O relógio d'ouro
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Fin
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Ahora contaré la historia del reloj de oro. Era un gran cronómetro, completamente nuevo, sujeto a una elegante cadena. Luís Negreiros tenía mucha razón en quedarse boquiabierto cuando vio el reloj en casa, un reloj que no era suyo, ni podía serlo de su mujer. ¿Sería una ilusión de sus ojos? No lo era; el reloj estaba allí sobre una mesa de la alcoba, mirando hacia él, tal vez tan asombrado como él, por el lugar y la situación.

Clarinha no estaba en la alcoba cuando Luís Negreiros entró en ella. Se quedó en la sala, hojeando una novela, sin corresponder ni mucho ni poco al ósculo con el que el marido la saludó luego en la entrada. Esta Clarinha era una hermosa joven, si bien es cierto que un tanto pálida, o por eso mismo. Era pequeña y delgada, de lejos parecía una niña, de cerca, quien le examinara los ojos, vería bien que era una mujer como pocas. Estaba cómodamente reclinada en el sofá, con el libro abierto y los ojos en el libro, los ojos a penas, porque el pensamiento no tengo certeza de si estaba en el libro o en otra parte. En todo caso parecía ajena al marido y al reloj.

Luís Negreiros echó mano al reloj con una expresión que yo no me atrevo a describir. Ni el reloj, ni la cadena eran suyos y tampoco eran de personas que conociese. Se trataba de un acertijo. Luís Negreiros disfrutaba con los acertijos y pasaba por ser descifrador intrépido; pero le gustaban las farsas en folletines o en los periódicos. Luís Negreiros no apreciaba los acertijos tangibles o cronométricas y sobre todo sin concepto.

Por ese motivo y otros que son obvios, comprenderá el lector que el esposo de Clarinha se tirase sobre una silla, se tirara rabiosamente los cabellos, golpease con el pie en el suelo y lanzase el reloj y la cadena encima de la mesa. Finalizada esta primera manifestación de dolor, Luís Negreiros tomó de nuevo los fatales objetos y los examinó nuevamente. Siguió igual. Cruzó los brazos durante algún tiempo y reflexionó sobre el caso, interrogó a todos su recuerdos y concluyó finalmente que, sin una explicación de Clarinha cualquier medida sería en balde o precipitada.

Fue a verla.

Clarinha acababa de leer precisamente una página y daba vuelta a la hoja con el aire indiferente y tranquilo de quien no piensa en descifrar adivinanzas de cronómetro. Luís Negreiros la miró, sus ojos parecían dos relucientes puñales.

—¿Qué tienes? preguntó la joven con la voz dulce y amable que toda la gente estaba de acuerdo en atribuirle.

Luis Negreiros no respondió la pregunta de la mujer; miró algún tiempo hacia ella; después dio dos vueltas en la sala, pasando la mano por los cabellos, por lo que la joven de nuevo le preguntó:- Que tienes?

Luis Negreiros se paró frente a ella.

-Que es esto? dijo sacando del bolsillo el fatal reloj y mostrándolo delante de los ojos. ¿Qué es esto? repitió con voz de trueno.

Clarinha se mordió los labios y no respondió. Luis Negreiros estuvo algún tiempo con el reloj en la mano y los ojos en la mujer, la cual tenía sus ojos en el libro. El silencio era profundo. Luìs Negreiros fue el primero que lo rompió, tirando estrepitosamente el reloj al suelo, y diciendo en seguida a su esposa: —Vamos, ¿de quién es ese reloj?

Clarinha levantó lentamente sus ojos hacia él, luego los bajó, y murmuró: —No sé.



Luís Negreiros hizo un gesto como de quien quisiera estrangularla y se contuvo. La mujer se levantó, tomó el reloj y lo puso sobre una mesa pequeña. Luís Negreiros no pudo contenerse. Caminó hacia ella, y, sosteniéndole las muñecas con fuerza, le dijo: —¿No me responderás, demonio? ¿No me explicarás ese enigma?

Clarinha hizo un gesto de dolor, y Luis Negreiros inmediatamente le soltó las muñecas que estaban apretadas. En otras circunstancias es probable que Luis Negreiros le cayese a los pies y le pidiese perdón por haberla lastimado. En aquella, ni se acordó de eso; la dejó en medio de la sala y comenzó a pasear de nuevo, siempre alterado, parando de cuando en cuando, como si meditase algún desenlace trágico.

Clarinha salió de la sala.

Poco después vino un esclavo a decir que la cena estaba servida.

—¿Dónde está la señora?

—No sé, no, señor

Luìs Negreiros fue a buscar a la mujer, la encontró en una salita de costura, sentada en una silla baja, con la cabeza en las manos sollozando. Al ruido que hizo en el momento de cerrar la puerta tras de sí, Clarinha elevó la cabeza y Luìs Negreiros pudo verle las mejillas húmedas de las lágrimas. Esta situación todavía fue peor para él que la de la sala. Luìs Negreiros no podía ver llorar a una mujer, sobre todo la suya. Iba a secarle las lágrimas con un beso, pero reprimió el gesto y caminó frío hacia ella; empujó una silla y se sentó enfrente de Clarinha.

—Estoy tranquilo, como ves, dijo él, respóndeme a lo que te pregunté con la sinceridad que siempre tuviste conmigo. Yo no te acuso ni sospecho nada de ti. Quisiera simplemente saber cómo fue a parar allí ese reloj. ¿Fue tu padre que lo olvidó aquí?

—No

—Pero entonces....—¡Oh! ¡no me preguntes nada! exclamó Clarinha, ignoro cómo se encuentra ese reloj allí... No sé de quién es....déjame.

—¡Es demasiado! rugió Luis Negreiros, levantándose y tirando la silla al suelo.

Clarinha se estremeció y se quedó donde estaba. La situación se volvía cada vez más grave; Luìs Negreiros paseaba cada vez más alterado, dando vueltas a los ojos en las órbitas y pareciendo dispuesto a tirarse sobre la infeliz esposa. Esta, con los codos en el regazo y la cabeza en las manos, tenía los ojos clavados en la pared. Así discurrió cerca de un cuarto de hora. Luìs Negreiros iba de nuevo a interrogar a la esposa, cuando oyó la voz del suegro que subía las escaleras gritando: —¡El señor Luìs! ¡el muy malandrín!

—¡Aquí viene tu padre! dijo Luìs Negreiros, luego me lo pagarás.

Salió de la sala de costura y fue a recibir al suegro que ya estaba en medio de la sala, haciendo piruetas con el sombrero de sol, con gran peligro para las jarras y el candelabro.

—¿Estaban durmiendo? preguntó el Sr. Meireles quitándose el sombrero y limpiándose la cabeza con un gran pañuelo encarnado.

—No señor, estábamos conversando... —¿Conversando?... repitió Meireles.

Y añadió para sí: "Estaban de arrumacos... es lo que tiene que ser".

—Precisamente vamos a cenar, dijo Luìs Negreiros. ¿Cena con nosotros?

—No vine aquí para otra cosa, respondió Meireles; ceno hoy y también mañana. No me invitaste; pero es lo mismo.

—¿Lo lo invité?...

—Sí, ¿no cumples años mañana?

—¡Ah! es verdad... No existía razón aparente para que, después de estas palabras dichas con un tono lúgubre, Luìs Negreiros repitiese, pero esta vez con un tono inmensamente alegre: —¡Ah! ¡es verdad!...

Meireles, que ya iba a poner el sombrero en una percha del pasillo, se dio la vuelta asombrado hacia su yerno, en cuyo rostro leyó la más franca, súbita e inexplicable alegría.

-¡Está loco! dijo por lo bajo Meireles.

-Vamos a cenar, exclamó el yerno, yendo enseguida para adentro, mientras que Meireles siguiendo por el pasillo se dirigía al comedor.

Luìs Negreiros fue a ver a la mujer en la sala de costura y la encontró de pie, arreglándose los cabellos delante de un espejo: -Gracias, dijo.

La chica lo miró asombrada.

-Gracias, repitió Luís Negreiros, gracias y perdóname.

Diciendo esto, intentó Luìs Negreiros abrazarla; pero la chica, con un gesto noble, rechazó la caricia del marido y se fue para el comedor.

-¡Tiene razón! murmuró Luìs Negreiros.

Poco después se encontraban los tres sentados a la mesa para cenar, y fue servida la sopa, que Meireles encontró, como era natural, helada. Ya iba a hacer un discurso respecto a la incuria de los criados, cuando Luìs Negreiros confesó que toda la culpa era suya, porque la cena estaba en la mesa hacía mucho. La declaración a penas cambió el tema del discurso que versó entonces sobre la terrible cosa que era una cena recalentada, —qui ne valut jamais rien.

Meireles era un hombre alegre, ocurrente, tal vez demasiado frívolo para la edad, pero, en todo caso, una persona interesante. A Luìs Negreiros la gustaba mucho y veía correspondido ese afecto de pariente y de amigo, tanto más sincero cuanto que Meireles solo le diera a su hija tarde y de mala voluntad. El cortejo duró cerca de cuatro años, gastando el padre de Clarinha más de dos en meditar y resolver el tema de la boda. Al final dio su decisión, llevado más por las lágrimas de la hija que por los atributos del yerno, decía.

La causa de la larga duda eran las costumbres poco austeras de Luìs Negreiros, no las que tenía durante el noviazgo, sino las que había tenido antes y las que podría llegar a tener después. Meireles confesaba ingenuamente que había sido un marido poco ejemplar y encontraba que por eso mismo debía dar a su hija un esposo mejor que él. Luís Negreiros desmintió las aprensiones del suegro; el león impetuoso de antaño, se transformó en un tranquilo cordero Nació una franca amistad entre el suegro y el yerno, y Clarinha pasó a ser una de las jóvenes más envidiadas de la ciudad.

Y era tanto mayor el mérito de Luís Negreiros, cuanto que no le faltaban tentaciones. El diablo se metía a veces en la piel de un amigo y lo invitaba a recordar los antiguos tiempos. Pero Luís Negreiros decía que se había retirado a buen puerto y que no se quería arriesgar otra vez a las tormentas de alta mar.

Clarinha amaba con ternura a su marido y era la criatura más dócil y amable que respiraba por aquellos tiempos el aire fluminense. Jamás había habido el más mínimo desacuerdo entre ambos; la claridad del cielo conyugal era siempre la misma y parecía que llegaría a ser duradera. ¿Qué mal destino sopló hasta allí la primera nube?

Durante la cena Clarinha no dijo ni palabra – o pocas había dicho, aún así las más breves y en un tono seco.

"Están peleados, no hay duda", pensó Meireles al ver el pertinaz mutismo de su hija. "O la enfadada es solo ella, porque él me parece alegre". Luís Negreiros efectivamente se deshacía todo en agrados, mimos y cortesías con su mujer, que ni siquiera lo miraba directamente. El marido ya mandaba al suegro a todos los diablos, deseoso de quedarse a solas con su esposa, para la explicación final, la que reconciliaría los ánimos. Clarinha no parecía desearlo; comió poco y dos o tres veces le salió un suspiro del pecho.

Ya se ve que la cena, por grandes que fueran los esfuerzos, no podía ser como otros días. Meireles sobre todo se encontraba retraído. No era que recelase de algún gran acontecimiento en la casa; su idea es que sin peleas no se aprecia la felicidad, como sin tempestades no se aprecia el buen tiempo. No obstante, la tristeza de la hija siempre le aguaba la fiesta.

Cuando vino el café Meireles propuso que fueran los tres al teatro; Luís Negreiros aceptó la idea con entusiasmo. Clarinha se negó secamente.

–No te entiendo hoy, Clarinha, le dijo su padre con impaciencia. Tu marido está alegre y tú me pareces abatida y preocupada. ¿Qué tienes?

Clarinha no respondió; Luís Negreiros, sin saber lo que tenía que decir, tomó la resolución de hacer bolitas de migas de pan. Meireles se encogió de hombros.

–Entiéndanse ustedes, les dijo. Si mañana, a pesar de ser el día que es, estuvieran del mismo modo, les prometo que no verán ni mi sombra.

–¡Oh! tiene que venir, decía Luís Negreiros, pero fue interrumpido por su mujer que rompió a llorar.

La cena acabó así de triste e insoportable. Meireles le pidió al yerno que le explicase qué pasaba, y este le prometió que se lo diría todo en el momento oportuno.

Poco después salía el padre de Clarinha protestando de nuevo que, si al día siguiente los encontraba de la misma forma, nunca más volvería a su casa, y que si había algo peor que una cena fría o recalentada, era una cena mal digerida. Este axioma valía tanto como el de Boileau, pero nadie le prestó atención.

Clarinha había ido a la habitación; el marido, nada más despedirse de su suegro, fue a buscarla. La encontró sentada en la cama, con la cabeza sobre una almohada y sollozando. Luís Negreiros se arrodilló ante ella y le tomó una mano.

–Clarinha, le dijo, perdónamelo todo. Ya tengo la explicación del reloj; si tu padre no me hubiera hablado de venir a cenar mañana, no hubiera sido capaz de adivinar que el reloj era un regalo de cumpleaños que me hacías.

No me atrevo a describir el soberbio gesto de indignación con que la chica se puso de pie cuando oyó estas palabras del marido. Luís Negreiros la miró sin comprender nada. La chica no dijo ni mu; salió de la habitación y dejó al infeliz consorte más sorprendido que nunca.

"¿Pero qué enigma es este?" se preguntaba Luís Negreiros. "Si no era un mimo de cumpleaños, ¿qué explicación puede tener el dichoso reloj?". La situación era la misma que antes de la cena. Luís Negreiros resolvió descubrirlo todo esa noche. Pensó, entretanto, que era conveniente reflexionar maduramente sobre el caso y tomar una resolución que fuese decisiva. Con este propósito se recogió en su despacho y allí recordó todo lo que había pasado desde que había llegado a la casa. Pesó fríamente todas las razones, todos los incidentes y buscó reproducir en la memoria la expresión del rostro de la chica a lo largo de toda la tarde. El gesto de indignación y el rechazo cuando él fue a abrazarla en la sala de costura estaban a favor de ella; pero el movimiento con que se había mordido los labios en el momento en que él le enseñó el reloj, las lágrimas que le brotaron en la mesa y sobre todo el silencio que mantenía respecto al origen del fatal objeto, todo eso hablaba en contra de la joven.

Luìs Negreiros, después de mucho pensar, se inclinó por la más triste y deplorable de las hipótesis. Una mala idea comenzó a metérsele en la mente, al igual que un taladro y penetró tan profundo que se apoderó de él en pocos segundos. Luìs Negreiros era hombre echado para adelante cuando la ocasión lo requería. Profirió dos o tres amenazas, salió del despacho y fue a ver a su mujer.

Clarinha se había recogido otra vez en la habitación. La puerta a penas estaba cerrada. Eran las nueve de la noche. Una pequeña lamparita iluminaba escasamente el aposento. La joven estaba de nuevo sentada en la cama, pero ya no lloraba; tenía los ojos fijos en el suelo. No los levantó cuando sintió entrar al marido.

Hubo un momento de silencio.

Luìs Negreiros fue el primero que habló.

—Clarinha, dijo, este momento es solemne. Repóndeme a lo que te pregunto desde esta tarde.

La joven no respondió.

—Piensa bien, Clarinha, prosiguió el marido. Puedes poner en peligro tu vida.

La joven se encogió de hombros.

Por los ojos de Luìs Negreiros pasó una nube. El infeliz marido lanzó sus manos al cuello de la esposa y rugió: —¡Responde, diablos, o mueres!

Clarinha soltó un grito.

—¡Espera! dijo ella.

Luìs Negreiros retrocedió.

—¡Mátame!; pero lee esto primero. Cuando esta carta fue a tu escritorio ya no te encontró allí: fue lo que me dijo el portador.

Luìs Negreiros recibió la carta, se acercó a la lamparita y leyó estupefacto estas líneas: Querido nieto. Sé que mañana cumples años; te mando este recuerdo.

Tu abuela.
Así es como acabó la historia del reloj de oro.
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Agora contarei a história do relógio de ouro.
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Era um grande cronômetro, inteiramente novo, preso a uma elegante cadeia.
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Seria ilusão dos seus olhos?
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Clarinha não estava na alcova quando Luís Negreiros ali entrou.
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Era uma bonita moça esta Clarinha, ainda que um tanto pálida, ou por isso mesmo.
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Em todo o caso parecia alheia ao marido e ao relógio.
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Luís Negreiros lançou mão do relógio com uma expressão que eu não me atrevo a descrever.
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Nem o relógio, nem a corrente eram dele; também não eram de pessoas suas conhecidas.
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Tratava-se de uma charada.
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Charadas palpáveis ou cronométricas, e sobretudo sem conceito, não as apreciava Luís Negreiros.
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Ficou na mesma.
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Foi ter com ela.
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Luís Negreiros encarou-a; seus olhos pareciam dois reluzentes punhais.
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— Que tens?
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perguntou a moça com a voz doce e meiga que toda a gente concordava em lhe achar.
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Luís Negreiros parou defronte dela.
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— Que é isto?
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disse ele tirando do bolso o fatal relógio e apresentando-lho diante dos olhos.
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Que é isto?
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repetiu ele com voz de trovão.
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Clarinha mordeu os beiços e não respondeu.
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O silêncio era profundo.
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Clarinha ergueu lentamente os olhos para ele, abaixou-os depois, e murmurou: — Não sei.
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Luís Negreiros fez um gesto como de quem queria esganá-la; conteve-se.
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A mulher levantou-se, apanhou o relógio e pô-lo sobre uma mesa pequena.
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Não se pôde conter Luís Negreiros.
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Não me explicarás esse enigma?
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Clarinha saiu da sala.
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Pouco depois veio um escravo dizer que o jantar estava na mesa.
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— Onde está a senhora?
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— Não sei, não, senhor.
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Esta situação foi ainda pior para ele que a da sala.
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Luís Negreiros não podia ver chorar uma mulher, sobretudo a dele.
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Eu não te acuso nem suspeito nada de ti.
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Quisera simplesmente saber como foi parar ali aquele relógio.
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Foi teu pai que o esqueceu cá?
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— Não.
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— Mas então... — Oh!
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não me perguntes nada!
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exclamou Clarinha; ignoro como esse relógio se acha ali... Não sei de quem é... deixa-me.
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— É demais!
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urrou Luís Negreiros, levantando-se e atirando a cadeira ao chão.
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Clarinha estremeceu, e deixou-se ficar aonde estava.
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Esta, com os cotovelos no regaço e a cabeça nas mãos, tinha os olhos encravados na parede.
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Correu assim cerca de um quarto de hora.
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ó seu malandrim!
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— Aí vem teu pai!
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disse Luís Negreiros; logo me pagarás.
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— Vocês estavam dormindo?
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perguntou o Sr. Meireles tirando o chapéu e limpando a testa com um grande lenço encarnado.
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— Não, senhor, estávamos conversando... — Conversando?...
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repetiu Meireles.
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E acrescentou consigo: “Estavam de arrufos... é o que há de ser”.
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— Vamos justamente jantar, disse Luís Negreiros.
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Janta conosco?
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— Não vim cá para outra coisa, acudiu Meireles; janto hoje e amanhã também.
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Não me convidaste, mas é o mesmo.
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— Não o convidei?...
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— Sim, não fazes anos amanhã?
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— Ah!
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é verdade!...
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— Está maluco!
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disse baixinho Meireles.
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A moça olhou para ele admirada.
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— Obrigado, repetiu Luís Negreiros; obrigado e perdoa-me.
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— Tem razão!
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murmurou Luís Negreiros.
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E era tanto maior o mérito de Luís Negreiros quanto que não lhe faltavam tentações.
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Que mau destino lhe soprou ali a primeira nuvem?
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“Estão de arrufo, não há dúvida”, pensou Meireles ao ver a pertinaz mudez da filha.
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Já se vê que o jantar, por maiores que fossem os esforços, não podia ser como nos outros dias.
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Meireles sobretudo achava-se acanhado.
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Contudo, a tristeza da filha sempre lhe punha água na fervura.
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Clarinha recusou secamente.
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— Não te entendo hoje, Clarinha, disse o pai com um modo impaciente.
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unit 126
Teu marido está alegre e tu pareces-me abatida e preocupada.
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unit 127
Que tens?
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unit 129
Meireles levantou os ombros.
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unit 130
— Vocês lá se entendem, disse ele.
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unit 132
— Oh!
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há de vir, ia dizendo Luís Negreiros, mas foi interrompido pela mulher que desatou a chorar.
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unit 134
O jantar acabou assim triste e aborrecido.
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unit 137
Este axioma valia o de Boileau, mas ninguém lhe prestou atenção.
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unit 138
Clarinha fora para o quarto; o marido, apenas se despediu do sogro, foi ter com ela.
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unit 139
Achou-a sentada na cama, com a cabeça sobre uma almofada, e soluçando.
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Luís Negreiros ajoelhou-se diante dela e pegou-lhe numa das mãos.
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unit 141
— Clarinha, disse ele, perdoa-me tudo.
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Luís Negreiros olhou para ela sem compreender nada.
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A moça não disse uma nem duas; saiu do quarto e deixou o infeliz consorte mais admirado que nunca.
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unit 146
“Mas que enigma é este?” perguntava a si mesmo Luís Negreiros.
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unit 148
Luís Negreiros assentou de descobrir tudo naquela noite.
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Luís Negreiros, depois de muito cogitar, inclinou-se à mais triste e deplorável das hipóteses.
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Luís Negreiros era homem assomado quando a ocasião o pedia.
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unit 156
Proferiu duas ou três ameaças, saiu do gabinete e foi ter com a mulher.
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unit 157
Clarinha recolhera-se de novo ao quarto.
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A porta estava apenas cerrada.
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Eram nove horas da noite.
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Uma pequena lamparina alumiava escassamente o aposento.
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A moça estava outra vez assentada na cama, mas já não chorava; tinha os olhos fitos no chão.
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Nem os levantou quando sentiu entrar o marido.
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Houve um momento de silêncio.
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Luís Negreiros foi o primeiro que falou.
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— Clarinha, disse ele, este momento é solene.
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Responde-me ao que te pergunto desde esta tarde?
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A moça não respondeu.
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— Reflete bem, Clarinha, continuou o marido.
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Podes arriscar a tua vida.
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A moça levantou os ombros.
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Uma nuvem passou pelos olhos de Luís Negreiros.
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O infeliz marido lançou as mãos ao colo da esposa e rugiu: — Responde, demônio, ou morres!
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Clarinha soltou um grito.
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— Espera!
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disse ela.
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Luís Negreiros recuou.
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— Mata-me, disse ela, mas lê isto primeiro.
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Quando esta carta foi ao teu escritório já te não achou lá: foi o que o portador me disse.
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Luís Negreiros recebeu a carta, chegou-se à lamparina e leu estupefato estas linhas: Meu nhonhô.
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Sei que amanhã fazes anos; mando-te esta lembrança.
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Tua Iaiá.
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Assim acabou a história do relógio de ouro.
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Agora contarei a história do relógio de ouro. Era um grande cronômetro, inteiramente novo, preso a uma elegante cadeia. Luís Negreiros tinha muita razão em ficar boquiaberto quando viu o relógio em casa, um relógio que não era dele, nem podia ser de sua mulher. Seria ilusão dos seus olhos? Não era; o relógio ali estava sobre uma mesa da alcova, a olhar para ele, talvez tão espantado, como ele, do lugar e da situação.

Clarinha não estava na alcova quando Luís Negreiros ali entrou. Deixou-se ficar na sala, a folhear um romance, sem corresponder muito nem pouco ao ósculo com que o marido a cumprimentou logo à entrada. Era uma bonita moça esta Clarinha, ainda que um tanto pálida, ou por isso mesmo. Era pequena e delgada; de longe parecia uma criança; de perto, quem lhe examinasse os olhos, veria bem que era mulher como poucas. Estava molemente reclinada no sofá, com o livro aberto, e os olhos no livro, os olhos apenas, porque o pensamento, não tenho certeza se estava no livro, se em outra parte. Em todo o caso parecia alheia ao marido e ao relógio.

Luís Negreiros lançou mão do relógio com uma expressão que eu não me atrevo a descrever. Nem o relógio, nem a corrente eram dele; também não eram de pessoas suas conhecidas. Tratava-se de uma charada. Luís Negreiros gostava de charadas, e passava por ser decifrador intrépido; mas gostava de charadas nas folhinhas ou nos jornais. Charadas palpáveis ou cronométricas, e sobretudo sem conceito, não as apreciava Luís Negreiros.

Por esse motivo, e outros que são óbvios, compreenderá o leitor que o esposo de Clarinha se atirasse sobre uma cadeira, puxasse raivosamente os cabelos, batesse com o pé no chão, e lançasse o relógio e a corrente para cima da mesa. Terminada esta primeira manifestação de furor, Luís Negreiros pegou de novo nos fatais objetos, e de novo os examinou. Ficou na mesma. Cruzou os braços durante algum tempo e refletiu sobre o caso, interrogou todas as suas recordações, e concluiu no fim de tudo que, sem uma explicação de Clarinha qualquer procedimento fora baldado ou precipitado.

Foi ter com ela.

Clarinha acabava justamente de ler uma página e voltava a folha com o ar indiferente e tranqüilo de quem não pensa em decifrar charadas de cronômetro. Luís Negreiros encarou-a; seus olhos pareciam dois reluzentes punhais.

— Que tens? perguntou a moça com a voz doce e meiga que toda a gente concordava em lhe achar.

Luís Negreiros não respondeu à interrogação da mulher; olhou algum tempo para ela; depois deu duas voltas na sala, passando a mão pelos cabelos, por modo que a moça de novo lhe perguntou:

— Que tens?

Luís Negreiros parou defronte dela.

— Que é isto? disse ele tirando do bolso o fatal relógio e apresentando-lho diante dos olhos. Que é isto? repetiu ele com voz de trovão.

Clarinha mordeu os beiços e não respondeu. Luís Negreiros esteve algum tempo com o relógio na mão e os olhos na mulher, a qual tinha os seus olhos no livro. O silêncio era profundo. Luís Negreiros foi o primeiro que o rompeu, atirando estrepitosamente o relógio ao chão, e dizendo em seguida à esposa:

— Vamos, de quem é aquele relógio?

Clarinha ergueu lentamente os olhos para ele, abaixou-os depois, e murmurou:

— Não sei.

Luís Negreiros fez um gesto como de quem queria esganá-la; conteve-se. A mulher levantou-se, apanhou o relógio e pô-lo sobre uma mesa pequena. Não se pôde conter Luís Negreiros. Caminhou para ela, e, segurando-lhe nos pulsos com força, lhe disse:

— Não me responderás, demônio? Não me explicarás esse enigma?

Clarinha fez um gesto de dor, e Luís Negreiros imediatamente lhe soltou os pulsos que estavam arrochados. Noutras circunstâncias é provável que Luís Negreiros lhe caísse aos pés e pedisse perdão de a haver machucado. Naquela, nem se lembrou disso; deixou-a no meio da sala e entrou a passear de novo, sempre agitado, parando de quando em quando, como se meditasse algum desfecho trágico.

Clarinha saiu da sala.

Pouco depois veio um escravo dizer que o jantar estava na mesa.

— Onde está a senhora?

— Não sei, não, senhor.

Luís Negreiros foi procurar a mulher, achou-a numa saleta de costura, sentada numa cadeira baixa, com a cabeça nas mãos a soluçar. Ao ruído que ele fez na ocasião de fechar a porta atrás de si, Clarinha levantou a cabeça, e Luís Negreiros pôde ver-lhe as faces úmidas de lágrimas. Esta situação foi ainda pior para ele que a da sala. Luís Negreiros não podia ver chorar uma mulher, sobretudo a dele. Ia enxugar-lhe as lágrimas com um beijo, mas reprimiu o gesto, e caminhou frio para ela; puxou uma cadeira e sentou-se em frente de Clarinha.

— Estou tranqüilo, como vês, disse ele, responde-me ao que te perguntei com a franqueza que sempre usaste comigo. Eu não te acuso nem suspeito nada de ti. Quisera simplesmente saber como foi parar ali aquele relógio. Foi teu pai que o esqueceu cá?

— Não.

— Mas então...

— Oh! não me perguntes nada! exclamou Clarinha; ignoro como esse relógio se acha ali... Não sei de quem é... deixa-me.

— É demais! urrou Luís Negreiros, levantando-se e atirando a cadeira ao chão.

Clarinha estremeceu, e deixou-se ficar aonde estava. A situação tornava-se cada vez mais grave; Luís Negreiros passeava cada vez mais agitado, revolvendo os olhos nas órbitas, e parecendo prestes a atirar-se sobre a infeliz esposa. Esta, com os cotovelos no regaço e a cabeça nas mãos, tinha os olhos encravados na parede. Correu assim cerca de um quarto de hora. Luís Negreiros ia de novo interrogar a esposa, quando ouviu a voz do sogro, que subia as escadas gritando:

— Ó seu Luís! ó seu malandrim!

— Aí vem teu pai! disse Luís Negreiros; logo me pagarás.

Saiu da sala de costura e foi receber o sogro, que já estava no meio da sala, fazendo viravoltas com o chapéu de sol, com grande risco das jarras e do candelabro.

— Vocês estavam dormindo? perguntou o Sr. Meireles tirando o chapéu e limpando a testa com um grande lenço encarnado.

— Não, senhor, estávamos conversando...

— Conversando?... repetiu Meireles.

E acrescentou consigo:

“Estavam de arrufos... é o que há de ser”.

— Vamos justamente jantar, disse Luís Negreiros. Janta conosco?

— Não vim cá para outra coisa, acudiu Meireles; janto hoje e amanhã também. Não me convidaste, mas é o mesmo.

— Não o convidei?...

— Sim, não fazes anos amanhã?

— Ah! é verdade...

Não havia razão aparente para que, depois destas palavras ditas com um tom lúgubre, Luís Negreiros repetisse, mas desta vez com um tom descomunalmente alegre:

— Ah! é verdade!...

Meireles, que já ia pôr o chapéu num cabide do corredor, voltou-se espantado para o genro, em cujo rosto leu a mais franca, súbita e inexplicável alegria.

— Está maluco! disse baixinho Meireles.

— Vamos jantar, bradou o genro, indo logo para dentro, enquanto Meireles seguindo pelo corredor ia ter à sala de jantar.

Luís Negreiros foi ter com a mulher na sala de costura, e achou-a de pé, compondo os cabelos diante de um espelho:

— Obrigado, disse.

A moça olhou para ele admirada.

— Obrigado, repetiu Luís Negreiros; obrigado e perdoa-me.

Dizendo isto, procurou Luís Negreiros abraçá-la; mas a moça, com um gesto nobre, repeliu o afago do marido e foi para a sala de jantar.

— Tem razão! murmurou Luís Negreiros.

Daí a pouco achavam-se todos três à mesa do jantar, e foi servida a sopa, que Meireles achou, como era natural, de gelo. Ia já fazer um discurso a respeito da incúria dos criados, quando Luís Negreiros confessou que toda a culpa era dele, porque o jantar estava há muito na mesa. A declaração apenas mudou o assunto do discurso, que versou então sobre a terrível coisa que era um jantar requentado, — qui ne valut jamais rien.

Meireles era um homem alegre, pilhérico, talvez frívolo demais para a idade, mas em todo o caso interessante pessoa. Luís Negreiros gostava muito dele, e via correspondida essa afeição de parente e de amigo, tanto mais sincera quanto que Meireles só tarde e de má vontade lhe dera a filha. Durou o namoro cerca de quatro anos, gastando o pai de Clarinha mais de dois em meditar e resolver o assunto do casamento. Afinal deu a sua decisão, levado antes das lágrimas da filha que dos predicados do genro, dizia ele.

A causa da longa hesitação eram os costumes pouco austeros de Luís Negreiros, não os que ele tinha durante o namoro, mas os que tivera antes e os que poderia vir a ter depois. Meireles confessava ingenuamente que fora marido pouco exemplar, e achava que por isso mesmo devia dar à filha melhor esposo do que ele. Luís Negreiros desmentiu as apreensões do sogro; o leão impetuoso dos outros dias, tornou-se um pacato cordeiro. A amizade nasceu franca entre o sogro e o genro, e Clarinha passou a ser uma das mais invejadas moças da cidade.

E era tanto maior o mérito de Luís Negreiros quanto que não lhe faltavam tentações. O diabo metia-se às vezes na pele de um amigo e ia convidá-lo a uma recordação dos antigos tempos. Mas Luís Negreiros dizia que se recolhera a bom porto e não queria arriscar-se outra vez às tormentas do alto mar.

Clarinha amava ternamente o marido, e era a mais dócil e afável criatura que por aqueles tempos respirava o ar fluminense. Nunca entre ambos se dera o menor arrufo; a limpidez do céu conjugal era sempre a mesma e parecia vir a ser duradoura. Que mau destino lhe soprou ali a primeira nuvem?

Durante o jantar Clarinha não disse palavra — ou poucas dissera, ainda assim as mais breves e em tom seco.

“Estão de arrufo, não há dúvida”, pensou Meireles ao ver a pertinaz mudez da filha. “Ou a arrufada é só ela, porque ele parece-me lépido.”

Luís Negreiros efetivamente desfazia-se todo em agrados, mimos e cortesias com a mulher, que nem sequer olhava em cheio para ele. O marido já dava o sogro a todos os diabos, desejoso de ficar a sós com a esposa, para a explicação última, que reconciliaria os ânimos. Clarinha não parecia desejá-lo; comeu pouco e duas ou três vezes soltou-se-lhe do peito um suspiro.

Já se vê que o jantar, por maiores que fossem os esforços, não podia ser como nos outros dias. Meireles sobretudo achava-se acanhado. Não era que receasse algum grande acontecimento em casa; sua idéia é que sem arrufos não se aprecia a felicidade, como sem tempestade não se aprecia o bom tempo. Contudo, a tristeza da filha sempre lhe punha água na fervura.

Quando veio o café, Meireles propôs que fossem todos três ao teatro; Luís Negreiros aceitou a idéia com entusiasmo. Clarinha recusou secamente.

— Não te entendo hoje, Clarinha, disse o pai com um modo impaciente. Teu marido está alegre e tu pareces-me abatida e preocupada. Que tens?

Clarinha não respondeu; Luís Negreiros, sem saber o que havia de dizer, tomou a resolução de fazer bolinhas de miolo de pão. Meireles levantou os ombros.

— Vocês lá se entendem, disse ele. Se amanhã, apesar de ser o dia que é, vocês estiverem do mesmo modo, prometo-lhes que nem a sombra me verão.

— Oh! há de vir, ia dizendo Luís Negreiros, mas foi interrompido pela mulher que desatou a chorar.

O jantar acabou assim triste e aborrecido. Meireles pediu ao genro que lhe explicasse o que aquilo era, e este prometeu que lhe diria tudo em ocasião oportuna.

Pouco depois saía o pai de Clarinha protestando de novo que, se no dia seguinte os achasse do mesmo modo, nunca mais voltaria à casa deles, e que se havia coisa pior que um jantar frio ou requentado, era um jantar mal digerido. Este axioma valia o de Boileau, mas ninguém lhe prestou atenção.

Clarinha fora para o quarto; o marido, apenas se despediu do sogro, foi ter com ela. Achou-a sentada na cama, com a cabeça sobre uma almofada, e soluçando. Luís Negreiros ajoelhou-se diante dela e pegou-lhe numa das mãos.

— Clarinha, disse ele, perdoa-me tudo. Já tenho a explicação do relógio; se teu pai não me fala em vir jantar amanhã, eu não era capaz de adivinhar que o relógio era um presente de anos que tu me fazias.

Não me atrevo a descrever o soberbo gesto de indignação com que a moça se pôs de pé quando ouviu estas palavras do marido. Luís Negreiros olhou para ela sem compreender nada. A moça não disse uma nem duas; saiu do quarto e deixou o infeliz consorte mais admirado que nunca.

“Mas que enigma é este?” perguntava a si mesmo Luís Negreiros. “Se não era um mimo de anos, que explicação pode ter o tal relógio?”

A situação era a mesma que antes do jantar. Luís Negreiros assentou de descobrir tudo naquela noite. Achou, entretanto, que era conveniente refletir maduramente no caso e assentar numa resolução que fosse decisiva. Com este propósito recolheu-se ao seu gabinete, e ali recordou tudo o que se havia passado desde que chegara à casa. Pesou friamente todas as razões, todos os incidentes, e buscou reproduzir na memória a expressão do rosto da moça, em toda aquela tarde. O gesto de indignação e a repulsa quando ele a foi abraçar na sala de costura, eram a favor dela; mas o movimento com que mordera os lábios no momento em que ele lhe apresentou o relógio, as lágrimas que lhe rebentaram à mesa, e mais que tudo o silêncio que ela conservava a respeito da procedência do fatal objeto, tudo isso falava contra a moça.

Luís Negreiros, depois de muito cogitar, inclinou-se à mais triste e deplorável das hipóteses. Uma idéia má começou a enterrar-se-lhe no espírito, à maneira de verruma, e tão fundo penetrou, que se apoderou dele em poucos instantes. Luís Negreiros era homem assomado quando a ocasião o pedia. Proferiu duas ou três ameaças, saiu do gabinete e foi ter com a mulher.

Clarinha recolhera-se de novo ao quarto. A porta estava apenas cerrada. Eram nove horas da noite. Uma pequena lamparina alumiava escassamente o aposento. A moça estava outra vez assentada na cama, mas já não chorava; tinha os olhos fitos no chão. Nem os levantou quando sentiu entrar o marido.

Houve um momento de silêncio.

Luís Negreiros foi o primeiro que falou.

— Clarinha, disse ele, este momento é solene. Responde-me ao que te pergunto desde esta tarde?

A moça não respondeu.

— Reflete bem, Clarinha, continuou o marido. Podes arriscar a tua vida.

A moça levantou os ombros.

Uma nuvem passou pelos olhos de Luís Negreiros. O infeliz marido lançou as mãos ao colo da esposa e rugiu:

— Responde, demônio, ou morres!

Clarinha soltou um grito.

— Espera! disse ela.

Luís Negreiros recuou.

— Mata-me, disse ela, mas lê isto primeiro. Quando esta carta foi ao teu escritório já te não achou lá: foi o que o portador me disse.

Luís Negreiros recebeu a carta, chegou-se à lamparina e leu estupefato estas linhas:

Meu nhonhô. Sei que amanhã fazes anos; mando-te esta lembrança.

Tua Iaiá.
Assim acabou a história do relógio de ouro.