Ernesto de Tal - Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 3 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
120 Units
100% Translated
100% Upvoted
Un mes después de aquel desastre fatal, estando Ernesto en casa conversando con el compañero y dos amigos más, uno de los cuales era el chico de la nariz larga, oyó batir palmas. Fue a la escalera; era el chico de la Rua Nova do Conde.

–¿Qué quieres de mí? le dijo con aire severo, sospechando que el chico venía a pedirle dinero.

–Vengo a traer esto, dijo el chico en bajo.

Y sacó del bolso una carta que entregó a Ernesto.

La primera idea de Ernesto fue rechazar la carta y tirar al chico a puntapiés escaleras abajo; pero el corazón le dijo una cosa, como confesó él mismo. Extendió la mano, recibió la carta, la abrió y la leyó.

Decía así: Todavía me inclino ante tus injusticias. Estoy cansada de llorar. No puedo vivir más bajo la acción de una calumnia. ¡Ven o yo muero!

Ernesto se restregó los ojos; no podía creer lo que acababa de leer. ¿Sería un nuevo ardid o la expresión de la verdad? Podía ser un ardid; pero Ernesto miró con atención y le pareció ver la señal de una lágrima. Evidentemente la joven había llorado. Pero si había llorado era porque sufría y en ese caso... En estas y otras reflexiones pasó Ernesto cerca de ocho o diez minutos. No sabía qué hacer. Acudir a la llamada de Rosina era olvidar la perfidia con que dio su amor a otro en cuyas manos había visto hasta una carta suya. Pero, el no ir podía contribuir a una muerte de una criatura que, aún cuando él no la amara, merecía sus sentimientos humanitarios.

—Diga que iré luego, respondió finalmente Ernesto.

Cuando regresó a la sala traía el rostro cambiado. Los amigos se dieron cuenta del cambio y trataron de descubrir la causa.

—Algún acreedor, decía uno.

—No le trajeron dinero, añadía otro.

—Un nuevo enamoramiento, opinaba el compañero de casa.

—Tal vez sea todo eso, respondió Ernesto de una forma que pretendía ser alegre.

Por la tarde, Ernesto se preparó y se dirigió a la Rua Nova do Conde. Se detuvo diez o doce veces decidido a regresar; pero un minuto de reflexión le sacaba los escrúpulos y el joven proseguía su camino.

Hay misterio en todo esto, se decía releyendo la carta de Rosina. Es verdad que él me reveló todo e incluso me leyó cartas, de eso no cabe duda. Rosina es culpable, me engañó; cortejaba a otro, diciéndome que solo me amaba a mí. Pero, ¿por qué esta carta? ¿Si amaba a otro por qué no le escribe? Investiguemos todo esto. La última duda del digno muchacho fue al entrar en la Rua Nova do Conde; su mente vaciló en esa ocasión más que nunca. Pasaron diez minutos en pasos cortos, bien para atrás, bien para adelante, sin concretar algo definitivo. Finalmente dejó tranquilo el corazón con generosidad y siguió valientemente la senda que el destino parecía indicarle.

Cuando llegó a casa de Vieira, estaba Rosina en el salón con la tía. La chica hizo un movimiento de alegría; pero, por lo que Ernesto pudo observarle en las facciones, la alegría no fue tal que pudiera disimularle los surcos de las lágrimas. Lo cierto es que un velo de melancolía parecía envolver los ojos traviesos de la bella Rosina. Ya ni eran traviesos; estaban desmayados o muertos.

¡Oh! ¡ahí está la inocencia! se dijo Ernesto.

Al mismo tiempo, avergonzado por esta opinión tan benevolente, y acordándose de las revelaciones del chico de la nariz larga, Ernesto asumió un aspecto severo y grave, menos de enamorado que de juez, menos de juez que de verdugo.

Rosina clavó los ojos en suelo.

La tía de la joven le preguntó a Ernesto las causas de su ausencia tan prolongada. Ernesto alegó mucho trabajo y alguna enfermedad, las primeras disculpas que se le ocurren a cualquiera que no tiene disculpa. Intercambiadas algunas palabras más, salió la tía del salón para ir a dar unas órdenes, habiendo ya ordenado disimuladamente a Junquinha que se quedase en la sala. Juquinha, sin embargo, trepó a una silla y se puso a la ventana; los dos tuvieron tiempo para explicaciones.

La situación era enrevesada; pero no se podía perder tiempo. Bien lo comprendió Rosina, que salió enseguida con estas palabras: –¿No tienes remordimientos?

–¿De qué? preguntó Ernesto espantado.

–¿De lo que me has hecho?

–¿Yo?

–Sí, abandonándome sin una explicación. Adivino cuál es la causa, alguna nueva sospecha, o más bien alguna calumnia... –Ni calumnia, ni sospecha, dijo Ernesto después de un momento de silencio; sino solo la verdad.

Rosina sofocó un grito; sus labios pálidos y trémulos quisieron murmurar algo, pero no pudieron; de los ojos le arrebataron dos grandes lágrimas. Ernesto no podía verla llorar; por más lleno de razones que estuviera, en cuanto veía lágrimas, se inclinaba en seguida y le pedía perdón. Sin embargo esta vez era imposible que volviera tan deprisa al antiguo estado. Las revelaciones del rival estaban todavía frescas en la memoria.

Mientras tanto, se inclinó hacia la joven y le pidió que no llorase.

—¡Que no llore! dijo ella con voz lastimosa Me pide que no llore cuando veo que la felicidad se me va de las manos, sin ni siquiera merecer su estima, porque el señor me desprecia; sin al menos saber cuál es esa calumnia para desmentirla o desenmascararla... —¿Eres capaz de eso? preguntó Ernesto con fuego. ¿Eres capaz de confundir la calumnia?

—Lo soy, dijo ella con un magnífico gesto de dignidad.

Ernesto expuso resumidamente la conversación que había tenido con el joven de la nariz larga y finalizó diciendo que había visto una carta suya. Rosina escuchó la narración en silencio: tenía el pecho sin aliento; se sentía la conmoción que la dominaba. Cuando finalizó, soltó un torrente de lágrimas.

—¡Dios mío! dijo muy bajo Ernesto, pueden oírla.

—No importa, exclamó la joven, estoy dispuesta a todo... —Dime, ¿puedes negar lo que acabo de contarte?

—Todo, no; alguna cosa es cierta, respondió ella con voz entristecida.

—¡Ah!

—La promesa de boda es mentira; no hubo más que dos cartas, a penas dos y esto... por tu culpa... —¡Por mi culpa! exclamó Ernesto tan asombrado como si acabara de ver dos candelabros bailando.

—Sí, repitió ella, por tu culpa. ¿No te acuerdas? Una vez te habías enfadado conmigo y yo... fue una locura... para ponerte celoso, para vengarme... ¡qué locura!... correspondí al galanteo de aquel individuo sin educación... fue una locura mía, ya lo veo... Pero, ¿qué quieres? Estaba despechada... El alma de Ernesto quedó fuertemente conmocionada con esta exposición que la joven le hacía de los acontecimientos. Para él estaba claro que Rosina lo negaría todo, si su proceder tuviera alguna mala intención; diría que la carta era imitación de su letra. Pero no; ella lo confesaba todo con la más noble y ruda sencillez de este mundo; solamente, y en esto estaba la clave de la situación, la joven explicaba a qué impulsos de despecho había cedido, mostrando así, si podemos comparar el corazón a un pastel, bajo la envoltura de la frivolidad la nata del amor.

Transcurrieron algunos segundos de silencio, en que la chica tenía los ojos clavados en el suelo, en la más triste y melancólica actitud que jamás tuvo una doncella arrepentida.

–¿Pero no viste que ese acto de locura podía causar mi muerte? dijo Ernesto.

Rosina se estremeció al oir estas palabras que Ernesto le dijo con la voz más dulce de los viejos tiempos; levantó los ojos para él y volvió a posarlos en el suelo.

–Si hubiese reflexionado sobre eso, observó ella, no hubiera hecho nada de lo que hice.

–Tiene razón, se decía Ernesto, pero llevado por un mal espíritu de venganza entendió que la frivolidad de la chica debía ser castigada con algunos minutos más de duda y recriminación.

La joven oyó todavía muchas cosas que le dijo Ernesto, y a todas respondió con un aire tan contracto y palabras tan llenas de amargura, que nuestro enamorado sentía casi que los ojos le reventaban de lágrimas. Los de Rosina estaban ya más tranquilos, y la claridad comenzaba a tomar el lugar de la sombra melancólica. La situación era casi la misma de algunas semanas antes; solo faltaba consolidarla con el tiempo. Entre tanto, dijo Rosina: –No pienses que te pido más de lo que me corresponde. Mi proceder tiene que tener algún castigo, y estoy perfectamente resignada. Te pedí que vinieras aquí para que me explicaras tu silencio; por mi parte te expliqué mi desvarío. No puedo ambicionar más... –¿No puedes?...

–No. Mi objetivo era no desmerecer tu estima.

–¿Y por qué no mi amor? preguntó Ernesto. ¿Te parece que el corazón puede apagar de repente, y por simple esfuerzo de la voluntad, la llama que vivió largo tiempo?

–¡Oh! ¡eso es imposible! respondió la chica; y por mi parte sé lo que voy a padecer... –Mucho, dijo Ernesto, el culpable de todo fui yo, francamente lo confieso. Ambos nos tenemos que perdonar uno a otro; te perdono la frivolidad; ¿me perdonas el enfado fatal?

Rosina, a no ser que tuviera un corazón de bronce, no podía dejar de conceder el perdón que le pedía el enamorado. Fue recíproca la generosidad. Como a la vuelta del hijo pródigo, las dos almas festejaban aquel renacer de la felicidad, se amaron con más fuerza que nunca.

Tres meses después, día por día, fue celebrado en la iglesia de Sta. Ana, que estaba entonces en el Campo de la Aclamación, el consorcio de los dos enamorados. La novia estaba radiante de felicidad; el novio parecía respirar los aires del paraíso celestial. El tío de Rosina dio un sarao al que asistieron los amigos de Ernesto, excepto el chico de la nariz larga.

No quiere decir esto que la amistad de los dos se fuera a enfriar. Por el contrario, el rival de Ernesto reveló cierta magnanimidad, estrechando aún más los lazos que los unían desde la singular circunstancia que los aproximó. Hubo más: dos años después de la boda de Ernesto, vemos a los dos asociados en una mercería, reinando entre ambos la más serena intimidad. El chico de la nariz larga es el padrino de un hijo de Ernesto.

–¿Por qué no te casas? le pregunta Ernesto a veces a su socio, amigo y compadre.

–Nada, amigo mío, responde el otro, yo ahora ya muero soltero.
unit 2
Foi à escada; era o moleque da Rua Nova do Conde.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 3
— Que me queres?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 4
disse ele com ar severo, suspeitando que o moleque viesse pedir-lhe dinheiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 5
— Venho trazer isto, disse o moleque baixinho.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 6
E tirou do bolso uma carta que entregou a Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 8
Estendeu a mão, recebeu a carta, abriu-a e leu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 9
Dizia assim: Ainda uma vez curvo-me às tuas injustiças.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 10
Estou cansada de chorar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 11
Não posso mais viver debaixo da ação de uma calúnia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 12
Vem ou eu morro!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 13
Ernesto esfregou os olhos; não podia crer no que acabava de ler.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 14
Seria um novo ardil, ou a expressão da verdade?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 15
Ardil podia ser; mas Ernesto atentou bem e pareceu-lhe ver o sinal de uma lágrima.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 16
Evidentemente a moça chorara.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 18
Não sabia que resolvesse.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 21
— Diga que irei logo, respondeu enfim Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 22
Quando voltou para a sala trazia o rosto mudado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 23
Os amigos repararam na mudança e procuraram descobrir-lhe a causa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 24
— Algum credor, dizia um.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 25
— Não lhe trouxeram dinheiro, acrescentava outro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 26
— Namoro novo, opinava o companheiro de casa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 27
— É tudo isso talvez, respondeu Ernesto com um modo que queria ser alegre.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 28
De tarde preparou-se Ernesto e dirigiu-se para a Rua Nova do Conde.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 30
“Há mistério nisto tudo, dizia ele consigo e relendo a carta de Rosina.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 31
É certo que ele me revelou tudo, e até me leu cartas; nisto não há que duvidar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 32
Rosina é culpada; enganou-me; namorava a outro, dizendo-me que só me amava a mim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 33
Mas por que esta carta?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 34
Se ela amava ao outro por que lhe não escreve?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 36
unit 37
Afinal deitou o coração à larga e seguiu afoitamente a senda que o destino parecia indicar-lhe.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 38
Quando chegou à casa de Vieira, estava Rosina na sala com a tia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 40
O que é certo é que um véu de melancolia parecia envolver os olhos travessos da bela Rosina.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 41
Nem já eram travessos; estavam desmaiados ou mortos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 42
“Oh!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 43
ali está a inocência!” disse Ernesto consigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 45
Rosina cravou os olhos no chão.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 46
A tia da moça perguntou a Ernesto as causas da sua ausência tão prolongada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 49
Juquinha porém trepou a uma cadeira e pôs-se à janela; os dois tiveram tempo para explicações.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 50
A situação era esquerda; mas não se podia perder tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 51
Bem o compreendeu Rosina, que rompeu logo estas palavras: — Não tem remorsos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 52
— De quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 53
perguntou Ernesto espantado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 54
— Do que me fez?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 55
— Eu?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 56
— Sim, abandonando-me sem uma explicação.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 60
Desta vez porém era impossível que tão depressa voltasse ao antigo estado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 61
As revelações do rival estavam ainda frescas na memória.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 62
Curvou-se, entretanto, para a moça e pediu-lhe que não chorasse.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 63
— Que não chore!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 64
disse ela com voz lacrimosa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 66
perguntou Ernesto com fogo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 67
É capaz de confundir a calúnia?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 68
— Sou, disse ela com um magnífico gesto de dignidade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 70
Rosina ouviu calada a narração: tinha o peito ofegante; sentia-se a comoção que a dominava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 71
Quando ele acabou, soltou uma torrente de lágrimas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 72
— Meu Deus!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 73
disse baixinho Ernesto, podem ouvi-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 75
— Tudo, não; alguma coisa é verdade, respondeu ela com voz triste.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 76
— Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 78
exclamou Ernesto tão assombrado como se acabasse de ver um dos castiçais a dançar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 79
— Sim, repetiu ela, por sua culpa.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 80
Não se lembra?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 82
unit 87
— Mas não viu que esse ato de loucura podia causar a minha morte?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 88
disse Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 90
— Se eu tivesse refletido nisso, observou ela, não faria nada do que fiz.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 93
unit 94
A situação era quase a mesma de algumas semanas antes; faltava só consolidá-la com o tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 95
Entretanto, disse Rosina: — Não pense que lhe peço mais do que me cumpre.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 96
Meu procedimento alguma punição há de ter, e eu estou perfeitamente resignada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 98
Não posso ambicionar mais... — Não pode?...
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 99
— Não.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 100
Meu fim era não desmerecer a sua estima.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 101
— E por que não o meu amor?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 102
perguntou Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 104
— Oh!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 105
isso é impossível!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 107
Ambos nós temos que perdoar um a outro; perdôo-lhe a leviandade; perdoa-me o fatal arrufo?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 109
Foi recíproca a generosidade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 112
A noiva estava radiante de ventura; o noivo parecia respirar os ares do paraíso celeste.
2 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 113
unit 114
Não quer isto dizer que a amizade dos dois viesse a esfriar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 117
O rapaz de nariz comprido é padrinho de um filho de Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 118
— Por que não te casas?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 119
pergunta Ernesto às vezes ao seu sócio, amigo e compadre.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago
unit 120
— Nada, meu amigo, responde o outro, eu já agora morro solteiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 3 months ago

Um mês depois daquele fatal desastre, estando Ernesto em casa a conversar com o companheiro e mais dois amigos, um dos quais era o rapaz de nariz comprido, ouviu bater palmas. Foi à escada; era o moleque da Rua Nova do Conde.

— Que me queres? disse ele com ar severo, suspeitando que o moleque viesse pedir-lhe dinheiro.

— Venho trazer isto, disse o moleque baixinho.

E tirou do bolso uma carta que entregou a Ernesto.

A primeira idéia de Ernesto foi recusar a carta e pôr o moleque a pontapés pela escada abaixo; mas o coração disse-lhe uma coisa, como ele mesmo confessou. Estendeu a mão, recebeu a carta, abriu-a e leu.

Dizia assim:

Ainda uma vez curvo-me às tuas injustiças. Estou cansada de chorar. Não posso mais viver debaixo da ação de uma calúnia. Vem ou eu morro!

Ernesto esfregou os olhos; não podia crer no que acabava de ler. Seria um novo ardil, ou a expressão da verdade? Ardil podia ser; mas Ernesto atentou bem e pareceu-lhe ver o sinal de uma lágrima. Evidentemente a moça chorara. Mas se chorara é porque padecia; e nesse caso...

Nestas e noutras reflexões gastou Ernesto cerca de oito a dez minutos. Não sabia que resolvesse. Acudir ao chamado de Rosina era esquecer a perfídia com que ela se houve amando a outro em cujas mãos vira até uma carta sua. Mas, não ir podia ser contribuir para a morte de uma criatura que, ainda quando não tivesse sido amada por ele, merecia os seus sentimentos de humanidade.

— Diga que irei logo, respondeu enfim Ernesto.

Quando voltou para a sala trazia o rosto mudado. Os amigos repararam na mudança e procuraram descobrir-lhe a causa.

— Algum credor, dizia um.

— Não lhe trouxeram dinheiro, acrescentava outro.

— Namoro novo, opinava o companheiro de casa.

— É tudo isso talvez, respondeu Ernesto com um modo que queria ser alegre.

De tarde preparou-se Ernesto e dirigiu-se para a Rua Nova do Conde. Dez ou doze vezes parou resolvido a voltar; mas um minuto de reflexão tirava-lhe os escrúpulos e o rapaz prosseguia em seu caminho.

“Há mistério nisto tudo, dizia ele consigo e relendo a carta de Rosina. É certo que ele me revelou tudo, e até me leu cartas; nisto não há que duvidar. Rosina é culpada; enganou-me; namorava a outro, dizendo-me que só me amava a mim. Mas por que esta carta? Se ela amava ao outro por que lhe não escreve? Investiguemos tudo isto.”

A última hesitação do digno rapaz foi ao entrar na Rua Nova do Conde; seu espírito vacilou dessa vez mais que nunca. Dez minutos gastou em passinhos, ora para trás, ora para diante, sem assentar numa coisa definitiva. Afinal deitou o coração à larga e seguiu afoitamente a senda que o destino parecia indicar-lhe.

Quando chegou à casa de Vieira, estava Rosina na sala com a tia. A moça teve um movimento de alegria; mas, tanto quanto Ernesto pôde examinar-lhe as feições, a alegria não foi tal que pudesse disfarçar-lhe os sulcos das lágrimas. O que é certo é que um véu de melancolia parecia envolver os olhos travessos da bela Rosina. Nem já eram travessos; estavam desmaiados ou mortos.

“Oh! ali está a inocência!” disse Ernesto consigo.

Ao mesmo tempo, envergonhado por esta opinião tão benevolente, e lembrando-se das revelações do rapaz de nariz comprido, Ernesto assumiu um ar severo e grave, menos de namorado do que de juiz, menos de juiz que de algoz.

Rosina cravou os olhos no chão.

A tia da moça perguntou a Ernesto as causas da sua ausência tão prolongada. Ernesto alegou muito trabalho e alguma doença, as primeiras desculpas que ocorrem a todo o homem que não tem desculpa. Trocadas mais algumas palavras, saiu a tia da sala para ir dar umas ordens, tendo já ordenado disfarçadamente ao Juquinha que ficasse na sala. Juquinha porém trepou a uma cadeira e pôs-se à janela; os dois tiveram tempo para explicações.

A situação era esquerda; mas não se podia perder tempo. Bem o compreendeu Rosina, que rompeu logo estas palavras:

— Não tem remorsos?

— De quê? perguntou Ernesto espantado.

— Do que me fez?

— Eu?

— Sim, abandonando-me sem uma explicação. A causa adivinho eu qual é, alguma nova suspeita, ou antes alguma calúnia...

— Nem calúnia, nem suspeita, disse Ernesto depois de um momento de silêncio; mas só verdade.

Rosina sufocou um grito; seus lábios pálidos e trêmulos quiseram murmurar alguma coisa, mas não puderam; dos olhos arrebentaram-lhe duas grossas lágrimas. Ernesto não podia vê-la chorar; por mais cheio de razões que estivesse, em vendo lágrimas, curvava-se logo e pedia-lhe perdão. Desta vez porém era impossível que tão depressa voltasse ao antigo estado. As revelações do rival estavam ainda frescas na memória.

Curvou-se, entretanto, para a moça e pediu-lhe que não chorasse.

— Que não chore! disse ela com voz lacrimosa. Pede-me que não chore quando eu vejo fugir-me a felicidade das mãos, sem ao menos merecer a sua estima, porque o senhor despreza-me; sem ao menos saber o que é essa calúnia para desmenti-la ou desmascará-la...

— É capaz disso? perguntou Ernesto com fogo. É capaz de confundir a calúnia?

— Sou, disse ela com um magnífico gesto de dignidade.

Ernesto expôs em resumo a conversa que tivera com o rapaz de nariz comprido, e concluiu dizendo que vira uma carta dela. Rosina ouviu calada a narração: tinha o peito ofegante; sentia-se a comoção que a dominava. Quando ele acabou, soltou uma torrente de lágrimas.

— Meu Deus! disse baixinho Ernesto, podem ouvi-la.

— Não importa, exclamou a moça; estou disposta a tudo...

— Diga-me, pode negar o que lhe acabo de contar?

— Tudo, não; alguma coisa é verdade, respondeu ela com voz triste.

— Ah!

— A promessa de casamento é mentira; não houve mais que duas cartas, duas apenas, e isto... por sua culpa...

— Por minha culpa! exclamou Ernesto tão assombrado como se acabasse de ver um dos castiçais a dançar.

— Sim, repetiu ela, por sua culpa. Não se lembra? Tinha-se arrufado uma vez comigo, e eu... foi uma loucura... para metê-lo em brios, para vingar-me... que loucura!... correspondi ao namoro daquele indivíduo sem educação... foi demência minha, bem vejo... Mas que quer? eu estava despeitada...

A alma de Ernesto ficou fortemente abalada com esta exposição que a moça lhe fazia dos acontecimentos. Era claro para ele que Rosina negaria tudo, se o seu procedimento tivesse alguma intenção má; a carta, diria que era imitação da sua letra. Mas não; ela confessava tudo com a mais nobre e rude singeleza deste mundo; somente — e nisto estava a chave da situação, — a moça explicava a que impulsos de despeito cedera, mostrando assim, se podemos comparar o coração a um pastel, debaixo do invólucro da leviandade a nata do amor.

Decorreram alguns segundos de silêncio, em que a moça tinha os olhos pregados no chão, na mais triste e melancólica atitude que jamais teve uma donzela arrependida.

— Mas não viu que esse ato de loucura podia causar a minha morte? disse Ernesto.

Rosina estremeceu ouvindo estas palavras que Ernesto lhe disse com a voz mais doce dos seus antigos dias; levantou os olhos para ele e tornou a pousá-los no chão.

— Se eu tivesse refletido nisso, observou ela, não faria nada do que fiz.

— Tem razão, ia dizendo Ernesto, mas levado de um mau espírito de vingança entendeu que a leviandade da moça devia ser punida com alguns minutos mais de dúvida e recriminação.

A moça ouviu ainda muitas coisas que lhe disse Ernesto, e a todas respondeu com um ar tão contrito e palavras tão repassadas de amargura, que o nosso namorado sentia quase rebentarem-lhe as lágrimas dos olhos. Os de Rosina estavam já mais tranqüilos, e a limpidez começava a tomar o lugar da sombra melancólica. A situação era quase a mesma de algumas semanas antes; faltava só consolidá-la com o tempo. Entretanto, disse Rosina:

— Não pense que lhe peço mais do que me cumpre. Meu procedimento alguma punição há de ter, e eu estou perfeitamente resignada. Pedi-lhe que viesse aqui a fim de me explicar o seu silêncio; pela minha parte expliquei-lhe o meu desvario. Não posso ambicionar mais...

— Não pode?...

— Não. Meu fim era não desmerecer a sua estima.

— E por que não o meu amor? perguntou Ernesto. Parece-lhe que o coração possa apagar de repente, e por simples esforço de vontade, a chama de que viveu longos dias?

— Oh! isso é impossível! respondeu a moça; e pela minha parte sei o que vou padecer...

— Demais, disse Ernesto, o culpado de tudo fui eu, francamente o confesso. Ambos nós temos que perdoar um a outro; perdôo-lhe a leviandade; perdoa-me o fatal arrufo?

Rosina, a menos de ter um coração de bronze, não podia deixar de conceder o perdão que o namorado lhe pedia. Foi recíproca a generosidade. Como na volta do filho pródigo, as duas almas festejaram aquela renascença de felicidade, e amaram-se com mais força que nunca.

Três meses depois, dia por dia, foi celebrado na igreja de S. Ana, que era então no Campo d’Aclamação, o consórcio dos dois namorados. A noiva estava radiante de ventura; o noivo parecia respirar os ares do paraíso celeste. O tio de Rosina deu um sarau a que compareceram os amigos de Ernesto, exceto o rapaz de nariz comprido.

Não quer isto dizer que a amizade dos dois viesse a esfriar. Pelo contrário, o rival de Ernesto revelou certa magnanimidade, apertando ainda mais os laços que o prendiam desde a singular circunstância que os aproximou. Houve mais: dois anos depois do casamento de Ernesto, vemos os dois associados num armarinho, reinando entre ambos a mais serena intimidade. O rapaz de nariz comprido é padrinho de um filho de Ernesto.

— Por que não te casas? pergunta Ernesto às vezes ao seu sócio, amigo e compadre.

— Nada, meu amigo, responde o outro, eu já agora morro solteiro.