Casa Velha V
Difficulty: Medium    Uploaded: 7 years, 7 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 5 months ago
Fin
198 Units
100% Translated
100% Upvoted
Al día siguiente, hable a doña Antonia. Estaba dispuesto a pedirle una conversación particular; pero fue ella misma la que vino a estar conmigo, diciendo que durante mi molestia había acabado unos tapetes y quería escuchar mi opinión; estaban en la sacristía. En cuanto atravesamos la sala y uno de los pasillos que quedaban al lado del patio central, iba yo hablándole sin que me prestase mucha atención. Subimos los tres escalones que daban a una extensa sala de suelo empedrado y abovedada. Al fondo había una gran puerta que llevaba al corral y a la granja; a la derecha quedaba la de la sacristía y a la izquierda otra destinada a uno o más aposentos, no lo sé bien.

En aquella sala encontramos a Lalau y al campanero, este sentado y ella de pie.

El campanero era un negro viejo y chiflado. No hacía más que tocar la campana de la capilla para la misa, los domingos. El resto del tiempo vivía callado o fanfarroneando. Nadie le hablaba, aunque estuviera tranquilo. Lalau era la única, entre todos los parientes, invitados o criados, que iba a hablar con él, a preguntarle, a escucharle o pedirle historias. Y él le contaba historias, muy largas, algunas sin sentido, otras casi inconexas, reminiscencias vagas y embrolladas o sugestiones del delirio.

Era curioso verlos. Lalau perdía la inquietud y permanecía seria y tranquila durante diez, quince, veinte minutos escuchándolo. El Gira (nunca le conocí otro nombre) se alegraba al verla. Con la razón, había perdido la convivencia con la mayoría. Vivía entregado a los pensamientos solitarios, inmerso en la inconsciencia y en la soledad. A sus ojos, la joven representaba algo más que una simple criatura, era la sociedad humana y una sombra de la sombra de la conciencia de antaño. Ella, que lo sentía, le daba esa corta emersión del abismo, y una o dos veces por semana iba a conversar con él.

Dña. Antônia se paró. No contaba con la chica allí, al lado de la puerta de la sacristía, y quería hablarme en privado, como se verá. Lo comprendí enseguida por el desagrado del gesto, como ya había sospechado alguna cosa al verla preocupada. En el momento en que llegábamos Lalau le preguntaba al Gira: -¿Y después, y después?

-Después el rey cogió al gavilán y el gavilán cantó.

-¿El gavilán canta?

-¿El gavilán? ¡Uy, amigos! El gavilán cantó: Calunga, mussanga, monandenguê... Calunga, mussanga, monandenguê... Calunga... Y el negro daba al cuerpo unas sacudidas para acompañar la tonada africana. Miré para Lalau. Ella, que se reía de todo, no se reía de aquello, parecía tener en el rostro una expresión de gran piedad. Me volví para Dña. Antônia; esta, después de dudar un poco, decidió entrar en la sacristía, cuya puerta estaba abierta. Lalau nos había visto, nos sonrió y continuó hablando con el Gira. Dña. Antônia y yo entramos.

Sobre la cómoda de la sacristía estaban las vestiduras sacerdotales. Dña. Antônia le dijo al sacristán negro que fuese a ayudar a descargar el carro que había llegado del campo y la esperase allí. Nos quedamos solos y me mostró dos albas y dos sobrepellices; luego, sin esperar más, me dijo que me necesitaba para un gran regalo. En la víspera, supo que el hijo estaba con la idea de ser diputado y me pedía dos cosas, la primera que lo disuadiese.

—Pero, ¿por qué? le dije. La política fue la carrera del padre y la carrera principal en Brasil... —Que lo sea, pero, reverendísimo, él no tiene dotes para la política.

—¿Quién le dice que no? Puede ser que los tenga. Al trabajador se le conoce trabajando y en todo caso —permítame hablar con franqueza— me parece bien por su parte que trate de emplear la actividad en alguna cosa de afuera.

Doña Antonia se sentó y me señaló otra silla. Permanecimos ambos al pie de una larga ventana que daba al corral. Sentada, declaró que estaba de acuerdo conmigo en la necesidad que había señalado, pero entonces iba al segundo regalo, que no era nuevo; es que lo llevase para Europa Después de Europa, con algunos años más y experiencia de las cosas, puede ser que llegase a ser útil a su país... La interrumpí en ese punto. Ella esperó; yo, después de mirarla fijamente por algunos instantes, le dije que el viaje, en efecto, podía ser útil, pero las costumbres del chico eran tan caseras que difícilmente se ajustarían a las peregrinaciones; salvo si adoptásemos un término medio: enviarlo casado.

-No se consigue una novia con un simple baúl de viaje, dijo ella.

-Está conseguida.

Dña. Antônia se estremeció.

-Está aquí cerca; es su buena amiga y huésped.

-¿Quién? ¿Lalau? Se está burlando. ¿Lalau y mi hijo? Su Reverendísima está bromeando conmigo. ¿No ve que no es posible? ¿Casarlos así como una medicina? Hablemos de otra cosa.

-No, señora mía, hablemos de esto mismo.

Dña. Antônia, que había dirigido los ojos para otro lado cuando profirió las últimas palabras, levantó la cabeza de súbito al oír lo que le dije. Creo que, después de la muerte de su marido, era la primera persona que le hacía frente. Me miró estupefacta. Estaba tan acostumbrada a gobernar allí, en aquel mundo aislado, sin oposición ni advertencias, que no podía creer a sus oídos. El padre Mascarenhas le había dicho una vez, en el almuerzo, que ella era la emperatriz de la Casa Velha, y Dña. Antônia sonrió lisonjeada, con la idea de ser emperatriz en algún punto de la tierra. No golpeaba a nadie con el cetro, pero estimaba saber que lo reconocían.

Por mi parte, me incliné respetuoso, pero insistí en que habláramos de ese mismo tema, para resolverlo de una vez.

-¿Resolver qué? preguntó ella alzando desdeñosamente el labio superior

-No perdamos tiempo en decir cosas sabidas de los dos, continué. Ellos se gustan. Esta es la pura verdad. Resta saber si se podrán casar, y es aquí donde no encuentro ni presumo ninguna razón que se oponga. No hablo de su hijo, que es un chico digno en todos los aspectos. Hablemos de ella. Dígame ¿qué es lo que le encuentra?

No quiso responder; continué lo que decía, recordé la educación que le había dado, el amor que le tenia y, principalmente, hablé de las virtudes de la joven, de la delicadeza de sus sentimientos y de la distinción natural que suplía al nacimiento. Le pregunté si, de verdad, pensaba que Vitorino, hijo de carretero... Doña Antonia se estremeció.

—Veo que está informado de todo, dijo después de un breve instante de silencio. Conspiran contra mí. Bien, ¿que quiere de mí vuestra reverendísima? ¿Que mi hijo se case con Lalau? No puede ser.

—¿Y por qué no puede ser?

-Realmente no sé qué ideas entraron por aquí después del 31. Son todavía recuerdos del padre Feijóo. Parece mismamente achaque de padres. ¿Quiere oír por qué razón no se pueden casar? porque no pueden. No le niego nada con respecto a ella; es muy buena niña, le di la educación que pude, no sé si más de lo que convenía, en fin, está criada y lista para dar la felicidad a algún hombre ¿Qué más ha de ser? No vivimos en el mundo de la luna, Reverendísimo. Mi hijo es mi hijo, y además de esta razón, que es fuerte, necesita alguna alianza de familia. Esto no es una novela de príncipes que se acaban casando con campesinas, o de princesas encantadas. Hágame el favor de decir con qué cara daría yo semejante noticia a nuestros parientes de Minas y de S. Paulo.

-Puede ser que la señora tenga razón; es achaque de padre, es achaque hasta de Nuestro Señor Jesucristo, que nació entre pajas... -Sí señor; pero en ese caso ¿qué hay de malo en casarla con Vitorino? ¿Hijo de carretero no es persona? ¡Dígame! Para que ella se case con mi hijo, Nuestro Señor nació entre pajas; pero para que se case con Vitorino, ya no es la misma cosa... ¡Dígame!

-Pero, Señora Dña. Antônia... -¡Qué! dijo ella levantándose y yendo hasta la puerta que daba a la capilla y después a la otra de entrada de la sacristía; espió si nos oían y volvió.

Volviendo, dio algunos pasos sin decir nada, yendo y viniendo, desde la puerta hasta la pared del fondo, donde colgaba una imagen de Nuestra Señora, con una corona de oro en la cabeza y estrellas de oro en el manto. Doña Antonia miró durante unos momentos la imagen como para defenderse a sí misma. La Virgen coronada, reina y triunfante, era para ella la legítima deidad católica, no la Virgen huidiza y caída en las pajas de un establo. Estaba como no la había visto hasta entonces. Generalmente, era plácida, y alguna vez impasible; sin embargo, ahora, se mostraba áspera e inquieta, como si la naturaleza rompiese las mallas de costumbre. La pupila se abrasaba en una llama nueva; los movimientos eran súbitos y no sé si desconcertados entre sí. Yo, desde mi silla, la iba acompañando con los ojos, al principio arrepentido de haber hablado, pero venciendo poco después ese sentimiento de desánimo, y dispuesto a ir hasta el final. Al cabo de pocos minutos doña Antonia se detuvo ante mí. Quise levantarme; ella me puso la mano en el hombro para que me quedase y sacudió la cabeza con un aire de censura amiga.

—¿Para qué me habló de eso? preguntó poco después con dulzura. Sé que habla por ser amigo del uno y del otro y de nuestra casa... —Puede creerlo, puede creerlo.

—Lo creo, sí. Entonces, ¿yo no veo las cosas? He notado que es amigo nuestro. Principalmente, ella parece haberlo hechizado... No necesita ponerse rojo; las chicas también embelesan a los curas, cuando quieren que las casen con los escogidos por su corazón. Es cierto que ella lo merece; pero de ahí a casarse queda mucho. Venga aquí, prosiguió sentándose, vamos a hacer un acuerdo. Yo cedo en algo, el señor también cede y encontraremos un modo de arreglarlo todo. Le confieso un pecado. La elección de Vitorino era hija de un mal sentimiento; era un modo, no solo de separarlos, sino hasta de castigarla un poco. Perdóneme, reverendísimo; cedí ante mi orgullo ofendido. Pero dejemos a Vitorino; estoy de acuerdo en que no es digno de ella. Es buen chico, pero no está al mismo nivel de educación que di a Lalau. Vamos a otro; podemos buscarle un empleado en la jurisdicción, o incluso un hombre de negocios... En todo caso, no esté contra mí; sino ayúdeme a arreglar esta dificultad que surgió aquí en casa... -¿Desde cuándo?

-¡Quién sabe! desde meses. Desconfié de que se estaban enamorando, y he hecho lo que puedo, pero veo que no puedo gran cosa.

-Sin embargo, continúa recibiéndola.

-Sí, para vigilarla. Antes la quiero aquí que fuera de aquí.

-¿Entonces no es porque la estima?

-Es también porque la estimo. Infelizmente, porque la estimo. ¿Quién le dijo que no me gusta, y mucho? Pero mi hijo es otra cosa; entrar en la familia sí que no.

Dña. Antônia sacó un pañuelo del bolso para limpiarse las manos, volvió a guardarlo, y se reclinó en la silla, mientras yo le fui respondiendo. Aunque era mucho más baja que yo, puso la cabeza de tal modo que parecía mirarme por encima.

Fui respondiendo lo que podía y cabía, con buenas palabras, mostrando en primer lugar el inconveniente de dejarlos enamorados y separados: era hacerlos pecar o sufrir. Le dije que el hijo era tenaz, que la chica probablemente no se obstinaría en casarse con él, sabiendo que desagradaba a su benefactora, pero también podía ser que el desdén la irritase, y que la certeza de dominar el corazón de Félix le sugiriese la idea de robárselo a su madre. Añadí la educación, punto en el que insistí, la educación y la vida que llevaba, que le harían doloroso pasar a las manos de una criatura inferior. Finalmente, y aquí sonreí para pedirle perdón, finalmente, era mujer, y la vanidad, insoportable en los hombres, era en la mujer un pecado tanto peor en cuanto que le quedaba bien; Lalau no sería una excepción de su sexo. Heredar con el marido el prestigio de que gozaba la Casa Velha acabaría por darle fuerza y hacerla luchar. Aquí me detuve; Dña. Antônia no me respondió nada, miraba para el suelo.

Como estábamos de espaldas a la ventana, y habíamos estado callados un rato, fuimos despertados del silencio por la voz de Lalau que venía del lado del corral. Volvimos la cabeza; vimos a la chica reprendiendo a los dos niños, críos de la casa, que tiraban de la chaqueta al campanero, una chaqueta vieja que le había dado Félix hacía unos días. El campanero, refunfuñando todavía, atravesó el corral, torció a la derecha para el lado de la capilla y desapareció; Lalau cogió a uno de los niños por el cuello de la camisa y al otro por la oreja e impidió que fueran detrás del pobre diablo.

Miré para Dña. Antônia para ver la impresión que le había dado la actuación de la chica. Nada más mirarla me di cuenta de que fruncía el ceño, no sé si incluso empalideció; al volver a mirar para fuera tuve la explicación de la conmoción. Vi al hijo de Dña. Antônia al lado de la chica; acababa de llegar al grupo. Lalau le explicaba con naturalidad lo ocurrido; Félix escuchaba callado, sonriendo, gustándole verla así, compasiva, y al final, cuando ella acabó, se inclinó para decir algo a los niños. Lo vimos después coger a uno de ellos, y acercárselo, mientras que la chica quedó con el segundo; y, puesto ese pretexto ente ellos, comenzaron a hablar bajito.

Dña. Antônia retrocedió deprisa, para que no la vieran. Creo que era la primera vez que ellos le mostraban semejante cuadro. Retrocedió levantándose y fue para el lado de la cómoda; yo continué observándolos. No se podía oír nada, pero estaba claro que hablaban de sí mismos. A veces la boca interrumpía los salmos, que estaba diciendo, para dejar la antífona a los ojos; enseguida recitaba el cántico. Era el eterno aleluya de los enamorados.

Me violenté, no quité la vista del grupo; necesitaba matar en mí mismo, por la contemplación objetiva de la desesperanza, cualquier mala sugestión de la carne. Miré para los dos, adiviné lo que estarían diciendo, y, aún peor, lo que estarían callando, y que se les podía leer en el rostro y en las maneras. Lalau en ese momento apenas era mujer, sin ninguna de las cosas de niña que la caracterizaban en la vida del día a día. Con las manos en el hombro del niño, bien fijaba los ojos en sus ricitos, oyendo solamente las palabras de Félix; bien los levantaba para el joven, a fin de mirarlo callada o hablando. Él es el que miraba siempre para ella atenta y fijamente.

Entretanto, Dña. Antônia se había aproximado otra vez a la ventana, por detras de mí, y más lejos, confiada en la oscuridad de la sacristía. Me volví y le dije que nuestro espionaje era de derecho divino, que el mismo cielo nos había encasquetado esa indiscreción. Dña. Antônia, en general reacia a las sutilezas del pensamiento, ahora menos que nunca podía penetrarlas; puede ser que ni siquiera me oyese. Continuó mirando para los dos, ansiosa de verlos, aterrada de adivinarlos.

—Ha de conceder una cosa, le dije, ha de conceder que parecen haber nacido el uno para el otro. Mire cómo se hablan. Vea las formas de ella, la dignidad y, al mismo tiempo, la dulzura; él parece hasta que quiere hacer olvidar que es el heredero de la casa. No sé si decirle una cosa; digo si me consiente... Doña Antonia volvió los ojos hacia mí con un gesto de interrogación y complaciente.

—Le digo que, si alguien modificase los papeles y la diese como hija suya, y a él como el abogado de la casa, nadie pondría ninguna objeción.

Doña Antonia se apartó de la ventana, sin decir nada; luego volvió a ella, curiosa, escrutando la fisonomía de ambos. Al cabo de algunos minutos, no habiendo olvidado mis últimas palabras, respondió con ironía y tristeza: —¿Abogado? Creo que es mucho; mejor diga cochero.

Hizo un gesto de pesar. Y le pedí que me perdonara el estilo pintoresco de la conversación; solo quería decir que la dignidad de la chica hacía que se la supusiera dueña de la casa, al paso que las maneras respetuosas de él, que tan bien le quedaban, podrían hacer que se le creyera otra cosa; pero otra cosa educada, que lo notara bien. Dña. Antônia me oía distraída e inquieta, mirando para afuera y para dentro; y cuando finalmente los dos se separaron, yendo él para el lado por enfrente de la capilla, que comunicaba con el camino público, y ella para la parte opuesta con el fin de entrar en casa, Dña. Antônia se sentó en la silla donde había estado antes y respiró largamente. Sacudió la cabeza dos o tres veces, y me dijo sin mirar para mí: -No me puedo quejar; la culpa es toda mía.

De repente volvió la cabeza hacia mi lado y me miró fijamente. Tenía las facciones un tanto alteradas, como iluminadas, y esperé que me dijese algo, pero no lo dijo Miró, miró, recompuso su fisonomía y se levantó.

-Vamos.

No obedecí enseguida; imaginé que acababa de encontrar alguna estratagema para cumplir su voluntad, y lo confesé sin pamplinas, porque en la situación no procedía disimular. Dña. Antônia respondió que no, no había encontrado ni buscado nada y me invitó a salir. Insistí en el recelo, añadiendo que, si pensaba dar un golpe, sería mejor que me avisara, para que los disuadiese, y no fueran pillados de sopetón. Dña. Antônia me escuchó sin interrumpir, y no replicó al instante, sino de ahí a algunos segundos, con palabras no claras ni seguidas, sino confusas y ambiguas. Contaba conmigo de su lado, cuando supiese la verdad... pero que la apoyase ya... después... entonces... -¿La verdad?, repetí yo. ¿Qué verdad?

-Vámonos.

-Dígamelo todo, la ocasión es única, estamos cerca de Dios... Dña. Antônia se estremeció oyendo esta palabra, y se dio prisa en salir de la sacristía; me levanté y salí también. La encontré a dos pasos de la puerta, me dijo que iba a ver los aposentos delanteros, porque esperaba huéspedes del campo, y se fue andando; yo bajé los escalones de piedra, atravesé el patio de la cisterna, y me recogí en la biblioteca. Me recogí alborotado. ¿Qué verdad sería aquella, anunciada al huir, una verdad tal que me haría cambiar de papel en cuanto la supiese? Había que arrancársela, y la mejor ocasión se había pérdido.
unit 1
Falei a D. Antônia no dia seguinte.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 4
Subimos os três degraus que davam para uma vasta sala calçada de pedra, e abobadada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 6
Naquela sala achamos Lalau e o sineiro, este sentado, ela de pé.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 7
O sineiro era um preto velho e doido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 8
Não fazia mais que tocar o sino da capela, para a missa, aos domingos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 9
O resto do tempo vivia calado ou resmungando.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 10
Ninguém lhe falava, embora fosse manso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 13
Era curioso vê-los.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 15
O Gira (nunca lhe conheci outro nome) alegrava-se ao vê-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 16
Com a razão, perdera a convivência dos mais.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 17
Vivia entregue aos pensamentos solitários, mergulhado na inconsciência e na solidão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 20
D. Antônia parou.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 22
Compreendi-o logo pelo desagrado do gesto, como já suspeitara alguma coisa ao vê-la preocupada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 23
No momento em que chegávamos, Lalau perguntava ao Gira: — E depois, e depois?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 24
— Depois, o rei pegou gavião, e gavião cantou.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 25
— Gavião canta?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 26
— Gavião?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 27
Uê, gente!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 29
Olhei para Lalau.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 30
Ela, que ria de tudo, não se ria daquilo, parecia ter no rosto uma expressão de grande piedade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 32
Lalau tinha-nos visto, sorriu para nós e continuou a falar com o Gira.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 33
D. Antônia e eu entramos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 34
Sobre a cômoda da sacristia estavam as tais alfaias.
3 Translations, 4 Upvotes, Last Activity 7 years, 5 months ago
unit 38
— Mas por quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 39
disse-lhe eu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 41
— Quem lhe disse que não?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 42
Pode ser que tenha.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 44
D. Antônia sentou-se, e apontou-me para outra cadeira.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 45
Ficamos ambos ao pé de uma larga janela, que dava para o terreiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 49
— Não se arranja uma noiva com um simples baú de viagem, disse ela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 50
— Está arranjada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 51
D. Antônia estremeceu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 52
— Está aqui perto; é a sua boa amiga e pupila.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 53
— Quem?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 54
Lalau?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 55
Está caçoando.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 56
Lalau e meu filho?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 57
Vossa Reverendíssima está brincando comigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 58
Não vê que não é possível?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 59
Casá-los assim como um remédio?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 60
Falemos de outra coisa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 61
— Não, minha senhora, falemos disto mesmo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 63
Creio que, depois da morte do marido, era a primeira pessoa que lhe fazia frente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 64
Olhou-me espantada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 67
Não batia com o cetro em ninguém, mas estimava saber que lho reconheciam.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 69
— Resolver o quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 70
perguntou ela alçando desdenhosamente o lábio superior.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 71
— Não percamos tempo em dizer coisas sabidas de nós ambos, continuei.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 72
Eles gostam um do outro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 73
Esta é a verdade pura.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 74
Resta saber se poderão casar, e é aqui que não acho nem presumo nenhuma razão que se oponha.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 75
Não falo de seu filho, que é um moço digno a todos os respeitos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 76
Falemos dela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 77
Diga-me o que é que lhe acha?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 79
Perguntei-lhe se, em verdade, acreditava que o Vitorino, filho do segeiro... D. Antônia estremeceu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 80
— Vejo que está informado de tudo, disse ela depois de um breve instante de silêncio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 81
Conspiram contra mim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 82
Bem; que quer de mim Vossa Reverendíssima?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 83
Que meu filho case com Lalau?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 84
Não pode ser.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 85
— E por que não pode ser?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 86
— Realmente, não sei que idéias entraram por aqui depois de 31.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 87
São ainda lembranças do padre Feijó.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 88
Parece mesmo achaque de padres.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 89
Quer ouvir por que razão não podem casar?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 90
porque não podem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 92
Que mais há de ser?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 93
Nós não vivemos no mundo da lua, Reverendíssimo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 94
Meu filho é meu filho, e, além desta razão, que é forte, precisa de alguma aliança de família.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 95
Isto não é novela de príncipes que acabam casando com roceiras, ou de princesas encantadas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 98
Filho de segeiro não é gente?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 99
Diga-me!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 101
— Mas, Senhora D. Antônia... — Qual!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 104
D. Antônia fitou durante alguns momentos a imagem como para defender-se a si mesma.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 106
Estava como até então não a tinha visto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 108
unit 110
Ao cabo de poucos minutos, D. Antônia parou diante de mim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 112
— Para que me falou nisso?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 113
pergunta logo depois com doçura.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 114
Conheço que fala por ser amigo de um e de outro, e da nossa casa... — Pode crer, pode crer.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 115
— Creio, sim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 116
Então eu não vejo as coisas?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 117
Tenho notado que é amigo nosso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 119
Que ela merece, é verdade; mas daí a casar é muito.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 120
Venha cá, prosseguiu ela sentando-se, vamos fazer um acordo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 121
Eu cedo alguma coisa, o senhor cede também, e acharemos um modo de combinar tudo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 122
Confesso-lhe um pecado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 124
Perdoe-me, Reverendíssimo; cedi ao meu orgulho ofendido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 125
Mas deixemos o Vitorino; convenho que não é digno dela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 126
É bom rapaz, mas não está no mesmo grau de educação que dei a Lalau.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 128
— Sei lá!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 129
desde meses.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 130
Desconfiei que se namoravam, e tenho feito o que posso, mas vejo que não posso muito.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 131
— Entretanto, continua a recebê-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 132
— Sim, para vigiá-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 133
Antes a quero aqui que fora daqui.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 134
— Não é então porque a estima?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 135
— É também porque a estimo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 136
Infelizmente, porque a estimo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 137
Quem lhe disse que não gosto dela, e muito?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 138
Mas meu filho é outra coisa; entrar na família é que não.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 140
unit 145
unit 146
Aqui parei; D. Antônia não me respondeu nada, olhava para o chão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 150
Olhei para D. Antônia, a fim de ver que impressão lhe dera o ato da moça.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 152
Vi o filho de D. Antônia ao pé da moça; acabava de chegar ao grupo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 155
D. Antônia recuou depressa, para que não a vissem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 156
Creio que era a primeira vez que eles lhe apresentavam semelhante quadro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 157
Recuou levantando-se, e foi para o lado da cômoda; eu continuei a observá-los.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 158
Não se podia ouvir-lhes nada, mas era claro que falavam de si mesmos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 160
Era a eterna aleluia dos namorados.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 165
Ele é que olhava sempre para ela atento e fixo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 169
Continuou a olhar para os dois, ansiosa de os perceber, aterrada de os adivinhar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 170
unit 171
Olhe como se falam.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 177
Creio que é muito; diga logo cocheiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 178
Fiz um gesto de pesar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 182
De repente, voltou a cabeça para o meu lado e fitou-me.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 184
Olhou, olhou, recompôs a fisionomia e levantou-se.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 185
— Vamos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 187
D. Antônia respondeu que não, não achara nem buscara nada, e convidou-me a sair.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 191
repeti eu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 192
Que verdade?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 193
— Vamos embora.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 196
Recolhi-me alvoroçado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago
unit 198
Cumpria arrancar-lha, e a melhor ocasião ia perdida.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 6 months ago

Falei a D. Antônia no dia seguinte. Estava disposto a pedir-lhe uma conversação particular; mas foi ela mesma que veio ter comigo, dizendo que durante a minha moléstia tinha acabado umas alfaias, e queria ouvir a minha opinião; estavam na sacristia. Enquanto atravessávamos a sala e um dos corredores que ficavam ao lado do pátio central, ia-lhe eu falando, sem que ela me prestasse grande atenção. Subimos os três degraus que davam para uma vasta sala calçada de pedra, e abobadada. Ao fundo havia uma grande porta, que levava ao terreiro e à chácara; à direita ficava a da sacristia, à esquerda outra, destinada a um ou mais aposentos, não sei bem.

Naquela sala achamos Lalau e o sineiro, este sentado, ela de pé.

O sineiro era um preto velho e doido. Não fazia mais que tocar o sino da capela, para a missa, aos domingos. O resto do tempo vivia calado ou resmungando. Ninguém lhe falava, embora fosse manso. Lalau era a única, entre todos, parentes, agregados ou fâmulos, que ia conversar com ele, interrogá-lo, escutá-lo, pedir-lhe histórias. E ele contava-lhe histórias — muito compridas, sem sentido algumas, outras quase sem nexo, reminiscências vagas e embrulhadas, ou sugestões do delírio.

Era curioso vê-los. Lalau perdia a inquietação; ficava séria e tranqüila, durante dez, quinze, vinte minutos, a escutá-lo. O Gira (nunca lhe conheci outro nome) alegrava-se ao vê-la. Com a razão, perdera a convivência dos mais. Vivia entregue aos pensamentos solitários, mergulhado na inconsciência e na solidão. A moça representava aos olhos dele alguma coisa mais do que uma simples criatura, era a sociedade humana, e uma sombra de sombra da consciência antiga. Ela, que o sentia, dava-lhe essa curta emersão do abismo, e uma ou duas vezes por semana ia conversar com ele.

D. Antônia parou. Não contava com a moça ali, ao pé da porta da sacristia, e queria falar-me em particular, como se vai ver. Compreendi-o logo pelo desagrado do gesto, como já suspeitara alguma coisa ao vê-la preocupada. No momento em que chegávamos, Lalau perguntava ao Gira:

— E depois, e depois?

— Depois, o rei pegou gavião, e gavião cantou.

— Gavião canta?

— Gavião? Uê, gente! Gavião cantou: Calunga, mussanga, monandenguê... Calunga, mussanga, monandenguê... Calunga...

E o preto dava ao corpo umas sacudidelas para acompanhar a toada africana. Olhei para Lalau. Ela, que ria de tudo, não se ria daquilo, parecia ter no rosto uma expressão de grande piedade. Voltei-me para D. Antônia; esta, depois de hesitar um pouco, deliberou entrar na sacristia, cuja porta estava aberta. Lalau tinha-nos visto, sorriu para nós e continuou a falar com o Gira. D. Antônia e eu entramos.

Sobre a cômoda da sacristia estavam as tais alfaias. D. Antônia disse ao preto sacristão, que fosse ajudar a descarregar o carro que chegara da roça, e lá a esperasse. Ficamos sós; mostrou-me duas alvas e duas sobrepelizes; depois, sem transição, disse-me que precisava de mim para um grande obséquio. Soube na véspera que o filho andava com idéias de ser deputado; pedia-me duas coisas, a primeira é que o dissuadisse.

— Mas por quê? disse-lhe eu. A política foi a carreira do pai, é a carreira principal no Brasil...

— Vá que seja; mas, Reverendíssimo, ele não tem jeito para a política.

— Quem lhe disse que não? Pode ser que tenha. No trabalho é que se conhece o trabalhador; em todo caso, — deixe-me falar com franqueza — acho bom da sua parte que procure empregar a atividade em alguma coisa exterior.

D. Antônia sentou-se, e apontou-me para outra cadeira. Ficamos ambos ao pé de uma larga janela, que dava para o terreiro. Sentada, declarou que concordava comigo na necessidade que apontara, mas ia então ao segundo obséquio, que não era novo; é que o levasse para a Europa. Depois da Europa, com mais alguns anos e experiência das coisas, pode ser que viesse a ser útil ao seu país...

Interrompi-a nesse ponto. Ela esperou; eu, depois de fitá-la por alguns instantes, disse-lhe que a viagem, com efeito, podia ser útil, mas que os costumes do moço eram tão caseiros que dificilmente se ajustariam às peregrinações; salvo se adotássemos um meio-termo: enviá-lo casado.

— Não se arranja uma noiva com um simples baú de viagem, disse ela.

— Está arranjada.

D. Antônia estremeceu.

— Está aqui perto; é a sua boa amiga e pupila.

— Quem? Lalau? Está caçoando. Lalau e meu filho? Vossa Reverendíssima está brincando comigo. Não vê que não é possível? Casá-los assim como um remédio? Falemos de outra coisa.

— Não, minha senhora, falemos disto mesmo.

D. Antônia, que dirigira os olhos para outro lado, quando proferiu as últimas palavras, levantou a cabeça de súbito, ao ouvir o que lhe disse. Creio que, depois da morte do marido, era a primeira pessoa que lhe fazia frente. Olhou-me espantada. Estava tão acostumada a governar ali, naquele mundo insulado, sem contraste nem advertência, que não podia crer em seus ouvidos. O Padre Mascarenhas dissera-lhe uma vez, ao almoço, que ela era a imperatriz da Casa Velha, e D. Antônia sorriu lisonjeada, com a idéia de ser imperatriz em algum ponto da terra. Não batia com o cetro em ninguém, mas estimava saber que lho reconheciam.

Pela minha parte, curvei-me respeitoso, mas insisti que falássemos daquele mesmo assunto, para resolvê-lo de uma vez.

— Resolver o quê? perguntou ela alçando desdenhosamente o lábio superior.

— Não percamos tempo em dizer coisas sabidas de nós ambos, continuei. Eles gostam um do outro. Esta é a verdade pura. Resta saber se poderão casar, e é aqui que não acho nem presumo nenhuma razão que se oponha. Não falo de seu filho, que é um moço digno a todos os respeitos. Falemos dela. Diga-me o que é que lhe acha?

Não quis responder; eu continuei o que dizia, lembrei a educação que ela lhe dera, o amor que lhe tinha, e principalmente falei das virtudes da moça, da delicadeza dos seus sentimentos, e da distinção natural, que supria o nascimento. Perguntei-lhe se, em verdade, acreditava que o Vitorino, filho do segeiro... D. Antônia estremeceu.

— Vejo que está informado de tudo, disse ela depois de um breve instante de silêncio. Conspiram contra mim. Bem; que quer de mim Vossa Reverendíssima? Que meu filho case com Lalau? Não pode ser.

— E por que não pode ser?

— Realmente, não sei que idéias entraram por aqui depois de 31. São ainda lembranças do padre Feijó. Parece mesmo achaque de padres. Quer ouvir por que razão não podem casar? porque não podem. Não lhe nego nada a respeito dela; é muito boa menina, dei-lhe a educação que pude, não sei se mais do que convinha, mas, enfim, está criada e pronta para fazer a felicidade de algum homem. Que mais há de ser? Nós não vivemos no mundo da lua, Reverendíssimo. Meu filho é meu filho, e, além desta razão, que é forte, precisa de alguma aliança de família. Isto não é novela de príncipes que acabam casando com roceiras, ou de princesas encantadas. Faça-me o favor de dizer com que cara daria eu semelhante notícia aos nossos parentes de Minas e de S. Paulo?

— Pode ser que a senhora tenha razão; é achaque de padre, é achaque até de Nosso Senhor Jesus Cristo, que nasceu nas palhas...

— Sim, senhor; mas nesse caso que mal há em casar com o Vitorino? Filho de segeiro não é gente? Diga-me! Para que ela case com meu filho, Nosso Senhor nasceu nas palhas; mas para que case com o Vitorino, já não é a mesma coisa... Diga-me!

— Mas, Senhora D. Antônia...

— Qual! disse ela levantando-se, e indo até à porta que dava para a capela, e depois à outra de entrada da sacristia; espiou se nos ouviram, e voltou.

Voltando, deu alguns passos sem dizer nada, indo e vindo, desde a porta até à parede do fundo, onde pendia uma imagem de Nossa Senhora, com uma coroa de ouro na cabeça, e estrelas de ouro no manto. D. Antônia fitou durante alguns momentos a imagem como para defender-se a si mesma. A Virgem coroada, rainha e triunfante, era para ela a legítima deidade católica, não a Virgem foragida e caída nas palhas de um estábulo. Estava como até então não a tinha visto. Geralmente, era plácida, e alguma vez impassível; agora, porém, mostrava-se ríspida e inquieta, como se a natureza rompesse as malhas do costume. A pupila abrasava-se de uma flama nova; os movimentos eram súbitos e não sei se desconcertados entre si. Eu, da minha cadeira, ia-a acompanhando com os olhos, a princípio arrependido de ter falado, mas vencendo logo depois esse sentimento de desânimo, e disposto a ir ao fim. Ao cabo de poucos minutos, D. Antônia parou diante de mim. Quis levantar-me; ela pôs-me a mão no ombro, para que ficasse, e abanou a cabeça com um ar de censura amiga.

— Para que me falou nisso? pergunta logo depois com doçura. Conheço que fala por ser amigo de um e de outro, e da nossa casa...

— Pode crer, pode crer.

— Creio, sim. Então eu não vejo as coisas? Tenho notado que é amigo nosso. Ela principalmente, parece tê-lo enfeitiçado... Não precisa ficar vermelho; as moças também enfeitiçam os padres, quando querem que eles as casem com os escolhidos do coração delas. Que ela merece, é verdade; mas daí a casar é muito. Venha cá, prosseguiu ela sentando-se, vamos fazer um acordo. Eu cedo alguma coisa, o senhor cede também, e acharemos um modo de combinar tudo. Confesso-lhe um pecado. A escolha do Vitorino era filha de um mau sentimento; era um modo, não só de os separar, mas até de a castigar um pouco. Perdoe-me, Reverendíssimo; cedi ao meu orgulho ofendido. Mas deixemos o Vitorino; convenho que não é digno dela. É bom rapaz, mas não está no mesmo grau de educação que dei a Lalau. Vamos a outro; podemos arranjar-lhe empregado do foro, ou mesmo pessoa de negócio... Em todo caso, não seja contra mim; ajude-me antes a arranjar esta dificuldade que surgiu aqui em casa...

— Desde quando?

— Sei lá! desde meses. Desconfiei que se namoravam, e tenho feito o que posso, mas vejo que não posso muito.

— Entretanto, continua a recebê-la.

— Sim, para vigiá-la. Antes a quero aqui que fora daqui.

— Não é então porque a estima?

— É também porque a estimo. Infelizmente, porque a estimo. Quem lhe disse que não gosto dela, e muito? Mas meu filho é outra coisa; entrar na família é que não.

D. Antônia tirou o lenço do bolso, para esfregar as mãos, tornou a guardá-lo, e reclinou-se na cadeira, enquanto eu lhe fui respondendo. Conquanto fosse muito mais baixa que eu, dera um jeito tão superior na cabeça que parecia olhar de cima.

Fui respondendo o que podia e cabia, com boas palavras, mostrando em primeiro lugar a inconveniência de os deixar namorados e separados: era fazê-los pecar ou padecer. Disse-lhe que o filho era tenaz, que a moça provavelmente não teimaria em desposá-lo, sabendo que era desagradável à sua benfeitora, mas também podia dar-se que o desdém a irritasse, e que a certeza de dominar o coração de Félix lhe sugerisse a idéia de o roubar à mãe. Acrescia a educação, ponto em que insisti, a educação e a vida que levava, e que lhe tornariam doloroso passar às mãos de criatura inferior. Finalmente — e aqui sorri para lhe pedir perdão —, finalmente, era mulher, e a vaidade, insuportável nos homens, era na mulher um pecado tanto pior quanto lhe ficava bem; Lalau não seria uma exceção do sexo. Herdar com o marido o prestígio de que gozava a Casa Velha acabaria por lhe dar força e fazê-la lutar. Aqui parei; D. Antônia não me respondeu nada, olhava para o chão.

Como estávamos de costas para a janela, e ficássemos calados algum tempo, fomos acordados do silêncio pela voz de Lalau que vinha do lado do terreiro. Voltamos a cabeça; vimos a moça repreendendo a dois moleques, crias da casa, que puxavam pela casaca ao sineiro, uma velha casaca que o Félix lhe dera alguns dias antes. O sineiro, resmungando sempre, atravessou o terreiro, tomou à direita para o lado da frente da capela, e desapareceu; Lalau pegou na gola da camisa de uma das crias e na orelha da outra, e impediu que elas fossem atrás do pobre-diabo.

Olhei para D. Antônia, a fim de ver que impressão lhe dera o ato da moça. Mal começava a fitá-la, reparei que franzia a testa, não sei até se empalidecia; tornando a olhar para fora, tive explicação do abalo. Vi o filho de D. Antônia ao pé da moça; acabava de chegar ao grupo. Lalau explicava-lhe naturalmente a ocorrência; Félix escutava calado, sorrindo, gostando de vê-la assim compassiva, e afinal, quando ela acabou, inclinou-se para dizer alguma coisa aos moleques. Vimo-lo depois pegar em um destes, e aproximá-lo de si, enquanto a moça ficou com o segundo; e, posto esse pretexto entre eles, começaram a falar baixinho.

D. Antônia recuou depressa, para que não a vissem. Creio que era a primeira vez que eles lhe apresentavam semelhante quadro. Recuou levantando-se, e foi para o lado da cômoda; eu continuei a observá-los. Não se podia ouvir-lhes nada, mas era claro que falavam de si mesmos. Às vezes a boca interrompia os salmos, que ia dizendo, para deixar a antífona aos olhos; logo depois recitava o cântico. Era a eterna aleluia dos namorados.

Violentei-me, não tirei a vista do grupo; precisava matar em mim mesmo, pela contemplação objetiva da desesperança, qualquer má sugestão da carne. Olhei para os dois, adivinhei o que estariam dizendo, e, pior ainda, o que estariam calando, e que se lhes podia ler no rosto e nas maneiras. Lalau era agora mulher apenas, sem nenhuma das coisas de criança que a caracterizavam na vida de todas as horas. Com as mãos no ombro do moleque, ora fitava os olhos na carapinha deste, ouvindo somente as palavras de Félix; ora, erguia-os para o moço, a fim de o mirar calada ou falando. Ele é que olhava sempre para ela atento e fixo.

Entretanto, D. Antônia aproximara-se outra vez da janela, por trás de mim, e de mais longe, confiada na obscuridade da sacristia. Voltei-me e disse-lhe que a nossa espionagem era de direito divino, que o próprio céu nos aparelhara aquela indiscrição. D. Antônia, em geral avessa às sutilezas do pensamento, menos que nunca podia agora penetrá-las; pode ser até que nem me ouvisse. Continuou a olhar para os dois, ansiosa de os perceber, aterrada de os adivinhar.

— Uma coisa há de conceder, disse-lhe eu, há de conceder que eles parecem ter nascido um para o outro. Olhe como se falam. Veja os modos dela, a dignidade, e ao mesmo tempo a doçura; ele parece até que quer fazer esquecer que é o herdeiro da casa. Não sei até se lhe diga uma coisa; digo se me consentir...

D. Antônia voltou os olhos a mim com um ar interrogativo e complacente.

— Digo-lhe que, se alguém trocasse os papéis, e a desse como sua filha, e a ele como o advogado da casa, ninguém poria nenhuma objeção.

D. Antônia afastou-se da janela, sem dizer nada; depois tornou a ela, curiosa, interrogando a fisionomia dos dois. No fim de alguns minutos, não tendo esquecido as minhas últimas palavras, redargüiu com ironia e tristeza:

— Advogado? Creio que é muito; diga logo cocheiro.

Fiz um gesto de pesar. E pedi-lhe que me desculpasse o estilo pinturesco da conversação; não queria dizer senão que a dignidade da moça fá-la-ia supor dona da casa, ao passo que as maneiras respeitosas dele, que tão bem lhe iam, poderiam fazê-lo crer outra coisa; mas outra coisa educada, notasse bem. D. Antônia ouvia-me distraída e inquieta, olhando para fora e para dentro; e quando afinal os dois separaram-se, indo ele para o lado da frente da capela, que comunicava com o caminho público, e ela para a parte oposta, a fim de entrar em casa, D. Antônia sentou-se na cadeira em que estivera antes, e respirou à larga. Abanou a cabeça duas ou três vezes, e disse-me sem olhar para mim:

— Não tenho de que me queixar; a culpa é toda minha.

De repente, voltou a cabeça para o meu lado e fitou-me. Tinha as feições um tanto alteradas, como que iluminadas, e esperei que me dissesse alguma coisa, mas não disse. Olhou, olhou, recompôs a fisionomia e levantou-se.

— Vamos.

Não obedeci logo; imaginei que ela acabava de achar algum estratagema para cumprir a sua vontade, e confessei-lho sem rebuço, porque a situação não comportava já dissimular. D. Antônia respondeu que não, não achara nem buscara nada, e convidou-me a sair. Insisti no receio, acrescentando que, se cogitava dar um golpe, melhor seria avisar-me, para que os dissuadisse, e não fossem eles apanhados de supetão. D. Antônia ouviu sem interromper, e não replicou logo, mas daí a alguns segundos, com palavras não claras e seguidas, senão ínvias e dúbias. Contava comigo ao lado dela, desde que soubesse a verdade... mas que a apoiasse já... depois... então...

— A verdade? repeti eu. Que verdade?

— Vamos embora.

— Diga-me tudo, a ocasião é única, estamos perto de Deus...

D. Antônia estremeceu ouvindo esta palavra, e deu-se pressa em sair da sacristia; levantei-me e saí também. Achei-a a dois passos da porta, disse-me que ia ver os aposentos fronteiros, porque contava com hóspedes da roça, e foi andando; eu desci os degraus de pedra, atravessei o pátio da cisterna, e recolhi-me à biblioteca. Recolhi-me alvoroçado. Que verdade seria aquela, anunciada a fugir, tal verdade que me faria trocar de papel, desde que eu a conhecesse? Cumpria arrancar-lha, e a melhor ocasião ia perdida.