Fortunata y Jacinta -Parte cuarta - dos historias de casadas.I.
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Part Four.




-I- En la calle del Ave-María.




--i--.


Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi por los garrafales errores en que este incurría. Llegó el caso de prohibirle que hiciese por sí solo ningún medicamento de cuidado.
«¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los _alcoholatos_ con las _tinturas alcohólicas_, apaga y vámonos. Este frasco es el _alcohol de coclearia_, y este otro la _tintura de acónito_... Vea usted la receta y fíjese bien... Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el establecimiento».

Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía. «Pero ¿qué demonios ha echado usted aquí?--dijo luego con enojo, llevándose el potingue a la nariz--. O esto es _valeriana_ o no sé lo que me pesco.

¡Cuando digo...! Hoy está usted muy malo. Más vale que se retire a su casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llévese usted un derivativo... Mire, mire, llévese también un preparado de hierro. El derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una píldora de _hierro reducido por el hidrógeno_, con _extracto de ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?, y sobre todo, paséese usted y no lea tanto».

Relevado por su regente de la obligación de trabajar, Rubín se fue al laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer.
Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caía en la lectura como en una cisterna; tan abstraído estaba y tan apartado de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos y con sus ojos su espíritu. Tomaba extrañas e increíbles posturas. A veces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta mucho más arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentro de la estantería baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las manos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se extendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto aparecía por arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo de donde estaban las rodillas;. ya se le veía abierto con las hojas al viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminuía era la atención del lector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos de la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.

Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simpático, no muy limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente, terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica y laboratorio.

«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache menudencias--dijo, parándose ante Rubín--. Mire, allí está esa mujer esperando hace un cuarto de hora... Diez céntimos de diaquilón. En aquella gaveta está. Vamos, menéese».

Rubín salía a la tienda y despachaba.

«¿En dónde están los frascos de _Emulsión Scott_?».

--Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es preciso cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí... leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tararí, tararí... Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.

«¿Y qué lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yo a ocupar de si había personas en Júpiter! Cuando digo que usted, amigo Rubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va ni qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van a dar a usted algo por el descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy de barato--añadió luego, poniéndose a machacar en el mortero--, yo doy de barato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay.
Bueno, ¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados como nosotros».

Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en un rincón de la anaquelería, que apestaba a fénico, entre dos potes de este líquido;. después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que activaba la circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de una percha colgaba, y a la calle. Poco tenía que andar por ella para ir a su casa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía le dijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer.
Maxi ocupó su sitio en la mesa, doña Lupe le recogió el sombreo, y volviendo al poco rato, sentose en el sofá de paja; ambos esperaron un rato en silencio.

«Cuidado que hoy tarda más que nunca» observó doña Lupe; y como notase en el rostro de su sobrino señales de desasosiego, se apresuró a entablar conversación más amena.

«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche. ¡Ah!, si tú fueras otro, si tú tuvieras ambición, pronto seríamos todos ricos. El farmacéutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene vocación de pobre. Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Créeme, yo te ayudaría».

--No crea usted, tía, yo también he pensado en eso. Ayer se me ocurría una aplicación del _hierro dializado_ a sin fin de medicamentos... Creo que encontraría una fórmula nueva.

--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas algo, que sea _panacea_, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsulas, jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantísima droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano, no se la coja. Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares. Ha hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es algo así como _latro-faccioso_... --El _lacto-fosfato de cal perfeccionado_--dijo Maxi--. En cuanto a las _panaceas_, la moral farmacéutica no las admite.

--¡Qué tonto!... ¿Y qué tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no saldrás de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de Ballester: también me salió el otro día con esa música. ¿Nada os dice la experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dejó capital a su familia, porque también tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se vendían en su farmacia sino muy contados específicos. Casta bufaba con esto. También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero... Pero buen par de sosos tiene en su establecimiento... Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no expresaba su impaciencia con palabras. Por fin sonó la campanilla débilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos posible su tardío regreso al hogar doméstico. Papitos corrió a abrir, y doña Lupe fue a la cocina. Maxi habló con su mujer en un tono que indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no hubiese entrado antes. Tenía ella los ojos encendidos como de haber llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena. Pero Rubín no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer aquella noche. Hacía algún tiempo que la facultad de observación se eclipsaba en él; vivía de sí mismo, y todas sus ideas y sentimientos procedían de la elaboración interior. La impulsión objetiva era casi nula, resultando de esto una existencia enteramente soñadora.

A doña Lupe sí que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas.
Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido, _impropio de la estación_, porque todavía no había entrado Julio, aunque faltaban pocos días; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente que salía para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventuró Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse a ir a San Sebastián a tomar baños de mar. Mostrándose muy apático, dijo el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas marinas del Cantábrico_, a lo que respondió su mujer con energía:. «Eso de las algas es conversación, y aunque no lo fuera, lo que más importa es tomar las _brisas_».

Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno, la señora de Jáuregui se decía lo siguiente: «Te veo venir... buena pieza. Ya sé yo las _brisas_ que tú quieres. Después de zarandearte aquí, quieres zarandearte allá, porque se te va el amigo... Sí, lo sé por Casta. Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana.
Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... ¡A San Sebastián nada menos! Estás fresca... Ya te daré yo _brisas_...».

Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir. Fuese doña Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la realidad. Él proponía los temas más extravagantes, por ejemplo: «¿Cuál de nosotros dos se morirá primero? Porque yo estoy muy delicado; pero con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años. Los temperamentos delicados son los que más viven, y los robustos están más expuestos a dar un estallido». Hacía ella esfuerzos por sostener plática tan soporífera y desagradable. Otra proposición de Maxi: «Mira una cosa; si yo no estuviera casado contigo, me consagraría por entero a la vida religiosa. No sabes tú cómo me seduce, cómo me llama... Abstraerse, renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir sólo para adentro... este es el único bien positivo; lo demás es darle vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua».

Fortunata decía a todo que sí, y aparentando ocuparse de aquello, pensaba en lo suyo, meciéndose en la dulce oscuridad y la tibia atmósfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de los faroles de la calle. Dicha luz reproducía en el techo de la habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una butaca con la cabeza echada hacia atrás. Maxi volvió a machacar: «Si no fuera por ti, no se me importaría nada morirme. Es más, la idea de la muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en otra parte lo que aquí no ha sido más que una tentativa. Si nos aseguraran que no nos moriríamos nunca, pronto se convertiría uno en bestia, ¿no te parece a ti?».

--¿Pues qué duda tiene?--respondía la otra maquinalmente, dejando a su idea revolotear por el techo.

--Yo pienso mucho en esto, y me entregaría desde luego a la vida interior, si no fuera porque está uno atado a un carro de afectos, del cual hay que tirar.

--¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!--pensó la esposa. Era probado: Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia espiritual, al día siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la manía de que todos se conjuraban contra él.

Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar. Fortunata encendió luz, y él fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un cerebro dado a los demonios:. «Veremos si esta noche sueño lo mismo que soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti.
Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara, sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en aquel sopor... Tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció un ángel y me dijo, dice: 'José, no tengas celos, que si tu mujer está encinta, es por obra del _Pensamiento puro_...'. ¿Ves qué disparates? Es que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...».

Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la farmacia.




--ii--.


Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor.
Echose medio vestida en el sofá, y a la madrugada, después de haber dormido algunos ratos, sintió que su marido estaba despierto. Oíale dar suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera. Sintiole palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cayó al suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lívida que los fósforos despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendió buscando la caja, y al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado resplandor, como difusa humareda. Este fenómeno desapareció con el restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y viendo a su mujer acostada, dijo: «¡Ah!... estás ahí... ¡qué bien haces el papel!».

Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía. Pero entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Púsose Maxi la ropa necesaria para no levantarse desnudo, y se bajó de la cama cautelosamente. Cogiendo la vela, salió al pasillo. Fortunata le sintió reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella tenía su ropa, y después el comedor y la cocina. Tantas veces había hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se había acostumbrado a tal extravagancia. Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.

Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día. «Si no te cojo hoy, te cojo mañana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sentí pasos, yo sentí cuchicheos; tú saliste de aquí... Has vuelto a entrar y estás ahí haciéndote la dormida para engañarme... Déjate estar... Yo estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene duda. No vale el jurarme que no había nadie. Pues qué, ¿no tengo yo oídos?... ¿Estoy yo tonto?».

Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se aplacara. Pero esto no era fácil, y una vez desatada la insana manía, ya había jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empezó a dar trancos por la habitación, manoteando y hablando solo.

«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo más horrible es que mi tía es encubridora... Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si ella no lo consintiera? Y Papitos también es encubridora. Buenas propinas se calzará. Pero ya te arreglaré yo, _celestina_ menuda. Que no me vengan con tonterías. Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!... Y anteayer había en esa misma alcoba la impresión, sí, la impresión de una persona que aquí estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aquí entró alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. ¡Dios mío! ¿De qué le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es preciso vigilar más todavía y no perder de vista ni un momento a mi mujer, a mi tía, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la puerta, y yo la voy a reventar».

Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba. Lo particular era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas acerbísimas, afán angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer y acontecer.

«¿Qué disparates estás hablando ahí?--le dijo su mujer--. ¿Por qué no te acuestas? Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí».

--¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir? ¡Qué conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!... Tú lo negarás ahora... ¿Quién andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino paga todas las culpas. ¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato, ¿verdad?, justo. ¡Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que mi tía consienta esto, mi tía que me quiere tanto. ¡Tú, ya sé que no me quieres; pero mi tía...! Vamos que... Pues esa víbora de Papitos, con su cara de mona... ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene defensa contra tanto enemigo; la traición le rodea; la deslealtad le acecha. Aquellos en quienes más confía le venden. Donde menos lo piensa, en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede haber honor. En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.

Fortunata se vistió a toda prisa. Sabía por experiencia que mientras más le contradecía era peor. Un rato estuvo sentada en el sofá, oyéndole disparatar y aguardando a que avanzara un poco la mañana par avisar a doña Lupe. Antes de ir a lavarse, pasó por la alcoba de su tía, que ya estaba vistiendo, y le dijo: «Hoy está atroz... ¡pobrecito!... A ver si usted le puede calmar».

--Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar. Si yo faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad es lo que le pone así, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo.
Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester, _chocolate con hierro dializado_... ¡Qué chico, vaya por dónde le da...!
Salgo al momento.

Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como antes. «Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme--dijo clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta esto y lo encubra y me quiera matar,. porque sépalo usted, para mí el honor es primero que la vida».

--Hijo de mi alma--le contestó doña Lupe poniendo el chocolate sobre la mesa--, después hablaremos de eso... Yo te explicaré lo que hay, y te convencerás de que todo es una figuración tuya. Toma primero el chocolate, que estás muy débil... El joven se dejó caer en el sofá, inclinándose hacia la mesa próxima, en que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo mojó en el líquido espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo mismo, si bien en tono más tranquilo. «No sé cómo me va usted a convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no valen...».

Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.

«Tía... ¡Fortunata!... ¿qué es esto?, ¿qué me dan?... Este chocolate tiene arsénico».

--¡Hijo, por María Santísima!--exclamó doña Lupe consternada, a punto que entraba su sobrina.

--¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del arsénico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es este, Dios mío?...

--Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el chocolate...!

--¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...!

Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante de sus paseos... «Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi muerte».

--¡Conque arsénico...!--dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza de obtener así mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un majadero, voy a tomarme yo el chocolate.

Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito.

«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo, que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho que nos haces sufrir».

Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo mala que es y la inquina que me tiene».

--Vamos, que es para pegarte--le contestó doña Lupe--. ¡Tomarla así con la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace calor; la mañana está deliciosa.

Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir.
Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con los ojos malas impresiones.

«Eso--murmuró él de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la calle, para...».

--Pero alma de Dios, si va ella contigo... --¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al sagrado de mi honor...!

--Todo sea por Dios.--¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la _Correspondencia_ lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice, que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al estanque... --¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos?

--La _Correspondencia_ no ha traído tal cosa--dijo Fortunata.

--Vamos, lo habrás soñado tú.

--Yo no lo he soñado--gritó él levantándose con golpe de resorte--. Es verdad; lo he leído en la _Correspondencia_... y... ¡También me llaman embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes... ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes... Doña Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia tocase ya al punto en que agotarse debía.

«Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la distracción se te despejará la cabeza».

Sabía por experiencia la señora de Jáuregui que en los ataques fuertes de su sobrino, Ballester era la única persona que le hacía entrar en razón, desplegando ante él, ya la burla descarada, ya la autoridad seca y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su recelo furibundo. «Bueno, bajaré--dijo Maxi tomando su sombrero--.
Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester. De mí no se ríe más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara. ¿A que no se atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la espalda».

Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él. Cogiendo de la percha del recibimiento la caña que usaba, salió dando un fuerte portazo. Bajó rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcón le vieron las dos señoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente, mirar hacia la casa... Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo molinete con el bastón. A cada instante se paraba y volvía hacia atrás.
Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto imperativo: «Aquí pronto... ¡Me gusta...! Venga usted aquí».

En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entró Rubín en la botica diciendo a su regente: «Buenos días, amigo Ballester. No le había visto.
Iba a tomar un poco el aire. Y usted, ¿qué tal?».




--iii--.


«Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contestó Segismundo con cara de muy mal genio--.

El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son las del _jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico_; las verdes el mismo con _hierro dializado_. Como usted me trueque las papeletas, le trituro».

Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de diferentes colores. Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia del joven, el regente se quedó muy tranquilo y no dijo más que: «Ya voló... buena va». Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. «Pero no tendré yo esa suerte--decía--, y ya me lo volverán a traer para que le amanse».

Maxi subió a su casa. Al abrirle la puerta, no se admiró Fortunata de lo descompuesto que venía, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas apariciones. «Supongo--dijo él con trémulo labio--, que no me lo negarás ahora... Puede que mi tía lo niegue... ¡es tan hipócrita...!
Pero tú no, tú eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices, ¿verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, ¿qué tenéis que decir?».

«Otra vez... pero hijo...» chilló doña Lupe, saliendo al recibimiento.

--Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega.
Cierto que no le cogeré; porque habrá saltado por el balcón; pero no me negarán que entró... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y huella, señores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada.

--¡Pues estamos divertidas!--dijo doña Lupe a Fortunata, que daba suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.

--La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de Papitos--gritó él, dando algunos pasos hacia la cocina.

--¡Papitos!, está en la compra. ¡Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas.
A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre... Niño, niño, se acabaron las tonterías.

Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y correccional. «Mira que no te podemos sufrir... Lo que tú tienes es mucho mimo».

El desgraciado joven se dejó caer en un banco que en el recibimiento había, el cual semejaba banco de iglesia, y allí se transformó la máscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternación.
«Garantíceme usted... pues... que mi honor está... lo que llaman intacto... y yo me tranquilizaré».

«¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él? Si todo es humo, humo que hay dentro de esta cabeza».

--¡Humo!... ¡ah!...--Sí, todo humo--dijo Fortunata, poniéndole cariñosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temerás nada. Es la imaginación, nada más que la imaginación... la loca de la casa, como decía tu hermano Nicolás.

--¿Sabes lo que vamos a hacer?--indicó doña Lupe, algún tiempo después, aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos a darle de almorzar.

Su mujer le agarró por un brazo para llevarle a la mesa, y él no hizo ninguna resistencia. Temían una y otra que no quisiese tomar nada, fundándose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular. Tenía poco apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariñosas se mostraron, que Maxi comió más que otros días, sin hacer observación alguna ni quejarse de lo mal condimentado que estaba todo. Hiciéronle café y esto fue lo único que tomó con gana. De sobremesa, trató doña Lupe de alegrarse los espíritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga del honor;. mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque había pasado, y pronto vendría la completa serenidad. Al despedirse para volver a la botica, llevó a su mujer aparte y le dijo: «Prométeme no salir esta tarde... prométeme no salir nunca sino conmigo».

--¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren! No pienso en tal cosa--replicó ella sonriendo--. Aquí me estaré esperándote. A la noche iremos a casa de doña Casta. ¿Quieres? O a paseo.

Mientras esto decía, doña Lupe, acechándola desde un rincón del pasillo, fijaba en ella una mirada astuta.

Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado. En un rato que tuvo libre, se fue al rincón del laboratorio en que guardaba sus libros, y cogió uno disponiéndose a sumergirse en la lectura. Pero Ballester tomó una vara; se fue derecho a él, y arrebatándole el libro, le amenazó con castigarle. «Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo que nos trastorna. ¿A ver qué es esto?... ¡Hombre, qué bonito!

_Errores de la teogonía egipcia y persa_... Esto reza el epígrafe del capítulo... Pero, criatura, ¿que siempre ha de estar usted metiéndose en lo que no le importa? ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. ¡Que tenían los dioses por gruesas! Bueno, ¿y qué? ¿Acaso los tiene usted que mantener?
Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontería (exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera); no puedo ver que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha de sacar lo que el negro del sermón... Que le escondo los libros, que se los quemo... Voy al momento».

Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta.

«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted. Alcánceme el alcanfor, el nitro dulce, el polvo de regaliz...».

Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvió Ballester a coger la vara, y continuó la filípica de este modo: «Lo mismo que la tontería en que ahora ha dado... que le van a quitar su honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le tienden asechanzas a su honor... ¡Qué melodramáticos estamos y qué simples _semos_! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a quien está casado con una mujer, que es _la casta Susana_, sí señor, me ratifico, _la casta Susana_, mujer que antes se dejaría descuartizar que mirarle a la cara a un hombre. ¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas tragedias? ¡Ah!, si yo tuviera una hembra así, tan hermosa, tan virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adoraría de rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. ¡Su honor! Si tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo. Tiene usted un honor más limpio que el sol... ¿qué digo sol, si el sol tiene manchas? Más limpio que la limpieza. Y todavía se queja... Nada, yo le voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, ¡zas!...
No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy mimadito que está. Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y que se mira en las niñas de sus ojos... Como que es la verdad... Carambita, pues si yo tuviera una mujer así...».

Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y concluyó por sonreír, y al cabo de un gran rato le dijo: «Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. ¿Quiere?».

--¿Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los días, ilustre amigo mío. Iremos... en el bien entendido de que venga Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridísimo colega, a hacer estas píldoras de _protoioduro de mercurio_. Prepare usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga. Receta de cuidado. Mucho ojo... Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia.
¡Cuánto más bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuántas docenas de dioses! Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado estará el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado.
¡Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aquí... ¡Qué hermosa es la Farmacia! Para mí hay dos artes, la Farmacia y la Música. Ambas curan a la humanidad. La Música es la Farmacia del alma, y la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, ¿qué somos si no los compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llámanse notas allá, aquí las llamamos drogas, sustancias; allá sonatas, oratorios y cuartetos... aquí vomitivos, diuréticos, tónicos, etc... El _quid_ está en saber herir con la composición la parte sensible... ¿Qué le parecen a usted estas teorías?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere.

A poco llegó el practicante que sólo hacía servicio en la botica por las noches, y llevándole aparte, le dijo Segismundo: «Amigo Padilla, hoy mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se queda solo envenene a toda la parroquia».




--iv--.


Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña Casta, donde debían reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar allí, entró Ballester diciendo que se había levantado un airote muy fuerte y amenazaba tormenta, por lo que unánimemente se acordó no salir;. se encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza para que la oyeran Maximiliano y Ballester.

Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran admiración en la época en que era de moda ser tísico, o al menos parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de sílfide. Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete años estuvo tecleando, y después tecleaba en casa bajo la dirección de un reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratábase de que ganara premio en los exámenes, y para esto la niña estuvo por espacio de tres años estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca.
Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche. Ballester se la sabía ya de memoria sin perder nota. No había logrado Olimpia _decir_ toda, toda la pieza, desde el _adagio patético_ hasta el _presto con fuoco_, sin equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía. Por eso doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que fuese perdiendo el miedo al _público_.

La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante, porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la familia para incorporarse. Era un chico de mérito, que estudiaba el último año de no sé qué carrera, y escribía artículos de crítica (gratis) en diferentes periódicos. A pesar de sus notables prendas, doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente, como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; leía todos los artículos de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.
Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y los mechones de pelo. Doña Casta no permitía aún al apreciable joven entrar en la casa.

Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal,.
arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida o de mal genio, según el pasaje. Parecía que los dedos eran bocas, y que estas bocas tenían hambre atrasada por las muchas notas que se comían.
En ciertas escalas difíciles algunas notas se anticipaban a sus predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un efecto fácil, la pianista decía «aquí que no peco», y se indemnizaba de las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas, las exclamaciones de admiración no cesaban. «¡Qué dedos los de esta chica!... Me río yo de Guelbenzu... ¡Y qué talento artístico, qué expresión!» decía el gran tuno de Ballester.

Y doña Casta: «Ahora viene el paso difícil, ahora... En este trozo no tiene pero... ¡Qué limpieza... qué manera de frasear!...». Doña Lupe también hacía aspavientos, y Fortunata se veía obligada a expresar su entusiasmo, aunque no entendía una palabra de tal cencerrada,. y en su interior se pasmaba de que aquello se llamase _arte sublime_, y de que las personas formales aplaudiesen música semejante a la de un taller de calderería. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la calle le gustaba y la conmovía más.

Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los críticos la oía desde la calle. Cuando concluyó, estaba rendida, sudorosa, le dolían todos los huesos y apenas podía respirar. Ni siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le echaban. La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis.
«Hija mía--le dijo su mamá, viéndola ir hacia el balcón--, no te asomes, que estás sudando. Toma, ponte esta toquilla».

Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón, salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que se paseaba en la acera de enfrente.

Al poco rato entró Aurora, la mayor de _las Samaniegas_, que era muy distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura, de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.
Tenía más entendimiento que su hermana; vestía con esa sencillez airosa de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja honradamente.

Expliquemos esto. Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería.
A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca, que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna.
Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas esperanzas había de segar en flor. Fenelón, que era hombre bonísimo y de inteligencia mercantil, tenía el defecto del _chauvinisme_. Empuñó las armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los prusianos le dejaron seco.

Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido no pudieron tener empleo por no existir aquí _grandes almacenes_,. y los que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida. Había aprendido la viuda de Fenelón cuanto hay que saber en lo concerniente al ramo de ropa blanca;. estaba fuerte en contabilidad; tenía nociones claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio bien montado, y hablaba el francés a la perfección. Pero todos estos méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con arreglo a los últimos adelantos del extranjero_, y llevar a él a persona tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastísimo.
Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora. El capital para la instalación de esta importante industria habíalo facilitado D. Manuel Moreno-Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe Samaniego. La tienda estaría en una casa nueva de la subida a Santa Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates serían de seguro los más vistosos y elegantes de Madrid. Inauguración, el 1º de Setiembre. Samaniego estaba en París haciendo compras, y en la fecha a que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda provisional, que estaba próxima a la definitiva, había ya mucho trabajo.
Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas, estaba disponiendo las piezas-modelo que se habían de presentar en los primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá, gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.

Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de que estuvieran presentes doña Lupe, Fortunata o las demás amigas, para dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la veía entrar, se le iluminaba el rostro, y ya no se hablaba más que del establecimiento nuevo, y de las cosas no vistas que en él admiraría el Madrid elegante.
Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa blanca, cogió por un brazo a Maxi y le dijo:. «Nosotros nos vamos a ver una piececita en Variedades». Dicho se está que Olimpia, no participando de la presunción ni del entusiasmo mercantil de su mamá, seguía posada en el antepecho del balcón del gabinete,. viendo pasar la sombra melancólica del aburrido Aristarco, y arrojándole desde arriba alguna palabrilla, para que endulzara el plantón.

«Estarás muy cansada, siéntate--decía doña Casta a su hija, armando el corrillo--. ¿Cómo va eso?».

--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Será una cosa espléndida. Ya están llegando cajas de novedades, cosas, ¡ay!, _por ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aquí no saben poner escaparates. Verán, verán el nuestro, con _todo lo que hay de más lindo_, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y entre a comprar algo. Después que entran, se les enseña más, se les _hace ver_ esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin caen. Los tenderos de aquí apenas tienen el arte del _etalaje_, y en cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen todavía a la escuela de Estupiñá, que reñía a los que iban a comprar.

--Yo creo--dijo doña Lupe con expresión avariciosa--, que Pepe Samaniego va a hacer un gran negocio. Madrid está por explotar. Todo consiste en tener pesquis. ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que salga por ahí con su poco de _panacea_. Pero nos hemos vuelto todos muy morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta, y los extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero.

Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual se había desviado un poco con aquello de la panacea.

«Por eso--dijo doña Casta--, un establecimiento montado como los mejores del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí, las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a comprar la última novedad».

Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y en este una gran hebilla. Su atavío era todo frescura, sencillez de obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colación o golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que tomaba, con un pedazo de rosca.

«¿Ustedes gustan?... Pues decía que en las cajas que están ahora en la Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de hacer sensación. El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con puntilla ordinaria. Verán, verán ustedes... Pues el faldón de bautizo, _por ejemplo_, que estamos arreglando con encaje _valenciennes_, no se podrá poner menos de quinientos francos. (Aurora tenía la costumbre de contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traeré aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes».

--Mejor será que vayamos nosotras allá--dijo doña Lupe--, y así veremos y hociquearemos todo antes de que se abra al público.

Fortunata decía también algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no despertaba en ella gran interés. Después que apuró el platillo de la compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel.
¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Ponía esta señora sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa.
Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la temperatura, poniéndolos o no en el balcón,. Doña Lupe la ayudaba en la traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la cintura y ambas salieron al balcón de la sala.

Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de coco.

Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se secreteó con Fortunata: «Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo va también con ellos».




--v--.


Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se habían hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía, y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin, con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado, estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.

Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle. De pronto se echó a reír Aurora.

«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi hermana es la única mujer que en el mundo existe capaz de querer a un crítico. Merecería en castigo casarse con él. _Solamente_, que como es mi hermana, no le deseo esta catástrofe».

«Vaya, que está apurado el hombre--decía Fortunata, riendo también--. Le hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar. Estás tú fresco... Será que quiere darle uno de esos artículos que escribe y en los cuales cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre, no te apures, que ya le hablarás otra noche. Ahora no puede ser... ¡Qué pesados son estos novios!, ¿verdad?».

Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió a decir: «Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con ellos. Creo que van a San Juan de Luz».

Fortunata volvió la cara para el balcón del gabinete, donde estaba Olimpia. Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco: «Van a San Sebastián y a Biarritz, y a principios de Setiembre irán todos a París».

--Niñas--dijo doña Casta, tocándoles en los hombros--. ¿De qué agua quieren ustedes?... ¿_Progreso_ o Lozoya?

--Lo mismo me da--replicó Fortunata.

--Toma Lozoya, y créeme--insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano--.
Por más que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre.

--Eso va en gustos... Y también influye el hábito--arguyó Casta con la suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado bebiendo el agua de _Pontejos_, que es la misma que la de la Merced, que hoy llaman _Progreso_, toda otra agua me parece que sabe a fango.

No insistiré en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de Madrid. Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y Aurora lo hacían en el balcón. Las once y media serían cuando sintieron la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente.
«Si bajan ustedes--dijo Rubín--, las espero aquí».

--Olimpia--gritó Ballester--. Venimos de ver la obra que se estrenó anteanoche. ¡Qué mala es! ¿Tiene usted ya noticias de ella?

--¿Yo?... ¿Qué está usted diciendo?

--Como usted se trata con autoridades... Al decir esto pasaba el crítico junto a él.

«Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del autor la pondrán en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a mí por qué engañan de este modo al público».

--Déjeme usted en paz... ¡Qué tonto es usted!--replicó Olimpia, y se metió para adentro.

--¿Bajáis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contestó que esperase en la botica, que ellas bajarían. Aurora y Fortunata se reían mirando a Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el diablo.

Retiráronse las de Rubín a su domicilio, teniendo ambas señoras la satisfacción de ver a Maxi tan mejorado de los desórdenes cerebrales de aquella mañana, que no parecía el mismo hombre. Síntomas favorables eran la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus respuestas. Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a la hora concertada, y no le encontró. «Ha ido a cortarse el pelo--le dijo Ballester, ofreciéndole una silla--. Con las murrias de estos últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponérsele, combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme.
Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto.
Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que hace falta».

--¡Pobrecito!...--exclamó Fortunata--. ¿Pero ve usted por dónde le ha dado?... Yo no he visto un desatinar semejante.

Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de él dependiera. Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.
Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma; aquel día se corrió más. Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia la señora para decirle con retintín: «Muy triste está usted desde ayer... No, no me lo niegue... ¿Pues yo no veo lo que pasa? Leo en las caras».

--Pues en la mía poco habrá leído usted.

--Más de lo que se piensa... Leo pasajes tiernísimos... estrofas de despedida... ayes de soledad... --¡Ay, qué majadero!--¡Oh!, a mí no se me escapa nada. Convengo en que no hay motivos para que usted esté tan patética... Pero hay otra cosa... a mí me gusta remontarme a los orígenes, me gusta buscar el por qué, y francamente, cuando miro ese por qué, no puedo menos que lamentar la equivocación de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos.

Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.

«Sí, no puedo menos de deplorar--prosiguió el regente inflándose--, que usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en el mundo tanto corazón leal, ir a buscar precisamente el más inconstante y...».

--¿Qué disparates está usted diciendo?

--¡Oh!, no son disparates--replicó el farmacéutico, dando algunos pasos delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos posible--. Perdóneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto así; siempre he sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues decía... ¿Se va usted a enfadar?

--No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo? Suéltela, suéltela.

--Pues decía... (Ballester tomaba una actitud que a él le parecía aristocrática), decía que a quien debiera usted querer es a mí... Ya ve usted que no me muerdo la lengua.

--¡Ay, qué gracia! Me gusta usted por lo corto de genio.

--Al pan pan y al vino vino. Queriéndome a mí, verá lo que es corazón amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa...

--¿Qué?--Que si se decide a quererme... usted no se decidirá, pero si se decide, tenga cuidado de no decírmelo de sopetón... porque me moriré de gusto... Sería como una descarga eléctrica.

--Estese tranquilo... Sí, se lo iré diciendo poco a poco... preparándole, como cuando se dan malas noticias... --No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aquí, entre tanta medicina, ¿no hay nada que le cure la cabeza?

--¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...! Y creen muchos que la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la mía es una pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me sé me harían la persona más cuerda y más feliz de la tierra... Viendo en esto que entraba Rubín, dio otro giro a su charla. «Aquí le estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas píldoras... ¡Dios, qué píldoras!».

--¿Para ella?--No hombre, para usted.--¿Y de qué son?--Bueno va; ya quiere saber de qué son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe reservarse el secreto. Es un específico.

--Este Segismundo está ido--dijo Fortunata--. Vámonos.

--Yo no tomo píldoras sin saber la composición--indicó Maxi con la mayor buena fe.

--Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren averiguar... ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos... _semos_! ¡Luego se queja el nene!... (tirándole de una oreja), se queja de vicio... el niño mimado de la Providencia... Abur, divertirse.

Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.




--vi-- .


Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de la emigración. En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación correspondiente, más o menos aparatosa;. pero mientras no llegase a un grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos mujeres podían llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se manifestaban levemente, y a veces no se conocían. Ballester había conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo.

Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en ella el señorito de Santa Cruz. Algunas, quizás, tenían conocimiento de aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión; pero nadie se atrevió a llevar el cuento a _la de los Pavos_. Esta, no obstante, lo sabía por obra del puro cálculo y de sus facultades olfatorias. Arrancose una vez a _armar la gorda_ «para que no crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aquí haciendo el papamoscas». Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su amigo Feijoo, trazó la raya divisoria que este le recomendara, y vino a decir en sustancia:. «de aquí para allá, señora, gobierna usted; de aquí para acá, están _mis cosas_ y en ellas no tiene usted que meterse».

No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvió a la carga dos o tres veces en esta forma:. «Si el pobre Maxi estuviera bueno, él te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo está, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'. En la situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte. Por eso me contengo y me trago todo el veneno. ¿Ves?, mi cabeza se está llenando de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar...».

Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Esta escena ocurría en el gabinete, hallándose las dos cosiendo sus trajes de verano.

«Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado--prosiguió la viuda con serenidad que espantaba--, después de tu enmienda verdadera o falsa; después que se te perdonó (y por mi voto no se te habría perdonado);.
después que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que han de parecer de hipocresía. Porque yo digo una cosa. Óyeme atentamente».

Doña Lupe dejó la costura y se preparó a hablar, como los oradores de profesión. «Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos, y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si tú hubieras venido a mí y me hubieras dicho:. 'Tía, esto me pasa. Me persiguen; yo no sé si podré defenderme; soy débil; ayúdeme usted...'. ¡Oh!, la cosa variaba mucho. Porque yo te habría dirigido, yo te habría dado fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate: ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas pidiendo socorro ya será tarde, y esas personas te dirán: 'Entiéndete ahora, húndete, y cúbrete de vergüenza y date a los demonios'».

Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su costura. Discurría sobre la extrañeza de aquellos conceptos de la viuda, que parecía dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de protección y por sancionadora de las acciones. «Esta mujer quiere ser el Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo que es por mí...». A Fortunata le repugnaba la moral despótica de doña Lupe, en la cual entrevía más soberbia que rectitud, o una rectitud adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada más. Tenía _su idea_ y para nada necesitaba de consejos ni de la protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas, rectilíneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del cañón.

Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía, de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono menos catilinario que los anteriores.

Era aquella señora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre la base sólida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios.
«Mira tú por dónde podríamos llegar a entendernos--le dijo una tarde que la volvió a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te trae dislocada no está ya en Madrid. ¿Qué mejor ocasión quieres para emprender la reforma de tu estado interior, que está como una casa en ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas.
Otra tomaría por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habrías de empezar por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles, entiéndelo bien, hasta los menores detalles;. por ponerme al tanto de lo que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la mañana, por la tarde y por la noche;. en fin, habías de declarar todos, toditos los síntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer cuanto yo te mandare». Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma.

Por cumplir, más que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de decir algo, reservando, como es natural lo más delicado. Doña Lupe se entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus facultades profesionales, y terminó así:. «Te aseguro que si me obedeces, te quitaré eso de la cabeza y serás lo que no eres, un modelo de mujeres casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el caso de que se te tendiera el lazo otra vez. ¡Vaya, con el caballerito!
Es cosa de dar parte a la policía. Tú déjate llevar; pon el pleito en mis manos, déjame a mí... y verás. ¿Apuestas a que me planto un día en casa de doña Bárbara y le canto clarito? Tú no sabes quién soy, tú no me conoces. ¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...! Bien merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se adora a una madre».

Y al finalizar estaba doña Lupe radiante. Casi casi se aventuró a hacer a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfacción. Un pensamiento se le salía del magín a cada instante; pero lo reservaba en la hoja más escondida de su gramática parda. Ni la sombra de este pensamiento dejaba entrever a Fortunata.

Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas. «¿Le habrá dado dinero?». Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba afirmativamente. «Tiene que haberle dado algo, quizás grandes cantidades. ¿Pero dónde demonios las tiene? ¿Qué hace que no me las da para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergüenza de poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la honra... Y no es otra cosa; le da vergüenza de decírmelo. Pero al fin ello saldrá».

Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un registro en la cómoda y baúl de Fortunata. Valiéndose del sin fin de llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien examinadas, en la misma disposición que antes tenían. Este proceder jesuítico lo practicaba siempre que metía sus manos escudriñadoras en donde no debían estar. Busca por allí, busca por allá, y nada. Los billetes se esconden tan fácilmente, que no hay manera de encontrarlos.
Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba segura de dar con los billetes si los había. «¿Tendralos cosidos en la ropa?--pensó--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y sabe más...!». En la cómoda no había nada que a dinero se pareciese, ni tampoco cartas. Algunas joyas y chucherías vio, que le parecieron recuerdo o prenda de amores; pero lo que es _guano_, ni el olor.

«Es muy particular--gruñía la viuda, registrando el baúl, después del reconocimiento minucioso que en la cómoda hizo--. ¡Y no se comprende que siendo él tan rico y ella una pobre...!». El baúl, que sólo contenía ropas viejas, no dio tampoco nada de sí. «Pues tiene que haber algo...--rezongó la señora--, tiene que haber algo. En alguna parte está el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo».

Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña Lupe se sentó a meditar,. y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí donde principia el cabello,. como quien estimula la generación de una idea, y dijo:. «Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes».




--vii--.


Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían, reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del _barrio_; las excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego o de Rubín;. las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera:.
«aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de programa.

En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos; y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el _difunto era más chico_. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda tropical tan bien manejada.

Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla, y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido, fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico.
Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo bien, ¿y usted?... Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al temperamento y a la timidez de Maxi.

«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su sorpresa.

Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal, en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero, se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada--dijo--, que estoy de enhorabuena».

--Qué, ¿te ha caído la lotería?

--No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta... Es mucho más que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar... --¡La combinación!... Pues qué, ¿has encontrado la _panacea_?--expresó la tía con incredulidad.

--No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico, exaltándose más a cada palabra--. De _pan_, que significa todo... y _akos_ que es lo mismo que decir _remedio_. Que lo sana y purifica todo, vamos... --¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declaró doña Lupe, recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era enteramente febril.

--Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más que una fórmula para estar completo... ¡La maldita fórmula...! Por fin, ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría.
Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros... pif... Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno--dijo la tía, viendo que le venía encima una nube--. Tranquilízate, escribirás la fórmula, harás tu _panacea_, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho dinero».

--¡Ah!...--exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse las cejas... ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que... --Adiós mi dinero--murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo parecido.

--El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercándose a su tía y dando castañetazos con los dedos--, era el de la emanación de las almas.
¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su origen?... ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis.

Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los ojos de una manera entre burlesca y compasiva.

«¡Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercándose--, no discurras esas cosas que dan dolor de cabeza... Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que averiguar sobre esto, está ya averiguado... No te calientes la cabeza».

--Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático), si en este _via crucis _ de trabajos y persecuciones que me espera; si en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás.
¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo que propongo?

Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe, después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas razones enderezaran el torcido _intellectus_ del desdichado joven. «Mire usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos... porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná... «Ganarás el pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que al fin polvo somos, y...».

--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso--. Si usted es materialista, nunca nos entenderemos.

--No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.

--Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano Juan Pablo: _fuerza y materia_. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras sí a la señora humanidad.

Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano sobre un papel.

«Ved aquí fijados los puntos capitales--balbucía él, escribiendo--.
Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto...».

--Chico, descansa ahora un ratito--díjole su esposa, tratando de quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos cálculos tan difíciles... Mañana seguirás... No, no creas que me parece mal; yo te ayudaré a pensar... hablaremos de esto. Yo también discurro.

Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo, cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la sociedad presente.

«Tú también discurres--le dijo con dulzura--. Lo sé, tú piensas, porque sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes el sentimiento de la liberación... Usando una parábola, te escuece en las muñecas el grillete de la vida».

Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar, porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes más de eso».

Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.

«Tú me ayudarás--prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en sus ojos encandilados--, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina, resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho quien todo se lo sabe».

Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted... Aquí no hablamos en secreto.
También usted será conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa propaganda... Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan entrar aquí a ese materialista...».

--¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?

--Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes mi honor.

Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía... ese materialista que no entre más aquí».

--Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya. Yo le diré que se largue con su materialismo a los infiernos.

--¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cariño.

--Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan rebuscada fórmula, paréceme que soy otro... Antes mi vida era un martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir... --Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... créanmelo. Verán cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el alma.

A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido--le dijo la señora de Jáuregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene soldadura».





--viii--.


Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos.
Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese, empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando...».

Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole las manos a su mujer, le dijo: «Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo sabe me lo ha dicho a mí».

Fortunata no entendía palotada.

Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca ahora... Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto?
¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted la gran jaqueca con aquello de _la cosa en sí_... Pues pongamos que sea _la cosa en no_. Yo digo que esto es música pura; _la cosa en sí bemol_.
¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de agradecer!... En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo, por la mañana y por la tarde».

Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos.
Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le voy a dar la _hatchisschina_, o _extracto de cáñamo indiano_,. que es maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar».

Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.

Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. _Aquél _ no le había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa.
¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel.
Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida de trabajo, porque los encargos de _trousseaux_ y _ajuares _ se sucedían sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho el taller y tienda.

Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas, sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo que es piernas... Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando toda la casa».

Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convenía en que era una gran bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso, la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con extraordinaria curiosidad y atención:. «¿Creerás que se me ha metido una cosa en la cabeza?... Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para su obra, si salía bien la inauguración, y nada... que se plantó allí a cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París... ¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, _por ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son!
Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí, que al _buen hombre_ le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo...! ¿A ti qué te parece?».

Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su amiga contaba.

«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos... un hombre que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no sé, no sé. ¿Habrá algo?... ¿Qué te parece a ti?».

--Pues...--dijo la de Rubín pensándolo mucho--, a mí me parece que no.

--Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno.
Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el _juego_... A ti qué te parece... ¿Habrá...?

--Me parece que no--volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.




--ix--.


La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su campaña reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel día y le endilgó otra perorata: «Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy a tus órdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda regla». Dicho esto, trató de meterle los dedos en la boca para salir de dudas respecto a si había recibido o no alguna cantidad gruesa de manos de su amante.

Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.
«Comprendo--expuso la señora con acento parlamentario--, que tengas cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca:.
no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podrían creerlo otras personas, que tu debilidad es interesada,. y que quieres a ese hombre porque es rico, y que no lo querrías si fuese pobre. No, yo no te hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor y no del interés; y los mismos disparates que haces por un hombre poderoso, que te da grandes cantidades, lo harías si fuera un pobre pelagatos y tuvieras que comprarle tú a él una cajetilla».

--¿Qué está usted ahí hablando de grandes cantidades?--preguntó Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír.

--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cállatela... haz el favor... que ciertas cosas vale más que se queden dentro. No vayas a creerte que pretendo me entregues a mí esos capitales para colocártelos... No, ya sabrás tú manejarte bien... --¿Pero qué está usted diciendo... señora?...

--No, yo no digo nada. Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos fondos.

--¿Pero qué fondos, ni qué...? Usted está soñando.

--Vaya... si pretenderás que me trague yo esa rueda de molino más grande que esta casa. ¡Si me querrás hacer creer que no te da...!

--¡A mí!--No me hagas tan tonta...--No sé de dónde ha sacado usted... Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me daría si me viera en una necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.

Iba doña Lupe a soltarle otra andanada. «Valiente turrón te ha caído, grandísima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte». Pero se contuvo y se tragó su ira, desahogándola después en agitado soliloquio: «No he visto otra. No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común. ¡Qué canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los tontos, ahí debieras ir tú de cabeza».

Maximiliano volvía lentamente a la vida regular, sin que esto quiera decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habíase transformado, y así como en las crisis hepáticas hay derrames de bilis, en aquella crisis mental parecía haberse verificado un derrame de sentimientos. No sólo era ya pacífico, sino tiernísimo, y sus afectos se habían sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las fórmulas de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente suaves y hasta empalagosas; se afligía cuando causaba alguna molestia, y agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehuía como pudiera. Iniciábase en él cierta tendencia a imponerse privaciones y sufrimientos, y la mortificación, que antes le sublevaba, por liviana que fuese, ya le complacía. Si en la conversación, o en aquellas polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba una palabra más alta que otra,. luego sentía remordimientos de haberla pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la timidez le ponía un freno.

Un día hubo de decirle a Papitos, porque no le había limpiado las botas: «Vaya con la chiquilla esta... ¡Verás tú!». Y al salir de la casa sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le faltaba poco para derramar una lágrima. «¡Cuándo se me quitará esta costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... ¿Qué más da que estén las botas con o sin betún? La que debe tener lustre es el alma, no el calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas niñerías. ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical criatura! Soy un animal... ¿Pero quién es el guapo que de estrellas abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta y dos barbaridades cada día. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que llega la hora de la liberación».

«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja? ¿Saco la vara?--le dijo Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy _evangelísticos_.
Cuidadito. Ya sabe usted cómo las gasto».

--Pégueme usted. No me importa--le contestó Maxi, dejando el sombrero en la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada porque no le han limpiado las botas. ¡Qué humanidad tan imbécil! Amigo Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte!

--Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replicó el otro cogiendo la vara y esgrimiéndola cómicamente--, le lleno el cuerpo de chichones. ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco... mírela, y como diga que es guapa, le pulverizo.

Señalaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipócrates y una calavera.

«Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, míreme a mí--dijo Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogiéndose los faldones de la levita--. Estoy guapo, ¿sí o no?».

Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas.

«Vaya, que está usted elegante» dijo Maxi, poniéndose a pesar unas dosis para píldoras.

--Pues más he de estarlo mañana. Mañana se casa mi hermanita con Federico Ruiz, un chico de mucho talento. ¿Le conoce usted? Los periódicos, que hablan constantemente de él, anteponen siempre a su nombre algún mote muy salado. Ahora le llaman _el distinguido pensador_.
¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa? Porque usted no piensa con juicio y él sí.

Por la noche estaban en la botica, además de Ballester, los dos practicantes Padilla y Rubín. Como apareciese en la acera de enfrente el célebre crítico, Segismundo se vio acometido a la ira cómica que le producía la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en la república de las letras. «Tengo a ese caballerito--decía--, sentado en la boca del estómago... sobre todo, desde que elogió aquella obra tan mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el problema_, y qué sé yo qué. Veréis: Es aquel dramita moral en que se recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que allí resulta que todos los solteros somos unos pillos;. y porque un joven se retira tarde y se gasta algún durete en picos pardos, me le llaman monstruo y el papá le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le fusilen. Total, que cuando la vi representar, pensé que me tragaba todos los eméticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de Dios, que es el alcaloide de la cursilería».

Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada. Del balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel.

«Le manda su último artículo--dijo el regente a sus amigos, acechando en la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo preparada».

Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática.

«Pero es preciso que me ayudéis. Tú, Padilla, que le conoces, sales, te haces el encontradizo, le hablas de literatura dramática, le entretienes un rato volviéndole la cara para allá;. y entretanto, yo, con muchísimo disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el bramante con el dulce. Quito la yema, ¿sabes?... y pongo esta. La hice anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar. Se la come y revienta como un triquitraque».

Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma.

«Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa, escamonea o cosa así...».

--No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Iré a presidio... me pierdo. ¿Y qué? No se la perdono... ¡Ultrajar a los hombres de ciencia y a los solteros!

Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era venenosa;. mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio, diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por excelencia. Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía. Como en estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de coco, y el crítico se la estaba comiendo. El otro se consoló pensando que otra noche consumaría su trágica venganza. «Él se la tiene que comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la tiene que tragar, y entonces diré como mi tocayo: '¡Vive Dios que pudo ser!'».




--x--.


Aquella noche, cuando Maxi subió a comer, encontró a su mujer un poco enferma. Le dolía la cabeza y tenía náuseas. Doña Lupe, que la estaba observando siempre, veía en su mal un pretexto para esconder de la familia los pesares que la consumían. «Lo que tú tienes--pensaba--, es el afán de volver al reclamo. Estás luchando contigo misma. Quieres ir y no te determinas». Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento. Maximiliano no le instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito de muerte y liberación. Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo: «Haced lo que queráis. Allá os arregléis a vuestro gusto. Yo estoy rendida». Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que volvía casi intacto. Después entró un instante en la alcoba para preguntarles qué tal estaban, y se fue a descansar. «No puedo resistir más esta vida de perros--decía--. Dios tenga compasión de mí».

Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz.
Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentábase aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas veces se había sentido con menos ganas de conversación. A poco de acostarse, observó que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba la luz, sacaba del bolsillo un paquete, después otro, objetos envueltos en papeles, y los ponía frente a sí, como un hombre que se prepara a trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba a Fortunata atrayendo su atención. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien doblados, como los que en Farmacia se llaman _papeletas_, forma en que se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero después vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... ¡Ay, Dios mío, era un cuchillo!... Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era bien aguda. La esposa sintió sudor frío en todo su cuerpo... No pudo contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... «Maxi, hijo, ¿qué haces?». Él la miró con gran tranquilidad.

«Yo creí que dormías. ¿No tienes sueño? Pues charlaremos de cosas agradables».

--Como quieras. Pero más vale que te acuestes, y dejes las cosas agradables para mañana.

--No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte. Espera un poco.

Recogió todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladándose a la silla que estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche.

«Ajajá... Ahora verás--dijo sonriendo cariñosamente, como el que se dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya lo ves: es un puñal».

Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se puso a dar diente con diente.

«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares. Aquí dice: _Toledo, 1873_. Es bonito, ¿verdad? Hace días que vengo pensando en cuál es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla para el otro barrio. ¿A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo; y lo que tú prefieras, eso preferiré yo».

La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar.

«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo».

--¡Miedo!--exclamó él con asombro y desconsuelo--. Pues yo creí que habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar.
¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo!
¿Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.

--No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque observó que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas para de día. Ahora, a dormir.

--¡Dormir!... Ahí tienes otra tontería. Dormir, ¿y qué saca uno de dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el desprendimiento y la evasión. Querida mía, o estás conmigo o estás contra mí; decídete pronto. ¿Estás dispuesta a tomar la llave de la puerta y escaparte conmigo? ¿Sí? Pues lo primero es no tener horror a la muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación.

Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío. ¡Ay qué miedo tan grande!

«El momento de la liberación es aquel en que uno se considera suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a otro, y dar ese paso por sí mismo. Las religiones dominantes prohíben el suicidio. ¡Qué tontas son! La mía lo ordena. Es el sacramento, es la suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de tomar el portante. La liberación no debiera llamarse suicidio. La expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso soltarse. ¿Cómo? Mira».

Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantaría para llamar a doña Lupe.

«Esto es un puñal... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la bestia se defiende, por muy decaída que esté. La carne es carne, y mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e intercede por ella. Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me lo dices con franqueza. ¿Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aquí los medios tóxicos, que son callados y seguros».

Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada droga. Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera envenenarse.

«Vete enterando. Esta sustancia que ves aquí, blanca y en cristalitos, es la _estricnina_... Muerte segura y tetánica, y que produce muchas angustias, por lo cual no te la recomiendo. La _atropina_ es esta, y esta la _cicutina_. ¿Ves?, polvos blancos. La _citutina_ tiene una ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno dormido y en sueños se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del sueño, ¿no producirán los pataleos de la bestia horribles martirios?
¿Qué te parece a ti? ¿Preferiremos la _digitalina_, que mata por asfixia? ¿O nos fijaremos en los mercuriales? Míralos aquí: El _ioduro de Mercurio_, rojo; el _cianuro de Mercurio_, blanco. También tengo un preparado de fósforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo bueno está aquí, míralo; el verdadero _ojo de boticario_, la bendición de Dios. Esto sí que mata, y pronto. ¿Ves este polvo gris? Es la _gelsemina_, la maravilla de la toxicación. La bestia se estremece sólo de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantánea».

--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no podía resistir más--. Si no guardas todo eso, me levanto y me voy.

Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y un asombro compasivo. Esta mirada le aumentó a ella el miedo, y comprendiendo que era forzoso disimularlo, acariciándole la manía para evitar cualquier barbaridad, le dijo: «Todo está muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla.
Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me traigas acá venenos...».

--¡Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero tú, después yo... ¿Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me sujetan...?

--No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro como en los desafíos... Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan las dos bestias.

Maximiliano meditaba. «No me parece muy practicable tu solución».

--Sí, chico, sí, te digo que sí. Hazme el favor de coger todos esos polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor será que los envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardaré. Te prometo guardarlos. Pero qué, ¿desconfías de mí?... Gracias, hombre.

De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendió sus manos para coger las papeletas, acudió él a defenderlas como se defiende una propiedad sagrada. «Tate, tate; déjame esto aquí. Yo lo guardaré...».

--Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.

--¿Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar... --Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que le da la gana... ¡Infame carcelero!

Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza, mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía, con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no las hicieran lúgubres.

Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo, levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico, metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester.
Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada».

--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido--. Así te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.

Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole: --También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía.

--¡Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal que te tomes ahora este chocolatito.

--Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de cumplir.

--Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doña Lupe con naturalidad--. De mí te sé decir que estoy harta de la vida, pero harta, y si no he tomado ya una determinación es porque como tiene una tanto que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero ya lo arreglaremos, hijo, y a mí me tienes dispuesta a darle la morrada a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir.

Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas teníalas la bestia, él no.




--xi--.


A eso de las diez salió Fortunata para llevar a Ballester el paquete de sustancias venenosas. «Ahí tiene usted la que nos preparaba su amigo--le dijo con desabrimiento--. ¡Vaya un cuidado que tiene usted!
Vea lo que llevó a casa...».

Ballester examinaba las terribles drogas... Después se puso muy serio: «Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No sé cómo le permitió andar en esto. Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca. Lo mejor será que no trabaje más aquí; cualquier día nos mete en un conflicto... Pero siéntese usted...».

Al ofrecerle una silla, Ballester parecía poner especial cuidado en dar a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despedía fuerte olor a heliotropo. En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa picaresca.

«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad? Acostumbrada a verme hecho un cavador... Pues le diré: hoy se casa mi hermana con ese a quien llaman el _distinguido pensador_, Federico Ruiz. Voy a la boda, y esta noche le traeré a usted los dulces».

Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación. Las medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algún otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...».

--¡Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con picadillo de mi corazón, al momento se la hago.

--¿Ya está usted con sus guasas?

--Y ahora me toca a mí pedirle un favor... --Usted dirá.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo una parte, otra la dejo aquí para los amigos que vengan. ¿Irá usted arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?

--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí. Según esté ese.

--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico. Padilla le invitará a entrar y le ofrecerá dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aquí preparado para él... No sabe usted cuánto le odio.

Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se asustó.

«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen chico».

--Nada, no se asuste usted... No es más que un derivativo... La fiesta consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba... --No sea usted bruto. ¡Si es un chico muy bueno! Me han dicho que mantiene a su madre... --¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida. ¿Y con qué la mantiene?
¿Con los artículos?

--Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las semanas.

--Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido?

--¿Cuál?--No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza... --Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted!

--Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena noticia.

--¿A mí noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa, amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con otros. ¡Mal de muchos...!

--¿Qué está diciendo?

--Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde calle arriba calle abajo... Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir: «¿Quién... y cuándo?...».

--No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba con una cara de mal humor...! Plantón como aquel no se ha llevado nunca.
Yo le miraba y me decía: «bien merecido te está... Aguántate, cachete... Todos somos iguales». ¿Quiere usted que le dé un consejo? Pues trátele a la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle.
Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo?
Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí guardadito, virgen, créalo usted, virgen. Acéptelo, y déjese de querer a ingratos... Fortunata se había puesto tan desasosegada, que no oía las amorosas confianzas del farmacéutico. «Abur, abur--dijo levantándose--. Tengo que volverme a mi casa».

--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo?

--Quítese usted allá...--indicó ella corriendo hacia la puerta, y el otro detrás.

--¿Qué le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si usted me lo manda. ¿Dígole que no parezca más por aquí?... ¡Ay, qué mujer! Allá va como una exhalación. Está tocada, tan tocada como su marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo... un servidor. ¡Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caña; espera, espera, que al fin ella picará.

Doña Lupe, cuando entró su sobrina bastante sofocada por haber subido muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. «Sabe Dios--dijo para sí--; sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos... Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los polvos, sería para verle... Él le diría que pasaba a tal hora... ¡Y qué colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal».

Maxi continuaba tranquilo. Más bien parecía un convaleciente que un enfermo. Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a los transeúntes. Esto no le hacía maldita gracia a Fortunata, porque... «si _al otro_ le da la gana de pasar también esta tarde y Maxi le ve, se va a excitar mucho». Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacándola del purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Servía de Celestina para estas comunicaciones la tía de Fortunata, Segunda Izquierdo, que en Mayo último se le había presentado, miserable y llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con comida sobrante o alguna prenda de vestir.

Santa Cruz la amparaba también, y ella se servía de su mendicidad para introducir en la morada de Rubín los mensajes de amor; y tan ladinamente lo hacía, que la sagaz doña Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde, después de mucho tiempo de entrar allí _con las manos vacías_, puso en las de Fortunata una esquelita. Al fin, ¡oh, dicha increíble!... Cuando pudo, leyó la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal hora y a tal sitio para el día siguiente.

Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas,. y tratando de refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.

La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron en presentarse el señor y la señora del tercero de la derecha. Él, por una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave, seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba _D.
Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien conocimos en la tertulia del café, junto con el _Pater_ y Pedernero). Su mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro, porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doña Desdémona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra. No tenía niños este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual tenía muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se reproducían diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no tenía más chiste que el que podría tener un caimán.




--xii--.


Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita, riéndole las gracias a _doña Desdémona_, se fueron al balcón. La viuda tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen.
El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre enfermo... porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día hace el _crac_... ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar aquí?... ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco está. Ya ves; un hombre, _por ejemplo_, que podría haber hecho la felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin familia propia, solo, triste... ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto, un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho».

--¿Pero tú...?--Espera, te contaré--dijo Aurora con cautela, asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... hará de esto trece o catorce años. Mamá le consideraba mucho, y cuando venía a casa le recibía poco menos que en palio. Tuvo mamá en un tiempo la ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él. Yo tenía dieciocho años, él treinta y pico. ¿Te vas enterando?

Fortunata atendía con toda su alma.

«¿Quieres que te hable con franqueza? Pues a mí no me disgustaba; pero nunca me dijo nada... Tenía buena figura y unos aires de caballero como los tienen pocos... Mamá y papá hechos unos tontos con aquella esperanza... ¡qué inocentes! Es muy lagarto ese hombre. ¡Casarse conmigo! Sí, para mí estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por aquí. Yo me acordaba de él y de cuando venía a casa; como que al verle entrar nos quedábamos todos turulatos y nos parecía que entraba por esa puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dejó de venir. En aquel tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió. Mamá tenía todavía ilusiones; papá se había curado de ellas. Nos casamos... ¿Pues creerás que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la corte por lo fino?».

Fortunata parecía que estaba oyendo leer el relato más novelesco, según el interés y asombro que mostraba.

«Pues verás. Fenelón era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo por sí mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra. ¡Ay hija, qué peligro tan grande! Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba. Yo no sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza. Una tarde que llovía, me cogió y casi a la fuerza me metió en su coche. Estuve a dos dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí. ¡Dios mío, qué hombre!, es absurdo».

--¿Pero tú le querías?--preguntó la de Rubín, que con la idea del querer resolvía todos los problemas.

--Yo... te diré... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que nos encontrábamos... le tenía miedo, y... de ti para mí, me gustaba.
Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo?

--Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habría faltado por nada de este mundo. Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues verás. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de baños de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos, cuando me veo al primo Moreno. Me quedé... ¡ay!, no te quiero decir nada.

--¿Y tu marido estaba contigo?

--No; ese es el caso. Fenelón había ido a París a hacer compras. En París estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan, sabiendo que me cogía sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez, hija, no pude zafarme como cuando la del coche... ¡Ay!, estas cosas te las cuento a ti, porque sé que eres callada y no me has de hacer traición. ¡Si mamá lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirtió todo lo que quiso, y después la del humo. Llegó el 70, y al pobrecito Fenelón le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ¡ah! por ser valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta! Era un hombre tan patriota, que por salvar a su querida Francia, habría dado él cien vidas que tuviera... Pero vamos al otro, a ese solterón estragado... Cuando enviudé, dije: «Pues ahora, si de veras le gusto...». ¡Quia! Me le encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa. ¿Creerás que me dijo algo de amor? ¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que me había hecho? Buen cumplimiento nos dé Dios. Hija, frialdad igual no he visto. Te aseguro, que me dan ganas, _por ejemplo_, de clavarle un puñal... Cierto que me ofreció lo que yo quisiera para establecerme... pero no quise tomar nada de aquellas manos. ¡Monstruo! Cuando le dio al primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condición que me había de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco, palabra de honor, no se lo agradezco... --A tu primo no le gustan más que las casadas.

¡Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende tarde lo que debió de comprender antes.

--Estos solterones vagabundos y ricos son así... Están viciosos, estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden _mediodía a catorce horas_. Ahí le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe qué hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte.
Bien merecido le está; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia, se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a él le enciende el amor es la resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero al fin, ella se ha rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también... ¡Ah!, las señas son mortales. El primo va a la casa todos los días, y la acecha cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece por la tienda. ¿Tendrán citas? He aquí mi idea. Te juro que lo he de averiguar. Imposible que yo no lo averigüe. Aunque tuviera que perder mi colocación, aunque me quedara sin camisa que ponerme... ¡Qué infamia! Y miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama de virtud. Sí; santidades a cuarto; véase la clase. Te aseguro que el día en que esto estalle y haya la gran tragedia, será el día más feliz de mi vida. ¿Pues qué cree ese? ¿Que se puede engañar, y engañar, y engañar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cayó otro; _solamente_ que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no sospechaba de nadie más que de los prusianos. Ahora da con un hombre templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad? Te aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de corazón y su extranjerismo.

Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada, cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.

Jacinta... ¡Jesús!.. el modelito, el ángel, la mona de Dios... ¿Qué diría Guillermina, la _obispa_, empeñada en convertir a la gente y en ver la que peca y la que no peca?... ¿Qué diría?... ja, ja, ja... ¡Ya no había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!... ¡Ya podía ella alzar su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales... para poderlas perdonar a todas.
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Parte cuarta.
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-I- En la calle del Ave-María.
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--i--.
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O esto es _valeriana_ o no sé lo que me pesco.
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¡Cuando digo...!
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Hoy está usted muy malo.
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Más vale que se retire a su casa.
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Yo me las arreglo mejor solo.
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Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso.
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Tomaba extrañas e increíbles posturas.
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En aquella gaveta está.
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Vamos, menéese».
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Rubín salía a la tienda y despachaba.
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«¿En dónde están los frascos de _Emulsión Scott_?».
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--Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano.
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Dígole que es preciso cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer!
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«¿Y qué lee?...
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vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--.
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Cuando digo que usted, amigo Rubín, va a acabar mal.
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¿Le van a dar a usted algo por el descubrimiento?
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Tararí... tararí.
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Bueno, ¿y qué?
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La consecuencia es que estarían tan jorobados como nosotros».
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Rubín no contestaba.
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Cogía el hongo que de una percha colgaba, y a la calle.
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Poco tenía que andar por ella para ir a su casa.
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Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas.
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«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche.
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Créeme, yo te ayudaría».
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--No crea usted, tía, yo también he pensado en eso.
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--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen.
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Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano, no se la coja.
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Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares.
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En cuanto a las _panaceas_, la moral farmacéutica no las admite.
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--¡Qué tonto!...
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¿Y qué tiene que ver la moral con esto?
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Lo que digo; no saldrás de pobre en toda tu vida...
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¿Nada os dice la experiencia?
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Casta bufaba con esto.
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Por fin sonó la campanilla débilmente.
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Papitos corrió a abrir, y doña Lupe fue a la cocina.
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Ya sé yo las _brisas_ que tú quieres.
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Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana.
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Estás fresca...
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Ya te daré yo _brisas_...».
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Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
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Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir.
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Es más, la idea de la muerte es grata en mi alma.
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--¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!--pensó la esposa.
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Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar.
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«Veremos si esta noche sueño lo mismo que soñé anoche.
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¿No te lo he contado?
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Verás.
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unit 128
Estaba afligido, y me acordaba de ti.
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unit 130
Me fui hacia el frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo.
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unit 132
¿Ves qué disparates?
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Es que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...».
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--ii--.
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Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor.
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unit 138
Oíale dar suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera.
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Sintiole palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas.
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Fortunata vio subir el azulado resplandor, como difusa humareda.
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estás ahí... ¡qué bien haces el papel!».
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Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía.
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Pero entreabriendo los ojos le vio encender la vela.
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Cogiendo la vela, salió al pasillo.
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unit 153
Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día.
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«Si no te cojo hoy, te cojo mañana--rezongaba--.
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No vale el jurarme que no había nadie.
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unit 157
Pues qué, ¿no tengo yo oídos?...
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¿Estoy yo tonto?».
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«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan.
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Y Papitos también es encubridora.
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Buenas propinas se calzará.
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Pero ya te arreglaré yo, _celestina_ menuda.
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Que no me vengan con tonterías.
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Dicen que el aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!...
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No me equivoco; aquí entró alguien.
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Lucido, lucido papel estoy haciendo.
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¡Dios mío!
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¿De qué le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas?
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Viene un cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia.
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Y no le basta a uno vigilar, vigilar, vigilar.
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Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba.
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«¿Qué disparates estás hablando ahí?--le dijo su mujer--.
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¿Por qué no te acuestas?
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Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí».
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--¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir?
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¡Qué conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!...
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Tú lo negarás ahora... ¿Quién andaba por los pasillos?
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Claro, el gato.
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El pobre minino paga todas las culpas.
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¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato, ¿verdad?, justo.
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¡Y eso me lo he de tragar yo!
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¡Tú, ya sé que no me quieres; pero mi tía...!
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Aquellos en quienes más confía le venden.
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unit 196
Donde menos lo piensa, en el seno de la familia, salta un Judas.
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unit 197
En la tierra no hay ni puede haber honor.
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unit 199
Fortunata se vistió a toda prisa.
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unit 200
Sabía por experiencia que mientras más le contradecía era peor.
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unit 203
¡pobrecito!...
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A ver si usted le puede calmar».
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--Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar.
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Si yo faltara... no quiero pensarlo.
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Mira, pon en planta a Papitos, y que encienda lumbre...
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Salgo al momento.
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porque sépalo usted, para mí el honor es primero que la vida».
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Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.
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«Tía...
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¡Fortunata!...
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¿qué es esto?, ¿qué me dan?...
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Este chocolate tiene arsénico».
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--Vamos, esto no se puede sufrir.
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¡Decir que le hemos envenenado el chocolate...!
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--¡Gusto a arsénico!...
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unit 229
clavado... ¡pero tan clavado...!
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unit 231
Las personas que más me querían antes, ahora desean mi muerte».
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Y en el acto empezó a tomarlo.
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Su marido la miraba atónito.
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Me tomaría otra jícara.
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--Vamos, que es para pegarte--le contestó doña Lupe--.
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¡Tomarla así con la pobre Papitos!...
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Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la culpa.
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Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia.
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Y ahora, ¿por qué no os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro?
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Hasta las nueve no hace calor; la mañana está deliciosa.
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Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir.
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«Eso--murmuró él de una manera torva y recelosa--.
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Quieren echarme a la calle, para...».
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Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren armar.
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unit 256
--Todo sea por Dios.--¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...?
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¿De dónde has sacado esos desatinos?
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--La _Correspondencia_ no ha traído tal cosa--dijo Fortunata.
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--Vamos, lo habrás soñado tú.
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--Yo no lo he soñado--gritó él levantándose con golpe de resorte--.
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unit 263
Yo no digo más que la verdad.
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«Bueno, bajaré--dijo Maxi tomando su sombrero--.
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Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester.
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De mí no se ríe más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara.
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¿A que no se atreve?
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Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él.
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Bajó rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera.
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A cada instante se paraba y volvía hacia atrás.
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Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba.
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Venga usted aquí».
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No le había visto.
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Iba a tomar un poco el aire.
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Y usted, ¿qué tal?».
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--iii--.
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Como usted me trueque las papeletas, le trituro».
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Maxi subió a su casa.
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Pero tú no, tú eres mala y sincera.
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Cuando das el golpe mortal lo dices, ¿verdad?
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unit 303
--Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega.
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--¡Papitos!, está en la compra.
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¡Pobre chica!...
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Ea, ya estamos hartas.
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A ver si nos dejas en paz.
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«Mira que no te podemos sufrir...
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Lo que tú tienes es mucho mimo».
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«¡Tu honor!
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¿Pero quién diablos se ha metido con él?
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Si todo es humo, humo que hay dentro de esta cabeza».
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--¡Humo!...
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No pienses y no temerás nada.
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Pues vamos a darle de almorzar.
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Hiciéronle café y esto fue lo único que tomó con gana.
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--¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren!
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No pienso en tal cosa--replicó ella sonriendo--.
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Aquí me estaré esperándote.
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A la noche iremos a casa de doña Casta.
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¿Quieres?
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O a paseo.
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Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado.
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«Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo que nos trastorna.
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¿A ver qué es esto?...
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¡Hombre, qué bonito!
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Es gana de meterse en vidas ajenas.
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¡Que tenían los dioses por gruesas!
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Bueno, ¿y qué?
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¿Acaso los tiene usted que mantener?
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Lo que yo digo: es gana de entrometerse.
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Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta.
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«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted.
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unit 359
Alcánceme el alcanfor, el nitro dulce, el polvo de regaliz...».
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¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas tragedias?
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¡Su honor!
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Si tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo.
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Más limpio que la limpieza.
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Y todavía se queja... Nada, yo le voy a curar a usted con esta vara.
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En cuanto hable del honor, ¡zas!...
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No hay otra manera.
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unit 371
Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy mimadito que está.
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¿Quiere?».
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unit 376
--¿Pues no he de querer?
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unit 377
Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los días, ilustre amigo mío.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 380
Prepare usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 381
Receta de cuidado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 382
Mucho ojo...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 383
Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 385
Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 386
Aviado estará el enfermo para quien sea.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 387
No, no le arriendo la ganancia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 389
¡Eh!...
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unit 390
cuidado con las dosis.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 391
No sea usted tan vivo de genio.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 393
Para mí hay dos artes, la Farmacia y la Música.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 394
Ambas curan a la humanidad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 395
unit 396
Nosotros, ¿qué somos si no los compositores del cuerpo?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 397
Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un Beethoven.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 398
En uno y otro arte todo es combinar, combinar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 400
Cuando desafinamos, el enfermo se muere.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 402
--iv--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 411
Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 412
Ballester se la sabía ya de memoria sin perder nota.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 420
Doña Casta no permitía aún al apreciable joven entrar en la casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 426
«¡Qué dedos los de esta chica!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 435
La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis.
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unit 437
Toma, ponte esta toquilla».
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unit 441
La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.
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unit 444
Expliquemos esto.
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unit 455
El plan era vastísimo.
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unit 459
Inauguración, el 1º de Setiembre.
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unit 467
«Nosotros nos vamos a ver una piececita en Variedades».
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unit 471
¿Cómo va eso?».
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unit 472
--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda.
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unit 473
Será una cosa espléndida.
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unit 475
Aquí no saben poner escaparates.
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unit 481
Madrid está por explotar.
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unit 482
Todo consiste en tener pesquis.
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unit 483
¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una verdadera mina.
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unit 485
Pero nos hemos vuelto todos muy morales y muy rigoristas.
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unit 490
Su atavío era todo frescura, sencillez de obrera elegante.
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unit 492
Era compota de ciruelas lo que tomaba, con un pedazo de rosca.
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unit 493
«¿Ustedes gustan?...
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(Aurora tenía la costumbre de contar siempre por francos).
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Es verdaderamente encantador.
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Lo traeré aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes».
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¡Qué golosa era!
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--v--.
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De pronto se echó a reír Aurora.
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«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia.
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unit 518
Merecería en castigo casarse con él.
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unit 519
_Solamente_, que como es mi hermana, no le deseo esta catástrofe».
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unit 521
Le hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar.
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unit 523
Vaya, hombre, no te apures, que ya le hablarás otra noche.
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unit 524
Ahora no puede ser... ¡Qué pesados son estos novios!, ¿verdad?».
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unit 526
Creo que van a San Juan de Luz».
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unit 527
unit 529
--Niñas--dijo doña Casta, tocándoles en los hombros--.
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unit 530
¿De qué agua quieren ustedes?...
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¿_Progreso_ o Lozoya?
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unit 532
--Lo mismo me da--replicó Fortunata.
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unit 533
--Toma Lozoya, y créeme--insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano--.
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unit 534
Por más que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre.
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unit 539
Las once y media serían cuando sintieron la voz de Ballester.
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unit 540
Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente.
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unit 541
«Si bajan ustedes--dijo Rubín--, las espero aquí».
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unit 542
--Olimpia--gritó Ballester--.
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unit 543
Venimos de ver la obra que se estrenó anteanoche.
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unit 544
¡Qué mala es!
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¿Tiene usted ya noticias de ella?
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--¿Yo?...
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¿Qué está usted diciendo?
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unit 557
unit 558
Fue ella a buscarle a la botica a la hora concertada, y no le encontró.
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unit 559
unit 561
Le he mandado que se trasquilase esta misma tarde.
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unit 563
Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto.
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unit 564
Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo.
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Es lo que hace falta».
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--¡Pobrecito!...--exclamó Fortunata--.
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unit 567
¿Pero ve usted por dónde le ha dado?...
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Yo no he visto un desatinar semejante.
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Leo en las caras».
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--Pues en la mía poco habrá leído usted.
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Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.
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--¿Qué disparates está usted diciendo?
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Perdóneme usted mi atrevimiento.
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--No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo?
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unit 584
Suéltela, suéltela.
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Ya ve usted que no me muerdo la lengua.
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--¡Ay, qué gracia!
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Me gusta usted por lo corto de genio.
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unit 589
--Al pan pan y al vino vino.
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unit 591
Pero le advierto una cosa...
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--¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...!
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unit 599
Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe reservarse el secreto.
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unit 600
Es un específico.
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--Este Segismundo está ido--dijo Fortunata--.
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unit 602
Vámonos.
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unit 604
--Estos hombres felices son muy impertinentes.
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unit 606
¡Qué babosos... _semos_!
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unit 607
¡Luego se queja el nene!...
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--vi-- .
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unit 625
Me he dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'.
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unit 626
En la situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte.
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unit 627
Por eso me contengo y me trago todo el veneno.
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unit 629
Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas.
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unit 633
No vengas ahora con lagrimitas que han de parecer de hipocresía.
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Porque yo digo una cosa.
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Óyeme atentamente».
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unit 638
Hay casos, y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio.
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unit 639
Pues si tú hubieras venido a mí y me hubieras dicho:.
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'Tía, esto me pasa.
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unit 641
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¡Oh!, la cosa variaba mucho.
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Pero lo que es por mí...».
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unit 650
No se conformaba esto con las ideas absolutas de la joven criminal.
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unit 652
Infierno o Cielo, y nada más.
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unit 659
He sabido que la persona que te trae dislocada no está ya en Madrid.
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unit 661
Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda.
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unit 672
¡Vaya, con el caballerito!
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unit 673
Es cosa de dar parte a la policía.
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unit 676
Tú no sabes quién soy, tú no me conoces.
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unit 677
¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...!
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unit 678
Bien merecido tienes lo que te pasa.
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unit 680
Y al finalizar estaba doña Lupe radiante.
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unit 683
Ni la sombra de este pensamiento dejaba entrever a Fortunata.
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unit 684
Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas.
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unit 685
«¿Le habrá dado dinero?».
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unit 686
Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba afirmativamente.
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«Tiene que haberle dado algo, quizás grandes cantidades.
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¿Pero dónde demonios las tiene?
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unit 689
¿Qué hace que no me las da para que se las coloque?...
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unit 691
unit 692
Pero al fin ello saldrá».
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unit 696
Busca por allí, busca por allá, y nada.
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unit 697
unit 699
«¿Tendralos cosidos en la ropa?--pensó--.
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unit 700
Puede ser.
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unit 701
Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y sabe más...!».
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unit 702
unit 705
¡Y no se comprende que siendo él tan rico y ella una pobre...!».
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unit 706
El baúl, que sólo contenía ropas viejas, no dio tampoco nada de sí.
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unit 707
unit 708
En alguna parte está el escondrijo.
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unit 709
Dinero hay, o no hay dinero en el mundo».
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como quien estimula la generación de una idea, y dijo:.
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unit 714
--vii--.
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Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de negocios.
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unit 723
unit 724
Allí venía bien decir que el _difunto era más chico_.
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Fortunata estaba planchando.
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«Hola, D. Paco; yo bien, ¿y usted?...
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«Pues nada--dijo--, que estoy de enhorabuena».
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--Qué, ¿te ha caído la lotería?
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--No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías?
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unit 742
Ni falta... Es mucho más que eso, porque he encontrado lo que buscaba.
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unit 751
«Bueno--dijo la tía, viendo que le venía encima una nube--.
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unit 755
Tendré que pasar las noches de claro en claro.
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unit 758
¿De dónde emana el alma?
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Aquí estaba el intríngulis.
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unit 767
Le faltaba poco para echarse a llorar.
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--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso--.
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unit 775
Si usted es materialista, nunca nos entenderemos.
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Usted es de la escuela de mi hermano Juan Pablo: _fuerza y materia_.
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unit 779
Ya discutiremos eso.
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unit 782
Su mujer fue tras él muy afligida.
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unit 785
«Ved aquí fijados los puntos capitales--balbucía él, escribiendo--.
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unit 786
Solidaridad de sustancia espiritual.
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unit 787
La encarnación es un estado penitenciario o de prueba.
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unit 788
La muerte es la liberación, el indulto o sea la vida verdadera.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 789
Procuremos obtenerla pronto...».
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Yo también discurro.
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Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó.
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unit 795
«Tú también discurres--le dijo con dulzura--.
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unit 796
Lo sé, tú piensas, porque sientes; tú me comprendes, porque amas.
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unit 800
Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.
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unit 802
El gran misterio de la revelación se ha renovado en mí.
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unit 803
Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho quien todo se lo sabe».
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--¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?
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unit 809
Ella lo comprendió.
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«Tiene razón, tía... ese materialista que no entre más aquí».
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--Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya.
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unit 812
Yo le diré que se largue con su materialismo a los infiernos.
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unit 813
--¿Te sientes bien?
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unit 814
¿Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cariño.
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unit 818
Verán cómo no lo necesito.
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Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la quiero.
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unit 820
No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el alma.
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A Fortunata se le humedecieron los ojos.
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unit 822
unit 823
unit 824
Ya esto no tiene soldadura».
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--viii--.
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Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos.
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unit 829
Doña Lupe entraba y salía, dando suspiros y haciendo algún puchero.
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Después parecía más exaltado.
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Quien todo se lo sabe me lo ha dicho a mí».
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Fortunata no entendía palotada.
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¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto?
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¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento?
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Yo digo que esto es música pura; _la cosa en sí bemol_.
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¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera!
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Conque, saque usted la consecuencia.
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¡Si nadie se lo ha de agradecer!...
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Efecto inmediato.
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Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena.
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¡Ingrato!
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Hoy ha estado Candelaria limpiando toda la casa».
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¡Cuidado que no haberle escrito ni una sola letra, pero ni una...!
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Aurora convenía en que era una gran bribonada.
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«¿Creerás que se me ha metido una cosa en la cabeza?...
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Ello no será; pero bien podría ser.
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unit 891
Ayer estuvo doña Guillermina en la tienda.
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Se fue con ellos y con ellos vuelve.
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¡Si habrá algo...!
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unit 900
¿A ti qué te parece?».
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Fortunata estaba absorta y como lela.
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Le parecía increíble lo que su amiga contaba.
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«¡Porque es muy rara esa persecución!
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unit 905
Yo no sé, no sé.
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unit 906
¿Habrá algo?...
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¿Qué te parece a ti?».
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unit 912
unit 913
--ix--.
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unit 916
El enemigo en puerta.
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Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.
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unit 923
No, yo no te hago ese disfavor... para que veas.
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unit 926
--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta.
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unit 929
señora?...
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unit 930
--No, yo no digo nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
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Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos fondos.
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unit 932
--¿Pero qué fondos, ni qué...?
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unit 933
Usted está soñando.
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unit 935
¡Si me querrás hacer creer que no te da...!
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unit 937
Me daría si me viera en una necesidad.
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unit 938
Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.
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unit 939
Iba doña Lupe a soltarle otra andanada.
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unit 940
«Valiente turrón te ha caído, grandísima idiota.
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unit 941
Por no saber, no sabes ni siquiera perderte».
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unit 943
No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común.
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unit 944
¡Qué canalla y al mismo tiempo qué bestia!
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unit 956
¿Qué más da que estén las botas con o sin betún?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 957
La que debe tener lustre es el alma, no el calzado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 958
Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas niñerías.
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unit 959
¡Injusto estuve con la pobre chiquilla!
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unit 960
¡Inocente y angelical criatura!
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unit 962
El tenido por justo hace setenta y dos barbaridades cada día.
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unit 964
«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja?
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unit 966
Porque hoy me parece que venimos muy _evangelísticos_.
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unit 967
Cuidadito.
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unit 968
Ya sabe usted cómo las gasto».
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unit 969
--Pégueme usted.
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unit 970
No me importa--le contestó Maxi, dejando el sombrero en la percha--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
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¡Qué humanidad tan imbécil!
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unit 973
Amigo Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte!
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unit 975
¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el no comer!
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unit 979
Estoy guapo, ¿sí o no?».
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unit 982
--Pues más he de estarlo mañana.
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unit 983
unit 984
¿Le conoce usted?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 986
Ahora le llaman _el distinguido pensador_.
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unit 987
¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 988
Porque usted no piensa con juicio y él sí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 996
Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 997
Del balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 999
Ahora baja la cuerda con un dulce... Como anoche, lo mismo que anoche.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1000
Veréis, veréis la broma que le tengo preparada».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1002
unit 1003
«Pero es preciso que me ayudéis.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1006
Quito la yema, ¿sabes?...
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unit 1007
y pongo esta.
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unit 1008
La hice anoche.
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Se la come y revienta como un triquitraque».
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Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma.
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«Hombre, matarle no--dijo Padilla--.
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Si la hubieras hecho de jalapa, escamonea o cosa así...».
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¿Y qué?
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Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía.
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«Él se la tiene que comer...--dijo guardando la bola--.
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--x--.
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Le dolía la cabeza y tenía náuseas.
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«Lo que tú tienes--pensaba--, es el afán de volver al reclamo.
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Estás luchando contigo misma.
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Quieres ir y no te determinas».
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Allá os arregléis a vuestro gusto.
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Yo estoy rendida».
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«No puedo resistir más esta vida de perros--decía--.
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Dios tenga compasión de mí».
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Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz.
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Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto.
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Él la miró con gran tranquilidad.
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«Yo creí que dormías.
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¿No tienes sueño?
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Pues charlaremos de cosas agradables».
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--Como quieras.
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--No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte.
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Espera un poco.
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Esto, ya lo ves: es un puñal».
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«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares.
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Aquí dice: _Toledo, 1873_.
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Es bonito, ¿verdad?
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¿A ti que te parece?
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La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar.
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«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo».
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--¡Miedo!--exclamó él con asombro y desconsuelo--.
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¿Ahora salimos con eso?
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Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas para de día.
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Ahora, a dormir.
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--¡Dormir!...
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Ahí tienes otra tontería.
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Dormir, ¿y qué saca uno de dormir?
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Querida mía, o estás conmigo o estás contra mí; decídete pronto.
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¿Estás dispuesta a tomar la llave de la puerta y escaparte conmigo?
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¿Sí?
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Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío.
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¡Ay qué miedo tan grande!
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Las religiones dominantes prohíben el suicidio.
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¡Qué tontas son!
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La mía lo ordena.
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La liberación no debiera llamarse suicidio.
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La expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera.
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unit 1095
¿Cómo?
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Mira».
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unit 1099
La carne es carne, y mientras tenga vida hace la gracia de doler.
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unit 1101
unit 1102
¿Prefieres el arma de fuego?
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unit 1104
unit 1107
«Vete enterando.
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unit 1109
La _atropina_ es esta, y esta la _cicutina_.
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unit 1110
¿Ves?, polvos blancos.
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unit 1114
¿Qué te parece a ti?
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unit 1115
¿Preferiremos la _digitalina_, que mata por asfixia?
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unit 1116
¿O nos fijaremos en los mercuriales?
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unit 1120
Esto sí que mata, y pronto.
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unit 1121
¿Ves este polvo gris?
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unit 1122
Es la _gelsemina_, la maravilla de la toxicación.
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unit 1123
unit 1124
Muerte instantánea».
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unit 1125
--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no podía resistir más--.
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unit 1126
Si no guardas todo eso, me levanto y me voy.
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unit 1133
Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan las dos bestias.
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Maximiliano meditaba.
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«No me parece muy practicable tu solución».
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unit 1136
--Sí, chico, sí, te digo que sí.
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unit 1139
Te prometo guardarlos.
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unit 1140
Pero qué, ¿desconfías de mí?...
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Gracias, hombre.
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«Tate, tate; déjame esto aquí.
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unit 1144
Yo lo guardaré...».
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unit 1146
Yo te prometo no tocarlo.
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¡Qué cosas tienes!...
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unit 1149
Pero te has de acostar... --Si no tengo sueño, a Dios gracias.
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unit 1156
Ella durmió muy poco.
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Descuida, que no lo perderé.
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unit 1162
¿Tienes o no confianza en mí?
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--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido--.
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Así te quiero.
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Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.
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--Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito.
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unit 1171
Venga... Por aquello de cumplir.
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Ya no la puedo sufrir.
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Las ganas teníalas la bestia, él no.
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--xi--.
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¡Vaya un cuidado que tiene usted!
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Vea lo que llevó a casa...».
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No sé cómo le permitió andar en esto.
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Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca.
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unit 1188
En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa picaresca.
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«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad?
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unit 1191
Voy a la boda, y esta noche le traeré a usted los dulces».
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unit 1192
Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación.
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unit 1193
Las medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto.
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unit 1194
Hoy hemos hablado mi tía y yo.
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unit 1196
¿No se decide usted a darle eso que decía?...
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unit 1198
--¡Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos.
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--¿Ya está usted con sus guasas?
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unit 1203
¿Irá usted arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?
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unit 1204
--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí.
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Según esté ese.
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--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico.
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unit 1207
Padilla le invitará a entrar y le ofrecerá dulces.
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«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz?
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Si es un buen chico».
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unit 1213
¡Si es un chico muy bueno!
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unit 1214
Me han dicho que mantiene a su madre... --¡Que mantiene a su madre!
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Pues estará lucida.
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¿Y con qué la mantiene?
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¿Con los artículos?
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--Le dan dos duros por cada uno.
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Ya ve usted.
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Y hace cuatro todas las semanas.
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¿Me hará usted el favor que le pido?
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¡Pobre muchacho!
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Me pongo de su parte.
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unit 1227
¡Qué malo es usted!
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unit 1231
¡Mal de muchos...!
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--¿Qué está diciendo?
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unit 1235
¡Pobre señor!...
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Plantón como aquel no se ha llevado nunca.
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¿Quiere usted que le dé un consejo?
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unit 1241
Pues trátele a la baqueta.
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unit 1242
Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle.
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unit 1243
Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo?
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unit 1246
«Abur, abur--dijo levantándose--.
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unit 1247
Tengo que volverme a mi casa».
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unit 1248
--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo?
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unit 1250
--¿Qué le digo?...
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Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si usted me lo manda.
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¿Dígole que no parezca más por aquí?...
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¡Ay, qué mujer!
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Allá va como una exhalación.
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unit 1256
¡Ah!
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Segismundo, paciencia.
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Sin duda ha habido hocicadas en el portal».
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Maxi continuaba tranquilo.
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Más bien parecía un convaleciente que un enfermo.
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Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella tarde.
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Al fin, ¡oh, dicha increíble!...
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unit 1289
--xii--.
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«Ya no me queda duda.
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Ciertos son los toros.
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¿Sabes que el primo Moreno no sale de la tienda?
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unit 1296
El muy tonto, ¡qué mal lo disimula!
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unit 1298
¿Por qué no se va al extranjero como otros años?
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unit 1299
Buen pajarraco está.
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unit 1301
¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto, un inmoral, un corrompido.
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unit 1302
No le gustan más que las casadas.
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unit 1303
Me lo ha dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho».
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unit 1308
Yo tenía dieciocho años, él treinta y pico.
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unit 1309
¿Te vas enterando?
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Fortunata atendía con toda su alma.
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unit 1311
«¿Quieres que te hable con franqueza?
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unit 1313
Es muy lagarto ese hombre.
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unit 1314
¡Casarse conmigo!
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unit 1315
Sí, para mí estaba.
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A lo mejor, meses y meses sin parecer por aquí.
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En aquel tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió.
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Mamá tenía todavía ilusiones; papá se había curado de ellas.
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«Pues verás.
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unit 1324
No se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra.
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unit 1325
¡Ay hija, qué peligro tan grande!
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unit 1326
Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba.
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Yo no sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza.
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unit 1328
unit 1329
Estuve a dos dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí.
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¡Dios mío, qué hombre!, es absurdo».
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--Yo... te diré... me pasaba una cosa particular.
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Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo?
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Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos!
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Pues verás.
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Me quedé...
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unit 1341
¡ay!, no te quiero decir nada.
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--¿Y tu marido estaba contigo?
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unit 1343
--No; ese es el caso.
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Fenelón había ido a París a hacer compras.
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¡Si mamá lo supiera...!
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Llegó el 70, y al pobrecito Fenelón le mataron esos infames prusianos.
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Fue un dolor... ¡ah!
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por ser valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta!
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¡Quia!
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Me le encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa.
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¿Creerás que me dijo algo de amor?
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¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que me había hecho?
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Buen cumplimiento nos dé Dios.
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Hija, frialdad igual no he visto.
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unit 1361
¡Monstruo!
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Bien merecido le está; me alegro.
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Que lo pague.
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unit 1368
Y para mayor desgracia, se engolosina ahora con Jacinta.
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¡Ah!, las señas son mortales.
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¿Tendrán citas?
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He aquí mi idea.
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Te juro que lo he de averiguar.
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Imposible que yo no lo averigüe.
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unit 1380
Sí; santidades a cuarto; véase la clase.
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unit 1382
¿Pues qué cree ese?
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unit 1387
Fortunata no chistó.
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unit 1389
Jacinta...
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unit 1390
¡Jesús!..
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unit 1392
¿Qué diría?...
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unit 1393
ja, ja, ja... ¡Ya no había virtud!
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unit 1394
¡Ya no había más ley que el amor!...
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unit 1395
¡Ya podía ella alzar su frente!
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unit 1396
Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y abrumara.
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unit 1397

Parte cuarta.

-I-

En la calle del Ave-María.

--i--.

Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al
frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi
por los garrafales errores en que este incurría. Llegó el caso de
prohibirle que hiciese por sí solo ningún medicamento de cuidado.
«¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los _alcoholatos_ con las
_tinturas alcohólicas_, apaga y vámonos. Este frasco es el _alcohol de
coclearia_, y este otro la _tintura de acónito_... Vea usted la receta y
fíjese bien... Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el
establecimiento».

Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le
quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía. «Pero ¿qué
demonios ha echado usted aquí?--dijo luego con enojo, llevándose el
potingue a la nariz--. O esto es _valeriana_ o no sé lo que me pesco.

¡Cuando digo...! Hoy está usted muy malo. Más vale que se retire a su
casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llévese usted un
derivativo... Mire, mire, llévese también un preparado de hierro. El
derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una
píldora de _hierro reducido por el hidrógeno_, con _extracto de
ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos
calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?, y sobre todo,
paséese usted y no lea tanto».

Relevado por su regente de la obligación de trabajar, Rubín se fue al
laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer.
Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caía
en la lectura como en una cisterna; tan abstraído estaba y tan apartado
de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos
y con sus ojos su espíritu. Tomaba extrañas e increíbles posturas. A
veces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta mucho más
arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentro
de la estantería baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces
del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las
manos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el
codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la
silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se
extendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en
las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de
deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos
extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto aparecía por
arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo
de donde estaban las rodillas;. ya se le veía abierto con las hojas al
viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de
desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminuía era la atención del
lector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos de
la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.

Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes
estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simpático, no muy
limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente,
terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener
muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas
pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica
y laboratorio.

«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache
menudencias--dijo, parándose ante Rubín--. Mire, allí está esa mujer
esperando hace un cuarto de hora... Diez céntimos de diaquilón. En
aquella gaveta está. Vamos, menéese».

Rubín salía a la tienda y despachaba.

«¿En dónde están los frascos de _Emulsión Scott_?».

--Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es preciso
cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí...
leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tararí,
tararí...

Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.

«¿Y qué lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La
pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yo
a ocupar de si había personas en Júpiter! Cuando digo que usted, amigo
Rubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va ni
qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van a
dar a usted algo por el descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy de
barato--añadió luego, poniéndose a machacar en el mortero--, yo doy de
barato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay.
Bueno, ¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados como
nosotros».

Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en un
rincón de la anaquelería, que apestaba a fénico, entre dos potes de
este líquido;. después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el
cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que
activaba la circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de una
percha colgaba, y a la calle. Poco tenía que andar por ella para ir a su
casa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía le
dijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer.
Maxi ocupó su sitio en la mesa, doña Lupe le recogió el sombreo, y
volviendo al poco rato, sentose en el sofá de paja; ambos esperaron un
rato en silencio.

«Cuidado que hoy tarda más que nunca» observó doña Lupe; y como notase
en el rostro de su sobrino señales de desasosiego, se apresuró a
entablar conversación más amena.

«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche. ¡Ah!, si
tú fueras otro, si tú tuvieras ambición, pronto seríamos todos ricos. El
farmacéutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene
vocación de pobre. Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro
poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Créeme, yo
te ayudaría».

--No crea usted, tía, yo también he pensado en eso. Ayer se me ocurría
una aplicación del _hierro dializado_ a sin fin de medicamentos... Creo
que encontraría una fórmula nueva.

--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas
algo, que sea _panacea_, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo,
y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsulas,
jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantísima
droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para
todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano,
no se la coja. Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares. Ha
hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es
algo así como _latro-faccioso_...

--El _lacto-fosfato de cal perfeccionado_--dijo Maxi--. En cuanto a las
_panaceas_, la moral farmacéutica no las admite.

--¡Qué tonto!... ¿Y qué tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no
saldrás de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de
Ballester: también me salió el otro día con esa música. ¿Nada os dice la
experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dejó capital a su familia,
porque también tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se
vendían en su farmacia sino muy contados específicos. Casta bufaba con
esto. También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y
deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero... Pero buen
par de sosos tiene en su establecimiento...

Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no
expresaba su impaciencia con palabras. Por fin sonó la campanilla
débilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y
cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos
posible su tardío regreso al hogar doméstico. Papitos corrió a abrir, y
doña Lupe fue a la cocina. Maxi habló con su mujer en un tono que
indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no
hubiese entrado antes. Tenía ella los ojos encendidos como de haber
llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena. Pero
Rubín no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer
aquella noche. Hacía algún tiempo que la facultad de observación se
eclipsaba en él; vivía de sí mismo, y todas sus ideas y sentimientos
procedían de la elaboración interior. La impulsión objetiva era casi
nula, resultando de esto una existencia enteramente soñadora.

A doña Lupe sí que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas.
Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido,
_impropio de la estación_, porque todavía no había entrado Julio, aunque
faltaban pocos días; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente
que salía para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventuró
Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse
a ir a San Sebastián a tomar baños de mar. Mostrándose muy apático, dijo
el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas
marinas del Cantábrico_, a lo que respondió su mujer con energía:. «Eso
de las algas es conversación, y aunque no lo fuera, lo que más importa
es tomar las _brisas_».

Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno,
la señora de Jáuregui se decía lo siguiente: «Te veo venir... buena
pieza. Ya sé yo las _brisas_ que tú quieres. Después de zarandearte
aquí, quieres zarandearte allá, porque se te va el amigo... Sí, lo sé
por Casta. Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana.
Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... ¡A San
Sebastián nada menos! Estás fresca... Ya te daré yo _brisas_...».

Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir. Fuese doña
Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media
noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del
calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la
realidad. Él proponía los temas más extravagantes, por ejemplo: «¿Cuál
de nosotros dos se morirá primero? Porque yo estoy muy delicado; pero
con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años. Los
temperamentos delicados son los que más viven, y los robustos están más
expuestos a dar un estallido». Hacía ella esfuerzos por sostener plática
tan soporífera y desagradable. Otra proposición de Maxi: «Mira una cosa;
si yo no estuviera casado contigo, me consagraría por entero a la vida
religiosa. No sabes tú cómo me seduce, cómo me llama... Abstraerse,
renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir sólo
para adentro... este es el único bien positivo; lo demás es darle
vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua».

Fortunata decía a todo que sí, y aparentando ocuparse de aquello,
pensaba en lo suyo, meciéndose en la dulce oscuridad y la tibia
atmósfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de
los faroles de la calle. Dicha luz reproducía en el techo de la
habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y
esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo
raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una
butaca con la cabeza echada hacia atrás. Maxi volvió a machacar: «Si no
fuera por ti, no se me importaría nada morirme. Es más, la idea de la
muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en
otra parte lo que aquí no ha sido más que una tentativa. Si nos
aseguraran que no nos moriríamos nunca, pronto se convertiría uno en
bestia, ¿no te parece a ti?».

--¿Pues qué duda tiene?--respondía la otra maquinalmente, dejando a su
idea revolotear por el techo.

--Yo pienso mucho en esto, y me entregaría desde luego a la vida
interior, si no fuera porque está uno atado a un carro de afectos, del
cual hay que tirar.

--¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!--pensó la esposa. Era probado:
Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia
espiritual, al día siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la
manía de que todos se conjuraban contra él.

Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar. Fortunata
encendió luz, y él fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un
viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con
estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un
cerebro dado a los demonios:. «Veremos si esta noche sueño lo mismo que
soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el
laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en
papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti.
Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara,
sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el
frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en
aquel sopor... Tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció
un ángel y me dijo, dice: 'José, no tengas celos, que si tu mujer está
encinta, es por obra del _Pensamiento puro_...'. ¿Ves qué disparates? Es
que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...».

Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en
profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la
farmacia.

--ii--.

Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor.
Echose medio vestida en el sofá, y a la madrugada, después de haber
dormido algunos ratos, sintió que su marido estaba despierto. Oíale dar
suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera. Sintiole
palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cayó al
suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lívida que los fósforos
despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendió buscando la caja, y
al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado
resplandor, como difusa humareda. Este fenómeno desapareció con el
restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando
la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y
viendo a su mujer acostada, dijo: «¡Ah!... estás ahí... ¡qué bien haces
el papel!».

Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía. Pero
entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Púsose Maxi la ropa
necesaria para no levantarse desnudo, y se bajó de la cama
cautelosamente. Cogiendo la vela, salió al pasillo. Fortunata le sintió
reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella
tenía su ropa, y después el comedor y la cocina. Tantas veces había
hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se había acostumbrado a tal
extravagancia. Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba
o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.

Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día. «Si no
te cojo hoy, te cojo mañana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sentí
pasos, yo sentí cuchicheos; tú saliste de aquí... Has vuelto a entrar y
estás ahí haciéndote la dormida para engañarme... Déjate estar... Yo
estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A
buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene
duda. No vale el jurarme que no había nadie. Pues qué, ¿no tengo yo
oídos?... ¿Estoy yo tonto?».

Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su
mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se
aplacara. Pero esto no era fácil, y una vez desatada la insana manía, ya
había jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empezó a dar trancos
por la habitación, manoteando y hablando solo.

«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo más horrible es
que mi tía es encubridora... Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si
ella no lo consintiera? Y Papitos también es encubridora. Buenas
propinas se calzará. Pero ya te arreglaré yo, _celestina_ menuda. Que no
me vengan con tonterías. Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la
entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el
aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!... Y anteayer había en esa
misma alcoba la impresión, sí, la impresión de una persona que aquí
estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como
un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aquí
entró alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. ¡Dios mío! ¿De qué
le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un
cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno
vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es
preciso vigilar más todavía y no perder de vista ni un momento a mi
mujer, a mi tía, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la
puerta, y yo la voy a reventar».

Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba. Lo particular
era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las
extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas
acerbísimas, afán angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer
y acontecer.

«¿Qué disparates estás hablando ahí?--le dijo su mujer--. ¿Por qué no te
acuestas? Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí».

--¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir? ¡Qué
conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!... Tú lo negarás
ahora... ¿Quién andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino
paga todas las culpas. ¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato,
¿verdad?, justo. ¡Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que
mi tía consienta esto, mi tía que me quiere tanto. ¡Tú, ya sé que no me
quieres; pero mi tía...! Vamos que... Pues esa víbora de Papitos, con su
cara de mona... ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene
defensa contra tanto enemigo; la traición le rodea; la deslealtad le
acecha. Aquellos en quienes más confía le venden. Donde menos lo piensa,
en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede
haber honor. En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos
engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.

Fortunata se vistió a toda prisa. Sabía por experiencia que mientras más
le contradecía era peor. Un rato estuvo sentada en el sofá, oyéndole
disparatar y aguardando a que avanzara un poco la mañana par avisar a
doña Lupe. Antes de ir a lavarse, pasó por la alcoba de su tía, que ya
estaba vistiendo, y le dijo: «Hoy está atroz... ¡pobrecito!... A ver si
usted le puede calmar».

--Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar. Si yo
faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que
encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad
es lo que le pone así, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo.
Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester,
_chocolate con hierro dializado_... ¡Qué chico, vaya por dónde le da...!
Salgo al momento.

Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como
antes. «Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme--dijo
clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta
esto y lo encubra y me quiera matar,. porque sépalo usted, para mí el
honor es primero que la vida».

--Hijo de mi alma--le contestó doña Lupe poniendo el chocolate sobre la
mesa--, después hablaremos de eso... Yo te explicaré lo que hay, y te
convencerás de que todo es una figuración tuya. Toma primero el
chocolate, que estás muy débil...

El joven se dejó caer en el sofá, inclinándose hacia la mesa próxima, en
que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo mojó en el líquido
espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo
mismo, si bien en tono más tranquilo. «No sé cómo me va usted a
convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no
valen...».

Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.

«Tía... ¡Fortunata!... ¿qué es esto?, ¿qué me dan?... Este chocolate
tiene arsénico».

--¡Hijo, por María Santísima!--exclamó doña Lupe consternada, a punto
que entraba su sobrina.

--¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del
arsénico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y
no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando
lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el
ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es
este, Dios mío?...

--Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el
chocolate...!

--¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...!

Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante
de sus paseos...

«Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de
enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi
muerte».

--¡Conque arsénico...!--dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza
de obtener así mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un
majadero, voy a tomarme yo el chocolate.

Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito.

«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico
está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me
vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo,
que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho
que nos haces sufrir».

Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en
presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una
lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que
también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en
que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo
creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo
mala que es y la inquina que me tiene».

--Vamos, que es para pegarte--le contestó doña Lupe--. ¡Tomarla así con
la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la
culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no
os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace
calor; la mañana está deliciosa.

Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir.
Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la
mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita
que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con
los ojos malas impresiones.

«Eso--murmuró él de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la
calle, para...».

--Pero alma de Dios, si va ella contigo...

--¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren
armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al
sagrado de mi honor...!

--Todo sea por Dios.--¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la
_Correspondencia_ lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y
cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice,
que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron
al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al
estanque...

--¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos?

--La _Correspondencia_ no ha traído tal cosa--dijo Fortunata.

--Vamos, lo habrás soñado tú.

--Yo no lo he soñado--gritó él levantándose con golpe de resorte--. Es
verdad; lo he leído en la _Correspondencia_... y... ¡También me llaman
embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes...
ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes...

Doña Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia
divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia
tocase ya al punto en que agotarse debía.

«Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la
distracción se te despejará la cabeza».

Sabía por experiencia la señora de Jáuregui que en los ataques fuertes
de su sobrino, Ballester era la única persona que le hacía entrar en
razón, desplegando ante él, ya la burla descarada, ya la autoridad seca
y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las
más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su
recelo furibundo. «Bueno, bajaré--dijo Maxi tomando su sombrero--.
Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester. De mí no se ríe
más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara. ¿A que no se
atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la
espalda».

Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él. Cogiendo de la percha
del recibimiento la caña que usaba, salió dando un fuerte portazo. Bajó
rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcón le
vieron las dos señoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente,
mirar hacia la casa... Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con
cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo
molinete con el bastón. A cada instante se paraba y volvía hacia atrás.
Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas
vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto
imperativo: «Aquí pronto... ¡Me gusta...! Venga usted aquí».

En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha
las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entró Rubín en la botica
diciendo a su regente: «Buenos días, amigo Ballester. No le había visto.
Iba a tomar un poco el aire. Y usted, ¿qué tal?».

--iii--.

«Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contestó Segismundo con
cara de muy mal genio--.

El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos
frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son
las del _jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico_; las
verdes el mismo con _hierro dializado_. Como usted me trueque las
papeletas, le trituro».

Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de
su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron
seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de
diferentes colores. Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita
de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba
disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las
vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se
fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia
del joven, el regente se quedó muy tranquilo y no dijo más que: «Ya
voló... buena va». Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y
su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. «Pero
no tendré yo esa suerte--decía--, y ya me lo volverán a traer para que
le amanse».

Maxi subió a su casa. Al abrirle la puerta, no se admiró Fortunata de lo
descompuesto que venía, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas
apariciones. «Supongo--dijo él con trémulo labio--, que no me lo
negarás ahora... Puede que mi tía lo niegue... ¡es tan hipócrita...!
Pero tú no, tú eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices,
¿verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, ¿qué tenéis que
decir?».

«Otra vez... pero hijo...» chilló doña Lupe, saliendo al recibimiento.

--Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega.
Cierto que no le cogeré; porque habrá saltado por el balcón; pero no me
negarán que entró... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la
botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y
huella, señores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada.

--¡Pues estamos divertidas!--dijo doña Lupe a Fortunata, que daba
suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.

--La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de
Papitos--gritó él, dando algunos pasos hacia la cocina.

--¡Papitos!, está en la compra. ¡Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas.
A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre...
Niño, niño, se acabaron las tonterías.

Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y
correccional. «Mira que no te podemos sufrir... Lo que tú tienes es
mucho mimo».

El desgraciado joven se dejó caer en un banco que en el recibimiento
había, el cual semejaba banco de iglesia, y allí se transformó la
máscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternación.
«Garantíceme usted... pues... que mi honor está... lo que llaman
intacto... y yo me tranquilizaré».

«¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él? Si todo es humo,
humo que hay dentro de esta cabeza».

--¡Humo!... ¡ah!...--Sí, todo humo--dijo Fortunata, poniéndole
cariñosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temerás nada. Es
la imaginación, nada más que la imaginación... la loca de la casa, como
decía tu hermano Nicolás.

--¿Sabes lo que vamos a hacer?--indicó doña Lupe, algún tiempo después,
aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos
a darle de almorzar.

Su mujer le agarró por un brazo para llevarle a la mesa, y él no hizo
ninguna resistencia. Temían una y otra que no quisiese tomar nada,
fundándose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de
ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular. Tenía poco
apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia
considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariñosas se mostraron, que
Maxi comió más que otros días, sin hacer observación alguna ni quejarse
de lo mal condimentado que estaba todo. Hiciéronle café y esto fue lo
único que tomó con gana. De sobremesa, trató doña Lupe de alegrarse los
espíritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga
del honor;. mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta
de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque
había pasado, y pronto vendría la completa serenidad. Al despedirse para
volver a la botica, llevó a su mujer aparte y le dijo: «Prométeme no
salir esta tarde... prométeme no salir nunca sino conmigo».

--¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren! No pienso en tal
cosa--replicó ella sonriendo--. Aquí me estaré esperándote. A la noche
iremos a casa de doña Casta. ¿Quieres? O a paseo.

Mientras esto decía, doña Lupe, acechándola desde un rincón del pasillo,
fijaba en ella una mirada astuta.

Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado. En un rato
que tuvo libre, se fue al rincón del laboratorio en que guardaba sus
libros, y cogió uno disponiéndose a sumergirse en la lectura. Pero
Ballester tomó una vara; se fue derecho a él, y arrebatándole el libro,
le amenazó con castigarle. «Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo
que nos trastorna. ¿A ver qué es esto?... ¡Hombre, qué bonito!

_Errores de la teogonía egipcia y persa_... Esto reza el epígrafe del
capítulo... Pero, criatura, ¿que siempre ha de estar usted metiéndose en
lo que no le importa? ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que
aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran
muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. ¡Que tenían los
dioses por gruesas! Bueno, ¿y qué? ¿Acaso los tiene usted que mantener?
Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontería
(exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera); no puedo ver
que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha
de sacar lo que el negro del sermón... Que le escondo los libros, que se
los quemo... Voy al momento».

Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta.

«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted. Alcánceme el alcanfor, el
nitro dulce, el polvo de regaliz...».

Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvió Ballester a coger
la vara, y continuó la filípica de este modo:

«Lo mismo que la tontería en que ahora ha dado... que le van a quitar su
honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le
tienden asechanzas a su honor... ¡Qué melodramáticos estamos y qué
simples _semos_! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a
quien está casado con una mujer, que es _la casta Susana_, sí señor, me
ratifico, _la casta Susana_, mujer que antes se dejaría descuartizar que
mirarle a la cara a un hombre. ¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas
tragedias? ¡Ah!, si yo tuviera una hembra así, tan hermosa, tan
virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adoraría de
rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. ¡Su honor! Si
tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo. Tiene
usted un honor más limpio que el sol... ¿qué digo sol, si el sol tiene
manchas? Más limpio que la limpieza. Y todavía se queja... Nada, yo le
voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, ¡zas!...
No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy
mimadito que está. Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y
que se mira en las niñas de sus ojos... Como que es la verdad...
Carambita, pues si yo tuviera una mujer así...».

Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más
en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi
estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y
concluyó por sonreír, y al cabo de un gran rato le dijo:

«Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. ¿Quiere?».

--¿Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los
días, ilustre amigo mío. Iremos... en el bien entendido de que venga
Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridísimo
colega, a hacer estas píldoras de _protoioduro de mercurio_. Prepare
usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga. Receta de cuidado. Mucho
ojo... Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia.
¡Cuánto más bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuántas docenas
de dioses! Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado
estará el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a
fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y
si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado.
¡Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que
va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aquí...
¡Qué hermosa es la Farmacia! Para mí hay dos artes, la Farmacia y la
Música. Ambas curan a la humanidad. La Música es la Farmacia del alma, y
la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, ¿qué somos si no los
compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un
Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llámanse notas
allá, aquí las llamamos drogas, sustancias; allá sonatas, oratorios y
cuartetos... aquí vomitivos, diuréticos, tónicos, etc... El _quid_ está
en saber herir con la composición la parte sensible... ¿Qué le parecen
a usted estas teorías?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere.

A poco llegó el practicante que sólo hacía servicio en la botica por las
noches, y llevándole aparte, le dijo Segismundo: «Amigo Padilla, hoy
mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta
calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se
queda solo envenene a toda la parroquia».

--iv--.

Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña
Casta, donde debían reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar allí,
entró Ballester diciendo que se había levantado un airote muy fuerte y
amenazaba tormenta, por lo que unánimemente se acordó no salir;. se
encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza
para que la oyeran Maximiliano y Ballester.

Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran
admiración en la época en que era de moda ser tísico, o al menos
parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de
expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad
cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de
sílfide. Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la
vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y
Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete años
estuvo tecleando, y después tecleaba en casa bajo la dirección de un
reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratábase de que ganara
premio en los exámenes, y para esto la niña estuvo por espacio de tres
años estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca.
Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche. Ballester se la sabía ya
de memoria sin perder nota. No había logrado Olimpia _decir_ toda, toda
la pieza, desde el _adagio patético_ hasta el _presto con fuoco_, sin
equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se
embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía. Por eso
doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que
fuese perdiendo el miedo al _público_.

La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante,
porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado
en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la
familia para incorporarse. Era un chico de mérito, que estudiaba el
último año de no sé qué carrera, y escribía artículos de crítica
(gratis) en diferentes periódicos. A pesar de sus notables prendas,
doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente,
como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más
lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; leía todos los artículos
de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados
en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.
Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y
los mechones de pelo. Doña Casta no permitía aún al apreciable joven
entrar en la casa.

Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas
como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a
ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal,.
arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida
o de mal genio, según el pasaje. Parecía que los dedos eran bocas, y que
estas bocas tenían hambre atrasada por las muchas notas que se comían.
En ciertas escalas difíciles algunas notas se anticipaban a sus
predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un
efecto fácil, la pianista decía «aquí que no peco», y se indemnizaba de
las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas,
las exclamaciones de admiración no cesaban. «¡Qué dedos los de esta
chica!... Me río yo de Guelbenzu... ¡Y qué talento artístico, qué
expresión!» decía el gran tuno de Ballester.

Y doña Casta: «Ahora viene el paso difícil, ahora... En este trozo no
tiene pero... ¡Qué limpieza... qué manera de frasear!...». Doña Lupe
también hacía aspavientos, y Fortunata se veía obligada a expresar su
entusiasmo, aunque no entendía una palabra de tal cencerrada,. y en su
interior se pasmaba de que aquello se llamase _arte sublime_, y de que
las personas formales aplaudiesen música semejante a la de un taller de
calderería. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la
calle le gustaba y la conmovía más.

Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los
críticos la oía desde la calle. Cuando concluyó, estaba rendida,
sudorosa, le dolían todos los huesos y apenas podía respirar. Ni
siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le
echaban. La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis.
«Hija mía--le dijo su mamá, viéndola ir hacia el balcón--, no te asomes,
que estás sudando. Toma, ponte esta toquilla».

Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón,
salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que
se paseaba en la acera de enfrente.

Al poco rato entró Aurora, la mayor de _las Samaniegas_, que era muy
distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura,
de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de
carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello
corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las
mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de
los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.
Tenía más entendimiento que su hermana; vestía con esa sencillez airosa
de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de
tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje
era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y
como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja
honradamente.

Expliquemos esto. Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un
francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería.
A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a
Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca,
que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna.
Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por
causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas
esperanzas había de segar en flor. Fenelón, que era hombre bonísimo y de
inteligencia mercantil, tenía el defecto del _chauvinisme_. Empuñó las
armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los
prusianos le dejaron seco.

Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a
Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido
no pudieron tener empleo por no existir aquí _grandes almacenes_,. y los
que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a
las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida. Había
aprendido la viuda de Fenelón cuanto hay que saber en lo concerniente al
ramo de ropa blanca;. estaba fuerte en contabilidad; tenía nociones
claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio
bien montado, y hablaba el francés a la perfección. Pero todos estos
méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le
ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con
arreglo a los últimos adelantos del extranjero_, y llevar a él a persona
tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastísimo.
Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y
canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora. El capital para la
instalación de esta importante industria habíalo facilitado D. Manuel
Moreno-Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe
Samaniego. La tienda estaría en una casa nueva de la subida a Santa
Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates serían
de seguro los más vistosos y elegantes de Madrid. Inauguración, el 1º de
Setiembre. Samaniego estaba en París haciendo compras, y en la fecha a
que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda
provisional, que estaba próxima a la definitiva, había ya mucho trabajo.
Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas,
estaba disponiendo las piezas-modelo que se habían de presentar en los
primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De
sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes
riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá,
gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.

Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de
que estuvieran presentes doña Lupe, Fortunata o las demás amigas, para
dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la veía entrar, se le
iluminaba el rostro, y ya no se hablaba más que del establecimiento
nuevo, y de las cosas no vistas que en él admiraría el Madrid elegante.
Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso
Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa
blanca, cogió por un brazo a Maxi y le dijo:. «Nosotros nos vamos a ver
una piececita en Variedades». Dicho se está que Olimpia, no participando
de la presunción ni del entusiasmo mercantil de su mamá, seguía posada
en el antepecho del balcón del gabinete,. viendo pasar la sombra
melancólica del aburrido Aristarco, y arrojándole desde arriba alguna
palabrilla, para que endulzara el plantón.

«Estarás muy cansada, siéntate--decía doña Casta a su hija, armando el
corrillo--. ¿Cómo va eso?».

--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Será una cosa
espléndida. Ya están llegando cajas de novedades, cosas, ¡ay!, _por
ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aquí no
saben poner escaparates. Verán, verán el nuestro, con _todo lo que hay
de más lindo_, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y
entre a comprar algo. Después que entran, se les enseña más, se les
_hace ver_ esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin
caen. Los tenderos de aquí apenas tienen el arte del _etalaje_, y en
cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen
todavía a la escuela de Estupiñá, que reñía a los que iban a comprar.

--Yo creo--dijo doña Lupe con expresión avariciosa--, que Pepe Samaniego
va a hacer un gran negocio. Madrid está por explotar. Todo consiste en
tener pesquis. ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una
verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que
salga por ahí con su poco de _panacea_. Pero nos hemos vuelto todos muy
morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta, y los
extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero.

Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual
se había desviado un poco con aquello de la panacea.

«Por eso--dijo doña Casta--, un establecimiento montado como los mejores
del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí,
las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a
comprar la última novedad».

Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y
en este una gran hebilla. Su atavío era todo frescura, sencillez de
obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colación o
golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en
una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que
tomaba, con un pedazo de rosca.

«¿Ustedes gustan?... Pues decía que en las cajas que están ahora en la
Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de
hacer sensación. El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino
un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con
puntilla ordinaria. Verán, verán ustedes... Pues el faldón de bautizo,
_por ejemplo_, que estamos arreglando con encaje _valenciennes_, no se
podrá poner menos de quinientos francos. (Aurora tenía la costumbre de
contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traeré
aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes».

--Mejor será que vayamos nosotras allá--dijo doña Lupe--, y así veremos
y hociquearemos todo antes de que se abra al público.

Fortunata decía también algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no
despertaba en ella gran interés. Después que apuró el platillo de la
compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel.
¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se
dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Ponía esta señora
sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala
el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa.
Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso
contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la
temperatura, poniéndolos o no en el balcón,. Doña Lupe la ayudaba en la
traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la
cintura y ambas salieron al balcón de la sala.

Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de
coco.

Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se
secreteó con Fortunata: «Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo
va también con ellos».

--v--.

Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se
habían hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía,
y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin,
con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas
hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado,
estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos
de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se
trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.

Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos
mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle. De
pronto se echó a reír Aurora.

«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi
hermana es la única mujer que en el mundo existe capaz de querer a un
crítico. Merecería en castigo casarse con él. _Solamente_, que como es
mi hermana, no le deseo esta catástrofe».

«Vaya, que está apurado el hombre--decía Fortunata, riendo también--. Le
hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar. Estás tú fresco...
Será que quiere darle uno de esos artículos que escribe y en los cuales
cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre,
no te apures, que ya le hablarás otra noche. Ahora no puede ser... ¡Qué
pesados son estos novios!, ¿verdad?».

Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas
estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió
a decir: «Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con
ellos. Creo que van a San Juan de Luz».

Fortunata volvió la cara para el balcón del gabinete, donde estaba
Olimpia. Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco: «Van a
San Sebastián y a Biarritz, y a principios de Setiembre irán todos a
París».

--Niñas--dijo doña Casta, tocándoles en los hombros--. ¿De qué agua
quieren ustedes?... ¿_Progreso_ o Lozoya?

--Lo mismo me da--replicó Fortunata.

--Toma Lozoya, y créeme--insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano--.
Por más que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre.

--Eso va en gustos... Y también influye el hábito--arguyó Casta con la
suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado
bebiendo el agua de _Pontejos_, que es la misma que la de la Merced, que
hoy llaman _Progreso_, toda otra agua me parece que sabe a fango.

No insistiré en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de
Madrid. Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y
Aurora lo hacían en el balcón. Las once y media serían cuando sintieron
la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente.
«Si bajan ustedes--dijo Rubín--, las espero aquí».

--Olimpia--gritó Ballester--. Venimos de ver la obra que se estrenó
anteanoche. ¡Qué mala es! ¿Tiene usted ya noticias de ella?

--¿Yo?... ¿Qué está usted diciendo?

--Como usted se trata con autoridades...

Al decir esto pasaba el crítico junto a él.

«Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del
autor la pondrán en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a
mí por qué engañan de este modo al público».

--Déjeme usted en paz... ¡Qué tonto es usted!--replicó Olimpia, y se
metió para adentro.

--¿Bajáis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contestó que esperase en la
botica, que ellas bajarían. Aurora y Fortunata se reían mirando a
Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el
diablo.

Retiráronse las de Rubín a su domicilio, teniendo ambas señoras la
satisfacción de ver a Maxi tan mejorado de los desórdenes cerebrales de
aquella mañana, que no parecía el mismo hombre. Síntomas favorables eran
la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus
respuestas. Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que
saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y
mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a
la hora concertada, y no le encontró. «Ha ido a cortarse el pelo--le
dijo Ballester, ofreciéndole una silla--. Con las murrias de estos
últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba
pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase
esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponérsele,
combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme.
Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto.
Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que
hace falta».

--¡Pobrecito!...--exclamó Fortunata--. ¿Pero ve usted por dónde le ha
dado?... Yo no he visto un desatinar semejante.

Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por
atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de
él dependiera. Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser
galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.
Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma; aquel día se
corrió más. Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con
ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia
la señora para decirle con retintín:

«Muy triste está usted desde ayer... No, no me lo niegue... ¿Pues yo no
veo lo que pasa? Leo en las caras».

--Pues en la mía poco habrá leído usted.

--Más de lo que se piensa... Leo pasajes tiernísimos... estrofas de
despedida... ayes de soledad...

--¡Ay, qué majadero!--¡Oh!, a mí no se me escapa nada. Convengo en que
no hay motivos para que usted esté tan patética... Pero hay otra cosa...
a mí me gusta remontarme a los orígenes, me gusta buscar el por qué, y
francamente, cuando miro ese por qué, no puedo menos que lamentar la
equivocación de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos.

Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.

«Sí, no puedo menos de deplorar--prosiguió el regente inflándose--, que
usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en
el mundo tanto corazón leal, ir a buscar precisamente el más inconstante
y...».

--¿Qué disparates está usted diciendo?

--¡Oh!, no son disparates--replicó el farmacéutico, dando algunos pasos
delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos
posible--. Perdóneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto así; siempre he
sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la
puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues
decía... ¿Se va usted a enfadar?

--No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo? Suéltela, suéltela.

--Pues decía... (Ballester tomaba una actitud que a él le parecía
aristocrática), decía que a quien debiera usted querer es a mí... Ya ve
usted que no me muerdo la lengua.

--¡Ay, qué gracia! Me gusta usted por lo corto de genio.

--Al pan pan y al vino vino. Queriéndome a mí, verá lo que es corazón
amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa...

--¿Qué?--Que si se decide a quererme... usted no se decidirá, pero si se
decide, tenga cuidado de no decírmelo de sopetón... porque me moriré de
gusto... Sería como una descarga eléctrica.

--Estese tranquilo... Sí, se lo iré diciendo poco a poco...
preparándole, como cuando se dan malas noticias...

--No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aquí, entre tanta
medicina, ¿no hay nada que le cure la cabeza?

--¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...! Y creen muchos que
la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la mía es una
pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me sé me harían la persona
más cuerda y más feliz de la tierra...

Viendo en esto que entraba Rubín, dio otro giro a su charla. «Aquí le
estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas píldoras...
¡Dios, qué píldoras!».

--¿Para ella?--No hombre, para usted.--¿Y de qué son?--Bueno va; ya
quiere saber de qué son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe
reservarse el secreto. Es un específico.

--Este Segismundo está ido--dijo Fortunata--. Vámonos.

--Yo no tomo píldoras sin saber la composición--indicó Maxi con la mayor
buena fe.

--Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren
averiguar... ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos...
_semos_! ¡Luego se queja el nene!... (tirándole de una oreja), se queja
de vicio... el niño mimado de la Providencia... Abur, divertirse.

Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y
estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió
con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.

--vi-- .

Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la
estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la
sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de
la emigración. En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues
Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación
correspondiente, más o menos aparatosa;. pero mientras no llegase a un
grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos
mujeres podían llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se
manifestaban levemente, y a veces no se conocían. Ballester había
conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en
absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo.

Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber
comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había
comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos
pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la
historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en
ella el señorito de Santa Cruz. Algunas, quizás, tenían conocimiento de
aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión;
pero nadie se atrevió a llevar el cuento a _la de los Pavos_. Esta, no
obstante, lo sabía por obra del puro cálculo y de sus facultades
olfatorias. Arrancose una vez a _armar la gorda_ «para que no
crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aquí haciendo el
papamoscas». Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su
amigo Feijoo, trazó la raya divisoria que este le recomendara, y vino a
decir en sustancia:. «de aquí para allá, señora, gobierna usted; de aquí
para acá, están _mis cosas_ y en ellas no tiene usted que meterse».

No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvió a la
carga dos o tres veces en esta forma:. «Si el pobre Maxi estuviera bueno,
él te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo
está, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he
dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'. En la
situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte. Por eso me
contengo y me trago todo el veneno. ¿Ves?, mi cabeza se está llenando
de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar...».

Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Esta escena
ocurría en el gabinete, hallándose las dos cosiendo sus trajes de
verano.

«Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado--prosiguió la viuda
con serenidad que espantaba--, después de tu enmienda verdadera o falsa;
después que se te perdonó (y por mi voto no se te habría perdonado);.
después que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas
obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que
han de parecer de hipocresía. Porque yo digo una cosa. Óyeme
atentamente».

Doña Lupe dejó la costura y se preparó a hablar, como los oradores de
profesión. «Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión
antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos,
y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si tú hubieras
venido a mí y me hubieras dicho:. 'Tía, esto me pasa. Me persiguen; yo no
sé si podré defenderme; soy débil; ayúdeme usted...'. ¡Oh!, la cosa
variaba mucho. Porque yo te habría dirigido, yo te habría dado
fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y
hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate:
ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar
para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas
pidiendo socorro ya será tarde, y esas personas te dirán: 'Entiéndete
ahora, húndete, y cúbrete de vergüenza y date a los demonios'».

Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio
de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su
costura. Discurría sobre la extrañeza de aquellos conceptos de la viuda,
que parecía dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que
se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de
protección y por sancionadora de las acciones. «Esta mujer quiere ser el
Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo
que es por mí...». A Fortunata le repugnaba la moral despótica de doña
Lupe, en la cual entrevía más soberbia que rectitud, o una rectitud
adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las
ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la
absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada
más. Tenía _su idea_ y para nada necesitaba de consejos ni de la
protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que
fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas,
rectilíneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del cañón.

Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía,
de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta
circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono
menos catilinario que los anteriores.

Era aquella señora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre
la base sólida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios.
«Mira tú por dónde podríamos llegar a entendernos--le dijo una tarde que
la volvió a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te
trae dislocada no está ya en Madrid. ¿Qué mejor ocasión quieres para
emprender la reforma de tu estado interior, que está como una casa en
ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera
hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas.
Otra tomaría por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan
delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habrías de empezar
por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles,
entiéndelo bien, hasta los menores detalles;. por ponerme al tanto de lo
que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la
mañana, por la tarde y por la noche;. en fin, habías de declarar todos,
toditos los síntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer
cuanto yo te mandare». Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el
bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma.

Por cumplir, más que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de
decir algo, reservando, como es natural lo más delicado. Doña Lupe se
entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus
facultades profesionales, y terminó así:. «Te aseguro que si me obedeces,
te quitaré eso de la cabeza y serás lo que no eres, un modelo de mujeres
casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el
caso de que se te tendiera el lazo otra vez. ¡Vaya, con el caballerito!
Es cosa de dar parte a la policía. Tú déjate llevar; pon el pleito en
mis manos, déjame a mí... y verás. ¿Apuestas a que me planto un día en
casa de doña Bárbara y le canto clarito? Tú no sabes quién soy, tú no me
conoces. ¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...! Bien
merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que
no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se
adora a una madre».

Y al finalizar estaba doña Lupe radiante. Casi casi se aventuró a hacer
a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfacción. Un
pensamiento se le salía del magín a cada instante; pero lo reservaba en
la hoja más escondida de su gramática parda. Ni la sombra de este
pensamiento dejaba entrever a Fortunata.

Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas. «¿Le habrá dado
dinero?». Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba
afirmativamente. «Tiene que haberle dado algo, quizás grandes
cantidades. ¿Pero dónde demonios las tiene? ¿Qué hace que no me las da
para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergüenza de
poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la
honra... Y no es otra cosa; le da vergüenza de decírmelo. Pero al fin
ello saldrá».

Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no
pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un
recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un
registro en la cómoda y baúl de Fortunata. Valiéndose del sin fin de
llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos
cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien
examinadas, en la misma disposición que antes tenían. Este proceder
jesuítico lo practicaba siempre que metía sus manos escudriñadoras en
donde no debían estar. Busca por allí, busca por allá, y nada. Los
billetes se esconden tan fácilmente, que no hay manera de encontrarlos.
Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba
segura de dar con los billetes si los había. «¿Tendralos cosidos en la
ropa?--pensó--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y
sabe más...!». En la cómoda no había nada que a dinero se pareciese, ni
tampoco cartas. Algunas joyas y chucherías vio, que le parecieron
recuerdo o prenda de amores; pero lo que es _guano_, ni el olor.

«Es muy particular--gruñía la viuda, registrando el baúl, después del
reconocimiento minucioso que en la cómoda hizo--. ¡Y no se comprende que
siendo él tan rico y ella una pobre...!». El baúl, que sólo contenía
ropas viejas, no dio tampoco nada de sí. «Pues tiene que haber
algo...--rezongó la señora--, tiene que haber algo. En alguna parte está
el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo».

Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban
apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña
Lupe se sentó a meditar,. y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón
y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí
donde principia el cabello,. como quien estimula la generación de una
idea, y dijo:. «Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que
reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes».

--vii--.

Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían,
reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en
ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la
forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del _barrio_; las
excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego
o de Rubín;. las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura
de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera:.
«aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos
de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de
programa.

En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo
siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de
negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto
semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del
trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos;
y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y
una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una
parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse
se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el _difunto era más
chico_. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por
embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero
de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas
circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda
tropical tan bien manejada.

Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla,
y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco
estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido,
fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal
hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico.
Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la
obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía
se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los
ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco
advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo
bien, ¿y usted?... Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños
del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al
temperamento y a la timidez de Maxi.

«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su
sorpresa.

Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal,
en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se
sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero,
se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a
todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada--dijo--, que
estoy de enhorabuena».

--Qué, ¿te ha caído la lotería?

--No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta... Es mucho más
que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que
estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar...

--¡La combinación!... Pues qué, ¿has encontrado la _panacea_?--expresó
la tía con incredulidad.

--No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico,
exaltándose más a cada palabra--. De _pan_, que significa todo... y
_akos_ que es lo mismo que decir _remedio_. Que lo sana y purifica todo,
vamos...

--¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declaró doña Lupe,
recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era
enteramente febril.

--Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos
como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más
que una fórmula para estar completo... ¡La maldita fórmula...! Por fin,
ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría.
Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó
conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y
dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la
cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros... pif...

Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno--dijo la tía,
viendo que le venía encima una nube--. Tranquilízate, escribirás la
fórmula, harás tu _panacea_, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho
dinero».

--¡Ah!...--exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un
trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo
con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse
las cejas... ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No
importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una
reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que...

--Adiós mi dinero--murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo
parecido.

--El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercándose a su tía y
dando castañetazos con los dedos--, era el de la emanación de las almas.
¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se
encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su
origen?... ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo
siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis.

Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los
ojos de una manera entre burlesca y compasiva.

«¡Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercándose--, no discurras esas cosas
que dan dolor de cabeza... Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que
averiguar sobre esto, está ya averiguado... No te calientes la cabeza».

--Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático),
si en este _via crucis _ de trabajos y persecuciones que me espera; si
en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres
acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás.
¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y
para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo
que propongo?

Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe,
después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad
cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó
oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas
razones enderezaran el torcido _intellectus_ del desdichado joven. «Mire
usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre
eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos...
porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es
más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y
por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná... «Ganarás el
pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca
usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin
nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas
malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que
al fin polvo somos, y...».

--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso--. Si
usted es materialista, nunca nos entenderemos.

--No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como
el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se
pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.

--Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la
contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano
Juan Pablo: _fuerza y materia_. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi
doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras
sí a la señora humanidad.

Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su
cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla
en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el
hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano
sobre un papel.

«Ved aquí fijados los puntos capitales--balbucía él, escribiendo--.
Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado
penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea
la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto...».

--Chico, descansa ahora un ratito--díjole su esposa, tratando de
quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos
cálculos tan difíciles... Mañana seguirás... No, no creas que me parece
mal; yo te ayudaré a pensar... hablaremos de esto. Yo también discurro.

Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión
seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo,
cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de
estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la
sociedad presente.

«Tú también discurres--le dijo con dulzura--. Lo sé, tú piensas, porque
sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar
y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes
el sentimiento de la liberación... Usando una parábola, te escuece en
las muñecas el grillete de la vida».

Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no
contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar,
porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes
más de eso».

Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.

«Tú me ayudarás--prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en
sus ojos encandilados--, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina,
resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser
completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la
revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho
quien todo se lo sabe».

Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para
llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted... Aquí no hablamos en secreto.
También usted será conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa
propaganda... Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan
entrar aquí a ese materialista...».

--¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?

--Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden
ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta
confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes
mi honor.

Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o
apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía... ese
materialista que no entre más aquí».

--Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya. Yo le diré que se largue
con su materialismo a los infiernos.

--¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cariño.

--Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en
su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan
rebuscada fórmula, paréceme que soy otro... Antes mi vida era un
martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento
bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir...

--Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... créanmelo. Verán
cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la
quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el
alma.

A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un
instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido--le dijo la
señora de Jáuregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene
soldadura».

--viii--.

Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos.
Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en
éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada
de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó
al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y
salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de
comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas
no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese,
empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe
obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa
vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no
que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su
institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando...».

Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero
de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole
las manos a su mujer, le dijo:

«Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de
ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo
sabe me lo ha dicho a mí».

Fortunata no entendía palotada.

Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de
anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni
mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le
tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más
contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca
ahora... Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga
de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto?
¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted
la gran jaqueca con aquello de _la cosa en sí_... Pues pongamos que sea
_la cosa en no_. Yo digo que esto es música pura; _la cosa en sí bemol_.
¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter
las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar
mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que
hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos
que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga
volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira
que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta
perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane
los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de
agradecer!... En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a
usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo,
por la mañana y por la tarde».

Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no
hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos.
Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le
voy a dar la _hatchisschina_, o _extracto de cáñamo indiano_,. que es
maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las
ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán
ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar».

Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa
estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien
es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los
chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía
tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo
algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba
deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y
reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de
sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la
alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los
primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron
por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y
otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo
distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina
que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a
poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas
completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta
naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a
devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía
encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y
nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A
principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar
para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres
confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de
noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la
botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.

Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. _Aquél _ no le
había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa.
¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy
bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba
estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de
charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de
la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a
la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en
un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que
había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de
exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha
gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel.
Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida
de trabajo, porque los encargos de _trousseaux_ y _ajuares _ se sucedían
sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a
meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a
doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para
la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata
iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues
no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho
el taller y tienda.

Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de
una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas,
sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle
de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo
que es piernas...

Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una
noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando
toda la casa».

Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la
dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía
presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito
ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convenía en que era una gran
bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso,
la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con
extraordinaria curiosidad y atención:. «¿Creerás que se me ha metido una
cosa en la cabeza?... Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo
doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para
su obra, si salía bien la inauguración, y nada... que se plantó allí a
cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene
también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que
han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París...
¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, _por
ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a
la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no
será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son!
Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí,
que al _buen hombre_ le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo...! ¿A
ti qué te parece?».

Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su
amiga contaba.

«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos... un hombre
que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no sé, no sé. ¿Habrá
algo?... ¿Qué te parece a ti?».

--Pues...--dijo la de Rubín pensándolo mucho--, a mí me parece que no.

--Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como
quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi
entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno.
Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el _juego_... A ti qué te
parece... ¿Habrá...?

--Me parece que no--volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.

--ix--.

La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada
por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su
campaña reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel día
y le endilgó otra perorata: «Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy
a tus órdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda
regla». Dicho esto, trató de meterle los dedos en la boca para salir de
dudas respecto a si había recibido o no alguna cantidad gruesa de manos
de su amante.

Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.
«Comprendo--expuso la señora con acento parlamentario--, que tengas
cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca:.
no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podrían creerlo
otras personas, que tu debilidad es interesada,. y que quieres a ese
hombre porque es rico, y que no lo querrías si fuese pobre. No, yo no te
hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada
y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor
y no del interés; y los mismos disparates que haces por un hombre
poderoso, que te da grandes cantidades, lo harías si fuera un pobre
pelagatos y tuvieras que comprarle tú a él una cajetilla».

--¿Qué está usted ahí hablando de grandes cantidades?--preguntó
Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír.

--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cállatela... haz
el favor... que ciertas cosas vale más que se queden dentro. No vayas a
creerte que pretendo me entregues a mí esos capitales para
colocártelos... No, ya sabrás tú manejarte bien...

--¿Pero qué está usted diciendo... señora?...

--No, yo no digo nada. Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos
fondos.

--¿Pero qué fondos, ni qué...? Usted está soñando.

--Vaya... si pretenderás que me trague yo esa rueda de molino más grande
que esta casa. ¡Si me querrás hacer creer que no te da...!

--¡A mí!--No me hagas tan tonta...--No sé de dónde ha sacado usted...
Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me daría si me viera en una
necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.

Iba doña Lupe a soltarle otra andanada. «Valiente turrón te ha caído,
grandísima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte». Pero se
contuvo y se tragó su ira, desahogándola después en agitado soliloquio:
«No he visto otra. No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común. ¡Qué
canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los
tontos, ahí debieras ir tú de cabeza».

Maximiliano volvía lentamente a la vida regular, sin que esto quiera
decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habíase
transformado, y así como en las crisis hepáticas hay derrames de bilis,
en aquella crisis mental parecía haberse verificado un derrame de
sentimientos. No sólo era ya pacífico, sino tiernísimo, y sus afectos se
habían sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las fórmulas
de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente
suaves y hasta empalagosas; se afligía cuando causaba alguna molestia, y
agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehuía como
pudiera. Iniciábase en él cierta tendencia a imponerse privaciones y
sufrimientos, y la mortificación, que antes le sublevaba, por liviana
que fuese, ya le complacía. Si en la conversación, o en aquellas
polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba
una palabra más alta que otra,. luego sentía remordimientos de haberla
pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la
timidez le ponía un freno.

Un día hubo de decirle a Papitos, porque no le había limpiado las botas:
«Vaya con la chiquilla esta... ¡Verás tú!». Y al salir de la casa
sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le
faltaba poco para derramar una lágrima. «¡Cuándo se me quitará esta
costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... ¿Qué más da que estén
las botas con o sin betún? La que debe tener lustre es el alma, no el
calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas
niñerías. ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical
criatura! Soy un animal... ¿Pero quién es el guapo que de estrellas
abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta
y dos barbaridades cada día. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta
sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que
llega la hora de la liberación».

«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja? ¿Saco la vara?--le dijo
Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz
tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy _evangelísticos_.
Cuidadito. Ya sabe usted cómo las gasto».

--Pégueme usted. No me importa--le contestó Maxi, dejando el sombrero en
la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada
porque no le han limpiado las botas. ¡Qué humanidad tan imbécil! Amigo
Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte!

--Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replicó el otro
cogiendo la vara y esgrimiéndola cómicamente--, le lleno el cuerpo de
chichones. ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el
no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco...
mírela, y como diga que es guapa, le pulverizo.

Señalaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual
estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj
de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipócrates y
una calavera.

«Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, míreme a mí--dijo
Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogiéndose los faldones
de la levita--. Estoy guapo, ¿sí o no?».

Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de
lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde
después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas.

«Vaya, que está usted elegante» dijo Maxi, poniéndose a pesar unas dosis
para píldoras.

--Pues más he de estarlo mañana. Mañana se casa mi hermanita con
Federico Ruiz, un chico de mucho talento. ¿Le conoce usted? Los
periódicos, que hablan constantemente de él, anteponen siempre a su
nombre algún mote muy salado. Ahora le llaman _el distinguido pensador_.
¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa? Porque
usted no piensa con juicio y él sí.

Por la noche estaban en la botica, además de Ballester, los dos
practicantes Padilla y Rubín. Como apareciese en la acera de enfrente el
célebre crítico, Segismundo se vio acometido a la ira cómica que le
producía la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en
la república de las letras. «Tengo a ese caballerito--decía--, sentado
en la boca del estómago... sobre todo, desde que elogió aquella obra tan
mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el
problema_, y qué sé yo qué. Veréis: Es aquel dramita moral en que se
recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que allí resulta
que todos los solteros somos unos pillos;. y porque un joven se retira
tarde y se gasta algún durete en picos pardos, me le llaman monstruo y
el papá le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque
sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el
cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le
fusilen. Total, que cuando la vi representar, pensé que me tragaba todos
los eméticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin
religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de
Dios, que es el alcaloide de la cursilería».

Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada. Del
balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel.

«Le manda su último artículo--dijo el regente a sus amigos, acechando en
la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como
anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo
preparada».

Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del
tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se
desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática.

«Pero es preciso que me ayudéis. Tú, Padilla, que le conoces, sales, te
haces el encontradizo, le hablas de literatura dramática, le entretienes
un rato volviéndole la cara para allá;. y entretanto, yo, con muchísimo
disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el
bramante con el dulce. Quito la yema, ¿sabes?... y pongo esta. La hice
anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien
neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar. Se la come y
revienta como un triquitraque».

Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma.

«Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa,
escamonea o cosa así...».

--No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Iré a presidio... me
pierdo. ¿Y qué? No se la perdono... ¡Ultrajar a los hombres de ciencia
y a los solteros!

Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era
venenosa;. mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio,
diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de
azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por
excelencia. Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía. Como en
estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso
poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de
coco, y el crítico se la estaba comiendo. El otro se consoló pensando
que otra noche consumaría su trágica venganza. «Él se la tiene que
comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la
tiene que tragar, y entonces diré como mi tocayo: '¡Vive Dios que pudo
ser!'».

--x--.

Aquella noche, cuando Maxi subió a comer, encontró a su mujer un
poco enferma. Le dolía la cabeza y tenía náuseas. Doña Lupe, que la
estaba observando siempre, veía en su mal un pretexto para esconder de
la familia los pesares que la consumían. «Lo que tú tienes--pensaba--,
es el afán de volver al reclamo. Estás luchando contigo misma. Quieres
ir y no te determinas». Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se
metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento. Maximiliano no le
instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por
querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito
de muerte y liberación. Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta
insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo:
«Haced lo que queráis. Allá os arregléis a vuestro gusto. Yo estoy
rendida». Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que
volvía casi intacto. Después entró un instante en la alcoba para
preguntarles qué tal estaban, y se fue a descansar. «No puedo resistir
más esta vida de perros--decía--. Dios tenga compasión de mí».

Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz.
Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentábase
aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas
veces se había sentido con menos ganas de conversación. A poco de
acostarse, observó que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba
la luz, sacaba del bolsillo un paquete, después otro, objetos envueltos
en papeles, y los ponía frente a sí, como un hombre que se prepara a
trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser
desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba
a Fortunata atrayendo su atención. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de
un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien
doblados, como los que en Farmacia se llaman _papeletas_, forma en que
se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero después
vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... ¡Ay, Dios
mío, era un cuchillo!... Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y
por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era
bien aguda. La esposa sintió sudor frío en todo su cuerpo... No pudo
contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los
fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... «Maxi, hijo, ¿qué
haces?». Él la miró con gran tranquilidad.

«Yo creí que dormías. ¿No tienes sueño? Pues charlaremos de cosas
agradables».

--Como quieras. Pero más vale que te acuestes, y dejes las cosas
agradables para mañana.

--No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte. Espera un poco.

Recogió todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladándose a la silla que
estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche.

«Ajajá... Ahora verás--dijo sonriendo cariñosamente, como el que se
dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya
lo ves: es un puñal».

Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se
puso a dar diente con diente.

«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares. Aquí
dice: _Toledo, 1873_. Es bonito, ¿verdad? Hace días que vengo pensando
en cuál es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla
para el otro barrio. ¿A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo;
y lo que tú prefieras, eso preferiré yo».

La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar.

«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo».

--¡Miedo!--exclamó él con asombro y desconsuelo--. Pues yo creí que
habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar.
¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo!
¿Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es
mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la
playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.

--No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque
observó que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas
para de día. Ahora, a dormir.

--¡Dormir!... Ahí tienes otra tontería. Dormir, ¿y qué saca uno de
dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el
desprendimiento y la evasión. Querida mía, o estás conmigo o estás
contra mí; decídete pronto. ¿Estás dispuesta a tomar la llave de la
puerta y escaparte conmigo? ¿Sí? Pues lo primero es no tener horror a la
muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para
salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación.

Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío. ¡Ay qué
miedo tan grande!

«El momento de la liberación es aquel en que uno se considera
suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a
otro, y dar ese paso por sí mismo. Las religiones dominantes prohíben el
suicidio. ¡Qué tontas son! La mía lo ordena. Es el sacramento, es la
suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por
medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a
purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de
tomar el portante. La liberación no debiera llamarse suicidio. La
expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento
en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso
soltarse. ¿Cómo? Mira».

Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantaría para llamar a doña
Lupe.

«Esto es un puñal... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la
bestia se defiende, por muy decaída que esté. La carne es carne, y
mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la
liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con
toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e
intercede por ella. Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me
lo dices con franqueza. ¿Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los
tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no
toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio
cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aquí los medios
tóxicos, que son callados y seguros».

Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas,
sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada
droga. Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y
la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera
envenenarse.

«Vete enterando. Esta sustancia que ves aquí, blanca y en cristalitos,
es la _estricnina_... Muerte segura y tetánica, y que produce muchas
angustias, por lo cual no te la recomiendo. La _atropina_ es esta, y
esta la _cicutina_. ¿Ves?, polvos blancos. La _citutina_ tiene una
ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la
hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno
dormido y en sueños se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del
sueño, ¿no producirán los pataleos de la bestia horribles martirios?
¿Qué te parece a ti? ¿Preferiremos la _digitalina_, que mata por
asfixia? ¿O nos fijaremos en los mercuriales? Míralos aquí: El _ioduro
de Mercurio_, rojo; el _cianuro de Mercurio_, blanco. También tengo un
preparado de fósforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo
bueno está aquí, míralo; el verdadero _ojo de boticario_, la bendición
de Dios. Esto sí que mata, y pronto. ¿Ves este polvo gris? Es la
_gelsemina_, la maravilla de la toxicación. La bestia se estremece sólo
de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantánea».

--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no podía resistir más--. Si no
guardas todo eso, me levanto y me voy.

Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y
un asombro compasivo. Esta mirada le aumentó a ella el miedo, y
comprendiendo que era forzoso disimularlo, acariciándole la manía para
evitar cualquier barbaridad, le dijo:

«Todo está muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla.
Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me
traigas acá venenos...».

--¡Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este
caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero tú, después
yo... ¿Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me
sujetan...?

--No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro
como en los desafíos... Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan
las dos bestias.

Maximiliano meditaba. «No me parece muy practicable tu solución».

--Sí, chico, sí, te digo que sí. Hazme el favor de coger todos esos
polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor será que los
envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardaré. Te prometo
guardarlos. Pero qué, ¿desconfías de mí?... Gracias, hombre.

De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendió sus manos para
coger las papeletas, acudió él a defenderlas como se defiende una
propiedad sagrada. «Tate, tate; déjame esto aquí. Yo lo guardaré...».

--Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el
cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.

--¿Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado
alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar...

--Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy
hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que
le da la gana... ¡Infame carcelero!

Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los
casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza,
mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le
hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle
en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se
adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la
liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza
de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía,
con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no
las hicieran lúgubres.

Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo,
levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido
el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico,
metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester.
Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la
noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal
o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en
la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le
habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su
mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo
perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate
tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga
ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas
estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada
día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada».

--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido--. Así
te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.

Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue
hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole:

--También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía.

--¡Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal
que te tomes ahora este chocolatito.

--Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de
cumplir.

--Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir
nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doña Lupe con
naturalidad--. De mí te sé decir que estoy harta de la vida, pero harta,
y si no he tomado ya una determinación es porque como tiene una tanto
que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero
ya lo arreglaremos, hijo, y a mí me tienes dispuesta a darle la morrada
a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir.

Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el
chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas teníalas la
bestia, él no.

--xi--.

A eso de las diez salió Fortunata para llevar a Ballester el
paquete de sustancias venenosas. «Ahí tiene usted la que nos preparaba
su amigo--le dijo con desabrimiento--. ¡Vaya un cuidado que tiene usted!
Vea lo que llevó a casa...».

Ballester examinaba las terribles drogas... Después se puso muy serio:
«Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No sé cómo le permitió andar en
esto. Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca. Lo mejor será
que no trabaje más aquí; cualquier día nos mete en un conflicto... Pero
siéntese usted...».

Al ofrecerle una silla, Ballester parecía poner especial cuidado en dar
a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase
su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despedía fuerte olor a
heliotropo. En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa
picaresca.

«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad? Acostumbrada
a verme hecho un cavador... Pues le diré: hoy se casa mi hermana con ese
a quien llaman el _distinguido pensador_, Federico Ruiz. Voy a la boda,
y esta noche le traeré a usted los dulces».

Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación. Las
medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado
mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algún
otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me
acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...».

--¡Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es
usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con
picadillo de mi corazón, al momento se la hago.

--¿Ya está usted con sus guasas?

--Y ahora me toca a mí pedirle un favor...

--Usted dirá.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo
una parte, otra la dejo aquí para los amigos que vengan. ¿Irá usted
arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?

--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí. Según esté ese.

--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico. Padilla le invitará
a entrar y le ofrecerá dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aquí
preparado para él... No sabe usted cuánto le odio.

Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se
asustó.

«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen
chico».

--Nada, no se asuste usted... No es más que un derivativo... La fiesta
consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba...

--No sea usted bruto. ¡Si es un chico muy bueno! Me han dicho que
mantiene a su madre...

--¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida. ¿Y con qué la mantiene?
¿Con los artículos?

--Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las
semanas.

--Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su
abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar
esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido?

--¿Cuál?--No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese
pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante
me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis
aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí
cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo
dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña
Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza...

--Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre
muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted!

--Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena
noticia.

--¿A mí noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que
los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa,
amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con
otros. ¡Mal de muchos...!

--¿Qué está diciendo?

--Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por
ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y
usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde
calle arriba calle abajo...

Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir:

«¿Quién... y cuándo?...».

--No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba
con una cara de mal humor...! Plantón como aquel no se ha llevado nunca.
Yo le miraba y me decía: «bien merecido te está... Aguántate, cachete...
Todos somos iguales». ¿Quiere usted que le dé un consejo? Pues trátele a
la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle.
Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo?
Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí
guardadito, virgen, créalo usted, virgen. Acéptelo, y déjese de querer a
ingratos...

Fortunata se había puesto tan desasosegada, que no oía las amorosas
confianzas del farmacéutico. «Abur, abur--dijo levantándose--. Tengo que
volverme a mi casa».

--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo?

--Quítese usted allá...--indicó ella corriendo hacia la puerta, y el
otro detrás.

--¿Qué le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si
usted me lo manda. ¿Dígole que no parezca más por aquí?... ¡Ay, qué
mujer! Allá va como una exhalación. Está tocada, tan tocada como su
marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo...
un servidor. ¡Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caña;
espera, espera, que al fin ella picará.

Doña Lupe, cuando entró su sobrina bastante sofocada por haber subido
muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. «Sabe Dios--dijo
para sí--; sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos...
Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los
polvos, sería para verle... Él le diría que pasaba a tal hora... ¡Y qué
colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal».

Maxi continuaba tranquilo. Más bien parecía un convaleciente que un
enfermo. Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los
cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a
los transeúntes. Esto no le hacía maldita gracia a Fortunata, porque...
«si _al otro_ le da la gana de pasar también esta tarde y Maxi le ve, se
va a excitar mucho». Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada
instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se
pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella
tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacándola del
purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Servía de
Celestina para estas comunicaciones la tía de Fortunata, Segunda
Izquierdo, que en Mayo último se le había presentado, miserable y
llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las
semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con
comida sobrante o alguna prenda de vestir.

Santa Cruz la amparaba también, y ella se servía de su mendicidad para
introducir en la morada de Rubín los mensajes de amor; y tan ladinamente
lo hacía, que la sagaz doña Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde,
después de mucho tiempo de entrar allí _con las manos vacías_, puso en
las de Fortunata una esquelita. Al fin, ¡oh, dicha increíble!... Cuando
pudo, leyó la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal
hora y a tal sitio para el día siguiente.

Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta
a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas,. y tratando de
refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de
Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la
Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.

La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo
de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron
en presentarse el señor y la señora del tercero de la derecha. Él, por
una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave,
seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba _D.
Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien
conocimos en la tertulia del café, junto con el _Pater_ y Pedernero). Su
mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en
el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y
pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin
ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro,
porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo
brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doña
Desdémona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la
designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra. No tenía niños
este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz
los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual
tenía muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se
reproducían diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo
de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que
contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no
tenía más chiste que el que podría tener un caimán.

--xii--.

Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita,
riéndole las gracias a _doña Desdémona_, se fueron al balcón. La viuda
tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante
empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes
que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y
no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen.
El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un
hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre
enfermo... porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día
hace el _crac_... ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar
aquí?... ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco
está. Ya ves; un hombre, _por ejemplo_, que podría haber hecho la
felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin
familia propia, solo, triste... ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto,
un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha
dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho».

--¿Pero tú...?--Espera, te contaré--dijo Aurora con cautela,
asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para
acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más
lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... hará
de esto trece o catorce años. Mamá le consideraba mucho, y cuando venía
a casa le recibía poco menos que en palio. Tuvo mamá en un tiempo la
ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él. Yo tenía dieciocho años, él
treinta y pico. ¿Te vas enterando?

Fortunata atendía con toda su alma.

«¿Quieres que te hable con franqueza? Pues a mí no me disgustaba; pero
nunca me dijo nada... Tenía buena figura y unos aires de caballero como
los tienen pocos... Mamá y papá hechos unos tontos con aquella
esperanza... ¡qué inocentes! Es muy lagarto ese hombre. ¡Casarse
conmigo! Sí, para mí estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por
aquí. Yo me acordaba de él y de cuando venía a casa; como que al verle
entrar nos quedábamos todos turulatos y nos parecía que entraba por esa
puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dejó de venir. En aquel
tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió. Mamá tenía todavía
ilusiones; papá se había curado de ellas. Nos casamos... ¿Pues creerás
que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la
corte por lo fino?».

Fortunata parecía que estaba oyendo leer el relato más novelesco, según
el interés y asombro que mostraba.

«Pues verás. Fenelón era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo
por sí mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No
se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra. ¡Ay hija, qué
peligro tan grande! Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba. Yo no
sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza. Una tarde que
llovía, me cogió y casi a la fuerza me metió en su coche. Estuve a dos
dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí. ¡Dios mío, qué
hombre!, es absurdo».

--¿Pero tú le querías?--preguntó la de Rubín, que con la idea del querer
resolvía todos los problemas.

--Yo... te diré... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que
nos encontrábamos... le tenía miedo, y... de ti para mí, me gustaba.
Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo?

--Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habría faltado por nada
de este mundo. Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues
verás. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el
verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de
baños de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo
desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos,
cuando me veo al primo Moreno. Me quedé... ¡ay!, no te quiero decir
nada.

--¿Y tu marido estaba contigo?

--No; ese es el caso. Fenelón había ido a París a hacer compras. En
París estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan,
sabiendo que me cogía sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez,
hija, no pude zafarme como cuando la del coche... ¡Ay!, estas cosas te
las cuento a ti, porque sé que eres callada y no me has de hacer
traición. ¡Si mamá lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirtió
todo lo que quiso, y después la del humo. Llegó el 70, y al pobrecito
Fenelón le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ¡ah! por ser
valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta! Era un hombre tan
patriota, que por salvar a su querida Francia, habría dado él cien vidas
que tuviera... Pero vamos al otro, a ese solterón estragado... Cuando
enviudé, dije: «Pues ahora, si de veras le gusto...». ¡Quia! Me le
encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa. ¿Creerás que me
dijo algo de amor? ¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que
me había hecho? Buen cumplimiento nos dé Dios. Hija, frialdad igual no
he visto. Te aseguro, que me dan ganas, _por ejemplo_, de clavarle un
puñal... Cierto que me ofreció lo que yo quisiera para establecerme...
pero no quise tomar nada de aquellas manos. ¡Monstruo! Cuando le dio al
primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condición que me
había de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco,
palabra de honor, no se lo agradezco...

--A tu primo no le gustan más que las casadas.

¡Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende
tarde lo que debió de comprender antes.

--Estos solterones vagabundos y ricos son así... Están viciosos,
estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden
_mediodía a catorce horas_. Ahí le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe
qué hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte.
Bien merecido le está; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia,
se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a él le enciende el amor es la
resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las
que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber
sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero al fin, ella se ha
rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y
ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también... ¡Ah!, las
señas son mortales. El primo va a la casa todos los días, y la acecha
cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece
por la tienda. ¿Tendrán citas? He aquí mi idea. Te juro que lo he de
averiguar. Imposible que yo no lo averigüe. Aunque tuviera que perder mi
colocación, aunque me quedara sin camisa que ponerme... ¡Qué infamia! Y
miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama
de virtud. Sí; santidades a cuarto; véase la clase. Te aseguro que el
día en que esto estalle y haya la gran tragedia, será el día más feliz
de mi vida. ¿Pues qué cree ese? ¿Que se puede engañar, y engañar, y
engañar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cayó otro;
_solamente_ que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no
sospechaba de nadie más que de los prusianos. Ahora da con un hombre
templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad? Te
aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de
corazón y su extranjerismo.

Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada,
cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.

Jacinta... ¡Jesús!.. el modelito, el ángel, la mona de Dios... ¿Qué
diría Guillermina, la _obispa_, empeñada en convertir a la gente y en
ver la que peca y la que no peca?... ¿Qué diría?... ja, ja, ja... ¡Ya no
había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!... ¡Ya podía ella alzar
su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y
abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales... para poderlas
perdonar a todas.