Fortunata y Jacinta - Parte tercera - dos historias de casadas.II-III.
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-II- La restauración vencedora.




--i--.


Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos la máscara de tranquilidad que ante sus suegros se ponía. Porque la peor de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura. Ya no le quedaba duda de que su marido _entretenía_, como se dice ahora, a una mujer, y de estos entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas los bienaventurados papás. Sabía que la tarasca que le robaba su marido era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del _Pituso_ muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas jaquecas. Deseaba verla... pero no; más valía que no la viera jamás, porque si la veía, de fijo se le iba el santo al Cielo.

La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche tristísima para ella por haber adquirido recientemente noticias fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran regocijo. Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D. Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos.
Barbarita también reventaba de gozo y decía: «¡Pero qué chico más salado y más simpático!». Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de aquella procesión que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a todos los que entraron felicitándose del suceso. El marqués de Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino. Había tenido la dicha inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y el Rey habló con él... Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien el tono familiar con que se había expresado S. M. «Hola, marqués, ¿cómo va?». Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida.

Aparisi sostuvo poco después que él había previsto todo lo que estaba pasando. Él no era partidario de la Restauración; pero había que respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar: «_Veremos a ver_ si ahora, ¡qué dianches!, hacemos algo; si esta nación entra por el aro...». Jacinta se indignaba en su interior. Tenía un volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba. Por su gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunión; mas érale forzoso contenerse y sonreír cuando su suegro la miraba. Retorciendo en su corazón la cuerda con que a sí propia se ahogaba, se decía: «Pero a este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?... ¡qué les importa!... Yo estoy volada, y aquí mismo me pondría a dar chillidos, si no temiera escandalizar. ¡Esto es horrible!...».

Don Alfonso érale antipático, porque su imagen estaba asociada a la horrible pena que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta, y la estuvo adulando antes de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón de la alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad del Rey, cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo. «Tu marido _entretiene_ a una mujer, a una tal Fortunata, guapísima... de pelo negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, número tantos... En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tú también lo sepas».
Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con tales detalles, como el pelo negro, el número de la casa, era un jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enteró de lo que en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio confusa y vagamente, entre la agitación de la multitud y el _tururú_ de tantas cornetas y músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder que ella agitara el suyo sin saber lo que hacía... Todo el resto del día estuvo como una sonámbula.

Entró Guillermina, que también hubo de llevar sus notas de alegría al concierto general. «Ya era tiempo--dijo antes de meterse en el rincón en que solía estar--. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo hará, porque le hemos traído con esa condición: que favorezca la beneficencia y la religión. Dios le conserve».

Jacinta la siguió al gabinete próximo, y allí estuvieron las dos de cháchara por espacio de una hora larga. Guillermina decía: «Paciencia, hija, paciencia, y todo se arreglará; yo te lo prometo». Ya cerca de las doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada... «Es que te voy a aborrecer--pensó--, como no te enmiendes. Pues no faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusarás con tus zalamerías».

Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era demasiado fuerte para luchar con él. Hasta los últimos días del 74 había defendido la Restauración. Después de hecha, encontró mal que la hicieran los militares, y en esto fundó sus críticas del suceso consumado.

«Aquí siempre se han hecho las mudanzas de esa manera--dijo el señor de Santa Cruz con patriarcal buena fe--. Es nuestra manera de matar pulgas.
Pues qué, ¿querías tú que las Cortes...? Estás fresco».

Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que ninguna Restauración había prevalecido; mas todos se negaron a seguirle por los vericuetos históricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos, dijo una cosa muy sensata, producto de su observación de tanto tiempo: «Yo no sé lo que sucederá dentro de viente, dentro de cincuenta años. En la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo. Lo único que sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes de revolución y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya mucha autoridad. ¡Venga leña! Pero nos cansamos de ella y todos queremos echar el pie fuera del plato. Vuelven los días de jarana, y ya estamos suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. Así somos, y así creo que seremos hasta que se afeiten las ranas».

--Es la condición humana. Así viven y se educan las sociedades--dijo el Delfín--. Lo que a mí no me gusta es que esto se haga por otra vía que la de la Ley.

«¡Pillo, tunante!--pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las palabras la hiel que se le quería salir--. ¿Qué sabes tú lo que es ley?
¡Farsante, demagogo, anarquista! Cómo se hace el purito... Quien no te conoce...».

Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su furor; quería cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama, arrojando en ella más combustible. «Esta noche me le como. Quisiera estar más furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso que lo estoy bastante. Pero aún me vendría bien un poquito más de ira.
Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de Dios».

En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura... «Quítate, déjame...--gritó ella--. Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy muy incomodada?».

Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. «Perdone uste, señora» replicó bromeando.

Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el _lo sé todo_; pero se acordó de que noches antes su marido y ella se habían reído mucho de esta frase, observándola repetida en todas las comedias de intriga. La irritada esposa creyó más del caso decir: «Te aborreceré, ya te estoy aborreciendo». Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con buena sombra otra frase de las comedias: «_Ahora lo comprendo todo_. Pero la verdad, chica, es que no comprendo nada».

Turbada en sus propósitos de pelea por el buen genio y los cariñosos modos que el pérfido traía aquella noche, Jacinta rompió a llorar como un niño. Juan le hizo muchas caricias, besos por aquí y allí, en el cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo y en la barba, acompañados del lenguaje más finamente tierno que se podría imaginar.

«No aguanto más, no puedo aguantar más» era lo único que ella decía con angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta lágrima. No podía tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de tantísimos días, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni siquera ¡ay! «Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer más desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborreceré de veras, porque yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quería más que a mi vida.
¡Qué tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideración...
Ya no más, ya no más... Estoy volada, y lo que es esta no te la perdono... digo que no te la perdono».

Algún trabajo le costó a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le había dicho una amiga aquella mañana. Y cuando él lo negaba, la ofendida esposa, que sentía en su alma la convicción profundísima de la autenticidad del hecho, irritábase más: «No lo niegues, no me lo niegues, pues yo sé que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido».

--¿En qué...?--En muchas cosas.--Dímelas--indicó él poniéndose serio.

--Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más.

--Si no pienso engañarte...--Lo que Amalia me ha dicho--afirmó Jacinta con súbita ira, llena de dignidad, poniéndose en pie y afianzando con un gesto admirable su aseveración--, es verdad. Yo digo que es verdad y basta.

Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro: «Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad».




--ii--.


Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a su marido, hizo un ademán de salir. Él la cogió por una mano, y quiso abrazarla. Ella no se dejó. En medio del estrujón frustrado, sólo pudo articular la esposa muy vagamente estas palabras: «Me voy». Lo que más la irritaba era que el tunante, después de lo que había dicho, tuviera todavía humor de bromas y pusiera aquella cara de pillín, como si se tratara de una cosa de juego. Porque se sonreía, y tranquilo en apariencia, díjole en tono de seriedad cómica: «Señora, acuéstese usted».

--¿Yo...?--Se lo mando a usted... Acuéstese usted al momento.

No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en aquel segundo estrujón, oyó estas cariñosas palabras: «¿No vale más que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma, si te enfurruñas, no llegaremos a entendernos».

Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los cuentos de niños, a quien por obra de magia se le convierte la espada en alfiler y el escudo en dedal.

El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos. En realidad no era aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y regular del orden, sino el hastío de la revolución. Verificábase en él lo que D. Baldomero había dicho del país; que padecía fiebres alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las más graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favorecía este movimiento centrípeto, que se había determinado por quinta o sexta vez desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que la vuelta a los deberes conyugales sería definitiva; pero se equivocó, porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad, cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza centrífuga. Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado, que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios. También esto concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que decía:. «Cuando el país remite, y fortalece con su opinión la autoridad, no es que ame verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre para saciar después con mejor gusto el apetito de las trifulcas».

Quedó, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no podía ser más. Pero creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colérica, dijo todas las palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: «Me acostaré o no me acostaré, según me acomode. ¿A ti qué te importa? No parece si no que... Conmigo no se juega, ¿estamos?... ¿Pues qué se ha figurado este tonto?
Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque quiero, no porque tú me lo mandes... ¡Vaya!...».

Poco después se oía en la alcoba lo siguiente: «Que te estés quieto... No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me engatusas... ni hay _tilín_ que valga. Ya van quince y raya. No están los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No quiero verte, no quiero oírte, ni me importa que me quieras o no. Si me quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reiré viéndote padecer. Con que lo dicho, déjame en paz. Tengo un sueño espantoso... ¿No ves cómo se me cierran los ojos?».

Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y nerviosa.

«Tú no tienes sueño; ¿a que no lo tienes?--le decía él--. ¿A que te despabilo y te pongo como un lucero?».

--¿A que no? ¿Cómo?

--Contándote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una confesión general para que veas que no soy tan malo como crees.

--¡Ah!, sí; ven, ven, hijito--exclamó ella alargando sus brazos desnudos--. Confiésame todo; pero con nobleza. Nada de comedias... porque tú eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las marrullerías, y algunas bolas me trago; pero otras no. ¿De veras que vas a contármelo todo?

La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, poniéndola tan nerviosa que echaba chispas. No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le ofrecía.

Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se apartó de ella para ir hacia la suya... «¿Pero qué?--pensó--, ¿se arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... ¿Es que no quiere contarme nada?...».

«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho.

--Si vuelvo, si voy allá en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo.

--Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme.
No estoy yo aquí esperando a que al señorito le dé la gana de tenerme en vela toda la noche.

--Cállese usted, _so tía_...--Diciendo esto, volvió hacia ella, sentándose en el lecho y haciéndole mil ternezas.

--¡Ah!, esto está perdido--murmuró Jacinta en los respiros que las caricias de su marido le dejaban, ahogándola...--. Mira, estate quieto y no me sofoques. No tengo yo gana de bromas.

--Vamos al caso, niñita mía. Para que yo te cuente lo que deseas saber, es preciso que tú me cuentes antes a mí otra cosa. Dices que tú sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. ¿En qué te fundabas tú para adivinarlo?... ¿qué observaste y qué supiste?

--¡Ay!... ¡con lo que sale ahora este bobo...! ¿Crees que una mujer celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se lo dice el corazón.

--El corazón no dice nada. Eso es una frase.

--Cuando te vuelves faltón, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me sirven para leerte los pensamientos. ¿Y te parece que es poco dato el ver cómo me tratas a mí? Hasta la manera de entrar aquí es un dato.
Hasta una ternura, una palabra cariñosa te venden, porque al punto se ve que son sobras de otra parte, traídas aquí por deber y para cubrir el expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas.

--¡Cuánto sabes!--Más sabes tú... No, no, más sé yo. En la desgracia se aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro siento algo que me está rallando así, así... muele que te muele... ¡Pues tengo yo un olfato...! Cuando estás faltoncito, si no lo conociera por otras cosas, lo conocería por el perfume que traes algunas veces en la ropa... Otro dato: Una noche traías en el pañuelo de seda del cuello, ¿qué crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqué con las puntas de los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera encontrado en la sopa. No chisté. Otra noche dijiste en sueños palabras de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asusté. Fue aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve que ponerte árnica. Me contaste que viniendo no sé por dónde te salió un borracho, y tuviste que andar a trompazos con él. Traías tierra en la americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, ¿no te acuerdas?

--Me acuerdo, sí--dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con Maximiliano.

--Pues verás. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cayó al suelo un botón. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Parecía que me miraba. Era de níquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me eché de la cama y lo cogí. Era un botón de mujer, de los que se usan ahora en las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en su día sacarlas y decir: ¿me negarás esto?... ¡Y tú siempre tan comediante! ¡Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al espionaje. Se me ocurrió preguntar al cochero. Con una buena propinilla, Manuel no me habría ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a mí misma y a la familia, no hice nada. ¡Contarle a tu mamá mis sospechas!... ¿Para qué?, ¿para disgustarla sin ventaja ninguna?...
Guillermina, con quien únicamente me clareaba, decíame siempre: «paciencia, hija, paciencia». Y por fin llegaba yo a tenerla, y el molinillo que me daba vueltas en el corazón, molía, haciéndomelo polvo, y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y tragando hiel, tragando hiel. Esta mañana, cuando Amalia me dijo lo que me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte aunque te me pusieras delante de rodillas. ¡Pero es una tan débil...!
¡Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser así, tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no alborotemos... --iii--.


Esta última queja puso al señorito de Santa Cruz un tanto pensativo y desconcertado. No desconocía él la situación poco airosa en que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos para darle la medida de su pequeñez. Era muy soberbio, y el amor propio descollaba en él sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a su mujer. Cuando, media hora antes, prometió confesar sus faltas, hízolo movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del fatuo que se da tono con una cruz. La confesión de la culpa ennoblece siempre, y como demasiado sabía él que todo lo noble hallaba eco en el gran corazón de Jacinta, se dijo: «aquí me viene bien un _rasgo_». Pero el momento de la confesión se acercaba, y el pecador estaba algo confuso, sin saber cómo iba a salir de ella. Lo que él quería era quedar bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando sus faltas como méritos,. y retocando toda la historia de modo que pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y el cabello era negro y deshonroso. No tenía que calentarse mucho los sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tenía su entendimiento una aptitud particular. Su imaginación despiertísima se pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que él no podía sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de tantos. Hasta las acciones más triviales y comunes, si eran suyas, quería que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se parecían a lo que hace todo el mundo. Rápidamente, con aquella presteza de juicio del artista improvisador, hizo su composición, y allá te van las confidencias... Jacinta se había de quedar tamañita. Ya vería ella qué marido tenía, qué ser superior, qué persona tan extraordinaria. Hay una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los niños y las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo: es la que sólo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos allá.

«Preparémonos a oír tus papas» dijo ella.

--De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable, un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva contigo, porque creí que no me comprenderías. Veremos si me comprendes ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontré otra vez a... --Haz el favor de no nombrarla--suplicó Jacinta con viveza--. Ese nombre me hace el efecto de la picadura de una víbora.

--Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada.

--¡Casada!--Sí, con un simple. La metieron en un convento, la casaron después como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias y atrocidades que horroriza.

--¡Pobre mujer!--exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que empezaba por hacer a la otra digna de lástima--. Pero bien merecido le está por su mala conducta.

--Espérate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.

--Ni más mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca más que malos ejemplos; ¡si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía. No, no es lo que crees. Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte cargo: después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta, la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser marido de nadie... Jacinta abrió la boca; tan grande era su pasmo.

«Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer día de matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide amparo».

Jacinta no había cerrado todavía la boca.

«En tal situación--prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su tesis y con los cubiletes en la mano--, yo te planteo el problema a ti... vamos a ver... Figúrate que eres hombre; figúrate que te encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, tú te reconoces autor de todas sus desdichas, porque tú la perdiste, porque de ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qué harías, qué harías tú en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya de asombro y contéstame».

--Pues yo... ¿qué haría? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco duros, y marcharme a mi casa.

--Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, señora mía--dijo Santa Cruz triunfante--, no se saldan con cuatro ni con cinco duros.

--Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.

--Tampoco. Yo pensé que debía poner a aquella infeliz en camino de adquirir una posición decente y estable. Buscarle un marido, no podía ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y honradez... ¡ah!, esto es muy difícil. No tiene educación; no sabe trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella más recurso que comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que tomarlas como son; otra cosa es empeñarse en sostener una filosofía cursi. Yo le dije: «bueno, pues te pongo una casa, y arréglatelas como puedas...». No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay que ponerse en la realidad, niñita. No mires esto con ojos de mujer; ponte en mi caso; figúrate que eres hombre... --Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien que te las compones para hacer pasar por protección desinteresada lo que en realidad es amor que tenías o tienes a esa maldita.

--Pues a eso voy ahora. Aquí te quiero ver... Atención. Yo te juro que no despertaba en mí ni el amor más insignificante, ni tan siquiera un capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo sentía ante ella. Bien me lo puedes creer. No sólo no me inspiraba pasión, sino que hasta me repugnaba.

--Eso--dijo la esposa--, que te lo crea otro, que lo que es yo... --¡Qué tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como una de esas que, sin tener pizca de educación ni ningún atractivo moral, poseen un sin fin de artimañas para enloquecer a los hombres y esclavizarles volviéndoles estúpidos. Esta casta de perdidas que en Francia tanto abunda, como si hubiera allí escuela para formarlas, apenas existe en España, donde son contadas... todavía, se entiende, porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles... Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee más educación que la cara bonita; por lo demás, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna picardía de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conocí. No aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que pensar, no sirve absolutamente para diablo, ¿me entiendes? Si todas fueran como ella, apenas habría escándalos en el mundo, y los matrimonios vivirían en paz, y tendríamos muchísima moralidad. En una palabra, chiquilla, no hay en ella complexión viciosa; tiene todo el corte de mujer honrada; nació para la vida oscura, para hacer calceta y cuidar muchachos.

Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no tenía _complexión viciosa_, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de él por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tardó en manifestárselo. Pero el prestidigitador acudió a defender la suerte con la presteza de su flexible ingenio.

«Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos. No tenía más remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habría hecho por otra.
Ponte tú en mi caso, figúrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo que me ha pasado a mí. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que yo sufriría teniendo que considerar y proteger, por escrúpulo de conciencia, a una mujer que no me inspira ningún afecto, ninguno, y que últimamente me inspiraba antipatía, porque Fortunata, créelo como el Evangelio, es de tal condición, que el hombre más enamorado no la resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr...».

Jacinta había empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredón que a los pies tenía. Era su manera de expresar la alegría bulliciosa cuando estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan decía, la temida rival era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ríen hasta los pájaros cuando los examinan de cerca. Pero aún le quedaba una duda, ¿Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito.

--¿Y ella te quiere todavía?--preguntó con la picardía de un juez de instrucción.

El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la respuesta, que debía ser muy pensada.

--Pues te diré... que sí. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de complexión viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusión como de moda. Esta no.

--Esta no--repitió Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de como ella se la figuraba.

--No. Ha dado en la tontería de quererme siempre lo mismo, como antes, como la primera vez. Aquí tienes otra cosa que me anonada, que me obliga a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la apee de una fidelidad que no viene al caso. ¡Fiel a mí! ¿a santo de qué?
¡Te aseguro que me ha hecho cavilar más esa sosona! Ha pasado por tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se está donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta manía. ¿No te parece a ti que es manía?

A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál quedarse, y estaba perpleja y muda.

«¡Hay tantos--exclamó Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy filosóficas--, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de las mujeres, y a mí me hace padecer una fidelidad que no solicito, que no me hace falta, que no me importa para nada!».

Jacinta dio un gran suspiro.--Pero al tener conciencia, el tener un sentido moral muy elevado--añadió el Delfín dominando la suerte--, como lo tengo yo, me ha puesto en una situación equívoca frente a ti. Yo necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrás visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece, sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. ¿Con que te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... ¡Cuántas veces pensamos mal de un sujeto, fundándonos en hablillas del vulgo o en cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botón!... y después de mirar bien el hecho, ¿qué resulta?, que no basta para muestra un botón, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una palabra, niña mía, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que la realidad, en vez de arrojar vergüenza sobre el sujeto, lo que hace es enaltecerlo y quizás honrarle.

--Poco a poco--dijo la esposa prontamente--, que para mí sigue siendo turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada composición. No me fío yo, no me fío, porque para fabricar estos arcos triunfales de frases y entrar por ellos dándote mucho tono, te pintas tú solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has divertido en grande con ella. ¡Vaya una conciencia la tuya, vaya una manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a mí!... ¿Qué moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una bribona, y tú serías un simple si no fueras también un solemnísimo pillo.

--Párese usted un poco, _camaraíta_--replicó Santa Cruz algo desconcertado--. ¿Qué palabras usaré yo para pintarte la situación en que me encontraba? Es que el caso es de los más raros que se pueden ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te diré que hubo en mí algo de flaqueza, sí, flaqueza que nacía de la compasión. No tuve valor para resistir a las... ¿cómo diré?... a las sugestiones apasionadas de quien tiene por mí una idolatría que yo no merezco.

Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca tenía, y deseando que aquella comedia concluyera.

Ambos estuvieron callados un mediano rato. ¿Creía Jacinta aquellas cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le contó de la cueva de Montesinos? Lo último que Juan dijo fue esto: «Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también. Yo me entrego a ti».

--Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad es lo que importa--manifestó la Delfina inquietísima, dando vueltas en el lecho--. Que no la veas más, que ni siquiera la saludes si te la encuentras por la calle... ¡Oh, qué mujer!, es mi pesadilla.

--Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto como tú; me lo puedes creer.

Lo decía con tal expresión de ingenuidad, que Jacinta sintió grande alegría.

«Sí, hija, no aguanto más. Que se vaya con su constancia a los quintos infiernos».

--¿Y si da en perseguirte?--Seré capaz hasta de recurrir a la policía.

--¿De modo que no vuelves más a esa casa?... Di que no vuelves, dime que no la quieres.

--¡Bah! Demasiado lo sabes. No volveré más que a despedirme.

--No; escríbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para romper.

--Haré lo que tú quieras, lo que tú me mandes, niñita de mi alma, monísima... más salada que el terrón de los mares.




--iv--.


A la siguiente mañana, Jacinta se levantó muy gozosa, con los espíritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de reír sin motivo aparente. Barbarita, que entró de la calle a las diez, le dijo: «¡Qué retozona estás hoy!... Oye. Al volver de San Ginés, me encontré con Manolo Moreno, que llegó ayer de Londres. Le he convidado a almorzar».

Jacinta fue a su tocador. Aún dormía su marido, y ella se empezó a arreglar. A poco entró una visita, que Jacinta recibió en su gabinete.
Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoración a que la viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al _Pituso_ y tomarlo por hijo, y sintiendo más fuerte e imperioso en su alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciosísima y cariñosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no había goce más grande y puro que acariciar un pequeñuelo, darle calor y comunicarle aquel sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradábale tanto la niña aquella, que se la habría llevado consigo si sus suegros y su marido lo permitieran;. pero no siendo posible esto, se consolaba vistiéndola como una señorita, pagándole el colegio y pasando un ratito con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos.

«Hola, ven acá, mujer, dame un beso y un abrazo» le dijo la señorita, atrayéndola a sí con maternal cariño.

Adoración se frotó bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de su protectora.

«Dice que lo que le pide a la Virgen--declaró Severiana con esa adulación de los humildes muy favorecidos y que aún quieren serlo más--, es no separarse nunca, nunca de la señorita... para estarla mirando siempre».

--Ya sé que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y estudia. ¡Qué elegante estás!... No te había visto el vestido nuevo.

--Anoche soñaba con la ropa nueva--dijo Severiana--, y ayer, cuando se la puso, no hacía más que mirarse al espejo. Si la tocábamos ¡ay!, nos quería pegar... Lo que ella deseaba era que la señorita la viera tan maja, ¿verdad, rica?

--No me gusta tanto afán por las composturas. Ahora lo que yo quiero es ver qué tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer preguntas; pero otro día, el jueves, veremos cómo está ese catecismo.

--¡Ah!, señorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que hicieron aquellos que se comían el maná y lo de Noé en el arca, con tantos animales como metió en ella. ¿Pues y leer? Lee mejor que mi marido.

--Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna.
Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos modales... su poquito de francés, su poquito de piano... Quiero educarla para maestrita o institutriz, ¿verdad?

Adoración la miraba como en éxtasis.

«¿Y esa mujer?» preguntó luego Jacinta a Severiana, refiriéndose a la madre de Adoración.

«Señora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, parecía algo enmendada. Volvió a correr pañuelos de Manila y algunas prendas; estaba en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la Comadre... ¡Qué vergüenza...!».

Jacinta hizo un gesto de pena. «¡Pobrecita mía!» exclamó abrazando más estrechamente a su protegida.

--Por esto--añadió la otra--, yo quería hablar a la señorita para ver si doña Guillermina tenía proporción de meterla en cualquier parte donde la sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que allí la tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podrían poner, si a mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera malos ejemplos.

--Veremos...--dijo distraída Jacinta levantándose, porque había oído el repique del timbre con que su marido llamaba.

Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera. Su protectora le daba siempre una golosina, y aquel día hubo de olvidarse. Quedose parada la niña en medio del gabinete aun después de los últimos besos de la despedida. Jacinta cayó en la cuenta de su distracción. «Espérate un momento». A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salían, entraba Moreno-Isla, y Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Subía despacio y jadeante, a causa de la afección al corazón que padecía. Estaba muy envejecido, de mal color, y con más aire extranjero que antes.

«¡Oh, puerta del paraíso!, ¡qué manos te abren...! Dispense usted... Me canso horriblemente» dijo Moreno, saludándola con tanta urbanidad como afecto.

Estupiñá, que entraba detrás, le echó también un gran saludo a D. Manuel, permitiéndose abrazarle, porque eran antiguos amigos.

«Estás hecho un pollo» le dijo Moreno, palmoteándole en los hombros.

--Vamos tirando... ¿Y usted...?

--Así, así.--¡Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, también es gusto, teniendo aquí tantos que le quieren bien... El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben emplear los superiores bien educados. Separáronse en el pasillo, porque Estupiñá tenía que ir hacia el comedor. Moreno siguió a Jacinta hasta el salón y de allí al gabinete.

«No me había dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy por mamá» dijo ella por decir algo.

--¿Guillermina? ¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de anunciarme! ¿Sabe usted que cada vez que vengo a España me la encuentro más tocada? Ayer, cuando entré en casa, lo primero que hizo, mientras me saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me desplumó. Lo que yo decía: «apenas se pone el pie en España, no se da un paso sin tropezar con bandoleros». Ahora pretende que entre todos los parientes le hagamos un piso... friolera.

--¡Pobrecilla! Es una santa. Llegó entonces D. Baldomero, anunciándose antes de entrar con estas alegres voces: «¿En dónde está ese anti-patriota?». Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos, fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.

«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho».

--¿Y tú, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado.

--Me canso horriblemente--replicó el forastero, tocándose el corazón--.
Algo aquí... Pero dicen que es nervioso.

--Sí, sí, nervioso--afirmó Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda la medicina.

--Nervioso, claro--repitió Jacinta; y Barbarita, que a la sazón entraba, también dijo: «¿Qué ha de ser sino nervioso...?».

--Vaya, vaya con este perdis--decía D. Baldomero mirando mucho a su amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy desmejorado--. Siempre tan extranjerote.

--No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinándole la ropa--.
Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo, ¡qué zapatones usan por allá! Esos guantes pasarían aquí por guantes de cochero.

Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo, salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando _padrino_ a D. Baldomero II.

--Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--.
Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir más.

Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero, que defendía todo _lo del Reino_ con sincero entusiasmo. A veces perdía los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo _de fuera_ hay mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de albillo y el Museo del Prado.

«Vamos a ver--dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la cara--. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».

--Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj... Es muy despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije: «Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que le dejen.

En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.

«¿Pero qué?--dijo el Delfín--, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la Gobernación, y estará todavía en la cama».

Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos.
Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su terquedad se encerraba.

«Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad--dijo, después de apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura general--. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a usted una pulga». _(Risas)_.

«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas...!».

--¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?

--No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted a San Sebastián. Se lo comen vivo... --Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!...

Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.

«Indulgencia, señora. He venido volando por no hacerme esperar».

--Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea. ¡Qué caro se cotiza!

--Es que no me dejan vivir. Anoche duró el jubileo hasta las tres.
Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada... --Preparando las elecciones, ¿eh?

--¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...--indicó Moreno.

--No, no pases--replicó Santa Cruz--. En ese terreno concedo, concedo... Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del Reino son también muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno calificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo vive en la calle».

«Pues mire usted--dijo Villalonga--: las casas serán todo lo malas que usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede usted pegar los ojos».

--¿Pero usted cree que por allá hay alguien que se esté durmiendo hasta el medio día?

Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas.
«Yo de mí sé decir que cuando paso la frontera para acá recibo las más tristes impresiones. Habrá algo que admirar; a mí se me esconde, y no veo más que la grosería, los malos modos, la pobreza, hombres que parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que más me choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachón robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza está mal alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos... Mi país me es bastante antipático, y desde que me meto en el _express_ de Irún ya estoy renegando. Por la mañana, cuando despierto en la Sierra y oigo pregonar el _botijo e leche_, me siento mal; créanlo ustedes... Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones, las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar».

--¡Hombre, en qué tonterías te fijas!--observó D. Baldomero, continuando la apología de la patria en términos calurosos que el otro oía con benevolencia.

Cuando tomaban el café, notaron todos que Moreno se sentía mal; pero él disimulaba, y llevándose la mano al corazón, decía otra vez: «Algo aquí... No es nada. Nervioso quizás. Lo que más me molesta es el ruido de la circulación de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el ruido del tren, no oigo el mío».

Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pasó, y siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le hacía telégrafos desde la puerta, alzando un poco el cortinón. Salió: era Guillermina.

«No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con secreteo--. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversación como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos».

--Moreno ayudará--díjole su amiguita, llevándola a otra pieza para hablar con más libertad.

--No sé... está incomodado conmigo... Esta mañana hemos reñido... La verdad... me enfadé, me tuve que enfadar. Figúrate que esta vez viene más hereje que nunca. Cada uno es dueño de condenarse; ¿pero a qué viene decirme a mí cosas contra la religión?

--¡Qué malo!--Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo perdone... me incomodé. Le dije que no me hacía falta su dinero para nada, y que tendría miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de Satanás. Pero esto es un dicho, ¿sabes?

--Claro.--¿Y aquí no ha hablado de religión?

--No; ni jota. Mamá no se lo toleraría. Ha hablado de que en España hay más pulgas que en Francia.

--¡Dale! ¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad!
Las cosas que dicen estos herejotes nos indignarían si no las tomáramos a risa. Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me horripilé oyéndole. Pero en fin, allá se entenderá con Dios; y entre tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le ha de valer para su alma, aunque él no quiera... Con que a ver si me le catequizas.

--Haré lo que pueda... Veremos, le diré algo... --No vayas a olvidarte... Adiós, hija de mi alma. Me voy; esta noche me contarás lo que te diga. Creo que no nos dejará mal, porque en el fondo es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella pasta de ángel de otros tiempos. Quédate con Dios.

Volvió Jacinta al comedor. Si cumplió o no el encargo de Guillermina, lo veremos a su tiempo. Más que reunir dinero para el asilo, preocupaba a la dama el ver resuelto según su deseo lo que ella y su marido habían tratado la noche anterior. Movida de este afán, así que se marcharon Moreno y Villalonga, cogió por su cuenta al Delfín, y otra vez trataron ambos la cuestión de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal, discrepando sólo en el procedimiento más adecuado, pues ella opinaba por una carta y él por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa discusión, prevaleció este criterio, como verá el que siga leyendo.




-III- La revolución vencida.




--i--.


Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo,. los cuales no eran otra cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así con éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar.
Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de su casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios.

«¿Quién duda--seguía pensando--, que es prudente evitar el escándalo? Yo no puedo parecerme a este y el otro y el de más allá, que viven en la anarquía, señalados de todo el mundo. Hay otra razón, y es que se me está volviendo antipática, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene instintos de seducción, desconoce las gaterías que embelesan. Nació para hacer la felicidad de un apreciable albañil, y no ve nada más allá de su nariz bonita. ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? ¡Buenas estarían!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni _esprit_. ¡Qué diferente de Sofía la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo del primer viaje a París, era una verdadera Dubarry españolizada! Para todas las artes se necesitan facultades de asimilación, y esta marmotona que me ha caído a mí es siempre igual a sí misma. Con decir que hace días le dio por estar rezando toda la tarde... ¿y para qué?... para pedirle a Dios chiquillos... ¡Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo se acaba esta irregularidad. ¡Abajo la república!».

Pensando de este modo, había llegado a la casa de su querida, y en el momento de poner la mano en el llamador, un hecho extraño cortó bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abrió la puerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cual salió, saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza. La misma Fortunata le había abierto la puerta y le despedía.

Juan entró. La salida de aquel señor le produjo en un instante dos sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue algo de enojo, el segundo satisfacción de que el acaso le proporcionase un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... «Me parece que yo conozco a este señor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna parte--pensaba entrando hacia la sala--. ¡Si tendremos gatuperio...!
Estaría bueno. Pero más vale así».

Y en alta voz y de mal modo, preguntó a Fortunata: «¿Quién es ese viejo?».

--Yo creí que le conocías. D. Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué de milicia... Es grande amigo de Juan Pablo.

--¿Y quién es Juan Pablo? ¡Vaya unos conocimientos que me quieres colgar...!

--Mi cuñado.

--¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?... Estamos bien. ¿Y a qué venía aquí ese señor... Feijoo, dices? Me parece que es amigo de Villalonga.

--Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un señor muy bueno y muy fino. ¿Qué te crees, que viene a hacerme el amor? ¡Qué tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle, no lo haré más. Y aquí paz... --No, no; recíbele todo lo que quieras--dijo él variando de táctica con la rapidez del genio--. Si, como dices, es una persona formal, podría ser que te conviniera cultivar su amistad.

Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de ella.

«Porque, hija mía, yo debo decirte que no podemos seguir así».

Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la cuestión desde el primer momento con limpieza y claridad.

La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de timidez y más bien como ensayo. Había muebles forrados de seda y cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con verde-limón; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no había sabido nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores, haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Había laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil porquerías con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la transformación del gusto que se ha verificado de diez años a esta parte.
Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo solía ridiculizar a Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tenía instintos de elegancia; pero en muebles y decoración de casa desbarraba.
En suma, que ella tendría todas las cualidades que quisiera; pero lo que es _chic_ no tenía.

Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última vez. Fortunata estaba en pie, delante de él, y luego se sentó en una banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy grave que de él esperaba oír.

«Si esta pavisosa--pensó Santa Cruz mirándola también--, viera con qué donaire se sienta en un _puff_ Sofía la Ferrolana, tendría mucho que aprender. Lo que es esta, ni a palos aprenderá nunca esas blanduras de la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el asiento ¡Ah!, ¡qué bestias nos hizo Dios!...».

Y en alta voz: «Dime, ¿por qué no te has puesto la bata de seda, como te he mandado?».

--¡Qué cosas tienes!... No la quiero estropear.

--Eso es...--dijo el otro riendo sin delicadeza--, guárdala para los días de fiesta. Así me gusta a mí la gente, arregladita... Y cuando yo vengo aquí te pones la batita de lana, que unos días apesta a canela y otros a petróleo... --Mentira--replicó Fortunata, oliendo su propio vestido--. Está bien limpia. ¿Para qué dices lo que no es?

--No, lo que es dentro de casa, tú estás por aquello de _ya engañé_.
Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.

--¡Ay qué gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he estado toda la mañana en la cocina.

--¿Haciendo qué?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta. _Jormiguita_ para cuando vengan los malos tiempos--dijo el Delfín con benévola ironía--. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero demasiado para andar en misterios contigo. Tú eres razonable, te haces cargo de las cosas y comprenderás que tengo razón en lo que te voy a decir.

Este lenguaje desconcertó a Fortunata, porque le recordaba el otra vez usado para licenciarla. Pero él creyó oportuno mostrarse cariñoso, y la hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas zalamerías de las que se emplean con los niños cuando se les quiere hacer tomar una medicina.

«Ven acá, y no te asustes. Yo no quiero más que tu bien. No dirás que no he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes tú, seguiríamos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte cómo se puso. Se desmayó; tuvimos que llamar al médico. La más negra fue que mis papás se enteraron también del motivo, y... una chilla por aquí, otra por allá; mi padre furioso... entre todos me querían comer».

Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no podía pronunciar palabra alguna.

«Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres.
Así es que anoche me planté conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de pena, esto se tiene que acabar'. Sé que me costará una enfermedad. El golpe será rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho.
Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres...».

Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se decía: «Ahora viene la lagrimita. Es infalible. Preparémonos».

«Tonta, no llores, no te aflijas--añadió besándola--. Mira que yo estoy con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido».

Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y ponía una cara muy triste.

«No creas--balbució la prójima entre sollozos--. Te veía venir. Hace días que la estás tú tramando... Bueno, hemos concluido».

--No, si yo te querré siempre, nena negra. Sólo que no puedo visitarte más. Alguna vez... no digo que no... Pero así, con esta manera de vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una aldea. Aquí todo se hace público, y al fin no hay más remedio que bajar la cabeza. Yo soy casado, tú también; estamos pateando todas las leyes divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad sería peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. ¿No has pensado tú alguna vez en esto?

Lo que Fortunata había pensado era que el amor salva todas las irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo había dicho varias veces a su amante, expresándose de una manera ruda; pero en aquel lance, parecíale ridículo volver sobre aquella idea verdadera o falsa del amor, porque en su buen instinto comprendía que toda aquella hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y demás, servía para ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguiría jamás al terreno de la controversia, porque no sabía desenvolverse con tanta palabra fina.

«Ya me lo decía el corazón» exclamaba, apretando el pañuelo contra sus ojos.

--No se puede uno sustraer a los principios--prosiguió él--. Las conveniencias sociales, nena mía, son más fuertes que nosotros, y no puede uno estar riéndose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que tú te penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aquí mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que... Fortunata le miró de un modo que le hizo callar... «¡A buenas horas y con sol!--quería decir aquella mirada--. Después que hemos cometido todos los crímenes, ahora salimos con escrúpulos... Y yo pago la falta de los dos...».

«Bien merecido me lo tengo--declaró en un arranque de dolor combinado con la rabia--, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido más mala que tú... yo dejo tamañitas a todas... ¡Dios, con la que yo hice!, ¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era nada, cuando yo me ponía triste... pensando en lo que había hecho, sí, y te reías... te reías».

--Sí... pero...--Repito que te reías... ¡pero cómo!, a carcajadas, llamándome simple y qué sé yo qué... Bien, bien; bastante hemos hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentiré; calcula si lo sentiré... pero ya me iré consolando. No hay mal que cien años dure.
¡Aire, aire!

Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no tenía.

«Nos separaremos como amigos--dijo Santa Cruz tomándole una mano, que ella separó prontamente--, y me retiro dándote un buen consejo».

--¿Cuál?--preguntó ella más airada que dolorida.

--Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.

--¡Yo...!--exclamó la señora de Rubín con indecible terror--. ¡Después de...!

--Ya te serenarás, hija. ¡El tiempo! ¿Sabes tú los milagros que ese señor hace? Tú lo has dicho: no hay mal que cien años dure, y cuando se tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no hay más remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero volverás. Si es lo natural, es lo fácil, lo fácil... Solemos decir: «tal cosa no llega nunca». Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la suavidad con que ha venido.

Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete. Estaba como una loca. Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de desesperación. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. Él entraba, ella salía.

«¿Sabes lo que te digo?...--gritó Fortunata con la voz ronca de despecho y dolor--. Que ya estás demás aquí».

--Pero no te irrites...--¡Fuera, fuera!--gritaba ella empujándole con ruda energía.

Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía gran empeño en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos intentaban someter a los de su querida. Esta pudo más y cerró violentamente la puerta de la alcoba. El Delfín tocó en los cristales, diciendo: «Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra, abre... Ten calma y no te sofoques... ¡Bah!, siempre eres así...».

Pero de dentro de la alcoba no venía ninguna respuesta, ni una voz siquiera. Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos... gemidos sofocados. Pronto comprendió que no podía apetecer mejor coyuntura para plantarse rápidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trámite de la ruptura.

«Pero aún me falta la última parte--pensó echando mano a su cartera--.
No puedo abandonarla así...». Después de meditar un rato, volvió a guardar la cartera y se dijo: «Mejor será que me vaya... Se lo mandaré en una carta... Adiós. No dirá Jacinta que...».

Salió de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave.




--ii--.


En el resto de aquel aciago día, dicho se está que la pobre señora de Rubín se entregó a las mayores extravagancias, pues tal nombre merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y baba tres horas seguidas,. encender la luz cuando aún era día claro, apagarla después que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intentó tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban más. A eso de las nueve, la dolorida se levantó con resolución del sofá en que se había echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscurísimo, buscó su mantón. «Ya verán, ya verán» murmuraba en su agitación epiléptica; y a tientas buscó también las botas y se las puso. Pañuelo a la cabeza, mantón bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Salió con rapidez y determinación, como quien sabe a dónde va y obedece a uno de esos formidables impulsos en línea recta que conducen a toda acción terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y salía como una saeta.

Eran las nueve de la noche. Fortunata atravesó con paso ligero la calle de Hortaleza, la Red de San Luis. No debía de estar muy trastornada cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gentío estorbaba el tránsito, fue a buscar la de la Salud y bajó por ella, considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del Carmen pasó a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de la viabilidad. Atravesó la Puerta del Sol por frente a la casa de Cordero, y ya la tenéis subiendo por la calle de Correos hacia la plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que veía más cerca el objeto de su viaje, parecía como que se le iba acabando la cuerda epiléptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas.
Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo uno.

Ver el portal fue para la prójima, como para el pájaro, que ciego y disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo la acción de impulsos cerebrales, irresistibles y mecánicos, como los instintos que atañen a la conservación, van muy bien en su carrera mientras no ven el fin más que en la representación falsa que de él les da su deseo;. pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante, ofreciéndoseles como acción sometida a las leyes generales, no hay velocidad que no tenga su rechazo. ¿Cuál era el intento de Fortunata y qué iba a hacer allí? ¡Friolera!... Pues nada más que entrar en la casa sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondón, dando gritos y atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por el moño y... Esto de cogerla por el moño no se determinó bien en su voluntad; pero sí que le diría mil cosas amargas y violentas. Tal pensaba cuando le entró aquel desatino de salir de su casa y correr hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud, iba pensando así: «No se me quedará en el cuerpo nada, nada. Ella es la que me hace desgraciada, robándome a mi marido... Porque es mi marido: yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, ¿quién tiene más derecho? Entrañas por entrañas, ¿cuáles valen más?». Estos enormes disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara, persistieron cuando estaba parada y atónita delante del portal de los de Santa Cruz.

«Pues no sé por qué no entro y armo la escandalera que debo armar...».

Pero la contenía un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se alejó, y desde la acera de enfrente miró hacia la casa, diciendo para sí: «Habrá luz en el gabinete de Jacinta, donde estarán de tertulia».
Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... «¡Si habrán salido...!
No, estarán ahí burlándose de mí, riéndose de la trastada que me han hecho... Buenos son todos: ¡tales hijos, tales padres!». Volvió a sentir el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos hacia ella; pero retrocedió por segunda vez. «¿A ver quién sale?». Era un viejo que se detenía en el portal y echaba un párrafo con Deogracias.
La joven reconoció a Estupiñá, que había sido vecino suyo cuando ella vivía en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias.
Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo.
Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco después volvió a su acecho. ¿Quién salía? Un caballero con botines blancos que parecía extranjero. El tal pasó junto a ella, la miró, casi casi se detuvo un instante para verla mejor; después siguió su camino. Otras personas salían o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba condensándose la imposibilidad de entrar, continuaba allí clavada sin saber por qué. No se podía marchar, aunque iba comprendiendo que la idea que a tal sitio la llevó era una locura, como las que se hacen en sueños. Uno de los muchos desvaríos que se sucedieron en su mente fue imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de Jacinta. «Porque a mí no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes que corre la gente. No se puede creer nada. ¿Virtuosa?, _tie_ gracia... Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del pueblo somos las únicas que tenemos virtud, cuando no nos engañan. Yo, por ejemplo... verbigracia, yo». Entrole una risa convulsiva. «¿Y de qué te ríes, pánfila?--se dijo a sí misma--. Más honrada eres tú que el sol, porque no has querido ni quieres más que a uno. ¿Pero estas... estas?...
Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. ¿Por qué? Pues porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras. ¡Ah!, señora doña Jacinta, guárdese el mérito para quien lo crea; usted caerá... tiene usted que caer, si no ha caído ya».

De pronto vio que al portal se acercaba un coche. ¿Traería gente o venía a tomarla? A tomarla porque no salió nadie; el lacayo entró en la casa, y Deogracias se puso a hablar con el cochero. «Van a salirse dijo la infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su casa--. Ahora sí que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las afrento... tal suegra para tal nuera... ¡buen par de cuñas están!...
¡Cuánto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda uñas...».

Salieron las señoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco, después a Jacinta, después a una pollita que debía de ser su hermana...; vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rápidamente y como por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerró la portezuela. ¡Pero qué cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a Fortunata le entró un fuerte miedo. ¡Y ella que pensaba clavarles las puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sintió era más bien terror, como el que infunde un súbito y horrendo peligro, y tan impotente se vio su voluntad ante aquel pánico, que echó a correr y alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrás. Oyó el ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y aún lo vio pasar por delante con tan rápida vuelta que por poco la arrolla. «¡Eh!...» gritó el cochero, y la señora de Rubín dio un grito, saltando hacia atrás... ¡Qué susto, pero qué susto, Señor!... Siguió hacia la Puerta del Sol, dándose cuenta de aquel miedo intensísimo que había sentido y preguntándose si en él había también algo de vergüenza. Pero no le era difícil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz.

Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre.

«¡Pero qué tapadita va usted!... Fortunata».

Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser, estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo quiero conocer esta cara--se dijo--. ¡Ah!, es D. Evaristo».

--Hija, muy distraidita va usted... --Voy a mi casa.

--¡Por aquí!--exclamó Feijoo con asombro--. Pues el camino que lleva usted es el del Teatro Real.

--Es que...--replicó ella mirando las casas--me había equivocado... No sé lo que me pasa... --Vamos por aquí; la acompañaré a usted--dijo D. Evaristo con bondad--.
Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.

--Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo...

--¿Qué?, hija mía.

--Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.

Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación que en ellos notaba aquella noche.

La abandonada se volvió a tapar la boca con el mantón, y su acompañante no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo menos de decirle:.

«Amiguita, usted no está buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo muy gordo. Confiese usted a mí, que soy un amigo leal, y le daré buenos consejos».

--¿Pero duda usted--dijo Fortunata, apoyándose en la pared--, que yo haya sido siempre...?

--¿Honrada? ¿Cómo he de dudar eso, hija mía?, pues no faltaba más. Lo que dudo es que usted tenga buena salud. Está usted fatigada, y me parece que debemos tomar un coche... ¡Eh!, cochero... La de Rubín se dejó llevar, y maquinalmente entró en el simón. Alguna vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle.

Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño; pero ella no contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le miró en la oscuridad del vehículo, diciéndole: «¿Y tú, quién eres?... ¿A dónde me llevas? ¿Por quién me has tomado? ¿No sabes que soy honrada?».

--¡Ay, Dios mío!--murmuró el buen D. Evaristo con hondísimo disgusto--.
Esa cabeza no está buena, ni medio buena... Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abrió. «Ahora--dijo el simpático coronel retirado--, a acostarse. ¿Quiere usted que le traiga un médico?».

Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la siguió, afligidísimo de verla en tan lastimoso estado. Después, él y la criada, cuchichearon.

--Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--decía D. Evaristo--. Si no es más que eso, la trinquetada pasará.

Despidiose hasta el día siguiente, y la dolorida se acostó diciendo a la criada mientras la ayudaba a desnudarse: «Honrada soy, y lo he sido siempre. ¿Qué?... ¿lo dudas tú?».

--Yo... no señorita; ¿qué he de dudarlo?--replicó la criada, volviendo la cara para disimular una sonrisa.

Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín; pero a la media hora ya estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se quedó junto a ella, la oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas de las Micaelas.
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-II- La restauración vencedora.
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--i--.
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El marqués de Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino.
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Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida.
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Jacinta se indignaba en su interior.
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¡qué les importa!...
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¡Esto es horrible!...».
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Quedose yerta.
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Dios le conserve».
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Hasta los últimos días del 74 había defendido la Restauración.
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Es nuestra manera de matar pulgas.
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Pues qué, ¿querías tú que las Cortes...?
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Estás fresco».
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En la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo.
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En ciertos periodos todos deseamos que haya mucha autoridad.
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¡Venga leña!
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Pero nos cansamos de ella y todos queremos echar el pie fuera del plato.
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Así somos, y así creo que seremos hasta que se afeiten las ranas».
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--Es la condición humana.
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Así viven y se educan las sociedades--dijo el Delfín--.
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¿Qué sabes tú lo que es ley?
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¡Farsante, demagogo, anarquista!
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Cómo se hace el purito... Quien no te conoce...».
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«Esta noche me le como.
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Y eso que lo estoy bastante.
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Pero aún me vendría bien un poquito más de ira.
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Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy muy incomodada?».
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Juan la vio temblorosa y sin poder respirar.
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«Perdone uste, señora» replicó bromeando.
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Pero la verdad, chica, es que no comprendo nada».
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No podía tener consuelo.
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Te quería más que a mi vida.
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¡Qué tonta he sido!
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A los hombres hay que tratarlos sin consideración...
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Hace tiempo que te lo he conocido».
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--Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más.
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Yo digo que es verdad y basta.
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Yo te declaro que es verdad».
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--ii--.
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Él la cogió por una mano, y quiso abrazarla.
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Ella no se dejó.
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--¿Yo...?--Se lo mando a usted... Acuéstese usted al momento.
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Hijita de mi alma, si te enfurruñas, no llegaremos a entendernos».
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Jacinta fue bruscamente desarmada.
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Quedó, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no podía ser más.
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¿A ti qué te importa?
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No parece si no que... Conmigo no se juega, ¿estamos?...
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¿Pues qué se ha figurado este tonto?
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¡Vaya!...».
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No, si no me engatusas... ni hay _tilín_ que valga.
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Ya van quince y raya.
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No están los tiempos para perdones, caballerito.
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Si me quieres, rabia y rabia; mejor.
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Yo me reiré viéndote padecer.
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Con que lo dicho, déjame en paz.
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Tengo un sueño espantoso... ¿No ves cómo se me cierran los ojos?».
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Y era mentira.
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Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y nerviosa.
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«Tú no tienes sueño; ¿a que no lo tienes?--le decía él--.
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¿A que te despabilo y te pongo como un lucero?».
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--¿A que no?
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¿Cómo?
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Confiésame todo; pero con nobleza.
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Nada de comedias... porque tú eras muy comiquito.
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¿De veras que vas a contármelo todo?
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¿Es que no quiere contarme nada?...».
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«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho.
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--Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme.
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Mira, estate quieto y no me sofoques.
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No tengo yo gana de bromas.
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--Vamos al caso, niñita mía.
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Dices que tú sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas.
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¿En qué te fundabas tú para adivinarlo?...
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¿qué observaste y qué supiste?
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--¡Ay!...
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¡con lo que sale ahora este bobo...!
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¿Crees que una mujer celosa necesita ver nada?
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Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca...
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Se lo dice el corazón.
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--El corazón no dice nada.
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Eso es una frase.
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¿Y te parece que es poco dato el ver cómo me tratas a mí?
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Hasta la manera de entrar aquí es un dato.
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--¡Cuánto sabes!--Más sabes tú... No, no, más sé yo.
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Lo saqué con las puntas de los dedos y lo estuve mirando.
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Me daba tanto asco como si me lo hubiera encontrado en la sopa.
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No chisté.
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Yo me asusté.
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Fue aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo.
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Tuve que ponerte árnica.
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Traías tierra en la americana azul.
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Toda la noche estuviste muy inquieto, ¿no te acuerdas?
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--Pues verás.
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Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cayó al suelo un botón.
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Vino saltando hasta cerca de mi cama.
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Parecía que me miraba.
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Era de níquel, labrado, con muchos garabatos.
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Cuando te dormiste, me eché de la cama y lo cogí.
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Era un botón de mujer, de los que se usan ahora en las chaquetillas.
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Lo tengo guardado.
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¡Y tú siempre tan comediante!
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unit 202
¡Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al espionaje.
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Se me ocurrió preguntar al cochero.
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Con una buena propinilla, Manuel no me habría ocultado lo que supiera.
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Pero por respeto a ti y a mí misma y a la familia, no hice nada.
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¡Contarle a tu mamá mis sospechas!...
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¿Para qué?, ¿para disgustarla sin ventaja ninguna?...
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¡Pero es una tan débil...!
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¡Si merecemos todo lo que nos pasa...!
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«Preparémonos a oír tus papas» dijo ella.
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Pues ahora lo veremos.
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He guardado reserva contigo, porque creí que no me comprenderías.
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Veremos si me comprendes ahora.
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Ese nombre me hace el efecto de la picadura de una víbora.
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--Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada.
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--¡Casada!--Sí, con un simple.
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Pero bien merecido le está por su mala conducta.
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--Espérate un poco, hija.
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Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.
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--Ni más mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir.
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No es maldad lo que hay en ella, es falta de ideas morales.
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Yo pongo en su lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía.
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No, no es lo que crees.
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Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien.
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En esto me encuentra y me pide amparo».
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Jacinta no había cerrado todavía la boca.
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Pero cierra ya esa boca; basta ya de asombro y contéstame».
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--Pues yo... ¿qué haría?
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--Esa fue mi primera idea.
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--Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.
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--Tampoco.
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Buscarle un marido, no podía ser; estaba casada.
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Procurarle una manera de vivir con independencia y honradez...
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¡ah!, esto es muy difícil.
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No tiene educación; no sabe trabajar en nada que produzca dinero.
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No hay para ella más recurso que comer de su belleza.
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Pero en esto mismo hay distintos grados de ignominia.
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No empieces a hacerte cruces, hija.
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No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito.
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Hay que ponerse en la realidad, niñita.
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--Pues a eso voy ahora.
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Aquí te quiero ver... Atención.
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No hay ejemplo de una frialdad como la que yo sentía ante ella.
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Bien me lo puedes creer.
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No sólo no me inspiraba pasión, sino que hasta me repugnaba.
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Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes de esa mujer.
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No aprende; no se le pega nada.
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unit 291
Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tardó en manifestárselo.
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unit 293
«Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos.
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unit 297
Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 299
Era su manera de expresar la alegría bulliciosa cuando estaba acostada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 301
Pero aún le quedaba una duda, ¿Era aquello verdad o no?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 302
Para mentira estaba demasiado bien hiladito.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 305
--Pues te diré... que sí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 306
Tiene esa debilidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 308
Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusión como de moda.
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unit 309
Esta no.
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unit 311
--No.
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unit 313
Aquí tienes otra cosa que me anonada, que me obliga a ser indulgente.
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unit 314
Ponte en mi lugar, hija.
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unit 315
Porque si yo viera que coqueteaba con otros hombres, anda con Dios.
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unit 316
Pero si no hay quien la apee de una fidelidad que no viene al caso.
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unit 317
¡Fiel a mí!
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unit 318
¿a santo de qué?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 319
¡Te aseguro que me ha hecho cavilar más esa sosona!
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unit 321
Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta manía.
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unit 322
¿No te parece a ti que es manía?
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unit 326
Yo necesitaba darte explicaciones.
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unit 328
¿Con que te vas enterando?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 331
unit 332
Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada composición.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 336
¿Qué moral es esta?
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unit 337
No escamotees la verdad.
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unit 340
unit 342
No tuve valor para resistir a las... ¿cómo diré?...
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unit 345
Ambos estuvieron callados un mediano rato.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 348
Yo me entrego a ti».
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unit 351
--Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 352
Lo deseo tanto como tú; me lo puedes creer.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 354
«Sí, hija, no aguanto más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 355
Que se vaya con su constancia a los quintos infiernos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 356
unit 357
--¿De modo que no vuelves más a esa casa?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 358
Di que no vuelves, dime que no la quieres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 359
--¡Bah!
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unit 360
Demasiado lo sabes.
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unit 361
No volveré más que a despedirme.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 362
--No; escríbele una carta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 363
Las despedidas cara a cara no son buenas para romper.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 365
--iv--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 368
Oye.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 370
Le he convidado a almorzar».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 371
Jacinta fue a su tocador.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 372
Aún dormía su marido, y ella se empezó a arreglar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 373
A poco entró una visita, que Jacinta recibió en su gabinete.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 383
unit 384
¡Qué elegante estás!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 385
No te había visto el vestido nuevo.
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unit 387
Si la tocábamos ¡ay!, nos quería pegar...
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unit 388
unit 389
--No me gusta tanto afán por las composturas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 391
--¡Ah!, señorita, se lo sabe de corrido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 393
¿Pues y leer?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 394
Lee mejor que mi marido.
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unit 395
--Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 397
Adoración la miraba como en éxtasis.
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unit 399
«Señora, no me la nombre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 400
A poco de salir de las Micaelas, parecía algo enmendada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 403
Jacinta hizo un gesto de pena.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 404
unit 408
Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 409
unit 411
Jacinta cayó en la cuenta de su distracción.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 412
«Espérate un momento».
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unit 415
unit 416
unit 417
«¡Oh, puerta del paraíso!, ¡qué manos te abren...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 420
«Estás hecho un pollo» le dijo Moreno, palmoteándole en los hombros.
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unit 421
--Vamos tirando... ¿Y usted...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 422
--Así, así.--¡Siempre por esas tierras de extranjis!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 424
unit 425
Moreno siguió a Jacinta hasta el salón y de allí al gabinete.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 426
«No me había dicho Guillermina que estaba usted en Madrid.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 427
Lo supe hoy por mamá» dijo ella por decir algo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 428
--¿Guillermina?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 429
¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de anunciarme!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 430
unit 432
Me desplumó.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 434
unit 435
--¡Pobrecilla!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 436
Es una santa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 439
«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 440
--¿Y tú, perdido?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 441
Me dijeron que estabas algo delicado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 442
unit 443
Algo aquí... Pero dicen que es nervioso.
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unit 447
Siempre tan extranjerote.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 448
--No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinándole la ropa--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 450
Esos guantes pasarían aquí por guantes de cochero.
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unit 451
Moreno se echó a reír.
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unit 457
--Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--.
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unit 458
Mientras más la visito, menos me gusta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 459
Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 462
unit 463
¿Qué me dices del Rey que hemos traído?
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unit 464
Ahora sí que vamos a estar en grande.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 465
Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 466
--Es guapo chico.
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unit 469
¡Lástima de Rey!
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unit 471
unit 472
Él querrá hacerlo bien; pero falta que le dejen.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 473
unit 474
Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 475
«¿Pero qué?--dijo el Delfín--, ¿le esperamos?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 476
Sabe Dios a qué hora vendrá.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 481
Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 483
_(Risas)_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 484
«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas...!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 485
--¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 486
--No las hay, créame usted, padrino, no las hay.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 488
Vaya usted a San Sebastián.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 489
Se lo comen vivo... --Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 490
Sonó la campanilla.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 493
«Indulgencia, señora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 494
He venido volando por no hacerme esperar».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 495
--Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 496
¡Qué caro se cotiza!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 497
--Es que no me dejan vivir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 498
Anoche duró el jubileo hasta las tres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 499
Doscientas personas entrando y saliendo.
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unit 500
Y que no pretenden nada... --Preparando las elecciones, ¿eh?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 501
--¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...--indicó Moreno.
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unit 502
--No, no pases--replicó Santa Cruz--.
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unit 504
Luego tratose de las casas, que Moreno calificó de inhabitables.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 505
«Por eso todo el mundo vive en la calle».
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unit 509
Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 512
Lo que más me choca es lo desmedrado de la casta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 513
Rara vez ve usted un hombrachón robusto y una mujer fresca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 518
Nervioso quizás.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 519
Lo que más me molesta es el ruido de la circulación de la sangre.
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unit 520
unit 523
Salió: era Guillermina.
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unit 524
«No, yo no paso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 525
Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con secreteo--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 526
Vengo para encargarte que le hables.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 530
Figúrate que esta vez viene más hereje que nunca.
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unit 534
Pero esto es un dicho, ¿sabes?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 535
--Claro.--¿Y aquí no ha hablado de religión?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 536
--No; ni jota.
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unit 537
Mamá no se lo toleraría.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 538
Ha hablado de que en España hay más pulgas que en Francia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 539
--¡Dale!
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unit 540
¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 542
Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 543
Me horripilé oyéndole.
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unit 547
Me voy; esta noche me contarás lo que te diga.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 548
Creo que no nos dejará mal, porque en el fondo es un buenazo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 550
Quédate con Dios.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 551
Volvió Jacinta al comedor.
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unit 552
Si cumplió o no el encargo de Guillermina, lo veremos a su tiempo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 557
-III- La revolución vencida.
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unit 558
--i--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 561
¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo que se tiene se desprecia?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 566
Al salir de su casa aquella tarde, iba pensando en esto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 568
unit 573
¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 574
¡Buenas estarían!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 575
Habla con sinceridad; pero sin gracia ni _esprit_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 579
para pedirle a Dios chiquillos... ¡Al Demonio se le ocurre...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 580
En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo se acaba esta irregularidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 581
¡Abajo la república!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 584
La misma Fortunata le había abierto la puerta y le despedía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 585
Juan entró.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 588
unit 589
¡Si tendremos gatuperio...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 590
Estaría bueno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 591
Pero más vale así».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 593
--Yo creí que le conocías.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 595
--¿Y quién es Juan Pablo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 596
¡Vaya unos conocimientos que me quieres colgar...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 597
--Mi cuñado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 598
--¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 599
Estamos bien.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 600
¿Y a qué venía aquí ese señor... Feijoo, dices?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 601
Me parece que es amigo de Villalonga.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 603
¿Qué te crees, que viene a hacerme el amor?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 604
¡Qué tontito!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 608
unit 609
«Porque, hija mía, yo debo decirte que no podemos seguir así».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 613
El reloj de la consola no había sabido nunca lo que es dar la hora.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 624
--¡Qué cosas tienes!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 625
No la quiero estropear.
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unit 628
Está bien limpia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 629
¿Para qué dices lo que no es?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 630
--No, lo que es dentro de casa, tú estás por aquello de _ya engañé_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 631
Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 632
--¡Ay qué gracia!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 634
--¿Haciendo qué?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 636
Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 637
Te quiero demasiado para andar en misterios contigo.
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unit 641
«Ven acá, y no te asustes.
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unit 642
Yo no quiero más que tu bien.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 643
No dirás que no he hecho por ti cuanto estaba en mi mano.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 645
Se desmayó; tuvimos que llamar al médico.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 648
«Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 650
Sé que me costará una enfermedad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 651
El golpe será rudo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 652
No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 653
Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 655
Es infalible.
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unit 656
Preparémonos».
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unit 657
«Tonta, no llores, no te aflijas--añadió besándola--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 660
«No creas--balbució la prójima entre sollozos--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 661
Te veía venir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 662
Hace días que la estás tú tramando... Bueno, hemos concluido».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 663
--No, si yo te querré siempre, nena negra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 664
Sólo que no puedo visitarte más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 666
Madrid, que parece grande, es muy chico, es una aldea.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 667
unit 670
¿No has pensado tú alguna vez en esto?
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unit 675
--No se puede uno sustraer a los principios--prosiguió él--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 682
Lo sentiré; calcula si lo sentiré... pero ya me iré consolando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 683
No hay mal que cien años dure.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 684
¡Aire, aire!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 685
unit 687
--¿Cuál?--preguntó ella más airada que dolorida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 688
--Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 689
--¡Yo...!--exclamó la señora de Rubín con indecible terror--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 690
¡Después de...!
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unit 691
--Ya te serenarás, hija.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 692
¡El tiempo!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 693
¿Sabes tú los milagros que ese señor hace?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 695
Ahora te parece imposible; pero volverás.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 697
unit 698
Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 699
Estaba como una loca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 700
Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de desesperación.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 701
Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 702
Él entraba, ella salía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 704
Que ya estás demás aquí».
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unit 707
unit 708
Esta pudo más y cerró violentamente la puerta de la alcoba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 710
Ten calma y no te sofoques...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 711
¡Bah!, siempre eres así...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 712
unit 713
Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos... gemidos sofocados.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 715
unit 716
No puedo abandonarla así...».
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unit 718
Se lo mandaré en una carta... Adiós.
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unit 719
No dirá Jacinta que...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 720
unit 721
--ii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 729
Eran las nueve de la noche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 730
unit 740
¿Cuál era el intento de Fortunata y qué iba a hacer allí?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 741
¡Friolera!...
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unit 746
Entrañas por entrañas, ¿cuáles valen más?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 748
unit 749
Pero la contenía un cierto respeto que no acertaba a explicarse.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 751
Pero no vio nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 752
Todo cerrado; todo a oscuras... «¡Si habrán salido...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 755
«¿A ver quién sale?».
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unit 756
unit 758
Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 760
¿Quién salía?
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unit 761
Un caballero con botines blancos que parecía extranjero.
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unit 763
Otras personas salían o entraban.
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unit 768
No se puede creer nada.
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unit 771
Yo, por ejemplo... verbigracia, yo».
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unit 772
Entrole una risa convulsiva.
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unit 773
«¿Y de qué te ríes, pánfila?--se dijo a sí misma--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 775
¿Pero estas...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 776
estas?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 777
Ja ja ja.
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Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy.
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¿Por qué?
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Pues porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras.
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De pronto vio que al portal se acercaba un coche.
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¿Traería gente o venía a tomarla?
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¡Cuánto tardan!
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La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda uñas...».
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Salieron las señoras.
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Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerró la portezuela.
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¡Pero qué cosas!
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El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando su imperio.
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«¡Pero qué tapadita va usted!...
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Fortunata».
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Detúvose ella ante el que esto dijo.
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«Yo quiero conocer esta cara--se dijo--.
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¡Ah!, es D. Evaristo».
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--Hija, muy distraidita va usted... --Voy a mi casa.
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--¡Por aquí!--exclamó Feijoo con asombro--.
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Pues el camino que lleva usted es el del Teatro Real.
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Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.
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--Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo...
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--¿Qué?, hija mía.
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--Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.
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Feijoo miró a su amiga.
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--¿Honrada?
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¿Cómo he de dudar eso, hija mía?, pues no faltaba más.
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Lo que dudo es que usted tenga buena salud.
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Está usted fatigada, y me parece que debemos tomar un coche...
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¿A dónde me llevas?
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¿Por quién me has tomado?
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¿No sabes que soy honrada?».
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La criada les abrió.
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«Ahora--dijo el simpático coronel retirado--, a acostarse.
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¿Quiere usted que le traiga un médico?».
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Sin contestar, metiose ella en su alcoba.
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Feijoo la siguió, afligidísimo de verla en tan lastimoso estado.
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Después, él y la criada, cuchichearon.
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--Rompimiento...
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Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--decía D. Evaristo--.
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Si no es más que eso, la trinquetada pasará.
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¿Qué?...
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¿lo dudas tú?».
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-II-

La restauración vencedora.

--i--.

Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación
por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada
reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos
la máscara de tranquilidad que ante sus suegros se ponía. Porque la peor
de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer
venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad
de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura. Ya
no le quedaba duda de que su marido _entretenía_, como se dice ahora, a
una mujer, y de estos entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas
los bienaventurados papás. Sabía que la tarasca que le robaba su marido
era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del
_Pituso_ muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas
jaquecas. Deseaba verla... pero no; más valía que no la viera jamás,
porque si la veía, de fijo se le iba el santo al Cielo.

La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche
tristísima para ella por haber adquirido recientemente noticias
fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran
regocijo. Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D.
Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos.
Barbarita también reventaba de gozo y decía: «¡Pero qué chico más salado
y más simpático!». Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de
aquella procesión que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a
todos los que entraron felicitándose del suceso. El marqués de
Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino. Había tenido la dicha
inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y
el Rey habló con él... Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien
el tono familiar con que se había expresado S. M. «Hola, marqués, ¿cómo
va?». Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida.

Aparisi sostuvo poco después que él había previsto todo lo que estaba
pasando. Él no era partidario de la Restauración; pero había que
respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar:
«_Veremos a ver_ si ahora, ¡qué dianches!, hacemos algo; si esta nación
entra por el aro...». Jacinta se indignaba en su interior. Tenía un
volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba. Por su
gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunión; mas érale
forzoso contenerse y sonreír cuando su suegro la miraba. Retorciendo en
su corazón la cuerda con que a sí propia se ahogaba, se decía: «Pero a
este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?... ¡qué les
importa!... Yo estoy volada, y aquí mismo me pondría a dar chillidos, si
no temiera escandalizar. ¡Esto es horrible!...».

Don Alfonso érale antipático, porque su imagen estaba asociada a la
horrible pena que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a
casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del
Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta, y la estuvo adulando antes
de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón de la
alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad
del Rey, cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo. «Tu marido
_entretiene_ a una mujer, a una tal Fortunata, guapísima... de pelo
negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, número tantos...
En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tú también lo sepas».
Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con
tales detalles, como el pelo negro, el número de la casa, era un
jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enteró de lo
que en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio confusa y
vagamente, entre la agitación de la multitud y el _tururú_ de tantas
cornetas y músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder
que ella agitara el suyo sin saber lo que hacía... Todo el resto del día
estuvo como una sonámbula.

Entró Guillermina, que también hubo de llevar sus notas de alegría al
concierto general. «Ya era tiempo--dijo antes de meterse en el rincón en
que solía estar--. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a
echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo
hará, porque le hemos traído con esa condición: que favorezca la
beneficencia y la religión. Dios le conserve».

Jacinta la siguió al gabinete próximo, y allí estuvieron las dos de
cháchara por espacio de una hora larga. Guillermina decía: «Paciencia,
hija, paciencia, y todo se arreglará; yo te lo prometo». Ya cerca de las
doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada...
«Es que te voy a aborrecer--pensó--, como no te enmiendes. Pues no
faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusarás
con tus zalamerías».

Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre
y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era
demasiado fuerte para luchar con él. Hasta los últimos días del 74 había
defendido la Restauración. Después de hecha, encontró mal que la
hicieran los militares, y en esto fundó sus críticas del suceso
consumado.

«Aquí siempre se han hecho las mudanzas de esa manera--dijo el señor de
Santa Cruz con patriarcal buena fe--. Es nuestra manera de matar pulgas.
Pues qué, ¿querías tú que las Cortes...? Estás fresco».

Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que
ninguna Restauración había prevalecido; mas todos se negaron a seguirle
por los vericuetos históricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos,
dijo una cosa muy sensata, producto de su observación de tanto tiempo:
«Yo no sé lo que sucederá dentro de viente, dentro de cincuenta años. En
la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo. Lo único que
sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes
de revolución y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya
mucha autoridad. ¡Venga leña! Pero nos cansamos de ella y todos queremos
echar el pie fuera del plato. Vuelven los días de jarana, y ya estamos
suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. Así somos, y así creo
que seremos hasta que se afeiten las ranas».

--Es la condición humana. Así viven y se educan las sociedades--dijo el
Delfín--. Lo que a mí no me gusta es que esto se haga por otra vía que
la de la Ley.

«¡Pillo, tunante!--pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las
palabras la hiel que se le quería salir--. ¿Qué sabes tú lo que es ley?
¡Farsante, demagogo, anarquista! Cómo se hace el purito... Quien no te
conoce...».

Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su
furor; quería cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama,
arrojando en ella más combustible. «Esta noche me le como. Quisiera
estar más furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso
que lo estoy bastante. Pero aún me vendría bien un poquito más de ira.
Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de
Dios».

En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura... «Quítate,
déjame...--gritó ella--. Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy
muy incomodada?».

Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. «Perdone uste, señora»
replicó bromeando.

Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el _lo sé todo_; pero se acordó
de que noches antes su marido y ella se habían reído mucho de esta
frase, observándola repetida en todas las comedias de intriga. La
irritada esposa creyó más del caso decir: «Te aborreceré, ya te estoy
aborreciendo». Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con buena
sombra otra frase de las comedias: «_Ahora lo comprendo todo_. Pero la
verdad, chica, es que no comprendo nada».

Turbada en sus propósitos de pelea por el buen genio y los cariñosos
modos que el pérfido traía aquella noche, Jacinta rompió a llorar como
un niño. Juan le hizo muchas caricias, besos por aquí y allí, en el
cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo
y en la barba, acompañados del lenguaje más finamente tierno que se
podría imaginar.

«No aguanto más, no puedo aguantar más» era lo único que ella decía con
angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta
lágrima. No podía tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de
tantísimos días, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni
siquera ¡ay! «Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer más
desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborreceré de veras, porque
yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quería más que a mi vida.
¡Qué tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideración...
Ya no más, ya no más... Estoy volada, y lo que es esta no te la
perdono... digo que no te la perdono».

Algún trabajo le costó a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le
había dicho una amiga aquella mañana. Y cuando él lo negaba, la ofendida
esposa, que sentía en su alma la convicción profundísima de la
autenticidad del hecho, irritábase más: «No lo niegues, no me lo
niegues, pues yo sé que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido».

--¿En qué...?--En muchas cosas.--Dímelas--indicó él poniéndose serio.

--Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más.

--Si no pienso engañarte...--Lo que Amalia me ha dicho--afirmó Jacinta
con súbita ira, llena de dignidad, poniéndose en pie y afianzando con un
gesto admirable su aseveración--, es verdad. Yo digo que es verdad y
basta.

Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro:

«Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad».

--ii--.

Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a
su marido, hizo un ademán de salir. Él la cogió por una mano, y quiso
abrazarla. Ella no se dejó. En medio del estrujón frustrado, sólo pudo
articular la esposa muy vagamente estas palabras: «Me voy». Lo que más
la irritaba era que el tunante, después de lo que había dicho, tuviera
todavía humor de bromas y pusiera aquella cara de pillín, como si se
tratara de una cosa de juego. Porque se sonreía, y tranquilo en
apariencia, díjole en tono de seriedad cómica:

«Señora, acuéstese usted».

--¿Yo...?--Se lo mando a usted... Acuéstese usted al momento.

No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en
aquel segundo estrujón, oyó estas cariñosas palabras:

«¿No vale más que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma,
si te enfurruñas, no llegaremos a entendernos».

Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los
cuentos de niños, a quien por obra de magia se le convierte la espada en
alfiler y el escudo en dedal.

El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo
sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos. En realidad no era
aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y
regular del orden, sino el hastío de la revolución. Verificábase en él
lo que D. Baldomero había dicho del país; que padecía fiebres
alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las más
graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito
que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favorecía este
movimiento centrípeto, que se había determinado por quinta o sexta vez
desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que
la vuelta a los deberes conyugales sería definitiva; pero se equivocó,
porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad,
cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza
centrífuga. Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado,
que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para
emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios. También esto
concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que decía:. «Cuando el
país remite, y fortalece con su opinión la autoridad, no es que ame
verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre
para saciar después con mejor gusto el apetito de las trifulcas».

Quedó, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no podía ser más. Pero
creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colérica, dijo todas las
palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: «Me acostaré o no me
acostaré, según me acomode. ¿A ti qué te importa? No parece si no que...
Conmigo no se juega, ¿estamos?... ¿Pues qué se ha figurado este tonto?
Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque
quiero, no porque tú me lo mandes... ¡Vaya!...».

Poco después se oía en la alcoba lo siguiente: «Que te estés quieto...
No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me
engatusas... ni hay _tilín_ que valga. Ya van quince y raya. No están
los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No
quiero verte, no quiero oírte, ni me importa que me quieras o no. Si me
quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reiré viéndote padecer. Con que lo
dicho, déjame en paz. Tengo un sueño espantoso... ¿No ves cómo se me
cierran los ojos?».

Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y
nerviosa.

«Tú no tienes sueño; ¿a que no lo tienes?--le decía él--. ¿A que te
despabilo y te pongo como un lucero?».

--¿A que no? ¿Cómo?

--Contándote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una
confesión general para que veas que no soy tan malo como crees.

--¡Ah!, sí; ven, ven, hijito--exclamó ella alargando sus brazos
desnudos--. Confiésame todo; pero con nobleza. Nada de comedias...
porque tú eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las
marrullerías, y algunas bolas me trago; pero otras no. ¿De veras que vas
a contármelo todo?

La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, poniéndola tan nerviosa que
echaba chispas. No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del
perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le
ofrecía.

Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se
apartó de ella para ir hacia la suya... «¿Pero qué?--pensó--, ¿se
arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... ¿Es que no quiere contarme
nada?...».

«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho.

--Si vuelvo, si voy allá en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo.

--Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme.
No estoy yo aquí esperando a que al señorito le dé la gana de tenerme en
vela toda la noche.

--Cállese usted, _so tía_...--Diciendo esto, volvió hacia ella,
sentándose en el lecho y haciéndole mil ternezas.

--¡Ah!, esto está perdido--murmuró Jacinta en los respiros que las
caricias de su marido le dejaban, ahogándola...--. Mira, estate quieto y
no me sofoques. No tengo yo gana de bromas.

--Vamos al caso, niñita mía. Para que yo te cuente lo que deseas saber,
es preciso que tú me cuentes antes a mí otra cosa. Dices que tú
sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. ¿En qué te
fundabas tú para adivinarlo?... ¿qué observaste y qué supiste?

--¡Ay!... ¡con lo que sale ahora este bobo...! ¿Crees que una mujer
celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se
lo dice el corazón.

--El corazón no dice nada. Eso es una frase.

--Cuando te vuelves faltón, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me
sirven para leerte los pensamientos. ¿Y te parece que es poco dato el
ver cómo me tratas a mí? Hasta la manera de entrar aquí es un dato.
Hasta una ternura, una palabra cariñosa te venden, porque al punto se ve
que son sobras de otra parte, traídas aquí por deber y para cubrir el
expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas.

--¡Cuánto sabes!--Más sabes tú... No, no, más sé yo. En la desgracia se
aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro
siento algo que me está rallando así, así... muele que te muele... ¡Pues
tengo yo un olfato...! Cuando estás faltoncito, si no lo conociera por
otras cosas, lo conocería por el perfume que traes algunas veces en la
ropa... Otro dato: Una noche traías en el pañuelo de seda del cuello,
¿qué crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqué con las puntas de
los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera
encontrado en la sopa. No chisté. Otra noche dijiste en sueños palabras
de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asusté. Fue
aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve
que ponerte árnica. Me contaste que viniendo no sé por dónde te salió un
borracho, y tuviste que andar a trompazos con él. Traías tierra en la
americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, ¿no te acuerdas?

--Me acuerdo, sí--dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con
Maximiliano.

--Pues verás. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cayó al suelo un
botón. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Parecía que me miraba. Era
de níquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me eché de
la cama y lo cogí. Era un botón de mujer, de los que se usan ahora en
las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en
su día sacarlas y decir: ¿me negarás esto?... ¡Y tú siempre tan
comediante! ¡Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al
espionaje. Se me ocurrió preguntar al cochero. Con una buena propinilla,
Manuel no me habría ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a
mí misma y a la familia, no hice nada. ¡Contarle a tu mamá mis
sospechas!... ¿Para qué?, ¿para disgustarla sin ventaja ninguna?...
Guillermina, con quien únicamente me clareaba, decíame siempre:
«paciencia, hija, paciencia». Y por fin llegaba yo a tenerla, y el
molinillo que me daba vueltas en el corazón, molía, haciéndomelo polvo,
y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y
tragando hiel, tragando hiel. Esta mañana, cuando Amalia me dijo lo que
me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse
aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte
aunque te me pusieras delante de rodillas. ¡Pero es una tan débil...!
¡Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser así,
tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que
de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no
alborotemos...

--iii--.

Esta última queja puso al señorito de Santa Cruz un tanto
pensativo y desconcertado. No desconocía él la situación poco airosa en
que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos
para darle la medida de su pequeñez. Era muy soberbio, y el amor propio
descollaba en él sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de
manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a
su mujer. Cuando, media hora antes, prometió confesar sus faltas, hízolo
movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del
fatuo que se da tono con una cruz. La confesión de la culpa ennoblece
siempre, y como demasiado sabía él que todo lo noble hallaba eco en el
gran corazón de Jacinta, se dijo: «aquí me viene bien un _rasgo_». Pero
el momento de la confesión se acercaba, y el pecador estaba algo
confuso, sin saber cómo iba a salir de ella. Lo que él quería era quedar
bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando
sus faltas como méritos,. y retocando toda la historia de modo que
pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y
el cabello era negro y deshonroso. No tenía que calentarse mucho los
sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tenía su
entendimiento una aptitud particular. Su imaginación despiertísima se
pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que él
no podía sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de
tantos. Hasta las acciones más triviales y comunes, si eran suyas,
quería que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se
parecían a lo que hace todo el mundo. Rápidamente, con aquella presteza
de juicio del artista improvisador, hizo su composición, y allá te van
las confidencias... Jacinta se había de quedar tamañita. Ya vería ella
qué marido tenía, qué ser superior, qué persona tan extraordinaria. Hay
una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los niños y
las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo:
es la que sólo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos allá.

«Preparémonos a oír tus papas» dijo ella.

--De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable,
un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva
contigo, porque creí que no me comprenderías. Veremos si me comprendes
ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontré otra vez a...

--Haz el favor de no nombrarla--suplicó Jacinta con viveza--. Ese nombre
me hace el efecto de la picadura de una víbora.

--Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada.

--¡Casada!--Sí, con un simple. La metieron en un convento, la casaron
después como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias
y atrocidades que horroriza.

--¡Pobre mujer!--exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que
empezaba por hacer a la otra digna de lástima--. Pero bien merecido le
está por su mala conducta.

--Espérate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.

--Ni más mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo
que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca más que
malos ejemplos; ¡si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su
lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía. No, no es lo que
crees. Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte
cargo: después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta,
la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser
marido de nadie...

Jacinta abrió la boca; tan grande era su pasmo.

«Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer día de
matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a
una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a
la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide
amparo».

Jacinta no había cerrado todavía la boca.

«En tal situación--prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su
tesis y con los cubiletes en la mano--, yo te planteo el problema a
ti... vamos a ver... Figúrate que eres hombre; figúrate que te
encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una
defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, tú te
reconoces autor de todas sus desdichas, porque tú la perdiste, porque de
ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qué
harías, qué harías tú en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya
de asombro y contéstame».

--Pues yo... ¿qué haría? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco
duros, y marcharme a mi casa.

--Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, señora mía--dijo Santa
Cruz triunfante--, no se saldan con cuatro ni con cinco duros.

--Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.

--Tampoco. Yo pensé que debía poner a aquella infeliz en camino de
adquirir una posición decente y estable. Buscarle un marido, no podía
ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y
honradez... ¡ah!, esto es muy difícil. No tiene educación; no sabe
trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella más recurso que
comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de
ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que
tomarlas como son; otra cosa es empeñarse en sostener una filosofía
cursi. Yo le dije: «bueno, pues te pongo una casa, y arréglatelas como
puedas...». No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay
que ponerse en la realidad, niñita. No mires esto con ojos de mujer;
ponte en mi caso; figúrate que eres hombre...

--Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien
que te las compones para hacer pasar por protección desinteresada lo que
en realidad es amor que tenías o tienes a esa maldita.

--Pues a eso voy ahora. Aquí te quiero ver... Atención. Yo te juro que
no despertaba en mí ni el amor más insignificante, ni tan siquiera un
capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo
sentía ante ella. Bien me lo puedes creer. No sólo no me inspiraba
pasión, sino que hasta me repugnaba.

--Eso--dijo la esposa--, que te lo crea otro, que lo que es yo...

--¡Qué tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes
de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como
una de esas que, sin tener pizca de educación ni ningún atractivo moral,
poseen un sin fin de artimañas para enloquecer a los hombres y
esclavizarles volviéndoles estúpidos. Esta casta de perdidas que en
Francia tanto abunda, como si hubiera allí escuela para formarlas,
apenas existe en España, donde son contadas... todavía, se entiende,
porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles...
Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee más educación que la
cara bonita; por lo demás, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna
picardía de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no
hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conocí. No
aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una
especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que
pensar, no sirve absolutamente para diablo, ¿me entiendes? Si todas
fueran como ella, apenas habría escándalos en el mundo, y los
matrimonios vivirían en paz, y tendríamos muchísima moralidad. En una
palabra, chiquilla, no hay en ella complexión viciosa; tiene todo el
corte de mujer honrada; nació para la vida oscura, para hacer calceta y
cuidar muchachos.

Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la
lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no
tenía _complexión viciosa_, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de
él por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tardó en
manifestárselo. Pero el prestidigitador acudió a defender la suerte con
la presteza de su flexible ingenio.

«Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos. No tenía más
remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habría hecho por otra.
Ponte tú en mi caso, figúrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo
que me ha pasado a mí. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que
yo sufriría teniendo que considerar y proteger, por escrúpulo de
conciencia, a una mujer que no me inspira ningún afecto, ninguno, y que
últimamente me inspiraba antipatía, porque Fortunata, créelo como el
Evangelio, es de tal condición, que el hombre más enamorado no la
resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr...».

Jacinta había empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredón que
a los pies tenía. Era su manera de expresar la alegría bulliciosa cuando
estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan decía, la temida rival
era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ríen hasta
los pájaros cuando los examinan de cerca. Pero aún le quedaba una duda,
¿Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito.

--¿Y ella te quiere todavía?--preguntó con la picardía de un juez de
instrucción.

El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la
respuesta, que debía ser muy pensada.

--Pues te diré... que sí. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de
complexión viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como
inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusión como
de moda. Esta no.

--Esta no--repitió Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de
como ella se la figuraba.

--No. Ha dado en la tontería de quererme siempre lo mismo, como antes,
como la primera vez. Aquí tienes otra cosa que me anonada, que me obliga
a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que
coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la
apee de una fidelidad que no viene al caso. ¡Fiel a mí! ¿a santo de qué?
¡Te aseguro que me ha hecho cavilar más esa sosona! Ha pasado por
tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se está
donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta
manía. ¿No te parece a ti que es manía?

A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál
quedarse, y estaba perpleja y muda.

«¡Hay tantos--exclamó Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy
filosóficas--, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de
las mujeres, y a mí me hace padecer una fidelidad que no solicito, que
no me hace falta, que no me importa para nada!».

Jacinta dio un gran suspiro.--Pero al tener conciencia, el tener un
sentido moral muy elevado--añadió el Delfín dominando la suerte--, como
lo tengo yo, me ha puesto en una situación equívoca frente a ti. Yo
necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrás
visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece,
sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. ¿Con que
te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... ¡Cuántas veces
pensamos mal de un sujeto, fundándonos en hablillas del vulgo o en
cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botón!... y
después de mirar bien el hecho, ¿qué resulta?, que no basta para
muestra un botón, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una
palabra, niña mía, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que
la realidad, en vez de arrojar vergüenza sobre el sujeto, lo que hace es
enaltecerlo y quizás honrarle.

--Poco a poco--dijo la esposa prontamente--, que para mí sigue siendo
turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada
composición. No me fío yo, no me fío, porque para fabricar estos arcos
triunfales de frases y entrar por ellos dándote mucho tono, te pintas tú
solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has
divertido en grande con ella. ¡Vaya una conciencia la tuya, vaya una
manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a
mí!... ¿Qué moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una
bribona, y tú serías un simple si no fueras también un solemnísimo
pillo.

--Párese usted un poco, _camaraíta_--replicó Santa Cruz algo
desconcertado--. ¿Qué palabras usaré yo para pintarte la situación en
que me encontraba? Es que el caso es de los más raros que se pueden
ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te diré que hubo en mí
algo de flaqueza, sí, flaqueza que nacía de la compasión. No tuve valor
para resistir a las... ¿cómo diré?... a las sugestiones apasionadas de
quien tiene por mí una idolatría que yo no merezco.

Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple
un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca
tenía, y deseando que aquella comedia concluyera.

Ambos estuvieron callados un mediano rato. ¿Creía Jacinta aquellas
cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le
contó de la cueva de Montesinos? Lo último que Juan dijo fue esto:
«Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y
compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también. Yo me
entrego a ti».

--Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad
es lo que importa--manifestó la Delfina inquietísima, dando vueltas en
el lecho--. Que no la veas más, que ni siquiera la saludes si te la
encuentras por la calle... ¡Oh, qué mujer!, es mi pesadilla.

--Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto
como tú; me lo puedes creer.

Lo decía con tal expresión de ingenuidad, que Jacinta sintió grande
alegría.

«Sí, hija, no aguanto más. Que se vaya con su constancia a los quintos
infiernos».

--¿Y si da en perseguirte?--Seré capaz hasta de recurrir a la policía.

--¿De modo que no vuelves más a esa casa?... Di que no vuelves, dime que
no la quieres.

--¡Bah! Demasiado lo sabes. No volveré más que a despedirme.

--No; escríbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para
romper.

--Haré lo que tú quieras, lo que tú me mandes, niñita de mi alma,
monísima... más salada que el terrón de los mares.

--iv--.

A la siguiente mañana, Jacinta se levantó muy gozosa, con los
espíritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de reír sin motivo
aparente. Barbarita, que entró de la calle a las diez, le dijo: «¡Qué
retozona estás hoy!... Oye. Al volver de San Ginés, me encontré con
Manolo Moreno, que llegó ayer de Londres. Le he convidado a almorzar».

Jacinta fue a su tocador. Aún dormía su marido, y ella se empezó a
arreglar. A poco entró una visita, que Jacinta recibió en su gabinete.
Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoración a que la
viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al
_Pituso_ y tomarlo por hijo, y sintiendo más fuerte e imperioso en su
alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciosísima y
cariñosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no había goce más grande
y puro que acariciar un pequeñuelo, darle calor y comunicarle aquel
sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradábale tanto la
niña aquella, que se la habría llevado consigo si sus suegros y su
marido lo permitieran;. pero no siendo posible esto, se consolaba
vistiéndola como una señorita, pagándole el colegio y pasando un ratito
con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su
inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos.

«Hola, ven acá, mujer, dame un beso y un abrazo» le dijo la señorita,
atrayéndola a sí con maternal cariño.

Adoración se frotó bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de
su protectora.

«Dice que lo que le pide a la Virgen--declaró Severiana con esa
adulación de los humildes muy favorecidos y que aún quieren serlo más--,
es no separarse nunca, nunca de la señorita... para estarla mirando
siempre».

--Ya sé que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y
estudia. ¡Qué elegante estás!... No te había visto el vestido nuevo.

--Anoche soñaba con la ropa nueva--dijo Severiana--, y ayer, cuando se
la puso, no hacía más que mirarse al espejo. Si la tocábamos ¡ay!, nos
quería pegar... Lo que ella deseaba era que la señorita la viera tan
maja, ¿verdad, rica?

--No me gusta tanto afán por las composturas. Ahora lo que yo quiero es
ver qué tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer
preguntas; pero otro día, el jueves, veremos cómo está ese catecismo.

--¡Ah!, señorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que
hicieron aquellos que se comían el maná y lo de Noé en el arca, con
tantos animales como metió en ella. ¿Pues y leer? Lee mejor que mi
marido.

--Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna.
Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos
modales... su poquito de francés, su poquito de piano... Quiero educarla
para maestrita o institutriz, ¿verdad?

Adoración la miraba como en éxtasis.

«¿Y esa mujer?» preguntó luego Jacinta a Severiana, refiriéndose a la
madre de Adoración.

«Señora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, parecía algo
enmendada. Volvió a correr pañuelos de Manila y algunas prendas; estaba
en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el
maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la
Comadre... ¡Qué vergüenza...!».

Jacinta hizo un gesto de pena. «¡Pobrecita mía!» exclamó abrazando más
estrechamente a su protegida.

--Por esto--añadió la otra--, yo quería hablar a la señorita para ver si
doña Guillermina tenía proporción de meterla en cualquier parte donde la
sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que allí la
tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podrían poner, si a
mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera
malos ejemplos.

--Veremos...--dijo distraída Jacinta levantándose, porque había oído el
repique del timbre con que su marido llamaba.

Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera. Su protectora le daba
siempre una golosina, y aquel día hubo de olvidarse. Quedose parada la
niña en medio del gabinete aun después de los últimos besos de la
despedida. Jacinta cayó en la cuenta de su distracción. «Espérate un
momento». A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la
recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la
puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salían, entraba Moreno-Isla, y
Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Subía despacio y
jadeante, a causa de la afección al corazón que padecía. Estaba muy
envejecido, de mal color, y con más aire extranjero que antes.

«¡Oh, puerta del paraíso!, ¡qué manos te abren...! Dispense usted... Me
canso horriblemente» dijo Moreno, saludándola con tanta urbanidad como
afecto.

Estupiñá, que entraba detrás, le echó también un gran saludo a D.
Manuel, permitiéndose abrazarle, porque eran antiguos amigos.

«Estás hecho un pollo» le dijo Moreno, palmoteándole en los hombros.

--Vamos tirando... ¿Y usted...?

--Así, así.--¡Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, también
es gusto, teniendo aquí tantos que le quieren bien...

El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben
emplear los superiores bien educados. Separáronse en el pasillo, porque
Estupiñá tenía que ir hacia el comedor. Moreno siguió a Jacinta hasta el
salón y de allí al gabinete.

«No me había dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy
por mamá» dijo ella por decir algo.

--¿Guillermina? ¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de
anunciarme! ¿Sabe usted que cada vez que vengo a España me la encuentro
más tocada? Ayer, cuando entré en casa, lo primero que hizo, mientras me
saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me
desplumó. Lo que yo decía: «apenas se pone el pie en España, no se da un
paso sin tropezar con bandoleros». Ahora pretende que entre todos los
parientes le hagamos un piso... friolera.

--¡Pobrecilla! Es una santa. Llegó entonces D. Baldomero, anunciándose
antes de entrar con estas alegres voces: «¿En dónde está ese
anti-patriota?». Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos,
fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.

«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho».

--¿Y tú, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado.

--Me canso horriblemente--replicó el forastero, tocándose el corazón--.
Algo aquí... Pero dicen que es nervioso.

--Sí, sí, nervioso--afirmó Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda
la medicina.

--Nervioso, claro--repitió Jacinta; y Barbarita, que a la sazón entraba,
también dijo: «¿Qué ha de ser sino nervioso...?».

--Vaya, vaya con este perdis--decía D. Baldomero mirando mucho a su
amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy
desmejorado--. Siempre tan extranjerote.

--No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinándole la ropa--.
Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo,
¡qué zapatones usan por allá! Esos guantes pasarían aquí por guantes de
cochero.

Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le
viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan
por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando
hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie
española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos
vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de
Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo,
salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la
buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que
cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando
_padrino_ a D. Baldomero II.

--Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--.
Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me
atrevo a decir más.

Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria
mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero,
que defendía todo _lo del Reino_ con sincero entusiasmo. A veces perdía
los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo _de fuera_ hay
mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en
España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de
albillo y el Museo del Prado.

«Vamos a ver--dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la
cara--. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a
estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».

--Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos
en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj... Es muy
despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije:
«Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra
Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo
que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que
le dejen.

En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de
ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.

«¿Pero qué?--dijo el Delfín--, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora
vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la
Gobernación, y estará todavía en la cama».

Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que
quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o
si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos.
Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su
terquedad se encerraba.

«Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad--dijo, después de
apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura
general--. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde
que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a
usted una pulga». _(Risas)_.

«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas...!».

--¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?

--No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del
aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted
a San Sebastián. Se lo comen vivo...

--Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!...

Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al
lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy
alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.

«Indulgencia, señora. He venido volando por no hacerme esperar».

--Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea. ¡Qué
caro se cotiza!

--Es que no me dejan vivir. Anoche duró el jubileo hasta las tres.
Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada...

--Preparando las elecciones, ¿eh?

--¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...--indicó Moreno.

--No, no pases--replicó Santa Cruz--. En ese terreno concedo, concedo...

Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del
Reino son también muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno
calificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo vive en la calle».

«Pues mire usted--dijo Villalonga--: las casas serán todo lo malas que
usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita
la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y
ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede
usted pegar los ojos».

--¿Pero usted cree que por allá hay alguien que se esté durmiendo hasta
el medio día?

Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas.
«Yo de mí sé decir que cuando paso la frontera para acá recibo las más
tristes impresiones. Habrá algo que admirar; a mí se me esconde, y no
veo más que la grosería, los malos modos, la pobreza, hombres que
parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que más me
choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachón
robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza está mal
alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos...
Mi país me es bastante antipático, y desde que me meto en el _express_
de Irún ya estoy renegando. Por la mañana, cuando despierto en la Sierra
y oigo pregonar el _botijo e leche_, me siento mal; créanlo ustedes...
Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones,
las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como
esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar».

--¡Hombre, en qué tonterías te fijas!--observó D. Baldomero, continuando
la apología de la patria en términos calurosos que el otro oía con
benevolencia.

Cuando tomaban el café, notaron todos que Moreno se sentía mal; pero él
disimulaba, y llevándose la mano al corazón, decía otra vez: «Algo
aquí... No es nada. Nervioso quizás. Lo que más me molesta es el ruido
de la circulación de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el
ruido del tren, no oigo el mío».

Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pasó, y
siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le hacía telégrafos
desde la puerta, alzando un poco el cortinón. Salió: era Guillermina.

«No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con
secreteo--. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversación
como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos».

--Moreno ayudará--díjole su amiguita, llevándola a otra pieza para
hablar con más libertad.

--No sé... está incomodado conmigo... Esta mañana hemos reñido... La
verdad... me enfadé, me tuve que enfadar. Figúrate que esta vez viene
más hereje que nunca. Cada uno es dueño de condenarse; ¿pero a qué viene
decirme a mí cosas contra la religión?

--¡Qué malo!--Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo
perdone... me incomodé. Le dije que no me hacía falta su dinero para
nada, y que tendría miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de
Satanás. Pero esto es un dicho, ¿sabes?

--Claro.--¿Y aquí no ha hablado de religión?

--No; ni jota. Mamá no se lo toleraría. Ha hablado de que en España hay
más pulgas que en Francia.

--¡Dale! ¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad!
Las cosas que dicen estos herejotes nos indignarían si no las tomáramos
a risa. Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me
horripilé oyéndole. Pero en fin, allá se entenderá con Dios; y entre
tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le
ha de valer para su alma, aunque él no quiera... Con que a ver si me le
catequizas.

--Haré lo que pueda... Veremos, le diré algo...

--No vayas a olvidarte... Adiós, hija de mi alma. Me voy; esta noche me
contarás lo que te diga. Creo que no nos dejará mal, porque en el fondo
es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella
pasta de ángel de otros tiempos. Quédate con Dios.

Volvió Jacinta al comedor. Si cumplió o no el encargo de Guillermina,
lo veremos a su tiempo. Más que reunir dinero para el asilo, preocupaba
a la dama el ver resuelto según su deseo lo que ella y su marido habían
tratado la noche anterior. Movida de este afán, así que se marcharon
Moreno y Villalonga, cogió por su cuenta al Delfín, y otra vez trataron
ambos la cuestión de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal,
discrepando sólo en el procedimiento más adecuado, pues ella opinaba por
una carta y él por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa
discusión, prevaleció este criterio, como verá el que siga leyendo.

-III-

La revolución vencida.

--i--.

Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o
menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa
Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la
seca desnudez de su pensamiento y de su deseo,. los cuales no eran otra
cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de
vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo
que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de
honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas
de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al
Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así con
éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la
obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado
cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era
él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar.
Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba
en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de su
casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando
más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había
implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios.

«¿Quién duda--seguía pensando--, que es prudente evitar el escándalo? Yo
no puedo parecerme a este y el otro y el de más allá, que viven en la
anarquía, señalados de todo el mundo. Hay otra razón, y es que se me
está volviendo antipática, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no
aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene
instintos de seducción, desconoce las gaterías que embelesan. Nació para
hacer la felicidad de un apreciable albañil, y no ve nada más allá de su
nariz bonita. ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? ¡Buenas
estarían!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni _esprit_. ¡Qué
diferente de Sofía la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo
del primer viaje a París, era una verdadera Dubarry españolizada! Para
todas las artes se necesitan facultades de asimilación, y esta marmotona
que me ha caído a mí es siempre igual a sí misma. Con decir que hace
días le dio por estar rezando toda la tarde... ¿y para qué?... para
pedirle a Dios chiquillos...

¡Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo se
acaba esta irregularidad. ¡Abajo la república!».

Pensando de este modo, había llegado a la casa de su querida, y en el
momento de poner la mano en el llamador, un hecho extraño cortó
bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abrió la
puerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cual
salió, saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza. La
misma Fortunata le había abierto la puerta y le despedía.

Juan entró. La salida de aquel señor le produjo en un instante dos
sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue
algo de enojo, el segundo satisfacción de que el acaso le proporcionase
un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... «Me parece que yo
conozco a este señor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna
parte--pensaba entrando hacia la sala--. ¡Si tendremos gatuperio...!
Estaría bueno. Pero más vale así».

Y en alta voz y de mal modo, preguntó a Fortunata: «¿Quién es ese
viejo?».

--Yo creí que le conocías. D. Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué de
milicia... Es grande amigo de Juan Pablo.

--¿Y quién es Juan Pablo? ¡Vaya unos conocimientos que me quieres
colgar...!

--Mi cuñado.

--¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?... Estamos
bien. ¿Y a qué venía aquí ese señor... Feijoo, dices? Me parece que es
amigo de Villalonga.

--Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un señor muy
bueno y muy fino. ¿Qué te crees, que viene a hacerme el amor? ¡Qué
tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle,
no lo haré más. Y aquí paz...

--No, no; recíbele todo lo que quieras--dijo él variando de táctica con
la rapidez del genio--. Si, como dices, es una persona formal, podría
ser que te conviniera cultivar su amistad.

Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de
ella.

«Porque, hija mía, yo debo decirte que no podemos seguir así».

Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la
cuestión desde el primer momento con limpieza y claridad.

La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al
verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de
timidez y más bien como ensayo. Había muebles forrados de seda y
cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con
verde-limón; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal
colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con
begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no había sabido
nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores,
haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Había
laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil
porquerías con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la
transformación del gusto que se ha verificado de diez años a esta parte.
Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un
testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo solía ridiculizar a
Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tenía
instintos de elegancia; pero en muebles y decoración de casa desbarraba.
En suma, que ella tendría todas las cualidades que quisiera; pero lo que
es _chic_ no tenía.

Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día
todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última
vez. Fortunata estaba en pie, delante de él, y luego se sentó en una
banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy
grave que de él esperaba oír.

«Si esta pavisosa--pensó Santa Cruz mirándola también--, viera con qué
donaire se sienta en un _puff_ Sofía la Ferrolana, tendría mucho que
aprender. Lo que es esta, ni a palos aprenderá nunca esas blanduras de
la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el
asiento ¡Ah!, ¡qué bestias nos hizo Dios!...».

Y en alta voz: «Dime, ¿por qué no te has puesto la bata de seda, como te
he mandado?».

--¡Qué cosas tienes!... No la quiero estropear.

--Eso es...--dijo el otro riendo sin delicadeza--, guárdala para los
días de fiesta. Así me gusta a mí la gente, arregladita... Y cuando yo
vengo aquí te pones la batita de lana, que unos días apesta a canela y
otros a petróleo...

--Mentira--replicó Fortunata, oliendo su propio vestido--. Está bien
limpia. ¿Para qué dices lo que no es?

--No, lo que es dentro de casa, tú estás por aquello de _ya engañé_.
Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.

--¡Ay qué gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he
estado toda la mañana en la cocina.

--¿Haciendo qué?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta. _Jormiguita_
para cuando vengan los malos tiempos--dijo el Delfín con benévola
ironía--. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero
demasiado para andar en misterios contigo. Tú eres razonable, te haces
cargo de las cosas y comprenderás que tengo razón en lo que te voy a
decir.

Este lenguaje desconcertó a Fortunata, porque le recordaba el otra vez
usado para licenciarla. Pero él creyó oportuno mostrarse cariñoso, y la
hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas
zalamerías de las que se emplean con los niños cuando se les quiere
hacer tomar una medicina.

«Ven acá, y no te asustes. Yo no quiero más que tu bien. No dirás que no
he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes
tú, seguiríamos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos
tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte
cómo se puso. Se desmayó; tuvimos que llamar al médico. La más negra fue
que mis papás se enteraron también del motivo, y... una chilla por aquí,
otra por allá; mi padre furioso... entre todos me querían comer».

Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no podía pronunciar palabra
alguna.

«Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres.
Así es que anoche me planté conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de
pena, esto se tiene que acabar'. Sé que me costará una enfermedad. El
golpe será rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho.
Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres...».

Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se decía: «Ahora viene la
lagrimita. Es infalible. Preparémonos».

«Tonta, no llores, no te aflijas--añadió besándola--. Mira que yo estoy
con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido».

Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y ponía una cara
muy triste.

«No creas--balbució la prójima entre sollozos--. Te veía venir. Hace
días que la estás tú tramando... Bueno, hemos concluido».

--No, si yo te querré siempre, nena negra. Sólo que no puedo visitarte
más. Alguna vez... no digo que no... Pero así, con esta manera de
vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una
aldea. Aquí todo se hace público, y al fin no hay más remedio que bajar
la cabeza. Yo soy casado, tú también; estamos pateando todas las leyes
divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad
sería peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. ¿No has
pensado tú alguna vez en esto?

Lo que Fortunata había pensado era que el amor salva todas las
irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que
rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo había dicho
varias veces a su amante, expresándose de una manera ruda; pero en aquel
lance, parecíale ridículo volver sobre aquella idea verdadera o falsa
del amor, porque en su buen instinto comprendía que toda aquella
hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y demás, servía para
ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguiría
jamás al terreno de la controversia, porque no sabía desenvolverse con
tanta palabra fina.

«Ya me lo decía el corazón» exclamaba, apretando el pañuelo contra sus
ojos.

--No se puede uno sustraer a los principios--prosiguió él--. Las
conveniencias sociales, nena mía, son más fuertes que nosotros, y no
puede uno estar riéndose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene
el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que tú te
penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aquí
mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que...

Fortunata le miró de un modo que le hizo callar... «¡A buenas horas y
con sol!--quería decir aquella mirada--. Después que hemos cometido
todos los crímenes, ahora salimos con escrúpulos... Y yo pago la falta
de los dos...».

«Bien merecido me lo tengo--declaró en un arranque de dolor combinado
con la rabia--, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido más
mala que tú... yo dejo tamañitas a todas... ¡Dios, con la que yo hice!,
¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era
nada, cuando yo me ponía triste... pensando en lo que había hecho, sí, y
te reías... te reías».

--Sí... pero...--Repito que te reías... ¡pero cómo!, a carcajadas,
llamándome simple y qué sé yo qué... Bien, bien; bastante hemos
hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentiré; calcula si lo
sentiré... pero ya me iré consolando. No hay mal que cien años dure.
¡Aire, aire!

Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no
tenía.

«Nos separaremos como amigos--dijo Santa Cruz tomándole una mano, que
ella separó prontamente--, y me retiro dándote un buen consejo».

--¿Cuál?--preguntó ella más airada que dolorida.

--Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.

--¡Yo...!--exclamó la señora de Rubín con indecible terror--. ¡Después
de...!

--Ya te serenarás, hija. ¡El tiempo! ¿Sabes tú los milagros que ese
señor hace? Tú lo has dicho: no hay mal que cien años dure, y cuando se
tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no
hay más remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero
volverás. Si es lo natural, es lo fácil, lo fácil... Solemos decir: «tal
cosa no llega nunca». Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la
suavidad con que ha venido.

Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete. Estaba como una
loca. Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de
desesperación. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. Él
entraba, ella salía.

«¿Sabes lo que te digo?...--gritó Fortunata con la voz ronca de despecho
y dolor--. Que ya estás demás aquí».

--Pero no te irrites...--¡Fuera, fuera!--gritaba ella empujándole con
ruda energía.

Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía
gran empeño en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos
intentaban someter a los de su querida. Esta pudo más y cerró
violentamente la puerta de la alcoba. El Delfín tocó en los cristales,
diciendo: «Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra,
abre... Ten calma y no te sofoques... ¡Bah!, siempre eres así...».

Pero de dentro de la alcoba no venía ninguna respuesta, ni una voz
siquiera. Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos... gemidos
sofocados. Pronto comprendió que no podía apetecer mejor coyuntura para
plantarse rápidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trámite
de la ruptura.

«Pero aún me falta la última parte--pensó echando mano a su cartera--.
No puedo abandonarla así...». Después de meditar un rato, volvió a
guardar la cartera y se dijo: «Mejor será que me vaya... Se lo mandaré
en una carta... Adiós. No dirá Jacinta que...».

Salió de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave.

--ii--.

En el resto de aquel aciago día, dicho se está que la pobre señora
de Rubín se entregó a las mayores extravagancias, pues tal nombre
merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y
baba tres horas seguidas,. encender la luz cuando aún era día claro,
apagarla después que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil
disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intentó
tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban más. A eso de
las nueve, la dolorida se levantó con resolución del sofá en que se
había echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscurísimo, buscó
su mantón. «Ya verán, ya verán» murmuraba en su agitación epiléptica; y
a tientas buscó también las botas y se las puso. Pañuelo a la cabeza,
mantón bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Salió con
rapidez y determinación, como quien sabe a dónde va y obedece a uno de
esos formidables impulsos en línea recta que conducen a toda acción
terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando
esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y salía como una saeta.

Eran las nueve de la noche. Fortunata atravesó con paso ligero la calle
de Hortaleza, la Red de San Luis. No debía de estar muy trastornada
cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gentío
estorbaba el tránsito, fue a buscar la de la Salud y bajó por ella,
considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del
Carmen pasó a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de
la viabilidad. Atravesó la Puerta del Sol por frente a la casa de
Cordero, y ya la tenéis subiendo por la calle de Correos hacia la
plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que veía más cerca el
objeto de su viaje, parecía como que se le iba acabando la cuerda
epiléptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa
de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella
cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas.
Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo
el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo
uno.

Ver el portal fue para la prójima, como para el pájaro, que ciego y
disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo
la acción de impulsos cerebrales, irresistibles y mecánicos, como los
instintos que atañen a la conservación, van muy bien en su carrera
mientras no ven el fin más que en la representación falsa que de él les
da su deseo;. pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante,
ofreciéndoseles como acción sometida a las leyes generales, no hay
velocidad que no tenga su rechazo. ¿Cuál era el intento de Fortunata y
qué iba a hacer allí? ¡Friolera!... Pues nada más que entrar en la casa
sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondón, dando gritos y
atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por
el moño y... Esto de cogerla por el moño no se determinó bien en su
voluntad; pero sí que le diría mil cosas amargas y violentas. Tal
pensaba cuando le entró aquel desatino de salir de su casa y correr
hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud,
iba pensando así: «No se me quedará en el cuerpo nada, nada. Ella es la
que me hace desgraciada, robándome a mi marido... Porque es mi marido:
yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, ¿quién tiene más
derecho? Entrañas por entrañas, ¿cuáles valen más?». Estos enormes
disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara,
persistieron cuando estaba parada y atónita delante del portal de los de
Santa Cruz.

«Pues no sé por qué no entro y armo la escandalera que debo armar...».

Pero la contenía un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se
alejó, y desde la acera de enfrente miró hacia la casa, diciendo para
sí: «Habrá luz en el gabinete de Jacinta, donde estarán de tertulia».
Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... «¡Si habrán salido...!
No, estarán ahí burlándose de mí, riéndose de la trastada que me han
hecho... Buenos son todos: ¡tales hijos, tales padres!». Volvió a sentir
el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos
hacia ella; pero retrocedió por segunda vez. «¿A ver quién sale?». Era
un viejo que se detenía en el portal y echaba un párrafo con Deogracias.
La joven reconoció a Estupiñá, que había sido vecino suyo cuando ella
vivía en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias.
Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo.
Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco después
volvió a su acecho. ¿Quién salía? Un caballero con botines blancos que
parecía extranjero. El tal pasó junto a ella, la miró, casi casi se
detuvo un instante para verla mejor; después siguió su camino. Otras
personas salían o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba
condensándose la imposibilidad de entrar, continuaba allí clavada sin
saber por qué. No se podía marchar, aunque iba comprendiendo que la idea
que a tal sitio la llevó era una locura, como las que se hacen en
sueños. Uno de los muchos desvaríos que se sucedieron en su mente fue
imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de
Jacinta. «Porque a mí no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes
que corre la gente. No se puede creer nada. ¿Virtuosa?, _tie_ gracia...
Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del
pueblo somos las únicas que tenemos virtud, cuando no nos engañan. Yo,
por ejemplo... verbigracia, yo». Entrole una risa convulsiva. «¿Y de qué
te ríes, pánfila?--se dijo a sí misma--. Más honrada eres tú que el sol,
porque no has querido ni quieres más que a uno. ¿Pero estas... estas?...
Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. ¿Por qué? Pues
porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras. ¡Ah!,
señora doña Jacinta, guárdese el mérito para quien lo crea; usted
caerá... tiene usted que caer, si no ha caído ya».

De pronto vio que al portal se acercaba un coche. ¿Traería gente o venía
a tomarla? A tomarla porque no salió nadie; el lacayo entró en la casa,
y Deogracias se puso a hablar con el cochero. «Van a salirse dijo la
infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su
casa--. Ahora sí que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las
afrento... tal suegra para tal nuera... ¡buen par de cuñas están!...
¡Cuánto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda
uñas...».

Salieron las señoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco,
después a Jacinta, después a una pollita que debía de ser su hermana...;
vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rápidamente y como
por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerró la
portezuela. ¡Pero qué cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a
Fortunata le entró un fuerte miedo. ¡Y ella que pensaba clavarles las
puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sintió era más bien
terror, como el que infunde un súbito y horrendo peligro, y tan
impotente se vio su voluntad ante aquel pánico, que echó a correr y
alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrás. Oyó el
ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y aún lo vio pasar por
delante con tan rápida vuelta que por poco la arrolla. «¡Eh!...» gritó
el cochero, y la señora de Rubín dio un grito, saltando hacia atrás...
¡Qué susto, pero qué susto, Señor!... Siguió hacia la Puerta del Sol,
dándose cuenta de aquel miedo intensísimo que había sentido y
preguntándose si en él había también algo de vergüenza. Pero no le era
difícil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que
ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz.

Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el
centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de
la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de
Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y
continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor
suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión
de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su
mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como
estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso
para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros
tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo
dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían
metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando
su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en
aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró
a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre.

«¡Pero qué tapadita va usted!... Fortunata».

Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser,
estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo
quiero conocer esta cara--se dijo--. ¡Ah!, es D. Evaristo».

--Hija, muy distraidita va usted...

--Voy a mi casa.

--¡Por aquí!--exclamó Feijoo con asombro--. Pues el camino que lleva
usted es el del Teatro Real.

--Es que...--replicó ella mirando las casas--me había equivocado... No
sé lo que me pasa...

--Vamos por aquí; la acompañaré a usted--dijo D. Evaristo con bondad--.
Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.

--Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo...

--¿Qué?, hija mía.

--Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.

Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían
hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación
que en ellos notaba aquella noche.

La abandonada se volvió a tapar la boca con el mantón, y su acompañante
no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel
concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo
menos de decirle:.

«Amiguita, usted no está buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo
muy gordo. Confiese usted a mí, que soy un amigo leal, y le daré buenos
consejos».

--¿Pero duda usted--dijo Fortunata, apoyándose en la pared--, que yo
haya sido siempre...?

--¿Honrada? ¿Cómo he de dudar eso, hija mía?, pues no faltaba más. Lo
que dudo es que usted tenga buena salud. Está usted fatigada, y me
parece que debemos tomar un coche... ¡Eh!, cochero...

La de Rubín se dejó llevar, y maquinalmente entró en el simón. Alguna
vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle.

Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño; pero ella no
contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le miró en la
oscuridad del vehículo, diciéndole: «¿Y tú, quién eres?... ¿A dónde me
llevas? ¿Por quién me has tomado? ¿No sabes que soy honrada?».

--¡Ay, Dios mío!--murmuró el buen D. Evaristo con hondísimo disgusto--.
Esa cabeza no está buena, ni medio buena...

Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abrió. «Ahora--dijo
el simpático coronel retirado--, a acostarse. ¿Quiere usted que le
traiga un médico?».

Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la siguió, afligidísimo
de verla en tan lastimoso estado. Después, él y la criada, cuchichearon.

--Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--decía D.
Evaristo--. Si no es más que eso, la trinquetada pasará.

Despidiose hasta el día siguiente, y la dolorida se acostó diciendo a la
criada mientras la ayudaba a desnudarse: «Honrada soy, y lo he sido
siempre. ¿Qué?... ¿lo dudas tú?».

--Yo... no señorita; ¿qué he de dudarlo?--replicó la criada, volviendo
la cara para disimular una sonrisa.

Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín; pero a la media hora ya
estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se quedó junto a ella, la
oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas
de las Micaelas.