Fortunata y Jacinta - Parte segunda - dos historias de casadas.VII.
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-VII-.

La boda y la luna de miel.




--i--.


Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa, un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en _La Correspondencia_, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles, sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.
Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles, porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase Patricia, pero Torquemada la llamaba _Patria_, pues era hombre tan económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.

Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista.
No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».

Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.
Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila, poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano: debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima tienda de ultramarinos.

No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius vulgaris_. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría, la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba bien y el porvenir les sonreía.

Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.

Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño, la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos.
Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles.
«Hágase usted la cuenta--le dijo también--, de que es otra mujer, de que se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen, como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.

La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar.
Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había tenido.

En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas.

Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien emplearse. De una salvaje _en toda la extensión de la palabra_, formaría una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e ilusiones de su plan.

Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a aplicar sus enseñanzas. «No se dice _armejas_ sino _almejas_. Hija, hay que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al pelo su obligación.

Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del trípode ni cesaba en sus correcciones;. y rara vez abría la boca Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos--decía--, se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con serenidad y sin atropellarse».

Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.

Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas cosas muy puestas en razón.

Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no parecerlo.

Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.

Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia, Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.

Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que decir más que «sí... verdad...».

De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia, ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda, aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.




--ii--.


El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo, como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí ahora...».

--¿De veras eres tú...?

Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.

--¡Y qué bien calzada!...

--¿Qué te creías tú?

Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo, delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con un pañuelo por las cuatro puntas.

«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.

--Ya le he dicho que no--replicó Papitos con mal modo.

--No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu cocina, y déjanos en paz.

Papitos se fue refunfuñando.

--¿Qué traes por aquí?--le preguntó Fortunata, que desde que la vio entrar, sentía palpitaciones muy fuertes.

--Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos mantones para que los vea esa tía pastelera... --¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer... ¿Te has olvidado ya de la que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti.
Aquel día me puse mala.

--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras. Pero una tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger al Santísimo Sacramento... soñé que me comía la hostia... Nunca me ha dado un toque tan fuerte, chica... ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se me serenó el sentido, estaba abochornada... El único a quien guardaba rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de la _dinidá_ no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle, se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía cuenta hacer algo por mí.

--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio, vas a parar en mal.

--Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que salí de las Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien; pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver... Y pasando a otra cosa, ya sé que te casas mañana.

--¿Por dónde lo has sabido?

--Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--. Vaya, que te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.

En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto pequeño. Era un botón.

«Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--. Señal de que vas a ser dichosa».

--No creas en brujerías.--¿Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el botón es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena señal; pero si es negro y con tres, mala.

--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?

Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía sin saber por qué, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de extraordinaria gravedad.

--¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo?

--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su _featón_. Los hombres son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y candados, eso, eso es lo que se les antoja.

--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me vengas con cuentos.

--Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas cosas... Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta: «¿Te lo digo?... ¿te lo digo?».

--¿Pero qué?

Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.

«¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya, que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a caer... Como que ya has metido la patita dentro».

--¿Yo...?--Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.

--¡Bah!... no digas desatinos--replicó Fortunata, queriendo echárselas de valiente.

Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba arreglando.

«Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le sentirás la respiración».

--Quita, quita... no quiero oírte.

--Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa, creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti.

--El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a esta mano; de modo que... No me vuelvas loca... --Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu señor me le ha colocado en el tren.

Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.

«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?...
¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.

--Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la repararía. Créetelo porque yo te lo digo.

En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita, pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.

«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».

La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada; pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.

«Pues yo...--prosiguió Fortunata--, si es verdad, le diré a mi marido que tome otra casa».

--Tendrías que cantarle el motivo.

--Se lo cantaré... vaya.--Bonita escandalera armarías... Nada, hija, que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de lienzo.

--Pues ea... no me casaré--dijo la novia en el colmo ya de la confusión.

--¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza... Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la _comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.

Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en la mano.

«¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--. ¡Ah!, otro botón... y este es negro, con tres _ujeros_... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si no te casas, mereces que te azoten».

Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.

«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente.
Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.

«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una puerta aquí, otra allí...».

--Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.

Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce perversidad.

«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!--declaró la novia levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose quisiera infundirse la energía que le faltaba».

--Como lo vuelvas a decir...--añadió Mauricia haciendo un gesto de burlesca amenaza--. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:.

Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez a su lado.

«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal al pecho para que peques».

--Pues sí--dijo Fortunata animándose--, ¿qué me importa a mí la trampa?
Como yo no quiera caer... --Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.

--Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa--observó la novia tomando en serio los consejos de su amiga.

--Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.

--¡Vendida!... ¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--. Mira tú por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona, muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.

--Eso... y viva el _caraiter_. Tú mira bien lo que te digo: siempre y cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, ¡dejar de casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.

Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga, expresada de una manera cariñosa y fraternal.

«Otra cosa se me ocurre--indicó luego con la alegría del náufrago que ve flotar una tabla cerca de sí--. Le diré a mi marido que estoy mala y que me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».

--¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?--dijo Mauricia con expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su hija--. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con el señor cura... --Quita, quita, ¡qué asco!

--Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agregó la tarasca cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus rodillas--. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que yo te diga es por tu bien.

Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar, pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy _mismamente_ como tu madre.

Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se aproximaba doña Lupe.

Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.

--¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--. ¡Pero qué oscuridad! No veo gota. Mauricia... --Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.

Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora: «¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado?
Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».

--No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la cuenta. Fue un pronto que tuve.

--¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí?

Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.

«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el _escomienzo_ de todas las felicidades».

--¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a veinticinco.

--Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he querido dar... Mire, por estas cruces.

Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.

--«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...».

--Pero no serán como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo corras.

Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.

Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.




--iii--.


Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y ella le oía como quien oye llover;. mas no reparó el joven en esta distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista, quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían, Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo: «No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.

Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!, honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran armar».

Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el cesto más grande que en la casa había.

Lo que doña Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riñones salteados, sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la señora a asistir a la ceremonia.

Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante.
«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.

La de Jáuregui se puso su visita adornada con abalorio, y doña Silvia se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda, porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad, motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.

Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León.
_Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_ presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin, doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.

Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu, que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio.
¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron; pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba, que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado?
¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de destruirlo.

De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con doña Silvia;. ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza, comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los comensales, y contó... «Me voy--dijo--, para no hacer trece». Algunos protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la tranquilizadora cifra de doce.

Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía de decir.

A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente; mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la tengo--replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos--; pero quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil; no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo que era la hora, y no volví a dormir».

Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes.

«Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita. Las mías han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».

--¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza?

--No, hija... comiéndolo...--¡Ah!, uso interno...--Vale más que te retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por instantes.

Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí tropezó con doña Lupe, que le dijo: «Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té para tu marido. Lo que él necesita más es descanso».

La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando, teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían, confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa, y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza.

«Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...».

--No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya.
Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta.

Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.

«Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú, Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber».

Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío, lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría...
Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que le había contado Mauricia.

Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas.
Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí... ¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes, hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí.
Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó.

Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que lo mismo podía ser de dolor que de ironía.




--iv--.


Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba; encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero, veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras, borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.

Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición.

«Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. ¿Sabe usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».

--Señorita--replicó la criada sin dejarla concluir--; como estoy aquí desde el día antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la vecindad... ¿sabe? En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman doña Cirila. Su marido es no sé qué del tren. Tiene una gorra con galones y letras. Esta noche, cuando bajé por las bujías, me encontré a la vecina en la tienda y me preguntó por el señorito. Dijo que cualquier cosa que se ofreciera... ¿sabe? Es muy amable. Ayer entró aquí a ver la casa, y yo pasé a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a usted la visita.

--¡A mí!--replicó Fortunata sentándose en la silla de la cocina, junto a la mesa de pino blanco--. ¡Qué confianzudo está el tiempo! Y usted, ¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?... ¿Qué sabía usted si a mí me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...?

--Yo... señorita... calculé que... --Nada, estoy vendida...--pensó Fortunata--, y esta mujer es el mismo demonio.

Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas palabras: «Díjome doña Cirila que es usted muy linda, ¿sabe?... que esta mañana la vio a usted en la iglesia y que le fue muy simpática. Verá usted, cuando la trate, que también ella se deja querer. Dice que se alegrará mucho de que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche están jugando a la brisca hasta las doce».

--¡Que pase yo allá!... ¡yo!

--Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el señorito duerme y no son más que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato.

«¿Pero qué está usted diciendo? ¡Distraerme yo!».

Fortunata se habría dejado llevar del primer impulso de cólera, si en su alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta relajación de conciencia. Se calló, y en aquel instante llamaron a la puerta.

«¡Llaman!... No abra usted, no abra usted» dijo con presentimiento de un cercano peligro.

--¿Por qué, señorita?... ¿A qué esos miedos...? Miraré por el ventanillo.

Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en la puerta. Duró poco, y la criada volvió diciendo: «Los de al lado... la misma señorita Cirila fue la que llamó. Nada; que si teníamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me preguntó cómo seguía el señorito. Le contesté que duerme como un lirón».

Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios temblorosos. Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas entremezcladas con términos de farmacia: «Ídolo... De acetato de morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco, tres gramos... disuélvase...».

Volviendo a la cocina, mandó a la criada que se acostase; pero la señora Patria no tenía sueño. «Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me he de acostar yo? Podría ofrecerse algo». Y la muy picarona quería entablar conversación con su ama; mas esta no le respondía a nada. De pronto, el despierto oído de Fortunata, cuyo pensamiento estaba reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, creyó sentir ruido en la puerta. Parecía como si cautelosamente probaran llaves desde fuera para abrirla. Fue allá muerta de miedo, y al acercarse cesó el ruido; ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria: «Juraría que alguien anda en la puerta... Pero qué, ¿no ha echado usted el cerrojo?».

Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho cuidado para no hacer ruido.

«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver, atención... ¿No siente usted un ruidito como si alguien estuviera tentando la cerradura?... ¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?».

--Señorita... ¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea usted tan medrosica...

Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona que tras esta, a su parecer, estaba... Le conocía, ¡cosa más rara!, en la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente, sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía: «¿Le parece a usted bien que abra?... ¿Cree usted que...?».

Pero a Fortunata la ganó de súbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor y dignidad.

«Si esto sigue--dijo--, despertaré a mi marido. ¡Ah!, ya parece que se retira el ladrón, pues ladrón debe de ser...».

Tocó el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la sala. Patricia volvió a la cocina.

«En todo caso, es demasiado pronto» pensó Fortunata sentándose en una silla y poniéndose a pensar. Fue como una concesión a las ideas malas que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes. Después trató de rehacerse de nuevo: «Resueltamente, mañana le digo a mi marido que la casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergüenza la planto en la calle».

¡Qué cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento irresistible, casi puramente mecánico y fatal, Fortunata se levantó y saliendo de la sala, se acercó a la puerta. En aquel acto, todo lo que constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del alma de la infortunada mujer;. no había más que el impulso físico, y lo poco que de espiritual había en ello, engañábase a sí mismo creyéndose simple curiosidad. Aplicó el oído a la rejilla... Pues sí, la persona, el ladrón o lo que fuera, continuaba allí. Instintivamente, como el suicida pone el dedo en el gatillo, llevó la mano al cerrojo;. pero así como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un dedo que señala.

Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora sí que no te me escapas».

Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua.
Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía: «Señorita, abra usted y no haga más papeles. Si al fin ha de abrir mañana, ¿por qué no abre esta noche?».

Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la señora: «No, no abro».

--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto. Después sintieron que se abría y se cerraba la puerta del cuarto vecino.
Fortunata respiró. El _otro_, cansado de esperar, se retiraba.

«Vaya por Dios» repitió Patria, como si dijera: «Tanto repulgo para caerse luego...».

Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abría otra vez la puerta de la izquierda. Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y... el _otro_ salía embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emoción que sintió al verle fue tan grande, que se quedó como yerta, sin saber dónde estaba. Hacía tres años que no le había visto... Observó un hecho muy desagradable: al salir el tal, no había mirado a la puerta de la derecha, como parecía natural... Estaba enojado sin duda... Y movida del mismo impulso mecánico, la señora de Rubín corrió al balcón de la sala, y abrió quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco había mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros.

Patricia se permitió la confianza de poner su mano en el hombro de su ama, diciéndole: «Ahora sí que nos podemos acostar. ¡Qué susto hemos pasado!». Fortunata le respondió: «¿Susto yo?... ¡quia!». Todo esto se decía con un cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí un enfermo cuyo sueño había que respetar. La criada se deslizó blandamente por los oscuros pasillos y el ama entró en la alcoba. Al ver a su marido, sintió como si lo que está a cien mil leguas de nosotros se nos pusiera al lado de repente. Maxi había dado vueltas en el lecho y dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo se perdía en la anchura de aquella cama tan grande, y allí podía pasearse en sueños el esposo como en los inconmensurables espacios del Limbo.

La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en ella, cerró los ojos. Y allá de madrugada fue vencida del sueño, y se le armó en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorrían, de puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que se colaban en su casa filtrándose por las paredes.




--v--.


A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo. Daba lástima verle. Su palidez era como la de un muerto; tenía la lengua blanca, mucha debilidad y ningún apetito.

Diéronle algo de comer, y Fortunata opinó que debía quedarse en la cama hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque sentía cierto alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandón y rodar por él. La mujer le cuidaba como se cuida a un niño, y se había borrado de su mente la idea de que era un hombre.

Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se habían hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la cocina a la sala, dictando reglas y pragmáticas de buen gobierno. Maxi se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en ella, y la llamaba a cada instante.

«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí. Ni siquiera me has dado un beso. ¡Qué día de boda, hija, y qué noche! Esta maldita jaqueca... pero ya pasó, y ahora lo menos en quince días no me volverá a dar... ¡Vamos!, ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina. ¿No está ahí esa señora Patria?».

--Ha ido a la compra. La que está es tu tía, por cierto dando _tantismas_ órdenes, que no sabe una a cuál atender primero.

--Pues déjala. Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras, pichona. Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está. ¡Qué bien sirve!
¿verdad? Es una mujer muy lista.

--Ya lo creo...--¿Te vas de veras?--Sí, porque si no, tu tía me va a echar los tiempos.

--¡Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy también a la cocina.
Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres mía; soy tu dueño único, y mando en ti.

--Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo él nadando en las sábanas como si fueran olas.

Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina.
Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a nadie. Parecía vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala echaba la esposa de Rubín miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin duda la trampa se armaba sólo por las noches.

A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las palabras en la boca para preguntarle: «¿y los de al lado?». Pero no desplegó sus labios. Debió de penetrar la maldita gata aquella en el pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo de buenas a primeras:.

«Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?, encontreme a la señorita Cirila. Me preguntó por el señorito, y dijo que pasaría a verla a usted, sin decir cuándo ni cuándo no.

--No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contestó Fortunata, cuyo ánimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta actitud--. Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted?

Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche, sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada.
Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca de las diez, que se acostase, y esta obedeció;. mas la repugnancia y hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores.
Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte.
Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no despertó hasta las siete de la mañana.

Maxi se quedó más tiempo en la cama, hartándose de sueño, aquel reparo que su desmedrada constitución reclamaba. Púsose Fortunata a arreglar la casa y mandó a Patricia a la compra, cuando he aquí que entra doña Lupe toda descompuesta: «¿No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Déjame sentar que vengo sofocadísima. Vaya que dan que hacer mis dichosos sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decírmelo ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la policía en la casa de esa mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?, y después de registrar todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me le tienes... Vamos a ver, ¿y qué hago yo ahora? Francamente, se ha portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si sólo se tratara de tenerle unos días en la cárcel, hasta me alegraría, para que escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad».

Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llamó; y doña Lupe lo repitió en su presencia, añadiendo:.

«Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!... Tú verás a D. León Pintado, para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a D. Juan de Lantigua, que aunque es un señor muy _neo_, tiene influencia por su respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D. Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para impedir que le plantifiquen en las islas Marianas». Vistiose el joven a toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para estar de este modo reunidos en día de tanto trajín. Maxi salió después de desayunarse, y su mujer y su tía se fueron a la otra casa. Por el camino, doña Lupe decía: «Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno... Ellos la arman, y luego se dan buena maña para atarles las manos a los ministros cuando tocan a castigar. Así está el país que es un dolor... todo tan perdido... ¡Hay más miseria...!, y las patatas a seis reales arroba, cosa que no se ha visto nunca».

Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvió doña Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada.
Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte. Tocaría, pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación. A poco llegó don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar. «Ha ido con D. León Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato».

Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió calle. No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira... Iba despacio por la calle de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar dátiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino, saboreaba el placer íntimo de la libertad, de estar sola y suelta siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba haciendo circular su sangre con más viveza. Tradújose esta disposición de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y anda que andarás, vino a hacerse la consideración de que no sentía malditas ganas de meterse en su casa. ¿Qué iba ella a hacer en su casa?
Nada. Conveníale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud había tenido dentro de las Micaelas. ¡Qué gusto poder coger de punta a punta una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doña Lupe ni Patricia ni nadie podían contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla.

Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde. Miraba todo con la curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas. ¡Qué bonita, _verbi gracia_, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre cariñoso interés. Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no podía ser para ella, porque estaba fuera de su centro natural, Había nacido para menestrala; no le importaba trabajar _como el obispo_ con tal de poseer lo que por suyo tenía. Pero alguien la sacó de aquel su primer molde para lanzarla a vida distinta; después la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora. La ponían en un convento para moldearla de nuevo, después la casaban... y tira y dale. Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.

Ocurriole si no tendría ella _pecho_ alguna vez, quería decir iniciativa... si no haría alguna vez lo que le saliera _de entre sí_.
Embebecida en esta cavilación llegó al Campo de Guardias, junto al Depósito. Había allí muchos sillares, y sentándose en uno de ellos, empezó a comer dátiles. Siempre que arrojaba un hueso, parecía que lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita, como se arroja la chispa al montón de paja para que arda.

«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone las cosas mal... El hombre que quise, ¿por qué no era un triste albañil?
Pues no; había de ser señorito rico, para que me engañara y no se pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera... pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más... Luego lo natural era que me dejara en paz, y así se me pasaría esto; pues no señor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una trampa... También era natural que ninguna persona decente se quisiera casar conmigo; pues no señor, sale Maxi y... ¡tras!, me pone en el disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendición al canto... ¿Pero es verdad que estoy casada yo?...».




--vi--.


Miraba el hueso del dátil que se acababa de comer, y como si el hueso le dijera que sí, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado... «¡Vaya si lo estoy!». Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó dónde estaba. Pero levantándose de repente, echó a andar hacia abajo, como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama _idea fija_.
Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre, vago el mirar; bajábala como los monomaniacos. Al llegar frente a la iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sintió tras sí. «Estos pasos son los suyos--pensó--; pues lo que es yo no miro para atrás. ¿Qué haré? Aprisita, aprisita».

La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era. Más adelante sintió otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extendía por la calle, paralela a su sombra. Aquel sí era... ¿Miraría? No; más valía no darse por entendida... Por fin, la pícara curiosidad... Miró y tampoco era. Al llegar a su casa estaba más tranquila. Cuando Patria abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien? ¿El señorito está?...».

--El señorito no viene hasta la noche. Mandó un recado para que no le esperase usted.

Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no pudo menos de preguntarle: «¿Quién está ahí?».

Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y... «¿Qué... pero qué...?» balbució la señora acercándose de puntillas a la puerta de la sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No veía nada. Abrió más, más... Estaba pálida como si se hubiera quedado sin sangre... Abrió más... acabáramos. En el sofá de la sala, tranquilamente sentado...
¡Dios!, _el otro_. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento.
Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja o un velo que sube. No dijo nada. Él, pálido también, se levantó y dijo claramente: «Adelante, _nena_».

Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello), sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín, lanzando este grito salvaje: «¡Nene!... ¡bendito Dios!».

Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La prójima fue quien primero habló, diciendo: «Nene, me muero por ti...».

«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo. Dejábase llevar ella, como la cosa más natural del mundo. Franquearon la puerta de la casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué casualidad!, abierta también.

Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al despertar;. su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz: «¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji... ¡tres años!... no, más años, más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa... pues sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji... _Juárez el Negro_, te vi y no te vi... y siempre él delante, y un día que le dije que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso matar... Yo muriéndome por hablarte y él que no... que no... Nuestro _nenín_ muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento, también... ji ji ji... besos por el aire... y tú sin acordarte de mí, malo...».

--¡Sin acordarme! Desde que volví de Valencia te estoy dando caza... ¡Lo que he pasado, hija! Ya te contaré. Y al fin te he cogido... ¡ah, buena pieza! Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho sufrir!... ¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero qué guapa estás, nena.

--_Chi_.

--Estás hermosísima.--_Chi_... para ti.

El frío aquel de fiebre se trocó de improviso en calor violentísimo, y la risa convulsiva en explosión de llanto.

«No es día de llorar, sino de estar alegre».

--¿Sabes de qué me acuerdo? De mi _nenín_ tan gracioso... Si hubiera vivido, le habrías querido tú, ¿verdad? Me parece que le veo, cuando se le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Juárez el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón: «Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las nueve te mato». Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz!

--¡Cuánto tenemos que contar!... yo a ti, tú a mí. Ya sé que te has casado. Has hecho bien.

Este _has hecho bien_ le cayó a la prójima como una gota fría en el corazón, trayéndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lágrimas, se acordó de Maxi, de su boda; y su casa, que se había alejado cien millas de leguas, se puso allí, a cuatro pasos, fúnebre y antipática. El rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las lágrimas.

«¿Y por qué hice bien?».

--Porque así eres más libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que quieras, siempre que lo hagas con discreción. He oído que tu marido es un buen chico, que ve visiones... Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o más bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasión daban a su acto mayor fealdad, y así lo comprendió en un rápido examen de conciencia; pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que el espectro huyó sin dejar rastro de sí. Se consideraba Fortunata en aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano.
Lo que había hecho, hacíalo, a juicio suyo, por disposición de las misteriosas energías que ordenan las cosas más grandes del universo, la salida del Sol y la caída de los cuerpos graves. Y ni podía dejar de hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese, era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna consecuencia, y se _conformaba_, tal era su idea, _con ir al infierno_.

«Esto de alquilar la casa próxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo estaba, niña mía, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...! Yo tenía contigo una deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia.
Me volví loco, te busqué como se busca lo que más queremos en el mundo.
No te encontré; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmonía para darme el estacazo... caí».

--¡Pobrecito mío!... Lo supe, sí. También supe que me buscaste. ¡Dios te lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.

Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba de mirarle.

«¡Qué guapo estás!».

--¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!... Estás ahora mucho mejor que antes.

--¡Ah!, no--repuso ella con cierta coquetería--. ¿Lo dices porque me he civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el lazo y me cogiste.

--¡Pueblo!, eso es--observó Juan con un poquito de pedantería--; en otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.

Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de aquello.

«Me parece mentira--dijo él--, que te tengo aquí, cogida otra vez con lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te he hecho...».

--Quita allá... ¡perdón!--exclamó la joven anegándose en su propia generosidad--. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?

En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó decir estas arrogantes palabras: «Mi marido eres tú... todo lo demás... ¡papas!».

Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a decir _mi mujer eres tú_; pero envainó su mentira, como el hombre prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.




--vii--.


Ya de noche pasó Fortunata a su casa. Su marido no había llegado aún.
Mientras le esperaba, la pecadora volvió a ver el espectro aquel de su perversidad; pero entonces le vio más claro, y no pudo tan fácilmente hacerle huir de su espíritu. «Me han engañado--pensaba--, me han llevado al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya estaba degollada... ¿Qué culpa tengo yo?». La casa estaba a oscuras y encendió luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones que le habían enseñado en su juventud. «Cuando la cerilla cae prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte».

Maxi entró cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre.
¡Todo un día sin verla! Le había traído un paquete de rosquillas. ¿Y Juan Pablo? Al fin se arreglaría todo. Seguramente no iba a las islas Marianas, pero quizás le tendrían en el Saladero quince o veinte días.
«Y merecido, hija. ¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?».

Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, más que en la realidad, en sí misma, y de este examen surgía un tedio abrumador, y la antipatía de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no cabía más. Y la perversa no trató de combatir aquel sentimiento; se recreaba en él como en una monstruosidad que tiene algo de seductora.

«Alma mía--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto que no te falta apetito. ¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?».

--No--replicó ella secamente--. Estoy rendidísima. ¿No ves que se me cierran los párpados? Lo que quiero es dormir.

--Bueno, mejor; yo también lo deseo.

Acostáronse, y el tiempo que aún estuvo despierta empleolo Fortunata en hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le producía, al tocar el suyo, crispamientos nerviosos. Y también se dio a pensar en lo molesto y difícil que era para ella tener que vivir dos vidas diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que trabajan en el teatro. A ella le era muy difícil representar y fingir, por lo que su tormento se crecía considerablemente. «No podré, no podré--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo». A la madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a su amante a todas horas.

En los siguientes días, las escapadas al cuarto vecino tenían lugar a horas varias, cuando Maxi salía. Iba a estudiar con un amigo para tomar el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba acordado que tendría plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido más lejos. En tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana. Las disposiciones de Fortunata y aun de la misma doña Lupe eran letra muerta. Robaba descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla. Santa Cruz, que era el autor de todo aquel fregado, no sabía cómo arreglarlo, cuando su amiga le consultaba. El plan más prudente era tomar otro cuarto y despedir luego a Patricia, dándole una buena propina para que se callara.

Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante; pero esta no quería tomar nada. Se le había encajado en la cabeza una manía estrambótica, de que ambos se reían mucho, cuando ella la contaba. Pues la manía era que Juanito _no debía_ ser rico. Para que las cosas fueran en regla, _debía_ ser pobre, y entonces ella trabajaría _como una negra_ para mantenerle. «Si tú hubieras sido albañil, carpintero o, pongo por caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara».--«Vaya por dónde te ha dado ahora».--«Y nada más». No había medio de quitarle de la cabeza aquella corrección de las obras de la Providencia.

«En resumidas cuentas--le decía él--, eres una inocentona. Pero, di, ¿no te gusta el lujo?».

--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda y percal todo es lo mismo.

--Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada?

--«Nada; me lo puedes creer».--«¿Ese alma de Dios te da todo lo que necesitas?».--«Todo; me lo puedes creer».--«Quiero regalarte un vestido».--«No me lo pondré».--«Y un sombrero».--«Lo convertiré en espuerta».--«¿Has hecho voto de pobreza?».--«Yo no he hecho voto de nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más».

«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo, al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja perder por refinarlos demasiado.

Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!--decía Fortunata--, el odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que _manetizan_ a una persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas para cantar claro».

--¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues tenía a Fortunata por heterodoxa.

--¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti... La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que _deben_ ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa mala_.

--Oye una cosa--dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas nociones de aquel espíritu--. ¿Y si tu marido descubriera esto y me quisiera matar?

--¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que tiene dentro?, pues así.

--Pero vamos a ver, nena: ¿No me guardas rencor por haberte abandonado, dejándote en la miseria, con tus _vísperas_ de chiquillo y en poder de _Juárez el Negro_?

--Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la miseria me llevaron con _Juárez el Negro_. ¿Creerás lo que te voy a decir? Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía. Cosa rara, ¿verdad?... Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la boca, y él me lo daba, ahí tienes... Yo dije: «me vengaré yéndome con este animal». Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él; pero luego se me murió; y cuando reventó Juárez, como yo me pensé que ya no me querías, dije: «pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda».

--¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza?

--No me preguntes nada... no sé... Vengarse es hacer lo que no se debe... lo más feo, lo más... --¿Y de quién te vengas así, criatura?

--Pues de Dios, de... de qué sé yo... no me preguntes, porque para explicártelo, tendría que ser sabia como tú, y yo no sé jota, ni aprendo nada, aunque doña Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado algún lustre... enseñándome a no decir tanto disparate.

Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.

Un día hablaron también de Jacinta... No gustaba Juan que la conversación fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que tenía ocasión, íbase a él derecha. A sus preguntas, contestaba el otro evasivamente.

«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa».

--Pues asegúrame que no la quieres.

--La quiero, sí... ¿a qué engañarte?... pero de una manera muy distinta que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece, porque... no puedes figurarte lo buena que es.

Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurría gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer.

«La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasión que la domina, mejor dicho, una manía que la trae trastornada».

--¿Qué es?--La manía de los hijos. Dios no quiere y ella se empeña en que sí. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha enflaquecido, y hace algún tiempo que se está llenando de canas. Es ya pasión de ánimo. ¿Te enteraste de lo que pasó? Pues le dieron el gran timo. Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín. Mi mujer perdió la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevárnoslo a casa. Por pronto que se descubrió el enredo, no se pudo evitar que tu tío le estafase seis mil reales.

--_Tie_ gracia. Ya sabía yo esa historia. El niño ese debe de ser el de Nicolasa, la entenada del tío Pepe. Nació seis días después que el nuestro, y era hijo de uno que encendía los faroles del gas... Pero no comprendo una cosa. A mí me parece que tu mujer debía de querer a ese nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por mí.

--Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los niños del universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juanín, bastara que le tuviera por mío, para que le adorara. Ella es así; si no tienes tú idea de lo buena que es. ¡Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero pensarlo. De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos.
Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero.

Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa. ¿Qué estaba tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto: «Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea; verás. Le voy a proponer un trato a tu mujer. ¿Dirá que sí?».

--Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qué te parece. Yo le cedo a ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido. Total, cambiar un nene chico por el nene grande.

El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto donaire.

--¿Dirá que sí?... ¿Qué crees tú?--preguntó Fortunata con la mayor buena fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir: --Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras; pero esto es una gran idea.

El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones.




--viii--.


Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron otro cuarto. Patricia se había hecho insoportable, y doña Lupe, descolgándose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afán de mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto, Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad sería capaz de helar el fuego mismo. Habría preferido él mil veces que su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella cortesía desdeñosa y glacial. Rarísima vez se daba el caso de que ella le hiciese una caricia; para obtenerla, tenía Maxi que echarle memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no servía para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba lástima verla fingir.

El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba mucho. De tal estado pasó a la observación, desarrollándosele esta facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y hasta el respirar. Cuando comían, le examinaba la manera de comer; cuando estaban en el lecho, la manera de dormir.

Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado, produjo en el infeliz muchacho indecible melancolía. ¡Haber comprado aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano; mas no quiso manifestarlo, y lo desahogó a solas mordiéndose los puños.

«¿Por qué no me miras?» le preguntó una noche, con semblante ceñudo.

--Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase. Dios sabe lo que iba a decir.

Bebía los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando cuantas sutilezas da de sí la manía o enfermedad de amor. Indagaba con febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para pedirle su remedio. Imaginó enamorar a su esposa por medios espirituales. Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a cuantos pobres encontrase; pues él daría más, mucho más. Ella solía admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

«Ya no me quieres--le dijo un día con inmensa tristeza--, ya tu corazón voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me quieres».

Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera! Más valía que dijese terminantemente que no. «¿Por qué te vas tan lejos de mí? Parece que te causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con alguien».

Otra cosa le mortificaba. Cuando salían juntos a paseo, todo el mundo se fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a él.
Suponía Maxi que todos hacían la observación de que no era él hombre para tal hembra. Algunos se permitían examinarle de una manera insolente. Si iban al café, estaban poco tiempo, porque los amigos se enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido, y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba más a Maxi era que ella no _tomaba varas_ con nadie, y siempre que él decía _vámonos_, estaba dispuesta a retirarse.

Buscaba el farmacéutico algo en qué fundar las conjeturas que empezaban a devorarle, y no lo encontraba. Ideó consultar el caso con su tía; pero no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doña Lupe le dijese: «¿Ves?, ¡por no hacer caso de mí!». ¡Celos! ¿Y de quién? Fortunata mostrábase con todos tan fría como con él. Solía esparcir melancólicamente sus miradas por la calle, entre el gentío, sin fijarse en nadie, cual si buscaran a alguien que no quería dejarse ver. Y después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.

También atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacían de ella. «¡Qué mujer te tienes!» le decía _Pseudo-Narcissus odoripherus_.
Y _Quercus gigantea_ le silbaba en el oído estas fúnebres palabras: «Es mucha hembra para ti, barbián. Ándate con mucho ojo».

Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas. ¡Parecía mentira! La perspicaz, la sabia y experimentada señora de Jáuregui dijo más de una vez a su sobrino: «¡Qué trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aquí me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no creí... Te ayudará, te ayudará. Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el metal de voz».

Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su colocación se había resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a fines de Octubre, su viuda organizó el personal de la botica, dando una plaza a Maximiliano. Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un año de práctica, tendría participación en las ganancias. Por el lado económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, seríale preciso ausentarse de su casa días enteros, y esto le ponía en ascuas.
Ocurriósele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un día, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hízolo una vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina. Repitió la treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata había salido. Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano. «¿Que de dónde vengo? Pues de comprar unas cosillas. ¿No me dijiste que querías una corbata? Mírala».

Una noche entró Maximiliano bastante excitado. Le tomó la mano a su mujer, y haciéndola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: «Hoy he conocido a ese pillo que te deshonró».

Fortunata se quedó como muerta.

«Pues qué... ¿no está enfermo?».

Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde.
Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado, por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa de Campo, estropeándose ligeramente un brazo.

«¿Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?».

--No, no, yo no sabía nada--replicó Fortunata enteramente aturdida.

--¡Tú lo has dicho!--exclamó Rubín con la mirada terrorífica--. ¿Por dónde lo sabes?

La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!».

--¿Qué?--¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se cayó del caballo paseando por la Casa de Campo.

Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió _El Imparcial_ que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete».

Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más cargante...!».

Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi le arrebató el papel de un manotazo.

«Te has quedado así como... estupefacta».

--Déjame en paz--replicó ella con un despego que a su marido le llegó al alma.

--¡Qué modales, hija! Ya ni consideración.

Fortunata parecía que tenía sellada la boca. Comieron sin chistar; él se puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fúnebre silencio se rompiera. Acostáronse, y lo mismo. Ella volvió la espalda a su marido, insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas.

Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso todo lo que pudo, y al llegar a su calle... ¡Dios!... lo que se temía... Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones.
Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten piedad de mí--le dijo con aflicción más de niño que de hombre--. Por tu vida... la verdad, la verdad. Ese señor... tú esperándole... él pasaba por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando... le quieres otra vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Más quiero morirme de pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El último favor te pido... la verdad, dime la verdad».




--ix--.


Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela... mentiras de esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil medicina al agonizante.

«Dímelo de otra manera y te creeré--manifestó Rubín--. Dilo con un poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien y portarse mal todo es lo mismo».

La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades... Nos iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que decir _sí_ a todo.

En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo fue a consultar con Augusto Miquis,. el cual le dijo que hubiera sido mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse para siempre en sus estados de Molina.

La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una quincena. «Esta alegría--pensaba Maxi--, ¿por qué será?». Y comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».

No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar a su proposición autoridad indiscutible.

«Te irás tú...» dijo ella sonriendo.

--No--agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--, los dos.

--Tú te has vuelto loco--observó Fortunata riendo con cierto descaro--.
Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad?

--¡Toma!... ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser paleta?

--Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en un pueblo! ¡Qué talento tienes!

De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí.
Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños.
Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle, pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos.

Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró, el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.--«Me parece--replicó ella--, haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio, después un paquetito, y otro. «¿Ves?... la sopa Juliana que tanto te gusta...».

--Yo también--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado a ti esta tarde un regalito... Mira.

Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente, cuando ella se inclinaba risueña para verlo.

«¿A ver... qué es?... ¡Ay!, un revólver...».

--Sí, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal clase... --¡Qué cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. Tú no sabes lo que te pescas... Pareces tonto... Matarme a mí, ¿y por qué?...

Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete en el alma.

«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te quiera, sí señor, bonita manera».

Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a la piedad.

--Eres un niño--declaró ella, cogiendo el arma--, y como niño hay que tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren ladrones en casa.

Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que se había quedado absorto,. midiendo sin duda con azorado pensamiento la enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad y la ineficacia de su desmayada acción.

Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente, _Pseudo-Narcissus odoripherus_, fue a buscarle a la botica de Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de la Villa.




--x--.


Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo!
Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía.

Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una rueda de molino... y lo peor era que se la había tragado.

Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos, donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista.
El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada dirigida a una de las casas. «Aquí es... aquí está». Fijose cerca de allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.

Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose hacia Cuatro Caminos... Detrás, avivando el paso, el odio personificado en Maximiliano.

La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío.
El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin dudar un momento.

«¿Qué se le ofrece a usted?».

--¡Canalla!... ¡indecente!--exclamó Rubín con más fiereza en el tono que en la actitud.

No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar... y a ella también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a gatas, diciendo entre mugidos... «¡ladrón, ratero... verás!...». Santa Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido... escuerzo... ¿quieres que te patee...?».

De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del vencedor;. y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte.

El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre, aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima, hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de miedo. «Si le habré matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como los epilépticos, repitió: «Ladrón... asesino». El Delfín se acercó y poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no te callas, cucaracha, te aplasto».

Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo... si vuelves...». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape.

Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?... ¡Pobre chico! Si no parece chico, sino un viejo... ¡Vaya, que pegar así a un pobre anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!... ¡a ese!...
¡al asesino!...». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia.
Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza.

Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un impúber. «¿En dónde se ha metido?... ¿en dónde?... ¿No es verdad, señores, que es un miserable?... ¿un secuestrador?... Me ha quitado lo mío, me ha robado... Él la arrojó a la basura... yo la recogí y la limpié... él me la quitó y la... volvió a arrojar... la volvió a arrojar. ¡Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al patíbulo... no me importa ir al patíbulo, señores... digo que quiero ir al palo... pero ellos por delante, ellos por delante...».

Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «_Sobre vino_ una pendencia».--«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».--«¡Quita allá!, ¿pero no ves que es marica?».

Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó que el brazo derecho le dolía horriblemente.

«Vamos, vamos--le dijo uno--, véngase usted a la Casa de Socorro».

--Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acabó... ¿En dónde tiene usted el sombrero?

Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos: «Partirle el corazón es poco; es menester... machacárselo».

Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo, y él, mirando con estupidez a sus conductores, repetía:--¡machacárselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal.
Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los criminales.

«¿Y el agresor?».

--¡Machacárselo!... Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.




--xi--.


Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado, que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter, fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y llamar un médico.

«¿Pero y Fortunata?».

--Salió a hacer unas compras--dijo Patricia.

--¡Es particular! Las ocho y media de la noche.

En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer!

Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados; mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete, que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró?
¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva.
Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser.
¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto».

--¿Esto?...--murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta.

--Esto, sí... Maximiliano maltratado... tú entrando en casa tan tarde y con esos modos de traidora de melodrama.

Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una palabra.

«Pues me he enterado... Me gusta...».

Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba; pero sin abandonar su postura de esfinge.

Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.

«¡Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habría hecho estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de entrar te declaras culpable... Él dijo: 'Más vale que no venga...'. ¿Y tú no conoces que así no se puede seguir?... ¿que es preciso que me expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».

Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro, se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma paciencia.

«¡Esto es para volverse loca!...--expresó doña Lupe con un gesto iracundo--. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías?
Sepa usted que...».

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije, si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo!
A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'.
Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran preocupaciones mías...».

Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado, pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...».

Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí.
Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.

«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse, creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que usted».

Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

«Vamos a ver--añadió la de Jáuregui manoteando--. Si mi sobrino me vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».

--Dígale usted--replicó la esposa en voz más baja y expresándose con mucha dificultad--; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en cuanto sea de día.

--Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién maltrató a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».

--Porque me debo ir--replicó la otra mirando al suelo.

No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación: «¡Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una bribona en toda la extensión de la palabra... que lo ha sido siempre y lo será mientras viva... A todos engañó usted menos a mí... a mí no... Yo la vi venir».

Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado castigar.

«Hace usted bien en largarse--añadió la otra ya en la puerta--. No seré yo quien la detenga... Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio!
Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos engañó usted menos a mí».

Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.

Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche.
Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás, que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le despierte».

Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba; cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba;. al suspirar, suspiraba; los ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya, sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia!
Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un matrimonio imposible.

De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo.

«Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme si ha venido usted... Francamente, no sé qué responderle».

--Dígale usted que me he muerto--replicó Fortunata.

--Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?

--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.

--¿Y sus alhajas?--preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de más valor.

--¿Mis alhajas?--observó la otra vacilando primero y asegurándose al fin--. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo todas.

--¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?

--Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.

Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y se lo guardó.




--xii--.


Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente:. «Señor, señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido, agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los tres juntos van a acabar conmigo... ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te descuelgas por aquí... ¿Tú sabes lo que pasa?».

Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio, salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para esperarle allí.

El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras: «Mujer, ¿está usted aquí?... No veo nada».

--Aquí estoy, sí señor--murmuró ella.

--Mi tía--añadió el clérigo--, me ha contado los horrores de esta noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá usted explicar a mí este turris-burris?

--Sí señor--replicó la voz con miedo y turbación indecibles.

--¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?

--Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apuntó con rápida frase la voz.

--Vamos a cuentas--dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos días... lo he sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha?

La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.

«¿Pero no contesta usted?--interrogó Nicolás con acento airado--. ¿Por quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».

Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero, la voz respondió tenuemente: «Sí señor».

--Ya veo--afirmó Rubín con ira--, que nos ha engañado usted a todos, a mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que es usted lo que se llama un monstruo.

Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared por si hallaba silla o banco en qué sentarse.

«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete, conciencia».

--No señor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.

--No le ha querido nunca... esta es la cosa.

--No señor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le fuera tratando.

--Sí lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como este...! Se dan casos... De modo que nada.

--Nada.--¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!... En mi vida me ha pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto esto, Señor, no haberlo visto!

Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada».

No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.

«Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubín, que deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que sentarse--. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha faltado usted a su marido?».

La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas».

Cuenta el padre Rubín que aquel _muchas_ le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.

--¿Con cuántos hombres?

--Con uno solo...--¡Con uno sólo!... ¿De veras? ¿Le conoció usted después de casada?

--No señor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.

--¡Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me lo temía yo. ¡El amorcito primero...! ¿No lo dije, no se lo dije a usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese pelafustán es el de marras?

Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras.

«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre Maxi, débil y enfermizo... ¡Ay, mundo amargo!».

--Él fue... pero Maxi le provocó...--dijo la voz--. Esas cosas vienen sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana.

--¿Desde qué ventana?

--De la casa aquella.--¿Casita tenemos?... Sí... sí, lo de siempre. Lo había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y todo!... ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación... pero usted tan fresca.

--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.

--Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la sé de memoria.

Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las ropas negras y muy usadas del clérigo despedían.

«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa.
¿Volvería usted a las Micaelas?».

--¡Oh!, no señor--replicó la pecadora con prontitud.

--Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--gritó el clérigo con gesto de menosprecio.

--Le diré a usted... yo me arrepiento; pero... --Qué peros ni qué manzanas...--manifestó Rubín, manoteando con groseros modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del hombre malo que la tiene endemoniada.

--Eso...--¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese cinismo.

Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.

«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».

El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las palabras.

«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable, todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».

--No lo puedo remediar. Ello está _entre_ mí y no puedo vencerlo.

--Ya... la historia de siempre. Si me la sé de memoria... Que quieren sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y que patatán... En fin, todo ello no es más que falta de conciencia, podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres!
Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor, siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre.
Divertirse... ¡ea!... Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir... Y ahora que me acuerdo, ¿ese hombre es casado?

--Sí señor--dijo Fortunata con pena.

--¡Ave María Purísima!--exclamó el cura llevándose ambas manos a la cabeza--. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese señor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde quiera que va... Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata.

«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre... ¡Qué mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido.
No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonará a usted... Son habas contadas».

Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma.

«¡Ah, mujer infeliz!--añadió el clérigo con solemnidad, levantándose--; no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá con sofismas y con zalamerías de amor... Esto se acabó. Ni yo tengo que hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa.
Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos... Perfec... tamente».

Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más.
Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para siempre.

Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le vendría mal... esto sin ofender a nadie.

Madrid.--Mayo de 1886.

FIN DE LA PARTE SEGUNDA.

* * * * *
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-VII-.
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La boda y la luna de miel.
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--i--.
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Ya se habían comprado casi todos los muebles.
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Y no sólo tenían ya casa y muebles, sino también criada.
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Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa.
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Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia.
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«¡Y viva la moralidad!
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¡Y tradicionalista me soy!».
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Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.
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En fin, que todo iba bien y el porvenir les sonreía.
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Era perro viejo en aquel oficio.
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La despedida de las monjas fue muy sentida.
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Fortunata se echó a llorar.
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Doña Manolita mostrose envidiosa y desconsolada.
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Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien emplearse.
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Tenía que enseñarle todo, modales, lenguaje, conducta.
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«No se dice _armejas_ sino _almejas_.
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Hija, hay que irse acostumbrando a hablar como Dios manda».
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Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.
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Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda.
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La señora de D. Basilio repitió la visita el segundo día.
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Iba vestida de pingajos de seda mal arreglados, queriendo aparentar.
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Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano.
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Con gran sorpresa de la novia, Juan Pablo estuvo afectuoso con ella.
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Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial.
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--ii--.
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--¿De veras eres tú...?
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--¡Y qué bien calzada!...
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--¿Qué te creías tú?
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Después le miró la cara.
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«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.
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--Ya le he dicho que no--replicó Papitos con mal modo.
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--No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo.
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Lárgate a tu cocina, y déjanos en paz.
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Papitos se fue refunfuñando.
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¡Vaya un escándalo!
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Lo sentí mucho por ti.
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Aquel día me puse mala.
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--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras.
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Pero una tentación cualquiera la tiene.
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¿Y qué, dije muchas barbaridades?
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Yo no me acuerdo.
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No estaba en mí, no sabía lo que hacía.
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Me lo hubiera comido a bocados.
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A las señoras no.
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--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--.
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Si no te quitas ese vicio, vas a parar en mal.
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Créetelo porque yo te lo digo.
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No lo vuelvo a catar.
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--¿Por dónde lo has sabido?
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--Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--.
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Vaya, que te ha caído la lotería.
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Yo me alegro, porque te quiero.
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Era un botón.
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«Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--.
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Señal de que vas a ser dichosa».
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--No creas en brujerías.--¿Que no crea?...
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_Paices_ boba.
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--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio.
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Lo he probado la mar de veces.
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Ahora vas a estar en grande.
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¿Sabes una cosa?
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--¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo?
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--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca.
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--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--.
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No me vengas con cuentos.
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--Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver?
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¿te lo digo?».
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--¿Pero qué?
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Se miraron ambas.
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«¿Te lo digo?...
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Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio.
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Vaya, que es listo y ejecutivo.
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--¿Yo...?--Sí...
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tú.
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--¡Bah!...
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«Como lo oyes, chica... Allí le tienes.
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Desde que entres en tu casa, le sentirás la respiración».
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--Quita, quita... no quiero oírte.
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--Si sabré yo lo que me digo.
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Fortunata sintió que se congestionaba.
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Su cabeza ardía.
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¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.
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--Tú lo has de ver.
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¡Ay qué chico!
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Si la pudiera reparar, la repararía.
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Créetelo porque yo te lo digo.
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«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».
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¡Mía esta!...».
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--Tendrías que cantarle el motivo.
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--Se lo cantaré...
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ídem de lienzo.
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--¡Quia!
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La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse.
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La que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.
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«¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--.
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Esto quiere decir que si no te casas, mereces que te azoten».
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Recogiendo el botón, lo miraba de cerca.
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Anochecía, y la sala se iba quedando a oscuras.
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--Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.
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¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás de cada esquina?
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Nada, chica, a casarse tocan.
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En ese espejo quisieran verse otras.
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Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la trampa.
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«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación.
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Si no, vas a andar de mano en mano hasta la consunción de los siglos.
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Tú no seas boba; si quieres ser honrada, _serlo_, hija.
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Descuida, que no te pondrán un puñal al pecho para que peques».
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¿A ti qué?
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Tú di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie.
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--Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás.
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Créeme que está loco, Y te digo más.
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--¡Vendida!...
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¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--.
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Mira tú por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana.
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--Eso... y viva el _caraiter_.
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--¡Pueblo!...
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Yo conozco bien lo que son los pueblos de corto personal.
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Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo?
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A ti nada más.
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Lo que yo te diga es por tu bien.
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Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya.
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Lo que debe pasar, pasa...
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--¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--.
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¡Pero qué oscuridad!
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No veo gota.
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Mauricia... --Aquí estoy, mi señora doña Lupe.
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Ya nos podían traer una luz.
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¡Cuánto tiempo...!
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¿Y qué tal?
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¿Te has enmendado?
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Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».
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--No haga caso, señora.
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D. León es muy fabulista y boquea más de la cuenta.
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Fue un pronto que tuve.
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--¡Vaya unos prontos!...
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¿Y qué traes ahí?
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«Mire, mire qué primores.
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Este pañolón es de la señá marquesa de Tellería.
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Lo da por un pedazo de pan.
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--¡Quita allá!...
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ni para qué quiere esta mantones.
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¡Buenos están los tiempos!
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¿Y qué precio?...
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¡Cincuenta duros!
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Ajajá... ¡qué gracia!
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--Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo?
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unit 308
Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.
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unit 309
--«A buena parte vienes!...
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unit 310
Si estoy yo de mantones...».
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unit 314
«Es Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.
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unit 317
--iii--.
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unit 319
unit 326
Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche.
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unit 329
Despertó sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido».
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unit 333
«¡Hala!, honrada a todo trance.
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unit 334
Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran armar».
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unit 336
¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo para doce personas!
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unit 341
Como que a las diez debían ir a la Iglesia.
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unit 345
Hubo disputa sobre esto... que sí, que no.
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unit 347
Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el día de su boda.
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unit 349
«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.
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unit 354
Cuando diluviaba, entraba diciendo: «Hace un polvo atroz».
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unit 356
Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.
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unit 359
Dentro de casa, creía que tocaba con su sombrero al techo.
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unit 361
Las botas miraban con envidia al sombrero por el lustre que tenía.
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unit 364
Por fin, doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.
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unit 366
Al entrar en la parroquia sintió horrible miedo.
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unit 367
Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar.
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unit 368
Si sentía pasos, creía que eran los de él.
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unit 369
La ceremonia verificose en la sacristía, y duró poco tiempo.
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unit 373
¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo!
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unit 374
Se reconocía otra.
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unit 376
¡Si por acaso el enemigo se le aparecía...!
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unit 378
Pero ¡qué cosas!
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unit 379
¡Si María Santísima protegía ahora al enemigo!
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unit 380
Esta idea extravagante no la podía echar de sí.
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unit 381
¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado?
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unit 382
unit 388
Pero si salía bien, ¡qué triunfo!
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unit 390
Por fin, todo estuvo a punto.
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unit 393
Algunos protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron.
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unit 396
unit 399
unit 401
«Tú tienes jaqueca» le dijo su tía.
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unit 403
Pero es inútil; no me escapo ya.
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unit 404
Parece que se me abre la cabeza.
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unit 406
Hubo en la mesa un coro compasivo.
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unit 408
«Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita.
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unit 410
Pero de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».
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unit 411
--¿Cómo es eso?...
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unit 412
¿aplicándose una tajada a la cabeza?
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unit 413
--No, hija...
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unit 416
El almuerzo tocaba ya a su fin.
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unit 419
Allí tropezó con doña Lupe, que le dijo: «Primero es el café.
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unit 420
Ya lo están esperando.
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unit 421
Ayúdame, y luego harás el té para tu marido.
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unit 422
Lo que él necesita más es descanso».
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unit 423
La sobremesa fue larga.
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unit 429
«Mira que te vas a poner peor.
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unit 430
Duerme aquí, y mañana...».
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unit 431
--No, no quiero.
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unit 432
Me siento algo aliviado.
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unit 433
El periodo más malo pasó ya.
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unit 435
unit 437
No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.
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unit 438
«Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano.
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unit 439
Cógelo tú, Fortunata, y llévalo.
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unit 442
La distancia entre ambos domicilios era muy corta.
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unit 443
unit 444
Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo.
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unit 445
Pero no se atrevía a mirar para atrás con objeto de cerciorarse.
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unit 447
unit 448
Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas.
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unit 451
Ahí tienes el resultado de tu terquedad».
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unit 453
No aconsejaba, sino que disponía.
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unit 458
Los demás días su chuletita con patatas fritas.
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unit 459
No compres nunca merluza en Chamberí.
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unit 460
Papitos te la traerá.
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unit 461
Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón que Judas.
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unit 462
unit 464
La suerte que se marchó.
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unit 468
Fortunata cogió el cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima.
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unit 469
En vez de siete gotas no puso más que cinco.
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unit 470
Le daba miedo aquella medicina.
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unit 472
--iv--.
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unit 475
unit 482
«Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--.
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unit 483
¿Sabe usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».
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unit 485
En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman doña Cirila.
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unit 486
Su marido es no sé qué del tren.
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unit 487
Tiene una gorra con galones y letras.
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unit 489
Dijo que cualquier cosa que se ofreciera... ¿sabe?
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unit 490
Es muy amable.
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unit 491
Ayer entró aquí a ver la casa, y yo pasé a la suya...
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unit 492
Dice que tiene muchas ganas de hacerle a usted la visita.
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unit 494
¡Qué confianzudo está el tiempo!
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unit 495
Y usted, ¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?...
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unit 499
unit 500
Verá usted, cuando la trate, que también ella se deja querer.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 502
--¡Que pase yo allá!...
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unit 503
¡yo!
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unit 505
«¿Pero qué está usted diciendo?
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unit 506
¡Distraerme yo!».
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unit 508
Se calló, y en aquel instante llamaron a la puerta.
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unit 509
«¡Llaman!...
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unit 510
unit 511
--¿Por qué, señorita?...
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unit 512
¿A qué esos miedos...?
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unit 513
Miraré por el ventanillo.
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unit 514
Y fue hacia el recibimiento.
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unit 515
Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en la puerta.
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unit 517
Nada; que si teníamos por casualidad azucarillos...
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unit 518
Le he dicho que no.
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unit 519
Me preguntó cómo seguía el señorito.
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unit 520
Le contesté que duerme como un lirón».
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unit 524
«Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me he de acostar yo?
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unit 525
Podría ofrecerse algo».
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unit 528
unit 531
«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!...
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unit 533
¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?».
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unit 534
--Señorita...
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unit 535
¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera.
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unit 536
No sea usted tan medrosica...
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unit 540
Durante un rato, señora y criada no se miraron.
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unit 545
La señora decía: «¿Le parece a usted bien que abra?...
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unit 546
¿Cree usted que...?».
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unit 548
«Si esto sigue--dijo--, despertaré a mi marido.
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unit 549
unit 550
unit 551
Patricia volvió a la cocina.
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unit 555
Y a esta sinvergüenza la planto en la calle».
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unit 556
¡Qué cosas pasan!
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unit 564
Fortunata no hizo movimiento alguno.
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unit 565
Se había convertido en estatua.
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unit 568
Si al fin ha de abrir mañana, ¿por qué no abre esta noche?».
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unit 570
--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto.
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unit 571
unit 572
Fortunata respiró.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 573
El _otro_, cansado de esperar, se retiraba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 581
¡Qué susto hemos pasado!».
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unit 582
Fortunata le respondió: «¿Susto yo?...
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¡quia!».
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unit 590
--v--.
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unit 591
A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo.
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unit 592
Daba lástima verle.
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unit 600
«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí.
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unit 601
Ni siquiera me has dado un beso.
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unit 602
¡Qué día de boda, hija, y qué noche!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 604
¡Vamos!, ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina.
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unit 605
¿No está ahí esa señora Patria?».
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unit 606
--Ha ido a la compra.
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unit 608
--Pues déjala.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 609
Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras, pichona.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 610
Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 611
¡Qué bien sirve!
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unit 612
¿verdad?
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unit 613
Es una mujer muy lista.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 615
--¡Pues me gusta!...
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unit 616
Entonces me levanto, y me voy también a la cocina.
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unit 617
Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien.
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unit 618
Ahora eres mía; soy tu dueño único, y mando en ti.
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unit 620
Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina.
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unit 621
unit 622
Parecía vivienda deshabitada.
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unit 624
Ni un alma.
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unit 625
Sin duda la trampa se armaba sólo por las noches.
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unit 627
Pero no desplegó sus labios.
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unit 632
Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted?
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unit 634
Ella, en tanto, seguía observando.
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unit 635
No se oía en la vecindad ningún rumor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 636
Por la noche igual silencio.
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unit 645
Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte.
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unit 646
Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho».
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unit 650
Pues una friolera.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 651
Déjame sentar que vengo sofocadísima.
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unit 652
Vaya que dan que hacer mis dichosos sobrinos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 653
Anoche han puesto preso a Juan Pablo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 654
Ha venido a decírmelo ahora mismo D. Basilio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 670
Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 672
A poco llegó don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 679
¿Qué iba ella a hacer en su casa?
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unit 680
Nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 681
Conveníale sacudirse, tomar el aire.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 682
Bastante esclavitud había tenido dentro de las Micaelas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 684
El principal goce del paseo era ir solita, libre.
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unit 686
Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 694
Y por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora.
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unit 701
«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso.
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unit 705
--vi--.
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unit 707
Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó dónde estaba.
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unit 711
unit 712
¿Qué haré?
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unit 713
Aprisita, aprisita».
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unit 714
La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era.
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unit 716
Aquel sí era... ¿Miraría?
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Al llegar a su casa estaba más tranquila.
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unit 719
Cuando Patria abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien?
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unit 720
¿El señorito está?...».
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unit 721
--El señorito no viene hasta la noche.
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unit 722
Mandó un recado para que no le esperase usted.
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unit 725
Empujola suavemente hasta abrir un poquito.
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No veía nada.
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En el sofá de la sala, tranquilamente sentado...
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¡Dios!, _el otro_.
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Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento.
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unit 732
No dijo nada.
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unit 733
unit 734
Fortunata no daba un paso.
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unit 737
¡bendito Dios!».
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unit 738
Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato.
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unit 739
unit 740
«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo.
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unit 741
Dejábase llevar ella, como la cosa más natural del mundo.
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unit 742
Franquearon la puerta de la casa, que estaba abierta.
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unit 743
Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué casualidad!, abierta también.
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unit 744
Luego que pasaron, alguien cerró.
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unit 745
En aquella morada reinaba una discreción alevosa.
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unit 747
Sentáronse en el sofá y se volvieron a abrazar.
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unit 752
no, más años, más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo?
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--¡Sin acordarme!
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unit 757
Ya te contaré.
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unit 758
Y al fin te he cogido... ¡ah, buena pieza!
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unit 759
Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho sufrir!...
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unit 760
¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...!
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unit 761
Pero qué guapa estás, nena.
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--_Chi_.
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--Estás hermosísima.--_Chi_...
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para ti.
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«No es día de llorar, sino de estar alegre».
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--¿Sabes de qué me acuerdo?
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Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz!
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--¡Cuánto tenemos que contar!...
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yo a ti, tú a mí.
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Ya sé que te has casado.
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Has hecho bien.
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«¿Y por qué hice bien?».
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--Porque así eres más libre y tienes un nombre.
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Puedes hacer lo que quieras, siempre que lo hagas con discreción.
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unit 788
Cuando supe que habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...!
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--¡Pobrecito mío!...
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Lo supe, sí.
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También supe que me buscaste.
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¡Dios te lo pague!
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Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.
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unit 799
No se hartaba de mirarle.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 800
«¡Qué guapo estás!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 801
--¿Pues y tú?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 802
¡Estás preciosísima!...
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unit 803
Estás ahora mucho mejor que antes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 804
--¡Ah!, no--repuso ella con cierta coquetería--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 805
¿Lo dices porque me he civilizado algo?
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unit 810
--Quita allá...
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unit 811
¡perdón!--exclamó la joven anegándose en su propia generosidad--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 812
Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 816
--vii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 817
Ya de noche pasó Fortunata a su casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 818
Su marido no había llegado aún.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 821
La casa estaba a oscuras y encendió luz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 824
unit 825
¡Todo un día sin verla!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 826
Le había traído un paquete de rosquillas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 827
¿Y Juan Pablo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 828
Al fin se arreglaría todo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 830
«Y merecido, hija.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 831
¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 835
¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 836
--No--replicó ella secamente--.
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unit 837
Estoy rendidísima.
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unit 838
¿No ves que se me cierran los párpados?
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unit 839
Lo que quiero es dormir.
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unit 840
--Bueno, mejor; yo también lo deseo.
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unit 849
Ya estaba acordado que tendría plaza en el establecimiento.
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unit 851
En tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana.
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unit 852
unit 853
Robaba descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla.
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unit 858
Pues la manía era que Juanito _no debía_ ser rico.
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unit 862
«En resumidas cuentas--le decía él--, eres una inocentona.
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unit 863
Pero, di, ¿no te gusta el lujo?».
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unit 864
--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho.
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unit 865
Nunca me he chiflado por los trapos.
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unit 867
--Háblame con franqueza.
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unit 868
¿No necesitas nada?
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Te quiero porque te quiero, y no sé más».
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unit 872
Un día hablaban de Maximiliano.
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unit 874
Siempre me fue muy antipático.
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unit 876
Yo, cuando no se trata de querer, no tengo voluntad.
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unit 878
Es un angelón sin pena ni gloria.
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unit 880
Le pido a la Virgen que me dé fuerzas para cantar claro».
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--¡A la Virgen!...
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--¿Pues no he de creer?
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unit 885
Pues digo; yo le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala.
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unit 888
Puede que no lo sea.
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unit 891
¿Y si tu marido descubriera esto y me quisiera matar?
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--¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas.
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unit 895
--Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa.
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unit 896
La rabia y la miseria me llevaron con _Juárez el Negro_.
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unit 897
¿Creerás lo que te voy a decir?
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Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía.
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unit 899
Cosa rara, ¿verdad?...
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unit 902
--¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza?
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unit 905
Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.
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unit 907
A sus preguntas, contestaba el otro evasivamente.
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unit 908
«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa».
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--Pues asegúrame que no la quieres.
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--La quiero, sí... ¿a qué engañarte?...
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unit 911
pero de una manera muy distinta que a ti.
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unit 915
--¿Qué es?--La manía de los hijos.
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unit 916
Dios no quiere y ella se empeña en que sí.
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unit 918
Es ya pasión de ánimo.
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unit 919
¿Te enteraste de lo que pasó?
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unit 920
Pues le dieron el gran timo.
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unit 924
--_Tie_ gracia.
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unit 925
Ya sabía yo esa historia.
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unit 926
El niño ese debe de ser el de Nicolasa, la entenada del tío Pepe.
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unit 929
Yo juzgo por mí.
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unit 931
unit 932
Ella es así; si no tienes tú idea de lo buena que es.
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unit 933
¡Pues si pariera...!
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unit 934
Santo Cristo, no quiero pensarlo.
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unit 935
De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos.
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unit 936
Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero.
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unit 937
Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa.
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unit 938
¿Qué estaba tramando aquella cabeza llena de extravagancias?
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unit 939
Pues esto: «Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido.
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unit 940
Una gran idea; verás.
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unit 941
Le voy a proponer un trato a tu mujer.
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unit 942
¿Dirá que sí?».
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unit 943
--Veamos lo que es.--Muy sencillo.
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A ver qué te parece.
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unit 945
Yo le cedo a ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido.
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unit 946
Total, cambiar un nene chico por el nene grande.
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--¿Dirá que sí?...
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El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones.
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unit 951
--viii--.
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unit 958
unit 962
Fortunata no le miraba nunca.
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unit 967
--Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase.
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Dios sabe lo que iba a decir.
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Imaginó enamorar a su esposa por medios espirituales.
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A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a trabajar.
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Ya no me quieres».
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Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera!
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Más valía que dijese terminantemente que no.
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«¿Por qué te vas tan lejos de mí?
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Parece que te causo horror.
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Otra cosa le mortificaba.
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Algunos se permitían examinarle de una manera insolente.
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¡Celos!
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¿Y de quién?
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Fortunata mostrábase con todos tan fría como con él.
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Y después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.
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unit 998
«¡Qué mujer te tienes!» le decía _Pseudo-Narcissus odoripherus_.
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Ándate con mucho ojo».
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unit 1001
Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas.
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unit 1002
¡Parecía mentira!
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unit 1004
Siempre que vengo aquí me la encuentro planchando o lavando.
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unit 1005
Francamente, no creí... Te ayudará, te ayudará.
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unit 1006
Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el metal de voz».
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Hízolo una vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina.
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unit 1014
Repitió la treta, y lo mismo: estaba cosiendo.
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unit 1015
A la tercera, Fortunata había salido.
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Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano.
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«¿Que de dónde vengo?
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unit 1018
Pues de comprar unas cosillas.
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¿No me dijiste que querías una corbata?
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Mírala».
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unit 1021
Una noche entró Maximiliano bastante excitado.
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unit 1023
Fortunata se quedó como muerta.
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unit 1024
«Pues qué... ¿no está enfermo?».
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unit 1025
unit 1028
«¿Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--.
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unit 1029
En efecto, tenía un brazo en cabestrillo.
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unit 1030
¿Pero tú por dónde sabes...?».
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--No, no, yo no sabía nada--replicó Fortunata enteramente aturdida.
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unit 1032
--¡Tú lo has dicho!--exclamó Rubín con la mirada terrorífica--.
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unit 1033
¿Por dónde lo sabes?
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unit 1034
La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer.
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unit 1035
unit 1036
--¿Qué?--¿Dices que cómo lo sé, tontín?...
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unit 1037
Pues muy sencillo.
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unit 1038
Si lo traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche.
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unit 1039
unit 1041
convéncete».
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unit 1043
Olmedo, que iba conmigo, me le enseñó.
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unit 1045
¡Y el tal Santa Cruz es de lo más cargante...!».
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unit 1046
Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía.
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unit 1047
Maxi le arrebató el papel de un manotazo.
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unit 1048
«Te has quedado así como... estupefacta».
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unit 1050
--¡Qué modales, hija!
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Ya ni consideración.
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Fortunata parecía que tenía sellada la boca.
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unit 1054
Acostáronse, y lo mismo.
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unit 1055
Ella volvió la espalda a su marido, insensible a los suspiros que daba.
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unit 1058
Ya tenía el brazo bueno.
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unit 1059
Miró a Maxi, y este le miró a él.
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unit 1061
¿Pasaría luego a la de Sagunto?
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unit 1063
Apresuró el paso todo lo que pudo, y al llegar a su calle...
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unit 1064
¡Dios!...
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unit 1067
Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones.
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unit 1069
No podía hablar y se golpeaba la cabeza con los puños.
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unit 1071
unit 1072
Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le doblaron.
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unit 1073
Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos.
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unit 1075
Por tu vida... la verdad, la verdad.
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unit 1076
Ese señor... tú esperándole... él pasaba por verte.
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unit 1078
La verdad... Más quiero morirme de pena que de vergüenza.
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unit 1080
Yo te di mi honor limpio, y me lo devuelves sucio.
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unit 1081
Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura.
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unit 1082
El último favor te pido... la verdad, dime la verdad».
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unit 1083
--ix--.
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unit 1084
Fortunata movió la lengua y agitó los labios.
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unit 1086
La verdad quería salir.
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unit 1087
unit 1088
Vivir contigo es la muerte.
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unit 1089
Y a él le quiero más que a mi vida».
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unit 1093
«Dímelo de otra manera y te creeré--manifestó Rubín--.
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unit 1094
Dilo con un poquito de calor, siquiera como me lo decías antes.
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unit 1095
Tú no sabes el daño que me haces.
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unit 1099
La noche fue cruel, y Fortunata esmerose en cuidarle.
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unit 1102
Abandono la carrera y me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1103
Allí viviré con tranquilidad».
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unit 1110
«¿Y tus estudios, y tu carrera?
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unit 1112
Maxi estaba muy caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba.
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unit 1115
Entró, y la cara de Fortunata resplandecía de contento y animación.
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unit 1116
¿Qué había pasado?
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unit 1119
«Esta alegría--pensaba Maxi--, ¿por qué será?».
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unit 1121
Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».
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unit 1123
«Te irás tú...» dijo ella sonriendo.
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unit 1125
unit 1126
Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad?
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unit 1127
--¡Toma!...
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unit 1128
¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser paleta?
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unit 1129
--Sí; pero fue porque me pensé que era conversación.
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unit 1130
¡Encerrarme yo en un pueblo!
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unit 1131
¡Qué talento tienes!
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unit 1136
Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa.
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unit 1139
Pero a buena parte iba.
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unit 1143
Mostró un envoltorio, después un paquetito, y otro.
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unit 1144
«¿Ves?...
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unit 1145
la sopa Juliana que tanto te gusta...».
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«¿A ver... qué es?...
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unit 1150
¡Ay!, un revólver...».
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unit 1154
El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete en el alma.
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unit 1156
unit 1157
Acercó tímidamente su mano al mango del arma.
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unit 1161
Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia.
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--x--.
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unit 1166
Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa.
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unit 1169
¡Qué tonto estuvo él en permitírselo!
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unit 1172
El disco no se movía.
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Ya no quedaba duda.
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El coche le esperaba.
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unit 1182
unit 1183
Maxi no le perdía de vista.
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unit 1184
El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia.
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unit 1186
«Aquí es... aquí está».
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unit 1187
Fijose cerca de allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante.
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unit 1188
Eran las siete.
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unit 1190
Era él, Santa Cruz, el mismo, vestido de americana y hongo.
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unit 1191
Detúvose en la puerta buscando con la vista su carruaje.
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unit 1192
Las dos luces brillaban allá arriba.
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unit 1194
La vía estaba solitaria.
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unit 1195
Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío.
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unit 1197
Volviose a punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted».
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unit 1199
«¿Qué se le ofrece a usted?».
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unit 1200
--¡Canalla!...
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unit 1201
unit 1205
verás!...».
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unit 1211
Derribados los dos, lucharían quizás más proporcionadamente.
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unit 1212
¡Pobre razón aplastada por la soberbia!
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unit 1213
¿Dónde está la justicia?
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unit 1214
¿dónde está la vindicta del débil?
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unit 1215
En ninguna parte.
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unit 1217
«Este al fin es un hombre, aunque parece un insecto» pensó.
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unit 1219
Al verle como un bulto, Juan sintió algo de miedo.
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unit 1223
Levantose Rubín de un salto.
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unit 1225
Santa Cruz acudió pronto a la defensa.
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unit 1226
«Te digo que te pateo... si vuelves...».
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unit 1227
unit 1228
Era un solar o campo mal labrado, más allá de la última casa.
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unit 1232
Cuando le oyó hablar, acercose más.
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unit 1233
«Buen hombre, ¿qué es eso?...
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unit 1234
¡Pobre chico!
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unit 1236
unit 1238
¡a ese!...
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unit 1239
¡al asesino!...».
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unit 1240
Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia.
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unit 1243
Parecía un insensato.
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unit 1246
Salían de su garganta las palabras como el acento de un impúber.
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unit 1247
«¿En dónde se ha metido?...
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unit 1248
¿en dónde?...
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¿No es verdad, señores, que es un miserable?...
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unit 1250
¿un secuestrador?...
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unit 1252
¡Trasto infame!...
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unit 1253
Pero yo tengo que hacer dos muertes.
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unit 1255
Los que le rodeaban le tenían lástima.
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unit 1256
unit 1258
Las mujeres le miraban con más interés.
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unit 1259
«Tiene usted sangre en la frente» le dijo una.
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unit 1260
Era una rozadura de que el joven no se había dado cuenta.
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unit 1261
Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre.
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unit 1262
Notó que el brazo derecho le dolía horriblemente.
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unit 1263
«Vamos, vamos--le dijo uno--, véngase usted a la Casa de Socorro».
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unit 1265
Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero.
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unit 1269
A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de demente.
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unit 1273
«¿Qué tiene usted?» le preguntó uno de ellos, mal humorado.
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unit 1275
«¿Y el agresor?».
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unit 1276
--¡Machacárselo!...
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unit 1277
Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de gente tras sí.
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unit 1279
--xi--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1283
«¿Pero y Fortunata?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1284
--Salió a hacer unas compras--dijo Patricia.
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unit 1285
--¡Es particular!
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unit 1286
Las ocho y media de la noche.
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Acostáronle con no poco trabajo, y le llenaron de bizmas.
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El médico de la Casa de Socorro vino y ordenó el reposo.
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¡Y a todas estas la otra sin parecer!
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Fortunata había entrado, y hablaba muy bajito con Patria.
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Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel secreteo.
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¿Por qué no entró?
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¿Qué temor la detenía?
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Doña Lupe llevó al gabinete la luz.
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¡Qué cosas había de oír su sobrina!
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«Pues me he enterado... Me gusta...».
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Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando.
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Poco después se le sintió vomitar.
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Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.
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Y no te has quitado el manto.
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¿Es que piensas volver... de compras?
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¿Y tú no conoces que así no se puede seguir?...
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¿que es preciso que me expliques esto?
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Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».
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¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías?
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Sepa usted que...».
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La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba.
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Ahí está, ahí está, ahí la tienen.
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Vean si acerté; vean si eran preocupaciones mías...».
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No pudo contener su arranque, y volvió a la sala.
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«Pero se explica usted, ¿sí o no?...».
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Reparó entonces que hablaba con una sombra.
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Fortunata no estaba allí.
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Empujó la puerta.
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Esto es vergonzoso.
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Fortunata se volvió hacia ella.
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Su palidez era como la de un muerto.
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«Vamos a ver--añadió la de Jáuregui manoteando--.
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--Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!...
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unit 1354
¿Quién maltrató a Maxi?
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Fortunata dio un gran suspiro.
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«¡Qué farsa!
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Voy a dar parte a la justicia.
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unit 1358
Veremos si al juez le contesta de esa manera.
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unit 1359
Que usted es culpable, bien a la vista está.
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unit 1360
Si no, ¿por qué se marcha usted?».
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--Porque me debo ir--replicó la otra mirando al suelo.
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No dijo más.
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Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada.
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unit 1366
«Hace usted bien en largarse--añadió la otra ya en la puerta--.
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No seré yo quien la detenga... Viento fresco.
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unit 1368
¡Qué casa esta y qué matrimonio!
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Y era mentira, porque la primera engañada fue ella.
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unit 1371
¡Valiente fiasco habían tenido sus facultades educatrices!
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unit 1374
La primera fue que se quedaría allí aquella noche.
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unit 1384
¿Pero esto podría ser?
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unit 1387
unit 1390
Antes morir que continuar la farsa de un matrimonio imposible.
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unit 1394
--Dígale usted que me he muerto--replicó Fortunata.
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--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.
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unit 1399
No son mías.
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unit 1400
Son de él, de Maxi, que las desempeñó.
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Se las dejo todas.
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--¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?
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unit 1403
--Nada más.
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unit 1405
Véalo usted.
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unit 1407
--xii--.
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unit 1413
Si me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara.
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unit 1414
¡Pero hombre de Dios, vaya que tienes una calma!
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unit 1418
Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y nada pudo percibir.
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unit 1421
Los que entraban no veían a quien dentro estuviera.
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unit 1422
La vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido.
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unit 1425
No veo nada».
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unit 1426
--Aquí estoy, sí señor--murmuró ella.
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unit 1428
¿Me querrá usted explicar a mí este turris-burris?
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unit 1429
--Sí señor--replicó la voz con miedo y turbación indecibles.
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unit 1430
--¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?
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unit 1434
¿Tenía fundamento esta sospecha?
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La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.
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unit 1436
«¿Pero no contesta usted?--interrogó Nicolás con acento airado--.
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unit 1437
¿Por quién me toma?
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unit 1438
Hágase usted cargo de que está en el confesonario.
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unit 1440
¿Tenía fundamento la sospecha?».
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unit 1443
Es usted indigna de ser nuestra hermana.
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unit 1444
Vea usted qué bonito papel hemos hecho.
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unit 1445
¡Y yo que respondí...!
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unit 1446
En mi vida me ha pasado otra.
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--No señor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.
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--No le ha querido nunca... esta es la cosa.
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unit 1453
--Sí lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado.
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unit 1454
¡Chasco como este...!
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Se dan casos... De modo que nada.
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--Nada.--¡Perfectamente!
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unit 1458
¡Bonita plancha, sí señor, bonita!...
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En mi vida me ha pasado otra.
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unit 1461
¡No haber visto esto, Señor, no haberlo visto!
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unit 1466
No me oculte usted nada.
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¿Cuántas veces, cuántas veces ha faltado usted a su marido?».
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unit 1468
La contestación tardaba.
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--¿Con cuántos hombres?
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--Con uno solo...--¡Con uno sólo!...
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¿De veras?
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¿Le conoció usted después de casada?
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--No señor.
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Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.
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--¡Ah!
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Eso ya me lo temía yo.
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¡El amorcito primero...!
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¿No lo dije, no se lo dije a usted?
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Por ahí está el peligro.
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He visto muchos casos.
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Bueno.
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¿Y ese pelafustán es el de marras?
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unit 1488
--Él fue... pero Maxi le provocó...--dijo la voz--.
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Esas cosas vienen sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana.
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--¿Desde qué ventana?
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--De la casa aquella.--¿Casita tenemos?...
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Sí... sí, lo de siempre.
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Lo había previsto yo.
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No crea usted que me coge de nuevo.
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¡Casita y todo!...
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¡Cuánta infamia!
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¿Y no siente usted remordimientos?
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--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.
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Y siga el fandango.
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También esta clase de perversidad me la sé de memoria.
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Fortunata se calló.
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A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus lágrimas.
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«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero?
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¡A saber...!
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¿Volvería usted a las Micaelas?».
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--¡Oh!, no señor--replicó la pecadora con prontitud.
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--Eso...--¿Eso qué?...
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¡Vaya con la muy...!
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Y me lo dice así, con ese cinismo.
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Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.
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Buen provecho le haga».
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--No lo puedo remediar.
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Ello está _entre_ mí y no puedo vencerlo.
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--Ya... la historia de siempre.
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¡Ay, qué mujeres!
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¡Al monte, hija, al monte!
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Bueno; allá se entenderá usted con Dios.
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Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar.
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Porque ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre.
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Divertirse...
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¡ea!...
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--Sí señor--dijo Fortunata con pena.
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¡Qué horror y qué sociedad!
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«Tendrá usted su castigo y pronto.
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La historia de siempre... ¡Qué mujeres, Señor, qué mujeres!
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No le arriendo la ganancia.
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El amancebamiento ahora, después la prostitución, el abismo.
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Son habas contadas».
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Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas.
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Todas las enamoradas lo son porque se les seca el entendimiento.
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Las saca uno del purgatorio del deleite y allá se van otra vez.
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Tú te lo quieres, pues tú te lo ten.
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En el Infierno le ajustarán a usted las cuentas.
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Cuenta concluida.
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Madrid.--Mayo de 1886.
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FIN DE LA PARTE SEGUNDA.
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* * * * *
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-VII-.

La boda y la luna de miel.

--i--.

Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la
segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y
si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una
manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de
que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo
mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la
Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de
la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa,
un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la
entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se
habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola
para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en _La
Correspondencia_, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio
fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan
arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles,
sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y
que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.
Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles,
porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase
Patricia, pero Torquemada la llamaba _Patria_, pues era hombre tan
económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las
abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.

Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en
el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban
empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar
aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía
anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva
casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la
infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las
alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y
del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza
espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había
cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido
las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto
que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó
que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas
desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que
le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista.
No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de
pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo
tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde
entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con
una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».

Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.
Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del
Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila,
poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y
segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano:
debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima
tienda de ultramarinos.

No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius
vulgaris_. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase
que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera
posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la
botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría,
la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la
farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a
ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba
bien y el porvenir les sonreía.

Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los
sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en
ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la
dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.

Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación
larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La
preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel
caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía
llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de
gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño,
la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos
y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden
humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de
los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y
modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos.
Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía
utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es
siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de
triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de
penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles.
«Hágase usted la cuenta--le dijo también--, de que es otra mujer, de que
se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día
por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la
perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las
mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen,
como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las
buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la
comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.

La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar.
Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y
medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose
envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí
por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno
de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor
Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy
afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían
dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero
dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había
tenido.

En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la
llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla
a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como
ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio
solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el
lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas.

Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a
quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que
sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien
emplearse. De una salvaje _en toda la extensión de la palabra_, formaría
una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle
todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación
revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e
ilusiones de su plan.

Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con
tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a
aplicar sus enseñanzas. «No se dice _armejas_ sino _almejas_. Hija, hay
que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que
Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo
moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una
severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al
pelo su obligación.

Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le
servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto
trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de
cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy
cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del
trípode ni cesaba en sus correcciones;. y rara vez abría la boca
Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la
pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre
autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos--decía--,
se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales
encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con
serenidad y sin atropellarse».

Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.

Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella
tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le
parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas
cosas muy puestas en razón.

Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por
curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se
plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al
otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y
ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura
resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no
parecerlo.

Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se
les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de
D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de
seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería
intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de
expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.

Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña
Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena
que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia,
Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer
rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien
aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue
breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo
atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un
hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un
fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.

Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le
mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y
que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El
juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución
dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que
decir más que «sí... verdad...».

De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se
ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano
había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo
que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a
hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia,
ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de
Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la
señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal
causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de
la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de
contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda,
aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la
puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba
cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.

--ii--.

El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la
inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel
instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al
propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le
sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su
corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo,
como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí
ahora...».

--¿De veras eres tú...?

Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero
amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.

--¡Y qué bien calzada!...

--¿Qué te creías tú?

Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más
grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo
la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada
y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante
revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo
consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón
nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo,
delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con
un pañuelo por las cuatro puntas.

«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.

--Ya le he dicho que no--replicó Papitos con mal modo.

--No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu
cocina, y déjanos en paz.

Papitos se fue refunfuñando.

--¿Qué traes por aquí?--le preguntó Fortunata, que desde que la vio
entrar, sentía palpitaciones muy fuertes.

--Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos
mantones para que los vea esa tía pastelera...

--¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer... ¿Te has olvidado ya de la
que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti.
Aquel día me puse mala.

--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras. Pero una
tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no
me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de
que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger
al Santísimo Sacramento... soñé que me comía la hostia... Nunca me ha
dado un toque tan fuerte, chica... ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando
se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se
me serenó el sentido, estaba abochornada... El único a quien guardaba
rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las
señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de
la _dinidá_ no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un
ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo
paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle,
se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no
me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía
cuenta hacer algo por mí.

--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio,
vas a parar en mal.

--Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que salí de las
Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No
quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien;
pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo
digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver... Y pasando a
otra cosa, ya sé que te casas mañana.

--¿Por dónde lo has sabido?

--Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--. Vaya, que
te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.

En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto
pequeño. Era un botón.

«Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--. Señal de que vas a
ser dichosa».

--No creas en brujerías.--¿Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se
encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el
botón es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena señal; pero si
es negro y con tres, mala.

--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de
veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?

Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía
sin saber por qué, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de
extraordinaria gravedad.

--¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo?

--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las
cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy
enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de
que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió
el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su _featón_. Los hombres
son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y
candados, eso, eso es lo que se les antoja.

--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me
vengas con cuentos.

--Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas
cosas...

Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía
el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal
risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta:
«¿Te lo digo?... ¿te lo digo?».

--¿Pero qué?

Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los
ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.

«¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya,
que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a
caer... Como que ya has metido la patita dentro».

--¿Yo...?--Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la
casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.

--¡Bah!... no digas desatinos--replicó Fortunata, queriendo echárselas
de valiente.

Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba
arreglando.

«Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le
sentirás la respiración».

--Quita, quita... no quiero oírte.

--Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que
he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa,
creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti.

--El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a
esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...

--Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la
conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de
huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu
señor me le ha colocado en el tren.

Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.

«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?...
¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.

--Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y
arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la
repararía. Créetelo porque yo te lo digo.

En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita,
pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla
Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.

«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».

La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada;
pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a
usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la
cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.

«Pues yo...--prosiguió Fortunata--, si es verdad, le diré a mi marido
que tome otra casa».

--Tendrías que cantarle el motivo.

--Se lo cantaré... vaya.--Bonita escandalera armarías... Nada, hija,
que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de
lienzo.

--Pues ea... no me casaré--dijo la novia en el colmo ya de la confusión.

--¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que
esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza...
Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la
_comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La
que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.

Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en
la mano.

«¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--. ¡Ah!, otro botón... y este es
negro, con tres _ujeros_... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si
no te casas, mereces que te azoten».

Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba
quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su
amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba
que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.

«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en
su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan
trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente.
Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la
razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.

«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una
puerta aquí, otra allí...».

--Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.

Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata
le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce
perversidad.

«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!--declaró la novia
levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose
quisiera infundirse la energía que le faltaba».

--Como lo vuelvas a decir...--añadió Mauricia haciendo un gesto de
burlesca amenaza--. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás
de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran
verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la
trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo
que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:.

Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez
a su lado.

«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de
mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si
quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal
al pecho para que peques».

--Pues sí--dijo Fortunata animándose--, ¿qué me importa a mí la trampa?
Como yo no quiera caer...

--Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú
di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a
tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.

--Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa--observó la novia
tomando en serio los consejos de su amiga.

--Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que
está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le
recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.

--¡Vendida!... ¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--. Mira tú
por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona,
muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré
a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.

--Eso... y viva el _caraiter_. Tú mira bien lo que te digo: siempre y
cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, ¡dejar de
casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.

Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga,
expresada de una manera cariñosa y fraternal.

«Otra cosa se me ocurre--indicó luego con la alegría del náufrago que ve
flotar una tabla cerca de sí--. Le diré a mi marido que estoy mala y que
me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».

--¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?--dijo Mauricia con
expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su
hija--. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser
honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho
personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos
o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por
encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los
pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el
médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte
nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con
el señor cura...

--Quita, quita, ¡qué asco!

--Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agregó la tarasca
cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus
rodillas--. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que
yo te diga es por tu bien.

Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar,
pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy
_mismamente_ como tu madre.

Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se
aproximaba doña Lupe.

Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.

--¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--. ¡Pero qué oscuridad! No
veo gota. Mauricia...

--Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.

Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:

«¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado?
Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».

--No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la
cuenta. Fue un pronto que tuve.

--¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí?

Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar
mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.

«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de
Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un
regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el _escomienzo_ de
todas las felicidades».

--¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los
tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los
tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a
veinticinco.

--Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí
mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he
querido dar... Mire, por estas cruces.

Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.

--«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...».

--Pero no serán como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me
alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo
corras.

Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña
Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en
la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es
Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.

Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la
corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por
temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.

--iii--.

Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y
ella le oía como quien oye llover;. mas no reparó el joven en esta
distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista,
quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el
uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con
aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni
a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de
recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias
con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían,
Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo
disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que
le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo:
«No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de
hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no
quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear
una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la
importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.

Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una
Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y
el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin
rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su
verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó
sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su
febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se
pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro
y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y
sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir
el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!,
honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran
armar».

Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no
era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para
que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo
para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y
acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los
madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que
trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el
cesto más grande que en la casa había.

Lo que doña Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riñones salteados,
sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la
inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió
a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía
una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la
Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún
desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la
señora a asistir a la ceremonia.

Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en
plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que
sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la
podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el
día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil
pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante.
«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.

La de Jáuregui se puso su visita adornada con abalorio, y doña Silvia
se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda,
porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo
nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y
en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de
Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones
le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una
baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba
diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad,
motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está
cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.

Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por
primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo
veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de
casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de
chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo
menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo
Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al
sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos
desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León.
_Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_
presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes
acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le
dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin,
doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.

Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera
mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible
miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si
sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la
sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los
símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio
tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque
de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu,
que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio.
¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas
ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron;
pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el
enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba,
que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si
María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la
podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado?
¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de
destruirlo.

De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se
crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya
recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con
doña Silvia;. ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con
Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en
la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la
casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente
se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera
mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza,
comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de
algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y
permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no
había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver
de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando
sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los
comensales, y contó... «Me voy--dijo--, para no hacer trece». Algunos
protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le
parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña
Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que
le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la
tranquilizadora cifra de doce.

Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy
encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando
no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar
demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa
de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser
pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para
auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por
ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía
de decir.

A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía
bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente;
mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la
tengo--replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos--; pero
quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil;
no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación
de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo
que era la hora, y no volví a dormir».

Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso
miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes.

«Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita. Las mías
han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que
compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero
de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».

--¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza?

--No, hija... comiéndolo...--¡Ah!, uso interno...--Vale más que te
retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por
instantes.

Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para
retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El
almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su
marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de
abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de
las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó
bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí
tropezó con doña Lupe, que le dijo:

«Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té
para tu marido. Lo que él necesita más es descanso».

La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el
carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran
tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente
liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada
procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo
con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando,
teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían,
confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le
daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se
vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le
molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa,
y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza.

«Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...».

--No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya.
Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en
el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me
acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta.

Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la
capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.

«Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú,
Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y
si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de
esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber».

Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío,
lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco
lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al
atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría...
Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a
mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que
delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que
le había contado Mauricia.

Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de
menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas.
Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los
vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí...
¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el
resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria
de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como
vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el
gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes,
hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día
siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la
cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y
no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo
compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar
petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el
petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y
jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de
dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un
extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San
Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana
dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su
chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí.
Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón
que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás
temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de
verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó.

Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con
Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso
apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una
voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad
no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el
cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas
no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al
poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que
lo mismo podía ser de dolor que de ironía.

--iv--.

Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba;
encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud
traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y
las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los
tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que
permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas
por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el
oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a
aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero,
veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una
lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras,
borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.

Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la
criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y
tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla
trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin
atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad
empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición.

«Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. ¿Sabe
usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».

--Señorita--replicó la criada sin dejarla concluir--; como estoy aquí
desde el día antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la
vecindad... ¿sabe? En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman
doña Cirila. Su marido es no sé qué del tren. Tiene una gorra con
galones y letras. Esta noche, cuando bajé por las bujías, me encontré a
la vecina en la tienda y me preguntó por el señorito. Dijo que cualquier
cosa que se ofreciera... ¿sabe? Es muy amable. Ayer entró aquí a ver la
casa, y yo pasé a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a
usted la visita.

--¡A mí!--replicó Fortunata sentándose en la silla de la cocina, junto a
la mesa de pino blanco--. ¡Qué confianzudo está el tiempo! Y usted,
¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?... ¿Qué sabía usted si a mí
me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...?

--Yo... señorita... calculé que...

--Nada, estoy vendida...--pensó Fortunata--, y esta mujer es el mismo
demonio.

Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los
garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas
palabras:

«Díjome doña Cirila que es usted muy linda, ¿sabe?... que esta mañana la
vio a usted en la iglesia y que le fue muy simpática. Verá usted, cuando
la trate, que también ella se deja querer. Dice que se alegrará mucho de
que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche
están jugando a la brisca hasta las doce».

--¡Que pase yo allá!... ¡yo!

--Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el señorito duerme
y no son más que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato.

«¿Pero qué está usted diciendo? ¡Distraerme yo!».

Fortunata se habría dejado llevar del primer impulso de cólera, si en su
alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta
relajación de conciencia. Se calló, y en aquel instante llamaron a la
puerta.

«¡Llaman!... No abra usted, no abra usted» dijo con presentimiento de
un cercano peligro.

--¿Por qué, señorita?... ¿A qué esos miedos...? Miraré por el
ventanillo.

Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en
la puerta. Duró poco, y la criada volvió diciendo:

«Los de al lado... la misma señorita Cirila fue la que llamó. Nada; que
si teníamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me
preguntó cómo seguía el señorito. Le contesté que duerme como un lirón».

Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios
temblorosos. Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía
profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas
entremezcladas con términos de farmacia: «Ídolo... De acetato de
morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco,
tres gramos... disuélvase...».

Volviendo a la cocina, mandó a la criada que se acostase; pero la señora
Patria no tenía sueño. «Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me
he de acostar yo? Podría ofrecerse algo». Y la muy picarona quería
entablar conversación con su ama; mas esta no le respondía a nada. De
pronto, el despierto oído de Fortunata, cuyo pensamiento estaba
reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, creyó sentir
ruido en la puerta. Parecía como si cautelosamente probaran llaves
desde fuera para abrirla. Fue allá muerta de miedo, y al acercarse cesó
el ruido; ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria: «Juraría
que alguien anda en la puerta... Pero qué, ¿no ha echado usted el
cerrojo?».

Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho
cuidado para no hacer ruido.

«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver,
atención... ¿No siente usted un ruidito como si alguien estuviera
tentando la cerradura?... ¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?».

--Señorita... ¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea
usted tan medrosica...

Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con
tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su
alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión
suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona
que tras esta, a su parecer, estaba... Le conocía, ¡cosa más rara!, en
la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera
de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no
se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro
del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus
ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto
cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente,
sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada
pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que
arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía:
«¿Le parece a usted bien que abra?... ¿Cree usted que...?».

Pero a Fortunata la ganó de súbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor
y dignidad.

«Si esto sigue--dijo--, despertaré a mi marido. ¡Ah!, ya parece que se
retira el ladrón, pues ladrón debe de ser...».

Tocó el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la
sala. Patricia volvió a la cocina.

«En todo caso, es demasiado pronto» pensó Fortunata sentándose en una
silla y poniéndose a pensar. Fue como una concesión a las ideas malas
que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero
las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes. Después trató de
rehacerse de nuevo: «Resueltamente, mañana le digo a mi marido que la
casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergüenza
la planto en la calle».

¡Qué cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento
irresistible, casi puramente mecánico y fatal, Fortunata se levantó y
saliendo de la sala, se acercó a la puerta. En aquel acto, todo lo que
constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del
alma de la infortunada mujer;. no había más que el impulso físico, y lo
poco que de espiritual había en ello, engañábase a sí mismo creyéndose
simple curiosidad. Aplicó el oído a la rejilla... Pues sí, la persona,
el ladrón o lo que fuera, continuaba allí. Instintivamente, como el
suicida pone el dedo en el gatillo, llevó la mano al cerrojo;. pero así
como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó
su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un
dedo que señala.

Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron
estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un
tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora sí que no te me escapas».

Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua.
Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando
como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y
aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía:
«Señorita, abra usted y no haga más papeles. Si al fin ha de abrir
mañana, ¿por qué no abre esta noche?».

Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la
señora: «No, no abro».

--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto. Después
sintieron que se abría y se cerraba la puerta del cuarto vecino.
Fortunata respiró. El _otro_, cansado de esperar, se retiraba.

«Vaya por Dios» repitió Patria, como si dijera: «Tanto repulgo para
caerse luego...».

Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abría otra vez la puerta de
la izquierda. Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y... el
_otro_ salía embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emoción que
sintió al verle fue tan grande, que se quedó como yerta, sin saber dónde
estaba. Hacía tres años que no le había visto... Observó un hecho muy
desagradable: al salir el tal, no había mirado a la puerta de la
derecha, como parecía natural... Estaba enojado sin duda...

Y movida del mismo impulso mecánico, la señora de Rubín corrió al balcón
de la sala, y abrió quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar
la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco había
mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado
expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros.

Patricia se permitió la confianza de poner su mano en el hombro de su
ama, diciéndole:

«Ahora sí que nos podemos acostar. ¡Qué susto hemos pasado!». Fortunata
le respondió: «¿Susto yo?... ¡quia!». Todo esto se decía con un
cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí
un enfermo cuyo sueño había que respetar. La criada se deslizó
blandamente por los oscuros pasillos y el ama entró en la alcoba. Al ver
a su marido, sintió como si lo que está a cien mil leguas de nosotros se
nos pusiera al lado de repente. Maxi había dado vueltas en el lecho y
dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo
se perdía en la anchura de aquella cama tan grande, y allí podía
pasearse en sueños el esposo como en los inconmensurables espacios del
Limbo.

La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en
ella, cerró los ojos. Y allá de madrugada fue vencida del sueño, y se le
armó en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorrían, de
puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que
se colaban en su casa filtrándose por las paredes.

--v--.

A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo. Daba lástima
verle. Su palidez era como la de un muerto; tenía la lengua blanca,
mucha debilidad y ningún apetito.

Diéronle algo de comer, y Fortunata opinó que debía quedarse en la cama
hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque sentía cierto
alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandón y rodar por él. La
mujer le cuidaba como se cuida a un niño, y se había borrado de su mente
la idea de que era un hombre.

Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a
dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se
habían hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la
cocina a la sala, dictando reglas y pragmáticas de buen gobierno. Maxi
se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en
ella, y la llamaba a cada instante.

«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí. Ni siquiera me has dado un
beso. ¡Qué día de boda, hija, y qué noche! Esta maldita jaqueca... pero
ya pasó, y ahora lo menos en quince días no me volverá a dar... ¡Vamos!,
ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina. ¿No está ahí esa
señora Patria?».

--Ha ido a la compra. La que está es tu tía, por cierto dando
_tantismas_ órdenes, que no sabe una a cuál atender primero.

--Pues déjala. Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras,
pichona. Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está. ¡Qué bien sirve!
¿verdad? Es una mujer muy lista.

--Ya lo creo...--¿Te vas de veras?--Sí, porque si no, tu tía me va a
echar los tiempos.

--¡Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy también a la cocina.
Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres mía; soy
tu dueño único, y mando en ti.

--Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo él
nadando en las sábanas como si fueran olas.

Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina.
Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a
nadie. Parecía vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala
echaba la esposa de Rubín miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin
duda la trampa se armaba sólo por las noches.

A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las
palabras en la boca para preguntarle: «¿y los de al lado?». Pero no
desplegó sus labios. Debió de penetrar la maldita gata aquella en el
pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo
de buenas a primeras:.

«Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?, encontreme a la
señorita Cirila. Me preguntó por el señorito, y dijo que pasaría a verla
a usted, sin decir cuándo ni cuándo no.

--No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contestó Fortunata,
cuyo ánimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta
actitud--. Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted?

Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que
tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se
oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía
que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los
amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche,
sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que
le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie
de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada.
Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las
agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño
enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca
de las diez, que se acostase, y esta obedeció;. mas la repugnancia y
hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo
imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico
no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo
que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y
con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la
máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no
salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión
fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores.
Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte.
Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo
tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no
despertó hasta las siete de la mañana.

Maxi se quedó más tiempo en la cama, hartándose de sueño, aquel reparo
que su desmedrada constitución reclamaba. Púsose Fortunata a arreglar la
casa y mandó a Patricia a la compra, cuando he aquí que entra doña Lupe
toda descompuesta: «¿No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Déjame
sentar que vengo sofocadísima. Vaya que dan que hacer mis dichosos
sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decírmelo
ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la policía en la casa de esa
mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?, y después de registrar
todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me
le tienes... Vamos a ver, ¿y qué hago yo ahora? Francamente, se ha
portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si sólo se
tratara de tenerle unos días en la cárcel, hasta me alegraría, para que
escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho
D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha
gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque
Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi
sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad».

Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llamó;
y doña Lupe lo repitió en su presencia, añadiendo:.

«Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las
personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene
el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!... Tú verás a D. León Pintado,
para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a D. Juan
de Lantigua, que aunque es un señor muy _neo_, tiene influencia por su
respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D.
Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la
chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para
impedir que le plantifiquen en las islas Marianas». Vistiose el joven a
toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en
la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para
estar de este modo reunidos en día de tanto trajín. Maxi salió después
de desayunarse, y su mujer y su tía se fueron a la otra casa. Por el
camino, doña Lupe decía: «Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo
hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y
con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son
los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno... Ellos la
arman, y luego se dan buena maña para atarles las manos a los ministros
cuando tocan a castigar. Así está el país que es un dolor... todo tan
perdido... ¡Hay más miseria...!, y las patatas a seis reales arroba,
cosa que no se ha visto nunca».

Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le
había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos
quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvió doña
Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se
hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada.
Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte. Tocaría,
pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era
amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don
Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación. A poco llegó
don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar. «Ha ido con D. León
Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato».

Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en
ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la
autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió
calle. No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la
hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el
Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira... Iba despacio por la calle
de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar
dátiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino,
saboreaba el placer íntimo de la libertad, de estar sola y suelta
siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba
haciendo circular su sangre con más viveza. Tradújose esta disposición
de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que
tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y
anda que andarás, vino a hacerse la consideración de que no sentía
malditas ganas de meterse en su casa. ¿Qué iba ella a hacer en su casa?
Nada. Conveníale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud había
tenido dentro de las Micaelas. ¡Qué gusto poder coger de punta a punta
una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del
paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doña Lupe ni Patricia ni nadie
podían contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla.

Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde. Miraba todo con la
curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la
persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en
aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas. ¡Qué bonita,
_verbi gracia_, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la
quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de
las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre
cariñoso interés. Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y
los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus
miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con
estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no podía ser para ella,
porque estaba fuera de su centro natural, Había nacido para menestrala;
no le importaba trabajar _como el obispo_ con tal de poseer lo que por
suyo tenía. Pero alguien la sacó de aquel su primer molde para lanzarla
a vida distinta; después la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y
por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora. La ponían en
un convento para moldearla de nuevo, después la casaban... y tira y
dale. Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad
invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.

Ocurriole si no tendría ella _pecho_ alguna vez, quería decir
iniciativa... si no haría alguna vez lo que le saliera _de entre sí_.
Embebecida en esta cavilación llegó al Campo de Guardias, junto al
Depósito. Había allí muchos sillares, y sentándose en uno de ellos,
empezó a comer dátiles. Siempre que arrojaba un hueso, parecía que
lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita,
como se arroja la chispa al montón de paja para que arda.

«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone
las cosas mal... El hombre que quise, ¿por qué no era un triste albañil?
Pues no; había de ser señorito rico, para que me engañara y no se
pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera...
pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más... Luego lo
natural era que me dejara en paz, y así se me pasaría esto; pues no
señor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una
trampa... También era natural que ninguna persona decente se quisiera
casar conmigo; pues no señor, sale Maxi y... ¡tras!, me pone en el
disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendición al
canto... ¿Pero es verdad que estoy casada yo?...».

--vi--.

Miraba el hueso del dátil que se acababa de comer, y como si el hueso le
dijera que sí, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado...
«¡Vaya si lo estoy!». Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó
dónde estaba. Pero levantándose de repente, echó a andar hacia abajo,
como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama _idea fija_.
Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre,
vago el mirar; bajábala como los monomaniacos. Al llegar frente a la
iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sintió tras
sí. «Estos pasos son los suyos--pensó--; pues lo que es yo no miro para
atrás. ¿Qué haré? Aprisita, aprisita».

La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era. Más adelante
sintió otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extendía por
la calle, paralela a su sombra. Aquel sí era... ¿Miraría? No; más valía
no darse por entendida... Por fin, la pícara curiosidad... Miró y
tampoco era. Al llegar a su casa estaba más tranquila. Cuando Patria
abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien? ¿El señorito
está?...».

--El señorito no viene hasta la noche. Mandó un recado para que no le
esperase usted.

Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no
pudo menos de preguntarle: «¿Quién está ahí?».

Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y... «¿Qué... pero
qué...?» balbució la señora acercándose de puntillas a la puerta de la
sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No veía nada. Abrió
más, más... Estaba pálida como si se hubiera quedado sin sangre... Abrió
más... acabáramos. En el sofá de la sala, tranquilamente sentado...
¡Dios!, _el otro_. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento.
Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja
o un velo que sube. No dijo nada. Él, pálido también, se levantó y dijo
claramente: «Adelante, _nena_».

Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello),
sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su
alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín,
lanzando este grito salvaje: «¡Nene!... ¡bendito Dios!».

Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La
prójima fue quien primero habló, diciendo: «Nene, me muero por ti...».

«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo. Dejábase llevar
ella, como la cosa más natural del mundo. Franquearon la puerta de la
casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué
casualidad!, abierta también.

Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una
discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a
la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá
y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto
desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda
idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al
despertar;. su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había
alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el
pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz:
«¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que
difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji... ¡tres años!... no, más años,
más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa... pues
sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji... _Juárez el
Negro_, te vi y no te vi... y siempre él delante, y un día que le dije
que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso
matar... Yo muriéndome por hablarte y él que no... que no... Nuestro
_nenín_ muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti
y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji
ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento,
también... ji ji ji... besos por el aire... y tú sin acordarte de mí,
malo...».

--¡Sin acordarme! Desde que volví de Valencia te estoy dando caza... ¡Lo
que he pasado, hija! Ya te contaré. Y al fin te he cogido... ¡ah, buena
pieza! Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho
sufrir!... ¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero
qué guapa estás, nena.

--_Chi_.

--Estás hermosísima.--_Chi_... para ti.

El frío aquel de fiebre se trocó de improviso en calor violentísimo, y
la risa convulsiva en explosión de llanto.

«No es día de llorar, sino de estar alegre».

--¿Sabes de qué me acuerdo? De mi _nenín_ tan gracioso... Si hubiera
vivido, le habrías querido tú, ¿verdad? Me parece que le veo, cuando se
le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Juárez
el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón:
«Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las
nueve te mato». Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz!

--¡Cuánto tenemos que contar!... yo a ti, tú a mí. Ya sé que te has
casado. Has hecho bien.

Este _has hecho bien_ le cayó a la prójima como una gota fría en el
corazón, trayéndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lágrimas,
se acordó de Maxi, de su boda; y su casa, que se había alejado cien
millas de leguas, se puso allí, a cuatro pasos, fúnebre y antipática. El
rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las
lágrimas.

«¿Y por qué hice bien?».

--Porque así eres más libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que
quieras, siempre que lo hagas con discreción. He oído que tu marido es
un buen chico, que ve visiones...

Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o
más bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de
lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el
registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasión daban a su acto
mayor fealdad, y así lo comprendió en un rápido examen de conciencia;
pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que
el espectro huyó sin dejar rastro de sí. Se consideraba Fortunata en
aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano.
Lo que había hecho, hacíalo, a juicio suyo, por disposición de las
misteriosas energías que ordenan las cosas más grandes del universo, la
salida del Sol y la caída de los cuerpos graves. Y ni podía dejar de
hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su
responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese,
era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna
consecuencia, y se _conformaba_, tal era su idea, _con ir al infierno_.

«Esto de alquilar la casa próxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una
calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo
estaba, niña mía, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que
habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...! Yo tenía contigo una
deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia.
Me volví loco, te busqué como se busca lo que más queremos en el mundo.
No te encontré; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmonía para
darme el estacazo... caí».

--¡Pobrecito mío!... Lo supe, sí. También supe que me buscaste. ¡Dios te
lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.

Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que
estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de
telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado
contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba
de mirarle.

«¡Qué guapo estás!».

--¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!... Estás ahora mucho mejor que antes.

--¡Ah!, no--repuso ella con cierta coquetería--. ¿Lo dices porque me he
civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy
siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el
lazo y me cogiste.

--¡Pueblo!, eso es--observó Juan con un poquito de pedantería--; en
otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque
cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas
matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.

Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de
aquello.

«Me parece mentira--dijo él--, que te tengo aquí, cogida otra vez con
lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te
he hecho...».

--Quita allá... ¡perdón!--exclamó la joven anegándose en su propia
generosidad--. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?

En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que
tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó
decir estas arrogantes palabras:

«Mi marido eres tú... todo lo demás... ¡papas!».

Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera
cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a
decir _mi mujer eres tú_; pero envainó su mentira, como el hombre
prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.

--vii--.

Ya de noche pasó Fortunata a su casa. Su marido no había llegado aún.
Mientras le esperaba, la pecadora volvió a ver el espectro aquel de su
perversidad; pero entonces le vio más claro, y no pudo tan fácilmente
hacerle huir de su espíritu. «Me han engañado--pensaba--, me han llevado
al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya
estaba degollada... ¿Qué culpa tengo yo?». La casa estaba a oscuras y
encendió luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y
Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones
que le habían enseñado en su juventud. «Cuando la cerilla cae
prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte».

Maxi entró cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre.
¡Todo un día sin verla! Le había traído un paquete de rosquillas. ¿Y
Juan Pablo? Al fin se arreglaría todo. Seguramente no iba a las islas
Marianas, pero quizás le tendrían en el Saladero quince o veinte días.
«Y merecido, hija. ¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?».

Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, más que en la
realidad, en sí misma, y de este examen surgía un tedio abrumador, y la
antipatía de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no cabía más. Y
la perversa no trató de combatir aquel sentimiento; se recreaba en él
como en una monstruosidad que tiene algo de seductora.

«Alma mía--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto
que no te falta apetito. ¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?».

--No--replicó ella secamente--. Estoy rendidísima. ¿No ves que se me
cierran los párpados? Lo que quiero es dormir.

--Bueno, mejor; yo también lo deseo.

Acostáronse, y el tiempo que aún estuvo despierta empleolo Fortunata en
hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le producía, al tocar
el suyo, crispamientos nerviosos. Y también se dio a pensar en lo
molesto y difícil que era para ella tener que vivir dos vidas
diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que
trabajan en el teatro. A ella le era muy difícil representar y fingir,
por lo que su tormento se crecía considerablemente. «No podré, no
podré--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo». A la
madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y
entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran
poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a
su amante a todas horas.

En los siguientes días, las escapadas al cuarto vecino tenían lugar a
horas varias, cuando Maxi salía. Iba a estudiar con un amigo para tomar
el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba
acordado que tendría plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias
eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido más lejos. En
tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana. Las disposiciones de
Fortunata y aun de la misma doña Lupe eran letra muerta. Robaba
descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla. Santa Cruz, que
era el autor de todo aquel fregado, no sabía cómo arreglarlo, cuando su
amiga le consultaba. El plan más prudente era tomar otro cuarto y
despedir luego a Patricia, dándole una buena propina para que se
callara.

Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante; pero esta
no quería tomar nada. Se le había encajado en la cabeza una manía
estrambótica, de que ambos se reían mucho, cuando ella la contaba. Pues
la manía era que Juanito _no debía_ ser rico. Para que las cosas fueran
en regla, _debía_ ser pobre, y entonces ella trabajaría _como una negra_
para mantenerle. «Si tú hubieras sido albañil, carpintero o, pongo por
caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara».--«Vaya por dónde te
ha dado ahora».--«Y nada más». No había medio de quitarle de la cabeza
aquella corrección de las obras de la Providencia.

«En resumidas cuentas--le decía él--, eres una inocentona. Pero, di, ¿no
te gusta el lujo?».

--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado
por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda
y percal todo es lo mismo.

--Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada?

--«Nada; me lo puedes creer».--«¿Ese alma de Dios te da todo lo que
necesitas?».--«Todo; me lo puedes creer».--«Quiero regalarte un
vestido».--«No me lo pondré».--«Y un sombrero».--«Lo convertiré en
espuerta».--«¿Has hecho voto de pobreza?».--«Yo no he hecho voto de
nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más».

«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo,
al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja
perder por refinarlos demasiado.

Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!--decía Fortunata--, el
odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue
muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes
tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que _manetizan_ a una
persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se
trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una
muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese
pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de
desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se
me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas
para cantar claro».

--¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues
tenía a Fortunata por heterodoxa.

--¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo
con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti...
La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo
le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe
lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que
_deben_ ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea
mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me
vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al
fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa
mala_.

--Oye una cosa--dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas
nociones de aquel espíritu--. ¿Y si tu marido descubriera esto y me
quisiera matar?

--¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como
una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le
arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que
tiene dentro?, pues así.

--Pero vamos a ver, nena: ¿No me guardas rencor por haberte abandonado,
dejándote en la miseria, con tus _vísperas_ de chiquillo y en poder de
_Juárez el Negro_?

--Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la
miseria me llevaron con _Juárez el Negro_. ¿Creerás lo que te voy a
decir? Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía. Cosa rara,
¿verdad?... Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la
boca, y él me lo daba, ahí tienes... Yo dije: «me vengaré yéndome con
este animal». Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él; pero luego se
me murió; y cuando reventó Juárez, como yo me pensé que ya no me
querías, dije: «pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda».

--¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza?

--No me preguntes nada... no sé... Vengarse es hacer lo que no se
debe... lo más feo, lo más...

--¿Y de quién te vengas así, criatura?

--Pues de Dios, de... de qué sé yo... no me preguntes, porque para
explicártelo, tendría que ser sabia como tú, y yo no sé jota, ni aprendo
nada, aunque doña Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado
algún lustre... enseñándome a no decir tanto disparate.

Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.

Un día hablaron también de Jacinta... No gustaba Juan que la
conversación fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que
tenía ocasión, íbase a él derecha. A sus preguntas, contestaba el otro
evasivamente.

«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa».

--Pues asegúrame que no la quieres.

--La quiero, sí... ¿a qué engañarte?... pero de una manera muy distinta
que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece,
porque... no puedes figurarte lo buena que es.

Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería
saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurría
gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel
criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer.

«La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasión que la domina, mejor
dicho, una manía que la trae trastornada».

--¿Qué es?--La manía de los hijos. Dios no quiere y ella se empeña en
que sí. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha
enflaquecido, y hace algún tiempo que se está llenando de canas. Es ya
pasión de ánimo. ¿Te enteraste de lo que pasó? Pues le dieron el gran
timo. Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer
que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín. Mi
mujer perdió la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevárnoslo a
casa. Por pronto que se descubrió el enredo, no se pudo evitar que tu
tío le estafase seis mil reales.

--_Tie_ gracia. Ya sabía yo esa historia. El niño ese debe de ser el de
Nicolasa, la entenada del tío Pepe. Nació seis días después que el
nuestro, y era hijo de uno que encendía los faroles del gas... Pero no
comprendo una cosa. A mí me parece que tu mujer debía de querer a ese
nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por
mí.

--Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los niños del
universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juanín, bastara que le
tuviera por mío, para que le adorara. Ella es así; si no tienes tú idea
de lo buena que es. ¡Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero
pensarlo. De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos.
Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero.

Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa. ¿Qué estaba
tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto:

«Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea;
verás. Le voy a proponer un trato a tu mujer. ¿Dirá que sí?».

--Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qué te parece. Yo le cedo a
ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido. Total, cambiar un nene
chico por el nene grande.

El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto
donaire.

--¿Dirá que sí?... ¿Qué crees tú?--preguntó Fortunata con la mayor buena
fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir:

--Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras; pero esto es una gran
idea.

El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones.

--viii--.

Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero
bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron
otro cuarto. Patricia se había hecho insoportable, y doña Lupe,
descolgándose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afán de
mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto,
Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad
sería capaz de helar el fuego mismo. Habría preferido él mil veces que
su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella
cortesía desdeñosa y glacial. Rarísima vez se daba el caso de que ella
le hiciese una caricia; para obtenerla, tenía Maxi que echarle
memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no
servía para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba
lástima verla fingir.

El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba
mucho. De tal estado pasó a la observación, desarrollándosele esta
facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los
ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y
hasta el respirar. Cuando comían, le examinaba la manera de comer;
cuando estaban en el lecho, la manera de dormir.

Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado,
produjo en el infeliz muchacho indecible melancolía. ¡Haber comprado
aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en
mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero
tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano; mas no quiso
manifestarlo, y lo desahogó a solas mordiéndose los puños.

«¿Por qué no me miras?» le preguntó una noche, con semblante ceñudo.

--Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase. Dios sabe lo que
iba a decir.

Bebía los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando
cuantas sutilezas da de sí la manía o enfermedad de amor. Indagaba con
febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir
cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para
pedirle su remedio. Imaginó enamorar a su esposa por medios
espirituales. Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y
hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del
sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a
cuantos pobres encontrase; pues él daría más, mucho más. Ella solía
admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de
ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a
trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo
bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un
jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

«Ya no me quieres--le dijo un día con inmensa tristeza--, ya tu corazón
voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me
quieres».

Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera! Más valía que dijese
terminantemente que no. «¿Por qué te vas tan lejos de mí? Parece que te
causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo
en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con
alguien».

Otra cosa le mortificaba. Cuando salían juntos a paseo, todo el mundo se
fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a él.
Suponía Maxi que todos hacían la observación de que no era él hombre
para tal hembra. Algunos se permitían examinarle de una manera
insolente. Si iban al café, estaban poco tiempo, porque los amigos se
enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido,
y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba más a Maxi era que ella
no _tomaba varas_ con nadie, y siempre que él decía _vámonos_, estaba
dispuesta a retirarse.

Buscaba el farmacéutico algo en qué fundar las conjeturas que empezaban
a devorarle, y no lo encontraba. Ideó consultar el caso con su tía; pero
no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doña Lupe le dijese:
«¿Ves?, ¡por no hacer caso de mí!». ¡Celos! ¿Y de quién? Fortunata
mostrábase con todos tan fría como con él. Solía esparcir
melancólicamente sus miradas por la calle, entre el gentío, sin fijarse
en nadie, cual si buscaran a alguien que no quería dejarse ver. Y
después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.

También atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacían de
ella. «¡Qué mujer te tienes!» le decía _Pseudo-Narcissus odoripherus_.
Y _Quercus gigantea_ le silbaba en el oído estas fúnebres palabras: «Es
mucha hembra para ti, barbián. Ándate con mucho ojo».

Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas. ¡Parecía mentira! La
perspicaz, la sabia y experimentada señora de Jáuregui dijo más de una
vez a su sobrino: «¡Qué trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aquí
me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no creí... Te
ayudará, te ayudará. Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el
metal de voz».

Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con
mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su
colocación se había resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a
fines de Octubre, su viuda organizó el personal de la botica, dando una
plaza a Maximiliano. Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que
cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un
año de práctica, tendría participación en las ganancias. Por el lado
económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de
ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la
herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, seríale
preciso ausentarse de su casa días enteros, y esto le ponía en ascuas.
Ocurriósele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un
día, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hízolo una
vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina. Repitió la
treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata había
salido. Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano. «¿Que
de dónde vengo? Pues de comprar unas cosillas. ¿No me dijiste que
querías una corbata? Mírala».

Una noche entró Maximiliano bastante excitado. Le tomó la mano a su
mujer, y haciéndola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: «Hoy he
conocido a ese pillo que te deshonró».

Fortunata se quedó como muerta.

«Pues qué... ¿no está enfermo?».

Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde.
Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado,
por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa
de Campo, estropeándose ligeramente un brazo.

«¿Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En
efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?».

--No, no, yo no sabía nada--replicó Fortunata enteramente aturdida.

--¡Tú lo has dicho!--exclamó Rubín con la mirada terrorífica--. ¿Por
dónde lo sabes?

La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba
una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!».

--¿Qué?--¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo
traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se
cayó del caballo paseando por la Casa de Campo.

Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió _El Imparcial_
que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete».

Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí
debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le
enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo
que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más
cargante...!».

Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi
le arrebató el papel de un manotazo.

«Te has quedado así como... estupefacta».

--Déjame en paz--replicó ella con un despego que a su marido le llegó al
alma.

--¡Qué modales, hija! Ya ni consideración.

Fortunata parecía que tenía sellada la boca. Comieron sin chistar; él se
puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fúnebre silencio se
rompiera. Acostáronse, y lo mismo. Ella volvió la espalda a su marido,
insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo
rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero
en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas.

Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir
a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz
guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el
brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el
coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle
de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel
momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso
todo lo que pudo, y al llegar a su calle... ¡Dios!... lo que se temía...
Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo
de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el
joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no
podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones.
Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia
acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y
se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con
él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor
cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en
su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le
doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten
piedad de mí--le dijo con aflicción más de niño que de hombre--. Por tu
vida... la verdad, la verdad. Ese señor... tú esperándole... él pasaba
por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando... le quieres otra
vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Más quiero morirme de
pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la
calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo
devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El
último favor te pido... la verdad, dime la verdad».

--ix--.

Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella
tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para
adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y
decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a
él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata
volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de
Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela... mentiras de
esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que
las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil
medicina al agonizante.

«Dímelo de otra manera y te creeré--manifestó Rubín--. Dilo con un
poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño
que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien
y portarse mal todo es lo mismo».

La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella
tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito
estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu
recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y
Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el
infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o
paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su
mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades... Nos
iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y
me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con
tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que
Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada
iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que
decir _sí_ a todo.

En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento
aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo
fue a consultar con Augusto Miquis,. el cual le dijo que hubiera sido
mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado
terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando
Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró
esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse
para siempre en sus estados de Molina.

La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien
dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella
te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy
caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas
levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran
pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al
subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata
resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo
penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban
presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la
prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se
le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una
quincena. «Esta alegría--pensaba Maxi--, ¿por qué será?». Y
comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría
sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos
al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».

No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar
a su proposición autoridad indiscutible.

«Te irás tú...» dijo ella sonriendo.

--No--agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--,
los dos.

--Tú te has vuelto loco--observó Fortunata riendo con cierto descaro--.
Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad?

--¡Toma!... ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser
paleta?

--Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en
un pueblo! ¡Qué talento tienes!

De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya
empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí.
Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró
con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños.
Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer
apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa
Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle,
pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos.

Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba
lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la
señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato
recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a
buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo
fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de
que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró,
el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de
la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.--«Me parece--replicó ella--,
haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio,
después un paquetito, y otro. «¿Ves?... la sopa Juliana que tanto te
gusta...».

--Yo también--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado
a ti esta tarde un regalito... Mira.

Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al
entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente,
cuando ella se inclinaba risueña para verlo.

«¿A ver... qué es?... ¡Ay!, un revólver...».

--Sí, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser
tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a
causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal
clase...

--¡Qué cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. Tú no sabes lo que te
pescas... Pareces tonto... Matarme a mí, ¿y por qué?...

Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había
hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete
en el alma.

«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de
sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te
quiera, sí señor, bonita manera».

Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está
descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a
la piedad.

--Eres un niño--declaró ella, cogiendo el arma--, y como niño hay que
tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren
ladrones en casa.

Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con
llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que
se había quedado absorto,. midiendo sin duda con azorado pensamiento la
enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad
y la ineficacia de su desmayada acción.

Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente,
_Pseudo-Narcissus odoripherus_, fue a buscarle a la botica de
Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa
del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de
la Villa.

--x--.

Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en
ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia
la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que
hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse
traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su
mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo!
Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio
indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos
como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor
de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo
reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía.

Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas
de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que
servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se
venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el
disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el
sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó
de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario
donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros
términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una
rueda de molino... y lo peor era que se la había tragado.

Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el
lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no
quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos,
donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los
Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista.
El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las
vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada
dirigida a una de las casas. «Aquí es... aquí está». Fijose cerca de
allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.

Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante
distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el
mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con
la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose
hacia Cuatro Caminos... Detrás, avivando el paso, el odio personificado
en Maximiliano.

La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío.
El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa
aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a
punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en
firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin
dudar un momento.

«¿Qué se le ofrece a usted?».

--¡Canalla!... ¡indecente!--exclamó Rubín con más fiereza en el tono que
en la actitud.

No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar
explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó
a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble
esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al
retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar... y a ella
también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a
gatas, diciendo entre mugidos... «¡ladrón, ratero... verás!...». Santa
Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado
asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y
le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera
ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido...
escuerzo... ¿quieres que te patee...?».

De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor
de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un
centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única
defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el
pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del
vencedor;. y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de
hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás
más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde
está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte.

El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar
a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre,
aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima,
hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una
especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de
miedo. «Si le habré matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en
defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como
los epilépticos, repitió: «Ladrón... asesino». El Delfín se acercó y
poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no
te callas, cucaracha, te aplasto».

Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las
armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca
la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo...
si vuelves...». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde
antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la
última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel
momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose
en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape.

Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante
de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba
mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le
oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?... ¡Pobre chico! Si
no parece chico, sino un viejo... ¡Vaya, que pegar así a un pobre
anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de
obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió
un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!... ¡a ese!...
¡al asesino!...». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia.
Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de
ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la
razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad
escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y
su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza.

Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la
laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de
falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un
impúber. «¿En dónde se ha metido?... ¿en dónde?... ¿No es verdad,
señores, que es un miserable?... ¿un secuestrador?... Me ha quitado lo
mío, me ha robado... Él la arrojó a la basura... yo la recogí y la
limpié... él me la quitó y la... volvió a arrojar... la volvió a
arrojar. ¡Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al
patíbulo... no me importa ir al patíbulo, señores... digo que quiero ir
al palo... pero ellos por delante, ellos por delante...».

Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la
zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «_Sobre vino_ una
pendencia».--«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».--«¡Quita allá!, ¿pero
no ves que es marica?».

Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la
frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado
cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó
que el brazo derecho le dolía horriblemente.

«Vamos, vamos--le dijo uno--, véngase usted a la Casa de Socorro».

--Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acabó... ¿En dónde tiene
usted el sombrero?

Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en
aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar
a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos:
«Partirle el corazón es poco; es menester... machacárselo».

Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo,
y él, mirando con estupidez a sus conductores,
repetía:--¡machacárselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de
demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden
Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal.
Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le
estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana
con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le
preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa
insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como
expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los
criminales.

«¿Y el agresor?».

--¡Machacárselo!... Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de
gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de
curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a
su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.

--xi--.

Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había
aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado,
que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse
alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter,
fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre
y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano,
traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y
llamar un médico.

«¿Pero y Fortunata?».

--Salió a hacer unas compras--dijo Patricia.

--¡Es particular! Las ocho y media de la noche.

En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios
labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz
de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco
trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y
ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero
probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el
bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el
herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en
claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer!

Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió
doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había
entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la
cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí
los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo
aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel
secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados;
mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete,
que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que
desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró?
¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas
llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe
llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por
de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con
los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva.
Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de
persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya
estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había
quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la
mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El
silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual
palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la
sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única
persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo
permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el
estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser.
¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la
discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y
el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y
decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto».

--¿Esto?...--murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta.

--Esto, sí... Maximiliano maltratado... tú entrando en casa tan tarde y
con esos modos de traidora de melodrama.

Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio
como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una
palabra.

«Pues me he enterado... Me gusta...».

Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después
se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba;
pero sin abandonar su postura de esfinge.

Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.

«¡Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habría hecho
estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas
volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me
preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle
que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de
entrar te declaras culpable... Él dijo: 'Más vale que no venga...'. ¿Y
tú no conoces que así no se puede seguir?... ¿que es preciso que me
expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».

Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría
definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro,
se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma
paciencia.

«¡Esto es para volverse loca!...--expresó doña Lupe con un gesto
iracundo--. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías?
Sepa usted que...».

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente
acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije,
si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo!
A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas
ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'.
Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran
preocupaciones mías...».

Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado,
pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata
radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la
sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...».

Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí.
Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la
mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin
mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.

«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de
alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse,
creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que
usted».

Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

«Vamos a ver--añadió la de Jáuregui manoteando--. Si mi sobrino me
vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».

--Dígale usted--replicó la esposa en voz más baja y expresándose con
mucha dificultad--; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en
cuanto sea de día.

--Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién
maltrató a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la
justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es
culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».

--Porque me debo ir--replicó la otra mirando al suelo.

No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y
sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación:

«¡Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una
bribona en toda la extensión de la palabra... que lo ha sido siempre y
lo será mientras viva... A todos engañó usted menos a mí... a mí no...
Yo la vi venir».

Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña
Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado
castigar.

«Hace usted bien en largarse--añadió la otra ya en la puerta--. No seré
yo quien la detenga... Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio!
Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos engañó usted menos a
mí».

Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco
habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso
encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.

Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de
las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche.
Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás,
que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino
inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le
despierte».

Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el
arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada
sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy
larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a
faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El
espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en
broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo
mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba;
cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba;. al suspirar, suspiraba; los
ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una
misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su
conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida
dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había
ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular
dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas
se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a
considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya,
sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la
empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y
anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz
doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años
de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía
remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia!
Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para
siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un
matrimonio imposible.

De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche
volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le
daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo.

«Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme
si ha venido usted... Francamente, no sé qué responderle».

--Dígale usted que me he muerto--replicó Fortunata.

--Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?

--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.

--¿Y sus alhajas?--preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de
más valor.

--¿Mis alhajas?--observó la otra vacilando primero y asegurándose al
fin--. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo
todas.

--¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?

--Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo
dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.

Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y
se lo guardó.

--xii--.

Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el
cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente:. «Señor,
señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un
bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es
probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se
desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido,
agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar
hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que
Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete
dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el
grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos
tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los
tres juntos van a acabar conmigo... ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si
me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya
que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más
gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te
descuelgas por aquí... ¿Tú sabes lo que pasa?».

Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún
señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio,
salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala
trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y
nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió
al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para
esperarle allí.

El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras
horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La
vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde
dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la
puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela
penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la
puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras:
«Mujer, ¿está usted aquí?... No veo nada».

--Aquí estoy, sí señor--murmuró ella.

--Mi tía--añadió el clérigo--, me ha contado los horrores de esta
noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a
deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la
armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá
usted explicar a mí este turris-burris?

--Sí señor--replicó la voz con miedo y turbación indecibles.

--¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?

--Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apuntó con rápida frase
la voz.

--Vamos a cuentas--dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus
manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos días... lo he
sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era
fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha?

La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.

«¿Pero no contesta usted?--interrogó Nicolás con acento airado--. ¿Por
quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No
hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como
sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».

Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero,
la voz respondió tenuemente:

«Sí señor».

--Ya veo--afirmó Rubín con ira--, que nos ha engañado usted a todos, a
mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi
familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué
bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado
otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que
es usted lo que se llama un monstruo.

Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared
por si hallaba silla o banco en qué sentarse.

«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete,
conciencia».

--No señor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.

--No le ha querido nunca... esta es la cosa.

--No señor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le
fuera tratando.

--Sí lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como
este...! Se dan casos... De modo que nada.

--Nada.--¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le
manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de
pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!... En mi vida me ha
pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha
prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le
envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto
esto, Señor, no haberlo visto!

Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella
compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo
menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase
usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada».

No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque
Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del
tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.

«Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubín, que
deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que
sentarse--. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha
faltado usted a su marido?».

La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces
suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas».

Cuenta el padre Rubín que aquel

_muchas_ le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen
las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.

--¿Con cuántos hombres?

--Con uno solo...--¡Con uno sólo!... ¿De veras? ¿Le conoció usted
después de casada?

--No señor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.

--¡Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor
propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me
lo temía yo. ¡El amorcito primero...! ¿No lo dije, no se lo dije a
usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese
pelafustán es el de marras?

Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras.

«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre
Maxi, débil y enfermizo... ¡Ay, mundo amargo!».

--Él fue... pero Maxi le provocó...--dijo la voz--. Esas cosas vienen
sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana.

--¿Desde qué ventana?

--De la casa aquella.--¿Casita tenemos?... Sí... sí, lo de siempre. Lo
había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y
todo!... ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier
persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación...
pero usted tan fresca.

--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.

--Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la
calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la
sé de memoria.

Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la
oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás
empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un
pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus
lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa
de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la
joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las
ropas negras y muy usadas del clérigo despedían.

«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A
saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con
contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso
que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa.
¿Volvería usted a las Micaelas?».

--¡Oh!, no señor--replicó la pecadora con prontitud.

--Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--gritó el clérigo
con gesto de menosprecio.

--Le diré a usted... yo me arrepiento; pero...

--Qué peros ni qué manzanas...--manifestó Rubín, manoteando con groseros
modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del
hombre malo que la tiene endemoniada.

--Eso...--¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese
cinismo.

Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.

«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay
quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».

El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las
palabras.

«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable,
todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».

--No lo puedo remediar. Ello está _entre_ mí y no puedo vencerlo.

--Ya... la historia de siempre. Si me la sé de memoria... Que quieren
sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y
que patatán... En fin, todo ello no es más que falta de conciencia,
podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres!
Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor,
siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En
resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino
de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos
de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted
con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque
ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre.
Divertirse... ¡ea!... Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le
dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir... Y ahora que me
acuerdo, ¿ese hombre es casado?

--Sí señor--dijo Fortunata con pena.

--¡Ave María Purísima!--exclamó el cura llevándose ambas manos a la
cabeza--. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese
señor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde
quiera que va...

Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata.

«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre... ¡Qué
mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a
su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido.
No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la
prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con
su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él
va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonará a usted... Son
habas contadas».

Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un
ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma.

«¡Ah, mujer infeliz!--añadió el clérigo con solemnidad, levantándose--;
no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo
son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del
deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En
el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá
con sofismas y con zalamerías de amor... Esto se acabó. Ni yo tengo que
hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa.
Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y
cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos... Perfec... tamente».

Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más.
Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más
afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se
estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la
voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás
cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego
a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y
doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para
siempre.

Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y
sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le
vendría mal... esto sin ofender a nadie.

Madrid.--Mayo de 1886.

FIN DE LA PARTE SEGUNDA.

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