Como en uno de
los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la
fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después
recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose
la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado
por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a
enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo.
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