Fortunata y Jacinta - Parte segunda - dos historias de casadas.IV.
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-IV-.

Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de redención --i--.


Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles, después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.

No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo.
Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las cosas.

Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada.

Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento de trabajo. «Es tan novelera esta mona--decía--, que cuando tenemos mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse, y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta, cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la extensión de la palabra».

--Está tan malo el servicio en Madrid--observó Juan Pablo--, que no debe usted mirarle mucho los defectos.

Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde, y al fin descansó con sosegado sueño.

En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Había fruncido el ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las haya».

Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos.

«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi una noche.

--¿Qué?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace?
Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y decir que ahí se las den todas.

El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras con cuchara. «O está también haciendo el trovador--decía doña Lupe--, o le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».

Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo, que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa extraña, liberal _en toda la extensión de la palabra_. Después de servir a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente.
Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D. Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte, diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona.
Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa, donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid, escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.

He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para responder. No sabía más sino que aquellos malditos carcas eran unos indecentes que nos querían traer la Inquisición y las caenas. Había respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota en toda la extensión de la palabra.

En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y sabía dar a Dios lo que es de Dios y al César, etc... Este estribillo lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso regular no la sacaba nadie.

Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no quiso doña Lupe volver a mentar a los carcundas delante de Juan Pablo.
Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que acostarse con niños. «Y no aprenderá--pensaba doña Lupe--; todavía es capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano de Carlos Siete.




--ii--.


Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás, doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal batalla que estaba dando a su familia.

En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque «ahora se verá--decía--, quién es más juicioso, quién cumple mejor las leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con su neísmo».

En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en polvo--decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía inverosímil--. Valiente mico está vusté... Verá cómo no le dejan casar... Sí, para vusté estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito todas las muelas de una bofetada». «¿Vusté, vusté?, ja, ja. Si le cojo, del primer borleo va a parar al tejado».

Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de sito Maxi, donde se puso la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana.
No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso, que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había dormido nada.

Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás quedar».

Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran contra el neísmo, un cura siempre es una autoridad en cualquier familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda por haber vivido ausente de él durante su niñez.

Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona.
Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui, presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen almuerzo.

De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos, tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto; pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino tomas».

Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre, y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.

Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del crédito de Samaniego.

Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones.
Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas mistiquerías propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y alborotando la casa.

La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda, haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás; primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo, porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.

Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad.
Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio.
Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más antipático de sus sobrinos que con el más simpático.




--iii--.


Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo, bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado, había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad--decía poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco y a menudo».

Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.

«Le diré a usted, tía--murmuraba con el gruñido que la masticación le permitía--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».

--Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.

--Le diré a usted, tía... No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino, considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi.

«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».

--Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.

--Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que levantar en vilo...--dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en la cual no quedaba ni una hebra--. Verá usted... verá usted si le vuelvo yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto... No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación, que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era una de las pocas cosas relativamente finas que sabía.

«...me pinto solo--terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido por el comedor--. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!, es mi fuerte. Me parece que ya está ahí».

Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su hermano que ya sabía _aquello_... No le dio Nicolás tiempo a prepararse, porque de buenas a primeras le embocó de este modo: «Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...».

La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación.

«Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la religión, de la dignidad de la familia...».

Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con varonil arranque. Tal era el síntoma característico del _hombre nuevo_ que en él había surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento en que la tremenda cuestión salía a _vista pública_, le brotaban del fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso no; pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y enfáticas su firme propósito de independencia...

«¡Bah!--exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento desdeñoso de la cabeza--. No quiero oír sermones. Yo sé bien lo que debo hacer».

Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto.

--Bien, muy bien--murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una consulta--. Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy bien; pero muy... Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su obligación. Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su sobrino. ¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...!
Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco. ¿Por qué no se había de alegrar de ver en él un rasgo siquiera de personalidad árbitra de sí misma? «Hay que ver por dónde sale este demonches de chico--pensaba con cierta travesura--. ¡Y qué geniazo va sacando!».

«Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo--. Verás ahora, grandísimo piruétano, cómo te pongo yo las peras a cuarto. Tía, buenas noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos».

Encerrose Nicolás en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se metieron en la cama. Doña Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese Nicolás Rubín. Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera y firme. Nicolás no le dejaba meter baza; pero el otro se las tenía tiesas... ¡Terrible duelo entre el sermón y el lenguaje sincero de los afectos! Ponía singular atención doña Lupe a la voz del sietemesino, y se hubiera alegrado de oír algo estupendo, categórico y que se saliera de lo común; pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella. En cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo. «Miren por dónde sale ahora este...--pensó doña Lupe volviendo la cara con desdén--. ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!».
Al fin dejó de oírse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se percibió un silbido rítmico, al que siguieron pronto mugidos como los del aire filtrándose por los huecos de un torreón en ruinas.

«Ya está roncando ese...--dijo doña Lupe retirándose a su alcoba--. ¡Qué noche va a pasar el otro pobre!».

Serían las nueve de la mañana siguiente, cuando Nicolás pidió a Papitos su chocolate. Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo.

«¿Ese chocolate?» preguntó en el comedor, resobándose las manos una con otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.

--Ahora mismo. El chocolate había de ser con canela, hecho con leche, por supuesto, y en ración de dos onzas. Le habían de acompañar un bollo de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y aún decía Nicolás que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada más que por fumarse un cigarrillo encima.

--¿Y qué resultó anoche?--preguntó doña Lupe al ponerle delante todo aquel cargamento.

--Pues nada, que no hay quien le apee--respondió el clérigo, sumergiendo el primer bizcochito en el espeso líquido--. Lo que usted decía: no es posible quitárselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vería hoy a esa... cabra loca.

--No me parece mal.--Y según la impresión que me haga, determinaremos.

--¿Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Además él está hoy con jaqueca.

--¿Con jaqueca? ¡Pobrecito!

Doña Lupe corrió a ver a Maximiliano, que después de empezar a vestirse, había tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás, y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el temido acceso. Desde media noche sintió Maxi un entorpecimiento particular dentro de la cabeza, acompañado del presagio del mal. La atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin encontrar la del alivio. Resolvíase luego la punzada en dolor gravitativo, extendiéndose como un cerco de hierro por todo el cráneo.
El trastorno general no se hacía esperar, ansiedad, náuseas, ganas de moverse, a las que seguían inmediatamente ganas más vivas todavía de estarse quieto. Esto no podía ser, y por fin le entraba aquella desazón epiléptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trató de levantarse parecíale que la cabeza se le abría en dos o tres cascos, como se había abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez.
Sintió entrar a su tía. Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.

«¿Tienes ya el clavo?--le preguntó en voz muy baja--. Te pondré láudano».

Había aparecido el clavo, que era la sensación de una baguetilla de hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla.
Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doña Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té, porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su tía que si iba Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rogó corriese a avisar a Fortunata la visita del clérigo, para que estuviese prevenida. «Oye, adviértele que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con sinceridad; basta con esto. Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta mañana».




--iv--.


El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura puso a Fortunata en gran confusión. Pareciole al pronto un honor harto grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, además, con bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. «¡Un señor eclesiástico!... ¡qué vergüenza voy a pasar! Porque de seguro me preguntará cosas como cuando una se va a confesar... ¿Y cómo me pondré?
¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?...
Quizás sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea... No, no es propio. Me vestiré decente y modestita». Despachados los más urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su vestido negro, las botas nuevas; púsose también su pañuelo de lana oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer honesta. Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas había de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder derechamente a lo que se le preguntara, le quitó el apetito... Y bien mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas? Pero no tuvo tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tilín. Era próximamente la una y media.

Corrió a abrir la puerta. El corazón le saltaba en el pecho. La figura negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba tan turbada que no acertó a decirle que se sentase y dejara la canaleja.
Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar más por el amor propio que por la sinceridad, le había hecho mil cuentos hiperbólicos de Nicolás, pintándole como persona de mucha virtud y talento, y ella se los había creído. Por esto se desilusionó algo al ver aquella figura tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de vello negro que parecía cultivado para formar cosecha. La cara era desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica; la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos largas, negras y poco familiarizadas con el jabón; la tez morena, áspera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida con la virtud. Poco después, notando que su futuro hermano político olía, y no a ámbar, se confirmó en aquella idea.

«Parece que está usted como asustada--dijo Nicolás con fría sonrisa clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. ¿Se figura usted a lo que vengo?».

--Sí señor... no... digo, me figuro. Maximiliano... --Maximiliano es un tarambana--afirmó el clérigo con la seguridad burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil--, y usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a reñir. Yo soy moro de paz, amiga mía, y vengo aquí a tratar la cosa por las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada; ni más ni menos... Y si lo reconoce así, pretendo, esta, esta es la cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni más.

Fortunata conocía _La Dama de las Camelias_, por haberla oído leer.
Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la _dama_ que le quite de la cabeza al chico la tontería de amor que le degrada, y sintió cierto orgullo de encontrarse en situación semejante. Más por coquetería de virtud que por abnegación, aceptó aquel bonito papel que se le ofrecía, ¡y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempeñarlo por no estar enamorada ni mucho menos, respondió en tono dulce y grave: «Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande».

--Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicolás, orgulloso de lo que creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con mostrarse--. Así me gusta a mí la gente. ¿Y si le mando que no vuelva a ver más a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando él vuelva mañana no la encuentre?

Al oír esto, Fortunata vaciló.

«Lo haré, sí, señor--contestó al fin, cuidando luego de buscar inconvenientes al plan del sacerdote--. ¿Pero a dónde iré yo que él no venga tras de mí? Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme.
Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora».

--¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene. ¿De modo que usted cree que no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa.

--Nada, señor, pero nada--declaró ella, disgustada ya del papel de _Dama de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solución poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que todo le parecía bien antes que volver a ella.

--Bien, perfectamente bien--afirmó Nicolás dándose aires de persona que medita mucho las cosas, y razona a lo matemático--. Ya tenemos un punto de partida, que es la buena disposición de usted... esta es la cosa.
Respóndame ahora. ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi hermano?

--No señor.--¿No tiene usted familia?--No señor.--Pues está usted aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el cuerpo atrás--, que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende.

--Sí, señor, entiendo... no tengo más camino--manifestó la joven con humildad.

--¡Tremenda responsabilidad para mí!--exclamó el curita moviendo la cabeza y mirando al suelo, y lo repitió hasta unas cinco veces en tono de púlpito.

En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una ocasión de lucirme--pensó--. Si consigo este triunfo, será el más grande y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan católica como la primera... figúrenselo ustedes...». Al pensar esto, Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria, señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica... «Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando: «Bien, bien; esta es la cosa». Era el movimiento inicial del obrero que se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que se las escupe antes de coger la azada. Después dijo bruscamente y sonriendo: «¿Me permite usted echar un cigarrillo?».

--Sí, señor, pues no faltaba más...--replicó Fortunata, que esperaba el resultado de aquel meditar y del frote de las manos.

--Pues sí--declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo--, me falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un náufrago quiere salvarse, ¿es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la cosa.

--Sí, señor--indicó Fortunata agradecida--, porque yo soy náu... Iba a decir _náufraga_; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí: «No metamos la pata sin necesidad».

«Pues lo que yo necesito ahora--agregó Rubín terciándose el manteo sobre las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos libres para una gran faena--, es ver en usted señales claras de arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo necesito ahora es leer en su interior, en su corazón de usted. Vamos allá. ¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?».

La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergüenza de decir que hacía lo menos diez o doce años que no se había confesado. Por fin lo declaró.

«Perfectamente--dijo Nicolás, acercando su sillón al sofá en que la joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto.
Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo.
Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe».

Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón. Aunque estaban solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja.

«Vamos a ver, ¿quién fue el primero?» preguntó el presbítero llevándose la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también ciertos gases.

Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando a conocer la triste historia incoherente.

«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah, bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos hombres, ¿a cuántos próximamente?».

Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.

«Es difícil decir... Lo que es conocer...».

El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá después».

«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.

--Vamos, no se asuste usted del número.

--Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien... --Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le repugna a usted la memoria de esos escándalos?

--¡Oh!, sí, señor... Crea usted que... --Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... ¡Valientes pillos! Sin embargo, dígame usted: ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos, si la solicitara?

Con ninguno...--dijo Fortunata.--¿De veras? Piénselo usted bien.

Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con que se confesaba mostráronse en esta declaración: «Con uno... qué sé yo... Pero no puede ser».

--Déjese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepción de su hastío es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted confirmarlo. Me sé estas historias al dedillo. ¿No ve usted, hija mía, que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco años largos de talle?

--Pero no puede ser. Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí.

--A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el único sujeto a quien de veras quiere, el único por quien de veras siente apetito de amores y esa cosa, esa tontería que ustedes las mujeres... --El único.--Y a los demás que los parta un rayo.

--A los demás, nada.--¿Y a mi hermano?... esta es la cosa.

Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente. No la esperaba, ni se acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera no pensó ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras.
Además, el clérigo aquel parecíale muy listo, y si le decía una cosa por otra conocería el embuste.

«Pues a su hermano de usted, tampoco».

--Perfectamente--dijo el curita, acercando su sillón todo lo más que acercarse podía.




--v--.


Para que ningún malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del sillón de Nicolás Rubín al asiento de su interlocutora, conviene hacer constar de una vez que era hombre de temple fortísimo, o más propiamente hablando, frigidísimo. La belleza femenina no le conmovía o le conmovía muy poco, razón por la cual su castidad carecía de mérito. La carne que a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más, en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con guisantes. Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor _falda_ para él era la que da nombre al guisado. Jactábase de su inapetencia mujeril haciendo de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el demonio para triunfar. Las embestidas del sillón eran simplemente un hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.

«Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para expresarse claramente--, querer, ¿entiende usted?, no; pero aprecio, estimación sí».

--¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?...

--No señor.--Pero hay esa afición tranquila, que puede ser principio de una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace la felicidad de los matrimonios.

Fortunata no se atrevió a responder claro.

Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía. Recortándolo algo se podía aceptar.

«Puedo llegar a quererle con el trato...».

--Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa: eso de la ilusión es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversión, es vicio, hija mía. El verdadero amor es el espiritual, y la única manera de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. ¡Patraña y propaganda indecente que hace Satanás por mediación de los poetas, novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la hermosura física son hermanos, y le hablarán a usted de Grecia y del naturalismo pagano. No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con alma... La prójima adivinaba más que entendía esto, que era contrario a sus sentimientos; pero como lo decía un sabio, no había más remedio que contestar a todo que sí. Viendo que hacía indicaciones afirmativas con la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis: «Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la mitología... esta es la cosa».

--Claro--apuntó la joven; pero en su interior se preguntaba qué quería decir aquello de la mitología... porque de seguro no sería cosa de mitones.

Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por fórmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a la manera de él, y había hecho inmensos daños a la humanidad arrastrando a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos entre personas que no se querían, y desgobernando, en fin, la máquina admirable de las pasiones. Era como los médicos que han estudiado el cuerpo humano en un atlas de Anatomía. Tenía recetas charlatánicas para todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera que pasaba.

«De esta manera, hija mía--añadió lleno de fatuidad--, puede darse el caso de que una mujer hermosa llegue a amar entrañablemente a un hombre feo. El verdadero amor, fíjese usted en esto y estámpelo en su memoria, es el de alma por alma. Todo lo demás es obra de la imaginación, la loca de la casa.

A Fortunata le hizo gracia esta figura.

«¿Quién hace caso de la imaginación?--prosiguió él, oyéndose, y muy satisfecho del efecto que creía causar--. Cuando la loca le alborote a usted, no se dé por entendida, hija. ¿Haría usted caso de una persona que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es, exactamente lo mismo. A la imaginación se la mira con desprecio, y se hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos ejemplos, no podrá durante algún tiempo meter en cintura a la loca de la casa; pero aquí estamos para enseñarla. Aquí me tiene a mí, y me parece que sé lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos a la religión, empezando por edificarse interiormente.

--Sí señor--respondió humildemente la prójima, que entendía lo de la religión; pero no lo de la edificación. Para ella edificar era lo mismo que hacer casas, --Bien. ¿Está usted dispuesta a ponerse bajo mi dirección y a hacer todo lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas.

--Sí señor.--¿Y cómo estamos de doctrina cristiana?

Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que dicen algunos médicos: «a ver la lengua».

--Yo... la _dotrina_--replicó la penitente temblando...--muy mal. No sé nada.

El capellán no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus catecúmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder él enseñárselo todo. Después meditó un rato, las manos cruzadas y dando vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio.
No podía dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las flaquezas humanas, y pensó que le convenía ponerse bajo su dirección. En aquel momento hallábase bajo la influencia de ideas supersticiosas adquiridas en su infancia respecto a la religión y al clero. Su catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Formó del hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy bonitas.

«Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continuó Nicolás saliendo de su abstracción--. Ya sabe usted lo que Jesús le dijo a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación parecida a la que ahora tenemos usted y yo...».

Fortunata se sonrió, afectando entender la cita; pero se había quedado a oscuras.

«Si usted quiere mejorar de vida y edificársenos interiormente para adquirir la fuerza necesaria, aquí me tiene. ¿Pues para qué estamos?
Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos peros al casorio con mi hermano. El pobre está loco por usted; me dijo anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi tía quiere quitárselo de la cabeza; mas yo le dije: «Calma, calma, las cosas hay que verlas despacio. No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí. Me comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginación que consiste en tener cariño al hombre indigno que la perdió. Conseguido esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión espiritual, no de los sentidos... ni más ni menos. ¡Oh, he alcanzado yo tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se creía dañada para siempre! Convénzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es ponerse a ello, todo es empezar... Imagínese usted lo bien que estará cuando se nos reforme; vivirá feliz y considerada, tendrá un nombre respetable, y habrá quien la adore, no por sus gracias personales, que maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que importa. Al principio tendrá usted que hacer algunos esfuerzos; será preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizás lo más difícil, pero hagámonos la cuenta de que la única hermosura verdad es la del alma, hija mía, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos...».

Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.

«Pues vamos a cuentas. ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad, esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?».

--Sí señor--respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por aquello de los gusanos.

--Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institución religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la oración, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras salen ya _edificadas_, bien para casarse, bien para servir en casas de personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la perdición. También entran allí señoras decentes a expiar sus pecados, esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio del mundo.

Fortunata seguía dando cabezadas. Había oído hablar de aquella casa, que era el convento de las Micaelas.

«Perfectamente; así se llama. Bueno, usted va allá y la tenemos encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es tan amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él la dirigirá a usted espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle el pulso y a ver cómo anda esa educación, sin perjuicio de que antes de entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de doctrina cristiana para que no se nos vaya allá enteramente cerril. Si pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizás llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno capellán dé el pase, toda la familia dirá _amén_».

Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes se dirigían.

En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las lágrimas. Indudablemente era muy de agradecer el interés que aquel bondadoso apóstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaños, sin manotadas, tratándola como un buen pastor trataría a la más querida de sus ovejas. A pesar de esta excelente disposición de su ánimo, la infeliz vacilaba un poco. De una parte le seducía la vida retirada, silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que allí se cerrase por completo la herida de su corazón. Había que probarlo al menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... ¿cómo serían las monjas?, ¿cómo la tratarían? Pero Nicolás se adelantó a sus temores, diciéndole que eran las señoras más indulgentes y cariñosas que se podían ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que sería ella convertida de _chica_ en señora, la imaginación limpia de aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería. La misma imaginación, a quien el maestro había puesto que no había por donde cogerla, fue la que le encendió fuegos de entusiasmo en su alma, infundiéndole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era.

«Pues sí, pues sí... quiero entrar en las Micaelas» afirmó con arranque.

--Pues nada, a purificarse tocan. ¿Ve usted cómo nos hemos entendido?--dijo el clérigo con alegría, levantándose--. Cansado ya de tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasión es tan fuerte que no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo arreglaré. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no sé hacer otra cosa... ¿Para qué serviría yo si no sirviera para enderezar torceduras de estas?

El orgullo se le rezumía por todos los poros como si fuera sudor; los ojos le brillaban. Cogió la canaleja, diciendo: «Volveré por aquí. Hablaré a mi hermano y a mi tía. Tenemos ya una gran base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande este pobre sacerdote».

Fortunata al darle la mano se la besó.

Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que tenía Maximiliano aquel día.

«Es mal de familia. Yo también las padezco. Pero lo que principalmente me trae descompuesto ahora es un pícaro mal de estómago... debilidad, dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... ¡qué le vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aquí un perrito... lo mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo al condenado, me da muy mal rato».

--Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando revista mental a su pobre despensa.

--Quite usted allá, criatura... No faltaba más... ¿Piensa que no me puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero me sienta bien, conozco que me sienta bien.

--Si quiere usted, traeré... No tengo en casa; pero bajaré a la tienda... --Quite usted allá... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y cuidarse, cuidarse mucho, ¿eh?, que andan pulmonías.

El clérigo salió y fue a casa de un amigo donde le solían dar, en aquella crítica hora, el remedio de su debilidad de estómago.




--vi--.


En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó, pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual, exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria.
El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás sino medias palabras. «Allá veremos... estas no son cosas de juego... Ya tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a pulso... esta es la cosa. He de volver allá... Es preciso que tengas paciencia... ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole precipitadamente todo.

Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificación, pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su hermano. A él le había pasado vagamente por la cabeza algo semejante; mas no supo formularlo. ¡Qué insigne hombre era Nicolás! ¡Ocurrirle aquello!... Tamizada por la religión, Fortunata volvería a la sociedad limpia de polvo y paja, y entonces ¿quién osaría dudar de su honorabilidad? El espíritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la superficie por la pasión, como un mar sacudido por furioso huracán, se corría, digámoslo así, de una parte a otra, explayándose en toda idea que se le pusiese delante. Así, lo mismo fue presentársele la idea religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y fresca onda. ¡La religión, qué cosa tan buena!... ¡Y él, tan torpe, que no había caído en ello! No era torpeza sino distracción. Es que andaba muy distraído. Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos.
Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más, haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino.

Nunca había sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le pasaba. El amor le conducía a la devoción, como le habría conducido a la impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareció el plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque levemente. Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda, habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que habría otras lo mismo, pero más no... más no.

A Fortunata se le comunicó el entusiasmo. ¡La religión! Tampoco ella había caído en esto. ¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan sencilla...! Lo particular era que veía su purificación como se ve un milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer de cuatro peces cuarenta.

«Dime una cosa--preguntó a Maxi, acordándose de que era bella--. ¿Y me pondrán tocas blancas?».

--Puede que sí--replicó él con seriedad--. No puedo asegurártelo; pero es fácil que sí te las pongan.

Fortunata cogió una toalla y echándosela por la cabeza, se fue a mirar al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que importaba y tenía valor era la del alma. Observando la cara que tenía Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos desagradable... Entrevió una mudanza radical en su manera de ver las cosas.

«¡Quién sabe--se dijo--, lo que pasará después de estar allí tratando con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me volveré otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como cuando una teme llegar a la cosa más mala del mundo y dice una: 'jamás llegaré a eso'. Y ¿qué pasa?, que luego llega una y se asombra de verse allí, y dice: 'parecía mentira'. Pues lo mismo será con lo bueno. Dice una: 'jamás llegaré tan arriba', y sin saber cómo, arriba se encuentra».

Maximiliano se quedó a almorzar; pero la irritación de su estómago y la desgana hubieron de contenerle en la más prudente frugalidad. Ella en cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y quizás porque estaba contenta y excitada. De aquí tomó pie el redentor para hablar de lo mucho que comía su hermano Nicolás. Esto desilusionó un poco a Fortunata, que se quedó como lela, mirando a su amante, y deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Creía ella que los curas de mucho saber y virtud debían de conocerse en el poco uso que hacían del agua y jabón, y también en que su alimento no podía ser sino yerbas cocidas y sin sal.

Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia futura. «En la partición--dijo con cierto énfasis Maximiliano--, me tocan fincas rústicas. Mi tía se enfadó porque deseaba para mí el dinero contante; pero yo no soy de su opinión; prefiero los inmuebles».

Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura de lo que significaba la palabra _inmueble_, ni quería tampoco preguntarlo. Ello debía de ser lo contrario de muebles. Maxi la sacó de dudas más tarde, hablando de sus olivares y viñas y de la buena cosecha que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo que decir árboles. También ella prefería las propiedades de campo a todas las demás clases de riqueza. Después que se retiró su amante, se quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez.

«A ver, ¿qué tal?... ¿cómo es?... ¿es guapa?» había preguntado doña Lupe a Nicolás con vivísima curiosidad.

Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía apreciar el género a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo: «Es una mujer... hasta allí».

Doña Lupe se quedó desconcertada. A los peligros ya conocidos debían unirse los que ofrece por sí misma toda belleza superior dentro de la máquina del matrimonio. «Las mujeres casadas _no deben_ ser muy hermosas» dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción profunda.

Hízole otras mil preguntas para aplacar su ardentísima curiosidad; cómo estaba vestida y peinada; qué tal se expresaba; cómo tenía arreglada la casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador. Sus impresiones no habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones favorables. Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado.
Visitar a la tal no le parecía digno, habiendo hecho tantos aspavientos en contra suya; pero estar muchos días sin verla y averiguarle las faltas, si las tenía, era imposible. Hubiera deseado verla _por un agujerito_. Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer, y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo dijo, para sí consideraba aquel camino como el único que podía conducir a una solución. Rabiaba por echarle la vista encima al _basilisco_, y como su sobrino no le decía que fuera a verla, este silencio hacíala rabiar más. Un día ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi en su cuarto, le embocó esto de buenas a primeras: «No creas que voy yo a rebajarme a eso...».

--¿A qué, señora?

--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece indecoroso que yo vaya allá, a pesar de todos esos proyectos de legía eclesiástica que le vais a dar.

--Señora, si yo no he dicho a usted nada... --Te digo que no iré... no iré.

--Pero tía...--No hay tía que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas.
¿Crees que no te leo yo los pensamientos? ¡Qué podrás tú disimular delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy allá sino en el caso de que me llevéis atada de pies y manos.

--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo.

Lo deseaba, sí; pero como tenía su criterio formado y su invariable línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la visita pudiera resultar. Véase por dónde la fuerza de las circunstancias había puesto a doña Lupe en una situación subalterna, y el pobre chico, que meses antes no se atrevía a chistar delante de ella, miraba a su tía de igual a igual. La dignidad de su pasión había hecho del niño un hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo autócrata con respeto, pero sin miedo.

Como Nicolás visitaba algunos días a Fortunata para enseñarle la doctrina cristiana, doña Lupe se ponía furiosa. Tantas idas y venidas decía ella que le tenían revuelto el estómago. Pero el sentimiento que verdaderamente la hacía chillar era como envidia de que fuese Nicolás y no pudiera ir ella. Por este motivo andaban tía y sobrino algo desavenidos. Corría Marzo, y el día de San José dijo Nicolás en la mesa: «Tía, ya hay fresa». Pero la indirecta no hizo efecto en la económica viuda. Volvió a la carga el clérigo en diferentes ocasiones: «¡Qué fresa más rica he visto hoy! Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?».

--No lo sé, ni me importa--replicó ella--, porque como no la pienso traer hasta que no se ponga a tres reales... Nicolás dio un suspiro, mientras doña Lupe decía para sí: «Como no comas más fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado estás».

Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa, bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida la comida, y mientras Nicolás leía _La Correspondencia _ o _ El Papelito_ en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar. En cuanto el cura se echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con el platito y la cucharilla. Agradecía mucho estas finezas el chico, y se comía la golosina. Mirábale comer su tía con expectante atención, y cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo quitaba de las manos diciendo: «Esto para Papitos que está con cada ojo como los de un besugo».

La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.




--vii--.


Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia.
Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe, pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto de la casa. La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doña Lupe le nombraba el casorio de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se duerma, alzaba los hombros, decía palabras de desdén hacia su hermano y nada más. «Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?».

De carlismo no se hablaba en la casa, porque doña Lupe no lo consentía.
Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la señora. Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco, se fueron enzarzando, enzarzando hasta que... «¿Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primogénito, descomponiéndose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra culpa, por culpa de los curas. Hay que ir allá, como he ido yo, para hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a los que verdaderamente trabajan. Yo no podía estar allí; me ahogaba. Le dije a Dorregaray: 'mi general, no sé cómo usted aguanta esto', y él se alzaba de hombros, ¡poniéndome una cara...! No pasaba día sin que los lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando llegó a mi noticia que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar recados de mi jefe, me volé, y aquella misma tarde, habiéndome encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me lié la manta a la cabeza, y por poco se arma allí un Dos de Mayo. «Aquí no hay más traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor, si le hubiera, por el provecho que saque de su traición. No digo yo por diez millones; pero por diez mil ochavos venderían ustedes al Rey, y toda su descendencia; ladrones infames, tíos de Judas». En fin, que si no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quería mucho, y me coge a la fuerza y me arranca de allí y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el redaño de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres días en cama con un amago de ataque cerebral. Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su Majestad. Su contestación fue ponerme en la mano el canuto y el pasaporte para la frontera. En fin, que los _engarza-rosarios_ dieron conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdió don Carlos V, y al VII no le aprovechó la lección. Allá se las haya. ¿No querías religión?, pues ahí la tienes; atrácate de curas, indigéstate y revienta.

--Es una apreciación tuya--dijo Nicolás moderando su ira--, que no me parece muy fundada... esta es la cosa.

--¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad? Estás en babia.

--Y tú, me parece que estás algo ido, porque cuidado que has dicho disparates.

--Cállate la boca, estúpido...--dijo Nicolás, sulfurándose.

--¿Sabes lo que te digo?--gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz--, que a mí no se me manda callar, ¿estamos? He tenido el honor de decirle cuatro frescas al obispo de Persépolis, y quien no teme a las sotanas moradas, ¿qué miedo ha de tener a las negras?...

--Pues yo te digo...--agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo si amenazar con los puños o simplemente con las palabras--, yo te digo que eres un chisgarabís.

--¿Qué alboroto es este?--clamó doña Lupe entrando a poner paz--. ¡Vaya con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros, que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle.
En mi casa no quiero escándalos.

--Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicolás, que casi no podía respirar de tan sofocado como estaba.

Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a su hermano.

«¡Vaya un genio que has echado!--le dijo doña Lupe, sin que él la mirara--. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo, no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a _la infame facción_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza, ¿qué culpa tenemos los demás?».

Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo, por grande que fuera, le podía privar de su más característica manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe puso atención, creyendo que era un _extraordinario_ de periódico anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico, manteniendo al vecindario en continua ansiedad.

«Papitos--dijo la señora--, toma dos cuartos y bájate a comprar el _extraordinario de la Gaceta_. Veréis cómo habla de alguna buena tollina que les han dado a los _tersos_».

Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal pregón de _extraordinario_. Lo que dice la voz, claramente se oye... El _freeeesero... fresa_».

--Puede que así sea--replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más pronto que la vista--. Pero está tan verde, que es un puro vinagre... --Todo sea por Dios--se dejó decir Nicolás suspirando--. Peor lo pasó Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.

Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo.
Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle, sin más compañía que la del gato.

«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y sacando la aguja--, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver, hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano».

Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de casa del _basilisco_. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que en lo moral parecía ser _de buena madera_, con lo que llegó a su colmo la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo el papel desdeñoso que representaba.

«Tanto te empeñarás--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo vas a conseguir».

--¿Qué, tía?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si voy es contra mi voluntad.

Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo agradeceremos toda nuestra vida».

--Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a ir, que todavía no lo sé... --Sí, tía.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.

--Mañana mismo, tía; yo la acompaño a usted--dijo entusiasmado el chico--. Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará.

Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha.
Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.

Así fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues siendo el _basilisco_ tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto y se empingorotó hasta un extremo increíble. Trataba doña Lupe a su presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Había de conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del lado de la indulgencia. El verdadero señorío jamás se complace en humillar a los inferiores. Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle. Es que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre quien ejercer dominio... Una de las cosas que más gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez para expresarse. Se le conocía en seguida que no hablaba como las personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates. Esto la favoreció en opinión de doña Lupe, porque el desenfado en el lenguaje habría sido señal de anarquía en la voluntad. «No se apure usted--le decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico--; que no es posible aprender en un día a expresarse como nosotras. Eso vendrá con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es vergüenza para nadie, y la que no ha recibido una educación esmerada no tiene la culpa de ello».

Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo cumplido_, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria. Lo que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento, resolución que la tía de Maxi alabó mucho, esforzándose en sacar de su cabeza los conceptos más alambicados y los vocablos más requetefinos. A tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de muchas cosas que le oyó. Por fin llegó el instante de la despedida, que Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de la casa. La de Jáuregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata tartamudeó, y todo lo dijo al revés.

Maximiliano habló poco durante la visita. No hacía más que estar _al quite_, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro por torpeza de lenguaje. Cuando salió doña Lupe, creyó que debía acompañarla hasta la calle, y así lo hizo.

«Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual... Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente, esta mujer podría enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero yo dudo que tú...».




--viii--.


Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura del _basilisco_ sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras--decía para sí la viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al decir de la gente, tan discípulo como marido.

Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay duda de que se nos tuerce».

Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinándose a no intervenir para nada... Pero con las amigas tenía que representar otros papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer en situación desairada o ridícula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba.
Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa.
Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridículo le ocurría, lo guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos que con repiques. Por esto cuando se corrió entre las familias amigas que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía _la de los Pavos_ cómo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro, como otras veces había hecho.

Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caña completamente achantada y sin saber por dónde tirar. Pero desde el día en que vio a Fortunata, se sacudió la morriña, creyendo haber encontrado un punto de apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. ¿En qué creeréis que se fundó para volver a tomar aquellos aires de persona superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por mucho que se figuraran de su belleza, no tendrían idea de la realidad.
En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era una divinidad _en toda la extensión de la palabra_.

Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro para acudir con el siguiente ardid estratégico: «Y en cuanto a lo de su mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me atrevo a asegurar que es muchísimo menos».

Interrogada sobre la condición moral y de carácter de la divinidad, hizo muchas salvedades y distingos: «Eso no lo puedo decir... No he hablado con ella más que una vez. Me ha parecido humilde, de un carácter apocado, de esas que son fáciles de dominar por quien pueda y sepa hacerlo». Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto se dice; pero hacerlo ya es otra cosa.

Entre tanto, acercábase el día designado para llevar el _basilisco_ a las Micaelas. Nicolás Rubín había hablado al capellán, su compañero de Seminario, el cual habló a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga íntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisión en los términos que marca el reglamento de la casa, sólo se esperaba para realizarla a que pasasen los días de Semana Santa. El Jueves salieron Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San Bernardino. Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos. Maxi salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su inventiva. La religión que él sentía en aquella crisis de su alma era demasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún culto; pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las iglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos, llevado del sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular y matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa--decía--, y todo lo que debe ser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de la Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La Providencia dictaba no sólo la historia pública sino también la privada.
Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos? Nada. Pero no quería quitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del _gori gori_ y de las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve... la pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.

El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda que empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A Rubín se le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho es gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la mente.
Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto en los depósitos de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitó la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte inmenso que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Oriente una mole de ladrillo rojo, parte en construcción, y le dijo que aquel era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Pareciéronle a Fortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo de entrar pronto, aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces el pensamiento de Rubín una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo demasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días...
¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del demonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz de volverse santa _en toda la extensión de la palabra_, como diría doña Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces protestante, masón, judío, ateo.

No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión de hormigas. Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar. No conviene tampoco que te dé muy fuerte».

Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lo malo fue que aquel día, Viernes Santo, no había coches, y no era posible volver a casa de otra manera que a pie.

«Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo--.
Apóyate y así no cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada a remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo menos de hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior, Maximiliano, en las efusiones epilépticas de su cariño, había hablado algo de sucesión, dijo para su sayo: «De eso sí que estás tú libre».

El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.
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-IV-.
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No tenía malditas ganas de levantarse.
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Después, le pareció que Juan Pablo y su tía hablaban en el comedor.
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¡Si le estaría contando aquello...!
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Levantose al fin de mala gana.
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Estaba pálido y daba lástima verle.
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Esta perplejidad le arrancaba suspiros.
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El miedo, el pícaro miedo era su principal enemigo.
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Pronto había de salir de dudas.
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Cuando menos hay que hacer es cuando la pega.
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Era golosa, y siempre que iba a la tienda por algo, lo había de catar.
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¿Creerás que se comía los fideos crudos?...
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Salía a pedir y por eso tenía todos los malos hábitos de la vagancia.
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Pero con mi sistema la voy enderezando.
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Es mayor de edad.
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Allá se las haya».
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No sostenía ninguna conversación.
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--¿Qué?--El asunto tuyo.
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Dos veces le he hablado.
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¿Y sabes lo que hace?
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Estoy yo divertida con mis sobrinos.
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Todos están con murria.
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Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».
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«¡Bien merecido lo tengo por meterme con esa gente!».
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Cada hermano cobraría nueve mil.
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He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo.
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--ii--.
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Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza.
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A veces, hasta parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto.
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En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer.
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Por la noche o venía muy tarde o no venía.
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Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con su neísmo».
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Bobo, más que bobo».
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«¿Vusté, vusté?, ja, ja.
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Si le cojo, del primer borleo va a parar al tejado».
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Más valía no hacerle caso.
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Era una inocente que no sabía lo que se decía.
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¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa?
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Aunque sea en la sala te podrás quedar».
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Pero nada, como digo, se habló en la mesa.
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Otras hipotecas y las tierras serían para Nicolás y Maximiliano.
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No tuvo más remedio que tragar saliva y callarse.
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unit 142
Después le dijo a Maximiliano: «Habéis sido unos tontos.
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unit 143
Tu hermano quiere su parte en metálico para gastarla en cuatro días.
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unit 144
Es una mano rota.
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unit 145
¿A mí qué me va ni me viene?
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unit 147
Y si no, lo has de ver.
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unit 149
Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía que sí.
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unit 151
¡Qué par de zopencos sois!
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unit 153
Bonito camino, sí señor, bonito camino tomas».
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unit 162
Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte.
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unit 163
Había tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre.
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unit 164
Si tenía la personalidad legal, ¿cómo no tener la otra?
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unit 170
Su primer arranque fue de indignación.
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unit 177
Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra.
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unit 178
Recién afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra.
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unit 184
Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe.
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--iii--.
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El médico me manda que coma poco y a menudo».
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Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».
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--Podías serlo más.
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Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.
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«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».
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unit 208
--Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.
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unit 209
--Eso corre de mi cuenta... ¡Oh!
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unit 211
Verá usted... verá usted si le vuelvo yo del revés como un calcetín.
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unit 216
Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro...
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¡Oh!, es mi fuerte.
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unit 218
Me parece que ya está ahí».
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unit 219
Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino.
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unit 221
Vaya, que me ha dejado frío lo que acabo de saber.
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unit 222
Estamos bien.
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unit 223
Con que...».
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No quiero oír sermones.
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unit 232
Yo sé bien lo que debo hacer».
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unit 233
Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto.
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unit 235
Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto.
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unit 238
¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...!
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unit 239
Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco.
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unit 242
¡Y qué geniazo va sacando!».
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unit 245
Tía, buenas noches.
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Ahora va a ser la gorda.
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unit 247
Acostados los dos, hablaremos».
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unit 249
Doña Lupe se puso fuera a escuchar.
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unit 251
Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera y firme.
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unit 254
En cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo.
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unit 256
¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!».
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unit 258
«Ya está roncando ese...--dijo doña Lupe retirándose a su alcoba--.
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unit 259
¡Qué noche va a pasar el otro pobre!».
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unit 263
--Ahora mismo.
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unit 269
Lo que usted decía: no es posible quitárselo de la cabeza.
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unit 271
--No me parece mal.--Y según la impresión que me haga, determinaremos.
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unit 272
--¿Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo.
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unit 273
Además él está hoy con jaqueca.
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--¿Con jaqueca?
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unit 275
¡Pobrecito!
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unit 285
Sintió entrar a su tía.
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unit 287
«¿Tienes ya el clavo?--le preguntó en voz muy baja--.
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unit 288
Te pondré láudano».
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unit 290
Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya.
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unit 295
Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta mañana».
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unit 296
--iv--.
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unit 300
«¡Un señor eclesiástico!...
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unit 301
¡qué vergüenza voy a pasar!
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unit 303
¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?...
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unit 305
Me vestiré decente y modestita».
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unit 309
unit 310
Era próximamente la una y media.
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unit 311
Corrió a abrir la puerta.
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unit 312
El corazón le saltaba en el pecho.
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unit 313
La figura negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita.
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unit 321
No me tenga usted miedo.
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unit 322
No me como a la gente.
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unit 323
¿Se figura usted a lo que vengo?».
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unit 324
--Sí señor... no... digo, me figuro.
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unit 326
unit 327
No crea usted que la voy a reñir.
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unit 328
unit 330
Fortunata conocía _La Dama de las Camelias_, por haberla oído leer.
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unit 335
Así me gusta a mí la gente.
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unit 337
Al oír esto, Fortunata vaciló.
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unit 339
¿Pero a dónde iré yo que él no venga tras de mí?
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unit 340
Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme.
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unit 341
Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora».
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unit 342
--¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene.
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unit 343
¿De modo que usted cree que no adelantamos nada con darle esquinazo?...
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Esta es la cosa.
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unit 348
Respóndame ahora.
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¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi hermano?
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Ya usted me entiende.
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«He aquí una ocasión de lucirme--pensó--.
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Al pensar esto, Nicolás creía estar hablando con sus colegas.
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Vamos allá.
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¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?».
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Por fin lo declaró.
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unit 378
Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto.
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Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo.
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Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe».
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unit 381
Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón.
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unit 382
Aunque estaban solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja.
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unit 385
«Abrevie usted.
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unit 387
Que un día la cogió descuidada y sola... Bah, bah... lo de siempre.
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unit 389
Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.
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unit 390
«Es difícil decir...
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unit 391
Lo que es conocer...».
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El sacerdote se sonrió.
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unit 394
unit 395
«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.
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unit 396
--Vamos, no se asuste usted del número.
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unit 398
¿Le repugna a usted la memoria de esos escándalos?
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unit 399
unit 400
Lo creo... ¡Valientes pillos!
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unit 402
Con ninguno...--dijo Fortunata.--¿De veras?
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unit 403
Piénselo usted bien.
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unit 405
--Déjese usted de que pueda o no pueda ser.
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unit 406
Ese uno, esa excepción de su hastío es el primero, ese tal D. Juanito.
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unit 407
No necesita usted confirmarlo.
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unit 408
Me sé estas historias al dedillo.
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--Pero no puede ser.
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Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí.
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unit 413
--A los demás, nada.--¿Y a mi hermano?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 414
esta es la cosa.
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unit 415
Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente.
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unit 416
unit 417
Como era tan sincera no pensó ni por un momento en alterar la verdad.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 418
Las cosas claras.
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«Pues a su hermano de usted, tampoco».
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--v--.
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--¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?...
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unit 432
Fortunata no se atrevió a responder claro.
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unit 433
Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía.
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unit 434
Recortándolo algo se podía aceptar.
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«Puedo llegar a quererle con el trato...».
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Amar de ese modo no es amar, es perversión, es vicio, hija mía.
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unit 452
Todo lo demás es obra de la imaginación, la loca de la casa.
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unit 453
A Fortunata le hizo gracia esta figura.
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unit 455
Cuando la loca le alborote a usted, no se dé por entendida, hija.
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unit 457
Pues lo mismo es, exactamente lo mismo.
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unit 463
Para ella edificar era lo mismo que hacer casas, --Bien.
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unit 465
--Sí señor.--¿Y cómo estamos de doctrina cristiana?
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unit 467
--Yo... la _dotrina_--replicó la penitente temblando...--muy mal.
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unit 468
No sé nada.
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unit 469
El capellán no hizo aspavientos.
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Fortunata le miraba en silencio.
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unit 482
¿Pues para qué estamos?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 486
No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 493
Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 494
«Pues vamos a cuentas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 500
Son muy pocas las que salen para volver a la perdición.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 502
Fortunata seguía dando cabezadas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 503
unit 504
«Perfectamente; así se llama.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 506
unit 511
Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 518
unit 519
Había que probarlo al menos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 524
unit 525
--Pues nada, a purificarse tocan.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 530
Cogió la canaleja, diciendo: «Volveré por aquí.
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unit 531
Hablaré a mi hermano y a mi tía.
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unit 533
Fortunata al darle la mano se la besó.
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«Es mal de familia.
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unit 536
Yo también las padezco.
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unit 539
Y como no le eche algo al condenado, me da muy mal rato».
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unit 545
--vi--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 549
«Allá veremos... estas no son cosas de juego...
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unit 557
¡Qué insigne hombre era Nicolás!
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unit 558
¡Ocurrirle aquello!...
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unit 562
¡La religión, qué cosa tan buena!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 563
¡Y él, tan torpe, que no había caído en ello!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 564
No era torpeza sino distracción.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 565
Es que andaba muy distraído.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 572
A Fortunata se le comunicó el entusiasmo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 573
¡La religión!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 574
Tampoco ella había caído en esto.
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unit 575
¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan sencilla...!
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unit 577
«Dime una cosa--preguntó a Maxi, acordándose de que era bella--.
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unit 578
¿Y me pondrán tocas blancas?».
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unit 579
--Puede que sí--replicó él con seriedad--.
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unit 580
No puedo asegurártelo; pero es fácil que sí te las pongan.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 585
De seguro me volveré otra sin sentirlo.
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unit 589
Pues lo mismo será con lo bueno.
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unit 600
Ello debía de ser lo contrario de muebles.
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unit 604
«A ver, ¿qué tal?...
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unit 605
¿cómo es?...
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unit 609
Doña Lupe se quedó desconcertada.
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unit 616
Hubiera deseado verla _por un agujerito_.
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unit 621
--¿A qué, señora?
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unit 622
--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras.
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unit 624
unit 625
--Pero tía...--No hay tía que valga.
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unit 626
No me lo has dicho; pero lo deseas.
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unit 627
¿Crees que no te leo yo los pensamientos?
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unit 628
¡Qué podrás tú disimular delante de mí!
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unit 629
Pues no, no te sales con la tuya.
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unit 630
unit 631
--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo.
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unit 636
Tantas idas y venidas decía ella que le tenían revuelto el estómago.
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unit 638
Por este motivo andaban tía y sobrino algo desavenidos.
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unit 640
Pero la indirecta no hizo efecto en la económica viuda.
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unit 642
Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?».
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unit 647
Agradecía mucho estas finezas el chico, y se comía la golosina.
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unit 650
--vii--.
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unit 652
Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas.
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unit 656
«Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?».
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unit 657
unit 660
unit 662
Yo no podía estar allí; me ahogaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 664
No pasaba día sin que los lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos.
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unit 667
«Aquí no hay más traidores que ustedes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 671
Estuve tres días en cama con un amago de ataque cerebral.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 672
Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su Majestad.
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unit 676
Allá se las haya.
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unit 679
--¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad?
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unit 680
Estás en babia.
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unit 682
--Cállate la boca, estúpido...--dijo Nicolás, sulfurándose.
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unit 686
--¿Qué alboroto es este?--clamó doña Lupe entrando a poner paz--.
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unit 687
¡Vaya con los caballeros estos!
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unit 689
En mi casa no quiero escándalos.
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unit 694
Juan Pablo no se dignó contestar.
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unit 696
En el comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar.
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unit 697
Había oído la reyerta sin dársele una higa de lo que resultara.
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unit 698
Allá ellos.
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unit 703
unit 705
Si no hay tal pregón de _extraordinario_.
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unit 706
Lo que dice la voz, claramente se oye... El _freeeesero... fresa_».
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unit 709
Peor lo pasó Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.
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unit 711
unit 712
¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada?
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unit 716
Hay que ver, hay que ver eso.
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No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no fuera...
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unit 718
Se dan casos...
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¡Vaya!...
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unit 720
Y está enamorado como un tonto... ¿Y qué le vamos a hacer?
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unit 721
Dios nos tenga de su mano».
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unit 729
unit 730
Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 733
Así fue en efecto.
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unit 738
El verdadero señorío jamás se complace en humillar a los inferiores.
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unit 744
Eso vendrá con el tiempo y el uso y el trato.
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unit 747
Lo que deseaba era que se largara pronto.
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unit 752
Maximiliano habló poco durante la visita.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 757
Pero yo dudo que tú...».
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unit 758
--viii--.
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unit 762
Pero es una salvaje que necesita que la domestiquen».
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unit 777
unit 786
Pues en la hermosura de Fortunata.
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unit 787
unit 788
En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna.
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unit 789
Era una divinidad _en toda la extensión de la palabra_.
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unit 791
Yo me atrevo a asegurar que es muchísimo menos».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 803
«Todo lo que debe pasar, pasa--decía--, y todo lo que debe ser, es».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 805
unit 806
Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 807
Nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 817
Asaltó entonces el pensamiento de Rubín una idea triste.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 818
Bueno era lo bueno, pero no lo demasiado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 820
¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo.
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Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar.
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No conviene tampoco que te dé muy fuerte».
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Era preciso seguir.
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Volvió a ponerse la bota y...
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«Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo--.
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El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.
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-IV-.

Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de
redención

--i--.

Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción
lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a
torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que
viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que
había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la
cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los
pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles,
después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que
sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.

No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los
mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan
Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando
aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba
de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que
su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró
para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que
probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo.
Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático
de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las
cosas.

Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y
se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la
puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y
daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el
tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble
historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella
hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no
tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y
haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo
era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara
ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que
lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo
salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba
Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía
en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la
inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada.

Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya
estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una
bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la
señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento
de trabajo. «Es tan novelera esta mona--decía--, que cuando tenemos
mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse,
y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que
hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco
a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la
tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos
crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta,
cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos
hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo
va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la
extensión de la palabra».

--Está tan malo el servicio en Madrid--observó Juan Pablo--, que no debe
usted mirarle mucho los defectos.

Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían
miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó
que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que
le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un
niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una
reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje
indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose
amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la
tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más
molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de
Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en
la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos
le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto
lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde,
y al fin descansó con sosegado sueño.

En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén
con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Había fruncido el
ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando
los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las
haya».

Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba
triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que
después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No
sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la
herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos.

«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi
una noche.

--¿Qué?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace?
Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y
decir que ahí se las den todas.

El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran
consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de
respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los
suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras
con cuchara. «O está también haciendo el trovador--decía doña Lupe--, o
le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con
murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».

Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la
causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no
quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo,
que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa
extraña, liberal _en toda la extensión de la palabra_. Después de servir
a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido
expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de
calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente.
Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza
y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por
meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D.
Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas
paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en
los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando
con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas
morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte,
diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la
muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo
Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona.
Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que
llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por
Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa,
donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión
del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre
inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas
y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil
duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid,
escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar
reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.

He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En
realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por
sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al
uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en
su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos
esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para
responder. No sabía más sino que aquellos malditos carcas eran unos
indecentes que nos querían traer la Inquisición y las caenas. Había
respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en
los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír
hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan
listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón
de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota en toda la extensión
de la palabra.

En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al
criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y
sabía dar a Dios lo que es de Dios y al César, etc... Este estribillo
lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una
oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda
creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su
misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso
regular no la sacaba nadie.

Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se
amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no
quiso doña Lupe volver a mentar a los carcundas delante de Juan Pablo.
Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la
señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba
de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía
sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que
acostarse con niños. «Y no aprenderá--pensaba doña Lupe--; todavía es
capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano
de Carlos Siete.

--ii--.

Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de
conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía
tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta
parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como
mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás,
doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le
ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba
para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba
satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se
reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal
batalla que estaba dando a su familia.

En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no
tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de
almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se
estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La
idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque
«ahora se verá--decía--, quién es más juicioso, quién cumple mejor las
leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con
su neísmo».

En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se
las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no
participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día
le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en
polvo--decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía
inverosímil--. Valiente mico está vusté... Verá cómo no le dejan
casar... Sí, para vusté estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la
despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito
todas las muelas de una bofetada». «¿Vusté, vusté?, ja, ja. Si le
cojo, del primer borleo va a parar al tejado».

Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se
decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de sito Maxi, donde se puso
la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana.
No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que
su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba
el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de
Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso,
que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le
incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había
dormido nada.

Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en
otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La
señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura
roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también
ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás
quedar».

Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como
un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de
su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran
contra el neísmo, un cura siempre es una autoridad en cualquier
familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda
por haber vivido ausente de él durante su niñez.

Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada
de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien
metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y
castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del
Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona.
Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía
sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui,
presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el
feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal
que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor
del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen
almuerzo.

De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos,
tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no
quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su
parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para
Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano
proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto;
pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No
tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a
Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en
metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va
ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero
contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien
segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a
gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que
dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía
que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará
los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos
sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender
que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres
echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino
tomas».

Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron
gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos
los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de
uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días
buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle
del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por
ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo
como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre,
y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este
acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto
de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz
hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta
delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas
familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y
aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor
de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento
y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.

Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del
crédito de Samaniego.

Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había
tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la
personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y
se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran
en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones.
Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más
plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su
hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que
cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas mistiquerías
propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y
alborotando la casa.

La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo
que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer
arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda,
haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades
y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás
y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los
sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque
tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta
coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad
entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás;
primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo,
porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones
personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no
era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien
decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los
talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de
ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién
afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en
las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y
narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que
cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la
nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.

Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería
entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro
eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que
hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se
los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas
una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad.
Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y
antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio.
Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro
tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero
ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de
despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin
sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo
colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera
sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del
mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la
sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más
antipático de sus sobrinos que con el más simpático.

--iii--.

Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la
hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la
ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a
punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo,
bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la
ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien
el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria
de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su
estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado,
había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad--decía
poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los
esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco
y a menudo».

Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella
como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.

«Le diré a usted, tía--murmuraba con el gruñido que la masticación le
permitía--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».

--Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.

--Le diré a usted, tía...

No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos
tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le
relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la
boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la
garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía
puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al
inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña
Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino,
considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un
poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale
bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a
variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi.

«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».

--Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.

--Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que
levantar en vilo...--dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en
la cual no quedaba ni una hebra--. Verá usted... verá usted si le vuelvo
yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto...

No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la
boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que
echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación,
que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma
de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era
una de las pocas cosas relativamente finas que sabía.

«...me pinto solo--terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido
por el comedor--. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!,
es mi fuerte. Me parece que ya está ahí».

Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo
fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su
hermano que ya sabía _aquello_... No le dio Nicolás tiempo a prepararse,
porque de buenas a primeras le embocó de este modo:

«Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me
ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...».

La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se
atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación.

«Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta
las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la
religión, de la dignidad de la familia...».

Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo
de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con
varonil arranque. Tal era el síntoma característico del _hombre nuevo_
que en él había surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento
en que la tremenda cuestión salía a _vista pública_, le brotaban del
fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso
no; pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y
enfáticas su firme propósito de independencia...

«¡Bah!--exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento
desdeñoso de la cabeza--. No quiero oír sermones. Yo sé bien lo que debo
hacer».

Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto.

--Bien, muy bien--murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña
Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una
consulta--. Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy
bien; pero muy...

Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que
Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo
furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su
obligación. Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera
ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que
en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un
sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su
sobrino. ¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...!
Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco. ¿Por qué
no se había de alegrar de ver en él un rasgo siquiera de personalidad
árbitra de sí misma? «Hay que ver por dónde sale este demonches de
chico--pensaba con cierta travesura--. ¡Y qué geniazo va sacando!».

«Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en
los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo--. Verás ahora,
grandísimo piruétano, cómo te pongo yo las peras a cuarto. Tía, buenas
noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos».

Encerrose Nicolás en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se
metieron en la cama. Doña Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no
oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy
mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella
volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del
colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese
Nicolás Rubín. Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera
y firme. Nicolás no le dejaba meter baza; pero el otro se las tenía
tiesas... ¡Terrible duelo entre el sermón y el lenguaje sincero de los
afectos! Ponía singular atención doña Lupe a la voz del sietemesino, y
se hubiera alegrado de oír algo estupendo, categórico y que se saliera
de lo común; pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz
de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella. En
cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo. «Miren
por dónde sale ahora este...--pensó doña Lupe volviendo la cara con
desdén--. ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!».
Al fin dejó de oírse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se
percibió un silbido rítmico, al que siguieron pronto mugidos como los
del aire filtrándose por los huecos de un torreón en ruinas.

«Ya está roncando ese...--dijo doña Lupe retirándose a su alcoba--. ¡Qué
noche va a pasar el otro pobre!».

Serían las nueve de la mañana siguiente, cuando Nicolás pidió a Papitos
su chocolate. Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas
partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo.

«¿Ese chocolate?» preguntó en el comedor, resobándose las manos una con
otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.

--Ahora mismo. El chocolate había de ser con canela, hecho con leche,
por supuesto, y en ración de dos onzas. Le habían de acompañar un bollo
de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y aún decía Nicolás
que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada más que por fumarse un
cigarrillo encima.

--¿Y qué resultó anoche?--preguntó doña Lupe al ponerle delante todo
aquel cargamento.

--Pues nada, que no hay quien le apee--respondió el clérigo, sumergiendo
el primer bizcochito en el espeso líquido--. Lo que usted decía: no es
posible quitárselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como
no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vería hoy a esa...
cabra loca.

--No me parece mal.--Y según la impresión que me haga, determinaremos.

--¿Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Además él está hoy con
jaqueca.

--¿Con jaqueca? ¡Pobrecito!

Doña Lupe corrió a ver a Maximiliano, que después de empezar a vestirse,
había tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las
emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás,
y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el
temido acceso. Desde media noche sintió Maxi un entorpecimiento
particular dentro de la cabeza, acompañado del presagio del mal. La
atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada
detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la
ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin
encontrar la del alivio. Resolvíase luego la punzada en dolor
gravitativo, extendiéndose como un cerco de hierro por todo el cráneo.
El trastorno general no se hacía esperar, ansiedad, náuseas, ganas de
moverse, a las que seguían inmediatamente ganas más vivas todavía de
estarse quieto. Esto no podía ser, y por fin le entraba aquella desazón
epiléptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trató de
levantarse parecíale que la cabeza se le abría en dos o tres cascos,
como se había abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez.
Sintió entrar a su tía. Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no
tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.

«¿Tienes ya el clavo?--le preguntó en voz muy baja--. Te pondré
láudano».

Había aparecido el clavo, que era la sensación de una baguetilla de
hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla.
Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doña
Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y
cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té,
porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su tía que si iba
Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un
encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rogó corriese a avisar a Fortunata
la visita del clérigo, para que estuviese prevenida. «Oye, adviértele
que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con
sinceridad; basta con esto. Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta
mañana».

--iv--.

El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura
puso a Fortunata en gran confusión. Pareciole al pronto un honor harto
grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable
indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, además, con
bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. «¡Un señor
eclesiástico!... ¡qué vergüenza voy a pasar! Porque de seguro me
preguntará cosas como cuando una se va a confesar... ¿Y cómo me pondré?
¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?...
Quizás sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea...
No, no es propio. Me vestiré decente y modestita». Despachados los más
urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su
vestido negro, las botas nuevas; púsose también su pañuelo de lana
oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una
golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer
honesta. Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca
gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas
había de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder
derechamente a lo que se le preguntara, le quitó el apetito... Y bien
mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas? Pero no tuvo
tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tilín. Era
próximamente la una y media.

Corrió a abrir la puerta. El corazón le saltaba en el pecho. La figura
negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba
tan turbada que no acertó a decirle que se sentase y dejara la canaleja.
Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar más por el amor propio
que por la sinceridad, le había hecho mil cuentos hiperbólicos de
Nicolás, pintándole como persona de mucha virtud y talento, y ella se
los había creído. Por esto se desilusionó algo al ver aquella figura
tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de
vello negro que parecía cultivado para formar cosecha. La cara era
desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica;
la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos
largas, negras y poco familiarizadas con el jabón; la tez morena,
áspera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este
detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la
santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida
con la virtud. Poco después, notando que su futuro hermano político
olía, y no a ámbar, se confirmó en aquella idea.

«Parece que está usted como asustada--dijo Nicolás con fría sonrisa
clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. ¿Se figura
usted a lo que vengo?».

--Sí señor... no... digo, me figuro. Maximiliano...

--Maximiliano es un tarambana--afirmó el clérigo con la seguridad
burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil--, y
usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza
de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a
reñir. Yo soy moro de paz, amiga mía, y vengo aquí a tratar la cosa por
las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si
como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada;
ni más ni menos... Y si lo reconoce así, pretendo, esta, esta es la
cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni
más.

Fortunata conocía _La Dama de las Camelias_, por haberla oído leer.
Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la _dama_ que le
quite de la cabeza al chico la tontería de amor que le degrada, y sintió
cierto orgullo de encontrarse en situación semejante. Más por coquetería
de virtud que por abnegación, aceptó aquel bonito papel que se le
ofrecía, ¡y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempeñarlo
por no estar enamorada ni mucho menos, respondió en tono dulce y grave:

«Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande».

--Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicolás, orgulloso de lo que
creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con
mostrarse--. Así me gusta a mí la gente. ¿Y si le mando que no vuelva a
ver más a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando él vuelva
mañana no la encuentre?

Al oír esto, Fortunata vaciló.

«Lo haré, sí, señor--contestó al fin, cuidando luego de buscar
inconvenientes al plan del sacerdote--. ¿Pero a dónde iré yo que él no
venga tras de mí? Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme.
Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora».

--¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene. ¿De modo que usted cree que
no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa.

--Nada, señor, pero nada--declaró ella, disgustada ya del papel de _Dama
de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solución
poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que
todo le parecía bien antes que volver a ella.

--Bien, perfectamente bien--afirmó Nicolás dándose aires de persona que
medita mucho las cosas, y razona a lo matemático--. Ya tenemos un punto
de partida, que es la buena disposición de usted... esta es la cosa.
Respóndame ahora. ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi
hermano?

--No señor.--¿No tiene usted familia?--No señor.--Pues está usted
aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el
cuerpo atrás--, que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse
a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende.

--Sí, señor, entiendo... no tengo más camino--manifestó la joven con
humildad.

--¡Tremenda responsabilidad para mí!--exclamó el curita moviendo la
cabeza y mirando al suelo, y lo repitió hasta unas cinco veces en tono
de púlpito.

En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que
había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia
clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la
novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la
vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de
componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una
ocasión de lucirme--pensó--. Si consigo este triunfo, será el más grande
y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense
ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan
católica como la primera... figúrenselo ustedes...». Al pensar esto,
Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio
de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez
como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria,
señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta
importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides
apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de
envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado
dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución
a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las
respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica...
«Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de
vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran
batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando:

«Bien, bien; esta es la cosa». Era el movimiento inicial del obrero que
se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que
se las escupe antes de coger la azada. Después dijo bruscamente y
sonriendo:

«¿Me permite usted echar un cigarrillo?».

--Sí, señor, pues no faltaba más...--replicó Fortunata, que esperaba el
resultado de aquel meditar y del frote de las manos.

--Pues sí--declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo--, me
falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad
y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un náufrago quiere
salvarse, ¿es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es
alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la
cosa.

--Sí, señor--indicó Fortunata agradecida--, porque yo soy náu...

Iba a decir _náufraga_; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan
difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí: «No metamos la
pata sin necesidad».

«Pues lo que yo necesito ahora--agregó Rubín terciándose el manteo sobre
las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos
libres para una gran faena--, es ver en usted señales claras de
arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo
necesito ahora es leer en su interior, en su corazón de usted. Vamos
allá. ¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?».

La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergüenza de decir que
hacía lo menos diez o doce años que no se había confesado. Por fin lo
declaró.

«Perfectamente--dijo Nicolás, acercando su sillón al sofá en que la
joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto.
Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo.
Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe».

Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón. Aunque estaban
solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja.

«Vamos a ver, ¿quién fue el primero?» preguntó el presbítero llevándose
la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también
ciertos gases.

Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando
a conocer la triste historia incoherente.

«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el
Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue
tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah,
bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos
hombres, ¿a cuántos próximamente?».

Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.

«Es difícil decir... Lo que es conocer...».

El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con
quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la
cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá
después».

«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.

--Vamos, no se asuste usted del número.

--Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien...

--Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le
repugna a usted la memoria de esos escándalos?

--¡Oh!, sí, señor... Crea usted que...

--Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... ¡Valientes pillos! Sin
embargo, dígame usted: ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos,
si la solicitara?

Con ninguno...--dijo Fortunata.--¿De veras? Piénselo usted bien.

Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con
que se confesaba mostráronse en esta declaración:

«Con uno... qué sé yo... Pero no puede ser».

--Déjese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepción de su
hastío es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted
confirmarlo. Me sé estas historias al dedillo. ¿No ve usted, hija mía,
que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco años
largos de talle?

--Pero no puede ser. Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí.

--A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el único sujeto
a quien de veras quiere, el único por quien de veras siente apetito de
amores y esa cosa, esa tontería que ustedes las mujeres...

--El único.--Y a los demás que los parta un rayo.

--A los demás, nada.--¿Y a mi hermano?... esta es la cosa.

Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente. No la esperaba, ni se
acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera
no pensó ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras.
Además, el clérigo aquel parecíale muy listo, y si le decía una cosa por
otra conocería el embuste.

«Pues a su hermano de usted, tampoco».

--Perfectamente--dijo el curita, acercando su sillón todo lo más que
acercarse podía.

--v--.

Para que ningún malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del
sillón de Nicolás Rubín al asiento de su interlocutora, conviene hacer
constar de una vez que era hombre de temple fortísimo, o más propiamente
hablando, frigidísimo. La belleza femenina no le conmovía o le conmovía
muy poco, razón por la cual su castidad carecía de mérito. La carne que
a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más,
en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con
guisantes. Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una
cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor _falda_ para él era la
que da nombre al guisado. Jactábase de su inapetencia mujeril haciendo
de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el
demonio para triunfar. Las embestidas del sillón eran simplemente un
hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.

«Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para
expresarse claramente--, querer, ¿entiende usted?, no; pero aprecio,
estimación sí».

--¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?...

--No señor.--Pero hay esa afición tranquila, que puede ser principio de
una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace
la felicidad de los matrimonios.

Fortunata no se atrevió a responder claro.

Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía. Recortándolo algo se
podía aceptar.

«Puedo llegar a quererle con el trato...».

--Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa:
eso de la ilusión es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con
un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el
bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio
de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversión, es
vicio, hija mía. El verdadero amor es el espiritual, y la única manera
de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las
mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las
ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. ¡Patraña y
propaganda indecente que hace Satanás por mediación de los poetas,
novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la
hermosura física son hermanos, y le hablarán a usted de Grecia y del
naturalismo pagano. No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en
otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con
alma...

La prójima adivinaba más que entendía esto, que era contrario a sus
sentimientos; pero como lo decía un sabio, no había más remedio que
contestar a todo que sí. Viendo que hacía indicaciones afirmativas con
la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis:

«Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la
mitología... esta es la cosa».

--Claro--apuntó la joven; pero en su interior se preguntaba qué quería
decir aquello de la mitología... porque de seguro no sería cosa de
mitones.

Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de
corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el
oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y
glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus
ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por
fórmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a
la manera de él, y había hecho inmensos daños a la humanidad arrastrando
a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos
entre personas que no se querían, y desgobernando, en fin, la máquina
admirable de las pasiones. Era como los médicos que han estudiado el
cuerpo humano en un atlas de Anatomía. Tenía recetas charlatánicas para
todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera
que pasaba.

«De esta manera, hija mía--añadió lleno de fatuidad--, puede darse el
caso de que una mujer hermosa llegue a amar entrañablemente a un hombre
feo. El verdadero amor, fíjese usted en esto y estámpelo en su memoria,
es el de alma por alma. Todo lo demás es obra de la imaginación, la
loca de la casa.

A Fortunata le hizo gracia esta figura.

«¿Quién hace caso de la imaginación?--prosiguió él, oyéndose, y muy
satisfecho del efecto que creía causar--. Cuando la loca le alborote a
usted, no se dé por entendida, hija. ¿Haría usted caso de una persona
que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es,
exactamente lo mismo. A la imaginación se la mira con desprecio, y se
hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la
vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos
ejemplos, no podrá durante algún tiempo meter en cintura a la loca de la
casa; pero aquí estamos para enseñarla. Aquí me tiene a mí, y me parece
que sé lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna
de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos
a la religión, empezando por edificarse interiormente.

--Sí señor--respondió humildemente la prójima, que entendía lo de la
religión; pero no lo de la edificación. Para ella edificar era lo mismo
que hacer casas,

--Bien. ¿Está usted dispuesta a ponerse bajo mi dirección y a hacer todo
lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le
daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas.

--Sí señor.--¿Y cómo estamos de doctrina cristiana?

Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que
dicen algunos médicos: «a ver la lengua».

--Yo... la _dotrina_--replicó la penitente temblando...--muy mal. No sé
nada.

El capellán no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus
catecúmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder él
enseñárselo todo. Después meditó un rato, las manos cruzadas y dando
vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio.
No podía dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las
flaquezas humanas, y pensó que le convenía ponerse bajo su dirección. En
aquel momento hallábase bajo la influencia de ideas supersticiosas
adquiridas en su infancia respecto a la religión y al clero. Su
catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones
incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo
contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada
que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Formó del
hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no
reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles
el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy
bonitas.

«Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continuó
Nicolás saliendo de su abstracción--. Ya sabe usted lo que Jesús le dijo
a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación
parecida a la que ahora tenemos usted y yo...».

Fortunata se sonrió, afectando entender la cita; pero se había quedado a
oscuras.

«Si usted quiere mejorar de vida y edificársenos interiormente para
adquirir la fuerza necesaria, aquí me tiene. ¿Pues para qué estamos?
Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos
peros al casorio con mi hermano. El pobre está loco por usted; me dijo
anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi tía quiere quitárselo de
la cabeza; mas yo le dije: «Calma, calma, las cosas hay que verlas
despacio. No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí. Me
comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginación que
consiste en tener cariño al hombre indigno que la perdió. Conseguido
esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión
espiritual, no de los sentidos... ni más ni menos. ¡Oh, he alcanzado yo
tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se creía dañada
para siempre! Convénzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es
ponerse a ello, todo es empezar... Imagínese usted lo bien que estará
cuando se nos reforme; vivirá feliz y considerada, tendrá un nombre
respetable, y habrá quien la adore, no por sus gracias personales, que
maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que
importa. Al principio tendrá usted que hacer algunos esfuerzos; será
preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizás lo más difícil,
pero hagámonos la cuenta de que la única hermosura verdad es la del
alma, hija mía, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos...».

Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.

«Pues vamos a cuentas. ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad,
esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?».

--Sí señor--respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por
aquello de los gusanos.

--Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el
cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido
inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institución
religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las
muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la
oración, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca
sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras
salen ya _edificadas_, bien para casarse, bien para servir en casas de
personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la
perdición. También entran allí señoras decentes a expiar sus pecados,
esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y
otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio
del mundo.

Fortunata seguía dando cabezadas. Había oído hablar de aquella casa, que
era el convento de las Micaelas.

«Perfectamente; así se llama. Bueno, usted va allá y la tenemos
encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es
tan amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él la dirigirá a usted
espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que
volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle
el pulso y a ver cómo anda esa educación, sin perjuicio de que antes de
entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de
doctrina cristiana para que no se nos vaya allá enteramente cerril. Si
pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de
espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizás
llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno
capellán dé el pase, toda la familia dirá _amén_».

Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus
mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de
convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes
se dirigían.

En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las
lágrimas. Indudablemente era muy de agradecer el interés que aquel
bondadoso apóstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaños, sin
manotadas, tratándola como un buen pastor trataría a la más querida de
sus ovejas. A pesar de esta excelente disposición de su ánimo, la
infeliz vacilaba un poco. De una parte le seducía la vida retirada,
silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que allí se
cerrase por completo la herida de su corazón. Había que probarlo al
menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... ¿cómo
serían las monjas?, ¿cómo la tratarían? Pero Nicolás se adelantó a sus
temores, diciéndole que eran las señoras más indulgentes y cariñosas que
se podían ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que
sería ella convertida de _chica_ en señora, la imaginación limpia de
aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el
entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería. La misma
imaginación, a quien el maestro había puesto que no había por donde
cogerla, fue la que le encendió fuegos de entusiasmo en su alma,
infundiéndole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era.

«Pues sí, pues sí... quiero entrar en las Micaelas» afirmó con arranque.

--Pues nada, a purificarse tocan. ¿Ve usted cómo nos hemos
entendido?--dijo el clérigo con alegría, levantándose--. Cansado ya de
tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasión es tan fuerte que
no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo
arreglaré. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no sé hacer otra
cosa... ¿Para qué serviría yo si no sirviera para enderezar torceduras
de estas?

El orgullo se le rezumía por todos los poros como si fuera sudor; los
ojos le brillaban. Cogió la canaleja, diciendo:

«Volveré por aquí. Hablaré a mi hermano y a mi tía. Tenemos ya una gran
base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande
este pobre sacerdote».

Fortunata al darle la mano se la besó.

Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que
él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que
tenía Maximiliano aquel día.

«Es mal de familia. Yo también las padezco. Pero lo que principalmente
me trae descompuesto ahora es un pícaro mal de estómago... debilidad,
dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca
cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... ¡qué le
vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aquí un perrito... lo
mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo
al condenado, me da muy mal rato».

--Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando
revista mental a su pobre despensa.

--Quite usted allá, criatura... No faltaba más... ¿Piensa que no me
puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero
me sienta bien, conozco que me sienta bien.

--Si quiere usted, traeré... No tengo en casa; pero bajaré a la
tienda...

--Quite usted allá... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y
cuidarse, cuidarse mucho, ¿eh?, que andan pulmonías.

El clérigo salió y fue a casa de un amigo donde le solían dar, en
aquella crítica hora, el remedio de su debilidad de estómago.

--vi--.

En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó,
pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y
de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del
propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le
caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual,
exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria.
El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás
sino medias palabras. «Allá veremos... estas no son cosas de juego... Ya
tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a
pulso... esta es la cosa. He de volver allá... Es preciso que tengas
paciencia... ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas
horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la
conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la
cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y
fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del
cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a
medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole
precipitadamente todo.

Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificación,
pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su
hermano. A él le había pasado vagamente por la cabeza algo semejante;
mas no supo formularlo. ¡Qué insigne hombre era Nicolás! ¡Ocurrirle
aquello!... Tamizada por la religión, Fortunata volvería a la sociedad
limpia de polvo y paja, y entonces ¿quién osaría dudar de su
honorabilidad? El espíritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la
superficie por la pasión, como un mar sacudido por furioso huracán, se
corría, digámoslo así, de una parte a otra, explayándose en toda idea
que se le pusiese delante. Así, lo mismo fue presentársele la idea
religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y
fresca onda. ¡La religión, qué cosa tan buena!... ¡Y él, tan torpe, que
no había caído en ello! No era torpeza sino distracción. Es que andaba
muy distraído. Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció
entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos.
Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más,
haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o
el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino.

Nunca había sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel
instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad
tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la
Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le
pasaba. El amor le conducía a la devoción, como le habría conducido a la
impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareció el
plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque
levemente. Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda,
habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres
Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y
utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la
cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que
habría otras lo mismo, pero más no... más no.

A Fortunata se le comunicó el entusiasmo. ¡La religión! Tampoco ella
había caído en esto. ¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan
sencilla...! Lo particular era que veía su purificación como se ve un
milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer
de cuatro peces cuarenta.

«Dime una cosa--preguntó a Maxi, acordándose de que era bella--. ¿Y me
pondrán tocas blancas?».

--Puede que sí--replicó él con seriedad--. No puedo asegurártelo; pero
es fácil que sí te las pongan.

Fortunata cogió una toalla y echándosela por la cabeza, se fue a mirar
al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la
nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que
importaba y tenía valor era la del alma. Observando la cara que tenía
Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales
del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos
desagradable... Entrevió una mudanza radical en su manera de ver las
cosas.

«¡Quién sabe--se dijo--, lo que pasará después de estar allí tratando
con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me
volveré otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede
sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como
cuando una teme llegar a la cosa más mala del mundo y dice una: 'jamás
llegaré a eso'. Y ¿qué pasa?, que luego llega una y se asombra de verse
allí, y dice: 'parecía mentira'. Pues lo mismo será con lo bueno. Dice
una: 'jamás llegaré tan arriba', y sin saber cómo, arriba se encuentra».

Maximiliano se quedó a almorzar; pero la irritación de su estómago y la
desgana hubieron de contenerle en la más prudente frugalidad. Ella en
cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y
quizás porque estaba contenta y excitada. De aquí tomó pie el redentor
para hablar de lo mucho que comía su hermano Nicolás. Esto desilusionó
un poco a Fortunata, que se quedó como lela, mirando a su amante, y
deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Creía ella que los
curas de mucho saber y virtud debían de conocerse en el poco uso que
hacían del agua y jabón, y también en que su alimento no podía ser sino
yerbas cocidas y sin sal.

Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y
también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia
futura. «En la partición--dijo con cierto énfasis Maximiliano--, me
tocan fincas rústicas. Mi tía se enfadó porque deseaba para mí el dinero
contante; pero yo no soy de su opinión; prefiero los inmuebles».

Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura
de lo que significaba la palabra _inmueble_, ni quería tampoco
preguntarlo. Ello debía de ser lo contrario de muebles. Maxi la sacó de
dudas más tarde, hablando de sus olivares y viñas y de la buena cosecha
que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo
que decir árboles. También ella prefería las propiedades de campo a
todas las demás clases de riqueza. Después que se retiró su amante, se
quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y
carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy
tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez.

«A ver, ¿qué tal?... ¿cómo es?... ¿es guapa?» había preguntado doña Lupe
a Nicolás con vivísima curiosidad.

Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía
apreciar el género a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un
manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo:

«Es una mujer... hasta allí».

Doña Lupe se quedó desconcertada. A los peligros ya conocidos debían
unirse los que ofrece por sí misma toda belleza superior dentro de la
máquina del matrimonio. «Las mujeres casadas _no deben_ ser muy
hermosas» dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción
profunda.

Hízole otras mil preguntas para aplacar su ardentísima curiosidad; cómo
estaba vestida y peinada; qué tal se expresaba; cómo tenía arreglada la
casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador. Sus impresiones no
habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio
del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su
experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones
favorables. Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya
no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado.
Visitar a la tal no le parecía digno, habiendo hecho tantos aspavientos
en contra suya; pero estar muchos días sin verla y averiguarle las
faltas, si las tenía, era imposible. Hubiera deseado verla _por un
agujerito_. Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer,
y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole
buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo
dijo, para sí consideraba aquel camino como el único que podía conducir
a una solución. Rabiaba por echarle la vista encima al _basilisco_, y
como su sobrino no le decía que fuera a verla, este silencio hacíala
rabiar más. Un día ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi
en su cuarto, le embocó esto de buenas a primeras: «No creas que voy yo
a rebajarme a eso...».

--¿A qué, señora?

--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece
indecoroso que yo vaya allá, a pesar de todos esos proyectos de legía
eclesiástica que le vais a dar.

--Señora, si yo no he dicho a usted nada...

--Te digo que no iré... no iré.

--Pero tía...--No hay tía que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas.
¿Crees que no te leo yo los pensamientos? ¡Qué podrás tú disimular
delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy allá sino en
el caso de que me llevéis atada de pies y manos.

--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo.

Lo deseaba, sí; pero como tenía su criterio formado y su invariable
línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la
visita pudiera resultar. Véase por dónde la fuerza de las circunstancias
había puesto a doña Lupe en una situación subalterna, y el pobre chico,
que meses antes no se atrevía a chistar delante de ella, miraba a su tía
de igual a igual. La dignidad de su pasión había hecho del niño un
hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo
autócrata con respeto, pero sin miedo.

Como Nicolás visitaba algunos días a Fortunata para enseñarle la
doctrina cristiana, doña Lupe se ponía furiosa. Tantas idas y venidas
decía ella que le tenían revuelto el estómago. Pero el sentimiento que
verdaderamente la hacía chillar era como envidia de que fuese Nicolás y
no pudiera ir ella. Por este motivo andaban tía y sobrino algo
desavenidos. Corría Marzo, y el día de San José dijo Nicolás en la mesa:
«Tía, ya hay fresa». Pero la indirecta no hizo efecto en la económica
viuda. Volvió a la carga el clérigo en diferentes ocasiones: «¡Qué fresa
más rica he visto hoy! Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?».

--No lo sé, ni me importa--replicó ella--, porque como no la pienso
traer hasta que no se ponga a tres reales...

Nicolás dio un suspiro, mientras doña Lupe decía para sí: «Como no comas
más fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado estás».

Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa,
bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida
la comida, y mientras Nicolás leía _La Correspondencia _ o _ El
Papelito_ en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para
comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar. En cuanto el cura se
echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a
Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con
el platito y la cucharilla. Agradecía mucho estas finezas el chico, y se
comía la golosina. Mirábale comer su tía con expectante atención, y
cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo
quitaba de las manos diciendo: «Esto para Papitos que está con cada ojo
como los de un besugo».

La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le
daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.

--vii--.

Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a
todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia.
Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy
tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe,
pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto
de la casa. La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado
regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a
la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doña Lupe le nombraba el casorio
de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se
duerma, alzaba los hombros, decía palabras de desdén hacia su hermano y
nada más. «Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?».

De carlismo no se hablaba en la casa, porque doña Lupe no lo consentía.
Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en
la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la
señora. Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a
decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco,
se fueron enzarzando, enzarzando hasta que...

«¿Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primogénito,
descomponiéndose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra
culpa, por culpa de los curas. Hay que ir allá, como he ido yo, para
hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo
quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a
los que verdaderamente trabajan. Yo no podía estar allí; me ahogaba. Le
dije a Dorregaray: 'mi general, no sé cómo usted aguanta esto', y él se
alzaba de hombros, ¡poniéndome una cara...! No pasaba día sin que los
lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en
tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez
millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando llegó a mi noticia
que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar
recados de mi jefe, me volé, y aquella misma tarde, habiéndome
encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me
lié la manta a la cabeza, y por poco se arma allí un Dos de Mayo. «Aquí
no hay más traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor,
si le hubiera, por el provecho que saque de su traición. No digo yo por
diez millones; pero por diez mil ochavos venderían ustedes al Rey, y
toda su descendencia; ladrones infames, tíos de Judas». En fin, que si
no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quería mucho, y me coge a la
fuerza y me arranca de allí y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el
redaño de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres días en cama con
un amago de ataque cerebral. Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su
Majestad. Su contestación fue ponerme en la mano el canuto y el
pasaporte para la frontera. En fin, que los _engarza-rosarios_ dieron
conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus
maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdió
don Carlos V, y al VII no le aprovechó la lección. Allá se las haya. ¿No
querías religión?, pues ahí la tienes; atrácate de curas, indigéstate y
revienta.

--Es una apreciación tuya--dijo Nicolás moderando su ira--, que no me
parece muy fundada... esta es la cosa.

--¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad? Estás en babia.

--Y tú, me parece que estás algo ido, porque cuidado que has dicho
disparates.

--Cállate la boca, estúpido...--dijo Nicolás, sulfurándose.

--¿Sabes lo que te digo?--gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz--,
que a mí no se me manda callar, ¿estamos? He tenido el honor de decirle
cuatro frescas al obispo de Persépolis, y quien no teme a las sotanas
moradas, ¿qué miedo ha de tener a las negras?...

--Pues yo te digo...--agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo
si amenazar con los puños o simplemente con las palabras--, yo te digo
que eres un chisgarabís.

--¿Qué alboroto es este?--clamó doña Lupe entrando a poner paz--. ¡Vaya
con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros,
que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle.
En mi casa no quiero escándalos.

--Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicolás, que casi
no podía respirar de tan sofocado como estaba.

Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a
su hermano.

«¡Vaya un genio que has echado!--le dijo doña Lupe, sin que él la
mirara--. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo,
no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a _la
infame facción_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza,
¿qué culpa tenemos los demás?».

Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y
se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el
comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la
reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás
no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo,
por grande que fuera, le podía privar de su más característica
manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe
puso atención, creyendo que era un _extraordinario_ de periódico
anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En
aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico,
manteniendo al vecindario en continua ansiedad.

«Papitos--dijo la señora--, toma dos cuartos y bájate a comprar el
_extraordinario de la Gaceta_. Veréis cómo habla de alguna buena tollina
que les han dado a los _tersos_».

Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer
callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal
pregón de _extraordinario_. Lo que dice la voz, claramente se oye... El
_freeeesero... fresa_».

--Puede que así sea--replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más
pronto que la vista--. Pero está tan verde, que es un puro vinagre...

--Todo sea por Dios--se dejó decir Nicolás suspirando--. Peor lo pasó
Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.

Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando
la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo.
Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña
Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único
que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía
era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que
le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña
Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle,
sin más compañía que la del gato.

«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y
sacando la aguja--, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el
tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver,
hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no
fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y
qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano».

Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de
casa del _basilisco_. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a
asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que
en lo moral parecía ser _de buena madera_, con lo que llegó a su colmo
la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo
el papel desdeñoso que representaba.

«Tanto te empeñarás--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo
vas a conseguir».

--¿Qué, tía?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si
voy es contra mi voluntad.

Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso
manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo
agradeceremos toda nuestra vida».

--Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a
ir, que todavía no lo sé...

--Sí, tía.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino
por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te
quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.

--Mañana mismo, tía; yo la acompaño a usted--dijo entusiasmado el
chico--. Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará.

Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de
cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña
Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha.
Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba
con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.

Así fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de
Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues
siendo el _basilisco_ tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan
cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto
y se empingorotó hasta un extremo increíble. Trataba doña Lupe a su
presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Había de
conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de
cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la
visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de
Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había
existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su
condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo
posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad
de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del
lado de la indulgencia. El verdadero señorío jamás se complace en
humillar a los inferiores. Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas
de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de
los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle. Es
que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre
quien ejercer dominio...

Una de las cosas que más gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez
para expresarse. Se le conocía en seguida que no hablaba como las
personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates. Esto
la favoreció en opinión de doña Lupe, porque el desenfado en el lenguaje
habría sido señal de anarquía en la voluntad. «No se apure usted--le
decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico--; que
no es posible aprender en un día a expresarse como nosotras. Eso vendrá
con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es
vergüenza para nadie, y la que no ha recibido una educación esmerada no
tiene la culpa de ello».

Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo
cumplido_, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo
contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria. Lo
que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento,
resolución que la tía de Maxi alabó mucho, esforzándose en sacar de su
cabeza los conceptos más alambicados y los vocablos más requetefinos. A
tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de
muchas cosas que le oyó. Por fin llegó el instante de la despedida, que
Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con
claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de
la casa. La de Jáuregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata
tartamudeó, y todo lo dijo al revés.

Maximiliano habló poco durante la visita. No hacía más que estar _al
quite_, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro
por torpeza de lenguaje. Cuando salió doña Lupe, creyó que debía
acompañarla hasta la calle, y así lo hizo.

«Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual...
Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente,
esta mujer podría enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero
yo dudo que tú...».

--viii--.

Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura
del _basilisco_ sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios
de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se
resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras--decía para sí la
viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje
que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata
manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con
pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de
protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad
educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre
quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y
alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres
inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al
decir de la gente, tan discípulo como marido.

Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente
planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante
de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo
desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y
sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la
casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien
había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando
por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un
afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten
los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que
poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que
podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en
señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano
pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el
animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las
dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la
señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es
mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito
desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé,
domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay
duda de que se nos tuerce».

Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de
maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinándose a no
intervenir para nada... Pero con las amigas tenía que representar otros
papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer
en situación desairada o ridícula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy
alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba.
Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas
propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la
calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa.
Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a
donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridículo le ocurría, lo
guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos
que con repiques. Por esto cuando se corrió entre las familias amigas
que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía _la de los
Pavos_ cómo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era
aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro,
como otras veces había hecho.

Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caña completamente
achantada y sin saber por dónde tirar. Pero desde el día en que vio a
Fortunata, se sacudió la morriña, creyendo haber encontrado un punto de
apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. ¿En qué
creeréis que se fundó para volver a tomar aquellos aires de persona
superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por
mucho que se figuraran de su belleza, no tendrían idea de la realidad.
En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era
una divinidad _en toda la extensión de la palabra_.

Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro
para acudir con el siguiente ardid estratégico: «Y en cuanto a lo de su
mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me
atrevo a asegurar que es muchísimo menos».

Interrogada sobre la condición moral y de carácter de la divinidad, hizo
muchas salvedades y distingos: «Eso no lo puedo decir... No he hablado
con ella más que una vez. Me ha parecido humilde, de un carácter
apocado, de esas que son fáciles de dominar por quien pueda y sepa
hacerlo». Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las
presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su
vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para
transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser
admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de
lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto
se dice; pero hacerlo ya es otra cosa.

Entre tanto, acercábase el día designado para llevar el _basilisco_ a
las Micaelas. Nicolás Rubín había hablado al capellán, su compañero de
Seminario, el cual habló a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga
íntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisión en
los términos que marca el reglamento de la casa, sólo se esperaba para
realizarla a que pasasen los días de Semana Santa. El Jueves salieron
Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito
fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San
Bernardino. Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con
zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el
Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos. Maxi
salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier
modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su
inventiva. La religión que él sentía en aquella crisis de su alma era
demasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún culto;
pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía
remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las
iglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos, llevado del
sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios
en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e
imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular
y matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa--decía--, y todo lo que debe
ser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de la
Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La
Providencia dictaba no sólo la historia pública sino también la privada.
Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos? Nada. Pero no quería
quitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del _gori gori_ y de
las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve...
la pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas
cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo
sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que
viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.

El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda que
empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos
altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en
un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A
Rubín se le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a
molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho
es gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la mente.
Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto
en los depósitos de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitó
la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el
apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte
inmenso que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Oriente
una mole de ladrillo rojo, parte en construcción, y le dijo que aquel
era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Pareciéronle a
Fortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo de
entrar pronto, aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces el
pensamiento de Rubín una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo
demasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque
si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de
veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí
encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días...
¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien
podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se
corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no
querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del
demonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz de
volverse santa _en toda la extensión de la palabra_, como diría doña
Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces
protestante, masón, judío, ateo.

No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y
otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión
de hormigas. Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar. No conviene
tampoco que te dé muy fuerte».

Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lo
malo fue que aquel día, Viernes Santo, no había coches, y no era posible
volver a casa de otra manera que a pie.

«Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo--.
Apóyate y así no cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada a
remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un
paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo menos
de hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior,
Maximiliano, en las efusiones epilépticas de su cariño, había hablado
algo de sucesión, dijo para su sayo: «De eso sí que estás tú libre».

El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.