Juanita la larga- Juan Valera ( XV-XVI-XVII-XVIII).
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XV.


Desde el amanecer empezó a solemnizarse el 4 de agosto de manera estruendosa con repique general de campanas.

Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos, circulaba por la vía pública, acudía a la plaza, donde seguía la feria como en la noche antes,. o se agolpaba en la carretera por donde había de ir la procesión, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la parroquia, y volviendo a entrar en ella después de haber dado gentil paseo por las calles principales. Estas habían sido bien barridas y alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesión se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones, pendientes de cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras de damasco encarnado,. verde y amarillo, o de colchas de algodón estampado con enormes floripondios y orladas de rizados y cándidos faralaes.

La población toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la víspera quedaron abiertas las barberías y afeita que afeita hasta muy dadas las doce. Los señores más importantes y ricos, cuantos recibían el tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con sus mejores ropas; si eran jóvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o larga vara de membrillo, oliva o fresno;. y si eran ya mayores de edad, con capa, para el conveniente decoro, por ser por allí la capa el traje de etiqueta,. del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol hacía chiribitas.

Las mujeres de todas las clases sociales habían sacado sus trapitos de cristianar para adornarse aquel día. Ninguna iba con la cabeza descubierta. Todas, sí no tenían mantilla, llevaban mantones de lana ligera, o bien pañuelos que denominaban allí _seáticos_, o sea percal lustrosísimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas, vestían trajes negros u oscuros de tafetán, de sarga malagueña o de alepín o de cúbica;. y las señoritas, sus hijas, iban con trajes de muselina o de otras telas aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla, ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre, relucían, junto a las peinetas de carey,. las moñas de jazmines, la albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos, amarillos, blancos y disciplinados.

Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias también a otros caudalosos veneros,. que brotan entre rocas al pie de la inmediata sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los cuales se riegan huertos, macetas y arriates.

Por entre los hierros de las cancelas que había en las mejores casas se veían los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.

En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caía en roja taza de bruñido jaspe, o se levantaba gran pirámide de tiestos, formando compacta masa de flores y verdura.

Las libélulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las avispas y las abejas zumbaban buscando miel.

El territorio o término de Villalegre confina con la campiña, donde todas son tierras de pan llevar o baldíos incultos, sin huertas, ni olivares, ni viñedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual melonar en las hondonadas. Todo lo demás es en aquella estación pajizo, ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan más por allí y dan mayor sombra son las pitas. Son las más leñosas y arborescentes los cardos y los girasoles. Así es que en los hogares se guisa con cierto producto animal, que no sólo da calor, sino perfume, salvando por el aire una o dos leguas de distancia,. de suerte que las poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de columbrarse en el horizonte sus campanarios.

Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de pintados y alegres pajarillos salen a la campiña con el alba, a coger semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse;. pero todos anidan en el término de Villalegre, y vuelven a él, después de sus excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbrías,. para beber en sus cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus chirridos, trinos y gorjeos.

Aquel día, que era en extremo caluroso, o no habían salido las aves a merodear o habían vuelto tempranito, y trinando y piando,. mientras que arrullaban tórtolas y palomas, hacían salva y música al Santo Patrono, así en los alrededores como dentro de la misma villa.

Para mayor ornato y esplendor se habían erigido en ella seis triunfales arcos de lozano y verde follaje.

La procesión salió en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la mañana. Rompían la marcha el sacristán y los monaguillos, que llevaban el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y otro lado de la manga. Después muchísima cera, esto es, multitud de hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos aparecían, conducidas en andas, hasta seis imágenes de santos, todas policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo bendiciones. A sus pies había un perro, muy bien figurado, que llevaba entre los dientes una antorcha, al parecer encendida,. con la cual, según el sueño de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con velas ardiendo, y por último venía una bella efigie de la Virgen, que estaba sobre los cuernos de la luna,. la cual luna era de plata, lo mismo que la corona que llevaba la Santísima Celestial Señora.

Era su manto de raso azul celeste, todo él bordado también de plata, y que había costado un dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo, apoyado contra el corazón, a un precioso Niño Jesús con la bola del mundo, que ostentaba la cruz en lo más alto. En la mano derecha llevaba la Virgen el escapulario del Carmen.

Iban delante de la Virgen, con dalmáticas e incensarios, dos diáconos, que por allí llaman _jumeones_.

En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofradía, con túnica de seda azul sobre el frac, y empuñando larga pértiga de plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doña Inés y yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldán,. uno de cuyos antepasados había costeado la imagen de la Virgen, así como la de Santo Domingo,. obras ambas de Montañés, según se jactaban de ello los naturales de Villalegre.

En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa pluvial, aparecía el padre Anselmo,. y en torno de él varios capellanes, así indígenas como forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos,. y otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnífico palio, debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado cura párroco.

Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde a la cabeza, el cual llevaba bengala con puño y borlas de oro. El secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva, elegantísimo, y excitando la envidia de otros señores cuyas levitas o fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados,. y ya que no con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros y tal cual lamparón o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que las que notó y censuró el Cid en el hábito del monje don Bermudo.

El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la procesión por su ausencia.

Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre más forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era larguísima.
La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetán de diversos y vivísimos colores. Y era la gala que aquel jayán, cuando había para ello espacio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo menos cuatro varas en cuadro, revolotease la bandera girándola en torno, paralela al suelo,. de modo que, agachándose los muchachos y hasta algunos hombres y mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operación del revoloteo y el cobijo iba siempre acompañada de un precipitado redoble de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesiástico y consagrado a aquel menester.

No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, porque en el pueblo, desde que se había extinguido la milicia nacional, no había soldados.
Sólo había dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los _tragalentejas_; que solían venir en lo antiguo de una ciudad cercana, iban los músicos municipales casi siempre tocando y vistiendo aún el uniforme de la extinguida milicia.

No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, más o menos confusamente, que el Santo Patrono había tenido algo de guerrero,.
quisieron que aquella pompa fuese más militar, y tuvieron una felicísima idea. A los soldados romanos que salen allí en las procesiones de Semana Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmesí y los convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de los que los amigos del santo habían metido en costura. Los soldados romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo había un santo nacido en él, el cual santo perteneció a la Legión Tebana;. y como en compañía de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo para hacer los de los soldados romanos.

En cuanto al traje de los judíos, era tan fantástico, que podía valer para cualquier época,. si bien tenía el inconveniente de ser tan rico y primoroso, que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo lo podían costear;. así es que había pocos judíos, muchos menos que soldados romanos; .mas no por eso se sometían del todo, sino que de cuando en cuando se enredaban a trancazos con los cruzados,. armando muy graciosas escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía y era como el sainete o parte cómica de la procesión.

Debemos advertir que estos judíos herejes, tan elegantes en el vestir, gastaban ciertas espantosas carátulas, con enormes narices, a veces como berenjenas amoratadas y llenas de verrugas,. porque los judíos de los tiempos antiguos eran más feos que los de ahora, si bien entonces tenían la mar de dinero, cuando se vestían con tanto lujo.

La devota muchedumbre no veía pasar la procesión en reverente y mustio silencio, sino con alborozo y algazara,. prorrumpiendo en nutridos y sonoros vivas, entre los cuales se oían a veces proposiciones candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro entusiásticas, como, por ejemplo:. «¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que joroba a todos los demonios!». «¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica a todos los otros santos!».

Para colmo de la devoción y muestras de júbilo, varios mozos tenían escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones,. pero con mucha pólvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase más el tronido. En suma, la procesión no dejó nada que desear. El público quedó muy satisfecho.




XVI.


A las diez se cantó la misa mayor con órgano, que lo hay allí muy bueno, y no sucede lo que en Tocina y en otros lugares de la Andalucía baja, donde dicen que, a falta de órgano, tocan la guitarra en la iglesia. De esto no respondemos. Puede que sea una calumnia. Lo contamos porque lo hemos oído contar.

La Virgen estaba ya de nuevo ocupando su camarín en el altar mayor, cuyo retablo, todo de madera tallada y dorada, subía hasta la cumbre del ábside, y era caprichoso y atrevido desate del estilo churrigueresco:.
complicado laberinto de retorcidos tallos, colosal hojarasca, frutas, armas, monstruos simbólicos y rosetones, por los cuales asomaban sus infantiles y aladas cabezas los ángeles y los serafines.

A la derecha, y sobre otro altar, estaba ya también en su nicho el Santo Patrono.

Ambos altares resplandecían con muchísimas velas y hachones ardiendo, y ramilletes de flores y festones y guirnaldas de arrayán, laurel y limonero los engalanaban.

Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mácula por el reciente enjalbiego, se veían en parte cubiertas de rojo damasco, aunque el damasco era poco, y era más el filipichín que lo remeda.

A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitud de exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestial abogado. Allí piernas, ojos, brazos y hasta niños completos, y bastantes tablitas pintadas al óleo, donde el milagro se representaba, y por medio de un largo letrero escrito al pie quedaba explicado.

La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas o sentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de los abanicos de diversos colores alegraba la vista. Alrededor estaban los hombres, en pie. Sólo ocupaban algunos escaños de nogal los señores del Ayuntamiento y el cacique don Andrés, que vino a la iglesia, aunque no a la procesión.

Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho del cacique,. donde aquel día brillaba por vez primera la placa de oro, diamantes y rubíes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobierno acababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.

Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la procesión, porque la habían visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera, aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa. Involuntario y general murmullo de admiración se escapó entonces del pecho de los hombres. La madre iba delante abriéndose paso con los codos. Detrás venía la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, su mantilla de madroños, su alta peineta de concha y un montón de claveles junto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pañuelo y mostraba toda la gallardía y esbeltez de su talle. Parecía la señora principal, la reina de aquella función, y apenas podían comprender sus compatriotas que fuese ella misma la moza que hacía poco iba con un cántaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero al mismo tiempo majestuoso y modesto.

En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajos domésticos, se diría que había estado conservada entre algodones,. como delicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.

El asombro que causó su entrada en la iglesia bien se puede decir que durante tres o cuatro minutos turbó el orden y la tranquilidad que allí reinaba. El maestro de escuela, hombre leído y que sabía de memoria el Romancero,. recordó a este propósito, hablando a la oreja de un concejal, el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simón de cierta niña sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes, quienes.

en vez de decir amén, decían amor, amor.

Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés. Ya tenía ella averiguada la transformación de Juanita de zagalona rústica en algo que presumía de dama,. y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina,.
que Juanita iba a lucir aquel día un maravilloso traje de lo más a la moda y señoril que se había visto nunca en aquel lugar y en muchas leguas a la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, todos los presentimientos y temores de doña Inés. Aunque todavía estaba guapa, a pesar de los ocho vástagos que había tenido, se sintió en el fondo del alma, inferior a Juanita en hermosura;. no dejó de notar, con profunda mortificación, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella;.
hasta en la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy distinguida, tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta la señora de Roldán del arte o de la adivinación con que una chicuela que se había criado entre pillería andrajosa y casi en medio de la calle,.
como vaca sin cencerro, se había hecho sujeto capaz de tan repentina elegancia.

Como Juana la Larga iba tan engreída y tan ufana con el asombroso esplendor y con la rara belleza de su niña,. no buscó para ponerse con ella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y más visible.
Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeño claro, inmediato a los escaños en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrés;. claro que el respeto y la humildad de otras mujeres habían contribuido a formar, y en cuyo límite, no distante, se hallaba doña Inés López de Roldán,. la cual tomó aquella intrusión por desaforado atrevimiento, y ardió en sed de imponerle pronto y severo castigo.

Al efecto había ya prevenido al padre Anselmo, y le tenía muy sobreexcitado contra Juanita y contra su madre.

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Sabía no poco de teología dogmática y de moral, y poseía notable despejo y prodigiosa facundia;. pero era terco, persistente en las opiniones que una vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doña Inés, además, le tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una veneración y un cariño alambicadamente espirituales, que la convertían para él en oráculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en el virtuoso corazón de los ancianos:. amor sin deseo y sin vicio; lo que hasta llamándose platonismo escandalizaría al mismo que lo siente;. lo que es tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel semidivino sentir que describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglione en las últimas áureas páginas de su _Cortesano_.

El padre Anselmo jamás había leído este libro y no había caído ni podía caer en que sentía inclinación tan dulce;. pero sin tener conciencia de ello reverenciaba a doña Inés como si fuera ángel o santa. Estaba ciego para todos los defectos y pecados de ella, y no veía o no creía ver en ella sino virtudes:. la prudencia, la caridad, el recogimiento y la piedad religiosa. Para el padre Anselmo era doña Inés modelo de casadas y de madres de familia y dechado ejemplar de señoras distinguidas y doctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirtió otro intento que el de evitar o reprimir el escándalo y el mal ejemplo que en el lugar se estaba ya dando.

Influido por estas ideas, había preparado el sermón que predicó aquel día y que versaba, con aplicación a las circunstancias, sobre el mismo tema que él gustaba de tratar siempre:. sobre la corrupción de nuestro siglo y sobre sus síntomas ominosos, que son alternativamente efectos y causas. Porque la falta de religión hace que se hunda la moralidad, como edificio cuyos cimientos se socavan,. mientras que el excesivo regalo y el esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seria meditación diabólicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasándolas en el infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambición, la codicia y la lascivia, red que Satanás nos tiende, cebo con que nos atrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos.
La incredulidad y la herejía nacen de la molicie y del lujo, y por la ambición y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.

El padre ilustró su doctrina con citas históricas. Los albigenses, a quienes convirtió Santo Domingo con ayuda de Simón de Monfort, habían caído en abominable herejía porque se entregaban a los festines, elegancias y malas pasiones. Una pícara mujer que sedujo a Martín Lutero tuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversa Ana Bolena fue el medio de que se valió el diablo para apoderarse de los ingleses, que eran antes fervorosos católicos. La codicia había sido, sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revolución herética o impía empezaba con deportes, amoríos y relajación de costumbres,. siempre era la codicia la que lograba que triunfase, convirtiendo la revolución en cucaña, en cuyo extremo superior se ponían los bienes de la Iglesia.

--Tal vez--añadía el padre--las personas honradas y pacíficas andarán ahora muy confiadas imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,.
porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten;. pero ¡ay, cuán lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia se pondrán, o se ponen ya en lo alto de la cucaña, los bienes de los particulares ricos. Y aún habrá menos escrúpulos para incautarse de ellos, como ahora dicen,. porque la incautación (socorrida palabra para no emplear otra muy dura que cuadraría mejor) no será sacrílega.

Entonces el padre habló del socialismo, refutándolo y procurando demostrar que cada una de sus utopías es sueño y delirio insano. Según él, siempre habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución social triunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricos queden pobres;. que algunos de los pobres más listos y audaces se hagan ricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en número y padezca mayor miseria, porque gran porción de la riqueza se habrá consumido o destruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si el orden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga rico burlando el Código Penal,. todos trabajarán y se ingeniarán decentemente, por donde crecerán la riqueza y el bienestar;. y los ricos serán más ricos y serán más, y los pobres serán menos pobres y menesterosos;. y llegará el día, allá en lo por venir, en que los pobres estén mejor tratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habrá clases y jerarquías sociales, y será justo que se respeten, porque las hay hasta en el cielo.

Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoy tantas personas por salir de su clase y elevarse sin mérito suficiente:.
el tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser marqués; el usurero, duque;. el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelas desvergonzadas, damas y grandes señoras. Contra todos estos abusos disertó con vehemencia, o más bien lanzó centellas y rayos,. discurriendo más por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que de él proceden.

Al cuerpecito de una niña presumida y muy ataviada lo llamó colmena de Lucifer,. cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y los zánganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios, pecados y sandeces.

Además de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hasta en los lugares sagrados,. turbando el sosiego de los espíritus e impidiendo su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más de lo que honradamente se gana;. se aceptan regalos de los pretendientes y se les sonsaca el dinero. Dejándose ir, pues, por pendiente tan resbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan con facilidad en busconas. «Bien lo comprendió así--dijo el padre--la sabia y gloriosa reina doña Isabel la Católica,. cuando se indignó al ver en unas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda, y prohibió el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas y ricashembras, lo cual fue providencia discretísima y moralizadora.».

En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel día: censuró el vicio sin censurar al vicio, y no designó ni aludió a nadie.

De esto se encargó la maliciosa envidia de las mujeres, excitada con disimulo por doña Inés. Todas hicieron a la emperejilada Juanita blanco de sus insolentes miradas. La consideración del origen ilegítimo de la muchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cual recordó allá en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgares que sostienen como verdad la transmisión de la culpa por medio de la sangre: de tal palo, tal astilla;. la cabra tira al monte; quien lo hereda, no lo hurta;. de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y así la madre, así la hija y así la manta que las cobija.

No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas;. pero apenas pudieron resistir la muda y formidable tempestad que descargó sobre ellas. Aparentemente estaba más conmovida la madre. Juanita no mostró perder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de que no había incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante, y la cólera por la inmerecida afrenta bañaron sus mejillas en más encendido carmín. Y bajando ella la vista, veló con los párpados y las rizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidas lágrimas humedecieron.

Al terminar la función acertaron madre e hija a escabullirse sin ser notadas y a volver precipitadamente a su casa.




XVII.


Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba, yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.

--¡Habráse visto--exclamaba--mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, las pu...ercas! Pues si durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas la llevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.
De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero «aunque la mona se vista de seda, mona se queda». Son más feas que noche de truenos. ¿Y de dónde han sacado su hidalguía? Quizá no sabremos que son hijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda del cagarrache del molino de Don Andrés cuando la pretendió y la tomó por mujer el escribano. ¿Y por qué la tomó por mujer? Para remediarse, porque ella había allegado bastante dinero con un gran corral de gallinas, y más aún con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a la chita callando y no gastaba pito, la llamaban la _gabacha_. ¡Qué tacto en aquellos dedos verdugos! A escape entrecogía ella como con alicates lo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos,. y los dejaba aviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operación.
Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros. Yo preguntaría al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de ricashembras.

Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:.

--Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano. No las quiero mal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.

--Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse. En la menor no se reparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo; pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda, parecía un tomate enorme con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza! Durante toda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todavía de judío, como había figurado en la procesión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, el hijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padre debió hacerle una albarda, que no le vendría mal. Aunque ha vuelto de Granada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo que rebuzna en latín y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, tú tienes razón. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.

--No maldigas del padre--replicó Juanita--. Es un bendito, espejo de santidad. Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrió en exageraciones, bien sé yo por qué. La Reina Católica prohibiría sin duda la seda porque en su tiempo se entenderían las cosas de muy otra manera que en el día,. y además porque la seda costaría entonces un ojo de la cara y arruinaría al país. En fin, yo no sé por qué prohibió la reina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo es o no lo es, ¿a mí qué me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. De quien me quejo es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, que es la que ha armado contra mí todo este gatuperio. Ella me las pagará. ¡Voto a Cristo que me las pagará!

Y levantándose entonces de la silla se dirigió hacia su madre con los ojos echando chispas,. y haciendo la cruz como para persignarse, dijo solemnemente:.

--Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se acordará de mi durante toda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.

--Sí, hija mía--repuso Juana--, véngate, véngate. Nada más natural y razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures, que es pecado mortal. Véngate sin juramento; con cachaza y mala intención.

--Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de disimular más y he de ser más hipocritona que esa indina. Mala intención es lo que no tengo; mi intención siempre será buena.

Al llegar a este punto de su interesante diálogo, ambas interlocutoras oyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Se asomaron a la ventana y miraron por la celosía. Apenas tuvieron tiempo de ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada a una larga y recia soga,. de la que tiraban catorce o quince mozos de los más robustos y ágiles. Otros mozos aguijoneaban y enfurecían a la vaca, apaleándola con las chivatas y punzándola por detrás con pitacos o bohordos de pita.

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría en la calle, porque más conmovedor espectáculo se ofreció de repente a sus ojos dentro de la sala misma. Apareció don Paco, a quien la criada había abierto la puerta, con una gran pelota colorada entre los brazos. Pronto reconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que venía desmayada y con acardenalado y gordo chichón en la frente. Las mejillas y las narices las traía embadurnadas en una sustancia amarilla y pegajosa a la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco que sospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemas despachurradas.

En un cucurucho, que le había feriado el novio, las llevaba doña Nicolasita, y no se rompió las narices porque al caer dio con ellas sobre las yemas.

Embelesada con la conversación de su novio, que iba a su lado, con la carátula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella,. y seguida de su padre y de su hermanita, habían estado todos en la plaza,. donde Pepito se había despilfarrado feriando los dulces. Allí se habían olvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijos y festejos con que se celebraba el día del Santo,. un toro de cuerda, que entonces fue vaca, como hemos dicho.

Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivían, oyeron de repente el alboroto y vieron el tropel de los que huían de la vaca,. y hasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.

El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subió por los hierros de una reja y logró ponerse en salvo. La hermanita menor, que era muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subió también a otra reja, donde parecía un mico.

El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de la novela de Walter Scott, _Lucía de Lammermoor_, que él había leído;. pero la vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole un empellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso, porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masa redonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas.
Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas de cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalaba demasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita y diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se interpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre.
Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fue inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyó sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimas carnes, ya por un lado, ya por otro;. y como por el terror, y antes que sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidió que hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.

Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayada a doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa de ellas.

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su desmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy fuerte;. con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichón y se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasita parecía un Cupido. Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron la costra y churretes de yemas.

Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.

El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto, vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita,. la cual, restablecida también, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a que entrasen.

Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entrar en la casa los otros había sido de puro avergonzado;. pero como doña Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y Juanita estaban escamadas,. ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpido recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.

Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de un momento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco de esta manera:.

--Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos han hecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo;. pero los hemos pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos;. si seguimos recibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces de echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación de usted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puede salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa,. al menos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día, y sí no cambian, no parezca usted nunca.

Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó a dar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes que volviese su hija.




XVIII.


Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con la expulsión de que acababa de ser objeto,. no sabía qué camino tomar ni a qué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer examen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.
No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que estuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecía imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces simultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser de ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía él que Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se había declarado en regla;. pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la maña que ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar el estar a solas con él,. harto claro se veía que no quería admitirle por novio ni por amante. Sin embargo, ¿sería esto cálculo o ladino instinto de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?
También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y se ponía celoso.

¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y considerando que como novio no le convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco, como mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella entre su propio gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese, don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y cada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que ni su madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modo pecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es la hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarle para amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suya era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le cabía la menor duda de que doña Inés era promovedora. Consideraba luego don Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya que no le amase, se deleitaba con su conversación,. le reía los chistes, le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atenta y como pendiente de sus labios.

En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sino honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que fuese,. acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el cual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estas cavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija,. a explicarle con franqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de su maligna conducta.

De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.
Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo;. pero le venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y se dirigió,. con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, a casa de la señora doña Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaría sola a la hora de la siesta.

En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde. Don Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como comía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí,. y que es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su cama y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.

A los niños se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo de la casa, donde no molestaban con su ruido. Doña Inés se quedaba entonces sola en su estrado o en su despacho,. ya haciendo cuentas, ya entregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o de historia.

El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no venían de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores diabluras;. pero lo cierto es que doña Inés era recatadísima y, o bien tenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, ; o bien sabía, con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: «Si no eres casta, sé cauta.» De aquí que doña Inés pudiese erguir muy alta la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leve insinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algún deslenguado.

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,.
porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy de mañana el _Año cristiano_, como tenía de costumbre,. cuando entró Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tenía entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tener prevenida a su ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y la entrada de don Paco diciendo buenos días.

--Buenos días dé Dios a usted, señor padre--dijo doña Inés,. levantándose de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y convidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.

--Dichosos los ojos que ven a usted--prosiguió doña Inés--. Hace no sé cuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ¿Qué negocios le traen a usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído a usted que hacer que no le deja siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,.
verme y darme el gusto de que yo le vea,. echar algunas manos de tresillo o tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con los demás señores que honran mi casa con su presencia?

Estas cariñosas quejas parecían todas sin intención y como nacidas del filial afecto;. pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que turbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De nada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don Paco, armándose de valor, contestó de esta suerte;.

--Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tu tertulia, ¿qué quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de viejo;. pero yo había tomado la maña de ir a otra tertulia más modesta y menos elegante que la tuya,. y que, sin embargo, lo confieso, tenía para mí singular atractivo.

--¡Válgame Dios, señor padre! Lo había oído decir, pero no lo había querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extraño me parece que una persona de la posición, de la gravedad y de los conocimientos de usted se deleite rebajándose y dando conversación,. durante horas enteras, a dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas;. pero más extraño es todavía que no sea la conversación de usted y su tertulia con ellas solas,. sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio a Antoñuelo, el hijo del herrador,. el más pillete y el más zafio de todos los mozos de este lugar. ¡Singular tertulia! ¡Buen par de parejas estaban ustedes! La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablaban de esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio, o sabe Dios qué, de la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que usted pretendía a Juanita;. pero entonces, ¿en qué se empleaba, qué papel hacía el celebérrimo Antoñuelo? ¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego yo que la Juanita es guapa, aunque más que de honrada mocita tiene trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque fuese Juanita la propia diosa Venus,. debía usted (perdóneme, señor padre, si se lo digo, por el interés y el amor que me inspira),. debía usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sería ir allí solo y como favorecido vencedor;. pero ir en competencia con Antoñuelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con la intención, no por eso es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y timoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofenda usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la ridiculez le acompaña.

Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a su hija y de quejarse de su conducta, cayó derribado a los pies de la señora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazón.
Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:.
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.
Era, además, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia Diana Cazadora, rica en salud y gallardía;. esbelta, fuerte y ágil; con todos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. Si Antoñuelo, que era un perdido, iba allí y trataba con la mayor familiaridad a Juanita, esto consistía en que Antoñuelo se había criado con ella desde la infancia;. en que ella le miraba y candorosamente le quería como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase y cayese en el precipicio.

La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo que llaman en aquellos lugares un tropiezo,. estaba-ya purificada por la vida ejemplar que había hecho después y por el honroso trabajo con que había logrado sustentarse y criar. y conservar el fruto de sus desventurados amores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observaciones de doña Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte poético, y tal como el prosaico vulgo podía entenderlo, doña Inés tenía razón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de Villalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hija ilegítima de Juana la Larga,. la chica que había corrido y jugado con los pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez años,. y la que después había conservado una sospechosa e íntima amistad con Antoñuelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.

De aquí el desairado y mal papel que una persona de los años, de la seriedad y la importancia de don Paco no podía menos de hacer en apariencia,. o bien siendo rival de Antoñuelo, o bien de acuerdo con él para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, no obstante, de la consternación que el tremendo discurso de doña Inés le había causado,. y por lo mismo que ella con su feroz acometida le acorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la pared,.
don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:.

--La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente, porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi yerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los plebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar que las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita me deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las noches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago.
No necesito de guía. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal vez,. pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado con vuestra malicia.

--¡Dios mío!--interrumpió doña Inés--. ¡Esto solo me faltaba: que llegue la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha encajado en la iglesia,. no vestida humildemente, según su clase, sino con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las grandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ¿De dónde ha salido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de usted.

--No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por no desairarme;. pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadie puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo que gana trabajando de modo honrado y lícito,. y no estando vigentes en el día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,.
no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.

--Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua--replicó doña Inés--, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ¿Cómo defender el escándalo, la campanada que ha dado esa chica,. transformada de repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadas de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan para costear levitas a los caballeros,. y para seguir emperejilándose con ricos trajes y mantillas de madroños,. como dicen que en Madrid van a los toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menos pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero a las Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle,. y como no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán, sí ya no lo han dado.

--Ni han dado ni darán lo que no debe darse--exclamó don Paco, perdiendo ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.

--¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería la cara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.

--Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin que nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós, hija.

--Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúe usted desatinando tan lastimosamente.

Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y no quedó ella menos furiosa.
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XV.
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La población toda estaba de gala.
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Ninguna iba con la cabeza descubierta.
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Son las más leñosas y arborescentes los cardos y los girasoles.
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La quinta imagen era la de Santo Domingo.
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Su cara, severa y hermosa.
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Sobre su inspirada frente relucía una estrella de plata sobredorada.
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Con su mano derecha echaba el santo bendiciones.
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En la mano derecha llevaba la Virgen el escapulario del Carmen.
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Sólo había dos guardias civiles.
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«¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que joroba a todos los demonios!».
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«¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica a todos los otros santos!».
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En suma, la procesión no dejó nada que desear.
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El público quedó muy satisfecho.
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XVI.
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De esto no respondemos.
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Puede que sea una calumnia.
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Lo contamos porque lo hemos oído contar.
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La multitud llenaba el templo.
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El movimiento de los abanicos de diversos colores alegraba la vista.
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Alrededor estaban los hombres, en pie.
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La madre iba delante abriéndose paso con los codos.
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como delicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.
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en vez de decir amén, decían amor, amor.
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Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés.
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y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina,.
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El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante.
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Doña Inés, además, le tenía sorbidos los sesos.
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la prudencia, la caridad, el recogimiento y la piedad religiosa.
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El padre ilustró su doctrina con citas históricas.
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porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten;.
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pero ¡ay, cuán lastimosamente se equivocan!
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se aceptan regalos de los pretendientes y se les sonsaca el dinero.
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la cabra tira al monte; quien lo hereda, no lo hurta;.
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No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas;.
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Aparentemente estaba más conmovida la madre.
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Juanita no mostró perder la serenidad y el reposo.
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XVII.
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Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos.
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--¡Habráse visto--exclamaba--mayor descoco!
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¡Vaya... las mantesonas, las pu...ercas!
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Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.
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Son más feas que noche de truenos.
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¿Y de dónde han sacado su hidalguía?
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¿Y por qué la tomó por mujer?
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¡Qué tacto en aquellos dedos verdugos!
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Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros.
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Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:.
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--Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano.
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No las quiero mal.
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Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.
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--Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse.
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Vestida de colorado y tan gorda, parecía un tomate enorme con patas.
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Y luego, ¡qué desvergüenza!
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¡Buena hidalguía está la de Pepito, el hijo del albardonero!
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Pero, en fin, tú tienes razón.
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No debemos quejarnos de ellos.
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Debemos despreciarlos.
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El arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.
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--No maldigas del padre--replicó Juanita--.
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Es un bendito, espejo de santidad.
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Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso.
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Y si incurrió en exageraciones, bien sé yo por qué.
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En fin, yo no sé por qué prohibió la reina la seda.
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Acaso no sea verdad que la prohibiese.
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Pero si lo es o no lo es, ¿a mí qué me importa?
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Yo no me quejo de la reina ni del cura.
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Ella me las pagará.
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¡Voto a Cristo que me las pagará!
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y haciendo la cruz como para persignarse, dijo solemnemente:.
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--Por esta cruz lo juro: yo me vengaré.
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--Sí, hija mía--repuso Juana--, véngate, véngate.
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Nada más natural y razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada.
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Y, sobre todo, no jures, que es pecado mortal.
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Véngate sin juramento; con cachaza y mala intención.
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--Pierde cuidado.
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No me faltará cachaza.
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He de disimular más y he de ser más hipocritona que esa indina.
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Mala intención es lo que no tengo; mi intención siempre será buena.
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Se asomaron a la ventana y miraron por la celosía.
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de la que tiraban catorce o quince mozos de los más robustos y ágiles.
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donde Pepito se había despilfarrado feriando los dulces.
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un toro de cuerda, que entonces fue vaca, como hemos dicho.
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y hasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.
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Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado.
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Su terror fue inmenso y causa de su desmayo.
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Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.
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Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo.
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Harto sabe usted que eso no es verdad.
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Mi niña aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo;.
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pero los hemos pagado, si no con creces, en lo justo.
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Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba decir palabra.
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XVIII.
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Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.
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harto claro se veía que no quería admitirle por novio ni por amante.
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La madre acaso le deseaba para yerno.
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El había hecho todos los avances.
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De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.
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Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo;.
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En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde.
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Doña Inés se quedaba entonces sola en su estrado o en su despacho,.
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Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,.
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cuando entró Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla.
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--Buenos días dé Dios a usted, señor padre--dijo doña Inés,.
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--Dichosos los ojos que ven a usted--prosiguió doña Inés--.
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unit 376
Hace no sé cuántas semanas que no pone usted los pies aquí.
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unit 377
¿Qué negocios le traen a usted tan ocupado?
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unit 379
verme y darme el gusto de que yo le vea,.
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unit 383
De nada valía el disimulo.
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unit 385
--Tienes razón en quejarte, hija mía.
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unit 386
Hace tiempo que no vengo a tu tertulia, ¿qué quieres?
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unit 387
Acaso han sido chocheces, extravagancias de viejo;.
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unit 389
y que, sin embargo, lo confieso, tenía para mí singular atractivo.
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unit 390
--¡Válgame Dios, señor padre!
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unit 396
el más pillete y el más zafio de todos los mozos de este lugar.
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unit 397
¡Singular tertulia!
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unit 398
¡Buen par de parejas estaban ustedes!
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unit 399
La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablaban de esto.
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unit 401
Otros afirmaban que usted pretendía a Juanita;.
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unit 403
¿Eran ustedes rivales?
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unit 406
Pero aunque fuese Juanita la propia diosa Venus,.
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unit 408
debía usted no avillanarse yendo a diario a su casa.
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unit 409
Pecado y vicio sería ir allí solo y como favorecido vencedor;.
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unit 411
Lo mejor que se puede decir es que ha sido un delirio.
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unit 413
Si ha pecado sólo con la intención, no por eso es menor el pecado.
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unit 418
Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:.
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unit 419
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.
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unit 426
y conservar el fruto de sus desventurados amores.
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unit 436
don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:.
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unit 437
--La gente podrá decir lo que le dé la gana.
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unit 438
Yo me río de la gente, porque lo que dice es injusto.
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unit 439
Tal vez me acusen las apariencias.
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unit 440
En realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho.
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unit 444
Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno.
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unit 445
Sé lo que me hago.
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unit 446
No necesito de guía.
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unit 447
No quiero ni debo aguantar tus sermones.
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unit 450
--¡Dios mío!--interrumpió doña Inés--.
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unit 454
¿De dónde ha salido el traje que llevaba puesto?
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unit 455
Aquí nadie lo ignora.
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unit 456
Era regalo de usted.
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unit 457
--No he de negar yo que era regalo mío.
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unit 458
Ella lo aceptó por no desairarme;.
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unit 464
¿Cómo defender el escándalo, la campanada que ha dado esa chica,.
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unit 465
transformada de repente en princesa, como en los cuentos de hadas?
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unit 466
Tiene chiste el que le haya dado a usted la levita.
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unit 467
Ya se la cobrará con usura.
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unit 469
unit 475
--¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo....
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unit 476
unit 477
--Pues sólo de Juanita depende que no lo haga.
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unit 479
Adiós, hija.
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XV.

Desde el amanecer empezó a solemnizarse el 4 de agosto de manera
estruendosa con repique general de campanas.

Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos,
circulaba por la vía pública, acudía a la plaza, donde seguía la feria
como en la noche antes,. o se agolpaba en la carretera por donde había de
ir la procesión, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la
parroquia, y volviendo a entrar en ella después de haber dado gentil
paseo por las calles principales. Estas habían sido bien barridas y
alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesión
se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones,
pendientes de cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras de
damasco encarnado,. verde y amarillo, o de colchas de algodón estampado
con enormes floripondios y orladas de rizados y cándidos faralaes.

La población toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la
víspera quedaron abiertas las barberías y afeita que afeita hasta muy
dadas las doce. Los señores más importantes y ricos, cuantos recibían el
tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o
tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con
sus mejores ropas; si eran jóvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o
larga vara de membrillo, oliva o fresno;. y si eran ya mayores de edad,
con capa, para el conveniente decoro, por ser por allí la capa el traje
de etiqueta,. del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o
derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol
hacía chiribitas.

Las mujeres de todas las clases sociales habían sacado sus trapitos de
cristianar para adornarse aquel día. Ninguna iba con la cabeza
descubierta. Todas, sí no tenían mantilla, llevaban mantones de lana
ligera, o bien pañuelos que denominaban allí _seáticos_, o sea percal
lustrosísimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas,
vestían trajes negros u oscuros de tafetán, de sarga malagueña o de
alepín o de cúbica;. y las señoritas, sus hijas, iban con trajes de
muselina o de otras telas aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla,
ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez
y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre,
relucían, junto a las peinetas de carey,. las moñas de jazmines, la
albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos,
amarillos, blancos y disciplinados.

Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas
milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias también a otros
caudalosos veneros,. que brotan entre rocas al pie de la inmediata
sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los
cuales se riegan huertos, macetas y arriates.

Por entre los hierros de las cancelas que había en las mejores casas se
veían los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las
acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las
paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.

En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caía en
roja taza de bruñido jaspe, o se levantaba gran pirámide de tiestos,
formando compacta masa de flores y verdura.

Las libélulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las
avispas y las abejas zumbaban buscando miel.

El territorio o término de Villalegre confina con la campiña, donde
todas son tierras de pan llevar o baldíos incultos, sin huertas, ni
olivares, ni viñedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual
melonar en las hondonadas. Todo lo demás es en aquella estación pajizo,
ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y
suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan más
por allí y dan mayor sombra son las pitas. Son las más leñosas y
arborescentes los cardos y los girasoles. Así es que en los hogares se
guisa con cierto producto animal, que no sólo da calor, sino perfume,
salvando por el aire una o dos leguas de distancia,. de suerte que las
poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de
columbrarse en el horizonte sus campanarios.

Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de
pintados y alegres pajarillos salen a la campiña con el alba, a coger
semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse;. pero todos
anidan en el término de Villalegre, y vuelven a él, después de sus
excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbrías,. para beber en sus
cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus
chirridos, trinos y gorjeos.

Aquel día, que era en extremo caluroso, o no habían salido las aves a
merodear o habían vuelto tempranito, y trinando y piando,. mientras que
arrullaban tórtolas y palomas, hacían salva y música al Santo Patrono,
así en los alrededores como dentro de la misma villa.

Para mayor ornato y esplendor se habían erigido en ella seis triunfales
arcos de lozano y verde follaje.

La procesión salió en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la
mañana. Rompían la marcha el sacristán y los monaguillos, que llevaban
el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y
otro lado de la manga. Después muchísima cera, esto es, multitud de
hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos
aparecían, conducidas en andas, hasta seis imágenes de santos, todas
policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo
Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía
una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo
bendiciones. A sus pies había un perro, muy bien figurado, que llevaba
entre los dientes una antorcha, al parecer encendida,. con la cual, según
el sueño de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y
en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con
velas ardiendo, y por último venía una bella efigie de la Virgen, que
estaba sobre los cuernos de la luna,. la cual luna era de plata, lo mismo
que la corona que llevaba la Santísima Celestial Señora.

Era su manto de raso azul celeste, todo él bordado también de plata, y
que había costado un dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo,
apoyado contra el corazón, a un precioso Niño Jesús con la bola del
mundo, que ostentaba la cruz en lo más alto. En la mano derecha llevaba
la Virgen el escapulario del Carmen.

Iban delante de la Virgen, con dalmáticas e incensarios, dos diáconos,
que por allí llaman _jumeones_.

En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofradía,
con túnica de seda azul sobre el frac, y empuñando larga pértiga de
plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doña Inés y
yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldán,. uno de cuyos
antepasados había costeado la imagen de la Virgen, así como la de Santo
Domingo,. obras ambas de Montañés, según se jactaban de ello los
naturales de Villalegre.

En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa pluvial, aparecía el
padre Anselmo,. y en torno de él varios capellanes, así indígenas como
forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos,. y
otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnífico palio,
debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado
cura párroco.

Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde
a la cabeza, el cual llevaba bengala con puño y borlas de oro. El
secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva,
elegantísimo, y excitando la envidia de otros señores cuyas levitas o
fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados,. y ya que no
con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros
y tal cual lamparón o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que
las que notó y censuró el Cid en el hábito del monje don Bermudo.

El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la procesión por su ausencia.

Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre más
forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era larguísima.
La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetán de diversos y
vivísimos colores. Y era la gala que aquel jayán, cuando había para ello
espacio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo menos cuatro
varas en cuadro, revolotease la bandera girándola en torno, paralela al
suelo,. de modo que, agachándose los muchachos y hasta algunos hombres y
mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operación del
revoloteo y el cobijo iba siempre acompañada de un precipitado redoble
de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesiástico y
consagrado a aquel menester.

No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, porque en el pueblo,
desde que se había extinguido la milicia nacional, no había soldados.
Sólo había dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los
_tragalentejas_; que solían venir en lo antiguo de una ciudad cercana,
iban los músicos municipales casi siempre tocando y vistiendo aún el
uniforme de la extinguida milicia.

No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, más o
menos confusamente, que el Santo Patrono había tenido algo de guerrero,.
quisieron que aquella pompa fuese más militar, y tuvieron una felicísima
idea. A los soldados romanos que salen allí en las procesiones de Semana
Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmesí y los
convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de
los que los amigos del santo habían metido en costura. Los soldados
romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo había
un santo nacido en él, el cual santo perteneció a la Legión Tebana;. y
como en compañía de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino
de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo para hacer los
de los soldados romanos.

En cuanto al traje de los judíos, era tan fantástico, que podía valer
para cualquier época,. si bien tenía el inconveniente de ser tan rico y
primoroso, que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo lo podían
costear;. así es que había pocos judíos, muchos menos que soldados
romanos; .mas no por eso se sometían del todo, sino que de cuando en
cuando se enredaban a trancazos con los cruzados,. armando muy graciosas
escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía y
era como el sainete o parte cómica de la procesión.

Debemos advertir que estos judíos herejes, tan elegantes en el vestir,
gastaban ciertas espantosas carátulas, con enormes narices, a veces como
berenjenas amoratadas y llenas de verrugas,. porque los judíos de los
tiempos antiguos eran más feos que los de ahora, si bien entonces tenían
la mar de dinero, cuando se vestían con tanto lujo.

La devota muchedumbre no veía pasar la procesión en reverente y mustio
silencio, sino con alborozo y algazara,. prorrumpiendo en nutridos y
sonoros vivas, entre los cuales se oían a veces proposiciones
candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro
entusiásticas, como, por ejemplo:. «¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que
joroba a todos los demonios!». «¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica a
todos los otros santos!».

Para colmo de la devoción y muestras de júbilo, varios mozos tenían
escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones,. pero
con mucha pólvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase más
el tronido. En suma, la procesión no dejó nada que desear. El público
quedó muy satisfecho.

XVI.

A las diez se cantó la misa mayor con órgano, que lo hay allí muy bueno,
y no sucede lo que en Tocina y en otros lugares de la Andalucía baja,
donde dicen que, a falta de órgano, tocan la guitarra en la iglesia. De
esto no respondemos. Puede que sea una calumnia. Lo contamos porque lo
hemos oído contar.

La Virgen estaba ya de nuevo ocupando su camarín en el altar mayor, cuyo
retablo, todo de madera tallada y dorada, subía hasta la cumbre del
ábside, y era caprichoso y atrevido desate del estilo churrigueresco:.
complicado laberinto de retorcidos tallos, colosal hojarasca, frutas,
armas, monstruos simbólicos y rosetones, por los cuales asomaban sus
infantiles y aladas cabezas los ángeles y los serafines.

A la derecha, y sobre otro altar, estaba ya también en su nicho el Santo
Patrono.

Ambos altares resplandecían con muchísimas velas y hachones ardiendo, y
ramilletes de flores y festones y guirnaldas de arrayán, laurel y
limonero los engalanaban.

Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mácula por el reciente
enjalbiego, se veían en parte cubiertas de rojo damasco, aunque el
damasco era poco, y era más el filipichín que lo remeda.

A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitud
de exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestial
abogado. Allí piernas, ojos, brazos y hasta niños completos, y bastantes
tablitas pintadas al óleo, donde el milagro se representaba, y por medio
de un largo letrero escrito al pie quedaba explicado.

La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas o
sentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de los
abanicos de diversos colores alegraba la vista. Alrededor estaban los
hombres, en pie. Sólo ocupaban algunos escaños de nogal los señores del
Ayuntamiento y el cacique don Andrés, que vino a la iglesia, aunque no a
la procesión.

Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho del
cacique,. donde aquel día brillaba por vez primera la placa de oro,
diamantes y rubíes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobierno
acababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.

Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la procesión, porque la
habían visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera,
aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa. Involuntario y
general murmullo de admiración se escapó entonces del pecho de los
hombres. La madre iba delante abriéndose paso con los codos. Detrás
venía la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, su
mantilla de madroños, su alta peineta de concha y un montón de claveles
junto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pañuelo
y mostraba toda la gallardía y esbeltez de su talle. Parecía la señora
principal, la reina de aquella función, y apenas podían comprender sus
compatriotas que fuese ella misma la moza que hacía poco iba con un
cántaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero al
mismo tiempo majestuoso y modesto.

En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajos
domésticos, se diría que había estado conservada entre algodones,. como
delicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.

El asombro que causó su entrada en la iglesia bien se puede decir que
durante tres o cuatro minutos turbó el orden y la tranquilidad que allí
reinaba. El maestro de escuela, hombre leído y que sabía de memoria el
Romancero,. recordó a este propósito, hablando a la oreja de un concejal,
el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simón de cierta
niña sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes,
quienes.

en vez de decir amén,
decían amor, amor.

Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés. Ya tenía ella
averiguada la transformación de Juanita de zagalona rústica en algo que
presumía de dama,. y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina,.
que Juanita iba a lucir aquel día un maravilloso traje de lo más a la
moda y señoril que se había visto nunca en aquel lugar y en muchas
leguas a la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, todos los
presentimientos y temores de doña Inés. Aunque todavía estaba guapa, a
pesar de los ocho vástagos que había tenido, se sintió en el fondo del
alma, inferior a Juanita en hermosura;. no dejó de notar, con profunda
mortificación, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella;.
hasta en la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy distinguida,
tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta la
señora de Roldán del arte o de la adivinación con que una chicuela que
se había criado entre pillería andrajosa y casi en medio de la calle,.
como vaca sin cencerro, se había hecho sujeto capaz de tan repentina
elegancia.

Como Juana la Larga iba tan engreída y tan ufana con el asombroso
esplendor y con la rara belleza de su niña,. no buscó para ponerse con
ella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y más visible.
Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeño claro, inmediato a
los escaños en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrés;. claro
que el respeto y la humildad de otras mujeres habían contribuido a
formar, y en cuyo límite, no distante, se hallaba doña Inés López de
Roldán,. la cual tomó aquella intrusión por desaforado atrevimiento, y
ardió en sed de imponerle pronto y severo castigo.

Al efecto había ya prevenido al padre Anselmo, y le tenía muy
sobreexcitado contra Juanita y contra su madre.

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Sabía no
poco de teología dogmática y de moral, y poseía notable despejo y
prodigiosa facundia;. pero era terco, persistente en las opiniones que
una vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doña Inés,
además, le tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una veneración
y un cariño alambicadamente espirituales, que la convertían para él en
oráculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en el
virtuoso corazón de los ancianos:. amor sin deseo y sin vicio; lo que
hasta llamándose platonismo escandalizaría al mismo que lo siente;. lo
que es tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel semidivino sentir
que describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglione
en las últimas áureas páginas de su _Cortesano_.

El padre Anselmo jamás había leído este libro y no había caído ni podía
caer en que sentía inclinación tan dulce;. pero sin tener conciencia de
ello reverenciaba a doña Inés como si fuera ángel o santa. Estaba ciego
para todos los defectos y pecados de ella, y no veía o no creía ver en
ella sino virtudes:. la prudencia, la caridad, el recogimiento y la
piedad religiosa. Para el padre Anselmo era doña Inés modelo de casadas
y de madres de familia y dechado ejemplar de señoras distinguidas y
doctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirtió otro
intento que el de evitar o reprimir el escándalo y el mal ejemplo que en
el lugar se estaba ya dando.

Influido por estas ideas, había preparado el sermón que predicó aquel
día y que versaba, con aplicación a las circunstancias, sobre el mismo
tema que él gustaba de tratar siempre:. sobre la corrupción de nuestro
siglo y sobre sus síntomas ominosos, que son alternativamente efectos y
causas. Porque la falta de religión hace que se hunda la moralidad, como
edificio cuyos cimientos se socavan,. mientras que el excesivo regalo y
el esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seria
meditación diabólicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasándolas en
el infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambición, la
codicia y la lascivia, red que Satanás nos tiende, cebo con que nos
atrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos.
La incredulidad y la herejía nacen de la molicie y del lujo, y por la
ambición y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.

El padre ilustró su doctrina con citas históricas. Los albigenses, a
quienes convirtió Santo Domingo con ayuda de Simón de Monfort, habían
caído en abominable herejía porque se entregaban a los festines,
elegancias y malas pasiones. Una pícara mujer que sedujo a Martín Lutero
tuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversa
Ana Bolena fue el medio de que se valió el diablo para apoderarse de los
ingleses, que eran antes fervorosos católicos. La codicia había sido,
sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revolución
herética o impía empezaba con deportes, amoríos y relajación de
costumbres,. siempre era la codicia la que lograba que triunfase,
convirtiendo la revolución en cucaña, en cuyo extremo superior se ponían
los bienes de la Iglesia.

--Tal vez--añadía el padre--las personas honradas y pacíficas andarán
ahora muy confiadas imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,.
porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten;. pero ¡ay,
cuán lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia se
pondrán, o se ponen ya en lo alto de la cucaña, los bienes de los
particulares ricos. Y aún habrá menos escrúpulos para incautarse de
ellos, como ahora dicen,. porque la incautación (socorrida palabra para
no emplear otra muy dura que cuadraría mejor) no será sacrílega.

Entonces el padre habló del socialismo, refutándolo y procurando
demostrar que cada una de sus utopías es sueño y delirio insano. Según
él, siempre habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución social
triunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricos
queden pobres;. que algunos de los pobres más listos y audaces se hagan
ricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en número y padezca
mayor miseria, porque gran porción de la riqueza se habrá consumido o
destruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si el
orden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga rico
burlando el Código Penal,. todos trabajarán y se ingeniarán decentemente,
por donde crecerán la riqueza y el bienestar;. y los ricos serán más
ricos y serán más, y los pobres serán menos pobres y menesterosos;. y
llegará el día, allá en lo por venir, en que los pobres estén mejor
tratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habrá clases y
jerarquías sociales, y será justo que se respeten, porque las hay hasta
en el cielo.

Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoy
tantas personas por salir de su clase y elevarse sin mérito suficiente:.
el tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser marqués; el usurero,
duque;. el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelas
desvergonzadas, damas y grandes señoras. Contra todos estos abusos
disertó con vehemencia, o más bien lanzó centellas y rayos,. discurriendo
más por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que de
él proceden.

Al cuerpecito de una niña presumida y muy ataviada lo llamó colmena de
Lucifer,. cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y los
zánganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios,
pecados y sandeces.

Además de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hasta
en los lugares sagrados,. turbando el sosiego de los espíritus e
impidiendo su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más de lo
que honradamente se gana;. se aceptan regalos de los pretendientes y se
les sonsaca el dinero. Dejándose ir, pues, por pendiente tan
resbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan con
facilidad en busconas. «Bien lo comprendió así--dijo el padre--la sabia
y gloriosa reina doña Isabel la Católica,. cuando se indignó al ver en
unas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda,
y prohibió el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas y
ricashembras, lo cual fue providencia discretísima y moralizadora.».

En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel día: censuró el vicio
sin censurar al vicio, y no designó ni aludió a nadie.

De esto se encargó la maliciosa envidia de las mujeres, excitada con
disimulo por doña Inés. Todas hicieron a la emperejilada Juanita blanco
de sus insolentes miradas. La consideración del origen ilegítimo de la
muchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cual
recordó allá en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgares
que sostienen como verdad la transmisión de la culpa por medio de la
sangre: de tal palo, tal astilla;. la cabra tira al monte; quien lo
hereda, no lo hurta;. de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y así
la madre, así la hija y así la manta que las cobija.

No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas;. pero apenas
pudieron resistir la muda y formidable tempestad que descargó sobre
ellas. Aparentemente estaba más conmovida la madre. Juanita no mostró
perder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de que
no había incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante,
y la cólera por la inmerecida afrenta bañaron sus mejillas en más
encendido carmín. Y bajando ella la vista, veló con los párpados y las
rizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidas
lágrimas humedecieron.

Al terminar la función acertaron madre e hija a escabullirse sin ser
notadas y a volver precipitadamente a su casa.

XVII.

Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba,
yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.

--¡Habráse visto--exclamaba--mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, las
pu...ercas! Pues si durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas la
llevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.
De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero «aunque la
mona se vista de seda, mona se queda». Son más feas que noche de
truenos. ¿Y de dónde han sacado su hidalguía? Quizá no sabremos que son
hijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda del
cagarrache del molino de Don Andrés cuando la pretendió y la tomó por
mujer el escribano. ¿Y por qué la tomó por mujer? Para remediarse,
porque ella había allegado bastante dinero con un gran corral de
gallinas, y más aún con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a la
chita callando y no gastaba pito, la llamaban la _gabacha_. ¡Qué tacto
en aquellos dedos verdugos! A escape entrecogía ella como con alicates
lo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos,. y los dejaba
aviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operación.
Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros. Yo
preguntaría al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de
ricashembras.

Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:.

--Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano. No las quiero
mal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.

--Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse. En la menor no se
reparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo;
pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda,
parecía un tomate enorme con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza! Durante
toda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todavía de judío, como
había figurado en la procesión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, el
hijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padre
debió hacerle una albarda, que no le vendría mal. Aunque ha vuelto de
Granada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo que
rebuzna en latín y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, tú
tienes razón. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El
arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.

--No maldigas del padre--replicó Juanita--. Es un bendito, espejo de
santidad. Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrió
en exageraciones, bien sé yo por qué. La Reina Católica prohibiría sin
duda la seda porque en su tiempo se entenderían las cosas de muy otra
manera que en el día,. y además porque la seda costaría entonces un ojo
de la cara y arruinaría al país. En fin, yo no sé por qué prohibió la
reina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo es o no
lo es, ¿a mí qué me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. De
quien me quejo es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, que es la
que ha armado contra mí todo este gatuperio. Ella me las pagará. ¡Voto a
Cristo que me las pagará!

Y levantándose entonces de la silla se dirigió hacia su madre con los
ojos echando chispas,. y haciendo la cruz como para persignarse, dijo
solemnemente:.

--Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se acordará de mi durante
toda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.

--Sí, hija mía--repuso Juana--, véngate, véngate. Nada más natural y
razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures,
que es pecado mortal. Véngate sin juramento; con cachaza y mala
intención.

--Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de disimular más y he de ser
más hipocritona que esa indina. Mala intención es lo que no tengo; mi
intención siempre será buena.

Al llegar a este punto de su interesante diálogo, ambas interlocutoras
oyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Se
asomaron a la ventana y miraron por la celosía. Apenas tuvieron tiempo
de ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada a
una larga y recia soga,. de la que tiraban catorce o quince mozos de los
más robustos y ágiles. Otros mozos aguijoneaban y enfurecían a la vaca,
apaleándola con las chivatas y punzándola por detrás con pitacos o
bohordos de pita.

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría en la calle, porque más
conmovedor espectáculo se ofreció de repente a sus ojos dentro de la
sala misma. Apareció don Paco, a quien la criada había abierto la
puerta, con una gran pelota colorada entre los brazos. Pronto
reconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que venía
desmayada y con acardenalado y gordo chichón en la frente. Las mejillas
y las narices las traía embadurnadas en una sustancia amarilla y
pegajosa a la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco que
sospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemas
despachurradas.

En un cucurucho, que le había feriado el novio, las llevaba doña
Nicolasita, y no se rompió las narices porque al caer dio con ellas
sobre las yemas.

Embelesada con la conversación de su novio, que iba a su lado, con la
carátula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella,. y seguida
de su padre y de su hermanita, habían estado todos en la plaza,. donde
Pepito se había despilfarrado feriando los dulces. Allí se habían
olvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijos
y festejos con que se celebraba el día del Santo,. un toro de cuerda, que
entonces fue vaca, como hemos dicho.

Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivían, oyeron de
repente el alboroto y vieron el tropel de los que huían de la vaca,. y
hasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.

El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subió por los
hierros de una reja y logró ponerse en salvo. La hermanita menor, que
era muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subió
también a otra reja, donde parecía un mico.

El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de la
novela de Walter Scott, _Lucía de Lammermoor_, que él había leído;. pero
la vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole un
empellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso,
porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masa
redonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas.
Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas
de cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalaba
demasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita y
diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se
interpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre.
Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fue
inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyó
sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimas
carnes, ya por un lado, ya por otro;. y como por el terror, y antes que
sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y
llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidió
que hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.

Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayada
a doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa de
ellas.

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron
piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su
desmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy
fuerte;. con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichón
y se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasita
parecía un Cupido. Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron la
costra y churretes de yemas.

Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.

El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto,
vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita,. la cual, restablecida
también, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a que
entrasen.

Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entrar
en la casa los otros había sido de puro avergonzado;. pero como doña
Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y
Juanita estaban escamadas,. ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpido
recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.

Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de un
momento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco de
esta manera:.

--Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos han
hecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se
le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y
le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña
aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo;. pero los hemos
pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta
bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha
causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le
queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos;. si seguimos
recibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces de
echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación de
usted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puede
salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de
ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa,. al
menos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día,
y sí no cambian, no parezca usted nunca.

Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó a
dar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba
decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes que
volviese su hija.

XVIII.

Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con la
expulsión de que acababa de ser objeto,. no sabía qué camino tomar ni a
qué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer
examen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.
No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que
estuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber
ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecía
imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces
simultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser de
ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía él
que Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se había
declarado en regla;. pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la maña
que ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar el
estar a solas con él,. harto claro se veía que no quería admitirle por
novio ni por amante. Sin embargo, ¿sería esto cálculo o ladino instinto
de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?
También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y se
ponía celoso.

¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y considerando que como novio no
le convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco,
como mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella entre su propio
gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese,
don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y
cada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que ni
su madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modo
pecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es
la hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarle
para amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suya
era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le
cabía la menor duda de que doña Inés era promovedora. Consideraba luego
don Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya
que no le amase, se deleitaba con su conversación,. le reía los chistes,
le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atenta
y como pendiente de sus labios.

En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sino
honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que
fuese,. acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el
cual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estas
cavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija,. a explicarle con
franqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de su
maligna conducta.

De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.
Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo;. pero
le venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y se
dirigió,. con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, a
casa de la señora doña Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaría
sola a la hora de la siesta.

En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde. Don
Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como
comía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí,. y
que es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su cama
y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.

A los niños se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo
de la casa, donde no molestaban con su ruido. Doña Inés se quedaba
entonces sola en su estrado o en su despacho,. ya haciendo cuentas, ya
entregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o de
historia.

El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no venían
de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden
decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores
diabluras;. pero lo cierto es que doña Inés era recatadísima y, o bien
tenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, ; o bien sabía,
con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: «Si
no eres casta, sé cauta.» De aquí que doña Inés pudiese erguir muy alta
la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leve
insinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algún
deslenguado.

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,.
porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy de
mañana el _Año cristiano_, como tenía de costumbre,. cuando entró
Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tenía
entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tener
prevenida a su ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y la
entrada de don Paco diciendo buenos días.

--Buenos días dé Dios a usted, señor padre--dijo doña Inés,. levantándose
de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y
convidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.

--Dichosos los ojos que ven a usted--prosiguió doña Inés--. Hace no sé
cuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ¿Qué negocios le traen
a usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído a usted que hacer que no le deja
siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,.
verme y darme el gusto de que yo le vea,. echar algunas manos de tresillo
o tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con los
demás señores que honran mi casa con su presencia?

Estas cariñosas quejas parecían todas sin intención y como nacidas del
filial afecto;. pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que
turbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De
nada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don
Paco, armándose de valor, contestó de esta suerte;.

--Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tu
tertulia, ¿qué quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de
viejo;. pero yo había tomado la maña de ir a otra tertulia más modesta y
menos elegante que la tuya,. y que, sin embargo, lo confieso, tenía para
mí singular atractivo.

--¡Válgame Dios, señor padre! Lo había oído decir, pero no lo había
querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extraño me parece que una
persona de la posición, de la gravedad y de los conocimientos de usted
se deleite rebajándose y dando conversación,. durante horas enteras, a
dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas;. pero
más extraño es todavía que no sea la conversación de usted y su tertulia
con ellas solas,. sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio
a Antoñuelo, el hijo del herrador,. el más pillete y el más zafio de
todos los mozos de este lugar. ¡Singular tertulia! ¡Buen par de parejas
estaban ustedes! La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablaban
de esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio, o sabe Dios qué, de
la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que usted
pretendía a Juanita;. pero entonces, ¿en qué se empleaba, qué papel hacía
el celebérrimo Antoñuelo? ¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha
sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego
yo que la Juanita es guapa, aunque más que de honrada mocita tiene
trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque
fuese Juanita la propia diosa Venus,. debía usted (perdóneme, señor
padre, si se lo digo, por el interés y el amor que me inspira),. debía
usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sería ir
allí solo y como favorecido vencedor;. pero ir en competencia con
Antoñuelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se
puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje
de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer
olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta
ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con la intención, no por eso
es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y
timoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofenda
usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la
ridiculez le acompaña.

Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a su
hija y de quejarse de su conducta, cayó derribado a los pies de la
señora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una
lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazón.
Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:.
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.
Era, además, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia
Diana Cazadora, rica en salud y gallardía;. esbelta, fuerte y ágil; con
todos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. Si
Antoñuelo, que era un perdido, iba allí y trataba con la mayor
familiaridad a Juanita, esto consistía en que Antoñuelo se había criado
con ella desde la infancia;. en que ella le miraba y candorosamente le
quería como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase y
cayese en el precipicio.

La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo que
llaman en aquellos lugares un tropiezo,. estaba-ya purificada por la vida
ejemplar que había hecho después y por el honroso trabajo con que había
logrado sustentarse y criar. y conservar el fruto de sus desventurados
amores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observaciones
de doña Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte
poético, y tal como el prosaico vulgo podía entenderlo, doña Inés tenía
razón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de
Villalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hija
ilegítima de Juana la Larga,. la chica que había corrido y jugado con los
pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez años,. y la
que después había conservado una sospechosa e íntima amistad con
Antoñuelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.

De aquí el desairado y mal papel que una persona de los años, de la
seriedad y la importancia de don Paco no podía menos de hacer en
apariencia,. o bien siendo rival de Antoñuelo, o bien de acuerdo con él
para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, no
obstante, de la consternación que el tremendo discurso de doña Inés le
había causado,. y por lo mismo que ella con su feroz acometida le
acorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la pared,.
don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:.

--La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente,
porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En
realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi
yerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los
plebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean
decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar
que las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita me
deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las
noches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago.
No necesito de guía. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta
con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal
vez,. pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado con
vuestra malicia.

--¡Dios mío!--interrumpió doña Inés--. ¡Esto solo me faltaba: que llegue
la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su
madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha
encajado en la iglesia,. no vestida humildemente, según su clase, sino
con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las
grandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ¿De dónde ha
salido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de
usted.

--No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por no
desairarme;. pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadie
puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo
que gana trabajando de modo honrado y lícito,. y no estando vigentes en
el día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,.
no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene
dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.

--Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua--replicó doña
Inés--, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ¿Cómo defender
el escándalo, la campanada que ha dado esa chica,. transformada de
repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que
le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadas
de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan
para costear levitas a los caballeros,. y para seguir emperejilándose con
ricos trajes y mantillas de madroños,. como dicen que en Madrid van a los
toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menos
pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero a
las Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle,. y
como no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán,
sí ya no lo han dado.

--Ni han dado ni darán lo que no debe darse--exclamó don Paco, perdiendo
ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme
su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.

--¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería la
cara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.

--Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin
que nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós,
hija.

--Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúe
usted desatinando tan lastimosamente.

Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y no
quedó ella menos furiosa.