Fortunata y Jacinta - Parte cuarta - dos historias de casadas.IV.
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-IV- Vida nueva.




--i--.


El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro con agujeros (estilo primitivo). Era Estupiñá, que miraba a los tales agujeritos del modo más autoritario. Abrió la joven, y el gran Plácido, con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que tenía un sello. «El recibo del mes» dijo en tono de déspota asiático que dicta una orden de pena de muerte.

--Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle.

--Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversación.

¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el liviano apetito.

«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre!

Si le voy a dar la _guita_. No tendrá usted mejores inquilinas que nosotras».

--Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea majadera.

--Quiero que vea usted cómo está la casa, para que se convenza de que aquí no pueden vivir cristianos.

--Pues mudarse.--Pero, hijo, ¡qué _tiranístico_ se ha vuelto! No he visto casero más malo... ¿Pero ni siquiera me blanqueará la cocina, que parece una carbonería? ¡Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre tanta suciedad. ¿Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las obras, las haré yo por mi cuenta... ¡vaya!

--Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y... --Pase, pase y verá... Al fin Plácido se dignó entrar por el pasillo adelante. Fue a la cocina, echó un vistazo a la alcoba interior que estaba llena de grietas... «No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque sería el cuento de nunca acabar. Mañana, si a mano viene, se mudan ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide más obras. No podemos. El mes pasado me gasté más de veinte mil reales en reparaciones. Conque, despácheme, que tengo prisa».

--¿Pero se ha vuelto usted cohete? Siéntese un momento. Dígame una cosa... --No tengo que decir cosas. Que me voy... --¡Ay qué pólvora de hombre! Mire que así va a vivir poco.

--Mejor. Bastante he vivido ya.--Siéntese. En seguidita le doy el dinero. Pero dígame una cosa que quiero saber. ¿De quién es ahora esta casa?

--Eso a usted no le importa. ¿Cree que estoy yo para perder el tiempo?
La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversación. ¿Es que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avío... Ya sabe que soy hombre de pocas palabras.

--¿De pocas?, ¡digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el día que nació estaba charlando por siete. Dígame... ¿de quién es la casa?

--De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca es magnífica; está tasada en treinta y cinco mil duros. Sólo el pedernal de los cimientos y la berroqueña de la escalera valen un dineral. ¿Pues y las paredes? El otro día, al abrir un hueco, los albañiles no le podían meter el pico, Nada, que _talmente_ se rompen las herramientas en este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no tengo ganas de conversación. Cuando se abrió el testamento del señor D. Manuel Moreno-Isla, que en gloria esté, testamento hecho tres años ha, se encontró que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a doña Guillermina Pacheco, su tía... La señora ha hipotecado ambas fincas para acabar el asilo, y por eso verá usted que este va echando chispas.
Lo acabarán este año... Conque... Extendió la mano, y con la otra mostraba el bastón, como si fuera un bastón de autoridad.

«¡Doña Guillermina mi casera!--dijo Fortunata, pensativa, entregando el dinero--. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga mía».

--¡Qué ha de ser amiga de usted... qué ha de ser!--replicó Estupiñá con sarcasmo--. Y si quiere usted verla furiosa, háblele de obras que no sean las del asilo. Adiós; que haya salud... ¡Ah!, me olvidaba: cuidado con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a usted; cuente que la echo... ¡María Santísima, y cuánta planta tiene usted aquí! Es un jardín... Me parece mucho peso... ¡Qué vistas tan hermosas! Mal año ha sido este para los puestos de Navidad. Están los pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan frío como este. ¿Sabe usted que se murió el sordo, el del puesto de carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer, y... ¡qué vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. ¡Ay qué gente! Si la señora me dejara, ya les habría puesto los trastos en la calle; pero mi ama es así, no quiere desahucios.--«Por Dios Plácido, no les eches... los pobrecitos ya pagarán; es que no pueden».--«Pero señora, con que me dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelería de Botín...». Total, que con caseras como la mía, estos bribones de inquilinos están como quieren.

Tanto charló aquel hombre, que Fortunata, después de haberle rogado para que entrara, le tuvo que echar con buen modo: «Pero don Plácido, mire que se le va a hacer tarde...».

--¡Ah!, sí... ¡la culpa la tiene usted que es lo más habladora...! Abur, abur... Fortunata no salía nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida, y Segunda, que tenía puesto en la plazuela, le traía la compra.

En los días que siguieron a la primera visita del administrador de la casa, no pudo la prójima apartar de su pensamiento a la que por tan breve espacio de tiempo fue su amiga. «¡Quién le había de decir a ella y quién me había de decir que viviría en su casa! ¡Qué vueltas da el mundo! En aquellos días, ni a mí se me pasaba por la cabeza venirme aquí, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plácido le cuente que soy su inquilina, ¿qué dirá? ¿Se pondrá furiosa y querrá echarme a la calle? Tal vez no, tal vez no...». Cuando esta idea u otra semejante le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el gabinete de la santa, sentía la pobre mujer que la conciencia se le alborotaba, y no podía aplacarla ni aun arguyéndose que _la otra la había provocado_. «Me cegué, no supe lo que hice. De veras digo que si tuviera ocasión, le habría de decir a doña Guillermina que me perdonara».

La soledad en que vivía, favoreciendo en ella esta resurrección mental de lo pasado, inspirábale juicios muy claros de sus acciones y sentimientos. Todo lo veía entonces transparentado por la luz de la razón, a la distancia que permite apreciar bien el tamaño y forma de los objetos, así como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo ver los errores y maldades que cometieron en él. «¿Y a Jacinta, le pediría yo perdón?» se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan pronto se le ocurría que sí como que no. La Delfina la había ofendido y ultrajado, cuando ella no hacía más que contarle a la santa sus penas y el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello, amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empezó a prevalecer la afirmativa. Cierto que debía pedirle perdón por el intento que tuvo de arañarle la cara, ¡qué barbaridad!, y por las palabras que se dejó decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba aclarar el siguiente punto: ¿Había faltado Jacinta con el señor de Moreno?

Porque si había faltado, allá se iba la una con la otra, y tan buena era Juana como Petra. Nunca pudo la señora de Rubín llegar en sus cavilaciones a una solución terminante en este punto oscurísimo. Ya afirmaba la culpabilidad de _la mona del Padre Eterno_, ya la negaba.
«Daría yo cualquier cosa--exclamaba invocando al Cielo--, por saber esa verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la sabía se ha muerto. Lo sabrá también el confesor de Jacinta, si es que lo ha confesado. Pero nadie más, nadie más. Pues no sé qué daría yo por salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla diferencia va de una cosa a otra... Si pecó, todo varía en mí, y no me rebajo yo a pedirle perdón; pero si no faltó... ¡ay!, la dichosa _mona_ me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo».

De aquí pasaba a otro eslabón de ideas: «Y ahora estamos las dos de un color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos podríamos consolar... porque en mi terreno, yo soy también virtuosa, quiere decirse que yo no le he faltado con nadie;. y si ella se hace cargo de esto, bien podría venir a mí, y entre las dos buscaríamos a la pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondríamos que no habría por donde cogerla... Vamos a ver, ¿por qué Jacinta y yo, ahora que estamos iguales, no habíamos de tratarnos? Por más que digan, yo me he afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las señoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doña Lupe me pasaron la piedra pómez, sacándome un poco de lustre. ¿Por qué no nos habíamos de tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de honradez».

Pasaba sin pensarlo a otro eslabón. «Pero ella no querrá... Tiene mucho orgullo y mucho tupé, mayormente ahora que se la comerá la envidia.
¡Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... ¿Qué derechos ni qué pamplinas? Esto que yo tengo aquí _entre mí_, no es humo, no. ¡Qué contenta estoy!... El día en que _esa_ lo sepa, va a rabiar tanto, que se va a morir del berrinchín. Dirá que es mujer legítima... ¡Humo! Todo queda reducido a unos cuantos latines que le echó el cura, y a la ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, señora mía, es algo más que latines; fastídiese usted... Los curas y los abogados, ¡mala peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale... Yo digo que sí vale; es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la boca».

Y su convicción era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para soportar aquella vida solitaria y tristísima.





--ii--.


Una mañana, al levantarse, vio que había caído durante la noche una gran nevada. El espectáculo que ofrecía la plaza era precioso; los techos enteramente blancos; todas las líneas horizontales de la arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con purísimas líneas de nieve;. los árboles ostentando cuajarones que parecían de algodón, y el Rey Felipe III con pelliza de armiño y gorro de dormir.
Después de arreglarse volvió a mirar la plaza, entretenida en ver cómo se deshacía el mágico encanto de la nieve; cómo se abrían surcos en la blancura de los techos; cómo se sacudían los pinos su desusada vestimenta;. cómo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se desleían los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo, a la mañana tan puro y albo, era ya al mediodía charca cenagosa, en la cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la nieve con los chorros de agua y revolviéndola con el fango para echarlo todo a la alcantarilla. Divertido era este espectáculo, sobre todo cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba esto Fortunata, cuando de repente... ¡ay, Dios mío!, vio a su marido; era él, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de Julio, y tuvo que retroceder saltando más que de prisa, porque el chorro de agua le cortó el paso. Instintivamente se quitó la joven de su ventana; pero después se volvió a asomar, diciéndose: «Si aquí no puede verme... Lo que menos piensa él es que está tan cerca de mí... Vamos; da la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al café de Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. ¿Pero cómo es que le dejan salir solo? ¿Se habrá puesto bueno? ¿Estará mejor?
¡Pobre chico!...».

Y no se volvió a acordar más de él hasta la noche, cuando estaba acostada, sola en la casa, pues su tía no había entrado aún.

«Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor día hace cualquier desavío y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto, voy a tener miedo, y me pondré a discurrir si se meterá aquí el mejor día... La suerte es que no sabrá dónde estoy; buen cuidado tengo yo de que no lo sepa. ¿Pero quién está segura de ningún secreto en estos tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca para rato... ¡Como no le dé por venir a matarme!... Eso tendrá que ver.
Pero muy descuidada habría de cogerme, porque le deshago yo de un par de porrazos... Pero, ¿y si entra, se esconde, me acecha, y ¡pim!, me pega un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi tía que necesito tomar una criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, así como Papitos, me vendría muy bien. ¡Sola todo el día en esta jaula!... ¡Ah!, gracias a Dios; ya siento el llavín de mi tía, que entra. ¿Será ella o será alguno que le ha quitado el llavín y viene a matarme?... Tía, tía, ¿es usted?».

--Yo soy, ¿qué se te ocurre?...

--Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me parece que entran ladrones, asesinos y qué sé yo... Ninguna noche conciliaba el sueño antes de que diera las doce el reloj de la Casa-Panadería. Oía claramente algunas campanadas; después el sonido se apagaba alejándose, como si se balanceara en la atmósfera, para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el viento venía a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a darla, el viento la cogía en sus brazos y se la llevaba lejos, muy lejos... Después volvía para acá, describiendo una onda grandísima, y retumbaba ¡plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: «Aquí tenéis las doce, tan guapas». Y luego tornaba para acá, ¡plam!... ¡ay!, era la última. El viento entonces se largaba refunfuñando. Otras noches se entretenía la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la hora de la Panadería se enzarzaban. Empezaba esta, y le respondía la otra. De tal modo se confundían los toques, que no conociera aquella hora ni la misma noche que la inventó. Las doce de acá y las doce de allá eran una disputa o guirigay de campanadas. «Vamos, que también se oye la Merced... Tantísima hora, tantísima hora, y no sabe una si son las doce o qué...».

Para tener compañía y servicio, tomó por criada a una niña, hija de una de las placeras amigas de Segunda. Llamábase Encarnación y parecía muy formalita. Su ama le leyó la cartilla el primer día, diciéndole: «Mira, si algún sujeto que tú no conoces, por ejemplo, un señorito flaco, de mal color, así un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo aquí, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Señorita, es un hombre o una mujer de estas y estas señas'. Conque fíjate bien en lo que te mando. Tu tía te habrá hecho la misma recomendación. Si no nos obedeces, ¿sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la cárcel. Y no creas que te van a sacar: allí te estarás lo menos, lo menos, tres años y medio».

La chica cumplía estas órdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron.
«Señorita, ahí está un hombre con barbas largas, muy aseñorado... y tiene la voz así, como _respetosa_». Miró Fortunata por los agujeros de la chapa. Era Ballester. «Dile que pase». Se alegraba de verle para saber lo que ocurría en la familia, y para que le contara por qué demonios andaba suelto Maxi por esas calles.

De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacéutico. Venía vestido con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy lustroso. «¡Qué deseos tenía de verla a usted...! No me atrevía a venir... Pero doña Lupe me ha instado tanto para que venga, que al fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dónde usted está. Hay mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera usted, ha recobrado la razón; parece que está juiciosísimo; habla de todo con tino, y no hace ningún disparate».

Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín. Se puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: «Doña Lupe me ha dado un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligación; muy cuidadoso y muy hábil...».

--No sé, veremos... lo pensaré... todavía...--balbució ella cortadísima, bajando los ojos.

--¿Cómo todavía? Me ha dicho doña Lupe que será en Marzo. Estamos a 20 de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podría verse sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo.

Tomando una actitud galante, añadió: «Porque yo me intereso vivamente por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y callado, acuérdese de mí...».

Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto: «No me vuelvo atrás de nada de lo que he dicho a usted en otras ocasiones». Como ella aparentase no interesarse en este giro de la conversación, volvió Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera.
«Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le diré que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe él que no tiene que decir nada al amigo Rubín».

Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interés que mostraba hacia ella, según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui.

«Yo no sé lo que es, amiga mía; pero _la ministra_, de unos días a esta parte me ha preguntado como unas seis veces si la había visto a usted... 'Yo no voy--me dijo--; pero hay que mirar algo por ella, y no abandonarla como a un perro'. Por esto me decidí a venir, y ahora me alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo buenos amigos. Quedamos en que vendrá Quevedo. Sí; preparémonos, porque estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltará a usted nada. ¡Qué caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... ¡Oh!, ¡qué cabeza ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? (metiéndose la mano en el bolsillo). _La ministra_ me ha dado para usted este paquetito de dinero. Por fuera está escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos de algún dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: '¿A quién acudiré yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un recadito... Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos que tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de muy poquito tiempo. Si pudiera, vendría mañana y tarde todos los días, contando con su permiso. Pero en este pícaro mundo, se llega hasta donde se puede, y el que, impulsado por el querer, va más allá del poder, cae y se estrella».

Repitió sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresión de que no estaba tan sola como creía, y de que el tal Segismundo era, en medio de sus tonterías y extravagancias, un corazón generoso y leal.
Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla, y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a este por _las Samaniegas_. Pero ya se lo preguntaría cuando volviese.

Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas,. siendo de notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante.
El bueno de _Platón_, encontrando al fin el descanso de su vida vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid un _modelo_ mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no era trabajar ¡qué demonio!, era _retratarse_, y el que trabajaba era el pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no acababa. En tal estudio hacía de _Pae Eterno_, en el momento de estar fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un _tío en pelota que le llaman_ Eneas, con su padre a _la pela_. «Pero lo mejor que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando _de lo fino_..., es aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías naves...». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras.
Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes para el ajuar que estaba haciendo;. pero siempre le encargaba que no la descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla,. lo que propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; .y si razones tenía _la Samaniega_ para retraerse, también ella las tenía para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no».




-V- La razón de la sinrazón.




--i--.


La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de quicio. Todo aquel invierno continuó el tratamiento de las duchas circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante, que en el caletre del joven se escondía un pensamiento relativo al paradero de su consorte,. y temían que este pensamiento, aunque contenido en proporciones menudas por el renacimiento armónico de la vida cerebral, tuviera el mejor día fuerza expansiva bastante para volver a trastornar toda la máquina. Pero estos temores no se confirmaron. En Diciembre y Enero la mejoría fue tan notoria, que doña Lupe estaba pasmada y contentísima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudió los primeros años de su carrera, y aun parecía que se renovaban en él las ideas de aquellos lejanos días, y con las ideas el encogimiento en el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa.

Su vida era muy metódica; no se le permitía leer nada, ni él lo intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doña Lupe le fijaba la hora a que había de volver. Ni una sola vez dejó de entrar a la hora que se le mandaba. Para que tales días se pareciesen más a los de marras, el único gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la ventura, observando y pensando. Una diferencia había entre la deambulación pasada y la presente. Aquella era nocturna y tenía algo de sonambulismo o de ideación enfermiza; esta era diurna, y a causa de las buenas condiciones del ambiente solar en que se producía, resultaba más sana y más conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan de sí las ideas bien batidas;. en esta trabajaba en la razón, entreteniéndose en ejercicios de lógica, sentando principios y obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el _furor de la lógica_, y se dice esto así, porque cuando pensaba algo, ponía un verdadero empeño maniático en que fuera pensado en los términos usuales de la más rigurosa dialéctica. Rechazaba de su mente con tenaz repugnancia todo lo que no fuera obra de la razón y del cálculo, no desmintiendo esto ni en las cosas más insignificantes.

Que al poco tiempo de sentir en sí este tic del razonamiento lo aplicó al oscuro problema lógico de la ausencia de su mujer, no hay para qué decirlo. «Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni siquiera se discute. Ahora dilucidemos si está en Madrid o fuera de Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibiría mi tía cartas suyas. Es así que jamás llega a casa el cartero del exterior, y cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi tío Jáuregui; luego... Pero propongamos la hipótesis de que dirige las cartas a otra persona para que yo no me entere. Es inverosímil; pero propongámosla. En tal caso, ¿qué persona sería esta? En todo rigor de lógica no puede ser doña Casta, porque la señora de Samaniego no gusta de tales papeles. En todo rigor de lógica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada, anteayer, entró en el gabinete de mi tía, y yo, desde el pasillo, le oí preguntarle claramente si había sabido de la señorita... Luego, Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber correspondencia; luego está en Madrid».

Quedose muy satisfecho, y después de detenerse un rato a ver un escaparate de estampas, volvió a pegar la hebra:. «Podría ponerse en duda que entre ella y mi tía haya comunicación, y en caso de que no la hubiera, el problema de su residencia seguiría como boca de lobo; pero yo sostengo que hay comunicación. Si no, ¿qué significa el papelito de apuntes que sorprendí el otro día sobre la cómoda de mi tía, y en el cual, pasando al descuido la vista, distinguí este renglón que decía: _Corresponden a F. 1.252 reales_? _F._ quiere decir _ella_. Luego hay comunicación entre mi tía y ella, y como esta comunicación no es postal, resulta claro, como la luz del día, que reside en Madrid».

Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razón. A veces se decía: «Rechacemos todo lo fantástico. No admitamos nada que no se apoye en la lógica. ¿De qué vive? ¿Vivirá honradamente? No aventuremos ningún juicio temerario. Podrá vivir honradamente y podrá vivir de mala manera. Yo llegaré a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a nadie. Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos. Veo, oigo y pienso. Así sabré todo lo que quiero. ¡Qué hermosa es la verdad, mejor dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven desde estos barrios!... Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy. La gente me mira con lástima, como a un enfermo; pero yo, en mí, me recreo en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque él está en grande».

Entró en el café del Siglo, donde creía encontrar a su hermano; pero Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Dirección de Beneficencia y Sanidad, había encargado a Juan Pablo un trabajo delicadísimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de lazaretos; y me le tenía en la oficina de sol a sol. Allí le llevaban el café. No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza vendría un ascenso. Hablaron de empleos y de política, diciendo Maximiliano cosas muy buenas.

Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima),. y además porque la sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza.
Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de café. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese.
Este matrimonio solía ir los domingos acompañado de toda la familia, a saber: una abuela que había sido _víctima_ del 2 de Mayo, y siete menores. El café se compone de dos crujías, separadas por gruesa pared y comunicadas por un arco de fábrica; mas a pesar de esta rareza de construcción, que le asemeja algo a una logia masónica, el local no tiene aspecto lúgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio, había siempre animación campechana y confianzuda, y como el espacio es allí tan reducido, toda la parroquia venía a formar una sola tertulia.
En ella imperaba Refugio como en un salón elegante en el cual fuera estrella de la moda. Dábase mucho lustre, tomando aires de señora, alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los demás estaban en la obligación de reír. Poníase siempre en un ángulo, que tenía, por la disposición del local, honores de presidencia. Cuando Maxi iba, su cuñada le hacía sentar a su lado, y le mimaba y atendía mucho, con sentimientos compasivos y de protección familiar, permitiéndose también tutearle y darle consejos higiénicos. Él se dejaba querer, y apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que mentalmente hacía sobre todo lo que allí se charlaba. Una noche estaba el pobre chico tomándose su café, muy callado, en la misma mesa de Refugio, cuando se fijó en dos hombres que en la próxima estaban, uno de los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acertó al fin. Era Pepe Izquierdo, tío de su mujer, a quien sólo había visto una vez, yendo de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo presentó. Como en Gallo había tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra mesa. Primero se hablaba de política, después de que la guerra se acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido guillotinadas _muchas almas_. Oír que se hablaba de Historia y no meter baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a _modelo_ sabía que Nabucodonosor era un Rey que comía hierba; que D. Jaime entró en Valencia a caballo, y que Hernán-Cortés era un _endivido_ muy templado que se entretenía en quemar barcos. Los disparates que aquel hombre dijo acerca del _Pronunciamiento_ de Francia, hicieron reír mucho a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que echaba al concurso miradas desdeñosas, no queriendo aventurar una opinión, que habría sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas el compañero de _Platón_, persona enteramente desconocida para Maxi, debía de ser uno de los sujetos más eruditos que en aquel local se habían visto nunca, y cuando rompió a hablar, se ganó la atención del auditorio. Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy distintos del gárrulo lenguaje de su amigo:. «Al Rey Luis XVI--dijo--, y a la Reina Doña María Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente, porque no querían darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente, aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los meses, señores,. y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro, y la religión también fue abolida, celebrándose las misas, naturalmente, a la diosa Razón».

Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93. «Porque mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente, salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le aplaudo».

--Y yo también--dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel hombre razonaba discretamente.

--¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?...--prosiguió Ido--. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre: «Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie.

«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.

Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era profesor de primeras letras en las escuelas católicas,. Maximiliano discurrió que no estaba en armonía la humildad del empleo con el saber y la destreza dialéctica que aquel individuo mostraba.

Al siguiente día por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las personas conocidas, más que el cobrador municipal y José Izquierdo. Este había dejado en la silla próxima un envoltorio. Mirolo el joven con disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un pañuelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se descubrió una bota elegante con caña color de café. Al verla Rubín, sintió como si le cayera una gota fría en el corazón. «Esa bota es de ella... ¡ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mías. No la lleva a componer porque está casi nueva. La lleva de muestra para que le hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. ¿Y por qué no las lleva ella? Porque no sale. Luego está enferma... Enferma, ¿de qué?».




--ii--.


_Platón_ se despidió de su amigo, y cogió el lío diciendo que tenía que ir a la calle del Arenal.

«Justo--discurrió Maxi sin decir una palabra--.

Allí está su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podría averiguarlo siguiendo a ese bárbaro. Pero no... Con la lógica y sólo con la lógica lo averiguaré. ¿Para qué quiero esta gran cordura que ahora tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo».

Después, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trató, que fue la insurrección de Cuba, el alza de la carne,. lo que se debe hacer para escoger un bonito número en la lotería, la frecuencia con que se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranvía nuevo que se iba a poner y otras menudencias.

Un día de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al café, vio a Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadería, y a punto que le saludaba, pasó y se detuvo el cobrador municipal. Este y José cambiaron unas palabras.

«En seguida voy al café--dijo el _modelo_, mostrando varios paquetes a su amigo, que los miraba con curiosidad--. Subo a largar esto: Varas de cinta... jabón... demonios, dátiles. Voy cargado como un santísimo burro».

Maximiliano siguió hacia el café, y observando que Platón tomaba hacia la calle de Ciudad Rodrigo, miró su reloj.

--¡Dátiles!... ¡Cuántos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se despepita por ellas...--pensó el razonador, penetrando en el establecimiento, sin ver nada de lo que en él había--. Come dátiles... luego no está mala; los dátiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa... Y viendo entrar a Izquierdo, volvió a mirar su reloj. «Ha tardado doce minutos. Luego la casa está cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para subir la escalera, dos para bajarla... Y está cansado el hombre; debe de ser alta la escalera... La casa está cerca. La descubriremos por la lógica. Nada de preguntas, porque no me lo dirían; ni seguir a este animal, porque eso no tendría mérito. Cálculo, puro cálculo...».

Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero él no quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él, pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los concejales. Después el recaudador sacó a relucir no sé qué asunto de familia, quejándose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo que Izquierdo tomó pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las ventajas de no tener familia que mantener. «Musotros los viudos estamos como queremos» dijo volviéndose a Maxi y dándole un palmetazo en el hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y para sí dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lógica:. «Se te ha encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con lo que hablas delante de mí, dromedario, y tú, como todos, te empeñas en meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes.
Verás cómo destruyo tus sofismas y mentiras. Verás lo que puede el cálculo de un cerebro lleno de luz... ¡Con que yo viudo! Lo mismo que mi tía, que me dijo ayer: «desde que _enviudaste_, pareces otro...». Me conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lógica me las arreglo admirablemente y me río del mundo. ¡Qué bonita es la lógica; pero qué bonita! ¡Y qué hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de toda apreciación fantasmagórica, atenta a los hechos, nada más que a los hechos, para fundar en ellos un raciocinio sólido!... Pero vámonos a mi casa, que mi tía me espera».

Tres días después de esto, al entrar en la botica, notó que Ballester y Quevedo hablaban, y que al verle llegar a él, se callaron súbitamente.
Como había adquirido facilidad para la apreciación de los hechos, aquel se le reveló claramente. Segismundo y el comadrón trataban de algo que no querían oyese Maximiliano.

Para disimular le preguntaron a él por su salud, y a poco dijo Quevedo al farmacéutico en tono muy misterioso: «¿Ha preparado usted el cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora».

«Qué tal, ¿paseamos mucho, joven?--agregó en alta voz, volviendo hacia Maxi su cara de caimán, en la cual la sonrisa venía a ser como una expresión de ferocidad--. Vamos bien, vamos bien. Al fin podrá usted volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya decía yo que en cuanto estuviera usted libre... por aquello de _muerto el perro se acabó la rabia_».
Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad. Después observó que Ballester sacaba de un cajón un paquetito de medicamento y se lo daba al Sr. de Quevedo, diciéndole: «Lléveselo usted; lo he pulverizado yo mismo con el mayor esmero. La antiespasmódica la llevaré yo». El comadrón tomó el paquete y se fue.

A poco entró _doña Desdémona_ preguntando por su marido, y pudo observar el joven que Ballester le hizo señas, llamándole la atención sobre la presencia de Maxi, pues la señora empezó diciendo: «¿Ha ido otra vez a la Cava?». Aquello se arregló y _doña Desdémona_ invitole a que la acompañase a su casa, lo que él hizo de bonísima gana, remolcándola del brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría, un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la casa. A la hora de comer entró Quevedo muy fatigado, diciendo: «No hay nada todavía...». Y como vio allí al sobrino de doña Lupe, no dijo más.

Cuando Maximiliano se retiró, iba desarrollando en su mente la más prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se había visto. «¿Ves como salió? Lo que fulminó en mi cabeza como un resplandor siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejémonos de poesías; la inspiración poética es un estado insano. Lógica, lógica, y nada más que lógica. ¿Cómo es que lo averiguado hoy por procedimientos lógicos, fundados en datos e indicios reales, existió antes en mi mente como los rastros que deja el sueño o como las ideas extravagantes de un delirio alcohólico? Porque esto no es nuevo para mí. Yo lo pensé, yo lo concebí envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas enteramente absurdas. ¡Misterios del cerebro, desórdenes de la ideación!
Es que la inspiración poética precede siempre a la verdad, y antes de que la verdad aparezca, traída por la sana lógica, es revelada por la poesía, estado morboso... En fin, que yo lo adiviné, y ahora lo sé. El calor se transforma en fuerza. La poesía se convierte en razón. ¡Qué claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal vez donde vivió antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la antiespasmódica. ¡Ah!, ¡cómo me río yo de estos imbéciles que creen que me engañan!... ¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma cordura! ¡Dios mío, qué talento tengo! ¡Qué manera de discurrir!...
¡Estoy asombrado de mí mismo, y compadezco a mi tía, a Ballester, a todos los que hacen delante de mí esta comedia! 'Todavía no hay nada', fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presunción equivocada, falsos síntomas. Luego la cosa está próxima. Estamos en Marzo. Bien, no me falta más que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la inspiración, aseguraría que es la misma casa aquella, la de los escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lógica, y no aseguremos nada que no esté fundado en un dato real».

Al día siguiente estuvo con su hermano en el café del Siglo, y después en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban José convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar copas y su amigo Izquierdo, que bebía aguardiente como si fuera agua, se burlaba de la sobriedad del profesor de instrucción primaria, el cual aseguró haber comido _fuerte_ y no hallarse muy bien del estómago. Poco a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba la tertulia, retirándose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la mesa más lejana, ensimismado, los codos sobre el mármol y la cabeza en las palmas de las manos. Fuese hacia él, movido de lástima, y le preguntó lo que tenía. «Amigo--le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando su cara descompuesta--, ¿ve usted cómo me tiembla el párpado derecho?
Pues es señal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea de lo malo que me pongo».

--Vamos, D. José, eso no es más que aprensión (tratando de llevarle al grupo principal).

--Déjeme usted... Se ríen de mí, porque desbarro mucho... Tiempo hacía que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra, y no lo puedo remediar. Tendré que ausentarme, para que no se burlen de mí. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, créamelo usted, caballero. Usted es el único que no se reirá de mí; usted comprende mi desgracia y me compadece.

--D. José... que se le quiten esas cosas de la cabeza--le dijo el otro, oficiando de hombre sesudo y razonable.

--¡Ah!... pues quíteme del campo de mi vida los hechos... (tocándole amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y las nuestras no son la norma de nuestra vida. Así es el mundo. De nada le vale a usted ser honrado, si la maldad de los demás le obliga a hacer una barbaridad.

--Eso está muy bien discurrido.

--¡Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueños de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate de casarse, se engrana, se engrana, ¿me entiende usted?, y ya no es dueño de su movimiento.

--Entiendo, sí...--Pues no me acuse usted si oye que he cometido un crimen (hablándole al oído), porque los que tenemos la desgracia de ser esposos de una adúltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos responder de aquel mandamiento que dice: _no matar_. Creo que es el quinto.

--Sí, el quinto es--dijo Maxi, que sentía una corriente fría pasándole por el espinazo.

--Y aquí donde usted me ve... (echándose para atrás y expresándose siempre en voz muy baja), hoy mato yo... Esto, aunque dicho muy quedamente, fue oído de Izquierdo, que rompiendo a reír, soltó esta andanada: «¡Pues no dice este judío _Dio_ que hoy mata él!... ¿En qué plaza, camaraíta?».

Las carcajadas atronaban el café, y Rubín se acercó al grupo principal, diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y compasión:. «Señores, no burlarse de este pobre señor que no tiene la cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con aguardiente».

Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre los brazos cruzados sobre el mármol, y el dueño del establecimiento, mirándole con sorna, le decía: «Aquí no se duermen monas. A dormirlas a la calle». Maxi trató de hacerle levantar la cabeza. «D. José, a usted le convendría tomar duchas y también unas pildoritas de bromuro de sodio. ¿Quiere que se las prepare? Es el tratamiento más eficaz para combatir eso... Dígamelo usted a mí, que durante una temporada he estado como usted... muchísimo peor. Yo inventaba religiones; yo quería que todo el género humano se matara; yo esperaba el Mesías... Pues aquí me tiene tan sano y tan bueno».

Y volviendo al grupo principal: «Nada, hay que dejarle. Eso le pasará.
¡Pobrecito!, me da mucha lástima».

De repente, D. José se levantó de su asiento y salió de estampía, entre la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrás; pero Refugio le tiró de los faldones y le hizo sentar a su lado: «Déjalo tú, ¿qué te importa?». Y apareció el tumulto, por la entrada de otros Pepes; y el amo del café, que también era algo José, repartió puros y ron con marrasquino. Algunos se empeñaron en que Maximiliano bebiese; pero ni él quería, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de su preciosa salud. Lo que hacía el excelente muchacho era reír con la mayor buena fe todas las gracias que allí se decían, hasta las más zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegría de aquella gente.




--iii--.


Comió Rubín aquella noche sosegadamente con su tía, contándole algo de lo que había visto y oído en el café,. a lo que respondió la gran señora expresándole su deseo de que no fuese más a aquel establecimiento, por estar muy lejos, y porque en él siempre encontraría una sociedad inculta y ordinaria. El joven parecía conformarse con esta idea, y aseguró que no volvería más. Después fue con su tía a casa de Samaniego, y mientras duró la tertulia, permaneció apartado de ella, labrando y puliendo su idea. «Es en la casa de los escalones de piedra... Después que echó aquel brindis estúpido, Izquierdo habló de subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los escalones de piedra... Ya sé, pues, dónde está. Ahora, hay que proceder con sigilo y decisión. Llegó la hora de castigar. El honor me lo pide.
No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo decía: 'Estamos engranados en la máquina, y la rueda próxima es la que nos hace mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'».

--¿Por qué suspiras, hijo?--le preguntó su tía, observándole caviloso y suspirante.

Contestó evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que _doña Desdémona_ invitase al joven a pasar en su casa la mañana siguiente. Le enseñaría todos sus pájaros y le daría de almorzar. Aceptada esta fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el otro volátil pláticas muy cariñosas. Su obesidad no le impedía ser ágil y diligentísima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre, y como su figura era casi esférica, no parecía persona que anda, sino un enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No tardó en asociar al chico a sus operaciones, enseñándole a distribuir el alpiste a toda la familia. Con algunos sostenía _doña Desdémona_ conversaciones maternales.

«¿Qué dices tú, chiquitín de la casa?... gloria mía... A ver, ¿tiene el niño mucha hambre...? ¡Ay qué pico me abre este hijo!». Y los trinos ensordecían la casa. Con verdadero ahínco, Maximiliano seguía torneando en su cabeza las ideas de la noche anterior. «La mataré a ella y me mataré después, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar».

--¡Qué mala es esta pájara!--decía _doña Desdémona_--, no sabe usted lo mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso.
Si no fuera por el macho, que es, ahí donde usted lo ve, toda una persona decente, los pobrecitos se morirían de hambre.

--Hay que perdonarla--replicó Maxi con humorismo--, porque no sabe lo que se hace... Y si la fuéramos a condenar, ¿quién le tiraría la primera piedra?

--Vamos ahora a los pericos, que ya están alborotados.

«La lógica exige su muerte--pensaba Rubín colgando cuidadosamente una jaula en que había muchos nidos--. Si siguiera viviendo, no se cumpliría la ley de la razón».

La renovación del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y graciosos seres aprisionados una alegría insensata; y poniéndose todos a piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las personas que entre ellos estaban. _Doña Desdémona_ hablaba por señas.
Maxi parecía contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones por puro entretenimiento. Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él, diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se había redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se curó el buen señor de sus murrias y no volvió a hacer el Otelo. Sin embargo, a ninguno que no fuera el pobre Rubín, le habría permitido entrar libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a éste capaz de comprometer la honra de ningún hogar donde penetrase.

Doña Lupe entró muy gozosa, diciendo: «¿Qué tal se ha portado el galán?».

--Admirablemente, señora. Es lo más amable...--replicó _doña Desdémona_, y llevándola aparte, añadió--: Si está bueno y sano... ¡Si viera usted qué contento y qué tranquilo...! Nada, como la persona de más juicio.

--Yo creo--dijo la de Jáuregui--, que si no está curado, le falta poco.
¿Y qué hay de eso?

--Esta mañana volvió Quevedo. Todavía nada... Esperando por momentos... Ella, con mucho miedo.

Algo más cotorrearon, pero no hace al caso. Doña Lupe se llevó a su sobrino al Monte de Piedad, y como aquel día las ventas fueron de muy poco interés, tornaron pronto a casa, después de comprar fresa y espárragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la señora encargó a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y él las despachó con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un céntimo;.
y como su tía se maravillase de aquel tino aritmético, el joven se echó a reír, diciéndole: «¿Pero usted qué se ha figurado? Si tengo yo la cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan».

Hacía muchísimo tiempo que doña Lupe no había visto al chico tan despejado, con tanto reposo en el espíritu y el ánimo tan dispuesto a la alegría, señales todas de reparación indudable. «Si no dudo que estés bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte así, y le pido a Dios que te conserve».

--Crea usted que seguiré lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a usted ahora mismo. Se pasmará usted al ver que si buena comedia han hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engañadores son los engañados.

Doña Lupe empezó a alarmarse.

--Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas las personas a quienes conozco fuera de casa, _bordaban_ admirablemente su papel; y yo callado... haciéndome el tonto, mientras con la sola fuerza del cálculo, descubría la verdad.

Y doña Lupe tan parada, que no sabía qué decirle.

«Y vea usted cómo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundándome sólo en algún indicio que pescaba aquí y allí, sentando hechos y deduciendo consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lógica, tía, con la lógica seca. Atienda usted y asómbrese».

Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un buey.

«Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que Fortunata no se ha muerto, que está en Madrid, que vive cerca de la Plaza Mayor,. que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los escalones de piedra, que está fuera de cuenta desde hace un mes, y que D. Francisco de Quevedo la asiste».

Doña Lupe no se atrevió a negar; tan abrumadoras eran las verdades que su sobrino manifestaba. «Verás... Tú no debes ocuparte de eso... Te concedo que vive, pero no sé dónde. Y en cuanto al embarazo, es error tuyo y de tu maldita lógica. ¡Vaya con la salida! El diablo cargue con tu lógica».

--Si insiste usted, querida tía, en hacer comedias, creeré que quien ha perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la evidencia de que es verdad. Mí lógica no me engaña ni puede engañarme.
Con franqueza: ¿nota usted en mí algo que remotamente se parezca a falta de juicio?

Doña Lupe no supo qué responder.

«¿He dicho algún disparate?... ¿Se atreve usted a sostener que lo he dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... ¡Ah!, no quiere usted.
Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con muy buen fin, es mi señora tía. ¿Quién es aquí el cuerdo y quién no lo es?».

--Pues repito que eso del estado interesante es una papa--dijo la viuda llena de confusión--. Alguien ha querido darte un bromazo, que por cierto es de muy mal gusto.

--Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto, absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del cálculo puro. Y ahora, por si alguien duda todavía de que yo sea la cordura andando, voy a dar a todos la última prueba de ella. ¿Cómo? Pues no volviendo a hablar de semejante asunto. Se acabó. Sigamos la vida ordinaria... Aquí no ha pasado nada, tía; hágase usted cuenta de que no hemos hablado nada. ¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los números, pues estos son la pura esencia de la lógica.

Y se puso a trabajar en las operaciones aritméticas con tanta serenidad, y un temple tan equilibrado, que doña Lupe salió de la estancia haciéndose cruces y diciendo que si lo que acababa de oír se lo hubieran contado los cuatro Evangelistas, no les habría dado crédito. Pero siendo lo que refirió el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la señora no las tenía todas consigo respecto al estado de aquella cabeza.
Entráronle alarmas, como las de los peores días pasados, y se puso de un humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lógica era una crisis favorable, o por el contrario, traería nuevas complicaciones.

Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que existía, pues nunca daba en el quid de la buena ocasión;. lástima grande, porque el discurso que llevaba preparado para convencer a la señora era admirable, y una roca se ablandaría oyéndolo. Su tía no le dejó pasar del exordio, negándose absolutamente a contratar ninguna clase de préstamo ni en las condiciones más usurarias. Total: que salió Juan Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio de las olas, y ya no podía más, ya no podía más. Se ahogaba.




--iv--.


En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en el café del Siglo las teorías más disolventes. Con gran estupefacción de D. Basilio Andrés de la Caña, que volvió a la tertulia, embistió contra la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales que se había dado un atracón de lecturas prudhonianas. No había visto un solo libro, ni por el forro, y toda su argumentación ingeniosa sacábala de la rabia que contra doña Lupe sentía, rencor satánico que habría bastado para inspirar epopeyas.

Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella desigual contienda más defensor que D. Basilio, quedó maltrecho. La mesa de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche,. con la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en los cuales la mano afanadora de D. Basilio no había dejado más que polvo de azúcar. Dichos cadáveres, horriblemente destrozados, eran la propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio, Ejército, Crédito público, etc... Con admiración de todos, Juan Pablo se lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa, con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de sí aquel marcador de sus argumentos. También andaba por el suelo la corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda autoridad corría la misma suerte. Las conteras de los bastones, golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban cayendo de la mesa, expirantes. Creeríase que Juan Pablo las estrujaba con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica,. y cuando cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.

¿Y qué menos podía hacer el desgraciado Rubín que descargar contra el orden social y los poderes históricos la horrible angustia que llenaba su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su tía le puso en el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al café había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le revolvió más la bilis. Sus amigos no podían con él; estaba furioso; poco faltaba para que insultase a los que le contradecían, y su numen paradójico se excitaba hasta un grado de inspiración que le hacía parecer un propagandista de la secta de los _tembladores_. El que mejor replicaba ¡parece increíble!, era Maxi, que se quedó en el café más tiempo del acostumbrado, retenido por el interés de la polémica.
Defendía el joven Rubín los principios fundamentales de toda sociedad con un ardor y una serena convicción que eran el asombro de cuantos le oían. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus nervios, absolutamente pacíficos, dejaban a la razón desenvolverse con libertad y holgura. La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática. Había vuelto a la docilidad de los tiempos que se podrían llamar _antediluvianos_ o que precedieron a la catástrofe de su casamiento.
Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los demás tratadistas de derecho público, abandonó el café con ánimo de irse derechito a su casa. Atravesó la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe III a la de la Sal, y en aquel ángulo no pudo menos que pararse un rato, mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadrilátero. Pero esta suspensión de su movimiento fue pronto vencida del prurito de lógica que le dominaba, y se dijo: «No; voy a casa, y han dado ya las diez... Luego, no debo detenerme». Siguió por la calle de Postas y Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio pasar a Aurora, que salía de la tienda de Samaniego para ir a su casa.
«¡Qué tarde va hoy!» pensó, siguiendo tras ella por la calle arriba, hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba delante de él, sin verle. Andaba la viuda de Fenelón a buen paso, sin mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra tal vez para trabajar en su casa el día siguiente, que era domingo, y domingo de Ramos por más señas.

Como iba más aprisa que él, pronto se aumentó la distancia que les separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de Cañizares, como parecía natural (este era el itinerario que usaba Maxi), la joven se metió por el oscuro callejón del Salvador. En la sombra del Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante: diéronse las manos y siguieron juntos. «Hola, hola--se dijo Maxi acechando--, ¿belenes tenemos?». Y viéndoles ir por el callejón adelante, una idea o más bien sospecha encendió en él vivísima curiosidad. Siguiéndoles a cierta distancia, se cercioró al punto de lo que antes fuera presunción, y la certidumbre produjo en su alma violentísima sacudida. «Es él, ese infame... La espera; van juntos... y toman la vía más solitaria... Luego, son amantes... ¡Engañar a una pobre mujer... un hombre casado!...». Determinose en él con poderosa fuerza el rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como un virus ponzoñoso, tan pronto manifiesto como latente, y que al derramarse por todo su ser, producía tantos y tan distintos fenómenos cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espíritu, directamente emanada de la esencia divina. «Esto lo tolera y aun lo aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergüenza.
¿Y qué defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. ¡Ay, Dios mío, si tuviera aquí un revólver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un instante, le pegaba un tiro por la espalda y le partía el corazón! No merece que se le mate por delante. ¡Traidor, miserable, ladrón de honras! ¡Y esa tonta que se deja engañar!... Pero ella no merece la muerte, sino la galera, sí señor, la galera...».

Al día siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos, no estaba Maxi más excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no había visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le había tenido así, tan a tiro... «¡Ay!, ¿por qué no traigo un revólver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armería, lo compraba... Pero si no tengo dinero. La tía no me da más que los dos reales para el café. Dios, ¡qué desesperación! Si me infundes la idea de la justicia, idea lógica, perfectamente lógica, ¿por qué no me das los medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcándose en su sangre; no tenerle ninguna lástima... ¡Que no vea yo esto, Dios!... ¡Que no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se había de regocijar...!».

Después de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la pareja tomó por la calle de San Pedro Mártir, buscando la vía menos concurrida. «Van a tomar por la calle de la Cabeza--dijo Maxi--, por donde no pasa un alma a estas horas. ¡Ah!, trasto, ladrón de honras, asesino... La justicia caerá sobre ti algún día, si no hoy, mañana. Lo que siento es que no sea por mi mano». Seguíales sin perderles de vista, a bastante distancia... «Me duelen las contusiones que recibí aquella noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te ensañas con los débiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden tener... A ti se te contesta con una bala... ¡plaf! Y se te deja seco... Y yo me quedaría tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy grande, pero muy grande...».

Al llegar a la calle del Ave María, Rubín se pasó a la acera de los impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simón, en la sombra. Detuviéronse: Aurora parecía decir a su galán que no siguiese más. Era prudente esta indicación, y el galán se despidió apretándole la mano. Maxi le miró subir hacia la calle de la Magdalena, y sentía deseos de gritar e írsele encima: «Ratero de mi honor y de todos los honores... ahora las vas a pagar todas juntas». Creía que se le afilaban las uñas haciéndosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el salto y cayese sobre la presa. La lógica le salvó. «Soy mucho más débil, y me destrozará... Un revólver, un rifle es lo que yo necesito».

Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubín penetró en su casa.
Lo más particular fue que la idea de su mujer se borró de su mente durante aquel suceso, o quizás personificaba en Aurora la totalidad de las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue acometido de una duda horrible. «Pero esto que me desvela ahora--se decía revolviéndose en el lecho--, ¿es verdad, o lo he soñado yo? Sé que entré, sé que caí en la cama, sé que dormí, y ahora me encuentro con esta impresión espantosa en mi cerebro. ¿Es verdad que les he visto, al infame y a ella, o lo he soñado? Que yo he tenido un sopor breve y profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueño... Sí; sueño ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que sueña uno... ¡Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todavía, y si tengo estampadas aquí las dos figuras...! Esto es para volverse loco... ¡y sería lástima, ahora que estoy tan cuerdo...!».

Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente. ¿Lo había visto, o lo había soñado? El Miércoles Santo enviole su tía con un recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con Aurora.--«Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantón. ¡Tres horas esperándote!... ¿A qué tienes tú que ir hoy al obrador, si hoy no se trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por allí ni ese es el camino. ¿En dónde estuviste? ¡En casa de las de Reoyos! ¿Y qué hacías tú tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que averiguarlo...».

Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no llegó el caso de hacerlo así. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos en la pieza que tocaba Olimpia, no perdía sílaba de aquel doméstico altercado. Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre sus dedos el _andante cantabile molto expresivo_, que si llega a coincidir con el _allegro agitato_, ni Dios pesca una letra de lo que hija y madre hablaron. Durante el _presto con fuoco_, Maxi se decía:.
«Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura realidad... ¡Y lo creí sueño...!, ¡qué imbécil!... Un dato tomado de la existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con la lógica, necesito ver algo más... y veré. ¡Qué lección para mi mujer!
¡Oh! Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay lección. La enseñanza es más cristiana que la muerte, quizá más cruel, y de seguro más lógica... Que viva para que padezca y padeciendo aprenda... Pero a él debo matarle... ¡a él sí!».

Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio minuto, y volvió de él asaltado por esta idea que le sacudía: «No, matar no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que duele y lo que enseña... La muerte para los buenos... para los perversos, lógica, lógica».

Apenas se había acabado la tocata, entró doña Casta a decirle: «Maxi, la señora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a Lupe». Subió el pobre chico, y _doña Desdémona_ le hizo esperar un ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no había podido volver a casa.

«Querido--dijo a Rubín la dama esférica, tocándole amistosamente en el hombro--. Hágame el favor de decirle a Lupe que la pájara mala sacó pollo esta mañana... un polluelo hermosísimo... con toda felicidad...».

Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, «la pájara mala--dijo con acento de niño mimoso--, enséñemela usted... y el pollo... enséñemelo también».

--No, no, ahora no--replicó _doña Desdémona_ empujándole hacia la puerta--. Mañana los verá... Vaya ahora a decirle esto a su tía.




--v--.


El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre de la insigne señora. Su entendimiento excelso sugeríale determinaciones para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y lo bueno a lo posible. Esto lo había aprendido en la experiencia de los negocios, la cual se aplica con éxito a los asuntos morales, del mismo modo que el ejercicio de las matemáticas y la agilidad gimnástica que dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofía.

Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discutió consigo misma, dándolas al fin por indestructibles, a saber:; que aquello no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni favoreció jamás los desvaríos de Fortunata. Esto lo sabían hasta los perros de la calle. Por consiguiente, bien podía la señora estar tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sería todo lo mala que se quisiera suponer;. pero había pertenecido a la familia, y la persona más importante de esta no podía menos de echar una mirada a la descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que arrojase sobre el claro apellido de Rubín ignominias mayores.
Presentábase un problema grave, cuya solución no estaba al alcance de los entendimientos vulgares. Aquel pequeñuelo que iba a presentarse en el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, único heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley escrita, el tal nene era un Rubín; pero la fuerza de la sangre y las circunstancias habían de sobreponerse a las ficciones de la ley,. y si el señorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo, buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento de que él disfrutaba, era preciso darle el título de monstruo.

«¡Oh!, si a mí me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona--se decía--, ¿cómo no me había de señalar el otro una pensión de alimentos?

Bonito genio tengo yo para estas cosas... ¡Ah! ¡Pues si esa hiciera caso de mí, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos o tres mil duros de pensión no se los quitaba nadie... Lo primerito que yo haría era plantarme en casa de doña Bárbara y leerle la cartilla bien leída... Y lo haré, lo haré, aunque esa simple no me autorice. No lo puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espíritu, y reviento si no le doy salida... Y me inspira lástima lo que va a nacer, porque es un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el día de mañana (pongo que sea varón), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas, ¿qué va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar así... ¡pobre criaturita! Hay que hacer algo, y véase aquí cómo es una caritativa cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un inclusero... porque ¿de qué va a vivir? Las acciones del Banco se las comerán hijo y madre en un par de años, y con el rédito de los treinta mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han de ver, de eso respondo, porque sería el colmo de la afrenta y de la tontería... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando el señorito ese no le señale el estipendio en el término de un mes.
Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis guantes y ¡hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una embestida a mi amiga Guillermina, que se hará cargo de la justicia del caso... Sí, ¡magnífica idea! Guillermina hablará con la otra y... Ahora, ahora comprenderá esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella por cuenta propia y tenerme a mí por consejera y directora. ¿Apostamos a que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y muriéndose de hambre?
Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo meto en los hocicos a las personas tercas e inútiles que no saben hacer nada por sí».

Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de asistirla cuando el caso llegara,. no vacilando en decir al feo y hábil profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos. Algo la desconcertó Maxi el día en que se mostró sabedor del secreto, pues la señora, para hacer todos aquellos proyectos benéficos en interés del vástago de Santa Cruz, _partía del principio_ de que su sobrino desconocía en absoluto la verdad. Muchísimo se alegraba de verle tan sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvería razonable hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequeña renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que había roto los vidrios, era el que los tenía que pagar.

A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llevó la noticia que le diera _doña Desdémona_. Lo primero en que doña Lupe puso su atención inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se pasmó de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido recto de la alegoría empleada por la señora de Quevedo. Después de repetir textualmente el recado, añadió: «Ha sido esta mañana. D. Francisco acababa de llegar y se estaba acostando».

Doña Lupe no volvía de su asombro. «Vaya, que lo toma con calma. Más vale así. ¿Y esto es cordura o qué es? Será lo que llaman filosofía... Dios nos tenga de su mano, si después le da por la filosofía contraria».

--¿Piensa usted ir a verla?--le preguntó después el chico con la mayor naturalidad.

--¿Yo?... pero qué cosas tienes... Veo que es inútil hacer comedias contigo. Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa... ¡Verla yo! Sólo por curiosidad he querido saber lo que sé... De aquí en adelante, como si no existiera. ¿No piensas tú lo mismo?

--Exactamente lo mismo... ¿Ve usted lo frío y sereno que estoy?

--Así me gusta. Esto se llama ser filósofo en toda la extensión de la palabra, y elevarse sobre las miserias humanas--dijo la viuda con emoción verdadera o falsa--. No vuelvas a acordarte más del santo de su nombre... --Y aunque me acordara, tía, aunque me acordara... --¿Para qué?... Tú no has de verla.

--Y aunque la viera, tía, aunque la viera... Doña Lupe se inquietó un poco oyendo esta frase, dicha con cierto sentido de tenacidad maniática. Pero Maximiliano se apresuró a tranquilizarla con otro argumento: «¿Pero no observa usted lo cuerdo que estoy? Si no me he visto nunca así, ni en mis mejores tiempos... Ya quisieran todos...».

La señora tomó pie de esto último para variar la conversación: «Dices bien. ¿Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a mí que no está bueno de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he de hacer el préstamo o se pega un tirito. ¡Como no se mate él! Es el egoísmo andando. Se necesita atrevimiento. ¡Pedirme dinero un hombre que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de provincia y qué sé yo qué... ¿Tú lo crees? Muy rebajada está la talla de los empleados; pero no tanto...».

En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su tía, salió de la casa el pobre hombre más muerto que vivo. Su tía no era ya simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragón mitológico. Aquel tiro con que él se amenazaba a sí mismo, ¡cuánto mejor estaría empleado en ella! «Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?...
No tengo más remedio que dármelo--discurría entrando por la calle de la Magdalena--. Por ninguna parte veo la solución. Sí, lo que es el tiro me lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revólver... Se me está figurando que al fin y al cabo no me pegaré tiro ninguno. Es uno así, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendré que pegar, no habrá más remedio».




--vi--.


Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo.
El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios!--se decía--; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto, qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga del despacho del jefe, me levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo revólver... Me tiraré por el balcón... No, eso no; ¡me haría una tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría... Ánimo, chico, que hoy te va a sonreír la suerte».

El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo: «Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted...».

Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos.

«Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».

--Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes.

--Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo que le pienso dar... --La secretaría de...--No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo _copo_, y la tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, _camará_.
Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera clase.

Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del despacho y todo el Ministerio de la Gobernación.

«Pues sí, gobernador de _mi_ provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello.
Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara alta».

--Señor director--balbució Rubín--, disponga usted de mí.

--Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo que iremos bien.

Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia, desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo que le pasaba; creía soñar... se daba pellizcos a ver si estaba despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato... se reía solo... le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar tiros al aire... ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en el cuerpo a doña Lupe... sí, por mala, por tacaña... Pero no, no; perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y por poco les manda prender a su tía y a Torquemada.

En el café, aquella noche, hubo la gran escena.

Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetón; pero sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección.
«Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se te puede meter en algún hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos que necesito sobre la recaudación de la provincia de X... Oiga usted, Relimpio, no se dé prisa a presentar la memoria, porque esta situación dura. Cánovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de marear». Y como se suscitara un debate político de los más graves, Rubín se puso de parte de los que defendían la tesis más razonable, conciliadora y templada. «Pero ustedes, ¿qué creen, que una sociedad puede vivir siempre soñando con trastornos? Seamos prácticos, señores, seamos prácticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el verdadero país».

En esto llegó _La Correspondencia_, y a las primeras ojeadas conspicuas que arrojó sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropezó con la combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se restregó los ojos creyendo que leía mal. Mas convencido de que no era error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.

«Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso. Hoy ha machacado tanto que no he podido decirle que no».

--¡Pero qué callado se lo tenía!

De todos lados de la cámara... digo del café, vino gente a felicitar al gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo debía el consumo de cinco meses, y algunos picos, se puso más contento que si le hubiera caído la lotería;. y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretón de manos a su parroquiano, diciéndole si podía colocar en las oficinas de la provincia a un sobrinito suyo que tenía muy buena letra.

«No le digo que sí ni que no, D. José. Veremos. Tengo la mar de compromisos... Pero ya sabe usted que haré los imposibles por servirle... Usted me manda».

El hombre compensó con los goces de aquella noche los sufrimientos y tristezas de tantísimos meses. Toda la gente que próxima estaba, mirábale con cierta expresión de asombro y respeto, como se mira a quien es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron aquella noche en el círculo, Rubín hizo gala de las ideas más sensatas.
Era preciso moralizar la administración provincial, desterrar abusos; sobre todo, en el destierro de los abusos insistió mucho. Su plan de conducta era muy político... contemporizar, contemporizar mientras se pudiera, apurar hasta lo último el espíritu conciliador; y cuando se cargara de razón, levantar el palo y deslomar a todo el que se desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su provincia, ya se tentarían la ropa los _revolucionarios de oficio_ que fueran a predicar ciertas ideas. ¡Bonito genio tenía él...! En fin, que el pueblo español está ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres engañen a los inocentes... La mayoría es buena; pero hay mucho tonto, mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean engañados... En cuanto a moralidad administrativa, no había que hablar.
Él no pasaba ni pasaría por ciertas cosas. Ya le había dicho a Villalonga que aceptaba con la condición de que no le pondría veto a la persecución y exterminio de los pillos... «A muchos que mangonean ahora, les he de llevar _codo con codo_ a la cárcel de partido... Yo soy así; hay que tomarme o dejarme».

Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del _golpe de suerte_ que había tenido Juan Pablo. Aquel destino no era _de su ramo_, y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la dirección económica de una provincia, D. Basilio habría sentido tristeza del bien ajeno. Pero no le sacaran a él de sus números... Por cierto que el Ministro le había encargado un trabajo que le traía marcado... _proyecto de reglamento para la cobranza del subsidio industrial_... «Siempre me caen a mí estos turrones. Ocurre en secretaría que no se conocen los antecedentes de tal o cual cosa... '¡Ah!, la Caña lo sabrá'. Piden en el Congreso una nota del estado en que se halla la codificación de Hacienda. ¡Qué lío! Nadie sabe una palabra... '¡Ah!... a ver... la Caña'. Y la Caña les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa revuelta; busca por aquí, busca por allá. Hasta que a uno se le ocurre decir... 'Eso la Caña...' y efectivamente; como que la Caña es el que hizo los primeros estudios del Registro fiscal». Total, que si por desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este se venía abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento.

Leopoldo Montes aspiraba a que Rubín le llevase de secretario; pero esto no era fácil. «Chico, yo se lo diré a Villalonga. Creo que me dan el secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de policía». Otros tertuliantes sentían envidia, y aunque felicitaban y adulaban al favorecido, al propio tiempo hacían pronósticos de las dificultades que había de tener en el gobierno de su ínsula. Pero ello es que la lisonja y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelería aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que medió entre el nombramiento y la salida de Rubín para su destino. Mucho ajetreo tuvo aquellos días para arreglar sus asuntos y proveerse de ropa. Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le dijo que no la podía llevar... Pucheros, lloros, apóstrofes, quejas, gritos... «Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas así.
¿No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con una mujer que no es mi mujer? ¡Qué diría la alta sociedad, y la pequeña sociedad también, y la burguesía!... Me desprestigiaría, chica, y no podríamos seguir allí. Esto no puede ser. Pues estaría bueno que un gobernador, cuya misión es velar por la moral pública, diera tal ejemplo. ¡El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las más elementales!... ¡Bonita andaría la sociedad, si el representante del Estado predicara prácticamente el concubinato! Ni que estuviéramos entre salvajes... Convéncete de que no puede ser. Tú te quedas aquí y yo te mandaré lo que vayas necesitando... Pero lo que es allá no me pongas los pies... porque si lo hicieras, tu _chachito_ se vería en el caso de cogerte... ya sabes que tengo mucho carácter... de cogerte y mandarte para acá por tránsitos de la Guardia civil».




-VI- Final.




--i--.


Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se puede?».--«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!--pensaba Ballester al saludarla, apretándole mucho la mano--. ¡Lástima de mujer!».

«Ayer no pasó usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no sabía quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...».

A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.

«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--.

Tiene a quien salir por una y otra banda.

--Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho.
Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.

--Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo prometió la última vez que nos vimos.

--Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.

--Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?

--Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.

--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.

Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho, y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos--pensaba--; pero de amistad, de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto físico...».

--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--. Si es una preciosidad. Más perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!

Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó así:. «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce».

--¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.

--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. _Doña Desdémona_, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros, le llama, y lo que él dice, se hace.

--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice.
Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni supiera que estoy viva.

--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.

--¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester; mire que estoy temblando de miedo.

--¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se puede llamar sentimiento.

--No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día... La conversación pasó de Maximiliano a _las Samaniegas_, mostrando Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce».

Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema: «¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.
Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde, mal y nunca, él tan conforme en su _sacerdocio_; lo toma en serio, y le parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado.
¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la compra. Yo le digo que abandone el _sacerdocio_ y que deje a los autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de que _en los círculos literarios se habla mucho, etc_... Le digo a usted que me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En _bálsamo tranquilo_ le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce!
Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que, según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos largamente en la botica, que llamamos el _círculo literario_, y le voy engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete _osos_, y lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!».

--¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen chico, y usted empeñado en darle la morcilla.

--¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya zampado, porque se la tiene que comer, como este es día.

En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras: _envido a la chica, órdago a los pares_.

«Es mi tío José--dijo Fortunata--, que está jugando al mus con su amigo.
Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama, porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle compañía».

Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no recordaba dónde ni cuándo.




--ii--.


La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo, no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos, ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles a los tres con apretado lazo.

Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a _Platón_ y a Ido del Sagrario, a quien solía llamar _maestro_. Siempre que iba por las noches el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos lo indecible.

Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser puros y desinteresados sus actos de caridad,. y habrían sido lo mismo aun en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo atractivo personal.

Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.
Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo soy madre del único _hijo de la casa_, madre soy, bien claro está, y no hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos, yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la _mona del Cielo_ el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto... Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella debajo, la perdono; yo soy así».

«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy requetefinos;. yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es porque yo sea interesada.

Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto».

Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a cantar en voz baja, arrullando a su hijo;. y cuando este se dormía, continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el _bilboquet_.

Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien, ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara, chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera _estancia_. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca, encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la calle!'».

--Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del Cielo.

Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana, gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas... Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza, Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es, saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, _talmente_ clavado...».

«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?--dijo la madre, radiante de gozo--. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo?
Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?».

El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme».
Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá?
Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo que ha hecho;. y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verídico nieto natural_ de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios me dijo a mí: _tú pitarás_; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña Bárbara se chifló por el _Pituso_ falso, ¡cómo no se dislocará por el de oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa primero de todos es mi amiga _la obispa_. ¿Apostamos a que viene a verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones».

Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.




--iii--.


El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó mucho al _maestro_ a que tomara un _biftec_; pero D. José lo rehusó, aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y también les hizo escrúpulos el profesor; no así _el modelo_, que se llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por una _grande_ de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y cuentan las crónicas _platónicas_, que antes de llegar a la mitad del segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el sofá de Vitoria y dormía como un _verídico_ bruto, el sombrero sobre los ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a reparar lo que de reparación era susceptible.

Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse.
Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama, pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la familia cristiana;. y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable _Platón_, cual monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o invocaciones poéticas;. y cuando el profesor llegaba en su deambulación febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D. José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta.
¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano.
Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue echarle los brazos al nene, decidida a _comerse a bocados_ a quien intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío--dijo alzando la voz--. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.

«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban.

«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fría bondad--. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea estúpida voló... por fortuna de todos».

Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó.

«Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosiguió Rubín--, sé todo lo que te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué, ¿no lo crees?».

Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el niño. Con gran serenidad habló así: «Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar».

Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.

«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que vienen de arriba sanan, curan y fortalecen».

--Pero este hombre--se decía Fortunata--, ¿está cuerdo o está más loco que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le puede aguantar.

Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna de sus partes,. pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.
Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me falta--decía yo--, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?».

Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos, siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar preparada a cualquier agresión.

«Después me atacó lo que yo llamo la _Mesianitis_... Era también una modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste».

Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario, señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta, echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de nada.

Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos; con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi ser, que había pasado por tantos cataclismos;. con ella me penetré bien de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de homicidio;. con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'».

--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--. ¿Pero este hombre está cuerdo o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi vida le he oído...?

--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--. El derecho a nacer, ¿no es el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que viviendo aprenderán.

«Nada, para mí está peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada».

--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--. No sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.

--Sí, es verdad; pero...--¿Pero qué...?--Tú dirás que gato escaldado del agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo.

Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo: «Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar».

--¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso?
Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré algo que te aprovechará.

Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle, permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha, ligeramente fruncido el ceño.

«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y los buenos se aniquilan en la esterilidad».




--iv--.


«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de Ido del Sagrario, la joven le dijo:. «¿Pero qué hace usted que no despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no viene!».

Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo».

Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido:. «Señor D. José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni piedra».

Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el gran susto».

«¡Se parece a tu enemigo!--repitió Maxi, volviendo a la idea que le había excitado ligeramente--. Es una desgracia para él. Y si en lo moral saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará muchos disgustos».

A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla.
Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver si se aburría y se marchaba pronto.

«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--. Su papá es de oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten por cierto que no vendrá».

--¡Quién sabe!...--se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba la garganta.

--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.

--Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.

--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica.
Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.

Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.

«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas en regenerarte».

La _Pitusa_ tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la almohada tenía, empezó a abanicarse.

--Es preciso que lo sepas--volvió a decir Maxi con cierta frialdad implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.

--¡Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la colcha.

--Sí, con otra mujer a quien tú conoces.

El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas, y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le dijo:. «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz».

--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte.
Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una lección, una simple lección.

Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.

--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose.

--Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo que tú robaste? Pues te lo voy a decir.

Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a los ojos, dijo a su marido: «Me lo tienes que decir».

--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A.

--¡Aurora, Aurora es!--exclamó la joven dando un salto en su lecho, y mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido una bofetada.

--Ella es.--Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy bajito, y yo no lo quería creer.

--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.

--Tú me engañas, tú me engañas--replicó la joven en actitud de Dolorosa--. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes con esta historia.

--Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo--manifestó Rubín con implacable frialdad.

--¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe lo que se dice.

--¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al obrador, y a donde va es a... --Cállate; te digo que te calles--gritó Fortunata retorciéndose los brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador.

--¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran?
¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?

La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre, que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y... nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.

«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.

--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!

--Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura... --Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).

--Es que las lecciones me han valido.

--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.

--¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho, cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo... Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una consecuencia lógica que un puñal.

--¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--gritó la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.

--No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella aprenda. Y tú has aprendido.

--¡Pues si yo les llego a ver...!

--Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras y pasas... --Tú no eres hombre... Tú no eres nada--exclamó la joven con desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!

--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.

--¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más, mucho más.

--Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia, cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.

--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. ¿Por qué no lo hiciste?
Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes derecho a hacerlo.

--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.

«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».

--Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho, cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho, tapándoselo y sin saber qué hacer).

--¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?

--¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección?
A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.

--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito? Al oír esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.

La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la situación;. y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al tagarote inútil de don José Ido,. el cual, viéndose insultado, a su parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es--decía--, yo no sé lo que es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo... profesor en partos... intelectuales».




--v--.


«Cállese usted, so _guillati_--chillaba Segunda, que por los movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con un par de bofetadas la frágil persona del _profesor idumeo_--. La culpa la tiene este morral que está aquí durmiéndola».

Obra de romanos fue el despertar a _Platón_; por fin, su hermana le tiró de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del _modelo_, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas, y escupiendo más _hostias_ que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido.
Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así: «¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!, va solutamente a la calle».

Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata, que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano,. y este increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi;. y fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos, mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente:.
«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».

--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?

--Poco menos--replicó el hablador entrando sin pedir permiso y dirigiéndose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la señora casera.
Mucho orden, señores, mucha formalidad.

Lo mismo fue oír _Platón_ que la señora de Pacheco venía, que el temor de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no tendría dónde meterse para evitar su encuentro.

Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve, acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.

«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho, mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el _Pituso_ legítimo, el de la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el diablo».

--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.

Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido, Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así: «¡Buena la hemos hecho, buena!...».

Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.

--Señora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdón... --¡A mí!, perdón... ¿de qué?

--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo guardo a ella, porque... ¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra, una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora, no quedará así... --No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas... Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!».
¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí--pensaba la _Pitusa_--, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es; le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios al mundo'».

«Cuando usted esté buena, hablaremos--indicó la santa con ánimo ya de retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas; sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure, le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de hacerle ascos. Es preciso criarle bien».

--Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!--replicó la otra contrariada--. ¿Qué cree usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo.

--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva... Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse: «Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo... Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.
¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós, adiós».

Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote.
Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y todas mis _matemáticas_ se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del Señor».

Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta, armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal, propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.




--vi--.


Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y calor hubo de negar lo que su amigo contara de _la Samaniega_.

«Mire, compañero--dijo ella--, mientras más se amontone usted para negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa no se ríe de mí».

Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin adelantar nada. «Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que empleara con Maxi en otra ocasión--, ¿para qué hacemos caso de lo que diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... _semos_!
Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso, está más _tocati_ que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me sostenía que _doña Desdémona_ es una mujer hermosa. Me parece que si seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...».

No afectaron a Fortunata estas bromas.

Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín?
Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí, sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y _tutti contenti_».

Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso.
Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro, pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados, sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido en su cuna de mimbres. «Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita... Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca.
¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo... que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me gustan _refirencias_.

Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro que...».

Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo.
En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho _Ave María, 18_; pero tuvo una idea, y dijo _Cabeza, 10_, sacando la suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro; a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo.

Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego, entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre.
Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un _plin_ muy fuerte, y ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá, junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras, examinando a la luz encajes y telas.

«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!...
tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes!
¿Has estado mala?».

--Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la víctima antes de devorarla.

--Y tú, ¿dónde te metes?--balbució Aurora muy cortada, sin saber para dónde volverse.

Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».

Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó: «Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé ir a verte... Pero siéntate».

--Estoy bien así... Pronto despacho.

Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto que me da tu compañía...!».

--Tienes razón--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado--. Todos los días pensaba ir... --Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... ¿Pero por qué no te sientas?

--No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa... --A traerme una cosa... ¡a mí!

--Sí, verás. Y diciendo _verás_, hizo con el brazo derecho un raudo y enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara, que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».

Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas corrieron espantadas al auxilio de su jefe;. pero por pronto que acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente;. y después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.
Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor, venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las suelas de las botas».

Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios la que se arma allí.

«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?».

--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--. Una persona decente... --Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto?

--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora.

--Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?...
¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela, ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja.

La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el vestido para aflojarle el corsé.

--Quien va a ir a la cárcel es esa--chilló la agresora, frenética, revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había disimulado en ella--. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado... Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... _Aquella_ es un ángel, yo otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la casa_, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la tiene que pagar, me la tiene que pagar.

--¡Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegándose a ella con ademán amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el polvo ahora mismo.

--¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las indecencias que hace esta... --Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!, llamar a una pareja.

La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!...
¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?...
¡Ah!, esa mujer...».

--Sí, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían acorralada--. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera de las tunanterías de su niña... Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía --dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a la prevención...».

--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados.

--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta.

--No, a la cárcel no--dijo la víctima, haciendo gala de generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.

--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.

--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--. La perdono.
Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.

Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.




--vii--.


La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de la _Pitusa_, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».

--¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no quiere recibirme?

--No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos vueltas.

--¿Y el niño?--Sigue tan dormidito.--Esperaré un rato--dijo la santa dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para pedir limosna--¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le faltará quien mire por él.

Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?--le dijo la dama--. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no tiene prisa, que ya no puede tardar».

--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!

--¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?

--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero, y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más ascendiente con esta mujer?».

--Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.

--No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa... --Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted?

--Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia); pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama, entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella.
Aconséjele usted esto.

--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está muy entusiasmada con él.

--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto tiempo sin mamar... No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño.
No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío, esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla, y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».

Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta, cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted médico?».

--No, señora; soy farmacéutico.

Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento: «Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo que esperan, y la casa está cerrada».

Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.

«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted llave?».

--¿Llave yo?--La del campo--indicó Ballester con mal humor, discurriendo que maldita la falta que hacía Maxi allí--. Más vale que se vaya usted, amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.

--Esperaré yo también--contestó el otro sentándose debajo de Ballester.

Y volvieron a oírse los desesperados gritos del _Pituso_, y Guillermina no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».

Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca había visto tan de cerca.

--Pues estamos lucidos--añadió ella--. Ya somos tres. Y esto va picando en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta... Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo, señor de _Platón_... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la gente. Si somos amigos usted y yo...».

--Señora--dijo el _modelo_ con un gruñido--, cuando el endivido tiene necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.

--Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el _Pituso_!

--¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!

--Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene alborotado todo el asilo.

--¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que... --Ahora está usted como quiere, Sr. de _Platón_, según he oído, ganando unos grandes dinerales con la pintura.

--Defendemos el santo garbanzo, señora... --Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande no se le ocurrirá engañar a la gente.

Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara de conversación.

--Si la señora quiere, no miremos pa tras.

--Si esto no es mirar _pa tras_... Vamos, que ahora, si usted estuviera mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con moneda falsa, sino con legítima.

Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar, y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la paciencia en absoluto...».

Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la calle de Esparteros...».

Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo--repitió ella--, que vaya una comisión a la calle de Esparteros... ¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?».

--No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad Rodrigo y Cava,. como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por ejemplo... Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este chico dice--indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores--, me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto».

Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el lugar más alto,. abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida!
Pero qué, ¿no está esa diabla?

¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D. Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores sentarse a gusto...».

--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo la seguridad de que él la encuentra.

Segunda llamó, y Plácido no estaba.

«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».

--Yo iré--dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya está aquí, ya está aquí».

--¡Ah!, ¡gracias a Dios...!--exclamó Guillermina sin intención de doble sentido--. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.

--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara arañada, o trae sangre o quizás piel humana en las uñas.

--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara, y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar... Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».

--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujándola--, callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda, tendremos que mirar por él.




--viii--.


Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante, Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven, cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!...
¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».

Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».

--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a las greñas... --Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.

--Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted que su cuenta con _la Samaniega_ está ajustada.

--Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda a su hijo... --Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie. Ni con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está ahora de mi parte. Y _ella_ también está ahora de mi parte, ¿verdad?

--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).
Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro), porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le recogeremos para tenerlo con nosotras.

--¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora.
¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada más.

--Sí... quien te conozca que te compre.

--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de las tres, y tendrá tres madres en vez de una... A la santa le hizo gracia aquella extraña idea.

«Mire usted; después que Dios me ha dado al _hijo de la casa_, no le guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos... Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá segunda, y usted la mamá tercera».

«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice!
(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...».

Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo:. «Está esa mujer excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?».

--Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta noche. ¿Dice usted que está excitadísima?

--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted.

Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven: «Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le decía: --Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí?
¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?

--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.
¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza, me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.

--¿Pero no está...?--preguntó la dama llevándose a la sien su dedo índice.

--A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual, quiero decir, con la _Fenelona_. Yo no me fío de la cordura de este caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae algún arma. No me gusta nada verle aquí.

Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a _Platón_ para contarles lo que había hecho,. y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad.
Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación?
Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su vida infatigable.

«Vamos--pensó la fundadora--, ¿a que tirando por la calle de en medio salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.
Oiga usted, caballerito...».

--Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino diciéndole:. «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la canonizaremos y la pondremos en los altares».

--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--. Y a mí me parece que el santo es usted.

--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido... --Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor!

--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento... Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando, y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar de todas las cosas... Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.

«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello, encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello--decía yo--que me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía sueño,. y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia,. y consideré que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad, matando a esa infeliz, con lo cual la redimía,. porque yo he dicho siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'».

Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter baza.

«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer?
Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad.
¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?».

Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar, le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más salud tendré allá'».

--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi sistema, esta es mi vida.

Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.
Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de este modo:. «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de la cordura; pero...».

--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.




--ix--.


Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del café de Gallo con un _grande_ de limón, ponchera y copas. «La señora--dijo él queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza con limón».

--¡Quite usted allá!--replicó la dama--. Yo no bebo esas porquerías. Se lo agradezco... A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a ponerse a sus órdenes.

Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla, al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares, ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón estaba jugando a las damas con Izquierdo.

Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad.
Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo.
Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le había puesto en cuidado.

_Platón_ se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los brazos a su hijo--. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto tan oscuro...».

La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola.
Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño, y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te quiero comunicar».

--Dímelo, dímelo prontito--indicó ella, que sin saber por qué, esperaba de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás consoladoras.

--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirmó Rubín con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían de hacer en ella--. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos para mí.

Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro como leemos una noticia en _El Imparcial_. Yo lo sé todo; nada se me oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello».

A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la deje de querer...».

--Y ahora la va a querer tanto--agregó Maxi impasible y frío--, la va a querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos.
La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos.

Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano.

«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo».

La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.

«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco, adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían, etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».

--Cállate, cállate o verás...--dijo Fortunata amenazándole con el puño, y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido le inspiraba--. Yo también sé verdades y te voy a decir una.

--Pues dímela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor... Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y qué más?» dijo.

--¿Te parece poco?--prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba, tenía espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doña Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías?

--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del vicio.

--_¡Tiologías!_--gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como una actriz en pasaje de empeño--. Si tú hubieras tenido tanto así de dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre, cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las venas... Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea--dijo entrando--, bastante hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar soleta...».

Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho, echó los brazos hacia adelante,. clavó los dedos de una mano en el hombro de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con los ojos, le gritó de este modo:. «Marido mío, ¿quieres que te quiera yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres... Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...».

Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.

«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas a mí...».

Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.

«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--. Déjate de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina, matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora mismo...».

Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más?
Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos, ¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti... ¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te crees?...».

Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.

«Sí... quererte a ti--añadió ella--. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de _tiologías_... ¡El amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más rica...!».

--Vamos, ¿qué _yeciones_ son estas?--clamó Izquierdo, tirando a Rubín de un brazo--. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.

--Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar juntos... ¡Vaya!...

Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote, estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus ojos echaron chispas, y cuando dijo _matarles, matarles_, su voz sonó en falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que fue víctima en Cuatro Caminos.

«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--. ¡Hijos ella!... En el infierno los tendrá...».

Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los hierros de la cama.

Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho de ver al filósofo otra vez allí.




--x--.


«¡Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar hasta la puerta al señor de Rubín--. Hay que tener mucho cuidado con él y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?...
Buena moza, ¿cómo va ese valor?».

La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.
«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo también el _percloruro de hierro_ y la _ergotina_, por si acaso... Mucho cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la entrada».

Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus lengüetazos.

«Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para sí, contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir--:. ¡Qué hermosa está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene _sugestionada_... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».

El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como él.

«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?...
Mi hijo chupa, chupa y no saca...».

--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le ha dicho a usted alguna tontería?

--Tontería no... verdades...

--¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?

--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.

--Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.

--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo yo.

Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.

«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted... Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».

La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la antiespasmódica.

«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace por mí!».

--Todo y mucho más se lo merece usted, carambita--replicó el farmacéutico con efusión de cariño--. Hemos de ser muy amigos.

--Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.

--¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está hecho un santo... --Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!

--Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia y comer yerba.

--Cállese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias.
¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como si fuera mi cara mitad.

--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.

--Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer _La Correspondencia_ o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de centinela.

Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El _modelo_ se fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas palabras de que los niños deben estarse calladitos.

«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando».

--Pues si te secas--le contestó su tía, que hasta para consolar era regañona y desapacible--, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos un ama, y a vivir... --Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido?

Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y para qué quieres que venga acá ese tipo?».

--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica, ¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no parezca por acá en mil años.

--Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche.

Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.
«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».

--¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la idea del tiempo... La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me lo creería».

Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello, porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se dormía en pie.

A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del _artículo_ de amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como el de una vaca suiza. ¡Género excelente!».

«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada en aquel asunto--;. y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad».

Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la casa de esta, bajó a la suya,. y en la salita, tapizada de carteles de novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no mama?»--«Pues ahora están los dos callados... _Paice_ que duermen».--«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar en la escalera, les deslomo».

Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda, oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo, para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el ama».--«Bien está, bien».--«Yo estaré a la mira; ya las tengo apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche, creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo yo un ojo... En fin, mucho cuidado».

Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera, el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo, cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre».

Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga: «¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo».

La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar ciertos asuntos de reconocida profanidad;. pero cuando salían por el patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita, diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!».

--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!...
Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia... --Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose... --Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la moderna.

--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es; aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero cállate, que aquí viene tu señora suegra... Barbarita y la pareja se encontraron.

«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».

--Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta, allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano».
Conque bien puedes darte prisa.

--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--. Que tenga paciencia, que también la tienen los demás.

--Y vosotras, ¿de dónde venís?

--¿Nosotras? De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo.

--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas.

--¡Qué graciosa estás hoy!...

--Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro _Pituso_?

Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro timo?».

--Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; _no tiene hoja_, como el otro, por quien perdiste la chaveta.

--¡Bah!, no quiero oírte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.

--Oye... mira--dijo Guillermina llamándola...--Cuando salgas, date una vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande.
Aguarda, oye; te compras una buena cuna... La dama se reía; todas se reían.




--xi--.


El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre; pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza, aunque esta fuese bajada del Cielo;. insistía en que tenía leche; el niño berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la verdad... «En fin, señora--agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda--; que a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella quiere es que la criaturita perezca...».

Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala.
«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien».

--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora... Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra sí, que me temo que en una de estas le ahogue.

--Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de amansarla.

Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad, demostrando un gran interés por ella y por su niño.

«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--. Tenía yo ganas de que viniera para decirle una cosa...».

--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.

La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza; pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.

«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo que usted me diga lo creeré».

--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No sabía yo que soy bruja... --No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande, que no creo que me lo perdone Dios.

--¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y acariciándole la barba).

--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a _ese_ y a _esa_... sobre todo a la francesota, infame, traicionera... Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es, sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y me ha parecido muy razonable».

--La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros, crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.

--Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.

--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.

--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la pecadora.

--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!, ¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?

Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante, no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría.
Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».

--¿De modo que a esta tía _monstrua_ no se le da un castigo?... Eso sí que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.

--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.

Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le cayó la lotería».

--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volviéndole a coger y estrechándole contra sí.

--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.

--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y ardor).

--¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones.
También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin, estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar.
Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará usted?

--Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña, al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin embargo no ser una mala.

Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no me devuelve esta?».

--¿Qué?--Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito y su _santificación_, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de en medio?

Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que mentir para no darle la razón.

«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--. ¡Jacinta desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».

--Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que yo me muera?...

--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?
(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo, y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen.

Con un _ju ju_ melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.

«¡Ay!, ¿no lo cree?...».

--¡Que me desea bien a mí!

_Tie_ gracia.

--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada... --Pero de eso a que me mire con buenos ojos... --Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que la perdone debe darse por satisfecha... --¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?

--¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de Dios, ni nada, no comprende esto.

--¿Y podría ser mi amiga?...

--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que después de lo que ha pasado partan un piñón...

--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--. Por más que usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé vueltas.

Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la mañana».

Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».

--Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!

--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame (bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?

--¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?

--Con aquel que se murió de repente... --Cállese, cállese o le pego... --No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito de duda.

--¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...!

--Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un ángel.

--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas... --No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro que sí... Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar... «Quedamos en una cosa--dijo levantándose--;. mañana vendrá el Padre Nones para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice Estupiñá...».

--Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.

--El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que yo mando--declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los cuales nadie se podía oponer--. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El _excelentísimo_ señor de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto.




--xii--.


Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano, a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de relaciones con ella. En la sala cuchicheó la _ministra_ con Segismundo contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, _la de los Pavos_ estaba aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará?
Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.

Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso que Ballester le explicase qué traía por allí.

«Pues nada, que _la ministra_ esa quiere meter las narices, y ver a usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán».

--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la veo. Y de mi marido, ¿qué dijo?

--No le nombró.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?

Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le dijo que los Rubín grandes y chicos,. así los de carne y hueso como los que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino pasando sobre su cadáver.

Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D. Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si lo necesitara».

--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que Plácido es todo _de la casa_, y desde chiquito no hace más que llevar recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo ahora a _la mona del Cielo_, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?

--¿Cómo he de dudar eso, criatura?

--Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye decir.

--Está usted viendo visiones. Bueno va... --Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme... ¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más... Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora?

--Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada... ¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de la corte celestial...!

--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?

Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la conversación a un terreno insignificante;. pero Fortunata se las componía para volver a lo mismo, a que ella y la _Delfina_ iban a ser uña y carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester, yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar ningún trabajo. Lo siento yo aquí _entre mí_».

--Depende también de las personas con quien uno se junta--le dijo su amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí, ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja.
¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre _pensador_, mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras.

--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de generosidad, que en ella era tan común--. Yo tengo _guita_. Si quiere mandar a paseo a _las Samaniegas_, mándelas. Que se fastidien, que se arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su madre y para el _pensador_, hasta que encuentre otra botica. Tenga confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_.

Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que _diese con la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se presentara.

Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién he visto?, a la tía esa, _la de los Pavos_. Fue a buscarme al cajón, muy ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice que _las Samaniegas_ están trinando contigo, y que la viejona aquella, doña Casta, no parará hasta no verte en el _modelo_. ¡Qué comedia!
Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, _la Fenelona_, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta, que eso no es más que envidia».

La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme!
Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».

Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto, tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».

Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que viniese conmigo...?». La idea de asociar a _Platón_ a su temeraria empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea.
«Pues lo que es mañana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, mañana tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...».

Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me diga que este no es el _hijo de la casa_, le saco los ojos. _Él_ no puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma.
_Él_ no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío, que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien, porque lo seré, lo seré».

Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi niño es de quien es, y no hay otro en _la casa_, ni le habrá, ¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».




--xiii--.


Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía, por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José Izquierdo,. pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le enderezaba un cañón;. pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que usaba--. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y el pobrecito no tiene qué mamar?».

Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una cosa?--le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara--. Tienes calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos _la de los Pavos_ y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica, no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y... chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...!
Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes.
Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle; pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero, dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas».

Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta;.
pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la cara anegada en llanto.

«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras ser _títulas_; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me _paice_ a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan».

Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad.
Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta, y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta, resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven, echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron, cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.

Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú?
--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--. ¡Ah!, ya te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana.
Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión clara y enérgica de él. «Si me descuido--pensó con gran ansiedad--, me cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!...
Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo... Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D. Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba... Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia, tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré mucho».

En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?...
¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre... Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».

--Sí, señora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes más oficiosos del mundo--. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha encargado... --Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje, que me tiene que escribir una carta.

--¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué medicamento quiere?

--Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero.

--¡Que se muere! Vamos... no bromee usted.

--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo... --No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tardó cinco minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido--dijo Fortunata con mucha animación--; hágame el favor de escribir... Aquí no hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...».

--Yo...--repitió Plácido.

--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy!
¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así?

--«Lo mala que he sido...».

--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D. Plácido, ese _mono del Cielo_ que su esposo de usted me dio a mí, equivocadamente...». No, no, borre el _equivocadamente_; ponga: «que me lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada.
Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero _Pituso_. Este no es falso, es legítimo y _natural_, como usted verá en su cara. Le suplico...».

--«Le suplico...».--Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por _natural_ suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma... Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue encontrado el documento. «Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi amiga doña Guillermina».

--Pero no vale sin transferencia--replicó el hablador examinando el papel.

--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mío, y yo lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré muchas firmas debajo, y verá si vale.

Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se le mandaba.

--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la palabra--, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no me moriré tan santamente... como quiero morirme.

No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--. Pero al mismo tiempo, si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara con cara. «Fortunata... _Pitusa_» murmuró echando _talmente_ la voz en el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo: «_Nene_...».





--xiv--.


«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado).
¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas; se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído).
Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!, hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión.
Voy a tocar otro registro (con malicia).

Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá... ¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita.
(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia.
Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».

Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han robado, nos le han robado...».

--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupiñá cogiéndola por un brazo--, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos, y no sea usted mamarracho.

--Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? _Paice_ que te han dado cien puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...

--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--. ¿Dónde vive? Yo le avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le falta.

--¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido--exclamó Segunda, descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.

--¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se muere?

--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.

--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa de Socorro.

--A la cárcel... es donde tiene que ir usted.

Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. _Platón_ vacilaba, no dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.

«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirmó el anciano, dando una patada--. El chico está donde debe estar, y bien saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».

--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina, que si no era ya cadáver, lo parecía--. Dinos lo que te han hecho, dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...

--Usted--dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.

Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. _Platón_, comprendiendo por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle del Ave María.

La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».

Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado.
Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no acababa de comprender el _robo del chiquillo_, no se atrevió a mentarlo ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes dosis de _ergotina_; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba;. pero la vida no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano, trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo.
Calladas, se hablaron mirándose.

«El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mandé recado al salir de casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza.

«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».

En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír aquello del _rasgo_, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción.

«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar.
Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.

«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».

Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el techo.

«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por mí, por _el mono del Cielo_, que debe quedar aquí rodeado de bendiciones, no de maldiciones».

Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar--le dijo la santa--; basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma, sino una parte de ella afirmase.

«Más, más claro».

Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.

«Así me gusta».

Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que parecía inspiración poética o religioso éxtasis,. y vencida maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...».

Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.

«¡Ángel!... sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien. Amiga querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho por allá».

La _Pitusa_ no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo por mí, para que yo me quede tranquila».

Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo ve?...».

--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo quisiera... Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, _maestra_» dijo el anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... _mona del Cielo_».

Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido... cabeza trastornada».

Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo principal es tener un interior puro, un...».

La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse.
Fue sin duda aquello de _soy ángel_, y luego inclinó la cabeza como quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz dijo: «Maestra, maestra, venga usted».

Entró Guillermina y ambos la observaron.

«Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...».

La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto que vivo.




--xv--.


Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía,. y llegándose al cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó multitud de besos en su frente y mejillas.

«¡Ah!, señora--dijo a la fundadora, secándose las lágrimas--; veo que se asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida... digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien; yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede imaginar».

Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos,. y sentado a la cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.

«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo.
Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...».

--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre. ¿Qué necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al buen entendedor... No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín, y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla, observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil, tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse.
Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.

Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara un escándalo,. el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz, y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con el cual quiere fusilar a las pobres _Samaniegas_ y a otra persona que suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle».

--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera, coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted dirá que esta ostentación no viene al caso.

--No, yo no digo nada.

--No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos, y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar, ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando?

Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había llegado doña Bárbara.

Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba en su poder,. como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de existir aquella mañana,. y se maravillaba de notar en su corazón sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura,. pues entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de la herencia del _Pituso_, envolvían, sin que la inteligencia pudiera desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio, la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de darse un abrazo.

Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al _mono del Cielo_.

Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una escena memorable.

Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su dignidad) a manifestarse sinceramente consternado,. pues el caso no era para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima, abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó admirablemente, para que pasaran,. terminando por afirmar que el chico era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y legítima esposa.

Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que apenas pudo él contestarle,. y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna, cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la estimación a su marido,. y la ruina de la estimación arrastró consigo parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz,. y ante el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba, el pobre hombre padecía horriblemente,. porque era para él muy triste, que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo, experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables pérdidas y del vacío de la vida,. sensación que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.
Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.

Durante algún tiempo, el _Delfinito_ siguió en casa de Guillermina, donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el tiempo atrás,. de mudar y trastocar las calidades de las personas, poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más allá,. haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de Juan Evaristo;. recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella... Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían las muchas cosas malas que pasan...».




--xvi--.


En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur, Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de Fortunata,. que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo mejor;. a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que había allí elementos para un drama o novela,. aunque a su parecer, el tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con selectas razones de una y otra parte,. quedándose cada cual con sus ideas y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe lo que trae entre manos.

En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín, delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta imagen--dijo a su amigo--, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también eliminación».

Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida);.
porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en la cabeza la idea de que era un ángel,. sí, ángel disfrazado, como si dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por causa de la muerte, probarme que es verdadera... Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con la mía».

A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y le daban la comida por un tragaluz,. no atreviéndose a entrar ni la señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el rostro y las ropas en desorden.

«¿Qué?--le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle--.
¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester, y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados».

--Ballester--dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un letargo.

--El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues prométame tener juicio.

--¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna vez ni tanto así del juicio?

--¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va... --Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubín con relativa serenidad levantándose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo, más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por qué, por qué fue?

--Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque _semos_ muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo, cuando de repente le dio por comprar un revólver...

--¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye usted?, como ella sabe querer.

--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.

--Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel estado de virtud en que me hallaba.

--¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.

--Volveré--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en cambio del sacrificio que le hice de mi razón,. y luego nos consagraremos ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.

--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede realizarse, porque falta una de las partes.

--¿Qué parte?--La que ponía el amor, ese amor tan sublime y... delirante.

Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos ni atenuaciones, concluyó así:.

--Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace hoy ocho días.

Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea Dios, bendito sea!».

Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena de su sobrino,. y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y atisbadora.

«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--. Ya está bien. Pasó el arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».

--Y ahora también, y ahora también--afirmó Rubín con maniática insistencia--. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de cálculo.

--Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.

--¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).

--Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe esta alhaja?

--Mi ropa, tía, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.

Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe:. «Mire usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la difunta y una corona de rosas...».

--¡Corona de rosas!--exclamó _la de los Pavos_, que con toda su diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.

--De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted se ría.

--No, si no me he reído. Pues no faltaba más.

--Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora, para que lo vea.

Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón.
Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos;.
pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién ocupadas,. y paráronse delante de una en la cual estaban aún los albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas.

«Aquí es--dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda, en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del fallecimiento--¿Qué dice ahí?».

Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía _de Rubín_. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio, brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas mis penas me están saliendo por los ojos».

Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un entierro con bastante acompañamiento.

Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, expresó a su amigo estas ideas: «La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.
Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.
Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de Dios!, que me la ha de pagar».

--Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.

--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me hizo tanto daño;. yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí.
He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?
Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día en que la conocí;. adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma;. la veo adornada de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como en un espejo;. la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le imprimían;. ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros;. ahora no temo las traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se acercan;. ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea,. y nos adoramos con pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.

--Era un ángel--murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le comunicaba algo de aquella exaltación.

--Era un ángel--gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla--.
¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...!

--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--. Lástima de mujer... ¡Si viviera!


--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero muerta... --Y yo también--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos los que se consuelan así!

--¡Dichosos mil veces, amigo mío!--exclamó Rubín con entusiasmo--, los que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.
Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz, muy feliz.

Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui al oírle expresarse de este modo, y respondió:. «¡Ay, hijo mío, si ya te tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se desdijera;. y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da».


Madrid.--Junio de 1887.

FIN DE LA NOVELA.

* * * * *
unit 1
-IV- Vida nueva.
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unit 2
--i--.
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unit 7
--Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia).
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Tengo que hablarle.
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--Yo no paso.
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Vengan los cuartos.
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unit 11
No tengo ganas de conversación.
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Pero el tesón podía en él más que el liviano apetito.
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«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre!
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Si le voy a dar la _guita_.
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No tendrá usted mejores inquilinas que nosotras».
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unit 17
--Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda.
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unit 18
No... Yo no paso; no sea majadera.
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--Pues mudarse.--Pero, hijo, ¡qué _tiranístico_ se ha vuelto!
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unit 22
¡Y hay cada agujero!...
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Yo no puedo vivir entre tanta suciedad.
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¿Sabe lo que le digo?
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--Eso es otra cosa.
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No podemos.
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El mes pasado me gasté más de veinte mil reales en reparaciones.
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Conque, despácheme, que tengo prisa».
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--¿Pero se ha vuelto usted cohete?
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Siéntese un momento.
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Dígame una cosa... --No tengo que decir cosas.
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Que me voy... --¡Ay qué pólvora de hombre!
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Mire que así va a vivir poco.
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--Mejor.
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Bastante he vivido ya.--Siéntese.
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En seguidita le doy el dinero.
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Pero dígame una cosa que quiero saber.
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¿De quién es ahora esta casa?
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--Eso a usted no le importa.
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¿Cree que estoy yo para perder el tiempo?
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La casa es de su amo.
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Le repito que no tengo ganas de conversación.
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¿Es que quiere usted comprar la finca?
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Vamos; al avío...
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Ya sabe que soy hombre de pocas palabras.
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--¿De pocas?, ¡digo... pues si lo fuera de muchas...!
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Si usted el día que nació estaba charlando por siete.
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Dígame... ¿de quién es la casa?
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unit 53
--De su amo.
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unit 56
¿Pues y las paredes?
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Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras.
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unit 62
Es amiga mía».
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Adiós; que haya salud...
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¡Ah!, me olvidaba: cuidado con los tiestos de la ventana.
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unit 68
Es un jardín... Me parece mucho peso... ¡Qué vistas tan hermosas!
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unit 69
Mal año ha sido este para los puestos de Navidad.
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Están los pobres vendedores que trinan.
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Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me parece que tenemos nieve.
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unit 72
En toda mi vida no he visto un invierno tan frío como este.
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unit 73
¿Sabe usted que se murió el sordo, el del puesto de carne?
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Anoche... de repente.
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Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer, y... ¡qué vida esta!...
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En fin, voy a ver si les saco algo a los del segundo de la izquierda.
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Me deben cinco meses.
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¡Ay qué gente!
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--¡Ah!, sí... ¡la culpa la tiene usted que es lo más habladora...!
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Abur, abur... Fortunata no salía nunca a la calle.
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¡Qué vueltas da el mundo!
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Y cuando don Plácido le cuente que soy su inquilina, ¿qué dirá?
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¿Se pondrá furiosa y querrá echarme a la calle?
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unit 91
Tal vez no, tal vez no...».
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«Me cegué, no supe lo que hice.
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Tan pronto se le ocurría que sí como que no.
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Ya afirmaba la culpabilidad de _la mona del Padre Eterno_, ya la negaba.
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Lo sabrá también el confesor de Jacinta, si es que lo ha confesado.
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Pero nadie más, nadie más.
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Pues no sé qué daría yo por salir de la duda.
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A ninguna de las dos nos quiere.
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Por más que digan, yo me he afinado algo.
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Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates.
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Como no se me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea.
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Esto en el caso de que sea honrada, porque si no, no me rebajo.
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Cada una tiene su aquel de honradez».
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unit 123
Pasaba sin pensarlo a otro eslabón.
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Esto que yo tengo aquí _entre mí_, no es humo, no.
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¡Qué contenta estoy!...
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Dirá que es mujer legítima... ¡Humo!
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unit 131
Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la boca».
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unit 133
--ii--.
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unit 144
Se ha metido por los soportales.
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¿Pero cómo es que le dejan salir solo?
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¿Se habrá puesto bueno?
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¿Estará mejor?
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¡Pobre chico!...».
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«Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle.
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¿Pero quién está segura de ningún secreto en estos tiempos?
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Eso tendrá que ver.
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No; yo tengo que estar con mucho cuidado.
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Ni a Cristo le abro yo la puerta.
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Y voy a decirle a mi tía que necesito tomar una criada.
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¡Sola todo el día en esta jaula!...
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¡Ah!, gracias a Dios; ya siento el llavín de mi tía, que entra.
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unit 164
Tía, tía, ¿es usted?».
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unit 165
--Yo soy, ¿qué se te ocurre?...
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--Nada; ya estoy tranquila.
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Y luego tornaba para acá, ¡plam!...
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¡ay!, era la última.
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El viento entonces se largaba refunfuñando.
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unit 176
Empezaba esta, y le respondía la otra.
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Llamábase Encarnación y parecía muy formalita.
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No abras nunca la puerta a ninguna persona que no sea de casa.
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Conque fíjate bien en lo que te mando.
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Tu tía te habrá hecho la misma recomendación.
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unit 187
Si no nos obedeces, ¿sabes lo que hacemos?
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unit 188
Pues cogerte y mandarte a la cárcel.
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La chica cumplía estas órdenes al pie de la letra.
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Un domingo llamaron.
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unit 193
Miró Fortunata por los agujeros de la chapa.
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Era Ballester.
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«Dile que pase».
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De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacéutico.
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«¡Qué deseos tenía de verla a usted...!
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Hay mucho cuidado para que no se entere de nada.
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--¿Cómo todavía?
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Me ha dicho doña Lupe que será en Marzo.
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Estamos a 20 de Febrero.
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«Me voy a permitir hablar a Quevedo.
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Debemos estar prevenidos...
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Quedamos en que vendrá Quevedo.
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No le faltará a usted nada.
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¡Qué caramba!
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Hay que afrontar las situaciones, y...
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¡Oh!, ¡qué cabeza ésta!
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¿Pues no se me olvidaba lo mejor?
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(metiéndose la mano en el bolsillo).
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_La ministra_ me ha dado para usted este paquetito de dinero.
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Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos de algún dinero.
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Pero ya se lo preguntaría cuando volviese.
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«A fina me ganará; pero a orgullosa no».
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-V- La razón de la sinrazón.
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--i--.
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Pero estos temores no se confirmaron.
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Ni una sola vez dejó de entrar a la hora que se le mandaba.
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Una diferencia había entre la deambulación pasada y la presente.
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Ahora dilucidemos si está en Madrid o fuera de Madrid.
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Es inverosímil; pero propongámosla.
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En tal caso, ¿qué persona sería esta?
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En todo rigor de lógica tiene que ser Torquemada.
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_F._ quiere decir _ella_.
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unit 293
Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razón.
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A veces se decía: «Rechacemos todo lo fantástico.
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No admitamos nada que no se apoye en la lógica.
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¿De qué vive?
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¿Vivirá honradamente?
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No aventuremos ningún juicio temerario.
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unit 299
Podrá vivir honradamente y podrá vivir de mala manera.
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unit 300
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Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos.
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unit 302
Veo, oigo y pienso.
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Así sabré todo lo que quiero.
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Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy.
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Dichoso el que piensa bien, porque él está en grande».
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unit 309
Allí le llevaban el café.
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Pensando, pensando, acertó al fin.
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¿Qué sucede?
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Que todos piden orden.
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O hay lógica o no hay lógica.
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unit 342
unit 343
Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le aplaudo».
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unit 346
No señor.
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unit 349
No señor.
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¿Qué se desprende de esto?
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Este había dejado en la silla próxima un envoltorio.
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«Esa bota es de ella... ¡ay, de ella es!...
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La conozco, como conozco las mías.
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No la lleva a componer porque está casi nueva.
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La lleva de muestra para que le hagan otro par.
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Es muy presumida en cuestiones de calzado.
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Le gusta tener siempre tres o cuatro pares en buen uso.
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¿Y por qué no las lleva ella?
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Porque no sale.
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Luego está enferma... Enferma, ¿de qué?».
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--ii--.
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«Justo--discurrió Maxi sin decir una palabra--.
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Allí está su zapatero.
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Arenal, 22...
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Lo que me falta saber, podría averiguarlo siguiendo a ese bárbaro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
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Pero no... Con la lógica y sólo con la lógica lo averiguaré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
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¿Para qué quiero esta gran cordura que ahora tengo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
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Con mi cabeza me gobierno yo solo».
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unit 383
Este y José cambiaron unas palabras.
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unit 385
Subo a largar esto: Varas de cinta... jabón... demonios, dátiles.
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unit 386
Voy cargado como un santísimo burro».
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unit 388
--¡Dátiles!...
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unit 389
¡Cuántos le he comprado yo!
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unit 390
Las golosinas la venden.
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unit 392
Come dátiles... luego no está mala; los dátiles son muy indigestos.
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«Ha tardado doce minutos.
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La descubriremos por la lógica.
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unit 398
Cálculo, puro cálculo...».
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unit 405
No cuentas con que mi cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio.
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unit 406
A buena parte vienes.
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unit 407
Verás cómo destruyo tus sofismas y mentiras.
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unit 410
Me conviene hacerles creer que me lo trago.
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unit 411
Con mi lógica me las arreglo admirablemente y me río del mundo.
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unit 412
¡Qué bonita es la lógica; pero qué bonita!
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Pero vámonos a mi casa, que mi tía me espera».
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Basta con eso por ahora».
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unit 421
Vamos bien, vamos bien.
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Al fin podrá usted volver a sus ocupaciones ordinarias.
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unit 424
Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad.
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unit 426
La antiespasmódica la llevaré yo».
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unit 427
El comadrón tomó el paquete y se fue.
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unit 432
Y como vio allí al sobrino de doña Lupe, no dijo más.
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unit 434
«¿Ves como salió?
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unit 436
Vaya, hasta poeta me estoy volviendo.
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Lógica, lógica, y nada más que lógica.
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unit 440
Porque esto no es nuevo para mí.
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unit 442
¡Misterios del cerebro, desórdenes de la ideación!
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unit 444
El calor se transforma en fuerza.
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unit 445
La poesía se convierte en razón.
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unit 446
¡Qué claro lo veo ahora!
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unit 448
Se esconde para que no la vea nadie.
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unit 449
El suceso se aproxima.
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unit 450
La asiste Quevedo.
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unit 451
Para ella son el cornezuelo de centeno y la antiespasmódica.
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unit 452
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¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma cordura!
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unit 454
¡Dios mío, qué talento tengo!
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unit 455
¡Qué manera de discurrir!...
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unit 457
'Todavía no hay nada', fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava.
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unit 458
Presunción equivocada, falsos síntomas.
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Luego la cosa está próxima.
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unit 460
Estamos en Marzo.
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unit 461
Bien, no me falta más que averiguar la casa.
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unit 465
unit 468
Fuese hacia él, movido de lástima, y le preguntó lo que tenía.
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unit 472
--Déjeme usted...
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unit 474
Ya, ya me entra, y no lo puedo remediar.
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unit 475
Tendré que ausentarme, para que no se burlen de mí.
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unit 479
--¡Ah!...
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Así es el mundo.
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--Eso está muy bien discurrido.
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unit 489
Creo que es el quinto.
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unit 492
¿En qué plaza, camaraíta?».
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unit 494
unit 496
Denle un poco de agua con aguardiente».
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unit 497
Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar.
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unit 499
A dormirlas a la calle».
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unit 500
Maxi trató de hacerle levantar la cabeza.
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«D.
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unit 503
¿Quiere que se las prepare?
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unit 506
Y volviendo al grupo principal: «Nada, hay que dejarle.
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unit 507
Eso le pasará.
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unit 508
¡Pobrecito!, me da mucha lástima».
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--iii--.
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unit 517
unit 520
Ya sé, pues, dónde está.
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Ahora, hay que proceder con sigilo y decisión.
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unit 522
Llegó la hora de castigar.
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unit 523
El honor me lo pide.
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unit 524
No soy un asesino, soy un juez.
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unit 526
Sus dientes empujan mis dientes, y ando'».
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unit 529
Le enseñaría todos sus pájaros y le daría de almorzar.
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unit 531
Su obesidad no le impedía ser ágil y diligentísima en aquella faena.
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unit 534
Con algunos sostenía _doña Desdémona_ conversaciones maternales.
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unit 535
«¿Qué dices tú, chiquitín de la casa?...
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unit 536
gloria mía... A ver, ¿tiene el niño mucha hambre...?
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unit 537
¡Ay qué pico me abre este hijo!».
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unit 538
Y los trinos ensordecían la casa.
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unit 541
La justicia humana no lo sabe fallar».
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unit 543
Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso.
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unit 546
--Vamos ahora a los pericos, que ya están alborotados.
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unit 548
Si siguiera viviendo, no se cumpliría la ley de la razón».
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unit 550
_Doña Desdémona_ hablaba por señas.
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unit 556
--Admirablemente, señora.
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unit 558
Nada, como la persona de más juicio.
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unit 559
unit 560
¿Y qué hay de eso?
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--Esta mañana volvió Quevedo.
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unit 562
Todavía nada... Esperando por momentos... Ella, con mucho miedo.
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unit 563
Algo más cotorrearon, pero no hace al caso.
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unit 567
Si tengo yo la cabeza como no la he tenido nunca.
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unit 571
--Crea usted que seguiré lo mismo.
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unit 572
Yo reconozco en mi cabeza una fuerza que nunca he tenido.
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unit 573
Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a usted ahora mismo.
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unit 575
Los engañadores son los engañados.
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unit 576
Doña Lupe empezó a alarmarse.
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unit 579
Y doña Lupe tan parada, que no sabía qué decirle.
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unit 582
Atienda usted y asómbrese».
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unit 583
unit 588
Y en cuanto al embarazo, es error tuyo y de tu maldita lógica.
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unit 589
¡Vaya con la salida!
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unit 590
El diablo cargue con tu lógica».
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unit 592
Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la evidencia de que es verdad.
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unit 593
Mí lógica no me engaña ni puede engañarme.
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unit 595
Doña Lupe no supo qué responder.
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unit 596
«¿He dicho algún disparate?...
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unit 597
¿Se atreve usted a sostener que lo he dicho?
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unit 598
Pues tomemos un coche y vamos a la Cava...
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unit 599
¡Ah!, no quiere usted.
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unit 601
¿Quién es aquí el cuerdo y quién no lo es?».
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unit 603
Alguien ha querido darte un bromazo, que por cierto es de muy mal gusto.
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unit 605
El conocimiento adquirido es obra del cálculo puro.
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unit 607
¿Cómo?
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unit 608
Pues no volviendo a hablar de semejante asunto.
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Se acabó.
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¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que arreglar?
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unit 621
Se ahogaba.
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unit 622
--iv--.
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unit 653
«Hola, hola--se dijo Maxi acechando--, ¿belenes tenemos?».
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unit 660
¿Y qué defensa hay contra esto?
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En las leyes ninguna.
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unit 663
No merece que se le mate por delante.
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unit 664
¡Traidor, miserable, ladrón de honras!
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¡Y esa tonta que se deja engañar!...
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«¡Ay!, ¿por qué no traigo un revólver?...
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Ahora mismo le dejaba seco.
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Si pasara por una armería, lo compraba... Pero si no tengo dinero.
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unit 672
La tía no me da más que los dos reales para el café.
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unit 673
Dios, ¡qué desesperación!
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unit 680
Lo que siento es que no sea por mi mano».
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Detuviéronse: Aurora parecía decir a su galán que no siguiese más.
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unit 685
unit 687
Creía que se le afilaban las uñas haciéndosele como garras de tigre.
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unit 688
En un tris estuvo que Maxi diese el salto y cayese sobre la presa.
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La lógica le salvó.
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unit 691
unit 693
A solas en su cuarto, fue acometido de una duda horrible.
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unit 696
¿Es verdad que les he visto, al infame y a ella, o lo he soñado?
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Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente.
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unit 701
¿Lo había visto, o lo había soñado?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 703
¡Tres horas esperándote!...
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unit 704
¿A qué tienes tú que ir hoy al obrador, si hoy no se trabaja?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 706
¿En dónde estuviste?
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unit 707
¡En casa de las de Reoyos!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 708
¿Y qué hacías tú tantas horas en casa de las de Reoyos?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 709
Tengo yo que averiguarlo...».
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unit 713
Durante el _presto con fuoco_, Maxi se decía:.
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unit 715
Un dato tomado de la existencia positiva me ha quitado todas las dudas.
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unit 716
Ahora no me basta con la lógica, necesito ver algo más... y veré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 717
¡Qué lección para mi mujer!
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¡Oh!
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unit 719
Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible.
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unit 720
Si la mato no hay lección.
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unit 723
Su maldad es necesaria para este gran escarmiento.
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unit 726
Tiene que enviar un recado a Lupe».
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unit 733
Mañana los verá... Vaya ahora a decirle esto a su tía.
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unit 734
--v--.
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unit 740
Esto lo sabían hasta los perros de la calle.
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unit 742
Segundo punto: Fortunata sería todo lo mala que se quisiera suponer;.
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unit 749
Bonito genio tengo yo para estas cosas... ¡Ah!
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unit 750
¡Pues si esa hiciera caso de mí, y se dejara llevar...!
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unit 755
No, esto no puede quedar así... ¡pobre criaturita!
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unit 768
unit 771
unit 772
D. Francisco acababa de llegar y se estaba acostando».
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unit 773
Doña Lupe no volvía de su asombro.
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unit 774
«Vaya, que lo toma con calma.
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unit 775
Más vale así.
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unit 776
¿Y esto es cordura o qué es?
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unit 779
--¿Yo?...
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unit 780
pero qué cosas tienes... Veo que es inútil hacer comedias contigo.
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unit 781
Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa... ¡Verla yo!
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unit 783
¿No piensas tú lo mismo?
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unit 784
--Exactamente lo mismo... ¿Ve usted lo frío y sereno que estoy?
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unit 785
--Así me gusta.
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unit 788
Tú no has de verla.
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unit 791
Si no me he visto nunca así, ni en mis mejores tiempos...
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Ya quisieran todos...».
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¡Como no se mate él!
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Es el egoísmo andando.
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Se necesita atrevimiento.
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unit 801
Muy rebajada está la talla de los empleados; pero no tanto...».
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unit 805
«Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?...
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unit 807
Por ninguna parte veo la solución.
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unit 808
Sí, lo que es el tiro me lo pego; vaya si me lo pego...
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unit 809
Lo malo es que no tengo revólver...
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unit 810
Se me está figurando que al fin y al cabo no me pegaré tiro ninguno.
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unit 811
Es uno así, tan dejado, que no se arranca...
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unit 813
--vi--.
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unit 814
Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo.
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unit 816
Rubín se dirigió allá palpitante de emoción.
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unit 817
«¡Dios!--se decía--; ¿será para darme la secretaría?
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unit 818
¡Qué cuña, si no es para esto, qué cuña, ya no aguanto más!
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unit 824
«Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».
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unit 825
--Muchas gracias, Sr. D. Jacinto.
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unit 826
Ya sabe que estoy a sus órdenes.
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unit 827
--Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa.
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unit 830
Le juro a usted que me conviene, _camará_.
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unit 831
Allá va la bomba.
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unit 832
Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera clase.
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unit 833
Rubín no pudo decir nada.
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unit 835
«Pues sí, gobernador de _mi_ provincia.
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unit 836
Quiero ver cómo arreglo aquello.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 837
Usted no tiene que entenderse más que conmigo.
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unit 838
El Ministro me da vara alta».
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unit 839
--Señor director--balbució Rubín--, disponga usted de mí.
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unit 841
Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 842
Creo que iremos bien.
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unit 848
En el café, aquella noche, hubo la gran escena.
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unit 852
Cánovas tiene para un rato.
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unit 853
Es hombre que entiende la aguja de marear».
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unit 859
«Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso.
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unit 860
Hoy ha machacado tanto que no he podido decirle que no».
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unit 861
--¡Pero qué callado se lo tenía!
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unit 864
«No le digo que sí ni que no, D. José.
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unit 865
Veremos.
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unit 874
¡Bonito genio tenía él...!
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unit 876
Él no pasaba ni pasaría por ciertas cosas.
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unit 879
Aquel destino no era _de su ramo_, y por tanto, no lo envidiaba.
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unit 882
unit 883
'¡Ah!, la Caña lo sabrá'.
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unit 885
¡Qué lío!
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unit 886
Nadie sabe una palabra...
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unit 887
'¡Ah!...
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unit 888
a ver... la Caña'.
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unit 889
Y la Caña les saca del apuro.
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unit 894
«Chico, yo se lo diré a Villalonga.
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unit 902
Me desprestigiaría, chica, y no podríamos seguir allí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 903
Esto no puede ser.
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unit 907
Ni que estuviéramos entre salvajes... Convéncete de que no puede ser.
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unit 909
-VI- Final.
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unit 910
--i--.
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unit 913
unit 915
¡Lástima de mujer!».
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unit 917
unit 918
¿Quiere usted verle?...».
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unit 921
«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--.
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unit 922
Tiene a quien salir por una y otra banda.
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unit 923
--Dos horas hace que está tan dormidito.
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unit 924
¡Qué ángel!
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unit 925
¡Y si viera usted qué pillo es, y qué tragón!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 926
Viene determinado a darse buena vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 927
Si lo viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 928
Me quiere mucho.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 929
unit 930
--Ya sabe usted lo convenido.
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unit 931
Seré padrino de Su Excelencia.
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unit 932
Usted me lo prometió la última vez que nos vimos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 933
--Sí, sí, y no me vuelvo atrás.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 934
Usted será padrino.
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unit 936
¿Qué le parece a usted?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 937
--Muy bien.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 938
Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.
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unit 940
Ambos se rieron.
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unit 944
«Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted.
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unit 946
--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--.
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unit 947
Si es una preciosidad.
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unit 948
Más perfecto es que las perfecciones.
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unit 949
Se lo enseñaré a usted desnudo, para que vea qué hermosura de hijo.
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unit 950
Estoy loca con él.
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unit 951
Me parece que han de venir a quitármelo.
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unit 952
Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!
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unit 953
unit 955
--¿Pero es de verdad?...
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unit 956
Quia: guasas de usted.
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unit 957
--No hija.
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unit 959
Está hecho un Salomón.
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unit 961
--Vaya, que hoy estamos de vena.
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unit 962
Ojalá fuera verdad lo que usted dice.
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unit 964
--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.
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unit 965
--¡Ay, no me lo diga, por Dios!
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unit 966
(asustadísima y palideciendo).
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unit 967
No sabe usted el miedo que me ha entrado.
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unit 968
Ya no voy a tener un minuto de tranquilidad.
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unit 969
¿Pero es eso verdad?
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unit 970
No se divierta conmigo, Ballester; mire que estoy temblando de miedo.
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unit 971
--¿Miedo a qué?
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unit 972
Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca.
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unit 973
Todas sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia.
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unit 974
Habla poco, y a lo mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas.
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unit 975
No le suelta a usted un disparate ni aunque se lo pida por favor.
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unit 983
unit 984
¿Sabe usted que el crítico y yo nos hemos hecho amigos?
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unit 985
¡Quién lo creería!
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unit 986
¡Tanto como yo le odiaba!
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unit 987
Pues verá usted.
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unit 993
unit 994
¿Pues qué cree usted?
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unit 997
Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la compra.
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unit 1001
Me quiere leer la obra y yo le he dicho que me la deje allí.
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unit 1005
unit 1006
Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy hasta la camisa.
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unit 1007
¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce!
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unit 1010
unit 1011
Porque yo le digo: «¿Con qué se van a mantener?
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unit 1012
¿Con la pieza?».
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unit 1016
Ya le he conocido siete _osos_, y lo que es a este no le pesca tampoco.
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unit 1017
Yo le he tomado bajo mi protección, y le he de salvar.
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unit 1018
¡Buen turrón le caía si se casara...!».
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unit 1019
--¡Qué risa con usted!
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unit 1020
¡Pobre Ponce!
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unit 1021
unit 1022
--¡Ah!, de buena escapó.
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unit 1024
No me pregunte usted quién es, porque no se lo he de decir...
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unit 1027
unit 1029
Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja.
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unit 1031
--ii--.
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unit 1035
Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas.
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unit 1041
Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco.
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unit 1043
«Ahora sí que no temo las comparaciones.
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unit 1044
Entre ella y yo, ¡qué diferencia!
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unit 1046
Yo no tengo la culpa de que la ley ponga esto o ponga lo otro.
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unit 1048
¿Para qué las han hecho así?
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unit 1050
¡Ah!, ¡qué envidia me va a tener cuando lo sepa!...
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unit 1051
¡Qué rabiosilla se va a poner!...
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unit 1053
«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará?
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unit 1054
¡No acabo de cavilar en esto, Dios mío!
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unit 1055
unit 1056
Como que se volverá loco con él.
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unit 1057
Y cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo!
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unit 1058
¡Pues digo, si doña Bárbara le viera...!
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unit 1059
Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve loca.
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unit 1060
¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta!
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unit 1066
unit 1069
¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo prisionera!
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unit 1070
Gracias que con su chiquitín se entretenía.
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unit 1072
unit 1073
«Pero, tía, ¿no se ha tropezado usted en la escalera con Plácido?
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unit 1074
Dígale que pase, que le tengo que hablar».
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unit 1078
--Ya se amansará.
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unit 1079
¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven sonriendo--.
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unit 1080
Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del Cielo.
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unit 1083
unit 1084
Vaya usted muy enhoramala».
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unit 1088
Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y su padre».
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unit 1090
«¡Qué feo es!...
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unit 1091
¿verdad, D.
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unit 1092
Plácido?--dijo la madre, radiante de gozo--.
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unit 1093
¿Qué, no le da un beso?...
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unit 1094
¿Cree que le va a pegar algo?
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unit 1095
Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido?
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unit 1096
Me parece que le va usted a querer... y él a usted también.
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unit 1097
¿A que sí?».
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unit 1098
El hablador murmuraba algo que no se oía bien.
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unit 1099
Estuvo un momento como indeciso entre el furor y la suavidad.
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unit 1102
Es lo que yo quiero, que lleve el chisme».
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unit 1106
A ver qué tiene que decir de mi idea.
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unit 1107
¿Qué se le ocurrirá?
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unit 1110
Que me presente uno como este... No lo presentará, no.
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unit 1111
unit 1114
La que yo quiero que lo sepa primero de todos es mi amiga _la obispa_.
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unit 1115
¿Apostamos a que viene a verme?
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unit 1116
unit 1117
¡Vengan sermones!
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unit 1118
No me importa; mejor.
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unit 1122
--iii--.
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unit 1127
unit 1131
Era domingo y ninguno de los dos tenía ocupaciones.
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unit 1134
Ido se había levantado y daba paseos por la sala.
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unit 1137
unit 1143
Luego sonó la campanilla y D. José fue a abrir.
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unit 1145
No tardó en oír cuchicheos en la puerta.
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unit 1146
¿Quién sería?
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unit 1148
Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento.
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unit 1151
¡Cosa rara!
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unit 1152
Ningún signo de hostilidad se veía en su cara ni en su ademán.
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unit 1155
«Tío, tío--dijo alzando la voz--.
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unit 1156
Encarnación...».
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unit 1158
Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.
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unit 1159
«¿Cómo diablos se llama este hombre?...
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unit 1160
Usted, venga acá...
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unit 1161
¡Ah!, ya me acuerdo.
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unit 1162
Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío».
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unit 1163
unit 1165
No te voy a comer.
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unit 1166
Estás equivocada si piensas que vengo de malas.
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unit 1173
Qué, ¿no lo crees?».
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unit 1174
Fortunata no sabía si creerlo o no.
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unit 1177
Maxi no parecía reparar en el niño.
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unit 1179
Ya entre tú y yo no puede haber nada.
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unit 1180
Nos casamos por debilidad tuya y equivocación mía.
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unit 1181
Yo te adoraba; tú a mí no.
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unit 1182
Matrimonio imposible.
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unit 1183
Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido.
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unit 1184
Yo me volví loco, y tú te emancipaste.
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unit 1185
Los disparates que habíamos hecho los enmendó la Naturaleza.
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unit 1186
Contra la Naturaleza no se puede protestar».
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unit 1188
«¡Ya sé lo que hay aquí!
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unit 1189
¡Pobre niño!
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unit 1190
Dios no ha querido que sea mío.
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unit 1191
Si lo fuera, me querrías algo.
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unit 1193
Más vale así.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1194
Yo no debí casarme contigo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1195
Bien lo pagué perdiendo la razón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1196
¿Qué debo hacer ahora que la he recobrado?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1198
Prepárate.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1201
unit 1203
pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo estaba loco?
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unit 1207
Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir.
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unit 1211
¡Ay, qué malo me puse!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1213
No me quiero acordar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1215
¿Te acuerdas tú?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1216
Fortunata respondió que sí con la cabeza.
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unit 1218
«Después me atacó lo que yo llamo la _Mesianitis_...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1219
Era también una modificación cerebral de los celos.
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unit 1220
¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un padre que no era tu marido!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1223
¡Ay, hija, qué malo es estar loco!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1233
¿No te admiras de verme como me ves?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1235
Cuando él ha venido sus razones tendrá.
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unit 1236
¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida?
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unit 1237
¿Qué derecho a matarte a ti porque se la hayas dado?
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unit 1239
--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--.
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unit 1240
¿Pero este hombre está cuerdo o cómo está?
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unit 1242
--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--.
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unit 1243
El derecho a nacer, ¿no es el más sagrado de todos los derechos?
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unit 1244
¿Quién me mete a mí a poner estorbo a ningún nacimiento?
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unit 1245
Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que viviendo aprenderán.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1247
--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--.
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unit 1248
No sé por qué.
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unit 1249
Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.
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unit 1251
Otra cosa: enséñame a tu hijo.
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unit 1253
--¡Pero qué maniática eres!...
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unit 1255
¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso?
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unit 1256
Nada absolutamente.
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unit 1258
Y para decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo.
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unit 1259
unit 1260
¡Hacer daño a una criatura!
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unit 1261
Eso no cabe en lo humano.
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unit 1262
Déjamele ver, y te diré algo que te aprovechará.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1264
No dijo nada mientras le miraba.
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unit 1266
«Se parece a tu verdugo.
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unit 1267
Lo malo no perece nunca.
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unit 1268
La maldad engendra y los buenos se aniquilan en la esterilidad».
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unit 1269
--iv--.
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unit 1271
«¿Pero qué hace usted que no despierta a mi tío?...
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unit 1272
¡Qué sola me tienen aquí!
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unit 1273
¡Y esa chiquilla que no viene!».
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unit 1274
Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender.
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unit 1276
Me da mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza.
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unit 1277
unit 1280
Al amor no se le dictan leyes.
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unit 1283
¿Qué haré yo para que se marche pronto?
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unit 1284
Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el gran susto».
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unit 1286
Es una desgracia para él.
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unit 1287
Y si en lo moral saca la casta, peor que peor.
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unit 1289
¡Pobre niño!, tengo lástima de él.
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unit 1290
unit 1291
A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla.
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unit 1292
Que dijera todo lo que quisiese.
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unit 1293
unit 1294
«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--.
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unit 1295
unit 1296
Ni siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro.
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unit 1297
No vendrá; ten por cierto que no vendrá».
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unit 1299
--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.
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unit 1300
--Claro... ¡qué ha de venir...!
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unit 1301
Ni falta.
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unit 1302
--Dices bien; ni falta.
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unit 1303
Gracias que te oigo una expresión filosófica.
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unit 1304
Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.
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unit 1307
«Es preciso que lo sepas pronto.
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unit 1308
Todo lo que tardes en saberlo, tardas en regenerarte».
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unit 1313
Sus miradas vagaban por los dibujos de la colcha.
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unit 1314
--Sí, con otra mujer a quien tú conoces.
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unit 1317
«¿Qué historias me vienes a contar ahí?...
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unit 1318
Déjame en paz».
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unit 1319
--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1320
Ese hombre está enamorado de otra mujer, y tú la conoces.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1321
Aprende, pues.
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unit 1323
Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1325
¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1326
Pues una lección, una simple lección.
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unit 1327
Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1328
--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1330
Porque esto es la medicina de tu conciencia.
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unit 1331
¿Quieres otra?
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unit 1332
¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo que tú robaste?
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unit 1333
Pues te lo voy a decir.
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unit 1335
unit 1336
--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1339
--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.
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unit 1340
unit 1341
unit 1343
--¡Aurora...
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unit 1344
Aurora!...
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unit 1345
¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...!
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unit 1346
(agitándose extraordinariamente).
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unit 1347
Pero no puede ser.
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unit 1348
Este hombre está loco y no sabe lo que se dice.
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unit 1349
--¿Que estoy loco?...
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unit 1350
(imperturbable).
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unit 1351
Bueno, defiéndete con eso.
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unit 1352
Pero tú caerás, tú te convencerás.
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unit 1353
No tienes escape.
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unit 1354
La verdad se impone.
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unit 1355
Ahí tienes un tiro que no yerra nunca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1356
¿Quieres más señas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1359
Eres un mentiroso, un calumniador.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1360
--¿Pues qué querías tú...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1361
(con sonrisa glacial).
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1362
Hija, es preciso estar a las agrias y a las maduras.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1363
¿Qué querías?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1364
¿Herir y que no te hirieran?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1365
¿Matar y que no te mataran?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1366
El mundo es así.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1368
La víctima no dijo nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1371
unit 1373
«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1374
--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?...
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unit 1375
(con extremada inquietud y ráfagas de ira).
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unit 1379
Esto no puede quedar así.
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unit 1380
unit 1381
Tío, chiquilla; quiero levantarme.
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unit 1382
¡Pero qué abandonada me tienen!
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unit 1383
--Comprendo que te dé tan fuerte.
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unit 1384
Así me dio a mí; pero luego me he vuelto estoico.
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unit 1385
Aprende de mí.
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unit 1386
¿No ves qué sereno estoy?
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unit 1388
--Es que las lecciones me han valido.
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unit 1389
--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.
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unit 1390
--¿Y por qué no habías de serlo tú también?
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unit 1392
¿Por qué no habías de aspirar al estado en que yo me encuentro?
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unit 1395
unit 1396
Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella aprenda.
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unit 1397
Y tú has aprendido.
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unit 1398
--¡Pues si yo les llego a ver...!
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unit 1399
--Si les llegas a ver, acuérdate de mí.
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unit 1401
A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar.
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unit 1402
Si la cojo, no lo cuenta.
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unit 1403
¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!
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unit 1404
--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.
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unit 1405
--¡Pues no he de tener!
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unit 1406
(ofuscándose por completo y sin reparar en lo que decía).
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unit 1407
Me ha quitado lo mío.
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unit 1408
Yo seré mala; pero ella lo es más, mucho más.
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unit 1409
--Comprendo tu exaltación.
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unit 1411
--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--.
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unit 1412
¿Por qué no lo hiciste?
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unit 1413
Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también.
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unit 1414
Tienes derecho a hacerlo.
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unit 1415
unit 1416
«Les esperé para verles salir.
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unit 1417
Calle tal, número tantos.
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unit 1418
Me escondí en un portal.
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unit 1419
¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».
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unit 1421
--¡Matar!...
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unit 1422
¿Lección a ella?
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unit 1423
¿Y la tuya?
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unit 1424
--¿La mía, la mía?
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unit 1425
Ya la tengo, majadero.
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unit 1426
¿Todavía quieres más lección?
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unit 1427
A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.
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unit 1428
--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito?
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unit 1431
Gracias que la entrada de Segunda puso término a la situación;.
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unit 1435
¿No sabe quién soy?
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unit 1436
Pues soy Josef... el Idumeo... profesor en partos... intelectuales».
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unit 1437
--v--.
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unit 1439
La culpa la tiene este morral que está aquí durmiéndola».
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unit 1445
Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un genio mu blando...!
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unit 1447
Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía.
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unit 1449
unit 1453
«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».
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unit 1454
--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?
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unit 1456
Que va a venir el ama, la señora casera.
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unit 1457
Mucho orden, señores, mucha formalidad.
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unit 1459
unit 1470
¡Ah!, ¿no sabe?
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unit 1472
--Por el miedo que me tiene.
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unit 1476
Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.
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unit 1478
Yo tengo que pedir a usted perdón... --¡A mí!, perdón... ¿de qué?
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unit 1480
unit 1485
¿Pero cómo le había de ver?
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unit 1486
Esto sí que era imposible.
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unit 1489
Criatura más perfecta no ha echado Dios al mundo'».
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unit 1492
Y para concluir por hoy, ¿necesita usted algo?
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unit 1494
Es preciso criarle bien».
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unit 1495
--Yo puedo, yo puedo...
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unit 1496
¡vaya!--replicó la otra contrariada--.
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unit 1497
¿Qué cree usted?
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unit 1498
Soy muy fuerte.
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unit 1499
Mi hijo no lo cría nadie más que yo.
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unit 1500
--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario).
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unit 1501
Y cuidado con hacerme disparates.
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unit 1502
Obedecer al médico... Nada de arrebatos de ira, ni devaneos.
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unit 1504
Su madre es usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad.
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unit 1505
Dios me la ha dado.
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unit 1506
Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también abuela.
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unit 1508
Déjeme usted que le vea otra vez.
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unit 1509
No me harto de mirarle.
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unit 1510
Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.
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unit 1511
¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...!
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unit 1512
Tiene a quien salir.
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unit 1513
Adiós, adiós».
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unit 1521
Despertó acongojadísima.
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unit 1525
--vi--.
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unit 1529
unit 1530
Lo que quiere es que yo me serene.
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unit 1531
Se lo agradezco; pero no puede ser.
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unit 1532
Y lo que es esa francesilla asquerosa no se ríe de mí».
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unit 1535
¡Ay qué románticas y qué súpitas... _semos_!
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unit 1539
No afectaron a Fortunata estas bromas.
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unit 1543
Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos fatal.
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unit 1544
Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado.
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unit 1545
No le digo que lo haga por mí.
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unit 1546
¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín?
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unit 1548
unit 1552
«Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a salir.
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unit 1556
Si viene Segunda, que espere en la escalera».
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unit 1559
Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos.
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unit 1560
Y sobre todo esa envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da.
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unit 1562
¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...?
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unit 1563
Bastante he penado yo... que pene ahora ella.
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unit 1564
¡Ah!, siento pasos.
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unit 1566
Me parece que es D. Plácido el que sube.
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unit 1567
Me guardaré un poquito hasta que entre en su casa...
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unit 1568
Ya llega, abre su puerta.
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unit 1569
Ahora me escabullo, y Dios me acompañe.
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unit 1570
Debiera llevar algo que duela...
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unit 1571
¡Ah!, la llave.
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unit 1572
Es mejor que la mano del almirez.
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unit 1573
Con esto y las uñas... yo le juro que...».
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unit 1575
unit 1576
En fin, esto pasará».
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unit 1580
«Subida a Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo».
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unit 1582
La Visitación a mí no me lo había de ocultar.
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unit 1583
¡Y luego dice el tonto de Ballester que mi marido está loco!
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unit 1588
Iba tan decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación.
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unit 1596
«¡Ah!...
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unit 1597
tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!».
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unit 1598
De improviso tomó un tonillo de sequedad.
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unit 1599
«Dispensa... Estoy ocupada.
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unit 1600
Si quisieras volver a otra hora...».
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unit 1601
Pero al instante cambió de registro.
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unit 1602
«¡Qué cara te vendes!
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unit 1603
¿Has estado mala?».
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unit 1604
--Y tú, ¿cómo estás?...
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unit 1608
Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa central.
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unit 1611
Pensé ir a verte... Pero siéntate».
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unit 1612
--Estoy bien así... Pronto despacho.
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unit 1614
«Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te quería decir.
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unit 1615
Me estaba muriendo por verte.
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unit 1616
¡Ingrata!
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unit 1617
¡Sabiendo el gusto que me da tu compañía...!».
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unit 1620
--No... Me voy en seguida.
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unit 1621
unit 1622
--Sí, verás.
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unit 1624
Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».
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unit 1625
Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca.
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unit 1626
Todas las ofícialas corrieron espantadas al auxilio de su jefe;.
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unit 1629
Los chillidos de Aurora se oían desde la calle.
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unit 1630
Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.
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unit 1636
¡Lástima de agua del bautismo la que te echaron!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1638
Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1641
«¿Qué es esto?
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unit 1642
¿Qué ha pasado aquí?
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unit 1643
¿Quién es usted?
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unit 1644
¿Qué busca usted?».
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unit 1645
--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--.
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unit 1646
Una persona decente... --Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1647
¿Qué es esto?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1649
Y también es calumniadora.
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unit 1650
unit 1651
¡Jesús!, sangre en la cabeza.
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unit 1652
unit 1653
¡Eh!, llamar a una pareja.
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unit 1658
Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el polvo ahora mismo.
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unit 1659
--¿Usted a mí?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1660
falta que pueda.
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unit 1662
¡Eh!, llamar a una pareja.
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unit 1664
«¡Hija de mi alma!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1665
¡Pero qué!...
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unit 1666
¡la han matado!...
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unit 1667
¡Sangre!...
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unit 1668
¡Ay, Dios mío!
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unit 1669
¡Aurora... Aurora...!
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unit 1670
¿Pero quién ha sido?...
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unit 1671
¡Ah!, esa mujer...».
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unit 1674
Aurora volvió en sí exhalando gemidos.
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unit 1675
«No es nada, tía --dijo Samaniego--.
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unit 1677
A la prevención, a la prevención...».
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unit 1678
--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados.
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unit 1679
--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta.
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unit 1681
--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1682
--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--.
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unit 1683
La perdono.
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unit 1684
Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1687
--vii--.
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unit 1690
Me ha dejado encerrada».
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unit 1691
--¡Ha salido!...
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unit 1692
¡Dios nos asista!...
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unit 1693
¿Pero es eso verdad, o es que no quiere recibirme?
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unit 1694
--No, señora, no está.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1695
Dijo que volvería pronto.
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unit 1696
Echó la llave con dos vueltas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1699
Lo que yo digo: a esta no la sujeta nadie.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1700
No va a poder criar a su hijo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1702
unit 1703
Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona.
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unit 1704
Era Ballester, quien al verla, se quedó algo cortado.
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unit 1705
«¿Viene usted a esta casa?--le dijo la dama--.
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unit 1706
Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló.
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unit 1707
La señora esa se ha ido a la calle.
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unit 1710
--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera!
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unit 1711
(asustadísimo y disgustado).
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unit 1712
Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo excitada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1713
Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1714
--¡Ya lo creo que es disparate!
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unit 1715
¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?
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unit 1716
--Yo... nada.
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unit 1717
En fin, esperaremos.
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unit 1720
unit 1721
unit 1722
Soy su amigo; me intereso algo por ella.
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unit 1724
--Sí, yo creo todo.
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unit 1726
¿A mí qué me importa?
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unit 1729
Aconséjele usted esto.
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unit 1730
--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará.
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unit 1731
Está muy entusiasmada con él.
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unit 1732
--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios.
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unit 1733
¡Mire usted que esta...!
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unit 1734
¡Marcharse a paseo!, qué ganas de calle tenía.
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unit 1737
tienes razón... ¡bribona!
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unit 1738
Aguárdate un poquitín, un poquitín».
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unit 1740
Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».
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unit 1743
--No, señora; soy farmacéutico.
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unit 1745
La aparición de aquella persona les dejó a ambos muy sorprendidos.
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unit 1747
Luego, hace tiempo que esperan, y la casa está cerrada».
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unit 1748
unit 1749
El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.
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unit 1750
«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también.
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unit 1751
¿Tiene usted llave?».
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unit 1753
unit 1754
unit 1757
Le digo a usted que le pegaría...».
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unit 1759
--Pues estamos lucidos--añadió ella--.
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unit 1760
Ya somos tres.
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unit 1761
Y esto va picando en historia.
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unit 1762
Siento pasos.
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unit 1763
Si será al fin esa veleta... Los pasos no parecían de mujer.
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unit 1764
¿Quién sería?
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unit 1766
Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse.
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unit 1768
No me como la gente.
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unit 1769
Si somos amigos usted y yo...».
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unit 1772
--¿De veras?
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unit 1773
¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!
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unit 1774
--Sí; se cría perfectamente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1775
Y es tan listo y tan travieso que tiene alborotado todo el asilo.
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unit 1780
--Si la señora quiere, no miremos pa tras.
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unit 1785
Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!...
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unit 1787
Algo debe de haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto.
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unit 1791
Ballester y Guillermina se miraron alarmados.
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unit 1795
Pero por lo visto no ha venido aquí.
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unit 1796
Luego, ha ido a otra parte.
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unit 1800
«Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y no se equivocó.
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unit 1804
Pero qué, ¿no está esa diabla?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1805
¡Se ha escapado a la calle!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1806
Me lo temía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1807
¡Qué cabeza!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1808
¡Si estaba ella anoche muy encalabrinada...!
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unit 1809
Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D. Plácido?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1811
--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido.
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unit 1812
Tengo la seguridad de que él la encuentra.
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unit 1813
Segunda llamó, y Plácido no estaba.
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unit 1814
«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?...
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unit 1815
¿Pero adónde?».
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unit 1819
Ya pareció la perdida.
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unit 1820
Veremos lo que trae.
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unit 1824
En la mano traía la llave de la casa.
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unit 1825
«¿Qué, he tardado?...
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unit 1826
Si no he tardado nada.
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unit 1827
Despaché en seguida...
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unit 1828
¡Ah!, doña Guillermina también aquí.
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unit 1830
¡Ay!, creí que no me dejaban venir.
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unit 1831
Si me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».
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unit 1834
--viii--.
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unit 1838
¡Cuánto ha llorado mi ángel!...
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unit 1839
Yo desatinada por venir.
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unit 1840
¡Qué contento se pone mi niño!...
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unit 1841
Ya no llora más, ¿verdad?
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unit 1842
Ya no más...».
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unit 1846
--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra.
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unit 1847
Al contrario, creo que si no me desahogo, me quedo seca.
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unit 1848
Estaba yo anoche, que no cabía en mí.
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unit 1849
Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer.
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unit 1852
Fueron los policías, y yo dije que estaba criando.
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unit 1853
Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo.
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unit 1854
¡Si no hay como ser así para que la respeten a una!
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unit 1857
Dígale usted que su cuenta con _la Samaniega_ está ajustada.
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unit 1859
¿Pues no me ve?...
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unit 1860
Hijo, gloria de tu madre, emperador del mundo...
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unit 1862
Pues sí, señora, estoy contenta.
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unit 1863
unit 1864
Para nada.
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unit 1865
Me alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie.
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unit 1866
Ni con latines ni sin latines me lo quitan.
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unit 1867
¿Verdad, señora?
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unit 1868
Usted está ahora de mi parte.
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unit 1869
Y _ella_ también está ahora de mi parte, ¿verdad?
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unit 1870
--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).
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unit 1871
Cállese la boca.
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unit 1873
--¡Quia!...
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unit 1875
¡Estoy tan contenta!...
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unit 1876
Usted me va a querer, señora ¿verdad?
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unit 1877
¿Me querrá usted?
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unit 1878
Porque yo necesito que alguien me quiera de firme.
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unit 1879
Verá usted qué bien me voy a portar ahora.
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unit 1880
¿Hombres?, ni mirarlos.
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unit 1881
No quiero cuentas con ninguno.
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unit 1882
Mi hijito y nada más.
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unit 1883
--Sí... quien te conozca que te compre.
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unit 1884
--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...?
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unit 1887
Pero pongamos que soy lo mismo.
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unit 1889
«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice!
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unit 1890
(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
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unit 1891
unit 1895
unit 1896
¿Dice usted que está excitadísima?
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unit 1897
--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos.
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unit 1898
Entre usted.
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unit 1900
Tengo una sed horrible... la boca seca».
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unit 1902
Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1903
¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?
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unit 1904
--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.
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unit 1905
¿Usted no lo entiende?...
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unit 1906
pues yo tampoco.
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unit 1907
Su natural es tímido.
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unit 1910
unit 1913
No me gusta nada verle aquí.
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unit 1917
¿Qué le diría?
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unit 1918
¡Este sí que era problema!
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unit 1919
¿Qué tono tomaría?
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unit 1920
¿Era cuerdo el tal o no?
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unit 1922
¿Le hablaría del niño?...
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unit 1923
Jesús qué disparate.
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unit 1924
¿Le diría que su mujer era una joya?
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unit 1925
¡Qué barbaridad!
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unit 1926
¿Acometería el estado real de las cosas?
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unit 1927
Ni pensarlo.
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unit 1928
¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación?
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unit 1929
Tampoco.
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unit 1930
¿Por el lado mundano?
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unit 1934
Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.
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unit 1935
Oiga usted, caballerito...».
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unit 1937
Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino diciéndole:.
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unit 1939
--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--.
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unit 1940
Y a mí me parece que el santo es usted.
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unit 1941
--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja).
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unit 1942
Pero de mí a usted hay una gran diferencia.
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unit 1944
Disto bastante todavía.
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unit 1946
Usted se pasmará de la serenidad que nota en mí.
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unit 1947
Todos se pasman, y no es para menos.
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unit 1949
--Y he ido pasando por este y el otro grado.
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unit 1951
unit 1956
unit 1961
unit 1962
«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte.
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unit 1964
Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia.
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unit 1965
Dios mismo había dispuesto su castigo y una lección tremenda.
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unit 1966
¿Qué debía yo hacer?
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unit 1967
Dejar que hiriera la lección.
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unit 1968
La infidelidad castiga la infidelidad.
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unit 1969
¿Hay nada más lógico que esto?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1970
Yo debía, pues, dejar que obrase la lógica.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1971
Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1972
Dios es el único que castiga, ¿verdad, señora?
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unit 1973
¡Y qué bien que lo sabe hacer!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1974
¿A qué usurparle sus funciones?
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unit 1977
¿Es esto ser razonable?
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unit 1978
¿Es esto ser cuerdo...?».
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unit 1982
Mientras más me humillen, más me levantaré después.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1983
Mientras más me azoten aquí, más salud tendré allá'».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1984
--Eso mismo pienso yo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1986
Sólo Dios mata, y Él es quien siempre enseña.
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unit 1988
Ya no pienso en matar a nadie, ni aun a los que tanto odié.
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unit 1990
Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.
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unit 1993
--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1994
--ix--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1997
--¡Quite usted allá!--replicó la dama--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1998
Yo no bebo esas porquerías.
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unit 2015
Pero nada encontró en su disimulado reconocimiento.
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unit 2020
«¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los brazos a su hijo--.
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unit 2021
¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido.
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unit 2022
Está esto tan oscuro...».
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unit 2023
unit 2026
Por eso he vuelto.
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unit 2027
Ya sé que tú y Aurora os pegasteis.
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unit 2029
unit 2032
Sí; favorece a tu enemiga.
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unit 2033
Tú eres tonta y no conoces la naturaleza humana.
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unit 2035
Fortunata no comprendía.
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unit 2036
«Me explicaré mejor.
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unit 2037
unit 2039
Ahora no vacilará.
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unit 2041
Toda víctima es por sí interesante.
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unit 2042
Todo verdugo es por sí odioso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2043
En un pleito de amor, la víctima gana siempre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2045
Yo lo sé todo; nada se me oculta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2046
Demasiadas pruebas tienes de ello».
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unit 2048
Respondió con despecho: «Pues si gana ella, mejor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2049
unit 2051
unit 2052
Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2055
Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2056
Hizo ademán de coger la palmatoria.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2057
Después se tapó la cara con la mano.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2059
Así, así es como aprendes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2060
Bonita enseñanza, ¿verdad?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2061
Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y aprender son sinónimos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2062
Por tu bien es.
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unit 2064
La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2065
«Veo que me crees y haces bien.
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unit 2066
Lo que te he dicho ha salido siempre verdad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2067
unit 2068
Es un don que recibí de Dios.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2071
¿Acerté a encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2073
Pues ya ves.
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unit 2074
Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es el Evangelio.
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unit 2075
Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2076
Tu víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2078
Yo también sé verdades y te voy a decir una.
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unit 2080
Seguía oyendo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2081
«¿Y qué más?» dijo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2084
Conque ya sabes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2085
Déjame en paz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2086
No quiero verte más.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2087
Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2089
Aguanta y vuelve por otra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2094
Mejor para mí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2095
Y otra cosa te digo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2097
Pero tú no tienes sangre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2099
Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar soleta...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2100
Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2106
Seré una santa como tú... Di si quieres...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2107
Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2108
«Di si quieres.
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unit 2109
Verás cómo lo cumplo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2111
Yo te juro que no me volveré atrás, y te querré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2112
Tú no sabes lo que es una mujer que se muere por un hombre.
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unit 2113
¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2114
unit 2115
¿Te acuerdas de cuando me adorabas, te acuerdas?...
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unit 2118
«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--.
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unit 2121
unit 2122
De él sacó un billete de Banco.
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unit 2123
«Toma, ¿quieres más?
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unit 2125
¿Con que lo harás?
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unit 2127
No viviré más que para ti... ¡Qué felices vamos a ser!...
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unit 2128
tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te crees?...».
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unit 2129
Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron...
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unit 2130
Se deshelaba.
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unit 2131
Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.
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unit 2132
«Sí... quererte a ti--añadió ella--.
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unit 2133
No sé por qué lo dudas.
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unit 2137
Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.
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unit 2139
¡Vaya!...
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unit 2140
Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco.
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unit 2141
Se había quedado inerte.
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unit 2144
«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--.
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unit 2145
¡Hijos ella!...
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unit 2146
En el infierno los tendrá...».
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unit 2148
unit 2150
--x--.
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unit 2152
unit 2153
Y ella, ¿qué tal está?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2154
Buena moza, ¿cómo va ese valor?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2155
La joven no respondía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2156
Estaba como aletargada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2159
Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.
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unit 2160
«Aquí traigo otra antiespasmódica.
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unit 2162
Apuesto a que Maxi ha venido a contarle a usted alguna otra tontería.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2163
Es preciso prohibirle la entrada».
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unit 2164
Fortunata había vuelto a cerrar los ojos.
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unit 2165
El niño callaba y se oían sus lengüetazos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2167
¡Qué hermosa está!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2168
Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del mundo...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2170
unit 2171
unit 2172
Mi hijo chupa, chupa y no saca...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2173
--No asustarse.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2174
Es accidental.
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unit 2175
unit 2176
--Tontería no... verdades...
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unit 2177
--¡Verdades!...
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unit 2178
(rompiendo a reír).
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unit 2179
¿Y cómo sabe usted que son verdades?
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unit 2180
--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2181
--Es un refrán sin sentido común.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2182
Los locos no dicen más que disparates.
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unit 2183
--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2184
Tal creo yo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2185
unit 2186
«Tome usted un poco de esta bebida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2187
La he preparado como para usted... Está riquísima.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2188
Es preciso calmar los nervios».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2189
unit 2190
«¡Qué bueno es usted, Segismundo!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2191
¡Qué agradecida estoy a lo que hace por mí!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2193
Hemos de ser muy amigos.
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unit 2195
--¡A su marido!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2196
(tomándolo a broma).
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2197
No me parece mal.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2198
unit 2199
--Santo; así como suena.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2200
De modo que será usted también santa... Pues yo seré su discípulo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2201
Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia y comer yerba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2203
La salida de hoy no tendrá consecuencias.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2205
Y al salir de casa, le dije a mi madre que quizás no volvería.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2206
Nada, que estoy decidido a cuidarla como si fuera mi cara mitad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2207
--No; si no es preciso que usted se moleste.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2208
Crea que me siento regular esta noche, casi bien.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2209
Anoche ¿sabe?, estaba peor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2210
--Pues me estaré hasta las doce o la una.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2212
Y si la veo a usted tranquila y dormida, me retiraré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2213
Si no, aquí me estoy de centinela.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2218
«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2220
Segunda la miró asombrada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2221
«¡Tu marido!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2222
¿sabes la hora que es?
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unit 2223
¿Y para qué quieres que venga acá ese tipo?».
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unit 2224
--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!...
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unit 2226
unit 2227
--Es que le tenía que hablar.
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unit 2228
No ha estado aquí desde anoche.
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unit 2229
Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.
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unit 2230
«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».
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unit 2231
--¡Ah!, ¿esta noche ha sido?
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unit 2232
unit 2234
«¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo!
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unit 2239
«¿Cómo ha pasado la noche la mamá?
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unit 2240
Y el niño, ¿qué tal?
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unit 2242
¡Género excelente!».
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unit 2248
«Dígame usted, ¿está durmiendo ahora?
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unit 2251
Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje.
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unit 2252
«Señá Segunda, oiga.
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unit 2254
Buenas mujeres, y no tienen pretensiones de cobrar un sentido.
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unit 2256
Tengo yo un ojo... En fin, mucho cuidado».
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unit 2262
unit 2263
Estupiñá, siempre delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas.
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unit 2265
Yo me entiendo.
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unit 2267
Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le bajen aquí?
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unit 2268
¡Vamos; las cosas que se te ocurren...!
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unit 2269
Tiempo tienes de verle.
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unit 2272
Descuida, que no se nos morirá de hambre».
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unit 2275
No la puedo apartar de mi pensamiento.
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unit 2276
Y lo peor es que lo que hizo ayer me parece muy bien hecho.
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unit 2278
Ella será todo lo mala que se quiera; pero valiente lo es.
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unit 2279
Todas deberíamos hacer lo mismo».
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unit 2282
¡Qué par de alhajas!».
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unit 2283
--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!...
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unit 2285
--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades.
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«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».
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unit 2290
Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano».
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unit 2291
Conque bien puedes darte prisa.
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unit 2292
--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--.
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unit 2293
Que tenga paciencia, que también la tienen los demás.
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--Y vosotras, ¿de dónde venís?
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--¿Nosotras?
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unit 2296
De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo.
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--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas.
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unit 2298
--¡Qué graciosa estás hoy!...
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unit 2299
unit 2300
Barbarita se echó a reír con donaire.
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«Pero qué, ¿os han dado otro timo?».
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unit 2302
--Quia; ahora no.
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unit 2306
Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande.
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unit 2307
unit 2308
--xi--.
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unit 2313
unit 2314
«A ver si la convence usted de que no puede criar.
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unit 2317
No hay medio de sacarle una respuesta a nada de lo que se le dice.
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unit 2319
unit 2321
«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--.
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unit 2322
Tenía yo ganas de que viniera para decirle una cosa...».
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unit 2323
--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.
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unit 2325
«¿Pero me le quitará?...
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unit 2326
Diga si me le quería quitar... Fuera bromas.
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unit 2327
Lo que usted me diga lo creeré».
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unit 2328
--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos.
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unit 2329
No sabía yo que soy bruja... --No; es que... verá.
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unit 2330
Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala que he sido.
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unit 2331
Pero eso no tiene que ver, ¿verdad?
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unit 2332
Pues ahora soy mucho más mala.
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unit 2334
--¿Apostamos a que es cualquier tontería?
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unit 2335
(inclinándose hacia ella y acariciándole la barba).
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unit 2336
--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!...
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unit 2339
«Fuertecillo es, sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada.
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unit 2340
He hablado con él y me ha parecido muy razonable».
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unit 2341
--La razón es su tema... pero no hay que fiar...
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unit 2342
Lo que es los tiros, crea usted que no se le escapan.
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unit 2345
--Me hace usted temblar (alarmándose).
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unit 2346
Vamos; el pecado ese es de lo más atroz que puede haber.
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unit 2348
--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.
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unit 2350
--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad.
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unit 2351
¡Matarle a él!, ¿sabe usted que me da lástima?
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¡Hijos ella...!
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unit 2356
«Vaya, que las ideas de usted me gustan...
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unit 2357
Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría.
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unit 2359
No se puede tolerar esto...».
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--¿De modo que a esta tía _monstrua_ no se le da un castigo?...
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Eso sí que está bueno.
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unit 2362
Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.
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--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.
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unit 2364
Ambas callaron, mirándose.
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unit 2365
«Tengo que traerle a usted un confesor.
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unit 2366
Usted no está buena ni del cuerpo ni del alma.
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--Otra barbaridad.
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unit 2370
Hoy estamos de vena.
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--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida?
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unit 2372
(con febril impaciencia y ardor).
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unit 2373
--¡Cómo!...
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unit 2374
¿darle vida usted?
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unit 2375
Hija, no tiene usted pocas pretensiones.
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unit 2378
¿Lo hará usted?
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unit 2379
--Si usted me lo manda, sí...
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unit 2381
¡Le tengo tanta rabia a ésa...!
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unit 2385
--¿Qué?--Esta razón.
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unit 2386
Vamos a ver.
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unit 2389
«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--.
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unit 2390
¡Jacinta desear que maten a nadie!...
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unit 2391
¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».
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unit 2393
¿No se alegrará la señorita de que yo me muera?...
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unit 2394
--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?
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unit 2395
(titubeando).
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unit 2397
Con un _ju ju_ melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.
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unit 2398
«¡Ay!, ¿no lo cree?...».
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unit 2399
--¡Que me desea bien a mí!
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unit 2400
_Tie_ gracia.
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unit 2402
unit 2403
¿pero es de verdad?
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unit 2404
--¿Pues qué duda tiene?
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unit 2405
unit 2406
--¿Y podría ser mi amiga?...
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unit 2409
--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--.
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unit 2412
Su amiga de usted está por conquistar.
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unit 2413
¡Qué ideas tiene!
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unit 2414
Por cierto que yo le voy a traer al Padre Nones.
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unit 2415
Tenemos que darle una limpia buena.
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unit 2416
En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la mañana».
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unit 2417
unit 2418
«Una duda me queda, señora.
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unit 2419
Sáqueme de ella».
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unit 2420
--Veamos esa duda... otro despropósito.
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unit 2421
¡Ay, qué cabeza!
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unit 2422
--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta.
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unit 2423
unit 2424
--¡Ave María Purísima!...
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unit 2425
¿con qué caballero?
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unit 2428
--¿Esa...?
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unit 2429
(con soberano desprecio).
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unit 2430
¡Y se atrevía a decir...!
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unit 2432
Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un ángel.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2433
--Lo creo (sonriendo).
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unit 2434
No nos ocupemos de esas miserias.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2435
¡Jacinta faltar!
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unit 2437
Ella fue la que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2438
(Atrayéndola a sí y hablándole en secreto).
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unit 2440
¿No lo merecía?
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unit 2443
--Ama, no... ¿para qué?
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unit 2444
Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está el rey de la casa?
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unit 2445
¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta amas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2446
Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2448
Si de aquí a mañana Quevedo no varía de opinión, vendrá la nodriza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2449
Usted se calla y obedece... Yo pago y dispongo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2450
Conque a cuidarse, y ya hablaremos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2452
--xii--.
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unit 2455
unit 2457
Descubriolo la señora por una casualidad...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2458
Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre papeles.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2459
Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo.
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unit 2461
¡Ay!, _la de los Pavos_ estaba aterrada.
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unit 2465
Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto.
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unit 2471
--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver.
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unit 2472
Creo que me pondré mala si la veo.
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unit 2473
Y de mi marido, ¿qué dijo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2475
No les deje usted pasar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2476
Que se vayan a los infiernos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2478
¡Que no venga, por Dios!
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unit 2479
¿Usted me promete que no vendrán?
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unit 2480
Lo pedía con terror suplicante.
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unit 2485
«¿Sabe lo que me dijo al salir?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2491
Ahora seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?
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unit 2492
--¿Cómo he de dudar eso, criatura?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2493
unit 2494
--Está usted viendo visiones.
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unit 2498
--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2502
Todo está en ponerse... Y es cosa muy sencilla.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2503
Al menos a mí me parece que no me ha de costar ningún trabajo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2504
Lo siento yo aquí _entre mí_».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2506
Hablemos ahora de otra cosa.
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unit 2510
Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no vendré.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2511
Tengo que quedarme de guardia.
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unit 2515
Yo tengo _guita_.
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unit 2516
Si quiere mandar a paseo a _las Samaniegas_, mándelas.
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unit 2518
Tenga confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_.
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unit 2521
Si algún Rubín, fuese quien fuese, se presentaba, no abrir.
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unit 2527
¿Sabes lo que me dijo?
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unit 2528
Te lo cuento para que te rías.
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unit 2530
¡Qué comedia!
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unit 2531
Ríete, que eso es envidia.
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unit 2533
Tú ríete, tonta, que eso no es más que envidia».
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unit 2535
unit 2537
¡Decir eso...!, ¡una mentira tan grande!
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unit 2538
¿Pero qué hora es?
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unit 2539
¡Si están dando las doce!
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unit 2541
¡Lo dice por deshonrarme!
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unit 2542
Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».
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unit 2546
Como no haga esto, tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».
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unit 2552
Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más.
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unit 2553
«¡Decir que no es hijo de su padre...!
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unit 2554
¡Qué infamia!
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unit 2555
La despedazaría sin compasión ninguna.
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unit 2556
¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar!
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unit 2566
Que rabien, que rabien, porque lo seré, lo seré».
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unit 2567
Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2570
Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella te lo ha quitado.
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unit 2572
¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».
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unit 2573
--xiii--.
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unit 2576
unit 2584
«Mira, mira, qué pronto se hace a todo el angelito.
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unit 2585
¡Si es lo más noble...!
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unit 2586
Rico... ¡qué carpanta estábamos pasando!».
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unit 2588
unit 2589
Tienes calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes.
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unit 2590
¡Si hicieras caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...!
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unit 2591
Porque lo que es tu tanto mensual te lo tienen que dar.
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unit 2593
Chica, chica, no te hagas de miel; levanta tu cabeza.
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unit 2594
¡Aire!...
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unit 2595
¿Pues no ves que las señoronas esas te hacen la rueda?
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unit 2597
Pues qué... ¿crees que él no ha de venir también?
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unit 2599
¡Cuando digo que estaremos en grande!
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unit 2600
unit 2601
¿No ves que esa familia no tiene un nene que la alegre?...
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unit 2602
¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...!
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unit 2607
¡Quién me lo había de decir!...
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unit 2610
unit 2615
unit 2617
unit 2619
No pudo apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida.
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unit 2621
Fue a coger a su hijo en brazos, y apenas podía con él.
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unit 2623
Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su auxilio.
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unit 2626
También podía ser que sonaran y ella no los oyera.
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unit 2627
Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del tabique?
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unit 2628
unit 2636
«¿Quién eres tú?
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unit 2637
--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--.
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unit 2638
¡Ah!, ya te conozco... ¡Qué tonta soy!
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unit 2639
¿No está mi tía?».
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unit 2649
¿entiendes?, que le necesito, que suba... Anda, no te detengas.
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unit 2654
¡Encarnación!...
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unit 2656
Viva estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo...
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unit 2658
Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel que me lo dice.
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unit 2660
¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».
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unit 2662
¿Qué se le ofrece a usted?
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unit 2664
unit 2665
--¡Una carta!...
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unit 2666
Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche).
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unit 2667
¿Qué medicamento quiere?
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unit 2668
--Ninguno, ¿ya para qué?...
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unit 2669
Ándese pronto, que me voy... que me muero.
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unit 2670
--¡Que se muere!
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unit 2671
Vamos... no bromee usted.
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unit 2672
--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2678
Chiquilla, tráele el tablero de las damas.
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unit 2679
Déjate de medicinas... ¿Para qué ya?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2680
Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué golpe...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2682
Yo...».
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unit 2683
--Yo...--repitió Plácido.
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unit 2684
--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre.
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unit 2685
¡Qué torpe soy!
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unit 2686
¡Ah!, sí, ponga usted.
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unit 2688
¿Qué tal?, ¿va bien así?
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unit 2689
--«Lo mala que he sido...».
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unit 2695
Este no es falso, es legítimo y _natural_, como usted verá en su cara.
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unit 2696
Le suplico...».
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unit 2699
¿Qué tal?
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unit 2700
¿Está con finura?...
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unit 2702
Después de revolver mucho, fue encontrado el documento.
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unit 2703
«Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi amiga doña Guillermina».
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unit 2704
unit 2705
--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas.
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unit 2706
Es mío, y yo lo puedo dar a quien quiera.
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unit 2708
Le echaré muchas firmas debajo, y verá si vale.
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unit 2712
Pueden venir, y ya ve usted... qué compromiso.
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unit 2714
No dijo más.
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unit 2715
Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó extraordinariamente.
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unit 2717
«No me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--.
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unit 2719
¡Ah!, no; yo cargo con él, y que tiren por donde quieran».
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unit 2723
--xiv--.
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unit 2725
¡Van a decir que le he robado!
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unit 2726
Anda, los ladrones serán ellos.
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unit 2727
Que digan lo que quieran.
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unit 2728
¿A mí, qué?
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unit 2729
Les presento el papelito firmado por ella, y en paz.
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unit 2730
¡Pobre mujer!
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unit 2731
(contemplándola horrorizado).
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unit 2732
¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!...
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unit 2733
Pero esta gentuza, ¿cómo es que la abandona así?
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unit 2734
¿No vieron el peligro?
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unit 2735
Y ese médico, ¿en qué está pensando?...
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unit 2736
¡Qué compromiso!
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unit 2737
¿Y qué le diría yo?...
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unit 2738
Aquí hay medicinas; se las daré.
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unit 2739
Pero ¿y si me equivoco?
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unit 2740
Cuidado con las drogas, Plácido, y no hagas una barbaridad.
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unit 2741
Esperaremos.
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unit 2742
Pero qué... si cuando vengan ya estará ella en el otro barrio.
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unit 2745
Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción...
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unit 2746
¡Eh!, hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido.
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unit 2748
Voy a tocar otro registro (con malicia).
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unit 2751
(Hablando para sí).
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unit 2752
¡Cómo se sonríe la picarona!
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unit 2753
¡Ah!, está dañada hasta el tuétano.
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unit 2754
Abre los ojos y le busca con las miradas.
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unit 2756
Al infierno se va de cabeza... Vean qué manera de arrepentirse.
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unit 2759
¡Ah!, cualquier día se salva esta... Me parece que sube ya la tía.
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unit 2761
¡Vaya una calma que tiene usted!
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unit 2762
Se ha puesto muy mala, pero muy mala».
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unit 2763
Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos.
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unit 2764
unit 2765
¡Ay, qué carnicería!, ¡cómo está!...
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unit 2766
Me la han matado... ¿Y el niño?
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unit 2767
Nos le han robado, nos le han robado...».
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unit 2769
--Niña de mi alma... ¿pero qué?
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unit 2770
Fortunata... ¿te han matado, o qué es esto?
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unit 2771
A ver, cordera, ¿tienes heridas?
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unit 2772
_Paice_ que te han dado cien puñaladas... Pero estás viva.
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unit 2773
Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido?
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unit 2774
¿Y tu niño, nuestro niño, dónde está?
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unit 2775
¿Te lo quitaron?...
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unit 2776
--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--.
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unit 2777
¿Dónde vive?
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unit 2779
--¿Pero dónde está?...
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unit 2782
--¡Atiza!...
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unit 2784
¿Quiere usted callarse?
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unit 2785
¿No ve que su sobrina se muere?
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unit 2786
--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.
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unit 2787
--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal.
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unit 2788
Voy a avisar a la Casa de Socorro.
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unit 2789
--A la cárcel... es donde tiene que ir usted.
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unit 2793
El chico está donde debe estar, y bien saben que yo no miento.
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unit 2794
Y si no, pregúntenle a su madre».
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unit 2796
Dinos lo que te han hecho, dímelo, corazón.
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unit 2797
¡Ay, qué dolor de hija!...
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unit 2800
Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda.
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unit 2804
Adviértale que no quiero que suba.
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unit 2805
En cuanto pueda, bajaré yo.
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unit 2806
A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».
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unit 2807
Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado.
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unit 2810
Apretaba los dientes, y no había medio de traerla a la razón.
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unit 2816
Calladas, se hablaron mirándose.
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unit 2819
¿Se lo ha pedido usted?».
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unit 2820
Fortunata dijo que sí con la cabeza.
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unit 2822
Ha sido un rasgo feliz y cristiano».
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unit 2824
«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias.
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unit 2825
No le guarda ningún rencor.
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unit 2826
unit 2827
Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar.
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unit 2832
Este perdón sí que era de los duros.
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unit 2833
Callose la santa observando a la diabla intranquila.
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unit 2835
«¿Qué?, ¿duda usted?...
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unit 2836
unit 2837
¿Para qué quiere usted ahora ese odio mezquino?
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unit 2838
¿De qué le sirve?
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unit 2839
De peso para impedirle subir al Cielo.
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unit 2840
Hay que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño).
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unit 2844
¿Perdona usted a Aurora...?».
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unit 2846
«Más, más claro».
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unit 2847
Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.
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unit 2848
«Así me gusta».
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unit 2852
La santa estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.
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unit 2853
«¡Ángel!...
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unit 2854
sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien.
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unit 2855
Amiga querida, es preciso prepararse con formalidad.
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unit 2858
unit 2861
unit 2862
Se la arranca usted, ¿sí o no?
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unit 2863
Hágalo por mí, para que yo me quede tranquila».
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unit 2866
--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud).
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unit 2868
Toda la estancia se llenó de una negrura triste y severa.
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unit 2870
Algo susurraron los dos antes de que ella se retirara.
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unit 2873
soy ángel... yo también... _mona del Cielo_».
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unit 2877
Lo principal es tener un interior puro, un...».
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unit 2878
La miró alarmado.
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unit 2879
¿Había dicho algo?
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unit 2880
Sí; pero Nones no pudo enterarse.
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unit 2883
Entró Guillermina y ambos la observaron.
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unit 2884
«Creo--dijo Nones--que ha concluido.
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unit 2885
No ha podido confesar... Cabeza trastornada... ¡Pobrecita!
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unit 2886
Dice que es ángel... Dios lo verá...».
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unit 2887
La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2889
--xv--.
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unit 2895
No la esperaba... Ha sido un descuido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2897
¡Pobre mujer... tan hermosa y tan buena!...
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unit 2899
¡Ah!, si yo hubiera estado aquí.
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unit 2900
Pero no podía, no podía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2901
Mis obligaciones...
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unit 2904
Con permiso de usted, la voy a besar otra vez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2905
No la había besado nunca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2908
Poco a poco fue tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos,.
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unit 2910
«¡Ah!, no señora; dispense usted.
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unit 2911
Los gastos del entierro los pago yo.
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unit 2912
Quiero tener esa satisfacción.
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unit 2913
No me la quite usted, por Dios...».
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unit 2914
--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre.
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unit 2915
¿Qué necesidad tiene de ese gasto?
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unit 2916
Si no hubiera más remedio, muy santo y muy bueno.
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unit 2917
Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le hace.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2920
En todo aquel día no abandonó la casa mortuoria.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2924
Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas facciones.
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unit 2925
Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2926
¿Qué le importaban a él las moscas?
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unit 2927
Era como cuando caían en la leche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2928
Las sacaba, y después bebía como si tal cosa.
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unit 2930
Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2931
Guillermina volvió más tarde.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2932
unit 2934
el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted nada.
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unit 2935
Esta mañana hemos conseguido encerrarle.
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unit 2937
La célebre doña Lupe estaba con el alma en un hilo.
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unit 2939
--Ya lo dije yo.
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unit 2940
Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque ya sabe usted.
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unit 2941
A las diez habrá misa y responso en el cementerio.
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unit 2943
--No, yo no digo nada.
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unit 2947
¿Se va usted enterando?
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unit 2959
Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?».
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unit 2961
unit 2981
«Haz lo que quieras.
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unit 2982
Eres libre como el aire.
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unit 2983
Tus trapisondas no me afectan nada».
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unit 2988
Las facciones del heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2997
--xvi--.
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unit 3001
que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo mejor;.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3008
unit 3012
Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos nuevos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3016
Me tengo por hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo.
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unit 3024
unit 3025
¿Se va pasando eso?...
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unit 3027
Justo castigo de la tontería... ¿Qué?
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unit 3028
¿Ha perdido el uso de la palabra?
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unit 3029
Míreme de frente y no hagamos visajes, que se pone muy feíto.
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unit 3030
¿No me conoce?
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unit 3032
unit 3033
--El mismo, ¿y qué?...
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unit 3034
¿Quiere que le dé noticias del mundo?
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unit 3035
Pues prométame tener juicio.
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unit 3036
--¿Juicio...?
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unit 3037
Ya lo tengo, ya lo tengo.
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unit 3038
¿Pues acaso he perdido yo alguna vez ni tanto así del juicio?
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unit 3039
--¡Quia!
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unit 3040
Nada en gracia de Dios.
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unit 3041
¡Usted perder el juicio!
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unit 3044
¿Por qué, por qué fue?
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unit 3047
--¡Ah!...
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unit 3049
--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.
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unit 3050
--Ella, sí, ella fue.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3051
Me arrebató... y arrebatado estoy.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3053
--¡Qué lástima, hijo, qué lástima!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3054
Tenemos que volver a las duchas y al bromuro de sodio.
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unit 3055
Es lo mejor para echar virtud y filosofía.
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unit 3059
--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3060
Sólo que ya no puede realizarse, porque falta una de las partes.
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unit 3061
unit 3063
--Sí, su mujer de usted ya no existe.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3064
La pobrecita se nos ha muerto hace hoy ocho días.
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unit 3065
Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz.
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unit 3066
Maxi prorrumpió en una risa desentonada.
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unit 3069
¡Bendito sea Dios, bendito sea!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3071
y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y atisbadora.
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unit 3072
«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--.
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unit 3073
Ya está bien.
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unit 3074
Pasó el arrebato.
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unit 3075
Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa.
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unit 3078
Empezaré al instante mis trabajos de observación y de cálculo.
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unit 3081
--¿Pero a dónde le va usted a llevar?
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unit 3082
(alarmada).
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unit 3083
--Déjeme usted a mí, señá ministra.
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unit 3084
Yo me entiendo.
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unit 3085
¿Teme que le robe esta alhaja?
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unit 3087
Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron.
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unit 3088
En el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe:.
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unit 3092
--De rosas... ¿y qué más le da a usted...?
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unit 3093
(quemándose).
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unit 3094
¿Acaso tiene usted que pagarla?...
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unit 3096
Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted se ría.
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unit 3097
--No, si no me he reído.
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unit 3098
Pues no faltaba más.
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unit 3099
--Un ángel a su manera.
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unit 3100
En fin, dejemos esto y vamos a lo otro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3102
unit 3106
unit 3109
y luego un nombre y la fecha del fallecimiento--¿Qué dice ahí?».
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unit 3111
Y al nombre y apellido de su mujer se añadía _de Rubín_.
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unit 3117
Era el de D. Evaristo Feijoo.
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unit 3118
Pero los dos farmacéuticos no fijaron su atención en él.
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unit 3120
unit 3121
No me quería... Miremos las cosas desde lo alto: no me podía querer.
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unit 3122
Yo me equivoqué, y ella también se equivocó.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3123
No fui yo solo el engañado, ella también lo fue.
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unit 3124
Los dos nos estafamos recíprocamente.
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unit 3126
Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.
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unit 3129
¿No lo ve usted?...
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unit 3130
¿pero no lo ve?...
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unit 3132
--Calma, calma, amigo mío (con bondad).
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unit 3133
Nadie le contradice a usted.
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unit 3136
He sido un mártir y un loco.
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unit 3148
unit 3149
unit 3150
--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3151
Lástima de mujer... ¡Si viviera!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3152
--No, amigo, vivir no.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3154
La amaremos los dos como se ama a los ángeles.
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unit 3155
¡Dichosos los que se consuelan así!
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unit 3162
Verás qué ricamente vas a estar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3164
¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa determinación!
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Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia.
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Esto es Leganés.
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No encerrarán entre murallas mi pensamiento.
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Resido en las estrellas.
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Madrid.--Junio de 1887.
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FIN DE LA NOVELA.
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* * * * *
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-IV-

Vida nueva.

--i--.

El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a
abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro
con agujeros (estilo primitivo). Era Estupiñá, que miraba a los tales
agujeritos del modo más autoritario. Abrió la joven, y el gran Plácido,
con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano
el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de
Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que
tenía un sello. «El recibo del mes» dijo en tono de déspota asiático que
dicta una orden de pena de muerte.

--Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle.

--Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversación.

¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el
mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el
liviano apetito.

«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre!

Si le voy a dar la _guita_. No tendrá usted mejores inquilinas que
nosotras».

--Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea
majadera.

--Quiero que vea usted cómo está la casa, para que se convenza de que
aquí no pueden vivir cristianos.

--Pues mudarse.--Pero, hijo, ¡qué _tiranístico_ se ha vuelto! No he
visto casero más malo... ¿Pero ni siquiera me blanqueará la cocina, que
parece una carbonería? ¡Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre
tanta suciedad. ¿Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las
obras, las haré yo por mi cuenta... ¡vaya!

--Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y...

--Pase, pase y verá... Al fin Plácido se dignó entrar por el pasillo
adelante. Fue a la cocina, echó un vistazo a la alcoba interior que
estaba llena de grietas...

«No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque
sería el cuento de nunca acabar. Mañana, si a mano viene, se mudan
ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide más
obras. No podemos. El mes pasado me gasté más de veinte mil reales en
reparaciones. Conque, despácheme, que tengo prisa».

--¿Pero se ha vuelto usted cohete? Siéntese un momento. Dígame una
cosa...

--No tengo que decir cosas. Que me voy...

--¡Ay qué pólvora de hombre! Mire que así va a vivir poco.

--Mejor. Bastante he vivido ya.--Siéntese. En seguidita le doy el
dinero. Pero dígame una cosa que quiero saber. ¿De quién es ahora esta
casa?

--Eso a usted no le importa. ¿Cree que estoy yo para perder el tiempo?
La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversación. ¿Es
que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avío... Ya sabe que soy
hombre de pocas palabras.

--¿De pocas?, ¡digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el día
que nació estaba charlando por siete. Dígame... ¿de quién es la casa?

--De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca
es magnífica; está tasada en treinta y cinco mil duros. Sólo el pedernal
de los cimientos y la berroqueña de la escalera valen un dineral. ¿Pues
y las paredes? El otro día, al abrir un hueco, los albañiles no le
podían meter el pico, Nada, que _talmente_ se rompen las herramientas en
este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no
tengo ganas de conversación. Cuando se abrió el testamento del señor D.
Manuel Moreno-Isla, que en gloria esté, testamento hecho tres años ha,
se encontró que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a
doña Guillermina Pacheco, su tía... La señora ha hipotecado ambas fincas
para acabar el asilo, y por eso verá usted que este va echando chispas.
Lo acabarán este año... Conque...

Extendió la mano, y con la otra mostraba el bastón, como si fuera un
bastón de autoridad.

«¡Doña Guillermina mi casera!--dijo Fortunata, pensativa, entregando el
dinero--. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga
mía».

--¡Qué ha de ser amiga de usted... qué ha de ser!--replicó Estupiñá con
sarcasmo--. Y si quiere usted verla furiosa, háblele de obras que no
sean las del asilo. Adiós; que haya salud... ¡Ah!, me olvidaba: cuidado
con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a
usted; cuente que la echo... ¡María Santísima, y cuánta planta tiene
usted aquí! Es un jardín... Me parece mucho peso... ¡Qué vistas tan
hermosas! Mal año ha sido este para los puestos de Navidad. Están los
pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me
parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan
frío como este. ¿Sabe usted que se murió el sordo, el del puesto de
carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer,
y... ¡qué vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del
segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. ¡Ay qué gente! Si la
señora me dejara, ya les habría puesto los trastos en la calle; pero mi
ama es así, no quiere desahucios.--«Por Dios Plácido, no les eches...
los pobrecitos ya pagarán; es que no pueden».--«Pero señora, con que me
dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelería
de Botín...». Total, que con caseras como la mía, estos bribones de
inquilinos están como quieren.

Tanto charló aquel hombre, que Fortunata, después de haberle rogado para
que entrara, le tuvo que echar con buen modo: «Pero don Plácido, mire
que se le va a hacer tarde...».

--¡Ah!, sí... ¡la culpa la tiene usted que es lo más habladora...! Abur,
abur...

Fortunata no salía nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida,
y Segunda, que tenía puesto en la plazuela, le traía la compra.

En los días que siguieron a la primera visita del administrador de la
casa, no pudo la prójima apartar de su pensamiento a la que por tan
breve espacio de tiempo fue su amiga. «¡Quién le había de decir a ella y
quién me había de decir que viviría en su casa! ¡Qué vueltas da el
mundo! En aquellos días, ni a mí se me pasaba por la cabeza venirme
aquí, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plácido le cuente
que soy su inquilina, ¿qué dirá? ¿Se pondrá furiosa y querrá echarme a
la calle? Tal vez no, tal vez no...». Cuando esta idea u otra semejante
le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el
gabinete de la santa, sentía la pobre mujer que la conciencia se le
alborotaba, y no podía aplacarla ni aun arguyéndose que _la otra la
había provocado_. «Me cegué, no supe lo que hice. De veras digo que si
tuviera ocasión, le habría de decir a doña Guillermina que me
perdonara».

La soledad en que vivía, favoreciendo en ella esta resurrección mental
de lo pasado, inspirábale juicios muy claros de sus acciones y
sentimientos. Todo lo veía entonces transparentado por la luz de la
razón, a la distancia que permite apreciar bien el tamaño y forma de los
objetos, así como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo
ver los errores y maldades que cometieron en él. «¿Y a Jacinta, le
pediría yo perdón?» se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan
pronto se le ocurría que sí como que no. La Delfina la había ofendido y
ultrajado, cuando ella no hacía más que contarle a la santa sus penas y
el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello,
amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empezó a
prevalecer la afirmativa. Cierto que debía pedirle perdón por el intento
que tuvo de arañarle la cara, ¡qué barbaridad!, y por las palabras que
se dejó decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba
aclarar el siguiente punto:

¿Había faltado Jacinta con el señor de Moreno?

Porque si había faltado, allá se iba la una con la otra, y tan buena era
Juana como Petra. Nunca pudo la señora de Rubín llegar en sus
cavilaciones a una solución terminante en este punto oscurísimo. Ya
afirmaba la culpabilidad de _la mona del Padre Eterno_, ya la negaba.
«Daría yo cualquier cosa--exclamaba invocando al Cielo--, por saber esa
verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la
sabía se ha muerto. Lo sabrá también el confesor de Jacinta, si es que
lo ha confesado. Pero nadie más, nadie más. Pues no sé qué daría yo por
salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla
diferencia va de una cosa a otra... Si pecó, todo varía en mí, y no me
rebajo yo a pedirle perdón; pero si no faltó... ¡ay!, la dichosa _mona_
me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo».

De aquí pasaba a otro eslabón de ideas: «Y ahora estamos las dos de un
color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos
podríamos consolar... porque en mi terreno, yo soy también virtuosa,
quiere decirse que yo no le he faltado con nadie;. y si ella se hace
cargo de esto, bien podría venir a mí, y entre las dos buscaríamos a la
pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondríamos que no habría
por donde cogerla... Vamos a ver, ¿por qué Jacinta y yo, ahora que
estamos iguales, no habíamos de tratarnos? Por más que digan, yo me he
afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se
me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las
señoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doña Lupe me pasaron la
piedra pómez, sacándome un poco de lustre. ¿Por qué no nos habíamos de
tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de
que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de
honradez».

Pasaba sin pensarlo a otro eslabón. «Pero ella no querrá... Tiene mucho
orgullo y mucho tupé, mayormente ahora que se la comerá la envidia.
¡Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... ¿Qué derechos ni
qué pamplinas? Esto que yo tengo aquí _entre mí_, no es humo, no. ¡Qué
contenta estoy!... El día en que _esa_ lo sepa, va a rabiar tanto, que
se va a morir del berrinchín. Dirá que es mujer legítima... ¡Humo! Todo
queda reducido a unos cuantos latines que le echó el cura, y a la
ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, señora mía, es algo
más que latines; fastídiese usted... Los curas y los abogados, ¡mala
peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale... Yo digo que sí vale;
es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la
boca».

Y su convicción era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para
soportar aquella vida solitaria y tristísima.

--ii--.

Una mañana, al levantarse, vio que había caído durante la noche
una gran nevada. El espectáculo que ofrecía la plaza era precioso; los
techos enteramente blancos; todas las líneas horizontales de la
arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con purísimas
líneas de nieve;. los árboles ostentando cuajarones que parecían de
algodón, y el Rey Felipe III con pelliza de armiño y gorro de dormir.
Después de arreglarse volvió a mirar la plaza, entretenida en ver cómo
se deshacía el mágico encanto de la nieve; cómo se abrían surcos en la
blancura de los techos; cómo se sacudían los pinos su desusada
vestimenta;. cómo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se
desleían los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo,
a la mañana tan puro y albo, era ya al mediodía charca cenagosa, en la
cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la
nieve con los chorros de agua y revolviéndola con el fango para echarlo
todo a la alcantarilla. Divertido era este espectáculo, sobre todo
cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los
chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba
esto Fortunata, cuando de repente... ¡ay, Dios mío!, vio a su marido;
era él, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de
Julio, y tuvo que retroceder saltando más que de prisa, porque el chorro
de agua le cortó el paso. Instintivamente se quitó la joven de su
ventana; pero después se volvió a asomar, diciéndose: «Si aquí no puede
verme... Lo que menos piensa él es que está tan cerca de mí... Vamos; da
la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al café de
Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. ¿Pero
cómo es que le dejan salir solo? ¿Se habrá puesto bueno? ¿Estará mejor?
¡Pobre chico!...».

Y no se volvió a acordar más de él hasta la noche, cuando estaba
acostada, sola en la casa, pues su tía no había entrado aún.

«Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor día hace
cualquier desavío y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto,
voy a tener miedo, y me pondré a discurrir si se meterá aquí el mejor
día... La suerte es que no sabrá dónde estoy; buen cuidado tengo yo de
que no lo sepa. ¿Pero quién está segura de ningún secreto en estos
tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca
para rato... ¡Como no le dé por venir a matarme!... Eso tendrá que ver.
Pero muy descuidada habría de cogerme, porque le deshago yo de un par de
porrazos... Pero, ¿y si entra, se esconde, me acecha, y ¡pim!, me pega
un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le
abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi tía que necesito tomar una
criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, así como Papitos, me
vendría muy bien. ¡Sola todo el día en esta jaula!... ¡Ah!, gracias a
Dios; ya siento el llavín de mi tía, que entra. ¿Será ella o será alguno
que le ha quitado el llavín y viene a matarme?... Tía, tía, ¿es usted?».

--Yo soy, ¿qué se te ocurre?...

--Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me
parece que entran ladrones, asesinos y qué sé yo...

Ninguna noche conciliaba el sueño antes de que diera las doce el reloj
de la Casa-Panadería. Oía claramente algunas campanadas; después el
sonido se apagaba alejándose, como si se balanceara en la atmósfera,
para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el
estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el
viento venía a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a
darla, el viento la cogía en sus brazos y se la llevaba lejos, muy
lejos... Después volvía para acá, describiendo una onda grandísima, y
retumbaba ¡plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de
la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza
Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la
hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: «Aquí tenéis las
doce, tan guapas». Y luego tornaba para acá, ¡plam!... ¡ay!, era la
última. El viento entonces se largaba refunfuñando. Otras noches se
entretenía la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la
hora de la Panadería se enzarzaban. Empezaba esta, y le respondía la
otra. De tal modo se confundían los toques, que no conociera aquella
hora ni la misma noche que la inventó. Las doce de acá y las doce de
allá eran una disputa o guirigay de campanadas. «Vamos, que también se
oye la Merced... Tantísima hora, tantísima hora, y no sabe una si son
las doce o qué...».

Para tener compañía y servicio, tomó por criada a una niña, hija de una
de las placeras amigas de Segunda. Llamábase Encarnación y parecía muy
formalita. Su ama le leyó la cartilla el primer día, diciéndole: «Mira,
si algún sujeto que tú no conoces, por ejemplo, un señorito flaco, de
mal color, así un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo
aquí, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no
sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Señorita, es un hombre
o una mujer de estas y estas señas'. Conque fíjate bien en lo que te
mando. Tu tía te habrá hecho la misma recomendación. Si no nos obedeces,
¿sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la cárcel. Y no creas
que te van a sacar: allí te estarás lo menos, lo menos, tres años y
medio».

La chica cumplía estas órdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron.
«Señorita, ahí está un hombre con barbas largas, muy aseñorado... y
tiene la voz así, como _respetosa_». Miró Fortunata por los agujeros de
la chapa. Era Ballester. «Dile que pase». Se alegraba de verle para
saber lo que ocurría en la familia, y para que le contara por qué
demonios andaba suelto Maxi por esas calles.

De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacéutico. Venía vestido
con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya
muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras
chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy
lustroso. «¡Qué deseos tenía de verla a usted...! No me atrevía a
venir... Pero doña Lupe me ha instado tanto para que venga, que al
fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dónde usted está. Hay
mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera
usted, ha recobrado la razón; parece que está juiciosísimo; habla de
todo con tino, y no hace ningún disparate».

Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que
hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no
poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín. Se
puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: «Doña Lupe me ha dado
un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a
D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligación; muy
cuidadoso y muy hábil...».

--No sé, veremos... lo pensaré... todavía...--balbució ella cortadísima,
bajando los ojos.

--¿Cómo todavía? Me ha dicho doña Lupe que será en Marzo. Estamos a 20
de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podría verse
sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo.

Tomando una actitud galante, añadió: «Porque yo me intereso vivamente
por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el
mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y
callado, acuérdese de mí...».

Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto:
«No me vuelvo atrás de nada de lo que he dicho a usted en otras
ocasiones». Como ella aparentase no interesarse en este giro de la
conversación, volvió Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera.
«Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le diré
que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe él que no
tiene que decir nada al amigo Rubín».

Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interés
que mostraba hacia ella, según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui.

«Yo no sé lo que es, amiga mía; pero _la ministra_, de unos días a esta
parte me ha preguntado como unas seis veces si la había visto a usted...
'Yo no voy--me dijo--; pero hay que mirar algo por ella, y no
abandonarla como a un perro'. Por esto me decidí a venir, y ahora me
alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo
buenos amigos. Quedamos en que vendrá Quevedo. Sí; preparémonos, porque
estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltará a
usted nada. ¡Qué caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... ¡Oh!,
¡qué cabeza ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? (metiéndose la mano
en el bolsillo). _La ministra_ me ha dado para usted este paquetito de
dinero. Por fuera está escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y
dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos de
algún dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna
cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: '¿A quién
acudiré yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un
recadito... Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos que
tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de
muy poquito tiempo. Si pudiera, vendría mañana y tarde todos los días,
contando con su permiso. Pero en este pícaro mundo, se llega hasta donde
se puede, y el que, impulsado por el querer, va más allá del poder, cae
y se estrella».

Repitió sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresión de
que no estaba tan sola como creía, y de que el tal Segismundo era, en
medio de sus tonterías y extravagancias, un corazón generoso y leal.
Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla,
y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a
este por _las Samaniegas_. Pero ya se lo preguntaría cuando volviese.

Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas
relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas,. siendo de
notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar
con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial
parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata
encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que
nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de
aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante.
El bueno de _Platón_, encontrando al fin el descanso de su vida
vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de
frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le
disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid
un _modelo_ mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo
acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le
desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al
arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no
era trabajar ¡qué demonio!, era _retratarse_, y el que trabajaba era el
pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una
novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con
su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no
acababa. En tal estudio hacía de _Pae Eterno_, en el momento de estar
fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en
Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un _tío
en pelota que le llaman_ Eneas, con su padre a _la pela_. «Pero lo mejor
que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando _de lo fino_..., es
aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías
naves...». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y
la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y
copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su
sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran
compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún
mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras.
Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes
para el ajuar que estaba haciendo;. pero siempre le encargaba que no la
descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla,. lo que
propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una
cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; .y
si razones tenía _la Samaniega_ para retraerse, también ella las tenía
para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no».

-V-

La razón de la sinrazón.

--i--.

La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía
y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues
sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de
quicio. Todo aquel invierno continuó el tratamiento de las duchas
circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le
sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de
notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante,
que en el caletre del joven se escondía un pensamiento relativo al
paradero de su consorte,. y temían que este pensamiento, aunque contenido
en proporciones menudas por el renacimiento armónico de la vida
cerebral, tuviera el mejor día fuerza expansiva bastante para volver a
trastornar toda la máquina. Pero estos temores no se confirmaron. En
Diciembre y Enero la mejoría fue tan notoria, que doña Lupe estaba
pasmada y contentísima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues
no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la
timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudió
los primeros años de su carrera, y aun parecía que se renovaban en él
las ideas de aquellos lejanos días, y con las ideas el encogimiento en
el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa.

Su vida era muy metódica; no se le permitía leer nada, ni él lo
intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doña Lupe le fijaba la
hora a que había de volver. Ni una sola vez dejó de entrar a la hora que
se le mandaba. Para que tales días se pareciesen más a los de marras, el
único gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la
ventura, observando y pensando. Una diferencia había entre la
deambulación pasada y la presente. Aquella era nocturna y tenía algo de
sonambulismo o de ideación enfermiza; esta era diurna, y a causa de las
buenas condiciones del ambiente solar en que se producía, resultaba más
sana y más conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente
trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan
de sí las ideas bien batidas;. en esta trabajaba en la razón,
entreteniéndose en ejercicios de lógica, sentando principios y
obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la
marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el _furor de la
lógica_, y se dice esto así, porque cuando pensaba algo, ponía un
verdadero empeño maniático en que fuera pensado en los términos usuales
de la más rigurosa dialéctica. Rechazaba de su mente con tenaz
repugnancia todo lo que no fuera obra de la razón y del cálculo, no
desmintiendo esto ni en las cosas más insignificantes.

Que al poco tiempo de sentir en sí este tic del razonamiento lo aplicó
al oscuro problema lógico de la ausencia de su mujer, no hay para qué
decirlo. «Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni
siquiera se discute. Ahora dilucidemos si está en Madrid o fuera de
Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibiría mi tía
cartas suyas. Es así que jamás llega a casa el cartero del exterior, y
cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi tío Jáuregui;
luego... Pero propongamos la hipótesis de que dirige las cartas a otra
persona para que yo no me entere. Es inverosímil; pero propongámosla. En
tal caso, ¿qué persona sería esta? En todo rigor de lógica no puede ser
doña Casta, porque la señora de Samaniego no gusta de tales papeles. En
todo rigor de lógica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada,
anteayer, entró en el gabinete de mi tía, y yo, desde el pasillo, le oí
preguntarle claramente si había sabido de la señorita... Luego,
Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de
cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber
correspondencia; luego está en Madrid».

Quedose muy satisfecho, y después de detenerse un rato a ver un
escaparate de estampas, volvió a pegar la hebra:. «Podría ponerse en duda
que entre ella y mi tía haya comunicación, y en caso de que no la
hubiera, el problema de su residencia seguiría como boca de lobo; pero
yo sostengo que hay comunicación. Si no, ¿qué significa el papelito de
apuntes que sorprendí el otro día sobre la cómoda de mi tía, y en el
cual, pasando al descuido la vista, distinguí este renglón que decía:
_Corresponden a F. 1.252 reales_? _F._ quiere decir _ella_. Luego hay
comunicación entre mi tía y ella, y como esta comunicación no es postal,
resulta claro, como la luz del día, que reside en Madrid».

Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razón. A veces se decía:
«Rechacemos todo lo fantástico. No admitamos nada que no se apoye en la
lógica. ¿De qué vive? ¿Vivirá honradamente? No aventuremos ningún juicio
temerario. Podrá vivir honradamente y podrá vivir de mala manera. Yo
llegaré a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a
nadie. Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos. Veo, oigo y
pienso. Así sabré todo lo que quiero. ¡Qué hermosa es la verdad, mejor
dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la
tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven
desde estos barrios!... Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy. La
gente me mira con lástima, como a un enfermo; pero yo, en mí, me recreo
en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque él está en
grande».

Entró en el café del Siglo, donde creía encontrar a su hermano; pero
Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Dirección de
Beneficencia y Sanidad, había encargado a Juan Pablo un trabajo
delicadísimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de
lazaretos; y me le tenía en la oficina de sol a sol. Allí le llevaban el
café. No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos
extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza
vendría un ascenso. Hablaron de empleos y de política, diciendo
Maximiliano cosas muy buenas.

Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de
ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía
cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima),. y además porque la
sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía
presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza.
Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil
y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de
café. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un
cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese.
Este matrimonio solía ir los domingos acompañado de toda la familia, a
saber: una abuela que había sido _víctima_ del 2 de Mayo, y siete
menores. El café se compone de dos crujías, separadas por gruesa pared y
comunicadas por un arco de fábrica; mas a pesar de esta rareza de
construcción, que le asemeja algo a una logia masónica, el local no
tiene aspecto lúgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio,
había siempre animación campechana y confianzuda, y como el espacio es
allí tan reducido, toda la parroquia venía a formar una sola tertulia.
En ella imperaba Refugio como en un salón elegante en el cual fuera
estrella de la moda. Dábase mucho lustre, tomando aires de señora,
alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los demás
estaban en la obligación de reír. Poníase siempre en un ángulo, que
tenía, por la disposición del local, honores de presidencia. Cuando Maxi
iba, su cuñada le hacía sentar a su lado, y le mimaba y atendía mucho,
con sentimientos compasivos y de protección familiar, permitiéndose
también tutearle y darle consejos higiénicos. Él se dejaba querer, y
apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que
mentalmente hacía sobre todo lo que allí se charlaba. Una noche estaba
el pobre chico tomándose su café, muy callado, en la misma mesa de
Refugio, cuando se fijó en dos hombres que en la próxima estaban, uno de
los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acertó al fin. Era
Pepe Izquierdo, tío de su mujer, a quien sólo había visto una vez, yendo
de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo presentó. Como en
Gallo había tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra
mesa. Primero se hablaba de política, después de que la guerra se
acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a
ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución
francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido
guillotinadas _muchas almas_. Oír que se hablaba de Historia y no meter
baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a _modelo_
sabía que Nabucodonosor era un Rey que comía hierba; que D. Jaime entró
en Valencia a caballo, y que Hernán-Cortés era un _endivido_ muy
templado que se entretenía en quemar barcos. Los disparates que aquel
hombre dijo acerca del _Pronunciamiento_ de Francia, hicieron reír mucho
a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que
echaba al concurso miradas desdeñosas, no queriendo aventurar una
opinión, que habría sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas
el compañero de _Platón_, persona enteramente desconocida para Maxi,
debía de ser uno de los sujetos más eruditos que en aquel local se
habían visto nunca, y cuando rompió a hablar, se ganó la atención del
auditorio. Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con
una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy
distintos del gárrulo lenguaje de su amigo:. «Al Rey Luis XVI--dijo--, y
a la Reina Doña María Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente,
porque no querían darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente,
aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los
meses, señores,. y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro,
y la religión también fue abolida, celebrándose las misas, naturalmente,
a la diosa Razón».

Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con
Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y
estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93. «Porque
mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven
indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero
primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente,
salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando
empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay
lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a
aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le
aplaudo».

--Y yo también--dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel
hombre razonaba discretamente.

--¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?...--prosiguió
Ido--. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a
Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin
desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen
que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no
trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No
señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida
y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no
se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza
está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas
a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre:
«Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie.

«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con
movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.

Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era
profesor de primeras letras en las escuelas católicas,. Maximiliano
discurrió que no estaba en armonía la humildad del empleo con el saber y
la destreza dialéctica que aquel individuo mostraba.

Al siguiente día por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las
personas conocidas, más que el cobrador municipal y José Izquierdo. Este
había dejado en la silla próxima un envoltorio. Mirolo el joven con
disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un
pañuelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se
descubrió una bota elegante con caña color de café. Al verla Rubín,
sintió como si le cayera una gota fría en el corazón. «Esa bota es de
ella... ¡ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mías. No la
lleva a componer porque está casi nueva. La lleva de muestra para que le
hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta
tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. ¿Y por qué no las lleva
ella? Porque no sale. Luego está enferma... Enferma, ¿de qué?».

--ii--.

_Platón_ se despidió de su amigo, y cogió el lío diciendo que
tenía que ir a la calle del Arenal.

«Justo--discurrió Maxi sin decir una palabra--.

Allí está su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podría
averiguarlo siguiendo a ese bárbaro. Pero no... Con la lógica y sólo con
la lógica lo averiguaré. ¿Para qué quiero esta gran cordura que ahora
tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo».

Después, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy
comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trató,
que fue la insurrección de Cuba, el alza de la carne,. lo que se debe
hacer para escoger un bonito número en la lotería, la frecuencia con que
se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranvía nuevo
que se iba a poner y otras menudencias.

Un día de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al café, vio a
Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadería, y a punto que le
saludaba, pasó y se detuvo el cobrador municipal. Este y José cambiaron
unas palabras.

«En seguida voy al café--dijo el _modelo_, mostrando varios paquetes a
su amigo, que los miraba con curiosidad--. Subo a largar esto: Varas de
cinta... jabón... demonios, dátiles. Voy cargado como un santísimo
burro».

Maximiliano siguió hacia el café, y observando que Platón tomaba hacia
la calle de Ciudad Rodrigo, miró su reloj.

--¡Dátiles!... ¡Cuántos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se
despepita por ellas...--pensó el razonador, penetrando en el establecimiento,
sin ver nada de lo que en él había--. Come dátiles... luego no está mala;
los dátiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no
salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa...

Y viendo entrar a Izquierdo, volvió a mirar su reloj. «Ha tardado doce
minutos. Luego la casa está cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para
subir la escalera, dos para bajarla... Y está cansado el hombre; debe de
ser alta la escalera... La casa está cerca. La descubriremos por la
lógica. Nada de preguntas, porque no me lo dirían; ni seguir a este
animal, porque eso no tendría mérito. Cálculo, puro cálculo...».

Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero él no
quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la
conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él,
pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del
ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los
concejales. Después el recaudador sacó a relucir no sé qué asunto de
familia, quejándose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo
que Izquierdo tomó pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las
ventajas de no tener familia que mantener. «Musotros los viudos estamos
como queremos» dijo volviéndose a Maxi y dándole un palmetazo en el
hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y
para sí dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lógica:. «Se te ha
encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con
lo que hablas delante de mí, dromedario, y tú, como todos, te empeñas en
meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi
cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes.
Verás cómo destruyo tus sofismas y mentiras. Verás lo que puede el
cálculo de un cerebro lleno de luz... ¡Con que yo viudo! Lo mismo que mi
tía, que me dijo ayer: «desde que _enviudaste_, pareces otro...». Me
conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lógica me las arreglo
admirablemente y me río del mundo. ¡Qué bonita es la lógica; pero qué
bonita! ¡Y qué hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de
toda apreciación fantasmagórica, atenta a los hechos, nada más que a los
hechos, para fundar en ellos un raciocinio sólido!... Pero vámonos a mi
casa, que mi tía me espera».

Tres días después de esto, al entrar en la botica, notó que Ballester y
Quevedo hablaban, y que al verle llegar a él, se callaron súbitamente.
Como había adquirido facilidad para la apreciación de los hechos, aquel
se le reveló claramente. Segismundo y el comadrón trataban de algo que
no querían oyese Maximiliano.

Para disimular le preguntaron a él por su salud, y a poco dijo Quevedo
al farmacéutico en tono muy misterioso: «¿Ha preparado usted el
cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora».

«Qué tal, ¿paseamos mucho, joven?--agregó en alta voz, volviendo hacia
Maxi su cara de caimán, en la cual la sonrisa venía a ser como una
expresión de ferocidad--. Vamos bien, vamos bien. Al fin podrá usted
volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya decía yo que en cuanto estuviera
usted libre... por aquello de _muerto el perro se acabó la rabia_».
Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad. Después observó que
Ballester sacaba de un cajón un paquetito de medicamento y se lo daba al
Sr. de Quevedo, diciéndole: «Lléveselo usted; lo he pulverizado yo mismo
con el mayor esmero. La antiespasmódica la llevaré yo». El comadrón tomó
el paquete y se fue.

A poco entró _doña Desdémona_ preguntando por su marido, y pudo observar
el joven que Ballester le hizo señas, llamándole la atención sobre la
presencia de Maxi, pues la señora empezó diciendo: «¿Ha ido otra vez a
la Cava?». Aquello se arregló y _doña Desdémona_ invitole a que la
acompañase a su casa, lo que él hizo de bonísima gana, remolcándola del
brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la
señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría,
un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de
una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la
casa. A la hora de comer entró Quevedo muy fatigado, diciendo: «No hay
nada todavía...». Y como vio allí al sobrino de doña Lupe, no dijo más.

Cuando Maximiliano se retiró, iba desarrollando en su mente la más
prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se había
visto. «¿Ves como salió? Lo que fulminó en mi cabeza como un resplandor
siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas
las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejémonos de
poesías; la inspiración poética es un estado insano. Lógica, lógica, y
nada más que lógica. ¿Cómo es que lo averiguado hoy por procedimientos
lógicos, fundados en datos e indicios reales, existió antes en mi mente
como los rastros que deja el sueño o como las ideas extravagantes de un
delirio alcohólico? Porque esto no es nuevo para mí. Yo lo pensé, yo lo
concebí envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas
enteramente absurdas. ¡Misterios del cerebro, desórdenes de la ideación!
Es que la inspiración poética precede siempre a la verdad, y antes de
que la verdad aparezca, traída por la sana lógica, es revelada por la
poesía, estado morboso... En fin, que yo lo adiviné, y ahora lo sé. El
calor se transforma en fuerza. La poesía se convierte en razón. ¡Qué
claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal
vez donde vivió antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se
aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la
antiespasmódica. ¡Ah!, ¡cómo me río yo de estos imbéciles que creen que
me engañan!... ¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma
cordura! ¡Dios mío, qué talento tengo! ¡Qué manera de discurrir!...
¡Estoy asombrado de mí mismo, y compadezco a mi tía, a Ballester, a
todos los que hacen delante de mí esta comedia! 'Todavía no hay nada',
fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presunción equivocada,
falsos síntomas. Luego la cosa está próxima. Estamos en Marzo. Bien, no
me falta más que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la
inspiración, aseguraría que es la misma casa aquella, la de los
escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lógica, y no
aseguremos nada que no esté fundado en un dato real».

Al día siguiente estuvo con su hermano en el café del Siglo, y después
en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban
José convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar
copas y su amigo Izquierdo, que bebía aguardiente como si fuera agua, se
burlaba de la sobriedad del profesor de instrucción primaria, el cual
aseguró haber comido _fuerte_ y no hallarse muy bien del estómago. Poco
a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba
la tertulia, retirándose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la
mesa más lejana, ensimismado, los codos sobre el mármol y la cabeza en
las palmas de las manos. Fuese hacia él, movido de lástima, y le
preguntó lo que tenía. «Amigo--le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando
su cara descompuesta--, ¿ve usted cómo me tiembla el párpado derecho?
Pues es señal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea
de lo malo que me pongo».

--Vamos, D. José, eso no es más que aprensión (tratando de llevarle al
grupo principal).

--Déjeme usted... Se ríen de mí, porque desbarro mucho... Tiempo hacía
que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra,
y no lo puedo remediar. Tendré que ausentarme, para que no se burlen de
mí. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho
aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, créamelo usted,
caballero. Usted es el único que no se reirá de mí; usted comprende mi
desgracia y me compadece.

--D. José... que se le quiten esas cosas de la cabeza--le dijo el otro,
oficiando de hombre sesudo y razonable.

--¡Ah!... pues quíteme del campo de mi vida los hechos... (tocándole
amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y
las nuestras no son la norma de nuestra vida. Así es el mundo. De nada
le vale a usted ser honrado, si la maldad de los demás le obliga a hacer
una barbaridad.

--Eso está muy bien discurrido.

--¡Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueños
de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos
conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate
de casarse, se engrana, se engrana, ¿me entiende usted?, y ya no es
dueño de su movimiento.

--Entiendo, sí...--Pues no me acuse usted si oye que he cometido un
crimen (hablándole al oído), porque los que tenemos la desgracia de ser
esposos de una adúltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos
responder de aquel mandamiento que dice: _no matar_. Creo que es el
quinto.

--Sí, el quinto es--dijo Maxi, que sentía una corriente fría pasándole
por el espinazo.

--Y aquí donde usted me ve... (echándose para atrás y expresándose
siempre en voz muy baja), hoy mato yo...

Esto, aunque dicho muy quedamente, fue oído de Izquierdo, que rompiendo
a reír, soltó esta andanada: «¡Pues no dice este judío _Dio_ que hoy
mata él!... ¿En qué plaza, camaraíta?».

Las carcajadas atronaban el café, y Rubín se acercó al grupo principal,
diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y
compasión:. «Señores, no burlarse de este pobre señor que no tiene la
cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es
cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con
aguardiente».

Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre
los brazos cruzados sobre el mármol, y el dueño del establecimiento,
mirándole con sorna, le decía: «Aquí no se duermen monas. A dormirlas a
la calle». Maxi trató de hacerle levantar la cabeza. «D. José, a usted
le convendría tomar duchas y también unas pildoritas de bromuro de
sodio. ¿Quiere que se las prepare? Es el tratamiento más eficaz para
combatir eso... Dígamelo usted a mí, que durante una temporada he estado
como usted... muchísimo peor. Yo inventaba religiones; yo quería que
todo el género humano se matara; yo esperaba el Mesías... Pues aquí me
tiene tan sano y tan bueno».

Y volviendo al grupo principal: «Nada, hay que dejarle. Eso le pasará.
¡Pobrecito!, me da mucha lástima».

De repente, D. José se levantó de su asiento y salió de estampía, entre
la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrás; pero
Refugio le tiró de los faldones y le hizo sentar a su lado: «Déjalo tú,
¿qué te importa?». Y apareció el tumulto, por la entrada de otros Pepes;
y el amo del café, que también era algo José, repartió puros y ron con
marrasquino. Algunos se empeñaron en que Maximiliano bebiese; pero ni él
quería, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de
su preciosa salud. Lo que hacía el excelente muchacho era reír con la
mayor buena fe todas las gracias que allí se decían, hasta las más
zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegría
de aquella gente.

--iii--.

Comió Rubín aquella noche sosegadamente con su tía, contándole
algo de lo que había visto y oído en el café,. a lo que respondió la gran
señora expresándole su deseo de que no fuese más a aquel
establecimiento, por estar muy lejos, y porque en él siempre encontraría
una sociedad inculta y ordinaria. El joven parecía conformarse con esta
idea, y aseguró que no volvería más. Después fue con su tía a casa de
Samaniego, y mientras duró la tertulia, permaneció apartado de ella,
labrando y puliendo su idea. «Es en la casa de los escalones de
piedra... Después que echó aquel brindis estúpido, Izquierdo habló de
subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los
escalones de piedra... Ya sé, pues, dónde está. Ahora, hay que proceder
con sigilo y decisión. Llegó la hora de castigar. El honor me lo pide.
No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo decía:
'Estamos engranados en la máquina, y la rueda próxima es la que nos hace
mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'».

--¿Por qué suspiras, hijo?--le preguntó su tía, observándole caviloso y
suspirante.

Contestó evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que _doña
Desdémona_ invitase al joven a pasar en su casa la mañana siguiente. Le
enseñaría todos sus pájaros y le daría de almorzar. Aceptada esta
fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que
la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando
jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el
otro volátil pláticas muy cariñosas. Su obesidad no le impedía ser ágil
y diligentísima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre,
y como su figura era casi esférica, no parecía persona que anda, sino un
enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No
tardó en asociar al chico a sus operaciones, enseñándole a distribuir el
alpiste a toda la familia. Con algunos sostenía _doña Desdémona_
conversaciones maternales.

«¿Qué dices tú, chiquitín de la casa?... gloria mía... A ver, ¿tiene el
niño mucha hambre...? ¡Ay qué pico me abre este hijo!». Y los trinos
ensordecían la casa. Con verdadero ahínco, Maximiliano seguía torneando
en su cabeza las ideas de la noche anterior. «La mataré a ella y me
mataré después, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos
de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar».

--¡Qué mala es esta pájara!--decía _doña Desdémona_--, no sabe usted lo
mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso.
Si no fuera por el macho, que es, ahí donde usted lo ve, toda una
persona decente, los pobrecitos se morirían de hambre.

--Hay que perdonarla--replicó Maxi con humorismo--, porque no sabe lo
que se hace... Y si la fuéramos a condenar, ¿quién le tiraría la primera
piedra?

--Vamos ahora a los pericos, que ya están alborotados.

«La lógica exige su muerte--pensaba Rubín colgando cuidadosamente una
jaula en que había muchos nidos--. Si siguiera viviendo, no se cumpliría
la ley de la razón».

La renovación del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y
graciosos seres aprisionados una alegría insensata; y poniéndose todos a
piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las
personas que entre ellos estaban. _Doña Desdémona_ hablaba por señas.
Maxi parecía contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones
por puro entretenimiento. Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy
buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él,
diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en
ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se había
redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se curó
el buen señor de sus murrias y no volvió a hacer el Otelo. Sin embargo,
a ninguno que no fuera el pobre Rubín, le habría permitido entrar
libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a éste capaz
de comprometer la honra de ningún hogar donde penetrase.

Doña Lupe entró muy gozosa, diciendo: «¿Qué tal se ha portado el
galán?».

--Admirablemente, señora. Es lo más amable...--replicó _doña Desdémona_,
y llevándola aparte, añadió--: Si está bueno y sano... ¡Si viera usted
qué contento y qué tranquilo...! Nada, como la persona de más juicio.

--Yo creo--dijo la de Jáuregui--, que si no está curado, le falta poco.
¿Y qué hay de eso?

--Esta mañana volvió Quevedo. Todavía nada... Esperando por momentos...
Ella, con mucho miedo.

Algo más cotorrearon, pero no hace al caso. Doña Lupe se llevó a su
sobrino al Monte de Piedad, y como aquel día las ventas fueron de muy
poco interés, tornaron pronto a casa, después de comprar fresa y
espárragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la señora
encargó a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y él
las despachó con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un céntimo;.
y como su tía se maravillase de aquel tino aritmético, el joven se echó
a reír, diciéndole: «¿Pero usted qué se ha figurado? Si tengo yo la
cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra
cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan».

Hacía muchísimo tiempo que doña Lupe no había visto al chico tan
despejado, con tanto reposo en el espíritu y el ánimo tan dispuesto a la
alegría, señales todas de reparación indudable. «Si no dudo que estés
bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte
así, y le pido a Dios que te conserve».

--Crea usted que seguiré lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza
que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a
usted ahora mismo. Se pasmará usted al ver que si buena comedia han
hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engañadores
son los engañados.

Doña Lupe empezó a alarmarse.

--Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas
y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas
las personas a quienes conozco fuera de casa, _bordaban_ admirablemente
su papel; y yo callado... haciéndome el tonto, mientras con la sola
fuerza del cálculo, descubría la verdad.

Y doña Lupe tan parada, que no sabía qué decirle.

«Y vea usted cómo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las
cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a
nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundándome sólo en algún
indicio que pescaba aquí y allí, sentando hechos y deduciendo
consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lógica, tía,
con la lógica seca. Atienda usted y asómbrese».

Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un
buey.

«Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que
Fortunata no se ha muerto, que está en Madrid, que vive cerca de la
Plaza Mayor,. que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los
escalones de piedra, que está fuera de cuenta desde hace un mes, y que
D. Francisco de Quevedo la asiste».

Doña Lupe no se atrevió a negar; tan abrumadoras eran las verdades que
su sobrino manifestaba. «Verás... Tú no debes ocuparte de eso... Te
concedo que vive, pero no sé dónde. Y en cuanto al embarazo, es error
tuyo y de tu maldita lógica. ¡Vaya con la salida! El diablo cargue con
tu lógica».

--Si insiste usted, querida tía, en hacer comedias, creeré que quien ha
perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la
evidencia de que es verdad. Mí lógica no me engaña ni puede engañarme.
Con franqueza: ¿nota usted en mí algo que remotamente se parezca a falta
de juicio?

Doña Lupe no supo qué responder.

«¿He dicho algún disparate?... ¿Se atreve usted a sostener que lo he
dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... ¡Ah!, no quiere usted.
Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con
muy buen fin, es mi señora tía. ¿Quién es aquí el cuerdo y quién no lo
es?».

--Pues repito que eso del estado interesante es una papa--dijo la viuda
llena de confusión--. Alguien ha querido darte un bromazo, que por
cierto es de muy mal gusto.

--Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto,
absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del cálculo
puro. Y ahora, por si alguien duda todavía de que yo sea la cordura
andando, voy a dar a todos la última prueba de ella. ¿Cómo? Pues no
volviendo a hablar de semejante asunto. Se acabó. Sigamos la vida
ordinaria... Aquí no ha pasado nada, tía; hágase usted cuenta de que no
hemos hablado nada. ¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que
arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los
números, pues estos son la pura esencia de la lógica.

Y se puso a trabajar en las operaciones aritméticas con tanta serenidad,
y un temple tan equilibrado, que doña Lupe salió de la estancia
haciéndose cruces y diciendo que si lo que acababa de oír se lo hubieran
contado los cuatro Evangelistas, no les habría dado crédito. Pero siendo
lo que refirió el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la
señora no las tenía todas consigo respecto al estado de aquella cabeza.
Entráronle alarmas, como las de los peores días pasados, y se puso de un
humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lógica era una
crisis favorable, o por el contrario, traería nuevas complicaciones.

Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer
a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista
dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que existía,
pues nunca daba en el quid de la buena ocasión;. lástima grande, porque
el discurso que llevaba preparado para convencer a la señora era
admirable, y una roca se ablandaría oyéndolo. Su tía no le dejó pasar
del exordio, negándose absolutamente a contratar ninguna clase de
préstamo ni en las condiciones más usurarias. Total: que salió Juan
Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género
humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de
suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio
de las olas, y ya no podía más, ya no podía más. Se ahogaba.

--iv--.

En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la
piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en
el café del Siglo las teorías más disolventes. Con gran estupefacción de
D. Basilio Andrés de la Caña, que volvió a la tertulia, embistió contra
la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales
que se había dado un atracón de lecturas prudhonianas. No había visto un
solo libro, ni por el forro, y toda su argumentación ingeniosa sacábala
de la rabia que contra doña Lupe sentía, rencor satánico que habría
bastado para inspirar epopeyas.

Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella
desigual contienda más defensor que D. Basilio, quedó maltrecho. La mesa
de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los
combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con
las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche,. con
la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en
los cuales la mano afanadora de D. Basilio no había dejado más que polvo
de azúcar. Dichos cadáveres, horriblemente destrozados, eran la
propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia
y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio,
Ejército, Crédito público, etc... Con admiración de todos, Juan Pablo se
lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente
espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza
de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa,
con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de
D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de
sí aquel marcador de sus argumentos. También andaba por el suelo la
corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda
autoridad corría la misma suerte. Las conteras de los bastones,
golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban
cayendo de la mesa, expirantes. Creeríase que Juan Pablo las estrujaba
con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica,. y cuando
cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para
probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville
firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.

¿Y qué menos podía hacer el desgraciado Rubín que descargar contra el
orden social y los poderes históricos la horrible angustia que llenaba
su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su tía le puso en
el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al café
había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese
con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le
revolvió más la bilis. Sus amigos no podían con él; estaba furioso; poco
faltaba para que insultase a los que le contradecían, y su numen
paradójico se excitaba hasta un grado de inspiración que le hacía
parecer un propagandista de la secta de los _tembladores_. El que mejor
replicaba ¡parece increíble!, era Maxi, que se quedó en el café más
tiempo del acostumbrado, retenido por el interés de la polémica.
Defendía el joven Rubín los principios fundamentales de toda sociedad
con un ardor y una serena convicción que eran el asombro de cuantos le
oían. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus
nervios, absolutamente pacíficos, dejaban a la razón desenvolverse con
libertad y holgura. La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se
marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en
casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática. Había
vuelto a la docilidad de los tiempos que se podrían llamar
_antediluvianos_ o que precedieron a la catástrofe de su casamiento.
Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los demás
tratadistas de derecho público, abandonó el café con ánimo de irse
derechito a su casa. Atravesó la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe
III a la de la Sal, y en aquel ángulo no pudo menos que pararse un rato,
mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadrilátero. Pero
esta suspensión de su movimiento fue pronto vencida del prurito de
lógica que le dominaba, y se dijo: «No; voy a casa, y han dado ya las
diez... Luego, no debo detenerme». Siguió por la calle de Postas y
Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio
pasar a Aurora, que salía de la tienda de Samaniego para ir a su casa.
«¡Qué tarde va hoy!» pensó, siguiendo tras ella por la calle arriba,
hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba
delante de él, sin verle. Andaba la viuda de Fenelón a buen paso, sin
mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra
tal vez para trabajar en su casa el día siguiente, que era domingo, y
domingo de Ramos por más señas.

Como iba más aprisa que él, pronto se aumentó la distancia que les
separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de
Cañizares, como parecía natural (este era el itinerario que usaba Maxi),
la joven se metió por el oscuro callejón del Salvador. En la sombra del
Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante:
diéronse las manos y siguieron juntos. «Hola, hola--se dijo Maxi
acechando--, ¿belenes tenemos?». Y viéndoles ir por el callejón
adelante, una idea o más bien sospecha encendió en él vivísima
curiosidad. Siguiéndoles a cierta distancia, se cercioró al punto de lo
que antes fuera presunción, y la certidumbre produjo en su alma
violentísima sacudida. «Es él, ese infame... La espera; van juntos... y
toman la vía más solitaria... Luego, son amantes... ¡Engañar a una pobre
mujer... un hombre casado!...». Determinose en él con poderosa fuerza el
rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como
un virus ponzoñoso, tan pronto manifiesto como latente, y que al
derramarse por todo su ser, producía tantos y tan distintos fenómenos
cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado
joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman
las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espíritu,
directamente emanada de la esencia divina. «Esto lo tolera y aun lo
aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergüenza.
¿Y qué defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. ¡Ay, Dios mío, si
tuviera aquí un revólver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un
instante, le pegaba un tiro por la espalda y le partía el corazón! No
merece que se le mate por delante. ¡Traidor, miserable, ladrón de
honras! ¡Y esa tonta que se deja engañar!... Pero ella no merece la
muerte, sino la galera, sí señor, la galera...».

Al día siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos,
no estaba Maxi más excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En
el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no había
visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le
había tenido así, tan a tiro... «¡Ay!, ¿por qué no traigo un
revólver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armería, lo
compraba... Pero si no tengo dinero. La tía no me da más que los dos
reales para el café. Dios, ¡qué desesperación! Si me infundes la idea de
la justicia, idea lógica, perfectamente lógica, ¿por qué no me das los
medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcándose en su
sangre; no tenerle ninguna lástima... ¡Que no vea yo esto, Dios!... ¡Que
no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se había de
regocijar...!».

Después de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la
pareja tomó por la calle de San Pedro Mártir, buscando la vía menos
concurrida. «Van a tomar por la calle de la Cabeza--dijo Maxi--, por
donde no pasa un alma a estas horas. ¡Ah!, trasto, ladrón de honras,
asesino... La justicia caerá sobre ti algún día, si no hoy, mañana. Lo
que siento es que no sea por mi mano». Seguíales sin perderles de vista,
a bastante distancia... «Me duelen las contusiones que recibí aquella
noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te
ensañas con los débiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden
tener... A ti se te contesta con una bala... ¡plaf! Y se te deja seco...
Y yo me quedaría tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan
fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy
grande, pero muy grande...».

Al llegar a la calle del Ave María, Rubín se pasó a la acera de los
impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simón, en
la sombra. Detuviéronse: Aurora parecía decir a su galán que no siguiese
más. Era prudente esta indicación, y el galán se despidió apretándole la
mano. Maxi le miró subir hacia la calle de la Magdalena, y sentía deseos
de gritar e írsele encima: «Ratero de mi honor y de todos los honores...
ahora las vas a pagar todas juntas». Creía que se le afilaban las uñas
haciéndosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el
salto y cayese sobre la presa. La lógica le salvó. «Soy mucho más débil,
y me destrozará... Un revólver, un rifle es lo que yo necesito».

Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubín penetró en su casa.
Lo más particular fue que la idea de su mujer se borró de su mente
durante aquel suceso, o quizás personificaba en Aurora la totalidad de
las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue
acometido de una duda horrible. «Pero esto que me desvela ahora--se
decía revolviéndose en el lecho--, ¿es verdad, o lo he soñado yo? Sé que
entré, sé que caí en la cama, sé que dormí, y ahora me encuentro con
esta impresión espantosa en mi cerebro. ¿Es verdad que les he visto, al
infame y a ella, o lo he soñado? Que yo he tenido un sopor breve y
profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueño... Sí;
sueño ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que sueña uno...
¡Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todavía, y si tengo
estampadas aquí las dos figuras...! Esto es para volverse loco... ¡y
sería lástima, ahora que estoy tan cuerdo...!».

Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente. ¿Lo
había visto, o lo había soñado? El Miércoles Santo enviole su tía con un
recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo
tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con
Aurora.--«Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantón. ¡Tres horas
esperándote!... ¿A qué tienes tú que ir hoy al obrador, si hoy no se
trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el
obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por allí ni
ese es el camino. ¿En dónde estuviste? ¡En casa de las de Reoyos! ¿Y qué
hacías tú tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que
averiguarlo...».

Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de
edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no
llegó el caso de hacerlo así. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos
en la pieza que tocaba Olimpia, no perdía sílaba de aquel doméstico
altercado. Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre
sus dedos el _andante cantabile molto expresivo_, que si llega a
coincidir con el _allegro agitato_, ni Dios pesca una letra de lo que
hija y madre hablaron. Durante el _presto con fuoco_, Maxi se decía:.
«Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura
realidad... ¡Y lo creí sueño...!, ¡qué imbécil!... Un dato tomado de la
existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con
la lógica, necesito ver algo más... y veré. ¡Qué lección para mi mujer!
¡Oh! Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay
lección. La enseñanza es más cristiana que la muerte, quizá más cruel, y
de seguro más lógica... Que viva para que padezca y padeciendo
aprenda... Pero a él debo matarle... ¡a él sí!».

Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio
minuto, y volvió de él asaltado por esta idea que le sacudía: «No, matar
no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que
duele y lo que enseña... La muerte para los buenos... para los
perversos, lógica, lógica».

Apenas se había acabado la tocata, entró doña Casta a decirle: «Maxi, la
señora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme
que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a
Lupe». Subió el pobre chico, y _doña Desdémona_ le hizo esperar un
ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de
entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no
había podido volver a casa.

«Querido--dijo a Rubín la dama esférica, tocándole amistosamente en el
hombro--. Hágame el favor de decirle a Lupe que la pájara mala sacó
pollo esta mañana... un polluelo hermosísimo... con toda felicidad...».

Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa
extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, «la
pájara mala--dijo con acento de niño mimoso--, enséñemela usted... y el
pollo... enséñemelo también».

--No, no, ahora no--replicó _doña Desdémona_ empujándole hacia la
puerta--. Mañana los verá... Vaya ahora a decirle esto a su tía.

--v--.

El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y
de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en
cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre
de la insigne señora. Su entendimiento excelso sugeríale determinaciones
para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los
principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir
siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y
lo bueno a lo posible. Esto lo había aprendido en la experiencia de los
negocios, la cual se aplica con éxito a los asuntos morales, del mismo
modo que el ejercicio de las matemáticas y la agilidad gimnástica que
dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofía.

Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discutió
consigo misma, dándolas al fin por indestructibles, a saber:; que aquello
no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía
sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni
favoreció jamás los desvaríos de Fortunata. Esto lo sabían hasta los
perros de la calle. Por consiguiente, bien podía la señora estar
tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sería todo lo
mala que se quisiera suponer;. pero había pertenecido a la familia, y la
persona más importante de esta no podía menos de echar una mirada a la
descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que
arrojase sobre el claro apellido de Rubín ignominias mayores.
Presentábase un problema grave, cuya solución no estaba al alcance de
los entendimientos vulgares. Aquel pequeñuelo que iba a presentarse en
el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, único
heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley
escrita, el tal nene era un Rubín; pero la fuerza de la sangre y las
circunstancias habían de sobreponerse a las ficciones de la ley,. y si el
señorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo,
buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento
de que él disfrutaba, era preciso darle el título de monstruo.

«¡Oh!, si a mí me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona--se
decía--, ¿cómo no me había de señalar el otro una pensión de alimentos?

Bonito genio tengo yo para estas cosas... ¡Ah! ¡Pues si esa hiciera caso
de mí, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos
o tres mil duros de pensión no se los quitaba nadie... Lo primerito que
yo haría era plantarme en casa de doña Bárbara y leerle la cartilla bien
leída... Y lo haré, lo haré, aunque esa simple no me autorice. No lo
puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espíritu, y reviento
si no le doy salida... Y me inspira lástima lo que va a nacer, porque es
un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el día de mañana
(pongo que sea varón), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas,
¿qué va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar así... ¡pobre
criaturita! Hay que hacer algo, y véase aquí cómo es una caritativa
cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver
a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los
puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un
inclusero... porque ¿de qué va a vivir? Las acciones del Banco se las
comerán hijo y madre en un par de años, y con el rédito de los treinta
mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han
de ver, de eso respondo, porque sería el colmo de la afrenta y de la
tontería... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando
el señorito ese no le señale el estipendio en el término de un mes.
Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis
guantes y ¡hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una
embestida a mi amiga Guillermina, que se hará cargo de la justicia del
caso... Sí, ¡magnífica idea! Guillermina hablará con la otra y... Ahora,
ahora comprenderá esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella
por cuenta propia y tenerme a mí por consejera y directora. ¿Apostamos a
que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa
pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y muriéndose de hambre?
Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo
meto en los hocicos a las personas tercas e inútiles que no saben hacer
nada por sí».

Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y
ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que
mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de
asistirla cuando el caso llegara,. no vacilando en decir al feo y hábil
profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos. Algo la
desconcertó Maxi el día en que se mostró sabedor del secreto, pues la
señora, para hacer todos aquellos proyectos benéficos en interés del
vástago de Santa Cruz, _partía del principio_ de que su sobrino
desconocía en absoluto la verdad. Muchísimo se alegraba de verle tan
sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvería razonable
hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequeña
renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que
había roto los vidrios, era el que los tenía que pagar.

A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llevó la noticia
que le diera _doña Desdémona_. Lo primero en que doña Lupe puso su
atención inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se
pasmó de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido
recto de la alegoría empleada por la señora de Quevedo. Después de
repetir textualmente el recado, añadió: «Ha sido esta mañana. D.
Francisco acababa de llegar y se estaba acostando».

Doña Lupe no volvía de su asombro. «Vaya, que lo toma con calma. Más
vale así. ¿Y esto es cordura o qué es? Será lo que llaman filosofía...
Dios nos tenga de su mano, si después le da por la filosofía contraria».

--¿Piensa usted ir a verla?--le preguntó después el chico con la mayor
naturalidad.

--¿Yo?... pero qué cosas tienes... Veo que es inútil hacer comedias
contigo. Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa...
¡Verla yo! Sólo por curiosidad he querido saber lo que sé... De aquí en
adelante, como si no existiera. ¿No piensas tú lo mismo?

--Exactamente lo mismo... ¿Ve usted lo frío y sereno que estoy?

--Así me gusta. Esto se llama ser filósofo en toda la extensión de la
palabra, y elevarse sobre las miserias humanas--dijo la viuda con
emoción verdadera o falsa--. No vuelvas a acordarte más del santo de su
nombre...

--Y aunque me acordara, tía, aunque me acordara...

--¿Para qué?... Tú no has de verla.

--Y aunque la viera, tía, aunque la viera...

Doña Lupe se inquietó un poco oyendo esta frase, dicha con cierto
sentido de tenacidad maniática. Pero Maximiliano se apresuró a
tranquilizarla con otro argumento: «¿Pero no observa usted lo cuerdo que
estoy? Si no me he visto nunca así, ni en mis mejores tiempos... Ya
quisieran todos...».

La señora tomó pie de esto último para variar la conversación: «Dices
bien. ¿Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a mí que no está bueno
de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he
de hacer el préstamo o se pega un tirito. ¡Como no se mate él! Es el
egoísmo andando. Se necesita atrevimiento. ¡Pedirme dinero un hombre
que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una
reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de
provincia y qué sé yo qué... ¿Tú lo crees? Muy rebajada está la talla
de los empleados; pero no tanto...».

En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su tía, salió
de la casa el pobre hombre más muerto que vivo. Su tía no era ya
simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragón
mitológico. Aquel tiro con que él se amenazaba a sí mismo, ¡cuánto mejor
estaría empleado en ella! «Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?...
No tengo más remedio que dármelo--discurría entrando por la calle de la
Magdalena--. Por ninguna parte veo la solución. Sí, lo que es el tiro me
lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revólver... Se me
está figurando que al fin y al cabo no me pegaré tiro ninguno. Es uno
así, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es
decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en
fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendré que pegar, no habrá
más remedio».

--vi--.

Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo.
El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su
despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios!--se
decía--; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto,
qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga del despacho del jefe, me
levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo
revólver... Me tiraré por el balcón... No, eso no; ¡me haría una
tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría... Ánimo,
chico, que hoy te va a sonreír la suerte».

El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo:
«Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted...».

Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores
ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos.

«Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».

--Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes.

--Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y
como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo
que le pienso dar...

--La secretaría de...--No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una
persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo _copo_, y la
tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, _camará_.
Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera
clase.

Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del
despacho y todo el Ministerio de la Gobernación.

«Pues sí, gobernador de _mi_ provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello.
Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara
alta».

--Señor director--balbució Rubín--, disponga usted de mí.

--Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma
del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo
que iremos bien.

Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia,
desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se
retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo
que le pasaba; creía soñar... se daba pellizcos a ver si estaba
despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato... se reía
solo... le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar
tiros al aire... ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en
el cuerpo a doña Lupe... sí, por mala, por tacaña... Pero no, no;
perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de
país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de
la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y
por poco les manda prender a su tía y a Torquemada.

En el café, aquella noche, hubo la gran escena.

Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetón; pero
sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de
autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa
que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección.
«Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se
te puede meter en algún hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos
que necesito sobre la recaudación de la provincia de X... Oiga usted,
Relimpio, no se dé prisa a presentar la memoria, porque esta situación
dura. Cánovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de
marear». Y como se suscitara un debate político de los más graves, Rubín
se puso de parte de los que defendían la tesis más razonable,
conciliadora y templada. «Pero ustedes, ¿qué creen, que una sociedad
puede vivir siempre soñando con trastornos? Seamos prácticos, señores,
seamos prácticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el
verdadero país».

En esto llegó _La Correspondencia_, y a las primeras ojeadas conspicuas
que arrojó sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropezó con la
combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se
restregó los ojos creyendo que leía mal. Mas convencido de que no era
error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron
todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos
sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.

«Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso. Hoy ha
machacado tanto que no he podido decirle que no».

--¡Pero qué callado se lo tenía!

De todos lados de la cámara... digo del café, vino gente a felicitar al
gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo debía el consumo de cinco
meses, y algunos picos, se puso más contento que si le hubiera caído la
lotería;. y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretón de
manos a su parroquiano, diciéndole si podía colocar en las oficinas de
la provincia a un sobrinito suyo que tenía muy buena letra.

«No le digo que sí ni que no, D. José. Veremos. Tengo la mar de
compromisos... Pero ya sabe usted que haré los imposibles por
servirle... Usted me manda».

El hombre compensó con los goces de aquella noche los sufrimientos y
tristezas de tantísimos meses. Toda la gente que próxima estaba,
mirábale con cierta expresión de asombro y respeto, como se mira a quien
es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron
aquella noche en el círculo, Rubín hizo gala de las ideas más sensatas.
Era preciso moralizar la administración provincial, desterrar abusos;
sobre todo, en el destierro de los abusos insistió mucho. Su plan de
conducta era muy político... contemporizar, contemporizar mientras se
pudiera, apurar hasta lo último el espíritu conciliador; y cuando se
cargara de razón, levantar el palo y deslomar a todo el que se
desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el
orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso
alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su
provincia, ya se tentarían la ropa los _revolucionarios de oficio_ que
fueran a predicar ciertas ideas. ¡Bonito genio tenía él...! En fin, que
el pueblo español está ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres
engañen a los inocentes... La mayoría es buena; pero hay mucho tonto,
mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean
engañados... En cuanto a moralidad administrativa, no había que hablar.
Él no pasaba ni pasaría por ciertas cosas. Ya le había dicho a
Villalonga que aceptaba con la condición de que no le pondría veto a la
persecución y exterminio de los pillos... «A muchos que mangonean ahora,
les he de llevar _codo con codo_ a la cárcel de partido... Yo soy así;
hay que tomarme o dejarme».

Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del _golpe de
suerte_ que había tenido Juan Pablo. Aquel destino no era _de su ramo_,
y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la dirección
económica de una provincia, D. Basilio habría sentido tristeza del bien
ajeno. Pero no le sacaran a él de sus números... Por cierto que el
Ministro le había encargado un trabajo que le traía marcado... _proyecto
de reglamento para la cobranza del subsidio industrial_... «Siempre me
caen a mí estos turrones. Ocurre en secretaría que no se conocen los
antecedentes de tal o cual cosa... '¡Ah!, la Caña lo sabrá'. Piden en el
Congreso una nota del estado en que se halla la codificación de
Hacienda. ¡Qué lío! Nadie sabe una palabra... '¡Ah!... a ver... la
Caña'. Y la Caña les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de
los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es
el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa
revuelta; busca por aquí, busca por allá. Hasta que a uno se le ocurre
decir... 'Eso la Caña...' y efectivamente; como que la Caña es el que
hizo los primeros estudios del Registro fiscal». Total, que si por
desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este
se venía abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento.

Leopoldo Montes aspiraba a que Rubín le llevase de secretario; pero esto
no era fácil. «Chico, yo se lo diré a Villalonga. Creo que me dan el
secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de policía». Otros
tertuliantes sentían envidia, y aunque felicitaban y adulaban al
favorecido, al propio tiempo hacían pronósticos de las dificultades que
había de tener en el gobierno de su ínsula. Pero ello es que la lisonja
y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelería
aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que
medió entre el nombramiento y la salida de Rubín para su destino. Mucho
ajetreo tuvo aquellos días para arreglar sus asuntos y proveerse de
ropa. Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas
disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de
gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de
protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le
dijo que no la podía llevar... Pucheros, lloros, apóstrofes, quejas,
gritos... «Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas así.
¿No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con
una mujer que no es mi mujer? ¡Qué diría la alta sociedad, y la pequeña
sociedad también, y la burguesía!... Me desprestigiaría, chica, y no
podríamos seguir allí. Esto no puede ser. Pues estaría bueno que un
gobernador, cuya misión es velar por la moral pública, diera tal
ejemplo. ¡El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las
más elementales!... ¡Bonita andaría la sociedad, si el representante del
Estado predicara prácticamente el concubinato! Ni que estuviéramos
entre salvajes... Convéncete de que no puede ser. Tú te quedas aquí y yo
te mandaré lo que vayas necesitando... Pero lo que es allá no me pongas
los pies... porque si lo hicieras, tu _chachito_ se vería en el caso de
cogerte... ya sabes que tengo mucho carácter... de cogerte y mandarte
para acá por tránsitos de la Guardia civil».

-VI-

Final.

--i--.

Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se
puede?».--«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la
botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de
persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con
chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!--pensaba Ballester al
saludarla, apretándole mucho la mano--. ¡Lástima de mujer!».

«Ayer no pasó usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no sabía
quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las
noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...».

A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido
personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo
con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la
carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.

«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--.

Tiene a quien salir por una y otra banda.

--Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted
qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo
viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho.
Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.

--Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo
prometió la última vez que nos vimos.

--Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.

--Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy
inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?

--Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.

--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no
paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.

Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho,
y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más
hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos--pensaba--; pero de amistad,
de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que
quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar
noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran
curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos
los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el
muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto
físico...».

--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--. Si es una preciosidad. Más
perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para
que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de
venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!

Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó
así:. «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan
mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce».

--¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.

--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil
de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. _Doña
Desdémona_, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros,
le llama, y lo que él dice, se hace.

--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice.
Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni
supiera que estoy viva.

--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.

--¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe
usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de
tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester;
mire que estoy temblando de miedo.

--¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas
sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo
mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un
disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el
sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se
puede llamar sentimiento.

--No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las
tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día...

La conversación pasó de Maximiliano a _las Samaniegas_, mostrando
Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una
mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se
viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar
una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me
duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce».

Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora
la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema:
«¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos
hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues
verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle
guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta
que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.
Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha
evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es
de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba
de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde,
mal y nunca, él tan conforme en su _sacerdocio_; lo toma en serio, y le
parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha
hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado.
¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está
enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las
medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole
que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque
no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la
compra. Yo le digo que abandone el _sacerdocio_ y que deje a los
autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme
conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo
tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La
noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto
y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la
obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es
magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de
que _en los círculos literarios se habla mucho, etc_... Le digo a usted que
me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En
_bálsamo tranquilo_ le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el
extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá
es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale
cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy
hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce!
Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción
estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi
vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy
con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la
crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más
debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos
se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo
de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con
qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de
familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que,
según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos
largamente en la botica, que llamamos el _círculo literario_, y le voy
engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le
digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete _osos_, y
lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi
protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!».

--¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen
chico, y usted empeñado en darle la morcilla.

--¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para
otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién
es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya
zampado, porque se la tiene que comer, como este es día.

En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó
considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras:
_envido a la chica, órdago a los pares_.

«Es mi tío José--dijo Fortunata--, que está jugando al mus con su amigo.
Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama,
porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan
una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle
compañía».

Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No
conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era
nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no
recordaba dónde ni cuándo.

--ii--.

La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo,
no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero
a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos,
ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles
a los tres con apretado lazo.

Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las
ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a _Platón_ y a Ido del
Sagrario, a quien solía llamar _maestro_. Siempre que iba por las noches
el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos
lo indecible.

Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el
corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en
tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros
y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora
de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser
puros y desinteresados sus actos de caridad,. y habrían sido lo mismo aun
en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo
atractivo personal.

Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus
pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se
atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.
Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era
forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se
le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora
sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo
soy madre del único _hijo de la casa_, madre soy, bien claro está, y no
hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo
aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley
ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos,
yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La
verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la
Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la _mona del Cielo_
el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver
delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué
envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a
poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto...
Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella
debajo, la perdono; yo soy así».

«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de
cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que
es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y
cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara
le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve
loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca
podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy
requetefinos;. yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una
servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían
nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace
tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el
pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es
porque yo sea interesada.

Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo
que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi
suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte
por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto».

Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes
afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a
cantar en voz baja, arrullando a su hijo;. y cuando este se dormía,
continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas
noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su
idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el _bilboquet_.

Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien,
ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo
prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le
ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era
muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el
pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría
delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se
ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le
tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más
de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le
echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara,
chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera
_estancia_. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca,
encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la
calle!'».

--Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven
sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del
Cielo.

Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana,
gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer
todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le
decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de
Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por
las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas...
Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos
respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y
Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso
instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía
los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con
mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza,
Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es,
saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y
su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el
hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, _talmente_
clavado...».

«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?--dijo la madre, radiante de
gozo--. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo?
Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me
parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?».

El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como
indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con
Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y
se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por
conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que
ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme».
Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a
doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de
sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel
día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las
orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de
este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá?
Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que
quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo
que ha hecho;. y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verídico
nieto natural_ de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la
otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo
digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios
me dijo a mí: _tú pitarás_; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña
Bárbara se chifló por el _Pituso_ falso, ¡cómo no se dislocará por el de
oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y
de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa
primero de todos es mi amiga _la obispa_. ¿Apostamos a que viene a
verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene
preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene
razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones».

Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar
réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura
estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era
ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la
mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.

--iii--.

El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana
de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo
y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a
Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó
mucho al _maestro_ a que tomara un _biftec_; pero D. José lo rehusó,
aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la
sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se
trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y
otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y
también les hizo escrúpulos el profesor; no así _el modelo_, que se
llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se
perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras
comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como
él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se
fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y
ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por
una _grande_ de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de
dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y
cuentan las crónicas _platónicas_, que antes de llegar a la mitad del
segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había
levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el
sofá de Vitoria y dormía como un _verídico_ bruto, el sombrero sobre los
ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se
llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido
fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana
ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a
reparar lo que de reparación era susceptible.

Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse.
Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama,
pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo
Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y
satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la
familia cristiana;. y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su
madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota
más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable _Platón_, cual
monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún
monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o
invocaciones poéticas;. y cuando el profesor llegaba en su deambulación
febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de
un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D.
José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la
plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta.
¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron
estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano.
Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción
que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue
echarle los brazos al nene, decidida a _comerse a bocados_ a quien
intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin
dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de
ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad
se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero
sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su
expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y
le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío--dijo
alzando la voz--. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada
respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se
paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.

«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me
acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni
el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban.

«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fría
bondad--. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de
malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea
estúpida voló... por fortuna de todos».

Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso
sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía
mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó.

«Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosiguió Rubín--, sé todo lo que
te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y
a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero
luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan
completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la
familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a
decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué,
¿no lo crees?».

Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y
esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas
y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en
actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el
niño. Con gran serenidad habló así:

«Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la
mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad
tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio
imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me
volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los
enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar».

Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán
no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.

«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si
lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo
sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme
contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la
he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y
observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me
las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a
anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que
vienen de arriba sanan, curan y fortalecen».

--Pero este hombre--se decía Fortunata--, ¿está cuerdo o está más loco
que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le
puede aguantar.

Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si
trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna
de sus partes,. pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo
estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en
realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido
a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el
convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé
que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.
Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me
falta--decía yo--, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de
otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu
pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la
cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la
liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el
asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el
pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué
malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan
ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los
disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las
novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo
cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?».

Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos,
siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar
preparada a cualquier agresión.

«Después me atacó lo que yo llamo la _Mesianitis_... Era también una
modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un
padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte
a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como
una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel
absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos
fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto
mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre
apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y
limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste».

Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a
inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos
por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario,
señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta,
echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el
aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de
nada.

Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo
aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales
sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi
razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos;
con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi
ser, que había pasado por tantos cataclismos;. con ella me penetré bien
de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de
homicidio;. con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de
hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y
conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si
pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo
miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con
que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus
razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho
a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso
de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'».

--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--. ¿Pero este hombre está cuerdo
o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi
vida le he oído...?

--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--. El derecho a nacer, ¿no es
el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner
estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que
viviendo aprenderán.

«Nada, para mí está peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice
podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada».

--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--. No
sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.

--Sí, es verdad; pero...--¿Pero qué...?--Tú dirás que gato escaldado del
agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella
conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo.

Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos
hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo:
«Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar».

--¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te
convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha
entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso?
Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la
tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para
decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto
jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer
daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré
algo que te aprovechará.

Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle,
permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus
manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y
estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha,
ligeramente fruncido el ceño.

«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y
los buenos se aniquilan en la esterilidad».

--iv--.

«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata
gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de
Ido del Sagrario, la joven le dijo:. «¿Pero qué hace usted que no
despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no
viene!».

Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor
con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da
mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él
quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo».

Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta
de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido:. «Señor D.
José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que
las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana
de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al
canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni
piedra».

Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será
verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas
cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que
se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el
gran susto».

«¡Se parece a tu enemigo!--repitió Maxi, volviendo a la idea que le
había excitado ligeramente--. Es una desgracia para él. Y si en lo moral
saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las
culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo
lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará
muchos disgustos».

A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla.
Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver
si se aburría y se marchaba pronto.

«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--. Su papá es de
oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni
siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten
por cierto que no vendrá».

--¡Quién sabe!...--se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba
la garganta.

--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.

--Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.

--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica.
Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.

Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy
sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con
actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.

«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas
en regenerarte».

La _Pitusa_ tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la
almohada tenía, empezó a abanicarse.

--Es preciso que lo sepas--volvió a decir Maxi con cierta frialdad
implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no
se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.

--¡Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a
la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la
colcha.

--Sí, con otra mujer a quien tú conoces.

El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas,
y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso
sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como
para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le
dijo:. «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz».

--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está
enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la
maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte.
Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible
puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me
encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una
lección, una simple lección.

Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.

--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose.

--Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la
medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu
conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo
que tú robaste? Pues te lo voy a decir.

Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la
cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a
los ojos, dijo a su marido:

«Me lo tienes que decir».

--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A.

--¡Aurora, Aurora es!--exclamó la joven dando un salto en su lecho, y
mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido
una bofetada.

--Ella es.--Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy
bajito, y yo no lo quería creer.

--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.

--Tú me engañas, tú me engañas--replicó la joven en actitud de
Dolorosa--. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes
con esta historia.

--Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo--manifestó Rubín con
implacable frialdad.

--¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose
extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe
lo que se dice.

--¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero
tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí
tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora
sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos
hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al
obrador, y a donde va es a...

--Cállate; te digo que te calles--gritó Fortunata retorciéndose los
brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador.

--¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar
a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran?
¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y
mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?

La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre,
que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un
hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo
confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y...
nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo
enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.

«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.

--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y
ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un
tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa
hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de
mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en
el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le
arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero
levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!

--Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he
vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por
todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...

--Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).

--Es que las lecciones me han valido.

--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.

--¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y
tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no
habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado
pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho,
cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí
otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas
de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo...
Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una
consecuencia lógica que un puñal.

--¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--gritó
la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.

--No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la
reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella
aprenda. Y tú has aprendido.

--¡Pues si yo les llego a ver...!

--Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras
y pasas...

--Tú no eres hombre... Tú no eres nada--exclamó la joven con
desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si
la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!

--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.

--¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo
que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más,
mucho más.

--Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia,
cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un
revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.

--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. ¿Por qué no lo hiciste?
Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes
derecho a hacerlo.

--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.

«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en
un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».

--Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho,
cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho,
tapándoselo y sin saber qué hacer).

--¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?

--¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección?
A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.

--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito? Al oír
esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al
chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.

La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en
la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas
semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener
niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la
situación;. y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella
boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al
tagarote inútil de don José Ido,. el cual, viéndose insultado, a su
parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los
músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro
hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es--decía--, yo no sé lo que
es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue
porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones
tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y
cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo...
profesor en partos... intelectuales».

--v--.

«Cállese usted, so _guillati_--chillaba Segunda, que por los
movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con
un par de bofetadas la frágil persona del _profesor idumeo_--. La culpa
la tiene este morral que está aquí durmiéndola».

Obra de romanos fue el despertar a _Platón_; por fin, su hermana le tiró
de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del
_modelo_, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el
piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas,
y escupiendo más _hostias_ que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que
ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El
lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por
lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido.
Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así:
«¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un
genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con
la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!,
va solutamente a la calle».

Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata,
que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda
manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano,. y este
increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi;. y
fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba
abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos,
mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya
decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los
planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando
ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban
comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente:.
«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».

--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?

--Poco menos--replicó el hablador entrando sin pedir permiso y
dirigiéndose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la señora casera.
Mucho orden, señores, mucha formalidad.

Lo mismo fue oír _Platón_ que la señora de Pacheco venía, que el temor
de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó
la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que
la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el
cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no
tendría dónde meterse para evitar su encuentro.

Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que
Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería
hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo
tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si
quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso
de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que
no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve,
acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera
esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue
su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una
vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no
parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni
con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.

«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho,
mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la
boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y
demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de
Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni
el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la
joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra
molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad
estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya
oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el _Pituso_ legítimo, el de
la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío
José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el
diablo».

--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que
como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.

Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido,
Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como
el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una
moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio
un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así:
«¡Buena la hemos hecho, buena!...».

Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.

--Señora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto
que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdón...

--¡A mí!, perdón... ¿de qué?

--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana
en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me
porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo
guardo a ella, porque...

¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos
está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra,
una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora,
no quedará así...

--No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con
reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que
tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas...

Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y
lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle
el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!».
¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí--pensaba
la _Pitusa_--, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la
pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella
estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es;
le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su
padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios
al mundo'».

«Cuando usted esté buena, hablaremos--indicó la santa con ánimo ya de
retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas;
sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para
concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure,
le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de
hacerle ascos. Es preciso criarle bien».

--Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!--replicó la otra contrariada--. ¿Qué cree
usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo.

--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y
cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos
de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva...

Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían
y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse:

«Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo...
Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es
usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha
dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también
abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo
que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No
me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.
¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós,
adiós».

Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la
voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote.
Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que
disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No
comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los
sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más
vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y
todas mis _matemáticas_ se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del
Señor».

Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta,
armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle
muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el
nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un
maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como
dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera
impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal,
propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con
muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a
su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse
en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con
estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.

--vi--.

Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de
la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se
incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y
calor hubo de negar lo que su amigo contara de _la Samaniega_.

«Mire, compañero--dijo ella--, mientras más se amontone usted para
negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone
serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se
lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa
no se ríe de mí».

Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin
adelantar nada. «Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que
empleara con Maxi en otra ocasión--, ¿para qué hacemos caso de lo que
diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... _semos_!
Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso,
está más _tocati_ que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me
sostenía que _doña Desdémona_ es una mujer hermosa. Me parece que si
seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...».

No afectaron a Fortunata estas bromas.

Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y
tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que
aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para
prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que
tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la
semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos
fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le
digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín?
Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi
amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí,
sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y _tutti
contenti_».

Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber
triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al
despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas
de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso.
Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la
sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro,
pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados,
sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a
su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía
declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella
dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido
en su cuna de mimbres. «Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a
salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré
la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el
niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita...
Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a
nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me
llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos
besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se
separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea
cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado
casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa
envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene
le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca.
¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo...
que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me
viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me
gustan _refirencias_.

Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta
que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y
Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es
mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro
que...».

Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del
movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e
inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí
haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo.
En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al
reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho
_Ave María, 18_; pero tuvo una idea, y dijo _Cabeza, 10_, sacando la
suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en
la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa
últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar
de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los
labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el
cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a
Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al
rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo
dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el
tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más
talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto
así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro;
a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la
misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo.

Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego,
entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan
decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del
entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre.
Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la
inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que
llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un _plin_ muy fuerte, y
ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto
pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en
aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de
las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio
Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá,
junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras,
examinando a la luz encajes y telas.

«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con
mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se
quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!...
tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de
sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra
hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes!
¿Has estado mala?».

--Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata
acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no
era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la
víctima antes de devorarla.

--Y tú, ¿dónde te metes?--balbució Aurora muy cortada, sin saber para
dónde volverse.

Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué
decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa
central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué
amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».

Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó:
«Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé
ir a verte... Pero siéntate».

--Estoy bien así... Pronto despacho.

Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le
tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te
quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto
que me da tu compañía...!».

--Tienes razón--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara
de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado--. Todos los días
pensaba ir...

--Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... ¿Pero por qué no te
sientas?

--No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa...

--A traerme una cosa... ¡a mí!

--Sí, verás. Y diciendo _verás_, hizo con el brazo derecho un raudo y
enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara,
que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al
suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».

Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas
corrieron espantadas al auxilio de su jefe;. pero por pronto que
acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con
la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente;. y
después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y
tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la
calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.
Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que
clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta
de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por
desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor,
venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas
arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando
resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata
continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían
realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el
plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de
engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te
echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las
suelas de las botas».

Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos
de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos
de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios
la que se arma allí.

«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?».

--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--. Una persona
decente...

--Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto?

--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este
serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora.

--Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?...
¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela,
ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja.

La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el
vestido para aflojarle el corsé.

--Quien va a ir a la cárcel es esa--chilló la agresora, frenética,
revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del
pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había
disimulado en ella--. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado...
Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos
las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... _Aquella_ es un ángel, yo
otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la
casa_, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la
tiene que pagar, me la tiene que pagar.

--¡Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegándose a ella con
ademán amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el
polvo ahora mismo.

--¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las
indecencias que hace esta...

--Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!,
llamar a una pareja.

La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que
hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata,
subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando
gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!...
¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?...
¡Ah!, esa mujer...».

--Sí, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían
acorralada--. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera
de las tunanterías de su niña...

Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la
otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía
--dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto
correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a
la prevención...».

--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados.

--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta.

--No, a la cárcel no--dijo la víctima, haciendo gala de
generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.

--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.

--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--. La perdono.
Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.

Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a
la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer
con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las
pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.

--vii--.

La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de
la _Pitusa_, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de
Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La
señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».

--¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no
quiere recibirme?

--No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos
vueltas.

--¿Y el niño?--Sigue tan dormidito.--Esperaré un rato--dijo la santa
dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto
escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para
pedir limosna--¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a
esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor
algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El
mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que
no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le
faltará quien mire por él.

Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien
al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?--le dijo la
dama--. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se
ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó
la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no
tiene prisa, que ya no puede tardar».

--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y
disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo
excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!

--¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?

--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más
abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en
barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a
primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero,
y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más
ascendiente con esta mujer?».

--Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco
tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.

--No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa...

--Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted?

--Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia);
pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero
decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle
que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y
se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama,
entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella.
Aconséjele usted esto.

--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está
muy entusiasmada con él.

--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a
paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto
tiempo sin mamar...

No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño.
No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa
agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío,
esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un
poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla,
y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu
ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».

Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma
de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta,
cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted
médico?».

--No, señora; soy farmacéutico.

Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que
subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el
que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a
ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina
y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento:
«Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo
que esperan, y la casa está cerrada».

Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para
abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.

«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted
llave?».

--¿Llave yo?--La del campo--indicó Ballester con mal humor, discurriendo
que maldita la falta que hacía Maxi allí--. Más vale que se vaya usted,
amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.

--Esperaré yo también--contestó el otro sentándose debajo de Ballester.

Y volvieron a oírse los desesperados gritos del _Pituso_, y Guillermina
no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura
tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en
la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».

Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca
había visto tan de cerca.

--Pues estamos lucidos--añadió ella--. Ya somos tres. Y esto va picando
en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta...

Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y
apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó
extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de
cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa
se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo,
señor de _Platón_... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la
gente. Si somos amigos usted y yo...».

--Señora--dijo el _modelo_ con un gruñido--, cuando el endivido tiene
necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.

--Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está
olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el _Pituso_!

--¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!

--Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene
alborotado todo el asilo.

--¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía
medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que...

--Ahora está usted como quiere, Sr. de _Platón_, según he oído, ganando
unos grandes dinerales con la pintura.

--Defendemos el santo garbanzo, señora...

--Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande
no se le ocurrirá engañar a la gente.

Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara
de conversación.

--Si la señora quiere, no miremos pa tras.

--Si esto no es mirar _pa tras_... Vamos, que ahora, si usted estuviera
mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con
moneda falsa, sino con legítima.

Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la
fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo
pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar,
y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la
paciencia en absoluto...».

Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina
tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile
cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué
soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de
hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y
si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de
haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre
una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe
dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que
fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que
indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que
estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace
como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de
Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos
de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la
calle de Esparteros...».

Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo--repitió
ella--, que vaya una comisión a la calle de Esparteros...

¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?».

--No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el
camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad
Rodrigo y Cava,. como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están
adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar
la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a
otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por
ejemplo...

Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este
chico dice--indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores--,
me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto».

Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un
carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera
Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y
no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada
tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el
lugar más alto,. abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de
esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la
escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida!
Pero qué, ¿no está esa diabla?

¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella
anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D.
Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores
sentarse a gusto...».

--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo
la seguridad de que él la encuentra.

Segunda llamó, y Plácido no estaba.

«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».

--Yo iré--dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el
obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con
Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una
llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya
está aquí, ya está aquí».

--¡Ah!, ¡gracias a Dios...!--exclamó Guillermina sin intención de doble
sentido--. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.

--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara arañada, o
trae sangre o quizás piel humana en las uñas.

--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que
continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía
jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara,
y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave
de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en
seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí
desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar...
Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si
me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».

--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujándola--,
callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel
de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda,
tendremos que mirar por él.

--viii--.

Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante,
Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y
Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en
su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de
Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven,
cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!...
¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento
se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».

Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a
aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina
la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al
pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de
satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».

--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo
que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en
mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá
usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le
pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a
las greñas...

--Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.

--Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me
llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba
criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si
no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las
condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa
sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a
mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted
que su cuenta con _la Samaniega_ está ajustada.

--Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda
a su hijo...

--Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu
madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros
guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me
pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya
noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me
alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me
alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie. Ni
con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está
ahora de mi parte. Y _ella_ también está ahora de mi parte, ¿verdad?

--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).
Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro),
porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le
recogeremos para tenerlo con nosotras.

--¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y
desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a
querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien
me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora.
¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada
más.

--Sí... quien te conozca que te compre.

--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi
hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de
las tres, y tendrá tres madres en vez de una...

A la santa le hizo gracia aquella extraña idea.

«Mire usted; después que Dios me ha dado al _hijo de la casa_, no le
guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos...
Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y
como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener
este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá
segunda, y usted la mamá tercera».

«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice!
(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...».

Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin
atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y
la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en
busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales
de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo:. «Está esa mujer
excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?».

--Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta
noche. ¿Dice usted que está excitadísima?

--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted.

Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven:
«Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió
con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le
decía:

--Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí?
¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?

--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.
¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por
eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza,
me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan
atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.

--¿Pero no está...?--preguntó la dama llevándose a la sien su dedo
índice.

--A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual,
quiero decir, con la _Fenelona_. Yo no me fío de la cordura de este
caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae
algún arma. No me gusta nada verle aquí.

Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos
silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a _Platón_ para contarles lo
que había hecho,. y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a
Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad.
Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su
talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que
ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le
diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal
o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole
como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le
hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era
una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni
pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación?
Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena
señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y
temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su
vida infatigable.

«Vamos--pensó la fundadora--, ¿a que tirando por la calle de en medio
salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.
Oiga usted, caballerito...».

--Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía
a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino
diciéndole:. «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había
tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la
canonizaremos y la pondremos en los altares».

--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--. Y a mí me parece que el
santo es usted.

--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay
una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra
mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección
que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya
estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se
pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para
menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido...

--Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor!

--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio
persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me
creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también
furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron
luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias
de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento...

Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando,
y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y
después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro
hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran
talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar
de todas las cosas...

Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas
razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun
ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las
facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.

«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello,
encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas
las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello--decía yo--que
me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo
lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía
sueño,. y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una
cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había
echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia,. y consideré
que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad,
matando a esa infeliz, con lo cual la redimía,. porque yo he dicho
siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su
suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'».

Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter
baza.

«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo
realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será
decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que
la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo
había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer?
Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad.
¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la
lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es
el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A
qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de
los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden
ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo
que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser
razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?».

Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar,
le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la
justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él
da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos
envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es
aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me
humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más
salud tendré allá'».

--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los
he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y
absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien
siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores
ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la
razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni
aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a
los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi
sistema, esta es mi vida.

Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.
Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a
la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de
este modo:. «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de
la cordura; pero...».

--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.

--ix--.

Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del
café de Gallo con un _grande_ de limón, ponchera y copas. «La
señora--dijo él queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza
con limón».

--¡Quite usted allá!--replicó la dama--. Yo no bebo esas porquerías. Se
lo agradezco...

A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y
pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación
por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en
que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a
ponerse a sus órdenes.

Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado
muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era
buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía
contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez
concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga
una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole
la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya
qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba
con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla,
al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un
verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares,
ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón
estaba jugando a las damas con Izquierdo.

Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio
que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla
como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó
traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no
tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le
criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad.
Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras
Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y
chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la
joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y
entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al
juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera
allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con
disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los
bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su
disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse
sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo.
Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le
había puesto en cuidado.

_Platón_ se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó
encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando
Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un
hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los
brazos a su hijo--. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto
tan oscuro...».

La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola.
Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño,
y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y
bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude
hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña
Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está
contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te
quiero comunicar».

--Dímelo, dímelo prontito--indicó ella, que sin saber por qué, esperaba
de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás
consoladoras.

--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirmó Rubín
con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían
de hacer en ella--. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no
conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de
la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos
para mí.

Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al
maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien
queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que
definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una
que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que
padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda
víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un
pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está
escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro
como leemos una noticia en _El Imparcial_. Yo lo sé todo; nada se me
oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello».

A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la
palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si
gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la
deje de querer...».

--Y ahora la va a querer tanto--agregó Maxi impasible y frío--, la va a
querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos.
La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran
amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con
locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo
con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus
anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos.

Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger
la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano.

«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad
para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita
enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y
aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y
ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo».

La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.

«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre
verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama
ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco,
adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié
todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en
una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de
Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me
ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a
encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a
descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían,
etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es
el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu
víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».

--Cállate, cállate o verás...--dijo Fortunata amenazándole con el puño,
y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido
le inspiraba--. Yo también sé verdades y te voy a decir una.

--Pues dímela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor...

Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y
qué más?» dijo.

--¿Te parece poco?--prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba,
tenía espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doña
Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el
sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte
más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que
estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de
hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque
ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo
iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías?

--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena
de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado
embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del
vicio.

--_¡Tiologías!_--gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como
una actriz en pasaje de empeño--. Si tú hubieras tenido tanto así de
dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y
otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre,
cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles
secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa
cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las
venas...

Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar
aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea--dijo entrando--, bastante
hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar
soleta...».

Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo
aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones
de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual
movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho,
echó los brazos hacia adelante,. clavó los dedos de una mano en el hombro
de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con
los ojos, le gritó de este modo:. «Marido mío, ¿quieres que te quiera
yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres...
Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me
portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...».

Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.

«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos
hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me
volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere
por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías
tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas
de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a
ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas
a mí...».

Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía
deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por
instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.

«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--. Déjate
de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado
nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una
condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina,
matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora
mismo...».

Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el
portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más?
Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y
plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los
celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos,
¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con
salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro
mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que
es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que
lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti...
¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te
crees?...».

Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se
deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.

«Sí... quererte a ti--añadió ella--. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me
conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de _tiologías_... ¡El
amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más
rica...!».

--Vamos, ¿qué _yeciones_ son estas?--clamó Izquierdo, tirando a Rubín de
un brazo--. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.

--Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar
juntos... ¡Vaya!...

Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado
inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un
vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote,
estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus
ojos echaron chispas, y cuando dijo _matarles, matarles_, su voz sonó en
falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que
fue víctima en Cuatro Caminos.

«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--. ¡Hijos
ella!... En el infierno los tendrá...».

Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los
hierros de la cama.

Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la
colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan
Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho
de ver al filósofo otra vez allí.

--x--.

«¡Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar
hasta la puerta al señor de Rubín--. Hay que tener mucho cuidado con él
y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?...
Buena moza, ¿cómo va ese valor?».

La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió
chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en
brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la
luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado
Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.
«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo
también el _percloruro de hierro_ y la _ergotina_, por si acaso... Mucho
cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de
hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a
contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la
entrada».

Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus
lengüetazos.

«Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para sí,
contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir--:. ¡Qué hermosa
está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del
mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que
valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene
_sugestionada_... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».

El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como
él.

«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?...
Mi hijo chupa, chupa y no saca...».

--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le
ha dicho a usted alguna tontería?

--Tontería no... verdades...

--¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?

--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.

--Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.

--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo
yo.

Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.

«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted...
Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».

La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la
antiespasmódica.

«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace
por mí!».

--Todo y mucho más se lo merece usted, carambita--replicó el
farmacéutico con efusión de cariño--. Hemos de ser muy amigos.

--Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún
hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.

--¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está
hecho un santo...

--Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!

--Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo
seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia
y comer yerba.

--Cállese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y
se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias.
¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena
moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi
madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como
si fuera mi cara mitad.

--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular
esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.

--Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer _La
Correspondencia_ o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la
veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de
centinela.

Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de
particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si
la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El _modelo_ se
fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había
descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la
señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de
su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y
Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante
y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas
palabras de que los niños deben estarse calladitos.

«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando».

--Pues si te secas--le contestó su tía, que hasta para consolar era
regañona y desapacible--, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos
un ama, y a vivir...

--Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido?

Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y
para qué quieres que venga acá ese tipo?».

--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A
buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica,
¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no
parezca por acá en mil años.

--Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche.

Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.
«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».

--¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que
había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la
idea del tiempo...

La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego
que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me
recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me
lo creería».

Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello,
porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la
verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se
dormía en pie.

A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia
con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la
noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del _artículo_ de
amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa
María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como
el de una vaca suiza. ¡Género excelente!».

«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque
estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada
en aquel asunto--;. y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que
se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad».

Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la
casa de esta, bajó a la suya,. y en la salita, tapizada de carteles de
novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el
rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador
cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que
Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en
la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no
mama?»--«Pues ahora están los dos callados... _Paice_ que
duermen».--«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la
casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar
en la escalera, les deslomo».

Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda,
oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo,
para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el
ama».--«Bien está, bien».--«Yo estaré a la mira; ya las tengo
apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen
pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche,
creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo
yo un ojo... En fin, mucho cuidado».

Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir
cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa
de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda
honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera,
el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo,
cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática
figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial
penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír
de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la
voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre
delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa
reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi
cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo
vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar
a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le
bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de
verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos
intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido
por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la
opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre».

Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había
estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron
dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga:
«¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de
esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo
que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad
que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha
redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero
valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo».

La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar
ciertos asuntos de reconocida profanidad;. pero cuando salían por el
patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita,
diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!».

--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!...
Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia...

--Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose...

--Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona
antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la
moderna.

--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira
una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la
humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos
temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa
Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es;
aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada
con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero
cállate, que aquí viene tu señora suegra...

Barbarita y la pareja se encontraron.

«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».

--Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta,
allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde
estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano».
Conque bien puedes darte prisa.

--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--. Que
tenga paciencia, que también la tienen los demás.

--Y vosotras, ¿de dónde venís?

--¿Nosotras? De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo.

--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas.

--¡Qué graciosa estás hoy!...

--Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro
_Pituso_?

Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro
timo?».

--Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; _no tiene hoja_,
como el otro, por quien perdiste la chaveta.

--¡Bah!, no quiero oírte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se
separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.

--Oye... mira--dijo Guillermina llamándola...--Cuando salgas, date una
vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande.
Aguarda, oye; te compras una buena cuna...

La dama se reía; todas se reían.

--xi--.

El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre;
pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se
quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que
la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza,
aunque esta fuese bajada del Cielo;. insistía en que tenía leche; el niño
berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la
verdad... «En fin, señora--agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda--; que
a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella
quiere es que la criaturita perezca...».

Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala.
«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene
la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a
su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien».

--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora...
Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que
no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada
de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de
amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra
sí, que me temo que en una de estas le ahogue.

--Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de
amansarla.

Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció
alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad,
demostrando un gran interés por ella y por su niño.

«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--. Tenía yo
ganas de que viniera para decirle una cosa...».

--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.

La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza;
pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.

«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo
que usted me diga lo creeré».

--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No
sabía yo que soy bruja...

--No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala
que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho
más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande,
que no creo que me lo perdone Dios.

--¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y
acariciándole la barba).

--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me
riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di
veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a
_ese_ y a _esa_... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...

Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo
un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es,
sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y
me ha parecido muy razonable».

--La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros,
crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda
aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le
dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me
quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.

--Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más
atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por
haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.

--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.

--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala
intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la
pecadora.

--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!,
¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es
a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza
de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se
pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?

Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante,
no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me
gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría.
Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no
vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».

--¿De modo que a esta tía _monstrua_ no se le da un castigo?... Eso sí
que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.

--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.

Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted
no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no
quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le
cayó la lotería».

--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volviéndole a
coger y estrechándole contra sí.

--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.

--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y
ardor).

--¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones.
También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de
todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin,
estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar.
Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios
manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará
usted?

--Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña,
al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se
me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo
que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin
embargo no ser una mala.

Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se
le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A
que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no
me devuelve esta?».

--¿Qué?--Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien
dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito
y su _santificación_, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de
en medio?

Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la
respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que
mentir para no darle la razón.

«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--. ¡Jacinta
desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».

--Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela
después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que
yo me muera?...

--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?
(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo,
y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos
aborrecen.

Con un _ju ju_ melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.

«¡Ay!, ¿no lo cree?...».

--¡Que me desea bien a mí!

_Tie_ gracia.

--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...

--Pero de eso a que me mire con buenos ojos...

--Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a
mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que
la perdone debe darse por satisfecha...

--¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?

--¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de
Dios, ni nada, no comprende esto.

--¿Y podría ser mi amiga?...

--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo
contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que
después de lo que ha pasado partan un piñón...

--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--. Por más que
usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y
ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé
vueltas.

Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la
santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una
comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por
cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una
limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la
mañana».

Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra
vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».

--Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!

--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame
(bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?

--¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?

--Con aquel que se murió de repente...

--Cállese, cállese o le pego...

--No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de
Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito
de duda.

--¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...!

--Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la
mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un
ángel.

--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta
faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas...

--No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la
que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole
en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque
le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que
Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di
con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro
que sí...

Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar...

«Quedamos en una cosa--dijo levantándose--;. mañana vendrá el Padre Nones
para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice
Estupiñá...».

--Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está
el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta
amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.

--El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que
yo mando--declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los
cuales nadie se podía oponer--. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de
opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y
dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El _excelentísimo_ señor
de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto.

--xii--.

Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano,
a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de
quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de
relaciones con ella. En la sala cuchicheó la _ministra_ con Segismundo
contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un
revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por
una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre
papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de
la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que
le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica
del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, _la de los Pavos_ estaba
aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la
cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no
había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte
a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que
habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará?
Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted
es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si
le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que
no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui
desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso
que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.

Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso
que Ballester le explicase qué traía por allí.

«Pues nada, que _la ministra_ esa quiere meter las narices, y ver a
usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán».

--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la
veo. Y de mi marido, ¿qué dijo?

--No le nombró.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo
mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje
usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí
solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por
Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?

Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en
demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le
dijo que los Rubín grandes y chicos,. así los de carne y hueso como los
que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino
pasando sobre su cadáver.

Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos
que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla
iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este
particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas
excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña
Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues
que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D.
Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si
lo necesitara».

--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que
Plácido es todo _de la casa_, y desde chiquito no hace más que llevar
recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen
hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo
tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de
doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo
ahora a _la mona del Cielo_, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en
ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere
decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora
seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?

--¿Cómo he de dudar eso, criatura?

--Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye
decir.

--Está usted viendo visiones. Bueno va...

--Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que
decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme...
¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más...
Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora?

--Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada...
¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de
la corte celestial...!

--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?

Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la
conversación a un terreno insignificante;. pero Fortunata se las componía
para volver a lo mismo, a que ella y la _Delfina_ iban a ser uña y
carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien
está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester,
yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y
es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar
ningún trabajo. Lo siento yo aquí _entre mí_».

--Depende también de las personas con quien uno se junta--le dijo su
amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos
que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se
nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí,
ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja.
¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de
Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a
visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el
comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no
vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera
porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted
que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a
mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre _pensador_,
mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los
ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras.

--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de
generosidad, que en ella era tan común--. Yo tengo _guita_. Si quiere
mandar a paseo a _las Samaniegas_, mándelas. Que se fastidien, que se
arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su
madre y para el _pensador_, hasta que encuentre otra botica. Tenga
confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_.

Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron
los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco
después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los
hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien
fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal
de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que _diese con
la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se
presentara.

Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de
cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó
también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de
la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a
su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién
he visto?, a la tía esa, _la de los Pavos_. Fue a buscarme al cajón, muy
ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a
caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha
aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice
que _las Samaniegas_ están trinando contigo, y que la viejona aquella,
doña Casta, no parará hasta no verte en el _modelo_. ¡Qué comedia!
Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, _la
Fenelona_, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que
tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta,
que eso no es más que envidia».

La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían
hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le
fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió
terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el
lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora
mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta
chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan
grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que
quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a
rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir
eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme!
Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».

Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu
estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no
iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la
jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser
imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto,
tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».

Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con
vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su
deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y
saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto
a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin
que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que
viniese conmigo...?». La idea de asociar a _Platón_ a su temeraria
empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea.
«Pues lo que es mañana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, mañana
tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...».

Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es
hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión
ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le
deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me
diga que este no es el _hijo de la casa_, le saco los ojos. _Él_ no
puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma.
_Él_ no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro
por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en
que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero
aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose
en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a
Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se
cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no
lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no
puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del
revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si
alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo
desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y
quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la
lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me
pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío,
que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien,
porque lo seré, lo seré».

Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el
pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a
cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos
de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de
mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella
te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan
chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y
nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi
niño es de quien es, y no hay otro en _la casa_, ni le habrá,
¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».

--xiii--.

Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía,
por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas
expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre
y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José
Izquierdo,. pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le
enderezaba un cañón;. pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a
ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha
una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer
funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que
usaba--. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y
el pobrecito no tiene qué mamar?».

Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos
los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con
determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad
un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba
la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo
algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó
con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el
angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos
pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se
hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una
cosa?--le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara--. Tienes
calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras
caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es
tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos _la de los Pavos_
y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica,
no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las
señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que
tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues
qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y
en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y...
chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo
que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda
cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene
que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...!
Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de
nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es
como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos
familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las
pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera
la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo
como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes.
Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle;
pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te
remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de
decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero,
dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si
es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos
aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas».

Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta;.
pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad
pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la
cara anegada en llanto.

«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras
ser _títulas_; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo
te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué
prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me
_paice_ a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar
cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay
equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se
tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y
libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien
saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae
la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan».

Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad.
Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente
sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco
de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le
nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando
vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo
apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en
sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que
tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las
crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en
brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué
manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque
veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo
ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su
auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta,
y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le
quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla
pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al
fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y
los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los
oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del
tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta,
resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven,
echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el
interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas
sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron,
cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no
eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel
desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos
involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su
parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna
impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como
algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y
oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres
endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la
mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío
confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.

Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y
pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú?
--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--. ¡Ah!, ya
te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que
la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para
el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel
desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las
ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana.
Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición
irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico
infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le
había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad
crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad
física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se
determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba,
como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en
aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y
quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión
clara y enérgica de él. «Si me descuido--pensó con gran ansiedad--, me
cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!...
Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo...
Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le
dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D.
Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba...
Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia,
tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré
mucho».

En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar
a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba
despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró
que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto
como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué
tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?...
¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre...
Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me
muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva
estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea
tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me
lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel
que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al
despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo
mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque
Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».

--Sí, señora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes
más oficiosos del mundo--. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha
encargado...

--Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la
medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje,
que me tiene que escribir una carta.

--¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué
medicamento quiere?

--Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero.

--¡Que se muere! Vamos... no bromee usted.

--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si
pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo...

--No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tardó cinco
minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata
se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que
después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna
de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las
manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo
finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación
que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido--dijo
Fortunata con mucha animación--; hágame el favor de escribir... Aquí no
hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de
medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué
golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al
punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo
le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...».

--Yo...--repitió Plácido.

--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy!
¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y
ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así?

--«Lo mala que he sido...».

--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin
hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D.
Plácido, ese _mono del Cielo_ que su esposo de usted me dio a mí,
equivocadamente...». No, no, borre el _equivocadamente_; ponga: «que me
lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está
muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada.
Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y
porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos
amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero
_Pituso_. Este no es falso, es legítimo y _natural_, como usted verá en
su cara. Le suplico...».

--«Le suplico...».--Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le
doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por
_natural_ suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que
besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo
echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma...

Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la
inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue
encontrado el documento. «Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi
amiga doña Guillermina».

--Pero no vale sin transferencia--replicó el hablador examinando el
papel.

--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mío, y yo
lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi
voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré
muchas firmas debajo, y verá si vale.

Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se
le mandaba.

--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la
palabra--, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra
vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi
tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve
usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no
me moriré tan santamente... como quiero morirme.

No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó
extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para
morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y
cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No
me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--. Pero al mismo tiempo,
si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo
cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y
bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no
muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se
aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara
con cara. «Fortunata... _Pitusa_» murmuró echando _talmente_ la voz en
el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió
ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo:
«_Nene_...».

--xiv--.

«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el
crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán
ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito
firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado).
¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es
que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está
pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas;
se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y
no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya
estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le
convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído).
Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan
tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!,
hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense
usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda
y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que
está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión.
Voy a tocar otro registro (con malicia).

Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá...
¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a
su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita.
(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta
el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los
borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que
resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean
qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a
María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia.
Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo
vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva
esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de
una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con
Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una
calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».

Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi
alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué
carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han
robado, nos le han robado...».

--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupiñá
cogiéndola por un brazo--, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos,
y no sea usted mamarracho.

--Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es
esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? _Paice_ que te han dado cien
puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y
tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...

--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--. ¿Dónde vive? Yo le
avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le
falta.

--¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido--exclamó Segunda,
descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a
dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo
atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.

--¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda
le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se
muere?

--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.

--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa
de Socorro.

--A la cárcel... es donde tiene que ir usted.

Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso
incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. _Platón_ vacilaba, no
dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.

«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirmó el
anciano, dando una patada--. El chico está donde debe estar, y bien
saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».

--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina,
que si no era ya cadáver, lo parecía--. Dinos lo que te han hecho,
dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...

--Usted--dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a
ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré
a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.

Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. _Platón_, comprendiendo
por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran
más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle
del Ave María.

La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido
enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la
santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta
que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto
pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».

Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado.
Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no
acababa de comprender el _robo del chiquillo_, no se atrevió a mentarlo
ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes
dosis de _ergotina_; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y
no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso
en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel
eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de
remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas
con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba;. pero la vida
no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos
mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con
expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano,
trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo.
Calladas, se hablaron mirándose.

«El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mandé recado al salir de
casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro
Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera
contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza.

«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan
agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».

En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír
aquello del _rasgo_, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero
este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción.

«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún
rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena
memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar.
Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus
pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija
mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de
todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que
aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.

«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a
quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».

Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la
diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola
sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el
techo.

«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si
perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio
mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay
que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por
mí, por _el mono del Cielo_, que debe quedar aquí rodeado de
bendiciones, no de maldiciones».

Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su
respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas
que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar--le dijo la santa--;
basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona
usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría
pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma,
sino una parte de ella afirmase.

«Más, más claro».

Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.

«Así me gusta».

Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que
parecía inspiración poética o religioso éxtasis,. y vencida
maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras
para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...».

Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y
en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa
estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.

«¡Ángel!... sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien. Amiga
querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a
venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora
recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es
preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y
verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando
no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera
esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que
semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame
que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la
confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho
por allá».

La _Pitusa_ no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al
ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me
tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le
conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje
aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un
lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al
demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo
por mí, para que yo me quede tranquila».

Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo
de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si
entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la
palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo
ve?...».

--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo
quisiera...

Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por
la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se
llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, _maestra_» dijo el
anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron
los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la
enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a
sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz
quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que
Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible
sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... _mona
del Cielo_».

Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido...
cabeza trastornada».

Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de
Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el
corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo
a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo
principal es tener un interior puro, un...».

La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse.
Fue sin duda aquello de _soy ángel_, y luego inclinó la cabeza como
quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz
dijo: «Maestra, maestra, venga usted».

Entró Guillermina y ambos la observaron.

«Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza
trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...».

La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a
escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la
escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto
que vivo.

--xv--.

Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una
actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que
infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía
cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la
santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué
sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía,. y llegándose al
cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó
multitud de besos en su frente y mejillas.

«¡Ah!, señora--dijo a la fundadora, secándose las lágrimas--; veo que se
asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es
que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida...
digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien;
yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense
usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta
desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los
disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos
disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan
buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado
la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación
moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de
una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado
aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea
usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de
esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la
tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido
felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a
un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra
vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría
consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede
imaginar».

Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de
aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue
tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos,. y sentado a la
cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que
necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.

«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo.
Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...».

--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre. ¿Qué
necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy
bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le
hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al
buen entendedor...

No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina
hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y
sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín,
y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los
preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En
todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en
ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los
Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla,
observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por
suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil,
tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las
cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en
vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas
facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué
le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las
sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la
cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse.
Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.

Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a
Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se
mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara
un escándalo,. el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted
nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz,
y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con
el cual quiere fusilar a las pobres _Samaniegas_ y a otra persona que
suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en
un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al
filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra
las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle».

--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque
ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se
ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera,
coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted
dirá que esta ostentación no viene al caso.

--No, yo no digo nada.

--No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es
absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos,
y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y
que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no
debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar,
ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando?

Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con
ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había
llegado doña Bárbara.

Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando
los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba
en su poder,. como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo
hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían
también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero
escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de
un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin
resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para
convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los
afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación
armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella
tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento
de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de
existir aquella mañana,. y se maravillaba de notar en su corazón
sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura,. pues
entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en
desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor
enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de
la herencia del _Pituso_, envolvían, sin que la inteligencia pudiera
desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio,
la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que
las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de
darse un abrazo.

Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose
discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición
preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le
llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen
conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las
cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al _mono
del Cielo_.

Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una
escena memorable.

Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en
duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta
redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su
dignidad) a manifestarse sinceramente consternado,. pues el caso no era
para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento
ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima,
abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión
y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente
responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor
propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó
admirablemente, para que pasaran,. terminando por afirmar que el chico
era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con
propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y
legítima esposa.

Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto
con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que
apenas pudo él contestarle,. y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y
risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida
consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era
fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna,
cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se
vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la
estimación a su marido,. y la ruina de la estimación arrastró consigo
parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras
proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en
que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz,. y ante
el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba,
el pobre hombre padecía horriblemente,. porque era para él muy triste,
que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie
en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que
periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era
tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo,
experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables
pérdidas y del vacío de la vida,. sensación que en plena juventud
equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y
marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás,
quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.
Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que
nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus
trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las
pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.

Durante algún tiempo, el _Delfinito_ siguió en casa de Guillermina,
donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y
se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él
en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le
querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía
fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de
aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del
heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la
imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el
artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso
hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al
echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el
discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También
ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y
los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el
tiempo atrás,. de mudar y trastocar las calidades de las personas,
poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más
allá,. haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra
total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su
vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este
ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de
Juan Evaristo;. recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas
propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien
podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el
de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella...
Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no
estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese
falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la
tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían
las muchas cosas malas que pasan...».

--xvi--.

En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del
carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo
constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir
solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo
trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur,
Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de
Fortunata,. que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo
mejor;. a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que
había allí elementos para un drama o novela,. aunque a su parecer, el
tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas
urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida
pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se
llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas
especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no
participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con
selectas razones de una y otra parte,. quedándose cada cual con sus ideas
y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es
cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe
lo que trae entre manos.

En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín,
delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran
Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de
las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas
corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba
fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta
imagen--dijo a su amigo--, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá
borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción
de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que
lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber
muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos
nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo
digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también
eliminación».

Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no
desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es
un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida);.
porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por
esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a
dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por
hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para
mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en
la cabeza la idea de que era un ángel,. sí, ángel disfrazado, como si
dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me
habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la
tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí
dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por
causa de la muerte, probarme que es verdadera...

Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con
la mía».

A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque
doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron
inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a
Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces
que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y
le daban la comida por un tragaluz,. no atreviéndose a entrar ni la
señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de
agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en
la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un
ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el
rostro y las ropas en desorden.

«¿Qué?--le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle--.
¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le
quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo
el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la
tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y
no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester,
y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados».

--Ballester--dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un
letargo.

--El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues
prométame tener juicio.

--¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna
vez ni tanto así del juicio?

--¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va...

--Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubín con relativa
serenidad levantándose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo,
más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por
qué, por qué fue?

--Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque _semos_
muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo,
cuando de repente le dio por comprar un revólver...

--¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio
palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye
usted?, como ella sabe querer.

--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.

--Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de
mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel
estado de virtud en que me hallaba.

--¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al
bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.

--Volveré--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la
promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor
inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en
cambio del sacrificio que le hice de mi razón,. y luego nos consagraremos
ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.

--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede
realizarse, porque falta una de las partes.

--¿Qué parte?--La que ponía el amor, ese amor tan sublime y...
delirante.

Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos
ni atenuaciones, concluyó así:.

--Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace
hoy ocho días.

Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi
prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra
vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos
a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya
siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento
vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea
Dios, bendito sea!».

Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su
oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena
de su sobrino,. y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y
atisbadora.

«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--. Ya está bien. Pasó el
arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como
la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».

--Y ahora también, y ahora también--afirmó Rubín con maniática
insistencia--. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de
cálculo.

--Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo
demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la
ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.

--¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).

--Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe
esta alhaja?

--Mi ropa, tía, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores
tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.

Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En
el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe:. «Mire
usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he
hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido
darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la
difunta y una corona de rosas...».

--¡Corona de rosas!--exclamó _la de los Pavos_, que con toda su
diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.

--De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene
usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay
posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de
una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted
se ría.

--No, si no me he reído. Pues no faltaba más.

--Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha
de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse
de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora,
para que lo vea.

Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón.
Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le
imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del
morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y
llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de
mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos;.
pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién
ocupadas,. y paráronse delante de una en la cual estaban aún los
albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas.

«Aquí es--dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda,
en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien
tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del
fallecimiento--¿Qué dice ahí?».

Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien
claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía
_de Rubín_. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y
difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto
tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio,
brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas
de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas
mis penas me están saliendo por los ojos».

Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí
más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un
entierro con bastante acompañamiento.

Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su
atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida,
expresó a su amigo estas ideas:

«La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y
ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde
lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se
equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos
estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran
madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.
Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.
Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando
queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella
a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo
Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como
un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que
sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si
alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de
Dios!, que me la ha de pagar».

--Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.

--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi
vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y
para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi
corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me
hizo tanto daño;. yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y
limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento
que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí.
He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de
Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han
sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?
Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado
de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día
en que la conocí;. adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como
era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma;. la veo adornada
de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como
en un espejo;. la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de
Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se
transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo
libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le
imprimían;. ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las
fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros;. ahora no temo las
traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se
acercan;. ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades
de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea,. y nos adoramos con
pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.

--Era un ángel--murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le
comunicaba algo de aquella exaltación.

--Era un ángel--gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla--.
¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...!

--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--. Lástima de
mujer... ¡Si viviera!

--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero
muerta...

--Y yo también--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía
contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos
los que se consuelan así!

--¡Dichosos mil veces, amigo mío!--exclamó Rubín con entusiasmo--, los
que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.
Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo
en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran
abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz,
muy feliz.

Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de
mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde
pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui
al oírle expresarse de este modo, y respondió:. «¡Ay, hijo mío, si ya te
tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso
que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en
él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en
Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa
determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa
que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había
entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se
desdijera;. y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente
tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le
preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al
llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si
creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo
acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a
lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas
mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano
Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da».

Madrid.--Junio de 1887.

FIN DE LA NOVELA.

* * * * *