El padre José Dulce María esperó que la fuerte contextura del joven
le cicatrizara los dedos y luego lo montó en una carretela y se lo llevó a la
reservación indígena, donde le presentó a una vieja centenaria que estaba ciega
y tenía las manos engarfiadas por el reumatismo, pero que aún tenía voluntad
para hacer cestería con los pies.
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