Fortunata y Jacinta - Parte segunda - dos historias de casadas.II.
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-II-.

Afanes y contratiempos de un redentor.




--i--.


Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que Maximiliano sacaba puñados de monedas diferentes, y contaba con rapidez la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de la joven, siguió pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Creyó ver en él un hijo de familia que, arrastrado de la pasión y cegado por la tontería, se había incautado de la caja paterna. Esta idea la mortificó mucho, haciéndole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba.
Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se había visto siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, _lo peor de cada casa_.

No dejó entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del dinero, que, viniera de donde viniese, no podía ser mal recibido, y poco a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho hacía alarde de poseer ideas económicas enteramente contrarias a las de sus predecesores. «Esto--dijo mostrándole un grupito de monedas de oro--, es para que desempeñes la ropa que te sea más necesaria... Los trajes de lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarán más adelante, y se renovará el préstamo para que no se pierdan. Olvídate por ahora de todo lo que es pura ostentación. Acabose el barullo. Se gastará nada más que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una sola trampa. Fíjate bien». Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata, y empezó a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a considerarle mejor que los demás. En los días siguientes Olmedo confirmó esta buena opinión, hablándole con vivos encarecimientos de la formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era.

Quedó convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que estaba desalquilado en la misma casa. Rubín insistió mucho en la modestia y baratura de los muebles que se habían de poner, porque... (para que se vea si era juicioso) «conviene empezar por poco». Después se vería, y el humilde hogar iría creciendo y embelleciéndose gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusión alguna, más bien _por probar_. Maximiliano le era poco simpático; pero en sus palabras y en sus acciones había visto desde el primer momento la persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona decente despertaba un poco su curiosidad. Dos días estuvo ocupada en instalarse. Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el excelente chico había aprendido de doña Lupe.

Tratando de medir el cariño que sentía por su amiga, Maximiliano hallaba pálida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las novelas y a la poesía en busca del verbo amar, tan usado en los ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun aquel verbo le parecía desabrido para expresar la dulzura y ardor de su cariño. Adorar, idolatrar y otros cumplían mejor su oficio de dar a conocer la pasión exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de espíritu.

Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en sí la impresión de Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental ni dama del teatro romántico que se ofreciera a la mente de un caballero con atributos más ideales ni con rasgos más puros y nobles. Dos Fortunatas existían entonces, una la de carne y hueso, otra la que Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron los sentimientos del joven Rubín con aquel extraordinario amor, que este le inspiraba no sólo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegación, sino también la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza pobre no tenía exigencias; su espíritu las tenía grandes, y estas eran las que más le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir de noble y hermoso brotó en la suya, como los chorros de lava en el volcán activo. Soñaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de méritos. El generoso galán veía los más sublimes problemas morales en la frente de aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecíale la más grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le impulsaba a la salvación social y moral de su ídolo, y a poner en esta obra grandiosa todas las energías que alborotaban su alma. Las peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta medía con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y la había de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos tenían, creía Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de rectitud y menos corrupción de lo que a primera vista parecía.

¿Se equivocaría en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que sí podía sostener sin miedo a equivocarse era que Fortunata tenía vivos deseos de mejorar su personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era, como puede suponerse, completa. Leía muy mal y a trompicones, y no sabía escribir.

Lo esencial del saber, lo que saben los niños y los paletos, ella lo ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase superior. Maximiliano se reía de aquella incultura rasa, tomando en serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o cual palabra, e informándose de mil cosas comunes. No sabía lo que es el Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada más. Creía que un senador es algo del Ayuntamiento. Tenía sobre la imprenta ideas muy extrañas, creyendo que los autores mismos ponían en las páginas aquellas letras tan iguales. No había leído jamás libro ninguno, ni siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un país de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo demás del firmamento, sus nociones pertenecían al orden de los pueblos primitivos. Confesó un día que no sabía quién fue Colón. Creía que era un general, así como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba más aventajada que en lo histórico. La poca doctrina cristiana que aprendió se le había olvidado. Comprendía a la Virgen, a Jesucristo y a San Pedro; les tenía por muy buenas personas, pero nada más. Respecto a la inmortalidad y a la redención, sus primeras ideas eran muy confusas.
Sabía que arrepintiéndose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tenía duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era pecado.

Sus defectos de pronunciación eran atroces. No había fuerza humana que le hiciera decir _fragmento, magnífico, enigma_ y otras palabras usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en ella; pero no lo conseguía. Las _eses_ finales se le convertían en _jotas_, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se comía muchas sílabas. Si supiera ella qué bonita boca se le ponía al comérselas, no intentara enmendar su graciosa incorrección. Pero Maximiliano se había erigido en maestro, con rigores de dómine e ínfulas de académico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos para caer sobre ellos como el gato sobre el ratón. «No se dice _diferiencia_, sino diferencia. No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui Santo_, ni _indilugencias_. Además _escamón_ y _escamarse_ son palabras muy feas, y llamar _tiologías_ a todo lo que no se entiende es una barbaridad. Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria», etc...

Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre.
¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos, que trastornaba por un instante sus planes de redención.

«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?».

--Claro que sí... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me sale de _entre mí_. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con salud.

Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho antes de decir: «No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' ¿irías?».

Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos muy tenues, los martirizaba cruelmente.

«Eso... según...--dijo ella plegando su entrecejo--. Me iría o no me iría...».




--ii--.


Maximiliano quería saberlo todo. Era como el buen médico que le pide al enfermo las noticias más insignificantes del mal que padece y de su historia para saber cómo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de lo necesario para la prodigiosa cura. ¡Y qué horrorizado se quedaba oyendo contar lo mal que se portó el seductor de aquella hermosura! El honradísimo aprendiz de farmacéutico no comprendía que pudieran existir hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecíanle pocas para castigarles. Criminal más perverso que los asesinos y ladrones era, según él, el señorito seductor de doncella pobre, que le hacía creer que se iba a casar con ella, y después la dejaba plantada en medio del arroyo con su chiquillo o con las vísperas. ¿Por cuánto haría esto él, Maximiliano Rubín?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre más infame, más execrable y vil que se podía imaginar. Pero la misma ofendida no extremaba mucho, como parecía natural, los anatemas contra el seductor, por cuya razón tuvo Maximiliano que redoblar su furia contra él, llamándole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata veíase forzada a repetirlo; pero no había medio de que pronunciara la palabra _monstruo_. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, después de mil tentativas que parecían náuseas, la soltaba entre sus bonitísimos dientes y labios, como si la escupiera.

Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde niña la _Pitusa_, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años... Oía estas cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada, eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien clarito la gracia que había hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había de armar tarde o temprano.

Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle, repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir _ignominia_.
Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y le cayó su niño enfermo.

«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle» dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.

--Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.

--Era un hombre traicionero y malo--dijo Fortunata con desgana, como si el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable--. Me fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme. Era hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo un cajón de casquería en la plaza, y después puso tienda de quincalla iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y armaba tiendas. Le llamaban _Juárez el negro_ por tener la color muy morena. Viéndome tan mal, me ofreció el oro y el moro, y que iba a hacer y a acontecer. Mi tía me echó de la casa y mi tío se desapareció. Yo estaba enferma, y Juárez me dijo que si me iba con él, me llevaría a baños. Decía que ganaba montes y montones en las romerías, y que yo iba a estar como una reina. No se podía casar conmigo porque era casado, pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona, cumpliría, si señor, cumpliría conmigo.

Y siguió relatando con rapidez aquella página fea, deseando concluirla pronto. Lo del señorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refería con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de _Juárez el negro_ salía de sus labios como una confesión forzada o testimonio ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen.
¡Cuánto le pesó ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un charrán, una mala persona. Hubiérase resistido a seguirle, si no le empujaran a ello los parientes con quienes vivía, los cuales no tenían maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofrecía _Juárez el negro_ era conversación. No ganaba un cuarto; con el mundo entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida más arrastrada no la había pasado ella nunca ni esperaba volverla a pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron en Madrid y se murió el niñito, hubiera podido el muy bestia de Juárez arreglar su comercio; pero ¿qué hizo? Beber y más beber. El vinazo y el aguardientazo le remataron. Una mañana despertó ella oyéndole dar unos grandes gruñidos... así como si le estuvieran apretando el tragadero.
¿Qué era? Que se estaba muriendo. Saltó espantada de la cama, y llamó a los vecinos. No hubo tiempo de _suministrarle_ y sólo le cogió la Unción. Esto pasaba en Lérida. A los dos días, vendió sus cuatro trastos y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Había hecho juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y libertad era lo que le pedían el cuerpo y el alma.

La verdad ante todo. ¿Para qué decir una cosa por otra? La franqueza es una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarquía moral se había divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los borrachos. Su éxito fue grande, y su falta de educación ayudaba a cegarla. Llegó a creer que encenegándose mucho se vengaba de los que la habían perdido, y solía pensar que si el pícaro Santa Cruz la veía hecha un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojaría quererla otra vez. ¡Pero sí, para él estaba...! Contó a renglón seguido tantas cosas, que Maximiliano se sintió lastimado. Tuvo precisión de _echar un velo, _ como dicen los retóricos, sobre aquella parte de la historia de su amada. El velo tenía que ser muy denso porque la franqueza de Fortunata arrojaba luz vivísima sobre los sucesos referidos, y su pintoresco lenguaje los hacía reverberar... Dio ella entonces algunos cortes a su relación, comiéndose no ya las letras sino párrafos y capítulos enteros, y he aquí en sustancia lo que dijo: Torrellas, el célebre paisajista catalán, era tan celoso que no la dejaba vivir.
Inventaba mil tormentos armándole trampas para ver si caía o no caía.
Tan odioso llegó a serle aquel hombre, que al fin se dejó ella caer.
Metiose adrede en la trampa, conociéndola, por gusto de jugarle una partida al muy majadero, porque así se vengaba de las muchas que le habían jugado a ella. Y nada más... Total, que por poco la mata el condenado pintor de árboles... Lo que más quemaba a este era que la infidelidad había sido con un íntimo amigo suyo, pintor también, autor del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre, pero era una que estaba bañándose... A ninguno de los dos artistas quería ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se compraran con dinero. Más que ellos valían sus cuadros. Desde que engañó al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegársela a los dos con otro, y la satisfacción de este deseo se la proporcionó un empleado joven, pobre y algo simpático que se parecía mucho a Juanito Santa Cruz.

Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... «Cállate, hazme el favor de callarte» le dijo, pensando que, según iba saliendo la historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella siguió narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen punto. Una mañana, mientras ella dormía, le empeñó todas sus alhajas, para jugar. Y aquí paz... Vino después un viejo que le daba mucho dinero y la llevó a París donde se engalanó y afinó extraordinariamente su gusto para vestirse. ¡Viejo más cuco!... Había sido general carcunda en la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y le daba muchas jaquecas con _tantismas_ incumbencias como tenía. Un día se quemó ella y le plantó en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa con gran rumbo. Parecía hombre muy rico; pero luego resultó que era un trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y a poco de estar aquí vio que se venía la tempestad encima. Camps traía recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagarés falsos de fusiles que se suponían comprados por el Gobierno. Una noche entró en casa muy enfurruñado, trincó una maleta pequeña, llenola de ropa, pidió a Fortunata todo el dinero que tenía y dijo que iba al Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo demás bien lo sabía Maximiliano... El sucesor de Camps había sido él, y ya se le conocía en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le produjera. Porque bien claro lo había dicho Fortunata. ¡Gracias a Dios que encontraba en su camino una persona decente!

Sentíase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las fuerzas creadoras de la Naturaleza. ¡Ya vería el mundo la irradiación de bondad y de verdad que él iba a arrojar sobre aquella infeliz víctima del hombre!

Desde que la conoció y sintió que el Cielo se le metía en su alma, todo en él fue idealismo, nobleza y buenas acciones. ¡Qué diferencia entre él y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que se buscara en la vida de Rubín, no se encontrarían más que dolores de cabeza y otras molestias físicas; pero a ver, que le sacaran algún acto ignominioso, ni siquiera una falta.




--iii--.


Una de las cosas a que Maximiliano daba más importancia para poner en ejecución su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se prendaba de él, aunque se prendara por lo moral, que es la menor cantidad de amor posible, no era tan difícil que él la convirtiera al bien por la atracción de su alma. De esta necesidad de amor previo emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su ídolo si le quería ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella que sí con esa facilidad mecánica y rutinaria de los niños aplicados que se saben la lección; otras veces, más sincera y reflexiva, respondía que el cariño no depende de la voluntad ni menos de la razón, y por esto acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer. Según Rubín, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece que el amor nazca del agradecimiento, aunque también nace de otros padres. El corazón le decía, como él dice las cosas, a la calladita, que Fortunata le había de querer de firme; y esperaba con paciencia el cumplimiento de esta dulce profecía. Sin embargo, no las tenía todas consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazón anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en su casa, se metía en unos cálculos muy hondos para averiguar el estado de los sentimientos de su querida. Rápidamente pasaba de la duda más cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le quería ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretándolos de una manera o de otra. «¿Por qué me dijo tal o cual cosa? ¿Qué querría expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, ¿qué significaba?... Ayer, cuando me abrió la puerta, no me dijo nada... Pero cuando me marché díjome que me abrigara bien».

La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de San Antón. En el portal había una relojería entre cristales, quedando tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenían que pasar de medio lado; en el piso bajo y tienda una bollería que inundaba la casa de emanaciones de canela y azúcar. En el piso principal radicaba una casa de préstamos con farolón a la calle, y en ciertos días había en los balcones ventilación de capas empeñadas. Más arriba los pisos estaban divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Había derecha, izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres sueltas, o familias que tenían su comercio en el próximo mercado de San Antón. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos, echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos exteriores vivía Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo alquiló Rubín por encontrarlo tan a mano, con intención de tomar vivienda mejor cuando variaran las circunstancias.

Pasaba Maximiliano allí todo el tiempo de que podía disponer. Por la noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun cuando se veía acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y confusión que a doña Lupe causaba esto no hay para qué decirlas, y no se satisfacía con las explicaciones que su sobrinito daba. «Aquí hay gato encerrado--decía la astuta señora--, o en términos más claros, _gata encerrada_».

Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo agradecía tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz de aumento lo que ya era tan grande. Observó con satisfacción que Fortunata salía a la calle lo menos posible. Por la mañana bajaba a hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volvía. Ella misma se hacía la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le iba casi todo el día. No recibía visitas de mujeres de conducta dudosa, y la suya era estrictamente ajustada a las prácticas de una vida regular. «Tiene la honradez en la médula de los huesos--decía Maximiliano rebosando alegría--. Le gusta tanto trabajar, que cuando tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta mujer ha sido mala a la fuerza».

En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más finitas que se pueden imaginar... ¡María Santísima!, cuando el temido momento llegase... ¡cuando la última peseta del último duro fuera cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer.
Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así, o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella, aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.




--iv--.


La única visita que recibían era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado permanente; él por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos, arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que debían mudarse de casa para no tener vecinos tan contrarios al método de personas decentes que se habían impuesto.

De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redención de su querida, nada le parecía tan urgente como enseñarla a escribir y a leer bien. Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes. Fortunata deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atención sostenida se desarrollaban sus talentos caligráficos. Estaban ya muy duros aquellos dedos para tales primores. El hábito del trabajo en su infancia había dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual manos de obrera. No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.

«Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo--le decía el profesor acariciándole la cabeza--. No agarrotes los dedos... Si es cosa sencillísima, y lo más fácil...».

Ya se ve, para él era fácil; pero ella, que en su vida las había visto más gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Decía con tristeza que no aprendería jamás, y se lamentaba de que en su niñez no la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba también y la aburría soberanamente, porque después de estarse un mediano rato sacando las sílabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no entendía ni jota de lo que el texto decía. Arrojaba con desprecio el libro o periódico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para tafetanes.

Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicación, en lo tocante al arte social no sólo era aplicadísima, sino que revelaba aptitudes notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena educación eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. «Aunque te estorbe lo negro--le decía él--, me parece que tú tienes talento». En poco tiempo le enseñó todas las fórmulas que se usan en una visita de cumplido, cómo se saluda al entrar y al despedirse, cómo se ofrece la casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y también aprendió cosas tan importantes como la sucesión de los meses del año, que no sabía, y cuál tiene treinta y cuál treinta y un días. Aunque parezca mentira, este es uno de los rasgos característicos de la ignorancia española, más en las ciudades que en las aldeas, y más en las mujeres que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domésticos, y no se cansaba nunca. Sus músculos eran de acero, y su sangre fogosa se avenía mal con la quietud. Como pudiera, más se cuidaba de prolongar los trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y entregábase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin cansarse la fuerza de sus puños. Tenía las carnes duras y apretadas, y la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera imaginar. Su cuerpo no necesitaba corsé para ser esbeltísimo. Vestido enorgullecía a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por aquella casa tendiendo ropa en el balcón, limpiando los muebles o cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire, parecía una figura de otros tiempos; al menos, así lo pensaba Rubín, que sólo había visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal.
Otras veces le parecía mujer de la Biblia, la Betsabée aquella del baño, la Rebeca o la Samaritana, señoras que había visto en una obra ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todavía se quedaban dos dedos más abajo de la sana hermosura y de la gallardía de su amiga.

En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandonó mucho sus estudios;. pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la misión moral que se proponía cumplir le estimuló al estudio, para hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le ocurría. Se notaba más despierto, más perspicaz para comprender, más curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes le aburriera. En sus meditaciones, solía decir que _le había entrado talento_, como si dijese que le había entrado calentura. Indudablemente no era ya el mismo. En media hora se aprendía una lección que antes le llevaba dos horas y al fin no la sabía. Creció su admiración al observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas del profesor y al notar que se le ocurrían apreciaciones muy juiciosas; y el profesor y los alumnos se pasmaban de que _Rubinius vulgaris_ se hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo placer en ciertas lecturas extrañas a la Farmacia, y que antes le cautivaban poco. Algunos de sus compañeros solían llevar al aula, para leer a escondidas, obras literarias de las más famosas. Rubín no fue nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las páginas de la _Farmacia químico-orgánica_, el _Werther_ de Goëthe o los dramas de Shakespeare. Pero después de aquella sacudida que el amor le dio, entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se embebecía leyéndolas. Devoró el _Fausto_ y los poemas de Heine, con la particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le hizo pronto fácil. En fin, que mi hombre había pasado una gran crisis.
El cataclismo amoroso varió su configuración interna. Considerábase como si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso delante la mujer aquella y el problema de la redención.

«Cuando yo era tonto--decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana--, cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida. Porque eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna».

Fortunata no tenía criada. Decía que ella se bastaba y se sobraba para todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el sofá de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le solía aparecer de vez en cuando anunciándole el acabamiento del dinero extraído de ella, ¡cuán feliz habría sido el pobre chico! A pesar de esto, la dicha le embargaba. Entrábale una embriaguez de amor que le hacía ver todas las cosas teñidas de optimismo. No había dificultades, no había peligros ni tropiezos. El dinero ya vendría de alguna parte.
Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propósitos de decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la carrera y... Al llegar aquí, un pensamiento que desde el principio de aquellos amores tenía muy guardadito, porque no quería manifestarlo sino en sazón oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener más tiempo aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba, sí, reventaba;. porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción.
Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole castamente un brazo que medio desnudo traía,. cogiéndole después la mano basta y estrechándola contra su corazón, le dijo: «Fortunata, yo me caso contigo».

Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el _me caso contigo_ tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer. «Hace tiempo--añadió él--, que lo había pensado... Lo pensé cuando te conocí, hace un mes... Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema».

--_Tie_ gracia... ¿Y qué quiere decir _dilema_?

--Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres... Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo: --Esas cosas se calculan bien... no por mí, sino por ti.

--¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... ¿Y a ti, te había ocurrido esto?

--No... no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la contra.

--Pronto seré mayor de edad--afirmó Rubín con brío--. Opóngase o no, lo mismo me da... Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella estaba como aturdida... poco risueña en verdad, esparciendo miradas de un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... «¡Casarme yo!... _¡pa chasco...!_, ¡y con este encanijado...! ¡Vivir siempre, siempre con él, todos los días... de día y de noche!... ¡Pero calcula tú, mujer... ser honrada, ser casada, señora de Tal... persona decente...!».




--v--.


Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín, por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura.
Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata les conocía como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el entusiasmo que le produjo la resolución de casamiento, se dejó decir, tocante a su tía, algo que era quizá indiscreto. Doña Lupe prestaba dinero, por mediación de un tal Torquemada, a militares, empleados y a todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no _era partidario_ de aquella manera de constituirse una renta; pero él ¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía? Esta le amaba mucho y probablemente le haría su heredero. Tenía una papelera antigua, negra y muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los pagarés de los préstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna aumentaba, sabe Dios cuánto. Debía de ser muy rica, pero muy rica, porque él veía que Torquemada le llevaba _resmas_ de billetes. En cuanto a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta. Su hermano Nicolás había de parar en canónigo, y quién sabe, quién sabe si en obispo... En fin, que por todos lados se ofrecía a la joven pareja horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la primera noche, hasta que se retiró Maximiliano a su casa, quedándose Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmió muy tarde y pasó la noche intranquila.

El amante también estaba poco dispuesto al sueño; mas era porque el entusiasmo le hacía cosquillas en el epigastrio, atravesándole un bulto en el vértice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y además poníale candelas encendidas en el cerebro. Por más que él soplaba para apagarlas y poder dormirse, no lo podía conseguir. Su tía estaba con él un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos días de aquel en que el exaltado mozo se arrancó a prometer su mano, doña Lupe tuvo con él una grave conferencia. El semblante de la señora no revelaba tan sólo recelo, sino profunda pena, y cuando llamó a su sobrino para encerrarse con él en el gabinete, este sintió desvanecerse su valor.
Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado.
Después de clavar en él los alfileres, mirando a su sobrino de un modo que le hizo estremecer, le dijo: «Tengo que hablarte _detenidamente_».
Siempre que su tía empleaba el _detenidamente_, era para echarle un réspice.

«¿Tienes hoy jaqueca?» le preguntó después doña Lupe.

Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena situación, dijo que sentía principios de jaqueca. Así doña Lupe tendría compasión de él. Dejose caer en un sillón y se comprimió la frente.

«Pues se trata de una mala noticia--aseveró la viuda de Jáuregui--, quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena».

Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró. La opresión del epigastrio se le hizo más ligera, y se acabó de tranquilizar al oír esto: «La noticia no ha de afectarte mucho. ¿Para qué tanto rodeo? Tu tía doña Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo dice el señor cura de Molina de Aragón. Murió como una santa, recibió todos los Sacramentos y dejó treinta mil reales para misas».

Maximiliano conocía muy poco a su tía materna. La había visto sólo dos o tres veces siendo muy niño, y no vivía en su imaginación sino por las rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los años en vida de D. Nicolás Rubín. La noticia del fallecimiento de esta buena señora le afectó poco.

«Todo sea por Dios» murmuró por decir algo.

Doña Lupe se volvió de espaldas para abrir el cajón de la cómoda y en esta postura le dijo:.

«Tú y tus hermanos heredáis a Melitona, que por mis cuentas debía tener un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros».

Maximiliano no oyó bien por estar su tía de espaldas, y aquello le interesaba tanto que se levantó, puso un codo sobre la cómoda y allí se hizo repetir el concepto para enterarse bien.

«Esas son mis cuentas--agregó doña Lupe--; pero ya ves que en los pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente la difunta emplearía algún dinero en préstamos, que es como tirarlo al viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagáis muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid irá a Molina de Aragón a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro».

--Pues que vaya inmediatamente--dijo Maximiliano dando una palmada sobre la cómoda--; pero aquello de llegar y en la misma estación coger el billete y zas... al tren otra vez.

--Hombre, no tanto. Tu hermano está en Bayona. Lo mejor es que se pase por Molina antes de venir a Madrid. Le escribiré hoy mismo. Sosiégate; tú eres así, o la apatía andando o la pura pólvora... Eso es ahora, que antes, para mover un pie le pedías licencia al otro. Te has vuelto muy atropellado.

Le miró de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a abatir los ánimos. Era hombre de carácter siempre que su tía no le clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido que se apresuró a variar la conversación, preguntando a su tía cuántos años tenía doña Melitona. Estuvo la señora de Jáuregui un ratito haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como un péndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que salió una cifra, de la cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvió después doña Lupe a tomar en boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a este le supieron a cuerno quemado. «Ya se ve, con esos estudios que haces ahora en casa de los amigos, te habrás vuelto un pozo de ciencia... A mí no me vengas con fábulas. Tú te pasas el día y la mitad de la noche en alguna conspiración... porque por el lado de las mujeres no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te gustara...».

Aquel _ni puedes_ incomodaba tanto al joven y le parecía tan humillante, que a punto estuvo de dar a su tía un mentís como una casa. Pero no pasó de aquí, pues doña Lupe tuvo que ocuparse de cosas más graves que averiguar si su sobrino podía o no podía. Papitos fue quien le salvó aquel día, atrayendo a sí toda la atención del ama de la casa. Porque la mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal criada y una calamidad... _en toda la extensión de la palabra_. Y mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente, porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque _misté... en cualsiquiera parte la tratarían mejor_.

Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar... Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con mandarla a la _galera_ o con llamar una pareja, con escabecharla y ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta que se quedaba como un guante.




--vi--.


Maximiliano, gozoso de ver que su tía con aquel gran alboroto, no se ocupaba de él, poníase de parte de la autoridad y en contra de Papitos.
Sí, sí; era muy mala, muy descarada, y había que atarla corto. Azuzaba la cólera de doña Lupe para que esta no se revolviese contra él hablándole de su cambio de costumbres y de lo que hacía fuera de casa.

Doña Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caña, y se estuvo allá las horas muertas. Maximiliano entró a las once. Había dejado a Fortunata acostada y casi dormida, y se retiró decidido a afrontar las chafalditas de su tía y a explicarse con ella. Porque después del caso de la herencia, ya no podía dudar de que la Providencia le favorecía, abriéndole camino. Nunca había sido él muy religioso; pero aquella noche parecíale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un pensamiento, ya que no una oración. Estaba como un demente. Por el camino miraba a las estrellas y las encontraba más hermosas que nunca, y muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragón, y de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces su imaginación agrandaba las cifras de la herencia, añadiéndole ceros, «porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace más que acumular, acumular...».

Los faroles de la calle le parecían astros, los transeúntes excelentes personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilísimos.
Entró en su casa resuelto a espontanearse con su tía... «¿Me atreveré?--pensaba--. Si me atreviera... ¿Y qué hay de malo en esto? En último caso, ¿qué puede hacer mi tía? ¿Acaso me va a comer? Si me niega el derecho de casarme con quien me dé la gana, ya le diré yo cuántas son cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la ocasión de mostrarlo». A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando Papitos le dijo que la señora no había vuelto todavía, quitósele de encima un gran peso, porque en verdad la revelación del secreto y el cisco que había de seguirle eran para acoquinar al más pintado. No le arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misión le darían seguramente coraje; pero convenía proceder con tacto y diplomacia, pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.

Se fue a la cocina detrás de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de hacer tertulia y de entretenerse en pláticas sabrosas cuando se encontraban solos. Un año antes, la criadita y el estudiante se pasaban las horas muertas en la cocina, contándose cuentos o proponiéndose acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oían desde la calle cuando repetía la adivinanza, sin que el otro la pudiera acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento; pero la solución no salía. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas peores sin que él se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como otras veces. «Feo, tonto--le dijo aguzando la jeta cuando le vio sentarse en la mesilla de pino de la cocina--. Acusón, patoso... memo en polvo».

Maximiliano buscaba una fórmula para pedirle perdón sin menoscabo de su dignidad de señorito. Sentíase con impulsos de protección hacia ella.
Verdad que habían jugado juntos; que el año anterior, a pesar de la diferencia de edades, eran tan niños el uno como el otro, y se entretenían en enredos inocentes. Pero ya las cosas habían cambiado. Él era hombre, ¡y qué hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca de juicio. Pero tenía buena índole, y cuando sentara la cabeza y diera un estirón sería una criada inapreciable. La chiquilla, después que le dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual tenía metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella había carretes, cintajos, un canuto de agujas muy roñoso, un pedazo de cera blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La cartilla en que Papitos aprendía a leer estaba también allí, con las hojas sucias y reviradas. El quinqué de la cocina con el tubo ahumado y sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dándole un tono de bronce rojizo, y la cara pálida y serosa del señorito con sus ojeras violadas y sus granulaciones alrededor de los labios.

«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla.

--Ni falta... canijo, espátula, _paice_ un garabito... No quiero que me tome _lición_--replicó la chica remedándole la voz y el tono.

--No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer completa--dijo Rubín esforzándose en parecer juicioso--. Hoy has estado un poco salida de madre, pero ya eso pasó. Teniendo juicio, se te mirará siempre como de la familia.

--_¡Mia este!_... Me zampo yo a la familia...--chilló la otra remedándole y haciendo las morisquetas diabólicas de siempre.

--No te abandonaremos nunca--manifestó el joven henchido de deseos de protección--. ¿Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case, te llevaré conmigo para que seas la doncella de mi señora.

Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza, que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera.

--¡Casarse él, _vusté_!... memo, más que memo, ¡casarse!--exclamó--. Si la señorita dice que _vusté_ no se puede casar... Sí, se lo decía a doña Silvia la otra noche.

La indignación que sintió Maximiliano al oír este concepto fue tan viva, que de manifestarse en hechos habría ocurrido una catástrofe. Porque tal ultraje no podía contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y estrangulándola. El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía mucha más fuerza que él.

--Eres lo más animal y lo más grosero...--balbució Rubín--, que he visto en mi vida. Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada.

Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella.

--¡Que te estés quieta!... ¡vaya!... Tú no te has llevado nunca una solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... ¿Y por qué son esas risas estúpidas?... ¿Porque he dicho que me caso? Pues sí señor, me caso porque me da la gana.

Tiempo hacía que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbación. La confidencia que tan difícil era con otra persona, resultaba fácil con la cocinerita, y el hombre se creció después de dichas las primeras palabras.

«Tú eres una inocente--le dijo poniéndole la mano en el hombro--, tú no conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasión verdadera».

Al llegar a este punto, Papitos no entendió ni jota de lo que su señorito le decía... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la expresión de él y la cara seria que puso. No ponía aquella cara cuando contaba los cuentos.

«Porque verás tú--continuó Rubín, expresándose con alma--; el amor es la ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella? A ver, que me lo digan; que me den una razón, media razón siquiera... Porque tú no me has de salir con argumentos tontos; tú no has de participar de esas preocupaciones por las cuales...».

Al llegar aquí, el orador se embarulló algo, y no ciertamente por miedo a la dialéctica de su contrario. Papitos, después de asombrarse mucho de la solemnidad con que el señorito hablaba y de las cosas incomprensibles que le decía, empezó a aburrirse. Siguió Maximiliano descargando su corazón, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvería a presentar, y por fin la niña estiró el brazo izquierdo sobre la mesa, y como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel día y de los coscorrones, hizo del brazo almohada y reclinó su cabeza en ella. En aquel momento, Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dejó decir: «La única razón que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo que es falso, falsísimo. Si hay en su existencia días vergonzosos, y no diré tanto como vergonzosos, días borrascosos, días desventurados, ha sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los hombres, los señoritos, esa raza de Caín, corrompida y miserable, tienen la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a los petimetres... la sociedad...».

Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a oscuras, penetró en el gabinete de su tía, que a la misma boca de lobo se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su tía...! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora, de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía...».

Vamos, que sentía de veras no estuviese delante de él en el sillón de hule la propia viuda de Jáuregui en imagen corpórea, porque de fijo le diría lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta.
Después salió otra vez al pasillo, donde continuó la perorata, paseándose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad.
La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los tímidos para su comedia de osados y lenguaraces, teniéndose a sí mismos por público y envalentonándose con su fácil éxito. Maximiliano hablaba quedito; sus fuertes manotadas no correspondían al diapasón bajo de las palabras, cuya vehemencia sofocada las hacía parecer como un ensayo.

Cuando doña Lupe llamó a la puerta, su sobrino le abrió, y pasmose ella de que estuviera en pie todavía. «¡Qué despabilado está el tiempo!» dijo la señora con cierto retintín, que hizo estremecer al joven, limpiando súbitamente su espíritu de toda idea de independencia, como se limpia de sombras un farol cuando aparece dentro de él la llama del gas. Al oír la campanilla, acudió la chica dando traspiés y restregándose los ojos.
Doña Lupe no dijo más que: «a la cama todo Cristo». Era muy tarde y Papitos tenía que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen los pasos del cazador.




--vii--.


La declaración de Maximiliano había puesto a Fortunata en perplejidad grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmió mal por la viveza del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurrían. Después de acostada tuvo que levantarse y se arrojó, liada en una manta, en el sofá de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sábanas, sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. «¡Casarme yo, y casarme con un hombre de bien, con _una persona decente_...!». Era lo más que podía desear... ¡Tener un nombre, no tratar más con gentuza, sino con caballeros y señoras! Maximiliano era un bienaventurado, y seguramente la haría feliz. Esto pensaba por la mañana, después de lavarse y encender la lumbre, cuando cogía la cesta para ir a la compra.
Púsose el manto y el pañuelo por la cabeza, y bajó a la calle. Lo mismo fue poner el pie en la vía pública que sus ideas variaron.

«¡Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de Dios; pero no le podré querer aunque viva con él mil años. Esto será ingratitud, pero ¿qué le vamos a hacer?, no lo puedo remediar...».

Tan distraída estaba, que el carnicero le preguntó tres veces lo que quería sin obtener respuesta. Por fin se enteró. «Hoy no llevo más que media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Señor Paco, pésemelo bien».

--Tome usted, simpatía, y mande.

También compró dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de verduras de la carnicería, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revisó la lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los muebles, volvió al tema: «No se encuentra todos los días un hombre que quiera echarse encima una carga como esta».

Hizo la cama y después empezó a peinarse. Al ver en el espejo su linda cara pálida, diole por emplear argumentos comparativos: «Porque ¡María _Santisma_!, si Maximiliano apostaba a feo, no había quien le ganara... ¡Y qué mal huelen las boticas! Debió de haber seguido otra carrera... Dios me favorezca... Si tuviera algún hijo me acompañaría con él; pero... ¡quia!...».

Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella misma, _le daban la puñalada al Espiritui Santo_. La tez era una preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la risa como en el enojo... ¡Y luego unos dientes! «Tengo los dientes--decía ella mostrándoselos--, como pedacitos de leche cuajada».

La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»... Y por fin, componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta: «¡Cuánto más guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho».

Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me viera ahora...!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija.
Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse, animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es bonito... ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así... ¡Ah, llaman!».

El campanillazo de la puerta la obligó a dejar el tocador. Salió a abrir con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor, que entró muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba tan poco, pronto quedó todo hecho. Maximiliano la elogió por su resolución de no tomar peinadoras.

¿Por qué las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que aprenda. Eso mismo decía Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar su admiración por el buen arreglo y economía de su futura, haciendo por sus propias manos la tarea que desempeñan mal esas bergantas ladronas que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre suya no tenía mérito porque el trabajo le gustaba. «Eres una alhajita--le decía su amante con orgullo--. En cuanto a las peinadoras, todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede haber paz».

Más adelante tomarían alguna criada, porque no convenía tampoco que ella se matase a trabajar. Estarían seguramente en buena posición, y puede que algunos días tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es necesaria, y llegaría un día seguramente en que no se podrían pasar sin una niñera. Al oír esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se contuvo, concretándose a decir en su interior: «¡Para qué querrá niñeras este desventurado...!».

A renglón seguido, sacó el joven a relucir el tema del casorio, y dijo tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espíritu a tanta generosidad y nobleza de alma. «Tu comportamiento decidirá de su suerte--afirmó él--, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; tú harás porque no se te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado está, y el arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga el mundo no nos importe. ¿Qué es el mundo? Fíjate bien y verás que no es nada, cuando no es la conciencia».

A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos. Creyó entonces caso de conciencia hacer una observación a su amigo.

«Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por mí tu...».

Quería decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en su vida había hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus mañas para expresar toscamente la idea, diciendo: «Calcula que los que me conozcan te van a llamar _el marido de la Fortunata_, en vez de llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por mí; pero como te estimo no quiero verte con...».

Quería decir con un estigma en la frente; pero ni conocía la palabra ni aunque la conociera la habría podido decir correctamente. «No quiero que te tomen el pelo por mí», fue lo que dijo, y se quedó tan fresca, esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se echó a reír. Semejantes argumentos eran para él como sería para los poseedores de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una caña. ¡Valiente caso hacía él de las estupideces del vulgo!... Cuando su conciencia le decía: «mira, hijo, este es el camino del bien; vete por él», ya podía venir todo el género humano a detenerle; ya podían apuntarle con un cañón rayado. Porque él iba sacando un carácter de que aún no se había enterado la gente, un carácter de acero, y todo lo que se decía de su timidez era conversación. «Que tú seas buena, honrada y leal es lo que importa: lo demás corre de mi cuenta, déjame a mí, tú déjame a mí».

Poco después almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el espíritu de la joven las ideas optimistas, porque él se dejó decir algo de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragón, asegurando que _sus viñas podían darle tanto más cuanto_. Por la noche avisaron para que les trajeran café, y vino el mozo de _la Paz_ con él. Olmedo y Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban, señal inequívoca de pelotera doméstica. Y es que si los estados más sólidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no podía menos de resentirse de las anomalías de un presupuesto cuyo carácter permanente era el déficit. Feliciana tenía ya pignorado lo mejorcito de su ropa, y Olmedo había perdido el crédito de una manera absoluta. Por la falta de crédito se pierden las repúblicas lo mismo que las monarquías. Y no se hacía ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la catástrofe próxima. Sus amigos, que le conocían bien, descubrían en él menos entereza para desempeñar el papel de libertino, y a menudo se le clareaba la buena índole al través de la máscara. A Maximiliano le contaron que habían sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondió los libros entre el follaje, porque le sabía mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tenía por deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario.
¿Qué diría la gente, qué los amigos, qué los mocosos, más jóvenes que él, que le tomaban por modelo? Hallábase en la situación de uno de esos chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con él; pero tratan de dominar las náuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo no podía aguantar más la horrible desazón, el asco y el vértigo que sentía; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de él, pero sin chupar cosa mayor.

Feliciana, por su parte, había empezado a campar por sus respetos. Lo dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de comer. El calavera de oficio no se permitió aquella noche ninguna barrabasada. Sólo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar café dijo con su habitual desenfado: «Narices, ya está reunido aquí toíto el _Demi-Monde_». Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero Rubín se puso encarnado y se incomodó mucho; porque aplicar tales vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vínculo le parecía una falta de respeto, una grosería y una cochinada, sí señor, una cochinada... Mas se calló por no armar camorra ni quitar a la reunión sus tonos de circunspección y formalidad. Acordose de que nada había dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo habló en términos tan _liberales_ por ignorancia. Determinó, pues, revelarle su pensamiento en la primera ocasión, para que en lo sucesivo midiera y pesara mejor sus palabras.




--viii--.


Aquella noche fue también mala para Fortunata, pues se la pasó casi toda cavilando, discurriendo sobre si _el otro_ se acordaría o no de ella.
Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. ¿Estaría malo, estaría fuera de Madrid? Más adelante, cuando supo que en Febrero y Marzo había estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmonía, acordose de que aquella noche lo había soñado ella. Y fue verdad que lo soñó a la madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeció, cediendo a una como borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de día, el reposo profundo aunque breve había vuelto del revés las imágenes y los pensamientos en su mente. «A mi boticarito me atengo--dijo después que echó el Padre Nuestro por las ánimas, de que no se olvidaba nunca--. Viviremos tan apañaditos». Levantose, encendió su lumbre, bajó a la compra, y de tienda en tienda pensaba que Maximiliano podía dar un estirón, echar más pecho y más carnes, ser más hombre, en una palabra, y curarse de aquel maldito romadizo crónico que le obligaba a estarse sonando constantemente. De la bondad de su corazón no había nada que decir, porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer había de hacer de él lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en todo aquello de la conciencia y de las misiones... aquí un adjetivo que Fortunata no recordaba. Era _sublimes_; pero lo mismo daba; ya se sabía que era una cosa muy buena.

Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el arroz con menudillos. Lo hacía tan ricamente, que era para chuparse los dedos. Lástima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera traído para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho aquel. Compró chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas sardinas escabechadas para segundo plato.

De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola.
Aquel día no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Después de freír la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y se fue a peinar, poniendo más cuidado en ello que otros días. Pasó el tiempo; la cocina despedía múltiples y confundidos olores. ¡Dios, con la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a abrirle su amiga con semblante risueño. Ya estaba la mesa puesta, porque la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tenía mucha hambre, y ella le recomendó una chispita de paciencia. Se le había olvidado una cosa muy importante, el vino, y bajaría a buscarlo. Pero Maximiliano se prestó a desempeñar aquel servicio doméstico, y bajó más pronto que la vista.

Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla.

Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy _para entre sí_, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos, que casarme con semejante hombre... ¿Pero no le ven, no le ven que ni siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de mí esa nariz de rabadilla».

«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este cariñoso mote.

Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara.
Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de dómine: «Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa y en otras cosas más».

También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino de cordilla!

Esta antipatía de Fortunata no estorbaba en ella la estimación, y con la estimación mezclábase una lástima profunda de aquel desgraciado, caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El aprecio que le tenía, la gratitud, y aquella conmiseración inexplicable, porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado que Rubín habría conocido que el lindísimo entrecejo ocultaba algo. Pero veía las cosas por el lente de sus ideas propias, y para él todo era como debía ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversación seria y oyendo advertencias y correcciones no la divertía mucho.
Gustábale más el trajín de recoger la loza y levantar la mesa, operación en que puso la mano no bien tomaron el café. Y para estar más tiempo en la cocina que en la sala, revisó los pucheros, y se puso a picar la ensalada cuando aún no hacía falta. De rato en rato daba una vuelta por la sala, donde Maximiliano se había puesto a estudiar. No le era fácil aquel día fijar su atención en los libros. Estaba muy distraído, y cada vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacéutica se desvanecía de su mente. A pesar de esto quería que estuviese allí, y aun se enojó algo por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. «Chica, no trabajes tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y siéntate aquí».

«Es que si me pongo aquí no estudias, y lo que te conviene es estudiar para que no pierdas el año--replicó ella--. ¡Pues si lo pierdes y tienes que volverlo a estudiar...!».

Esta razón hizo efecto grande en el ánimo de Rubín. «No importa que estés aquí. Con tal que no me hables, estudiaré. Viéndote, parece que comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del entendimiento. Te pones aquí, tú a tu costura, yo a mis libros. Cuando me siento muy torpe, ¡pim!, te miro y al momento me despabilo».

Fortunata se rió un poco, y ausentándose un instante, trajo la costura.

«¿Sabes?--le dijo Rubín, apenas ella se sentó--. Mi hermano Juan Pablo se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la tía Melitona. Mi tía Lupe le escribió y antes de venir a Madrid se plantó allá. Escribe diciendo que no habrá grandes dificultades».

--¿De veras?, ¡vamos!... Más vale así.

--Como lo oyes. Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano. Lo que sí te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por ti. Luego te quejarás de la Providencia. Porque cuanto más aseguradas están las materialidades de la vida, más segura es la conservación del honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son más que pobreza, chica, pobreza. Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.

Fortunata hubiera dicho para sí: «¡Vaya un moralista que me ha salido!» pero no tenía noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: «Ya estoy de _misionero_ hasta aquí», usando la palabra _misionero_ con un sentido doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubín llamaba _su misión_.




--ix--.


Maximiliano comunicó a Olmedo sus planes de casamiento encargándole el mayor sigilo, porque no convenía que se divulgasen antes de tiempo, para evitar maledicencias tontas. Creyó el gran perdis que su amigo estaba loco, y en el fondo de su alma le compadecía, aunque admiraba el atrevimiento de Rubín para hacer la más grande y escandalosa calaverada que se podía imaginar. ¡Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo del _buen fin_, y en semejante acto había una mezcla horrenda de ignominia y de abnegación sublime, un no sé qué de osadía y al mismo tiempo de bajeza, que levantó al bueno de Rubín, a sus ojos, de aquel fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubín podía ser un tonto; pero no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad del propósito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a él, Olmedo, al perdulario de oficio, no se le había pasado nunca por la cabeza una majadería de aquel calibre.

«Descuida, chico, lo que es por mí no lo sabrá nadie, ¡qué narices! Soy tu amigo ¿sí o no?, pues basta ¡narices! Te doy mi palabra de honor; estate tranquilo».

La palabra de _Ulmus sylvestris_, cuando se trataba de algo comprendido en la jurisdicción de la picardía, era sagrada. Pero en aquella ocasión pudo más el prurito chismográfico que el fuero del honor picaresco, y el gran secreto fue revelado a Narciso Puerta _(Pseudo-Narcisus odoripherus)_ con la mayor reserva, y previo juramento de no transmitirlo a nadie. «Te lo digo en confianza, porque sé que ha de quedar de ti para mí».

«Descuida, chico, no faltaba más... Ya tú me conoces».

En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción. Porque, verdaderamente, ¿qué importaba confiar el secretillo a una sola persona, a una sola, que de fijo no lo había de propalar?

«Te lo digo a ti sólo, porque sé que eres muy discreto--murmuró Narciso al oído de su amigo Encinas _(Quercus gigantea)_--. Cuidado con lo que te encargo... pero mucho cuidado. Sólo tú lo sabes. No tengamos un disgusto».

--Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que soy un sepulcro.

Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne que guardarían aquel profundo arcano. «¡Pero qué cosas tiene usted, Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que fuéramos chiquillas, para ir con el cuento y comprometerle a usted...».

Pero una de aquellas señoras creía que era pecado mortal no indicar algo a doña Lupe, porque esta al fin lo tenía que saber, y más valía prepararla para tan tremendo golpe. ¡Pobre señora! Era un dolor verla con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba.
Total, que la noticia llegó a la sutil oreja de doña Lupe a los tres días de haber salido del labio tímido de _Rubinius vulgaris_.

Cuentan que doña Lupe se quedó un buen rato como quien ve visiones.
Después dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anómala de su sobrino. ¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos hombres! ¡Bah!, no sería cierto quizás. Y si lo era, pronto se había de saber; porque, eso sí, a doña Lupe no se le apagaría en el cuerpo la bomba, y aquella misma noche o al día siguiente por la mañana, Maximiliano y ella se verían las caras... Que la señora viuda de Jáuregui estaba volada, lo probó la inseguridad de su paso al recorrer la distancia entre el domicilio de las de la Caña y el suyo. Hablaba sola, y se le cayó el paraguas dos veces, y cuando se bajó a recogerlo, se le cayó el pañuelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su casa, entró en el próximo. ¡Como estuviera en casa el muy hipocritón, su tía le iba a poner verde! Pero no estaría seguramente, porque eran las once de la noche, y el señoritingo no entraba ya nunca antes de las doce o la una... ¡Quién lo había de decir; pero quién lo había de decir...!, aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París; aquel hombre fallido enamorarse así, ¡y de quién!, ¡de una mujer perdida...!, pero perdida... en toda la extensión de la palabra.

«¿Ha venido el señorito?» preguntó a su criada, y como esta le contestara que no, frunció los labios en señal de impaciencia.

El desasosiego y la ira habrían llegado qué sé yo a dónde, si no se desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la cabeza, porque esta fue lo que más padeció en aquel achuchón. Ha de saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal belleza el cabello negro y abundante, en él ponía sus cinco sentidos. Se peinaba con arte precoz, haciéndose sortijillas y patillas, y para rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre grueso, calentándolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas por la mañana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no podía ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse con entera libertad a la peluquería elegante. Un pedazo de espejo, un batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se había trabajado el pelo con tanta perfección, que... «¡hija, ni que fueras a un baile!» se había dicho ella a sí misma, con risa convulsiva, al mirarse en el espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la podía mirar toda.

«Puerca, fantasmona, mamarracho--gritó doña Lupe destruyendo con manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla había hecho en su cabeza--. En esto pasas el tiempo... ¿No te da vergüenza de andar con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por atusarte las crines? ¡Presumida, sinvergüenza! ¿Y la cartilla? Ni siquiera la habrás mirado... Ya, ya te daré yo pelitos. Voy a llevarte a la barbería y a raparte la cabeza, dejándotela como un huevo».

Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la chica más terror.

«Eso, ahora el moquito y la lagrimita, después me envenenas la sangre con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Estás bonita... sí... Pero qué, ¿también te has echado pomada?».

Doña Lupe se olió la mano con que había estropeado impíamente el criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hízolo con ademán tan majestuoso, que es lástima no lo reprodujera un buen maestro de escultura.

«Gorrina... me has pringado la mano... ¡Uy, qué pestilencia!... ¿De dónde has sacado esta porquería?».

--Me la dio el _sito_ Maxi--respondió Papitos con humildad... Esto llevó bruscamente las ideas de doña Lupe a la verdadera causa de su ira. Ocurriósele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo que agradeció mucho Papitos, porque de este modo tenía fin de inmediato el sofoco que estaba pasando. «Vete a la cocina» le dijo la señora; y no necesitó repetírselo, porque se escabulló como un ratoncillo que siente ruido. Doña Lupe encendió luz en el cuarto de Maximiliano, y empezó a observar. «¡Si encontrara alguna carta!--pensó--. ¡Pero quia! Ahora recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un animal en toda la extensión de la palabra».

Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano.
Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo.
También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo: «Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las cuentas...». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos, cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito: «¡Grandísimo pillo!... Pero tente boca. Quédese esto para mañana... A dormir se ha dicho».

No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía.
Su imaginación agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tan hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reducía a proporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué?--decía alzando los hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie--. He conocido una mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta... Pues estamos frescos... ¿Soy yo alguna máquina?... ¿no tengo mi libre albedrío?... ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se sentía tan fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la alcoba de su tía, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este jicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se empeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia que soy hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía, que seguramente sería esta: «¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías de ser...?».

Cuando el buen chico se levantó al día siguiente, que era domingo, ya doña Lupe había vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la verdad, no pudo pasarlo, porque se le había puesto en el epigastrio la tirantez angustiosa, síntoma infalible de todas las situaciones apuradas, lo mismo por causa de exámenes que por otro temor o sobresalto cualquiera. Estaba lívido, y la señora debió de sentir lástima cuando le vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de juicio. La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que el pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la justicia. Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y una gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no compadecerle. Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza, mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy limpia. Una cómoda y el armario de luna de forma vulgar eran los principales muebles. El sofá y sillería tenían forro de _crochet_ a estilo de casa de huéspedes, todo hecho por la señora de la casa.

Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato del difunto esposo de doña Lupe, colgado en el sitio presidencial, un cuadrángano al óleo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de Jáuregui, alias _el de los Pavos_, vestido de comandante de la Milicia Nacional, con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando.
Pintura más chabacana no era posible imaginarla. El autor debía de ser una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche.
Sostenía, no obstante, doña Lupe que el retrato de Jáuregui era una obra maestra, y a cuantos lo contemplaban les hacía notar dos cosas sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del morrión, en una palabra, toda la parte metálica estaba pintada de la manera más extraordinaria y magistral.

Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero colgadas con tan poco sentimiento de la simetría, que se las creería seres animados que andaban a su arbitrio por la pared.

«Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien--dijo doña Lupe mirando severísimamente a su sobrino--. Siéntate que hay para rato».
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-II-.
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Afanes y contratiempos de un redentor.
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--i--.
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Olvídate por ahora de todo lo que es pura ostentación.
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Acabose el barullo.
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Fíjate bien».
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Vivir con una persona decente despertaba un poco su curiosidad.
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Dos días estuvo ocupada en instalarse.
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¿Se equivocaría en esto?
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Su ignorancia era, como puede suponerse, completa.
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Leía muy mal y a trompicones, y no sabía escribir.
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No sabía lo que es el Norte y el Sur.
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Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada más.
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Creía que un senador es algo del Ayuntamiento.
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No había leído jamás libro ninguno, ni siquiera novela.
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Confesó un día que no sabía quién fue Colón.
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Creía que era un general, así como O'Donnell o Prim.
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En lo religioso no estaba más aventajada que en lo histórico.
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La poca doctrina cristiana que aprendió se le había olvidado.
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Sus defectos de pronunciación eran atroces.
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«No se dice _diferiencia_, sino diferencia.
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No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui Santo_, ni _indilugencias_.
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Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria», etc...
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Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad.
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Fortunata no entendía palotada de estas leyes.
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¿Por qué decir otra cosa?
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--Claro que sí... me lo puedes creer.
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Si le viera en un peligro, le sacaría en bien, aunque me perdiera yo.
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No sé decir más que lo que me sale de _entre mí_.
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Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con salud.
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Te creo.
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Di otra cosa.
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Fortunata miró a la puerta.
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«Eso... según...--dijo ella plegando su entrecejo--.
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Me iría o no me iría...».
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--ii--.
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Maximiliano quería saberlo todo.
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¿Por cuánto haría esto él, Maximiliano Rubín?...
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Prefería contar particularidades de su infancia.
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Su difunto padre poseía un cajón en la plazuela y era hombre honrado.
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Su madre tenía, como Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos.
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¿Por qué no le citó ante los tribunales?
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Es lo que debía haber hecho.
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A estos tunantes hay que tratarles a la baqueta.
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Otra cosa.
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Pero no, esto no hubiera sido muy conforme con la dignidad.
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Fíjate bien en esto.
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Me fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme.
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Era hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel.
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Le llamaban _Juárez el negro_ por tener la color muy morena.
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Mi tía me echó de la casa y mi tío se desapareció.
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¡Cuánto le pesó ponerse en manos de aquel hombre!
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Era un perdido, un charrán, una mala persona.
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unit 143
unit 145
Beber y más beber.
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unit 146
El vinazo y el aguardientazo le remataron.
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unit 148
¿Qué era?
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unit 149
Que se estaba muriendo.
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unit 150
Saltó espantada de la cama, y llamó a los vecinos.
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unit 151
No hubo tiempo de _suministrarle_ y sólo le cogió la Unción.
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unit 152
Esto pasaba en Lérida.
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unit 154
Había hecho juramento de no volver a tratar con animales.
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unit 155
Libertad, libertad y libertad era lo que le pedían el cuerpo y el alma.
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unit 156
La verdad ante todo.
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unit 157
¿Para qué decir una cosa por otra?
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unit 159
Su éxito fue grande, y su falta de educación ayudaba a cegarla.
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unit 161
¡Pero sí, para él estaba...!
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unit 165
Inventaba mil tormentos armándole trampas para ver si caía o no caía.
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unit 166
Tan odioso llegó a serle aquel hombre, que al fin se dejó ella caer.
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unit 170
Más que ellos valían sus cuadros.
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unit 173
Pero ella siguió narrando.
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Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen punto.
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unit 176
Y aquí paz...
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¡Viejo más cuco!...
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Un día se quemó ella y le plantó en la calle.
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unit 182
Sucesor, Camps, que le puso casa con gran rumbo.
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unit 183
Parecía hombre muy rico; pero luego resultó que era un trampa-larga.
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unit 187
Escorial fue, que no ha vuelto a parecer.
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unit 189
Porque bien claro lo había dicho Fortunata.
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unit 190
¡Gracias a Dios que encontraba en su camino una persona decente!
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unit 196
--iii--.
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unit 205
unit 207
«¿Por qué me dijo tal o cual cosa?
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unit 208
¿Qué querría expresar con aquella reticencia?...
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Y aquella carcajadita, ¿qué significaba?...
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unit 215
Había derecha, izquierda y dos interiores.
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unit 220
Pasaba Maximiliano allí todo el tiempo de que podía disponer.
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unit 226
unit 232
El trabajo es el fundamento de la virtud.
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unit 233
Lo que digo, esta mujer ha sido mala a la fuerza».
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unit 237
A veces invocaba al Cielo con íntimo fervor de oración.
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unit 241
Esto es claro como el agua.
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unit 242
Fortunata pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores.
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unit 243
unit 246
--iv--.
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unit 247
La única visita que recibían era la de Feliciana y Olmedo.
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unit 252
Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes.
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unit 254
Estaban ya muy duros aquellos dedos para tales primores.
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unit 258
unit 269
Gustaba mucho de los trabajos domésticos, y no se cansaba nunca.
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unit 270
unit 271
unit 274
Su cuerpo no necesitaba corsé para ser esbeltísimo.
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unit 279
Y era muy particular lo que le ocurría.
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unit 282
Indudablemente no era ya el mismo.
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unit 290
En fin, que mi hombre había pasado una gran crisis.
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unit 291
El cataclismo amoroso varió su configuración interna.
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unit 294
Porque eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna».
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unit 295
Fortunata no tenía criada.
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unit 299
A pesar de esto, la dicha le embargaba.
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unit 301
No había dificultades, no había peligros ni tropiezos.
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unit 302
El dinero ya vendría de alguna parte.
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unit 303
unit 311
«Hace tiempo--añadió él--, que lo había pensado...
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unit 313
Este es el dilema».
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unit 314
--_Tie_ gracia... ¿Y qué quiere decir _dilema_?
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unit 315
--Pues esto: que o me caso o me muero.
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unit 316
Has de ser mía ante Dios y los hombres.
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unit 317
¿No quieres ser honrada?
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unit 318
Pues con el deseo de serlo y un nombre, ya está hecha la honradez.
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unit 322
--No... no me pasaba por la imaginación.
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unit 323
Tu familia ha de hacer la contra.
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unit 324
--Pronto seré mayor de edad--afirmó Rubín con brío--.
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unit 329
_¡pa chasco...!_, ¡y con este encanijado...!
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unit 330
unit 332
--v--.
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unit 338
Esta le amaba mucho y probablemente le haría su heredero.
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unit 340
unit 347
Su tía estaba con él un poco seria.
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unit 351
Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado.
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unit 353
unit 354
«¿Tienes hoy jaqueca?» le preguntó después doña Lupe.
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unit 356
Así doña Lupe tendría compasión de él.
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unit 357
Dejose caer en un sillón y se comprimió la frente.
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unit 361
¿Para qué tanto rodeo?
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unit 362
Tu tía doña Melitona Llorente ha pasado a mejor vida.
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unit 363
Mira la carta en que me lo dice el señor cura de Molina de Aragón.
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unit 365
Maximiliano conocía muy poco a su tía materna.
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unit 367
La noticia del fallecimiento de esta buena señora le afectó poco.
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unit 368
«Todo sea por Dios» murmuró por decir algo.
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unit 374
Se cobra tarde y mal, cuando se cobra.
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unit 375
De modo que no os hagáis muchas ilusiones.
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unit 378
--Hombre, no tanto.
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unit 379
Tu hermano está en Bayona.
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unit 380
Lo mejor es que se pase por Molina antes de venir a Madrid.
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unit 381
Le escribiré hoy mismo.
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unit 383
Te has vuelto muy atropellado.
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unit 390
Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te gustara...».
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unit 394
Porque la mona aquella tenía días.
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unit 396
Pero otros no se la podía aguantar.
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unit 397
Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo de los peores.
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unit 399
Semejante fiebre era señal de próximos trastornos.
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unit 401
Cuando se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede.
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unit 402
Le mandaban esto y se salía con lo otro.
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unit 403
No se pueden contar las faltas que cometió en una hora.
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unit 405
Y mientras más repelones le daban, peor que peor.
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unit 407
unit 414
--vi--.
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unit 416
Sí, sí; era muy mala, muy descarada, y había que atarla corto.
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unit 419
Maximiliano entró a las once.
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unit 423
Estaba como un demente.
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unit 429
Si me atreviera... ¿Y qué hay de malo en esto?
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unit 430
En último caso, ¿qué puede hacer mi tía?
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unit 431
¿Acaso me va a comer?
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unit 438
En estos era fuerte la chiquilla.
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unit 441
unit 445
Acusón, patoso... memo en polvo».
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unit 447
Sentíase con impulsos de protección hacia ella.
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unit 449
Pero ya las cosas habían cambiado.
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unit 453
Sobre la mesa estaba su estuche de costura, que era una caja de tabacos.
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unit 457
«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla.
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unit 460
Hoy has estado un poco salida de madre, pero ya eso pasó.
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unit 461
Teniendo juicio, se te mirará siempre como de la familia.
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unit 464
¿Sabes lo que te digo?...
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unit 467
--¡Casarse él, _vusté_!...
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unit 468
memo, más que memo, ¡casarse!--exclamó--.
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unit 474
Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada.
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unit 476
--¡Que te estés quieta!...
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unit 477
¡vaya!...
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unit 479
¿Porque he dicho que me caso?
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unit 480
Pues sí señor, me caso porque me da la gana.
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unit 486
No ponía aquella cara cuando contaba los cuentos.
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unit 494
Respondo que es falso, falsísimo.
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unit 496
Lo digo y lo repito.
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unit 497
La responsabilidad de que tanta mujer se pierda recae sobre el hombre.
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unit 498
Si se castigara a los seductores y a los petimetres... la sociedad...».
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unit 502
No podía estar quieto ni callado.
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unit 507
¡Qué lástima que no estuviera allí su tía...!
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unit 517
Doña Lupe no dijo más que: «a la cama todo Cristo».
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unit 518
Era muy tarde y Papitos tenía que madrugar.
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unit 520
--vii--.
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unit 524
unit 527
Maximiliano era un bienaventurado, y seguramente la haría feliz.
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unit 529
Púsose el manto y el pañuelo por la cabeza, y bajó a la calle.
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unit 530
Lo mismo fue poner el pie en la vía pública que sus ideas variaron.
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«¡Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es!
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unit 532
Me da por el hombro, y yo le levanto como una pluma.
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unit 533
unit 537
Por fin se enteró.
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unit 539
Señor Paco, pésemelo bien».
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unit 540
--Tome usted, simpatía, y mande.
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unit 542
Al volver a su casa, revisó la lumbre y se puso a limpiar y a barrer.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 544
Hizo la cama y después empezó a peinarse.
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unit 547
¡quia!...».
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unit 552
La nariz era perfecta.
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unit 556
He ganado mucho».
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unit 557
Y después se puso muy triste.
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unit 559
El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me viera ahora...!».
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unit 563
Así, así... ¡Ah, llaman!».
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unit 564
El campanillazo de la puerta la obligó a dejar el tocador.
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unit 565
Salió a abrir con la peineta en una mano y la toalla por los hombros.
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unit 566
unit 567
Como faltaba tan poco, pronto quedó todo hecho.
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unit 568
Maximiliano la elogió por su resolución de no tomar peinadoras.
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unit 569
¿Por qué las mujeres no se han de peinar solas?
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unit 570
La que no sabe que aprenda.
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unit 571
Eso mismo decía Fortunata.
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unit 574
«Eres una alhajita--le decía su amante con orgullo--.
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unit 584
Lo que diga el mundo no nos importe.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 585
¿Qué es el mundo?
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unit 586
Fíjate bien y verás que no es nada, cuando no es la conciencia».
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unit 588
La enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos.
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unit 589
Creyó entonces caso de conciencia hacer una observación a su amigo.
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unit 590
«Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por mí tu...».
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unit 598
¡Valiente caso hacía él de las estupideces del vulgo!...
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unit 605
Olmedo y Feliciana entraron de tertulia.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 618
Feliciana, por su parte, había empezado a campar por sus respetos.
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unit 619
unit 620
El calavera de oficio no se permitió aquella noche ninguna barrabasada.
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unit 625
--viii--.
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unit 627
Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle.
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unit 628
Y por falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente.
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unit 629
¿Estaría malo, estaría fuera de Madrid?
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unit 634
Viviremos tan apañaditos».
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unit 637
Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él contento y achantado.
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unit 639
unit 641
Lo hacía tan ricamente, que era para chuparse los dedos.
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unit 643
Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho aquel.
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unit 646
Aquel día no hubo en la cocina cacharro que no funcionara.
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unit 648
Pasó el tiempo; la cocina despedía múltiples y confundidos olores.
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unit 649
¡Dios, con la faena que en ella había!
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unit 653
unit 656
Ella misma comparó su alma en aquellos días a una veleta.
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unit 657
Tan pronto marcaba para un lado como para otro.
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unit 665
Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara.
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unit 667
Pero tiempo tengo de instruirte en esa y en otras cosas más».
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unit 668
También le cargaba a ella tanta corrección.
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unit 678
No le era fácil aquel día fijar su atención en los libros.
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unit 681
«Chica, no trabajes tanto, que te vas a cansar.
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unit 682
Trae tu labor y siéntate aquí».
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unit 684
¡Pues si lo pierdes y tienes que volverlo a estudiar...!».
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unit 685
Esta razón hizo efecto grande en el ánimo de Rubín.
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unit 686
«No importa que estés aquí.
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unit 687
Con tal que no me hables, estudiaré.
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unit 689
Te pones aquí, tú a tu costura, yo a mis libros.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 690
Cuando me siento muy torpe, ¡pim!, te miro y al momento me despabilo».
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unit 691
unit 692
«¿Sabes?--le dijo Rubín, apenas ella se sentó--.
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unit 694
Mi tía Lupe le escribió y antes de venir a Madrid se plantó allá.
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unit 695
Escribe diciendo que no habrá grandes dificultades».
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unit 696
--¿De veras?, ¡vamos!...
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unit 697
Más vale así.
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unit 698
--Como lo oyes.
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unit 699
Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 700
unit 701
Luego te quejarás de la Providencia.
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unit 706
--ix--.
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unit 709
¡Casarse con una...!
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unit 712
Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es que lo tocan.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 714
«Descuida, chico, lo que es por mí no lo sabrá nadie, ¡qué narices!
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unit 715
Soy tu amigo ¿sí o no?, pues basta ¡narices!
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unit 716
Te doy mi palabra de honor; estate tranquilo».
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unit 719
«Te lo digo en confianza, porque sé que ha de quedar de ti para mí».
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unit 720
«Descuida, chico, no faltaba más...
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unit 721
Ya tú me conoces».
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unit 722
En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 725
Cuidado con lo que te encargo... pero mucho cuidado.
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unit 726
Sólo tú lo sabes.
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unit 727
No tengamos un disgusto».
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unit 728
--Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer.
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unit 729
Ya sabes que soy un sepulcro.
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unit 731
«¡Pero qué cosas tiene usted, Encinas!
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unit 732
No nos haga usted tan poco favor.
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unit 735
¡Pobre señora!
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unit 738
Cuentan que doña Lupe se quedó un buen rato como quien ve visiones.
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unit 740
¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos hombres!
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unit 741
¡Bah!, no sería cierto quizás.
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unit 744
unit 756
¡Presumida, sinvergüenza!
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unit 757
¿Y la cartilla?
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unit 758
Ni siquiera la habrás mirado...
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unit 759
Ya, ya te daré yo pelitos.
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unit 766
«Gorrina... me has pringado la mano... ¡Uy, qué pestilencia!...
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unit 767
¿De dónde has sacado esta porquería?».
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unit 771
unit 772
«¡Si encontrara alguna carta!--pensó--.
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unit 773
¡Pero quia!
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 774
Ahora recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir.
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unit 775
Es un animal en toda la extensión de la palabra».
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unit 778
La hucha estaba en su sitio y llena, quizás más pesada que antes.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 779
Retratos, no los vio por ninguna parte.
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unit 782
Doña Lupe supo contenerse.
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unit 784
unit 787
Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las cuentas...».
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unit 789
Pero tente boca.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 790
Quédese esto para mañana... A dormir se ha dicho».
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 791
unit 794
He conocido una mujer, me gusta y me quiero casar con ella.
0 Translations, 0 Upvotes, Last Activity None
unit 796
¿no tengo mi libre albedrío?...
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¿Qué se ha figurado usted de mí?».
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El gabinetito era una pieza muy limpia.
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Pintura más chabacana no era posible imaginarla.
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Siéntate que hay para rato».
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-II-.

Afanes y contratiempos de un redentor.

--i--.

Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que
Maximiliano sacaba puñados de monedas diferentes, y contaba con rapidez
la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de
la joven, siguió pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese
adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Creyó ver en él un
hijo de familia que, arrastrado de la pasión y cegado por la tontería,
se había incautado de la caja paterna. Esta idea la mortificó mucho,
haciéndole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba.
Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se había visto
siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, _lo peor de
cada casa_.

No dejó entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del
dinero, que, viniera de donde viniese, no podía ser mal recibido, y poco
a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho hacía
alarde de poseer ideas económicas enteramente contrarias a las de sus
predecesores. «Esto--dijo mostrándole un grupito de monedas de oro--, es
para que desempeñes la ropa que te sea más necesaria... Los trajes de
lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarán más
adelante, y se renovará el préstamo para que no se pierdan. Olvídate por
ahora de todo lo que es pura ostentación. Acabose el barullo. Se gastará
nada más que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una
sola trampa. Fíjate bien». Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata,
y empezó a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a
considerarle mejor que los demás. En los días siguientes Olmedo confirmó
esta buena opinión, hablándole con vivos encarecimientos de la
formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era.

Quedó convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que
estaba desalquilado en la misma casa. Rubín insistió mucho en la
modestia y baratura de los muebles que se habían de poner, porque...
(para que se vea si era juicioso) «conviene empezar por poco». Después
se vería, y el humilde hogar iría creciendo y embelleciéndose
gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusión alguna, más
bien _por probar_. Maximiliano le era poco simpático; pero en sus
palabras y en sus acciones había visto desde el primer momento la
persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona
decente despertaba un poco su curiosidad. Dos días estuvo ocupada en
instalarse. Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado
casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de
sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de
aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un
gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el
excelente chico había aprendido de doña Lupe.

Tratando de medir el cariño que sentía por su amiga, Maximiliano hallaba
pálida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las
novelas y a la poesía en busca del verbo amar, tan usado en los
ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun
aquel verbo le parecía desabrido para expresar la dulzura y ardor de su
cariño. Adorar, idolatrar y otros cumplían mejor su oficio de dar a
conocer la pasión exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de
espíritu.

Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en sí la impresión de
Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental
ni dama del teatro romántico que se ofreciera a la mente de un caballero
con atributos más ideales ni con rasgos más puros y nobles. Dos
Fortunatas existían entonces, una la de carne y hueso, otra la que
Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron
los sentimientos del joven Rubín con aquel extraordinario amor, que este
le inspiraba no sólo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegación,
sino también la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza
pobre no tenía exigencias; su espíritu las tenía grandes, y estas eran
las que más le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir
de noble y hermoso brotó en la suya, como los chorros de lava en el
volcán activo. Soñaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de
manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de méritos. El
generoso galán veía los más sublimes problemas morales en la frente de
aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecíale la
más grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le
impulsaba a la salvación social y moral de su ídolo, y a poner en esta
obra grandiosa todas las energías que alborotaban su alma. Las
peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta
medía con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y
la había de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos
tenían, creía Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de
rectitud y menos corrupción de lo que a primera vista parecía.

¿Se equivocaría en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe
triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que sí podía sostener sin
miedo a equivocarse era que Fortunata tenía vivos deseos de mejorar su
personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era,
como puede suponerse, completa. Leía muy mal y a trompicones, y no sabía
escribir.

Lo esencial del saber, lo que saben los niños y los paletos, ella lo
ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase
superior. Maximiliano se reía de aquella incultura rasa, tomando en
serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su
barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus
ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas
y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o
cual palabra, e informándose de mil cosas comunes. No sabía lo que es el
Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada más. Creía
que un senador es algo del Ayuntamiento. Tenía sobre la imprenta ideas
muy extrañas, creyendo que los autores mismos ponían en las páginas
aquellas letras tan iguales. No había leído jamás libro ninguno, ni
siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un
país de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo demás del
firmamento, sus nociones pertenecían al orden de los pueblos
primitivos. Confesó un día que no sabía quién fue Colón. Creía que era
un general, así como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba más
aventajada que en lo histórico. La poca doctrina cristiana que aprendió
se le había olvidado. Comprendía a la Virgen, a Jesucristo y a San
Pedro; les tenía por muy buenas personas, pero nada más. Respecto a la
inmortalidad y a la redención, sus primeras ideas eran muy confusas.
Sabía que arrepintiéndose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tenía
duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era
pecado.

Sus defectos de pronunciación eran atroces. No había fuerza humana que
le hiciera decir _fragmento, magnífico, enigma_ y otras palabras
usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en
ella; pero no lo conseguía. Las _eses_ finales se le convertían en
_jotas_, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se comía
muchas sílabas. Si supiera ella qué bonita boca se le ponía al
comérselas, no intentara enmendar su graciosa incorrección. Pero
Maximiliano se había erigido en maestro, con rigores de dómine e ínfulas
de académico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos
para caer sobre ellos como el gato sobre el ratón. «No se dice
_diferiencia_, sino diferencia. No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui
Santo_, ni _indilugencias_. Además _escamón_ y _escamarse_ son palabras
muy feas, y llamar _tiologías_ a todo lo que no se entiende es una
barbaridad. Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria»,
etc...

Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces
sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy
importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y
entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en
la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas
inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas
leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el
único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre.
¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad
que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos,
que trastornaba por un instante sus planes de redención.

«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?».

--Claro que sí... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le
sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me
sale de _entre mí_. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con
salud.

Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho
antes de decir:

«No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora
entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' ¿irías?».

Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio
donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos
muy tenues, los martirizaba cruelmente.

«Eso... según...--dijo ella plegando su entrecejo--. Me iría o no me
iría...».

--ii--.

Maximiliano quería saberlo todo. Era como el buen médico que le pide al
enfermo las noticias más insignificantes del mal que padece y de su
historia para saber cómo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso
bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de
lo necesario para la prodigiosa cura. ¡Y qué horrorizado se quedaba
oyendo contar lo mal que se portó el seductor de aquella hermosura! El
honradísimo aprendiz de farmacéutico no comprendía que pudieran existir
hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecíanle pocas para
castigarles. Criminal más perverso que los asesinos y ladrones era,
según él, el señorito seductor de doncella pobre, que le hacía creer que
se iba a casar con ella, y después la dejaba plantada en medio del
arroyo con su chiquillo o con las vísperas. ¿Por cuánto haría esto él,
Maximiliano Rubín?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre más
infame, más execrable y vil que se podía imaginar. Pero la misma
ofendida no extremaba mucho, como parecía natural, los anatemas contra
el seductor, por cuya razón tuvo Maximiliano que redoblar su furia
contra él, llamándole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata veíase
forzada a repetirlo; pero no había medio de que pronunciara la palabra
_monstruo_. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, después de mil
tentativas que parecían náuseas, la soltaba entre sus bonitísimos
dientes y labios, como si la escupiera.

Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía
un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como
Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde
niña la _Pitusa_, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce
años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de
garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años... Oía estas
cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese
al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había
tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó
poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más
amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada,
eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no
le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos
tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le
ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y
presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien
clarito la gracia que había hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera
sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole
entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había
de armar tarde o temprano.

Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una
máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle,
repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le
dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir _ignominia_.
Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al
mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y
le cayó su niño enfermo.

«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle»
dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.

--Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es
antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué
sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y
te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.

--Era un hombre traicionero y malo--dijo Fortunata con desgana, como si
el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable--. Me
fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme. Era
hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo
un cajón de casquería en la plaza, y después puso tienda de quincalla
iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y
armaba tiendas. Le llamaban _Juárez el negro_ por tener la color muy
morena. Viéndome tan mal, me ofreció el oro y el moro, y que iba a hacer
y a acontecer. Mi tía me echó de la casa y mi tío se desapareció. Yo
estaba enferma, y Juárez me dijo que si me iba con él, me llevaría a
baños. Decía que ganaba montes y montones en las romerías, y que yo iba
a estar como una reina. No se podía casar conmigo porque era casado,
pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona,
cumpliría, si señor, cumpliría conmigo.

Y siguió relatando con rapidez aquella página fea, deseando concluirla
pronto. Lo del señorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refería
con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de _Juárez
el negro_ salía de sus labios como una confesión forzada o testimonio
ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen.
¡Cuánto le pesó ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un
charrán, una mala persona. Hubiérase resistido a seguirle, si no le
empujaran a ello los parientes con quienes vivía, los cuales no tenían
maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofrecía
_Juárez el negro_ era conversación. No ganaba un cuarto; con el mundo
entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida
alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida
más arrastrada no la había pasado ella nunca ni esperaba volverla a
pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron
en Madrid y se murió el niñito, hubiera podido el muy bestia de Juárez
arreglar su comercio; pero ¿qué hizo? Beber y más beber. El vinazo y el
aguardientazo le remataron. Una mañana despertó ella oyéndole dar unos
grandes gruñidos... así como si le estuvieran apretando el tragadero.
¿Qué era? Que se estaba muriendo. Saltó espantada de la cama, y llamó a
los vecinos. No hubo tiempo de _suministrarle_ y sólo le cogió la
Unción. Esto pasaba en Lérida. A los dos días, vendió sus cuatro trastos
y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Había hecho
juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y
libertad era lo que le pedían el cuerpo y el alma.

La verdad ante todo. ¿Para qué decir una cosa por otra? La franqueza es
una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a
Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarquía moral se
había divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los
borrachos. Su éxito fue grande, y su falta de educación ayudaba a
cegarla. Llegó a creer que encenegándose mucho se vengaba de los que la
habían perdido, y solía pensar que si el pícaro Santa Cruz la veía hecha
un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojaría quererla
otra vez. ¡Pero sí, para él estaba...! Contó a renglón seguido tantas
cosas, que Maximiliano se sintió lastimado. Tuvo precisión de _echar un
velo, _ como dicen los retóricos, sobre aquella parte de la historia de
su amada. El velo tenía que ser muy denso porque la franqueza de
Fortunata arrojaba luz vivísima sobre los sucesos referidos, y su
pintoresco lenguaje los hacía reverberar... Dio ella entonces algunos
cortes a su relación, comiéndose no ya las letras sino párrafos y
capítulos enteros, y he aquí en sustancia lo que dijo: Torrellas, el
célebre paisajista catalán, era tan celoso que no la dejaba vivir.
Inventaba mil tormentos armándole trampas para ver si caía o no caía.
Tan odioso llegó a serle aquel hombre, que al fin se dejó ella caer.
Metiose adrede en la trampa, conociéndola, por gusto de jugarle una
partida al muy majadero, porque así se vengaba de las muchas que le
habían jugado a ella. Y nada más... Total, que por poco la mata el
condenado pintor de árboles... Lo que más quemaba a este era que la
infidelidad había sido con un íntimo amigo suyo, pintor también, autor
del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre,
pero era una que estaba bañándose... A ninguno de los dos artistas
quería ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se
compraran con dinero. Más que ellos valían sus cuadros. Desde que engañó
al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegársela
a los dos con otro, y la satisfacción de este deseo se la proporcionó un
empleado joven, pobre y algo simpático que se parecía mucho a Juanito
Santa Cruz.

Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... «Cállate,
hazme el favor de callarte» le dijo, pensando que, según iba saliendo la
historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella siguió
narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen
punto. Una mañana, mientras ella dormía, le empeñó todas sus alhajas,
para jugar. Y aquí paz... Vino después un viejo que le daba mucho dinero
y la llevó a París donde se engalanó y afinó extraordinariamente su
gusto para vestirse. ¡Viejo más cuco!... Había sido general carcunda en
la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y
le daba muchas jaquecas con _tantismas_ incumbencias como tenía. Un día
se quemó ella y le plantó en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa
con gran rumbo. Parecía hombre muy rico; pero luego resultó que era un
trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y
a poco de estar aquí vio que se venía la tempestad encima. Camps traía
recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagarés
falsos de fusiles que se suponían comprados por el Gobierno. Una noche
entró en casa muy enfurruñado, trincó una maleta pequeña, llenola de
ropa, pidió a Fortunata todo el dinero que tenía y dijo que iba al
Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo demás bien lo
sabía Maximiliano... El sucesor de Camps había sido él, y ya se le
conocía en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le
produjera. Porque bien claro lo había dicho Fortunata. ¡Gracias a Dios
que encontraba en su camino una persona decente!

Sentíase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las
fuerzas creadoras de la Naturaleza. ¡Ya vería el mundo la irradiación de
bondad y de verdad que él iba a arrojar sobre aquella infeliz víctima
del hombre!

Desde que la conoció y sintió que el Cielo se le metía en su alma, todo
en él fue idealismo, nobleza y buenas acciones. ¡Qué diferencia entre él
y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que
se buscara en la vida de Rubín, no se encontrarían más que dolores de
cabeza y otras molestias físicas; pero a ver, que le sacaran algún acto
ignominioso, ni siquiera una falta.

--iii--.

Una de las cosas a que Maximiliano daba más importancia para poner en
ejecución su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin
esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se
prendaba de él, aunque se prendara por lo moral, que es la menor
cantidad de amor posible, no era tan difícil que él la convirtiera al
bien por la atracción de su alma. De esta necesidad de amor previo
emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su ídolo si
le quería ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella
que sí con esa facilidad mecánica y rutinaria de los niños aplicados que
se saben la lección; otras veces, más sincera y reflexiva, respondía que
el cariño no depende de la voluntad ni menos de la razón, y por esto
acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de
cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba
estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con
ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer. Según
Rubín, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece
que el amor nazca del agradecimiento, aunque también nace de otros
padres. El corazón le decía, como él dice las cosas, a la calladita, que
Fortunata le había de querer de firme; y esperaba con paciencia el
cumplimiento de esta dulce profecía. Sin embargo, no las tenía todas
consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazón
anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en
su casa, se metía en unos cálculos muy hondos para averiguar el estado
de los sentimientos de su querida. Rápidamente pasaba de la duda más
cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le
quería ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y
analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretándolos de una
manera o de otra. «¿Por qué me dijo tal o cual cosa? ¿Qué querría
expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, ¿qué
significaba?... Ayer, cuando me abrió la puerta, no me dijo nada... Pero
cuando me marché díjome que me abrigara bien».

La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de
San Antón. En el portal había una relojería entre cristales, quedando
tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenían que pasar de
medio lado; en el piso bajo y tienda una bollería que inundaba la casa
de emanaciones de canela y azúcar. En el piso principal radicaba una
casa de préstamos con farolón a la calle, y en ciertos días había en los
balcones ventilación de capas empeñadas. Más arriba los pisos estaban
divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Había derecha,
izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres
sueltas, o familias que tenían su comercio en el próximo mercado de San
Antón. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos,
echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos
exteriores vivía Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo
alquiló Rubín por encontrarlo tan a mano, con intención de tomar
vivienda mejor cuando variaran las circunstancias.

Pasaba Maximiliano allí todo el tiempo de que podía disponer. Por la
noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun
cuando se veía acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y
confusión que a doña Lupe causaba esto no hay para qué decirlas, y no se
satisfacía con las explicaciones que su sobrinito daba. «Aquí hay gato
encerrado--decía la astuta señora--, o en términos más claros, _gata
encerrada_».

Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le
cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles
por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo
agradecía tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz
de aumento lo que ya era tan grande. Observó con satisfacción que
Fortunata salía a la calle lo menos posible. Por la mañana bajaba a
hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volvía. Ella
misma se hacía la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le
iba casi todo el día. No recibía visitas de mujeres de conducta dudosa,
y la suya era estrictamente ajustada a las prácticas de una vida
regular. «Tiene la honradez en la médula de los huesos--decía
Maximiliano rebosando alegría--. Le gusta tanto trabajar, que cuando
tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar
ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta
mujer ha sido mala a la fuerza».

En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía
Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la
realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos
empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero
sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito
en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más
finitas que se pueden imaginar... ¡María Santísima!, cuando el temido
momento llegase... ¡cuando la última peseta del último duro fuera
cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su
cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si
fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a
calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo
con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había
emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia
para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer.
Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta
echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en
cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser
un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata
pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así,
o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se
salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en
los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada
se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella,
aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que
valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les
facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.

--iv--.

La única visita que recibían era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni
otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de
sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado
permanente; él por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de
contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre
con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no
tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos,
arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de
mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda
copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que debían mudarse de
casa para no tener vecinos tan contrarios al método de personas decentes
que se habían impuesto.

De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redención de su
querida, nada le parecía tan urgente como enseñarla a escribir y a leer
bien. Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes. Fortunata
deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atención sostenida
se desarrollaban sus talentos caligráficos. Estaban ya muy duros
aquellos dedos para tales primores. El hábito del trabajo en su infancia
había dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual
manos de obrera. No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los
dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una
graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.

«Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo--le decía el
profesor acariciándole la cabeza--. No agarrotes los dedos... Si es cosa
sencillísima, y lo más fácil...».

Ya se ve, para él era fácil; pero ella, que en su vida las había visto
más gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Decía con
tristeza que no aprendería jamás, y se lamentaba de que en su niñez no
la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba también y la
aburría soberanamente, porque después de estarse un mediano rato sacando
las sílabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no
entendía ni jota de lo que el texto decía. Arrojaba con desprecio el
libro o periódico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para
tafetanes.

Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicación, en lo tocante
al arte social no sólo era aplicadísima, sino que revelaba aptitudes
notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de
urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena
educación eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones
leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. «Aunque te
estorbe lo negro--le decía él--, me parece que tú tienes talento». En
poco tiempo le enseñó todas las fórmulas que se usan en una visita de
cumplido, cómo se saluda al entrar y al despedirse, cómo se ofrece la
casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y también aprendió
cosas tan importantes como la sucesión de los meses del año, que no
sabía, y cuál tiene treinta y cuál treinta y un días. Aunque parezca
mentira, este es uno de los rasgos característicos de la ignorancia
española, más en las ciudades que en las aldeas, y más en las mujeres
que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domésticos, y no se
cansaba nunca. Sus músculos eran de acero, y su sangre fogosa se avenía
mal con la quietud. Como pudiera, más se cuidaba de prolongar los
trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y
entregábase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin
cansarse la fuerza de sus puños. Tenía las carnes duras y apretadas, y
la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la
rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera
imaginar. Su cuerpo no necesitaba corsé para ser esbeltísimo. Vestido
enorgullecía a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por
aquella casa tendiendo ropa en el balcón, limpiando los muebles o
cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire,
parecía una figura de otros tiempos; al menos, así lo pensaba Rubín, que
sólo había visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal.
Otras veces le parecía mujer de la Biblia, la Betsabée aquella del baño,
la Rebeca o la Samaritana, señoras que había visto en una obra
ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todavía se quedaban dos dedos
más abajo de la sana hermosura y de la gallardía de su amiga.

En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandonó mucho sus
estudios;. pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la
misión moral que se proponía cumplir le estimuló al estudio, para
hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le
ocurría. Se notaba más despierto, más perspicaz para comprender, más
curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes
le aburriera. En sus meditaciones, solía decir que _le había entrado
talento_, como si dijese que le había entrado calentura. Indudablemente
no era ya el mismo. En media hora se aprendía una lección que antes le
llevaba dos horas y al fin no la sabía. Creció su admiración al
observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas
del profesor y al notar que se le ocurrían apreciaciones muy juiciosas;
y el profesor y los alumnos se pasmaban de que _Rubinius vulgaris_ se
hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo
placer en ciertas lecturas extrañas a la Farmacia, y que antes le
cautivaban poco. Algunos de sus compañeros solían llevar al aula, para
leer a escondidas, obras literarias de las más famosas. Rubín no fue
nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las páginas
de la _Farmacia químico-orgánica_, el _Werther_ de Goëthe o los dramas
de Shakespeare. Pero después de aquella sacudida que el amor le dio,
entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se
embebecía leyéndolas. Devoró el _Fausto_ y los poemas de Heine, con la
particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le
hizo pronto fácil. En fin, que mi hombre había pasado una gran crisis.
El cataclismo amoroso varió su configuración interna. Considerábase como
si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso
delante la mujer aquella y el problema de la redención.

«Cuando yo era tonto--decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con
que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana--,
cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida. Porque
eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna».

Fortunata no tenía criada. Decía que ella se bastaba y se sobraba para
todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras
estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el
sofá de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le solía
aparecer de vez en cuando anunciándole el acabamiento del dinero
extraído de ella, ¡cuán feliz habría sido el pobre chico! A pesar de
esto, la dicha le embargaba. Entrábale una embriaguez de amor que le
hacía ver todas las cosas teñidas de optimismo. No había dificultades,
no había peligros ni tropiezos. El dinero ya vendría de alguna parte.
Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propósitos de
decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la
carrera y... Al llegar aquí, un pensamiento que desde el principio de
aquellos amores tenía muy guardadito, porque no quería manifestarlo sino
en sazón oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener más tiempo
aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba,
sí, reventaba;. porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su
espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no
se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción.
Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a
poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en
cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie
de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole
castamente un brazo que medio desnudo traía,. cogiéndole después la mano
basta y estrechándola contra su corazón, le dijo:

«Fortunata, yo me caso contigo».

Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el _me caso
contigo_ tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer. «Hace
tiempo--añadió él--, que lo había pensado... Lo pensé cuando te conocí,
hace un mes... Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un
poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema».

--_Tie_ gracia... ¿Y qué quiere decir _dilema_?

--Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los
hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un
nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una
persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres...

Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata
salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo:

--Esas cosas se calculan bien... no por mí, sino por ti.

--¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... ¿Y a ti, te había
ocurrido esto?

--No... no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la
contra.

--Pronto seré mayor de edad--afirmó Rubín con brío--. Opóngase o no, lo
mismo me da...

Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida
a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella
estaba como aturdida... poco risueña en verdad, esparciendo miradas de
un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y
contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las
caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la
cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del
casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... «¡Casarme
yo!... _¡pa chasco...!_, ¡y con este encanijado...! ¡Vivir siempre,
siempre con él, todos los días... de día y de noche!... ¡Pero calcula
tú, mujer... ser honrada, ser casada, señora de Tal... persona
decente...!».

--v--.

Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín,
por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura.
Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata
les conocía como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el
entusiasmo que le produjo la resolución de casamiento, se dejó decir,
tocante a su tía, algo que era quizá indiscreto. Doña Lupe prestaba
dinero, por mediación de un tal Torquemada, a militares, empleados y a
todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no
_era partidario_ de aquella manera de constituirse una renta; pero él
¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía? Esta le amaba mucho y
probablemente le haría su heredero. Tenía una papelera antigua, negra y
muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los
pagarés de los préstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna
aumentaba, sabe Dios cuánto. Debía de ser muy rica, pero muy rica,
porque él veía que Torquemada le llevaba _resmas_ de billetes. En cuanto
a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los
carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta. Su
hermano Nicolás había de parar en canónigo, y quién sabe, quién sabe si
en obispo... En fin, que por todos lados se ofrecía a la joven pareja
horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la
primera noche, hasta que se retiró Maximiliano a su casa, quedándose
Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmió muy tarde y pasó la
noche intranquila.

El amante también estaba poco dispuesto al sueño; mas era porque el
entusiasmo le hacía cosquillas en el epigastrio, atravesándole un bulto
en el vértice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y
además poníale candelas encendidas en el cerebro. Por más que él soplaba
para apagarlas y poder dormirse, no lo podía conseguir. Su tía estaba
con él un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho
pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de
los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos días de aquel
en que el exaltado mozo se arrancó a prometer su mano, doña Lupe tuvo
con él una grave conferencia. El semblante de la señora no revelaba tan
sólo recelo, sino profunda pena, y cuando llamó a su sobrino para
encerrarse con él en el gabinete, este sintió desvanecerse su valor.
Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado.
Después de clavar en él los alfileres, mirando a su sobrino de un modo
que le hizo estremecer, le dijo: «Tengo que hablarte _detenidamente_».
Siempre que su tía empleaba el _detenidamente_, era para echarle un
réspice.

«¿Tienes hoy jaqueca?» le preguntó después doña Lupe.

Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena
situación, dijo que sentía principios de jaqueca. Así doña Lupe tendría
compasión de él. Dejose caer en un sillón y se comprimió la frente.

«Pues se trata de una mala noticia--aseveró la viuda de Jáuregui--,
quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena».

Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada
tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró. La
opresión del epigastrio se le hizo más ligera, y se acabó de
tranquilizar al oír esto:

«La noticia no ha de afectarte mucho. ¿Para qué tanto rodeo? Tu tía doña
Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo
dice el señor cura de Molina de Aragón. Murió como una santa, recibió
todos los Sacramentos y dejó treinta mil reales para misas».

Maximiliano conocía muy poco a su tía materna. La había visto sólo dos o
tres veces siendo muy niño, y no vivía en su imaginación sino por las
rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los años en vida de
D. Nicolás Rubín. La noticia del fallecimiento de esta buena señora le
afectó poco.

«Todo sea por Dios» murmuró por decir algo.

Doña Lupe se volvió de espaldas para abrir el cajón de la cómoda y en
esta postura le dijo:.

«Tú y tus hermanos heredáis a Melitona, que por mis cuentas debía tener
un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros».

Maximiliano no oyó bien por estar su tía de espaldas, y aquello le
interesaba tanto que se levantó, puso un codo sobre la cómoda y allí se
hizo repetir el concepto para enterarse bien.

«Esas son mis cuentas--agregó doña Lupe--; pero ya ves que en los
pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente
la difunta emplearía algún dinero en préstamos, que es como tirarlo al
viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagáis
muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid irá a Molina de
Aragón a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro».

--Pues que vaya inmediatamente--dijo Maximiliano dando una palmada sobre
la cómoda--; pero aquello de llegar y en la misma estación coger el
billete y zas... al tren otra vez.

--Hombre, no tanto. Tu hermano está en Bayona. Lo mejor es que se pase
por Molina antes de venir a Madrid. Le escribiré hoy mismo. Sosiégate;
tú eres así, o la apatía andando o la pura pólvora... Eso es ahora, que
antes, para mover un pie le pedías licencia al otro. Te has vuelto muy
atropellado.

Le miró de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a
abatir los ánimos. Era hombre de carácter siempre que su tía no le
clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido
que se apresuró a variar la conversación, preguntando a su tía cuántos
años tenía doña Melitona. Estuvo la señora de Jáuregui un ratito
haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como
un péndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que salió una cifra, de la
cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvió después doña Lupe a tomar en
boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a
este le supieron a cuerno quemado. «Ya se ve, con esos estudios que
haces ahora en casa de los amigos, te habrás vuelto un pozo de
ciencia... A mí no me vengas con fábulas. Tú te pasas el día y la mitad
de la noche en alguna conspiración... porque por el lado de las mujeres
no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te
gustara...».

Aquel _ni puedes_ incomodaba tanto al joven y le parecía tan humillante,
que a punto estuvo de dar a su tía un mentís como una casa. Pero no pasó
de aquí, pues doña Lupe tuvo que ocuparse de cosas más graves que
averiguar si su sobrino podía o no podía. Papitos fue quien le salvó
aquel día, atrayendo a sí toda la atención del ama de la casa. Porque la
mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta
diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no
se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo
de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy
suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en
cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era
señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la
tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando
se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban
esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió
en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el
cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal
criada y una calamidad... _en toda la extensión de la palabra_. Y
mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del
puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó
encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos
amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de
tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente,
porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la
culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque
_misté... en cualsiquiera parte la tratarían mejor_.

Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles
pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para
descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando
lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este
solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la
señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar...
Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella
sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con
mandarla a la _galera_ o con llamar una pareja, con escabecharla y
ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta
que se quedaba como un guante.

--vi--.

Maximiliano, gozoso de ver que su tía con aquel gran alboroto, no se
ocupaba de él, poníase de parte de la autoridad y en contra de Papitos.
Sí, sí; era muy mala, muy descarada, y había que atarla corto. Azuzaba
la cólera de doña Lupe para que esta no se revolviese contra él
hablándole de su cambio de costumbres y de lo que hacía fuera de casa.

Doña Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caña, y se estuvo allá
las horas muertas. Maximiliano entró a las once. Había dejado a
Fortunata acostada y casi dormida, y se retiró decidido a afrontar las
chafalditas de su tía y a explicarse con ella. Porque después del caso
de la herencia, ya no podía dudar de que la Providencia le favorecía,
abriéndole camino. Nunca había sido él muy religioso; pero aquella noche
parecíale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un
pensamiento, ya que no una oración. Estaba como un demente. Por el
camino miraba a las estrellas y las encontraba más hermosas que nunca, y
muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por
respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragón, y
de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces
su imaginación agrandaba las cifras de la herencia, añadiéndole ceros,
«porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace más que
acumular, acumular...».

Los faroles de la calle le parecían astros, los transeúntes excelentes
personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilísimos.
Entró en su casa resuelto a espontanearse con su tía... «¿Me
atreveré?--pensaba--. Si me atreviera... ¿Y qué hay de malo en esto? En
último caso, ¿qué puede hacer mi tía? ¿Acaso me va a comer? Si me niega
el derecho de casarme con quien me dé la gana, ya le diré yo cuántas son
cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la
ocasión de mostrarlo». A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando
Papitos le dijo que la señora no había vuelto todavía, quitósele de
encima un gran peso, porque en verdad la revelación del secreto y el
cisco que había de seguirle eran para acoquinar al más pintado. No le
arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misión le darían
seguramente coraje; pero convenía proceder con tacto y diplomacia,
pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era
posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.

Se fue a la cocina detrás de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de
hacer tertulia y de entretenerse en pláticas sabrosas cuando se
encontraban solos. Un año antes, la criadita y el estudiante se pasaban
las horas muertas en la cocina, contándose cuentos o proponiéndose
acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oían
desde la calle cuando repetía la adivinanza, sin que el otro la pudiera
acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento;
pero la solución no salía. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas
peores sin que él se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues
sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par
en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos
de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha
tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como
otras veces. «Feo, tonto--le dijo aguzando la jeta cuando le vio
sentarse en la mesilla de pino de la cocina--. Acusón, patoso... memo en
polvo».

Maximiliano buscaba una fórmula para pedirle perdón sin menoscabo de su
dignidad de señorito. Sentíase con impulsos de protección hacia ella.
Verdad que habían jugado juntos; que el año anterior, a pesar de la
diferencia de edades, eran tan niños el uno como el otro, y se
entretenían en enredos inocentes. Pero ya las cosas habían cambiado. Él
era hombre, ¡y qué hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca
de juicio. Pero tenía buena índole, y cuando sentara la cabeza y diera
un estirón sería una criada inapreciable. La chiquilla, después que le
dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual
tenía metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba
su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella había
carretes, cintajos, un canuto de agujas muy roñoso, un pedazo de cera
blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La
cartilla en que Papitos aprendía a leer estaba también allí, con las
hojas sucias y reviradas. El quinqué de la cocina con el tubo ahumado y
sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dándole un tono
de bronce rojizo, y la cara pálida y serosa del señorito con sus ojeras
violadas y sus granulaciones alrededor de los labios.

«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla.

--Ni falta... canijo, espátula, _paice_ un garabito... No quiero que me
tome _lición_--replicó la chica remedándole la voz y el tono.

--No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer
completa--dijo Rubín esforzándose en parecer juicioso--. Hoy has estado
un poco salida de madre, pero ya eso pasó. Teniendo juicio, se te mirará
siempre como de la familia.

--_¡Mia este!_... Me zampo yo a la familia...--chilló la otra
remedándole y haciendo las morisquetas diabólicas de siempre.

--No te abandonaremos nunca--manifestó el joven henchido de deseos de
protección--. ¿Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para
que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case,
te llevaré conmigo para que seas la doncella de mi señora.

Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza,
que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera.

--¡Casarse él, _vusté_!... memo, más que memo, ¡casarse!--exclamó--. Si
la señorita dice que _vusté_ no se puede casar... Sí, se lo decía a
doña Silvia la otra noche.

La indignación que sintió Maximiliano al oír este concepto fue tan viva,
que de manifestarse en hechos habría ocurrido una catástrofe. Porque tal
ultraje no podía contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y
estrangulándola. El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía
mucha más fuerza que él.

--Eres lo más animal y lo más grosero...--balbució Rubín--, que he visto
en mi vida. Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada.

Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus
dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella.

--¡Que te estés quieta!... ¡vaya!... Tú no te has llevado nunca una
solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... ¿Y por qué son esas risas
estúpidas?... ¿Porque he dicho que me caso? Pues sí señor, me caso
porque me da la gana.

Tiempo hacía que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con
alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbación. La
confidencia que tan difícil era con otra persona, resultaba fácil con la
cocinerita, y el hombre se creció después de dichas las primeras
palabras.

«Tú eres una inocente--le dijo poniéndole la mano en el hombro--, tú no
conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasión verdadera».

Al llegar a este punto, Papitos no entendió ni jota de lo que su
señorito le decía... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la
expresión de él y la cara seria que puso. No ponía aquella cara cuando
contaba los cuentos.

«Porque verás tú--continuó Rubín, expresándose con alma--; el amor es la
ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer
que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer
que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que
antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella? A ver, que me lo
digan; que me den una razón, media razón siquiera... Porque tú no me has
de salir con argumentos tontos; tú no has de participar de esas
preocupaciones por las cuales...».

Al llegar aquí, el orador se embarulló algo, y no ciertamente por miedo
a la dialéctica de su contrario. Papitos, después de asombrarse mucho de
la solemnidad con que el señorito hablaba y de las cosas incomprensibles
que le decía, empezó a aburrirse. Siguió Maximiliano descargando su
corazón, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvería a
presentar, y por fin la niña estiró el brazo izquierdo sobre la mesa, y
como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel día y de los coscorrones,
hizo del brazo almohada y reclinó su cabeza en ella. En aquel momento,
Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dejó decir: «La única
razón que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo
que es falso, falsísimo. Si hay en su existencia días vergonzosos, y no
diré tanto como vergonzosos, días borrascosos, días desventurados, ha
sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los
hombres, los señoritos, esa raza de Caín, corrompida y miserable, tienen
la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer
se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a
los petimetres... la sociedad...».

Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y
conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los
dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase
inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y
aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus
palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No
podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos
adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba
oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por
ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a
oscuras, penetró en el gabinete de su tía, que a la misma boca de lobo
se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la
energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas
con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto
contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos
de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su
tía...! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas
expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo
ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la
conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora,
de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y
me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque
me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo
aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted
nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía...».

Vamos, que sentía de veras no estuviese delante de él en el sillón de
hule la propia viuda de Jáuregui en imagen corpórea, porque de fijo le
diría lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta.
Después salió otra vez al pasillo, donde continuó la perorata,
paseándose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad.
La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los
tímidos para su comedia de osados y lenguaraces, teniéndose a sí mismos
por público y envalentonándose con su fácil éxito. Maximiliano hablaba
quedito; sus fuertes manotadas no correspondían al diapasón bajo de las
palabras, cuya vehemencia sofocada las hacía parecer como un ensayo.

Cuando doña Lupe llamó a la puerta, su sobrino le abrió, y pasmose ella
de que estuviera en pie todavía. «¡Qué despabilado está el tiempo!» dijo
la señora con cierto retintín, que hizo estremecer al joven, limpiando
súbitamente su espíritu de toda idea de independencia, como se limpia de
sombras un farol cuando aparece dentro de él la llama del gas. Al oír la
campanilla, acudió la chica dando traspiés y restregándose los ojos.
Doña Lupe no dijo más que: «a la cama todo Cristo». Era muy tarde y
Papitos tenía que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin
hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen
los pasos del cazador.

--vii--.

La declaración de Maximiliano había puesto a Fortunata en perplejidad
grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmió mal por la viveza
del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurrían. Después de
acostada tuvo que levantarse y se arrojó, liada en una manta, en el
sofá de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sábanas,
sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche
dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. «¡Casarme
yo, y casarme con un hombre de bien, con _una persona decente_...!». Era
lo más que podía desear... ¡Tener un nombre, no tratar más con gentuza,
sino con caballeros y señoras! Maximiliano era un bienaventurado, y
seguramente la haría feliz. Esto pensaba por la mañana, después de
lavarse y encender la lumbre, cuando cogía la cesta para ir a la compra.
Púsose el manto y el pañuelo por la cabeza, y bajó a la calle. Lo mismo
fue poner el pie en la vía pública que sus ideas variaron.

«¡Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el
hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza
que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de
Dios; pero no le podré querer aunque viva con él mil años. Esto será
ingratitud, pero ¿qué le vamos a hacer?, no lo puedo remediar...».

Tan distraída estaba, que el carnicero le preguntó tres veces lo que
quería sin obtener respuesta. Por fin se enteró. «Hoy no llevo más que
media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Señor Paco,
pésemelo bien».

--Tome usted, simpatía, y mande.

También compró dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de
verduras de la carnicería, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro
huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revisó la
lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los
muebles, volvió al tema: «No se encuentra todos los días un hombre que
quiera echarse encima una carga como esta».

Hizo la cama y después empezó a peinarse. Al ver en el espejo su linda
cara pálida, diole por emplear argumentos comparativos: «Porque ¡María
_Santisma_!, si Maximiliano apostaba a feo, no había quien le ganara...
¡Y qué mal huelen las boticas! Debió de haber seguido otra carrera...
Dios me favorezca... Si tuviera algún hijo me acompañaría con él;
pero... ¡quia!...».

Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una
convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba
orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella
misma, _le daban la puñalada al Espiritui Santo_. La tez era una
preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil
recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la
risa como en el enojo... ¡Y luego unos dientes! «Tengo los
dientes--decía ella mostrándoselos--, como pedacitos de leche cuajada».

La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»... Y por fin,
componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos
pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando
estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no
hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta:
«¡Cuánto más guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho».

Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada
desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo
como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me
viera ahora...!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo
rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija.
Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse,
animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que
quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es
bonito... ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así... ¡Ah,
llaman!».

El campanillazo de la puerta la obligó a dejar el tocador. Salió a abrir
con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor,
que entró muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba
tan poco, pronto quedó todo hecho. Maximiliano la elogió por su
resolución de no tomar peinadoras.

¿Por qué las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que
aprenda. Eso mismo decía Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar
su admiración por el buen arreglo y economía de su futura, haciendo por
sus propias manos la tarea que desempeñan mal esas bergantas ladronas
que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre
suya no tenía mérito porque el trabajo le gustaba. «Eres una
alhajita--le decía su amante con orgullo--. En cuanto a las peinadoras,
todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede
haber paz».

Más adelante tomarían alguna criada, porque no convenía tampoco que ella
se matase a trabajar. Estarían seguramente en buena posición, y puede
que algunos días tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es
necesaria, y llegaría un día seguramente en que no se podrían pasar sin
una niñera. Al oír esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se
contuvo, concretándose a decir en su interior: «¡Para qué querrá niñeras
este desventurado...!».

A renglón seguido, sacó el joven a relucir el tema del casorio, y dijo
tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espíritu a tanta
generosidad y nobleza de alma. «Tu comportamiento decidirá de su
suerte--afirmó él--, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu
alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo
pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; tú harás porque no se
te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado está, y el
arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga
el mundo no nos importe. ¿Qué es el mundo? Fíjate bien y verás que no es
nada, cuando no es la conciencia».

A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la
emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido
generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La
enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos. Creyó
entonces caso de conciencia hacer una observación a su amigo.

«Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por mí tu...».

Quería decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en
su vida había hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus
mañas para expresar toscamente la idea, diciendo: «Calcula que los que
me conozcan te van a llamar _el marido de la Fortunata_, en vez de
llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por
mí; pero como te estimo no quiero verte con...».

Quería decir con un estigma en la frente; pero ni conocía la palabra ni
aunque la conociera la habría podido decir correctamente. «No quiero
que te tomen el pelo por mí», fue lo que dijo, y se quedó tan fresca,
esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su
conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se echó a
reír. Semejantes argumentos eran para él como sería para los poseedores
de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una
caña. ¡Valiente caso hacía él de las estupideces del vulgo!... Cuando su
conciencia le decía: «mira, hijo, este es el camino del bien; vete por
él», ya podía venir todo el género humano a detenerle; ya podían
apuntarle con un cañón rayado. Porque él iba sacando un carácter de que
aún no se había enterado la gente, un carácter de acero, y todo lo que
se decía de su timidez era conversación. «Que tú seas buena, honrada y
leal es lo que importa: lo demás corre de mi cuenta, déjame a mí, tú
déjame a mí».

Poco después almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de
vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el
espíritu de la joven las ideas optimistas, porque él se dejó decir algo
de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragón, asegurando
que _sus viñas podían darle tanto más cuanto_. Por la noche avisaron
para que les trajeran café, y vino el mozo de _la Paz_ con él. Olmedo y
Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban,
señal inequívoca de pelotera doméstica. Y es que si los estados más
sólidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta
regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no podía menos
de resentirse de las anomalías de un presupuesto cuyo carácter
permanente era el déficit. Feliciana tenía ya pignorado lo mejorcito de
su ropa, y Olmedo había perdido el crédito de una manera absoluta. Por
la falta de crédito se pierden las repúblicas lo mismo que las
monarquías. Y no se hacía ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la
catástrofe próxima. Sus amigos, que le conocían bien, descubrían en él
menos entereza para desempeñar el papel de libertino, y a menudo se le
clareaba la buena índole al través de la máscara. A Maximiliano le
contaron que habían sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a
hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondió los libros entre el
follaje, porque le sabía mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba
mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tenía por
deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario.
¿Qué diría la gente, qué los amigos, qué los mocosos, más jóvenes que
él, que le tomaban por modelo? Hallábase en la situación de uno de esos
chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy
fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con él; pero tratan de
dominar las náuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo
no podía aguantar más la horrible desazón, el asco y el vértigo que
sentía; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de
él, pero sin chupar cosa mayor.

Feliciana, por su parte, había empezado a campar por sus respetos. Lo
dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de
comer. El calavera de oficio no se permitió aquella noche ninguna
barrabasada. Sólo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar
café dijo con su habitual desenfado: «Narices, ya está reunido aquí
toíto el _Demi-Monde_». Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero
Rubín se puso encarnado y se incomodó mucho; porque aplicar tales
vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vínculo le parecía una
falta de respeto, una grosería y una cochinada, sí señor, una
cochinada... Mas se calló por no armar camorra ni quitar a la reunión
sus tonos de circunspección y formalidad. Acordose de que nada había
dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo
habló en términos tan _liberales_ por ignorancia. Determinó, pues,
revelarle su pensamiento en la primera ocasión, para que en lo sucesivo
midiera y pesara mejor sus palabras.

--viii--.

Aquella noche fue también mala para Fortunata, pues se la pasó casi toda
cavilando, discurriendo sobre si _el otro_ se acordaría o no de ella.
Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por
falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. ¿Estaría malo,
estaría fuera de Madrid? Más adelante, cuando supo que en Febrero y
Marzo había estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmonía, acordose de
que aquella noche lo había soñado ella. Y fue verdad que lo soñó a la
madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeció, cediendo a una como
borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de día, el reposo profundo
aunque breve había vuelto del revés las imágenes y los pensamientos en
su mente. «A mi boticarito me atengo--dijo después que echó el Padre
Nuestro por las ánimas, de que no se olvidaba nunca--. Viviremos tan
apañaditos». Levantose, encendió su lumbre, bajó a la compra, y de
tienda en tienda pensaba que Maximiliano podía dar un estirón, echar más
pecho y más carnes, ser más hombre, en una palabra, y curarse de aquel
maldito romadizo crónico que le obligaba a estarse sonando
constantemente. De la bondad de su corazón no había nada que decir,
porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer había de
hacer de él lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él
contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en
todo aquello de la conciencia y de las misiones... aquí un adjetivo que
Fortunata no recordaba. Era _sublimes_; pero lo mismo daba; ya se sabía
que era una cosa muy buena.

Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano
que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les
gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el
arroz con menudillos. Lo hacía tan ricamente, que era para chuparse los
dedos. Lástima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera
traído para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho
aquel. Compró chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas
sardinas escabechadas para segundo plato.

De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que
la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola.
Aquel día no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Después de
freír la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando
ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y
se fue a peinar, poniendo más cuidado en ello que otros días. Pasó el
tiempo; la cocina despedía múltiples y confundidos olores. ¡Dios, con
la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a
abrirle su amiga con semblante risueño. Ya estaba la mesa puesta, porque
la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia
con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tenía mucha hambre, y
ella le recomendó una chispita de paciencia. Se le había olvidado una
cosa muy importante, el vino, y bajaría a buscarlo. Pero Maximiliano se
prestó a desempeñar aquel servicio doméstico, y bajó más pronto que la
vista.

Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en
aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos
pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma
comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para
un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte
viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes
tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero
ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara
dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir
cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no
supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el
pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla.

Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del
arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras
cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy
_para entre sí_, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos,
que casarme con semejante hombre... ¿Pero no le ven, no le ven que ni
siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo
que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de
mí esa nariz de rabadilla».

«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este
cariñoso mote.

Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara.
Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de
dómine: «Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor
y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa
y en otras cosas más».

También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser
persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si
el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella
cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino
de cordilla!

Esta antipatía de Fortunata no estorbaba en ella la estimación, y con la
estimación mezclábase una lástima profunda de aquel desgraciado,
caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El
aprecio que le tenía, la gratitud, y aquella conmiseración inexplicable,
porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su
repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado
que Rubín habría conocido que el lindísimo entrecejo ocultaba algo. Pero
veía las cosas por el lente de sus ideas propias, y para él todo era
como debía ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el
almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversación
seria y oyendo advertencias y correcciones no la divertía mucho.
Gustábale más el trajín de recoger la loza y levantar la mesa, operación
en que puso la mano no bien tomaron el café. Y para estar más tiempo en
la cocina que en la sala, revisó los pucheros, y se puso a picar la
ensalada cuando aún no hacía falta. De rato en rato daba una vuelta por
la sala, donde Maximiliano se había puesto a estudiar. No le era fácil
aquel día fijar su atención en los libros. Estaba muy distraído, y cada
vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacéutica se desvanecía de
su mente. A pesar de esto quería que estuviese allí, y aun se enojó algo
por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. «Chica, no trabajes
tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y siéntate aquí».

«Es que si me pongo aquí no estudias, y lo que te conviene es estudiar
para que no pierdas el año--replicó ella--. ¡Pues si lo pierdes y tienes
que volverlo a estudiar...!».

Esta razón hizo efecto grande en el ánimo de Rubín. «No importa que
estés aquí. Con tal que no me hables, estudiaré. Viéndote, parece que
comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del
entendimiento. Te pones aquí, tú a tu costura, yo a mis libros. Cuando
me siento muy torpe, ¡pim!, te miro y al momento me despabilo».

Fortunata se rió un poco, y ausentándose un instante, trajo la costura.

«¿Sabes?--le dijo Rubín, apenas ella se sentó--. Mi hermano Juan Pablo
se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la tía Melitona. Mi tía
Lupe le escribió y antes de venir a Madrid se plantó allá. Escribe
diciendo que no habrá grandes dificultades».

--¿De veras?, ¡vamos!... Más vale así.

--Como lo oyes. Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano. Lo
que sí te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por
ti. Luego te quejarás de la Providencia. Porque cuanto más aseguradas
están las materialidades de la vida, más segura es la conservación del
honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son más que
pobreza, chica, pobreza. Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora
no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.

Fortunata hubiera dicho para sí: «¡Vaya un moralista que me ha salido!»
pero no tenía noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: «Ya estoy de
_misionero_ hasta aquí», usando la palabra _misionero_ con un sentido
doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubín
llamaba _su misión_.

--ix--.

Maximiliano comunicó a Olmedo sus planes de casamiento encargándole el
mayor sigilo, porque no convenía que se divulgasen antes de tiempo, para
evitar maledicencias tontas. Creyó el gran perdis que su amigo estaba
loco, y en el fondo de su alma le compadecía, aunque admiraba el
atrevimiento de Rubín para hacer la más grande y escandalosa calaverada
que se podía imaginar. ¡Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo
del _buen fin_, y en semejante acto había una mezcla horrenda de
ignominia y de abnegación sublime, un no sé qué de osadía y al mismo
tiempo de bajeza, que levantó al bueno de Rubín, a sus ojos, de aquel
fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubín podía ser un tonto; pero
no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con
la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es
que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad
del propósito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a él, Olmedo,
al perdulario de oficio, no se le había pasado nunca por la cabeza una
majadería de aquel calibre.

«Descuida, chico, lo que es por mí no lo sabrá nadie, ¡qué narices! Soy
tu amigo ¿sí o no?, pues basta ¡narices! Te doy mi palabra de honor;
estate tranquilo».

La palabra de _Ulmus sylvestris_, cuando se trataba de algo comprendido
en la jurisdicción de la picardía, era sagrada. Pero en aquella ocasión
pudo más el prurito chismográfico que el fuero del honor picaresco, y el
gran secreto fue revelado a Narciso Puerta _(Pseudo-Narcisus
odoripherus)_ con la mayor reserva, y previo juramento de no
transmitirlo a nadie. «Te lo digo en confianza, porque sé que ha de
quedar de ti para mí».

«Descuida, chico, no faltaba más... Ya tú me conoces».

En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción. Porque,
verdaderamente, ¿qué importaba confiar el secretillo a una sola persona,
a una sola, que de fijo no lo había de propalar?

«Te lo digo a ti sólo, porque sé que eres muy discreto--murmuró Narciso
al oído de su amigo Encinas _(Quercus gigantea)_--. Cuidado con lo que
te encargo... pero mucho cuidado. Sólo tú lo sabes. No tengamos un
disgusto».

--Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que
soy un sepulcro.

Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva
se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne
que guardarían aquel profundo arcano. «¡Pero qué cosas tiene usted,
Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que fuéramos chiquillas,
para ir con el cuento y comprometerle a usted...».

Pero una de aquellas señoras creía que era pecado mortal no indicar algo
a doña Lupe, porque esta al fin lo tenía que saber, y más valía
prepararla para tan tremendo golpe. ¡Pobre señora! Era un dolor verla
con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba.
Total, que la noticia llegó a la sutil oreja de doña Lupe a los tres
días de haber salido del labio tímido de _Rubinius vulgaris_.

Cuentan que doña Lupe se quedó un buen rato como quien ve visiones.
Después dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anómala
de su sobrino. ¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos
hombres! ¡Bah!, no sería cierto quizás. Y si lo era, pronto se había de
saber; porque, eso sí, a doña Lupe no se le apagaría en el cuerpo la
bomba, y aquella misma noche o al día siguiente por la mañana,
Maximiliano y ella se verían las caras... Que la señora viuda de
Jáuregui estaba volada, lo probó la inseguridad de su paso al recorrer
la distancia entre el domicilio de las de la Caña y el suyo. Hablaba
sola, y se le cayó el paraguas dos veces, y cuando se bajó a recogerlo,
se le cayó el pañuelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su
casa, entró en el próximo. ¡Como estuviera en casa el muy hipocritón, su
tía le iba a poner verde! Pero no estaría seguramente, porque eran las
once de la noche, y el señoritingo no entraba ya nunca antes de las doce
o la una... ¡Quién lo había de decir; pero quién lo había de decir...!,
aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan
fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a
los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo
que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París; aquel
hombre fallido enamorarse así, ¡y de quién!, ¡de una mujer perdida...!,
pero perdida... en toda la extensión de la palabra.

«¿Ha venido el señorito?» preguntó a su criada, y como esta le
contestara que no, frunció los labios en señal de impaciencia.

El desasosiego y la ira habrían llegado qué sé yo a dónde, si no se
desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la
cabeza, porque esta fue lo que más padeció en aquel achuchón. Ha de
saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal
belleza el cabello negro y abundante, en él ponía sus cinco sentidos. Se
peinaba con arte precoz, haciéndose sortijillas y patillas, y para
rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre
grueso, calentándolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas
por la mañana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no podía
ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse
con entera libertad a la peluquería elegante. Un pedazo de espejo, un
batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le
bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se había trabajado el
pelo con tanta perfección, que... «¡hija, ni que fueras a un baile!» se
había dicho ella a sí misma, con risa convulsiva, al mirarse en el
espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la podía mirar
toda.

«Puerca, fantasmona, mamarracho--gritó doña Lupe destruyendo con
manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla había hecho
en su cabeza--. En esto pasas el tiempo... ¿No te da vergüenza de andar
con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por
atusarte las crines? ¡Presumida, sinvergüenza! ¿Y la cartilla? Ni
siquiera la habrás mirado... Ya, ya te daré yo pelitos. Voy a llevarte
a la barbería y a raparte la cabeza, dejándotela como un huevo».

Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la
chica más terror.

«Eso, ahora el moquito y la lagrimita, después me envenenas la sangre
con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Estás
bonita... sí... Pero qué, ¿también te has echado pomada?».

Doña Lupe se olió la mano con que había estropeado impíamente el
criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hízolo con ademán tan
majestuoso, que es lástima no lo reprodujera un buen maestro de
escultura.

«Gorrina... me has pringado la mano... ¡Uy, qué pestilencia!... ¿De
dónde has sacado esta porquería?».

--Me la dio el _sito_ Maxi--respondió Papitos con humildad...

Esto llevó bruscamente las ideas de doña Lupe a la verdadera causa de su
ira. Ocurriósele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo
que agradeció mucho Papitos, porque de este modo tenía fin de inmediato
el sofoco que estaba pasando. «Vete a la cocina» le dijo la señora; y no
necesitó repetírselo, porque se escabulló como un ratoncillo que siente
ruido. Doña Lupe encendió luz en el cuarto de Maximiliano, y empezó a
observar. «¡Si encontrara alguna carta!--pensó--. ¡Pero quia! Ahora
recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un
animal en toda la extensión de la palabra».

Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de
comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las
llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su
sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por
ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación
policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano.
Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz
en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón
de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le
corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo
contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir
que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle
las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque
seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo.
También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le
sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo
estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió
hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo:

«Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las
cuentas...». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos,
cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito:
«¡Grandísimo pillo!... Pero tente boca. Quédese esto para mañana... A
dormir se ha dicho».

No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía.
Su imaginación agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tan
hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reducía a
proporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué?--decía alzando los
hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie--. He conocido una
mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta...
Pues estamos frescos... ¿Soy yo alguna máquina?... ¿no tengo mi libre
albedrío?... ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se sentía tan
fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la
alcoba de su tía, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este
jicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se
empeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia que
soy hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía,
que seguramente sería esta: «¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías de
ser...?».

Cuando el buen chico se levantó al día siguiente, que era domingo, ya
doña Lupe había vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la
verdad, no pudo pasarlo, porque se le había puesto en el epigastrio la
tirantez angustiosa, síntoma infalible de todas las situaciones
apuradas, lo mismo por causa de exámenes que por otro temor o sobresalto
cualquiera. Estaba lívido, y la señora debió de sentir lástima cuando le
vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de
juicio. La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que el
pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la
justicia. Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y una
gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de
casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no
compadecerle. Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes
remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla
oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza,
mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos
que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy
limpia. Una cómoda y el armario de luna de forma vulgar eran los
principales muebles. El sofá y sillería tenían forro de _crochet_ a
estilo de casa de huéspedes, todo hecho por la señora de la casa.

Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato
del difunto esposo de doña Lupe, colgado en el sitio presidencial, un
cuadrángano al óleo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de
Jáuregui, alias _el de los Pavos_, vestido de comandante de la Milicia
Nacional, con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando.
Pintura más chabacana no era posible imaginarla. El autor debía de ser
una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche.
Sostenía, no obstante, doña Lupe que el retrato de Jáuregui era una obra
maestra, y a cuantos lo contemplaban les hacía notar dos cosas
sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se
pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y
que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del
morrión, en una palabra, toda la parte metálica estaba pintada de la
manera más extraordinaria y magistral.

Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero
colgadas con tan poco sentimiento de la simetría, que se las creería
seres animados que andaban a su arbitrio por la pared.

«Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien--dijo doña Lupe mirando
severísimamente a su sobrino--. Siéntate que hay para rato».