Ernesto de Tal IV - Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 4 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
92 Units
100% Translated
100% Upvoted
El mozo de la nariz larga no pertenecía al número de enamorados arribistas; sus intenciones eran estrictamente matrimoniales. Tenía veintiséis años, era trabajador, apreciado, ahorrador, sencillo y sincero, un verdadero hijo de Minas. Podía dar la felicidad a una joven.

La joven, por su parte, había sabido insinuarse tanto en la mente de él, que por poco le hace perder el empleo. Un día, al acercarse el jefe al escritorio en el que él trabajaba, vio un papelito debajo del tintero y leyó la palabra amor, repetida dos o tres veces. Con una, hubiera sido suficiente para que se subiera por las paredes. El Sr. Gomes Arruda frunció el entrecejo, concentró las ideas e improvisó una alocución extensa y amenazadora, de la que el mísero contable solo entendió quedarse en la calle.

Quedarse en la calle es una expresión grave. El contable meditó sobre ella, reconoció la justicia del patrón y trató de enmendar los descuidos, no el amor. El amor iba echando raíces cada vez más en él; era la primera pasión seria que el joven sentía, añadiendo que había acertado al dar con una maestra en el oficio.

"Esto no puede seguir así", pensaba el joven de la nariz larga, rascándose la barbilla y caminando una noche para casa, "lo mejor es casarme y acabar de una vez. Con lo que me dan en casa y el producto de algún negocio por fuera, creo que podré correr con los gastos, el resto es cosa de Dios".

No tardó Ernesto en desconfiar de las intenciones del chico de la nariz larga. Una vez llegó a sorprender una mirada entre la joven y el rival. Se enfadó, y en la primera ocasión que tuvo interpeló a la novia con respecto a aquella circunstancia equívoca.

–¡Confiese! decía él.

–¡Oh! ¡Dios mío! exclamó la joven; desconfías de todo. Miré para él, sí, es verdad, pero miré por tu causa.

–¿Por mi causa? preguntó Ernesto con un tono helado de ironía.

—Sí, le examinaba la corbata que es muy bonita, para darte una en el día de Año Nuevo. Ahora que me he visto obligada a descubrirlo todo, mira si me recuerdas otro regalo, porque ese ya no sirve.

Ernesto se dio cuenta; recordó que efectivamente había en el mirar de la joven cierta intención dadivosa, si me permiten este adjetivo obsoleto; todo su enfado se convirtió en una sonrisa amble y arrepentida y el enfado no fue a más.

Días más tarde, era un domingo, estando ambos en la sala y un hijo de Vieira en la ventana, fueron los dos enamorados interrumpidos por el pequeño que había bajado gritando: ¡Ahí viene! ¡Ahí viene!

—¿Quién? dijo Ernesto sintiendo que se le aplastaba el corazón.

Llegó a la ventana: era el rival.

Al mismo tiempo apareció la tía de Rosina; una tempestad inminente ya se cernía en la frente azorada de Ernesto.

Poco después entró en la sala el joven de la nariz grande que, al ver a Ernesto, pareció sonreír maliciosamente. Ernesto lo acordonó con la mirada. Sus miradas, si fuesen puñales, habrían cometido dos asesinatos en aquel instante. Se contuvo, sin embargo, para observar mejor a los dos. Rosina no parecía prestarle al otro atención de carácter especial; lo trataba con educación solamente. Esto tranquilizó un poco el ánimo revuelto de Ernesto, que al cabo de una hora había vuelto a su usual felicidad completa.

No se fijó sin embargo en las miradas desconfiadas que el chico de la nariz larga le lanzaba de vez en cuando. La sonrisa maliciosa había desaparecido de los labios del contable. La sospecha le había entrado en el espíritu al ver la manera indiferente, o casi, con que lo trataba Rosina, aunque tratara de igual modo al otro pretendiente.

¿Será seriamente un rival? pensaba el joven de la nariz larga.

En la primera ocasión en que pudo intercambiar dos palabras con la novia, sin testigos, lo que ocurrió al día siguiente, le manifestó la desconfianza que le había oscurecido el espíritu hasta entonces tan color de rosa. Rosina soltó una carcajada, una de esas carcajadas que llevan la convicción al fondo del alma, hasta tal punto que el chico de la nariz larga juzgó cuestión de dignidad no insistir en la absurda sospecha.

–Ya te lo dije: él tiene muchas ganas de que salgamos juntos, pero pierde el tiempo: yo solo tengo una cara y un corazón.

–¡Oh! ¡Rosina, eres un ángel!

–¡Ojalá!

–Un ángel, sí, insistió el joven de la nariz larga; y creo que pronto podré llamarte mi esposa.

Los ojos de la chica echaban chispas de alegría.

–Sí, continuó el enamorado; de aquí a dos meses estaremos... –¡Ah!

–Si todavía... Rosina empalideció.

–¿Todavía? repitió ella.

—Si todavía, el Sr. Vieira consintiera... —¿Por qué no? dijo la joven tranquilizándose del susto que había tenido; él desea mi felicidad y la boda contigo es mi mayor felicidad. Aún cuando, no obstante, se ponga a los impulsos de mi corazón, basta que yo quiera para que nuestros deseos se realicen Pero descansa, mi tío no pondrá objeciones.

El joven de la nariz larga quedo todavía mirando a la joven unos minutos sin decir palabra; admiraba dos cosas: la fuerza de ánimo de Rosina y el amor que ella le profesaba. Ella fue la que rompió el silencio.

—¿Pero, entonces, de aquí a dos meses?

—Solo si la suerte me fuera adversa.

—¿Y podría serlo?

—¿Quién sabe? respondió el joven de la nariz larga con un suspiro de duda.

Luego, después de esta perspectiva de felicidad, el platillo en que pesaban las esperanzas de Ernesto comenzó a subir un poco. Veía que Rosina, efectivamente, parecía ir disminuyendo las cartas y en las pocas que ya para entonces recibía de ella, la pasión era menos intensa y la frase estudiada, breve y fría. Cuando estaban juntos había menos intimidad expansiva, su presencia parecía avergonzarla. Ernesto comenzó a creer seriamente que la batalla estaba perdida.

Desgraciadamente la táctica de este enamorado era preguntar a la propia joven si eran fundadas sus sospechas, a lo que ella respondía encarecidamente que no y esto era suficiente para devolverle la paz de espíritu. No era ni larga ni profunda la tranquilidad; el laconismo epistolar de Rosina, la frialdad de sus modales, la presencia del otro, todo eso ensombrecía en particular la mente de Ernesto. Pero, tan pronto caía en el abismo de la desesperación, como subía a las regiones de la bienaventuranza celestial, mostrando así lo que la naturaleza quería que él fuese, un alma inconsistente y pasiva, llevada como una hoja al albur de todos los vientos.

Mientras, era difícil que la verdad no le entrara por los ojos. Un día se dio cuenta de que además de la sospechosa afectuosidad de Rosina, había por parte del tío ciertas atenciones dispensadas al rival. No se equivocaba; si bien el nuevo pretendiente todavía no había pedido formalmente la mano de la joven, era casi seguro para el Sr. Vieira que en él se preparaba un nuevo sobrino y, teniendo en cuenta que este era un hombre de negocios, no podía haber, en opinión del tío, elección más feliz.

Desisto de relatar la desesperación, el terror, las imprecaciones de Ernesto en el día en que se le clavó de raíz en el corazón la certeza de la derrota más profunda. Ya entonces no le bastó la negativa de Rosina que, por cierto, le pareció floja y efectivamente lo era. El triste joven llegó a desconfiar de que la amada y el rival estuviesen de acuerdo para reírse de él.

Como por norma es propio de nuestra miserable condición que el amor propio domine al propio amor, a penas le pareció probable aquella sospecha, se apoderó de él una feroz indignación y dudo que ningún quinto acto de un melodrama ostente mayor cantidad de sangre derramada de la que vertió en su imaginación. En la fantasía, solamente, compasiva lectora, no solo por que era incapaz de hacer mal a un semejante suyo, sino, sobretodo, porque a su naturaleza le repugnaba encontrar una resolución cualquiera. Por ese motivo, después de pensar mucho y mucho tiempo, confió todos sus pesares y sospechas a su compañero de casa y le pidió un consejo; Jorge le dio dos.

—Mi opinión, dijo Jorge, es que no te preocupes por ella y vayas a trabajar que es cosa más seria.

—¡Nunca!

—¿Trabajar nunca?

—No, olvidarla nunca.

—Bien, dijo Jorge quitándose la bota del pie izquierdo, en ese caso vas a habar con ese tipo de quien desconfías y entiéndete con él.

—¡Acepto! exclamó Ernesto, es lo mejor. Pero, prosiguió después de reflexionar un instante, y si no fuera mi rival ¿qué tengo que hacer? ¿cómo descubrir si hay otro?

—En ese caso, dijo Jorge, extendiéndose filosóficamente en la marquesa, en ese caso mi consejo es que tú, él y ella os vayáis todos para que os aguante el diablo.

Ernesto hizo oídos sordos a la blasfemia, se vistió y salió.
unit 3
Podia fazer a felicidade de uma moça.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 6
Uma que fosse bastava para fazê-lo subir às nuvens.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 8
Olho da rua é uma expressão grave.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 13
Não tardou que Ernesto desconfiasse das intenções do rapaz de nariz comprido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 14
Uma vez chegou a surpreender um olhar da moça e do rival.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 16
— Confesse!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 17
dizia ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 18
— Oh!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 19
meu Deus!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 20
exclamou a moça; você de tudo desconfia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 21
Olhei para ele, sim, é verdade, mas olhei por sua causa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 22
— Por minha causa?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 23
perguntou Ernesto com um tom gelado de ironia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 24
— Sim, examinava-lhe a gravata, que é muito bonita, para dar uma a você no dia de ano-bom.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 25
Agora que me obrigou a descobrir tudo, veja se me lembra outro mimo, porque esse já não serve.
3 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 28
aí vem ele!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 29
— Ele quem?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 30
disse Ernesto sentindo esmigalhar-se-lhe o coração.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 31
Chegou à janela: era o rival.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 32
unit 34
Ernesto encordoou-o.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 35
Seus olhares, se fossem punhais, teriam cometido dois assassinatos naquele instante.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 36
Conteve-se, porém, para melhor observar os dois.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 37
Rosina não parecia prestar ao outro atenção de caráter especial; tratava-o com polidez apenas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 40
O sorriso malicioso desaparecera dos lábios do guarda-livros.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 42
“Será seriamente um rival?” pensava o rapaz de nariz comprido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 46
— Oh!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 47
Rosina, tu és um anjo!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 48
— Quem dera!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 50
Os olhos da moça faiscaram de contentamento.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 51
— Sim, continuou o namorado; daqui a dois meses estaremos casados... — Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 52
— Se todavia... Rosina empalideceu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 53
— Todavia?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 54
repetiu ela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 55
— Se todavia, o Sr. Vieira consentir... — Por que não?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 58
Mas descansa, meu tio não porá obstáculos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 60
Quem rompeu o silêncio foi ela.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 61
— Mas então daqui a dois meses?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 62
— Só se a sorte me for adversa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 63
— E poderá sê-lo?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 64
— Quem sabe?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 65
respondeu o rapaz de nariz comprido com um suspiro de dúvida.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 68
Quando estavam juntos havia menos intimidade expansiva; a presença dele parecia constrangê-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 69
Ernesto entrou seriamente a crer que a batalha estava perdida.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 73
Entretanto, era difícil que a verdade não se lhe metesse pelos olhos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 77
unit 78
O triste moço chegou a desconfiar que a amada e o rival estariam de acordo para mofar dele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 83
— Nunca!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 84
— Nunca trabalhar?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 85
— Não; nunca esquecê-la.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 87
— Aceito!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 88
exclamou Ernesto; é o melhor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 89
Mas, continuou ele depois de refletir um instante, e se ele não for meu rival, que hei de fazer?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 90
como descobrir se há outro?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 92
Ernesto cerrou os ouvidos à blasfêmia, vestiu-se e saiu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

O moço de nariz comprido não pertencia ao número de namorados de arribação; seus intentos eram estritamente conjugais. Tinha vinte e seis anos, era laborioso, benquisto, econômico, singelo e sincero, um verdadeiro filho de Minas. Podia fazer a felicidade de uma moça.

A moça, pela sua parte, soubera insinuar-se tanto no espírito dele, que por pouco lhe fez perder o emprego. Um dia, chegando-se o patrão à escrivaninha em que ele trabalhava, viu um papelinho debaixo do tinteiro, e leu a palavra amor, duas ou três vezes repetida. Uma que fosse bastava para fazê-lo subir às nuvens. O Sr. Gomes Arruda contraiu as sobrancelhas, concentrou as idéias, e improvisou uma alocução extensa e ameaçadora, em que o mísero guarda-livros só percebeu a expressão olho da rua.

Olho da rua é uma expressão grave. O guarda-livros meditou nela, reconheceu a justiça do patrão, e tratou de emendar-se dos descuidos, não do amor. O amor ia-se enraizando nele cada vez mais; era a primeira paixão séria que o rapaz sentia, acrescendo que ele acertara logo de dar com uma mestra no ofício.

"Isto assim não pode continuar", pensava o rapaz de nariz comprido, coçando o queixo e caminhando uma noite para casa, "o melhor é casar-me logo de uma vez. Com o que me dão lá em casa e o produto de alguma escrita por fora, creio que poderei ocorrer às despesas, o resto pertence a Deus".

Não tardou que Ernesto desconfiasse das intenções do rapaz de nariz comprido. Uma vez chegou a surpreender um olhar da moça e do rival. Enfadou-se, e na primeira ocasião que teve interpelou a namorada a respeito daquela circunstância equívoca.

— Confesse! dizia ele.

— Oh! meu Deus! exclamou a moça; você de tudo desconfia. Olhei para ele, sim, é verdade, mas olhei por sua causa.

— Por minha causa? perguntou Ernesto com um tom gelado de ironia.

— Sim, examinava-lhe a gravata, que é muito bonita, para dar uma a você no dia de ano-bom. Agora que me obrigou a descobrir tudo, veja se me lembra outro mimo, porque esse já não serve.

Ernesto caiu em si; recordou que efetivamente havia no olhar da moça uma tal ou qual intenção dadival, se me permitem este adjetivo obsoleto; toda a sua cólera converteu-se num sorriso amável e contrito, e o arrufo não foi adiante.

Dias depois, era um domingo, estando ele e ela na sala, e um filho de Vieira à janela, foram os dois namorados interrompidos pelo pequeno que descera, gritando:

— Aí vem ele! aí vem ele!

— Ele quem? disse Ernesto sentindo esmigalhar-se-lhe o coração.

Chegou à janela: era o rival.

Apareceu a tempo a tia de Rosina; uma tempestade iminente já pairava na fronte afogueada de Ernesto.

Pouco depois entrou na sala o rapaz de nariz comprido, que, ao ver Ernesto, pareceu sorrir maliciosamente. Ernesto encordoou-o. Seus olhares, se fossem punhais, teriam cometido dois assassinatos naquele instante. Conteve-se, porém, para melhor observar os dois. Rosina não parecia prestar ao outro atenção de caráter especial; tratava-o com polidez apenas. Isto aquietou um pouco o ânimo revolto do Ernesto, que ao cabo de uma hora estava restituído à sua usual bem-aventurança.

Não reparou porém nos olhares desconfiados que o rapaz de nariz comprido lhe lançava de quando em quando. O sorriso malicioso desaparecera dos lábios do guarda-livros. A suspeita entrara-lhe no espírito ao ver a maneira indiferente, ou quase, com que o tratava Rosina, posto tratasse de igual modo ao outro pretendente.

“Será seriamente um rival?” pensava o rapaz de nariz comprido.

Na primeira ocasião em que pôde trocar duas palavras com a namorada, sem testemunhas, o que foi logo no dia seguinte, manifestou a desconfiança que lhe escurecera o espírito até ali tão cor-de-rosa. Rosina soltou uma risada, — uma dessas risadas que levam a convicção ao fundo d’alma — a tal ponto que o rapaz de nariz comprido julgou de sua dignidade não insistir na absurda suspeita.

— Já lhe disse: ele bem vontade tem de que eu o namore, mas perde o tempo: eu só tenho uma cara e um coração.

— Oh! Rosina, tu és um anjo!

— Quem dera!

— Um anjo, sim, insistiu o rapaz de nariz comprido; e creio que posso chamar-te brevemente minha esposa.

Os olhos da moça faiscaram de contentamento.

— Sim, continuou o namorado; daqui a dois meses estaremos casados...

— Ah!

— Se todavia...

Rosina empalideceu.

— Todavia? repetiu ela.

— Se todavia, o Sr. Vieira consentir...

— Por que não? disse a moça tranqüilizado-se do susto que tivera; ele deseja a minha felicidade; e o casamento contigo é a minha felicidade maior. Ainda quando porém se oponha aos impulsos do meu coração, basta que eu queira para que os nossos desejos se realizem. Mas descansa, meu tio não porá obstáculos.

O rapaz de nariz comprido ficou ainda a olhar para a moça alguns minutos sem dizer palavra; admirava duas coisas: a força d’alma de Rosina e o amor que ela lhe dedicava. Quem rompeu o silêncio foi ela.

— Mas então daqui a dois meses?

— Só se a sorte me for adversa.

— E poderá sê-lo?

— Quem sabe? respondeu o rapaz de nariz comprido com um suspiro de dúvida.

Logo depois desta perspectiva de felicidade, a concha em que pesavam as esperanças de Ernesto começou a subir um pouco. Ele via que Rosina efetivamente parecia ir diminuindo as cartas, e nas poucas que já então recebia dela, a paixão era menos intensa, a frase estudada, acanhada e fria. Quando estavam juntos havia menos intimidade expansiva; a presença dele parecia constrangê-la. Ernesto entrou seriamente a crer que a batalha estava perdida.

Infelizmente a tática deste namorado era perguntar à própria moça se eram fundadas as suspeitas dele, ao que ela respondia vivamente que não, e isto bastava a restituir-lhe a paz do espírito. Não era longa nem profunda a quietação; o laconismo epistolar de Rosina, a frieza de seus modos, a presença do outro, tudo isso sombreava singularmente o espírito de Ernesto. Mas tão depressa caía no abismo do desespero, como ascendia às regiões da celeste bem-aventurança, — mostrando assim o que a natureza queria que ele fosse, — alma inconsistente e passiva — levada, como a folha, ao sabor de todos os ventos.

Entretanto, era difícil que a verdade não se lhe metesse pelos olhos. Um dia reparou que além da suspeitosa afetuosidade de Rosina, havia da parte do tio certas atenções características para com o rival. Não se enganava; conquanto o novo pretendente ainda não houvesse pedido formalmente a mão da moça, era quase certo para o Sr. Vieira que nele se preparava novo sobrinho, e acertando de ser este um homem do comércio, não podia haver, na opinião do tio, mais feliz escolha.

Desisto de pintar os desesperos, os terrores, as imprecações de Ernesto no dia em que a certeza da derrota mais funda e de raiz se lhe cravou no coração. Já então lhe não bastou a negativa de Rosina, que aliás lhe pareceu frouxa, e efetivamente o era. O triste moço chegou a desconfiar que a amada e o rival estariam de acordo para mofar dele.

Como por via de regra, é da nossa miserável condição que o amor-próprio domine o simples amor, apenas aquela suspeita lhe pareceu provável, apoderou-se dele uma feroz indignação, e duvido que nenhum quinto ato de melodrama ostente maior soma de sangue derramado do que ele verteu na fantasia. Na fantasia, apenas, compassiva leitora, não só porque ele era incapaz de fazer mal a um seu semelhante, mas sobretudo porque repugnava à sua natureza achar uma resolução qualquer. Por esse motivo, depois de muito e longo cogitar, confiou todos os seus pesares e suspeitas ao companheiro de casa e pediu-lhe um conselho; Jorge deu-lhe dois.

— Minha opinião, disse Jorge, é que não te importes com ela e vás trabalhar, que é coisa mais séria.

— Nunca!

— Nunca trabalhar?

— Não; nunca esquecê-la.

— Bem, disse Jorge descalçando a bota do pé esquerdo, nesse caso vai ter com esse sujeito de quem desconfias e entende-te com ele.

— Aceito! exclamou Ernesto; é o melhor. Mas, continuou ele depois de refletir um instante, e se ele não for meu rival, que hei de fazer? como descobrir se há outro?

— Nesse caso, disse Jorge, estendendo-se filosoficamente na marquesa, nesse caso o meu conselho é que tu, ele e ela vão todos para o diabo que os carregue.

Ernesto cerrou os ouvidos à blasfêmia, vestiu-se e saiu.