A parasita azul III. Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 5 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
152 Units
100% Translated
100% Upvoted
EL ENCUENTRO Aquel en que el comendador sujetó contra su pecho al hijo que ocho años antes había mandado a tierras extrañas, fue un verdadero día de fiesta. El buen anciano no pudo contener las lágrimas, no pudo porque llegaban de un corazón todavía lleno de afecto y exuberante de ternura. No menos intensa y sincera fue la alegría de Camillo.
Besó repetidamente las manos y la frente del padre, abrazó a los parientes, a los amigos de otro tiempo y, durante algunos días, no muchos, parecía totalmente curado de sus deseos de regresar a Europa.
En la ciudad y sus alrededores no se hablaba de otra cosa. El asunto, no principal sino exclusivo de las tertulias y comentarios era el hijo del comendador. Nadie se saciaba de elogiarlo.
Admiraban en él los modales y la elegancia. La propia superioridad con la que él hablaba a todos, encontraba sinceros entusiastas. Durante muchos días fue totalmente imposible que el muchacho pensase en otra cosa que no fuera contar sus viajes a los amables paisanos. Pero le pagaban el inconveniente, porque la menor cosa que él dijera tenía a los ojos de los demás una gracia indefinible. El padre Maciel, que lo había bautizado veintiséis años antes, y que ya lo veía como hombre hecho, era el primer pregonero de su transformación.
—¡Puede alardear, Sr. comendador, decía al padre de Camillo, puede jactarse de que el cielo le dio un muchacho de lujo! Santa Luzia va a tener un médico de primera categoría, si no me engaña el afecto que le tengo al que todavía ayer era un crío. Y no sólo médico, sino hasta un buen filósofo; es verdad, me parece un buen filósofo. Lo examiné ayer en ese particular y no le encontré punto débil ni dudoso.
El tío Jorge iba preguntando a todos qué pensaban del sobrino Camillo. El teniente coronel Veiga agradecía a la providencia la llegada del Dr. Camillo en las vísperas del Espíritu Santo.
– Sin él mi baile estaría incompleto.
El Dr. Matos no fue el último que visitó al hijo del comendador. Era un viejo alto y de buena constitución, aunque un poco gastado por los años.
– Venga, doctor, dijo el viejo Saebra en cuanto lo vio asomar por la puerta; venga a ver a mi hombre.
– Hombre, en efecto, respondió Matos contemplando al chico. Está hecho un hombre, más de lo que yo suponía. ¡También hace ya ocho años! ¡Venga aquí ese abrazo!
El joven abrió los brazos al viejo. Después, como era costumbre hacer a cuantos lo iban a ver, le contó algunas cosas de sus viajes y estudios. Es totalmente inútil decir que nuestro héroe omitió siempre todo cuanto pudiera quebrantar el buen concepto en que le tenían todos. Si se le daba crédito, había vivido casi como un anacoreta; y nadie osaba pensar lo contrario.
Todo era, pues, alegría en la buena ciudad y sus alrededores; y el joven médico, lisonjeado por la inesperada recepción que tuvo, continuaba sin pensar mucho en París. Pero el tiempo pasa y con él se modifican nuestras sensaciones. Al cabo de quince días Camillo había agotado la novedad de sus impresiones; la hacienda comenzó a cambiar de aspecto; los campos se volvieron monótonos, los árboles monótonos, los ríos monótonos, la ciudad monótona, él mismo monótono. Lo invadió entonces una cosa a la que podemos llamar – nostalgia del exilio.
—No, se decía, no puedo quedarme aquí más de tres meses. París o el cementerio, tal es el dilema que se me ofrece. De aquí a tres meses, estaré muerto o de camino a Europa.
El aborrecimiento de Camillo no escapó a los ojos del padre, que casi vivía para mirar para él.
– Tiene razón, pensaba el comendador, quien vivió por esas tierras que dicen que son tan bonitas y animadas, no puede estar muy alegre aquí. Es necesario darle alguna ocupación... la política, por ejemplo.
– ¡Política! exclamó Camillo, cuando el padre le habló de ese tema. ¿De qué me sirve la política, padre?
– De mucho. Primero serás diputado provincial; después puedes ir para la cámara en Río de Janeiro. Un día apelas al ministerio y si te cayera, puedes subir al gobierno. ¿Nunca tuviste ambición de ser ministro?
– Nunca.
– ¡Es una pena!
– ¿Por qué?
– Porque es bueno ser ministro.
– Gobernar a los hombres, ¿no es eso? dijo Camillo riendo; es un sexo ingobernable; prefiero el otro.
Seabra se rio de repente, pero no perdió la esperanza de convencer a su heredero.
Hacía ya veinte días que el médico estaba en casa de su padre, cuando se acordó de la historia que le había contado Soares y del sueño que él había tenido en la posada. La primera vez que fue a la ciudad y estuvo con el hijo del comerciante, le preguntó: —Dígame, ¿cómo va su Isabel, a la que no he visto todavía?
Soares lo miró con el ceño fruncido y levanto los hombros murmurando un seco: —No lo sé.
Camillo no insistió.
– La molestia todavía está en el período agudo, se dijo para sí.
Tuvo, sin embargo, curiosidad por ver a la hermosa Isabelinha, que tan por los suelos había dejado a aquel verboso cabo electoral. El joven médico ya había hablado con todas las chicas de la localidad en diez leguas a la redonda. Isabel era la única esquiva hasta entonces. No digo bien, esquiva. Camillo había ido una vez a la hacienda del Dr. Matos; pero la hija estaba enferma. Por lo menos eso fue lo que le dijeron.
– Descanse, le decía un vecino a quien había mostrado impaciencia por conocer a la amada de Leandro Soares; va a verla en el baile del coronel Vega, o en la fiesta del Espíritu Santo, o en cualquier otra ocasión.
La belleza de la joven, que el no juzgaba que pudiera ser superior, ni siquiera igual, a la de la viuda del príncipe Alexis, la pasión incurable de Soares y tal y cual misterio con que se hablaba de Isabel, todo eso excitó hasta el extremo la curiosidad del hijo del comendador.
EL domingo siguiente, ocho días antes del Espíritu Santo, salió Camillo de la hacienda para ir a misa en la iglesia de la ciudad, como ya había hecho los domingos anteriores. El caballo iba a paso lento, al compás con el pensamiento del caballero, que se desperezaba por el campo a fuera en busca de las sensaciones que ya no tenía y que ansiaba tener de nuevo.
Mil ideas singulares atravesaban el cerebro de Camillo. Ahora, anhelaba echar alas, con caballo y todo, e ir por los aires a caer en frente del Palais-Royal, o en cualquier otro punto de la capital del mundo.
Poco después se hacía a sí mismo la descripción de un cataclismo tal, que él acabaría encontrándose almorzando en el Café Tortoni, dos minutos después de que llegara al altar el padre Maciel.
De repente, al dar una vuelta del camino, descubrió a lo lejos a dos señoras a caballo acompañadas por un sirviente. Clavó las espuelas y en poco tiempo estaba junto a los tres caballistas. Una de las señoras volvió la cabeza, sonrió y se detuvo. Camillo se acercó, con la cabeza descubierta y le tendió la mano que ella apretó.
La señora a la que había cumplimentado era la esposa del teniente coronel Veiga. Aparentaba tener cuarenta y cinco años, pero estaba bastante bien conservada. La otra señora, oyendo el movimiento de la compañera, hizo parar también al caballo y volvió igualmente la cabeza. Camillo no miraba entonces hacia ella. Estaba ocupado en escuchar a doña Gertrudes que le daba noticias del teniente coronel.
—Ahora solo piensa en la fiesta, decía ella; ya debe de estar en la iglesia. Vas a misa, ¿no?
—Sí.
—Vamos juntos.
Intercambiadas estas palabras, que fueron rápidas, Camillo buscó con la mirada a la otra caballista.
Ella, sin embargo, ya iba algunos pasos por delante. El médico se colocó al lado de doña Gertrudes y la comitiva continuó caminando. Iban, de este modo, conversando hacía ya unos diez minutos, cuando el caballo de la señora que iba delante se paró.
—¿Qué pasa, Isabel? preguntó doña Gertrudes.
—¡Isabel! exclamó Camillo, sin prestar atención al incidente que provocara la pregunta de la esposa del coronel.
La joven volvió la cabeza y se encogió de hombros respondiendo secamente: —No sé.
La causa había sido un ruido que el caballo había sentido por detrás de un espeso matorral de bambúes que quedaba a la izquierda del camino. Antes, no obstante, de que el paje o Camillo fueran a examinar la causa del rechazo del animal, la joven hizo un esfuerzo supremo y azotando con fuerza al caballo consiguió que este venciese el miedo y se echara a correr al galope por delante de los compañeros.
—¡Isabel! dijo Camillo a doña Gertrudes. ¿Esa joven será la hija del Dr. Matos?
—Así es. ¿No la conocía?
—Hace ocho años que no la veo. ¡Está hecha una flor! Ya no me extraña que aquí se hable tanto de su belleza. Me habían comentado que estaba enferma... —Lo estuvo, pero sus males son cosas de poca importancia. Son nervios; así se dice, creo yo, cuando no se sabe qué es lo que padece una persona... Isabel se había detenido a lo lejos y regresaba por la izquierda del camino, parecía admirar el espectáculo de la naturaleza. En pocos minutos sus compañeros estaban cerca de ella. La joven iba a continuar la marcha, cuando doña Gertrudes le dijo: —¡Isabel!
La joven volvió la cara. Doña Gertrudes se acercó a ella.
—¿No te acuerdas del Dr. Camillo Seabra?
—Tal vez no se acuerde, dijo Camillo. ¡Tenía doce años cuando salí de aquí y allí han sido ya ocho!
—Me acuerdo, respondió Isabel volviendo levemente la cabeza, pero sin mirar al médico.
Y fustigando suavemente al caballo, siguió para adelante. Por más singular que fuera aquella forma de reanudar un antiguo conocimiento, lo que más impresionó entonces al hijo del comendador fue la belleza de Isabel, que le pareció que estaba a la altura de su reputación.
En cuanto se podía juzgar a primera vista la esbelta caballera debería de ser más alta que baja. Era morena, pero de un moreno aceitunado y suave, con unos delicadísomos toques color de rosa, lo que sería efecto de la agitación, visto que afirmaban que era extremadamente pálida. A los ojos no les pudo ver el color Camillo, pero sintió su luz, lo que tal vez valía más, a pesar de que no lo hubieran mirado fijamente, y comprendió en seguida que con semejantes ojos la hermosa goyana hubiera fascinado al mísero Soares.
No averiguó, ni pudo, las demás facciones de la joven; pero lo que pudo contemplar a su gusto, lo que ya venía admirando de lejos, era la elegancia nativa del busto y el gracioso desparpajo con que montaba. Había visto muchas amazonas elegantes y diestras. Aquella, sin embargo, tenía algo en lo que aventajaba a las otras; tal vez era el desaliño del gesto, tal vez la espontaneidad de los movimientos, tal vez otra cosa, o todas esas juntas, las que daban a la interesante goyana una supremacía indiscutible.
Isabel paraba de vez en cuando el caballo y dirigía la palabra a la esposa del coronel, con respecto a cualquier detalle, - un efecto de luz, un pájaro que pasaba, un sonido que se oía, - pero en ninguna ocasión le daba la cara, ni siquiera miraba de reojo, al hijo del comendador.
Absorto en la contemplación de la joven, Camillo dejó caer la conversación, y hacía ya algunos minutos que él y doña Gertrudes iban cabalgando, sin decir palabra, uno al lado del otro. Fueron interrumpidos en su marcha silenciosa por un caballero, que venía detrás de la comitiva a trote largo.
Era Soares.
El hijo del negociante venía muy diferente de como iba hasta entonces. Los saludó sonriendo jovial, como había estado en los primeros días del viaje del médico. Sin embargo no era difícil darse cuenta de que la alegría de Soares era un artificio. El pobre enamorado de vez en cuando ponía cara de aburrido o hacía un gesto de desesperación que afortunadamente pasaba inadvertido a los demás. Tenía miedo del triunfo de un hombre que física e intelectualmente era superior a él; que, además de eso, gozaba en aquella ocasión la gran ventaja de dominar la atención pública que era la costumbre de la aldea, el acontecimiento del día o el hombre de la situación. Todo conspiraba para derribar la última esperanza de Soares que era la esperanza de ver morir a la joven libre de todo vínculo conyugal. El infeliz enamorado tenía la manía, por otra parte común, de querer ver rota o inútil la taza que él no podía llevarse a los labios.
Sin embargo, su recelo creció cuando, estando escondido en el matorral del que antes hablé, para ver pasar a Isabel, como acostumbraba hacer muchas veces, descubrió a la persona de Camillo en la comitiva. No pudo retener una exclamación de sorpresa y llegó a dar un paso en dirección al camino. Se detuvo a tiempo. Los caballistas, como vimos, pasaron por delante, dejando al celoso pretendiente jurando a los cielos y a la tierra que tomaría desquite de su atrevido rival, si lo fuera.
Bien sabemos que no era rival; el corazón de Camillo guardaba todavía fresca la memoria de Artemisa, la moscovita, cuyas lágrimas, a pesar de la distancia, el joven sentía que eran ardientes y dolorosas. Pero, ¿quién podría convencer a Leandro Soares de que el elegante mozo de Europa, como lo llamaban, no quedaría enamorado de la esquiva goiana?
Isabel, mientras, apenas vio al infeliz pretendiente, detuvo el caballo y le extendió afectuosamente la mano. Una adorable sonrisa acompañó este movimiento. No era suficiente para disipar las dudas del pobre joven. Diferente fue, sin embargo, la impresión de Camillo.
—O lo ama o es una gran bellaca, pensó.
Casualmente, —y por primera vez— miraba Isabel hacia el hijo del comendador. Perspicacia o adivinación, le leyó en el rostro ese pensamiento oculto; frunció el ceño ligeramente con una expresión de extrañeza tan viva, que el médico quedó perplejo y no pudo dejar de añadir, entonces ya con los labios, a media voz, hablando para sí: – O habla con el diablo
– Tal vez, murmuró la joven con los ojos fijos en el suelo.
Esto fue dicho así, sin que los otros dos se dieran cuenta. Camillo no podía desviar los ojos de la hermosa Isabel, medio espantado, medio curioso, después de la palabra murmurada por ella en tan singulares condiciones. Soares miraba para Camillo con la misma ternura con que un gavilán acecha una paloma. Isabel jugaba con el latiguito. Doña Gertrudes, que temía perder la misa del padre Maciel y recibir una advertencia amistosa de su marido, dio la voz de marcha, y la comitiva siguió inmediatamente.
unit 3
Não menos intensa e sincera foi a alegria de Camilo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 5
Na cidade e seus arredores não se falava em outra coisa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 6
O assunto, não principal mas exclusivo das palestras e comentários era o filho do comendador.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 7
Ninguém se fartava de o elogiar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 8
Admiravam-lhe as maneiras e a elegância.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 9
A mesma superioridade com que ele falava a todos, achava entusiastas sinceros.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 15
E não só médico, mas até bom filósofo; é verdade, parece-me bom filósofo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 16
Sondei-o ontem nesse particular, e não lhe achei ponto fraco ou duvidoso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 17
O tio Jorge andava a perguntar a todos o que pensavam do sobrinho Camilo.
3 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 19
– Sem ele, o meu baile seria incompleto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 20
O Dr. Matos não foi o último que visitou o filho do comendador.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 21
Era um velho alto e bem feito, ainda que um tanto quebrado pelos anos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 22
– Venha, doutor, disse o velho Seabra apenas o viu assomar à porta; venha ver o meu homem.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 23
– Homem, com efeito, respondeu Matos contemplando o rapaz.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 24
Está mais homem do que eu supunha.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 25
Também já lá vão oito anos!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 26
Venha de lá esse abraço!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 27
O moço abriu os braços ao velho.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 28
unit 30
A darlhe crédito, vivera quase como um anacoreta; e ninguém ousava pensar ao contrário.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 32
Mas o tempo corre e as nossas sensações com ele se modificam.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 34
Invadiu-o então uma coisa a que podemos chamar – nostalgia do exílio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 35
– Não, dizia ele consigo, não posso ficar aqui mais três meses.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 36
Paris ou o cemitério, tal é o dilema que se me oferece.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 37
Daqui a três meses, estarei morto ou em caminho da Europa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 38
O aborrecimento de Camilo não escapou aos olhos do pai, que quase vivia a olhar para ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 40
É preciso dar-lhe alguma ocupação... a política, por exemplo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 41
– Política!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 42
exclamou Camilo, quando o pai lhe falou nesse assunto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 43
De que me serve a política, meu pai?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 44
– De muito.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 45
Serás primeiro deputado provincial; podes ir depois para a câmara no Rio de Janeiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 46
Um dia interpelas o ministério e se ele cair, podes subir ao governo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 47
Nunca tiveste ambição de ser ministro?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 48
– Nunca.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 49
– É pena!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 50
– Por que?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 51
– Porque é bom ser ministro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 52
– Governar os homens, não é?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 53
disse Camilo rindo; é um sexo ingovernável; prefiro o outro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 54
Seabra riu-se do repente, mas não perdeu a esperança de convencer o herdeiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 57
unit 58
Camilo não insistiu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 59
– A moléstia ainda está no período agudo, disse ele consigo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 61
A todas as moças da localidade, em dez léguas em redor, havia já falado o jovem médico.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 62
Isabel era a única esquiva até então.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 63
Esquiva não digo bem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 64
Camilo fôra uma vez à fazenda do Dr. Matos; mas a filha estava doente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 65
Pelo menos foi isso o que lhe disseram.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 70
Mil singulares idéias atravessavam o cérebro de Camilo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 74
Picou de esporas e dentro de pouco tempo estava junto dos três cavaleiros.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 75
Uma das senhoras voltou a cabeça, sorriu e parou.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 76
Camilo aproximou-se, com a cabeça descoberta, e estendeu-lhe a mão, que ela apertou.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 77
A senhora a quem cumprimentara era a esposa do tenente-coronel Veiga.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 78
Representava ter quarenta e cinco anos, mas estava assaz conservada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 80
Camilo não olhava então para ela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 81
Estava ocupado em ouvir D. Gertrudes, que lhe dava notícias do tenente-coronel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 82
– Agora só pensa na festa, dizia ela; já deve estar na igreja.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 83
Vai à missa, não?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 84
– Vou.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 85
– Vamos juntos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 86
Trocadas estas palavras, que foram rápidas, Camilo procurou com os olhos a outra cavaleira.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 87
Ela porém ia já alguns passos adiante.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 88
O médico colocou-se ao lado de D. Gertrudes, e a comitiva continuou a andar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 89
Iam assim conversando havia já uns dez minutos, quando o cavalo da senhora que ia adiante estacou.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 90
– Que é, Isabel?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 91
perguntou D. Gertrudes.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 92
– Isabel!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 93
exclamou Camilo, sem dar atenção ao incidente que provocara a pergunta da esposa do coronel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 94
A moça voltou a cabeça e levantou os ombros respondendo secamente: – Não sei.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 97
– Isabel!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 98
disse Camilo a D. Gertrudes.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 99
Aquela moça será a filha do Dr. Matos?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 100
– É verdade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 101
Não a conhecia?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 102
– Há oito anos que a não vejo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 103
Está uma flor!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 104
Já me não admira que se fale aqui tanto na sua beleza.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 105
Disseram-me que estava doente... – Esteve; mas as suas doenças são coisas de pequena monta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 107
Daí a alguns minutos estavam perto dela os seus companheiros.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 108
A moça ia prosseguir a marcha, quando D. Gertrudes lhe disse: – Isabel!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 109
A moça voltou o rosto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 110
D. Gertrudes aproximou-se dela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 111
– Não te lembras do Dr. Camilo Seabra?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 112
– Talvez não se lembre, disse Camilo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 113
Tinha doze anos quando eu saí daqui, e já lá são oito!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 114
– Lembro-me, respondeu Isabel curvando levemente a cabeça, mas sem olhar para o médico.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 115
E chicoteando de mansinho o cavalo, seguiu para diante.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 117
unit 121
Vira muitas amazonas elegantes e destras.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 126
Era Soares.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 127
O filho do negociante vinha bem diferente do que até ali andava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 128
Cumprimentou-os sorrindo jovial como estivera nos primeiros dias de viagem do médico.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 129
Não era porém difícil conhecer que a alegra de Soares era um artifício.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 135
Não pode reter uma exclamação de surpresa, e chegou a dar um passo na direção da estrada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 136
Deteve-se a tempo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 141
Um adorável sorriso acompanhou este movimento.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 142
Não era bastante para dissipar as dúvidas do pobre moço.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 143
Diversa, foi porém a impressão de Camilo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 144
– Ama-o, ou é uma grande velhaca, pensou ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 145
Casualmente, - e pela primeira vez, - olhava Isabel para o filho do comendador.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 147
– Talvez, murmurou a moça com os olhos fitos no chão.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 148
Isto foi dito assim, sem que os outros dois percebessem.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 150
Soares olhava para Camilo com a mesma ternura, com que um gavião espreita uma pomba.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 151
Isabel brincava com o chicotinho.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

O ENCONTRO
Foi um verdadeiro dia de festa aquele em que o comendador cingiu ao peito o filho que oito
anos antes mandara a terras estranhas. Não pode reter as lágrimas o bom velho, - não pode, que elas
vinham de um coração ainda viçoso de afetos e exuberante de ternura. Não menos intensa e sincera
foi a alegria de Camilo.
Beijou repetidamente as mãos e a fronte do pai, abraçou os parentes, os amigos de outro
tempo, e durante alguns dias, - não muitos, - parecia completamente curado dos seus desejos de
regressar à Europa.
Na cidade e seus arredores não se falava em outra coisa. O assunto, não principal mas
exclusivo das palestras e comentários era o filho do comendador. Ninguém se fartava de o elogiar.
Admiravam-lhe as maneiras e a elegância. A mesma superioridade com que ele falava a todos,
achava entusiastas sinceros. Durante muitos dias foi totalmente impossível que o rapaz pensasse em
outra coisa que não fosse contar as suas viagens aos amáveis conterrâneos. Mas pagavam-lhe a
maçada, porque a menor coisa que ele dissesse tinha aos olhos dos outros uma graça indefinível. O
padre Maciel, que o batizara vinte e seis anos antes, e que o via já homem completo era o primeiro
pregoeiro da sua transformação.
– Pode gabar-se, Sr. comendador, dizia ele ao pai de Camilo, pode gabar-se de que o céu
lhe deu um rapaz de truz! Santa Luzia vai ter um médico de primeira ordem, se me não engana o
afeto que tenho a esse que era ainda ontem um pirralho. E não só médico, mas até bom filósofo; é
verdade, parece-me bom filósofo. Sondei-o ontem nesse particular, e não lhe achei ponto fraco ou
duvidoso.
O tio Jorge andava a perguntar a todos o que pensavam do sobrinho Camilo. O tenentecoronel
Veiga agradecia à providência à chegada do Dr. Camilo nas proximidades do Espírito
Santo.
– Sem ele, o meu baile seria incompleto.
O Dr. Matos não foi o último que visitou o filho do comendador. Era um velho alto e bem
feito, ainda que um tanto quebrado pelos anos.
– Venha, doutor, disse o velho Seabra apenas o viu assomar à porta; venha ver o meu
homem.
– Homem, com efeito, respondeu Matos contemplando o rapaz. Está mais homem do que
eu supunha. Também já lá vão oito anos! Venha de lá esse abraço!
O moço abriu os braços ao velho. Depois, como era costume fazer a quantos o iam ver,
contou-lhe alguma coisa das suas viagens e estudos. É perfeitamente inútil dizer que o nosso herói
omitiu sempre tudo quanto pudesse abalar o bom conceito em que estava no ânimo de todos. A darlhe
crédito, vivera quase como um anacoreta; e ninguém ousava pensar ao contrário.
Tudo eram pois alegrias na boa cidade e seus arredores; e o jovem médico, lisonjeado com a
inesperada recepção que teve, continuou a não pensar muito em Paris. Mas o tempo corre e as
nossas sensações com ele se modificam. No fim de quinze dias tinha Camilo esgotado a novidade
das suas impressões; a fazenda começou a mudar de aspecto; os campos ficaram monótonos, as
árvores monótonas, os rios monótonos, a cidade monótona, ele próprio monótono. Invadiu-o então
uma coisa a que podemos chamar – nostalgia do exílio.
– Não, dizia ele consigo, não posso ficar aqui mais três meses. Paris ou o cemitério, tal é o
dilema que se me oferece. Daqui a três meses, estarei morto ou em caminho da Europa.
O aborrecimento de Camilo não escapou aos olhos do pai, que quase vivia a olhar para ele.
– Tem razão, pensava o comendador, Quem viveu por essas terras que dizem ser tão
bonitas e animadas, não pode estar aqui muito alegre. É preciso dar-lhe alguma ocupação... a
política, por exemplo.
– Política! exclamou Camilo, quando o pai lhe falou nesse assunto. De que me serve a
política, meu pai?
– De muito. Serás primeiro deputado provincial; podes ir depois para a câmara no Rio de
Janeiro. Um dia interpelas o ministério e se ele cair, podes subir ao governo. Nunca tiveste ambição
de ser ministro?
– Nunca.
– É pena!
– Por que?
– Porque é bom ser ministro.
– Governar os homens, não é? disse Camilo rindo; é um sexo ingovernável; prefiro o outro.
Seabra riu-se do repente, mas não perdeu a esperança de convencer o herdeiro.
Havia já vinte dias que o médico estava em casa do pai, quando se lembrou da história que lhe
contara Soares e do sonho que ele tivera no pouso. A primeira vez que foi à cidade e esteve com o
filho do negociante, perguntou-lhe:
– Diga-me como vai a sua Isabel, que ainda a não vi?
Soares olhou para ele com sobrolho carregado e levantou os ombros resmungando um seco:
– Não sei.
Camilo não insistiu.
– A moléstia ainda está no período agudo, disse ele consigo.
Teve porém curiosidade de ver a formosa Isabelinha, que tão por terra deitara aquele verboso
cabo eleitoral. A todas as moças da localidade, em dez léguas em redor, havia já falado o jovem
médico. Isabel era a única esquiva até então. Esquiva não digo bem. Camilo fôra uma vez à fazenda
do Dr. Matos; mas a filha estava doente. Pelo menos foi isso o que lhe disseram.
– Descanse, dizia-lhe um vizinho a quem ele mostrara impaciência de conhecer a amada de
Leandro Soares; há de vê-la no baile do coronel veiga, ou na festa do Espírito Santo, ou em outra
qualquer ocasião.
A beleza da moça, que ele não julgava pudesse ser superior, nem sequer igual, à da viúva do
príncipe Alexis, a paixão incurável de Soares e o tal ou qual mistério com que se falava de Isabel,
tudo isso excitou ao último ponto a curiosidade do filho do comendador.
No domingo próximo, oito dias antes do Espírito Santo, saiu Camilo da fazenda para ir à
missa na igreja da cidade, como já fizera nos domingos anteriores. O cavalo ia a passo lento, a
compasso com o pensamento do cavaleiro, que se espreguiçava pelo campo fora em busca das
sensações que já não tinha e que ansiava ter de novo.
Mil singulares idéias atravessavam o cérebro de Camilo. Ora, almejava alar-se com cavalo e
tudo, os ares e ir cair defronte do Palais-Royal, ou em outro qualquer ponto da capital do mundo.
Logo depois fazia a si mesmo a descrição de um cataclismo tal, que ele viesse a achar-se almoçando
no Café Tortoni, dois minutos depois de chegar ao altar o padre Maciel.
De repente, ao quebrar uma volta da estrada, descobriu ao longe duas senhoras a cavalo
acompanhadas por um pajem. Picou de esporas e dentro de pouco tempo estava junto dos três
cavaleiros. Uma das senhoras voltou a cabeça, sorriu e parou. Camilo aproximou-se, com a cabeça
descoberta, e estendeu-lhe a mão, que ela apertou.
A senhora a quem cumprimentara era a esposa do tenente-coronel Veiga. Representava ter
quarenta e cinco anos, mas estava assaz conservada. A outra senhora, sentindo o movimento da
companheira, fez parar também o cavalo e voltou igualmente a cabeça. Camilo não olhava então
para ela. Estava ocupado em ouvir D. Gertrudes, que lhe dava notícias do tenente-coronel.
– Agora só pensa na festa, dizia ela; já deve estar na igreja. Vai à missa, não?
– Vou.
– Vamos juntos.
Trocadas estas palavras, que foram rápidas, Camilo procurou com os olhos a outra cavaleira.
Ela porém ia já alguns passos adiante. O médico colocou-se ao lado de D. Gertrudes, e a comitiva
continuou a andar. Iam assim conversando havia já uns dez minutos, quando o cavalo da senhora
que ia adiante estacou.
– Que é, Isabel? perguntou D. Gertrudes.
– Isabel! exclamou Camilo, sem dar atenção ao incidente que provocara a pergunta da
esposa do coronel.
A moça voltou a cabeça e levantou os ombros respondendo secamente:
– Não sei.
A causa era um rumor que o cavalo sentira por trás de uma espessa moita de taquaras que
ficava à esquerda do caminho. Antes porém que o pajem ou Camilo fosse examinar a causa da
relutância do animal, a moça fez um esforço supremo, e chicoteando vigorosamente o cavalo,
conseguiu que este vencesse o terror, e deitasse a correr a galope adiante dos companheiros.
– Isabel! disse Camilo a D. Gertrudes. Aquela moça será a filha do Dr. Matos?
– É verdade. Não a conhecia?
– Há oito anos que a não vejo. Está uma flor! Já me não admira que se fale aqui tanto na
sua beleza. Disseram-me que estava doente...
– Esteve; mas as suas doenças são coisas de pequena monta. São nervos; assim se diz, creio
eu, quando se não sabe do que uma pessoa padece...
Isabel parara ao longe, e voltada para a esquerda da estrada, parecia admirar o espetáculo da
natureza. Daí a alguns minutos estavam perto dela os seus companheiros. A moça ia prosseguir a
marcha, quando D. Gertrudes lhe disse:
– Isabel!
A moça voltou o rosto. D. Gertrudes aproximou-se dela.
– Não te lembras do Dr. Camilo Seabra?
– Talvez não se lembre, disse Camilo. Tinha doze anos quando eu saí daqui, e já lá são
oito!
– Lembro-me, respondeu Isabel curvando levemente a cabeça, mas sem olhar para o
médico.
E chicoteando de mansinho o cavalo, seguiu para diante. Por mais singular que fosse aquela
maneira de reatar conhecimento antigo, o que mais impressionou então o filho do comendador foi a
beleza de Isabel, que lhe pareceu estar na altura da reputação.
Tanto quanto se podia julgar à primeira vista, a esbelta cavaleira deveria ser mais alta que
baixa. Era morena, - mas de um moreno acetinado e macio, com uns delicadíssimos longes cor-derosa,
- o que seria efeito da agitação, visto que afirmavam ser extremamente pálida. Os olhos, - não
lhes pode Camilo ver a cor, mas sentiu-lhes a luz que valia mais talvez, apesar de o não terem
fitado, e compreendeu logo que com olhos tais a formosa goiana houvesse fascinado o mísero
Soares.
Não averiguou, nem pode, as restantes feições da moça; mas o que pode contemplar à
vontade, o que já vinha admirando de longe, era a elegância nativa do busto e o gracioso desgarro
com que ela montava. Vira muitas amazonas elegantes e destras. Aquela porém tinha alguma coisa
em que se avantajava às outras; era talvez o desalinho do gesto, talvez a espontaneidade dos
movimento, outra coisa talvez, ou todas essas juntas que davam à interessante goiana incontestável
supremacia.
Isabel parava de quando em quando o cavalo e dirigia a palavra à esposa do coronel, a
respeito de qualquer acidente, - de um efeito de luz, de um pássaro que passava, de um som que se
ouvia, - mas em nenhuma ocasião encarava ou sequer olhava de esguelha o filho do comendador.
Absorvido na contemplação da moça, Camilo deixou cair na conversa, e havia já alguns minutos
que ele e D. Gertrudes iam cavalgando, sem dizer uma palavra, ao lado um do outro. Foram
interrompidos em sua marcha silenciosa por um cavaleiro, que vinha atrás da comitiva a trote largo.
Era Soares.
O filho do negociante vinha bem diferente do que até ali andava. Cumprimentou-os sorrindo
jovial como estivera nos primeiros dias de viagem do médico. Não era porém difícil conhecer que a
alegra de Soares era um artifício. O pobre namorado fechava o rosto de quando em quando, ou fazia
um gesto de desespero que felizmente escapava aos outros. Ele receava o triunfo de um homem que
física e intelectualmente lhe era superior; que, além disso, gozava naquela ocasião a grande
vantagem de dominar a atenção pública, que era o uso da aldeia, o acontecimento do dia, o homem
da situação. Tudo conspirava para derrubar a última esperança de Soares, que era a esperança de ver
morrer a moça isenta de todo o vínculo conjugal. O infeliz namorado tinha o sestro, aliás comum,
de querer ver quebrada ou inútil a taça que ele não podia levar aos lábios.
Cresceu porém seu receio quando, estando escondido no taquaral de que falei acima, para ver
passar Isabel, como costumava fazer muitas vezes, descobriu a pessoa de Camilo na comitiva. Não
pode reter uma exclamação de surpresa, e chegou a dar um passo na direção da estrada. Deteve-se a
tempo. Os cavaleiros, como vimos, passaram adiante, deixando o cioso pretendente a jurar aos céus
e à terra que tomaria desforra do seu atrevido rival, se o fosse.
Não era rival, bem sabemos; o coração de Camilo guardava ainda fresca a memória de
Artemisa moscovita, cujas lágrimas, apesar da distância, o rapaz sentia que eram ardentes e
aflitivas. Mas quem poderia convencer a Leandro Soares que o elegante moço da Europa, como
lhe chamavam não ficaria enamorado da esquiva goiana?
Isabel, entretanto, apenas viu o infeliz pretendente, deteve o cavalo e estendeu-lhe
afetuosamente a mão. Um adorável sorriso acompanhou este movimento. Não era bastante para
dissipar as dúvidas do pobre moço. Diversa, foi porém a impressão de Camilo.
– Ama-o, ou é uma grande velhaca, pensou ele.
Casualmente, - e pela primeira vez, - olhava Isabel para o filho do comendador. Perspicácia
ou adivinhação, leu-lhe no rosto esse pensamento oculto; franziu levemente a testa com uma
expressão tão viva de estranheza, que o médico ficou perplexo e não pode deixar de acrescentar, já
então com os lábios, à meia voz, falando para si:
– Ou fala com o diabo.
– Talvez, murmurou a moça com os olhos fitos no chão.
Isto foi dito assim, sem que os outros dois percebessem. Camilo não podia desviar os olhos da
formosa Isabel, meio espantado, meio curioso, depois da palavra murmurada por ela em tão
singulares condições. Soares olhava para Camilo com a mesma ternura, com que um gavião espreita
uma pomba. Isabel brincava com o chicotinho. D. Gertrudes, que temia perder a missa do padre
Maciel e receber um reparo amigável do marido, deu voz de marcha, e a comitiva seguiu
imediatamente.