Ernesto de Tal I - Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 4 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
55 Units
100% Translated
100% Upvoted
Aquel joven que está parado allí en la Calle Nova do Conde esquina con Campo da Aclamação, a las diez de la noche, no es ningún ladrón, ni tampoco es un filósofo. Tiene un aire misterioso, es cierto; de vez en cuando se lleva la mano al pecho, se da una palmada en la pierna o tira un puro recién encendido. Filósofo ya se ve que no es. Ladronzuelo tampoco: si algún sujeto acierta a pasar por el mismo lado la figura se aparta cautelosa, como si tuviera miedo de ser conocida.

Cada diez minutos, sube la calle hasta el lugar en que hace esquina con la Rua do Areal, vuelve a bajar diez minutos después, para de nuevo subir y bajar, bajar y subir, sin otro resultado que el de aumentar un cinco por ciento la cólera que le susurra en el corazón.

Cualquiera que lo viera hacer estas subidas y bajadas, dar palmadas en la pierna, encender y apagar puros y no tuviera otra explicación, supondría acertadamente que el hombre estaba chiflado o algo así. No, señor, Ernesto de Tal (no estoy autorizado a decir el nombre completo) anda simplemente apasionado por una joven que vive en esa calle y está enfadado porque todavía no ha conseguido recibir respuesta a la carta que le envió esa mañana.

Es conveniente decir que dos días antes había tenido una pequeña discusión. Ernesto había roto la promesa de enamorado que le había hecho, de no escribirle nunca más, mandando en esa mañana una carta de cuatro hojas incendiarias, con muchos signos de admiración y varias licencias de puntuación. La carta salió; pero la respuesta no llegó.

Cada vez que nuestro enamorado realizaba la bajada o la subida de la calle, se paraba en frente de una casa embrujada donde se bailaba al son de un piano. Allí era donde vivía la dama de sus pensamientos. Pero se detenía en vano; ni ella aparecía en la ventana ni la carta le llegaba a sus manos.

Entonces, Ernesto se mordía los labios para no soltar un grito de desesperación e iba a desfogar su enfado en la próxima esquina.

Pero, ¿qué explicación tiene esto, se decía, por qué razón no me echa el papel por la ventana? No tiene que ver; está completamente entregada a la danza, quizás enamorada, no se acuerda de que estoy aquí en la calle, cuando podía estar allí... En este momento, el enamorado se calló y en lugar del gesto de desesperación que debía hacer, soltó a penas un largo y dolido suspiro. La explicación de este suspiro, inverosímil en un hombre que está reventando de cólera, es un tanto delicada para decirla por escrito. Pero ahí va; o no se ha de contar nada o se ha decir todo.

Ernesto solía ir a casa del Sr. Vieira, tío de Rosina, que es el nombre de la enamorada. Acostumbraba a ir allí con frecuencia y allí mismo fue donde se enfadó con ella dos días antes de este sábado de octubre de 1850, en el que tiene lugar el acontecimiento que estoy contando. Ahora bien, ¿por qué razón no está Ernesto entre los caballeros que están bailando o tomando té? En la tarde del día anterior, el Sr. Vieira, al encontrarse con Ernesto, le hizo saber que al día siguiente daba una pequeña fiesta para celebrar no sé qué acontecimiento familiar.

—Tomé la decisión hoy por la mañana, finalizó; invité a poca gente, pero espero que la fiesta sea brillante. Iba a mandarle ahora una invitación; pero creo que me perdonará...

—Sin duda, se apresuró a decir Ernesto, restregándose las manos de contento.

—¡No falte!

—¡No señor!

—¡Ah! se me olvidaba avisarle de una cosa, dijo Vieira que ya había dado algunos pasos; como va el subdelegado, que además es comendador, deseaba que todos mis invitados apareciesen trajeados. Se sacrifica a llevar frac, ¿verdad?

–Con mucho gusto, respondió el otro poniéndose pálido como un difunto.

Pálido, ¿por qué? Lector, por más ridícula y lastimosa que te parezca esta declaración, no dudo en decirte que nuestro Ernesto no poseía un solo frac, ni nuevo ni viejo. La exigencia de Vieira era absurda, pero no había como evitarla; o no ir, o ir de frac. Había que salir a toda costa de esta gravísima situación. Tres sugerencias se presentaron al espíritu del atribulado joven; encargar, a cualquier precio, un frac para la noche siguiente; comprarlo a crédito; pedirlo a un amigo.

Las dos primeras sugerencias fueron rechazadas por impracticables; Ernesto no tenía ni dinero ni crédito por tanto valor. Quedaba el tercero. Hizo Ernesto una lista de los probables amigos y fracs, la metió en el bolsillo y salió en busca del vellocino.

Pero hizo la desgracia que lo perseguía que el primer amigo tuviese que ir al día siguiente a una boda y el segundo a un baile; el tercero tenía el frac roto, el cuarto lo había prestado, el quinto no prestaba el frac, el sexto no tenía frac. Acudió todavía a dos amigos suplementarios más; pero uno había partido la víspera para Iguazú y el otro estaba destacado en la Fortaleza de São João como alférez de la Guardia Nacional.

Imagínese la desesperación de Ernesto; pero admírese también la exquisita crueldad con que el destino trataba a este joven, que al volver para casa encontró tres entierros, dos de los cuales con muchos carros, cuyos ocupantes iban todos de frac. Era menester agachar la cabeza ante la fatalidad; Ernesto no insistió. Pero como había tomado a pecho reconciliarse con Rosina, le escribió la carta de la que hablé antes y la mandó llevar por el muchacho de la casa, diciéndole que por la noche le diese la respuesta en la esquina del Campo. Ya sabemos que semejante respuesta no llegó. Ernesto no comprendía la causa del silencio; había tenido muchos enfados con la joven, pero ninguno de ellos se resistía a la primera carta ni duraba más de cuarenta y ocho horas.

Finalmente, desengañado de que la respuesta llegara en aquella noche, Ernesto se dirigió a casa con la desesperanza en el corazón. Vivía en la calle de la Misericordia. Cuando llegó allí, estaba cansado y abatido. Ni aún así, durmió luego. Se desnudó precipitadamente. Estuvo a punto de rasgar el chaleco, cuya hebilla se obstinaba en engancharse a un botón del pantalón. Tiró las botas contra un aparador y casi hace añicos una de las jarras. Dio cerca de siete u ocho puñetazos en la mesa; fumó dos puros, sermoneó al destino, a la joven y a sí mismo, hasta que sobre la madrugada pudo conciliar el sueño.

Mientras duerme, indaguemos la causa del silencio de la enamorada.
unit 3
Filósofo já se vê que não era.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 8
Convém dizer que dois dias antes tinha havido um pequeno arrufo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 10
A carta foi, mas a resposta não veio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 12
Era ali que morava a dama dos seus pensamentos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 13
Mas parava debalde; nem ela aparecia à janela, nem a carta lhe chegava às mãos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 18
Mas vá lá; ou não se há de contar nada, ou se há de dizer tudo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 19
Ernesto dava-se em casa do Sr. Vieira, tio de Rosina, que é o nome da namorada.
2 Translations, 3 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 21
Ora, por que razão não figura Ernesto entre os cavalheiros que estão dançando ou tomando chá?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 24
Ia mandar-lhe agora um convite; mas creio que me dispensa?...
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 25
— Sem dúvida, apressou-se a dizer Ernesto, esfregando as mãos de contente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 26
— Não falte!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 27
— Não senhor!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 28
— Ah!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 30
Sacrifique-se à casaca, sim?
3 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 31
— Com muito gosto, respondeu o outro ficando pálido como um defunto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 32
Pálido, por quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 34
A exigência de Vieira era absurda; mas não havia fugir-lhe; ou não ir, ou ir de casaca.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 35
Cumpria sair a todo custo desta gravíssima situação.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 38
Restava o terceiro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 43
Era mister curvar a cabeça à fatalidade; Ernesto não insistiu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 45
Já sabemos que tal resposta não veio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 48
Morava na Rua da Misericórdia.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 49
Quando lá chegou estava cansado e abatido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 50
Nem por isso dormiu logo.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 51
Despiu-se precipitadamente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 52
Esteve a ponto de rasgar o colete, cuja fivela teimava em prender-se a um botão da calça.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 53
Atirou com as botinas sobre um aparador e quase esmigalhou uma das jarras.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 55
Enquanto ele dorme, indaguemos a causa do silêncio da namorada.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

Aquele moço que ali está parado na Rua Nova do Conde esquina do Campo da Aclamação, às dez horas da noite, não é nenhum ladrão, não é sequer um filósofo. Tem um ar misterioso, é verdade; de quando em quando leva a mão ao peito, bate uma palmada na coxa, ou atira fora um charuto apenas encetado. Filósofo já se vê que não era. Ratoneiro também não: se algum sujeito acerta de passar pelo mesmo lado, o vulto afasta-se cauteloso, como se tivesse medo de ser conhecido.

De dez em dez minutos, sobe a rua até o lugar em que ela faz ângulo com a Rua do Areal, torna a descer dez minutos depois, para de novo subir e descer, descer e subir, sem outro resultado mais que aumentar cinco por cento a cólera que lhe murmura no coração.

Quem o visse fazer estas subidas e descidas, bater na perna, acender e apagar charutos, e não tivesse outra explicação, suporia plausivelmente que o homem estava doido ou perto disso. Não, senhor; Ernesto de Tal (não estou autorizado para dizer o nome todo) anda simplesmente apaixonado por uma moça que mora naquela rua; está colérico porque ainda não conseguiu receber resposta da carta que lhe mandou nessa manhã.

Convém dizer que dois dias antes tinha havido um pequeno arrufo. Ernesto quebrara o protesto de namorado que lhe fizera, de nunca mais escrever-lhe, mandando nessa manhã uma epístola de quatro laudas incendiárias, com muitos sinais admirativos e várias liberdades de pontuação. A carta foi, mas a resposta não veio.

De cada vez que o nosso namorado operava a descida ou subida da rua, parava defronte de uma casa assobradada, onde se dançava ao som de um piano. Era ali que morava a dama dos seus pensamentos. Mas parava debalde; nem ela aparecia à janela, nem a carta lhe chegava às mãos.

Ernesto mordia então os beiços para não soltar um grito de desespero e ia desafogar os seus furores na próxima esquina.

“Mas que explicação tem isto, dizia ele consigo mesmo; por que razão não me atira ela o papel de cima da janela? Não tem que ver; está toda entregue à dança, talvez ao namoro, não se lembra que eu estou aqui na rua, quando podia estar lá...”

Neste ponto calou-se o namorado, e em vez do gesto de desespero que devia fazer, soltou apenas um longo e magoado suspiro. A explicação deste suspiro, inverossímil num homem que está rebentando de cólera, é um tanto delicada para se dizer em letra redonda. Mas vá lá; ou não se há de contar nada, ou se há de dizer tudo.

Ernesto dava-se em casa do Sr. Vieira, tio de Rosina, que é o nome da namorada. Lá costumava ir com freqüência, e lá mesmo é que se arrufou com ela dois dias antes deste sábado de outubro de 1850, em que se passa o acontecimento que estou narrando. Ora, por que razão não figura Ernesto entre os cavalheiros que estão dançando ou tomando chá? Na véspera de tarde o Sr. Vieira, encontrando-se com Ernesto, participou-lhe que dava no dia seguinte uma pequena partida para solenizar não sei que acontecimento da família.

— Resolvi isto hoje de manhã, concluiu ele; convidei pouca gente, mas espero que a festa esteja brilhante. Ia mandar-lhe agora um convite; mas creio que me dispensa?...

— Sem dúvida, apressou-se a dizer Ernesto, esfregando as mãos de contente.

— Não falte!

— Não senhor!

— Ah! esquecia-me avisá-lo de uma coisa, disse Vieira que já havia dado alguns passos; como vai o subdelegado, que além disso é comendador, eu desejava que todos os meus convidados aparecessem de casaca. Sacrifique-se à casaca, sim?

— Com muito gosto, respondeu o outro ficando pálido como um defunto.

Pálido, por quê? Leitor, por mais ridícula e lastimosa que te pareça esta declaração, não hesito de dizer-te que o nosso Ernesto não possuía uma só casaca nova nem velha. A exigência de Vieira era absurda; mas não havia fugir-lhe; ou não ir, ou ir de casaca. Cumpria sair a todo custo desta gravíssima situação. Três alvitres se apresentaram ao espírito do atribulado moço; encomendar, por qualquer preço, uma casaca para a noite seguinte; comprá-la a crédito; pedi-la a um amigo.

Os dois primeiros alvitres foram desprezados por impraticáveis; Ernesto não tinha dinheiro nem crédito tão alto. Restava o terceiro. Fez Ernesto uma lista dos amigos e casacas prováveis, meteu-a na algibeira e saiu em busca do velocino.

A desgraça porém que o perseguia fez com que o primeiro amigo tivesse de ir no dia seguinte a um casamento e o segundo a um baile; o terceiro tinha a casaca rota, o quarto tinha a casaca emprestada, o quinto não emprestava a casaca, o sexto não tinha casaco. Recorreu ainda a mais dois amigos suplementares; mas um partira na véspera para Iguaçu e o outro estava destacado na Fortaleza de São João, como alferes da Guarda Nacional.

Imagine-se o desespero de Ernesto; mas admire-se também a requintada crueldade com que o destino tratava a este moço, que ao voltar para casa encontrou três enterros, dois dos quais com muitos carros, cujos ocupantes iam todos de casaca. Era mister curvar a cabeça à fatalidade; Ernesto não insistiu. Mas como tomara a peito reconciliar-se com Rosina, escreveu-lhe a carta de que falei acima e mandou-a levar pelo moleque da casa, dizendo-lhe que à noite lhe desse a resposta na esquina do Campo. Já sabemos que tal resposta não veio. Ernesto não compreendia a causa do silêncio; muitos arrufos tivera com a moça, mas nenhum deles resistia à primeira carta nem durava mais de quarenta e oito horas.

Desenganado enfim de que a resposta viesse naquela noite, Ernesto dirigiu-se para casa com o desespero no coração. Morava na Rua da Misericórdia. Quando lá chegou estava cansado e abatido. Nem por isso dormiu logo. Despiu-se precipitadamente. Esteve a ponto de rasgar o colete, cuja fivela teimava em prender-se a um botão da calça. Atirou com as botinas sobre um aparador e quase esmigalhou uma das jarras. Deu cerca de sete ou oito murros na mesa; fumou dois charutos, descompôs o destino, a moça, a si mesmo, até que sobre a madrugada pôde conciliar o sono.

Enquanto ele dorme, indaguemos a causa do silêncio da namorada.