Casa Velha VII
Difficulty: Hard    Uploaded: 7 years, 4 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 4 months ago
Fin
111 Units
100% Translated
100% Upvoted
Era en el porche, a la mañana siguiente. Cuando llegué allí, me encontré con Dña. Antônia sola, paseando de un lado al otro; la baronesa se había recogido y los otros habían salido a caballo, después de esperar un poco para que yo los viese; pero llegué tarde; ¿por qué no fui más temprano?

–No pude; había sabido las malas noticias que habían venido del sur.

–¿Sí? preguntó ella.

Le conté lo que había, acerca de la rebelión, pero los ojos de ella, desnudos de curiosidad, vagaban sin ver, y, en cuanto lo percibí, paré súbitamente. Ella, después de una pequeña pausa: –¡Ah! entonces los rebeldes... Repitió la palabra, murmuró otras, pero sin poder vincularlas entre sí, ni darles el calor que solo el interés real posee. Tenía otra rebelión en casa, y, para ella, la crisis doméstica tenía más importancia que la pública. Es natural, pensé para mí; y traté de ir a mis papeles. Al pedirle licencia, la vi mirar para mí, callada, y retenerme por la muñeca.

–¿Ya? dijo finalmente.

–Voy al trabajo.

Dña. Antônia dudó un poco; después, resuelta: –¡Óigame!

Respondí que estaba a sus órdenes, y esperé.

Dña. Antônia pasó la mano por los ojos, sacudió la cabeza, y preguntó si no sospechaba alguna causa absoluta de impedimento entre su hijo y Lalau.

–¿Causa absoluta?

–Sí, murmuró ella, con miedo, bajando y levantando los ojos, como avergonzada.

Confieso que la sospecha de que Lalau era hija de ella acudió a mi espíritu, pero la deseché enseguida por absurda; advertí que ella lo diría antes a la propia chica que a ningún hombre, aunque fuera sacerdote. No, no era eso. Pero entonces, ¿qué era? Tuve otra sospecha, y le pedí que me dijera, que me explicara... –Está explicado.

–¿Su marido...?

Dña. Antônia hizo un gesto afirmativo, y desvió los ojos. Tenía la cara como un lacre. Quiso ir para dentro, pero retrocedió, dio algunos pasos hasta el final del porche, volvió, y fue a sentarse en la silla que quedaba más cerca, entre dos puertas; apoyó los brazos en las rodillas, la cabeza en las manos, y se dejó estar. Yo, asombrado, no encontraba nada que decir, nada, absolutamente; miraba para el ladrillo, a lo tonto; y así quedamos por un largo rato. Nos despertó un chiquillo que vino a pedir una llave a la señora, que le dio un manojo de ellas, y siguió sentada todavía, pero sin poner la cabeza en las manos. La expresión de su rostro no era propiamente de tristeza o de resignación, sino de vergüenza, y puede que también de ansiedad; y no hice inmediatamente esa observación, sino después, recapitulando en las palabras y los gestos. Fuera como fuera, no se me pasó por la cabeza que aquel impedimento moral y canónico podía ser un simple recurso para la ocasión.

Caminé hacia ella, le tendí las manos, ella me dio las suyas y, apretándolas, le dije que no debía haber añadido a la fatalidad del nacimiento el favor de las circunstancias; no debía haberlos llevado, por descuido, al punto en que estaban, para ahora separarlos irremediablemente. Dña. Antônia murmuró algunas palabras de explicación: –timidez, confianza, esperanza, la idea de casarla con otro, la de mandar al hijo a Europa... Las manos le temblaban un poco; y, tal vez por haberlo notado, las retiró y cruzó los brazos.

–Bien, le dije yo, ahora hay que separarlos.

–Me cuesta mucho, porque ella me gusta. La eduqué como a una hija.

–Es urgente separarlos.

–Aquí es donde Su Reverendísima podía prestarme un gran servicio. No me atrevo a hacer nada; ni siquiera sé lo que podría hacer. Su Reverendísima, que los estima, y creo que me estima a mí también, es quien encontrará algún arreglo. Mi hijo está resuelto a seguir adelante; pero su intervención... ¿Puedo contar con ella?

–Ha sido excesiva mi intervención. Vine a recibir un obsequio y me encuentro en medio de un drama. Era mejor que me hubiese limitado a recoger papeles... –No diga nada más; se acabó. Además, un padre no se puede arrepentir del beneficio que intentó hacer. La intención era generosa; pero el pasado, pasado está. Ahora hay que buscar un remedio. ¿Será tan egoísta como para no ayudarme? No tengo otra persona; el coronel es un atontado... Y entonces, por mí sola; no hago nada... Ayúdeme.

Dña. Antônia hablaba bajito, con miedo de que nos oyesen; llegó a levantarse e ir a espiar a una de las puertas, que daban a la sala. No juzgué mal la precaución, que era natural; y cuando ella, volviendo a mí, se paró y me preguntó de nuevo, respondí que necesitaba encontrar mi equilibrio primero; la revelación me había aturdido. En esto desvió la mirada.

–No es una urgencia, añadí. Lalau está fuera por algunos días; pensaré lentamente. ¿Que la ayude? ¿He de ser obligado a eso, ahora que la situación cambió? Si no causé el sentimiento que los liga, es cierto que lo aprobé, y estaba dispuesto a santificarlo. Usted fue muy imprudente.

–Confieso que fui.

–Ahora va a desgraciarlos.

Dña. Antônia hizo un gesto con la boca, que podía parecer medio sonrisa, y era solamente expresión de incredulidad. Traducido en palabras, quería decir que no admitía que la separación de los dos pudiese traerles ningún perpetuo infortunio. Habiéndose casado por elección y acuerdo de los padres, habiendo visto casarse así a todas las amigas y parientas, Dña. Antônia mal podía concebir que hubiese, al lado de esta costumbre, alguna otra natural y anterior. Pensaba al principio que su voluntad bastaba para arreglar las cosas; después, al no lograr más que complicarlas, le aumentó, naturalmente, la irritación y al final tuvo miedo; pero siempre supuso que el efecto de la separación no pasaría de algunas lágrimas.

–Mañana o después hablaremos, le dije.

De ahí fui a los libros. Al entrar en la sala de estos, paré delante del retrato del exministro, y miré por algunos instantes aquella boca, que me había parecido lasciva, desde que la vi por primera vez. Y dije para mí, mirándolo: –Estás muerto. Gozaste y descansas; pero he aquí los frutos podridos de la incontinencia; y son tus propios hijos quienes van a tragarlos.

Estaba irritado, me daban deseos de romper alguna cosa. Me senté, me levanté, fui a la ventana y acabé paseando a lo largo de la sala, con los pensamientos dispersos y confusos. Los libros, ordenados en los estantes, miraban para mí, y tal vez comentaban mi agitación con palabras de remoquete, diciéndose unos a otros que ellos eran la paz y la vida y que yo padecía ahora las consecuencias de haberlos dejado, para entrar en el conflicto de las cosas. Ni por asomo se me ocurrió que la revelación de Dña. Antônia podía no ser verdadera, tan grave era la cosa y tan austera la persona. Ni siquiera advertí mi complicidad. En verdad, fui yo quien profirió las palabras que ella tenía en la mente; ¿si me hubiera callado, habría llegado ella a decirlas? Puede ser que no; puede ser que le faltara el ánimo para mentir. Tocado de malicia, su corazón encontró en mi condescendencia un apoyo, y habló por el silencio. Así funciona la vida humana: un nada basta para complicarlo todo.

Media hora después, o más, oí ruido afuera, caballos que llegaban lentamente: eran los paseantes. Fui a la ventana. Una de las hijas del coronel venía delante con el padre; la otra y Sinhazinha seguían detrás, con el chico entre ellas. Félix hablaba a Sinhazinha, y esta lo escuchaba mirando para él, directamente, sin tapujos, como en el porche; era tal vez el caballo que restituía a la de Río Grande la pose de sí misma y la franqueza de la actitud. Completamente entregado a un acontecimiento, subordiné a este los demás, y de la familiaridad de los dos concluí que bien podían llegar a amarse. Sinhazinha escuchaba con atención, muerta de risa, con el cuello tenso, sujetando las riendas con la mano izquierda, y dando con la punta del latiguito, suavemente, en la cabeza del caballo.

–Reverendísimo, gritó debajo de la ventana el coronel, los farrapos invadieron Santa Catarina, entraron en la Laguna, y los legales huyeron. Yo, si fuese el gobierno, los mandaba fusilar a todos para escarmiento... Ya estaban los ayudas de cámara allí, en la puerta, con bancos para las chicas, se apearon todos y subieron. Al cabo de algunos minutos Raimundo y Félix entraban en la sala, arrastrando las espuelas. Raimundo creo que todavía traía el látigo; no recuerdo. Me acuerdo de que dijo allí mismo, agarrándome por los hombros, una multitud de cosas duras contra Bento Gonçalves, y principalmente contra los ministros, que no valían para nada, y debían dejarlo. Lo mejor de todo era aclamar enseguida al emperador. Que le dejaran cincuenta hombres –aunque fueran veinticinco– y si él en dos horas no ponía al emperador en el trono, y a los ministros en la calle, estaba dispuesto a perder la vida y el alma. ¡Unas babosas! Todo levantado, todo, al norte y al sur... Ahora parece que iban a mandar tropas, y se hablaba del general Andréa para comandarlas. Todo remiendos. Sangre nueva es lo que se necesitaba... Palabras, muchas palabras.

Bufaba el coronel; el sobrino, para tranquilizarlo, decía alguna palabra de vez en cuando, pero era igual que nada, sino peor. Irritado por las interrupciones, le gritó que si su padre estuviese vivo las cosas andarían de otro modo.

–Aquel no era paz del alma, dijo el coronel señalando el retrato. ¡Si estuviera vivo! No era militar, como sabe –continuó mirando para mí–, pero era un gran hombre. Mire bien esos ojos, y dígame si allí no hay vida y fuerza de voluntad... Un poco taimados, es cierto, añadió bromeando.

–¡Tío Raimundo!, suplicó Félix.

–Taimados, repito, no digo taimados para bribonadas, sino para amores; era granuja con las mujeres–, prosiguió riendo y olvidando por completo la rebelión. Yo, cuando su Reverendísima cambie de cara, y tenga otra más alegre, le he de contar algunas de sus aventuras... ¡Mire qué ojos! Y no se imagina qué dandi era, qué atractivo... Félix salió en este punto; yo fui a sentarme en el escritorio; el coronel no continuó con el tema, y fue a cambiarse de ropa. No me buscó más hasta la hora de comer; naturalmente porque su sobrino le impidió venir a molestarme en la investigación de los papeles, como si yo tuviese papeles en la cabeza. ¡Granuja con las mujeres! Esta palabra tintineó allí por mucho tiempo. ¡Granuja con las mujeres! Todo se me figuraba claro y evidente.
unit 1
Era na varanda, na manhã seguinte.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 3
— Não pude; estive sabendo as más notícias que vieram do Sul.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 4
— Sim?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 5
perguntou ela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 7
Ela, depois de alguma pausa: — Ah!
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 9
Tinha outra rebelião em casa, e, para ela, a crise doméstica valia mais que a pública.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 10
É natural, pensei comigo; e tratei de ir aos meus papéis.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 11
Ao pedir-lhe licença, vi-a olhar para mim, calada, e reter-me pelo pulso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 12
— Já?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 13
disse finalmente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 14
— Vou ao trabalho.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 15
D. Antônia hesitou um pouco; depois, resoluta: — Ouça-me!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 16
Respondi que estava às suas ordens, e esperei.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 18
— Causa absoluta?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 19
— Sim, murmurou ela, a medo, baixando e erguendo os olhos, como envergonhada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 21
Não, não era isso.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 22
Mas então o que era?
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 23
Tive outra suspeita, e pedi-lhe que me dissesse, que me explicasse... — Está explicado.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 24
— Seu marido...?
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 25
D. Antônia fez um gesto afirmativo, e desviou os olhos.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 26
Tinha a cara que era um lacre.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 34
— Bem, disse-lhe eu, agora é separá-los.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 35
— Custa-me muito, porque eu gosto dela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 36
Eduquei-a como filha.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 37
— É urgente separá-los.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 38
— Aqui é que Vossa Reverendíssima podia prestar-me um grande obséquio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 39
Não me atrevo a fazer nada; não sei mesmo o que poderia fazer.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 40
Vossa Reverendíssima, que os estima, e creio que me estima também, é que acharia algum arranjo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 41
Meu filho está resolvido a ir por diante; mas a sua intervenção... Posso contar com ela?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 42
— Tem sido excessiva a minha intervenção.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 43
Vim receber um obséquio, e acho-me no meio de um drama.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 44
Era melhor que me tivesse limitado a recolher papéis... — Não diga mais nada; acabou-se.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 45
Demais, um padre não se pode arrepender do benefício que tentou fazer.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 46
A intenção era generosa; mas o que lá vai, lá vai.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 47
Agora é dar-nos remédio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 48
Será tão egoísta que me não ajude?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 52
Aqui desviou os olhos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 53
— Não é sangria desatada, acrescentei.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 54
Lalau está fora por alguns dias; pensarei lentamente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 55
Que a ajude?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 56
Hei de ser obrigado a isso, agora que a situação mudou.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 57
unit 58
A senhora foi muito imprudente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 59
— Confesso que fui.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 60
— Vai agora desgraçá-los.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 65
— Amanhã ou depois falaremos, disse-lhe.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 66
Fui dali aos livros.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 68
E disse comigo, olhando para ele: — Estás morto.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 70
Estava irritado, dava-me ímpeto de quebrar alguma coisa.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 74
Não adverti sequer na minha cumplicidade.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 76
Pode ser que não; pode ser que lhe faltasse ânimo para mentir.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 77
unit 78
Assim vai a vida humana: um nada basta para complicar tudo.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 80
Fui à janela.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 87
Daí a alguns minutos Raimundo e Félix entravam-me pela sala, arrastando as esporas.
2 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 88
Raimundo creio que ainda trazia o chicote; não me lembra.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 90
O melhor de tudo era logo aclamar o imperador.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 92
Uns lesmas!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 94
Tudo remendos.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 95
Sangue novo é o que se precisava... Parola, muita parola.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 97
unit 98
— Aquele não era paz d’alma, disse o coronel apontando para o retrato.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 99
Fosse ele vivo!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 100
Não era militar, como sabe — continuou olhando para mim —, mas era homem às direitas.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 102
— Tio Raimundo!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 103
suplicou Félix.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 108
Marotos com as mulheres!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 109
Esta palavra retiniu ali por muito tempo.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 110
Maroto com as mulheres!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 111
Tudo se me afigurava claro e evidente.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago

Era na varanda, na manhã seguinte. Quando ali cheguei, dei com D. Antônia só, passeando de um para outro lado; a baronesa recolhera-se, e os outros tinham saído a cavalo, depois de alguma espera para que eu os visse; mas cheguei tarde; por que é que não fui mais cedo?

— Não pude; estive sabendo as más notícias que vieram do Sul.

— Sim? perguntou ela.

Contei-lhe o que havia, acerca da rebelião; mas os olhos dela, despidos de curiosidade, vagavam sem ver, e, logo que o percebi, parei subitamente. Ela, depois de alguma pausa:

— Ah! então os rebeldes...

Repetiu a palavra, murmurou outras, mas sem poder vinculá-las entre si, nem dar-lhes o calor que só o real interesse possui. Tinha outra rebelião em casa, e, para ela, a crise doméstica valia mais que a pública. É natural, pensei comigo; e tratei de ir aos meus papéis. Ao pedir-lhe licença, vi-a olhar para mim, calada, e reter-me pelo pulso.

— Já? disse finalmente.

— Vou ao trabalho.

D. Antônia hesitou um pouco; depois, resoluta:

— Ouça-me!

Respondi que estava às suas ordens, e esperei.

D. Antônia passou a mão pelos olhos, sacudiu a cabeça, e perguntou-me se não suspeitava alguma causa absoluta de impedimento entre o filho e Lalau.

— Causa absoluta?

— Sim, murmurou ela, a medo, baixando e erguendo os olhos, como envergonhada.

Confesso que a suspeita de que Lalau era filha dela acudiu-me ao espírito, mas varri-a logo por absurda; adverti que ela o diria antes à própria moça do que a nenhum homem, ainda que padre. Não, não era isso. Mas então o que era? Tive outra suspeita, e pedi-lhe que me dissesse, que me explicasse...

— Está explicado.

— Seu marido...?

D. Antônia fez um gesto afirmativo, e desviou os olhos. Tinha a cara que era um lacre. Quis ir para dentro, mas recuou, deu alguns passos até o fim da varanda, voltou, e foi sentar-se na cadeira que ficava mais perto, entre duas portas; apoiou os braços nos joelhos, a cabeça nas mãos, e deixou-se estar. Eu, espantado, não achava nada que dissesse, nada, coisa nenhuma; olhava para o ladrilho, à toa; e assim ficamos por um longo trato de tempo. Acordou-nos um moleque, vindo pedir uma chave à senhora, que lhe deu o molho delas, e ficou ainda sentada, mas sem pousar a cabeça nas mãos. A expressão do rosto não era propriamente de tristeza ou de resignação, mas de constrangimento, e pode ser também que de ansiedade; e não fiz logo esse reparo, mas depois, recapitulando as palavras e os gestos. Fosse como fosse, não me passou pela idéia que aquele impedimento moral e canônico podia ser um simples recurso de ocasião.

Caminhei para ela, estendi-lhe as mãos, ela deu-me as suas, e apertando-lhas, disse-lhe que não devia ter ajuntado à fatalidade do nascimento o favor das circunstâncias; não devia tê-los levado, pelo descuido, ao ponto em que estavam, para agora separá-los irremediavelmente. D. Antônia murmurou algumas palavras de explicação: — acanhamento, confiança, esperança, a idéia de casá-la com outro, a de mandar o filho à Europa... As mãos tremiam-lhe um pouco; e, talvez por tê-lo sentido, puxou-as e cruzou os braços.

— Bem, disse-lhe eu, agora é separá-los.

— Custa-me muito, porque eu gosto dela. Eduquei-a como filha.

— É urgente separá-los.

— Aqui é que Vossa Reverendíssima podia prestar-me um grande obséquio. Não me atrevo a fazer nada; não sei mesmo o que poderia fazer. Vossa Reverendíssima, que os estima, e creio que me estima também, é que acharia algum arranjo. Meu filho está resolvido a ir por diante; mas a sua intervenção... Posso contar com ela?

— Tem sido excessiva a minha intervenção. Vim receber um obséquio, e acho-me no meio de um drama. Era melhor que me tivesse limitado a recolher papéis...

— Não diga mais nada; acabou-se. Demais, um padre não se pode arrepender do benefício que tentou fazer. A intenção era generosa; mas o que lá vai, lá vai. Agora é dar-nos remédio. Será tão egoísta que me não ajude? Não tenho outra pessoa; o coronel é um estonteado... E depois, por mim só; não faço nada... Ajude-me.

D. Antônia falava baixinho, com medo de que nos ouvissem; chegou a levantar-se e ir espiar a uma das portas, que davam para a sala. Não julguei mal da precaução, que era natural; e, quando ela, voltando a mim, parou e interrogou-me de novo, respondi-lhe que precisava equilibrar-me primeiro; a revelação atordoara-me. Aqui desviou os olhos.

— Não é sangria desatada, acrescentei. Lalau está fora por alguns dias; pensarei lentamente. Que a ajude? Hei de ser obrigado a isso, agora que a situação mudou. Se não dei causa ao sentimento que os liga, é certo que o aprovei, e estava pronto a santificá-lo. A senhora foi muito imprudente.

— Confesso que fui.

— Vai agora desgraçá-los.

D. Antônia fez com a boca um gesto, que podia parecer meio sorriso, e era tão-somente expressão de incredulidade. Traduzido em palavras, quer dizer que não admitia que a separação dos dois pudesse trazer-lhes nenhum perpétuo infortúnio. Tendo casado por eleição e acordo dos pais, tendo visto casar assim todas as amigas e parentas, D. Antônia mal concebia que houvesse, ao pé deste costume, algum outro natural e anterior. Cuidava a princípio que a sua vontade bastava a compor as coisas; depois, não logrando mais que baralhá-las, cresceu-lhe naturalmente a irritação, e afinal criou medo; mas, supôs sempre que o efeito da separação não passaria de algumas lágrimas.

— Amanhã ou depois falaremos, disse-lhe.

Fui dali aos livros. Ao entrar na sala deles, parei diante do retrato do ex-ministro, e mirei por alguns instantes aquela boca, que me parecera lasciva, desde que a vi pela primeira vez. E disse comigo, olhando para ele:

— Estás morto. Gozaste e descansas; mas eis aqui os frutos podres da incontinência; e são teus próprios filhos que vão tragá-los.

Estava irritado, dava-me ímpeto de quebrar alguma coisa. Sentei-me, levantei-me, fui à janela e acabei passeando ao longo da sala, com os pensamentos dispersos e confusos. Os livros, arranjados nas estantes, olhavam para mim, e talvez comentavam a minha agitação com palavras de remoque, dizendo uns aos outros que eles eram a paz e a vida, e que eu padecia agora as conseqüências de os haver deixado, para entrar no conflito das coisas. Nem por sombras me acudiu que a revelação de D. Antônia podia não ser verdadeira, tão grave era a coisa e tão austera a pessoa. Não adverti sequer na minha cumplicidade. Em verdade, eu é que proferi as palavras que ela trazia na mente; se me tenho calado, chegaria ela a dizê-las? Pode ser que não; pode ser que lhe faltasse ânimo para mentir. Tocado de malícia, o coração dela achou na minha condescendência um apoio, e falou pelo silêncio. Assim vai a vida humana: um nada basta para complicar tudo.

Meia hora depois, ou mais, ouvi rumor do lado de fora, cavalos que chegavam lentamente: eram os passeadores. Fui à janela. Uma das filhas do coronel vinha na frente com o pai; a outra e Sinhazinha seguiam logo, com o rapaz entre elas. Félix falava a Sinhazinha, e esta ouvia-me olhando para ele, direitamente, sem biocos, como na varanda; era talvez o cavalo que restituía à rio-grandense a posse de si mesma e a franqueza das atitudes. Todo entregue a um acontecimento, subordinei a ele os outros, e concluí da familiaridade dos dois que bem podiam vir a amar-se. Sinhazinha escutava com atenção, cheia de riso, pescoço teso, segurando as rédeas na mão esquerda, e dando com a ponta do chicotinho, ao de leve, na cabeça do cavalo.

— Reverendíssimo, bradou parando embaixo da janela o coronel, os farrapos invadiram Santa Catarina, entraram na Laguna, e os legais fugiram. Eu, se fosse o governo, mandava fuzilar a todos estes para escarmento...

Já os pajens estavam ali, à porta, com bancos para as moças, apearam-se todos e subiram. Daí a alguns minutos Raimundo e Félix entravam-me pela sala, arrastando as esporas. Raimundo creio que ainda trazia o chicote; não me lembra. Lembra-me que disse ali mesmo, agarrando-me nos ombros, uma multidão de coisas duras contra Bento Gonçalves, e principalmente contra os ministros, que não prestavam para nada, e deviam sair. O melhor de tudo era logo aclamar o imperador. Dessem-lhe cinqüenta homens — vinte e cinco que fossem — e se ele em duas horas não pusesse o imperador no trono, e os ministros na rua, estava pronto a perder a vida e a alma. Uns lesmas! Tudo levantado, tudo, ao Norte e ao Sul... Agora parece que iam mandar tropas, e falava-se no General Andréa para comandá-las. Tudo remendos. Sangue novo é o que se precisava... Parola, muita parola.

Bufava o coronel; o sobrinho, para aquietá-lo, metia alguma palavra, de quando em quando, mas era o mesmo que nada, se não foi pior. Irritado com as interrupções, bradou-lhe que, se o pai fosse vivo, as coisas andariam de outro modo.

— Aquele não era paz d’alma, disse o coronel apontando para o retrato. Fosse ele vivo! Não era militar, como sabe — continuou olhando para mim —, mas era homem às direitas. Veja-me bem aqueles olhos, e diga-me se ali não há vida e força de vontade... Um pouco velhacos, é certo, acrescentou galhofeiramente.

— Tio Raimundo! suplicou Félix.

— Velhacos, repito, não digo velhacos para tratantadas, mas para amores; era maroto com as mulheres — prosseguiu rindo e esquecendo inteiramente a rebelião. Eu, quando Vossa Reverendíssima mudar de cara, e trouxer outra mais alegre, hei de contar-lhe algumas aventuras dele... Veja aqueles olhos! E não imagina como era gamenho, requebrado...

Félix saiu neste ponto; eu fui sentar-me à escrivaninha; o coronel não continuou o assunto, e foi despir-se. Não me procurou mais até à hora do jantar; naturalmente porque o sobrinho o impediu de vir perturbar-me na pesquisa dos papéis, como se eu tivesse papéis na cabeça. Marotos com as mulheres! Esta palavra retiniu ali por muito tempo. Maroto com as mulheres! Tudo se me afigurava claro e evidente.