Santa
Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado
asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y
le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera
ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido...
escuerzo... ¿quieres que te patee...?».
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