Ernesto de Tal V - Machado de Assis
Difficulty: Medium    Uploaded: 8 years, 4 months ago by Santxiki     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
90 Units
100% Translated
100% Upvoted
Apenas salió a la calle, Ernesto de dirigió a la casa en que trabajaba el joven de la nariz larga, decidido a aclararse con él de una vez. Vaciló algo, es cierto, y estuvo a punto de volverse atrás; pero la crisis era tan violenta que triunfó sobre la flojedad de ánimo, y veinte minutos después llegaba a su destino. No entró en la oficina del rival: se puso a pasear de un lado para otro, a la espera de que éste saliera, lo que ocurrió de ahí a tres cuartos de hora, tres enfadosos y mortales cuartos de hora.

Ernesto se aproximó casualmente al rival; se saludaron con una sonrisa retraída y pálida y quedaron algunos segundos mirándose uno a otro. Ya estaba el contable quitándose el sombrero y despidiéndose, cuando Ernesto le preguntó: –¿Va hoy a la calle do Conde?

–Tal vez.

–¿A qué hora?

–No lo sé todavía. ¿Por qué?

–Iríamos juntos. Yo voy a las ocho.

El joven de la nariz larga no respondió.

–¿Hacia dónde va ahora? preguntó Ernesto después de un silencio.

–Voy al Paseo Público, si no va usted, respondió resueltamente el rival.

Ernesto palideció.

–¿Quiere así huir de mí?

–Sí, señor.

–Pues yo no; hasta deseo que tengamos una explicación los dos. Espere... no me dé la espalda. Sepa que yo también soy atrevido, después de todo menos de lengua que de mano. Vamos, deme el brazo y caminemos al Paseo Público.

El chico de la nariz larga tuvo impulsos de pelearse con el rival y experimentar sus fuerzas; pero estaban en una calle comercial; todo su futuro volaría por los aires. Prefirió darle la espalda y seguir su camino. Realizaba ya este plan, cuando Ernesto le gritó: –¡Venga acá, enamorado sin ventura!

El pobre chico se dio la vuelta rápidamente.

–¿Qué dice usted? le preguntó.

–Enamorado sin ventura, repitió Ernesto clavando los ojos en el rostro del rival a ver si le sacaba cualquier confesión.

–Es singular, replicó el chico de la nariz larga, es singular que usted me llame enamorado sin ventura, cuando nadie ignora la triste figura que ha hecho para obtener las buenas gracias de una chica que es mía... –¡Suya!

–¡Mía!

–Nuestra, diría yo... –¡Señor!

El muchacho de la nariz larga preparó un golpe; la seguridad y tranquilidad con que Ernesto lo miraba le hicieron cambiar el curso de las ideas. ¿Diría la verdad? Esa joven que tanto amor le juraba, con quien meditaba casarse dentro de poco tiempo, pero de quien en alguna ocasión había desconfiado, ¿habría dado efectivamente a aquel hombre el derecho de llamarla suya? Esta sencilla pregunta perturbó la mente del joven que estuvo cerca de dos minutos mirando en silencio a Ernesto y éste mirándolo sin decir nada.

—Lo que el señor dijo ahora es muy grave, necesito una explicación.

—Igualmente, le pido una explicación, respondió Ernesto.

—Vamos al Paseo Público.

Siguieron el camino, al principio en silencio, no solo porque la situación los intimidaba por naturaleza, sino también porque cada uno de ellos temía escuchar una cruel revelación. La conversación dio comienzo con monosílabos y frases cortadas, pero, poco a poco, fue haciéndose natural y correcta. Todo cuanto los lectores conocen del uno y del otro fue allí expuesto por ambos y por los dos escuchado entre el abatimiento y la cólera.

—Si todo cuanto el señor dice es la expresión de la verdad, observó el joven de la nariz larga bajando la Rua das Marrecas, la conclusión es que fuimos engañados... —Vilmente engañados apuntilló Ernesto.

—Por mi parte, dijo el primero, con esto recibo un gran golpe porque la amaba mucho y pretendía hacerla mi esposa, cosa que iba a suceder en breve. Mi buena suerte hizo que el señor me avisara a tiempo... —Tal vez critiquen el paso que di; pero el resultado que vamos a recoger lo justifica todo. Ni aún así creo que sufro menos... ¡yo quería locamente a esa chica!

Ernesto profirió estas palabras desde tan adentro que hicieron mella en el corazón del rival y ambos quedaron algún tiempo en silencio, devorando en su interior el dolor y la humillación. Ernesto rompió el silencio soltando un suspiro muy afligido, en el momento en que entraban en el Paseo. Sólo el guarda pudo escucharlo; el joven de la nariz larga iba rumiando una duda en su interior.

¿Debo condenar tan a la ligera a esa joven? se preguntó y ¿no será este tipo un pretendiente vencido que, por semejante medio, quiere obtener mi neutralidad? El rostro de Ernesto no parecía dar la razón a la conjetura del rival; sin embargo, como el lance era grave y exigía no andar con apariencias, el joven de la nariz larga abrió de nuevo el capítulo de la revelaciones en lo que el rival lo acompañó. Todas ellas iban encajando, los incidentes y los gestos que uno recordaba, tenían eco en la memoria del otro. Lo que, no obstante, decidió todo fue la presentación de una carta que, casualmente, cada uno de ellos guardaba en el bolsillo. El texto de ambas dejaba claro que eran recientes; la expresión de ternura no era la misma en las dos cartas, porque Rosina, como sabemos, iba relajando el tono con relación a Ernesto; pero era lo que bastaba para dar al joven de la nariz larga el golpe de misericordia.

—Despreciémosla, dijo éste, cuando acabó de leer la carta del rival.

—¿Sólo eso? preguntó Ernesto; ¿el simple desprecio será suficiente?

–¿Qué venganza tomaríamos de ella? objetó el chico de la nariz larga. Aunque fuera posible alguna cosa, no sería digna de nosotros.. Se calló; pero conmovido por una súbita idea exclamó: –¡Ah! me recuerda un medio.

–¿Cuál?

–Mandémosle una carta de ruptura, pero una carta de igual tenor.

La idea sonrió en seguida al espíritu de Ernesto, que parecía todavía más humillado que el otro, y ambos fueron de allí a redactar la carta fatal.

Al día siguiente, poco después del almuerzo, estaba Rosina en casa muy sosegada, lejos de esperar el golpe, y hasta forjando planes de futuro, que se basaban todos en el chico de la nariz larga, cuando el muchacho del servicio se le presentó con dos cartas.

–Nana Rosina, dijo, esta carta es del señor Ernesto, y esta... –¿Qué es eso? dijo la joven; los dos... —No, explicó el chico; uno estaba en la esquina de arriba y el otro en la de abajo.

Y haciendo sonar algunas monedas que los dos rivales le habían dado, el chico dejó a la joven señora leer a conciencia las dos misivas. La primera que abrió fue la de Ernesto. Decía así: ¡Señora! Hoy que tengo la certeza de su perfidia, certeza que ya nada me puede arrancar de la mente, me tomo la libertad de decirle que está libre y yo rehabilitado. ¡Basta de humillaciones! Pude darle crédito mientras le fue posible engañarme. Ahora... ¡Adiós para siempre!

Rosina se encogió de hombros al leer esta carta. Abrió rápidamente la del chico dela nariz larga y leyó: ¡Señora! Hoy que tengo la certeza de su perfidia, certeza que ya nadie me puede... A partir de aquí fue aumentando la sorpresa. Ambos se despedían y ambos de la misma forma. Luego, se habían descubierto todo el uno al otro. No había medio de reparar nada; ¡todo estaba perdido!

Rosina no acostumbraba a llorar. Se restregaba a veces los ojos para que se pusieran colorados cuando tenia necesidad de mostrar a un enamorado que se ofendía por algo. Sin embargo, en esta ocasión lloró de veras; no de dolor, sino de rabia. Ambos rivales triunfaban; ambos se le escapaban y le daban, de común acuerdo, el último golpe. No había forma de resistirse; las desesperación le entró en el alma. Por desgracia, en el horizonte no se veía la más ligera luz. El primo a quien aludimos en los dos capítulos anteriores andaba con ideas respecto a otra joven e ideas ya conyugales. Ella misma había descuidado su sistema durante los últimos treinta días dejando sin respuesta a algunas miradas interrogantes. Se encontraba, pues, abandonada por Dios y por los hombres.

No, todavía le quedaba un recurso.
unit 6
— Talvez.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 7
— A que horas?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 8
— Não sei ainda.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 9
Por quê?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 10
— Iríamos juntos.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 11
Eu vou às oito.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 12
O rapaz de nariz comprido não respondeu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 13
— Para que lado vai agora?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 14
perguntou Ernesto depois de algum silêncio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 15
— Vou ao Passeio Público, se o senhor lá não for, respondeu resolutamente o rival.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 16
Ernesto empalideceu.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 17
— Quer assim fugir de mim?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 18
— Sim, senhor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 19
— Pois eu não; desejo até que haja uma explicação entre nós.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 20
Espere... não me volte as costas.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 21
Saiba que eu também sou atrevido, menos de língua ainda que de mão.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 22
Vamos, dê-me o braço e caminhemos ao Passeio Público.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 24
Preferiu dar-lhe as costas e seguir caminho.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 25
Executava já este plano, quando Ernesto lhe gritou: — Venha cá, namorado sem-ventura!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 26
O pobre rapaz voltou-se rapidamente.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 27
— Que diz o senhor?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 28
perguntou ele.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 31
— Minha!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 32
— Nossa, direi eu... — Senhor!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 34
Falaria ele verdade?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 37
— O que o senhor disse agora é muito grave; preciso de uma explicação.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 38
— Peço-lhe explicação igual, respondeu Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 39
— Vamos ao Passeio Público.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 46
Nem por isso creio que padeço menos... eu amava loucamente aquela moça!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 48
unit 49
Só o guarda pôde ouvi-lo; o rapaz de nariz comprido ia revolvendo no espírito uma dúvida.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 50
“Devo eu condenar tão ligeiramente aquela moça?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 55
— Desprezemo-la, disse este, quando acabou de ler a carta do rival.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 56
— Só isso?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 57
perguntou Ernesto; o simples desprezo será bastante?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 58
— Que vingança tiraríamos dela?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 59
objetou o rapaz de nariz comprido.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 61
lembra-me um meio.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 62
— Qual?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 63
— Mandemos-lhe uma carta de rompimento, mas uma carta de igual teor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 66
— Nhanhã Rosina, disse ele, esta carta é de sinhô Ernesto, e esta... — Que é isso?
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 8 years, 1 month ago
unit 69
A primeira que abriu foi a de Ernesto.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 70
Dizia assim: Senhora!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 72
Basta de humilhações!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 73
Pude dar-lhe crédito enquanto lhe era possível enganar-me.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 74
Agora... Adeus para sempre!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 75
Rosina levantou os ombros ao ler esta carta.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 76
Abriu rapidamente a do rapaz de nariz comprido, e leu: Senhora!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 78
Ambos se despediam; ambos por igual teor.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 79
Logo, tinham descoberto tudo um ao outro.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 80
Não havia meio de reparar nada; tudo estava perdido!
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 81
Rosina não costumava chorar.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 83
Desta vez porém chorou deveras; não de mágoa, mas de raiva.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 84
Triunfavam ambos os rivais; ambos lhe fugiam, e lhe davam de comum acordo o último golpe.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 85
Não havia resistir; entrou-lhe na alma o desespero.
2 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 86
Por desgraça não havia no horizonte a mais ligeira vela.
3 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 89
Estava pois abandonada de Deus e dos homens.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 90
Não; ainda lhe restava um recurso.
1 Translations, 2 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

Apenas saiu à rua, embicou Ernesto para a casa em que trabalhava o rapaz de nariz comprido, resolvido a explicar-se de uma vez com ele. Hesitou alguma coisa, é verdade, e esteve a pique de arrepiar carreira; mas a crise era tão violenta que triunfou da frouxidão de ânimo, e vinte minutos depois chegava ele ao seu destino. Não entrou no escritório do rival: pôs-se a passear de um lado para outro, à espera que ele saísse, o que se verificou daí a três quartos de hora, três enfadonhos e mortais quartos de hora.

Ernesto aproximou-se casualmente do rival; cumprimentaram-se com um sorriso acanhado e amarelo, e ficaram alguns segundos a olhar um para o outro. Já o guarda-livros ia tirando o chapéu e despedindo-se, quando Ernesto lhe perguntou:

— Vai hoje à Rua do Conde?

— Talvez.

— A que horas?

— Não sei ainda. Por quê?

— Iríamos juntos. Eu vou às oito.

O rapaz de nariz comprido não respondeu.

— Para que lado vai agora? perguntou Ernesto depois de algum silêncio.

— Vou ao Passeio Público, se o senhor lá não for, respondeu resolutamente o rival.

Ernesto empalideceu.

— Quer assim fugir de mim?

— Sim, senhor.

— Pois eu não; desejo até que haja uma explicação entre nós. Espere... não me volte as costas. Saiba que eu também sou atrevido, menos de língua ainda que de mão. Vamos, dê-me o braço e caminhemos ao Passeio Público.

O rapaz de nariz comprido teve ímpetos de atracar-se com o rival e experimentar-lhe as forças; mas estavam numa rua comercial; todo o seu futuro voaria pelos ares. Preferiu dar-lhe as costas e seguir caminho. Executava já este plano, quando Ernesto lhe gritou:

— Venha cá, namorado sem-ventura!

O pobre rapaz voltou-se rapidamente.

— Que diz o senhor? perguntou ele.

— Namorado sem ventura, repetiu Ernesto cravando os olhos no rosto do rival a ver se lhe descobria uma confissão qualquer.

— É singular, replicou o rapaz de nariz comprido, é singular que o senhor me chame namorado sem-ventura, quando ninguém ignora a triste figura que tem feito para obter as boas graças de uma moça que é minha...

— Sua!

— Minha!

— Nossa, direi eu...

— Senhor!

O rapaz de nariz comprido engatilhou um soco; a segurança e tranqüilidade com que Ernesto olhava para ele mudaram-lhe o curso das idéias. Falaria ele verdade? Essa moça, que tanto amor lhe jurava, com quem meditava casar dentro de pouco tempo, mas de quem alguma vez desconfiara, teria dado efetivamente àquele homem o direito de a chamar sua? Esta simples interrogação perturbou o espírito do rapaz, que esteve cerca de dois minutos a olhar mudamente para Ernesto, e este a olhar mudamente para ele.

— O que o senhor disse agora é muito grave; preciso de uma explicação.

— Peço-lhe explicação igual, respondeu Ernesto.

— Vamos ao Passeio Público.

Seguiram caminho, a princípio silenciosos, não só porque a situação os acanhava naturalmente, mas também porque cada um deles receava ouvir uma cruel revelação. A conversa começou por monossílabos e frases truncadas, mas foi a pouco e pouco fazendo-se natural e correta. Tudo quanto os leitores sabem de um e outro foi ali exposto por ambos, e por ambos ouvido entre abatimento e cólera.

— Se tudo quanto o senhor diz é a expressão da verdade, observou o rapaz de nariz comprido descendo a Rua das Marrecas, a conclusão é que fomos enganados...

— Vilmente enganados, emendou Ernesto.

— Pela minha parte, tornou o primeiro, recebo com isto um grande golpe porque eu amava-a muito, e pretendia fazê-la minha esposa, o que sucederia breve. A minha boa fortuna fez com que o senhor me avisasse a tempo...

— Talvez me censurem o passo que dei; mas o resultado que vamos colher justifica tudo. Nem por isso creio que padeço menos... eu amava loucamente aquela moça!

Ernesto proferiu estas palavras tão de dentro, que elas repercutiram na coração do rival, e ambos ficaram algum tempo calados, a devorar consigo a dor e a humilhação. Ernesto rompeu o silêncio soltando um magoadíssimo suspiro, na ocasião em que entravam no Passeio. Só o guarda pôde ouvi-lo; o rapaz de nariz comprido ia revolvendo no espírito uma dúvida.

“Devo eu condenar tão ligeiramente aquela moça? perguntou ele a si mesmo; e não será este sujeito um pretendente vencido que, por semelhante meio quer obter a minha neutralidade?”

O rosto de Ernesto não parecia dar razão à conjetura do rival; todavia, como o lance era grave e cumpria não ir por aparências, o rapaz de nariz comprido abriu de novo o capítulo das revelações, no que foi acompanhado pelo rival. Todas elas iam concordando entre si; os incidentes e os gestos que um relembrava, tinham eco na memória do outro. O que porém decidiu tudo foi a apresentação de uma carta que cada um deles tinha casualmente no bolso. O texto de ambas mostrava que eram recentes; a expressão de ternura não era a mesma nas duas epístolas, porque Rosina, como sabemos, ia afrouxando o tom em relação a Ernesto; mas era quanto bastava para dar ao rapaz de nariz comprido o golpe de misericórdia.

— Desprezemo-la, disse este, quando acabou de ler a carta do rival.

— Só isso? perguntou Ernesto; o simples desprezo será bastante?

— Que vingança tiraríamos dela? objetou o rapaz de nariz comprido. Ainda que alguma fosse possível, não seria digna de nós...

Calou-se; mas tocado de uma súbita idéia exclamou:

— Ah! lembra-me um meio.

— Qual?

— Mandemos-lhe uma carta de rompimento, mas uma carta de igual teor.

A idéia sorriu logo ao espírito de Ernesto, que parecia ainda mais humilhado que o outro, e ambos foram dali redigir a carta fatal.

No dia seguinte, logo depois do almoço, estava Rosina em casa muito sossegada, longe de esperar o golpe, e até forjando planos de futuro, que assentavam todos no rapaz de nariz comprido, quando o moleque lhe apareceu com duas cartas.

— Nhanhã Rosina, disse ele, esta carta é de sinhô Ernesto, e esta...

— Que é isso? disse a moça; os dois...

— Não, explicou o moleque; um estava na esquina de cima, outro na esquina de baixo.

E fazendo tinir no bolso alguns cobres que os dois rivais lhe haviam dado, o moleque deixou a senhora moça ler à vontade as duas missivas. A primeira que abriu foi a de Ernesto. Dizia assim:

Senhora! Hoje que tenho certeza da sua perfídia, certeza que já nada me pode arrancar do espírito, tomo a liberdade de lhe dizer que está livre e eu reabilitado. Basta de humilhações! Pude dar-lhe crédito enquanto lhe era possível enganar-me. Agora... Adeus para sempre!

Rosina levantou os ombros ao ler esta carta. Abriu rapidamente a do rapaz de nariz comprido, e leu:

Senhora! Hoje que tenho certeza da sua perfídia, certeza que já nada me pode...

Daqui para diante foi crescendo a surpresa. Ambos se despediam; ambos por igual teor. Logo, tinham descoberto tudo um ao outro. Não havia meio de reparar nada; tudo estava perdido!

Rosina não costumava chorar. Esfregava às vezes os olhos, para os fazer vermelhos, quando havia necessidade de mostrar a um namorado que se ressentia de alguma coisa. Desta vez porém chorou deveras; não de mágoa, mas de raiva. Triunfavam ambos os rivais; ambos lhe fugiam, e lhe davam de comum acordo o último golpe. Não havia resistir; entrou-lhe na alma o desespero. Por desgraça não havia no horizonte a mais ligeira vela. O primo a quem aludimos num dos capítulos anteriores andava com idéias a respeito de outra moça, e idéias já conjugais. Ela mesma descuidara o seu sistema durante os últimos trinta dias deixando sem resposta alguns olhares interrogadores. Estava pois abandonada de Deus e dos homens.

Não; ainda lhe restava um recurso.