Hacía turnos de dieciocho horas y cuando se echaba en su
camastro no podía conciliar el sueño, pensando en los enfermos que estaban
aguardando y en que no había anestesias, ni jeringas, ni algodón, y aunque él
se multiplicara por mil, todavía no sería suficiente, porque aquello era como
tratar de detener un tren con la mano.
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