Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubín desde
el 69 al 74, le habría visto parroquiano del café de San Antonio en la
Corredera de San Pablo, después del Suizo Nuevo, luego de Platerías, del
Siglo y de Levante; le vería, en cierta ocasión, prefiriendo los cafés
cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al
de la Concepción Jerónima cuando quería hacerse el invisible, y por fin,
sentar sus reales en uno de los más concurridos y bulliciosos de la
Puerta del Sol.
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