Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal
oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para
que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal,
se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella
transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda.
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