Fortunata y Jacinta - Parte segunda - dos historias de casadas.V-VI.
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-V-.

Las Micaelas por fuera.




--i--.


Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres. Dos de ellos están en la población antigua, uno en la ampliación del Norte, que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las comunidades expulsadas del centro por la incautación revolucionaria de sus históricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios religiosos que casi es difícil contarlos. Los hay para monjas reclusas, y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger ancianos, asistir enfermos o educar niños. Como por encanto hemos visto levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer arquitectónico, que manifiestan cuán positiva es aún la propaganda religiosa, y qué resultados tan prácticos se obtienen del ahorro espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas de los Pobres_, las _Siervas de María_ y otras, tan apreciadas en Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De institutos para clérigos sólo hay uno, grandón, vulgar y triste como un falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo doña Bárbara, tienen también domicilio nuevo, y otras monjas históricas, las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan allá sobre las alturas del barrio de Salamanca.

La planicie de Chamberí, desde los Pozos y Santa Bárbara hasta más allá de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las órdenes nuevas. Allí hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer constante y extraordinaria, y allí también la casa de las Micaelas.
Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos, combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la francesa. Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de la basílica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica. La importación de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado Corazón, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos han traído una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y una cosa mala, la perversión del gusto en la decoración religiosa.
Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.

El caserón que llamamos _Las Micaelas_ estaba situado más arriba del de Guillermina, allá donde las rarificaciones de la población aumentan en términos de que es mucho más extenso el suelo baldío que el edificado.
Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y luminosos, tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de fábricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. El edificio de las Micaelas había sido una casa particular, a la que se agregó un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de medio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuesto la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco modelado a lo mudéjar y cabos de cantería de Novelda labrada en ojival constructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto se celebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a la izquierda de la puerta.

En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino, manifestábase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artística de las excelentes señoras que componían la comunidad. Las paredes estaban estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género de decoración barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas, terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas modernas.

Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público de las monjas los días en que el público entraba, que eran los jueves y domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy grandes: la una conducía a la sacristía, la otra a la habitación que hacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium tañido candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las modulaciones más elementales; de allí venían también los exaltados acentos de las dos o tres monjas cantoras. La música era digna de la arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que se reparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. En esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen permitiendo novedades en el severo culto católico.

La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascua de Resurrección. Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi la obstrucción en la boca del estómago, pero tan fuerte como si tuviera entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía en los días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecía contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la expectación y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qué decirse. A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones.
Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima. Y él procuraba dar a la conversación tono familiar, hablando del tiempo o recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna importante prenda de ropa. Nicolás, que estaba presente, no habría permitido tampoco zalamerías de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y agrupar todas las cosas que habían de llevarse, añadiendo observaciones tan prácticas como esta: «Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje mundano se arroja a la puerta».

Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano miró diferentes veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicolás, que estaba más sereno, miró el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche simón. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera más largo, el martirio de aquellas seis piernas que no sabían cómo colocarse habría sido muy grande. La neófita miraba por la ventanilla, atraída vagamente y sin interés su atención por la gente que pasaba. Creeríase que miraba hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la comía con los ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.

Llegaron por fin al convento. En la puerta había dos o tres mendigas viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le faltó tiempo para dársela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático. Su turbación le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... «¡Vaya que son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, sí señor, alegre».

Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la capilla. En dicha sala recibían visitas las monjas, y las recogidas a quienes se permitía ver a su familia los jueves por la tarde, durante hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe. El piso era de baldosín, bien lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales.
Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban avisadas, y casi pisándoles los talones entró el señor capellán, un hombrón muy campechano y que de todo se reía. Llamábase D. León Pintado, y en nada correspondía la persona al nombre. Nicolás Rubín y aquel pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron tuteándose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su compañera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesía dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del día, iba la neófita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se cortó y de sus labios no pudo salir más que un _ju ju_, que las otras no entendieron. La sesión fue breve. Sin duda las madres Micaelas no gustaban de perder el tiempo. «Despídase usted» le dijo la seca, tomándola por un brazo. Fortunata estrechó la mano de Maxi y de Nicolás, sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. _Rubinius vulgaris_ dio un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada, a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta como otra cualquiera; pero cuando se cerró otra vez, pareciole al enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el vastísimo reino de las puertas.




--ii--.


Echó a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal, tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de que su hermano y D. León Pintado, entretenidos en una conversación interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás.
Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigüenza y de las peloteras que ocurrieron en ella. El capellán, como candidato reventado, ponía de oro y azul al obispo de la diócesis y a todo el cabildo. Maximiliano, sin advertir las paradas, siguió andando hasta que se encontró en su casa. Abriole doña Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: «Y qué tal, ¿iba contenta?». Revelaban estas interrogaciones tanto interés como curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las afiladas púas que le rasguñaban el corazón. Tenía un presentimiento vago de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín. Esto lo expresó irreverentemente con medias palabras; pero doña Lupe sacó toda la sustancia a los conceptos. «Bien podría suceder eso--le dijo con acento de convicción, que turbó más a Maximiliano--, y no sería el primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que luego no ha habido más remedio que canonizarlas».

El redentor sintió frío en el corazón. ¡Fortunata canonizada! Esta idea, por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana. «Francamente --dijo al fin, después de muchas meditaciones--, tanto como canonizar, no; pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y quedarme yo _in albis_». Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a la Iglesia y hacerse cura... ¡Jesús qué disparate! ¡Cura!, ¿y para qué?
De vuelta en vuelta, su mente llegó a un torbellino doloroso en el cual no tuvo ya más remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento que le ocasionaban. Intentó estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a Fortunata, encargándole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor místico... Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razón se clareaba un poco tras aquellas nieblas.

Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios para dos bocas de tal naturaleza.

Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé lo que se figura este heliogábalo... cree que mi casa es la posada del Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago como las galerías del Depósito de aguas... ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas son estos curas...! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y entonces... ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con invitados, porque es _Alejandro en puño_ y no le gusta ser rumboso sino con dinero ajeno».

El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba.
Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la riñó su ama tan sin razón, que... ¡diablo de chica!, concluyó por hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia; rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo, grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que te cuadra...». Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos!
Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.

Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las oposiciones de Sigüenza. La culpa de todo la tenía el deán, que era un trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito. ¡Valientes perros estaban tío y sobrino! Este había hecho discursos racionalistas, y cuando la _Gloriosa_ dio vivas a Topete y a Prim en una reunión de demócratas. Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el momento de decir que ya podían pasar... que tendrían que dispensar muchas faltas, y que iban a hacer penitencia.

Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para llenar aquel inmenso estómago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que apenas probó bocado; doña Lupe se declaró también inapetente, y de este modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho comer y amenizó la reunión contando otra vez... las oposiciones de Sigüenza. Doña Lupe, por cortesía, afirmaba que era una barbaridad que no le hubieran dado a él la lectoral.

La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del almuerzo... y siguió machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de revancha. «¡Miren la tía bruja--decía para sí, bebiéndose las lágrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergüenza de ponerse la teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como las tienen todas y como las tendré yo el día de mañana...». Por la tarde, cuando la señora salió, encargando que le limpiara la ropa, ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurrió poner, colgado en el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la _cosa falsa_ con que doña Lupe engañaba al público. La malicia de Papitos imaginaba que puesto en el balcón el testimonio de la falta de su señora, la gente que pasase lo había de ver y se había de reír mucho. Pero no ocurrieron de este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener.




--iii--.


A la mañana siguiente, Maximiliano encaminó sus pasos al convento, no por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras de las cuales respiraba la persona querida. La mañana estaba deliciosa, el cielo despejadísimo, los árboles del paseo de Santa Engracia empezaban a echar la hoja. Detúvose el joven frente a las Micaelas, mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las ojivas de la nave principal. Alejándose hasta más allá de la acera de enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se veía, por encima de la iglesia en construcción, un largo corredor del convento, y aun se podían distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por él andaban. Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía menos. Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas.
Llegó un día en que sólo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos que sostenían el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo tapó todo, no quedando fuera más que las chimeneas, y aun para columbrar estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.

Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castaño de Indias. Pero lo más visible y lo que más cautivaba la atención del desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para noria, que se destacaba sobre altísimo aparato a mayor altura que los tejados del convento y de las casas próximas. El inmenso disco, semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rápidamente, según la fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se trabajaba mucho. Así como los ojos de Maximiliano miraban con inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros, tallando con sus escoplos la dura berroqueña. Creeríase que grababan en lápidas inmortales la leyenda que el corazón de un inconsolable poeta les iba dictando letra por letra. Detrás de esta tocata reinaba el augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrás de un grupo de estrellas.

También se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el convento; iba y venía por las veredas que el paso traza en los terrenos, matando la yerba, y a ratos sentábase al sol, cuando este no picaba mucho. Montones de estiércol y paja rompían a lo lejos la uniformidad del suelo; aquí y allí tapias de ladrillo de color de polvo, letreros industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un jardinillo sin poderlo conseguir; más allá tejares y las casetas plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca un sentimiento profundísimo de soledad expectante. Turbábala sólo algún perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean por allí sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volvía al camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tenía ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve; pero muy luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.

Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida.
Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago de la bomba... Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire.
Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura.

Pero lo que más tormento daba a Maximiliano era la distinta impresión que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hacía. Iba siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza. El primer jueves encontró a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba pálida y algo triste. Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante.
La conversación fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogió mucho, encomiando los progresos que hacía en la lectura y escritura, y jactándose del cariño que le habían tomado las señoras. Como en uno de los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más, porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo fundó; añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que más purifica y ennoblece las almas. Ocioso es añadir que se guardó para sí estas doctrinas escandalosas porque era difícil expresarlas delante de las madres.




-VI-.

Las Micaelas por dentro.




--i--.


Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro, Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensación primera de miedo y vergüenza de que se siente poseído el escolar cuando le ponen delante de sus compañeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que encontró al paso mirábanla con tanta impertinencia, que se puso muy colorada y no sabía qué expresión dar a su cara. Las madres, que tantos y tan diversos rostros de pecadoras habían visto entrar allí, no parecían dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como los médicos que no se espantan ya de ningún horror patológico que vean entrar en las clínicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compañeras de lazareto. Pero entre mujeres se rompe más pronto aún que entre colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra fueron brotando las simpatías, echando el cimiento de futuras amistades.

Como ella esperaba y deseaba, pusiéronle una toca blanca; mas no había en el convento espejos en que mirar si caía bien o mal. Luego le hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero aquellas prendas sólo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y en las horas de rezo, y podía quitárselas en las horas de trabajo, poniéndose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un cuerpo, también de lana, muy honesto, que recibían para tales casos. Las recogidas dividíanse en dos clases, una llamada las _Filomenas_ y otra las _Josefinas_. Constituían la primera, las mujeres sujetas a corrección; la segunda componíase de niñas puestas allí por sus padres, para que las educaran, y más comúnmente por madrastras que no querían tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en ninguna ocasión. Dicho se está que Fortunata pertenecía a la clase de las _Filomenas_. Observó que buena parte del tiempo se dedicaba a ejercicios religiosos, rezos por la mañana, doctrina por la tarde.
Enterose luego de que los jueves y domingos había adoración del Sacramento, con larguísimas y entretenidas devociones, acompañadas de música. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual era casi tan grande como una sábana.

Lo tomaban en la habitación próxima a la entrada, y al salir lo volvían a dejar después de doblarlo.

Acostumbrada la prójima a levantarse a las nueve o las diez de la mañana, éranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban.
A las cinco de la mañana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios tocando una campana que les desgarraba los oídos a las pobres durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y educación empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como sorprendiese murmullos de secreteo, imponía severísimos castigos.

Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponían las maestras especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas, mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio.
Las labores delicadas, como costura y bordados, de que había taller en la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tenía poca afición a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Más le agradaba que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosín, limpiar las vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca de ropa se aburría de lo lindo. También era muy de su gusto que la pusieran en la cocina a las órdenes de la hermana cocinera, y era de ver cómo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y más pronto que dos o tres de las más diligentes.

Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen _Filomenas_ o _Josefinas_. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran entablar y de las parejas que formara la simpatía. A las prójimas antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisión, se las mandaba a acompañar a las nuevas y sospechosas. Había algunas a quienes no se permitía hablar con sus compañeras sino en el corro principal en las horas de recreo.

A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas íntimas o grupos, siempre había alguna infracción hipócrita de esta observancia.
Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sábado por la mañana Sor Natividad, que era la Superiora (por más señas la madrecita seca que recibió a Fortunata el día de su entrada), mandó a esta que brochase los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcaína, y tan celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad, ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado original o cosa así. Apóstol fanático de la limpieza, a la que seguía sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas sobre las que prevaricaban, aunque sólo fuera venialmente, en aquella moral cerrada del aseo. Cierto día armó un escándalo porque no habían limpiado... ¿qué creeréis?, las cabezas doradas de los clavos que sostenían las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, había que descolgarlos y limpiarlos por detrás lo mismo que por delante. «Si no tenéis alma, ni un adarme de gracia de Dios--les decía--, y no os habéis de condenar por malas, sino por puercas». El sábado aquel mandó, como digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a otra compañera que se lo habían de dejar _lo mismo que la cara del Sol_.

Era para Fortunata este trabajo no sólo fácil, sino divertido. Gustábale calzarse en el pie derecho el grueso escobillón, y arrastrando el paño con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con paso de baile o de patinación, puesta la mano en la cintura y ejercitando en grata gimnasia todos los músculos hasta sudar copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcísimos retozos de alegría por todo el cuerpo. La compañera que Sor Natividad le dio en aquella faena era una _filomena_ en cuyo rostro se había fijado no pocas veces la neófita, creyendo reconocerlo. Indudablemente había visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dónde ni cuándo.
Ambas se habían mirado mucho, como deseando tener una explicación; pero no se habían dirigido nunca la palabra. Lo que sí sabía Fortunata era que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carácter alborotado y desigual.

Desde que la Superiora las dejó solas, la otra rompió a patinar y a hablar al mismo tiempo. Parándose después ante Fortunata, le dijo: «Porque nosotras nos conocemos, ¿eh? A mí me llaman _Mauricia la Dura_.
¿No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?».

«¡Ah... sí!...» indicó Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tiró para otro lado frotando el suelo con amazónica fuerza.

Mauricia la Dura representaba treinta años o poco más, y su rostro era conocido de todo el que entendiese algo de iconografía histórica, pues era el mismo, exactamente el mismo de Napoleón Bonaparte antes de ser Primer Cónsul. Aquella mujer singularísima, bella y varonil tenía el pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegándole hasta los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y Egipto era perfecta. No inspiraba simpatías Mauricia a todos los que la veían; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y sentía deseos de volverla a mirar. Porque ejercían indecible fascinación sobre el observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y melancólica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adiós ilusión. Su voz era bronca, más de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarísimo, revelando una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravación y de afabilidad.




--ii--.


Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo: «Aquel día... ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la Paca Juanito Santa Cruz».

Fortunata la miró aterrada.

«¿Qué día?» fue lo único que dijo.

--¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí... _Paices_ boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y... ¡ras!, le trinqué la oreja y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo... por poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira... todavía está aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo... todavía no lo ha abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte, aquí por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento... creételo.

--Ya me acuerdo de aquella trifulca--dijo Fortunata mirando a su compañera con miedo.

--A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde, aquella silfidona rubia... --No sé, no la conozco.--Pues allá se me vino con unos chismajos, porque yo _hablaba_ entonces con el chico de Tellería y... Pues la cogí un día, la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me dio la gana... y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un ojal en la cabeza, del tamaño de un duro... La llevaron al hospital... Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada... Buen repaso le di. Pues otro día, estando en el Modelo... verás... me dijo una tía muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que decía.
Aquel día que tuve la zaragata con Visitación... Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después, las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.

«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había vuelto por allí el _chico_ de Santa Cruz, y me contestó: 'Calla hija, si han dicho aquí anoche que está con _plumonía_...'. Pobrecito, por poco no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía... Por ti pregunté a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario... ya, el sobrino de doña Lupe _la de los Pavos_... ¡Ah!, chica, si esa tal doña Lupe es lo que más conozco... Pregúntale por mí. Le he vendido más alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención.
Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora que conocemos, esa doña Guillermina... la habrás oído nombrar... me cogió por su cuenta y me trajo a este _establecimiento_. La doña Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide limosna y está haciendo un palación ahí abajo para _los huérfanos_. Mi hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron... Ya me habían metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos».

Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresionó mucho a la otra _filomena_. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala, deslizándose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el hielo,. y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante, diciéndole:.

«Yo no fui más que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Después no volví más porque me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar».

Después de una pausa, durante la cual viniéronle al pensamiento muchas cosas pasadas, creyó oportuno decir algo, conforme a las ideas que aquella casa imponía: «¿Y para qué me buscaba a mí ese hombre?... ¿para qué? Para perderme otra vez. Con una basta».

--Los hombres son muy caprichosos--dijo en tono de filosofía Mauricia la Dura--, y cuando la tienen a una a su disposición, no le hacen más caso que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo... si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les encienden más a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que nos convertimos por lo eclesiástico... Pues qué, ¿crees tú que Juanito no viene a rondar este convento desde que sabe que estás aquí? _Paices_ boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ahí, créete que es el suyo.

--No seas tonta... no digas burradas--replicó la otra palideciendo--. No puede ser... Porque mira tú, él cayó con la pulmonía en Febrero... --Bien enterada estás.--Lo sé por Feliciana, a quien se lo contó, _días atrás_, un señor que es amigo de Villalonga. Pues verás, él cayó con la pulmonía en Febrero, y en este _entremedio_ conocí yo al chico con quien hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va. Por fin salió, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia.

--¿Y qué?--Que todavía no habrá vuelto.

--_Paices_ boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volverá... Quiere decirse que te hará la rueda cuando venga y se entere de que ahora vas para santa.

--Tú sí que eres boba... déjame en paz. Y suponiendo que venga y me ronde... ¿A mí qué?

Sor Natividad examinó el brochado y vio «que era bueno». Satisfacción de artista resplandecía en su carita seca. Miró al techo tratando de descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no había nada, y hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el día antes, resplandecían como estrellitas de oro. La Superiora volvía las gafas a todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontró que mereciese su crítica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero encargó mucho que aquella operación se hiciese _al hilo_ de la madera; y como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba, cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor seriedad cuál era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez, Mauricia dijo a su amiga: «Hay que tener contenta a esta _tía chiflada_, que es buena persona, y como le froten los muebles _al hilo_, la tienes partiendo un piñón».

Mauricia tenía días. Las monjas la consideraban lunática, porque si las más de las veces la sometían fácilmente a la obediencia, haciéndola trabajar, entrábale de golpe como una locura y rompía a decir y hacer los mayores desatinos. La primera vez que esto pasó, las religiosas se alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza, cuando se repetían los accesos de indisciplina y procacidad no les daban gran importancia. Era un espectáculo imponente y aun divertido el que de tiempo en tiempo, comúnmente cada quince o veinte días, daba Mauricia a todo el personal del convento. La primera vez que lo presenció Fortunata, sintió verdadero terror.

Iniciábasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las enfermedades, con síntomas leves, pero infalibles, los cuales se van acentuando y recorren después todo el proceso morboso. El periodo prodrómico solía ser una cuestión con cualquier recogida por el chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo hizo con mala intención. Las madres intervenían, y Mauricia callaba al fin, quedándose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato, haciéndolo todo al revés de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa trocábase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les respondía nada cara a cara; pero en cuanto volvían la espalda, dejaba oír gruñidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo seguía por lo común una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de improviso para provocar la risa de algunas _Filomenas_ y la indignación de las señoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la cola, o hacer cualquier otro disparate más propio de chiquillos que de mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirábala con toda la severidad que cabía en su carácter angelical, y Mauricia le devolvía la mirada con insolente dureza, diciendo: «Si no he sido _yio_... _amos_, si no he sido _yio_... ¿Para qué me mira usted tantooo?... ¿Es que me quiere retrataaar...?».

Aquel día, Sor Antonia llamó a la Superiora, que era una vizcaína muy templada. Esta dijo al entrar: «¿Ya está otra vez suelto el enemigo?...». Y decretó que fuese encerrada en el cuarto que servía de prisión cuando alguna recogida se insubordinaba. Aquí fue el estallar la fiereza de aquella maldita mujer. «¡Encerrarme a mí!... ¿De veee... ras?
No me lo diga usted... prenda».

--Mauricia--dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresión de su tierra--, déjese usted de _chínchirri-máncharras_, y obedezca. Ya sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aquí no tenemos miedo a ninguna tarasca. Por compasión y caridad no la echamos a la calle, ya lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le manda.

A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla respetar.

«Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada... ¡Encerrarme a mí! A donde voy es a mi casa, ¡hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engañada estas indecentonas, sí señor, engañada, porque yo era honrada como un sol, y aquí no nos enseñan más que peines y peinetas... ¡Ja ja ja!...
Vaya con las señoras virtuosas y _santifiquísimas_. ¡Ja ja ja!...».

Estos monosílabos guturales los emitía con todo el grueso de su gruesísima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosería, que habrían sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor Natividad y sus compañeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel modo y habían domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les hacían efecto. «Vamos--dijo la Superiora frunciendo el ceño--; callando, y baje usted al patio».

--Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... ¡Ja ja ja!...--gritó la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el concurso de recogidas--. Se encierran aquí para retozar a sus anchas con los curánganos de babero... ¡Ja ja ja!... ¡qué peines!... y con los que no son de babero.

Muchas recogidas se tapaban los oídos. Otras, suspensa la mano sobre el bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel instante apareció en la sala una figura extraña. Era Sor Marcela, una monja vieja, coja y casi enana, la más desdichada estampa de mujer que puede imaginarse. Su cara, que parecía de cartón, era morena, dura, chata, de tipo mongólico, los ojos expresivos y afables como los de algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tenía forma de mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo, imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de palo o del propio muñón del hueso roto. Su fealdad sólo era igualada por la impavidez y el desdén compasivo con que miró a Mauricia.

Sor Marcela traía en la mano derecha una gran llave, y apuntando con ella al esternón de la delincuente, hizo un castañeteo de lengua y no dijo más que esto: «Andando».

Quitose la fiera con rápido movimiento su toca, sacudió las melenas y salió al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La coja volvió a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como aspas de molino de viento, se puso a gritar: «¡Peines y peinetas!... ¿Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como si yo fuera una _criminala_? ¡Tunantas!... cuando si yo quisiera, de tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba...».

A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no ha de morder. A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en un grito estridente: «¡Ladronas, más que ladronas!... ¡Grandísimas púas!...».

Dicho esto, la coja le ponía suavemente la mano en la espalda, empujándola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo, porque quería subir de nuevo.

«Si no te hacen caso, estúpida--le dijo--, si no eres tú la que hablas sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cállate ya por amor de Dios y no marees más».

--El demonio eres tú--replicó la fiera, que parecía ya, por lo muy exaltada, irresponsable de los disparates que decía--. Facha, mamarracho, esperpento... --Echa, echa más veneno--murmuraba Sor Marcela con tranquilidad, abriendo la puerta de la prisión--. Así te pasará más pronto el arrechucho. Vaya, adentro, y mañana como un guante. A la noche te traeré de comer. Paciencia, hija... Mauricia ladró un poco más; pero con tanto furor de palabras no hacía resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja inválida la manejaba como a un niño. Bastó que esta la cogiese por un brazo y la metiera dentro del encierro, para que la prisión se efectuase sin ningún inconveniente, después de tanta bulla. Sor Marcela echó la llave dando dos vueltas, y la guardó en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una máscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio en dirección a la escalera, oyó el _ja ja ja_ de Mauricia, que estaba asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta tenía en su parte superior. La monja no se detuvo a oír las injurias que la fiera le decía.

«¡Eh!... coja... galápago, vuelve acá y verás qué morrazo te doy... ¡Qué facha!, cañamón, pata y media...».




--iii--.


La faz napoleónica, lívida y con la melena suelta, volvió a asomar en la reja a la caída de la tarde. Y Sor Marcela pasó repetidas veces por delante de la cárcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas, por ver si tenían huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que cultivaba en un rincón de la huerta. El patio, que era pequeño y se comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta, estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja, que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequeña embarcación en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.

Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento había perdido la aspereza iracunda de por la mañana, aunque estaba más ronca y tenía tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada.
Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos, alargando la boca para ser mejor oída, decía con voz plañidera: «Cojita mía... cañamoncito de mi alma, ¡cuánto te quiero!... Allá va el patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y escucha, que te quiero decir una cosita».

A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariñosa, la monja no contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra seguía: «¡Ay, mi galapaguito de mi alma, qué enfadadito está conmigo, que le quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada más que una palabrita.
Yo no quiero que me saques de aquí, porque me merezco la encerrona. Pero ¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto! _Paice_ que me están arrancando el estómago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina de esta mañana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgándome de esta reja con un cordón hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, sí, lo hago y me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita remonona, mira, oye: si quieres que te quiera más que a mi vida y te obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; tráeme nada más que una lagrimita de aquella gloria divina que tú tienes, de aquello que te recetó el médico para tu mal de barriga... Anda, ángel, mira que te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aquí no se me quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, cañamón de los ángeles; tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres en el Cielo con tu patita coja...».

La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie duro que debía ser como la pata de una silla; y no concedía a la prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, bajó con la cena para la presa, y abriendo la puerta penetró en el lóbrego aposento. Por el pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las manos apoyada la barba.

«No veo. ¿Dónde estás?» murmuró la coja sentándose sobre otro rimero de tablas.

Contestó Mauricia con un gruñido, como el de un mastín a quien dan con el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a sí un plato de menestra y un pan. «La Superiora--dijo--, no quería que te trajera más que pan y agua; pero intercedí por ti... No te lo mereces. Aunque me proponga no tener entrañas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a mi modo y sé que mientras peor se te trate, más rabiosa te pones... Y para que veas, hija, hasta dónde llevo mi condescendencia...» añadió sacando de debajo del manto un objeto... Creyérase que Mauricia lo había olido, porque de improviso alzó la cabeza, adquiriendo tal animación y vida su cara que parecía _mismamente_ la del otro cuando, señalando las pirámides, dijo lo de los _cuarenta siglos_. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba la última claridad del día, y las dos mujeres allí encerradas se podían ver y se veían, aunque más bien como bultos que como personas. Mauricia alargó las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja apartaba el codiciado objeto.

«¡Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que no soy tirana, que llevo la caridad hasta un límite que quizás sea imprudente. Pero yo digo: 'Dándole un poquito, nada más que una miajita, la consuelo, y aquí no puede haber vicio'. Porque yo sé lo que es la debilidad de estómago y cuánto hace sufrir. Negar y negar siempre al preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Señor no puede negar esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste».

Diciendo esto sacó un cortadillo y se preparó a escanciar corta porción del precioso licor, el cual era un coñac muy bueno que solía usar para combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cayó en la cuenta de que antes debía comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendió así, apresurándose a devorar la cena para abreviar.

«Esto que te doy--añadió la monja--, es una reparación de los nervios y un puntal del ánimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio del deleite. Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para cumplir bien con los deberes. Mira tú por dónde lo que algunos podrían tener por malo, es bueno en medida razonable».

Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud.
La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo, inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más de lo conveniente; y al dárselo a la presa, le repitió el sermón. ¡Y cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más. Sabía, por experiencia de casos análogos, que no traspasaba jamás el límite que su bondad y su caridad le imponían. Era buena como un ángel para conceder, y firme como una roca para detenerse en el punto que debía.

«Ya sé--dijo tapando cuidadosamente la botella--, que con este consuelo de tus nervios desmayados estarás más dispuesta, y la reparación del cuerpo ayuda la del alma».

En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.

«Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un papagayo, y la lengua se lo dice sola. Sáqueme pronto de aquí, y trabajaré como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a abajo, la fregaré. Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir luz».

--Me gusta verte tan entrada en razón--le dijo la madre, recogiendo el plato--; pero por esta noche no saldrás de aquí. Medita, medita en tus pecados, reza mucho y pídele al Señor y a la Santísima Virgen que te iluminen.

Mauricia creía que estaba ya bastante iluminada, porque la excitación encendía sus ideas dándole un cierto entusiasmo; y después de hacer un poco de ejercicio corporal colgándose de la reja, porque sus miembros apetecían estirarse, se puso a rezar con toda la devoción de que era capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un lado para otro, y por fin se quedó dormida sobre el duro lecho de tablas. Sacáronla del encierro al día siguiente temprano, y al punto se puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas actividades. Después de cumplir una condena, lo que ocurría infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta días, la mujer napoleónica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compañeras, poniendo toda su atención en las obligaciones, demostrando un celo y obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco días desempeñaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos semanas, advertían que se iba cansando; ya no había en su trabajo aquella corrección y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la repetición de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con Fortunata volvió a intimar después de la escena violenta que he descrito, y juntas echaron largos párrafos en la cocina, mientras pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. Allí gozaban de cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de _mecánica_ como las criadas de cualquier casa.

«Yo tengo una niña--dijo Mauricia en una de sus confidencias--. La puse por nombre Adoración. ¡Es más mona...! Está con mi hermana Severiana, porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer, ¿tú sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doña Jacinta, esposa de tu señor, quiere mucho a mi niña, y le compra ropa y le da el toque por llevársela consigo; como que está rabiando por tener chiquillos y el Señor no se los quiere dar. Mal hecho, ¿verdad? Pues los hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden mantener».

Fortunata se manifestó conforme con estas ideas. Algo había oído ella contar del desmedido afán de aquella señora por tener hijos; pero Mauricia le dijo algo más, contándole también el caso del _Pituso_, a quien Jacinta quiso recoger creyéndolo hijo de su marido y de la propia Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increíble caso de delirio maternal y de pasión no satisfecha, que estuvo tres días sin poder apartarlo del pensamiento.




--iv--.


Desde el corredor alto se veía parte del Campo de Guardias, el Depósito de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martín y el caserío de Cuatro Caminos, y detrás de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y el admirable horizonte que parece el mar, líneas ligeramente onduladas, en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco, la torre de Aravaca o de Húmera. Al ponerse el sol, aquel magnífico cielo de Occidente se encendía en espléndidas llamas, y después de puesto, apagábase con gracia infinita, fundiéndose en las palideces del ópalo. Las recortadas nubes oscuras hacían figuras extrañas, acomodándose al pensamiento o a la melancolía de los que las miraban, y cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permanecía en aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del día fugitivo, la cual lentamente también se iba.

Estas hermosuras se ocultarían completamente a la vista de _Filomenas_ y _Josefinas_ cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba constantemente. Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una línea de paisaje.

Parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo que se anega. Hundiéronse las casas del paseo de Santa Engracia, el Depósito de aguas, después el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban ya la bellísima línea del horizonte, aún sobresalían las lejanas torres de Húmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Llegó un día en que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos para ver algo más y despedirse de aquellos amigos que se iban para siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo tragó todo, y sólo se pudo ver la claridad del crepúsculo, la cola del día arrastrada por el cielo.

Pero si ya no se veía nada, se oía, pues el tiqui tiqui del taller de canteros parecía formar parte de la atmósfera que rodeaba el convento.
Era ya un fenómeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de aquella música era para todas las habitantes de la casa la mejor apreciación de día de fiesta. Los domingos, empezaba a oírse desde las dos el tambor que ameniza el Tío Vivo y balancines que están junto al Depósito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetuán, duraba hasta muy entrada la noche. Mucho molestó en los primeros tiempos a algunas monjas el tal tamboril, no sólo por la pesadez de su toque, sino por la idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oían el rumor del Tío Vivo los domingos, que el de los picapedreros los días de labor. Algunas tardes de día de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de aquellas músicas populares. ¡Cuántas memorias evocadas, cuántas sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las pobres reclusas! ¡Qué recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con horteras en el salón de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo peor de todo y lo que en definitiva las había perdido era que aquellos benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente, disculpando los malos medios, era la más negra. Porque después, ni fin ni principio ni nada más que vergüenza y miseria.

La monja que más empeñadamente abogaba porque se las dejase zarandearse un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha parecía incapaz de apreciar el sentimiento estético de la danza. Pero la mujer aquella con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía esta tesis: que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente permitirlos de vez en cuando con mucha medida.

Un día sorprendió a Mauricia en la carbonera fumándose un cigarrillo, cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresuró a quitarle el cigarro de la boca, como parecía natural. Sólo le dijo: «¡Qué cochina eres! No sé cómo te puede gustar eso. ¿No te mareas?».
Mauricia se reía; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le había metido en él, miró a la monja con el otro, y alargándole el cigarro, le dijo: «Pruebe, señora». ¡Cosa inaudita! Sor Marcela dio una chupada y después arrojó el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las idolatrías malayas. Mauricia lo recogió y siguió chupando, alternando un ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Después hablaron de la procedencia del pitillo. La otra no quería confesarlo; pero la madrecita, que sabía tanto, le dijo: «Los albañiles te lo han tirado desde la obra. No lo niegues. Ya te vi haciéndoles garatusas. Si la Superiora sabe que andas en telégrafos con los albañiles, buena te la arma... y con razón. Tira ya el tabacazo, indecente... ¡Ay, qué asco! Me ha dejado la boca perdida. No comprendo cómo os puede gustar ese ardor, ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes vicios, los inventan cada día...». Mauricia tiró el cigarro y apagolo con el pie.

Fortunata, al mes de estar allí, tuvo otra amiga con quien intimó bastante. Doña Manolita era _señora_ en regla, puesto que era casada, ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y ponía un empeño particular en enseñar a Fortunata, de lo que principalmente vino su amistad. Permitían las madres a aquella recogida cierta latitud en la observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos _filomenas_ durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le permitía ir al departamento de _Josefinas_, y como tenía habitación aparte y pagaba buena pensión, gozaba de más comodidad que sus compañeras de encierro.

Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse sus respectivas historias. La que ya conocemos salió descarnada; pero Manolita adornó la suya tanto y de tal modo la quiso hacer patética, que no la conocería nadie. Según su relato, no había pecado, todo había sido pura equivocación; pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa, sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos. Como aquella señora había ocupado una regular posición, contaba con embeleso cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asistía, de los muchos y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su papá era oficial primero de la Dirección de la Deuda. Oyendo estas ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qué cosa tan empingorotada sería aquel destino del papá de su amiga.

Pero lo mejor fue que en la conversación salió de repente una cosa interesantísima. Manolita conocía a los de Santa Cruz. ¡Vaya!, si su marido, Pepe Reoyos, era íntimo, pero íntimo, de D. Baldomero. Y ella, la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara. De aquí saltó la conversación a hablar de Jacinta. ¡Ah! Jacinta era una mujer muy mona: lo tenía todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no merecía tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto, era un excelente chico, y muy simpático, pero mucho.

«Ya sabrá usted--dijo luego--, que cayó malo con pulmonía en Febrero de este año. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha protección a los señores de Santa Cruz, pusieron al Señor de Manifiesto, y cuando estuvo fuera de peligro, Jacinta costeó unas funciones solemnes. Como que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa...».

--¿De veras?... _tie_ gracia.

--Como usted lo oye. ¡Lo que usted se perdió! Jacinta es una de las señoras que más han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no tiene hijos... no sabe en qué gastar el dinero. ¿Se ha fijado usted en aquellos grandes ramos, monísimos, con flores de tisú de oro y hojas de plata?

--Sí--replicó Fortunata que atendía con toda su alma--. ¡Los que se pusieron en el altar el día de Pentecostés!

--Los mismos. Pues los regaló Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto de brocado con ramos... ¡qué mono!, también es donativo suyo, en acción de gracias por haberse puesto bueno su marido.

Fortunata lanzó una exclamación de pasmo y maravilla. ¡Cosa más rara! ¡Y ella había tenido en su mano, días antes, para limpiarle unas gotas de cera, aquel mismo manto que había servido para pagar, digámoslo así, la salvación del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural, sólo que a ella se le revolvían los pensamientos y le daba qué pensar, no el hecho en sí, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social, con ella misma, sin que ella misma lo sospechara.

--Pues no sabe usted lo mejor--añadió Manolita, gozándose en el asombro de la otra, el cual más bien parecía espanto--. La custodia, sabe usted, la custodia en que se pone al propio Dios, también vino de allá. Fue regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su hijo se ponía bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata sobredorada; pero muy _mona_, ¿verdad?

Fortunata tenía sus pensamientos tan en lo hondo, que no paró mientes en la increíble tontería de llamar mona a una custodia.




--v--.


Y no pudo en muchos días apartar de su pensamiento las cosas que le refirió doña Manolita que, entre paréntesis, no acababa de serle simpática, y lo que más metida en reflexiones la traía no era precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se hubieran verificado, sino la casualidad... «_Tie_ gracia». Si hubiera ella ido al convento algunos días antes, habría asistido a la solemne misa, con obispo y todo, que se dijo en acción de gracias por haberse puesto bueno el tal... Esto tenía más gracia. Y por su parte Fortunata, que sabía perdonar las ofensas, no habría tenido inconveniente en unir sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tenía más gracia todavía.

Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conocía ni vio nunca su retrato; pero de tanto pensar en ella había llegado a formarse una imagen que, ante la realidad, resultó completamente mentirosa. Las señoras que protegían la casa sosteniéndola con cuotas en metálico o donativos, eran admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en ciertos días solemnes se hacía limpieza general y se ponía toda la casa como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella, para que las protectoras vieran bien a qué orden de cosas debían aplicar su generosidad. El día de Corpus, después de misa mayor, empezaron las visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que habían venido en coches blasonados, y otras que no tenían título pero sí mucho dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la dirección fanática de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas habían hecho tales prodigios de limpieza que, según frase vulgar, se podía comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de bordado de las _Filomenas_, las planas de las _Josefinas_ y otros primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plácemes y felicitaciones. Las señoras entraban y salían, dejando en el ambiente de la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual había algunas, justo es decirlo, que habían pecado mucho más, pero muchísimo más que la peor de las que allí estaban encerradas. Manolita no dejó de hacer al oído de su amiga esta observación picante. En medio de aquel desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola excepción en su crítica social), cuidó de hacerle notar la gracia de la señora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos, examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el vestido. Confundida con otras compañeras en un grupo que estaba a la puerta del comedor, la siguió con sus miradas, y se puso en acecho junto a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le quedó, por fin, aquella simpática imagen vivamente estampada en la memoria.

La impresión moral que recibió la samaritana era tan compleja, que ella misma no se daba cuenta de lo que sentía. Indudablemente su natural rudo y apasionado la llevó en el primer momento a la envidia. Aquella mujer le había quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le pertenecía de derecho. Pero a este sentimiento mezclábase con extraña amalgama otro muy distinto y más acentuado. Era un deseo ardentísimo de parecerse a Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su _aquel_ de dulzura y señorío. Porque de cuantas damas vio aquel día, ninguna le pareció a Fortunata tan señora como la de Santa Cruz, ninguna tenía tan impresa en el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a la prójima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin vacilar y a ojos cerrados habría dicho que quería ser Jacinta.

Aquel resentimiento que se inició en su alma iba trocándose poco a poco en lástima, porque Manolita le repitió hasta la saciedad que Jacinta sufría desdenes y horribles desaires de su marido. Llegó a sentar como principio general que todos los maridos quieren más a sus mujeres eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta, al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan víctima como Fortunata. Cuando esta idea se cruzó entre una y otra, el rencor de la pecadora fue más débil y su deseo de parecerse a aquella otra víctima más intenso.

En los días sucesivos figurábase que seguía viéndola o que se iba a aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho pensar en ella la llevó, al amparo de la soledad del convento, a tener por las noches ensueños en que la señora de Santa Cruz aparecía en su cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soñaba que Jacinta se le presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido, ya que las dos cuestionaban sobre cuál era más víctima; ya, en fin, que transmigraban recíprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal modo el cerebro de la reclusa, que despierta seguía imaginando desvaríos del mismo si no de mayor calibre.

Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Veía la joven con gusto llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba, porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien podía estar tranquilo el bueno de Rubín, porque ni una sola vez, en los momentos de mayor fervor piadoso, le pasó a la pecadora por el magín la idea de volverse santa a machamartillo.

Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir. Cierto que físicamente el apreciable chico le desagradaba; pero también es verdad que se iba acostumbrando a él, que sus defectos no le parecían ya tan grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si hacía examen de corazón, encontraba que en cuestión de amor a su redentor había ganado muy poco; pero el aprecio y estimación eran seguramente mayores, y sobre todo, lo que había crecido y fortalecídose en su pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dónde y cómo le había venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse respuesta. ¿Era quizás que el silencio y la paz de aquella vida hacían nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido común? Si era así, no se daba cuenta de semejante fenómeno, y lo único que su rudeza sabía formular era esto: «Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a Maximiliano le entró de tanto quererme, y este talento es el que me dice que me debo casar, que seré tonta de remate si no me caso».

Feliz entre todos los mortales se creía el buen estudiante de Farmacia, viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma más limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicolás, a los cinco meses de estar la pobre chica en el convento, decía que no era bastante y que por lo menos debían esperar al año. Maximiliano se ponía furioso, y doña Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino había visitado al _basilisco_, no había podido averiguar si estaba ya bien despercudida de las máculas de marras, pero ella quería ejercitar, como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en tener a Fortunata bajo su jurisdicción, se detenía el gran experimento.
Desconfiaba algo la buena señora de la eficacia de los institutos religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que allí aprendían, decía, era el arte de disimular sus resabios con formas hipócritas. En el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se corrigen los defectos, bajo una dirección sabia. Muy santo y muy bueno que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doña Lupe opinaba que de nada valen estos si no van acompañados del ejercicio al aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quería aplicar, el mundo, la vida y al mismo tiempo principios.




--vi--.


Con las _Josefinas_ no tenía Fortunata relación alguna. Eran todas niñas de cinco a diez o doce años, que vivían aparte ocupando las habitaciones de la fachada. Comían antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban a la huerta a hora distinta que las _Filomenas_. Toda la mañana estaban las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y plañidero que se oía en toda la casa. Por la tarde cantaban también la doctrina. Para ir a la iglesia, salían de su departamento procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas maestras.

Como Fortunata hacía cada día nuevas relaciones de amistad entre las _Filomenas_, debo mencionar aquí a dos de estas, quizás las más jóvenes, que se distinguían por la exageración de sus manifestaciones religiosas.
Una de ellas era casi una niña, de tipo finísimo, rubia, y tenía muy bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llamábase Belén, y en el tiempo que allí había pasado dio pruebas inequívocas de su deseo de enmienda. Sus pecados no debían de ser muchos, pues era muy joven; pero fueran como se quiera, la chica parecía dispuesta a no dejar en su alma ni rastro de ellos, según la vida de perros que llevaba, las atroces penitencias que hacía y el frenesí con que se consagraba a las tareas de piedad. Decíase que había sido corista de zarzuela, pasando de allí a peor vida, hasta que una mano caritativa la sacó del cieno para ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna más edad, también de tipo fino y como de señorita, sin serlo. Ambas se juntaban siempre que podían, trabajaban en el mismo bastidor y comían en el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No había pertenecido al teatro más que de una manera indirecta, por ser doncella de una actriz famosa, y en el teatro tuvo también su perdición. Llevola a las Micaelas doña Guillermina Pacheco, que la cazó, puede decirse, en las calles de Madrid, echándole una pareja de Orden Público, y sin más razón que su voluntad, se apoderó de ella. Guillermina las gastaba así, y lo que hizo con Felisa habíalo hecho con otras muchas, sin dar explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos individuales.

Si querían ver incomodadas a Felisa y Belén, no había más que hablarles de volver al mundo. ¡De buena se habían librado! Allí estaban tan ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrás más que para compadecer a las infelices que aún seguían entre las uñas del demonio.
No había en toda la casa, salvo las monjas, otras más rezonas. Si las dejaran, no saldrían de la capilla en todo el día. Los largos ejercicios piadosos de las distintas épocas del año, como octava de Corpus, sermones de Cuaresma, flores de María, les sabían siempre a poco. Belén ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir. Ambas confesaban a menudo y hacían preguntas al capellán sobre dudas muy sutiles de la conciencia, pareciéndose en esto a los estudiantes aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les aclare un punto difícil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que nunca estuviese sola. Felisa y Belén, juntas todo el día, se separaban por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso a las que en las de trabajo propendían a juntarse, obedeciendo las naturales atracciones de la simpatía y de la congenialidad.

Los lazos de afecto que unían a Fortunata con Mauricia eran muy extraños, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando estaba en el _ataque_; enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba extraordinariamente de su conversación íntima. Cautivábale sin duda su franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones que explicaran todas las cosas. La fisonomía de Mauricia, su expresión de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y acechador la fascinaban, y de esto procedía que la tuviese por autoridad en cuestiones de amores y en la definición de la moral rarísima que ambas profesaban. Un día las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en traje de _mecánica_, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga algunas confidencias acerca de su próxima salida y de la persona con quien iba a casarse.

«No me digas más, chica... te conviene, te conviene. ¡Peines y peinetas!
A doña Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas, pregúntale por Mauricia la Dura, y verás cómo me pone en las nubes.
¡Ah!, ¡cuánta guita le he llevado! A mí me llaman la _dura_; pero a ella debieran llamarla la _apretada_. Chica, es así... (diciendo esto mostraba a su amiga el puño fuertemente cerrado). Pero es mujer de mucho caletre y que se sabe timonear. ¿Qué te crees tú? Tiene millones escondidos en el Banco y en el Monte. ¡Digo! Si sabe más que Cánovas esa tía. Al sobrino le he visto algunas veces. Oí que es tonto y que no sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podías pedir a Dios que te cayera mejor breva. Tú bien puedes hacer caso de lo que yo te diga, pues tengo yo mucha linterna... _amos_, que veo mucho. Créelo porque yo te lo digo: si tu marido es un _alilao_, quiere decirse, si se deja gobernar por ti y te pones tú los pantalones, puedes cantar el aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser _mismamente_ honrada te conviene».

En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada, que chillaba con los hervores del jabón. Puestas una frente a otra a los dos lados de la artesa, mirábanse cara a cara en aquellos cortos intervalos de descanso, y después volvían con furor al trabajo sin parar por eso la lengua.

«Hasta para ser honrada--repitió Fortunata, echando todo el peso de su cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo amasara--. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que me case, honrada tengo que ser. No quiero más belenes».

--Sí, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--. Pero a saber cómo vienen las cosas... porque una dice: «esto deseo», y después se pone a hacerlo y ¡tras!, lo que una quería que saliera pez sale rana.
Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Créetelo porque te lo digo yo.

--Quita, quita; si él no se acuerda ya ni del santo de mi nombre.

--_Paices_ boba, ¿qué apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento, pierde pie...? No conoces tú el peine.

--Verás cómo no pasa eso.

--¿Qué apuestas? Sí, porque creerás que ahora mismo no te anda rondando.
Como si lo viera. ¡Y me harás creer tú a mí que no piensas en él!...
Cuando una está encerrada entre tanta cosa de religión, misa va y misa viene, sermón por arriba y sermón por abajo, mirando siempre a la custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario, _paice_ que le salen a una _de entre sí_ todas las cosas malas o buenas que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se pone el Sol, y la religión lo que hace es refrescarle a una la entendedera y ponerle el corazón más tierno.

Alentada por esta declaración arrancose Fortunata a revelar que, en efecto, pensaba algo, y que algunas noches tenía sueños extravagantes. A lo mejor soñaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y ¡plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le veía saliendo del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tenía significación en sus recuerdos. Después soñaba que era ella la esposa y Jacinta la querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que deseaba los chiquillos y la esposa la que los tenía. «Hasta que un día... me daba tanta lástima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted una criatura para que no llore más'».

--¡Ay, qué salado!--exclamó Mauricia--. Es buen golpe. Lo que una sueña tiene su aquel.

--¡Vaya unos disparates! Como te lo digo, me parecía que lo estaba viendo. Yo era la señora por delante de la Iglesia, ella por detrás, y lo más particular es que yo no le tenía tirria, sino lástima, porque yo paría un chiquillo todos los años, y ella... ni esto... A la noche siguiente volvía a soñar lo mismo, y por el día a pensarlo. ¡Vaya unas papas! ¿Qué me importa que _la_ Jacinta beba los vientos por tener un chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?...

--Mientras que tú los tienes siempre y cuando te dé la gana. Dilo tonta, y no te acobardes.

--Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener.

--¡Claro! Y que no rabiará poco la otra cuando vea que lo que ella no puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes, no le tengas lástima, que ella no la tuvo de ti cuando te birló lo que era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y así anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto, dáselo, por vida del santísimo peine... Que no se rían de ti porque naciste pobre. Quítale lo que ella te ha quitado, y adivina quién te dio.

Fortunata no contestó. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le solía decir, despertaban siempre en ella estímulos de amor o desconsuelos que dormitaban en lo más escondido de su alma. Al oírlas, un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.




--vii--.


Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversación que las hacía desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al agua sucia, y Fortunata abrió el grifo para que se llenara la artesa con el agua limpia del depósito de palastro. Creeríase que aquello simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al diálogo un tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse, porque el depósito tenía poca agua. El gran disco que transmitía a la bomba la fuerza del viento, estaba aquel día muy perezoso, moviéndose tan sólo a ratos con indolente majestad;. y el aparato, después de gemir un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio del silencio del campo. Ganas tenían las dos recogidas de seguir charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cómo aclaraban la ropa. Después las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y Fortunata había de vestirse para recibir la visita de los de Rubín.
Mauricia se quedó sola tendiendo la ropa.

Maximiliano dijo categóricamente aquella tarde que por acuerdo de la familia y con asentimiento de la Superiora, en el próximo mes de Setiembre se daría por concluida la reclusión de Fortunata, y esta saldría para casarse. Las madres no tenían queja de ella y alababan su humildad y obediencia. No se distinguía, como Belén y Felisa, por su ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocación para la vida claustral; pero cumplía sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Había adelantado mucho en la lectura y escritura, y se sabía de corrido la doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discípula suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o tortuosos del mundo; y tenían por cierto que la posesión de aquellos principios daba a sus alumnas increíble fuerza para hacer frente a todas las dudas. En esto hay que contar con la índole, con el esqueleto espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele sobreponerse a todas las transfiguraciones epidérmicas producidas por la enseñanza;. pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun las que más de cerca la habían tratado, tenían motivos para creer que fuera mala. Considerábanla de poco entendimiento, docilota y fácilmente gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a sus fronteras.

Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habló a su futura de próxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso.
¡Salir, casarse!... En aquel instante parecíale su dichoso novio más antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído tantismos sermones. Porque lo que el capellán decía en el púlpito era que debemos hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no pequemos; también decía que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y que Dios es hermosismo en sí y tal como el alma le ve;. pero a ella se le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los santos. De este modo caía por tierra toda la doctrina del cura Rubín, el cual entendía tanto de amor como de herrar mosquitos.

En resumen, que los sentimientos de la prójima hacia su marido futuro no habían cambiado en nada. No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya tenía elegida la casita que iba a alquilar y le consultó acerca de los muebles que compraría,. aquella presunción o sentimiento de su hogar honrado despertó en el ánimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida, se sintió impulsada hacia aquel hombre que la redimía y la regeneraba.
De este modo vino a mostrarse complacidísima con la salida próxima, y dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de la batería de cocina.

Despidiéronse muy gozosos, y Fortunata se retiró con la mente hecha a aquel orden de ideas. ¡Un hogar honrado y tranquilo!... ¡Si era lo que ella había deseado toda su vida!... ¡Si jamás tuvo afición al lujo ni a la vida de aparato y perdición!... ¡Si su gusto fue siempre la oscuridad y la paz, y su maldito destino la llevaba a la publicidad y a la inquietud!... ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!...
¡Si fue lanzada a la vida mala por despecho y contra su voluntad, y no le gustaba, no señor, no le gustaba!... Después de pensar mucho en esto hizo examen de conciencia, y se preguntó qué había obtenido de la religión en aquella casa. Si en lo tocante a prendarse de las guapezas del alma había adelantado poco, en otro orden algo iba ganando. Gozaba de cierta paz espiritual, desconocida para ella en épocas anteriores, paz que sólo turbaba Mauricia arrojando en sus oídos una maligna frase.
Y no fue esto la única conquista, pues también prendió en ella la idea de la resignación y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de la vida como vienen, recibir con alegría lo que se nos da, y no aspirar a la realización cumplida y total de nuestros deseos. Esto se lo decía aquella misma claridad esencial, aquella idea blanca que salía de la custodia. Lo malo era que en aquellas largas horas, a veces aburridas, que pasaba de rodillas ante el Sacramento, la faz envuelta en un gran velo al modo de mosquitero, la pecadora solía fijarse más en la custodia, marco y continente de la sagrada forma, que en la forma misma, por las asociaciones de ideas que aquella joya despertaba en su mente.

Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, la idea blanca, le decía con familiar lenguaje semejante al suyo: «No mires tanto este cerco de oro y piedras que me rodea, y mírame a mí que soy la verdad. Yo te he dado el único bien que puedes esperar. Con ser poco, es más de lo que te mereces. Acéptalo y no me pidas imposibles. ¿Crees que estamos aquí para mandar, verbi gracia, que se altere la ley de la sociedad sólo porque a una marmotona como tú se le antoja? El hombre que me pides es un señor de muchas campanillas y tú una pobre muchacha. ¿Te parece fácil que Yo haga casar a los señoritos con las criadas o que a las muchachas del pueblo las convierta en señoras? ¡Qué cosas se os ocurren, hijas! Y además, tonta, ¿no ves que es casado, casado por mi religión y en mis altares?, ¡y con quién!, con uno de mis ángeles hembras. ¿Te parece que no hay más que enviudar a un hombre para satisfacer el antojito de una corrida como tú? Cierto que lo que a mí me conviene, como tú has dicho, es traerme acá a Jacinta. Pero eso no es cuenta tuya. Y supón que la traigo, supón que se queda viudo. ¡Bah! ¿Crees que se va a casar contigo? Sí, para ti estaba. ¡Pues no se casaría si te hubieras conservado honrada, cuanti más, sosona, habiéndote echado tan a perder! Si es lo que Yo digo: parece que estáis locas rematadas, y que el vicio os ha secado la mollera. Me pedís unos disparates que no sé cómo los oigo. Lo que importa es dirigirse a Mí con el corazón limpio y la intención recta, como os ha dicho ayer vuestro capellán, que no habrá inventado la pólvora; pero, en fin, es buen hombre y sabe su obligación.
A ti, Fortunata, te miré con indilugencia entre las descarriadas, porque volvías a Mí tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de enmienda; pero ahora, hija, me sales con que sí, serás honrada, todo lo honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te dé el hombre de tu gusto... ¡Vaya una gracia!... Pero en fin, no me quiero enfadar. Lo dicho, dicho: soy infinitamente misericordioso contigo, dándote un bien que no mereces, deparándote un marido honrado y que te adora, y todavía refunfuñas y pides más, más, más... Ved aquí por qué se cansa Uno de decir que sí a todo... No calculan, no se hacen cargo estas desgraciadas. Dispone Uno que a tal o cual hombre se le meta en la cabeza la idea de regenerarlas, y luego vienen ellas poniendo peros. Ya salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no, no. Hijas de mi alma, Yo no puedo alterar mis obras ni hacer mangas y capirotes de mis propias leyes. ¡Para hombres bonitos está el tiempo!
Con que resignarse, hijas mías, que por ser cabras no ha de abandonaros vuestro pastor; tomad ejemplo de las ovejas con quien vivís; y tú, Fortunata, agradéceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no te mereces, y déjate de hacer melindres y de pedir gollerías, porque entonces no te doy nada y tirarás otra vez al monte. Con que, cuidadito...».

Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las más próximas a Fortunata notaron que esta se sonreía.




--viii--.


Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mención de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que más bien han de excitar el desdén que la curiosidad del que lee, pues aunque luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la máquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las traiga a cuento en una relación verídica y grave. Ved, pues, por qué pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía miedo a los ratones; y no valdrá seguramente añadir que el miedo de la cojita era grande, espantoso, ocasionado a desagradables incidentes y aun a derivaciones trágicas. Como ella sintiera en la soledad de su celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda la noche. Le entraba tal rabia, que no podía ni siquiera rezar, y la rabia, más que contra el ratón, era contra Sor Natividad, que se había empeñado en que no hubiera gatos en el convento, porque el último que allí existió no participaba de sus ideas en punto al aseo de todos los rincones de la casa.

En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta guerra a la madrecita, que esta se levantó al amanecer con la firmísima resolución de cazarlo y hacer el más terrible de los escarmientos. Era tan insolente el tal, que después de ser día claro se paseaba por la celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y pillines. «Verás, verás--dijo esta subiéndose con gran trabajo a la cama, porque la idea de que el ratón se acercase a uno de sus pies, aunque fuera el de palo, causábale terror--, lo que es hoy no te escapas... déjate estar, que ya te compondremos».

Llamó a Fortunata y a Mauricia, y en breves palabras las puso al corriente de la situación. Ambas recogidas, particularmente la Dura, no querían otra cosa. O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes eran. Bajó Sor Marcela a la iglesia, y las dos mujeres emprendieron su campaña. No quedó trasto que no removieran, y para separar de su sitio la cómoda, que era pesadísima, estuvieron haciendo esfuerzos varoniles cosa de un cuarto de hora, no acabando antes porque la risa les cortaba las fuerzas. Por fin, tanto trabajaron que cuando Sor Marcela salió de la iglesia, una monja le dio la feliz noticia de que el ratón había sido cogido. Subió la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tenía el ratón vivo en la mano y asustaba con él a sus compañeras.

Costó algún trabajo restablecer el orden y que Mauricia diese muerte a la víctima y la arrojase. Sor Marcela dispuso que le volviesen a poner los trastos de la celda lo mismo que estaban, y acabose el cuento del ratón.

El día siguiente fue uno de los más calurosos de aquel verano. En las habitaciones que caían al Mediodía era imposible parar, porque faltaba el aire respirable. Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco, quieto y abrasado tostaba. Ni aun las ramas más altas de los árboles de la huerta se movían, y el disco de Parson, inmóvil, miraba a la inmensidad como una pupila cuajada y moribunda. De doce a tres, se suspendía todo trabajo en la casa, porque no había cuerpo ni espíritu que lo resistiera.

Algunas monjas se retiraban a su celda a dormir la siesta; otras se iban a la iglesia que era lo más fresco de la casa, y sentadas en las banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o descabezaban un sueñecillo.

Las _Filomenas_ caían también rendidas de cansancio. Algunas se iban a sus dormitorios, y otras tendíanse en el suelo de la sala de labores o de la escuela. Las monjas que las vigilaban permitían aquella infracción a la regla, porque ellas tampoco podían resistir, y cerrando dulcemente sus ojos y arrullándose en un plácido arrobo, conservaban en las facciones, como una careta, el mohín de la maestra, cuya obligación es mantener la disciplina.

En la sala de escuela había dos o tres grupos de mujeres sentadas en los bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas. Algunas roncaban con estrépito. La monja se había dormido también con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. En una de las carpetas de estudio, dos recogidas velaban: una era Belén, que leía en su libro de rezos, y la otra Mauricia la Dura, que tenía la cabeza inclinada sobre la carpeta, apoyando la frente en un puño cerrado. Al principio, su vecina Belén creyó que rezaba, porque oyó cierto murmullo y algún silabeo fugaz. Pero luego observó que lo que hacía Mauricia era llorar.

«¿Qué tienes, mujer?» le dijo Belén, alzándole a viva fuerza la cabeza.

La pecadora no contestó nada; mas la otra pudo observar que su rostro estaba tan bañado en lágrimas como si le hubiesen echado por la frente un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandísima humedad igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena; así al menos lo vio Belén. Tantas preguntas le hizo esta y tanto cariño le mostró, que al fin obtuvo respuesta de la pobre mujer desolada, que no parecía tener consuelo ni hartarse nunca de llorar.

«¿Qué he de tener, desgraciada de mí?--exclamó al fin bebiéndose sus lágrimas--, sino que hoy, sin saber por qué ni por qué no, me veo tal y como soy; soy mala, mala, más que mala, y se me vienen al filo del pensamiento toditos los pecados que he cometido, desde el primero hasta el último...».

--Pues, hija--arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos insinuantes--, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.

Oír esto Mauricia y dar un gran berrido y soltar otra catarata de lágrimas fue todo uno.

«No, no, no--murmuró luego entre sollozos tales que parecía que se ahogaba--. A mí no me puede perdonar, a mí no, porque he sido muy arrastrada, pero mucho, y cuanto pecado hay, chica, lo he cometido yo... Y si no, di uno, nómbrame el que quieras, y de seguro que lo tengo metido aquí...».

--Qué cosas tienes, mujer--observó Belén muy apurada, acordándose de cuando fue corista y representándose con terror el escenario de la Zarzuela--; otras han hecho también pecados feos, pero los han llorado como tú, y cátalas perdonadas.

Mauricia tenía un pañuelo en la mano; pero con la humedad del lloro y del sudor era ya como una pelota. Amasábalo en la mano y se lo pasaba por la angustiada frente.

«¿Pero cómo te ha dado así... tan de repente?--dijo la otra confusa.
¡Ah!, es que Dios toca en el corazón cuando menos lo piensa una. Llora, hija, desahógate, y no te asustes... ¿Sabes lo que vas a hacer? Mañana te confiesas... Puede que se te haya quedado algo por decir y confesar, porque siempre se queda algo sin saber cómo, y esos pozos son lo que más atormenta... pues dilo todo, rebaña bien... Así lo hice yo, y hasta que lo hice no tuve tranquilidad. Luego el perro de Satanás me atormentaba por vengarse, y cuando empezaba la misa, a mí me parecía que alzaban el telón, y cuando yo rompía a cantar, se me venía a la boca aquello de _El _ _ Siglo_, que dice: _'Somos figurines vivos...'_. Y un día por poco no lo suelto... Pillinadas del diablo; pero no podía conmigo ni con mi fe, y tanto hice que lo metí en un puño, y ahora, que se atreva, ¿a que no se atreve?... Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te iluminará y te dará su gracia».

Ni por esas. Mientras más consuelos le daba Belén, más inconsolable estaba la otra, y más caudaloso era el río de sus lágrimas. Sor Antonia, la madre que gobernaba allí, se despertó, y para disimular su descuido, dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y añadiendo que hacía un calor horrible. Un instante después, Belén y la monja cuchichearon, sin duda a propósito de Mauricia a quien miraban. Tenía Belén vara alta con las señoras, por su humildad y devoción y por la diligencia con que iba a contarles cuanto hacían y decían sus compañeras.

Era domingo, y a las cuatro toda la comunidad entró en la iglesia donde había ejercicio y sermón. Las _Filomenas_ ocuparon su sitio detrás de las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza. Las _Josefinas_ permanecían en la habitación que hacía de coro. Belén y las damas cantoras entonaban inocentes romanzas, mientras duró el Manifiesto, en las cuales se decía que tenían el _pecho ardiendo en llamas de amor_ y otras candideces por el estilo. La que tocaba el _harmonium_ hacía en los descansos unos ritornellos muy cursis. Pero a pesar de estas profanaciones artísticas, la iglesita estaba muy mona, como diría Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la fragancia de las flores naturales.

A Fortunata le tocó al lado Mauricia. Cuenta la que después fue señora de Rubín que en una ocasión que miró a su compañera, hubo de observar al través del velo suyo y del de ella una expresión tan particular que se quedó atónita. Mauricia, al entrar, lloraba; pero al cabo de un rato más bien parecía reírse con contenida y satánica risa. Fortunata no pudo comprender el motivo de esto, y creyó que la oscuridad del velo le desfiguraba la realidad de la cara de su pareja. Volvió a mirar con disimulo, haciendo que se volvía para ahuyentar una mosca, y... ello podría ser ilusión, pero los ojos de Mauricia parecían dos ascuas. En fin, todo sería aprensión.

Subió D. León Pintado al púlpito y echó un sermonazo lleno de los amaneramientos que el tal usaba en su oratoria. Lo que aquella tarde dijo habíalo dicho ya otras tardes, y ciertas frases no se le caían de la boca. Tronó, como siempre, contra los librepensadores, a quienes llamó _apóstoles del error_ unas mil y quinientas veces. Al salir de la iglesia, Fortunata echó, como de costumbre, una mirada al público, que estaba tras de la verja de madera, y vio a Maximiliano, que no faltaba ningún domingo a aquella amorosa cita muda. Le vio con simpatía. Notaba gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos físicos del apreciable joven. ¡Si serían aquellos los brotes del amor por la hermosura del alma! Lo que más consolaba a Fortunata era la esperanza cada día más firme, porque el capellán se lo había dicho no pocas veces en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le había de amar; pero no así de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del alma. También le decía esto la forma, _la idea blanca_ encerrada en la custodia.




--ix--.


Llegada la noche, y recogidas las _Josefinas_ a su dormitorio, las madres permitieron que las _Filomenas_ estuvieran en la huerta hasta más tarde de lo reglamentario, por ver si salía un poco de fresco. Eran ya las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se movía; las estrellas parecían más próximas según el fulgor vivísimo con que brillaban, y veíase entre las grandes y medianas mayor número, al parecer, de las pequeñitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido sobre aquel azul intensísimo.

La luna nueva se puso temprano, bajando al horizonte como una hoz, rodeada de aureola blanquecina que anunciaba más calor para el día siguiente.

Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel. Algunas miraban el motor de viento que seguía inmóvil. Al borde del estanque que está al pie del aparato, había tres mujeres, Fortunata, Felisa y doña Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del agua próxima. Aquel era el mejor sitio; pero no lo decían, porque el egoísmo les hacía considerar que si se enracimaban allí todas las mujeres, el escaso fresco del agua se repartiría más y tocarían a menos.
En el opuesto lado de la huerta, que era el sitio más apartado y feo, había un tinglado, bajo el cual se veían tiestos vacíos o rotos, un montón de mantillo que parecía café molido, dos carretillas, regaderas y varios instrumentos de jardinería. En otro tiempo hubo allí un cubil, y en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios; pero el Ayuntamiento mandó quitar el animal de San Antón, y el cubil estaba vacío.

Desde el anochecer se puso allí Mauricia la Dura, sola, sobre el montón de mantillo; y como era el sitio más caldeado, nadie la quiso acompañar.

Alguna se le aproximó en son de burla; pero no pudo obtener de ella una sola palabra. Estaba sentada a lo moro, con los brazos caídos, la cabeza derecha, más napoleónica que nunca, la vista fija enfrente de sí con dispersión vaga más bien de persona soñadora que meditabunda. Parecía lela o quizás tenía semejanza con esos penitentes del Hindostán que se están tantísimos días seguidos mirando al cielo sin pestañear, en un estado medio entre la modorra y el éxtasis. Ya era tarde cuando se le acercó Belén sentándosele al lado. La miró atentamente, preguntándole que qué hacía allí y en qué pensaba, y por fin Mauricia desplegó sus labios de esfinge, y dijo estas palabras que le produjeron a Belencita una corriente fría en el espinazo: «He visto a Nuestra Señora».

--¿Qué dices, mujer, qué te pasa?--le preguntó la ex-corista con ansiedad muy viva.

--He visto a la Virgen--repitió Mauricia con una seguridad y aplomo que dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa.

--¿Tú estás segura de lo que dices?

--¡Oh!... Así me muera si no es verdad. Te lo juro por estas cruces--dijo la iluminada con voz trémula, besándose las manos--. La he visto... bajó por allí, donde está el abanicón de la noria... Bajaba en mitad de una luz... ¿cómo te lo diré?... de una luz que no te puedes figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles... --¡Como las mieles!--repitió Belén no comprendiendo.

--Pues... tan dulce que... Después vino andando, andando hacia acá y se puso allí, delantito. Pasó por entre vosotras y vosotras no la veíais.
Yo sola la veía... No traía el niño Dios en brazos. Dio dos o tres pasitos más y se paró otra vez. Mira, ¿ves aquella piedrecita?, pues allí... y me estuvo mirando... Yo no podía respirar.

--¿Y te dijo algo, te dijo algo?--preguntó Belén toda ojos, pálida como una muerta.

--Nada... pero lloraba mirándome... ¡Se le caían unos lagrimones...! No traía nene Dios; _paicía_ que se lo habían quitado. Después dio la vuelta para allá y volvió a pasar entre vosotras sin que la vierais, hasta llegar _mismamente_ a aquel árbol... Allí vi muchos angelitos que subían y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y... --Y de las ramas al tronco...--Y después... ya no vi nada... Me quedé como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver gota, sin poder moverme. Sentía aquí, entre mí, una cosa... --Como una pena...--Como pena no, un gusto, un consuelo...

Se acercó entonces Fortunata, y ambas callaron.

--Si están de secreto, me voy.

--Yo creo--dijo Belén, después de una grave pausa--, que eso debes consultarlo con el confesor.

Mauricia se levantó y andando lentamente retirose a la habitación donde dormía y tenía su ropa. Creyeron las otras dos que se había ido a acostar, y quedáronse allí haciendo comentarios sobre el extraño caso, que Belén transmitió a Fortunata con todos sus pelos y señales. Belén lo creía o afectaba creerlo, Fortunata no. Pero de pronto vieron que la Dura volvía y se sentaba de nuevo sobre el montón de mantillo. Miráronla con recelo y se alejaron.

De pronto sonó en la huerta un ¡ah! prolongado y gozoso, como los que lanza la multitud en presencia de los fuegos artificiales. Todas las recogidas miraban al disco, que se había movido solemnemente, dando dos vueltas y parándose otra vez. «Aire, aire» gritaron varias voces. Pero el motor no dio después más que media vuelta, y otra vez quieto. El vástago de hierro chilló un instante, y las que estaban junto al estanque oyeron en lo profundo de la bomba una regurgitación tenue. El caño escupió un salivazo de agua, y todo quedó después en la misma quietud chicha y desesperante.

Belén se había puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leída y escribida, bondadosa e inocente hasta no más, directora de todas las funciones extraordinarias,. camarera de la Virgen y de todas las imágenes que tenían alguna ropa que ponerse, muy querida de las _Filomenas_ y aún más de las Josefinas, y persona tan candorosa, que cuanto le decían, sobre todo si era bueno, se lo creía como el Evangelio. Basta decir en elogio de la _sancta simplicitas_ de esta señora, que en sus confesiones jamás tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado nunca;. mas como creyera que era muy desairado no ofrecer nada absolutamente ante el tribunal de la penitencia, revolvía su magín buscando algo que pudiera tener siquiera un tufillo de maldad, y se rebañaba la conciencia para sacar unas cosas tan sutiles y sin sustancia, que el capellán se reía para su sotana. Como el pobre D. León Pintado tenía que vivir de aquello, lo oía seriamente, y hacía que tomaba muy en consideración aquellos pecados tan superfirolíticos que no había cristiano que los comprendiera... Y la monja se ponía muy compungida, diciendo que no lo volvería a hacer; y él, que era muy tuno, decía que sí, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatín y que patatán... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la más alta aristocracia, que dejó riquezas y posición por meterse en aquella vida, mujer pequeñita, no bien parecida, afable y cariñosa, muy aficionada a hacerse querer de las jóvenes. Llevaba siempre tras sí, en las horas de recreo, un hato de niñas precozmente místicas, preguntonas, rezonas y cuya conducta, palabras y entusiasmos pertenecían a lo que podría llamarse _el pavo_ de la santidad.

Difícil es averiguar lo que pasó en el cotarro que formaban Sor Facunda y sus amiguitas. Ello fue que Belén, temblando de emoción y con la cara ansiosa, dijo a la monja: «Mauricia ha visto a la Virgen...». Y poco después repetían las otras con indefinible asombro: «¡Ha visto a la Virgen!».

Sor Facunda, seguida de su escolta, se acercó a Mauricia, a quien miró un buen rato sin decirle palabra. Estaba la infeliz mujer en la misma postura morisca, la cabeza apoyada sobre las rodillas. Parecía llorar.

«Mauricia--le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que en ella equivalía a la gracia divina--. Porque hayas sido muy mala no vayas a creerte que Dios te niega su perdón».

Oyose un gran bramido, y la reclusa mostró su cara inundada de llanto.
Dijo algunas palabras ininteligibles y estropajosas, a las que Sor Facunda y compañía no sacaron ninguna sustancia. De repente se levantó.
Su rostro, a la claridad de la luna, tenía una belleza grandiosa que las circunstantes no supieron apreciar. Sus ojos despedían fulgor de inspiración. Se apretó el pecho con ambas manos en actitud semejante a las que la escultura ha puesto en algunas imágenes, y dijo con acento conmovedor estas palabras: «¡Oh mi señora!... te lo traeré, te lo traeré...».

Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto desapareció. Sor Facunda habló con las otras madres. Cuando toda la comunidad, a la voz de la Superiora, se recogía abandonando la huerta y subiendo lentamente a las habitaciones (la mayor parte de las mujeres de mala gana, porque el calor de la noche convidaba a estar al aire libre), corrió la voz de que la visionaria se había acostado.

Fortunata, que pocos días antes fue trasladada al dormitorio en que estaba Mauricia, vio que esta se había acostado vestida y descalza.
Acercose a ella y por su bronca respiración creyó entender que dormía profundamente. Mucho le daba qué pensar el singular estado en que su amiga se había puesto, y esperaba que le pasaría pronto, como otros _toques_ semejantes aunque de diverso carácter. Largo tiempo estuvo desvelada, pensando en aquello y en otras cosas, y a eso de las doce, cuando en el dormitorio y en la casa toda reinaban el silencio y la paz, notó que Mauricia se levantaba. Pero no se atrevió a hablarle ni a detenerla, por no turbar el silencio del dormitorio, iluminado por una luz tan débil que le faltaba poco para extinguirse. Mauricia atravesó la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue. Poco después Fortunata sentía sueño y se aletargaba; mas en aquel estado indeciso entre el dormir y el velar, creyó ver a su compañera entrar otra vez en el dormitorio sin que se le sintieran los pasos. Metiose debajo de la cama, donde tenía un cofre; revolvió luego entre los colchones... Después Fortunata no se hizo cargo de nada, porque se durmió de veras.

Mauricia salió al corredor, y atravesándolo todo, se sentó en el primer peldaño de la escalera.

«Te digo que me atreveré...».

¿Con quién hablaba? Con nadie, porque estaba enteramente sola. No tenía más compañía en aquella soledad que las altas estrellas.

«¿Qué dices?--preguntó después como quien sostiene un diálogo--. Habla más alto, que con el ruido del órgano no se oye. ¡Ah!, ya entiendo... Estate tranquila, que aunque me maten, yo te lo traeré. Ya sabrán quién es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios... Ja ja ja... Mañana, cuando venga el capellán y bajen esas tías pasteleras a la iglesia, ¡qué chasco se van a llevar!».

Soltando una risilla insolente, se precipitó por la escalera abajo. ¿Qué demonios pasaba en aquel cerebro?... Entró por la puerta pequeña que comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez allí pasó sin obstáculo al vestíbulo, tentando la pared porque la oscuridad era completa. Se le oía un cierto rechinar de dientes y algún monosílabo gutural que lo mismo pudiera ser signo de risa que de cólera.
Por fin llegó palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la cerradura con las manos, empezó a rasguñar en el hierro. La llave no estaba puesta... «¡Peines y peinetas, dónde estará la condenada llave!» murmuró con un rugido de hondísimo despecho. Probó a abrir valiéndose de la fuerza y de la maña. Pero ni una ni otra valían en aquel caso. La puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada. Siguió la infeliz mujer exhalando gemidos, como los de un perro que se ha quedado fuera de su casa y quiere que le abran. Después de media hora de inútiles esfuerzos, desplomose en el umbral de la puerta, e inclinando la cabeza se durmió.
Fue uno de esos sueños que se parecen al morir instantáneo. La cabeza dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que quedaba el cuerpo al caer doblándose con violencia, fue causa de que el resuello se le dificultara, produciéndose en los conductos de la respiración silbidos agudísimos, a los que siguió un estertor como de líquidos que hierven.

Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no había podido hacer despierta, y prosiguió la acción interrumpida por una puerta bien cerrada. Faltó el hecho real, pero no la realidad del mismo en la voluntad. Entró, pues, la tarasca en la iglesia y allí pudo andar sin tropiezo, porque la lámpara del altar daba luz bastante para ver el camino. Sin vacilar dirigió sus pasos al altar mayor, diciendo por el camino: «Si no te voy a hacer mal ninguno, Diosecito mío; si voy a llevarte con tu mamá que está ahí fuera llorando por ti y esperando a que yo te saque... ¿Pero qué?... no quieres ir con tu mamaíta... Mira que te está esperando... tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito lleno de estrellas y los pies encima del _biricornio_ de la luna... Verás, verás, qué bien te saco yo, monín... Si te quiero mucho; ¿pero no me conoces?... Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita».

Aunque andaba muy aprisa, tardaba mucho tiempo en llegar al altar, porque la capilla, que era tan chica, se había vuelto muy grande. Lo menos había media legua desde la puerta al altar... Y mientras más andaba, más lejos, más lejos... Llegó por fin y subió los dos, tres, cuatro escalones, y le causaba tanta extrañeza verse en aquel sitio mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finísimo y albo lienzo, que un rato estuvo sin poder dar el último paso. Le entró una risa convulsiva cuando puso su mano sobre el ara sagrada... «¿Quién me había de decir?... ¡oh, mi re--Dios de mi alma que yo... ji ji ji!...». Apartó el Crucifijo que está delante de la puerta del sagrario, alargó luego el brazo; pero como no alcanzaba, alargábalo más y más, hasta que llegó a dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir la puerta que sólo tocan las manos ungidas del sacerdote. Levantando la cortinilla, buscó un momento en el misterioso, santo y venerado hueco...
¡Oh!, no había nada. Busca por aquí, busca por allí y nada... Acordose de que no era aquel el sitio donde está la custodia, sino otro más alto.
Subió al altar, puso los pies en el ara santa... Busca por aquí, por allí... ¡Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metálico pie de la custodia. Pero qué frío estaba, tan frío que quemaba. El contacto del metal llevó por todo lo largo del espinazo de Mauricia una corriente glacial... Vaciló. ¿Lo cogería, sí o no? Sí, sí mil veces; aunque muriera, era preciso cumplir. Con exquisito cuidado, más con gran decisión, empuñó la custodia bajando con ella por una escalera que antes no estaba allí. Orgullo y alegría inundaron el alma de la atrevida mujer al mirar en su propia mano la representación visible de Dios... ¡Cómo brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qué misteriosa y plácida majestad la de la hostia purísima, guardada tras el cristal, blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser más que una sustancia de delicado pan!

Con increíble arrogancia Mauricia descendía, sin sentir peso alguno.
Alzaba la custodia como la alza el sacerdote para que la adoren los fieles... «¿Veis cómo me he atrevido?--pensaba--. ¿No decías que no podía ser?... Pues pudo ser, ¡qué peine!». Seguía por la iglesia adelante. La purísima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera ojos... y la sacrílega, al llegar bajo el coro, empezaba a sentir miedo de aquella mirada. «No, no te suelto, ya no vuelves allí... ¡A casa con tu mamá...! ¿sí? ¿Verdad que el niño no llora y quiere ir con su mamá?...». Diciendo esto, atrevíase a agasajar contra su pecho la sagrada forma. Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son. Había desaparecido toda sensación de la materialidad de la custodia; no quedaba más que lo esencial, la representación, el símbolo puro, y esto era lo que Mauricia apretaba furiosamente contra sí. «Chica--le decía la voz--, no me saques, vuelve a ponerme donde estaba. No hagas locuras... Si me sueltas te perdonaré tus pecados, que son tantos que no se pueden contar; pero si te obstinas en llevarme, te condenarás. Suéltame y no temas, que yo no le diré nada a D. León ni a las monjas para que no te riñan... Mauricia, chica, ¿qué haces...? ¿Me comes, me comes...?».

Y nada más... ¡Qué desvarío! Por grande que sea un absurdo siempre tiene cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana.




--x--.


Por la mañana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al salir de sus respectivas celdas.

«Créame usted--dijo Sor Facunda--, algo hay de extraordinario.
Consultaré ahora mismo con D. León. El caso de Mauricia debe de examinarse detenidamente».

Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compañera, no hizo más que sonreír con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: «qué tonta es usted, hija»; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia el guardarropa.

«¿Pero en dónde está esa loca?» preguntó después.

--No parece por ninguna parte--dijo Fortunata, que por orden de Sor Marcela había bajado en busca de su amiga--. Arriba no está.

En los dormitorios de las _Filomenas_ había gran tráfago. Todas se lavaban la cara y las manos, riñendo por el agua, cuestionando sobre si tú me quitaste la toalla o si esa es mi agua. «Que no, que mi agua es esta». Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a comérselo. «¡Ay, qué hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que suda una; no se puede vivir... ¡Y ponerse ahora la toca!».

Sor Antonia entraba, imponía silencio y les daba prisa. Oíase el esquilón de la capilla. El sacristán se había asomado varias veces por la reja de la sacristía que da al vestíbulo diciendo sucesivamente: «Todavía no ha venido don León...» «ya está ahí D. León...» «ya se está vistiendo». Oíanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que iba hacia el templo a oír la primera misa. Delante fueron las _Josefinas_, soñolientas aún y dando bostezos, empujándose unas a otras.
Seguían las _Filomenas_ con cierto orden, las más diligentes dando prisa a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de colegio, que se hace superior a la disciplina más severa. Entre chacota y risas se oía el rumorcillo aquel: «Mauricia... ¿no sabéis? Vio anoche la propia figura de la Virgen».

--Mujer, quita allá.--Mi palabra... Pregúntaselo a Belén.

--¡Bah!, ni que fuéramos tontas... --¿La cara de la Virgen?... Vaya... Sería la de Nuestra Señora del Aguardiente.

Pero Sor Facunda y las de su cotarro iban por la escalera abajo diciendo que el hecho podía ser falso, y podía también no serlo; y que el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras muchísimo más perversas se había valido Dios para sus fines.

Dijo la misa D. León, que parecía _el padre fuguilla_ por la presteza con que despachaba. Había sido cura de tropa, y a las monjas no les acababa de gustar la marcial diligencia de su capellán. Más tarde celebraba don Hildebrando, cura francés de los de babero, el cual era lo contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increíble.

Cuando la comunidad salía de la capilla, doña Manolita, que había entrado de las últimas, sofocada, se acercó a la Superiora y le dijo que Mauricia estaba en la huerta sobre el montón de mantillo.

--Ya... en la basura--replicó Sor Natividad frunciendo el ceño--; es su sitio.

Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de pan. Animación mundana reinaba en el frugal desayuno, y aunque las monjas se esforzaban por mantener un orden cuartelesco, no lo podían conseguir.

«Ese plato es el mío. Dame mi servilleta... Te digo que es la mía... ¡Vaya! ¡Ay, San Antonio, qué duro está el pan!... Este sí que es de la boda de San Isidro.

--¡A callar!

Algunas tenían un apetito voraz; se habrían comido triple ración, si se la dieran.

Inmediatamente después empezaba a distribuirse toda aquella tropa mujeril, como soldados que se incorporan a sus respectivos regimientos.
Estas bajaban a la cocina, aquellas subían a la escuela y salón de costura, y otras, quitándose las tocas y poniéndose la falda de _mecánica_, se dedicaban a la limpieza de la casa.

Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda, cuando llegó muy apurada una reclusa, diciendo: «Le he mandado que venga y no quiere venir. Me ha querido pegar. ¡Si no echo a correr...! Después cogió un montón de aquella basura y me lo tiró. Mire usted...».

La recogida enseñó a las madres su hombro manchado de mantillo.

«Tendré que ir yo... ¡Ay, qué mujer!... ¡qué guerra nos da!--dijo la Superiora...--. ¿Dónde está Sor Marcela? Que traiga la llave de la perrera. Hoy tendremos _chínchirri-máncharras_... Está más tocada que nunca. Dios nos dé paciencia.

--¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo--indicó Sor Antonia con franca risa y bizcando más los ojos--, que Mauricia había visto a la Virgen!

La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca. Tres o cuatro _Filomenas_ de las más hombrunas bajaron a la huerta con orden expresa de traer a la visionaria.

--¡Pobre mujer y qué perdida se pone!--observó Sor Natividad dentro del corrillo de monjas que se iba formando--. Males de nervios, y nada más que males de nervios.

Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se acercaba con semblante extraordinariamente afligido.

«¿Pero no ha consultado usted este caso con el señor capellán?» le dijo.

--Sí--replicó Sor Natividad con un poco de humorismo--, y el capellán me ha dicho que la meta en la perrera.

--¡Encerrarla porque llora!...--exclamó la otra que en su timidez no se atrevía a contradecir a la Superiora--. El caso merecía examinarse.

--Para preverlo todo--indicó la vizcaína--, avisaremos también al médico.

--¿Y qué tiene que ver el médico...? En fin, yo no sé. Quien manda, manda. Pero me parecía... Ello podrá ser cosa física; pero ¿si no lo fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, ¿qué puede ser sino arrepentimiento? A saber los medios que el Señor escoge... Y se retiró a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda alejándose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante descompuesto por la ira estaba más feo que nunca; con la prisa que traía apenas podía respirar, y las primeras frases le salieron de la boca desmenuzadas por el enojo: «Ya, ya sabemos... ¡San Antonio!...
bribona... parece mentira... ¡Ay, Dios mío!, si es para volverse loca...».

Habló algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al oírlas puso una cara que daba miedo.

«Yo... bien lo sabe usted...--balbució Sor Marcela--, lo tenía para mi mal del estómago... coñac superior».

--Pero esa maldita ¿cómo...? Si esto parece... ¡Jesús me valga! Estoy horrorizada. ¿Pero cuándo...?

--Es muy sencillo... hágase usted cargo. Anteayer, ¡San Antonio bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el ratón.

A la Superiora se le escapó, sin poderlo remediar, una ligera sonrisilla; mas al punto volvió a poner cara de palo. Y la enana corrió hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad se lo repitió a Fortunata, sin poner un freno a su ira: «¿Habrase visto diablura semejante?... ¿Qué te parece? ¡Estamos todas horripiladas!».

Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizás no la cogía de nuevo la declaración de la monja. Obedeciendo a esta subió al dormitorio en busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga.

«Ahí tienen ustedes--decía la Superiora a las que más cerca de ella estaban--, cómo esa arrastrada ha visto visiones... ¡Ya!, ¡qué no vería ella!... ¿Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas...».

La cojita se presentó otra vez en el corrillo mostrando la enorme llave de la perrera; la esgrimía como si fuera una pistola, con amenaza homicida. Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre el suelo tenía una violencia y sonoridad excepcionales. En esto llegó Fortunata trayendo una botella, que al punto le arrebató Sor Marcela.

«¡Vacía, enteramente vacía!--exclamó esta levantándola en alto y mirándola al trasluz--. Y estaba casi llena, pues apenas...».

Aplicó después su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con lastimera entonación: «No ha dejado más que el olor... ¡Bribonaza!, ya te daría yo bebida...». De la nariz de la coja pasó el cuerpo del delito a la de Sor Natividad y de esta a otras narices próximas, resultando, de la apreciación del tufo, mayor severidad en el comentario del crimen.

«¡Qué asco! Buen pechugón se ha dado...--exclamó la Superiora--. Ya, ¡cómo estará aquel cuerpo con todo ese líquido ardiente! Nunca nos había pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos. ¿Pero viene o no?».

Bajaba ya, decidida a abreviar la tardanza del acto de justicia, cuando se oyó un gran tumulto. Las tres mujeronas que habían ido en busca de la delincuente, pasaban de la huerta al patio por la puertecilla verde, huyendo despavoridas y dando voces de pánico. Sonó en dicha puerta el estampido de un fuerte cantazo.

«¡Que nos mata, que nos mata!» gritaban las tres, recogiendo sus faldas para correr más fácilmente por la escalera arriba. Asomáronse las madres al barandal del corredor que sobre el patio caía, y vieron aparecer a Mauricia, descalza, las melenas sueltas, la mirada ardiente y extraviada, y todas las apariencias, en fin, de una loca. La Superiora, que era mujer de genio fuerte, no se pudo contener y desde arriba gritó: «Trasto... infame, si no te estás quieta, verás».

«Una pareja, una pareja de Orden Público» apuntaron varias voces de monjas.

--No... veréis... Si yo me basto y me sobro...--indicó la Superiora, haciendo alarde de ser mujer para el caso--. Lo que es conmigo no juega.

Púsose Mauricia de un salto en el rincón frontero al corredor donde las madres estaban, y desde allí las miró con insolencia, sacando y estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentísimos.

«¡Tiorras, so tiorras!» gritaba, e inclinándose con rápido movimiento, cogió del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empezó a dispararlos con tanto vigor como buena puntería. Las monjas y las recogidas, que al sentir el alboroto salieron en tropel a los corredores del principal y del segundo piso, prorrumpieron en chillidos. Parecía que se venía el mundo abajo. ¡Dios mío, qué bulla! Y a las exclamaciones de arriba respondía la tarasca con aullidos salvajes.

Unas se agachaban resguardándose tras el barandal de fábrica cuando venía la pedrada; otras asomaban la cabeza un momento y la volvían a esconder. Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella endemoniada mujer. Parecía una amazona. Tenía un pecho medio descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que hacía con el brazo derecho. Su catadura les parecía horrible a las señoras monjas; pero estaba bella en rigor de verdad, y más arrogante, varonil y napoleónica que nunca.

Sor Marcela intentó bajar valerosa, pero a los tres peldaños cogió miedo y viró para arriba. Su cara filipina se había puesto de color de mostaza inglesa.

«¡Verás tú si bajo, infame diablo!» era su muletilla; pero ello es que no bajaba.

Por una reja de la sacristía que da al patio, asomó la cara del sacristán, y poco después la de D. León Pintado. Dos monjas que estaban de turno en la portería se asomaron también por otra ventana baja; pero lo mismo fue verlas Mauricia que empezar también a mandarles piedras.
Nada, que tuvieron que retirarse. Asustadas las infelices, quisieron pedir auxilio. En aquel instante llamó alguien a la puerta del convento, y a poco entró una señora, de visita, que pasó al salón, y enterándose de lo que ocurría, asomose también a la ventana baja. Era Guillermina Pacheco, que se persignó al ver la tragedia que allí se había armado.

«¡En el nombre del...! ¡Pero tú!... ¡Mauricia!... ¿cómo se entiende?...
¿qué haces?... ¿estás loca?».

La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina salió al patio por la puerta que lo comunica con el vestíbulo.

«Guillermina--gritó Sor Natividad desde arriba--, no salgas... Cuidado... mira que es una fiera... Ahí tienes, ahí tienes la alhaja que tú nos has traído... Retírate por Dios, mira que está loca y no repara... Hazme el favor de llamar a una pareja de Orden Público».

--¿Qué pareja ni pareja?--dijo Guillermina incomodadísima--.
¡Mauricia!... ¡cómo se entiende!

Pero no había tenido tiempo de decirlo cuando una peladilla de arroyo le rozó la cara. Si le da de lleno la descalabra.

«¡Jesús!... Pero no, no es nada».

Y llevándose la mano a la parte dolorida, clamó: «Infame, a mí, a mí me has tirado!».

«A usted, sí, y a todo el género mundano--gritó con voz tan ronca, que apenas se entendía--, so tía pastelera... Váyase pronto de aquí».

Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban.
En esto, D. León Pintado había abierto con no poco trabajo la reja de la sacristía; saltó al patio, única manera de comunicarse con el convento desde la sacristía, y abalanzándose a Mauricia le sujetó ambos brazos.

«¡Suéltame, León, capellán de peinetas!» rugió la visionaria... Pero Pintado tenía manos de hierro, aunque era de pocos ánimos, y una vez lanzado al heroísmo, no sólo sujetó a Mauricia, sino que le aplicó dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capellán salió también su acólito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas, viendo sojuzgado al enemigo, arriesgáronse a bajar y acudieron a Guillermina, que con el pañuelo se restañaba la sangre de su leve herida. Con cierta tranquilidad, y más risueña que enojada, la fundadora dijo a sus amigas: «¡Cuidado que pasan unas cosas...! Yo venía a que me dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qué pronto me he salido con la mía... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar».

«Ahora mismo. D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora.

--¡Zángano!... ¡mala puñalada te mate!...--bramaba Mauricia, que ya tenía pocas fuerzas y había caído al suelo--. ¡Un sacerdote pegando a una... señora!

--Que le traigan su ropa--gritó Sor Natividad--. Pronto, pronto. Me parece mentira que la veré salir... Mauricia ya no se defendía. Había perdido su salvaje fuerza; pero su semblante expresaba aún ferocidad y desorden mental.

Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego un mantón... --Bajarlo, hijas, bajarlo--dijo desde el patio la Superiora, mirando hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus órdenes. Fortunata bajó un lío de ropa, y recogiendo las botas, se lo dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena descrita había impresionado desagradablemente a la joven, que sintió profunda compasión de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido, quizás ella habría aplacado a la bestia.

«Toma tu ropa, tus botas--le dijo en voz baja y en tono apacible--.
Pero, hija, ¡cómo te has puesto!... ¿No conoces ya que has estado trastornada?».

--Quítate de ahí, pendoncillo... quítate o te... --Dejarla, dejarla--dijo la Superiora--. No decirle una palabra más. A la calle, y hemos concluido.

Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa. Al ponerse en pie pareció recobrar parte de su furor.

«Que se te queda este lío».

--Las botas, las botas. La tarasca lo recogió todo. Ya salía sin decir nada, cuando Guillermina la miró severamente.

«¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia».

Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.

--Póngase usted las botas--le gritó la Superiora.

--No me da la gana. Abur... ¡Son todas unas judías pasteleras...!

--Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia--dijo Sor Natividad a sus compañeras, tapándose los oídos.

Se le franquearon todas las puertas, abriéndolas de par en par y resguardándose tras las hojas de ellas, como se abren las puertas del toril para que salga la fiera a la plaza. La última que cambió algunas palabras con ella fue Fortunata, que la siguió hasta el vestíbulo movida de lástima y amistad, y aún quiso arrancarle alguna declaración de arrepentimiento. Pero la otra estaba ciega y sorda; no se enteraba de nada, y dio a su amiga tal empujón, que si no se apoya en la pared cae redonda al suelo.

Salió triunfante, echando a una parte y otra miradas de altivez y desprecio. Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de júbilo y gritó: «¡Ay, mi querida calle de mi alma!». Extendió y cerró los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que veían sus ojos. Respiró después con fuerza, parose mirando azorada a todos lados, como el toro cuando sale al redondel. Luego, orientándose, tiró muy decidida por el paseo abajo. Era cosa de ver aquella mujerona descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un lío bajo el brazo y las botas colgando de una mano. Las pocas personas que por allí pasaban, miráronla con asombro. Al llegar junto a los almacenes de la Villa, pasó junto a varios chicos, barrenderos, que estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano.
Tuviéronla ellos por persona de poco más o menos y se echaron a reír delante de su cara napoleónica.

«Vaya, que buena _curda_ te llevas, ¡oleeé!...».

Y ella se les puso delante en actitud arrogantísima, alzó el brazo que tenía libre y les dijo: «¡Apóstoles del error!».

Prorrumpiendo al mismo tiempo en estúpida risa, pasó de largo. A los barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y poniéndose en marcha con las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrás de Mauricia, como una escolta de burlesca artillería, haciendo un ruido de mil demonios y disparándole bala rasa de groserías e injurias.
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-V-.
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Las Micaelas por fuera.
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--i--.
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Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres.
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Así es que no podemos alzar mucho el gallo.
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Todo el bagaje mundano se arroja a la puerta».
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Maximiliano miró diferentes veces su reloj sin enterarse de la hora.
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Nicolás, que estaba más sereno, miró el suyo y dijo que era tarde.
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Llegaron por fin al convento.
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La sesión fue breve.
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Sin duda las madres Micaelas no gustaban de perder el tiempo.
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«Despídase usted» le dijo la seca, tomándola por un brazo.
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--ii--.
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El redentor sintió frío en el corazón.
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¡Fortunata canonizada!
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Esta idea, por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana.
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Vamos, que semejante idea le aterraba!
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¡Cura!, ¿y para qué?
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Intentó estudiar... Imposible.
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Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y entonces...
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Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba más.
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Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos!
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Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo.
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Había llegado ya a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.
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¡Valientes perros estaban tío y sobrino!
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--iii--.
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Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía menos.
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Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada.
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Era una tontería; pero no lo podía remediar.
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El estar parado el motor parecíale señal de desventura.
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-VI-.
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Las Micaelas por dentro.
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--i--.
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Estos dos grupos o familias no se comunicaban en ninguna ocasión.
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Dicho se está que Fortunata pertenecía a la clase de las _Filomenas_.
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Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos.
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Era para Fortunata este trabajo no sólo fácil, sino divertido.
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A mí me llaman _Mauricia la Dura_.
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¿No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?».
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«¡Ah...
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Pero en cuanto Mauricia hablaba, adiós ilusión.
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--ii--.
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Fortunata la miró aterrada.
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«¿Qué día?» fue lo único que dijo.
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--¿No te acuerdas?
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El día que estuviste tú, el día en que te conocí... _Paices_ boba.
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Le metí mano, y...
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--A mí, la que me la hace me la paga.
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Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que decía.
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Un rato después, las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.
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«No aportaste más por allí.
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Pobrecito, por poco no lo cuenta.
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Le he vendido más alhajas que pelos tengo en la cabeza.
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Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les planchaba.
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Pues que quise que no, aquí me metieron...
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¿para qué?
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Para perderme otra vez.
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Con una basta».
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_Paices_ boba.
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--No seas tonta... no digas burradas--replicó la otra palideciendo--.
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--¿Y qué?--Que todavía no habrá vuelto.
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--_Paices_ boba... Esto es un decir.
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--Tú sí que eres boba... déjame en paz.
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Y suponiendo que venga y me ronde... ¿A mí qué?
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Sor Natividad examinó el brochado y vio «que era bueno».
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Satisfacción de artista resplandecía en su carita seca.
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Mauricia tenía días.
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La primera vez que lo presenció Fortunata, sintió verdadero terror.
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¿Es que me quiere retrataaar...?».
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Esta dijo al entrar: «¿Ya está otra vez suelto el enemigo?...».
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Aquí fue el estallar la fiereza de aquella maldita mujer.
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«¡Encerrarme a mí!...
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¿De veee... ras?
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No me lo diga usted... prenda».
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Ya sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas.
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Aquí no tenemos miedo a ninguna tarasca.
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«Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada... ¡Encerrarme a mí!
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Vaya con las señoras virtuosas y _santifiquísimas_.
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¡Ja ja ja!...».
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¡qué peines!...
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y con los que no son de babero.
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Muchas recogidas se tapaban los oídos.
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En aquel instante apareció en la sala una figura extraña.
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¡Tunantas!...
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¡Grandísimas púas!...».
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Cállate ya por amor de Dios y no marees más».
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Así te pasará más pronto el arrechucho.
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Vaya, adentro, y mañana como un guante.
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A la noche te traeré de comer.
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La monja no se detuvo a oír las injurias que la fiera le decía.
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«¡Eh!...
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--iii--.
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La fiera estaba domada.
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Sor Marcela, una palabrita, nada más que una palabrita.
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Yo no quiero que me saques de aquí, porque me merezco la encerrona.
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Pero ¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto!
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«No veo.
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Sor Marcela puso junto a sí un plato de menestra y un pan.
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Aunque me proponga no tener entrañas, no lo puedo conseguir.
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unit 397
«¡Eh!...
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las manos quietas.
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Si no tenemos formalidad, me voy.
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Porque yo sé lo que es la debilidad de estómago y cuánto hace sufrir.
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unit 403
Negar y negar siempre al preso pecador todo lo que pide, no es bueno.
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unit 404
El Señor no puede negar esto.
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Tengamos misericordia y consolemos al triste».
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unit 413
Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud.
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unit 415
¡Y cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo!
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unit 416
Conocía muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más.
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unit 423
Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir luz».
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unit 433
«Yo tengo una niña--dijo Mauricia en una de sus confidencias--.
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unit 434
La puse por nombre Adoración.
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unit 435
¡Es más mona...!
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unit 438
Mal hecho, ¿verdad?
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unit 440
Fortunata se manifestó conforme con estas ideas.
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unit 443
--iv--.
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unit 448
Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una línea de paisaje.
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unit 450
unit 465
unit 466
unit 471
Sólo le dijo: «¡Qué cochina eres!
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unit 472
No sé cómo te puede gustar eso.
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unit 473
¿No te mareas?».
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unit 475
¡Cosa inaudita!
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unit 478
Después hablaron de la procedencia del pitillo.
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unit 480
No lo niegues.
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unit 481
Ya te vi haciéndoles garatusas.
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unit 483
Tira ya el tabacazo, indecente... ¡Ay, qué asco!
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unit 484
Me ha dejado la boca perdida.
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unit 485
No comprendo cómo os puede gustar ese ardor, ese picor de mil demonios.
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unit 487
Mauricia tiró el cigarro y apagolo con el pie.
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unit 488
unit 498
Manolita conocía a los de Santa Cruz.
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unit 500
Y ella, la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara.
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unit 501
De aquí saltó la conversación a hablar de Jacinta.
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unit 502
¡Ah!
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unit 504
unit 505
unit 507
Por poco se muere.
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unit 509
Como que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa...».
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unit 510
--¿De veras?...
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unit 511
_tie_ gracia.
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unit 512
--Como usted lo oye.
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unit 513
¡Lo que usted se perdió!
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unit 514
unit 515
Ya se ve, como no tiene hijos... no sabe en qué gastar el dinero.
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unit 517
--Sí--replicó Fortunata que atendía con toda su alma--.
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unit 518
¡Los que se pusieron en el altar el día de Pentecostés!
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unit 519
--Los mismos.
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unit 520
Pues los regaló Jacinta.
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unit 522
Fortunata lanzó una exclamación de pasmo y maravilla.
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unit 523
¡Cosa más rara!
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unit 531
--v--.
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unit 543
unit 571
Sin duda estaba ya su alma más limpia que una patena.
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unit 579
--vi--.
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unit 580
Con las _Josefinas_ no tenía Fortunata relación alguna.
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unit 584
Por la tarde cantaban también la doctrina.
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unit 594
La procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita.
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unit 599
¡De buena se habían librado!
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unit 601
No había en toda la casa, salvo las monjas, otras más rezonas.
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unit 602
Si las dejaran, no saldrían de la capilla en todo el día.
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unit 612
Un día las pusieron a lavar en la huerta.
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unit 615
«No me digas más, chica... te conviene, te conviene.
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unit 616
¡Peines y peinetas!
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unit 617
A doña Lupe la conozco como si la hubiera parido.
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unit 619
¡Ah!, ¡cuánta guita le he llevado!
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unit 620
A mí me llaman la _dura_; pero a ella debieran llamarla la _apretada_.
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unit 622
Pero es mujer de mucho caletre y que se sabe timonear.
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unit 623
¿Qué te crees tú?
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unit 624
Tiene millones escondidos en el Banco y en el Monte.
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unit 625
¡Digo!
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unit 626
Si sabe más que Cánovas esa tía.
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unit 627
Al sobrino le he visto algunas veces.
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unit 628
Oí que es tonto y que no sirve para nada.
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unit 629
Mejor para ti; ni de encargo, chica.
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unit 630
No podías pedir a Dios que te cayera mejor breva.
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unit 633
Hasta para ser _mismamente_ honrada te conviene».
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unit 638
No quiero más belenes».
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unit 639
--Sí, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--.
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unit 641
Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver.
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unit 643
Créetelo porque te lo digo yo.
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unit 644
--Quita, quita; si él no se acuerda ya ni del santo de mi nombre.
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unit 646
No conoces tú el peine.
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unit 647
--Verás cómo no pasa eso.
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unit 648
--¿Qué apuestas?
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unit 649
Sí, porque creerás que ahora mismo no te anda rondando.
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unit 650
Como si lo viera.
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unit 651
¡Y me harás creer tú a mí que no piensas en él!...
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unit 655
Otras veces le veía saliendo del Ministerio de Hacienda.
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unit 656
Ninguno de estos sitios tenía significación en sus recuerdos.
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unit 658
unit 660
--¡Ay, qué salado!--exclamó Mauricia--.
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unit 661
Es buen golpe.
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unit 662
Lo que una sueña tiene su aquel.
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unit 663
--¡Vaya unos disparates!
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unit 664
Como te lo digo, me parecía que lo estaba viendo.
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unit 666
¡Vaya unas papas!
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unit 668
--Mientras que tú los tienes siempre y cuando te dé la gana.
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unit 669
Dilo tonta, y no te acobardes.
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unit 670
--Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener.
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unit 671
--¡Claro!
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unit 674
Quítale lo que ella te ha quitado, y adivina quién te dio.
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unit 675
Fortunata no contestó.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 678
--vii--.
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unit 682
unit 687
Mauricia se quedó sola tendiendo la ropa.
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unit 689
Las madres no tenían queja de ella y alababan su humildad y obediencia.
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unit 694
unit 697
¡Salir, casarse!...
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unit 707
¡Un hogar honrado y tranquilo!...
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unit 708
¡Si era lo que ella había deseado toda su vida!...
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unit 709
unit 720
Yo te he dado el único bien que puedes esperar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 721
Con ser poco, es más de lo que te mereces.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 722
Acéptalo y no me pidas imposibles.
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unit 726
¡Qué cosas se os ocurren, hijas!
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unit 730
Pero eso no es cuenta tuya.
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unit 731
Y supón que la traigo, supón que se queda viudo.
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unit 732
¡Bah!
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unit 733
¿Crees que se va a casar contigo?
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unit 734
Sí, para ti estaba.
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unit 737
Me pedís unos disparates que no sé cómo los oigo.
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unit 740
Pero en fin, no me quiero enfadar.
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unit 743
unit 745
¡Para hombres bonitos está el tiempo!
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unit 747
Con que, cuidadito...».
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unit 749
--viii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 758
Ambas recogidas, particularmente la Dura, no querían otra cosa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 759
O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes eran.
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unit 760
unit 766
El día siguiente fue uno de los más calurosos de aquel verano.
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unit 768
unit 772
Las _Filomenas_ caían también rendidas de cansancio.
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unit 776
Algunas roncaban con estrépito.
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unit 780
Pero luego observó que lo que hacía Mauricia era llorar.
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unit 781
unit 791
Amasábalo en la mano y se lo pasaba por la angustiada frente.
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unit 792
«¿Pero cómo te ha dado así... tan de repente?--dijo la otra confusa.
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unit 793
¡Ah!, es que Dios toca en el corazón cuando menos lo piensa una.
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unit 794
Llora, hija, desahógate, y no te asustes... ¿Sabes lo que vas a hacer?
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unit 799
Ni por esas.
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unit 806
Las _Josefinas_ permanecían en la habitación que hacía de coro.
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unit 810
A Fortunata le tocó al lado Mauricia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 815
En fin, todo sería aprensión.
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unit 820
Le vio con simpatía.
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unit 822
¡Si serían aquellos los brotes del amor por la hermosura del alma!
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unit 824
unit 825
--ix--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 830
Algunas miraban el motor de viento que seguía inmóvil.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 839
Ya era tarde cuando se le acercó Belén sentándosele al lado.
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unit 843
--¿Tú estás segura de lo que dices?
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unit 844
--¡Oh!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 845
Así me muera si no es verdad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 850
Pasó por entre vosotras y vosotras no la veíais.
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unit 851
Yo sola la veía... No traía el niño Dios en brazos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 852
Dio dos o tres pasitos más y se paró otra vez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 855
--Nada... pero lloraba mirándome... ¡Se le caían unos lagrimones...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 856
No traía nene Dios; _paicía_ que se lo habían quitado.
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unit 859
Se acercó entonces Fortunata, y ambas callaron.
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unit 860
--Si están de secreto, me voy.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 864
Belén lo creía o afectaba creerlo, Fortunata no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 866
Miráronla con recelo y se alejaron.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 867
De pronto sonó en la huerta un ¡ah!
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unit 870
«Aire, aire» gritaron varias voces.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 871
Pero el motor no dio después más que media vuelta, y otra vez quieto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 885
Parecía llorar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 887
unit 888
Oyose un gran bramido, y la reclusa mostró su cara inundada de llanto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 890
De repente se levantó.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 892
Sus ojos despedían fulgor de inspiración.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 894
te lo traeré, te lo traeré...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 895
unit 896
Sor Facunda habló con las otras madres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 903
Mauricia atravesó la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 907
«Te digo que me atreveré...».
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unit 908
¿Con quién hablaba?
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unit 909
Con nadie, porque estaba enteramente sola.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 910
No tenía más compañía en aquella soledad que las altas estrellas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 911
«¿Qué dices?--preguntó después como quien sostiene un diálogo--.
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unit 912
Habla más alto, que con el ruido del órgano no se oye.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 913
unit 915
Soltando una risilla insolente, se precipitó por la escalera abajo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 916
¿Qué demonios pasaba en aquel cerebro?...
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unit 921
Probó a abrir valiéndose de la fuerza y de la maña.
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unit 922
Pero ni una ni otra valían en aquel caso.
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unit 923
La puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 926
Fue uno de esos sueños que se parecen al morir instantáneo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 929
Faltó el hecho real, pero no la realidad del mismo en la voluntad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 933
Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita».
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unit 937
¡oh, mi re--Dios de mi alma que yo... ji ji ji!...».
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unit 940
¡Oh!, no había nada.
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unit 943
¡Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metálico pie de la custodia.
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unit 944
Pero qué frío estaba, tan frío que quemaba.
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unit 946
¿Lo cogería, sí o no?
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unit 947
Sí, sí mil veces; aunque muriera, era preciso cumplir.
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unit 950
Con increíble arrogancia Mauricia descendía, sin sentir peso alguno.
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unit 952
¿No decías que no podía ser?...
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unit 953
Pues pudo ser, ¡qué peine!».
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unit 954
Seguía por la iglesia adelante.
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unit 956
«No, no te suelto, ya no vuelves allí... ¡A casa con tu mamá...!
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unit 957
¿sí?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 958
¿Verdad que el niño no llora y quiere ir con su mamá?...».
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unit 959
Diciendo esto, atrevíase a agasajar contra su pecho la sagrada forma.
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unit 962
unit 965
¿Me comes, me comes...?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 966
Y nada más... ¡Qué desvarío!
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unit 968
--x--.
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unit 970
«Créame usted--dijo Sor Facunda--, algo hay de extraordinario.
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unit 971
Consultaré ahora mismo con D. León.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 972
El caso de Mauricia debe de examinarse detenidamente».
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unit 975
«¿Pero en dónde está esa loca?» preguntó después.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 977
Arriba no está.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 978
En los dormitorios de las _Filomenas_ había gran tráfago.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 980
«Que no, que mi agua es esta».
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unit 981
unit 983
Sor Antonia entraba, imponía silencio y les daba prisa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 984
Oíase el esquilón de la capilla.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 990
unit 991
Vio anoche la propia figura de la Virgen».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 992
--Mujer, quita allá.--Mi palabra... Pregúntaselo a Belén.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 993
--¡Bah!, ni que fuéramos tontas... --¿La cara de la Virgen?...
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unit 994
Vaya... Sería la de Nuestra Señora del Aguardiente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1001
unit 1003
«Ese plato es el mío.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1004
Dame mi servilleta... Te digo que es la mía... ¡Vaya!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1005
¡Ay, San Antonio, qué duro está el pan!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1006
Este sí que es de la boda de San Isidro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1007
--¡A callar!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1012
Me ha querido pegar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1013
¡Si no echo a correr...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1014
Después cogió un montón de aquella basura y me lo tiró.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1015
Mire usted...».
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unit 1016
La recogida enseñó a las madres su hombro manchado de mantillo.
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unit 1017
«Tendré que ir yo... ¡Ay, qué mujer!...
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unit 1018
¡qué guerra nos da!--dijo la Superiora...--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1019
¿Dónde está Sor Marcela?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1020
Que traiga la llave de la perrera.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1021
Hoy tendremos _chínchirri-máncharras_... Está más tocada que nunca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1022
Dios nos dé paciencia.
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unit 1024
La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1027
Males de nervios, y nada más que males de nervios.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1029
unit 1032
El caso merecía examinarse.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1033
unit 1034
--¿Y qué tiene que ver el médico...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1035
En fin, yo no sé.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1036
Quien manda, manda.
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unit 1037
Pero me parecía... Ello podrá ser cosa física; pero ¿si no lo fuera?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1039
Aquel llorar continuo, ¿qué puede ser sino arrepentimiento?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1040
A saber los medios que el Señor escoge... Y se retiró a su celda.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1043
unit 1046
--Pero esa maldita ¿cómo...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1047
Si esto parece... ¡Jesús me valga!
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unit 1048
Estoy horrorizada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1049
¿Pero cuándo...?
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unit 1050
--Es muy sencillo... hágase usted cargo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1054
¿Qué te parece?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1055
¡Estamos todas horripiladas!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1056
Fortunata no dijo nada y se puso muy seria.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1057
Quizás no la cogía de nuevo la declaración de la monja.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1060
¡Ya!, ¡qué no vería ella!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1061
¿Pero no viene al fin?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1062
Yo le juro que no vuelve a hacernos otra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1063
Es preciso ajustarle bien las cuentas...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1068
Y estaba casi llena, pues apenas...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1070
¡Bribonaza!, ya te daría yo bebida...».
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«¡Qué asco!
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unit 1073
Buen pechugón se ha dado...--exclamó la Superiora--.
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Ya, ¡cómo estará aquel cuerpo con todo ese líquido ardiente!
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Nunca nos había pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos.
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¿Pero viene o no?».
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Sonó en dicha puerta el estampido de un fuerte cantazo.
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Lo que es conmigo no juega.
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Parecía que se venía el mundo abajo.
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¡Dios mío, qué bulla!
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Parecía una amazona.
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Su cara filipina se había puesto de color de mostaza inglesa.
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Nada, que tuvieron que retirarse.
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Asustadas las infelices, quisieron pedir auxilio.
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«¡En el nombre del...!
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¡Pero tú!...
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¡Mauricia!...
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¿cómo se entiende?...
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¿qué haces?...
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¿estás loca?».
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--¿Qué pareja ni pareja?--dijo Guillermina incomodadísima--.
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¡Mauricia!...
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¡cómo se entiende!
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Si le da de lleno la descalabra.
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«¡Jesús!...
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Pero no, no es nada».
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Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban.
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La escena era repugnante.
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«Ahora mismo.
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D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora.
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--¡Zángano!...
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¡Un sacerdote pegando a una... señora!
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--Que le traigan su ropa--gritó Sor Natividad--.
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Pronto, pronto.
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Me parece mentira que la veré salir... Mauricia ya no se defendía.
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«Toma tu ropa, tus botas--le dijo en voz baja y en tono apacible--.
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Pero, hija, ¡cómo te has puesto!...
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¿No conoces ya que has estado trastornada?».
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No decirle una palabra más.
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A la calle, y hemos concluido.
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Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa.
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Al ponerse en pie pareció recobrar parte de su furor.
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«Que se te queda este lío».
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--Las botas, las botas.
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La tarasca lo recogió todo.
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Ya salía sin decir nada, cuando Guillermina la miró severamente.
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«¡Pero qué mujer esta!
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Ni siquiera sabe salir con decencia».
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unit 1157
Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.
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unit 1158
--Póngase usted las botas--le gritó la Superiora.
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unit 1159
--No me da la gana.
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unit 1160
Abur... ¡Son todas unas judías pasteleras...!
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unit 1165
unit 1169
Luego, orientándose, tiró muy decidida por el paseo abajo.
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unit 1171
Las pocas personas que por allí pasaban, miráronla con asombro.
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«Vaya, que buena _curda_ te llevas, ¡oleeé!...».
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Prorrumpiendo al mismo tiempo en estúpida risa, pasó de largo.
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-V-.

Las Micaelas por fuera.

--i--.

Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres. Dos
de ellos están en la población antigua, uno en la ampliación del Norte,
que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las
comunidades expulsadas del centro por la incautación revolucionaria de
sus históricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios
religiosos que casi es difícil contarlos. Los hay para monjas reclusas,
y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en
batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas
de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger
ancianos, asistir enfermos o educar niños. Como por encanto hemos visto
levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer
arquitectónico, que manifiestan cuán positiva es aún la propaganda
religiosa, y qué resultados tan prácticos se obtienen del ahorro
espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas
de los Pobres_, las _Siervas de María_ y otras, tan apreciadas en
Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado
en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De
institutos para clérigos sólo hay uno, grandón, vulgar y triste como un
falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo
doña Bárbara, tienen también domicilio nuevo, y otras monjas históricas,
las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan
allá sobre las alturas del barrio de Salamanca.

La planicie de Chamberí, desde los Pozos y Santa Bárbara hasta más allá
de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las órdenes nuevas. Allí
hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer
constante y extraordinaria, y allí también la casa de las Micaelas.
Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos,
combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al
descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la
francesa. Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las
decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de
la basílica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y
arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica. La
importación de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado
Corazón, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos
han traído una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y
una cosa mala, la perversión del gusto en la decoración religiosa.
Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta
invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son
verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el
gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles
llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas
empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de
los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las
cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos
deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al
menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda
mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.

El caserón que llamamos _Las Micaelas_ estaba situado más arriba del de
Guillermina, allá donde las rarificaciones de la población aumentan en
términos de que es mucho más extenso el suelo baldío que el edificado.
Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y luminosos,
tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de
fábricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal
sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas
son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con
habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. El
edificio de las Micaelas había sido una casa particular, a la que se
agregó un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de
medio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuesto
la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco
modelado a lo mudéjar y cabos de cantería de Novelda labrada en ojival
constructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto se
celebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a la
izquierda de la puerta.

En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino,
manifestábase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artística de
las excelentes señoras que componían la comunidad. Las paredes estaban
estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género de
decoración barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el
fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo
tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A
derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos
Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas,
terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y
azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas
modernas.

Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público de
las monjas los días en que el público entraba, que eran los jueves y
domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a
los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de
sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy
grandes: la una conducía a la sacristía, la otra a la habitación que
hacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium tañido
candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las
modulaciones más elementales; de allí venían también los exaltados
acentos de las dos o tres monjas cantoras. La música era digna de la
arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que se
reparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. En
esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono
de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen
permitiendo novedades en el severo culto católico.

La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascua
de Resurrección. Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi la
obstrucción en la boca del estómago, pero tan fuerte como si tuviera
entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía en
los días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecía
contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la
expectación y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qué
decirse. A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque
a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión
innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones.
Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un
sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima. Y él
procuraba dar a la conversación tono familiar, hablando del tiempo o
recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna
importante prenda de ropa. Nicolás, que estaba presente, no habría
permitido tampoco zalamerías de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y
agrupar todas las cosas que habían de llevarse, añadiendo observaciones
tan prácticas como esta: «Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni
ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje
mundano se arroja a la puerta».

Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya
dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano miró diferentes
veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicolás, que estaba más sereno,
miró el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron
pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche
simón. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las
faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que
no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera más largo,
el martirio de aquellas seis piernas que no sabían cómo colocarse habría
sido muy grande. La neófita miraba por la ventanilla, atraída vagamente
y sin interés su atención por la gente que pasaba. Creeríase que miraba
hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la comía con los
ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación
con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.

Llegaron por fin al convento. En la puerta había dos o tres mendigas
viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le faltó tiempo para
dársela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía
de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático. Su
turbación le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... «¡Vaya que
son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la
campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, sí señor, alegre».

Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la
capilla. En dicha sala recibían visitas las monjas, y las recogidas a
quienes se permitía ver a su familia los jueves por la tarde, durante
hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana
en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un
cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que
pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe. El piso era de baldosín, bien
lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de
junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales.
Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas
diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de
donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron
que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban
avisadas, y casi pisándoles los talones entró el señor capellán, un
hombrón muy campechano y que de todo se reía. Llamábase D. León Pintado,
y en nada correspondía la persona al nombre. Nicolás Rubín y aquel
pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron
tuteándose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca
agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de
estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien
claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su
compañera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesía
dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del
día, iba la neófita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se
cortó y de sus labios no pudo salir más que un _ju ju_, que las otras no
entendieron. La sesión fue breve. Sin duda las madres Micaelas no
gustaban de perder el tiempo. «Despídase usted» le dijo la seca,
tomándola por un brazo. Fortunata estrechó la mano de Maxi y de Nicolás,
sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. _Rubinius vulgaris_ dio
un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose
recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada,
a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que
comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta
como otra cualquiera; pero cuando se cerró otra vez, pareciole al
enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el
vastísimo reino de las puertas.

--ii--.

Echó a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de
Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal,
tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de
que su hermano y D. León Pintado, entretenidos en una conversación
interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás.
Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigüenza y de las peloteras
que ocurrieron en ella. El capellán, como candidato reventado, ponía de
oro y azul al obispo de la diócesis y a todo el cabildo. Maximiliano,
sin advertir las paradas, siguió andando hasta que se encontró en su
casa. Abriole doña Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: «Y qué
tal, ¿iba contenta?». Revelaban estas interrogaciones tanto interés como
curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía
observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las
afiladas púas que le rasguñaban el corazón. Tenía un presentimiento vago
de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del
convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse
demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta
el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que
es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín. Esto
lo expresó irreverentemente con medias palabras; pero doña Lupe sacó
toda la sustancia a los conceptos. «Bien podría suceder eso--le dijo con
acento de convicción, que turbó más a Maximiliano--, y no sería el
primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han
convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que
luego no ha habido más remedio que canonizarlas».

El redentor sintió frío en el corazón. ¡Fortunata canonizada! Esta idea,
por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana. «Francamente
--dijo al fin, después de muchas meditaciones--, tanto como canonizar,
no; pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y
quedarme yo _in albis_». Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal
caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a
la Iglesia y hacerse cura... ¡Jesús qué disparate! ¡Cura!, ¿y para qué?
De vuelta en vuelta, su mente llegó a un torbellino doloroso en el cual
no tuvo ya más remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento
que le ocasionaban. Intentó estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a
Fortunata, encargándole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen
las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor místico...
Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razón se clareaba un poco
tras aquellas nieblas.

Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado
entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue
que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar
a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino
que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan
alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin
ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios
para dos bocas de tal naturaleza.

Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro
clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le
permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para
que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su
sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé
lo que se figura este heliogábalo... cree que mi casa es la posada del
Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me
coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago
como las galerías del Depósito de aguas... ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas
son estos curas...! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y
entonces... ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con
invitados, porque es _Alejandro en puño_ y no le gusta ser rumboso sino
con dinero ajeno».

El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía
arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba.
Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la
riñó su ama tan sin razón, que... ¡diablo de chica!, concluyó por
hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba
más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda
por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia;
rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le
aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo,
grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas
personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro
Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que
te cuadra...». Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos!
Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya
a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.

Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las
canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos
sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las
oposiciones de Sigüenza. La culpa de todo la tenía el deán, que era un
trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito. ¡Valientes
perros estaban tío y sobrino! Este había hecho discursos racionalistas,
y cuando la _Gloriosa_ dio vivas a Topete y a Prim en una reunión de
demócratas. Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones
con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el
momento de decir que ya podían pasar... que tendrían que dispensar
muchas faltas, y que iban a hacer penitencia.

Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era
lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito
correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para
llenar aquel inmenso estómago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que
apenas probó bocado; doña Lupe se declaró también inapetente, y de este
modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El
padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho
comer y amenizó la reunión contando otra vez... las oposiciones de
Sigüenza. Doña Lupe, por cortesía, afirmaba que era una barbaridad que
no le hubieran dado a él la lectoral.

La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del
almuerzo... y siguió machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que
también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de
revancha. «¡Miren la tía bruja--decía para sí, bebiéndose las
lágrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergüenza de ponerse la
teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como
las tienen todas y como las tendré yo el día de mañana...». Por la
tarde, cuando la señora salió, encargando que le limpiara la ropa,
ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de
esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurrió poner, colgado en
el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la _cosa falsa_ con que
doña Lupe engañaba al público. La malicia de Papitos imaginaba que
puesto en el balcón el testimonio de la falta de su señora, la gente que
pasase lo había de ver y se había de reír mucho. Pero no ocurrieron de
este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho
postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la
chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si
doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su
defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a
su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener.

--iii--.

A la mañana siguiente, Maximiliano encaminó sus pasos al convento, no
por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras
de las cuales respiraba la persona querida. La mañana estaba deliciosa,
el cielo despejadísimo, los árboles del paseo de Santa Engracia
empezaban a echar la hoja. Detúvose el joven frente a las Micaelas,
mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las
ojivas de la nave principal. Alejándose hasta más allá de la acera de
enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se veía, por
encima de la iglesia en construcción, un largo corredor del convento, y
aun se podían distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por
él andaban. Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía
menos. Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos
iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad
monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas.
Llegó un día en que sólo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos
que sostenían el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo
tapó todo, no quedando fuera más que las chimeneas, y aun para columbrar
estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.

Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en
el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían
las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de
ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castaño de
Indias. Pero lo más visible y lo que más cautivaba la atención del
desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para
noria, que se destacaba sobre altísimo aparato a mayor altura que los
tejados del convento y de las casas próximas. El inmenso disco,
semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la
convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rápidamente, según la
fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco
con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de
tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él
los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba
con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este
con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se
trabajaba mucho. Así como los ojos de Maximiliano miraban con
inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por
decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros,
tallando con sus escoplos la dura berroqueña. Creeríase que grababan en
lápidas inmortales la leyenda que el corazón de un inconsolable poeta
les iba dictando letra por letra. Detrás de esta tocata reinaba el
augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrás de un
grupo de estrellas.

También se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el
convento; iba y venía por las veredas que el paso traza en los terrenos,
matando la yerba, y a ratos sentábase al sol, cuando este no picaba
mucho. Montones de estiércol y paja rompían a lo lejos la uniformidad
del suelo; aquí y allí tapias de ladrillo de color de polvo, letreros
industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un
jardinillo sin poderlo conseguir; más allá tejares y las casetas
plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca
un sentimiento profundísimo de soledad expectante. Turbábala sólo algún
perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean
por allí sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volvía al
camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tenía
ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo
hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la
sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con
aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve; pero muy
luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las
Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.

Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al
campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o
como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida.
Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y
ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor
daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y
obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía
explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la
máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego
llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba
el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor
blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase
el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago
de la bomba... Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire.
Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando
despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus
pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía
remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura.

Pero lo que más tormento daba a Maximiliano era la distinta impresión
que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hacía. Iba
siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la
recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza. El
primer jueves encontró a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba
pálida y algo triste. Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo
hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante.
La conversación fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogió
mucho, encomiando los progresos que hacía en la lectura y escritura, y
jactándose del cariño que le habían tomado las señoras. Como en uno de
los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la
fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después
recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose
la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado
por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a
enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le
ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de
distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no
creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más,
porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo
fundó; añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril
que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque
las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que
más purifica y ennoblece las almas. Ocioso es añadir que se guardó para
sí estas doctrinas escandalosas porque era difícil expresarlas delante
de las madres.

-VI-.

Las Micaelas por dentro.

--i--.

Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro,
Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensación primera de miedo y
vergüenza de que se siente poseído el escolar cuando le ponen delante de
sus compañeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle
entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que
encontró al paso mirábanla con tanta impertinencia, que se puso muy
colorada y no sabía qué expresión dar a su cara. Las madres, que tantos
y tan diversos rostros de pecadoras habían visto entrar allí, no
parecían dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como
los médicos que no se espantan ya de ningún horror patológico que vean
entrar en las clínicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven
se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compañeras de
lazareto. Pero entre mujeres se rompe más pronto aún que entre
colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra
fueron brotando las simpatías, echando el cimiento de futuras
amistades.

Como ella esperaba y deseaba, pusiéronle una toca blanca; mas no había
en el convento espejos en que mirar si caía bien o mal. Luego le
hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero
aquellas prendas sólo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y
en las horas de rezo, y podía quitárselas en las horas de trabajo,
poniéndose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un
cuerpo, también de lana, muy honesto, que recibían para tales casos. Las
recogidas dividíanse en dos clases, una llamada las _Filomenas_ y otra
las _Josefinas_. Constituían la primera, las mujeres sujetas a
corrección; la segunda componíase de niñas puestas allí por sus padres,
para que las educaran, y más comúnmente por madrastras que no querían
tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en
ninguna ocasión. Dicho se está que Fortunata pertenecía a la clase de
las _Filomenas_. Observó que buena parte del tiempo se dedicaba a
ejercicios religiosos, rezos por la mañana, doctrina por la tarde.
Enterose luego de que los jueves y domingos había adoración del
Sacramento, con larguísimas y entretenidas devociones, acompañadas de
música. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las
madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual
era casi tan grande como una sábana.

Lo tomaban en la habitación próxima a la entrada, y al salir lo volvían
a dejar después de doblarlo.

Acostumbrada la prójima a levantarse a las nueve o las diez de la
mañana, éranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban.
A las cinco de la mañana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios
tocando una campana que les desgarraba los oídos a las pobres
durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y
educación empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche
una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva
para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia
pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como
sorprendiese murmullos de secreteo, imponía severísimos castigos.

Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponían las maestras
especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas,
mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio.
Las labores delicadas, como costura y bordados, de que había taller en
la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tenía poca
afición a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Más le agradaba
que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosín, limpiar las
vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En
cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca
de ropa se aburría de lo lindo. También era muy de su gusto que la
pusieran en la cocina a las órdenes de la hermana cocinera, y era de ver
cómo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y más
pronto que dos o tres de las más diligentes.

Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a
relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen _Filomenas_ o
_Josefinas_. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran
entablar y de las parejas que formara la simpatía. A las prójimas
antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisión, se las mandaba a
acompañar a las nuevas y sospechosas. Había algunas a quienes no se
permitía hablar con sus compañeras sino en el corro principal en las
horas de recreo.

A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas íntimas o
grupos, siempre había alguna infracción hipócrita de esta observancia.
Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos
o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura
oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sábado por la mañana
Sor Natividad, que era la Superiora (por más señas la madrecita seca que
recibió a Fortunata el día de su entrada), mandó a esta que brochase
los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcaína, y tan
celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de
plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad,
ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como
si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado
original o cosa así. Apóstol fanático de la limpieza, a la que seguía
sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas
sobre las que prevaricaban, aunque sólo fuera venialmente, en aquella
moral cerrada del aseo. Cierto día armó un escándalo porque no habían
limpiado... ¿qué creeréis?, las cabezas doradas de los clavos que
sostenían las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, había que
descolgarlos y limpiarlos por detrás lo mismo que por delante. «Si no
tenéis alma, ni un adarme de gracia de Dios--les decía--, y no os habéis
de condenar por malas, sino por puercas». El sábado aquel mandó, como
digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a
otra compañera que se lo habían de dejar _lo mismo que la cara del Sol_.

Era para Fortunata este trabajo no sólo fácil, sino divertido. Gustábale
calzarse en el pie derecho el grueso escobillón, y arrastrando el paño
con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con
paso de baile o de patinación, puesta la mano en la cintura y
ejercitando en grata gimnasia todos los músculos hasta sudar
copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcísimos
retozos de alegría por todo el cuerpo. La compañera que Sor Natividad le
dio en aquella faena era una _filomena_ en cuyo rostro se había fijado
no pocas veces la neófita, creyendo reconocerlo. Indudablemente había
visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dónde ni cuándo.
Ambas se habían mirado mucho, como deseando tener una explicación; pero
no se habían dirigido nunca la palabra. Lo que sí sabía Fortunata era
que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carácter
alborotado y desigual.

Desde que la Superiora las dejó solas, la otra rompió a patinar y a
hablar al mismo tiempo. Parándose después ante Fortunata, le dijo:
«Porque nosotras nos conocemos, ¿eh? A mí me llaman _Mauricia la Dura_.
¿No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?».

«¡Ah... sí!...» indicó Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tiró
para otro lado frotando el suelo con amazónica fuerza.

Mauricia la Dura representaba treinta años o poco más, y su rostro era
conocido de todo el que entendiese algo de iconografía histórica, pues
era el mismo, exactamente el mismo de Napoleón Bonaparte antes de ser
Primer Cónsul. Aquella mujer singularísima, bella y varonil tenía el
pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se
agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegándole hasta
los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y
Egipto era perfecta. No inspiraba simpatías Mauricia a todos los que la
veían; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y sentía deseos de
volverla a mirar. Porque ejercían indecible fascinación sobre el
observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y
febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la
pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las
mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada
terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y
melancólica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adiós ilusión. Su voz era
bronca, más de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarísimo, revelando
una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravación
y de afabilidad.

--ii--.

Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con
igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces
Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo:

«Aquel día... ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la
Paca Juanito Santa Cruz».

Fortunata la miró aterrada.

«¿Qué día?» fue lo único que dijo.

--¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí...
_Paices_ boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la
muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y... ¡ras!, le trinqué la oreja
y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo... por
poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira... todavía está
aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo... todavía no lo ha
abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte,
aquí por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú
a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento... creételo.

--Ya me acuerdo de aquella trifulca--dijo Fortunata mirando a su
compañera con miedo.

--A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde,
aquella silfidona rubia...

--No sé, no la conozco.--Pues allá se me vino con unos chismajos, porque
yo _hablaba_ entonces con el chico de Tellería y... Pues la cogí un día,
la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me
dio la gana... y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un
ojal en la cabeza, del tamaño de un duro... La llevaron al hospital...
Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada... Buen repaso
le di. Pues otro día, estando en el Modelo... verás... me dijo una tía
muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de
la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas
al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que decía.
Aquel día que tuve la zaragata con Visitación...

Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se
pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara
como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después,
las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.

«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había
vuelto por allí el _chico_ de Santa Cruz, y me contestó: 'Calla hija, si
han dicho aquí anoche que está con _plumonía_...'. Pobrecito, por poco
no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía... Por ti pregunté
a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que
yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario...
ya, el sobrino de doña Lupe _la de los Pavos_... ¡Ah!, chica, si esa tal
doña Lupe es lo que más conozco... Pregúntale por mí. Le he vendido más
alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo
bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que
no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de
agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que
vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron
unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello
no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres
copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a
medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la
redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención.
Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora
que conocemos, esa doña Guillermina... la habrás oído nombrar... me
cogió por su cuenta y me trajo a este _establecimiento_. La doña
Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide
limosna y está haciendo un palación ahí abajo para _los huérfanos_. Mi
hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de
Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les
planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que
me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me
ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron... Ya me habían
metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé
subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos».

Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresionó mucho a
la otra _filomena_. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala,
deslizándose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el
hielo,. y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente
a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante,
diciéndole:.

«Yo no fui más que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no
hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Después no volví más porque
me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar».

Después de una pausa, durante la cual viniéronle al pensamiento muchas
cosas pasadas, creyó oportuno decir algo, conforme a las ideas que
aquella casa imponía: «¿Y para qué me buscaba a mí ese hombre?... ¿para
qué? Para perderme otra vez. Con una basta».

--Los hombres son muy caprichosos--dijo en tono de filosofía Mauricia la
Dura--, y cuando la tienen a una a su disposición, no le hacen más caso
que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere
arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo...
si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por
eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les
encienden más a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que
nos convertimos por lo eclesiástico... Pues qué, ¿crees tú que Juanito
no viene a rondar este convento desde que sabe que estás aquí? _Paices_
boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ahí,
créete que es el suyo.

--No seas tonta... no digas burradas--replicó la otra palideciendo--. No
puede ser... Porque mira tú, él cayó con la pulmonía en Febrero...

--Bien enterada estás.--Lo sé por Feliciana, a quien se lo contó, _días
atrás_, un señor que es amigo de Villalonga. Pues verás, él cayó con la
pulmonía en Febrero, y en este _entremedio_ conocí yo al chico con quien
hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va.
Por fin salió, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia.

--¿Y qué?--Que todavía no habrá vuelto.

--_Paices_ boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volverá...
Quiere decirse que te hará la rueda cuando venga y se entere de que
ahora vas para santa.

--Tú sí que eres boba... déjame en paz. Y suponiendo que venga y me
ronde... ¿A mí qué?

Sor Natividad examinó el brochado y vio «que era bueno». Satisfacción de
artista resplandecía en su carita seca. Miró al techo tratando de
descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no había nada, y
hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el día antes,
resplandecían como estrellitas de oro. La Superiora volvía las gafas a
todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontró que
mereciese su crítica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles
los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero
encargó mucho que aquella operación se hiciese _al hilo_ de la madera; y
como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba,
cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor
seriedad cuál era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez,
Mauricia dijo a su amiga: «Hay que tener contenta a esta _tía chiflada_,
que es buena persona, y como le froten los muebles _al hilo_, la tienes
partiendo un piñón».

Mauricia tenía días. Las monjas la consideraban lunática, porque si las
más de las veces la sometían fácilmente a la obediencia, haciéndola
trabajar, entrábale de golpe como una locura y rompía a decir y hacer
los mayores desatinos. La primera vez que esto pasó, las religiosas se
alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza,
cuando se repetían los accesos de indisciplina y procacidad no les daban
gran importancia. Era un espectáculo imponente y aun divertido el que de
tiempo en tiempo, comúnmente cada quince o veinte días, daba Mauricia a
todo el personal del convento. La primera vez que lo presenció
Fortunata, sintió verdadero terror.

Iniciábasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las
enfermedades, con síntomas leves, pero infalibles, los cuales se van
acentuando y recorren después todo el proceso morboso. El periodo
prodrómico solía ser una cuestión con cualquier recogida por el
chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo
hizo con mala intención. Las madres intervenían, y Mauricia callaba al
fin, quedándose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato,
haciéndolo todo al revés de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa
trocábase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les
respondía nada cara a cara; pero en cuanto volvían la espalda, dejaba
oír gruñidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo
seguía por lo común una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de
improviso para provocar la risa de algunas _Filomenas_ y la indignación
de las señoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores
para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la
cola, o hacer cualquier otro disparate más propio de chiquillos que de
mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirábala con
toda la severidad que cabía en su carácter angelical, y Mauricia le
devolvía la mirada con insolente dureza, diciendo: «Si no he sido
_yio_... _amos_, si no he sido _yio_... ¿Para qué me mira usted
tantooo?... ¿Es que me quiere retrataaar...?».

Aquel día, Sor Antonia llamó a la Superiora, que era una vizcaína muy
templada. Esta dijo al entrar: «¿Ya está otra vez suelto el
enemigo?...». Y decretó que fuese encerrada en el cuarto que servía de
prisión cuando alguna recogida se insubordinaba. Aquí fue el estallar la
fiereza de aquella maldita mujer. «¡Encerrarme a mí!... ¿De veee... ras?
No me lo diga usted... prenda».

--Mauricia--dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresión
de su tierra--, déjese usted de _chínchirri-máncharras_, y obedezca. Ya
sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aquí no tenemos miedo
a ninguna tarasca. Por compasión y caridad no la echamos a la calle, ya
lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le
manda.

A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad
siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la
miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla
respetar.

«Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada... ¡Encerrarme a mí! A donde
voy es a mi casa, ¡hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engañada
estas indecentonas, sí señor, engañada, porque yo era honrada como un
sol, y aquí no nos enseñan más que peines y peinetas... ¡Ja ja ja!...
Vaya con las señoras virtuosas y _santifiquísimas_. ¡Ja ja ja!...».

Estos monosílabos guturales los emitía con todo el grueso de su
gruesísima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosería, que
habrían sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor
Natividad y sus compañeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel
modo y habían domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les
hacían efecto. «Vamos--dijo la Superiora frunciendo el ceño--; callando,
y baje usted al patio».

--Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... ¡Ja ja
ja!...--gritó la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el
concurso de recogidas--. Se encierran aquí para retozar a sus anchas con
los curánganos de babero... ¡Ja ja ja!... ¡qué peines!... y con los que
no son de babero.

Muchas recogidas se tapaban los oídos. Otras, suspensa la mano sobre el
bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel
instante apareció en la sala una figura extraña. Era Sor Marcela, una
monja vieja, coja y casi enana, la más desdichada estampa de mujer que
puede imaginarse. Su cara, que parecía de cartón, era morena, dura,
chata, de tipo mongólico, los ojos expresivos y afables como los de
algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tenía forma de
mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo,
imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de
palo o del propio muñón del hueso roto. Su fealdad sólo era igualada por
la impavidez y el desdén compasivo con que miró a Mauricia.

Sor Marcela traía en la mano derecha una gran llave, y apuntando con
ella al esternón de la delincuente, hizo un castañeteo de lengua y no
dijo más que esto: «Andando».

Quitose la fiera con rápido movimiento su toca, sacudió las melenas y
salió al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La
coja volvió a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como
aspas de molino de viento, se puso a gritar:

«¡Peines y peinetas!... ¿Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como
si yo fuera una _criminala_? ¡Tunantas!... cuando si yo quisiera, de
tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba...».

A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma
calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no
ha de morder. A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con
inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en
un grito estridente: «¡Ladronas, más que ladronas!... ¡Grandísimas
púas!...».

Dicho esto, la coja le ponía suavemente la mano en la espalda,
empujándola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo,
porque quería subir de nuevo.

«Si no te hacen caso, estúpida--le dijo--, si no eres tú la que hablas
sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cállate ya por amor de
Dios y no marees más».

--El demonio eres tú--replicó la fiera, que parecía ya, por lo muy
exaltada, irresponsable de los disparates que decía--. Facha,
mamarracho, esperpento...

--Echa, echa más veneno--murmuraba Sor Marcela con tranquilidad,
abriendo la puerta de la prisión--. Así te pasará más pronto el
arrechucho. Vaya, adentro, y mañana como un guante. A la noche te traeré
de comer. Paciencia, hija...

Mauricia ladró un poco más; pero con tanto furor de palabras no hacía
resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja inválida la
manejaba como a un niño. Bastó que esta la cogiese por un brazo y la
metiera dentro del encierro, para que la prisión se efectuase sin ningún
inconveniente, después de tanta bulla. Sor Marcela echó la llave dando
dos vueltas, y la guardó en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una
máscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio
en dirección a la escalera, oyó el _ja ja ja_ de Mauricia, que estaba
asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta
tenía en su parte superior. La monja no se detuvo a oír las injurias que
la fiera le decía.

«¡Eh!... coja... galápago, vuelve acá y verás qué morrazo te doy... ¡Qué
facha!, cañamón, pata y media...».

--iii--.

La faz napoleónica, lívida y con la melena suelta, volvió a asomar en la
reja a la caída de la tarde. Y Sor Marcela pasó repetidas veces por
delante de la cárcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas,
por ver si tenían huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que
cultivaba en un rincón de la huerta. El patio, que era pequeño y se
comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta,
estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja,
que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequeña embarcación
en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues
tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra
pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.

Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja
para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento había perdido la
aspereza iracunda de por la mañana, aunque estaba más ronca y tenía
tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada.
Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos,
alargando la boca para ser mejor oída, decía con voz plañidera:

«Cojita mía... cañamoncito de mi alma, ¡cuánto te quiero!... Allá va el
patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y
escucha, que te quiero decir una cosita».

A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariñosa, la monja no
contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra seguía:

«¡Ay, mi galapaguito de mi alma, qué enfadadito está conmigo, que le
quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada más que una palabrita.
Yo no quiero que me saques de aquí, porque me merezco la encerrona. Pero
¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto! _Paice_ que me están
arrancando el estómago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina
de esta mañana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgándome de esta reja
con un cordón hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, sí, lo hago y
me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita
remonona, mira, oye: si quieres que te quiera más que a mi vida y te
obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; tráeme nada
más que una lagrimita de aquella gloria divina que tú tienes, de aquello
que te recetó el médico para tu mal de barriga... Anda, ángel, mira que
te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aquí no se me
quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, cañamón de los
ángeles; tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te
tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres
en el Cielo con tu patita coja...».

La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie
duro que debía ser como la pata de una silla; y no concedía a la
prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, bajó con la cena para
la presa, y abriendo la puerta penetró en el lóbrego aposento. Por el
pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las
rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las
manos apoyada la barba.

«No veo. ¿Dónde estás?» murmuró la coja sentándose sobre otro rimero de
tablas.

Contestó Mauricia con un gruñido, como el de un mastín a quien dan con
el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a sí un plato de
menestra y un pan. «La Superiora--dijo--, no quería que te trajera más
que pan y agua; pero intercedí por ti... No te lo mereces. Aunque me
proponga no tener entrañas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a
mi modo y sé que mientras peor se te trate, más rabiosa te pones... Y
para que veas, hija, hasta dónde llevo mi condescendencia...» añadió
sacando de debajo del manto un objeto...

Creyérase que Mauricia lo había olido, porque de improviso alzó la
cabeza, adquiriendo tal animación y vida su cara que parecía
_mismamente_ la del otro cuando, señalando las pirámides, dijo lo de los
_cuarenta siglos_. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba
la última claridad del día, y las dos mujeres allí encerradas se podían
ver y se veían, aunque más bien como bultos que como personas. Mauricia
alargó las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras
truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja
apartaba el codiciado objeto.

«¡Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que
no soy tirana, que llevo la caridad hasta un límite que quizás sea
imprudente. Pero yo digo: 'Dándole un poquito, nada más que una miajita,
la consuelo, y aquí no puede haber vicio'. Porque yo sé lo que es la
debilidad de estómago y cuánto hace sufrir. Negar y negar siempre al
preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Señor no puede negar
esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste».

Diciendo esto sacó un cortadillo y se preparó a escanciar corta porción
del precioso licor, el cual era un coñac muy bueno que solía usar para
combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cayó en la cuenta de que antes
debía comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendió así,
apresurándose a devorar la cena para abreviar.

«Esto que te doy--añadió la monja--, es una reparación de los nervios y
un puntal del ánimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la
Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre
que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio
del deleite. Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para
cumplir bien con los deberes. Mira tú por dónde lo que algunos podrían
tener por malo, es bueno en medida razonable».

Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud.
La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo,
inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más
de lo conveniente; y al dárselo a la presa, le repitió el sermón. ¡Y
cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía
muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más. Sabía, por
experiencia de casos análogos, que no traspasaba jamás el límite que su
bondad y su caridad le imponían. Era buena como un ángel para conceder,
y firme como una roca para detenerse en el punto que debía.

«Ya sé--dijo tapando cuidadosamente la botella--, que con este consuelo
de tus nervios desmayados estarás más dispuesta, y la reparación del
cuerpo ayuda la del alma».

En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole
una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas
ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de
confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor
Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.

«Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me
perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un
papagayo, y la lengua se lo dice sola. Sáqueme pronto de aquí, y
trabajaré como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a
abajo, la fregaré. Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir
luz».

--Me gusta verte tan entrada en razón--le dijo la madre, recogiendo el
plato--; pero por esta noche no saldrás de aquí. Medita, medita en tus
pecados, reza mucho y pídele al Señor y a la Santísima Virgen que te
iluminen.

Mauricia creía que estaba ya bastante iluminada, porque la excitación
encendía sus ideas dándole un cierto entusiasmo; y después de hacer un
poco de ejercicio corporal colgándose de la reja, porque sus miembros
apetecían estirarse, se puso a rezar con toda la devoción de que era
capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un
lado para otro, y por fin se quedó dormida sobre el duro lecho de
tablas. Sacáronla del encierro al día siguiente temprano, y al punto se
puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas
actividades. Después de cumplir una condena, lo que ocurría
infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta días, la mujer
napoleónica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compañeras,
poniendo toda su atención en las obligaciones, demostrando un celo y
obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco días
desempeñaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos
semanas, advertían que se iba cansando; ya no había en su trabajo
aquella corrección y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los
olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la
repetición de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con
Fortunata volvió a intimar después de la escena violenta que he
descrito, y juntas echaron largos párrafos en la cocina, mientras
pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. Allí gozaban de
cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de _mecánica_ como las
criadas de cualquier casa.

«Yo tengo una niña--dijo Mauricia en una de sus confidencias--. La puse
por nombre Adoración. ¡Es más mona...! Está con mi hermana Severiana,
porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer,
¿tú sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doña
Jacinta, esposa de tu señor, quiere mucho a mi niña, y le compra ropa y
le da el toque por llevársela consigo; como que está rabiando por tener
chiquillos y el Señor no se los quiere dar. Mal hecho, ¿verdad? Pues los
hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden
mantener».

Fortunata se manifestó conforme con estas ideas. Algo había oído ella
contar del desmedido afán de aquella señora por tener hijos; pero
Mauricia le dijo algo más, contándole también el caso del _Pituso_, a
quien Jacinta quiso recoger creyéndolo hijo de su marido y de la propia
Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increíble caso
de delirio maternal y de pasión no satisfecha, que estuvo tres días sin
poder apartarlo del pensamiento.

--iv--.

Desde el corredor alto se veía parte del Campo de Guardias, el Depósito
de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martín y el caserío de Cuatro
Caminos, y detrás de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y
el admirable horizonte que parece el mar, líneas ligeramente onduladas,
en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco,
la torre de Aravaca o de Húmera. Al ponerse el sol, aquel magnífico
cielo de Occidente se encendía en espléndidas llamas, y después de
puesto, apagábase con gracia infinita, fundiéndose en las palideces del
ópalo. Las recortadas nubes oscuras hacían figuras extrañas,
acomodándose al pensamiento o a la melancolía de los que las miraban, y
cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permanecía en
aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del día fugitivo, la
cual lentamente también se iba.

Estas hermosuras se ocultarían completamente a la vista de _Filomenas_ y
_Josefinas_ cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba
constantemente. Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una
línea de paisaje.

Parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que
borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo
que se anega. Hundiéronse las casas del paseo de Santa Engracia, el
Depósito de aguas, después el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban
ya la bellísima línea del horizonte, aún sobresalían las lejanas torres
de Húmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Llegó un día en
que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos
para ver algo más y despedirse de aquellos amigos que se iban para
siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo tragó todo, y sólo se
pudo ver la claridad del crepúsculo, la cola del día arrastrada por el
cielo.

Pero si ya no se veía nada, se oía, pues el tiqui tiqui del taller de
canteros parecía formar parte de la atmósfera que rodeaba el convento.
Era ya un fenómeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de
aquella música era para todas las habitantes de la casa la mejor
apreciación de día de fiesta. Los domingos, empezaba a oírse desde las
dos el tambor que ameniza el Tío Vivo y balancines que están junto al
Depósito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a
los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetuán, duraba hasta muy
entrada la noche. Mucho molestó en los primeros tiempos a algunas
monjas el tal tamboril, no sólo por la pesadez de su toque, sino por la
idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero
se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oían el rumor del Tío Vivo
los domingos, que el de los picapedreros los días de labor. Algunas
tardes de día de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta
o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de
permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de
aquellas músicas populares. ¡Cuántas memorias evocadas, cuántas
sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las
pobres reclusas! ¡Qué recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con
horteras en el salón de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo
del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo
peor de todo y lo que en definitiva las había perdido era que aquellos
benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente,
disculpando los malos medios, era la más negra. Porque después, ni fin
ni principio ni nada más que vergüenza y miseria.

La monja que más empeñadamente abogaba porque se las dejase zarandearse
un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha parecía incapaz
de apreciar el sentimiento estético de la danza. Pero la mujer aquella
con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones
humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía
esta tesis: que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la
costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar
la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente
permitirlos de vez en cuando con mucha medida.

Un día sorprendió a Mauricia en la carbonera fumándose un cigarrillo,
cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresuró a
quitarle el cigarro de la boca, como parecía natural. Sólo le dijo:
«¡Qué cochina eres! No sé cómo te puede gustar eso. ¿No te mareas?».
Mauricia se reía; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le
había metido en él, miró a la monja con el otro, y alargándole el
cigarro, le dijo: «Pruebe, señora». ¡Cosa inaudita! Sor Marcela dio una
chupada y después arrojó el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y
poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las
idolatrías malayas. Mauricia lo recogió y siguió chupando, alternando un
ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Después hablaron de la
procedencia del pitillo. La otra no quería confesarlo; pero la
madrecita, que sabía tanto, le dijo: «Los albañiles te lo han tirado
desde la obra. No lo niegues. Ya te vi haciéndoles garatusas. Si la
Superiora sabe que andas en telégrafos con los albañiles, buena te la
arma... y con razón. Tira ya el tabacazo, indecente... ¡Ay, qué asco! Me
ha dejado la boca perdida. No comprendo cómo os puede gustar ese ardor,
ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes
vicios, los inventan cada día...». Mauricia tiró el cigarro y apagolo
con el pie.

Fortunata, al mes de estar allí, tuvo otra amiga con quien intimó
bastante. Doña Manolita era _señora_ en regla, puesto que era casada,
ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y ponía un
empeño particular en enseñar a Fortunata, de lo que principalmente vino
su amistad. Permitían las madres a aquella recogida cierta latitud en la
observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos _filomenas_
durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le
permitía ir al departamento de _Josefinas_, y como tenía habitación
aparte y pagaba buena pensión, gozaba de más comodidad que sus
compañeras de encierro.

Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse
sus respectivas historias. La que ya conocemos salió descarnada; pero
Manolita adornó la suya tanto y de tal modo la quiso hacer patética, que
no la conocería nadie. Según su relato, no había pecado, todo había sido
pura equivocación; pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa,
sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas
tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos. Como
aquella señora había ocupado una regular posición, contaba con embeleso
cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asistía, de los muchos
y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de
novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su papá
era oficial primero de la Dirección de la Deuda. Oyendo estas
ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qué cosa tan
empingorotada sería aquel destino del papá de su amiga.

Pero lo mejor fue que en la conversación salió de repente una cosa
interesantísima. Manolita conocía a los de Santa Cruz. ¡Vaya!, si su
marido, Pepe Reoyos, era íntimo, pero íntimo, de D. Baldomero. Y ella,
la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara. De aquí saltó la
conversación a hablar de Jacinta. ¡Ah! Jacinta era una mujer muy mona:
lo tenía todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no
merecía tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto,
era un excelente chico, y muy simpático, pero mucho.

«Ya sabrá usted--dijo luego--, que cayó malo con pulmonía en Febrero de
este año. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha protección a
los señores de Santa Cruz, pusieron al Señor de Manifiesto, y cuando
estuvo fuera de peligro, Jacinta costeó unas funciones solemnes. Como
que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa...».

--¿De veras?... _tie_ gracia.

--Como usted lo oye. ¡Lo que usted se perdió! Jacinta es una de las
señoras que más han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no
tiene hijos... no sabe en qué gastar el dinero. ¿Se ha fijado usted en
aquellos grandes ramos, monísimos, con flores de tisú de oro y hojas de
plata?

--Sí--replicó Fortunata que atendía con toda su alma--. ¡Los que se
pusieron en el altar el día de Pentecostés!

--Los mismos. Pues los regaló Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto
de brocado con ramos... ¡qué mono!, también es donativo suyo, en acción
de gracias por haberse puesto bueno su marido.

Fortunata lanzó una exclamación de pasmo y maravilla. ¡Cosa más rara! ¡Y
ella había tenido en su mano, días antes, para limpiarle unas gotas de
cera, aquel mismo manto que había servido para pagar, digámoslo así, la
salvación del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural,
sólo que a ella se le revolvían los pensamientos y le daba qué pensar,
no el hecho en sí, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber
tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social,
con ella misma, sin que ella misma lo sospechara.

--Pues no sabe usted lo mejor--añadió Manolita, gozándose en el asombro
de la otra, el cual más bien parecía espanto--. La custodia, sabe usted,
la custodia en que se pone al propio Dios, también vino de allá. Fue
regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su
hijo se ponía bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata
sobredorada; pero muy _mona_, ¿verdad?

Fortunata tenía sus pensamientos tan en lo hondo, que no paró mientes en
la increíble tontería de llamar mona a una custodia.

--v--.

Y no pudo en muchos días apartar de su pensamiento las cosas que le
refirió doña Manolita que, entre paréntesis, no acababa de serle
simpática, y lo que más metida en reflexiones la traía no era
precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se
hubieran verificado, sino la casualidad... «_Tie_ gracia». Si hubiera
ella ido al convento algunos días antes, habría asistido a la solemne
misa, con obispo y todo, que se dijo en acción de gracias por haberse
puesto bueno el tal... Esto tenía más gracia. Y por su parte Fortunata,
que sabía perdonar las ofensas, no habría tenido inconveniente en unir
sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tenía más gracia
todavía.

Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia
Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conocía ni vio nunca su retrato;
pero de tanto pensar en ella había llegado a formarse una imagen que,
ante la realidad, resultó completamente mentirosa. Las señoras que
protegían la casa sosteniéndola con cuotas en metálico o donativos, eran
admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en
ciertos días solemnes se hacía limpieza general y se ponía toda la casa
como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella,
para que las protectoras vieran bien a qué orden de cosas debían aplicar
su generosidad. El día de Corpus, después de misa mayor, empezaron las
visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que habían
venido en coches blasonados, y otras que no tenían título pero sí mucho
dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la
dirección fanática de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas
habían hecho tales prodigios de limpieza que, según frase vulgar, se
podía comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de
bordado de las _Filomenas_, las planas de las _Josefinas_ y otros
primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plácemes y
felicitaciones. Las señoras entraban y salían, dejando en el ambiente de
la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con
avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y
sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual había
algunas, justo es decirlo, que habían pecado mucho más, pero muchísimo
más que la peor de las que allí estaban encerradas. Manolita no dejó de
hacer al oído de su amiga esta observación picante. En medio de aquel
desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola
excepción en su crítica social), cuidó de hacerle notar la gracia de la
señora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire
de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta
apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos,
examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el
vestido. Confundida con otras compañeras en un grupo que estaba a la
puerta del comedor, la siguió con sus miradas, y se puso en acecho junto
a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le quedó, por fin,
aquella simpática imagen vivamente estampada en la memoria.

La impresión moral que recibió la samaritana era tan compleja, que ella
misma no se daba cuenta de lo que sentía. Indudablemente su natural
rudo y apasionado la llevó en el primer momento a la envidia. Aquella
mujer le había quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le pertenecía de
derecho. Pero a este sentimiento mezclábase con extraña amalgama otro
muy distinto y más acentuado. Era un deseo ardentísimo de parecerse a
Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su _aquel_ de dulzura y
señorío. Porque de cuantas damas vio aquel día, ninguna le pareció a
Fortunata tan señora como la de Santa Cruz, ninguna tenía tan impresa en
el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a
la prójima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin
vacilar y a ojos cerrados habría dicho que quería ser Jacinta.

Aquel resentimiento que se inició en su alma iba trocándose poco a poco
en lástima, porque Manolita le repitió hasta la saciedad que Jacinta
sufría desdenes y horribles desaires de su marido. Llegó a sentar como
principio general que todos los maridos quieren más a sus mujeres
eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta,
al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan víctima como
Fortunata. Cuando esta idea se cruzó entre una y otra, el rencor de la
pecadora fue más débil y su deseo de parecerse a aquella otra víctima
más intenso.

En los días sucesivos figurábase que seguía viéndola o que se iba a
aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho
pensar en ella la llevó, al amparo de la soledad del convento, a tener
por las noches ensueños en que la señora de Santa Cruz aparecía en su
cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soñaba que Jacinta se le
presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido,
ya que las dos cuestionaban sobre cuál era más víctima; ya, en fin, que
transmigraban recíprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y
Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal
modo el cerebro de la reclusa, que despierta seguía imaginando desvaríos
del mismo si no de mayor calibre.

Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves
y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Veía la joven con gusto
llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba,
porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y
aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había
desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien podía
estar tranquilo el bueno de Rubín, porque ni una sola vez, en los
momentos de mayor fervor piadoso, le pasó a la pecadora por el magín la
idea de volverse santa a machamartillo.

Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas
que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo
cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir. Cierto que
físicamente el apreciable chico le desagradaba; pero también es verdad
que se iba acostumbrando a él, que sus defectos no le parecían ya tan
grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si hacía
examen de corazón, encontraba que en cuestión de amor a su redentor
había ganado muy poco; pero el aprecio y estimación eran seguramente
mayores, y sobre todo, lo que había crecido y fortalecídose en su
pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso
en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dónde y cómo le
había venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse
respuesta. ¿Era quizás que el silencio y la paz de aquella vida hacían
nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido común? Si era así,
no se daba cuenta de semejante fenómeno, y lo único que su rudeza sabía
formular era esto: «Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a
Maximiliano le entró de tanto quererme, y este talento es el que me dice
que me debo casar, que seré tonta de remate si no me caso».

Feliz entre todos los mortales se creía el buen estudiante de Farmacia,
viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la
cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma más
limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicolás, a los
cinco meses de estar la pobre chica en el convento, decía que no era
bastante y que por lo menos debían esperar al año. Maximiliano se ponía
furioso, y doña Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen
favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino
había visitado al _basilisco_, no había podido averiguar si estaba ya
bien despercudida de las máculas de marras, pero ella quería ejercitar,
como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en
tener a Fortunata bajo su jurisdicción, se detenía el gran experimento.
Desconfiaba algo la buena señora de la eficacia de los institutos
religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que allí aprendían,
decía, era el arte de disimular sus resabios con formas hipócritas. En
el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se
corrigen los defectos, bajo una dirección sabia. Muy santo y muy bueno
que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doña Lupe
opinaba que de nada valen estos si no van acompañados del ejercicio al
aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quería aplicar, el
mundo, la vida y al mismo tiempo principios.

--vi--.

Con las _Josefinas_ no tenía Fortunata relación alguna. Eran todas niñas
de cinco a diez o doce años, que vivían aparte ocupando las habitaciones
de la fachada. Comían antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban
a la huerta a hora distinta que las _Filomenas_. Toda la mañana estaban
las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y
plañidero que se oía en toda la casa. Por la tarde cantaban también la
doctrina. Para ir a la iglesia, salían de su departamento
procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se
ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas
maestras.

Como Fortunata hacía cada día nuevas relaciones de amistad entre las
_Filomenas_, debo mencionar aquí a dos de estas, quizás las más jóvenes,
que se distinguían por la exageración de sus manifestaciones religiosas.
Una de ellas era casi una niña, de tipo finísimo, rubia, y tenía muy
bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con
que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llamábase Belén, y
en el tiempo que allí había pasado dio pruebas inequívocas de su deseo
de enmienda. Sus pecados no debían de ser muchos, pues era muy joven;
pero fueran como se quiera, la chica parecía dispuesta a no dejar en su
alma ni rastro de ellos, según la vida de perros que llevaba, las
atroces penitencias que hacía y el frenesí con que se consagraba a las
tareas de piedad. Decíase que había sido corista de zarzuela, pasando de
allí a peor vida, hasta que una mano caritativa la sacó del cieno para
ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna
más edad, también de tipo fino y como de señorita, sin serlo. Ambas se
juntaban siempre que podían, trabajaban en el mismo bastidor y comían en
el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La
procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No había
pertenecido al teatro más que de una manera indirecta, por ser doncella
de una actriz famosa, y en el teatro tuvo también su perdición. Llevola
a las Micaelas doña Guillermina Pacheco, que la cazó, puede decirse, en
las calles de Madrid, echándole una pareja de Orden Público, y sin más
razón que su voluntad, se apoderó de ella. Guillermina las gastaba así,
y lo que hizo con Felisa habíalo hecho con otras muchas, sin dar
explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos
individuales.

Si querían ver incomodadas a Felisa y Belén, no había más que hablarles
de volver al mundo. ¡De buena se habían librado! Allí estaban tan
ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrás más que para
compadecer a las infelices que aún seguían entre las uñas del demonio.
No había en toda la casa, salvo las monjas, otras más rezonas. Si las
dejaran, no saldrían de la capilla en todo el día. Los largos ejercicios
piadosos de las distintas épocas del año, como octava de Corpus,
sermones de Cuaresma, flores de María, les sabían siempre a poco. Belén
ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que
cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir. Ambas
confesaban a menudo y hacían preguntas al capellán sobre dudas muy
sutiles de la conciencia, pareciéndose en esto a los estudiantes
aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les
aclare un punto difícil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque
les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y
conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que
nunca estuviese sola. Felisa y Belén, juntas todo el día, se separaban
por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres
desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso
a las que en las de trabajo propendían a juntarse, obedeciendo las
naturales atracciones de la simpatía y de la congenialidad.

Los lazos de afecto que unían a Fortunata con Mauricia eran muy
extraños, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando
estaba en el _ataque_; enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún
poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues
la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba
extraordinariamente de su conversación íntima. Cautivábale sin duda su
franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones
que explicaran todas las cosas. La fisonomía de Mauricia, su expresión
de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y
acechador la fascinaban, y de esto procedía que la tuviese por autoridad
en cuestiones de amores y en la definición de la moral rarísima que
ambas profesaban. Un día las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en
traje de _mecánica_, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y
el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga
algunas confidencias acerca de su próxima salida y de la persona con
quien iba a casarse.

«No me digas más, chica... te conviene, te conviene. ¡Peines y peinetas!
A doña Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas,
pregúntale por Mauricia la Dura, y verás cómo me pone en las nubes.
¡Ah!, ¡cuánta guita le he llevado! A mí me llaman la _dura_; pero a ella
debieran llamarla la _apretada_. Chica, es así... (diciendo esto
mostraba a su amiga el puño fuertemente cerrado). Pero es mujer de
mucho caletre y que se sabe timonear. ¿Qué te crees tú? Tiene millones
escondidos en el Banco y en el Monte. ¡Digo! Si sabe más que Cánovas esa
tía. Al sobrino le he visto algunas veces. Oí que es tonto y que no
sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podías pedir a
Dios que te cayera mejor breva. Tú bien puedes hacer caso de lo que yo
te diga, pues tengo yo mucha linterna... _amos_, que veo mucho. Créelo
porque yo te lo digo: si tu marido es un _alilao_, quiere decirse, si se
deja gobernar por ti y te pones tú los pantalones, puedes cantar el
aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser
_mismamente_ honrada te conviene».

En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces
los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos
enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada,
que chillaba con los hervores del jabón. Puestas una frente a otra a los
dos lados de la artesa, mirábanse cara a cara en aquellos cortos
intervalos de descanso, y después volvían con furor al trabajo sin parar
por eso la lengua.

«Hasta para ser honrada--repitió Fortunata, echando todo el peso de su
cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo
amasara--. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que
me case, honrada tengo que ser. No quiero más belenes».

--Sí, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--. Pero a
saber cómo vienen las cosas... porque una dice: «esto deseo», y después
se pone a hacerlo y ¡tras!, lo que una quería que saliera pez sale rana.
Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer
rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona
decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Créetelo porque te lo
digo yo.

--Quita, quita; si él no se acuerda ya ni del santo de mi nombre.

--_Paices_ boba, ¿qué apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento,
pierde pie...? No conoces tú el peine.

--Verás cómo no pasa eso.

--¿Qué apuestas? Sí, porque creerás que ahora mismo no te anda rondando.
Como si lo viera. ¡Y me harás creer tú a mí que no piensas en él!...
Cuando una está encerrada entre tanta cosa de religión, misa va y misa
viene, sermón por arriba y sermón por abajo, mirando siempre a la
custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario,
_paice_ que le salen a una _de entre sí_ todas las cosas malas o buenas
que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se
pone el Sol, y la religión lo que hace es refrescarle a una la
entendedera y ponerle el corazón más tierno.

Alentada por esta declaración arrancose Fortunata a revelar que, en
efecto, pensaba algo, y que algunas noches tenía sueños extravagantes. A
lo mejor soñaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y
¡plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le veía saliendo
del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tenía significación
en sus recuerdos. Después soñaba que era ella la esposa y Jacinta la
querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que
deseaba los chiquillos y la esposa la que los tenía. «Hasta que un
día... me daba tanta lástima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted
una criatura para que no llore más'».

--¡Ay, qué salado!--exclamó Mauricia--. Es buen golpe. Lo que una sueña
tiene su aquel.

--¡Vaya unos disparates! Como te lo digo, me parecía que lo estaba
viendo. Yo era la señora por delante de la Iglesia, ella por detrás, y
lo más particular es que yo no le tenía tirria, sino lástima, porque yo
paría un chiquillo todos los años, y ella... ni esto... A la noche
siguiente volvía a soñar lo mismo, y por el día a pensarlo. ¡Vaya unas
papas! ¿Qué me importa que _la_ Jacinta beba los vientos por tener un
chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?...

--Mientras que tú los tienes siempre y cuando te dé la gana. Dilo tonta,
y no te acobardes.

--Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener.

--¡Claro! Y que no rabiará poco la otra cuando vea que lo que ella no
puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes,
no le tengas lástima, que ella no la tuvo de ti cuando te birló lo que
era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y así
anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto,
dáselo, por vida del santísimo peine... Que no se rían de ti porque
naciste pobre. Quítale lo que ella te ha quitado, y adivina quién te
dio.

Fortunata no contestó. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le
solía decir, despertaban siempre en ella estímulos de amor o
desconsuelos que dormitaban en lo más escondido de su alma. Al oírlas,
un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las
insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella
tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.

--vii--.

Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversación que las hacía
desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al
agua sucia, y Fortunata abrió el grifo para que se llenara la artesa con
el agua limpia del depósito de palastro. Creeríase que aquello
simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al diálogo un
tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse,
porque el depósito tenía poca agua. El gran disco que transmitía a la
bomba la fuerza del viento, estaba aquel día muy perezoso, moviéndose
tan sólo a ratos con indolente majestad;. y el aparato, después de gemir
un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio
del silencio del campo. Ganas tenían las dos recogidas de seguir
charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cómo aclaraban la
ropa. Después las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y
Fortunata había de vestirse para recibir la visita de los de Rubín.
Mauricia se quedó sola tendiendo la ropa.

Maximiliano dijo categóricamente aquella tarde que por acuerdo de la
familia y con asentimiento de la Superiora, en el próximo mes de
Setiembre se daría por concluida la reclusión de Fortunata, y esta
saldría para casarse. Las madres no tenían queja de ella y alababan su
humildad y obediencia. No se distinguía, como Belén y Felisa, por su
ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocación para la vida
claustral; pero cumplía sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Había
adelantado mucho en la lectura y escritura, y se sabía de corrido la
doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discípula
suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o
tortuosos del mundo; y tenían por cierto que la posesión de aquellos
principios daba a sus alumnas increíble fuerza para hacer frente a todas
las dudas. En esto hay que contar con la índole, con el esqueleto
espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele
sobreponerse a todas las transfiguraciones epidérmicas producidas por la
enseñanza;. pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun
las que más de cerca la habían tratado, tenían motivos para creer que
fuera mala. Considerábanla de poco entendimiento, docilota y fácilmente
gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de
las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien
porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a
sus fronteras.

Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habló a su futura de
próxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso.
¡Salir, casarse!... En aquel instante parecíale su dichoso novio más
antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones
magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por
ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás
Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído tantismos
sermones. Porque lo que el capellán decía en el púlpito era que debemos
hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no
pequemos; también decía que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y
que Dios es hermosismo en sí y tal como el alma le ve;. pero a ella se
le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor
mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada
que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los
santos. De este modo caía por tierra toda la doctrina del cura Rubín, el
cual entendía tanto de amor como de herrar mosquitos.

En resumen, que los sentimientos de la prójima hacia su marido futuro no
habían cambiado en nada. No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya
tenía elegida la casita que iba a alquilar y le consultó acerca de los
muebles que compraría,. aquella presunción o sentimiento de su hogar
honrado despertó en el ánimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida,
se sintió impulsada hacia aquel hombre que la redimía y la regeneraba.
De este modo vino a mostrarse complacidísima con la salida próxima, y
dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de
la batería de cocina.

Despidiéronse muy gozosos, y Fortunata se retiró con la mente hecha a
aquel orden de ideas. ¡Un hogar honrado y tranquilo!... ¡Si era lo que
ella había deseado toda su vida!... ¡Si jamás tuvo afición al lujo ni a
la vida de aparato y perdición!... ¡Si su gusto fue siempre la oscuridad
y la paz, y su maldito destino la llevaba a la publicidad y a la
inquietud!... ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un
corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo
bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!...
¡Si fue lanzada a la vida mala por despecho y contra su voluntad, y no
le gustaba, no señor, no le gustaba!... Después de pensar mucho en esto
hizo examen de conciencia, y se preguntó qué había obtenido de la
religión en aquella casa. Si en lo tocante a prendarse de las guapezas
del alma había adelantado poco, en otro orden algo iba ganando. Gozaba
de cierta paz espiritual, desconocida para ella en épocas anteriores,
paz que sólo turbaba Mauricia arrojando en sus oídos una maligna frase.
Y no fue esto la única conquista, pues también prendió en ella la idea
de la resignación y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de
la vida como vienen, recibir con alegría lo que se nos da, y no aspirar
a la realización cumplida y total de nuestros deseos. Esto se lo decía
aquella misma claridad esencial, aquella idea blanca que salía de la
custodia. Lo malo era que en aquellas largas horas, a veces aburridas,
que pasaba de rodillas ante el Sacramento, la faz envuelta en un gran
velo al modo de mosquitero, la pecadora solía fijarse más en la
custodia, marco y continente de la sagrada forma, que en la forma misma,
por las asociaciones de ideas que aquella joya despertaba en su mente.

Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, la idea blanca, le
decía con familiar lenguaje semejante al suyo: «No mires tanto este
cerco de oro y piedras que me rodea, y mírame a mí que soy la verdad. Yo
te he dado el único bien que puedes esperar. Con ser poco, es más de lo
que te mereces. Acéptalo y no me pidas imposibles. ¿Crees que estamos
aquí para mandar, verbi gracia, que se altere la ley de la sociedad sólo
porque a una marmotona como tú se le antoja? El hombre que me pides es
un señor de muchas campanillas y tú una pobre muchacha. ¿Te parece fácil
que Yo haga casar a los señoritos con las criadas o que a las muchachas
del pueblo las convierta en señoras? ¡Qué cosas se os ocurren, hijas! Y
además, tonta, ¿no ves que es casado, casado por mi religión y en mis
altares?, ¡y con quién!, con uno de mis ángeles hembras. ¿Te parece que
no hay más que enviudar a un hombre para satisfacer el antojito de una
corrida como tú? Cierto que lo que a mí me conviene, como tú has dicho,
es traerme acá a Jacinta. Pero eso no es cuenta tuya. Y supón que la
traigo, supón que se queda viudo. ¡Bah! ¿Crees que se va a casar
contigo? Sí, para ti estaba. ¡Pues no se casaría si te hubieras
conservado honrada, cuanti más, sosona, habiéndote echado tan a
perder! Si es lo que Yo digo: parece que estáis locas rematadas, y que
el vicio os ha secado la mollera. Me pedís unos disparates que no sé
cómo los oigo. Lo que importa es dirigirse a Mí con el corazón limpio y
la intención recta, como os ha dicho ayer vuestro capellán, que no habrá
inventado la pólvora; pero, en fin, es buen hombre y sabe su obligación.
A ti, Fortunata, te miré con indilugencia entre las descarriadas,
porque volvías a Mí tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de
enmienda; pero ahora, hija, me sales con que sí, serás honrada, todo lo
honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te dé el hombre de tu
gusto... ¡Vaya una gracia!... Pero en fin, no me quiero enfadar. Lo
dicho, dicho: soy infinitamente misericordioso contigo, dándote un bien
que no mereces, deparándote un marido honrado y que te adora, y todavía
refunfuñas y pides más, más, más... Ved aquí por qué se cansa Uno de
decir que sí a todo... No calculan, no se hacen cargo estas
desgraciadas. Dispone Uno que a tal o cual hombre se le meta en la
cabeza la idea de regenerarlas, y luego vienen ellas poniendo peros. Ya
salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no,
no. Hijas de mi alma, Yo no puedo alterar mis obras ni hacer mangas y
capirotes de mis propias leyes. ¡Para hombres bonitos está el tiempo!
Con que resignarse, hijas mías, que por ser cabras no ha de abandonaros
vuestro pastor; tomad ejemplo de las ovejas con quien vivís; y tú,
Fortunata, agradéceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no
te mereces, y déjate de hacer melindres y de pedir gollerías, porque
entonces no te doy nada y tirarás otra vez al monte. Con que,
cuidadito...».

Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las más
próximas a Fortunata notaron que esta se sonreía.

--viii--.

Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mención
de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que más
bien han de excitar el desdén que la curiosidad del que lee, pues aunque
luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la
máquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las
traiga a cuento en una relación verídica y grave. Ved, pues, por qué
pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía
miedo a los ratones; y no valdrá seguramente añadir que el miedo de la
cojita era grande, espantoso, ocasionado a desagradables incidentes y
aun a derivaciones trágicas. Como ella sintiera en la soledad de su
celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda
la noche. Le entraba tal rabia, que no podía ni siquiera rezar, y la
rabia, más que contra el ratón, era contra Sor Natividad, que se había
empeñado en que no hubiera gatos en el convento, porque el último que
allí existió no participaba de sus ideas en punto al aseo de todos los
rincones de la casa.

En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta
guerra a la madrecita, que esta se levantó al amanecer con la firmísima
resolución de cazarlo y hacer el más terrible de los escarmientos. Era
tan insolente el tal, que después de ser día claro se paseaba por la
celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y
pillines. «Verás, verás--dijo esta subiéndose con gran trabajo a la
cama, porque la idea de que el ratón se acercase a uno de sus pies,
aunque fuera el de palo, causábale terror--, lo que es hoy no te
escapas... déjate estar, que ya te compondremos».

Llamó a Fortunata y a Mauricia, y en breves palabras las puso al
corriente de la situación. Ambas recogidas, particularmente la Dura, no
querían otra cosa. O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes
eran. Bajó Sor Marcela a la iglesia, y las dos mujeres emprendieron su
campaña. No quedó trasto que no removieran, y para separar de su sitio
la cómoda, que era pesadísima, estuvieron haciendo esfuerzos varoniles
cosa de un cuarto de hora, no acabando antes porque la risa les cortaba
las fuerzas. Por fin, tanto trabajaron que cuando Sor Marcela salió de
la iglesia, una monja le dio la feliz noticia de que el ratón había sido
cogido. Subió la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le
anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tenía el ratón
vivo en la mano y asustaba con él a sus compañeras.

Costó algún trabajo restablecer el orden y que Mauricia diese muerte a
la víctima y la arrojase. Sor Marcela dispuso que le volviesen a poner
los trastos de la celda lo mismo que estaban, y acabose el cuento del
ratón.

El día siguiente fue uno de los más calurosos de aquel verano. En las
habitaciones que caían al Mediodía era imposible parar, porque faltaba
el aire respirable. Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco,
quieto y abrasado tostaba. Ni aun las ramas más altas de los árboles de
la huerta se movían, y el disco de Parson, inmóvil, miraba a la
inmensidad como una pupila cuajada y moribunda. De doce a tres, se
suspendía todo trabajo en la casa, porque no había cuerpo ni espíritu
que lo resistiera.

Algunas monjas se retiraban a su celda a dormir la siesta; otras se iban
a la iglesia que era lo más fresco de la casa, y sentadas en las
banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o
descabezaban un sueñecillo.

Las _Filomenas_ caían también rendidas de cansancio. Algunas se iban a
sus dormitorios, y otras tendíanse en el suelo de la sala de labores o
de la escuela. Las monjas que las vigilaban permitían aquella infracción
a la regla, porque ellas tampoco podían resistir, y cerrando dulcemente
sus ojos y arrullándose en un plácido arrobo, conservaban en las
facciones, como una careta, el mohín de la maestra, cuya obligación es
mantener la disciplina.

En la sala de escuela había dos o tres grupos de mujeres sentadas en los
bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas. Algunas
roncaban con estrépito. La monja se había dormido también con la cabeza
echada hacia atrás y la boca abierta. En una de las carpetas de estudio,
dos recogidas velaban: una era Belén, que leía en su libro de rezos, y
la otra Mauricia la Dura, que tenía la cabeza inclinada sobre la
carpeta, apoyando la frente en un puño cerrado. Al principio, su vecina
Belén creyó que rezaba, porque oyó cierto murmullo y algún silabeo
fugaz. Pero luego observó que lo que hacía Mauricia era llorar.

«¿Qué tienes, mujer?» le dijo Belén, alzándole a viva fuerza la cabeza.

La pecadora no contestó nada; mas la otra pudo observar que su rostro
estaba tan bañado en lágrimas como si le hubiesen echado por la frente
un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandísima humedad
igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena; así al menos lo vio
Belén. Tantas preguntas le hizo esta y tanto cariño le mostró, que al
fin obtuvo respuesta de la pobre mujer desolada, que no parecía tener
consuelo ni hartarse nunca de llorar.

«¿Qué he de tener, desgraciada de mí?--exclamó al fin bebiéndose sus
lágrimas--, sino que hoy, sin saber por qué ni por qué no, me veo tal y
como soy; soy mala, mala, más que mala, y se me vienen al filo del
pensamiento toditos los pecados que he cometido, desde el primero hasta
el último...».

--Pues, hija--arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que
tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos
insinuantes--, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como
las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.

Oír esto Mauricia y dar un gran berrido y soltar otra catarata de
lágrimas fue todo uno.

«No, no, no--murmuró luego entre sollozos tales que parecía que se
ahogaba--. A mí no me puede perdonar, a mí no, porque he sido muy
arrastrada, pero mucho, y cuanto pecado hay, chica, lo he cometido yo...
Y si no, di uno, nómbrame el que quieras, y de seguro que lo tengo
metido aquí...».

--Qué cosas tienes, mujer--observó Belén muy apurada, acordándose de
cuando fue corista y representándose con terror el escenario de la
Zarzuela--; otras han hecho también pecados feos, pero los han llorado
como tú, y cátalas perdonadas.

Mauricia tenía un pañuelo en la mano; pero con la humedad del lloro y
del sudor era ya como una pelota. Amasábalo en la mano y se lo pasaba
por la angustiada frente.

«¿Pero cómo te ha dado así... tan de repente?--dijo la otra confusa.
¡Ah!, es que Dios toca en el corazón cuando menos lo piensa una. Llora,
hija, desahógate, y no te asustes... ¿Sabes lo que vas a hacer? Mañana
te confiesas... Puede que se te haya quedado algo por decir y confesar,
porque siempre se queda algo sin saber cómo, y esos pozos son lo que más
atormenta... pues dilo todo, rebaña bien... Así lo hice yo, y hasta que
lo hice no tuve tranquilidad. Luego el perro de Satanás me atormentaba
por vengarse, y cuando empezaba la misa, a mí me parecía que alzaban el
telón, y cuando yo rompía a cantar, se me venía a la boca aquello de _El
_ _ Siglo_, que dice: _'Somos figurines vivos...'_. Y un día por poco
no lo suelto... Pillinadas del diablo; pero no podía conmigo ni con mi
fe, y tanto hice que lo metí en un puño, y ahora, que se atreva, ¿a que
no se atreve?... Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te
iluminará y te dará su gracia».

Ni por esas. Mientras más consuelos le daba Belén, más inconsolable
estaba la otra, y más caudaloso era el río de sus lágrimas. Sor Antonia,
la madre que gobernaba allí, se despertó, y para disimular su descuido,
dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y añadiendo
que hacía un calor horrible. Un instante después, Belén y la monja
cuchichearon, sin duda a propósito de Mauricia a quien miraban. Tenía
Belén vara alta con las señoras, por su humildad y devoción y por la
diligencia con que iba a contarles cuanto hacían y decían sus
compañeras.

Era domingo, y a las cuatro toda la comunidad entró en la iglesia donde
había ejercicio y sermón. Las _Filomenas_ ocuparon su sitio detrás de
las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza. Las _Josefinas_
permanecían en la habitación que hacía de coro. Belén y las damas
cantoras entonaban inocentes romanzas, mientras duró el Manifiesto, en
las cuales se decía que tenían el _pecho ardiendo en llamas de amor_ y
otras candideces por el estilo. La que tocaba el _harmonium_ hacía en
los descansos unos ritornellos muy cursis. Pero a pesar de estas
profanaciones artísticas, la iglesita estaba muy mona, como diría
Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la
fragancia de las flores naturales.

A Fortunata le tocó al lado Mauricia. Cuenta la que después fue señora
de Rubín que en una ocasión que miró a su compañera, hubo de observar al
través del velo suyo y del de ella una expresión tan particular que se
quedó atónita. Mauricia, al entrar, lloraba; pero al cabo de un rato más
bien parecía reírse con contenida y satánica risa. Fortunata no pudo
comprender el motivo de esto, y creyó que la oscuridad del velo le
desfiguraba la realidad de la cara de su pareja. Volvió a mirar con
disimulo, haciendo que se volvía para ahuyentar una mosca, y... ello
podría ser ilusión, pero los ojos de Mauricia parecían dos ascuas. En
fin, todo sería aprensión.

Subió D. León Pintado al púlpito y echó un sermonazo lleno de los
amaneramientos que el tal usaba en su oratoria. Lo que aquella tarde
dijo habíalo dicho ya otras tardes, y ciertas frases no se le caían de
la boca. Tronó, como siempre, contra los librepensadores, a quienes
llamó _apóstoles del error_ unas mil y quinientas veces. Al salir de la
iglesia, Fortunata echó, como de costumbre, una mirada al público, que
estaba tras de la verja de madera, y vio a Maximiliano, que no faltaba
ningún domingo a aquella amorosa cita muda. Le vio con simpatía. Notaba
gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos físicos
del apreciable joven. ¡Si serían aquellos los brotes del amor por la
hermosura del alma! Lo que más consolaba a Fortunata era la esperanza
cada día más firme, porque el capellán se lo había dicho no pocas veces
en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su
marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le había de amar;
pero no así de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del
alma. También le decía esto la forma, _la idea blanca_ encerrada en la
custodia.

--ix--.

Llegada la noche, y recogidas las _Josefinas_ a su dormitorio, las
madres permitieron que las _Filomenas_ estuvieran en la huerta hasta más
tarde de lo reglamentario, por ver si salía un poco de fresco. Eran ya
las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se movía; las estrellas
parecían más próximas según el fulgor vivísimo con que brillaban, y
veíase entre las grandes y medianas mayor número, al parecer, de las
pequeñitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido
sobre aquel azul intensísimo.

La luna nueva se puso temprano, bajando al horizonte como una hoz,
rodeada de aureola blanquecina que anunciaba más calor para el día
siguiente.

Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la
escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y
se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel. Algunas
miraban el motor de viento que seguía inmóvil. Al borde del estanque que
está al pie del aparato, había tres mujeres, Fortunata, Felisa y doña
Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del
agua próxima. Aquel era el mejor sitio; pero no lo decían, porque el
egoísmo les hacía considerar que si se enracimaban allí todas las
mujeres, el escaso fresco del agua se repartiría más y tocarían a menos.
En el opuesto lado de la huerta, que era el sitio más apartado y feo,
había un tinglado, bajo el cual se veían tiestos vacíos o rotos, un
montón de mantillo que parecía café molido, dos carretillas, regaderas y
varios instrumentos de jardinería. En otro tiempo hubo allí un cubil, y
en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios; pero el
Ayuntamiento mandó quitar el animal de San Antón, y el cubil estaba
vacío.

Desde el anochecer se puso allí Mauricia la Dura, sola, sobre el montón
de mantillo; y como era el sitio más caldeado, nadie la quiso
acompañar.

Alguna se le aproximó en son de burla; pero no pudo obtener de ella una
sola palabra. Estaba sentada a lo moro, con los brazos caídos, la cabeza
derecha, más napoleónica que nunca, la vista fija enfrente de sí con
dispersión vaga más bien de persona soñadora que meditabunda. Parecía
lela o quizás tenía semejanza con esos penitentes del Hindostán que se
están tantísimos días seguidos mirando al cielo sin pestañear, en un
estado medio entre la modorra y el éxtasis. Ya era tarde cuando se le
acercó Belén sentándosele al lado. La miró atentamente, preguntándole
que qué hacía allí y en qué pensaba, y por fin Mauricia desplegó sus
labios de esfinge, y dijo estas palabras que le produjeron a Belencita
una corriente fría en el espinazo:

«He visto a Nuestra Señora».

--¿Qué dices, mujer, qué te pasa?--le preguntó la ex-corista con
ansiedad muy viva.

--He visto a la Virgen--repitió Mauricia con una seguridad y aplomo que
dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa.

--¿Tú estás segura de lo que dices?

--¡Oh!... Así me muera si no es verdad. Te lo juro por estas
cruces--dijo la iluminada con voz trémula, besándose las manos--. La he
visto... bajó por allí, donde está el abanicón de la noria... Bajaba en
mitad de una luz... ¿cómo te lo diré?... de una luz que no te puedes
figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles...

--¡Como las mieles!--repitió Belén no comprendiendo.

--Pues... tan dulce que... Después vino andando, andando hacia acá y se
puso allí, delantito. Pasó por entre vosotras y vosotras no la veíais.
Yo sola la veía... No traía el niño Dios en brazos. Dio dos o tres
pasitos más y se paró otra vez. Mira, ¿ves aquella piedrecita?, pues
allí... y me estuvo mirando... Yo no podía respirar.

--¿Y te dijo algo, te dijo algo?--preguntó Belén toda ojos, pálida como
una muerta.

--Nada... pero lloraba mirándome... ¡Se le caían unos lagrimones...! No
traía nene Dios; _paicía_ que se lo habían quitado. Después dio la
vuelta para allá y volvió a pasar entre vosotras sin que la vierais,
hasta llegar _mismamente_ a aquel árbol... Allí vi muchos angelitos que
subían y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y...

--Y de las ramas al tronco...--Y después... ya no vi nada... Me quedé
como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver
gota, sin poder moverme. Sentía aquí, entre mí, una cosa...

--Como una pena...--Como pena no, un gusto, un consuelo...

Se acercó entonces Fortunata, y ambas callaron.

--Si están de secreto, me voy.

--Yo creo--dijo Belén, después de una grave pausa--, que eso debes
consultarlo con el confesor.

Mauricia se levantó y andando lentamente retirose a la habitación donde
dormía y tenía su ropa. Creyeron las otras dos que se había ido a
acostar, y quedáronse allí haciendo comentarios sobre el extraño caso,
que Belén transmitió a Fortunata con todos sus pelos y señales. Belén lo
creía o afectaba creerlo, Fortunata no. Pero de pronto vieron que la
Dura volvía y se sentaba de nuevo sobre el montón de mantillo. Miráronla
con recelo y se alejaron.

De pronto sonó en la huerta un ¡ah! prolongado y gozoso, como los que
lanza la multitud en presencia de los fuegos artificiales. Todas las
recogidas miraban al disco, que se había movido solemnemente, dando dos
vueltas y parándose otra vez. «Aire, aire» gritaron varias voces. Pero
el motor no dio después más que media vuelta, y otra vez quieto. El
vástago de hierro chilló un instante, y las que estaban junto al
estanque oyeron en lo profundo de la bomba una regurgitación tenue. El
caño escupió un salivazo de agua, y todo quedó después en la misma
quietud chicha y desesperante.

Belén se había puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor
Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leída y escribida,
bondadosa e inocente hasta no más, directora de todas las funciones
extraordinarias,. camarera de la Virgen y de todas las imágenes que
tenían alguna ropa que ponerse, muy querida de las _Filomenas_ y aún más
de las Josefinas, y persona tan candorosa, que cuanto le decían, sobre
todo si era bueno, se lo creía como el Evangelio. Basta decir en elogio
de la _sancta simplicitas_ de esta señora, que en sus confesiones jamás
tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado
nunca;. mas como creyera que era muy desairado no ofrecer nada
absolutamente ante el tribunal de la penitencia, revolvía su magín
buscando algo que pudiera tener siquiera un tufillo de maldad, y se
rebañaba la conciencia para sacar unas cosas tan sutiles y sin
sustancia, que el capellán se reía para su sotana. Como el pobre D. León
Pintado tenía que vivir de aquello, lo oía seriamente, y hacía que
tomaba muy en consideración aquellos pecados tan superfirolíticos que no
había cristiano que los comprendiera... Y la monja se ponía muy
compungida, diciendo que no lo volvería a hacer; y él, que era muy tuno,
decía que sí, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatín
y que patatán... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la más alta
aristocracia, que dejó riquezas y posición por meterse en aquella vida,
mujer pequeñita, no bien parecida, afable y cariñosa, muy aficionada a
hacerse querer de las jóvenes. Llevaba siempre tras sí, en las horas de
recreo, un hato de niñas precozmente místicas, preguntonas, rezonas y
cuya conducta, palabras y entusiasmos pertenecían a lo que podría
llamarse _el pavo_ de la santidad.

Difícil es averiguar lo que pasó en el cotarro que formaban Sor Facunda
y sus amiguitas. Ello fue que Belén, temblando de emoción y con la cara
ansiosa, dijo a la monja: «Mauricia ha visto a la Virgen...». Y poco
después repetían las otras con indefinible asombro: «¡Ha visto a la
Virgen!».

Sor Facunda, seguida de su escolta, se acercó a Mauricia, a quien miró
un buen rato sin decirle palabra. Estaba la infeliz mujer en la misma
postura morisca, la cabeza apoyada sobre las rodillas. Parecía llorar.

«Mauricia--le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que
en ella equivalía a la gracia divina--. Porque hayas sido muy mala no
vayas a creerte que Dios te niega su perdón».

Oyose un gran bramido, y la reclusa mostró su cara inundada de llanto.
Dijo algunas palabras ininteligibles y estropajosas, a las que Sor
Facunda y compañía no sacaron ninguna sustancia. De repente se levantó.
Su rostro, a la claridad de la luna, tenía una belleza grandiosa que las
circunstantes no supieron apreciar. Sus ojos despedían fulgor de
inspiración. Se apretó el pecho con ambas manos en actitud semejante a
las que la escultura ha puesto en algunas imágenes, y dijo con acento
conmovedor estas palabras:

«¡Oh mi señora!... te lo traeré, te lo traeré...».

Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto
desapareció. Sor Facunda habló con las otras madres. Cuando toda la
comunidad, a la voz de la Superiora, se recogía abandonando la huerta y
subiendo lentamente a las habitaciones (la mayor parte de las mujeres de
mala gana, porque el calor de la noche convidaba a estar al aire libre),
corrió la voz de que la visionaria se había acostado.

Fortunata, que pocos días antes fue trasladada al dormitorio en que
estaba Mauricia, vio que esta se había acostado vestida y descalza.
Acercose a ella y por su bronca respiración creyó entender que dormía
profundamente. Mucho le daba qué pensar el singular estado en que su
amiga se había puesto, y esperaba que le pasaría pronto, como otros
_toques_ semejantes aunque de diverso carácter. Largo tiempo estuvo
desvelada, pensando en aquello y en otras cosas, y a eso de las doce,
cuando en el dormitorio y en la casa toda reinaban el silencio y la paz,
notó que Mauricia se levantaba. Pero no se atrevió a hablarle ni a
detenerla, por no turbar el silencio del dormitorio, iluminado por una
luz tan débil que le faltaba poco para extinguirse. Mauricia atravesó
la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue. Poco después
Fortunata sentía sueño y se aletargaba; mas en aquel estado indeciso
entre el dormir y el velar, creyó ver a su compañera entrar otra vez en
el dormitorio sin que se le sintieran los pasos. Metiose debajo de la
cama, donde tenía un cofre; revolvió luego entre los colchones...
Después Fortunata no se hizo cargo de nada, porque se durmió de veras.

Mauricia salió al corredor, y atravesándolo todo, se sentó en el primer
peldaño de la escalera.

«Te digo que me atreveré...».

¿Con quién hablaba? Con nadie, porque estaba enteramente sola. No tenía
más compañía en aquella soledad que las altas estrellas.

«¿Qué dices?--preguntó después como quien sostiene un diálogo--. Habla
más alto, que con el ruido del órgano no se oye. ¡Ah!, ya entiendo...
Estate tranquila, que aunque me maten, yo te lo traeré. Ya sabrán quién
es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios... Ja ja ja... Mañana, cuando
venga el capellán y bajen esas tías pasteleras a la iglesia, ¡qué chasco
se van a llevar!».

Soltando una risilla insolente, se precipitó por la escalera abajo. ¿Qué
demonios pasaba en aquel cerebro?... Entró por la puerta pequeña que
comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez
allí pasó sin obstáculo al vestíbulo, tentando la pared porque la
oscuridad era completa. Se le oía un cierto rechinar de dientes y algún
monosílabo gutural que lo mismo pudiera ser signo de risa que de cólera.
Por fin llegó palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la
cerradura con las manos, empezó a rasguñar en el hierro. La llave no
estaba puesta... «¡Peines y peinetas, dónde estará la condenada llave!»
murmuró con un rugido de hondísimo despecho. Probó a abrir valiéndose de
la fuerza y de la maña. Pero ni una ni otra valían en aquel caso. La
puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada. Siguió la infeliz mujer
exhalando gemidos, como los de un perro que se ha quedado fuera de su
casa y quiere que le abran. Después de media hora de inútiles esfuerzos,
desplomose en el umbral de la puerta, e inclinando la cabeza se durmió.
Fue uno de esos sueños que se parecen al morir instantáneo. La cabeza
dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que
quedaba el cuerpo al caer doblándose con violencia, fue causa de que el
resuello se le dificultara, produciéndose en los conductos de la
respiración silbidos agudísimos, a los que siguió un estertor como de
líquidos que hierven.

Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no había podido hacer
despierta, y prosiguió la acción interrumpida por una puerta bien
cerrada. Faltó el hecho real, pero no la realidad del mismo en la
voluntad. Entró, pues, la tarasca en la iglesia y allí pudo andar sin
tropiezo, porque la lámpara del altar daba luz bastante para ver el
camino. Sin vacilar dirigió sus pasos al altar mayor, diciendo por el
camino: «Si no te voy a hacer mal ninguno, Diosecito mío; si voy a
llevarte con tu mamá que está ahí fuera llorando por ti y esperando a
que yo te saque... ¿Pero qué?... no quieres ir con tu mamaíta... Mira
que te está esperando... tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito
lleno de estrellas y los pies encima del _biricornio_ de la luna...
Verás, verás, qué bien te saco yo, monín... Si te quiero mucho; ¿pero no
me conoces?... Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita».

Aunque andaba muy aprisa, tardaba mucho tiempo en llegar al altar,
porque la capilla, que era tan chica, se había vuelto muy grande. Lo
menos había media legua desde la puerta al altar... Y mientras más
andaba, más lejos, más lejos... Llegó por fin y subió los dos, tres,
cuatro escalones, y le causaba tanta extrañeza verse en aquel sitio
mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finísimo y albo lienzo,
que un rato estuvo sin poder dar el último paso. Le entró una risa
convulsiva cuando puso su mano sobre el ara sagrada... «¿Quién me había
de decir?... ¡oh, mi re--Dios de mi alma que yo... ji ji ji!...». Apartó
el Crucifijo que está delante de la puerta del sagrario, alargó luego el
brazo; pero como no alcanzaba, alargábalo más y más, hasta que llegó a
dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir
la puerta que sólo tocan las manos ungidas del sacerdote. Levantando la
cortinilla, buscó un momento en el misterioso, santo y venerado hueco...
¡Oh!, no había nada. Busca por aquí, busca por allí y nada... Acordose
de que no era aquel el sitio donde está la custodia, sino otro más alto.
Subió al altar, puso los pies en el ara santa... Busca por aquí, por
allí... ¡Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metálico pie de la
custodia. Pero qué frío estaba, tan frío que quemaba. El contacto del
metal llevó por todo lo largo del espinazo de Mauricia una corriente
glacial... Vaciló. ¿Lo cogería, sí o no? Sí, sí mil veces; aunque
muriera, era preciso cumplir. Con exquisito cuidado, más con gran
decisión, empuñó la custodia bajando con ella por una escalera que antes
no estaba allí. Orgullo y alegría inundaron el alma de la atrevida mujer
al mirar en su propia mano la representación visible de Dios... ¡Cómo
brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qué misteriosa y
plácida majestad la de la hostia purísima, guardada tras el cristal,
blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser más que una
sustancia de delicado pan!

Con increíble arrogancia Mauricia descendía, sin sentir peso alguno.
Alzaba la custodia como la alza el sacerdote para que la adoren los
fieles... «¿Veis cómo me he atrevido?--pensaba--. ¿No decías que no
podía ser?... Pues pudo ser, ¡qué peine!». Seguía por la iglesia
adelante. La purísima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera
ojos... y la sacrílega, al llegar bajo el coro, empezaba a sentir miedo
de aquella mirada. «No, no te suelto, ya no vuelves allí... ¡A casa con
tu mamá...! ¿sí? ¿Verdad que el niño no llora y quiere ir con su
mamá?...». Diciendo esto, atrevíase a agasajar contra su pecho la
sagrada forma. Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos
profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la
tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son. Había desaparecido
toda sensación de la materialidad de la custodia; no quedaba más que lo
esencial, la representación, el símbolo puro, y esto era lo que Mauricia
apretaba furiosamente contra sí. «Chica--le decía la voz--, no me
saques, vuelve a ponerme donde estaba. No hagas locuras... Si me sueltas
te perdonaré tus pecados, que son tantos que no se pueden contar; pero
si te obstinas en llevarme, te condenarás. Suéltame y no temas, que yo
no le diré nada a D. León ni a las monjas para que no te riñan...
Mauricia, chica, ¿qué haces...? ¿Me comes, me comes...?».

Y nada más... ¡Qué desvarío! Por grande que sea un absurdo siempre tiene
cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana.

--x--.

Por la mañana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al
salir de sus respectivas celdas.

«Créame usted--dijo Sor Facunda--, algo hay de extraordinario.
Consultaré ahora mismo con D. León. El caso de Mauricia debe de
examinarse detenidamente».

Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba
acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compañera, no hizo más que
sonreír con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: «qué tonta es usted,
hija»; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia
el guardarropa.

«¿Pero en dónde está esa loca?» preguntó después.

--No parece por ninguna parte--dijo Fortunata, que por orden de Sor
Marcela había bajado en busca de su amiga--. Arriba no está.

En los dormitorios de las _Filomenas_ había gran tráfago. Todas se
lavaban la cara y las manos, riñendo por el agua, cuestionando sobre si
tú me quitaste la toalla o si esa es mi agua. «Que no, que mi agua es
esta». Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a
comérselo. «¡Ay, qué hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que
suda una; no se puede vivir... ¡Y ponerse ahora la toca!».

Sor Antonia entraba, imponía silencio y les daba prisa. Oíase el
esquilón de la capilla. El sacristán se había asomado varias veces por
la reja de la sacristía que da al vestíbulo diciendo sucesivamente:
«Todavía no ha venido don León...» «ya está ahí D. León...» «ya se está
vistiendo». Oíanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que
iba hacia el templo a oír la primera misa. Delante fueron las
_Josefinas_, soñolientas aún y dando bostezos, empujándose unas a otras.
Seguían las _Filomenas_ con cierto orden, las más diligentes dando prisa
a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de
colegio, que se hace superior a la disciplina más severa. Entre chacota
y risas se oía el rumorcillo aquel: «Mauricia... ¿no sabéis? Vio anoche
la propia figura de la Virgen».

--Mujer, quita allá.--Mi palabra... Pregúntaselo a Belén.

--¡Bah!, ni que fuéramos tontas...

--¿La cara de la Virgen?... Vaya... Sería la de Nuestra Señora del
Aguardiente.

Pero Sor Facunda y las de su cotarro iban por la escalera abajo
diciendo que el hecho podía ser falso, y podía también no serlo; y que
el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras
muchísimo más perversas se había valido Dios para sus fines.

Dijo la misa D. León, que parecía _el padre fuguilla_ por la presteza
con que despachaba. Había sido cura de tropa, y a las monjas no les
acababa de gustar la marcial diligencia de su capellán. Más tarde
celebraba don Hildebrando, cura francés de los de babero, el cual era lo
contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increíble.

Cuando la comunidad salía de la capilla, doña Manolita, que había
entrado de las últimas, sofocada, se acercó a la Superiora y le dijo que
Mauricia estaba en la huerta sobre el montón de mantillo.

--Ya... en la basura--replicó Sor Natividad frunciendo el ceño--; es su
sitio.

Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de
pan. Animación mundana reinaba en el frugal desayuno, y aunque las
monjas se esforzaban por mantener un orden cuartelesco, no lo podían
conseguir.

«Ese plato es el mío. Dame mi servilleta... Te digo que es la mía...
¡Vaya! ¡Ay, San Antonio, qué duro está el pan!... Este sí que es de la
boda de San Isidro.

--¡A callar!

Algunas tenían un apetito voraz; se habrían comido triple ración, si se
la dieran.

Inmediatamente después empezaba a distribuirse toda aquella tropa
mujeril, como soldados que se incorporan a sus respectivos regimientos.
Estas bajaban a la cocina, aquellas subían a la escuela y salón de
costura, y otras, quitándose las tocas y poniéndose la falda de
_mecánica_, se dedicaban a la limpieza de la casa.

Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda,
cuando llegó muy apurada una reclusa, diciendo: «Le he mandado que venga
y no quiere venir. Me ha querido pegar. ¡Si no echo a correr...! Después
cogió un montón de aquella basura y me lo tiró. Mire usted...».

La recogida enseñó a las madres su hombro manchado de mantillo.

«Tendré que ir yo... ¡Ay, qué mujer!... ¡qué guerra nos da!--dijo la
Superiora...--. ¿Dónde está Sor Marcela? Que traiga la llave de la
perrera. Hoy tendremos _chínchirri-máncharras_... Está más tocada que
nunca. Dios nos dé paciencia.

--¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo--indicó Sor Antonia con
franca risa y bizcando más los ojos--, que Mauricia había visto a la
Virgen!

La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca. Tres o
cuatro _Filomenas_ de las más hombrunas bajaron a la huerta con orden
expresa de traer a la visionaria.

--¡Pobre mujer y qué perdida se pone!--observó Sor Natividad dentro del
corrillo de monjas que se iba formando--. Males de nervios, y nada más
que males de nervios.

Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se
acercaba con semblante extraordinariamente afligido.

«¿Pero no ha consultado usted este caso con el señor capellán?» le dijo.

--Sí--replicó Sor Natividad con un poco de humorismo--, y el capellán me
ha dicho que la meta en la perrera.

--¡Encerrarla porque llora!...--exclamó la otra que en su timidez no se
atrevía a contradecir a la Superiora--. El caso merecía examinarse.

--Para preverlo todo--indicó la vizcaína--, avisaremos también al
médico.

--¿Y qué tiene que ver el médico...? En fin, yo no sé. Quien manda,
manda. Pero me parecía... Ello podrá ser cosa física; pero ¿si no lo
fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco
me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, ¿qué puede ser sino
arrepentimiento? A saber los medios que el Señor escoge...

Y se retiró a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda
alejándose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y
golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante
descompuesto por la ira estaba más feo que nunca; con la prisa que traía
apenas podía respirar, y las primeras frases le salieron de la boca
desmenuzadas por el enojo: «Ya, ya sabemos... ¡San Antonio!...
bribona... parece mentira... ¡Ay, Dios mío!, si es para volverse
loca...».

Habló algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al oírlas
puso una cara que daba miedo.

«Yo... bien lo sabe usted...--balbució Sor Marcela--, lo tenía para mi
mal del estómago... coñac superior».

--Pero esa maldita ¿cómo...? Si esto parece... ¡Jesús me valga! Estoy
horrorizada. ¿Pero cuándo...?

--Es muy sencillo... hágase usted cargo. Anteayer, ¡San Antonio
bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el
ratón.

A la Superiora se le escapó, sin poderlo remediar, una ligera
sonrisilla; mas al punto volvió a poner cara de palo. Y la enana corrió
hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad
se lo repitió a Fortunata, sin poner un freno a su ira: «¿Habrase visto
diablura semejante?... ¿Qué te parece? ¡Estamos todas horripiladas!».

Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizás no la cogía de nuevo
la declaración de la monja. Obedeciendo a esta subió al dormitorio en
busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga.

«Ahí tienen ustedes--decía la Superiora a las que más cerca de ella
estaban--, cómo esa arrastrada ha visto visiones... ¡Ya!, ¡qué no vería
ella!... ¿Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos
otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas...».

La cojita se presentó otra vez en el corrillo mostrando la enorme llave
de la perrera; la esgrimía como si fuera una pistola, con amenaza
homicida. Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre
el suelo tenía una violencia y sonoridad excepcionales. En esto llegó
Fortunata trayendo una botella, que al punto le arrebató Sor Marcela.

«¡Vacía, enteramente vacía!--exclamó esta levantándola en alto y
mirándola al trasluz--. Y estaba casi llena, pues apenas...».

Aplicó después su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con
lastimera entonación: «No ha dejado más que el olor... ¡Bribonaza!, ya
te daría yo bebida...». De la nariz de la coja pasó el cuerpo del delito
a la de Sor Natividad y de esta a otras narices próximas, resultando, de
la apreciación del tufo, mayor severidad en el comentario del crimen.

«¡Qué asco! Buen pechugón se ha dado...--exclamó la Superiora--. Ya,
¡cómo estará aquel cuerpo con todo ese líquido ardiente! Nunca nos había
pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos. ¿Pero viene o no?».

Bajaba ya, decidida a abreviar la tardanza del acto de justicia, cuando
se oyó un gran tumulto. Las tres mujeronas que habían ido en busca de la
delincuente, pasaban de la huerta al patio por la puertecilla verde,
huyendo despavoridas y dando voces de pánico. Sonó en dicha puerta el
estampido de un fuerte cantazo.

«¡Que nos mata, que nos mata!» gritaban las tres, recogiendo sus faldas
para correr más fácilmente por la escalera arriba. Asomáronse las madres
al barandal del corredor que sobre el patio caía, y vieron aparecer a
Mauricia, descalza, las melenas sueltas, la mirada ardiente y
extraviada, y todas las apariencias, en fin, de una loca. La Superiora,
que era mujer de genio fuerte, no se pudo contener y desde arriba gritó:
«Trasto... infame, si no te estás quieta, verás».

«Una pareja, una pareja de Orden Público» apuntaron varias voces de
monjas.

--No... veréis... Si yo me basto y me sobro...--indicó la Superiora,
haciendo alarde de ser mujer para el caso--. Lo que es conmigo no juega.

Púsose Mauricia de un salto en el rincón frontero al corredor donde las
madres estaban, y desde allí las miró con insolencia, sacando y
estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentísimos.

«¡Tiorras, so tiorras!» gritaba, e inclinándose con rápido movimiento,
cogió del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empezó a dispararlos
con tanto vigor como buena puntería. Las monjas y las recogidas, que al
sentir el alboroto salieron en tropel a los corredores del principal y
del segundo piso, prorrumpieron en chillidos. Parecía que se venía el
mundo abajo. ¡Dios mío, qué bulla! Y a las exclamaciones de arriba
respondía la tarasca con aullidos salvajes.

Unas se agachaban resguardándose tras el barandal de fábrica cuando
venía la pedrada; otras asomaban la cabeza un momento y la volvían a
esconder. Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella
endemoniada mujer. Parecía una amazona. Tenía un pecho medio
descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le
azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que hacía con el
brazo derecho. Su catadura les parecía horrible a las señoras monjas;
pero estaba bella en rigor de verdad, y más arrogante, varonil y
napoleónica que nunca.

Sor Marcela intentó bajar valerosa, pero a los tres peldaños cogió miedo
y viró para arriba. Su cara filipina se había puesto de color de
mostaza inglesa.

«¡Verás tú si bajo, infame diablo!» era su muletilla; pero ello es que
no bajaba.

Por una reja de la sacristía que da al patio, asomó la cara del
sacristán, y poco después la de D. León Pintado. Dos monjas que estaban
de turno en la portería se asomaron también por otra ventana baja; pero
lo mismo fue verlas Mauricia que empezar también a mandarles piedras.
Nada, que tuvieron que retirarse. Asustadas las infelices, quisieron
pedir auxilio. En aquel instante llamó alguien a la puerta del convento,
y a poco entró una señora, de visita, que pasó al salón, y enterándose
de lo que ocurría, asomose también a la ventana baja. Era Guillermina
Pacheco, que se persignó al ver la tragedia que allí se había armado.

«¡En el nombre del...! ¡Pero tú!... ¡Mauricia!... ¿cómo se entiende?...
¿qué haces?... ¿estás loca?».

La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina salió
al patio por la puerta que lo comunica con el vestíbulo.

«Guillermina--gritó Sor Natividad desde arriba--, no salgas...
Cuidado... mira que es una fiera... Ahí tienes, ahí tienes la alhaja que
tú nos has traído... Retírate por Dios, mira que está loca y no
repara... Hazme el favor de llamar a una pareja de Orden Público».

--¿Qué pareja ni pareja?--dijo Guillermina incomodadísima--.
¡Mauricia!... ¡cómo se entiende!

Pero no había tenido tiempo de decirlo cuando una peladilla de arroyo le
rozó la cara. Si le da de lleno la descalabra.

«¡Jesús!... Pero no, no es nada».

Y llevándose la mano a la parte dolorida, clamó: «Infame, a mí, a mí me
has tirado!».

«A usted, sí, y a todo el género mundano--gritó con voz tan ronca, que
apenas se entendía--, so tía pastelera... Váyase pronto de aquí».

Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban.
En esto, D. León Pintado había abierto con no poco trabajo la reja de la
sacristía; saltó al patio, única manera de comunicarse con el convento
desde la sacristía, y abalanzándose a Mauricia le sujetó ambos brazos.

«¡Suéltame, León, capellán de peinetas!» rugió la visionaria...

Pero Pintado tenía manos de hierro, aunque era de pocos ánimos, y una
vez lanzado al heroísmo, no sólo sujetó a Mauricia, sino que le aplicó
dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capellán salió
también su acólito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas,
viendo sojuzgado al enemigo, arriesgáronse a bajar y acudieron a
Guillermina, que con el pañuelo se restañaba la sangre de su leve
herida. Con cierta tranquilidad, y más risueña que enojada, la fundadora
dijo a sus amigas: «¡Cuidado que pasan unas cosas...! Yo venía a que me
dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qué pronto me
he salido con la mía... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se
vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar».

«Ahora mismo. D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora.

--¡Zángano!... ¡mala puñalada te mate!...--bramaba Mauricia, que ya
tenía pocas fuerzas y había caído al suelo--. ¡Un sacerdote pegando a
una... señora!

--Que le traigan su ropa--gritó Sor Natividad--. Pronto, pronto. Me
parece mentira que la veré salir...

Mauricia ya no se defendía. Había perdido su salvaje fuerza; pero su
semblante expresaba aún ferocidad y desorden mental.

Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego
un mantón...

--Bajarlo, hijas, bajarlo--dijo desde el patio la Superiora, mirando
hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus
órdenes. Fortunata bajó un lío de ropa, y recogiendo las botas, se lo
dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena
descrita había impresionado desagradablemente a la joven, que sintió
profunda compasión de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido,
quizás ella habría aplacado a la bestia.

«Toma tu ropa, tus botas--le dijo en voz baja y en tono apacible--.
Pero, hija, ¡cómo te has puesto!... ¿No conoces ya que has estado
trastornada?».

--Quítate de ahí, pendoncillo... quítate o te...

--Dejarla, dejarla--dijo la Superiora--. No decirle una palabra más. A
la calle, y hemos concluido.

Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa. Al
ponerse en pie pareció recobrar parte de su furor.

«Que se te queda este lío».

--Las botas, las botas. La tarasca lo recogió todo. Ya salía sin decir
nada, cuando Guillermina la miró severamente.

«¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia».

Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.

--Póngase usted las botas--le gritó la Superiora.

--No me da la gana. Abur... ¡Son todas unas judías pasteleras...!

--Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia--dijo Sor
Natividad a sus compañeras, tapándose los oídos.

Se le franquearon todas las puertas, abriéndolas de par en par y
resguardándose tras las hojas de ellas, como se abren las puertas del
toril para que salga la fiera a la plaza. La última que cambió algunas
palabras con ella fue Fortunata, que la siguió hasta el vestíbulo movida
de lástima y amistad, y aún quiso arrancarle alguna declaración de
arrepentimiento. Pero la otra estaba ciega y sorda; no se enteraba de
nada, y dio a su amiga tal empujón, que si no se apoya en la pared cae
redonda al suelo.

Salió triunfante, echando a una parte y otra miradas de altivez y
desprecio. Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de
júbilo y gritó: «¡Ay, mi querida calle de mi alma!». Extendió y cerró
los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que
veían sus ojos. Respiró después con fuerza, parose mirando azorada a
todos lados, como el toro cuando sale al redondel. Luego, orientándose,
tiró muy decidida por el paseo abajo. Era cosa de ver aquella mujerona
descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un
lío bajo el brazo y las botas colgando de una mano. Las pocas personas
que por allí pasaban, miráronla con asombro. Al llegar junto a los
almacenes de la Villa, pasó junto a varios chicos, barrenderos, que
estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano.
Tuviéronla ellos por persona de poco más o menos y se echaron a reír
delante de su cara napoleónica.

«Vaya, que buena _curda_ te llevas, ¡oleeé!...».

Y ella se les puso delante en actitud arrogantísima, alzó el brazo que
tenía libre y les dijo:

«¡Apóstoles del error!».

Prorrumpiendo al mismo tiempo en estúpida risa, pasó de largo. A los
barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y poniéndose en marcha con
las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrás
de Mauricia, como una escolta de burlesca artillería, haciendo un ruido
de mil demonios y disparándole bala rasa de groserías e injurias.