Al principio no
oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy
mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella
volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del
colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese
Nicolás Rubín.
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