El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles
llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas
empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de
los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las
cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos
deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al
menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda
mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.
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