El administrador, atemorizado por el rumbo que tomaban los acontecimientos y por el tono exaltado de las reuniones de los inquilinos en la escuela, juntó sus bártulos y se largó sin despedirse de nadie y sin avisar al senador Trueba, porque no quería enfrentar su furia y porque pensó que ya había cumplido con advertírselo varias veces.

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