Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con
veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de
nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque
no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca
risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.
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