A parasita azul - Machado de Assis
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Fin
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La distancia desde la iglesia a la casa era pequeña, y la conversación entre Isabel y Camillo no fue larga ni seguida. Y aún así, lector, si alguna simpatía te merece la princesa moscovita, debes sinceramente sentir lástima por ella. La aurora de un nuevo sentimiento comenzaba a dorar las cumbres del corazón de Camillo; al subir las escaleras, se confesaba a sí mismo el hijo del comendador , que la interesante patricia tenía cualidades superiores a las de la bella princesa rusa. Hora y media después, esto es, casi al final de la cena, el corazón de Camillo confirmaba plenamente ese descubrimiento de su mente investigadora.

La conversación, sin embargo, no pasó de cosas totalmente indiferentes; pero Isabel hablaba con tanta dulzura y gracia, puesto que no alteraba nunca su habitual reserva, los ojos eran tan bonitos de ver de cerca y los cabellos también e igualmente la boca y del mismo modo sus manos, que nuestro ardiente joven, solamente cambiando de naturaleza, podría resistir a tantas gracias juntas.

La cena discurrió sin novedad apreciable. Se reunieron en la mesa del teniente coronel todas las personas notables del lugar, el vicario, el juez municipal, el negociante, el hacendado, reinando siempre de un extremo al otro de la mesa la mayor cordialidad y armonía. El emperador del Divino, ya restituido entonces a su vestuario habitual, hacía honra de la mesa con verdadero entusiasmo. La fiesta era el objeto de la conversación general, interrumpida, es cierto, por reflexiones políticas, en que todos estaban de acuerdo, porque eran del mismo partido, hombres y señoras.

El mayor Bras tenía por costumbre hacer uno o dos brindis largos y elocuentes en cada cena de cierto rango a la que asistiera. La facilidad con que se expresaba no tenía rival en toda la provincia. Además, como estaba dotado de una estatura descomunal, dominaba de tal modo al auditorio que el levantarse sin más era ya medio triunfo

El mayor Brás no podía dejar pasar inadvertida la cena del teniente coronel; se iba a entrar en los postres cuando el elocuente mayor pidió permiso para decir algunas palabras simples y burdas. Un murmullo, equivalente a los faltos de apoyo en las cámaras, acogió esta declaración del orador y el auditorio preparó el oído para recibir las palabras que le iban a brotar de la boca.

—El ilustre auditorio que me escucha, dijo, disculpará mi osadía; no les habla el talento, señores; le habla el corazón.

Mi brindis es breve; para celebrar las virtudes y la capacidad del ilustre teniente coronel Veiga no es necesario hacer un largo discurso. Su nombre lo dice todo, mi voz de poco sirve... El auditorio reveló por señas que aplaudía sin restricciones la primera parte de esta última frase y con restricciones la segunda; es decir felicitó al teniente coronel y al mayor; y el orador, que para ser coherente con lo que acababa de decir, debió limitarse a vaciar la copa, prosiguió de la siguiente manera: - El gran acontecimiento que acabamos de presenciar, señores, creo que nunca se borrará de su memoria. Muchas fiestas del Espíritu Santo ha habido en esta ciudad y en otras; pero nunca tuvo el pueblo el júbilo de contemplar un esplendor, una animación, un triunfo igual al que nos proporcionó nuestro ilustre correligionario y amigo, el teniente coronel Vega, honra de la clase a que pertenece y gloria del partido al que se afilió... - Y en el que pretendo morir, completó el teniente coronel.

- Ni otra cosa era de esperar de Su Excelencia, dijo el orador cambiando la voz para dar a estas palabras un tono de paréntesis.

A pesar de la declaración hecha al principio de que era inútil aumentar nada los méritos del teniente coronel, el intrépido orador habló cerca de veinticinco minutos con gran amargura del padre Maciel, que se había enamorado de lejos de un dulce y temblón pudin de pan, y del juez municipal que estaba ansioso por ir a fumar. El epílogo de ese memorable discurso fue poco más o menos así: —Faltaría, por lo tanto, a mis deberes de amigo, de correligionario, de subordinado y de admirador, si no levantase la voz en esta ocasión y no dijera en lengua burda, sí, (signos de desaprobación), pero sincera, los sentimientos que me perturban dentro del pecho, el entusiasmo del cual me siento poseído, cuando contemplo al venerado e ilustre teniente coronel Veiga y si no os invitase a beber conmigo a la salud de Su Excelencia.

El auditorio acompañó con entusiasmo el brindis del mayor, al que respondió el teniente coronel con estas pocas, pero sentidas palabras: —Los elogios que me acaba de hacer el distinguido mayor Brás son verdaderos favores de un alma grande y generosa; no los merezco, señores; se los devuelvo intactos al ilustre orador que me precedió.

En medio de la fiesta y de la alegría que reinaba nadie reparó en las atenciones que Camillo prestaba a la bella hija del Dr. Matos. Nadie, digo mal; Leandro Soares que había sido invitado a la cena y asistía a la misma, no quitaba los ojos del elegante rival y de su hermosa y esquiva dama.

Al lector le parecerá un milagro la indiferencia y hasta el aire alegre con que Soares asistía a los ataques del adversario. No es milagro; Soares también interrogaba la mirada de Isabel y leía en ella la indiferencia, tal vez el desdén, con que trataba al hijo del comendador.

Ni yo ni él, se decía el pretendiente.

Camillo estaba enamorado; al día siguiente amaneció peor; cada día que pasaba aumentaba la llama que lo consumía. París y la princesa, todo había desaparecido del corazón y de la memoria del joven. Un solo ser, un lugar único merecían ahora sus atenciones: Isabel y Goyás.

La esquivez y los desdenes de la chica no contribuyeron poco a esta transformación. Haciendo de sí mismo mejor idea que de su rival, Camillo se decía: —Si ella no me presta atención, mucho menos debe de interesarse por el hijo de Soares. Pero, ¿por qué motivo se muestra tan esquiva conmigo? ¿Qué motivo tiene para que yo sea derrotado como cualquier pretendiente vulgar? En esas ocasiones se acordaba del desconocido que le había hablado en la iglesia y de las palabras que le había dicho.

—Algún misterio habrá, decía; pero¿cómo descubrirlo?

Indagó entre las personas de la ciudad quién era el sujeto bajo, de ojos menudos y vivos. Nadie le supo decir. Parecía increíble que no llegase a descubrir en aquellos lugares a un hombre que, naturalmente, alguien debía conocer; redobló esfuerzos; nadie sabía quién era el misterioso sujeto.

Mientras tanto, Camillo frecuentaba la hacienda del Dr. Matos y allí iba a cenar algunas veces. Resultaba difícil hablar a Isabel con la libertad que permiten costumbres mas avanzadas; hacía, sin embargo, lo que podía para comunicar a la bella joven sus sentimientos. Isabel parecía cada vez más extraña a los comunicados del joven. Su modales no eran positivamente de desdén, sino frías; podría decirse que allí dentro moraba un corazón de nieve.

Al amor despreciado, vino a unirse el orgullo ofendido, el despecho y la vergüenza y todo esto, junto a una epidemia que entonces reinaba en la comarca, dio con nuestro Camillo en la cama, donde por ahora lo dejaremos, entregado a los médicos, sus colegas.
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O jantar correu sem novidade apreciável.
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A facilidade com que ele se exprimia não tinha rival em toda a província.
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“Nem eu, nem ele,” dizia consigo o pretendente.
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Paris e a princesa, tudo havia desaparecido do coração e da memória do rapaz.
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Um só ente, um lugar único mereciam agora as suas atenções: Isabel e Goiás.
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A esquivança e os desdéns da moça não contribuíram pouco para esta transformação.
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Mas por que razão se mostra comigo tão esquiva?
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— Algum mistério haverá, dizia ele; mas como descobri-lo?
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Indagou das pessoas da cidade quem era o sujeito baixo, de olhos miúdos e vivos.
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Ninguém lho soube dizer.
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Entretanto Camilo freqüentava a fazenda do Dr. Matos e ali ia jantar algumas vezes.
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Isabel parecia cada vez mais estranha às comunicações do rapaz.
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A distância da igreja à casa era pequena, e a conversa entre Isabel e Camilo não foi longa nem seguida. E todavia, leitor, se alguma simpatia te merece a princesa moscovita, deves sinceramente lastimá-la. A aurora de um novo sentimento começava a dourar as cumeadas do coração de Camilo; ao subir as escadas, confessava o filho do comendador de si para si, que a interessante patrícia tinha qualidades superiores às da bela princesa russa. Hora e meia depois, isto é, quase no fim do jantar, o coração de Camilo confirmava plenamente esta descoberta do seu investigador espírito.

A conversa, entretanto, não passou de coisas totalmente indiferentes; mas Isabel falava com tanta doçura e graça, posto não alterasse nunca a sua habitual reserva; os olhos eram tão bonitos de ver ao perto, e os cabelos também, e a boca igualmente, e as mãos do mesmo modo, que o nosso ardente mancebo, só mudando de natureza, poderia resistir ao influxo de tantas graças juntas.

O jantar correu sem novidade apreciável. Reuniram-se à mesa do tenente-coronel todas as notabilidades do lugar, o vigário, o juiz municipal, o negociante, o fazendeiro, reinando sempre de uma ponta à outra da mesa a maior cordialidade e harmonia. O imperador do Divino, já então restituído ao seu vestuário comum, fazia as honras da mesa com verdadeiro entusiasmo. A festa era o objeto da geral conversa, entremeada, é verdade, de reflexões políticas, em que todos estavam de acordo, porque eram do mesmo partido, homens e senhoras.

O Major Brás tinha por costume fazer um ou dois brindes longos e eloqüentes em cada jantar de certa ordem a que assistisse. A facilidade com que ele se exprimia não tinha rival em toda a província. Além disso, como era dotado de descomunal estatura, dominava de tal modo o auditório, que o simples levantar-se era já meio triunfo.

Não podia o Major Brás deixar passar incólume o jantar do tenente-coronel; ia-se entrar na sobremesa quando o eloqüente major pediu licença para dizer algumas palavras singelas e toscas. Um murmúrio, equivalente aos não-apoiados das câmaras, acolheu esta declaração do orador, e o auditório preparou o ouvido para receber as pérolas que lhe iam cair da boca.

— O ilustre auditório que me escuta, disse ele, desculpará a minha ousadia; não vos fala o talento, senhores; fala-vos o coração.

“Meu brinde é curto; para celebrar as virtudes e a capacidade do ilustre Tenente-coronel Veiga não é preciso fazer um longo discurso. Seu nome diz tudo; a minha voz nada adiantaria...”

O auditório revelou por sinais que aplaudia sem restrições o primeiro membro desta última frase, e com restrições o segundo; isto é, cumprimentou o tenente-coronel e o major; e o orador que, para ser coerente com o que acabava de dizer, devia limitar-se a esvaziar o copo, prosseguiu da seguinte maneira:

— O imenso acontecimento que acabamos de presenciar, senhores, creio que nunca se apagará da vossa memória. Muitas festas do Espírito Santo têm havido nesta cidade e em outras; mas nunca o povo teve o júbilo de contemplar um esplendor, uma animação, um triunfo igual ao que nos proporcionou o nosso ilustre correligionário e amigo, o Tenente-coronel Veiga, honra da classe a que pertence, e glória do partido a que se filiou...

— E no qual pretendo morrer, completou o tenente-coronel.

— Nem outra coisa era de esperar de V. Ex.ª, disse o orador mudando de voz para dar a estas palavras um tom de parênteses.

Apesar da declaração feita no princípio, de que era inútil acrescentar nada aos méritos do tenente-coronel, o intrépido orador falou cerca de vinte e cinco minutos com grande mágoa do Padre Maciel, que namorava de longe um fofo e trêmulo pudim de pão, e do juiz municipal que estava ansioso por ir fumar. A peroração desse memorável discurso foi pouco mais ou menos assim:

— Eu faltaria, portanto, aos meus deveres de amigo, de correligionário, de subordinado e de admirador, se não levantasse a voz nesta ocasião, e não vos dissesse em linguagem tosca, sim (sinais de desaprovação), mas sincera, os sentimentos que me tumultuam dentro do peito, o entusiasmo de que me sinto possuído, quando contemplo o venerando e ilustre tenente-coronel Veiga, e se vos não convidasse a beber comigo à saúde de S. Ex.ª.

O auditório acompanhou com entusiasmo o brinde do major, ao qual respondeu o tenente-coronel com estas poucas, mas sentidas palavras:

— Os elogios que me acaba de fazer o distinto Major Brás são verdadeiros favores de uma alma grande e generosa; não os mereço, senhores; devolvo-os intactos ao ilustre orador que me precedeu.

No meio da festa e da alegria que reinava ninguém reparou nas atenções que Camilo prestava à bela filha do Dr. Matos. Ninguém, digo mal; Leandro Soares, que fora convidado ao jantar, e assistira a ele, não tirava os olhos do elegante rival e da sua formosa e esquiva dama.

Há de parecer milagre ao leitor a indiferença e até o ar alegre com que Soares assistia aos ataques do adversário. Não é milagre; Soares também interrogava o olhar de Isabel e lia nele a indiferença, talvez o desdém, com que tratava o filho do comendador.

“Nem eu, nem ele,” dizia consigo o pretendente.

Camilo estava apaixonado; no dia seguinte amanheceu pior; cada dia que passava aumentava a chama que o consumia. Paris e a princesa, tudo havia desaparecido do coração e da memória do rapaz. Um só ente, um lugar único mereciam agora as suas atenções: Isabel e Goiás.

A esquivança e os desdéns da moça não contribuíram pouco para esta transformação. Fazendo de si próprio melhor idéia que do rival, Camilo dizia consigo:

“Se ela não me dá atenção, muito menos deve importar-se com o filho de Soares. Mas por que razão se mostra comigo tão esquiva? Que motivo há para que eu seja derrotado como qualquer pretendente vulgar?”

Nessas ocasiões lembrava-se do desconhecido que lhe falara na igreja e das palavras que lhe dissera.

— Algum mistério haverá, dizia ele; mas como descobri-lo?

Indagou das pessoas da cidade quem era o sujeito baixo, de olhos miúdos e vivos. Ninguém lho soube dizer. Parecia incrível que não chegasse a descobrir naquelas paragens um homem que naturalmente alguém devia conhecer; redobrou de esforços; ninguém sabia quem era o misterioso sujeito.

Entretanto Camilo freqüentava a fazenda do Dr. Matos e ali ia jantar algumas vezes. Era difícil falar a Isabel com a liberdade que permitem mais adiantados costumes; fazia entretanto o que podia para comunicar à bela moça os seus sentimentos. Isabel parecia cada vez mais estranha às comunicações do rapaz. Suas maneiras não eram positivamente desdenhosas, mas frias; dissera-se que ali dentro morava um coração de neve.

Ao amor desprezado, veio juntar-se o orgulho ofendido, o despeito e a vergonha, e tudo isto, junto a uma epidemia que então reinava na comarca, deu com o nosso Camilo na cama, onde por agora o deixaremos, entregue aos médicos seuscolegas.