/home/milly/DocFortunata y Jacinta - Parte segunda- dos historias de casadas.I.
Difficulty: Hard    Uploaded: 4 months, 1 week ago by marina     Last Activity: None
0% Upvoted
0% Translated but not Upvoted
559 Units
0% Translated
0% Upvoted
Parte segunda.



-I-.

Maximiliano Rubín.




--i--.


La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la revolución del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la anaquelería. Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de ella este breve rótulo: _Rubín_.

Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los _Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna España_ (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores de la Revista que los publicó gratis),. sostenía que el apellido de Rubín era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí después de la expulsión. «En la calle de Milaneses, en la de Mesón de Paños y en Platerías se albergaban diferentes familias de _ex-deicidas_, cuyos últimos vástagos han llegado hasta nosotros, ya sin carácter _fisonómico ni etnográfico_». Así lo decía el fecundo publicista, y dedicaba medio artículo a demostrar que el verdadero apellido de los Rubín era _Rubén_. Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judaísmo de mi amigo era pura fluxión de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas enfadosas materias como otras muchas, según el tiempo y las circunstancias. Y me consta que D. Nicolás Rubín, último poseedor de la mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.

La muerte de este D. Nicolás Rubín y el acabamiento de la tienda fueron simultáneos.

Tiempo hacía que las deudas socavaban la casa, y se sostenía apuntalada por las consideraciones personales que los acreedores tenían a su dueño.
El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia, fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias más bárbaras a las tolerancias más vergonzosas. Cinco veces la echó de su casa y otras tantas volvió a admitirla, después de pagarle todas sus trampas. Cuentan que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llevó Dios en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelería, que sólo sirvió para leña. Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares.

Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.

_Juan Pablo_, de veintiocho años.

_Nicolás_, de veinticinco.

_Maximiliano_, de diecinueve.

Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres.
Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra.

Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo (para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de _Doncellas Nobles_, el cual le metió en el Seminario y le hizo sacerdote;. Juan Pablo y Maximiliano se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de Jáuregui, conocida vulgarmente por _Doña Lupe la de los pavos_,. la cual vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza remota.

No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando pasaba por alguna, parecía que le entraba la jaqueca. Metiose en un negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada;. pero en los primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio. Durante un par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almería no le quedó rincón que no visitase, deteniéndose en Madrid todo el tiempo que podía. Trabajó en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y derramó por toda la Península, como se esparce sobre el papel la arenilla de una salvadera, diferentes artículos de comercio. En otra temporada corrió chocolates, pañuelos y chales _galería_, conservas, devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cómo se las componía, que siempre estaba _más pobre que las ratas_, y se lamentaba con amanerado pesimismo de su pícara suerte. Todas sus ganancias se le iban _por entre los dedos_, frecuentando mucho los cafés en sus ratos de descanso, convidando sin tasa a los amigos y dándose la mejor vida posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de este sistema llamaba él _haber nacido con mala sombra_. La misma heterogeneidad y muchedumbre de artículos que corría mermó pronto los resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su confianza,. y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de vida y a ocupación más lucrativa y noble.

Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era diputado de los que llamaban _cimbros_, y Juan Pablo, que era hombre de mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo creyó, y hágote empleado. Rubín fue al mes siguiente inspector de policía en no sé qué provincia. Pero su infame estrella se la había jurado: a los tres meses cambió la situación política, y mi Rubín cesante. Había tomado el gusto a la carne de nómina, y ya no podía ser más que empleado o pretendiente. No sé qué hay en ello, pero es lo cierto que hasta la cesantía parece que es un goce amargo para ciertas naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan, y por eso hay muchos que el día que les colocan se mueren. La irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata. Juan Pablo sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno, anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso, dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir. Por fin salió la credencial. Pero, ¡qué demonio!, siempre la condenada suerte persiguiéndole, porque todos los empleos que le daban eran de lo más antipático que imaginarse puede. Cuando no era algo de la policía secreta, era cosa de cárceles o presidios.

Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que el pobre chico padecía. Pasados los veinte años, se vigorizó un poco, aunque siempre tenía sus arrechuchos; y viéndole más entonado, Juan Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubín su desgracia a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de exteriorizarse. «¡Oh, si mi padre me hubiera dado una carrera!---pensaba---, yo sería hoy algo en el mundo...».

No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le limpiaron otra vez el comedero. Y he aquí a mi hombre paseándose por Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los espíritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no había esperanzas para Juan Pablo, porque los _suyos_, los que él llamaba con tanto énfasis los _míos_, estaban por los suelos, y había lo que llaman _racha_ en las regiones burocráticas. A veces exploraba el mísero cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en qué fundar terminantemente su filiación política. Porque ideas fijas... Dios las diera; había leído muy poco y nutría su entendimiento de lo que en los cafés escuchaba y de lo que los periódicos le decían. No sabía fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo llamaba _doctrinario_ a cualquiera sin saber lo que la palabra significaba. Tan pronto sentía en su espíritu, sin saber por qué ni por qué no, frenético entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices.

En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante. A los que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. «El amigo Rubín--dijo, en ausencia de él D. Basilio Andrés de la Caña, que era uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a mí que no juega limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. ¿Qué tenemos, viene _la federal_ o qué? _¡Misterios! ¡Meditemos!_... ¿O es que le lleva cuentos a don Práxedes? Bueno, señores, que se los lleve.
No me importa el espionaje».

Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubín dijo que iba al extranjero a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareció de Madrid, y al cabo de meses se susurró en la tertulia del café que estaba en la facción, y que D. Carlos le había nombrado algo como contador o intendente en su Cuartel Real. Súpose más tarde que había ido a Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del 73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno soplaba.




--ii--.


Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen más que disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los del prójimo. En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María), prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase al frente del establecimiento.

Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras materias: agua del pozo, ceniza del fogón, tierra de los tiestos, etcétera... El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta carrera ni por otra alguna; no se había despertado en él ningún afán grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabiduría. Era tan endeble que la mayor parte del año estaba enfermo, y su entendimiento no veía nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea sino después de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su escasa memoria como de un ave de cetrería para cazar las ideas; pero el halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y mirando al cielo.

Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la debilidad le retenían en el lecho por las mañanas más tiempo del regular, y la pobre doña Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las sábanas. Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le hacía cosquillas, acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida precaución para que no se enfriase. El sueño se cebaba de tal modo en aquel cuerpo, por las exigencias de la reparación orgánica, que el despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que más energía y constancia desplegaba doña Lupe.

El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber; pero no podía ir más allá de sus alcances. Doña Lupe le ayudaba a estudiar las lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se iba a hablar con los profesores. Tales cosas les decía, que el chico pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asistía puntualmente a clase, y era de los que traían mayor trajín de notas, apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no perdía sílaba de lo que el profesor decía.

Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo.
Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos, donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea, demonios o no sé qué.

Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia.
Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban _Pajaritos_.
Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado!
Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento, como se saca lumbre a la madera frotándola mucho.

Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes. En la clase misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a provocar y encender la ilusión. El resultado era un completo éxtasis, y al través de la explicación sobre las propiedades terapéuticas de las tinturas madres, veía a los alumnos militares en su estudio táctico de campo, como se puede ver un paisaje al través de una vidriera de colores.

Los chicos de la clase de Botánica se entretenían en ponerse motes semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las tiraba de muy fino y muy señorito, le llamaban _Anacletus obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban _Quercus gigantea_. Olmedo era muy abandonado y le caía admirablemente el _Ulmus sylvestris_. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente.
Pusiéronle _Pseudo-Narcissus odoripherus_. A otro que era muy pobre y gozaba de un empleíto, le pusieron _Christophorus oficinalis_ y por último, a Maximiliano Rubín, que era feísimo, desmañado y de muy cortos alcances, se le llamó durante toda la carrera _Rubinius vulgaris_.

Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no representaba aún más de veinte. Carecía de bigote, pero no de granos que le salían en diferentes puntos de la cara. A los veintitrés años tuvo una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando salió de ella parecía un poco más fuerte;. ya no era su respiración tan fatigosa ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus muelas parecían más civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el canuto de brea, y sólo las jaquecas persistían, como esos amigos machacones cuya visita periódica causa espanto. Juan Pablo estaba entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el resultado de aquellas desventajas. Y además de libertad, dábale su tía algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de gastarlo sino con mucho pulso. Inclinábase el chico a economizar, y tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid. En la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda, que cuidaba como a las niñas de sus ojos. De esto le sobrevino alguna presunción, y gracias a ella su figura no parecía tan mala como era realmente. Tenía su buena capa de embozos colorados; por la noche se liaba en ella, metíase en el tranvía y se iba a dar una vuelta hasta las once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mudó doña Lupe a Chamberí, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo poco a poco la ilusión de los alumnos de Estado Mayor.

Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba.
Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían _quedar con él_ o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi hombre como la grana y tartamudeando.

Por esto le gustaba más, cuando el tiempo no era muy frío, vagar por las calles, embozadito en su pañosa, viendo escaparates y la gente que iba y venía, parándose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por las ventanas de los cafés. En estas excursiones podía muy bien emplear dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la atención las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empezó a distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de alguna, por puro éxtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y la seguía también. Pronto supo distinguir de _clases_, es decir, llegó a tener tan buen ojo, que conocía al instante las que eran honradas y las que no. Su amigo _Ulmus sylvestris_, que a veces le acompañaba, indújole a romper la reserva que su encogimiento le imponía, y Maximiliano conoció a algunas que había visto más de una vez y que le habían parecido muy guapetonas. Pero su alma permanecía serena en medio de sus tentativas viciosas: las mismas con quienes pasó ratos agradables le repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el bulto.

Agradábale más vagar solo que en compañía de Olmedo, porque este le distraía, y el goce de Maximiliano consistía en pensar e imaginar libremente y a sus anchas, figurándose realidades y volando sin tropiezo por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y soñar al compás de las piernas, como si su alma repitiera una música cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a él le deleitaba. Y como encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo que _aquellas eran honradas_, y en seguirlas hasta ver a dónde iban.
«¡Una honrada! ¡Que me quiera una honrada!». Tal era su ilusión... Pero no había que pensar en tal cosa. Sólo de pensar que le dirigía la palabra a una honrada, le temblaban las carnes. ¡Si cuando iba a su casa y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a saludarlas...!




--iii--.


De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna que con la externa. El que antes era como una ostra había venido a ser algo como un poeta. Vivía dos existencias, la del pan y la de las quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tenía Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña, mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dolía nunca; o bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si aquello le durara, sería tan loco como cualquiera de los que están en Leganés. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasaría una jaqueca; pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y otros fenómenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del sueño y hay en el cerebro un crepúsculo,. una discusión vaga entre lo que es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las imágenes que se dispersaban. «Verdaderamente--decía él--, ¿por qué ha de ser una cosa más real que la otra? ¿Por qué no ha de ser sueño lo del día y vida efectiva lo de la noche? Es cuestión de nombres y de que diéramos en llamar _dormir_ a lo que llamamos _despertar_, y _acostarse_ al _levantarse_... ¿Qué razón hay para que no diga yo ahora mientras me visto: 'Maximiliano, ahora te estás echando a dormir. Vas a pasar mala noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacéutica animal_...?'».

El tal _Ulmus sylvestris_ era un chico simpático, buen mozo, alegre y de cabeza un tanto ligera. De todos los compañeros de _Rubinius vulgaris_, aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño que tenía algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar, mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si fueran un programa que había que cumplir sin remedio. Últimamente vivía con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con ello, como si el _entretener_ mujeres fuese una carrera en que había que matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho. Dábale él lo poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación.
Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba a sus amigos a _tomar un bacalao_ en su _hotel_, dándose unos aires de hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era de Valencia, y ponía muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y la mesa misma tenían que ver. Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino, cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido; pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una significación. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo tácitamente: «Vean ustedes lo perdulario que soy». Y en el fondo era un infeliz. Aquello no era más que una prolongación viciosa de la _edad del pavo_.

Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si fuera una señora, y Olmedo también tomaba esto en serio, diciendo: «La tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por casa». Este Orfila era un estudiantillo de último año de Medicina, que se llamaba lo mismo que el célebre doctor, y curaba, es decir, recetaba a los amigos y a las amigas de los amigos.

Un día, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubín: «Vete por casa si quieres ver una mujer... hasta allí. Es una amiga de Feliciana, que se ha ido a nuestro _hotel_ unos días mientras encuentra colocación».

--¿Es honrada?--preguntó Rubín, mostrando en su tono la importancia que daba a la honradez.

--¡Honrada!, ¡qué narices!--exclamó el perdis riendo--. ¿Pero tú crees que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada?

Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana. Ya no había mujeres honradas: lo decía un conocedor profundo de la sociedad y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un desorden de transición fisiológica, algo como una segunda dentición.
Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con otras ideas y otra manera de ser.

«¡Con que no es honrada!...» apuntó Maximiliano, que habría deseado que todas las hembras lo fueran.

--¿Qué ha de ser, hombre?... ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace mucho tiempo con un barbián... creo que tratante en fusiles. ¡Traían un tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio.
Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices!

Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y picos... Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto se entiende. Feliciana se la encontró no sé dónde hecha un mar de lágrimas, y le dijo: «vente a mi casa». ¡Allí está! Hace sus saliditas, ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es una chica muy buena. ¡Tiene un ángel...!

Por la noche fue Maximiliano al _hotel_ de Feliciana, tercer piso en la calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la puerta de entrada había un cuartito pequeño, que era donde moraba la huéspeda, y esta salía de su escondrijo cuando Rubín entraba. Feliciana había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces habían visto sus ojos. Ella le miró a él como a una cosa rara, y él a ella como a sobrenatural aparición.

Pasó Rubín a la salita, y dejando su capa, se sentó en un sillón de hule cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caía.
Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media; pero como Maximiliano se negase a ello, empezó a hacer solitarios. Puso Feliciana sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón alfombrado.

«Fortunata--gritó llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa como si buscara alguna cosa--. ¿Qué se te ha perdido?».

--Chica, mi toquilla azul.--¿Vas a salir ya?--Sí: ¿qué hora es?

Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, dijo: «Las nueve menos siete minutos... y medio». No podía decirse la hora con exactitud más escrupulosa.

«Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que salgas de aquí a las diez menos cuarto... ¿Pero esa toquilla?... Mírala, mírala en esa silla junto a la cómoda».

--¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.

Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre joven se sentía delante de aquella hermosura más cortado que en la visita de más campanillas.

«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica: --Sí, está la noche fresquecita.

--Llévate el llavín...--añadió Feliciana--. Ya sabes que el sereno se llama Paco. Suele estar en la taberna.

La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor.
Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada!--pensaba--. Y quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en medio de...».

Estaba muy fija en él la idea aquella de las dos honradeces, en algunos casos armonizadas, en otros no. Habló Fortunata poco y vulgar; todo lo que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia:. que hacía mucho frío, que se le había descosido un mitón, que aquel llavín parecía la _maza de Fraga_, que al volver a casa entraría en la botica a comprar unas pastillas para la tos.

Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios, daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de aquel semblante que le parecía angelical. Y cuanto ella dijo lo oyó como si fuera una sarta de conceptos ingeniosísimos. «¡Si es un ángel!... No ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz! No he oído en mi vida música tan grata... ¿Cómo será el decir esta mujer un _te quiero_, diciéndolo con verdad y con alma?». Esta idea produjo en la mente de Rubín sacudidas que le duraron mediano rato. Le corrió un frío por el espinazo y vínole cierto picor a la nariz como cuando se ha bebido gaseosa.

Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes, lo que a Maximiliano le pareció muy mal. Otras noches había oído anécdotas parecidas y se había reído; pero aquella noche se ponía de todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca.
«¡Qué desvergüenza contar aquellas marranadas delante de personas... de personas decentes, sí señor!». Estaba Rubín tan desconcertado como si las dos mujeres allí presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un colegio monjil; pero su timidez le impedía mandar callar a Olmedo.
Fortunata no se reía tampoco de aquellos estúpidos chistes; pero más bien parecía indiferente que indignada de oírlos. Estaba distraída pensando en sus cosas. ¿Qué cosas serían aquellas? Diera Maximiliano por saberlas... su hucha con todo lo que contenía. Al acordarse de su tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.

«Pero el cuento más salado ¡narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero.
¿Lo sabes tú? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acostó en la cama del cura... Veréis...».

Fortunata se levantó para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir detrás de ella para ver dónde iba. Era la manera especial suya de hacer la corte. En su espíritu soñador existía la vaga creencia de que aquellos seguimientos entrañaban una comunicación misteriosa, quizás magnética. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafía _sui generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrás, debía de conocer en sí los efectos del fluido de atracción. Salió Fortunata despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal. Pero aquel condenado _Ulmus sylvestris_ le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse con los chillidos de dolor que daba el pobre _Rubinius vulgaris_. «¡Qué asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los dedos pegados unos a otros--. ¡Vaya unas gracias!..

Esto y contar porquerías es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar».

--_Niño del mérito, papos-castos_, ¿quieres hacer el favor de tocarme las narices?

--No te hagas ordinario--dijo Rubín con bondad--. Si no lo eres, si aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.

Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado. Le supo tan mal la indulgencia de Rubín, que salió tras él hasta la puerta, diciéndole entre otras tonterías: «¡Valiente hipócrita estás tú... narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan».




--iv--.


Maximiliano bajó la escalera como la baja uno cuando tiene ocho años y se le ha caído el juguete de la ventana al patio. Llegó sin aliento al portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la calle. El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apretó el paso pensando que Fortunata no debía de andar muy a prisa y que la alcanzaría pronto. «¿Será aquella?». Creyó ver la toquilla azul; pero al acercarse notó que no era la nube de su cielo. Cuando veía una mujer _que _ _ pudiera ser ella_, acortaba el paso por no aproximarse demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos del seguimiento. Anduvo calles y más calles, retrocedió, dio vueltas a esta y la otra manzana, y la _dama nocturna_ no parecía. Mayor desconsuelo no sintió en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de hablarle y decirle algún amoroso atrevimiento. Se agitó tanto en aquel paseo vagabundo, que a las once ya no se podía tener en pie, y se arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta pasos, dábale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan fatigado, que no tuvo más remedio que coger el tranvía de Chamberí y retirarse. Llegó y se acostó, deseando apagar la luz para pensar sobre la almohada. Su espíritu estaba abatidísimo. Asaltáronle pensamientos tristes, y sintió ganas de llorar. Apenas durmió aquella noche, y por la mañana hizo propósito de ir al _hotel_ de Feliciana en cuanto saliera de clase.

Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez.
Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que fueran maliciosas. «Tardecillo vino usted anoche. A las once no había vuelto usted todavía». Y por este estilo otras frases vulgares que Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso.
Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna, y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos, como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato. Dejoles solos la tunanta de Feliciana, y Rubín se acobardó al principio; pero de repente se rehízo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma, aquella pasión nacida en la inocencia y que se desarrolló en una noche como árbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le removía y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un fenómeno puramente externo. Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole una mano, le dijo con voz temblorosa: «Si usted me quiere querer, yo... la querré más que a mi vida».

Fortunata le miró también a él, sorprendida. Le parecía imposible que el _bicho raro_ se expresase así... Vio en sus ojos una lealtad y una honradez que la dejaron pasmada. Después reflexionó un instante, tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se habían burlado tanto de ella, que lo que estaba viendo no podía ser sino una nueva burla. Aquel era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás. Consecuencia de tales ideas fue la sonora carcajada que soltó la mujer aquella ante la faz compungida de un hombre que era todo espíritu. Pero él no se desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale un valor desconocido. ¡Ánimo! «Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la idolatraré a usted...».

Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que hacía la muy pícara era tomar a risa la pasión del joven.

«¿Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece mentira!, un tornasol de hermosura--; ¿si le probara a usted de un modo que no dejase lugar a dudas...?».

--¿Qué?--¡Que la idolatraré!... no, que ya la estoy idolatrando.

--¡_Tie_ gracia!... ¡idolatrando!, ¡ja, ja!--repitió la otra, y devolvía la palabra como se devuelve una pelota en el juego.

Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos. Comprendió que lo ridículo se le venía encima. No dijo más que: «Bueno, seremos amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir, soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer».

Fortunata le miraba y, francamente, no podía acostumbrarse a aquella nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que parecía se iba a deshacer de un soplo. ¡Que siempre se enamoraran de ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel terreno.

«Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubín categóricarnente--.
Vendré a las ocho y media. ¿Me da usted palabra de no salir... o de esperarme para salir conmigo?».

Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así concluyó la entrevista. Rubín se fue corriendo a su casa.

¡Qué chico! Si parecía otro. Él mismo notaba que algo se había abierto dentro de sí, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es larga o poco acentuada, y allí fue violenta y explosiva. ¡Si hasta le parecía que tenía talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron pensamientos magníficos y juicios de una originalidad sorprendente.
Había formado de sí mismo un concepto poco favorable como hombre de inteligencia; pero ya, por efecto del súbito amor, creíase capaz de dar quince y raya a más de cuatro. La modestia cedió el puesto a un cierto orgullo que tomaba posesión de su alma... «Pero ¿y si no me quiere?--pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas--.
Es que me tendrá que querer... No es el primer caso... Cuando me conozca...».

Al mismo tiempo la apatía y la pereza quedaban vencidas... Andábanle por dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar su voluntad en actos grandes y difíciles... Iba por la calle sin ver a nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un árbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio a su tía en el balcón tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy grande, pero muy grande, fue todo uno. «¡Si mi tía lo sabe...!». Pero del miedo salió al instante la reacción de valor, y apretó los puños debajo de la capa, los apretó tanto que le dolieron los dedos. «Si mi tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios». Nunca, ni aun con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la existencia anteriores a aquel estado novísimo se hundían o se disipaban como las tinieblas al salir el sol. Ya no había tía, ni hermanos, ni familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!... «¡Qué carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto.

Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha. Su primer impulso fue estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doña Lupe de la hucha de su sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseñaba como una cosa rara, sonándola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo arregladito y previsor que era el niño. «Esto se llama formalidad. Hay pocos chicos que sean así...».

Maximiliano discurrió que para realizar su deseo, necesitaba comprar otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando en el chasco que le iba a dar a su tía... ¡él, que no había cometido nunca una travesura...!, lo único que había hecho, años atrás, era robarle a su tía botones para coleccionarlos. ¡Instintos de coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez llegó hasta cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre había sido la misma mansedumbre, y tan económico que su tía le amaba más quizá por la virtud del ahorro que por las otras.

«Pues señor; manos a la obra. En la cacharrería del paseo de Santa Engracia hay huchas exactamente iguales. Compraré una; miraré bien esta para tomarle bien las medidas».

Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.

«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».

Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua, plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más estrafalario y grotesco que se puede imaginar.

--Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás...

Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba de morros cerraba completamente la boca.

Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más.
Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía.
Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a decir en voz baja: «Feo, feo...» hasta treinta o cuarenta veces. Esta apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le indignó tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos toda aquella lenguaza que sacaba.

«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!».

Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas, haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy incomodado y a poco entró ella otra vez.

«¿Qué buscas aquí?».

--Vengo _a por_ la lámpara para aviarla... El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa: «Mira, Papitos, que voy allá...».

--Tía, venga usted... Está de jarana...

--¡Acusón!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara--, feón.

--La culpa la tienes tú--añadió severamente doña Lupe, en la puerta--, porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.

La tía y el sobrino hablaron un instante.

«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías.
Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías».

--No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubín, sintiendo que la timidez le ganaba otra vez.

--No hagamos simplezas... Hace un frío horrible. ¡Qué año tan malo!
¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso que me eché encima cuatro mantas. ¡Qué atrocidad! Como que estamos entre las _Cátedras de Roma y Antioquía_, que es, según decía mi Jáuregui, el peor tiempo de Madrid.




--v--.


¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?--preguntole Rubín.

--Eso pienso. Si tú sales me dejarás allá, y luego irás a buscarme a las once en punto.

Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo nada.

--Y esta tarde, ¿sale usted?--preguntó luego deseando que su tía saliese antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la sustitución de las huchas.

--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón.

«Yo la acompañaré a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me preste unos apuntes. La dejaré a usted en la calle de la Habana».

Doña Lupe fue a la cocina y le armó una gran chillería a Papitos porque había dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de oírse llamar con las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.

«Si creerás tú que no te estoy viendo, bribona» decía doña Lupe sin volverse, entre risueña y enojada. Y no se podía pasar sin ella.
Necesitaba tener una criatura a quien reprender y enseñar por los procedimientos suyos.

Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron. La primera se quedó en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y tornó a su casa. Había llegado la ocasión de consumar el atentado, y el que durante la premeditación se mostraba tan valeroso, cuando se aproximaba el instante crítico sentía vivísima inquietud. Empezó por asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta después de encender la luz; pero ¿cómo asegurarse de su propia conciencia que se le alborotaba, pintándole la falta proyectada como nefando delito? Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era posible que nadie adviniese la sustitución. Manos a la obra. Lo primero era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva la calderilla, con más de dos pesetas en _perros_ que al objeto había cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era cosa imposible. Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama, con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser víctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios números de _La Correspondencia_. La mirada del joven revoloteó por la estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendían aquellos moldes de sí mismo, su ropa, el chaqué que reproducía su cuerpo y los pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se estiraran. Miró después la cómoda, el baúl y las botas que sobre él estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un movimiento de alegría y la animación de la cara indicaron que Maximiliano había atrapado la idea. Bien lo decía él: con aquellas cosas se había vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una bota salió y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando.

«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo».

Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al señorito la cabeza.

«Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te diera dos coscorrones».

Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.

«Y yo le diré--replicó--, yo le diré lo que hace... el muy trapisondista...».

Maximiliano se estremeció. «Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo sorteando su turbación.

--Encerrarse en su cuarto, _¡ay olé! ¡ay olé!_... para que nadie le vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _¡ay olé! ¡ay olé!_...

--¿Qué?--Escribiéndole cartas a la novia.

--Mentira... ¿yo...? Quita allá, enredadora... Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la llave, tapó el agujero con un pañuelo.

«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...».

El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo: «¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas que había cambiado.

No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos, ¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre?
Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato acusador que ilumina a la justicia.

Lo que desconcertó a Rubín cuando creyó concluida su faena, fue la aprensión de advertir que la hucha nueva no se parecía nada a la sacrificada. ¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una misma? Error de los sentidos. También podía ser error la diferencia que después del crimen notaba. ¿Se equivocó antes o se equivocaba después?
En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada. «Pero si, basta tener ojos--decía--, para conocer que esta hucha no es aquella... En esta el barro es más recocho, de color más oscuro, y tiene por aquí una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios nos asista. ¿A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en esta... No, más bien mayor, mucho mayor... ¡Fatalidad!».

Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha... no sé... me parece... no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta, quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea de contar el dinero... Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra?
Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y adelante.

No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entró doña Lupe, dirigiéndose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su cuarto esperando que le llamasen a comer, y hacía cálculos mentales sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. «Mucho debe de ser, pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo eché un dobloncito de cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tomé la medicina aquella que sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede que pasen de quince».

Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en que le robara los botones arrancándolos de la ropa... Y al sobrinito se le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había.
«Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado muy limpia... Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy importante... ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte.
Ahora recuerdo que oí el _tin_, como si un casquillo saltara en el momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!... ¡Cómo me mira! Si sospechará algo... Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el tendero: «Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla».

El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular.
Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.

«Me parece que tú no andas bien...--le dijo--. Cuando entré te sentí toser... Estas heladas... Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aquí otra como la del año pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No olvides de liarte un pañuelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te acuestes; y yo que tú empezaría a tomar el agua de brea... No hagas ascos. Es bueno curarse en salud. Por sí o por no, mañana te traigo las pastillas de Tolú».

Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran más que la inspección médica de todos los días. Comieron y se prepararon para salir. El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente. Como las monedas que en el bolsillo del pantalón llevaba no eran paja, se denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno, Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto, pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba las orejas, no percibió nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando creía que las monedas se movían, atarugaba el bolsillo como quien ataca un arma. ¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!...
unit 1
Parte segunda.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 2
-I-.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 3
Maximiliano Rubín.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 4
--i--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 13
Bastante hacen con publicarlos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 24
Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 25
Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 27
_Juan Pablo_, de veintiocho años.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 28
_Nicolás_, de veinticinco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 29
_Maximiliano_, de diecinueve.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 58
unit 62
La irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 64
Por fin salió la credencial.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 73
¡Duro en ellos!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 74
Así se desahogan los espíritus alborotados y tempestuosos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 84
Si le van a colocar que lo diga de una vez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 85
¿Qué tenemos, viene _la federal_ o qué?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 86
_¡Misterios!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 87
¡Meditemos!_... ¿O es que le lleva cuentos a don Práxedes?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 88
Bueno, señores, que se los lleve.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 89
No me importa el espionaje».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 90
Esto pasaba a fines de 1872.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 94
--ii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 102
Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 109
Tales cosas les decía, que el chico pasaba, aunque con malas notas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 121
unit 128
¡Qué suerte tan negra!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 136
unit 137
Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 138
Pusiéronle _Pseudo-Narcissus odoripherus_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 152
Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 173
«¡Una honrada!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 174
¡Que me quiera una honrada!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 175
Tal era su ilusión... Pero no había que pensar en tal cosa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 178
--iii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 180
El que antes era como una ostra había venido a ser algo como un poeta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 181
Vivía dos existencias, la del pan y la de las quimeras.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 191
unit 203
Y en el fondo era un infeliz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 204
Aquello no era más que una prolongación viciosa de la _edad del pavo_.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 207
Hoy le he dicho a Orfila que se pase por casa».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 212
--¡Honrada!, ¡qué narices!--exclamó el perdis riendo--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 213
unit 219
--¿Qué ha de ser, hombre?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 220
¡Buena púa está!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 222
¡Traían un tren, chico!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 223
La vi una noche... Te juro que daba el puro opio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 224
Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 227
¡Allí está!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 228
unit 229
No te creas; es una chica muy buena.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 230
¡Tiene un ángel...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 238
¿Qué se te ha perdido?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 239
--Chica, mi toquilla azul.--¿Vas a salir ya?--Sí: ¿qué hora es?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 241
No podía decirse la hora con exactitud más escrupulosa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 242
«Ya ves--dijo Feliciana--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 243
tienes tiempo... Hasta las diez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 244
unit 245
Mírala, mírala en esa silla junto a la cómoda».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 246
--¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 248
Entonces Maximiliano la miró mejor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 250
¿Y qué decir?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 251
Porque había que decir algo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 254
--Llévate el llavín...--añadió Feliciana--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 255
Ya sabes que el sereno se llama Paco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 256
Suele estar en la taberna.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 257
La otra no desplegaba sus labios.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 258
Parecía que estaba de muy mal humor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 260
«¡Qué lástima que no sea honrada!--pensaba--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 267
«¡Si es un ángel!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 268
No ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 270
unit 277
Estaba distraída pensando en sus cosas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 278
¿Qué cosas serían aquellas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 279
Diera Maximiliano por saberlas... su hucha con todo lo que contenía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 281
unit 282
¿Lo sabes tú?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 284
Fortunata se levantó para marcharse.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 285
Ocurriole a Maximiliano salir detrás de ella para ver dónde iba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 286
Era la manera especial suya de hacer la corte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 292
¡Vaya unas gracias!..
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 293
Esto y contar porquerías es tu fuerte.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 294
Mejor te pusieras a estudiar».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 296
--No te hagas ordinario--dijo Rubín con bondad--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 297
Si no lo eres, si aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 300
Estos silfidones, a lo mejor la pegan».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 301
--iv--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 304
El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 306
«¿Será aquella?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 310
Mayor desconsuelo no sintió en su vida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 315
unit 316
Su espíritu estaba abatidísimo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 317
Asaltáronle pensamientos tristes, y sintió ganas de llorar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 319
Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 321
«Tardecillo vino usted anoche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 322
A las once no había vuelto usted todavía».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 326
No era ya el mismo hombre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 328
unit 330
Fortunata le miró también a él, sorprendida.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 332
unit 334
Aquel era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 337
¡Ánimo!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 338
«Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la idolatraré a usted...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 341
--¿Qué?--¡Que la idolatraré!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 342
no, que ya la estoy idolatrando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 343
--¡_Tie_ gracia!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 345
Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 346
Comprendió que lo ridículo se le venía encima.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 347
unit 348
Yo soy un infeliz, quiero decir, soy bueno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 349
Hasta ahora no he querido a ninguna mujer».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 351
¡Que siempre se enamoraran de ella tipos así!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 353
«Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubín categóricarnente--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 354
Vendré a las ocho y media.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 355
unit 357
Rubín se fue corriendo a su casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 358
¡Qué chico!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 359
Si parecía otro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 362
¡Si hasta le parecía que tenía talento...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 369
Verla y sentir un miedo muy grande, pero muy grande, fue todo uno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 370
«¡Si mi tía lo sabe...!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 372
«Si mi tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 374
Pero los antiguos moldes estaban rotos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 379
«¡Qué carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 380
Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 382
unit 384
«Esto se llama formalidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 385
Hay pocos chicos que sean así...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 388
¡Instintos de coleccionista, que son variantes de la avaricia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 391
«Pues señor; manos a la obra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 392
unit 393
Compraré una; miraré bien esta para tomarle bien las medidas».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 396
«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 398
--Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 399
Era la criada de la casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 401
Llamábanla Papitos no sé por qué.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 405
unit 406
Ella las gastaba así.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 407
Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 410
«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 411
Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 412
Parecía que volaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 414
Volvió él a su cuarto muy incomodado y a poco entró ella otra vez.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 415
«¿Qué buscas aquí?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 417
--Tía, venga usted... Está de jarana...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 418
unit 420
Cuando quieres que te respete, no puede ser.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 421
Es muy mal criada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 422
La tía y el sobrino hablaron un instante.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 423
«¿También vendrás tarde esta noche?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 424
Mira que las noches están muy frías.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 425
Estas heladas son crueles.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 426
Tú no estás para valentías».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 427
--No, si no siento nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 429
--No hagamos simplezas... Hace un frío horrible.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 430
¡Qué año tan malo!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 431
¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 432
Y eso que me eché encima cuatro mantas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 433
¡Qué atrocidad!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 435
--v--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 436
¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?--preguntole Rubín.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 437
--Eso pienso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 438
unit 439
unit 441
--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 443
La dejaré a usted en la calle de la Habana».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 445
Pero la chica estaba muy acostumbrada a todo, y se quedaba tan fresca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 448
Y no se podía pasar sin ella.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 450
Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 455
No era posible que nadie adviniese la sustitución.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 456
Manos a la obra.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 458
Romper la olla sin hacer ruido era cosa imposible.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 460
Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 467
«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 468
unit 470
«Vamos, niña, estate quieta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 471
Mira que le cuento todo a la tía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 473
Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 475
Maximiliano se estremeció.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 476
«Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo sorteando su turbación.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 477
--Encerrarse en su cuarto, _¡ay olé!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 479
¡ay olé!_...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 480
--¿Qué?--Escribiéndole cartas a la novia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 481
--Mentira... ¿yo...?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 483
«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 484
El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 487
Cogió la hucha y con febril mano le atizó un porrazo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 488
La víctima exhaló un gemido seco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 489
Se había cascado, pero no estaba rota aún.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 494
Sobre la cama se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 499
Como que la boca era un poquitín más estrecha que la de la muerta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 500
Después metió el cobre de las dos pesetas que había cambiado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 501
No había tiempo que perder.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 502
Sentía pasos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 503
¿Subiría ya doña Lupe?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 504
No, no era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 505
Aquellos cascos, ¿dónde los echaría?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 506
He aquí un problema que le puso los pelos de punta al asesino.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 508
¿Y la sangre?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 509
Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 511
También la mano del almirez necesitó de un buen limpión.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 512
¿Tendría algo en la ropa?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 513
Se miró bien de pies a cabeza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 514
No había nada, absolutamente nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 517
¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una misma?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 518
Error de los sentidos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 519
También podía ser error la diferencia que después del crimen notaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 520
¿Se equivocó antes o se equivocaba después?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 521
En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 523
¿A ver el peso?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 528
unit 529
unit 531
Valía más callar, y adelante.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 536
Lo que es en monedas de a cinco, puede que pasen de quince».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 537
Sintió que le renacía el valor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 542
En el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 543
¡Cómo me mira!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 544
Si sospechará algo...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 546
El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 548
«Me parece que tú no andas bien...--le dijo--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 551
Es bueno curarse en salud.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 552
Por sí o por no, mañana te traigo las pastillas de Tolú».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 554
Comieron y se prepararon para salir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 559
¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None

Parte segunda.

-I-.

Maximiliano Rubín.

--i--.

La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo
en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe
Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la
revolución del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas
seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua
como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su
fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la
anaquelería. Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de
ella este breve rótulo: _Rubín_.

Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los
_Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna
España_ (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores
de la Revista que los publicó gratis),. sostenía que el apellido de Rubín
era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí
después de la expulsión. «En la calle de Milaneses, en la de Mesón de
Paños y en Platerías se albergaban diferentes familias de _ex-deicidas_,
cuyos últimos vástagos han llegado hasta nosotros, ya sin carácter
_fisonómico ni etnográfico_». Así lo decía el fecundo publicista, y
dedicaba medio artículo a demostrar que el verdadero apellido de los
Rubín era _Rubén_. Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto
le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen
algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público
no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No
quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judaísmo de mi amigo
era pura fluxión de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas
enfadosas materias como otras muchas, según el tiempo y las
circunstancias. Y me consta que D. Nicolás Rubín, último poseedor de la
mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por
la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones
narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.

La muerte de este D. Nicolás Rubín y el acabamiento de la tienda fueron
simultáneos.

Tiempo hacía que las deudas socavaban la casa, y se sostenía apuntalada
por las consideraciones personales que los acreedores tenían a su dueño.
El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia,
fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y
escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que
hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables
alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como
disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias más bárbaras a
las tolerancias más vergonzosas. Cinco veces la echó de su casa y otras
tantas volvió a admitirla, después de pagarle todas sus trampas. Cuentan
que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de
esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llevó Dios
en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de
una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la
detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que
difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los
acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelería, que sólo
sirvió para leña. Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares.

Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en
sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.

_Juan Pablo_, de veintiocho años.

_Nicolás_, de veinticinco.

_Maximiliano_, de diecinueve.

Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en
la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire
de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la
maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres.
Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector
vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era
que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era
guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil
en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era
desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a
causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y
por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y
linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había
nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra.

Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo
(para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su
tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de _Doncellas Nobles_, el cual
le metió en el Seminario y le hizo sacerdote;. Juan Pablo y Maximiliano
se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de
Jáuregui, conocida vulgarmente por _Doña Lupe la de los pavos_,. la cual
vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de
tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a
consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos
Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba
vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza
remota.

No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la
vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando
pasaba por alguna, parecía que le entraba la jaqueca. Metiose en un
negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en
comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de
escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada;. pero en los
primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan
Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio. Durante un
par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de
muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almería no le
quedó rincón que no visitase, deteniéndose en Madrid todo el tiempo que
podía. Trabajó en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y
derramó por toda la Península, como se esparce sobre el papel la
arenilla de una salvadera, diferentes artículos de comercio. En otra
temporada corrió chocolates, pañuelos y chales _galería_, conservas,
devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su
honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus
comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cómo se las componía,
que siempre estaba _más pobre que las ratas_, y se lamentaba con
amanerado pesimismo de su pícara suerte. Todas sus ganancias se le iban
_por entre los dedos_, frecuentando mucho los cafés en sus ratos de
descanso, convidando sin tasa a los amigos y dándose la mejor vida
posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de
este sistema llamaba él _haber nacido con mala sombra_. La misma
heterogeneidad y muchedumbre de artículos que corría mermó pronto los
resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su
confianza,. y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando
maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de
vida y a ocupación más lucrativa y noble.

Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto
amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era
diputado de los que llamaban _cimbros_, y Juan Pablo, que era hombre de
mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y
lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo
creyó, y hágote empleado. Rubín fue al mes siguiente inspector de
policía en no sé qué provincia. Pero su infame estrella se la había
jurado: a los tres meses cambió la situación política, y mi Rubín
cesante. Había tomado el gusto a la carne de nómina, y ya no podía ser
más que empleado o pretendiente. No sé qué hay en ello, pero es lo
cierto que hasta la cesantía parece que es un goce amargo para ciertas
naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan,
y por eso hay muchos que el día que les colocan se mueren. La
irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata. Juan Pablo
sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno,
anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar
al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso,
dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir. Por fin
salió la credencial. Pero, ¡qué demonio!, siempre la condenada suerte
persiguiéndole, porque todos los empleos que le daban eran de lo más
antipático que imaginarse puede. Cuando no era algo de la policía
secreta, era cosa de cárceles o presidios.

Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que
se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que
el pobre chico padecía. Pasados los veinte años, se vigorizó un poco,
aunque siempre tenía sus arrechuchos; y viéndole más entonado, Juan
Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se
malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea
el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubín su desgracia
a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de
exteriorizarse. «¡Oh, si mi padre me hubiera dado una
carrera!---pensaba---, yo sería hoy algo en el mundo...».

No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le
limpiaron otra vez el comedero. Y he aquí a mi hombre paseándose por
Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las
horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la
situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que
son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los
espíritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no había
esperanzas para Juan Pablo, porque los _suyos_, los que él llamaba con
tanto énfasis los _míos_, estaban por los suelos, y había lo que llaman
_racha_ en las regiones burocráticas. A veces exploraba el mísero
cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en
qué fundar terminantemente su filiación política. Porque ideas fijas...
Dios las diera; había leído muy poco y nutría su entendimiento de lo que
en los cafés escuchaba y de lo que los periódicos le decían. No sabía
fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo
llamaba _doctrinario_ a cualquiera sin saber lo que la palabra
significaba. Tan pronto sentía en su espíritu, sin saber por qué ni por
qué no, frenético entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se
le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho
estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices.

En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el
curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si
en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos
coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de
esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho
desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más
altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante. A los
que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo
de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de
secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. «El amigo
Rubín--dijo, en ausencia de él D. Basilio Andrés de la Caña, que era
uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a mí que no juega
limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. ¿Qué
tenemos, viene _la federal_ o qué? _¡Misterios! ¡Meditemos!_... ¿O es
que le lleva cuentos a don Práxedes? Bueno, señores, que se los lleve.
No me importa el espionaje».

Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubín dijo que iba al extranjero
a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareció de Madrid,
y al cabo de meses se susurró en la tertulia del café que estaba en la
facción, y que D. Carlos le había nombrado algo como contador o
intendente en su Cuartel Real. Súpose más tarde que había ido a
Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que
vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del
73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una
inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno
soplaba.

--ii--.

Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y
andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño
siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen más que
disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los
demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los
del prójimo. En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo
del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico
Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María),
prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de
mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase
al frente del establecimiento.

Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le
ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se
ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras
materias: agua del pozo, ceniza del fogón, tierra de los tiestos,
etcétera... El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba
conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta
carrera ni por otra alguna; no se había despertado en él ningún afán
grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabiduría. Era tan
endeble que la mayor parte del año estaba enfermo, y su entendimiento no
veía nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea
sino después de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su
escasa memoria como de un ave de cetrería para cazar las ideas; pero el
halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y
mirando al cielo.

Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la
debilidad le retenían en el lecho por las mañanas más tiempo del
regular, y la pobre doña Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las
sábanas. Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el
almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces
no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le hacía cosquillas,
acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida
precaución para que no se enfriase. El sueño se cebaba de tal modo en
aquel cuerpo, por las exigencias de la reparación orgánica, que el
despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que
más energía y constancia desplegaba doña Lupe.

El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber; pero no podía ir
más allá de sus alcances. Doña Lupe le ayudaba a estudiar las
lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado
y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se
iba a hablar con los profesores. Tales cosas les decía, que el chico
pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asistía
puntualmente a clase, y era de los que traían mayor trajín de notas,
apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no
perdía sílaba de lo que el profesor decía.

Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que
se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo.
Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les
viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los
pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la
familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano
anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era
lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y
clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera
de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no
sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda
la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había
salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos,
donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le
molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que
le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y
las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la
pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo
el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas
posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea,
demonios o no sé qué.

Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia.
Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan
desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de
sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir
vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las
fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en
aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban _Pajaritos_.
Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de
Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de
Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos
jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el
pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el
cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas
noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y
hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido
una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para
adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el
pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué
suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran
puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado!
Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento,
como se saca lumbre a la madera frotándola mucho.

Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su
fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y
la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes. En la clase
misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección
convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a
provocar y encender la ilusión. El resultado era un completo éxtasis, y
al través de la explicación sobre las propiedades terapéuticas de las
tinturas madres, veía a los alumnos militares en su estudio táctico de
campo, como se puede ver un paisaje al través de una vidriera de
colores.

Los chicos de la clase de Botánica se entretenían en ponerse motes
semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las
tiraba de muy fino y muy señorito, le llamaban _Anacletus
obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban
_Quercus gigantea_. Olmedo era muy abandonado y le caía admirablemente
el _Ulmus sylvestris_. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente.
Pusiéronle _Pseudo-Narcissus odoripherus_. A otro que era muy pobre y
gozaba de un empleíto, le pusieron _Christophorus oficinalis_ y por
último, a Maximiliano Rubín, que era feísimo, desmañado y de muy cortos
alcances, se le llamó durante toda la carrera _Rubinius vulgaris_.

Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no
representaba aún más de veinte. Carecía de bigote, pero no de granos que
le salían en diferentes puntos de la cara. A los veintitrés años tuvo
una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando salió de
ella parecía un poco más fuerte;. ya no era su respiración tan fatigosa
ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus
muelas parecían más civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el
canuto de brea, y sólo las jaquecas persistían, como esos amigos
machacones cuya visita periódica causa espanto. Juan Pablo estaba
entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en
libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su
pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el
resultado de aquellas desventajas. Y además de libertad, dábale su tía
algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de
gastarlo sino con mucho pulso. Inclinábase el chico a economizar, y
tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y
algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid. En
la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda,
que cuidaba como a las niñas de sus ojos. De esto le sobrevino alguna
presunción, y gracias a ella su figura no parecía tan mala como era
realmente. Tenía su buena capa de embozos colorados; por la noche se
liaba en ella, metíase en el tranvía y se iba a dar una vuelta hasta las
once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mudó doña Lupe a
Chamberí, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo
poco a poco la ilusión de los alumnos de Estado Mayor.

Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba.
Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para
poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir
del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en
que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando
vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía
encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de
decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas
personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas
venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le
habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de
doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy
bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la
lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se
reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión
sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían
_quedar con él_ o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi
hombre como la grana y tartamudeando.

Por esto le gustaba más, cuando el tiempo no era muy frío, vagar por las
calles, embozadito en su pañosa, viendo escaparates y la gente que iba y
venía, parándose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por
las ventanas de los cafés. En estas excursiones podía muy bien emplear
dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el
cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión
altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo
aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la
diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella
imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de
que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la
atención las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empezó a
distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de
alguna, por puro éxtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y
la seguía también. Pronto supo distinguir de _clases_, es decir, llegó a
tener tan buen ojo, que conocía al instante las que eran honradas y las
que no. Su amigo _Ulmus sylvestris_, que a veces le acompañaba, indújole
a romper la reserva que su encogimiento le imponía, y Maximiliano
conoció a algunas que había visto más de una vez y que le habían
parecido muy guapetonas. Pero su alma permanecía serena en medio de sus
tentativas viciosas: las mismas con quienes pasó ratos agradables le
repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el
bulto.

Agradábale más vagar solo que en compañía de Olmedo, porque este le
distraía, y el goce de Maximiliano consistía en pensar e imaginar
libremente y a sus anchas, figurándose realidades y volando sin tropiezo
por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y
soñar al compás de las piernas, como si su alma repitiera una música
cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a él le deleitaba. Y como
encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con
toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo
que _aquellas eran honradas_, y en seguirlas hasta ver a dónde iban.
«¡Una honrada! ¡Que me quiera una honrada!». Tal era su ilusión... Pero
no había que pensar en tal cosa. Sólo de pensar que le dirigía la
palabra a una honrada, le temblaban las carnes. ¡Si cuando iba a su casa
y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su
hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a
saludarlas...!

--iii--.

De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna
que con la externa. El que antes era como una ostra había venido a ser
algo como un poeta. Vivía dos existencias, la del pan y la de las
quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando
caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tenía
Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto
siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era
oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña,
mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dolía nunca;
o bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin
turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que
estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se
iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si
aquello le durara, sería tan loco como cualquiera de los que están en
Leganés. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasaría una
jaqueca; pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y
allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente
muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y
otros fenómenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que
los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del
sueño y hay en el cerebro un crepúsculo,. una discusión vaga entre lo que
es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano
hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las
imágenes que se dispersaban. «Verdaderamente--decía él--, ¿por qué ha de
ser una cosa más real que la otra? ¿Por qué no ha de ser sueño lo del
día y vida efectiva lo de la noche? Es cuestión de nombres y de que
diéramos en llamar _dormir_ a lo que llamamos _despertar_, y _acostarse_
al _levantarse_... ¿Qué razón hay para que no diga yo ahora mientras me
visto: 'Maximiliano, ahora te estás echando a dormir. Vas a pasar mala
noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacéutica
animal_...?'».

El tal _Ulmus sylvestris_ era un chico simpático, buen mozo, alegre y de
cabeza un tanto ligera. De todos los compañeros de _Rubinius vulgaris_,
aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño
que tenía algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar,
mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares
pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si
fueran un programa que había que cumplir sin remedio. Últimamente vivía
con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con
ello, como si el _entretener_ mujeres fuese una carrera en que había que
matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho. Dábale él lo
poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con
estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación.
Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba
a sus amigos a _tomar un bacalao_ en su _hotel_, dándose unos aires de
hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire
parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era
de Valencia, y ponía muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y
la mesa misma tenían que ver. Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan
con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino,
cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía
todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido;
pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros
cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una
significación. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera
puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo
cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo
tácitamente: «Vean ustedes lo perdulario que soy». Y en el fondo era un
infeliz. Aquello no era más que una prolongación viciosa de la _edad del
pavo_.

Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le
convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si
fuera una señora, y Olmedo también tomaba esto en serio, diciendo: «La
tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por
casa». Este Orfila era un estudiantillo de último año de Medicina, que
se llamaba lo mismo que el célebre doctor, y curaba, es decir, recetaba
a los amigos y a las amigas de los amigos.

Un día, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubín: «Vete por casa si
quieres ver una mujer... hasta allí. Es una amiga de Feliciana, que se
ha ido a nuestro _hotel_ unos días mientras encuentra colocación».

--¿Es honrada?--preguntó Rubín, mostrando en su tono la importancia que
daba a la honradez.

--¡Honrada!, ¡qué narices!--exclamó el perdis riendo--. ¿Pero tú crees
que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada?

Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien
derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana. Ya
no había mujeres honradas: lo decía un conocedor profundo de la sociedad
y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un
desorden de transición fisiológica, algo como una segunda dentición.
Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con
otras ideas y otra manera de ser.

«¡Con que no es honrada!...» apuntó Maximiliano, que habría deseado que
todas las hembras lo fueran.

--¿Qué ha de ser, hombre?... ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace
mucho tiempo con un barbián... creo que tratante en fusiles. ¡Traían un
tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio.
Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices!

Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy
grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y
picos... Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se
quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto
se entiende. Feliciana se la encontró no sé dónde hecha un mar de
lágrimas, y le dijo: «vente a mi casa». ¡Allí está! Hace sus saliditas,
ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es
una chica muy buena. ¡Tiene un ángel...!

Por la noche fue Maximiliano al _hotel_ de Feliciana, tercer piso en la
calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la
puerta de entrada había un cuartito pequeño, que era donde moraba la
huéspeda, y esta salía de su escondrijo cuando Rubín entraba. Feliciana
había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para
la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró
Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces
habían visto sus ojos. Ella le miró a él como a una cosa rara, y él a
ella como a sobrenatural aparición.

Pasó Rubín a la salita, y dejando su capa, se sentó en un sillón de hule
cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caía.
Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media; pero como
Maximiliano se negase a ello, empezó a hacer solitarios. Puso Feliciana
sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y
después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón
alfombrado.

«Fortunata--gritó llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa
como si buscara alguna cosa--. ¿Qué se te ha perdido?».

--Chica, mi toquilla azul.--¿Vas a salir ya?--Sí: ¿qué hora es?

Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un
servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad,
dijo: «Las nueve menos siete minutos... y medio». No podía decirse la
hora con exactitud más escrupulosa.

«Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que
salgas de aquí a las diez menos cuarto... ¿Pero esa toquilla?... Mírala,
mírala en esa silla junto a la cómoda».

--¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.

Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de
marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla
a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de
mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole
la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre
joven se sentía delante de aquella hermosura más cortado que en la
visita de más campanillas.

«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el
cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica:

--Sí, está la noche fresquecita.

--Llévate el llavín...--añadió Feliciana--. Ya sabes que el sereno se
llama Paco. Suele estar en la taberna.

La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor.
Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo
incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho
precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se
mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada!--pensaba--. Y
quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en
medio de...».

Estaba muy fija en él la idea aquella de las dos honradeces, en algunos
casos armonizadas, en otros no. Habló Fortunata poco y vulgar; todo lo
que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia:. que hacía mucho
frío, que se le había descosido un mitón, que aquel llavín parecía la
_maza de Fraga_, que al volver a casa entraría en la botica a comprar
unas pastillas para la tos.

Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios,
daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de
aquel semblante que le parecía angelical. Y cuanto ella dijo lo oyó como
si fuera una sarta de conceptos ingeniosísimos. «¡Si es un ángel!... No
ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz! No he oído en
mi vida música tan grata... ¿Cómo será el decir esta mujer un _te
quiero_, diciéndolo con verdad y con alma?». Esta idea produjo en la
mente de Rubín sacudidas que le duraron mediano rato. Le corrió un frío
por el espinazo y vínole cierto picor a la nariz como cuando se ha
bebido gaseosa.

Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes,
lo que a Maximiliano le pareció muy mal. Otras noches había oído
anécdotas parecidas y se había reído; pero aquella noche se ponía de
todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca.
«¡Qué desvergüenza contar aquellas marranadas delante de personas... de
personas decentes, sí señor!». Estaba Rubín tan desconcertado como si
las dos mujeres allí presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un
colegio monjil; pero su timidez le impedía mandar callar a Olmedo.
Fortunata no se reía tampoco de aquellos estúpidos chistes; pero más
bien parecía indiferente que indignada de oírlos. Estaba distraída
pensando en sus cosas. ¿Qué cosas serían aquellas? Diera Maximiliano
por saberlas... su hucha con todo lo que contenía. Al acordarse de su
tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho
con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.

«Pero el cuento más salado ¡narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero.
¿Lo sabes tú? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acostó
en la cama del cura... Veréis...».

Fortunata se levantó para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir
detrás de ella para ver dónde iba. Era la manera especial suya de hacer
la corte. En su espíritu soñador existía la vaga creencia de que
aquellos seguimientos entrañaban una comunicación misteriosa, quizás
magnética. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafía _sui
generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrás, debía
de conocer en sí los efectos del fluido de atracción. Salió Fortunata
despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también
Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal. Pero aquel
condenado _Ulmus sylvestris_ le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una
mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse
con los chillidos de dolor que daba el pobre _Rubinius vulgaris_. «¡Qué
asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los
dedos pegados unos a otros--. ¡Vaya unas gracias!..

Esto y contar porquerías es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar».

--_Niño del mérito, papos-castos_, ¿quieres hacer el favor de tocarme
las narices?

--No te hagas ordinario--dijo Rubín con bondad--. Si no lo eres, si
aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.

Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera
llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se
le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado. Le
supo tan mal la indulgencia de Rubín, que salió tras él hasta la puerta,
diciéndole entre otras tonterías: «¡Valiente hipócrita estás tú...
narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan».

--iv--.

Maximiliano bajó la escalera como la baja uno cuando tiene ocho años y
se le ha caído el juguete de la ventana al patio. Llegó sin aliento al
portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la
calle. El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apretó
el paso pensando que Fortunata no debía de andar muy a prisa y que la
alcanzaría pronto. «¿Será aquella?». Creyó ver la toquilla azul; pero al
acercarse notó que no era la nube de su cielo. Cuando veía una mujer
_que _ _ pudiera ser ella_, acortaba el paso por no aproximarse
demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos
del seguimiento. Anduvo calles y más calles, retrocedió, dio vueltas a
esta y la otra manzana, y la _dama nocturna_ no parecía. Mayor
desconsuelo no sintió en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de
hablarle y decirle algún amoroso atrevimiento. Se agitó tanto en aquel
paseo vagabundo, que a las once ya no se podía tener en pie, y se
arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin
encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta
pasos, dábale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan
fatigado, que no tuvo más remedio que coger el tranvía de Chamberí y
retirarse. Llegó y se acostó, deseando apagar la luz para pensar sobre
la almohada. Su espíritu estaba abatidísimo. Asaltáronle pensamientos
tristes, y sintió ganas de llorar. Apenas durmió aquella noche, y por la
mañana hizo propósito de ir al _hotel_ de Feliciana en cuanto saliera de
clase.

Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez.
Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a
la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que
fueran maliciosas. «Tardecillo vino usted anoche. A las once no había
vuelto usted todavía». Y por este estilo otras frases vulgares que
Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso.
Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna,
y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos,
como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato. Dejoles
solos la tunanta de Feliciana, y Rubín se acobardó al principio; pero de
repente se rehízo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma,
aquella pasión nacida en la inocencia y que se desarrolló en una noche
como árbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le removía
y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un
fenómeno puramente externo. Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole
una mano, le dijo con voz temblorosa: «Si usted me quiere querer, yo...
la querré más que a mi vida».

Fortunata le miró también a él, sorprendida. Le parecía imposible que el
_bicho raro_ se expresase así... Vio en sus ojos una lealtad y una
honradez que la dejaron pasmada. Después reflexionó un instante,
tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se habían burlado tanto de
ella, que lo que estaba viendo no podía ser sino una nueva burla. Aquel
era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás. Consecuencia de
tales ideas fue la sonora carcajada que soltó la mujer aquella ante la
faz compungida de un hombre que era todo espíritu. Pero él no se
desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale
un valor desconocido. ¡Ánimo! «Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la
idolatraré a usted...».

Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que hacía la muy pícara
era tomar a risa la pasión del joven.

«¿Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece
mentira!, un tornasol de hermosura--; ¿si le probara a usted de un modo
que no dejase lugar a dudas...?».

--¿Qué?--¡Que la idolatraré!... no, que ya la estoy idolatrando.

--¡_Tie_ gracia!... ¡idolatrando!, ¡ja, ja!--repitió la otra, y devolvía
la palabra como se devuelve una pelota en el juego.

Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos. Comprendió
que lo ridículo se le venía encima. No dijo más que: «Bueno, seremos
amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir,
soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer».

Fortunata le miraba y, francamente, no podía acostumbrarse a aquella
nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que
parecía se iba a deshacer de un soplo. ¡Que siempre se enamoraran de
ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque
en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel
terreno.

«Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubín categóricarnente--.
Vendré a las ocho y media. ¿Me da usted palabra de no salir... o de
esperarme para salir conmigo?».

Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así
concluyó la entrevista. Rubín se fue corriendo a su casa.

¡Qué chico! Si parecía otro. Él mismo notaba que algo se había abierto
dentro de sí, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de
cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es
larga o poco acentuada, y allí fue violenta y explosiva. ¡Si hasta le
parecía que tenía talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron
pensamientos magníficos y juicios de una originalidad sorprendente.
Había formado de sí mismo un concepto poco favorable como hombre de
inteligencia; pero ya, por efecto del súbito amor, creíase capaz de dar
quince y raya a más de cuatro. La modestia cedió el puesto a un cierto
orgullo que tomaba posesión de su alma... «Pero ¿y si no me
quiere?--pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas--.
Es que me tendrá que querer... No es el primer caso... Cuando me
conozca...».

Al mismo tiempo la apatía y la pereza quedaban vencidas... Andábanle por
dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar
su voluntad en actos grandes y difíciles... Iba por la calle sin ver a
nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un
árbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio
a su tía en el balcón tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy
grande, pero muy grande, fue todo uno. «¡Si mi tía lo sabe...!». Pero
del miedo salió al instante la reacción de valor, y apretó los puños
debajo de la capa, los apretó tanto que le dolieron los dedos. «Si mi
tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios». Nunca, ni aun
con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco
respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la
existencia anteriores a aquel estado novísimo se hundían o se disipaban
como las tinieblas al salir el sol. Ya no había tía, ni hermanos, ni
familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era
declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se
ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su
segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que
su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!... «¡Qué
carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto.

Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha. Su primer impulso fue
estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la
tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le
asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un
cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doña Lupe de la hucha de su
sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseñaba como una cosa rara,
sonándola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo
arregladito y previsor que era el niño. «Esto se llama formalidad. Hay
pocos chicos que sean así...».

Maximiliano discurrió que para realizar su deseo, necesitaba comprar
otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos
para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando
en el chasco que le iba a dar a su tía... ¡él, que no había cometido
nunca una travesura...!, lo único que había hecho, años atrás, era
robarle a su tía botones para coleccionarlos. ¡Instintos de
coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez llegó hasta
cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron
no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre había
sido la misma mansedumbre, y tan económico que su tía le amaba más quizá
por la virtud del ahorro que por las otras.

«Pues señor; manos a la obra. En la cacharrería del paseo de Santa
Engracia hay huchas exactamente iguales. Compraré una; miraré bien esta
para tomarle bien las medidas».

Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por
abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró
una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos
arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal
que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó
cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.

«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».

Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua,
plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más
estrafalario y grotesco que se puede imaginar.

--Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás...

Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre
tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y
costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la
pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos
días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua
fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho
partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un
juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo
para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales
superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba
de morros cerraba completamente la boca.

Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más.
Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía.
Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a
decir en voz baja: «Feo, feo...» hasta treinta o cuarenta veces. Esta
apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca
había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le
indignó tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos
toda aquella lenguaza que sacaba.

«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!».

Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde
el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas,
haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy
incomodado y a poco entró ella otra vez.

«¿Qué buscas aquí?».

--Vengo _a por_ la lámpara para aviarla...

El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y
serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa:
«Mira, Papitos, que voy allá...».

--Tía, venga usted... Está de jarana...

--¡Acusón!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara--, feón.

--La culpa la tienes tú--añadió severamente doña Lupe, en la puerta--,
porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando
quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.

La tía y el sobrino hablaron un instante.

«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías.
Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías».

--No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubín, sintiendo
que la timidez le ganaba otra vez.

--No hagamos simplezas... Hace un frío horrible. ¡Qué año tan malo!
¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso
que me eché encima cuatro mantas. ¡Qué atrocidad! Como que estamos entre
las _Cátedras de Roma y Antioquía_, que es, según decía mi Jáuregui, el
peor tiempo de Madrid.

--v--.

¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?--preguntole Rubín.

--Eso pienso. Si tú sales me dejarás allá, y luego irás a buscarme a las
once en punto.

Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo
nada.

--Y esta tarde, ¿sale usted?--preguntó luego deseando que su tía saliese
antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la
sustitución de las huchas.

--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón.

«Yo la acompañaré a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me
preste unos apuntes. La dejaré a usted en la calle de la Habana».

Doña Lupe fue a la cocina y le armó una gran chillería a Papitos porque
había dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada
a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de oírse llamar con
las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le
atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar
la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.

«Si creerás tú que no te estoy viendo, bribona» decía doña Lupe sin
volverse, entre risueña y enojada. Y no se podía pasar sin ella.
Necesitaba tener una criatura a quien reprender y enseñar por los
procedimientos suyos.

Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron. La primera se
quedó en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y
tornó a su casa. Había llegado la ocasión de consumar el atentado, y el
que durante la premeditación se mostraba tan valeroso, cuando se
aproximaba el instante crítico sentía vivísima inquietud. Empezó por
asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta
después de encender la luz; pero ¿cómo asegurarse de su propia
conciencia que se le alborotaba, pintándole la falta proyectada como
nefando delito? Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que
eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era
posible que nadie adviniese la sustitución. Manos a la obra. Lo primero
era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva
la calderilla, con más de dos pesetas en _perros_ que al objeto había
cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era
cosa imposible. Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama,
con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser
víctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz
iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los
libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña
Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios
números de _La Correspondencia_. La mirada del joven revoloteó por la
estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de
una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendían aquellos moldes
de sí mismo, su ropa, el chaqué que reproducía su cuerpo y los
pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se
estiraran. Miró después la cómoda, el baúl y las botas que sobre él
estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un
movimiento de alegría y la animación de la cara indicaron que
Maximiliano había atrapado la idea. Bien lo decía él: con aquellas cosas
se había vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una
bota salió y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando.

«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo
tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo».

Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al
señorito la cabeza.

«Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me
encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te
diera dos coscorrones».

Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.

«Y yo le diré--replicó--, yo le diré lo que hace... el muy
trapisondista...».

Maximiliano se estremeció. «Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo
sorteando su turbación.

--Encerrarse en su cuarto, _¡ay olé! ¡ay olé!_... para que nadie le
vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _¡ay olé! ¡ay
olé!_...

--¿Qué?--Escribiéndole cartas a la novia.

--Mentira... ¿yo...? Quita allá, enredadora...

Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la
llave, tapó el agujero con un pañuelo.

«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...».

El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha
llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale
compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría
frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a
dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia,
impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó
un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no
estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le
pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre
la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la
hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo:
«¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello
cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel
antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los
fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama
se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era
lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas
de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo
recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del
pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el
polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole
al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del
estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación
verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la
boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más
estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas
que había cambiado.

No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no
era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos,
¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta
al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un
pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre?
Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su
mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se
ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó
de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a
cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en
igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se
les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato
acusador que ilumina a la justicia.

Lo que desconcertó a Rubín cuando creyó concluida su faena, fue la
aprensión de advertir que la hucha nueva no se parecía nada a la
sacrificada. ¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una
misma? Error de los sentidos. También podía ser error la diferencia que
después del crimen notaba. ¿Se equivocó antes o se equivocaba después?
En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada. «Pero si,
basta tener ojos--decía--, para conocer que esta hucha no es aquella...
En esta el barro es más recocho, de color más oscuro, y tiene por aquí
una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios
nos asista. ¿A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en
esta... No, más bien mayor, mucho mayor... ¡Fatalidad!».

Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña
Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha... no
sé... me parece... no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió
rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los
guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el
sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta,
quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de
llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea
de contar el dinero... Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra?
Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los
ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no
andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara
su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y
adelante.

No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entró doña Lupe,
dirigiéndose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su
cuarto esperando que le llamasen a comer, y hacía cálculos mentales
sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. «Mucho debe de ser,
pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo eché un dobloncito de
cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tomé la medicina aquella que
sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar
purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede
que pasen de quince».

Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue
al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la
cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en
que le robara los botones arrancándolos de la ropa... Y al sobrinito se
le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había.
«Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado
muy limpia... Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy
importante... ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte.
Ahora recuerdo que oí el _tin_, como si un casquillo saltara en el
momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En
el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!... ¡Cómo me mira! Si
sospechará algo... Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado
por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el
tendero: «Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla».

El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular.
Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y
el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más
Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.

«Me parece que tú no andas bien...--le dijo--. Cuando entré te sentí
toser... Estas heladas...

Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aquí otra como la del año
pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No
olvides de liarte un pañuelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te
acuestes; y yo que tú empezaría a tomar el agua de brea... No hagas
ascos. Es bueno curarse en salud. Por sí o por no, mañana te traigo las
pastillas de Tolú».

Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran
más que la inspección médica de todos los días. Comieron y se prepararon
para salir. El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su
cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente. Como
las monedas que en el bolsillo del pantalón llevaba no eran paja, se
denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno,
Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien
para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto,
pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el
oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el
oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba
las orejas, no percibió nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando
creía que las monedas se movían, atarugaba el bolsillo como quien ataca
un arma. ¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!...