Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas. VI-VII-VIII.
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-VI-.

Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia.




--i--.


Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y benévolo con que iluminaba su rostro.

De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les debe nada; y sin embargo, piden y piden.

Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos, estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía todo, menos chiquillos.

Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano, al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su omnipotencia dando que quitando.

De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les hacen decir y hacer muchas tonterías.

«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven.
No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian... ¡qué sé yo!...».

Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.

Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros, donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente, gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes.
Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación.
No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.

Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas, ¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias:.




--ii--.


Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernández_, de una respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco.
Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruñas_ y _Viveros_ para vestir a la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.

Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una Trujillo.

Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número de _eses_ que hizo cuando cogió la primera _pítima_ de que la historia tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino _Ruiz-Ochoa_ y _Compañía_, aunque uno de sus principales socios era don Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines.
Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la vista.

Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués de Casa-Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D. Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio.
Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.

Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz, hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicería de Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de estos.

La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas, progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.

Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están.
¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería _Al ramo de azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si el dueño de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo, es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de Casa-Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno.

Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, con la duquesa de Gravelinas,. con un Moreno Vallejo magistrado, con un Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.

La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces, madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de señoritos necesitados_.




--iii--.


Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos, dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su barrio, aquel _riñón de Madrid_ en que había nacido, por ninguno de los caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y tarde la batahola que arman los coches correos;. quien no recibiera a todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz; quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras como si estuvieran dentro de la casa;. quien no viera pasar a los cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad, cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.

La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda, siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera.
Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.

El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el despacho de D. Baldomero.

Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atención_. Juan solía tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de que los periódicos les llamaran _anfitriones_. Comían bien; en su casa había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que más bien eran alumnas.

Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D. Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos; llegaba el fin de mes y siempre había un _superávit_ con el cual ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante.
Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fichú_ o la manteleta, y hasta vestidos completos acabados de venir de París.

El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después de acostados, todo lo que había visto en el _Regio coliseo_. Resultó que a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca.
Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con seis amigos, a un palco alto de proscenio.

Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso que _no tenía gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener uno solo, sino que quería verse rodeada de una _serie_, desde el pillín de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles;.
las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a la pared;. los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa para desesperación de las madres;. las nenas que en Carnaval se visten de chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden para la Cruz de Mayo;. los talluditos que usan ya bastón y ganan premios en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le interesaban igualmente.




--iv--.


Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad, que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda, como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho y un sobresalto inexplicable.

Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había _tenido_ ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». --«Pues si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». --«A mí nada. Dispensa, hija, ¡qué genio!». --«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás mimadita!».

Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie.
Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada, el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera: _miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón.

Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina, produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterráneo con otro _miiii_ dicho a su manera.

¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero.
Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.

«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita temblando y pálida.

El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su ama con semblante de marrullería y jovialidad.

«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la alcantarilla».

--¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?

--Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente, que parió anoche y no los puede criar todos... Jacinta se inclinó para oír mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad indiscutible.

Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de freidera que apenas permitía ya oír el ahilado _miiii_. No obstante, la Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo: «Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos».

--¿Y no se puede levantar esta baldosa?--indicó ella, pisando fuerte en ella.

--¿Esta baldosa?--repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su ama como se mira a la persona de cuya razón se duda--. Por poderse... avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino de casa... Pero... Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada --observó Deogracias, poniéndose más estúpido--. Se han ahogado...».

No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras.
Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia indecible de oír constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle ¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano, poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos niños abandonados...?».

Sólo a su marido, _bajo palabra de secreto_, contó el lance de los gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la renovación de las probabilidades de ella.




--v--.


Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija.
¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados, mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que anhelaba. La satisfacción del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la otra la privación del mismo.

Barbarita tenía la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente estaba su magistral arte de marchante rica.

El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de Santiago. Era tan conocida _doña Barbarita_ en aquella zona, que las placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la preferencia de una tan ilustre parroquiana.

Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día, echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo para irlas desembuchando.

«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay, porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...».

Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase, y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería era ver si saltaba conversación.

Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones, Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel santo lugar:.

«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».

--¿Por qué, señora?

--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes tú... Ahí tienes lo que son tus _protegidos_... Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía; era que _le había recomendado_. Pero ya se las cantaría él muy claras al tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que les había dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades, verdaderas divinidades».

--No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos.
También quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay ternera fina.

--La hay tan fina, señora, que parece _talmente_ merluza.

--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
Conmigo no se juega.

--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?

--Sí; y de pescados ¿qué hay?

--He _apalabrado_ el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es peste de langosta.

Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer.
Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este: «Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los _chicos_ de Sobrino... ¡Qué divinidad!».

Barbarita interrumpía un _Padrenuestro_ para decir, todavía con la expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora».

Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a casa de los _chicos_ de Sobrino».

Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo a alguna de sus hermanas.

Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no recuerdo cómo se llaman».

--Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a viejo...! Parecían de la boda de San Isidro.

A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando ya una galleta de almendra y coco, que parecía _talmente_ mazapán de Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las _perlas del Nizán_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion, que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de suprimirlo _por pronto pago_.

--Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento _a casa_--decía con despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.

--Vaya, quedaos con Dios--decía doña Barbarita, levantándose de la silla a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.

--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.

--_Hasta mañana_, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D. Baldomero... Plácido, Dios le guarde.

--Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el género _arreglado_. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la horca.

Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya conocido. Ello había de ser género de confianza, _talmente_ moro. El chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la tarea para ver si se hacía _a toda conciencia_, porque en estas cosas hay que andar con mucho ojo.

Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin, corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D. Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.

A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de _ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba, olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.
Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.




-VII-.

Guillermina, virgen y fundadora.




--i--.


De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer la correspondencia.

Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita, una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.
Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa, como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.

Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos las amistades...».

Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero, dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus ciento y pico de hijos de ambos sexos.

Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no servir a más señores que se le pudieran morir_. No nació aquella sin igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador, activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para encerrarse y estar todo el santo día bostezando el _gori gori_, ni para ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva, sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad.
Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y adelante, con los pies ensangrentados.

Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto, pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.

La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_, sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima; después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos.
Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían que no estaban en casa.

«Llegó un día --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas, estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y buscar cuartos de otra manera y por otros medios.

»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta entonces yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a todo bicho viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del primer tirón me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no había visto en mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una trapisondista; pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días sin parar subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo a gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra... el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les tranquilizaba. 'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace falta'. Y aquí me daban el _perro_, allá el duro, en otra parte el billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!, señores, este oficio tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto segundo, que me había recomendado no sé quién. La tal recomendación fue una broma estúpida. Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro tarascas... ¡Ay, Dios mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo aquello... lo primero que me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no--me dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvió con una escoba para pegarme. ¿Qué creen ustedes que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí más adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... ¡bonito genio tengo yo...! ¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero! Pásmense, pásmense... la más desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a los dos días a mi casa a llevarme un napoleón.

»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o menos fina. Ya me pueden llamar _perra judía_; lo mismo que si me llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo más que mi objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.
Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?' --me preguntó.
'No señor, de niños'. --'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil _guealés_... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora!
Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas... Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una cantidad mensual.

»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo la despensa vacía, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios, y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse y ser buenos cristianos».




--ii<sc/>-.


«Un edificio _ad hoc_» dijo con incredulidad el marqués de Casa-Muñoz, que era uno de los presentes.

--_Ad... hoc_, sí señor--replicó Guillermina, acentuando las dos palabras latinas--. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado?
¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y pintón. Con que a ver... --¿Tiene usted ya la memoria de cantería?

--preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de berroqueña.

--Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo?

--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto imperial--, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que tengo en la Guindalera.

--¿A cómo? --preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y apuntándole con la aguja de media.

--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el marqués, ¿qué me da?

--Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me sobraron de la casa de la Carrera?

--¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja, para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.
Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de Casa-Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T?
Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver estos apuros míos y no acudir a ellos?

--Guillermina--dijo Casa-Muñoz algo conmovido--, cuente usted con doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.

--¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?

--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos sobre la _Unión ibérica_ y sobre la _Organización de los bomberos en Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo está a su disposición. Diez ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tómbola_.

--¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo.

--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo Aparisi lo quiere empezar.

--La primera piedra no hay quien me la quite--expresó Aparisi con toda la hinchazón de su amor propio.

--Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?--apuntó Barbarita--, por ejemplo, toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes... --Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos.

El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos, creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra cosa, se fueron al salón a hablar _seriamente_ de política y negocios.
D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que _envido a la chica... envido a los pares... órdago_.

Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía, se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los pobres de la Inclusa y Hospital.

Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios del Sur. «¡Qué desigualdades!--decía, desflorando sin saberlo el problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí--decía--; pero también mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados de estiércol y tronchos de berza; me han llamado _tía bruja_...».

A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».

Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año; alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.

«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?».

--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote, sí o no?

--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro, todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí!
Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a San Bernardino.

--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada, roñoso, cicatero.

Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle carga, que es muy malo».

--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has sacado, me salvo--díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.

--No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran miserable, usurero, recocho en dinero--repitió Guillermina con tono y sonrisa de chanza benévola--. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas domingueras y sacarles las entrañas a los pobres.

--No hagan ustedes caso de esta _rata eclesiástica_--indicó Moreno, sentándose entre Barbarita y Jacinta--. Me está arruinando. Voy a tener que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del chaleco.

La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su alma.

--Pero ven acá, pillo--dijo secándose las lágrimas que la risa había hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda, hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti se va al Cielo derecho.

--A donde vas tú a ir es al _Modelo_... --Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor cuenta... No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero, que acababan de entrar.

Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía a sus amigas.

«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está formado el corazón de este hombre».

Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento: «Hijas, que el rey se marcha».

--¡Qué dices, mujer!

--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».

--¡Todo sea por Dios! --exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo imperturbable a su trabajo.

Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a su marido que aquel día no había comido en casa.

«Oye--le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban con picardía;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante».




--iii--.


«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín, se estaba haciendo el consolidado a 20.

--Lo hemos de ver a 10, señores --dijo el marqués de Casa-Muñoz en tono de Hamlet.

--¡El Banco a 175...! --exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre.

--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--. Está a 172, y si usted quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres.

--Sí--dijo Aparisi poniendo semblante profético--; porque la que se va a armar ahora aquí, será de órdago.

--Señores, no seamos impresionables--indicó el marqués de Casa-Muñoz, que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen señor se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren... --El golpe viene de fuera --manifestó Aparisi--. Esto lo veía yo venir.
Francia... --No _involucremos_ las cuestiones, señores --dijo Casa-Muñoz poniendo una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, diré a ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el republicanismo.

Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.

«Señor Marqués --declaró Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe ponerse...».

--¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...--saltó el marqués incómodo, anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las cuestiones.

Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba de _poner los puntos sobre las íes_; pero con el marqués de Casa-Muñoz no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y Casa-Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenación de las ideas_. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa-Muñoz tomaba arranque y diciendo _el desiderátum_, hacía polvo a su contrario.

Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa-Muñoz disparatadamente, y sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las _puertas estaban herméticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato, excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D. Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el _e pur si muove_ de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y creía que aquel célebre dicho significaba _por si acaso_.

Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré el paraguas _e pur si muove_».

Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte: «Y qué, _nene_, ¿hay barricadas?».

--No, hija, no hay nada. Tranquilízate.

--¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si sales.

--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?

Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando el bolsillo del pecho.

--¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses... --Vaya con la descuidera... --¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver... Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió.

--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace falta?

--No por cierto. Toma lo que quieras.

--Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo.

Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y arrugando el billete que estaba en ellas.

En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente de las dos señoras, atravesó el salón a prisa.

«¡A esa, a esa! --gritó Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros, vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla de _la rata eclesiástica_ veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de plata?».

En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía una bendición.

En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués de Casa-Muñoz hablaba de _las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente; el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que _el alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro a ustedes --decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza, vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro, el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino.
No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».

Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D. Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah!
Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.

Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja».

--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se está volviendo muy anticonstitucional.

Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su marido.




-VIII-.

Escenas de la vida íntima.




--i--.


A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente.
Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta.
¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D. Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía _en familia_ que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado.
Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas; sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría: «Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo digo, bien sabido me lo tendré».

Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos, como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba pegando.

De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo, traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial, le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora, prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse coger!

Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado.
¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa... En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así.
No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal que no saltara algo más fuerte.

Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto eres tú».

La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas, Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.

Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social, una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos.
Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula.
Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.

En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.
Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza misma tenía para él su picante.




--ii--.


Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven, mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las manos con que la ha hecho.

Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba, sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi mercantil. Ninguno sabía como él _sacar el jugo_ a un billete de cinco duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.

A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los hijos de familia en estos depravados tiempos.

Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política!
¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir, que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a todos los que van a la política a hacer chanchullos.

Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim, manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia, ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo.
«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo--decía D. Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los _jamases_ de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D. Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón.

Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.
Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.
«Porque yo--decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia--, no soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse.
La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?».

Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando --decía--, menos eso.
Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».--«Sí, hijo, un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan lo tomara a risa.

Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones inservibles destinadas a la chiquillería, _cuando la hubiera_, infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están perdiendo!».

Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga, música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no había más música que la italiana, mientras más clarita y más de organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea, estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno.
Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner, inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos.
Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_ y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita... eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su mamá. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes había regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita... caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno.
Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos, expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas, con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón, el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca... Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo cargo de que estaban allí sus hermanas;. vio los cortinones pintados de la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos, y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano, con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había concluido el cuarto acto y Juan no parecía.




--iii--.


Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano, correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día _tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él, hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos,. le sacudió la cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas cosquillas,. acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué _guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas de...».

Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme a mí por modelo».

--Mariquita date tono--replicó Jacinta secándose las lágrimas que la risa y las cosquillas le habían hecho derramar--. Ya sé que hay otros peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno.

Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas.

«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no le tuviese por el más perfecto de los seres creados.

Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.

«Bueno--indicó ella--. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?».

--Eso mismo venía yo a saber --dijo doña Bárbara apareciendo en la puerta--. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. _Divinidades_, como dice Estupiñá.

--Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de escuela.

Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer, formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra vez ganado--pensaba--. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las _cantonales_...!».

Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi.
Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a almorzar con nosotros».

El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.

--¿Qué periódicos has leído?--preguntó el papá calándose los quevedos, que sólo usaba para leer--. Toma _La Época_ y dame _El Imparcial_... Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el consolidado a 13.

--¿Qué 13?... Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--. Anoche lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio.

Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que _día por día_ había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D. Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días.
«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al cabecilla cual, y después de racionarse...».

«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqués no viene. Ya no se le espera más».

En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo: «Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea filantrópica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas, ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto... Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era _factible_, voy viendo... «Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.

--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--. ¿Almuerzas aquí o allá?

--¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te estoy mimando mucho.

--Toma, golosa--le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el tenedor.

Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió riendo.

«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la boquita, nena».

La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a reír.

--¡Qué alegre está el tiempo!

--Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa empezaron Aparisi y él a tirotearse.

--¿Qué han dicho? --Aparisi afirmó que la Monarquía no era _factible_, y después largó un _ipso facto_, y otras cosas muy finas.

Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso».

--Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra.
¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?

--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.

Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.

«Hijo de mi vida, le mató».

--¿Quién?

--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.

--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intención soltole a su enemigo un _delirium tremens_ a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por el golpe. Veremos con lo que sale.

--¡Qué célebre! Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto para acá. ¡Qué coloradita estás!

--Es de tanto reírme. --Cuando digo que me estás haciendo tilín... --Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque no ha seguido sus consejos... --¡Los consejos de Aparisi! --Sí, y al marqués lo que le tiene con el alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_.

Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este: «Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve _orificios_, y el marqués no sabe lo que le pasa...».

No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al enfermo.

«Hola, Juanín... ¿Estamos _exclaustrados_?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin, yo me...». Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento».

A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un hombre que quería hablar con el _señor joven_.

--Ya sabes que no recibe--dijo la señorita, y tomando de manos de Blas una tarjeta que este traía leyó:. _José Ido del Sagrario, corredor de publicaciones nacionales y extranjeras_.

--Que entre, que entre al instante --ordenó Santa Cruz, saltando en su asiento--. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.

Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos, como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el sombrero que era un _claque_ del año en que esta prenda se inventó, el primogénito de los _claques _ sin género de duda, y en la otra un lío de carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato social.

«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con fingida seriedad--. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».

--Con permiso... ¿Quiere usted _Mujeres célebres_?

Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosiguió Ido, enseñando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted _Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo, Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...?





--iv--.


Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas, y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una copita?

--Muchísimas gracias. Nunca bebo.

--¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre... --Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replicó Ido avergonzado--. Yo no me embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy.
Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor.
Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me retiro... --Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de agua?

Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.
Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre».

--A ver, Sr. de Ido--indicó la dama--, ¿se comería usted una chuletita?

Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el temblor del párpado y la mejilla.

--Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una... --Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?--añadió llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la memoria y le entraba la electricidad--. ¿Por ventura, lo que usted llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de hueso?

--Justo. Llamaré para que se la traigan.

--No se moleste, señora. Yo llamaré.

--Que le traigan dos--dijo el señorito gozando con la idea de ver comer a un hambriento.

Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.

«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en Francia, ya tendría _hotel_...».

--Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos que leen no tienen dinero?...

--Naturalmente--decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en redondo por ver si aparecía la chuleta.

Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta, panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cayó sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente, habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito, naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar?
Agradecidísimo...».

--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz.

--¿Qué? --Que no masca usted lo que come. --¡Oh!, ¿le interesa a usted que masque?

--No, a mí no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos.
Naturalmente... así me sienta mejor.

--¿Y no bebe usted? --Media copita nada más... El vino no me hace provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

«Aquí donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres más guapas de Madrid».

Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo bueno».

--¿Es de veras? --Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.

--Mi mujer... Nicanora... --murmuró Ido sordamente, ya en el último bocado--, la Venus de Médicis... carnes de raso... --¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!--afirmó Juan.

Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar con bronca voz estas palabras:.

--La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno de víboras.

Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato, hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.

«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si es una santa?».

--¡Una santa!, ¡una santa! --repitió Ido, con la barba pegada al pecho y echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz--. Muy bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?

--La voz pública lo dice. --Pues la voz pública se engaña--gritó Ido alargando el cuello y accionando con energía--. La voz pública no sabe lo que se pesca.

--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--. A nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.

--¡Que no les importa!... --replicó Ido con entonación trágica de actor de la legua--. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí, al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de todas las cosas.

--Es claro que a él le importa principalmente--dijo Santa Cruz hostigándole más--. Y que tiene el genio blando este señor Ido.

--Y para que usted, señora --añadió el desgraciado mirando a Jacinta de un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignación de un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera!

Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan, queriendo divertirse más, procuraba calmarle.

«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas con paciencia».

--¡Con paciencia, con paciencia! --exclamó Ido, que en su estado eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la mascase, a pesar de no tener muelas.

--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_.

--¡Se va _jaciendo_! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...

Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata.
Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le convierte en animal feroz.

--El honor--expresó Juan--. ¡Bah!, el honor es un sentimiento convencional... Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera estentórea:. «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal».

--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirmó Juan, poniéndose más serio que un juez--. ¿Está usted seguro de lo que dice?

--¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.

Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.

--Y usted, Sr. D. José de mi alma--dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya serio sino consternado--, ¿qué hace que no pide una satisfacción al duque?

--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--. Eso es para los tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.

Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos: «Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_ otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos, porque hay tantos, tantísimos...».

Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas; y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los _claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo.

--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--. Me da miedo. ¡Pobre hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así.

--Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío?
Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se le reblandeció el cerebro.

Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición, humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco, casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora.

Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar ya estaba abriendo su portamonedas.

--Señora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidísimo a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos desechados del señor D. Juan... --¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted.

--Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y la suya puesta sobre las sábanas... --Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.

--Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora, naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo, para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.

--Yo no tengo niños--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir «no tengo camisa».

Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.

«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--. Dios no sabe lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas».

Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al primer filósofo del mundo; y le dio más limosna.

«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los tienen...».

--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo, como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis vecinos, no nos vendrían mal.

--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!, descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.

Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza.
Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la señorita: «Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá Joaquina y para el _Pitusín_, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusín_ la preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la familia.

--¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?--indicó Jacinta sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de temblor en el párpado.

«El _Pitusín_--prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la voz--, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo... Pues como decía, el pobre _Pitusín_ es muy salado... ¡más listo que Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su madre le quería tirar...».

Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas terminantes. ¡Fortunata, el _Pitusín_!... ¿No sería esto una nueva extravagancia de aquel cerebro novelador?

«Pero, vamos a ver...--dijo la señorita al fin, comenzando a serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».

--Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo Evangelio--replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho--. José Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento... especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el _Pitusín_; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.

--Usted está loco --exclamó la dama con arranque de enojo y despecho--.
Usted es un embustero... Márchese usted.

Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque le llamaran loco.

«Si la señora no me cree --se limitó a decir--, puede enterarse en la vecindad...».

Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más.

«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase usted».

Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un animal dañino. «No, no abro... --pensó--. Es una serpiente... ¡Qué hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero».
Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre había producido en su alma.




--v--.


¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían, no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física.
La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro, le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí, sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa, también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros anillos.

Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa, hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez.
Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con estrépito y cólera.

«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--. Si fuera una enfermedad grave, ¿qué harías?».

--Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas.
¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo paciencia. Mañana me echo a la calle.

--Falta que te dejemos. --Al menos ríanse, cuéntenme algo, distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame.

--Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates... --Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como una confitería. Mamá... --¿Qué? --¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí, háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta, distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.

Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba.
«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco, con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia del _Pitusín_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear.
Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué rabia tengo! --pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes--, por haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones.
Aquel _Pitusín_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido, sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el pobre niño...? --pensó después transformándose por la piedad--. ¡Este, este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos, tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a las personas.

«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?--murmuró él sin volver la cabeza--. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija».

--¿Qué quieres? --Niña de mi vida, hazme un favorcito.

Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.

«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado algo».

Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen en mí le nacen en otra...».

Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el acento mimoso: «Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».

--Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres?

--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes?
Tengo sed.

Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.

«¿Crees que tengo calentura?».

--De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los chiquillos.

--Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me leerás _La Época_. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...!

--¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará... Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama.
Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».

--Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde se mete este condenado hombre?

María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!».

Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido _La Correspondencia_?».

--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los brazos.

--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta, quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo, hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas?

--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.

Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela, echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida, si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame que te chupe el dedo...».

Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.

«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas».

--Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina.

--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que si sacó las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata».

--¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana.
Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño muy pesado.

--Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona que me divierte.

--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.

--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.

Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían contado, decíale:.

«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste delante del sereno, creyendo que era el Viático...».

Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.
Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú no has tenido nunca novia?».

--Vaya, vaya, este Juanito --decía Estupiñá levantándose para marcharse--, tiene hoy ganas de comedia.

Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».

Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.

«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».

«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!--gritó el Delfín cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a uno. Nada... Lo mismo que a un perro».

--Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya estoy aquí.

Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño de tres años.

--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes... Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu parienta... --¡Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me quiere nada eres tú.

--Nada en gracia de Dios. --¿Cuánto me quieres?

--Tanto así. --Es poco. --Pues como de aquí a la Cibeles... no al Cielo... ¿Estás satisfecho?

--_Chí_.

Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».

--¿Así? --No, más alta. --¿Estás bien? --No, más bajita... Magnífico.
Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.

--¿Aquí? --Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...

«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás todas juntas».

--Sí, soy un pillo... Pégame.

--Toma, toma. --Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado... --¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...

--Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados--observó Jacinta riéndose con cierta melancolía.

--Estas simplezas no son para que las vea nadie... --¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró... --Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.

--Bueno, hombre, bueno; me estaré.

Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.
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-VI-.
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Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia.
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--i--.
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¿Qué les hacía falta?
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Parece que nada.
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Pues alguno de los cuatro pordioseaba.
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¡Pobre joven!
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Lo tenía todo, menos chiquillos.
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Dios, que les diera tantos bienes, habíales privado de aquel.
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¡Pero quia!
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«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--.
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Eres muy joven.
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¿Sabes una cosa?
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Mejor estamos así.
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Los muchachos lo revuelven todo y no dan más que disgustos.
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¡qué calamidad!...
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Vienen después las inclinaciones que sacan.
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Si salen de mala índole... si no estudian... ¡qué sé yo!...».
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Jacinta no se convencía.
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Sus dos hermanas mayores parían todos los años, como su madre.
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Y ella nada, ni esperanzas.
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¡Y ella, que era rica, no tenía ni siquiera medio!...
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Dios estaba ya chocho sin duda.
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Vamos ahora a otra cosa.
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--ii--.
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El hijo único de Bonilla casó con una Trujillo.
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Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo de los Morenos.
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Aún hay más.
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Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.
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El Samaniego agente de Bolsa es primo de estos.
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Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.
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Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están.
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Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se piensa.
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--iii--.
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Tenían un salón algo anticuado, con tres balcones.
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Era una habitación muy bien puesta y cómoda.
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Asimismo era interior el despacho de D. Baldomero.
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Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó.
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Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes.
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--iv--.
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¿En qué estaba pensando su Divina Majestad?
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Y Candelaria, que apenas tenía con qué vivir, ¡uno cada año!...
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¡Y le ocurrían cosas tan raras...!
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«¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...».
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--«Pues si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?».
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--«A mí nada.
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Dispensa, hija, ¡qué genio!».
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--«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás mimadita!».
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Pero aquella noche, al retirarse, sentía la Delfina ganas de llorar.
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¿Y aquello qué era sino celos?...
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Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas.
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¿A quién pediría socorro?
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«Deogracias» gritó llamando al portero.
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En cuatro trancos se puso a su lado.
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«Pues... esto...
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¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la alcantarilla».
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--¡Gatitos!...
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¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?
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El _miiii_ sonaba ya tan profundo que apenas se percibía.
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«Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad indiscutible.
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No obstante, la Delfina lo oía siempre bien claro.
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Están muy hondos... pero muy hondos».
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«Ya no se oye nada --observó Deogracias, poniéndose más estúpido--.
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Se han ahogado...».
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Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo.
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Pero aquello no podía continuar.
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¡Ah!
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--v--.
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Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija.
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¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena!
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Barbarita tenía la _chifladura_ de las compras.
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Cultivaba el arte por el arte, es decir, la compra por la compra.
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Este era Plácido Estupiñá.
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La señora rezaba en voz baja moviendo los labios.
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Lo que él quería era ver si saltaba conversación.
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«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».
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--¿Por qué, señora?
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Nunca más se le compra nada.
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Pero ya se las cantaría él muy claras al tal Sordo.
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En estos tiempos tan desmoralizados no se puede recomendar a nadie.
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¡Qué perdices, señora!
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Divinidades, verdaderas divinidades».
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--No más perdiz.
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Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos.
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--La hay tan fina, señora, que parece _talmente_ merluza.
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--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas.
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Ya sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
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Conmigo no se juega.
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--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?
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--Sí; y de pescados ¿qué hay?
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--He _apalabrado_ el salmón por si viene mañana...
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Lo que tenemos hoy es peste de langosta.
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No siempre se ocupaban de cosas de comer.
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Eso es lo que se estila ahora».
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Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no recuerdo cómo se llaman».
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Parecían de la boda de San Isidro.
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--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!...
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No vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.
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unit 323
--_Hasta mañana_, señora.
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unit 325
--Maestro... que haya salud.
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unit 331
unit 335
Ello había de ser género de confianza, _talmente_ moro.
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unit 346
D. Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.
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unit 347
A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita.
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unit 348
El primero fumaba puros, el segundo papel.
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unit 354
-VII-.
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unit 355
Guillermina, virgen y fundadora.
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unit 356
--i--.
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unit 365
Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa.
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unit 366
Tomaba un poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar.
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unit 368
Observo que no pruebas aquello que más te gusta.
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unit 369
No me vengas a mí con cuentos.
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unit 370
Yo tengo buena memoria.
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unit 372
¡Que no tienes gana!...
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unit 373
Para esto siempre hay gana.
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unit 377
«Lo que entra por la boca no daña al alma.
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unit 378
Lo ha dicho San Francisco de Sales nada menos».
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unit 386
Mas Zalamero asegura que esta opinión es tan tonta como falsa.
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unit 388
Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su corazón.
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unit 390
No nació aquella sin igual mujer para la vida contemplativa.
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unit 402
Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.
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unit 408
unit 412
¿Dónde y cómo?
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unit 417
unit 418
Yo no tenía ya ni dinero ni quien me lo diera.
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unit 421
unit 424
»El día aquel fue día de pruebas para mí.
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unit 435
Yo les tranquilizaba.
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unit 436
'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace falta'.
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unit 438
Pero yo tan campante.
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unit 439
¡Ah!, señores, este oficio tiene muchas quiebras.
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unit 440
unit 441
La tal recomendación fue una broma estúpida.
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unit 443
Yo, que veo aquello... lo primero que me ocurrió fue echar a correr.
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unit 444
'Pero no--me dije--, no me voy.
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unit 445
Veremos si les saco algo'.
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unit 447
¿Qué creen ustedes que hice?
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unit 448
¿Acobardarme?
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unit 449
Quia.
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unit 451
¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero!
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unit 453
»Bueno... pues verán ustedes.
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unit 455
Conmigo no valen desaires ni sé ya lo que son sonrojos.
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unit 456
He perdido la vergüenza.
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unit 459
Esto me da tantos ánimos que me atrevo con todo.
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unit 460
Lo mismo le pido al Rey que al último de los obreros.
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unit 461
Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a ver a D. Amadeo'.
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unit 462
Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.
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unit 464
'¿Un asilo de ancianos?'
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unit 465
--me preguntó.
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unit 466
'No señor, de niños'.
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unit 467
--'¿Son muchos?'.
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unit 468
Y no dijo más.
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unit 469
Me miraba con afabilidad.
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unit 470
¡Qué hombre!, ¡qué bocaza!
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unit 476
El año pasado eran sesenta y ya llegan a ciento diez.
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unit 477
Se pasan apuros; pero vamos viviendo.
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unit 478
Un día andamos mal y al otro llueven provisiones.
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unit 480
unit 481
unit 483
--ii<sc/>-.
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unit 486
Pues está usted adelantado de noticias.
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unit 488
¿Sabe usted el sitio?
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unit 490
El arquitecto y los delineantes me trabajan gratis.
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unit 491
Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y pintón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 492
Con que a ver... --¿Tiene usted ya la memoria de cantería?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 494
--Sí, señor.
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unit 495
¿Me quiere usted dar algo?
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unit 497
--¿A cómo?
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unit 499
--A nada... La piedra es de usted.
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unit 500
--Gracias, Dios se lo pague.
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unit 501
Y el marqués, ¿qué me da?
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unit 503
--¿Pues no las he de querer?
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unit 504
unit 505
¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a casa?
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unit 506
Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.
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unit 507
Todo sirve, amigos.
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unit 508
unit 509
¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus nidos?
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unit 513
Pues juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso.
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unit 514
El otro día me ofrecieron una petaca de cuero de Rusia.
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unit 515
«¿Para qué le sirve eso?» dirán estos señores.
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unit 517
Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 520
--¿Qué dije yo?
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unit 521
Bueno.
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unit 522
Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?
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unit 525
Diez ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tómbola_.
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unit 526
--¿Lo ven ustedes?
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unit 527
Cae el maná, cae.
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unit 530
Quiero concluir el edificio, ya que el amigo Aparisi lo quiere empezar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 533
Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado un pico.
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unit 534
Les hemos hecho casi la mitad del edificio.
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unit 535
Pero ahora le toca a Guillermina.
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unit 536
Ya sabe ella dónde estamos.
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unit 537
El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 546
unit 547
Unos tanto y otros tan poco.
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unit 548
Falta equilibrio y el mundo parece que se cae.
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unit 550
¿Pero qué cosa sobra?...
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unit 551
Vaya usted a saber».
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unit 554
unit 555
Luego la propia miseria les ataca el corazón a muchos y se lo corrompe.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 558
unit 559
Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 561
«Que si tengo cascote.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 562
¿Es para usted?».
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unit 564
Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote, sí o no?
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unit 565
--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico.
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unit 566
A sesenta reales el carro, todo lo que usted quiera.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 567
El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí!
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unit 568
Ya sé de qué se trata.
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unit 570
unit 571
--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 572
Si no te pido nada, roñoso, cicatero.
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unit 575
--No me hagas carantoñas, sobrinillo.
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unit 577
¡Qué hombres estos!
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unit 580
Me está arruinando.
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unit 581
Voy a tener que irme a un pueblo porque no me deja vivir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 582
Es que no me puedo descuidar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 585
unit 593
Fue a ver y volvió con el cuento: «Hijas, que el rey se marcha».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 594
--¡Qué dices, mujer!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 596
--¡Todo sea por Dios!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 600
--iii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 601
«En Bolsa no se supo nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 602
Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo Villalonga--.
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unit 603
Fui al Casino a llevar la noticia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 604
Cuando volví al Bolsín, se estaba haciendo el consolidado a 20.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 606
--¡El Banco a 175...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 608
--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--.
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unit 610
No quiero más papel de la querida patria.
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unit 611
Mañana me vuelvo a Londres.
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unit 615
Yo en su caso habría hecho lo mismo.
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unit 617
Esto lo veía yo venir.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 620
Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase.
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unit 621
unit 624
No _involucre_ usted las cuestiones.
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unit 633
unit 637
Por lo demás, buena persona, que no debía nada a nadie.
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unit 643
--No, hija, no hay nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 644
Tranquilízate.
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unit 645
--¿No volverás a salir esta noche?...
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unit 646
Mira que me asustaré mucho si sales.
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unit 647
--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 651
--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 652
¿Te hace falta?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 653
--No por cierto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 654
Toma lo que quieras.
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unit 655
--Es para Guillermina.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 659
unit 660
«¡A esa, a esa!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 661
--gritó Moreno--, sin duda se lleva algo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 662
Caballeros, vean ustedes si les falta el reloj.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 668
Ellos no se asustaban de la República.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 669
Como si lo vieran... no iba a pasar nada.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 678
No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 681
unit 682
Barbarita soñaba ya con hacer provisiones.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 684
Poco a poco fueron desfilando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 685
Eran las doce.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 689
unit 690
Por fin se quedaron solos los de casa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 691
Don Baldomero y Barbarita besaron a sus hijos y se fueron a acostar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 692
Esto mismo hicieron Jacinta y su marido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 693
-VIII-.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 694
Escenas de la vida íntima.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 695
--i--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 696
A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 697
Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 706
Decía su mamá que era el marido modelo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 707
¡Valiente pillo!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 713
Por más que ella hizo, no la había podido encontrar.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 715
Al verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 718
unit 721
Era Jacinta observadora, prudente y sagaz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 723
unit 724
¡Pero bueno era el otro para dejarse coger!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 726
El entusiasmo es un estado infantil impropio de personas normales.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 729
Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales componendas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 730
Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 731
¡Valiente truhán!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 732
unit 736
unit 739
«Tú me estás engañando, y no es de ahora, es de hace tiempo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 740
Si creerás que soy tonta... El tonto eres tú».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 741
La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 742
Su mujer le tapaba la boca para que no alborotase.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 749
Juan tenía temporadas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 751
Así lo muy antiguo y conocido se convierte en nuevo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 756
En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 762
--ii--.
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unit 768
Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 770
unit 780
¡Oh!, si él se lanzara, seguramente descollaría.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 781
Pero Barbarita le desanimaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 782
«¡La política, la política!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 783
¿Pues no estamos viendo lo que es?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 784
Una comedia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 785
Todo se vuelve habladurías y no hacer nada de provecho...».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 787
Porque Juan era la inconsecuencia misma.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 790
unit 791
«La Monarquía es imposible; hay que convencerse de ello.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 796
«Es admirable.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 797
La Europa está atónita.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 798
Digan lo que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 800
«Esto es una pillería, esto es una vergüenza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 802
unit 805
Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D. Alfonso.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 806
«¡Es un niño!»... Y no daba más razón.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 807
Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 808
Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 812
Bien dice mi mujer que no hay otro más salado.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 813
unit 819
Vaya si las tenía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 825
De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones y desvaríos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 828
¿pesadilla?».--«Sí, hijo, un sueño muy malo».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 829
Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan lo tomara a risa.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 833
Una noche fue al teatro Real de muy mala gana.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 836
No lo entendía, vamos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 840
También de butacas venía algún anteojazo bueno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 841
Doña Bárbara no estaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 842
Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió aburrimiento.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 843
Miraba mucho al palco de su marido y no le veía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 844
¿En dónde estaba?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 850
«Quita, quita... eso es caca... ¡qué asco!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 851
cosa fea, es para el gato...».
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unit 852
Pero el muchacho no se daba a partido.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 855
Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 856
Quería desabotonar la bata, y meter mano.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 857
Después dio cabezadas contra el seno.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 860
unit 863
Jacinta sentía que se le desgajaba algo en sus entrañas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 864
Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 865
Pero la cara del chico no perdía su seriedad.
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unit 867
Perdió la cuenta de los botones que soltaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 870
Toda la cara parecía de una estatua.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 877
Estaba el hombre en un puro éxtasis.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 879
--iii--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 890
Estos podrían tomarme a mí por modelo».
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unit 893
Juan meneó la cabeza en señal de amenaza.
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unit 898
«Bueno--indicó ella--.
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unit 899
Dejémonos de tonterías.
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unit 900
¿Qué quieres almorzar?».
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unit 903
_Divinidades_, como dice Estupiñá.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 904
unit 906
¡Qué ángel!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 910
La ley las tienta como puede tentar el capricho.
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unit 912
Y la Delfina estaba contenta.
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unit 913
«Otra vez ganado--pensaba--.
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unit 914
¡Si la buena durara!...
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unit 916
Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 917
«¿Qué es eso, chico?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 918
Lo que yo digo: no te abrigas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 919
¡Qué cosas tenéis tú y Villalonga!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 921
Te vi.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 922
Venía yo con Cantero de la Junta del Banco.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 923
Por cierto que estamos desorientados.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 924
No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 925
¡Las acciones a 138!...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 926
Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a almorzar con nosotros».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 927
El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 929
Toma _La Época_ y dame _El Imparcial_... Bueno, bueno va esto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 930
¡Pobre España!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 931
Las acciones a 138... el consolidado a 13.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 932
--¿Qué 13?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 933
Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--.
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unit 934
Anoche lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie.
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unit 935
Esto es el diluvio.
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unit 939
«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros.
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unit 940
El marqués no viene.
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unit 941
Ya no se le espera más».
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unit 943
Poco después apareció Jacinta trayendo platos.
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unit 945
Ya tiene hecho todo el vaciado del edificio... y por poco dinero.
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unit 947
Y no sé qué tiene esa mujer.
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unit 949
--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--.
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unit 950
¿Almuerzas aquí o allá?
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unit 951
--¿Quieres que aquí?
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unit 952
Almorzaré en las dos partes.
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unit 953
Dice tu mamá que te estoy mimando mucho.
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unit 954
unit 955
Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor.
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unit 956
Al poco rato volvió riendo.
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unit 957
«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria.
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unit 958
Toma, abre la boquita, nena».
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unit 959
unit 960
--¡Qué alegre está el tiempo!
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unit 962
--¿Qué han dicho?
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unit 964
Juan soltó la carcajada.
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unit 965
«El marqués estará furioso».
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unit 966
--Come en silencio, meditando una venganza.
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unit 967
Te contaré lo que ocurra.
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unit 968
¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?
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unit 969
--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.
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unit 970
Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.
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«Hijo de mi vida, le mató».
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--¿Quién?
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unit 973
--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.
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unit 974
--Cuenta, cuenta.
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unit 976
El otro se ha quedado como atontado por el golpe.
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Veremos con lo que sale.
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unit 978
--¡Qué célebre!
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unit 979
Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--.
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unit 980
Vente pronto para acá.
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unit 981
¡Qué coloradita estás!
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unit 982
--Es de tanto reírme.
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unit 987
¡Pobre Muñoz!
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unit 988
El otro se ha rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate.
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unit 990
Todo se vuelve _orificios_, y el marqués no sabe lo que le pasa...».
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unit 992
«Hola, Juanín... ¿Estamos _exclaustrados_?...
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unit 993
¿Y qué es?...
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unit 994
¿coriza?
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unit 998
Barbarita había salido a comprar.
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unit 999
El criado anunció a un hombre que quería hablar con el _señor joven_.
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unit 1001
unit 1003
Es el loco más divertido que puedes imaginar.
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unit 1004
Verás cómo nos reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos.
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unit 1005
¡Tipo más célebre...!
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unit 1006
Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.
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unit 1011
Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».
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unit 1012
--Con permiso... ¿Quiere usted _Mujeres célebres_?
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unit 1013
Jacinta y su marido se miraron.
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unit 1014
--O _Mujeres de la Biblia_--prosiguió Ido, enseñando carteras--.
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unit 1016
--iv--.
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unit 1017
Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras.
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unit 1018
Ya le dije que no me gustan libros por suscrición.
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unit 1020
Pero no tenga prisa.
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unit 1021
Estará usted cansado de tanto correr por ahí.
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unit 1022
¿Quiere tomar una copita?
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unit 1023
--Muchísimas gracias.
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unit 1024
Nunca bebo.
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unit 1026
Yo no me embriago; no me he embriagado jamás.
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unit 1028
¿Ven ustedes?...
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unit 1029
ya lo estoy.
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unit 1031
¿Lo ve usted...?, ya está la función armada.
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unit 1032
Francamente, así no se puede vivir.
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unit 1033
Los médicos me dicen que coma carne.
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unit 1034
Como carne y me pongo peor.
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unit 1036
Eso se le pasará.
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unit 1037
¿Quiere usted un vaso de agua?
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unit 1040
unit 1044
Usted ha dicho que si me comería yo una... --Una chuletita.
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unit 1045
unit 1048
--Justo.
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unit 1049
Llamaré para que se la traigan.
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unit 1050
--No se moleste, señora.
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unit 1051
Yo llamaré.
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unit 1053
Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.
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unit 1054
«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras.
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unit 1056
--Eso es indudable.
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unit 1059
Jacinta entró con un plato en la mano.
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unit 1064
He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar?
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unit 1065
Agradecidísimo...».
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unit 1066
--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz.
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unit 1067
--¿Qué?
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unit 1068
--Que no masca usted lo que come.
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unit 1069
--¡Oh!, ¿le interesa a usted que masque?
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unit 1070
--No, a mí no.
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unit 1071
--Es que no tengo muelas... Como como los pavos.
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unit 1072
Naturalmente... así me sienta mejor.
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unit 1073
--¿Y no bebe usted?
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--¿Es de veras?
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--Sí.
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No se la merece.
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unit 1081
Ya ves que él es feo adrede.
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unit 1083
Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso.
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unit 1088
«Venga acá, querido D. José.
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unit 1089
¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si es una santa?».
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unit 1090
--¡Una santa!, ¡una santa!
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unit 1092
Muy bien, señor mío.
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unit 1093
¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?
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unit 1094
--La voz pública lo dice.
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unit 1096
La voz pública no sabe lo que se pesca.
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unit 1097
--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--.
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unit 1098
A nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.
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unit 1099
--¡Que no les importa!...
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unit 1100
--replicó Ido con entonación trágica de actor de la legua--.
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unit 1103
Y que tiene el genio blando este señor Ido.
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unit 1106
Jacinta se llevó las manos a la cabeza.
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unit 1107
Ya no podía resistir más aquel desagradable espectáculo.
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unit 1109
Pero Juan, queriendo divertirse más, procuraba calmarle.
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unit 1110
«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto.
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unit 1111
Hay que llevar estas cosas con paciencia».
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unit 1112
--¡Con paciencia, con paciencia!
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unit 1114
--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando.
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unit 1115
unit 1116
--¡Se va _jaciendo_!
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unit 1117
¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...
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unit 1121
--El honor--expresó Juan--.
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unit 1126
¿Está usted seguro de lo que dice?
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unit 1127
--¡Que si estoy seguro!...
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unit 1128
Lo he visto, lo he visto.
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unit 1129
Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.
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unit 1131
--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--.
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unit 1132
Eso es para los tontos.
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unit 1133
Esas cosas se arreglan de otro modo.
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unit 1137
Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'.
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unit 1138
Y vendrán todos... toditos a besarme las manos.
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unit 1139
Y será un besamanos, porque hay tantos, tantísimos...».
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unit 1146
--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--.
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unit 1147
Me da miedo.
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unit 1148
¡Pobre hombre!
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unit 1149
La miseria, el no comer le habrán puesto así.
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unit 1150
--Es lo más inofensivo que te puedes figurar.
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unit 1152
Su demencia es que su mujer se la pega con un grande de España.
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unit 1153
Fuera de eso, es razonable y muy veraz en cuanto habla.
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unit 1154
¿De qué provendrá esto, Dios mío?
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unit 1155
Lo que tú dices, el no comer.
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unit 1157
Y no se habló más del loco.
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unit 1160
Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos parroquianos.
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unit 1163
Él ganaba poco, casi nada.
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unit 1166
Quería hablar con la señorita.
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unit 1167
Venía muy pacífico.
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unit 1168
Jacinta fue allí, y antes de llegar ya estaba abriendo su portamonedas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1170
Sí... buscaré.
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unit 1171
Vuelva usted.
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unit 1173
Tiene usted la misma estatura de mi marido.
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unit 1176
Anden mis niños abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1178
unit 1179
No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.
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unit 1180
«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--.
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unit 1184
«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo.
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unit 1185
Mis hermanas los tienen...».
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unit 1186
--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora.
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unit 1188
--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?...
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unit 1189
¡Ah!, descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.
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unit 1190
Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1193
Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la familia.
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unit 1194
--¿Qué dice usted, hombre?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1195
unit 1196
Y en efecto, creyó notar síntomas de temblor en el párpado.
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unit 1198
Guapetona; pero muy loca.
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unit 1200
Trae al retortero a toda la vecindad.
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unit 1201
Yo le quiero como a mis hijos.
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unit 1204
Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas terminantes.
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unit 1205
¡Fortunata, el _Pitusín_!...
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unit 1206
¿No sería esto una nueva extravagancia de aquel cerebro novelador?
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unit 1207
unit 1208
Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de usted?...
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unit 1211
José Izquierdo es persona formal.
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unit 1212
No sé si la señora lo conocerá.
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unit 1214
unit 1215
Usted es un embustero... Márchese usted.
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unit 1217
No había nadie.
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unit 1218
unit 1220
Jacinta le retuvo entonces.
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unit 1221
Quería que hablase más.
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unit 1222
«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada.
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unit 1223
Váyase usted».
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unit 1225
Tuvo la dama intenciones de llamarle.
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unit 1227
«No, no abro... --pensó--.
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unit 1228
Es una serpiente... ¡Qué hombre!
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unit 1229
Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero».
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unit 1233
--v--.
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unit 1234
¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita!
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unit 1235
No se enteraba de lo que le decían, no veía ni oía nada.
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unit 1236
Era como una ceguera y sordera moral, casi física.
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unit 1240
¡Si todo era un embuste, si aquel hombre estaba loco...!
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unit 1242
Sí, sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía.
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unit 1245
unit 1246
Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro.
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unit 1247
Era el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar.
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unit 1250
Ríete, por amor de Dios».
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unit 1251
unit 1254
«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--.
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unit 1255
Si fuera una enfermedad grave, ¿qué harías?».
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unit 1256
--Pues pegarme un tiro, mamá.
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unit 1257
Yo no puedo aguantar esto.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1258
Mientras más me sueno, más abrumada tengo la cabeza.
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unit 1259
Estoy harto de beber aguas.
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unit 1260
¡Demonio con las aguas!
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unit 1261
No quiero más brebajes.
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unit 1262
Tengo el estómago como una charca.
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unit 1263
¡Y me dicen que tenga paciencia!
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unit 1264
Cualquier día tengo yo paciencia.
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unit 1265
Mañana me echo a la calle.
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unit 1266
--Falta que te dejemos.
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unit 1267
--Al menos ríanse, cuéntenme algo, distráiganme.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1268
Jacinta, siéntate a mi lado.
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unit 1269
Mírame.
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unit 1270
--Si ya te estoy mirando.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1272
Eso me gusta...
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unit 1273
Ya te daría yo mi constipado.
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unit 1274
No, si no quiero más caramelos.
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unit 1275
Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como una confitería.
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unit 1276
Mamá... --¿Qué?
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unit 1277
--¿Estaré bueno mañana?
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unit 1278
Por Dios, tengan compasión de mí, háganme llevadera esta vida.
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unit 1279
Estoy en un potro.
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unit 1280
Me carga el sudar.
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unit 1282
unit 1283
Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1284
«¡Ah, cómo me has engañado!...».
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unit 1287
Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre todo siendo cosas malas.
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unit 1288
¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una rabia...!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1289
Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1291
«¡Qué rabia tengo!
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unit 1293
Se cegó; vio todo negro.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1294
Parecía que le entraban convulsiones.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1296
--pensó después transformándose por la piedad--.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1297
¡Este, este tunante...!».
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unit 1299
¿Quién dice uno?...
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1302
Lo que digo, hoy parece que estás lela.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1303
Ven acá, hija».
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unit 1304
--¿Qué quieres?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1305
--Niña de mi vida, hazme un favorcito.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1306
unit 1307
Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.
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unit 1308
«Hazme el favorcito de ponerme otra manta.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1309
Creo que me he enfriado algo».
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unit 1310
Jacinta fue a buscar la manta.
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unit 1312
Quiso verla y no pudo.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1316
Ya no haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».
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unit 1317
--Celebro que te conozcas.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1318
¿Qué quieres?
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1319
--Que me quieras y me hagas muchos mimos.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 1320
Yo soy así.
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unit 1321
Reconozco que no se me puede aguantar.
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unit 1322
Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes?
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unit 1323
Tengo sed.
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unit 1324
Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.
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unit 1325
«¿Crees que tengo calentura?».
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unit 1326
--De pollo asado.
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unit 1327
No tienes más que impertinencias.
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unit 1328
Eres peor que los chiquillos.
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unit 1329
unit 1330
Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón.
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unit 1331
Luego me leerás _La Época_.
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unit 1332
¡Qué buena eres!
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unit 1335
--¡Vaya una enfermedad!
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unit 1337
Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».
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unit 1338
--Bueno, mamá; a la cama me voy.
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unit 1340
Blas, Blas..., ¿pero dónde se mete este condenado hombre?
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unit 1341
María Santísima, lo que bregaron para acostarle.
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unit 1342
La suerte de ellas era que lo tomaban a broma.
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unit 1345
¡Pero qué gente más inútil!».
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unit 1346
Pasa un ratito.
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unit 1347
«Mamá, ¿ha venido _La Correspondencia_?».
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unit 1348
--No, hijo.
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unit 1349
No te desabrigues.
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unit 1350
Mete estos brazos.
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unit 1351
Jacinta, cúbrele los brazos.
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unit 1352
--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos.
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unit 1353
¿Los meto más?
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unit 1354
Eso es, se empeñan en que me ahogue.
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unit 1355
Me han puesto un baúl mundo encima.
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unit 1357
Mamá... lo que digo, hacen las cosas de mala gana.
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unit 1358
Así no me pongo nunca bueno.
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unit 1359
Y ahora se van a comer.
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unit 1360
¿Y me voy a quedar solo con Blas?
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unit 1361
--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.
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unit 1365
Ven acá, tontuela, echa la cabecita aquí.
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unit 1367
Déjame que te chupe el dedo...».
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unit 1368
Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.
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unit 1370
Si me le traes le echo a cajas destempladas».
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unit 1371
--Vaya, no digas tonterías.
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unit 1372
Puede que entre a saludarte; pero saldrá en seguida.
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unit 1373
¿Quién ha entrado ahora?...
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unit 1374
¡Ah!, me parece que es Guillermina.
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unit 1375
--Tampoco la quiero ver.
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unit 1376
Me va a aburrir con su edificio.
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unit 1377
¡Valiente chifladura!
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unit 1378
Esa mujer está loca.
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unit 1380
Me armó un triquitraque de pies que me dejó la cabeza pateada.
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unit 1381
No me la entren aquí.
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unit 1384
--¡Pero, qué impertinente!
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unit 1385
Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta entre nueve y diez.
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unit 1386
Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana.
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unit 1389
Que entre Estupiñá y me dé tertulia.
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unit 1390
Es la única persona que me divierte.
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unit 1391
--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.
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unit 1392
--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.
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unit 1396
Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.
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unit 1401
«Hijo, no te pongas tan pesado... deja marchar a Plácido.
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unit 1403
Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba.
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unit 1408
«Ya le contaré a usted; tenemos que hablar largo».
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unit 1410
«Hija, por Dios, ve allá.
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unit 1411
Hace un rato que te está llamando.
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unit 1412
No te separes de él.
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unit 1413
Hay que tratarle como a los chiquillos».
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unit 1415
Vaya una manera de cuidarle a uno.
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unit 1416
Nada...
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unit 1417
Lo mismo que a un perro».
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unit 1420
--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!...
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unit 1422
--Si no me quieres nada.
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unit 1423
--Anda, zalamera... quien no me quiere nada eres tú.
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unit 1424
--Nada en gracia de Dios.
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unit 1425
--¿Cuánto me quieres?
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unit 1426
--Tanto así.
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unit 1427
--Es poco.
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unit 1428
--Pues como de aquí a la Cibeles... no al Cielo... ¿Estás satisfecho?
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unit 1429
--_Chí_.
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unit 1430
Jacinta se puso seria.
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unit 1431
«Arréglame esta almohada».
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unit 1432
--¿Así?
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unit 1433
--No, más alta.
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unit 1434
--¿Estás bien?
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unit 1435
--No, más bajita... Magnífico.
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unit 1436
Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.
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unit 1437
--¿Aquí?
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unit 1439
¡Qué dicha la mía en poseerte!...
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unit 1440
«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas...
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unit 1441
Ya me las pagarás todas juntas».
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unit 1442
--Sí, soy un pillo... Pégame.
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unit 1443
--Toma, toma.
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unit 1444
--Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado... --¡Ay!
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unit 1445
¡ay!, no tanto, caramba.
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unit 1446
¡Si alguien nos viera!...
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unit 1448
--Estas simplezas no son para que las vea nadie... --¿Cierras los ojos?
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unit 1451
Ya estás deseando que cierre yo los ojos para irte.
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unit 1452
Más que estar conmigo te gusta el palique.
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unit 1453
¿Sabes lo que te digo?
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unit 1455
--Bueno, hombre, bueno; me estaré.
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-VI-.

Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia.

--i--.

Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y
armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de
Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una
compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y
Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por
Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura
maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que
tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado
conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la
hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y
benévolo con que iluminaba su rostro.

De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro
personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les
debe nada; y sin embargo, piden y piden.

Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene
duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos,
estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía
falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que
cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del
hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de
nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro
barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no
se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no
satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos
años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía
todo, menos chiquillos.

Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan
sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano,
al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que
les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio
que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su
omnipotencia dando que quitando.

De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en
sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que
perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente
deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo
lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba
un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen
palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les
hacen decir y hacer muchas tonterías.

«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven.
No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de
familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que
no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo
revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el
garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué
calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se
indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las
inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian...
¡qué sé yo!...».

Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque
salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y
calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas
mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni
esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con
un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no
tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.

Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima
y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las
esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo
nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa
confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y
reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros,
donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la
igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente,
gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia
de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la
empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas
han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de
ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por
un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes.
Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de
la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un
socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la
burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los
españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus
miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que
amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada
entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación.
No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena
o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del
espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra
determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios
económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla
viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.

Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz
pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas,
¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de
tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos
vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un
follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de
Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias
comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio
siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por
buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas
orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos
matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del
terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una
conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias:.

--ii--.

Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y
Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y
albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernández_, de una
respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco.
Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su
parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado
con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo
colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruñas_ y _Viveros_ para vestir a
la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de
Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente
enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.

Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió
como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso
Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de
vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la
generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la
otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios
y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de
donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una
Trujillo.

Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las
familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en
sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin
llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una
droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se
disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son
capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número
de _eses_ que hizo cuando cogió la primera _pítima_ de que la historia
tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una
Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro
que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y
después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un
Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro
en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino
_Ruiz-Ochoa_ y _Compañía_, aunque uno de sus principales socios era don
Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo
de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los
Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan
distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines.
Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la
calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los
vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico
de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su
puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un
Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de
esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora
cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los
Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el
cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de
Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la
vista.

Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo
establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de
inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y
política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada
con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués
de Casa-Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las
contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija
también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D.
Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio.
Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.

Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son
ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz,
hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista
arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el
comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de
tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave
María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicería de
Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego
prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene
tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son
horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de
estos.

La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya
viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de
Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó
con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue
dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas,
progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su
gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la
de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.

Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están.
¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y
cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si
Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería _Al ramo de
azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes
mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si
el dueño de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la
Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien
dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es
primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan
perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo,
es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las
inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de
Casa-Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso
hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en
nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de
Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol
el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de
Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la
distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno.

Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta
complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado
altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus
amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran
número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se
entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo
o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz
Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas
rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego,
con la duquesa de Gravelinas,. con un Moreno Vallejo magistrado, con un
Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi
canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra
persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.

La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las
direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes
matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se
piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se
juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces,
madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje
es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el
nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido
Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de
señoritos necesitados_.

--iii--.

Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos,
dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto
Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los
dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y
mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los
modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos
a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas
en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su
barrio, aquel _riñón de Madrid_ en que había nacido, por ninguno de los
caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más
que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la
buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en
Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de
los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y
tarde la batahola que arman los coches correos;. quien no recibiera a
todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por
Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz;
quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras
como si estuvieran dentro de la casa;. quien no viera pasar a los
cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en
procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad,
cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.

La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella
holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con
tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego
otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el
despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que
despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas
librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de
Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante
de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con
colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola
con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas
por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares
firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los
muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda,
siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni
tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la
cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había
lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de
palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los
padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas
como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se
comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas
que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera.
Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se
ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo
definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la
imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos
detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.

El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y
aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida
sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble,
listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la
invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que
de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el
despacho de D. Baldomero.

Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los
paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atención_. Juan solía
tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y
también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la
variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle
defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se
daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de
que los periódicos les llamaran _anfitriones_. Comían bien; en su casa
había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se
sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que
habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino
una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con
cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que más bien eran
alumnas.

Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D.
Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de
alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo
demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba
además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos
particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital
para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su
dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su
renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada
año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros
que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que
con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez
y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para
los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la
distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por
un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero
más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al
despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar
esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la
autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de
puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le
entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no
fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el
alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara
llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra
alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó
más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos;
llegaba el fin de mes y siempre había un _superávit_ con el cual
ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante.
Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para
menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a
las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan
arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera
para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras
menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que
calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues
allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de
familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes
dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fichú_ o la manteleta, y
hasta vestidos completos acabados de venir de París.

El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea
de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería
que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después
de acostados, todo lo que había visto en el _Regio coliseo_. Resultó que
a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que
fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de
teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas
solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca.
Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con
seis amigos, a un palco alto de proscenio.

Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna
mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer
término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera
fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo
más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos
hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi
siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que
la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso
y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso
que _no tenía gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a
cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en
brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en
cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos,
vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los
mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la
cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener
uno solo, sino que quería verse rodeada de una _serie_, desde el pillín
de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace
más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su
desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una
bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de
libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo
cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin
abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los
alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan
limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía
con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda
en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles;.
las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los
que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a
la pared;. los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del
ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en
las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa
para desesperación de las madres;. las nenas que en Carnaval se visten de
chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden
para la Cruz de Mayo;. los talluditos que usan ya bastón y ganan premios
en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde
sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los
actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le
interesaban igualmente.

--iv--.

Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad,
que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las
ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como
lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la
atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los
chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba
pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué
vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el
Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos
viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y
tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de
su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían
cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y
después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda,
como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando
menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle
o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito
en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho
y un sobresalto inexplicable.

Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales
quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos
una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había _tenido_
ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los
verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que
encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías
verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria
para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su
hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta
mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de
Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las
rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil
golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». --«Pues
si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». --«A mí nada. Dispensa,
hija, ¡qué genio!». --«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás
mimadita!».

Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se
echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la
Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo
tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su
hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué
era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a
nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las
Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie.
Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de
los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba
pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a
la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle
para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que
la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada,
el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las
mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza
animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el
lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un
ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida
tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera:
_miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel
venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo
sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón.

Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte
de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se
llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar
entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí
venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina,
produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden
compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la
ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su
alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterráneo
con otro _miiii_ dicho a su manera.

¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero.
Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz
hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su
señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.

«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita
temblando y pálida.

El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su
ama con semblante de marrullería y jovialidad.

«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la
alcantarilla».

--¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?

--Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente,
que parió anoche y no los puede criar todos...

Jacinta se inclinó para oír mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que
apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad
indiscutible.

Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo
metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la
expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el
absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de
freidera que apenas permitía ya oír el ahilado _miiii_. No obstante, la
Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como
quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:

«Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos».

--¿Y no se puede levantar esta baldosa?--indicó ella, pisando fuerte en
ella.

--¿Esta baldosa?--repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su
ama como se mira a la persona de cuya razón se duda--. Por poderse...
avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino
de casa... Pero...

Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada --observó Deogracias,
poniéndose más estúpido--. Se han ahogado...».

No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras.
Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello
no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había
entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la
consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda
gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel
gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se
le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y
su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia
indecible de oír constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad
que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía
remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle
¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano,
poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita
diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que
mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos
niños abandonados...?».

Sólo a su marido, _bajo palabra de secreto_, contó el lance de los
gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en
hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza
pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía
talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la
maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y
muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la
intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque
allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en
fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la
renovación de las probabilidades de ella.

--v--.

Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija.
¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que
llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a
su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados,
mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que
anhelaba. La satisfacción del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la
otra la privación del mismo.

Barbarita tenía la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el
arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer
de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de
tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no
estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca
del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente
estaba su magistral arte de marchante rica.

El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz
no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de
punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de
la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de
Santiago. Era tan conocida _doña Barbarita_ en aquella zona, que las
placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la
preferencia de una tan ilustre parroquiana.

Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar
inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le
fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en
la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día,
echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando
todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés
ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del
mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se
iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán
abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido
la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y
hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se
metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una
función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la
cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se
corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una
sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los
labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo
para irlas desembuchando.

«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben
congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de
Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay,
porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los
caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu
vientre, Jesús...».

Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un
extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora
sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase,
y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por
la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la
manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que
consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en
seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería
era ver si saltaba conversación.

Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones,
Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel
santo lugar:.

«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».

--¿Por qué, señora?

--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me
mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de
espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse
con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes
tú... Ahí tienes lo que son tus _protegidos_...

Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes
mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía;
era que _le había recomendado_. Pero ya se las cantaría él muy claras al
tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que
les había dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne
peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no
se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo
está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades,
verdaderas divinidades».

--No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos.
También quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay
ternera fina.

--La hay tan fina, señora, que parece _talmente_ merluza.

--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya
sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
Conmigo no se juega.

--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?

--Sí; y de pescados ¿qué hay?

--He _apalabrado_ el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es
peste de langosta.

Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de
emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y
el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer.
Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este:

«Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los
_chicos_ de Sobrino... ¡Qué divinidad!».

Barbarita interrumpía un _Padrenuestro_ para decir, todavía con la
expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con
golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora».

Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a
casa de los _chicos_ de Sobrino».

Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de
algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le
faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo
a alguna de sus hermanas.

Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a
salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo
pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no
recuerdo cómo se llaman».

--Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las
rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a
viejo...! Parecían de la boda de San Isidro.

A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no
comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel
inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la
tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá
admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo
universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando
ya una galleta de almendra y coco, que parecía _talmente_ mazapán de
Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las
especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que
era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita
que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las _perlas
del Nizán_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo
de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion,
que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que
agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras
menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía
el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de
suprimirlo _por pronto pago_.

--Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento _a casa_--decía con
despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.

--Vaya, quedaos con Dios--decía doña Barbarita, levantándose de la silla
a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y
saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.

--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No
vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.

--_Hasta mañana_, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D.
Baldomero... Plácido, Dios le guarde.

--Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al
por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la
médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el
género _arreglado_. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado
estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el
Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos
en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en
palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos
formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se
discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo
al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable
antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía
encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole
con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la
horca.

Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que
van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de
acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o
cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya
conocido. Ello había de ser género de confianza, _talmente_ moro. El
chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba
Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el
hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de
Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a
la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con
los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a
brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en
mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la
tarea para ver si se hacía _a toda conciencia_, porque en estas cosas
hay que andar con mucho ojo.

Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin
comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba
nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para
limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los
bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin,
corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta
recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba
trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo
traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía
la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano
traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D.
Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.

A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero
fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos
peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de
_ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo
de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la
trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos
tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra
cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario
contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para
probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se
lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba,
olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.
Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el
buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo
hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.

-VII-.

Guillermina, virgen y fundadora.

--i--.

De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda
la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la
inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios
principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos
casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con
su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer
la correspondencia.

Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni
cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita,
una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a
coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase
los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.
Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se
movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa,
como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya
como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en
otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con
veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de
nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque
no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca
risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.

Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un
poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía
enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia
no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No
me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas
veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las
tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre
hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos
las amistades...».

Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero,
dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en
la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género
sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no
comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San
Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas
despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas
las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los
comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a
formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su
sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado
y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su
corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus
ciento y pico de hijos de ambos sexos.

Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que
está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido
escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y
entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en
rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha
hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace
veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que
amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad
propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión
es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo
presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente
nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su
corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la
impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no
servir a más señores que se le pudieran morir_. No nació aquella sin
igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador,
activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas
varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno
espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en
afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que
hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para
encerrarse y estar todo el santo día bostezando el _gori gori_, ni para
ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La
llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva,
sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad.
Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de
facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los
hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se
proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia
grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y
serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y
adelante, con los pies ensangrentados.

Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían
establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo
Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a
veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se
le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio
renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se
atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto,
pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y
feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.

La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo
emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando
cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de
fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no
sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que
estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo
para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero
la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_,
sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con
parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de
sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se
hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en
proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima;
después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el
trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que
pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo
repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los
distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los
viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos.
Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era
forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y
parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la
cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner
mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían
que no estaban en casa.

«Llegó un día --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el
caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy
feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo
había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de
Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y
de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni
dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce
docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que
empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de
tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de
volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas,
estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis
veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me
arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y
buscar cuartos de otra manera y por otros medios.

»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y
las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban
como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más
que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que
aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el
de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué
la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre
como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta entonces
yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a todo bicho
viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del primer tirón
me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no había visto en
mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una trapisondista;
pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para
alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días sin parar
subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me
recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los
portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo a
gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo
que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte
se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no
darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra...
el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les
tranquilizaba. 'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace
falta'. Y aquí me daban el _perro_, allá el duro, en otra parte el
billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!,
señores, este oficio tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto
segundo, que me había recomendado no sé quién. La tal recomendación fue
una broma estúpida. Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro
tarascas... ¡Ay, Dios mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo
aquello... lo primero que me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no--me
dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de
injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvió con una escoba
para pegarme. ¿Qué creen ustedes que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí
más adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... ¡bonito
genio tengo yo...! ¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero! Pásmense,
pásmense... la más desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a
los dos días a mi casa a llevarme un napoleón.

»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta
bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé
ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo
que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o
menos fina. Ya me pueden llamar _perra judía_; lo mismo que si me
llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo más que mi
objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da
tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al
último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a
ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.
Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún
auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?'--me preguntó.
'No señor, de niños'. --'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con
afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil
_guealés_... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora!
Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil
noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los
pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas...
Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me
mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una
cantidad mensual.

»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre
mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año
pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio
y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos
grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado
eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos
viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo
la despensa vacía, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios,
y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días
en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he
dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos
si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que
levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la
holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con
departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan
allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse
y ser buenos cristianos».

--ii<sc/>-.

«Un edificio _ad hoc_» dijo con incredulidad el marqués de Casa-Muñoz,
que era uno de los presentes.

--_Ad... hoc_, sí señor--replicó Guillermina, acentuando las dos
palabras latinas--. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que
tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado?
¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que
recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes
me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y
pintón. Con que a ver...

--¿Tiene usted ya la memoria de cantería?

--preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de
berroqueña.

--Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo?

--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto
imperial--, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que
tengo en la Guindalera.

--¿A cómo? --preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y
apuntándole con la aguja de media.

--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el
marqués, ¿qué me da?

--Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me
sobraron de la casa de la Carrera?

--¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja,
para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a
casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.
Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los
acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus
nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una
pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un
clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos
de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen
ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues
juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron
una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos
señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes
que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de
Casa-Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T?
Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes
que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver
estos apuros míos y no acudir a ellos?

--Guillermina--dijo Casa-Muñoz algo conmovido--, cuente usted con
doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.

--¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?

--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro
a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo
una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de
tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos
sobre la _Unión ibérica_ y sobre la _Organización de los bomberos en
Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo está a su disposición. Diez
ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tómbola_.

--¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que
ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo.

--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el
pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo
Aparisi lo quiere empezar.

--La primera piedra no hay quien me la quite--expresó Aparisi con toda
la hinchazón de su amor propio.

--Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?--apuntó Barbarita--, por ejemplo,
toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes...

--Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado
un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca
a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos.

El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos,
creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra
cosa, se fueron al salón a hablar _seriamente_ de política y negocios.
D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el
juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que
entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la
partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que _envido a
la chica... envido a los pares... órdago_.

Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto
de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía
algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las
empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía,
se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que
sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que
aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos
visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a
Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los
pobres de la Inclusa y Hospital.

Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios
del Sur. «¡Qué desigualdades!--decía, desflorando sin saberlo el
problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el
mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho
dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa
sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita
mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria
ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí--decía--; pero también
mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja
mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a
muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados
de estiércol y tronchos de berza; me han llamado _tía bruja_...».

A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía
ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones
de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».

Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una
excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de
aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año;
alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.

«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?».

--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una
pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote,
sí o no?

--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro,
todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí!
Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las
fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con
los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a
San Bernardino.

--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada,
roñoso, cicatero.

Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el
día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas
aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado
de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote
que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle
carga, que es muy malo».

--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has
sacado, me salvo--díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.

--No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran
miserable, usurero, recocho en dinero--repitió Guillermina con tono y
sonrisa de chanza benévola--. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y
estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas
domingueras y sacarles las entrañas a los pobres.

--No hagan ustedes caso de esta _rata eclesiástica_--indicó Moreno,
sentándose entre Barbarita y Jacinta--. Me está arruinando. Voy a tener
que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo
descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como
paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata
que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por
pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en
el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del
chaleco.

La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su
alma.

--Pero ven acá, pillo--dijo secándose las lágrimas que la risa había
hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda,
hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti
se va al Cielo derecho.

--A donde vas tú a ir es al _Modelo_...

--Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor
cuenta...

No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón
llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete
rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre
las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero,
que acababan de entrar.

Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía
a sus amigas.

«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está
formado el corazón de este hombre».

Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel
tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:

«Hijas, que el rey se marcha».

--¡Qué dices, mujer!

--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la
ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».

--¡Todo sea por Dios! --exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo
imperturbable a su trabajo.

Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a
su marido que aquel día no había comido en casa.

«Oye--le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban
con picardía;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante».

--iii--.

«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo
Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín,
se estaba haciendo el consolidado a 20.

--Lo hemos de ver a 10, señores --dijo el marqués de Casa-Muñoz en tono
de Hamlet.

--¡El Banco a 175...! --exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la
cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre.

--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--. Está a 172, y si usted
quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más
papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres.

--Sí--dijo Aparisi poniendo semblante profético--; porque la que se va a
armar ahora aquí, será de órdago.

--Señores, no seamos impresionables--indicó el marqués de Casa-Muñoz,
que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen señor
se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su
caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de
República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren...

--El golpe viene de fuera --manifestó Aparisi--. Esto lo veía yo venir.
Francia...

--No _involucremos_ las cuestiones, señores --dijo Casa-Muñoz poniendo
una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, diré a
ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el
republicanismo.

Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse
de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.

«Señor Marqués --declaró Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo
español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe
ponerse...».

--¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...--saltó el marqués incómodo,
anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las
cuestiones.

Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba
de _poner los puntos sobre las íes_; pero con el marqués de Casa-Muñoz
no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era
capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una
rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar
observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda
antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato
espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era
observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y
Casa-Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras
escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués
daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y
otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el
cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenación de las
ideas_. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa
era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa-Muñoz tomaba arranque y
diciendo _el desiderátum_, hacía polvo a su contrario.

Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa-Muñoz disparatadamente, y
sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las
_puertas estaban herméticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a
comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el
marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato,
excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D.
Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial
y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la
cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de
pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño
cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas
que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico
en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de
una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de
cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo
demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de
maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las
íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que
pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el
tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el _e pur si muove_
de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y
creía que aquel célebre dicho significaba _por si acaso_.

Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré
el paraguas _e pur si muove_».

Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte:

«Y qué, _nene_, ¿hay barricadas?».

--No, hija, no hay nada. Tranquilízate.

--¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si
sales.

--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?

Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando
el bolsillo del pecho.

--¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses...

--Vaya con la descuidera... --¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace
bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del
bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver...

Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió.

--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace
falta?

--No por cierto. Toma lo que quieras.

--Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder
pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo.

Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y
arrugando el billete que estaba en ellas.

En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su
cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente
de las dos señoras, atravesó el salón a prisa.

«¡A esa, a esa! --gritó Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros,
vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla
de _la rata eclesiástica_ veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de
plata?».

En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió
Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía
una bendición.

En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida
del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como
si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués
de Casa-Muñoz hablaba de

_las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia
blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente;
el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el
porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que _el
alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo
Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué
demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no
iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier
contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro
a ustedes --decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no
pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo
español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza,
vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen
mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba
de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan
extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos
lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias
menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que
aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier
cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro,
el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino.
No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».

Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D.
Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y
charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No
habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah!
Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no
había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.

Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se
fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una
nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan
excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor
aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a
Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía
cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja».

--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se está volviendo muy
anticonstitucional.

Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron
a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su
marido.

-VIII-.

Escenas de la vida íntima.

--i--.

A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente.
Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó
que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin
articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de
una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las
conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta.
¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D.
Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel
ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que
Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la
sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El
pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía _en
familia_ que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a
su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado.
Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas;
sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que
el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era
el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su
suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría:
«Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo
digo, bien sabido me lo tendré».

Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos,
como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna
afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que
digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan
había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero
muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que
le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido
encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de
Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al
verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de
estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba
pegando.

De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía
arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para
estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena
de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo,
traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy
particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por
cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial,
le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano
y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora,
prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las
inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando
más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como
los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el
trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas
trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse
coger!

Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de
miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo
es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en
sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan
más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las
palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una
manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales
componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado.
¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que
pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un
negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa...
En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su
actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría
nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así.
No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus
expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el
desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal
que no saltara algo más fuerte.

Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo
Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan
pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras
palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no
es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto
eres tú».

La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le
tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a
razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero
qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón
era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír
después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce
y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas,
Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.

Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la
vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para
sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo
los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito
que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el
fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social,
una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos.
Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de
sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba
como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se
convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar
cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula.
Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que
no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín
una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil
borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y
tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.

En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.
Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó
de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía
tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos
excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la
religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las
virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían
mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de
confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por
delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o
pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y
hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con
bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía
contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el
donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no
precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza
misma tenía para él su picante.

--ii--.

Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre
enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don
Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya
jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven,
mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en
negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no
había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los
padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel
buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su
obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las
manos con que la ha hecho.

Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba,
sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando
empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la
virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto
ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no
era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el
desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al
contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un
peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía
emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi
mercantil. Ninguno sabía como él _sacar el jugo_ a un billete de cinco
duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se
proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.

A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo
exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a
ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una
de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a
ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los
hijos de familia en estos depravados tiempos.

Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus
eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente
descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política!
¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve
habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a
D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él
tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir,
que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy
buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a
todos los que van a la política a hacer chanchullos.

Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim,
manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es
el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las
cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el
Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es
imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está
preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se
pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el
agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia
enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia,
ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues
señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo
iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo
que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos
meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo.
«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el
Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté
siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito
llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo--decía D.
Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los
_jamases_ de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y
como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas
las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados
del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D.
Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón.

Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.
Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.
«Porque yo--decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia--, no
soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a
mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus
atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en
sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay
otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo
mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y
en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión
que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no
sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su
imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse.
La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener
delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo
sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca
parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones
intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia
declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero
viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de
tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como
aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?».

Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para
aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la
obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener
chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando --decía--, menos eso.
Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en
ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones
y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía
sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los
lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión
de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía
desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».--«Sí, hijo,
un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan
lo tomara a risa.

Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba
en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones
inservibles destinadas a la chiquillería, _cuando la hubiera_,
infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la
manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la
calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de
Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no
podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que
hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están
perdiendo!».

Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día
y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña
pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase
pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga,
música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a
ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no
había más música que la italiana, mientras más clarita y más de
organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la
última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea,
estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y
de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno.
Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió
aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde
estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner,
inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que
oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante
al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las
noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño
profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro
finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La
impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos
queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos.
Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo
estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había
visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_
y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le
cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita...
eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el
muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima
holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su
mamá. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes había
regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita...
caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería
desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno.
Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio
que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos,
expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad
cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que
perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le
clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el
niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de
ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en
sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero
la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera
el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas,
con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón,
el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la
tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede
que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad
sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el
muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera
una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del
muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca...
Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara
parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan
delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de
superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le
produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo
cargo de que estaban allí sus hermanas;. vio los cortinones pintados de
la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del
paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los
disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento
de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos,
y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano,
con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y
gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con
sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado
más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro
éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había
concluido el cuarto acto y Juan no parecía.

--iii--.

Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una
efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano,
correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día
_tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de
salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba
sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta
que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la
mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos
periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él,
hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la
cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos,. le sacudió la
cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego
muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos
o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a
puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no
fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas
cosquillas,. acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué
_guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a
dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas
de...».

Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de
seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te
puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del
tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme
a mí por modelo».

--Mariquita date tono--replicó Jacinta secándose las lágrimas que la
risa y las cosquillas le habían hecho derramar--. Ya sé que hay otros
peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno.

Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su
alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas.

«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no
le tuviese por el más perfecto de los seres creados.

Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el
cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque
saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín
hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.

«Bueno--indicó ella--. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?».

--Eso mismo venía yo a saber --dijo doña Bárbara apareciendo en la
puerta--. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para
tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. _Divinidades_,
como dice Estupiñá.

--Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de
escuela.

Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer,
formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él
de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días
precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o
mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las
aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida
ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco
tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se
hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún
más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra
vez ganado--pensaba--. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de
una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las
_cantonales_...!».

Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es
eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y
Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del
Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi.
Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos
desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las
acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a
almorzar con nosotros».

El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.

--¿Qué periódicos has leído?--preguntó el papá calándose los quevedos,
que sólo usaba para leer--. Toma _La Época_ y dame _El Imparcial_...
Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el
consolidado a 13.

--¿Qué 13?... Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--. Anoche
lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio.

Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una
cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto
él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que _día por
día_ había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D.
Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días.
«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se
racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al
cabecilla cual, y después de racionarse...».

«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqués
no viene. Ya no se le espera más».

En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que
había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo
platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo:

«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea
filantrópica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de
ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del
edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros
de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas,
ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué
tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las
mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto...
Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era _factible_,
voy viendo...

«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.

--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--. ¿Almuerzas
aquí o allá?

--¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te
estoy mimando mucho.

--Toma, golosa--le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el
tenedor.

Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió
riendo.

«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la
boquita, nena».

La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a
reír.

--¡Qué alegre está el tiempo!

--Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa
empezaron Aparisi y él a tirotearse.

--¿Qué han dicho? --Aparisi afirmó que la Monarquía no era _factible_, y
después largó un _ipso facto_, y otras cosas muy finas.

Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso».

--Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra.
¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?

--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.

Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.

«Hijo de mi vida, le mató».

--¿Quién?

--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.

--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intención soltole a su enemigo un
_delirium tremens_ a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de
respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por
el golpe. Veremos con lo que sale.

--¡Qué célebre! Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto
para acá. ¡Qué coloradita estás!

--Es de tanto reírme. --Cuando digo que me estás haciendo tilín...

--Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está
indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque
no ha seguido sus consejos...

--¡Los consejos de Aparisi! --Sí, y al marqués lo que le tiene con el
alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_.

Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este:

«Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha
rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está
contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el
fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve
_orificios_, y el marqués no sabe lo que le pasa...».

No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al
enfermo.

«Hola, Juanín... ¿Estamos _exclaustrados_?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso
es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin,
yo me...». Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal
creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento».

A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el
sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo
desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un
hombre que quería hablar con el _señor joven_.

--Ya sabes que no recibe--dijo la señorita, y tomando de manos de Blas
una tarjeta que este traía leyó:. _José Ido del Sagrario, corredor de
publicaciones nacionales y extranjeras_.

--Que entre, que entre al instante --ordenó Santa Cruz, saltando en su
asiento--. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos
reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más
célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.

Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza
y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos,
como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata
roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el
sombrero que era un _claque_ del año en que esta prenda se inventó, el
primogénito de los _claques _ sin género de duda, y en la otra un lío de
carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales
estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la
pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de
miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio
saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato
social.

«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con
fingida seriedad--. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».

--Con permiso... ¿Quiere usted _Mujeres célebres_?

Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosiguió
Ido, enseñando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día
en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las
casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted
_Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo,
Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...?

--iv--.

Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le
dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas,
y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga
prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una
copita?

--Muchísimas gracias. Nunca bebo.

--¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía
este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre...

--Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replicó Ido avergonzado--. Yo no me
embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni
por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como
echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy.
Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado
izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve
usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede
vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor.
Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me
retiro...

--Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de
agua?

Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre
aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.
Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo
bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre».

--A ver, Sr. de Ido--indicó la dama--, ¿se comería usted una chuletita?

Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad
profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el
temblor del párpado y la mejilla.

--Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme
cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una...

--Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de
olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?--añadió
llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la
memoria y le entraba la electricidad--. ¿Por ventura, lo que usted
llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de
hueso?

--Justo. Llamaré para que se la traigan.

--No se moleste, señora. Yo llamaré.

--Que le traigan dos--dijo el señorito gozando con la idea de ver comer
a un hambriento.

Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.

«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he
sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena
literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un
pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en
Francia, ya tendría _hotel_...».

--Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos
que leen no tienen dinero?...

--Naturalmente--decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en
redondo por ver si aparecía la chuleta.

Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo
velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta,
panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor
famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa
nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que
llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y
miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en
el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cayó
sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su
boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente,
habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito,
naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar?
Agradecidísimo...».

--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz.

--¿Qué? --Que no masca usted lo que come. --¡Oh!, ¿le interesa a usted
que masque?

--No, a mí no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos.
Naturalmente... así me sienta mejor.

--¿Y no bebe usted? --Media copita nada más... El vino no me hace
provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba
comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya
completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo
estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

«Aquí donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres más
guapas de Madrid».

Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo
bueno».

--¿Es de veras? --Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.

--Mi mujer... Nicanora... --murmuró Ido sordamente, ya en el último
bocado--, la Venus de Médicis... carnes de raso...

--¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!--afirmó Juan.

Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después
exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar
con bronca voz estas palabras:.

--La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno
de víboras.

Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su
marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato,
hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.

«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si
es una santa?».

--¡Una santa!, ¡una santa! --repitió Ido, con la barba pegada al pecho y
echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz--. Muy
bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?

--La voz pública lo dice. --Pues la voz pública se engaña--gritó Ido
alargando el cuello y accionando con energía--. La voz pública no sabe
lo que se pesca.

--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--. A
nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.

--¡Que no les importa!... --replicó Ido con entonación trágica de actor
de la legua--. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí,
al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de
todas las cosas.

--Es claro que a él le importa principalmente--dijo Santa Cruz
hostigándole más--. Y que tiene el genio blando este señor Ido.

--Y para que usted, señora --añadió el desgraciado mirando a Jacinta de
un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignación de
un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera!

Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y
extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando
echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía
resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que
acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan,
queriendo divertirse más, procuraba calmarle.

«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas
con paciencia».

--¡Con paciencia, con paciencia! --exclamó Ido, que en su estado
eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la
mascase, a pesar de no tener muelas.

--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan
un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_.

--¡Se va _jaciendo_! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...

Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio
escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que
bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le
inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata.
Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le
convierte en animal feroz.

--El honor--expresó Juan--. ¡Bah!, el honor es un sentimiento
convencional...

Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy
suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga
pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle
de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si
secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera
estentórea:. «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la
de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual
estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con
frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta
a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de
España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal».

--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirmó Juan, poniéndose más
serio que un juez--. ¿Está usted seguro de lo que dice?

--¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.

Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.

--Y usted, Sr. D. José de mi alma--dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya
serio sino consternado--, ¿qué hace que no pide una satisfacción al
duque?

--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--. Eso es para los
tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.

Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos:

«Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_
otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos
cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta
es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal
cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre
de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender
vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y
vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos,
porque hay tantos, tantísimos...».

Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no
tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado
para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de
respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas
de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El
criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen
poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas;
y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose
conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni
despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los
_claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros
que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el
pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo.

--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--. Me da miedo. ¡Pobre
hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así.

--Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de
Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es
que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es
razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío?
Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de
novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se
le reblandeció el cerebro.

Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que
conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su
amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia
del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se
interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos
parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy
patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La
esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición,
humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco,
casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y
la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora.

Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el
recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar
con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar
ya estaba abriendo su portamonedas.

--Señora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidísimo
a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero
decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las
carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos
desechados del señor D. Juan...

--¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted.

--Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con
bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como
bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y
la suya puesta sobre las sábanas...

--Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en
buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.

--Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se
lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de
niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que
mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora,
naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo,
para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños
abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.

--Yo no tengo niños--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir
«no tengo camisa».

Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de
obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.

«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--. Dios no sabe
lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para
quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio
que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas».

Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al
primer filósofo del mundo; y le dio más limosna.

«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los
tienen...».

--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo,
como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis
vecinos, no nos vendrían mal.

--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!,
descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.

Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza.
Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la
señorita:

«Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras
cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá
Joaquina y para el _Pitusín_, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese
chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de
bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusín_ la
preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la
familia.

--¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?--indicó Jacinta
sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de
temblor en el párpado.

«El _Pitusín_--prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la
voz--, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal
Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez
sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo...

Pues como decía, el pobre _Pitusín_ es muy salado... ¡más listo que
Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le
quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su
madre le quería tirar...».

Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en
la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas
terminantes. ¡Fortunata, el _Pitusín_!... ¿No sería esto una nueva
extravagancia de aquel cerebro novelador?

«Pero, vamos a ver...--dijo la señorita al fin, comenzando a
serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de
usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que
por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».

--Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo
Evangelio--replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho--. José
Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo
platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento...
especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el
_Pitusín_; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de
usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.

--Usted está loco --exclamó la dama con arranque de enojo y despecho--.
Usted es un embustero... Márchese usted.

Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el
recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No
había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque
le llamaran loco.

«Si la señora no me cree --se limitó a decir--, puede enterarse en la
vecindad...».

Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más.

«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase
usted».

Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a
punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante
a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que
al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado
tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un
animal dañino. «No, no abro... --pensó--. Es una serpiente... ¡Qué
hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero».
Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más
explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá
cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y
huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le
conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre
había producido en su alma.

--v--.

¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían,
no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física.
La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro,
le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le
estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al
verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las
reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando
aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un
embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha
gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a
la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí,
sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las
novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta
para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa,
también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La
culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros
anillos.

Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era
el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía
que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no
le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa,
hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y
pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez.
Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un
esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para
soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le
venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con
estrépito y cólera.

«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--. Si fuera una enfermedad
grave, ¿qué harías?».

--Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me
sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas.
¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como
una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo
paciencia. Mañana me echo a la calle.

--Falta que te dejemos. --Al menos ríanse, cuéntenme algo,
distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame.

--Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la
cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates...

--Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si
no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como
una confitería. Mamá...

--¿Qué? --¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí,
háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me
desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta,
distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.

Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus
pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba.
«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco,
con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas
adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia
del _Pitusín_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre
todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una
rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear.
Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle
del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué
rabia tengo! --pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes--, por
haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo
así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones.
Aquel _Pitusín_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido,
sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera
culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el
pobre niño...? --pensó después transformándose por la piedad--. ¡Este,
este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle
una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos,
tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a
las personas.

«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?--murmuró él sin volver la
cabeza--. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija».

--¿Qué quieres? --Niña de mi vida, hazme un favorcito.

Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de
coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.

«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado
algo».

Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó
que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió
mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he
de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a
esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen
en mí le nacen en otra...».

Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se
le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el
acento mimoso:

«Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no
haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».

--Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres?

--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no
se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes?
Tengo sed.

Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.

«¿Crees que tengo calentura?».

--De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los
chiquillos.

--Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la
leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me
leerás _La Época_. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira
que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite
esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...!

--¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará...

Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama.
Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».

--Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que
obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde
se mete este condenado hombre?

María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era
que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la
garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú
no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las
dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!».

Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido _La Correspondencia_?».

--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los
brazos.

--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se
empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta,
quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más
arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo,
hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se
van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas?

--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.

Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no
comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí
no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando
siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un
esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela,
echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida,
si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro
vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame
que te chupe el dedo...».

Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.

«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas
acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por
arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas».

--Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en
seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina.

--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente
chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que
si sacó las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras
de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de
pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa
saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de
centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para
que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter
contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el
zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata».

--¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta
entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana.
Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño
muy pesado.

--Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de
fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona
que me divierte.

--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.

--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.

Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no
poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa
de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían
contado, decíale:.

«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste
delante del sereno, creyendo que era el Viático...».

Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.
Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa
paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú
no has tenido nunca novia?».

--Vaya, vaya, este Juanito --decía Estupiñá levantándose para
marcharse--, tiene hoy ganas de comedia.

Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele
decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te
pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo
hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».

Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio
a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano
Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de
terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita
y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media
con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del
plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira
el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la
familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a
usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen
cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.

«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te
separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».

«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!--gritó el
Delfín cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a
uno. Nada... Lo mismo que a un perro».

--Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya
estoy aquí.

Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho
y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño
de tres años.

--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes...
Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu
parienta...

--¡Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me
quiere nada eres tú.

--Nada en gracia de Dios. --¿Cuánto me quieres?

--Tanto así. --Es poco. --Pues como de aquí a la Cibeles... no al
Cielo... ¿Estás satisfecho?

--_Chí_.

Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».

--¿Así? --No, más alta. --¿Estás bien? --No, más bajita... Magnífico.
Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.

--¿Aquí? --Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de
mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...

«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás
todas juntas».

--Sí, soy un pillo... Pégame.

--Toma, toma. --Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado...

--¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...

--Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados--observó Jacinta
riéndose con cierta melancolía.

--Estas simplezas no son para que las vea nadie...

--¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró...

--Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa
maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por
completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando
que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el
palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar
aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.

--Bueno, hombre, bueno; me estaré.

Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que
vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se
durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de
Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.