A parasita azul IV. Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 5 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
148 Units
100% Translated
100% Upvoted
Al sábado siguiente, la ciudad presentaba un inusual aspecto. De todas partes se precipitaba un gentío de los pueblos que iba a asistir a la fiesta anual del Espíritu Santo.

Van siendo raros los lugares en los que no se ha olvidado del todo el gusto por esas fiestas clásicas, herencia de otras épocas, que los escritores del próximo siglo han de estudiar con curiosidad para describir a sus contemporáneos un Brasil que ellos ya no han de conocer. En la época en que tiene lugar esta historia, una de las más genuinas fiestas del Espíritu Santo era la de la ciudad de Santa Luzia.

El teniente coronel Veiga, que era entonces el emperador del Divino, estaba en una casa que poseía en la ciudad. En la noche del sábado fue allí a dar el bando de los pastores, compuesto por hombres y mujeres, con su pintoresco vestuario y acompañado por el clásico viejo que era un sujeto con pantalón corto y media, zapato raso, casaca esbelta, chaleco ajustado y un gran bastón en la mano.

Camillo estaba en casa del coronel cuando apareció por allí el bando de los pastores, con algunos músicos al frente y mucha gente por detrás. Luego formaron, allí mismo en la calle, un círculo; un pastor y una pastora iniciaron una danza clásica. Bailaron, cantaron y tocaron todos, a la puerta y en la sala del coronel que estaba literalmente relamiéndose del gusto. Es un punto dudoso y probablemente nunca se esclarecerá, si el teniente coronel Veiga prefería en aquella ocasión ser ministro de Estado o emperador del Espíritu Santo.

Y todavía aquello era apenas una muestra de la grandeza del teniente coronel. El sol del domingo debía iluminar mayores cosas. Parece que esta razón determinó al rey de la luz a traer en ese día sus mejores rayos. El cielo nunca se había mostrado más nítidamente azul. Algunas grandes nubes, durante la noche, llegaron a oscurecer las esperanzas de los festejantes; felizmente, hacia la madrugada había soplado un viento fuerte que barrió el cielo y purificó la atmósfera.

La población correspondió a la solicitud de la naturaleza. Luego, temprano, apareció ella con sus vestidos de domingo —jovial, risueña, con la boca abierta— nada menos que feliz.

El aire atronaba con cohetes; las campanas invitaban alegremente al pueblo a la ceremonia religiosa.

Camillo había pasado la noche en la ciudad en casa del Padre Maciel y se despertó, antes de lo que había supuesto, con los repiques y los cohetes y demás demostraciones de ciudad alegre. En casa del padre el joven había continuado con sus hábitos de París, que el comendador juzgó no deber perturbarlo. Se despertaba por lo tanto a las horas de la mañana, excepto en los domingos, en la iba a misa, para no ofender en nada las costumbres de la tierra.

—¿Qué diablos es esto, padre? gritó Camillo desde el cuarto en que estaba y en el momento en que un molinillo le abría definitivamente los ojos.

—¿Qué ha de ser? respondió el padre Maciel, introduciendo la cabeza por la puerta: es la fiesta.

– ¿Entonces la fiesta comienza de noche?

– ¿De noche? exclamó el padre. Es día claro.

Camillo no pudo conciliar el sueño, y se vio obligado a levantarse. Almorzó con el padre, contó dos anécdotas, confesó al huésped que París era el ideal de las ciudades, y salió para ir a casa del emperador del Divino. El padre salió con él. Por el camino vieron de lejos a Leandro Soares.

– ¿No me dirá, padre, preguntó Camillo, por qué razón la hija del Dr. Matos no corresponde a ese pobre chico que la quiere tanto?

Maciel se colocó bien las gafas y expuso la siguiente reflexión: – Usted parece tonto.

– No tanto como le parezco, replicó el hijo del comendador, porque más de una persona ha hecho la misma pregunta.

– Así es en verdad, dijo el padre; pero hay cosas que dicen los otros y uno no repite. A Isabelinha no le gusta Soares sencillamente porque no le gusta.

– ¿No le parece que esa chica es un tanto extraña?

– No, dijo el padre, me parece muy astuta.

– ¡Ah! ¿Por qué?

– Sospecho que tiene mucha ambición; no acepta el amor de Soares, a ver si pilla algún matrimonio que le abra la puerta de las grandezas políticas.

– Anda, dijo Camillo levantando los hombros.

– ¿No lo cree?

– No.

– Puede ser que me engañe; pero creo que es exactamente eso. Aquí cada uno da una explicación al desdén de Isabel; todas las explicaciones, sin embargo, me parecen absurdas; la mía es la mejor.

Camillo hizo algunas objeciones a la explicación del padre, y se despidió de él para ir a casa del teniente coronel.

El festivo emperador estaba literalmente fuera de sí. Era la primera vez que ejercía aquel cargo honorífico y alardeaba de hacerlo brillantemente, e incluso mejor que sus predecesores. Al deseo natural de no quedar mal, se unía el elemento de la envidia política. Algunos adversarios suyos decían por lo bajo que el brioso coronel no era capaz de dar cuenta de la mano.

—Pues verán si soy capaz, fue lo que dijo al escuchar de algunos amigos la malicia de los adversarios.

Cuando Camillo entró en la sala, el teniente coronel acababa de explicar unas órdenes relativas a la cena que debía seguir a la fiesta y escuchaba algunas informaciones que le daba un hermano definidor sobre un ceremonia en la sacristía.

—No me atrevo a hablarle, coronel, dijo el hijo del comendador, cuando Veiga se quedó solo con él; no me atrevo a interrumpirle.

—No interrumpe, acudió el emperador del Divino; ahora debe de estar todo acabado. ¿Viene el comendador?

—Ya debe estar aquí.

—¿Ya ha visto la iglesia?

—Todavía no.

—Está muy bonita. No es por alardear; creo que la fiesta no desmerecerá de las otras e incluso en algunas cosas ha de ser mejor.

Era absolutamente imposible no estar de acuerdo con esta opinión, cuando aquel que la decía hacía de ese modo su propio elogio. Camillo todavía valoró más el mérito de la fiesta. El coronel lo escuchaba con un risa de íntima satisfacción y se disponía a probar que su joven amigo todavía no apreciaba del todo la situación, cuando éste desvió la conversación, preguntando: —¿Todavía no ha venido el Dr. Matos?

—Ya.

—¿Con la familia?

—Sí, con la familia.

En ese momento fueron interrumpidos por el son de muchos cohetes y de una música que se acercaba.

—¡Son ellos! dijo Veiga; vienen a buscarme. Ha de concederme la autorización.

El coronel estaba hasta entonces de pantalón ajustado y levita vaquera. Corrió a prepararse con el traje y las insignias de su elevado cargo. Camillo fue a la ventana para ver el cortejo. No tardó en aparecer éste compuesto de una banda de música, de la hermandad del Espíritu Santo y de los pastores de la víspera. Los hermanos vestían sus ropas encarnadas y venían con paso solemne, rodeados del pueblo que llenaba la calle y se aglomeraba a la puerta del teniente coronel para verlo salir.

Cuando el cortejo se detuvo en frente de la casa del teniente coronel dejó de sonar la música y todas las miradas se volvieron curiosamente hacia las ventanas. Pero el emperador debutante estaba todavía por completar su preparación y los curiosos tuvieron que contentarse con la persona del Dr. Camillo. Mientras, cuatro o seis hermanos más veteranos se destacaron del grupo y subieron las escaleras del teniente coronel.

Minutos después, cumplimentaba Camillo a los susodichos hermanos mayores, uno de los cuales, de mayor importancia que los otros, no lo era solamente en el cargo, sino también, y ante todo, en el tamaño. Y la estatura del Mayor Brás sería la cosa más notable de su persona, si la delgadez del propio mayor no le pidiese medidas. La ropa del mayor le quedaba bien a pesar de ello, porque no le llegaba hasta debajo de la curva de la pierna como la de los otros, no le quedaba por la cintura, como debería, si hubiera sido hecha por la misma medida. Era una ropa término medio. Le quedaba entre la cintura y la curva y fue hecha así a propósito para compatibilizar los principios de la elegancia con la estatura del mayor.

Todos los hermanos graduados extendieron la mano hacia el hijo del comendador y preguntaron ansiosamente por el teniente coronel.

- Enseguida viene; fue a vestirse, respondió Camilo.

- La iglesia está llena, dijo uno de los hermanos graduados; solo esperan por él.

- Es justo esperar, opinó el mayor Brás.

- Te apoyamos, dijo el coro de los hermanos.

- Además, continuó el inmenso oficial, tenemos tiempo; y no vamos lejos.

Los otros hermanos apoyaron por gestos esta opinión del mayor que, acto seguido, comenzó a contar a Camillo los mil trabajos que les había dado la fiesta, a él y a los caballeros que lo acompañaban en aquella ocasión, no menos que al teniente coronel.

- Como recompensa a nuestros débiles esfuerzos (Camilo hizo una señal negativa ante estas palabras del mayor Brás), tenemos conciencia de que la cosa no saldrá del todo mal.

Todavía no habían acabado de salir estas palabras de los labios del digno oficial, cuando asomó a la puerta de la sala el teniente coronel en todo el esplendor de su transformación.

Camillo había perdido totalmente las nociones que tenía al respecto del traje e insignias de un emperador del Espíritu Santo. Así que no fue sin gran asombro que vio asomar a la puerta de la sala la figura del teniente coronel.

Además de los pantalones negros que ya tenía puestos cuando llegó allí Camillo, el teniente coronel llevaba un frac que por la perfección y la elegancia del corte podía rivalizar con los de los más finos miembros del Cassino Fluminense. Hasta ahí todo iba bien. En el pecho lucía una gran distinción de la Orden de la Rosa, que no le quedaba mal. Pero lo que excedió todas las expectativas, lo que dibujó en el rostro de Camillo la más completa expresión de asombro, fue una brillante y vistosa corona de cartón forrado de papel dorado que el teniente coronel llevaba en la cabeza.

Camillo retrocedió un paso y clavó los ojos en la insignia imperial del teniente coronel. Ya no se acordaba de aquel accesorio indispensable en ocasiones semejantes, y habiendo vivido ocho años en medio de una civilización distinta, no imaginaba que aún existieran costumbres que él creía enterradas.

El teniente coronel apretó la mano a todos los amigos y declaró que estaba listo para acompañarlos.

- No hagamos esperar al pueblo, dijo.

Inmediatamente descendieron la calle. En el pueblo hubo un movimiento de curiosidad cuando se vio aparecer en la puerta la ropa encarnada de uno de los hermanos que habían subido. Luego apareció otro traje y se tardó poco para que las restantes vestimentas apareciesen también al lado del vistoso emperador. En cuanto el sol incidió en la chapa, la corona dorada comenzó a despedir destellos casi inverosímiles. El teniente coronel miró a un lado y a otro, hizo algunas reverencias leves con la cabeza a una u otra persona de la multitud y fue a ocupar su lugar de honra en el cortejo. Luego la banda tocó una marcha que fue ejecutada por el teniente coronel, la hermandad y los pastores, en dirección a la iglesia.

En cuanto avistaron al cortejo desde la iglesia, el campanero que ya estaba esperando, puso en práctica las lecciones más complicadas de su oficio, mientras un molinillo, mezclado con algunos cohetes sueltos, anunciaba a las nubes del cielo que el emperador del Divino había llegado. En la iglesia hubo un revuelo general en cuanto se anunció que había llegado el emperador. Un maestro de ceremonias activo y desenvuelto iba abriendo paso con gran dificultad, porque el pueblo, ansioso por ver la figura del teniente coronel, se amontonaba desordenadamente y deshacía la obra del maestro de ceremonias. Al final, sucedió lo que siempre sucede en esas ocasiones; las alas se fueron abriendo por sí mismas y aunque con algún coste, el teniente coronel atravesó la multitud, precedido y acompañado por la hermandad, hasta llegar al trono que se levantaba al lado del altar mayor. Subió con firmeza los peldaños del trono y se sentó en él, tan orgulloso como si gobernase desde allí todos los imperios del mundo juntos.

Cuando Camillo llegó a la iglesia, ya había comenzado la fiesta. Encontró un lugar aceptable o más bien completamente bueno, porque desde allí podía dominar un gran grupo de señoras entre las cuales descubrió a la hermosa Isabel.

Camillo estaba ansioso por hablar otra vez a Isabel. El encuentro en la calle y la singular perspicacia de que la joven diera prueba en esa ocasión no se le habían quitado de la cabeza. La joven pareció no interesarse en él; pero Camillo era tan versado en el trato con el bello sexo que no le fue difícil percibir que ella lo había visto e intencionadamente no volvía los ojos hacia su lado. Esta circunstancia, unida a los incidentes del domingo anterior, hizo surgir en su mente la siguiente pregunta: —¿Pero qué tiene ella en mi contra?

La fiesta prosiguió sin novedad. Camilo no apartaba los ojos de su bella charada, nombre que ya le daba, pero la charada parecía reacia a todo sentimiento de curiosidad. Sin embargo, casi al final, los ojos de ambos se encontraron una vez. En honor a la verdad hay que decir que el joven sorprendió a la joven mirándolo. La saludó y fue saludado; nada más. Finalizada la fiesta la hermandad llevó al teniente coronel hasta la casa. En medio de la marcha de la salida, Camillo, que estaba absorto mirando a Isabel, obvió una voz desconocida que le decía al oído: —¡Mire lo que hace!

Camilllo se volvió y se encontró con un hombre bajito y delgado, de ojos pequeños y vivos, pobre pero aseadamente vestido. Se encararon algunos segundos sin decir palabra. Camillo no conocía aquella cara y no se atrevía a pedir una explicación de las palabras que había escuchado, aunque ardiese por saber el resto.

—Hay un misterio continuó el desconocido. ¿Quiere descubrirlo?

Hubo algún tiempo de silencio.

—El lugar no es adecuado, dijo Camillo, pero si tiene algo que decirme... —No, descúbralo el propio señor.

Y diciendo esto, el hombre bajito y delgado, de ojos vivos y pequeños, desapareció en medio de la gente. Camillo empujó a unas diez o doce personas, pisó unos quince o veinte callos, pidió otras tantas veces perdón por su imprudencia hasta que se encontró en la calle sin ver nada que se pareciese al desconocido.

—¡Un romance! dijo, estoy en pleno romance.

En ese momento, salían de la iglesia Isabel, doña Gertrudes y el dr. Matos. Camillo se acercó al grupo y los cumplimentó. Matos dio el brazo a doña Gertrudes y Camillo ofreció tímidamente el suyo a Isabel. La joven dudó; pero no era posible negarse. Pasó el brazo por el del joven médico y el grupo se dirigió hacia la casa donde el teniente coronel ya se encontraba junto a algunas personas importantes de la localidad. En medio del gentío había un hombre que también se dirigía a la casa del coronel y que no quitaba los ojos de Camillo e Isabel. Ese hombre se mordía el labio hasta hacerse sangre. ¿Será necesario decir que era Leandro Soares?
unit 1
No sábado seguinte a cidade revestira desusado aspecto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 2
De toda a parte correra uma chusma de povo que ia assistir à festa anual do Espírito Santo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 8
Formaram logo, ali mesmo na rua, um círculo; um pastor e uma pastora iniciaram a dança clássica.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 11
E todavia aquilo era apenas uma amostra da grandeza do tenente-coronel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 12
O sol do domingo devia alumiar maiores coisas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 13
Parece que esta razão determinou o rei da luz a trazer nesse dia os seus melhores raios.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 14
O céu nunca se mostrara mais limpidamente azul.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 16
A população correspondeu à solicitude da natureza.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 18
O ar atroava com foguetes; os sinos convidavam alegremente o povo à cerimônia religiosa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 22
— Que diabo é isto, padre?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 24
— Que há de ser?
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 25
respondeu o Padre Maciel, metendo a cabeça pela porta: é a festa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 26
— Então a festa começa de noite?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 27
— De noite?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 28
exclamou o padre.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 29
É dia claro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 30
Camilo não pôde conciliar o sono, e viu-se obrigado a levantar-se.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 32
O padre saiu com ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 33
Em caminho viram de longe Leandro Soares.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 35
Maciel consertou os óculos e expôs a seguinte reflexão: — Você parece tolo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 37
— Assim é, na verdade, disse o padre; mas há coisas que outros dizem e a gente não repete.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 38
A Isabelinha não gosta do Soares simplesmente porque não gosta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 39
— Não lhe parece que essa moça é um tanto esquisita?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 40
— Não, disse o padre, parece-me uma grande finória.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 41
— Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 42
por quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 44
— Ora, disse Camilo levantando os ombros.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 45
— Não acredita?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 46
— Não.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 47
— Pode ser que me engane; mas creio que é isto mesmo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 50
O festivo imperador estava literalmente fora de si.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 52
Ao natural desejo de não ficar por baixo, acrescia o elemento da inveja política.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 57
— Não interrompe, acudiu o imperador do divino; agora deve tudo estar acabado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 58
O comendador vem?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 59
— Já cá deve estar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 60
— Já viu a igreja?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 61
— Ainda não.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 62
— Está muito bonita.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 65
Camilo encareceu ainda mais o mérito da festa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 67
— Já.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 68
— Com a família?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 69
— Sim, com a família.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 70
Neste momento foram interrompidos pelo som de muitos foguetes e de uma música que se aproximava.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 71
— São eles!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 72
disse Veiga; vêm buscar-me.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 73
Há de dar-me licença.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 74
O coronel estava até então de calça preta e rodaque de brim.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 75
Correu a preparar-se com o traje e as insígnias do seu elevado cargo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 76
Camilo chegou à janela para ver o cortejo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 85
Era uma opa termo-médio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 88
— Não tarda; foi vestir-se, respondeu Camilo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 89
— A igreja está cheia, disse um dos irmãos graduados; só se espera por ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 90
— É justo esperar, opinou o Major Brás.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 91
— Apoiado, disse o coro dos irmãos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 92
— Demais, continuou o imenso oficial, temos tempo; e não vamos para longe.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 97
Não foi pois sem grande pasmo que viu assomar à porta da sala a figura do tenente-coronel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 99
Até aí tudo ia bem.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 100
Ao peito rutilava uma vasta comenda da Ordem da Rosa, que lhe não ficava mal.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 102
Camilo recuou um passo e cravou os olhos na insígnia imperial do tenente-coronel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 104
O tenente-coronel apertou a mão a todos os amigos e declarou que estava pronto a acompanhá-los.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 105
— Não façamos esperar o povo, disse ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 106
Imediatamente, desceram à rua.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 109
A coroa dourada, apenas o sol lhe bateu de chapa, entrou a despedir faíscas quase inverossímeis.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 113
Na igreja houve um rebuliço geral apenas se anunciou que era chegado o imperador.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 117
Quando Camilo chegou à igreja, já a festa havia começado.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 119
Camilo estava ansioso por falar outra vez a Isabel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 123
A festa prosseguiu sem novidade.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 125
Uma vez porém, quase no fim, encontraram-se os olhos de ambos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 126
Pede a verdade que se diga que o rapaz surpreendeu a moça a olhar para ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 127
Cumprimentou-a; foi correspondido; nada mais.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 128
Acabada a festa foi a irmandade levar o tenente-coronel até a casa.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 131
Encararam-se alguns segundos sem dizer palavra.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 133
— Há um mistério, continuou o desconhecido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 134
Quer descobri-lo?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 135
Houve algum tempo de silêncio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 137
E dizendo isto desapareceu no meio do povo o homem baixinho e magro, de olhos vivos e miúdos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 139
— Um romance!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 140
disse ele; estou em pleno romance.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 141
Nisto saíam da igreja Isabel, D. Gertrudes e o Dr. Matos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 142
Camilo aproximou-se do grupo e cumprimentou-os.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 143
Matos deu o braço a D. Gertrudes; Camilo ofereceu timidamente o seu a Isabel.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 144
A moça hesitou; mas não era possível recusar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 147
Esse homem mordia o lábio até fazer sangue.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 148
Será preciso dizer que era Leandro Soares?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

No sábado seguinte a cidade revestira desusado aspecto. De toda a parte correra uma chusma de povo que ia assistir à festa anual do Espírito Santo.

Vão rareando os lugares em que de todo se não apagou o gosto dessas festas clássicas, resto de outras eras que os escritores do século futuro hão de estudar com curiosidade, para pintar aos seus contemporâneos um Brasil que eles já não hão de conhecer. No tempo em que esta história se passa, uma das mais genuínas festas do Espírito Santo era a da cidade de Santa Luzia.

O Tenente-coronel Veiga, que era então o imperador do Divino, estava em uma casa que possuía na cidade. Na noite de sábado foi ali ter o bando dos pastores, composto de homens e mulheres, com o seu pitoresco vestuário, e acompanhado pelo clássico velho, que era um sujeito de calção e meia, sapato raso, casaca esguia, colete comprido e grande bengala na mão.

Camilo estava em casa do coronel, quando ali apareceu o bando dos pastores, com alguns músicos à frente, e muita gente atrás. Formaram logo, ali mesmo na rua, um círculo; um pastor e uma pastora iniciaram a dança clássica. Dançaram, cantaram e tocaram todos, à porta e na sala do coronel, que estava literalmente a lamber-se de gosto. É ponto duvidoso, e provavelmente nunca será liquidado, se o Tenente-coronel Veiga preferia naquela ocasião ser ministro de Estado a ser imperador do Espírito Santo.

E todavia aquilo era apenas uma amostra da grandeza do tenente-coronel. O sol do domingo devia alumiar maiores coisas. Parece que esta razão determinou o rei da luz a trazer nesse dia os seus melhores raios. O céu nunca se mostrara mais limpidamente azul. Algumas nuvens grossas, durante a noite, chegaram a emurchecer as esperanças dos festeiros; felizmente, sobre a madrugada soprara um vento rijo que varreu o céu e purificou a atmosfera.

A população correspondeu à solicitude da natureza. Logo cedo apareceu ela com os seus vestidos domingueiros, — jovial, risonha, palreira, — nada menos que feliz.

O ar atroava com foguetes; os sinos convidavam alegremente o povo à cerimônia religiosa.

Camilo passara a noite na cidade em casa do Padre Maciel, e foi acordado, mais cedo do que supusera, com os repiques e foguetada e mais demonstrações da cidade alegre. Em casa do pai continuara o moço os seus hábitos de Paris, em que o comendador julgou não dever perturbá-lo. Acordava portanto às 11 horas da manhã, exceto os domingos, em que ia à missa, para de todo em todo não ofender os hábitos da terra.

— Que diabo é isto, padre? gritou Camilo do quarto onde estava, e no momento em que uma girândola lhe abria definitivamente os olhos.

— Que há de ser? respondeu o Padre Maciel, metendo a cabeça pela porta: é a festa.

— Então a festa começa de noite?

— De noite? exclamou o padre. É dia claro.

Camilo não pôde conciliar o sono, e viu-se obrigado a levantar-se. Almoçou com o padre, contou duas anedotas, confessou ao hóspede que Paris era o ideal das cidades, e saiu para ir ter à casa do imperador do Divino. O padre saiu com ele. Em caminho viram de longe Leandro Soares.

— Não me dirá, padre, perguntou Camilo, por que razão a filha do Dr. Matos não atende àquele pobre rapaz que gosta tanto dela?

Maciel consertou os óculos e expôs a seguinte reflexão:

— Você parece tolo.

— Não tanto, como lhe pareço, replicou o filho do comendador, porque mais de uma pessoa tem feito a mesma pergunta.

— Assim é, na verdade, disse o padre; mas há coisas que outros dizem e a gente não repete. A Isabelinha não gosta do Soares simplesmente porque não gosta.

— Não lhe parece que essa moça é um tanto esquisita?

— Não, disse o padre, parece-me uma grande finória.

— Ah! por quê?

— Suspeito que tem muita ambição; não aceita o amor do Soares, a ver se pilha algum casamento que lhe abra a porta das grandezas políticas.

— Ora, disse Camilo levantando os ombros.

— Não acredita?

— Não.

— Pode ser que me engane; mas creio que é isto mesmo. Aqui cada qual dá uma explicação à isenção de Isabel; todas as explicações porém me parecem absurdas; a minha é a melhor.

Camilo fez algumas objeções à explicação do padre, e despediu-se dele para ir à casa do tenente-coronel.

O festivo imperador estava literalmente fora de si. Era a primeira vez que exercia aquele cargo honorífico e timbrava em fazê-lo brilhantemente, e até melhor que os seus predecessores. Ao natural desejo de não ficar por baixo, acrescia o elemento da inveja política. Alguns adversários seus diziam pela boca pequena que o brioso coronel não era capaz de dar conta da mão.

— Pois verão se sou capaz, foi o que ele disse ao ouvir de alguns amigos a malícia dos adversários.

Quando Camilo entrou na sala, acabava o tenente-coronel de explicar umas ordens relativas ao jantar que se devia seguir à festa, e ouvia algumas informações que lhe dava um irmão definidor acerca de uma cerimônia da sacristia.

— Não ouso falar-lhe, coronel, disse o filho do comendador, quando o Veiga ficou só com ele; não ouso interrompê-lo.

— Não interrompe, acudiu o imperador do divino; agora deve tudo estar acabado. O comendador vem?

— Já cá deve estar.

— Já viu a igreja?

— Ainda não.

— Está muito bonita. Não é por me gabar; creio que a festa não desmerecerá das outras, e até em algumas coisas há de ir melhor.

Era absolutamente impossível não concordar com esta opinião, quando aquele que a exprimia fazia assim o seu próprio louvor. Camilo encareceu ainda mais o mérito da festa. O coronel ouvia-o com um riso de satisfação íntima, e dispunha-se a provar que o seu jovem amigo ainda não apreciava bem a situação, quando este desviou a conversa, perguntando:

— Ainda não veio o Dr. Matos?

— Já.

— Com a família?

— Sim, com a família.

Neste momento foram interrompidos pelo som de muitos foguetes e de uma música que se aproximava.

— São eles! disse Veiga; vêm buscar-me. Há de dar-me licença.

O coronel estava até então de calça preta e rodaque de brim. Correu a preparar-se com o traje e as insígnias do seu elevado cargo. Camilo chegou à janela para ver o cortejo. Não tardou que este aparecesse composto de uma banda de música, da irmandade do Espírito Santo e dos pastores da véspera. Os irmãos vestiam as suas opas encarnadas, e vinham a passo grave, cercados do povo que enchia a rua e se aglomerava à porta do tenente-coronel para vê-lo sair.

Quando o cortejo parou em frente da casa do tenente-coronel cessou a música de tocar e todos os olhos se voltaram curiosamente para as janelas. Mas o imperador estreante estava ainda por completar a sua edição, e os curiosos tiveram de contentar-se com a pessoa do Dr. Camilo. Entretanto, quatro ou seis irmãos mais graduados destacaram-se do grupo e subiram as escadas do tenente-coronel.

Minutos depois cumprimentava Camilo os ditos irmãos graduados, um dos quais, mais graduado que os outros, não o era só no cargo, mas também, e sobretudo, no tamanho. E a estatura do Major Brás seria a coisa mais notável da sua pessoa, se lhe não pedisse meças a magreza do próprio major. A opa do major, apesar disto, ficava-lhe bem, porque nem ia até abaixo da curva da perna como a dos outros, nem lhe ficava na cintura, como devera, no caso de ter sido feita pela mesma medida. Era uma opa termo-médio. Ficava-lhe entre a cintura e a curva, e foi feita assim de propósito para conciliar os princípios da elegância com a estatura do major.

Todos os irmãos graduados estenderam a mão ao filho do comendador e perguntaram ansiosamente pelo tenente-coronel.

— Não tarda; foi vestir-se, respondeu Camilo.

— A igreja está cheia, disse um dos irmãos graduados; só se espera por ele.

— É justo esperar, opinou o Major Brás.

— Apoiado, disse o coro dos irmãos.

— Demais, continuou o imenso oficial, temos tempo; e não vamos para longe.

Os outros irmãos apoiaram com o gesto esta opinião do major, que, ato contínuo, começou a dizer a Camilo os mil trabalhos que a festa lhes dera, a ele e aos cavalheiros que o acompanhavam naquela ocasião, não menos que ao tenente-coronel.

— Como recompensa dos nossos débeis esforços (Camilo fez um sinal negativo a estas palavras do Major Brás), temos consciência de que a coisa não sairá de todo mal.

Ainda estas palavras não tinham bem saído dos lábios do digno oficial, quando assomou à porta da sala o tenente-coronel em todo o esplendor da sua transformação.

Camilo perdera de todo as noções que tinha a respeito do traje e insígnias de um imperador do Espírito Santo. Não foi pois sem grande pasmo que viu assomar à porta da sala a figura do tenente-coronel.

Além da calça preta que já tinha no corpo quando ali chegou Camilo, o tenente-coronel envergara uma casaca, que pela regularidade e elegância do corte podia rivalizar com as dos mais apurados membros do Cassino Fluminense. Até aí tudo ia bem. Ao peito rutilava uma vasta comenda da Ordem da Rosa, que lhe não ficava mal. Mas o que excedeu a toda a expectação, o que pintou no rosto do nosso Camilo a mais completa expressão de assombro, foi uma brilhante e vistosa coroa de papelão forrado de papel dourado que o tenente-coronel trazia na cabeça.

Camilo recuou um passo e cravou os olhos na insígnia imperial do tenente-coronel. Já lhe não lembrava aquele acessório indispensável em ocasiões semelhantes, e tendo vivido oito anos no meio de uma civilização diversa, não imaginava que ainda existissem costumes que ele julgava enterrados.

O tenente-coronel apertou a mão a todos os amigos e declarou que estava pronto a acompanhá-los.

— Não façamos esperar o povo, disse ele.

Imediatamente, desceram à rua. Houve no povo um movimento de curiosidade, quando viu aparecer à porta a opa encarnada de um dos irmãos que haviam subido. Logo atrás apareceu outra opa, e não tardou que as restantes opas aparecessem também flanqueando o vistoso imperador. A coroa dourada, apenas o sol lhe bateu de chapa, entrou a despedir faíscas quase inverossímeis. O tenente-coronel olhou a um lado e outro, fez algumas inclinações leves de cabeça a uma ou outra pessoa da multidão, e foi ocupar o seu lugar de honra no cortejo. A música rompeu logo uma marcha, que foi executada pelo tenente-coronel, a irmandade e os pastores, na direção da igreja.

Apenas da igreja avistaram o cortejo, o sineiro que já estava à espreita, pôs em obra as lições mais complicadas do seu ofício, enquanto uma girândola, entremeada de alguns foguetes soltos, anunciava às nuvens do céu que o imperador do Divino era chegado. Na igreja houve um rebuliço geral apenas se anunciou que era chegado o imperador. Um mestre-de-cerimônias ativo e desempenado ia abrindo alas, com grande dificuldade, porque o povo, ansioso por ver a figura do tenente-coronel, aglomerava-se desordenadamente e desfazia a obra do mestre-de-cerimônias. Afinal aconteceu o que sempre acontece nessas ocasiões; as alas foram-se abrindo por si mesmas, e ainda que com algum custo, o tenente-coronel atravessou a multidão, precedido e acompanhado pela irmandade, até chegar ao trono que se levantava ao lado do altar-mor. Subiu com firmeza os degraus do trono, e sentou-se nele, tão orgulhoso como se governasse dali todos os impérios juntos do mundo.

Quando Camilo chegou à igreja, já a festa havia começado. Achou um lugar sofrível, ou antes inteiramente bom, porque dali podia dominar um grande grupo de senhoras, entre as quais descobriu a formosa Isabel.

Camilo estava ansioso por falar outra vez a Isabel. O encontro na estrada e a singular perspicácia de que a moça dera prova nessa ocasião não lhe haviam saído da cabeça. A moça pareceu não dar por ele; mas Camilo era tão versado em tratar com o belo sexo, que não lhe foi difícil perceber que ela o tinha visto e intencionalmente não voltava os olhos para o lado dele. Esta circunstância, ligada aos incidentes do domingo anterior, fez-lhe nascer no espírito a seguinte pergunta:

— Mas que tem ela contra mim?

A festa prosseguiu sem novidade. Camilo não tirava os olhos de sua bela charada, nome que já lhe dava, mas a charada parecia refratária a todo o sentimento de curiosidade. Uma vez porém, quase no fim, encontraram-se os olhos de ambos. Pede a verdade que se diga que o rapaz surpreendeu a moça a olhar para ele. Cumprimentou-a; foi correspondido; nada mais. Acabada a festa foi a irmandade levar o tenente-coronel até a casa. No meio da lufa-lufa da saída, Camilo, que estava embebido a olhar para Isabel, ouviu uma voz desconhecida que lhe dizia ao ouvido:

— Veja o que faz!

Camilo voltou-se e deu com um homem baixinho e magro, de olhos miúdos e vivos, pobre mas asseadamente trajado. Encararam-se alguns segundos sem dizer palavra. Camilo não conhecia aquela cara e não se atrevia a pedir a explicação das palavras que ouvira, conquanto ardesse por saber o resto.

— Há um mistério, continuou o desconhecido. Quer descobri-lo?

Houve algum tempo de silêncio.

— O lugar não é próprio, disse Camilo; mas se tem alguma coisa que me dizer...

— Não; descubra o senhor mesmo.

E dizendo isto desapareceu no meio do povo o homem baixinho e magro, de olhos vivos e miúdos. Camilo acotovelou umas dez ou doze pessoas, pisou uns quinze ou vinte calos, pediu outras tantas vezes perdão da sua imprudência, até que se achou na rua sem ver nada que se parecesse com o desconhecido.

— Um romance! disse ele; estou em pleno romance.

Nisto saíam da igreja Isabel, D. Gertrudes e o Dr. Matos. Camilo aproximou-se do grupo e cumprimentou-os. Matos deu o braço a D. Gertrudes; Camilo ofereceu timidamente o seu a Isabel. A moça hesitou; mas não era possível recusar. Passou o braço no do jovem médico e o grupo dirigiu-se para a casa onde o tenente-coronel já estava e mais algumas pessoas importantes da localidade. No meio do povo havia um homem que também se dirigia para a casa do coronel e que não tirava os olhos de Camilo e de Isabel. Esse homem mordia o lábio até fazer sangue. Será preciso dizer que era Leandro Soares?