En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole
una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas
ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de
confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor
Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.
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