EL AMANTE JAPONÉS - Isabel ALLENDE - 29 / LA CONFESIÓN.
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La confession.
Alma ne revint ni ce jour là ni le suivant à Lark House ; elle ne téléphona pas non plus pour prendre des nouvelles de Neko. Le chat n'avait pas mangé pendant trois jours, il avalait difficilement l'eau qu'Irina lui mettait dans la bouche avec une seringue ; le médicament n' avait pas fait son effet. Iba a recurrir a Lenny Beal para que la llevara al veterinario, pero apareció Seth Belasco en Lark House, fresco, afeitado, con ropa limpia y aire de contrición, avergonzado del episodio de la noche anterior.
—Acabo de enterarme de que el sake tiene un diecisiete por ciento de contenido alcohólico —dijo.
—¿Tienes tu moto? —lo interrumpió Irina.
—Sí. La encontré intacta donde la dejamos.
—Entonces llévame al veterinario.
Los atendió el doctor Kallet, el mismo que años antes había amputado la pata a Sofía. No era una coincidencia: el veterinario era voluntario de la organización que daba en adopción perros rumanos y Lenny se lo había recomendado a Alma. El doctor Kallet diagnosticó un bloqueo intestinal; el gato debía ser operado de inmediato, pero Irina no podía tomar esa decisión y el celular de Alma no respondía. Seth se hizo cargo, pagó el depósito de setecientos dólares que les exigieron y le entregó el gato a la enfermera. Poco después estaba con Irina en la cafetería donde ella había trabajado antes de entrar al servicio de Alma. Los recibió Tim, quien en tres años no había progresado.
Seth todavía tenía el estómago revuelto por el sake, pero se le había despejado la mente y había llegado a la conclusión de que su deber de cuidar a Irina no podía ser postergado. No estaba enamorado de la forma que antes lo había estado de otras mujeres, con una pasión posesiva sin espacio para la ternura. La deseaba y había esperado que ella iniciara el camino angosto del erotismo, pero su paciencia había sido inútil; era hora de pasar a la acción directa o renunciar definitivamente a ella. Algo en el pasado de Irina la frenaba, no cabía otra explicación para su temor visceral a la intimidad. Le tentaba la idea de recurrir a sus investigadores, pero había decidido que Irina no merecía esa deslealtad. Supuso que la incógnita se aclararía en algún momento y se tragó las preguntas, pero ya estaba harto de tantas consideraciones. Lo más urgente era sacarla de la guarida de ratones donde vivía. Había preparado sus argumentos como para enfrentarse a un jurado, pero cuando la tuvo al frente, con su cara de duende y su gorro lamentable, se le olvidó el discurso y le propuso bruscamente que se fuera a vivir con él.
132/201 —Mi apartamento es cómodo, me sobran metros cuadrados, tendrías tu habitación y baño privados. Gratis.
—¿A cambio de qué? —le preguntó ella, incrédula.
—De que trabajes para mí.
—¿En qué exactamente?
—En el libro sobre los Belasco. Se requiere mucha investigación y yo no tengo tiempo.
—Trabajo cuarenta horas a la semana en Lark House y doce más para tu abuela, además baño perros los fines de semana y pretendo empezar a estudiar de noche. Tengo menos tiempo que tú, Seth.
—Podrías dejar todo, menos a mi abuela, y dedicarte a mi libro. Tendrías donde vivir y un buen sueldo. Quiero probar cómo sería vivir con una mujer, nunca lo he hecho y más vale que practique un poco.
—Veo que te sorprendió mi cuarto. No quiero que me tengas lástima.
—No te tengo lástima. En este momento te tengo rabia.
—Pretendes que deje mi trabajo, mis ingresos seguros, la pieza con renta fija de Berkeley que me costó tanto conseguir, que me aloje en tu apartamento y me quede en la calle cuando te aburras de mí. Muy conveniente.
—¡No entiendes nada, Irina!
—Sí te entiendo, Seth. Quieres una secretaria con derecho a cama.
—¡Por Dios! No voy a rogarte, Irina, pero te advierto que estoy a punto de dar media vuelta y desaparecer de tu vida. Sabes lo que siento por ti, es obvio hasta para mi abuela.
—¿Alma? ¿Qué tiene que ver tu abuela con esto?
—Fue idea suya. Yo quería proponerte que nos casáramos y ya está, pero ella dijo que mejor probáramos vivir juntos un año o dos. Eso te daría tiempo para acostumbrarte a mí y a mis padres les daría tiempo para acostumbrarse al hecho de que no eres judía y eres pobre.
Irina no intentó contener el llanto. Escondió el rostro entre los brazos cruzados sobre la mesa, aturdida por el dolor de cabeza, que había aumentado durante esas horas, y confundida por una avalancha de emociones contrarias: cariño y agradecimiento hacia Seth, vergüenza por sus propias limitaciones, desesperación por su futuro. Ese hombre le ofrecía el amor de las novelas, pero no era para ella. Podía amar a los 133/201 ancianos de Lark House, a Alma Belasco, a algunos amigos, como su socio Tim, que en ese momento la miraba preocupado desde el mostrador, a sus abuelos instalados en el tronco de una secoya, a Neko, Sofía y las otras mascotas de la residencia; podía amar a Seth más que a nadie en la vida, pero no lo suficiente.
—¿Qué te pasa, Irina? —le preguntó Seth, desconcertado.
—No tiene nada que ver contigo. Son cosas del pasado.
—Cuéntamelo.
—¿Para qué? No tiene importancia —replicó ella, sonándose con una servilleta de papel.
—Tiene mucha importancia, Irina. Anoche quise tomarte la mano y casi me pegas. Claro que tenías razón, yo estaba hecho un cerdo.
Perdóname. No volverá a suceder, te lo prometo. Te he querido durante tres años, tú lo sabes muy bien. ¿Qué estás esperando para quererme tú a mí? Ten cuidado, mujer, mira que puedo conseguir otra chica de Moldavia, hay cientos de ellas dispuestas a casarse por un visado americano.
—Buena idea, Seth.
—Conmigo serías feliz, Irina. Soy el tipo más bueno del mundo, totalmente inofensivo.
—Ningún abogado americano en motocicleta es inofensivo, Seth. Pero reconozco que eres una persona fantástica.
—Entonces ¿aceptas?
—No puedo. Si conocieras mis razones, saldrías escapando.
—A ver si adivino: ¿tráfico de animales exóticos en vías de extinción? No importa. Ven a ver mi apartamento y después decides.
El apartamento, en un edificio moderno en el Embarcadero, con conserje y espejos biselados en el ascensor, era tan impecable que daba la impresión de estar deshabitado. Aparte de un sofá de cuero color espinaca, un televisor gigante, una mesa de vidrio con revistas y libros apilados en orden y unas lámparas danesas, no había más en ese Sáhara de ventanales y pisos de parqué oscuro. Nada de alfombras, cuadros, adornos o plantas. En la cocina predominaba una mesa de granito negro y una brillante colección de ollas y sartenes de cobre, sin uso, que colgaban de unos ganchos en el techo. Por curiosidad, Irina atisbó dentro del refrigerador y vio jugo de naranja, vino blanco y leche descremada.
134/201 —¿Alguna vez comes algo sólido, Seth?
—Sí, en la casa de mis viejos o en restaurantes. Aquí falta una mano femenina, como dice mi madre. ¿Tú sabes cocinar, Irina?
—Papas y repollo.
La habitación que según Seth la estaba esperando era aséptica y viril como el resto del apartamento, sólo contenía una cama ancha con un cobertor de lino crudo y almohadones en tres tonos de café, que no contribuían a alegrar el ambiente, una mesa de noche y una silla metálica. En la pared color arena colgaba una de las fotografías en blanco y negro de Alma tomada por Nathaniel Belasco, pero a diferencia de las otras, que a Irina le habían parecido tan reveladoras, en ésta se veía sólo su medio rostro dormido en una atmósfera nebulosa de ensueño. Era el único adorno que Irina había visto en el desierto de Seth.
—¿Cuánto tiempo hace que vives aquí? —le preguntó.
—Cinco años. ¿Te gusta?
—La vista es impresionante.
—Pero el apartamento te parece muy frío —concluyó Seth—. Bueno, si quieres hacer cambios, tendremos que ponernos de acuerdo en los detalles. Nada de flecos ni colores pastel, no van con mi personalidad, pero estoy dispuesto a hacer leves concesiones en la decoración. No ahora mismo, sino más adelante, cuando me supliques que me case contigo.
—Gracias, pero por el momento llévame al metro, tengo que volver a mi pieza. Creo que tengo gripe, me duele todo el cuerpo.
—No, señorita. Vamos a pedir comida china, ver una película y esperar que nos llame el doctor Kallet. Te voy a dar aspirina y té, eso ayuda.
Lástima que no tengo caldo de pollo, que es un remedio infalible.
—Perdona, pero ¿podría darme un baño? No lo he hecho desde hace años, uso las duchas del personal en Lark House.
Era una tarde luminosa y por el ventanal junto a la bañera se apreciaba el panorama de la ciudad bulliciosa, el tráfico, los veleros en la bahía, la multitud en las calles, a pie, en bicicleta, en patines, los clientes a las mesas bajo los toldos anaranjados de las veredas, la torre del reloj del Ferry Building. Tiritando, Irina se hundió hasta las orejas en el agua caliente y sintió cómo se le iban soltando los músculos agarrotados y relajando los huesos doloridos; bendijo una vez más el dinero y la generosidad de los Belasco. Poco después Seth le avisó desde el otro lado de la puerta de que había llegado la comida, pero siguió 135/201 remojándose media hora más. Por último se vistió sin ganas, somnolienta, mareada. El olor de los cartones con cerdo agridulce, chow mein y pato pequinés le produjo náuseas. Se acurrucó en el sofá, se quedó dormida y no despertó hasta varias horas más tarde, cuando había oscurecido tras las ventanas. Seth le había acomodado una almohada bajo la cabeza, la había tapado con una frazada y estaba sentado en una esquina del sofá viendo su segunda película de la noche —espías, crímenes internacionales y villanos de la mafia rusa—, con los pies de ella sobre sus rodillas.
—No quise despertarte. Llamó Kallet y dijo que Neko ha salido bien de la operación, pero tiene un tumor grande en el bazo y esto es el comienzo del final —le anunció.
—Pobre, espero que no esté sufriendo… —Kallet no dejará que sufra, Irina. ¿Cómo va el dolor de cabeza?
—No sé. Tengo mucho sueño. ¿No habrás drogado el té, verdad, Seth?
—Sí, le eché ketamina. ¿Por qué no te metes en la cama y duermes como se debe? Tienes fiebre.
La llevó a la habitación de la foto de Alma, le quitó los zapatos, la ayudó a acostarse, la arropó y luego se fue a terminar de ver su película. Al día siguiente Irina despertó tarde, después de haber sudado y dormido la fiebre; se sentía mejor, pero todavía tenía las piernas débiles.
Encontró una nota de Seth en la mesa negra de la cocina: «El café está listo para colarse, enciende la cafetera. Mi abuela volvió a Lark House y le conté lo de Neko. Ella va a avisar a Voigt de que estás enferma y no irás a trabajar. Descansa. Te llamaré más tarde. Besos. Tu futuro marido». También había un cartón de sopa de pollo con fideos, una cajita de frambuesas y una bolsa de papel con pan dulce de una pastelería cercana.
Seth regresó antes de las seis de la tarde, al salir de los tribunales, ansioso por ver a Irina. La había llamado varias veces por teléfono para comprobar que no se había ido, pero temía que en un impulso de última hora hubiera desaparecido. Al pensar en ella, la primera imagen que le venía a la mente era la de una liebre lista para salir disparada y la segunda era su rostro pálido, atento, la boca entreabierta, los ojos redondos de asombro, escuchando las historias de Alma, tragándoselas.
Apenas abrió la puerta, sintió la presencia de Irina. Antes de verla supo que estaba allí, el apartamento estaba habitado, la arena de las paredes parecía más cálida, el piso tenía un brillo satinado que nunca había notado, el aire mismo se había vuelto más amable. Ella salió a su encuentro con paso vacilante, los ojos hinchados de sueño y el cabello alborotado como una peluca blancuzca. Seth le abrió los brazos y ella, por primera vez, se refugió en ellos. Permanecieron abrazados un tiempo que para ella fue una eternidad y para él duró un suspiro; 136/201 después ella lo condujo de la mano al sofá. «Tenemos que hablar», le dijo.
Catherine Hope la había hecho prometer, después de escuchar su confesión, que se lo contaría a Seth, no sólo para arrancarse esa planta maligna que la envenenaba, sino también porque él merecía saber la verdad.
A finales del año 2000, el agente Ron Wilkins había colaborado con dos investigadores de Canadá para identificar el origen de cientos de imágenes, que circulaban por internet, de una niña de unos nueve años, sometida a tales excesos de depravación y violencia, que posiblemente no había sobrevivido. Eran las favoritas de los coleccionistas especializados en pornografía infantil, que compraban las fotos y vídeos privadamente a través de una red internacional. La explotación sexual de niños no era nada nuevo, había existido durante siglos con total impunidad, pero los agentes contaban con una ley, promulgada en 1978, que la declaraba ilegal en Estados Unidos. A partir de ese año la producción y distribución de fotografías y películas se redujo, porque las ganancias no justificaban los riesgos legales. Entonces vino internet y el mercado se expandió de forma incontrolable. Se calculaba que existían cientos de miles de sitios web dedicados a la pornografía infantil y más de veinte millones de consumidores, la mitad de ellos en Estados Unidos. El desafío consistía en descubrir a los clientes, pero lo más importante era echar el guante a los productores. El nombre en clave que le dieron al caso de la niña de cabello muy rubio, con orejas en punta y un hoyuelo en la barbilla, era Alice. El material era reciente.
Sospechaban que Alice podría ser mayor de lo que parecía, porque los productores procuraban que sus víctimas parecieran lo más jóvenes posible, como exigían los consumidores. Al cabo de quince meses de colaboración intensiva, Wilkins y los canadienses dieron con el rastro de uno de los coleccionistas, un cirujano plástico de Montreal. Allanaron su casa y su clínica, confiscaron sus computadoras y dieron con más de seiscientas imágenes, entre las que había dos fotografías y un vídeo de Alice. El cirujano fue arrestado y aceptó colaborar con las autoridades a cambio de una sentencia menos severa. Con la información y los contactos obtenidos, Wilkins se puso en acción. El macizo agente se describía a sí mismo como sabueso, decía que una vez que olfateaba una pista, nada podía distraerlo; la seguía hasta el final y no descansaba hasta atraparla. Haciéndose pasar por aficionado, descargó varias fotos de Alice, las modificó digitalmente para que parecieran originales y no se le viera la cara, aunque para los entendidos sería reconocible, y con ellas obtuvo acceso a la red usada por el coleccionista de Montreal.
Pronto consiguió varios interesados. Ya tenía la primera pista, el resto sería cuestión de nariz.
Una noche, en noviembre de 2002, Ron Wilkins tocó el timbre de una casa en un barrio modesto al sur de Dallas y Alice le abrió. La identificó al primer vistazo, era inconfundible. «Vengo a hablar con tus padres», le dijo con un suspiro de alivio, porque no estaba seguro de que la niña estuviera viva. Era uno de aquellos períodos afortunados en que Jim 137/201 Robyns estaba trabajando en otra ciudad y la niña se encontraba sola con su madre. El agente mostró su insignia del FBI y no esperó a ser invitado, empujó la puerta y se introdujo en la casa, directamente en la sala. Irina recordaría siempre ese momento como si acabara de vivirlo: el gigante negro, su olor a flores dulces, su voz profunda y lenta, sus manos grandes y finas de palmas rosadas. «¿Qué edad tienes?», le preguntó. Radmila iba por el segundo vodka y la tercera botella de cerveza, pero aún creía que estaba serena y trató de intervenir con el argumento de que su hija era menor de edad y las preguntas debían ser dirigidas a ella. Wilkins la calló con un gesto. «Voy a cumplir quince años», respondió Alice en un hilo de voz, como pillada en falta, y el hombre se estremeció porque su única hija, la luz de su vida, tenía la misma edad. Alice había tenido una infancia de privaciones, con insuficiencia de proteínas, se había desarrollado tarde y con su baja estatura y huesos delicados podía pasar fácilmente por una niña mucho menor. Wilkins calculó que si en ese momento Alice parecía tener doce años, en las primeras imágenes que habían circulado en internet representaría nueve o diez. «Déjame hablar a solas con tu madre», le pidió Wilkins, avergonzado. Pero en esos minutos Radmila había entrado en la etapa agresiva de la ebriedad e insistió a gritos en que su hija podía saber cualquier cosa que el agente tuviera que decir. «¿Verdad, Elisabeta?». La chiquilla asintió como hipnotizada, con la vista fija en la pared. «Lo lamento mucho, niña», dijo Wilkins y colocó sobre la mesa media docena de fotografías. Así se enfrentó Radmila a lo que había estado sucediendo en su propia casa durante más de dos años y se había negado a ver, y así se enteró Alice de que millones de hombres en todas partes del mundo la habían visto en los juegos privados con su padrastro. Llevaba años sintiéndose sucia, mala y culpable; después de ver las fotografías sobre la mesa quiso morirse. No había redención posible para ella.
Jim Robyns le había asegurado que esos juegos con el padre o con tíos eran normales, que muchos niños y niñas participaban en ellos de buena gana y agradecidos. Esos niños eran especiales. Pero nadie hablaba de eso, era un secreto bien guardado, y ella no debía mencionarlo nunca a nadie, ni a las amigas, ni a las maestras, ni menos al doctor, porque la gente diría que era pecadora, inmunda, iba a quedarse sola y sin amigos; hasta su propia madre la rechazaría, Radmila era muy celosa.
¿Por qué se resistía? ¿Quería regalos? ¿No? Bueno, entonces le pagaría como si ella fuera una mujercita adulta, no directamente a ella, sino a los abuelos. Él mismo se encargaría de enviar dinero a Moldavia a nombre de su nieta; ella debía escribirles una tarjeta para acompañar el dinero, pero sin decírselo a Radmila: eso también sería un secreto entre ellos dos. A veces los viejos necesitaban una remesa extra, tenían que reparar el techo o comprar otra cabra. No había problema; él era de buen corazón, comprendía que la vida era difícil en Moldavia, menos mal que Elisabeta había tenido la suerte de venir a América; pero no convenía establecer el precedente del dinero gratis, ella debía ganarlo, ¿verdad? Debía sonreír, eso no le costaba nada, debía ponerse la ropa que él le exigiera, debía someterse a las cuerdas y los hierros, debía beber ginebra para relajarse, con jugo de manzana para que no le quemara la garganta, pronto se iba a acostumbrar al sabor, ¿quería 138/201 más azúcar? A pesar del alcohol, las drogas y el miedo, en algún momento ella se dio cuenta de que había cámaras en el cobertizo de las herramientas, la «casita» de ellos dos, donde nadie, ni su madre, podía entrar. Robyns le juró que las fotos y los vídeos eran privados, le pertenecían sólo a él, nadie los vería nunca, él los guardaría de recuerdo para que lo acompañaran en unos años más, cuando ella se fuera al college .
¡Cómo la iba a echar de menos!
La presencia de ese negro desconocido, con sus manos grandes y sus ojos tristes y sus fotografías, probaba que su padrastro le había mentido. Todo lo ocurrido en la casita circulaba por internet y seguiría circulando, no se podía recoger o destruir, existiría para siempre. Cada minuto en alguna parte alguien la estaba violando, alguien estaría masturbándose con su sufrimiento. Durante el resto de su vida, dondequiera que fuera alguien podría reconocerla. No tenía escapatoria. El horror nunca terminaría. Siempre el olor a alcohol y el sabor a manzana la devolverían a la casita; siempre caminaría mirando por encima del hombro, escabulléndose; siempre sentiría repugnancia de ser tocada.
Esa noche, después de que Ron Wilkins se fue, la niña se encerró en su pieza, paralizada de terror y de asco, segura de que cuando regresara su padrastro la mataría, como le había advertido que haría si ella revelaba una sola palabra de los juegos. Morir era su única salida, pero no a manos de él, no de la forma lenta y atroz que él describía a menudo, siempre con nuevos detalles.
Entretanto Radmila se echó al cuerpo el resto de la botella de vodka, cayó inconsciente y pasó las diez horas siguientes tirada en el suelo de la cocina. Cuando se repuso un poco de la resaca arremetió a bofetadas contra su hija, la seductora, la puta que había pervertido a su marido.
La escena duró poco, porque en esos momentos llegó un patrullero con dos policías y una visitadora social, enviados por Wilkins. Arrestaron a Radmila y se llevaron a la niña a un hospital psiquiátrico infantil, mientras el Tribunal de Menores decidía qué hacer con ella. No volvería a ver a su madre ni a su padrastro.
Radmila tuvo tiempo de avisar a Jim Robyns de que lo buscaban y él se fugó del país, pero no contaba con Ron Wilkins, que pasó los cuatro años siguientes buscándolo por el mundo, hasta que dio con él en Jamaica y lo devolvió esposado a Estados Unidos. Su víctima no tuvo que verlo en el juicio, porque los abogados tomaron sus declaraciones en privado y la jueza la eximió de presentarse en los tribunales. Por ella la muchacha se enteró de que sus abuelos habían muerto y las remesas de dinero nunca fueron enviadas. Jim Robyns recibió una condena de diez años en prisión, sin libertad condicional.
—Le faltan tres años y dos meses. Cuando salga libre me buscará y no tendré dónde esconderme —concluyó Irina.
139/201 —No vas a tener que esconderte. Le impondrán una orden de alejamiento. Si se te acerca volverá a prisión. Yo estaré contigo y me voy a asegurar de que la orden se cumpla —replicó Seth.
—Pero ¿no ves que es imposible, Seth? En cualquier momento alguien de tu círculo, un socio, un amigo, un cliente, tu propio padre, puede reconocerme. Ahora mismo estoy en miles y miles de pantallas.
—No, Irina. Tú eres una mujer de veintiséis años y la que circula en internet es Alice, una niñita que ya no existe. Los pedófilos ya no se interesan en ti.
—Te equivocas. He tenido que huir varias veces de diferentes lugares porque algún desgraciado me persigue. De nada sirve que acuda a la policía, no pueden impedir que el tipo haga circular mis fotos. Pensaba que tiñéndome el pelo de negro o usando maquillaje pasaría inadvertida, pero no resultó; tengo una cara fácil de identificar y no ha cambiado mucho en estos años. Nunca estoy tranquila, Seth. Si tu familia me iba a rechazar porque soy pobre y no soy judía, ¿te imaginas cómo sería si descubrieran esto?
—Se lo diremos, Irina. Les va a costar un poco aceptarlo, pero creo que van a terminar queriéndote más por lo que has pasado. Son muy buena gente. Has tenido tiempo de sufrir; ahora debe comenzar el tiempo de sanar y perdonar.
—¿Perdonar, Seth?
—Si no lo haces, el rencor te va a destruir. Casi todas las heridas sanan con cariño, Irina. Tienes que amarte a ti misma y amarme a mí.
¿Estamos?
—Eso dijo Cathy.
—Hazle caso, esa mujer sabe mucho. Déjame ayudarte. No soy ningún sabio, pero soy buen compañero y te he dado muestras sobradas de tenacidad. Nunca me doy por vencido. Resígnate, Irina, no pienso dejarte en paz. ¿Sientes mi corazón? Está llamándote —le dijo, tomándole la mano y llevándosela al pecho.
—Hay algo más, Seth.
—¿Más todavía?
—Desde que el agente Wilkins me salvó de mi padrastro, nadie me ha tocado… Ya sabes a qué me refiero. He estado sola y lo prefiero así.
—Bueno, Irina, eso tendrá que cambiar, pero iremos con calma. Lo que pasó no tiene nada que ver con el amor y nunca más volverá a sucederte. Tampoco tiene que ver con nosotros. Una vez me dijiste que 140/201 los viejos hacen el amor sin prisa. No es mala idea. Vamos a querernos como un par de abuelitos, ¿qué te parece?
—No creo que resulte, Seth.
—Entonces tendremos que ir a terapia. Venga, mujer, deja de llorar.
¿Tienes hambre? Péinate un poco, vamos a salir a comer y hablar de los pecados de mi abuela, eso siempre nos levanta el ánimo.
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La confesión.
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—¿Tienes tu moto?
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—lo interrumpió Irina.
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—Sí.
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La encontré intacta donde la dejamos.
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—Entonces llévame al veterinario.
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Los recibió Tim, quien en tres años no había progresado.
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Lo más urgente era sacarla de la guarida de ratones donde vivía.
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Gratis.
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—¿A cambio de qué?
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—le preguntó ella, incrédula.
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—De que trabajes para mí.
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—¿En qué exactamente?
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—En el libro sobre los Belasco.
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Se requiere mucha investigación y yo no tengo tiempo.
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Tengo menos tiempo que tú, Seth.
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—Podrías dejar todo, menos a mi abuela, y dedicarte a mi libro.
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Tendrías donde vivir y un buen sueldo.
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—Veo que te sorprendió mi cuarto.
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No quiero que me tengas lástima.
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—No te tengo lástima.
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En este momento te tengo rabia.
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Muy conveniente.
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—¡No entiendes nada, Irina!
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—Sí te entiendo, Seth.
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Quieres una secretaria con derecho a cama.
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—¡Por Dios!
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Sabes lo que siento por ti, es obvio hasta para mi abuela.
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—¿Alma?
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¿Qué tiene que ver tu abuela con esto?
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—Fue idea suya.
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Irina no intentó contener el llanto.
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Ese hombre le ofrecía el amor de las novelas, pero no era para ella.
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—¿Qué te pasa, Irina?
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—le preguntó Seth, desconcertado.
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—No tiene nada que ver contigo.
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Son cosas del pasado.
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—Cuéntamelo.
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—¿Para qué?
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—Tiene mucha importancia, Irina.
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Anoche quise tomarte la mano y casi me pegas.
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Claro que tenías razón, yo estaba hecho un cerdo.
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Perdóname.
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No volverá a suceder, te lo prometo.
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Te he querido durante tres años, tú lo sabes muy bien.
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¿Qué estás esperando para quererme tú a mí?
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—Buena idea, Seth.
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—Conmigo serías feliz, Irina.
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Soy el tipo más bueno del mundo, totalmente inofensivo.
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—Ningún abogado americano en motocicleta es inofensivo, Seth.
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Pero reconozco que eres una persona fantástica.
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—Entonces ¿aceptas?
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—No puedo.
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Si conocieras mis razones, saldrías escapando.
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No importa.
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Ven a ver mi apartamento y después decides.
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Nada de alfombras, cuadros, adornos o plantas.
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134/201 —¿Alguna vez comes algo sólido, Seth?
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—Sí, en la casa de mis viejos o en restaurantes.
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Aquí falta una mano femenina, como dice mi madre.
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¿Tú sabes cocinar, Irina?
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—Papas y repollo.
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Era el único adorno que Irina había visto en el desierto de Seth.
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—¿Cuánto tiempo hace que vives aquí?
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—le preguntó.
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—Cinco años.
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¿Te gusta?
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—La vista es impresionante.
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—Pero el apartamento te parece muy frío —concluyó Seth—.
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Creo que tengo gripe, me duele todo el cuerpo.
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—No, señorita.
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Te voy a dar aspirina y té, eso ayuda.
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unit 112
Lástima que no tengo caldo de pollo, que es un remedio infalible.
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unit 113
—Perdona, pero ¿podría darme un baño?
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unit 118
Por último se vistió sin ganas, somnolienta, mareada.
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unit 122
—No quise despertarte.
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unit 125
¿Cómo va el dolor de cabeza?
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unit 126
—No sé.
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Tengo mucho sueño.
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¿No habrás drogado el té, verdad, Seth?
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—Sí, le eché ketamina.
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¿Por qué no te metes en la cama y duermes como se debe?
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Tienes fiebre.
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Mi abuela volvió a Lark House y le conté lo de Neko.
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Ella va a avisar a Voigt de que estás enferma y no irás a trabajar.
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Descansa.
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Te llamaré más tarde.
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Besos.
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Tu futuro marido».
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Apenas abrió la puerta, sintió la presencia de Irina.
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Seth le abrió los brazos y ella, por primera vez, se refugió en ellos.
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«Tenemos que hablar», le dijo.
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unit 156
Entonces vino internet y el mercado se expandió de forma incontrolable.
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El material era reciente.
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Pronto consiguió varios interesados.
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Ya tenía la primera pista, el resto sería cuestión de nariz.
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La identificó al primer vistazo, era inconfundible.
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«¿Qué edad tienes?», le preguntó.
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Wilkins la calló con un gesto.
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«Déjame hablar a solas con tu madre», le pidió Wilkins, avergonzado.
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«¿Verdad, Elisabeta?».
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unit 185
La chiquilla asintió como hipnotizada, con la vista fija en la pared.
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No había redención posible para ella.
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Esos niños eran especiales.
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¿Por qué se resistía?
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¿Quería regalos?
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¿No?
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unit 203
¡Cómo la iba a echar de menos!
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No tenía escapatoria.
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unit 209
El horror nunca terminaría.
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unit 217
No volvería a ver a su madre ni a su padrastro.
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—Le faltan tres años y dos meses.
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unit 224
139/201 —No vas a tener que esconderte.
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unit 225
Le impondrán una orden de alejamiento.
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unit 226
Si se te acerca volverá a prisión.
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unit 228
—Pero ¿no ves que es imposible, Seth?
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Ahora mismo estoy en miles y miles de pantallas.
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—No, Irina.
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unit 233
Los pedófilos ya no se interesan en ti.
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unit 234
—Te equivocas.
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unit 238
Nunca estoy tranquila, Seth.
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unit 240
—Se lo diremos, Irina.
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unit 242
Son muy buena gente.
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unit 244
—¿Perdonar, Seth?
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—Si no lo haces, el rencor te va a destruir.
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unit 246
Casi todas las heridas sanan con cariño, Irina.
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unit 247
Tienes que amarte a ti misma y amarme a mí.
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¿Estamos?
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—Eso dijo Cathy.
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—Hazle caso, esa mujer sabe mucho.
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Déjame ayudarte.
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Nunca me doy por vencido.
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Resígnate, Irina, no pienso dejarte en paz.
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¿Sientes mi corazón?
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—Hay algo más, Seth.
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—¿Más todavía?
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He estado sola y lo prefiero así.
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—Bueno, Irina, eso tendrá que cambiar, pero iremos con calma.
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Tampoco tiene que ver con nosotros.
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Una vez me dijiste que 140/201 los viejos hacen el amor sin prisa.
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No es mala idea.
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Vamos a querernos como un par de abuelitos, ¿qué te parece?
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—No creo que resulte, Seth.
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—Entonces tendremos que ir a terapia.
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unit 269
Venga, mujer, deja de llorar.
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¿Tienes hambre?
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La confesión.
Alma no llegó ese día a Lark House ni el siguiente, y tampoco llamó por
teléfono para preguntar por Neko. El gato no había comido durante tres
días y apenas tragaba el agua que Irina le metía por el hocico con una
jeringa; el medicamento no le había hecho efecto. Iba a recurrir a Lenny
Beal para que la llevara al veterinario, pero apareció Seth Belasco en
Lark House, fresco, afeitado, con ropa limpia y aire de contrición,
avergonzado del episodio de la noche anterior.
—Acabo de enterarme de que el sake tiene un diecisiete por ciento de
contenido alcohólico —dijo.
—¿Tienes tu moto? —lo interrumpió Irina.
—Sí. La encontré intacta donde la dejamos.
—Entonces llévame al veterinario.
Los atendió el doctor Kallet, el mismo que años antes había amputado la
pata a Sofía. No era una coincidencia: el veterinario era voluntario de la
organización que daba en adopción perros rumanos y Lenny se lo había
recomendado a Alma. El doctor Kallet diagnosticó un bloqueo intestinal;
el gato debía ser operado de inmediato, pero Irina no podía tomar esa
decisión y el celular de Alma no respondía. Seth se hizo cargo, pagó el
depósito de setecientos dólares que les exigieron y le entregó el gato a la
enfermera. Poco después estaba con Irina en la cafetería donde ella
había trabajado antes de entrar al servicio de Alma. Los recibió Tim,
quien en tres años no había progresado.
Seth todavía tenía el estómago revuelto por el sake, pero se le había
despejado la mente y había llegado a la conclusión de que su deber de
cuidar a Irina no podía ser postergado. No estaba enamorado de la
forma que antes lo había estado de otras mujeres, con una pasión
posesiva sin espacio para la ternura. La deseaba y había esperado que
ella iniciara el camino angosto del erotismo, pero su paciencia había
sido inútil; era hora de pasar a la acción directa o renunciar
definitivamente a ella. Algo en el pasado de Irina la frenaba, no cabía
otra explicación para su temor visceral a la intimidad. Le tentaba la
idea de recurrir a sus investigadores, pero había decidido que Irina no
merecía esa deslealtad. Supuso que la incógnita se aclararía en algún
momento y se tragó las preguntas, pero ya estaba harto de tantas
consideraciones. Lo más urgente era sacarla de la guarida de ratones
donde vivía. Había preparado sus argumentos como para enfrentarse a
un jurado, pero cuando la tuvo al frente, con su cara de duende y su
gorro lamentable, se le olvidó el discurso y le propuso bruscamente que
se fuera a vivir con él.
132/201
—Mi apartamento es cómodo, me sobran metros cuadrados, tendrías tu
habitación y baño privados. Gratis.
—¿A cambio de qué? —le preguntó ella, incrédula.
—De que trabajes para mí.
—¿En qué exactamente?
—En el libro sobre los Belasco. Se requiere mucha investigación y yo no
tengo tiempo.
—Trabajo cuarenta horas a la semana en Lark House y doce más para
tu abuela, además baño perros los fines de semana y pretendo empezar
a estudiar de noche. Tengo menos tiempo que tú, Seth.
—Podrías dejar todo, menos a mi abuela, y dedicarte a mi libro. Tendrías
donde vivir y un buen sueldo. Quiero probar cómo sería vivir con una
mujer, nunca lo he hecho y más vale que practique un poco.
—Veo que te sorprendió mi cuarto. No quiero que me tengas lástima.
—No te tengo lástima. En este momento te tengo rabia.
—Pretendes que deje mi trabajo, mis ingresos seguros, la pieza con
renta fija de Berkeley que me costó tanto conseguir, que me aloje en tu
apartamento y me quede en la calle cuando te aburras de mí. Muy
conveniente.
—¡No entiendes nada, Irina!
—Sí te entiendo, Seth. Quieres una secretaria con derecho a cama.
—¡Por Dios! No voy a rogarte, Irina, pero te advierto que estoy a punto
de dar media vuelta y desaparecer de tu vida. Sabes lo que siento por ti,
es obvio hasta para mi abuela.
—¿Alma? ¿Qué tiene que ver tu abuela con esto?
—Fue idea suya. Yo quería proponerte que nos casáramos y ya está,
pero ella dijo que mejor probáramos vivir juntos un año o dos. Eso te
daría tiempo para acostumbrarte a mí y a mis padres les daría tiempo
para acostumbrarse al hecho de que no eres judía y eres pobre.
Irina no intentó contener el llanto. Escondió el rostro entre los brazos
cruzados sobre la mesa, aturdida por el dolor de cabeza, que había
aumentado durante esas horas, y confundida por una avalancha de
emociones contrarias: cariño y agradecimiento hacia Seth, vergüenza
por sus propias limitaciones, desesperación por su futuro. Ese hombre le
ofrecía el amor de las novelas, pero no era para ella. Podía amar a los
133/201
ancianos de Lark House, a Alma Belasco, a algunos amigos, como su
socio Tim, que en ese momento la miraba preocupado desde el
mostrador, a sus abuelos instalados en el tronco de una secoya, a Neko,
Sofía y las otras mascotas de la residencia; podía amar a Seth más que
a nadie en la vida, pero no lo suficiente.
—¿Qué te pasa, Irina? —le preguntó Seth, desconcertado.
—No tiene nada que ver contigo. Son cosas del pasado.
—Cuéntamelo.
—¿Para qué? No tiene importancia —replicó ella, sonándose con una
servilleta de papel.
—Tiene mucha importancia, Irina. Anoche quise tomarte la mano y casi
me pegas. Claro que tenías razón, yo estaba hecho un cerdo.
Perdóname. No volverá a suceder, te lo prometo. Te he querido durante
tres años, tú lo sabes muy bien. ¿Qué estás esperando para quererme tú
a mí? Ten cuidado, mujer, mira que puedo conseguir otra chica de
Moldavia, hay cientos de ellas dispuestas a casarse por un visado
americano.
—Buena idea, Seth.
—Conmigo serías feliz, Irina. Soy el tipo más bueno del mundo,
totalmente inofensivo.
—Ningún abogado americano en motocicleta es inofensivo, Seth. Pero
reconozco que eres una persona fantástica.
—Entonces ¿aceptas?
—No puedo. Si conocieras mis razones, saldrías escapando.
—A ver si adivino: ¿tráfico de animales exóticos en vías de extinción? No
importa. Ven a ver mi apartamento y después decides.
El apartamento, en un edificio moderno en el Embarcadero, con
conserje y espejos biselados en el ascensor, era tan impecable que daba
la impresión de estar deshabitado. Aparte de un sofá de cuero color
espinaca, un televisor gigante, una mesa de vidrio con revistas y libros
apilados en orden y unas lámparas danesas, no había más en ese
Sáhara de ventanales y pisos de parqué oscuro. Nada de alfombras,
cuadros, adornos o plantas. En la cocina predominaba una mesa de
granito negro y una brillante colección de ollas y sartenes de cobre, sin
uso, que colgaban de unos ganchos en el techo. Por curiosidad, Irina
atisbó dentro del refrigerador y vio jugo de naranja, vino blanco y leche
descremada.
134/201
—¿Alguna vez comes algo sólido, Seth?
—Sí, en la casa de mis viejos o en restaurantes. Aquí falta una mano
femenina, como dice mi madre. ¿Tú sabes cocinar, Irina?
—Papas y repollo.
La habitación que según Seth la estaba esperando era aséptica y viril
como el resto del apartamento, sólo contenía una cama ancha con un
cobertor de lino crudo y almohadones en tres tonos de café, que no
contribuían a alegrar el ambiente, una mesa de noche y una silla
metálica. En la pared color arena colgaba una de las fotografías en
blanco y negro de Alma tomada por Nathaniel Belasco, pero a
diferencia de las otras, que a Irina le habían parecido tan reveladoras,
en ésta se veía sólo su medio rostro dormido en una atmósfera nebulosa
de ensueño. Era el único adorno que Irina había visto en el desierto de
Seth.
—¿Cuánto tiempo hace que vives aquí? —le preguntó.
—Cinco años. ¿Te gusta?
—La vista es impresionante.
—Pero el apartamento te parece muy frío —concluyó Seth—. Bueno, si
quieres hacer cambios, tendremos que ponernos de acuerdo en los
detalles. Nada de flecos ni colores pastel, no van con mi personalidad,
pero estoy dispuesto a hacer leves concesiones en la decoración. No
ahora mismo, sino más adelante, cuando me supliques que me case
contigo.
—Gracias, pero por el momento llévame al metro, tengo que volver a mi
pieza. Creo que tengo gripe, me duele todo el cuerpo.
—No, señorita. Vamos a pedir comida china, ver una película y esperar
que nos llame el doctor Kallet. Te voy a dar aspirina y té, eso ayuda.
Lástima que no tengo caldo de pollo, que es un remedio infalible.
—Perdona, pero ¿podría darme un baño? No lo he hecho desde hace
años, uso las duchas del personal en Lark House.
Era una tarde luminosa y por el ventanal junto a la bañera se apreciaba
el panorama de la ciudad bulliciosa, el tráfico, los veleros en la bahía, la
multitud en las calles, a pie, en bicicleta, en patines, los clientes a las
mesas bajo los toldos anaranjados de las veredas, la torre del reloj del
Ferry Building. Tiritando, Irina se hundió hasta las orejas en el agua
caliente y sintió cómo se le iban soltando los músculos agarrotados y
relajando los huesos doloridos; bendijo una vez más el dinero y la
generosidad de los Belasco. Poco después Seth le avisó desde el otro
lado de la puerta de que había llegado la comida, pero siguió
135/201
remojándose media hora más. Por último se vistió sin ganas,
somnolienta, mareada. El olor de los cartones con cerdo agridulce,
chow mein y pato pequinés le produjo náuseas. Se acurrucó en el sofá,
se quedó dormida y no despertó hasta varias horas más tarde, cuando
había oscurecido tras las ventanas. Seth le había acomodado una
almohada bajo la cabeza, la había tapado con una frazada y estaba
sentado en una esquina del sofá viendo su segunda película de la noche
—espías, crímenes internacionales y villanos de la mafia rusa—, con los
pies de ella sobre sus rodillas.
—No quise despertarte. Llamó Kallet y dijo que Neko ha salido bien de
la operación, pero tiene un tumor grande en el bazo y esto es el
comienzo del final —le anunció.
—Pobre, espero que no esté sufriendo…
—Kallet no dejará que sufra, Irina. ¿Cómo va el dolor de cabeza?
—No sé. Tengo mucho sueño. ¿No habrás drogado el té, verdad, Seth?
—Sí, le eché ketamina. ¿Por qué no te metes en la cama y duermes como
se debe? Tienes fiebre.
La llevó a la habitación de la foto de Alma, le quitó los zapatos, la ayudó
a acostarse, la arropó y luego se fue a terminar de ver su película. Al
día siguiente Irina despertó tarde, después de haber sudado y dormido
la fiebre; se sentía mejor, pero todavía tenía las piernas débiles.
Encontró una nota de Seth en la mesa negra de la cocina: «El café está
listo para colarse, enciende la cafetera. Mi abuela volvió a Lark House y
le conté lo de Neko. Ella va a avisar a Voigt de que estás enferma y no
irás a trabajar. Descansa. Te llamaré más tarde. Besos. Tu futuro
marido». También había un cartón de sopa de pollo con fideos, una
cajita de frambuesas y una bolsa de papel con pan dulce de una
pastelería cercana.
Seth regresó antes de las seis de la tarde, al salir de los tribunales,
ansioso por ver a Irina. La había llamado varias veces por teléfono para
comprobar que no se había ido, pero temía que en un impulso de última
hora hubiera desaparecido. Al pensar en ella, la primera imagen que le
venía a la mente era la de una liebre lista para salir disparada y la
segunda era su rostro pálido, atento, la boca entreabierta, los ojos
redondos de asombro, escuchando las historias de Alma, tragándoselas.
Apenas abrió la puerta, sintió la presencia de Irina. Antes de verla supo
que estaba allí, el apartamento estaba habitado, la arena de las paredes
parecía más cálida, el piso tenía un brillo satinado que nunca había
notado, el aire mismo se había vuelto más amable. Ella salió a su
encuentro con paso vacilante, los ojos hinchados de sueño y el cabello
alborotado como una peluca blancuzca. Seth le abrió los brazos y ella,
por primera vez, se refugió en ellos. Permanecieron abrazados un
tiempo que para ella fue una eternidad y para él duró un suspiro;
136/201
después ella lo condujo de la mano al sofá. «Tenemos que hablar», le
dijo.
Catherine Hope la había hecho prometer, después de escuchar su
confesión, que se lo contaría a Seth, no sólo para arrancarse esa planta
maligna que la envenenaba, sino también porque él merecía saber la
verdad.
A finales del año 2000, el agente Ron Wilkins había colaborado con dos
investigadores de Canadá para identificar el origen de cientos de
imágenes, que circulaban por internet, de una niña de unos nueve años,
sometida a tales excesos de depravación y violencia, que posiblemente
no había sobrevivido. Eran las favoritas de los coleccionistas
especializados en pornografía infantil, que compraban las fotos y vídeos
privadamente a través de una red internacional. La explotación sexual
de niños no era nada nuevo, había existido durante siglos con total
impunidad, pero los agentes contaban con una ley, promulgada en 1978,
que la declaraba ilegal en Estados Unidos. A partir de ese año la
producción y distribución de fotografías y películas se redujo, porque
las ganancias no justificaban los riesgos legales. Entonces vino internet
y el mercado se expandió de forma incontrolable. Se calculaba que
existían cientos de miles de sitios web dedicados a la pornografía
infantil y más de veinte millones de consumidores, la mitad de ellos en
Estados Unidos. El desafío consistía en descubrir a los clientes, pero lo
más importante era echar el guante a los productores. El nombre en
clave que le dieron al caso de la niña de cabello muy rubio, con orejas
en punta y un hoyuelo en la barbilla, era Alice. El material era reciente.
Sospechaban que Alice podría ser mayor de lo que parecía, porque los
productores procuraban que sus víctimas parecieran lo más jóvenes
posible, como exigían los consumidores. Al cabo de quince meses de
colaboración intensiva, Wilkins y los canadienses dieron con el rastro de
uno de los coleccionistas, un cirujano plástico de Montreal. Allanaron su
casa y su clínica, confiscaron sus computadoras y dieron con más de
seiscientas imágenes, entre las que había dos fotografías y un vídeo de
Alice. El cirujano fue arrestado y aceptó colaborar con las autoridades
a cambio de una sentencia menos severa. Con la información y los
contactos obtenidos, Wilkins se puso en acción. El macizo agente se
describía a sí mismo como sabueso, decía que una vez que olfateaba una
pista, nada podía distraerlo; la seguía hasta el final y no descansaba
hasta atraparla. Haciéndose pasar por aficionado, descargó varias
fotos de Alice, las modificó digitalmente para que parecieran originales
y no se le viera la cara, aunque para los entendidos sería reconocible, y
con ellas obtuvo acceso a la red usada por el coleccionista de Montreal.
Pronto consiguió varios interesados. Ya tenía la primera pista, el resto
sería cuestión de nariz.
Una noche, en noviembre de 2002, Ron Wilkins tocó el timbre de una
casa en un barrio modesto al sur de Dallas y Alice le abrió. La identificó
al primer vistazo, era inconfundible. «Vengo a hablar con tus padres», le
dijo con un suspiro de alivio, porque no estaba seguro de que la niña
estuviera viva. Era uno de aquellos períodos afortunados en que Jim
137/201
Robyns estaba trabajando en otra ciudad y la niña se encontraba sola
con su madre. El agente mostró su insignia del FBI y no esperó a ser
invitado, empujó la puerta y se introdujo en la casa, directamente en la
sala. Irina recordaría siempre ese momento como si acabara de vivirlo:
el gigante negro, su olor a flores dulces, su voz profunda y lenta, sus
manos grandes y finas de palmas rosadas. «¿Qué edad tienes?», le
preguntó. Radmila iba por el segundo vodka y la tercera botella de
cerveza, pero aún creía que estaba serena y trató de intervenir con el
argumento de que su hija era menor de edad y las preguntas debían ser
dirigidas a ella. Wilkins la calló con un gesto. «Voy a cumplir quince
años», respondió Alice en un hilo de voz, como pillada en falta, y el
hombre se estremeció porque su única hija, la luz de su vida, tenía la
misma edad. Alice había tenido una infancia de privaciones, con
insuficiencia de proteínas, se había desarrollado tarde y con su baja
estatura y huesos delicados podía pasar fácilmente por una niña mucho
menor. Wilkins calculó que si en ese momento Alice parecía tener doce
años, en las primeras imágenes que habían circulado en internet
representaría nueve o diez. «Déjame hablar a solas con tu madre», le
pidió Wilkins, avergonzado. Pero en esos minutos Radmila había entrado
en la etapa agresiva de la ebriedad e insistió a gritos en que su hija
podía saber cualquier cosa que el agente tuviera que decir. «¿Verdad,
Elisabeta?». La chiquilla asintió como hipnotizada, con la vista fija en la
pared. «Lo lamento mucho, niña», dijo Wilkins y colocó sobre la mesa
media docena de fotografías. Así se enfrentó Radmila a lo que había
estado sucediendo en su propia casa durante más de dos años y se había
negado a ver, y así se enteró Alice de que millones de hombres en todas
partes del mundo la habían visto en los juegos privados con su
padrastro. Llevaba años sintiéndose sucia, mala y culpable; después de
ver las fotografías sobre la mesa quiso morirse. No había redención
posible para ella.
Jim Robyns le había asegurado que esos juegos con el padre o con tíos
eran normales, que muchos niños y niñas participaban en ellos de buena
gana y agradecidos. Esos niños eran especiales. Pero nadie hablaba de
eso, era un secreto bien guardado, y ella no debía mencionarlo nunca a
nadie, ni a las amigas, ni a las maestras, ni menos al doctor, porque la
gente diría que era pecadora, inmunda, iba a quedarse sola y sin
amigos; hasta su propia madre la rechazaría, Radmila era muy celosa.
¿Por qué se resistía? ¿Quería regalos? ¿No? Bueno, entonces le pagaría
como si ella fuera una mujercita adulta, no directamente a ella, sino a
los abuelos. Él mismo se encargaría de enviar dinero a Moldavia a
nombre de su nieta; ella debía escribirles una tarjeta para acompañar el
dinero, pero sin decírselo a Radmila: eso también sería un secreto entre
ellos dos. A veces los viejos necesitaban una remesa extra, tenían que
reparar el techo o comprar otra cabra. No había problema; él era de
buen corazón, comprendía que la vida era difícil en Moldavia, menos
mal que Elisabeta había tenido la suerte de venir a América; pero no
convenía establecer el precedente del dinero gratis, ella debía ganarlo,
¿verdad? Debía sonreír, eso no le costaba nada, debía ponerse la ropa
que él le exigiera, debía someterse a las cuerdas y los hierros, debía
beber ginebra para relajarse, con jugo de manzana para que no le
quemara la garganta, pronto se iba a acostumbrar al sabor, ¿quería
138/201
más azúcar? A pesar del alcohol, las drogas y el miedo, en algún
momento ella se dio cuenta de que había cámaras en el cobertizo de las
herramientas, la «casita» de ellos dos, donde nadie, ni su madre, podía
entrar. Robyns le juró que las fotos y los vídeos eran privados, le
pertenecían sólo a él, nadie los vería nunca, él los guardaría de
recuerdo para que lo acompañaran en unos años más, cuando ella se
fuera al college .
¡Cómo la iba a echar de menos!
La presencia de ese negro desconocido, con sus manos grandes y sus
ojos tristes y sus fotografías, probaba que su padrastro le había
mentido. Todo lo ocurrido en la casita circulaba por internet y seguiría
circulando, no se podía recoger o destruir, existiría para siempre. Cada
minuto en alguna parte alguien la estaba violando, alguien estaría
masturbándose con su sufrimiento. Durante el resto de su vida,
dondequiera que fuera alguien podría reconocerla. No tenía
escapatoria. El horror nunca terminaría. Siempre el olor a alcohol y el
sabor a manzana la devolverían a la casita; siempre caminaría mirando
por encima del hombro, escabulléndose; siempre sentiría repugnancia
de ser tocada.
Esa noche, después de que Ron Wilkins se fue, la niña se encerró en su
pieza, paralizada de terror y de asco, segura de que cuando regresara
su padrastro la mataría, como le había advertido que haría si ella
revelaba una sola palabra de los juegos. Morir era su única salida, pero
no a manos de él, no de la forma lenta y atroz que él describía a
menudo, siempre con nuevos detalles.
Entretanto Radmila se echó al cuerpo el resto de la botella de vodka,
cayó inconsciente y pasó las diez horas siguientes tirada en el suelo de
la cocina. Cuando se repuso un poco de la resaca arremetió a bofetadas
contra su hija, la seductora, la puta que había pervertido a su marido.
La escena duró poco, porque en esos momentos llegó un patrullero con
dos policías y una visitadora social, enviados por Wilkins. Arrestaron a
Radmila y se llevaron a la niña a un hospital psiquiátrico infantil,
mientras el Tribunal de Menores decidía qué hacer con ella. No volvería
a ver a su madre ni a su padrastro.
Radmila tuvo tiempo de avisar a Jim Robyns de que lo buscaban y él se
fugó del país, pero no contaba con Ron Wilkins, que pasó los cuatro
años siguientes buscándolo por el mundo, hasta que dio con él en
Jamaica y lo devolvió esposado a Estados Unidos. Su víctima no tuvo
que verlo en el juicio, porque los abogados tomaron sus declaraciones
en privado y la jueza la eximió de presentarse en los tribunales. Por ella
la muchacha se enteró de que sus abuelos habían muerto y las remesas
de dinero nunca fueron enviadas. Jim Robyns recibió una condena de
diez años en prisión, sin libertad condicional.
—Le faltan tres años y dos meses. Cuando salga libre me buscará y no
tendré dónde esconderme —concluyó Irina.
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—No vas a tener que esconderte. Le impondrán una orden de
alejamiento. Si se te acerca volverá a prisión. Yo estaré contigo y me voy
a asegurar de que la orden se cumpla —replicó Seth.
—Pero ¿no ves que es imposible, Seth? En cualquier momento alguien de
tu círculo, un socio, un amigo, un cliente, tu propio padre, puede
reconocerme. Ahora mismo estoy en miles y miles de pantallas.
—No, Irina. Tú eres una mujer de veintiséis años y la que circula en
internet es Alice, una niñita que ya no existe. Los pedófilos ya no se
interesan en ti.
—Te equivocas. He tenido que huir varias veces de diferentes lugares
porque algún desgraciado me persigue. De nada sirve que acuda a la
policía, no pueden impedir que el tipo haga circular mis fotos. Pensaba
que tiñéndome el pelo de negro o usando maquillaje pasaría inadvertida,
pero no resultó; tengo una cara fácil de identificar y no ha cambiado
mucho en estos años. Nunca estoy tranquila, Seth. Si tu familia me iba a
rechazar porque soy pobre y no soy judía, ¿te imaginas cómo sería si
descubrieran esto?
—Se lo diremos, Irina. Les va a costar un poco aceptarlo, pero creo que
van a terminar queriéndote más por lo que has pasado. Son muy buena
gente. Has tenido tiempo de sufrir; ahora debe comenzar el tiempo de
sanar y perdonar.
—¿Perdonar, Seth?
—Si no lo haces, el rencor te va a destruir. Casi todas las heridas sanan
con cariño, Irina. Tienes que amarte a ti misma y amarme a mí.
¿Estamos?
—Eso dijo Cathy.
—Hazle caso, esa mujer sabe mucho. Déjame ayudarte. No soy ningún
sabio, pero soy buen compañero y te he dado muestras sobradas de
tenacidad. Nunca me doy por vencido. Resígnate, Irina, no pienso
dejarte en paz. ¿Sientes mi corazón? Está llamándote —le dijo,
tomándole la mano y llevándosela al pecho.
—Hay algo más, Seth.
—¿Más todavía?
—Desde que el agente Wilkins me salvó de mi padrastro, nadie me ha
tocado… Ya sabes a qué me refiero. He estado sola y lo prefiero así.
—Bueno, Irina, eso tendrá que cambiar, pero iremos con calma. Lo que
pasó no tiene nada que ver con el amor y nunca más volverá a
sucederte. Tampoco tiene que ver con nosotros. Una vez me dijiste que
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los viejos hacen el amor sin prisa. No es mala idea. Vamos a querernos
como un par de abuelitos, ¿qué te parece?
—No creo que resulte, Seth.
—Entonces tendremos que ir a terapia. Venga, mujer, deja de llorar.
¿Tienes hambre? Péinate un poco, vamos a salir a comer y hablar de los
pecados de mi abuela, eso siempre nos levanta el ánimo.