Dos semanas más tarde oyó comentar en los pasillos del Congreso y en los
salones del Club, que su hijo Jaime se había quitado los pantalones en la Plaza
Brasil, para dárselos a un indigente, y había regresado caminando en
calzoncillos quince cuadras hasta su casa, seguido por una leva de niños y
curiosos que lo vitoreaban.
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