El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz
no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de
punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de
la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de
Santiago.
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