Tito.
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unit 149
É puramente um caso de vocação.
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unit 150
Quem a não tiver não se meta nisso, que é perder o tempo e o sossego.
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unit 151
Desde muito tempo estou convencido disto.
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unit 152
— Ainda te não bateu a hora.
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unit 153
— Nem bate, disse Tito.
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unit 155
Houve um dia em que a Providência trouxe uma confirmação aos meus instintos solitários.
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unit 156
Meti-me a pretender uma senhora... — É verdade: foi um caso engraçado.
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— Como foi o caso?
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perguntou Adelaide.
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— O Tito viu em um baile uma rapariga.
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unit 160
No dia seguinte apresenta-se em casa dela, e, sem mais nem menos, pede-lhe a mão.
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unit 161
Ela responde... que te respondeu?
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unit 162
— Respondeu por escrito que eu era um tolo e me deixasse daquilo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 163
Não disse positivamente tolo, mas vinha a dar na mesma.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 164
É preciso confessar que semelhante resposta não era própria.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 165
Voltei atrás e nunca mais amei.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 166
— Mas amou naquela ocasião?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 167
perguntou Adelaide.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 168
unit 169
Daí para cá ninguém mais me fez bater o coração.
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unit 170
— Pior para ti.
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— Eu sei!
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unit 172
disse Tito levantando os ombros.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 173
Se não tenho os gozos íntimos do amor, não tenho nem os dissabores, nem os desenganos.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 174
É já uma grande fortuna!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 175
— No verdadeiro amor não há nada disso, disse sentenciosamente a mulher de Azevedo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 176
— Não há?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 178
Está sabido.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 179
— Não tenho essa intenção.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 180
— Mas tenho eu.
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unit 181
Hás de ficar.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 182
unit 183
Fica comigo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 184
— Insisto em não perturbar a tua paz.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 185
— Deixa-te disso.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 186
— Fique!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 187
disse Adelaide.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 188
— Ficarei.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 190
— Não há segredo, disse Tito.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 191
O que há é isto.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 192
Entre um amor que se oferece e... uma partida de voltarete, não hesito, atiro-me ao voltarete.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 193
A propósito, Ernesto, sabes que encontrei no Chile um famoso parceiro de voltarete?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 194
Fez a casca mais temerária que tenho visto... sabe o que é uma casca, minha senhora?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 195
— Não, respondeu Adelaide.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 196
— Pois eu lhe explico.
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unit 197
Azevedo olhou para fora e disse: — Aí chega a D. Emília.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 198
Com efeito à porta do jardim parava uma senhora dando o braço a um velho de cinqüenta anos.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 199
unit 200
O amor que pudesse infundir seria por imposição.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 202
Trajava com elegância e simplicidade.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 205
Quanto ao velho que lhe dava o braço, era, como disse, um homem de cinqüenta anos.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 206
Era o que se chama em português chão e rude, - um velho gaiteiro.
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unit 209
Quando Emília entrou no jardim todos se achavam de pé.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 210
A recém-chegada apertou a mão a Azevedo e foi beijar Adelaide.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 211
Ia sentar-se na cadeira que Azevedo lhe oferecera quando reparou em Tito que se achava a um lado.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 212
Os dois cumprimentaram-se, mas com ar diferente.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 215
unit 216
Adelaide olhou para o velho e disse: — O Sr. Diogo é uma maravilha.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 217
Diogo empertigou-se e murmurou com certo tom de modéstia: — Nem tanto, nem tanto.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 218
— É, é, disse Emília.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 219
Não é talvez uma, porém duas maravilhas.
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unit 220
Ah!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 221
sabes que me vai fazer um presente?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 222
— Um presente!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 223
exclamou Azevedo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 225
— É uma insignificância, disse ele olhando ternamente para Emília.
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unit 226
— Mas o que é?
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unit 227
perguntou Adelaide.
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unit 228
— É... adivinhem?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 229
É um urso branco!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 230
— Um urso branco!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 231
— Deveras?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 232
— Está para chegar, mas só ontem é que me deu notícia dele.
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unit 233
Que amável lembrança!
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unit 234
— Um urso!
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unit 235
exclamou ainda Azevedo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 236
Tito inclinou-se ao ouvido do amigo, e disse em voz baixa: — Com ele fazem dois.
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unit 238
É um urso que eu mandei vir; é verdade que eu pedi dos mais belos.
3 Translations, 4 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 239
Não sabem o que é um urso branco.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 240
Imaginem que é todo branco.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 241
— Ah!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 242
disse Tito.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 243
— É um animal admirável!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 244
tornou Diogo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 245
— Acho que sim, disse Tito.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 246
Ora imagina tu o que não será um urso branco que é todo branco.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 247
Que faz este sujeito?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 248
perguntou ele em seguida a Azevedo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 249
— Namora a Emília; tem cinqüenta contos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 250
— E ela?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 251
— Não faz caso dele.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 252
— Diz ela?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 253
— E é verdade.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 256
Então faz-se anos nesta casa e não me convidam?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 257
— Mas a chuva?
2 Translations, 4 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 258
disse Adelaide.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 259
— Ingrata!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 260
Bem sabes que não há chuva em casos tais.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 261
— Demais, acrescentou Azevedo, fez-se a festa tão à capucha.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 262
— Fosse como fosse, eu sou de casa.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 263
— É que a lua-de-mel continua apesar de cinco meses, disse Tito.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 264
— Aí vens tu com os teus epigramas, disse Azevedo.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 265
— Ah!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 266
isso é mau, Sr. Tito!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 267
— Tito?
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perguntou Emília a Adelaide em voz baixa.
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— Sim.
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— D. Emília não sabe ainda quem é o nosso amigo Tito, disse Azevedo.
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Eu até tenho medo de dizê-lo.
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— Então é muito feio o que tem para dizer?
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— Talvez, disse Tito com indiferença.
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— Muito feio!
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exclamou Adelaide.
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— O que é então?
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perguntou Emília.
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— É um homem incapaz de amar, continuou Adelaide.
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Não pode haver maior indiferença para o amor... Em resumo, prefere a um amor... o quê?
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um voltarete.
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— Disse-te isso?
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perguntou Emília.
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— E repito, disse Tito.
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Mas note bem, não por elas, é por mim.
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Emília olhou para o moço e disse: — Se não é vaidade, é doença.
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— Há de me perdoar, mas eu creio que não é doença, nem vaidade.
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— É ferino!
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disse Emília olhando para Adelaide.
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— Ferino, eu?
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disse Tito levantando-se.
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a culpa não é minha.
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— Anda lá, disse Azevedo, o tempo te há de mudar.
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— Mas quando?
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Tenho vinte e nove anos feitos.
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— Já vinte e nove?
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perguntou Emília.
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— Completei-os pela Páscoa.
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— Não parece.
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unit 302
— São os seus bons olhos.
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unit 303
A conversa continuou por este modo, até que se anunciou o jantar.
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A conversa durante o jantar versou sobre coisas indiferentes.
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Diogo recebeu a carta, leu-a e pareceu mudar de cor.
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Todavia continuou a tomar parte na conversa geral.
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— Eu sei cá!
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respondeu Emília.
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unit 312
Mas afinal de contas, não é mau homem.
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Tem aquela mania de me dizer no fim de todas as semanas que nutre por mim uma ardente paixão.
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unit 314
— Enfim, se não passa de declaração semanal... — Não passa.
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Tem a vantagem de ser um braceiro infalível para a rua e um realejo menos mau dentro de casa.
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Já me contou umas cinqüenta vezes as batalhas amorosas em que entrou.
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unit 317
Todo o seu desejo é acompanhar-me a uma viagem à roda do globo.
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unit 319
Gosta do chá que se pela.
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Gosta tanto como de mim!
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unit 321
Mas aquela do urso branco?
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unit 322
E se realmente mandou vir um urso?
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unit 323
— Aceita.
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unit 324
— Pois eu hei de sustentar um urso?
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unit 325
Não me faltava mais nada!
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Adelaide sorriu-se e disse: — Quer me parecer que acabas por te apaixonar... — Por quem?
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Pelo urso?
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— Não, pelo Diogo.
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Neste momento achavam-se as duas perto de uma janela.
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unit 330
Tito conversava no sofá com Azevedo.
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unit 331
Diogo refletia profundamente, estendido numa poltrona.
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unit 332
Emília tinha os olhos em Tito.
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Depois de um silêncio, disse ela para Adelaide: — Que achas ao tal amigo do teu marido?
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Parece um presumido.
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Nunca se apaixonou!
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É crível?
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— Talvez seja verdade.
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— Não acredito.
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Pareces criança!
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— Parece ser sincero... mas dizer aquilo é já atrevimento.
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— Está claro... — De que te ris?
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— Lembra-me um do mesmo gênero que este, disse Emília.
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Foi já há tempos.
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Andava sempre a gabar-se da sua isenção.
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unit 346
Dizia que todas as mulheres eram para ele vasos da China: admirava-as e nada mais.
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Coitado!
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unit 348
Caiu em menos de um mês.
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Adelaide, vi-o beijar-me a ponta dos sapatos... depois do que desprezei-o.
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— Que fizeste?
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— Ah!
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não sei o que fiz.
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Santa Astúcia foi quem operou o milagre.
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Vinguei o sexo e abati um orgulhoso.
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— Bem feito!
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— Não era menos do que este.
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Mas falemos de coisas sérias... Recebi as folhas francesas de modas... — Que há de novo?
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— Muita coisa.
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Amanhã tas mandarei.
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unit 360
Repara em um novo corte de mangas.
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unit 361
É lindíssimo.
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unit 362
Já mandei encomendas para a corte.
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unit 363
Em artigos de passeios há fartura e do melhor.
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unit 364
— Para mim quase que é inútil mandar.
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— Por quê?
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unit 366
— Quase nunca saio de casa.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 367
— Nem ao menos irás jantar comigo no dia de ano-bom!
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— Oh!
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com toda a certeza!
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unit 370
— Pois vai... Ah!
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unit 371
irá o homem?
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unit 372
O Sr. Tito?
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unit 374
Nem sei como podes ficar com esse sangue-frio!
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unit 375
A mim faz-me mal aos nervos!
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— É-me indiferente.
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— Mas a injúria ao sexo... não te indigna?
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— Pouco.
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— És feliz.
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— Que queres que eu faça a um homem que diz aquilo?
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Se não fosse casada era possível que me indignasse mais.
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Se fosse livre era provável que lhe fizesse o que fizeste ao outro.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 383
Mas eu não posso cuidar dessas coisas... — Nem ouvindo a preferência do voltarete?
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Pôr-nos abaixo da dama de copas!
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E o ar com que ele diz aquilo!
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Que calma, que indiferença!
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— É mau!
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é mau!
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— Merecia castigo... — Merecia.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
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Queres tu castigá-lo?
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Emília fez um gesto de desdém e disse: — Não vale a pena.
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unit 392
— Mas tu castigaste o outro.
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— Sim... mas não vale a pena.
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— Dissimulada!
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— Por que dizes isso?
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unit 396
— Porque já te vejo meio tentada a uma nova vingança... — Eu?
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unit 397
Ora qual!
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 398
— Que tem?
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unit 399
Não é crime... — Não é, decerto; mas... veremos.
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unit 400
— Ah!
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unit 401
serás capaz?
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unit 402
— Capaz?
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disse Emília com um gesto de orgulho ofendido.
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unit 404
— Beijar-te-á ele a ponta do sapato?
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unit 406
Emília e Adelaide se dirigiram para o lado em que se achavam os homens.
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unit 408
Diogo continuava mergulhado na sua meditação.
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unit 409
— Então o que é isso, Sr. Diogo?
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unit 410
perguntou Tito.
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unit 411
Está meditando?
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— Ah!
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perdão, estava distraído!
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unit 414
— Coitado!
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disse Tito baixo a Azevedo.
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Depois, voltando-se para as senhoras: — Não as incomoda o charuto?
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— Não senhor, disse Emília.
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unit 418
— Então, posso continuar a fumar?
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unit 419
— Pode, disse Adelaide.
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unit 420
— É um mau vício, mas é o meu único vício.
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unit 421
Quando fumo parece que aspiro a eternidade.
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unit 422
Enlevo-me todo e mudo de ser.
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unit 423
Divina invenção!
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unit 424
— Dizem que é excelente para os desgostos amorosos, disse Emília com intenção.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
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— Isso não sei.
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unit 426
Mas não é só isto.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 427
Depois da invenção do fumo não há solidão possível.
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unit 428
É a melhor companhia deste mundo.
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unit 430
Já é um grande progresso... Mas estou eu a aborrecer com uma dissertação tão pesada.
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unit 431
Hão de desculpar... que foi descuido.
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unit 433
— Penso que não são os do costume.
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unit 435
— Sétimo mandamento: não levantar falsos testemunhos.
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unit 436
— Falsos, diz o mandamento.
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— Não me dirá em que sou eu vaidoso?
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unit 438
— Ah!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 439
a isso não respondo eu.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 440
— Por que não quer?
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 441
— Porque... não sei.
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unit 442
É uma coisa que se sente, mas que se não pode descobrir.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 444
— É pena.
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unit 445
Eu tinha grande prazer em ouvir da sua boca o diagnóstico da minha doença.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 446
Em compensação pode ouvir da minha o diagnóstico da sua... A sua doença é... Digo?
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unit 447
— Pode dizer.
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unit 448
— É um despeitozinho.
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unit 449
— Deveras?
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unit 450
— Vamos ver isso, disse Azevedo rindo-se.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 451
Tito continuou: — Despeito pelo que eu disse há pouco.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 452
— Puro engano!
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 453
disse Emília rindo-se.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 454
— É com toda a certeza.
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unit 455
Mas é tudo gratuito.
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unit 456
Eu não tenho culpa de coisa alguma.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 457
A natureza é que me fez assim.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 458
— Só a natureza?
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unit 459
— E um tanto de estudo.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 460
Ora vou expor-lhe as minhas razões.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 461
Veja se posso amar ou pretender: primeiro, não sou bonito... — Oh!...
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unit 462
disse Emília.
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unit 463
— Agradeço o protesto, mas continuo na mesma opinião: não sou bonito, não sou... — Oh!...
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 464
disse Adelaide.
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unit 466
Aqui está o que eu sou por natural e por indústria.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 467
— Emília, parece que é sincero.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 468
— Acreditas?
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unit 469
— Sincero como a verdade, disse Tito.
1 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 470
— Em último caso, seja ou não seja sincero, que tenho eu com isso?
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— Eu creio que nada, disse Tito.
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Era em Petrópolis, no ano de 186... Já se vê que a minha história não data de longe. É tomada dos anais contemporâneos e dos costumes atuais. Talvez algum dos leitores conheça até as personagens que vão figurar neste pequeno quadro. Não será raro que, encontrando uma delas amanhã, Azevedo, por exemplo, um dos meus leitores exclame:

— Ah! cá vi uma história em que se falou de ti. Não te tratou mal o autor. Mas a semelhança era tamanha, houve tão pouco cuidado em disfarçar a fisionomia, que eu, à proporção que voltava a página, dizia comigo: É o Azevedo, não há dúvida.

Feliz Azevedo! A hora em que começa essa narrativa é ele um marido feliz, inteiramente feliz. Casado de fresco, possuindo por mulher a mais formosa dama da sociedade, e a melhor alma que ainda se encarnou ao sol da América, dono de algumas propriedades bem situadas e perfeitamente rendosas, acatado, querido, descansado, tal é o nosso Azevedo, a quem por cúmulo de ventura coroam os mais belos vinte e seis anos.

Deu-lhe a fortuna um emprego suave: não fazer nada. Possui um diploma de bacharel em direito; mas esse diploma nunca lhe serviu; existe guardado no fundo da lata clássica em que o trouxe da Faculdade de São Paulo. De quando em quando Azevedo faz uma visita ao diploma, aliás ganho legitimamente, mas é para não o ver mais senão daí a longo tempo. Não é um diploma, é uma relíquia.

Quando Azevedo saiu da faculdade de São Paulo e voltou para a fazenda da província de Minas Gerais, tinha um projeto: ir à Europa. No fim de alguns meses o pai consentiu na viagem, e Azevedo preparou-se para realizá-la. Chegou à corte no propósito firme de tomar lugar no primeiro paquete que saísse; mas nem tudo depende da vontade do homem. Azevedo foi a um baile antes de partir; aí estava armada uma rede em que ele devia ser colhido. Que rede! Vinte anos, uma figura delicada, esbelta, franzina, uma dessas figuras vaporosas que parecem desfazer-se ao primeiro raio do sol. Azevedo não foi senhor de si: apaixonou-se; daí a um mês casou-se, e daí a oito dias partiu para Petrópolis.

Que casa encerraria aquele casal tão belo, tão amante e tão feliz? Não podia ser mais própria a casa escolhida; era um edifício leve, delgado, elegante, mais de recreio que de morada; um verdadeiro ninho para aquelas duas pombas fugitivas.

A nossa história começa exatamente três meses depois da ida para Petrópolis. Azevedo e a mulher amavam-se ainda como no primeiro dia. O amor tomava então uma força maior e nova; é que... devo dizê-lo, ó casais de três meses? é que apontava no horizonte o primeiro filho. Também a terra e o céu se alegram quando aponta no horizonte o primeiro raio do sol. A figura não vem aqui por simples ornato de estilo; é uma dedução lógica: a mulher de Azevedo chamava-se Adelaide.

Era, pois, em Petrópolis, numa tarde de dezembro de 186... Azevedo e Adelaide estavam no jardim que ficava em frente da casa onde ocultavam a sua felicidade. Azevedo lia alto; Adelaide ouvia-o ler, mas como se ouve um eco do coração, tanto a voz do marido e as palavras da obra correspondiam ao sentimento interior da moça.

No fim de algum tempo Azevedo deteve-se e perguntou:

— Queres que paremos aqui?

— Como quiseres, disse Adelaide.

— É melhor, disse Azevedo fechando o livro. As coisas boas não se gozam de uma assentada. Guardemos um pouco para a noite. Demais, era já tempo que eu passasse do idílio escrito para o idílio vivo. Deixa-me olhar para ti.

Adelaide olhou para ele e disse:

— Parece que começamos a lua-de-mel.

— Parece e é, acrescentou Azevedo; e se o casamento não fosse eternamente isto, o que poderia ser? A ligação de duas existências para meditar discretamente na melhor maneira de comer o maxixe e o repolho? Ora, pelo amor de Deus! Eu penso que o casamento deve ser um namoro eterno. Não pensas como eu?

— Sinto, disse Adelaide.

— Sentes, é quanto basta.

— Mas que as mulheres sintam é natural; os homens...

— Os homens, são homens.

— O que nas mulheres é sentimento, nos homens é pieguice; desde pequena me dizem isto.

— Enganam- te desde pequena, disse Azevedo rindo.

— Antes isso!

— É a verdade. E desconfia sempre dos que mais falam, sejam homens ou mulheres. Tens perto um exemplo. A Emília fala muito da sua isenção. Quantas vezes se casou? Até aqui duas, e está nos vinte e cinco anos. Era melhor calar-se mais e casar-se menos.

— Mas nela é brincadeira, disse Adelaide.

— Pois não. O que não é brincadeira é que os três meses do nosso casamento parecem-me três minutos...

— Três meses! exclamou Adelaide.

— Como foge o tempo! disse Azevedo.

— Dirás sempre o mesmo? perguntou Adelaide com um gesto de incredulidade.

Azevedo abraçou-a e perguntou:

— Duvidas?

— Receio. É tão bom ser feliz!

— Sê-lo-ás sempre e do mesmo modo. De outro não entendo eu.

Neste momento ouviram os dois uma voz que partia da porta do jardim.

— O que é que não entendes? dizia essa voz.

Olharam.

À porta do jardim estava um homem alto, bem parecido, trajando com elegância, luvas cor de palha, chicotinho na mão.

Azevedo pareceu ao princípio não conhecê-lo. Adelaide olhava para um e para outro sem compreender nada. Tudo isto, porém, não passou de um minuto; no fim dele Azevedo exclamou:

— É o Tito! Entra, Tito!

Tito entrou galhardamente no jardim; abraçou Azevedo e fez um cumprimento gracioso a Adelaide.

— É minha mulher, disse Azevedo apresentando Adelaide ao recém-chegado.

— Já o suspeitava, respondeu Tito; e aproveito a ocasião para dar-te os meus parabéns.

— Recebeste a nossa carta de participação?

— Em Valparaíso.

— Anda sentar-te e conta-me a tua viagem.

— Isso é longo, disse Tito sentando-se. O que te posso contar é que desembarquei ontem no Rio. Tratei de indagar a tua morada. Disseram-me que estavas temporariamente em Petrópolis. Descansei, mas logo hoje tomei a barca da Prainha e aqui estou. Eu já suspeitava que com o teu espírito de poeta irias esconder tua felicidade em algum recanto do mundo. Com efeito, isto é verdadeiramente uma nesga do paraíso. Jardim, caramanchões, uma casa leve e elegante, um livro. Bravo! Marília de Dirceu... É completo! Tityre, tu patulae. Caio no meio de um idílio. Pastorinha, onde está o cajado?

Adelaide ri às gargalhadas.

Tito continua:

— Ri mesmo como uma pastorinha alegre. E tu, Teócrito, que fazes? Deixas correr os dias como as águas do Paraíba? Feliz criatura!

— Sempre o mesmo! disse Azevedo.

— O mesmo doido? Acha que ele tem razão, minha senhora?

— Acho, se o não ofendo...

— Qual ofender! Se eu até me honro com isso; sou um doido inofensivo, isso é verdade. Mas é que realmente são felizes como poucos. Há quantos meses se casaram?

— Três meses faz domingo, respondeu Adelaide.

— Disse há pouco que me pareciam três minutos, acrescentou Azevedo.

Tito olhou para ambos e disse sorrindo:

— Três meses, três minutos! Eis toda a verdade da vida. Se os pusessem sobre uma grelha, como São Lourenço, cinco minutos eram cinco meses. E ainda se fala em tempo! Há lá tempo! O tempo está nas nossas impressões. Há meses para os infelizes e minutos para os venturosos!

— Mas que ventura! exclama Azevedo.

— Completa, não? Imagino! Marido de um serafim, nas graças e no coração, não reparei que estava aqui... mas não precisa corar!... Disto me há de ouvir vinte vezes por dia; o que penso, digo. Como não te hão de invejar os nossos amigos!

— Isso não sei.

— Pudera! Encafuado neste desvão do mundo, de nada podes saber. E fazes bem. Isto de ser feliz à vista de todos é repartir a felicidade. Ora, para respeitar o princípio devo ir-me já embora...

Dizendo isto, Tito levantou-se.

— Deixa-te disso: fica conosco.

— Os verdadeiros amigos também são a felicidade, disse Adelaide.

— Ah!

— É até bom que aprendas em nossa escola a ciência do casamento, acrescentou Azevedo.

— Para quê? perguntou Tito meneando o chicotinho.

— Para te casares.

— Hum!... fez Tito.

— Não pretende? perguntou Adelaide.

— Estás ainda o mesmo que em outro tempo?

— O mesmíssimo, respondeu Tito.

Adelaide fez um gesto de curiosidade e perguntou:

— Tem horror ao casamento?

— Não tenho vocação, respondeu Tito. É puramente um caso de vocação. Quem a não tiver não se meta nisso, que é perder o tempo e o sossego. Desde muito tempo estou convencido disto.

— Ainda te não bateu a hora.

— Nem bate, disse Tito.

— Mas, se bem me lembro, disse Azevedo oferecendo-lhe um charuto, houve um dia em que fugiste às teorias do costume: andavas então apaixonado...

— Apaixonado, é engano. Houve um dia em que a Providência trouxe uma confirmação aos meus instintos solitários. Meti-me a pretender uma senhora...

— É verdade: foi um caso engraçado.

— Como foi o caso? perguntou Adelaide.

— O Tito viu em um baile uma rapariga. No dia seguinte apresenta-se em casa dela, e, sem mais nem menos, pede-lhe a mão. Ela responde... que te respondeu?

— Respondeu por escrito que eu era um tolo e me deixasse daquilo. Não disse positivamente tolo, mas vinha a dar na mesma. É preciso confessar que semelhante resposta não era própria. Voltei atrás e nunca mais amei.

— Mas amou naquela ocasião? perguntou Adelaide.

— Não sei se era amor, respondeu Tito, era uma coisa... Mas note, isto foi há uns bons cinco anos. Daí para cá ninguém mais me fez bater o coração.

— Pior para ti.

— Eu sei! disse Tito levantando os ombros. Se não tenho os gozos íntimos do amor, não tenho nem os dissabores, nem os desenganos. É já uma grande fortuna!

— No verdadeiro amor não há nada disso, disse sentenciosamente a mulher de Azevedo.

— Não há? Deixemos o assunto; eu podia fazer um discurso a propósito, mas prefiro...

— Ficar conosco, Azevedo atalhou-o. Está sabido.

— Não tenho essa intenção.

— Mas tenho eu. Hás de ficar.

— Mas se eu já mandei o criado tomar alojamento no Hotel de Bragança...

— Pois manda contra-ordem. Fica comigo.

— Insisto em não perturbar a tua paz.

— Deixa-te disso.

— Fique! disse Adelaide.

— Ficarei.

— E amanhã, continuou Adelaide, depois de ter descansado, há de nos dizer qual é o segredo da isenção de que tanto se ufana.

— Não há segredo, disse Tito. O que há é isto. Entre um amor que se oferece e... uma partida de voltarete, não hesito, atiro-me ao voltarete. A propósito, Ernesto, sabes que encontrei no Chile um famoso parceiro de voltarete? Fez a casca mais temerária que tenho visto... sabe o que é uma casca, minha senhora?

— Não, respondeu Adelaide.

— Pois eu lhe explico.

Azevedo olhou para fora e disse:

— Aí chega a D. Emília.

Com efeito à porta do jardim parava uma senhora dando o braço a um velho de cinqüenta anos.

D. Emília era uma moça a que se pode chamar uma bela mulher; era alta na estatura e altiva de caráter. O amor que pudesse infundir seria por imposição. De suas maneiras e das suas graças inspirava um não sei que de rainha que dava vontade de levá-la a um trono.

Trajava com elegância e simplicidade. Ela tinha essa elegância natural que é outra elegância diversa da elegância dos enfeites, a propósito da qual já tive ocasião de escrever esta máxima: "Que há pessoas elegantes, e pessoas enfeitadas."

Olhos negros e rasgados, cheios de luz e de grandeza, cabelos castanhos e abundantes, nariz reto como o de Safo, boca vermelha e breve, faces de cetim, colo e braços como os das estátuas, tais eram os traços da beleza de Emília.

Quanto ao velho que lhe dava o braço, era, como disse, um homem de cinqüenta anos. Era o que se chama em português chão e rude, - um velho gaiteiro. Pintado, espartilhado, via-se nele uma como que ruína do passado reconstruída por mãos modernas, de modo a ter esse aspecto bastardo que não é nem a austeridade da velhice, nem a frescura da mocidade. Não havia dúvida de que o velho devia ter sido um belo rapaz em seus tempos; mas presentemente, se algumas conquistas tivesse feito, só podia contentar-se com a lembrança delas.

Quando Emília entrou no jardim todos se achavam de pé. A recém-chegada apertou a mão a Azevedo e foi beijar Adelaide. Ia sentar-se na cadeira que Azevedo lhe oferecera quando reparou em Tito que se achava a um lado.

Os dois cumprimentaram-se, mas com ar diferente. Tito parecia tranqüilo e friamente polido; mas Emília, depois de cumprimentá-lo, conservou os olhos fitos nele, como que avocando uma memória do passado.

Feitas as apresentações necessárias, e a Diogo Franco (é o nome do velho braceiro), todos tomaram assentos.

A primeira que falou foi Emília:

— Ainda hoje não vinha se não fosse a obsequiosidade do Sr. Diogo.

Adelaide olhou para o velho e disse:

— O Sr. Diogo é uma maravilha.

Diogo empertigou-se e murmurou com certo tom de modéstia:

— Nem tanto, nem tanto.

— É, é, disse Emília. Não é talvez uma, porém duas maravilhas. Ah! sabes que me vai fazer um presente?

— Um presente! exclamou Azevedo.

— É verdade, continuou Emília, um presente que mandou vir da Europa e lá dos confins; recordações das suas viagens de adolescente...

Diogo estava radiante.

— É uma insignificância, disse ele olhando ternamente para Emília.

— Mas o que é? perguntou Adelaide.

— É... adivinhem? É um urso branco!

— Um urso branco!

— Deveras?

— Está para chegar, mas só ontem é que me deu notícia dele. Que amável lembrança!

— Um urso! exclamou ainda Azevedo.

Tito inclinou-se ao ouvido do amigo, e disse em voz baixa:

— Com ele fazem dois.

Diogo jubiloso pelo efeito que causava a notícia do presente, mas iludido no caráter desse efeito disse:

— Não vale a pena. É um urso que eu mandei vir; é verdade que eu pedi dos mais belos. Não sabem o que é um urso branco. Imaginem que é todo branco.

— Ah! disse Tito.

— É um animal admirável! tornou Diogo.

— Acho que sim, disse Tito. Ora imagina tu o que não será um urso branco que é todo branco. Que faz este sujeito? perguntou ele em seguida a Azevedo.

— Namora a Emília; tem cinqüenta contos.

— E ela?

— Não faz caso dele.

— Diz ela?

— E é verdade.

Enquanto os dois trocavam estas palavras, Diogo brincava com os sinetes do relógio e as duas senhoras conversavam. Depois das últimas palavras entre Azevedo e Tito, Emília voltou-se para o marido de Adelaide e perguntou:

— Dá-se isto, Sr. Azevedo? Então faz-se anos nesta casa e não me convidam?

— Mas a chuva? disse Adelaide.

— Ingrata! Bem sabes que não há chuva em casos tais.

— Demais, acrescentou Azevedo, fez-se a festa tão à capucha.

— Fosse como fosse, eu sou de casa.

— É que a lua-de-mel continua apesar de cinco meses, disse Tito.

— Aí vens tu com os teus epigramas, disse Azevedo.

— Ah! isso é mau, Sr. Tito!

— Tito? perguntou Emília a Adelaide em voz baixa.

— Sim.

— D. Emília não sabe ainda quem é o nosso amigo Tito, disse Azevedo. Eu até tenho medo de dizê-lo.

— Então é muito feio o que tem para dizer?

— Talvez, disse Tito com indiferença.

— Muito feio! exclamou Adelaide.

— O que é então? perguntou Emília.

— É um homem incapaz de amar, continuou Adelaide. Não pode haver maior indiferença para o amor... Em resumo, prefere a um amor... o quê? um voltarete.

— Disse-te isso? perguntou Emília.

— E repito, disse Tito. Mas note bem, não por elas, é por mim. Acredito que todas as mulheres sejam credoras da minha adoração; mas eu é que sou feito de modo que nada mais lhes posso conceder do que uma estima desinteressada.

Emília olhou para o moço e disse:

— Se não é vaidade, é doença.

— Há de me perdoar, mas eu creio que não é doença, nem vaidade. É natureza: uns aborrecem as laranjas, outros aborrecem os amores: agora se o aborrecimento vem por causa das cascas, não sei; o que é certo é que é assim.

— É ferino! disse Emília olhando para Adelaide.

— Ferino, eu? disse Tito levantando-se. Sou uma seda, uma dama, um milagre de brandura... Dói-me, deveras, que eu não possa estar na linha dos outros homens, e não seja, como todos, propenso a receber as impressões amorosas, mas que quer? a culpa não é minha.

— Anda lá, disse Azevedo, o tempo te há de mudar.

— Mas quando? Tenho vinte e nove anos feitos.

— Já vinte e nove? perguntou Emília.

— Completei-os pela Páscoa.

— Não parece.

— São os seus bons olhos.

A conversa continuou por este modo, até que se anunciou o jantar. Emília e Diogo tinham jantado, ficaram apenas para fazer companhia ao casal Azevedo e a Tito, que declarou desde o princípio estar caindo de fome.

A conversa durante o jantar versou sobre coisas indiferentes.

Quando se servia o café apareceu à porta um criado do hotel em que morava Diogo; trazia uma carta para este, com indicação no sobrescrito de que era urgente. Diogo recebeu a carta, leu-a e pareceu mudar de cor. Todavia continuou a tomar parte na conversa geral. Aquela circunstância, porém, deu lugar a que Adelaide perguntasse a Emília:

— Quando te deixará este eterno namorado?

— Eu sei cá! respondeu Emília. Mas afinal de contas, não é mau homem. Tem aquela mania de me dizer no fim de todas as semanas que nutre por mim uma ardente paixão.

— Enfim, se não passa de declaração semanal...

— Não passa. Tem a vantagem de ser um braceiro infalível para a rua e um realejo menos mau dentro de casa. Já me contou umas cinqüenta vezes as batalhas amorosas em que entrou. Todo o seu desejo é acompanhar-me a uma viagem à roda do globo. Quando me fala nisto, se é à noite, e é quase sempre à noite, mando vir o chá, excelente meio de aplacar-lhe os ardores amorosos. Gosta do chá que se pela. Gosta tanto como de mim! Mas aquela do urso branco? E se realmente mandou vir um urso?

— Aceita.

— Pois eu hei de sustentar um urso? Não me faltava mais nada!

Adelaide sorriu-se e disse:

— Quer me parecer que acabas por te apaixonar...

— Por quem? Pelo urso?

— Não, pelo Diogo.

Neste momento achavam-se as duas perto de uma janela. Tito conversava no sofá com Azevedo. Diogo refletia profundamente, estendido numa poltrona.

Emília tinha os olhos em Tito. Depois de um silêncio, disse ela para Adelaide:

— Que achas ao tal amigo do teu marido? Parece um presumido. Nunca se apaixonou! É crível?

— Talvez seja verdade.

— Não acredito. Pareces criança! Diz aquilo dos dentes para fora...

— É verdade que não tenho maior conhecimento dele...

— Quanto a mim, pareceu-me não ser estranha aquela cara... mas não me lembro!

— Parece ser sincero... mas dizer aquilo é já atrevimento.

— Está claro...

— De que te ris?

— Lembra-me um do mesmo gênero que este, disse Emília. Foi já há tempos. Andava sempre a gabar-se da sua isenção. Dizia que todas as mulheres eram para ele vasos da China: admirava-as e nada mais. Coitado! Caiu em menos de um mês. Adelaide, vi-o beijar-me a ponta dos sapatos... depois do que desprezei-o.

— Que fizeste?

— Ah! não sei o que fiz. Santa Astúcia foi quem operou o milagre. Vinguei o sexo e abati um orgulhoso.

— Bem feito!

— Não era menos do que este. Mas falemos de coisas sérias... Recebi as folhas francesas de modas...

— Que há de novo?

— Muita coisa. Amanhã tas mandarei. Repara em um novo corte de mangas. É lindíssimo. Já mandei encomendas para a corte. Em artigos de passeios há fartura e do melhor.

— Para mim quase que é inútil mandar.

— Por quê?

— Quase nunca saio de casa.

— Nem ao menos irás jantar comigo no dia de ano-bom!

— Oh! com toda a certeza!

— Pois vai... Ah! irá o homem? O Sr. Tito?

— Se estiver cá... e quiseres...

— Pois que vá, não faz mal... saberei contê-lo... Creio que não será sempre tão... incivil. Nem sei como podes ficar com esse sangue-frio! A mim faz-me mal aos nervos!

— É-me indiferente.

— Mas a injúria ao sexo... não te indigna?

— Pouco.

— És feliz.

— Que queres que eu faça a um homem que diz aquilo? Se não fosse casada era possível que me indignasse mais. Se fosse livre era provável que lhe fizesse o que fizeste ao outro. Mas eu não posso cuidar dessas coisas...

— Nem ouvindo a preferência do voltarete? Pôr-nos abaixo da dama de copas! E o ar com que ele diz aquilo! Que calma, que indiferença!

— É mau! é mau!

— Merecia castigo...

— Merecia. Queres tu castigá-lo?

Emília fez um gesto de desdém e disse:

— Não vale a pena.

— Mas tu castigaste o outro.

— Sim... mas não vale a pena.

— Dissimulada!

— Por que dizes isso?

— Porque já te vejo meio tentada a uma nova vingança...

— Eu? Ora qual!

— Que tem? Não é crime...

— Não é, decerto; mas... veremos.

— Ah! serás capaz?

— Capaz? disse Emília com um gesto de orgulho ofendido.

— Beijar-te-á ele a ponta do sapato?

Emília ficou silenciosa por alguns momentos; depois apontando com o leque para a botina que lhe calçava o pé, disse:

— E hão de ser estes.

Emília e Adelaide se dirigiram para o lado em que se achavam os homens. Tito, que parecia conversar intimamente com Azevedo, interrompeu a conversa para dar atenção às senhoras. Diogo continuava mergulhado na sua meditação.

— Então o que é isso, Sr. Diogo? perguntou Tito. Está meditando?

— Ah! perdão, estava distraído!

— Coitado! disse Tito baixo a Azevedo.

Depois, voltando-se para as senhoras:

— Não as incomoda o charuto?

— Não senhor, disse Emília.

— Então, posso continuar a fumar?

— Pode, disse Adelaide.

— É um mau vício, mas é o meu único vício. Quando fumo parece que aspiro a eternidade. Enlevo-me todo e mudo de ser. Divina invenção!

— Dizem que é excelente para os desgostos amorosos, disse Emília com intenção.

— Isso não sei. Mas não é só isto. Depois da invenção do fumo não há solidão possível. É a melhor companhia deste mundo. Demais, o charuto é um verdadeiro Memento homo: convertendo-se pouco a pouco em cinzas, vai lembrando ao homem o fim real e infalível de todas as coisas: é o aviso filosófico, é a sentença fúnebre que nos acompanha em toda a parte. Já é um grande progresso... Mas estou eu a aborrecer com uma dissertação tão pesada. Hão de desculpar... que foi descuido. Ora, a falar a verdade, eu já vou desconfiando; Vossa Excelência olha com olhos tão singulares...

Emília, a quem era dirigida a palavra, respondeu:

— Não sei se são singulares, mas são os meus.

— Penso que não são os do costume. Está talvez Vossa Excelência a dizer consigo que eu sou um esquisito, um singular, um...

— Um vaidoso, é verdade.

— Sétimo mandamento: não levantar falsos testemunhos.

— Falsos, diz o mandamento.

— Não me dirá em que sou eu vaidoso?

— Ah! a isso não respondo eu.

— Por que não quer?

— Porque... não sei. É uma coisa que se sente, mas que se não pode descobrir. Respira-lhe a vaidade em tudo: no olhar, na palavra, no gesto... mas não se atina com a verdadeira origem de tal doença.

— É pena. Eu tinha grande prazer em ouvir da sua boca o diagnóstico da minha doença. Em compensação pode ouvir da minha o diagnóstico da sua... A sua doença é... Digo?

— Pode dizer.

— É um despeitozinho.

— Deveras?

— Vamos ver isso, disse Azevedo rindo-se.

Tito continuou:

— Despeito pelo que eu disse há pouco.

— Puro engano! disse Emília rindo-se.

— É com toda a certeza. Mas é tudo gratuito. Eu não tenho culpa de coisa alguma. A natureza é que me fez assim.

— Só a natureza?

— E um tanto de estudo. Ora vou expor-lhe as minhas razões. Veja se posso amar ou pretender: primeiro, não sou bonito...

— Oh!... disse Emília.

— Agradeço o protesto, mas continuo na mesma opinião: não sou bonito, não sou...

— Oh!... disse Adelaide.

— Segundo: não sou curioso, e o amor, se o reduzirmos às suas verdadeiras proporções, não passa de uma curiosidade; terceiro: não sou paciente, e nas conquistas amorosas a paciência é a principal virtude; quarto, finalmente: não sou idiota, porque, se com todos estes defeitos pretendesse amar, mostraria a maior falta de razão. Aqui está o que eu sou por natural e por indústria.

— Emília, parece que é sincero.

— Acreditas?

— Sincero como a verdade, disse Tito.

— Em último caso, seja ou não seja sincero, que tenho eu com isso?

— Eu creio que nada, disse Tito.