Os ofícios alheios e o meu
Difficulty: Medium    Uploaded: 7 years, 6 months ago by baraogoya     Last Activity: 7 years, 1 month ago
Fin
51 Units
100% Translated
100% Upvoted
A título de descanso, o de desintoxicación, prometí a los lectores reflexiones sobre los varios oficios del hombre y, si no me falla la memoria, prometí para hoy historias de barbero. Debo confesar desde el inicio que, en mi vida mayor que la del siglo, aunque yo sea fiel y constante por naturaleza, fui inconstante en barberos, al sabor de las inconstancias de la vida. Retrocediendo hasta los tiempos en que fui ingeniero en Radiobrás, me viene a la memoria João Saraiva, portugués, sentencioso y profundo.
Además debo hacer un desagravio a la injusticia con que acostumbramos a contar historias de portugueses como si fueran más tontos que nuestros tontos. Descubrí hace algún tiempo que la insensatez lusitana tiene algo de extravagante y no euclidiano, pero en ese mismo absurdo con que se adorna, ella roza en el genio. Hay, por ejemplo, en lo mejor de Fernando Pessoa, cosas que son auténticas historias de portugueses.

Últimamente salgo poco, y cada vez disminuyo más el radio de mi pequeño mundo, como si disminuyese con él mi peau de chagrin, por eso tuve que remover papeles viejos para encontrar alguna crónica amarillenta. João Saraiva quedará para otra ocasión porque la historia que encontré en mis papeles viejos es de 1957 y podía titularse "La barba clandestina".

Descubrí un lugar donde puedo encontrar quien me haga la barba los lunes por la mañana, cosa que está prohibida, no sé si por el Misnisterio de Trabajo, por el gobierno municipal o por el ministro de la guerra, y que por diversos motivos, comenzando por esa prohibición, me asegurará de ahora en adelante una pequeña y estimulante alegría en los umbrales de las aflicciones semanales. No digo dónde, perdóneme el lector ese egoísmo, porque puede ocurrir que por primera vez, en veinte años de periodismo, las autoridades presten alguna atención a lo que escribo. Callo el número y la calle, pero estoy forzado, por imperativos de mi oficio, a describir, convenientemente camuflado, el escenario donde siento el gusto de la barba hecha en atmósfera de infracción.

Es en una trastienda. Usted atraviesa el salón desierto con paso cauteloso, dobla a la derecha, después a la izquierda, y llega a un patio donde ya se encuentran varios empleados y los feligreses iniciados en el arcano. Hay sonrisas de confabulación y murmullos de conspiración; hasta hay quien lleve el gusto por la irregularidad al corte del cabello. La gente tiene la impresión de estar tramando la vuelta de un rey o cumpliendo el rito de un culto perseguido. Pero la catacumba de los barberos es alegre. Da a una hospedería donde hay mujeres batiendo la ropa en el lavadero y pajaritos trinando en jaulas de bambú. El oficial me explicó el motivo de aquella deslealtad de las navajas de barbero: la semana inglesa de los barberos tiene pausa por ley los lunes en vez de tenerla los sábados como la de los otros oficios. Será una semana portuguesa, dijo él guiñando el ojo y señalando al patrón.

Le pregunté si estaban obligados a trabajar los lunes. No. No estaban. Venían por gusto y por interés propio. El patrón está de acuerdo porque también tiene lucro en esas horas extraordinarias. A los clientes también les gusta.

–¿Pero entonces, pregunté yo, por qué existe tal prohibición si todos quieren barbear y ser barbeados?

El oficial respondió con una sonrisa triste de ciudadano que ya desistió de descifrar el enigma de las leyes y de los reglamentos. Indagué con respecto a la multa y al peligro de tener mi barba interrumpida en un hemisferio del rostro. El oficial me tranquilizó con una sonrisa de otra clase, y me explicó que el fiscal también está interesado en las barbas clandestinas.

–¿Pero entonces, volví a preguntar, por qué este escondite? ¿Por qué no hacer la barba en el salón con más comodidad?

El oficial esbozó una tercera sonrisa, más fina que las anteriores, y pareciendo apenado por mi ingenuidad se dignó a enseñarme que había que respetar las apariencias.

Una luz me inundó el intelecto y me reveló las cosas que sabía el barbero y otras que tal vez ignore. Y un himno de alabanza me brotó del corazón. ¡Sabias leyes! Sabios y profundos decretos son esos, rarísimos en el género y la especie, que consiguen contentar a todo el mundo, y que, al contentar, dejan allí en el traspaso de la ceremonia un estremecimiento de aventura.

Me instalé en la silla prohibida y asegurada. Distendí los nervios, dejando unos pocos de ellos estirados para los pizzicati de las sorpresas. Me dividí entre los ruidos municipales que por la derecha me traían el jadear de una calle llena de vehículos y controladores, y el trinar de los pájaros que, por la izquierda, me daban la impresión de estar haciendo abluciones en un despertar en el bosque. Cerré los ojos y fui completamente feliz. Feliz por estar en la rutina y al mismo tiempo fuera de ella; por disfrutar de una especie de sábado más fresco siendo lunes, por sentir controladores a la derecha y canarios a la izquierda. No puede haber felicidad sin paz, pero tampoco, al menos en este mundo sublunar, sin algún recelo de perderla. Fui feliz por todos esos motivos que explico y publico, y por tantos otros que estaban presos y que, libertados, me inundaron de sosiego y de romance. No digo cuáles por no saberlo yo mismo y por miedo de perderlos. Los sueños no tienen vida fuera del soñador.

A la hora de pagar, el chico me explicó que eran cinco cruceiros más por ser lunes. ¡Podían ser más, amigo, podían ser más! ¿Quién no pagaría cinco cruceiros más por la barba afeitada entre los murmullos de un bosque wagneriano, o en el silencio de una catacumbas romana? Además de eso, seamos justos, está el controlador. Y también –seamos sinceros– está el saldo de lo que me pagan por estas líneas, que no serían tan fáciles sin el lunes, sin los pajarillos y sin la infracción.

Conversa em Sol Menor, Agir 1980.
unit 6
Há, por exemplo, no melhor Fernando Pessoa, coisas que são autênticas histórias de português.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 5 months ago
unit 12
É num fundo de loja.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 15
unit 16
Mas a catacumba dos barbeiros é alegre.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 19
Será uma semana portuguesa, disse ele piscando o olho e apontando para o patrão.
2 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 20
Perguntei-lhe se eram obrigados a trabalhar às segundas-feiras.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 21
Não.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 22
Não eram.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 23
Vinham por gosto e por interesse próprio.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 24
O patrão concorda porque também tem lucro nessas horas extraordinárias.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 25
Os fregueses também gostam.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 26
unit 28
Indaguei a respeito da multa e do perigo de ter minha barba interrompida num hemisfério do rosto.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 30
— Mas então, tornei eu, por que esse esconderijo?
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 31
Por que não fazer a barba no salão com mais conforto?
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 33
unit 34
E um hino de louvor brotou-me do coração.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 4 months ago
unit 35
Sábias leis!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 37
Instalei-me na cadeira proibida e assegurada.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 38
Distendi os nervos, deixando uns poucos deles esticados para os pizzicati das surpresas.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 40
Fechei os olhos e fui inteiramente feliz.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 44
Não digo quais são por não saber eu mesmo e por medo de perdê-los.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 45
Os sonhos não têm vida fora do sonhador.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 46
Na hora de pagar o moço explicou-me que era mais cinco cruzeiros por ser segunda-feira.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 47
Mais fosse, amigo, mais fosse!
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 49
Além disso, sejamos justos, há o fiscal.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago
unit 51
Conversa em Sol Menor, Agir 1980.
1 Translations, 1 Upvotes, Last Activity 7 years, 1 month ago

A título de descanso, ou de desintoxicação, prometi aos leitores reflexões sobre os vários ofícios do homem, e, se não me falha a memória, prometi para hoje histórias de barbeiro. Devo de início confessar que, na minha vida maior que a do século, embora seja eu fiel e constante por natureza, fui inconstante em barbeiros, ao sabor das inconstâncias da vida. Recuando até os tempos em que fui engenheiro da Radiobrás, surge-me na memória o João Saraiva, português, sentencioso e profundo.
Devo, aliás, fazer uma reparação à injustiça com que costumamos contar histórias de português, como se eles fossem mais parvos do que nossos parvos. Descobri há algum tempo que a insensatez lusitana tem algo de estapafúrdio e não-euclidiano, mas nesse mesmo absurdo com que se adorna, ele roça pelo gênio. Há, por exemplo, no melhor Fernando Pessoa, coisas que são autênticas histórias de português.

Ultimamente saio pouco, e cada vez mais diminuo o raio de meu pequeno mundo, como se diminuísse com ele minha peau de chagrin, por isso tive de remexer papéis velhos para encontrar alguma crônica amarelada. O João Saraiva ficará para outra oportunidade porque a história que achei nos meus papéis velhos é de 1957 e podia intitular-se “A barba clandestina”.

Descobri um lugar onde posso achar quem me faça a barba nas manhãs de segunda-feira, coisa que é proibida, não sei se pelo Ministério do Trabalho, pelo governo municipal, ou pelo Ministro da Guerra, e que por diversos motivos, a começar por essa proibição, me assegurará doravante uma pequena e estimulante alegria nos umbrais das hebdomadárias aflições. Não digo onde é, perdoe-me o leitor esse egoísmo, porque pode acontecer que pela primeira vez, em vinte anos de jornalismo, as autoridades dêem alguma atenção ao que escrevo. Calo o número e a rua, mas sou forçado, por imperativos de meu ofício, a descrever, convenientemente camuflado, o cenário onde sinto o gosto da barba feita em atmosfera de contravenção.

É num fundo de loja. Você atravessa o salão deserto com passo cauteloso, dobra à direita, depois à esquerda, e chega a um pátio onde já se acham diversos oficiais e os fregueses iniciados no arcano. Há sorrisos de conivência e cicios de conspiração; há até quem leve o gosto da irregularidade até o corte de cabelo. A gente tem a impressão de estar tramando a volta de um rei, ou cumprindo o rito de um culto perseguido. Mas a catacumba dos barbeiros é alegre. Dá para um cortiço onde há mulheres batendo roupa no tanque e passarinhos chilreando em gaiolas de bambu. O oficial explicou-me o motivo daquela inconfidência de navalhas: a semana inglesa dos barbeiros tem a pausa da lei nas segundas-feiras em vez de tê-la aos sábados como a inglesa dos outros ofícios. Será uma semana portuguesa, disse ele piscando o olho e apontando para o patrão.

Perguntei-lhe se eram obrigados a trabalhar às segundas-feiras. Não. Não eram. Vinham por gosto e por interesse próprio. O patrão concorda porque também tem lucro nessas horas extraordinárias. Os fregueses também gostam.

— Mas então, perguntei eu, por que existe tal proibição se todos querem barbear e ser barbeados?

O oficial respondeu com um sorriso triste de cidadão que já desistiu de decifrar o enigma das leis e das posturas. Indaguei a respeito da multa e do perigo de ter minha barba interrompida num hemisfério do rosto. O oficial tranqüilizou-me com um sorriso de outra espécie, e explicou-me que o fiscal também está interessado nas barbas clandestinas.

— Mas então, tornei eu, por que esse esconderijo? Por que não fazer a barba no salão com mais conforto?

O oficial esboçou um terceiro sorriso, mais fino que os anteriores, e parecendo penalizado com minha ingenuidade dignou-se ensinar-me que havia as aparências a respeitar.

Uma luz inundou-me o intelecto e revelou-me as coisas que o barbeiro sabia e outras que talvez ignore. E um hino de louvor brotou-me do coração. Sábias leis! Sábios e profundos decretos são esses, raríssimos no gênero e na espécie, que conseguem contentar todo mundo, e que, contentando, lá deixam nos passes da cerimônia um frêmito de aventura.

Instalei-me na cadeira proibida e assegurada. Distendi os nervos, deixando uns poucos deles esticados para os pizzicati das surpresas. Dividi-me entre os ruídos municipais que pela direita traziam-me o arquejar da rua cheia de veículos e fiscais, e o chilrear dos pássaros que, pela esquerda, me davam a impressão de estar fazendo abluções num despertar de floresta. Fechei os olhos e fui inteiramente feliz. Feliz por estar na rotina e ao mesmo tempo fora dela; por ter uma espécie de sábado mais fresco na segunda-feira, por sentir fiscais à direita e canários à esquerda. Não pode haver felicidade sem paz, mas também, ao menos neste mundo sublunar, sem algum receio de perdê-la. Fui feliz por todos esses motivos que explico e publico, e por tantos outros que estavam presos e que, libertados, me inundaram de sossego e de romance. Não digo quais são por não saber eu mesmo e por medo de perdê-los. Os sonhos não têm vida fora do sonhador.

Na hora de pagar o moço explicou-me que era mais cinco cruzeiros por ser segunda-feira. Mais fosse, amigo, mais fosse! Quem não pagaria cinco cruzeiros por barba escanhoada entre os murmúrios de uma floresta wagneriana, ou no silêncio de catacumba romana? Além disso, sejamos justos, há o fiscal. E também — sejamos sinceros — há o saldo do que me pagam por estas linhas, que não seriam tão fáceis sem a segunda-feira, sem os passarinhos e sem a contravenção.

Conversa em Sol Menor, Agir 1980.