¡Ah!, entonces sí que estaba yo
bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que
no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de
agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que
vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron
unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello
no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres
copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a
medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la
redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención.
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