Mientras Estupiñá
admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo
universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando
ya una galleta de almendra y coco, que parecía _talmente_ mazapán de
Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las
especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que
era un Samaniego, y... adiós mi dinero.
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