Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su
mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos
tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le
parecían personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como
hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo
mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que
parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té
nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor
de barriga...!
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