Vio el insondable abismo entre los muslos de la cocinera, a la
llama embalsamada cabalgando sobre la mucama coja y al indio impertérrito
que le servía la mesa, en cueros como un recién nacido, lampiño y paticorto,
con su inconmovible rostro de piedra y su desproporcionado pene en erección.
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