Usaba zapatos de cabritilla y chaquetas de lino crudo, no sudaba
como los demás mortales y olía a colonia inglesa, estaba siempre tostado por
el hábito de meter una pelota a través de un pequeño arco con un palo, a plena
luz del mediodía y hablaba arrastrando las últimas sílabas de las palabras y
comiéndose las erres.
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