LA CASA DE LOS ESPÍRITUS - ISABEL ALLENDE. CHAPITRE 4.
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Capítulo IV.
A una edad en que la mayoría de los niños anda con pañales y a cuatro patas, balbuceando incoherencias y chorreando baba,. Blanca parecía una enana razonable, caminaba a tropezones, pero en sus dos piernas, hablaba correctamente y comía sola,. debido al sistema de su madre de tratarla como persona mayor. Tenía todos sus dientes y empezaba a abrir los armarios para alborotar su contenido,. cuando la familia decidió ir a pasar el verano a Las Tres Marías, que Clara no conocía más que de referencia. En ese período de la vida de Blanca, la curiosidad era más fuerte que el instinto de supervivencia y Férula pasaba apuros corriendo detrás de ella para evitar que se precipitara del segundo piso,. se metiera en el horno o se tragara el jabón. La idea de ir al campo con la niña le parecía peligrosa, agobiante e inútil,. puesto que Esteban podía arreglarse solo en Las Tres Marías, mientras ellas disfrutaban de tina existencia civilizada en la capital. Pero Clara estaba entusiasmada. El campo le parecía una idea romántica, porque nunca había estado dentro de un establo, como decía Férula. Los preparativos del viaje ocuparon a toda la familia durante más de dos semanas y la casa se atiborró de baúles, canastos y maletas. Alquilaron un vagón especial en el tren para desplazarse con el increíble equipaje y los sirvientes que Férula consideró necesario llevar,.
además de las jaulas de los pájaros, que Clara no quiso abandonar y las cajas de juguetes de Blanca, llenas de arlequines mecánicos, figuritas de loza, animales de trapo,. bailarinas de cuerda y muñecas con pelo de gente y articulaciones humanas, que viajaban con sus propios vestidos, coches y vajillas. Al ver aquella multitud desconcertada y nerviosa y aquel tumulto de bártulos,. Esteban se sintió derrotado por primera vez en su vida,. especialmente cuando descubrió entre el equipaje un san Antonio de tamaño natural, con ojos estrábicos y sandalias repujadas. Miraba el caos que lo rodeaba, arrepentido de la decisión de viajar con su mujer y su hija,. preguntándose cómo era posible que él sólo necesitara de sus dos maletas para ir por el mundo y ellas,. en cambio, llevaran ese cargamento de trastos y esa procesión de sirvientes que nada tenían que ver con el propósito del viaje.
En San Lucas tomaron tres coches que los condujeron a Las Tres Marías envueltos en una nube de polvo, como gitanos. En el patio del fundo esperaban para darle la bienvenida todos los inquilinos encabezados por el administrador, Pedro Segundo García. Al ver aquel circo ambulante, quedaron atónitos. Bajo las órdenes de Férula empezaron a descargar los coches y meter las cosas en la casa. Nadie prestó atención a un niño que tenía aproximadamente la misma edad de Blanca, desnudo, moquillento, con la barriga inflada por los parásitos, provisto de hermosos ojos negros con expresión de anciano. Era el hijo del administrador y se llamaba, para diferenciarlo del padre y del abuelo, Pedro Tercero García. En el tumulto de instalarse, conocer la casa, husmear la huerta, saludar a todo el mundo,. armar el altar de san Antonio y espantar a las gallinas de las camas y a los ratones de los roperos,. Blanca se quitó la ropa y salió corriendo desnuda con Pedro Tercero. Jugaron entre los bultos, se metieron debajo de los muebles, se mojaron con besos babosos, masticaron el mismo pan, sorbieron los mismos mocos, y se embetunaron con la misma caca,. hasta que, por último, se durmieron abrazados bajo la mesa del comedor. Allí los encontró Clara a las diez de la noche. Los habían buscado durante horas con antorchas,. los inquilinos en cuadrillas habían recorrido la orilla del río, los graneros, los potreros y los establos,. Férula había clamado de rodillas a san Antonio, Esteban estaba agotado de llamarlos y la misma Clara había invocado inútilmente sus dotes de vidente. Cuando los encontraron, el niño estaba de espaldas en el suelo y Blanca se acurrucaba con la cabeza apoyada en el vientre panzudo de su nuevo amigo. En esa misma posición serían sorprendidos muchos años después,. para desdicha de los dos, y no les alcanzaría la vida para pagarlo.
Desde el primer día, Clara comprendió que había un lugar para ella en Las Tres Marías y,. tal como apuntó en sus cuadernos de anotar la vida,. sintió que por fin había encontrado su misión en este mundo. No le impresionaron las casas de ladrillos, la escuela y la abundancia de comida, porque su capacidad para ver lo invisible detectó inmediatamente el recelo, el miedo y el rencor de los trabajadores y el imperceptible rumor que se acallaba cuando volvía la cara, que le permitieron adivinar algunas cosas sobre el carácter y el pasado de su marido. El patrón había cambiado, sin embargo. Todos pudieron apreciar que dejó de ir al Farolito Rojo, se acabaron sus tardes de parranda, de peleas de gallos, de apuestas, sus violentas rabietas y, sobre todo, el mal hábito de tumbar muchachas en los trigales. Se lo atribuyeron a Clara. Por su parte, ella también cambió. Abandonó de la noche a la mañana su languidez, dejó de encontrarlo todo muy bonito y pareció curada del vicio de hablar con los seres invisibles y mover los muebles con recursos sobrenaturales. Se levantaba al amanecer con su marido, compartían el desayuno vestidos,. él se iba a vigilar los trabajos y afanes del campo,. mientras Férula se hacía cargo de la casa, de los sirvientes de la capital, que no se acostumbraban a las incomodidades y las moscas del campo, y de Blanca. Clara repartía su tiempo entre el taller de costura, la pulpería y la escuela,. donde hizo su cuartel general para aplicar remedios contra la sarna y parafina contra los piojos,. desentrañar los misterios del silabario, enseñar a los niños a cantar rengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera,. a las mujeres a hervir la leche, curar la diarrea y blanquear la ropa. Al atardecer, antes que regresaran los hombres del campo,. Férula reunía a las campesinas y a los niños para rezar el rosario. Acudían por simpatía, más que por fe, y daban a la solterona la oportunidad de recordar los buenos tiempos de sus conventillos. Clara esperaba que su cuñada terminara las místicas letanías de padrenuestros y avemarías y aprovechaba la reunión para repetir las consignas que había oído a su madre cuando se encadenaba en las rejas del Congreso en su presencia. Las mujeres la escuchaban risueñas y avergonzadas,. por la misma razón por la cual rezaban con Férula: para no disgustar a la patrona. Pero aquellas frases inflamadas les parecían cuentos de locos. «Nunca se ha visto que un hombre no pueda golpear a su propia mujer,.
si no le pega es que no la quiere o que no es bien hombre;. dónde se ha visto que lo que gana un hombre o lo que produce la tierra o ponen las gallinas, sea de los dos, si el que manda es él;. dónde se ha visto que una mujer pueda hacer las mismas cosas que un hombre,. si ella nació con marraqueta y sin cojones, pues doña Clarita», alegaban. Clara desesperaba. Ellas se codeaban y sonreían tímidas, con sus bocas desdentadas y sus ojos llenos de arrugas,. curtidas por el sol y la mala vida, sabiendo de antemano que si tenían la peregrina idea de poner en práctica los consejos de la patrona,. sus maridos les daban una zurra.
Y merecida, por cierto, como la misma Férula sostenía. Al poco tiempo Esteban se enteró de la segunda parte de las reuniones para rezar y montó en cólera. Era la primera vez que se enojaba con Clara y la primera que ella lo veía en uno de sus famosos ataques de rabia. Esteban gritaba como un enajenado,. paseándose por la sala a grandes trancos y dando puñetazos a los muebles,. argumentando que si Clara pensaba seguir los pasos de su madre,. se iba a encontrar con un macho bien plantado que le bajaría los calzones y le daría una azotaina para que se le quitaran las malditas ganas de andar arengando a la gente,. que le prohibía terminantemente las reuniones para rezar o para cualquier otro fin y que él no era ningún pelele a quien su mujer pudiera poner en ridículo. Clara lo dejó chillar y darle golpes a los muebles hasta que se cansó y después,. distraída como siempre estaba, le preguntó si sabía mover las orejas.
Las vacaciones se alargaron y las reuniones en la escuela continuaron.
Terminó el verano y el otoño cubrió de fuego y oro el campo, cambiando el paisaje. Comenzaron los primeros días fríos, las lluvias y el barro, sin que Clara diera señales de querer regresar a la capital, a pesar de la presión sostenida de Férula, que detestaba el campo. En el verano se había quejado de las tardes acaloradas espantando moscas,. de la tierra del patio, que empolvaba la casa como si vivieran en el pozo de una mina, del agua sucia de la bañera,.
donde las sales perfumadas se convertían en una sopa de chinos, las cucarachas voladoras que se metían entre las sábanas,. los caminos de ratones y de hormigas, las arañas que amanecían pataleando en el vaso de agua sobre la mesita de noche,. las gallinas insolentes que ponían huevos en los zapatos y se cagaban en la ropa blanca del armario. Cuando cambió el clima, tuvo nuevas calamidades que lamentar, el lodazal del patio, los días más cortos, a las cinco estaba oscuro y no había nada más que hacer,. aparte de enfrentar la larga noche solitaria, el viento y el resfrío, que ella combatía con cataplasmas de eucalipto, sin poder evitar que se contagiaran unos a otros en una cadena sin fin. Estaba harta de luchar contra los elementos sin más distracción que ver crecer a Blanca,. que parecía un antropófago, como decía jugando con ese chiquillo sucio, Pedro Tercero, que era el colmo que la niña no tuviera alguien de su clase con quien mezclarse,. estaba adquiriendo malos modales, andaba con las mejillas chapatozas y costrones secos en las rodillas, «miren como habla, parece un indio, estoy cansada de quitarle piojos de la cabeza y ponerle azul de metileno en la sarna». A pesar de sus murmuraciones, conservaba su rígida dignidad, su moño inalterable, su blusa almidonada y el manojo de llaves colgando de la cintura,. nunca sudaba, no se rascaba y mantenía siempre su tenue aroma de lavanda y limón. Nadie pensaba que algo pudiera alterar su autocontrol, hasta un día en que sintió picor en la espalda. Era una picazón tan fuerte, que no pudo evitar rascarse con disimulo pero nada podía aliviarla. Por último fue al baño y se quitó el corsé, que aun en los días de mayor trabajo, llevaba puesto. Al soltar las tiras cayó al suelo un ratón aturdido que había estado allí toda la mañana procurando inútilmente reptar hacia la salida,. entre las barbas duras de la faja y la carne oprimida de su dueña. Férula tuvo la primera crisis de nervios de su vida. A sus gritos acudieron todos y la encontraron metida dentro de la bañera,. lívida de terror y todavía medio desnuda, dando alaridos de maníaca y señalando con un dedo trémulo al pequeño roedor,. que se ponía trabajosamente en pie y procuraba avanzar hacia un lugar seguro. Esteban dijo que era la menopausia y que no había que hacerle caso. Tampoco le hicieron caso cuando tuvo el segundo ataque. Era el cumpleaños de Esteban. Amaneció un domingo asoleado y había mucha agitación en la casa, porque por primera vez iban a dar una fiesta en Las Tres Marías, desde los días olvidados en que doña Ester era una muchachita.
Invitaron a varios parientes y amigos, que hicieron el viaje en tren desde la capital, y a todos los terratenientes de la zona, sin olvidar a los notables del pueblo. Con una semana de anticipación prepararon el banquete:. media res asada en el patio, pastel de riñones, cazuela de gallina, guisos de maíz, torta de manjar blanco y lúcumas y los mejores vinos de la cosecha. A mediodía comenzaron a llegar los invitados en coche o a caballo y la gran casa de adobe se llenó de conversaciones y risas. Férula se distrajo un momento para correr al baño,. uno de esos inmensos baños de la casa donde el excusado quedaba al medio de la pieza, rodeado de un desierto de cerámicas blancas. Estaba instalada en aquel asiento solitario como un trono, cuando se abrió la puerta y entró uno de los invitados,. nada menos que el alcalde del pueblo, desabrochándose la bragueta y algo achispado con el aperitivo. Al ver a la señorita se quedó paralizado de confusión y sorpresa y cuando pudo reaccionar,. lo único que se le ocurrió fue avanzar con una sonrisa torcida, cruzar toda la habitación, extender la mano y saludarla con una venia.
—Zorobabel Blanco Jamasmié, a sus gratas órdenes —se presentó.
«¡Por Dios! Nadie puede vivir entre gentes tan rústicas. Si quieren se quedan ustedes en este purgatorio de incivilizados, lo que es yo, me vuelvo a la ciudad, quiero vivir como cristiana, como he vivido siempre», exclamó Férula cuando pudo hablar del asunto sin ponerse a llorar. Pero no se fue. No quería separarse de Clara, había llegado a adorar hasta el aire que ella exhalaba y aunque ya no tenía ocasión de bañarla y dormir con ella,. procuraba demostrarle su ternura con mil pequeños detalles a los cuales dedicaba su existencia. Aquella mujer severa y tan poco complaciente consigo misma y con los demás,. podía ser dulce y risueña con Clara y a veces, por extensión, también con Blanca. Sólo con ella se permitía el lujo de ceder ante su desbordante deseo de servir y de ser amada, con ella podía manifestar, aunque fuera solapadamente, los más secretos y delicados anhelos de su alma. A lo largo de tantos años de soledad y tristeza había ido decantando las emociones y limpiando los sentimientos, hasta reducirlos a unas pocas terribles y magníficas pasiones, que la ocupaban por completo. No tenía capacidad para las pequeñas turbaciones, para los rencores mezquinos, las envidias disimuladas, las obras de caridad, los cariños desteñidos, la cortesía amable o las consideraciones cotidianas. Era uno de esos seres nacidos para la grandeza de un solo amor, para el odio exagerado, para la venganza apocalíptica y para el heroísmo más sublime,. pero no pudo realizar su destino a la medida de su romántica vocación, y éste transcurrió chato y gris, entre las paredes de un cuarto de enferma, en míseros conventillos, en tortuosas confesiones, donde esa mujer grande, opulenta, de sangre ardiente, hecha para la maternidad, para la abundancia, la acción y el ardor, se fue consumiendo. En esa época tenía alrededor de cuarenta y cinco años, su espléndida raza y sus lejanos antepasados moriscos, la mantenían tersa,. con el pelo todavía negro y sedoso, con un solo mechón blanco en la frente, el cuerpo fuerte y delgado y el andar resuelto de la gente sana, sin embargo, el desierto de su vida le daba un aspecto mucho mayor. Tengo un retrato de Férula tomado en esos años, durante un cumpleaños de Blanca. Es una vieja fotografía color sepia, desteñida por el tiempo, donde, sin embargo, aún se la puede ver con claridad.
Era una regia matrona, pero tenía un rictus amargo en el rostro que delataba su tragedia interior. Probablemente esos años junto a Clara fueron los únicos felices para ella, porque sólo con Clara pudo intimar. Ella fue la depositaria de sus más sutiles emociones y a ella pudo dedicar su enorme capacidad de sacrificio y veneración. Una vez se atrevió a decírselo y Clara escribió en su cuaderno de anotar la vida, que Férula la amaba mucho más de lo que ella merecía o podía retribuir. Por ese amor desmesurado, Férula no quiso irse de Las Tres Marías ni siquiera cuando cayó la plaga de las hormigas,. que empezó con un ronroneo en los potreros, una sombra oscura que se deslizaba con rapidez comiéndose todo, las mazorcas, los trigales, la alfalfa y la maravilla.
Las rociaban con gasolina y les prendían fuego, pero reaparecían con nuevos bríos. Pintaban con cal viva los troncos de los árboles,. pero ellas subían sin detenerse y no respetaban peras, manzanas ni naranjas, se metían en la huerta y acababan con los melones, entraban en la lechería y la leche amanecía agria y llena de minúsculos cadáveres,. se introducían en los gallineros y se devoraban a los pollos vivos, dejando un desperdicio de plumas y unos huesitos de lástima. Hacían caminos dentro de la casa, entraban por las cañerías, se apoderaban de la despensa,. todo lo que se cocinaba había que comérselo al instante, porque si quedaba unos minutos sobre la mesa, llegaban en procesión y se lo zampaban. Pedro Segundo García las combatió con agua y fuego y enterró esponjas empapadas en miel de abejas,. para que se juntaran atraídas por el dulce y poderlas matar a mansalva, pero todo fue inútil. Esteban Trueba se fue al pueblo y regresó cargado con pesticidas de todas las marcas conocidas, en polvo, en líquido y en píldoras y echó tanto por todos lados,. que no se podían comer las verduras porque daban retorcijones de barriga. Pero las hormigas siguieron apareciendo y multiplicándose, cada día más insolentes y decididas. Esteban se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital.
Tres días después desembarcó en la estación míster Brown, un gringo enano, provisto de una maleta misteriosa,. que Esteban presentó como técnico agrícola experto en insecticidas. Después de refrescarse con una jarra de vino con frutas, desplegó su maleta sobre la mesa. Extrajo un arsenal de instrumentos nunca vistos y procedió a coger una hormiga y observarla detenidamente con un microscopio.
—¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales? —dijo Pedro Segundo García.
El gringo no le contestó. Cuando acabó de identificar la raza, el estilo de vida, la ubicación de sus madrigueras, sus hábitos y hasta sus más secretas intenciones,. había pasado una semana y las hormigas se estaban metiendo en las camas de los niños,. se habían comido las reservas de alimento para el invierno y comenzaban a atacar a los caballos y a las vacas. Entonces míster Brown explicó que había que fumigarlas con un producto de su invención que volvía estériles a los machos,. con lo cual dejaban de multiplicarse y luego debían rociarlas con otro veneno, también de su invención,. que provocaba una enfermedad mortal en las hembras, y eso, aseguró, acabaría con el problema.
—¿En cuánto tiempo? —preguntó Esteban Trueba que de la impaciencia estaba pasando a la furia.
—Un mes —dijo míster Brown.
—Para entonces ya se habrán comido hasta los humanos, míster—dijo Pedro Segundo García—. Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre.
Hace tres semanas que me está diciendo que él conoce un remedio para la plaga. Yo creo que son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar.
Llamaron al viejo Pedro García, que llegó arrastrando sus pies, tan oscuro, empequeñecido y desdentado,. que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso del tiempo. El viejo escuchó con el sombrero en la mano, mirando el suelo y masticando el aire con sus encías desnudas. Después pidió un pañuelo blanco, que Férula le trajo del armario de Esteban, y salió de la casa, cruzó el patio y se fue derecho al huerto,. seguido por todos los habitantes de la casa y por el enano extranjero,. que sonreía con desprecio, ¡estos bárbaros, oh God!. El anciano se encuclilló con dificultad y comenzó a juntar hormigas. Cuando tuvo un puñado, las puso dentro del pañuelo, anudó las cuatro puntas y metió el atadito en su sombrero.
—Les voy a mostrar el camino, para que se vayan, hormigas, y para que se lleven a las demás —dijo.
El viejo se subió en un caballo y se fue al paso murmurando consejos y recomendaciones para las hormigas, oraciones de sabiduría y fórmulas de encantamiento. Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad. El gringo se sentó en el suelo a reírse como un enajenado,. hasta que Pedro Segundo García lo sacudió.
—Vaya a reírse de su abuela, míster, mire que el viejo es mi padre —le advirtió.
Al atardecer regresó Pedro García. Desmontó lentamente, dijo al patrón que había puesto a las hormigas en la carretera y se fue a su casa. Estaba cansado. A la mañana siguiente vieron que no había hormigas en la cocina, tampoco en la despensa,. buscaron en el granero, en el establo, en los gallineros, salieron a los potreros, fueron hasta el río, revisaron todo y no encontraron una sola, ni para muestra. El técnico se puso frenético.
—¡Tener que decirme cómo hacer eso! —clamaba.
—Hablándoles, pues, míster. Dígales que se vayan, que aquí están molestando y ellas entienden —explicó Pedro García, el viejo.
Clara fue la única que consideró natural el procedimiento. Férula se aferró a eso para decir que se encontraban en un hoyo, en una región inhumana, donde no funcionaban las leyes de Dios ni el progreso de la ciencia,. que cualquier día iban a empezar a volar en escobas, pero Esteban Trueba la hizo callar: no quería que le metieran nuevas ideas en la cabeza a su mujer. En los últimos días Clara había vuelto a sus quehaceres lunáticos,. a hablar con los aparecidos y a pasar horas escribiendo en los cuadernos de anotar la vida.
Cuando perdió interés por la escuela, el taller de costura o los mítines feministas y volvió a opinar que todo era muy bonito, comprendieron que otra vez estaba encinta.
—¡Por culpa tuya! —gritó Férula a su hermano.
—Eso espero —contestó él.
Pronto fue evidente que Clara no estaba en condiciones de pasar el embarazo en el campo y parir en el pueblo,. así es que organizaron el regreso a la capital. Eso consoló un poco a Férula, que sentía la preñez de Clara como una afrenta personal. Ella viajó antes con la mayor parte del equipaje y los sirvientes,. para abrir la gran casa de la esquina y preparar la llegada de Clara.
Esteban acompañó días después a su mujer y a su hija de vuelta a la ciudad y nuevamente dejó a Las Tres Marías en manos de Pedro Segundo García,. que se había convertido en el administrador, aunque no por ello ganaba más privilegio, sólo más trabajo.
El viaje de Las Tres Marías a la capital terminó de agotar las fuerzas de Clara. Yo la veía cada vez más pálida, asmática, ojerosa. Con el bamboleo de los caballos y después con el del tren, el polvo del camino y su natural tendencia al mareo,. iba perdiendo las energías a ojos vistas y yo no podía hacer mucho por ayudarla, porque cuando estaba mal prefería que no le hablaran. Al bajarnos en la estación tuve que sostenerla, porque le flaqueaban las piernas.
—Creo que me voy a elevar —dijo.
—¡Aquí no! —le grité espantado ante la idea de que saliera volando por encima de las cabezas de los pasajeros en el andén.
Pero ella no se refería concretamente a la levitación, sino a subir a un nivel que le permitiera desprenderse de la incomodidad, del peso de su embarazo y de la profunda fatiga que se le estaba metiendo en los huesos. Entró en otro de sus largos períodos de silencio, creo que le duró varios meses,. durante los cuales se servía de la pizarrita, como en los tiempos de la mudez. En esa ocasión no me alarmé, porque supuse que recuperaría la normalidad como había ocurrido después del nacimiento de Blanca y, por otra parte,. había llegado a comprender que el silencio era el último inviolable refugio de mi mujer, y no una enfermedad mental, como sostenía el doctor Cuevas. Férula la cuidaba de la misma forma obsesiva como antes cuidaba a nuestra madre,. la trataba como si fuera una inválida, no quería dejarla nunca sola y había descuidado a Blanca,. que lloraba todo el día porque quería regresar a Las Tres Marías. Clara deambulaba como una sombra gorda y callada por la casa,. con un desinterés budista por todo lo que la rodeaba. A mí ni siquiera me miraba, pasaba por mi lado como si yo fuera un mueble y cuando le dirigía la palabra se quedaba en la luna, como si no me oyera o no me conociera. No habíamos vuelto a dormir juntos. Los días ociosos en la ciudad y la atmósfera irracional que se respiraba en la casa me ponían los nervios de punta. Procuraba mantenerme ocupado, pero no era suficiente: estaba siempre de mal humor.
Salía todos los días a vigilar mis negocios. En esa época empecé a especular en la Bolsa de Comercio y pasaba horas estudiando los altibajos de los valores internacionales,. me dediqué a invertir plata, a armar sociedades, a las importaciones. Pasaba muchas horas en el Club. También comencé a interesarme en la política y hasta entré en un gimnasio,. donde un gigantesco entrenador me obligaba a ejercitar unos músculos que no sospechaba que tenía en el cuerpo. Me habían recomendado que me diera masajes, pero nunca me gustó eso: detesto que me toquen manos mercenarias. Pero nada de todo aquello podía llenarme el día, estaba incómodo y aburrido,. quería volver al campo, pero no me atrevía a dejar la casa, donde a todas luces se necesitaba la presencia de un hombre razonable entre esas mujeres histéricas. Además, Clara estaba engordando demasiado. Tenía una barriga descomunal que apenas podía sostener en su frágil esqueleto. Le daba pudor que la viera desnuda, pero era mi mujer y yo no iba a permitir que me tuviera vergüenza. La ayudaba a bañarse, a vestirse, cuando Férula no se me adelantaba, y sentía una pena infinita por ella, tan pequeña y delgada, con esa monstruosa panza, acercándose peligrosamente al momento del parto. Muchas veces me desvelé pensando que se podía morir al dar a luz y me encerraba con el doctor Cuevas a discutir la mejor forma de ayudarla. Habíamos acordado que si las cosas no se presentaban bien, era mejor hacerle otra cesárea,. pero yo no quería que la llevaran a una clínica y él se negaba a practicarle otra operación como la primera en el comedor de la casa. Decía que no había comodidades, pero en esos tiempos las clínicas eran un foco de infecciones y allí eran más los que morían que los que salvaban.
Un día, faltando poco para la fecha del parto, Clara descendió sin previo aviso de su refugio brahmánico y volvió a hablar. Quiso una taza de chocolate y me pidió que la llevara a pasear. El corazón me dio un vuelco. Toda la casa se llenó de alegría, abrimos champán,. hice poner flores frescas en todos los jarrones, le encargué camelias, sus flores preferidas y tapicé con ellas su cuarto, hasta que le empezó a dar asma y tuvimos que sacarlas rápidamente.
Corrí a comprarle un broche de diamantes a la calle de los joyeros judíos.
Clara me lo agradeció efusivamente, lo encontró muy bonito, pero nunca se lo vi puesto. Supongo que habrá ido a parar a algún lugar impensado donde lo puso y luego lo olvidó,. como casi todas las alhajas que le compré a lo largo de nuestra vida en común. Llamé al doctor Cuevas, quien se presentó con el pretexto de tomar el té, pero en realidad venía a examinar a Clara. Se la llevó a su habitación y después nos dijo a Férula y a mí que si bien parecía curada de su crisis mental,. había que prepararse para un alumbramiento difícil, porque el niño era muy grande. En ese momento entró Clara al salón y debe de haber oído la última frase.
—Todo saldrá bien, no se preocupen —dijo.
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Capítulo IV.
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debido al sistema de su madre de tratarla como persona mayor.
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se metiera en el horno o se tragara el jabón.
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Pero Clara estaba entusiasmada.
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Esteban se sintió derrotado por primera vez en su vida,.
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Al ver aquel circo ambulante, quedaron atónitos.
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Blanca se quitó la ropa y salió corriendo desnuda con Pedro Tercero.
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hasta que, por último, se durmieron abrazados bajo la mesa del comedor.
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Allí los encontró Clara a las diez de la noche.
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Los habían buscado durante horas con antorchas,.
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En esa misma posición serían sorprendidos muchos años después,.
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para desdicha de los dos, y no les alcanzaría la vida para pagarlo.
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tal como apuntó en sus cuadernos de anotar la vida,.
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sintió que por fin había encontrado su misión en este mundo.
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El patrón había cambiado, sin embargo.
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Se lo atribuyeron a Clara.
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Por su parte, ella también cambió.
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él se iba a vigilar los trabajos y afanes del campo,.
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a las mujeres a hervir la leche, curar la diarrea y blanquear la ropa.
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Al atardecer, antes que regresaran los hombres del campo,.
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Férula reunía a las campesinas y a los niños para rezar el rosario.
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Las mujeres la escuchaban risueñas y avergonzadas,.
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Pero aquellas frases inflamadas les parecían cuentos de locos.
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«Nunca se ha visto que un hombre no pueda golpear a su propia mujer,.
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si no le pega es que no la quiere o que no es bien hombre;.
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Clara desesperaba.
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sus maridos les daban una zurra.
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Y merecida, por cierto, como la misma Férula sostenía.
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Esteban gritaba como un enajenado,.
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argumentando que si Clara pensaba seguir los pasos de su madre,.
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distraída como siempre estaba, le preguntó si sabía mover las orejas.
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Las vacaciones se alargaron y las reuniones en la escuela continuaron.
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entre las barbas duras de la faja y la carne oprimida de su dueña.
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Férula tuvo la primera crisis de nervios de su vida.
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Esteban dijo que era la menopausia y que no había que hacerle caso.
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Tampoco le hicieron caso cuando tuvo el segundo ataque.
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Era el cumpleaños de Esteban.
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Con una semana de anticipación prepararon el banquete:.
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Férula se distrajo un momento para correr al baño,.
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—Zorobabel Blanco Jamasmié, a sus gratas órdenes —se presentó.
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«¡Por Dios!
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Nadie puede vivir entre gentes tan rústicas.
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Pero no se fue.
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Pintaban con cal viva los troncos de los árboles,.
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Esteban se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital.
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que Esteban presentó como técnico agrícola experto en insecticidas.
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—¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales?
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—dijo Pedro Segundo García.
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unit 163
El gringo no le contestó.
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unit 170
—¿En cuánto tiempo?
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unit 171
unit 172
—Un mes —dijo míster Brown.
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unit 174
Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre.
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unit 176
Yo creo que son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar.
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unit 178
que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso del tiempo.
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unit 181
seguido por todos los habitantes de la casa y por el enano extranjero,.
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unit 182
que sonreía con desprecio, ¡estos bárbaros, oh God!.
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unit 183
El anciano se encuclilló con dificultad y comenzó a juntar hormigas.
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unit 187
Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad.
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El gringo se sentó en el suelo a reírse como un enajenado,.
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unit 189
hasta que Pedro Segundo García lo sacudió.
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Al atardecer regresó Pedro García.
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Estaba cansado.
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El técnico se puso frenético.
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unit 197
—¡Tener que decirme cómo hacer eso!
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—clamaba.
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unit 199
—Hablándoles, pues, míster.
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Clara fue la única que consideró natural el procedimiento.
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En los últimos días Clara había vuelto a sus quehaceres lunáticos,.
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unit 207
—¡Por culpa tuya!
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unit 208
—gritó Férula a su hermano.
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—Eso espero —contestó él.
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así es que organizaron el regreso a la capital.
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Ella viajó antes con la mayor parte del equipaje y los sirvientes,.
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unit 214
para abrir la gran casa de la esquina y preparar la llegada de Clara.
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unit 218
Yo la veía cada vez más pálida, asmática, ojerosa.
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—Creo que me voy a elevar —dijo.
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unit 223
—¡Aquí no!
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que lloraba todo el día porque quería regresar a Las Tres Marías.
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Clara deambulaba como una sombra gorda y callada por la casa,.
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con un desinterés budista por todo lo que la rodeaba.
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unit 236
No habíamos vuelto a dormir juntos.
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unit 239
Salía todos los días a vigilar mis negocios.
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me dediqué a invertir plata, a armar sociedades, a las importaciones.
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Pasaba muchas horas en el Club.
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Además, Clara estaba engordando demasiado.
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Quiso una taza de chocolate y me pidió que la llevara a pasear.
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El corazón me dio un vuelco.
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Toda la casa se llenó de alegría, abrimos champán,.
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—Todo saldrá bien, no se preocupen —dijo.
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Capítulo IV.
A una edad en que la mayoría de los niños anda con pañales y a cuatro
patas, balbuceando incoherencias y chorreando baba,. Blanca parecía una
enana razonable, caminaba a tropezones, pero en sus dos piernas, hablaba
correctamente y comía sola,. debido al sistema de su madre de tratarla como
persona mayor. Tenía todos sus dientes y empezaba a abrir los armarios para
alborotar su contenido,. cuando la familia decidió ir a pasar el verano a Las
Tres Marías, que Clara no conocía más que de referencia. En ese período de la
vida de Blanca, la curiosidad era más fuerte que el instinto de supervivencia y
Férula pasaba apuros corriendo detrás de ella para evitar que se precipitara del
segundo piso,. se metiera en el horno o se tragara el jabón. La idea de ir al
campo con la niña le parecía peligrosa, agobiante e inútil,. puesto que Esteban
podía arreglarse solo en Las Tres Marías, mientras ellas disfrutaban de tina
existencia civilizada en la capital. Pero Clara estaba entusiasmada. El campo
le parecía una idea romántica, porque nunca había estado dentro de un establo,
como decía Férula. Los preparativos del viaje ocuparon a toda la familia
durante más de dos semanas y la casa se atiborró de baúles, canastos y
maletas. Alquilaron un vagón especial en el tren para desplazarse con el
increíble equipaje y los sirvientes que Férula consideró necesario llevar,.
además de las jaulas de los pájaros, que Clara no quiso abandonar y las cajas
de juguetes de Blanca, llenas de arlequines mecánicos, figuritas de loza,
animales de trapo,. bailarinas de cuerda y muñecas con pelo de gente y
articulaciones humanas, que viajaban con sus propios vestidos, coches y
vajillas. Al ver aquella multitud desconcertada y nerviosa y aquel tumulto de
bártulos,. Esteban se sintió derrotado por primera vez en su vida,. especialmente
cuando descubrió entre el equipaje un san Antonio de tamaño natural, con ojos
estrábicos y sandalias repujadas. Miraba el caos que lo rodeaba, arrepentido de
la decisión de viajar con su mujer y su hija,. preguntándose cómo era posible
que él sólo necesitara de sus dos maletas para ir por el mundo y ellas,. en
cambio, llevaran ese cargamento de trastos y esa procesión de sirvientes que
nada tenían que ver con el propósito del viaje.
En San Lucas tomaron tres coches que los condujeron a Las Tres Marías
envueltos en una nube de polvo, como gitanos. En el patio del fundo
esperaban para darle la bienvenida todos los inquilinos encabezados por el
administrador, Pedro Segundo García. Al ver aquel circo ambulante, quedaron
atónitos. Bajo las órdenes de Férula empezaron a descargar los coches y meter
las cosas en la casa. Nadie prestó atención a un niño que tenía
aproximadamente la misma edad de Blanca, desnudo, moquillento, con la
barriga inflada por los parásitos, provisto de hermosos ojos negros con
expresión de anciano. Era el hijo del administrador y se llamaba, para
diferenciarlo del padre y del abuelo, Pedro Tercero García. En el tumulto de
instalarse, conocer la casa, husmear la huerta, saludar a todo el mundo,. armar
el altar de san Antonio y espantar a las gallinas de las camas y a los ratones de
los roperos,. Blanca se quitó la ropa y salió corriendo desnuda con Pedro
Tercero. Jugaron entre los bultos, se metieron debajo de los muebles, se
mojaron con besos babosos, masticaron el mismo pan, sorbieron los mismos
mocos, y se embetunaron con la misma caca,. hasta que, por último, se
durmieron abrazados bajo la mesa del comedor. Allí los encontró Clara a las
diez de la noche. Los habían buscado durante horas con antorchas,. los
inquilinos en cuadrillas habían recorrido la orilla del río, los graneros, los
potreros y los establos,. Férula había clamado de rodillas a san Antonio,
Esteban estaba agotado de llamarlos y la misma Clara había invocado
inútilmente sus dotes de vidente. Cuando los encontraron, el niño estaba de
espaldas en el suelo y Blanca se acurrucaba con la cabeza apoyada en el
vientre panzudo de su nuevo amigo. En esa misma posición serían
sorprendidos muchos años después,. para desdicha de los dos, y no les
alcanzaría la vida para pagarlo.
Desde el primer día, Clara comprendió que había un lugar para ella en Las
Tres Marías y,. tal como apuntó en sus cuadernos de anotar la vida,. sintió que
por fin había encontrado su misión en este mundo. No le impresionaron las
casas de ladrillos, la escuela y la abundancia de comida, porque su capacidad
para ver lo invisible detectó inmediatamente el recelo, el miedo y el rencor de
los trabajadores y el imperceptible rumor que se acallaba cuando volvía la
cara, que le permitieron adivinar algunas cosas sobre el carácter y el pasado de
su marido. El patrón había cambiado, sin embargo. Todos pudieron apreciar
que dejó de ir al Farolito Rojo, se acabaron sus tardes de parranda, de peleas
de gallos, de apuestas, sus violentas rabietas y, sobre todo, el mal hábito de
tumbar muchachas en los trigales. Se lo atribuyeron a Clara. Por su parte, ella
también cambió. Abandonó de la noche a la mañana su languidez, dejó de
encontrarlo todo muy bonito y pareció curada del vicio de hablar con los seres
invisibles y mover los muebles con recursos sobrenaturales. Se levantaba al
amanecer con su marido, compartían el desayuno vestidos,. él se iba a vigilar
los trabajos y afanes del campo,. mientras Férula se hacía cargo de la casa, de
los sirvientes de la capital, que no se acostumbraban a las incomodidades y las
moscas del campo, y de Blanca. Clara repartía su tiempo entre el taller de
costura, la pulpería y la escuela,. donde hizo su cuartel general para aplicar
remedios contra la sarna y parafina contra los piojos,. desentrañar los misterios
del silabario, enseñar a los niños a cantar rengo una vaca lechera, no es una
vaca cualquiera,. a las mujeres a hervir la leche, curar la diarrea y blanquear la
ropa. Al atardecer, antes que regresaran los hombres del campo,. Férula reunía
a las campesinas y a los niños para rezar el rosario. Acudían por simpatía, más
que por fe, y daban a la solterona la oportunidad de recordar los buenos
tiempos de sus conventillos. Clara esperaba que su cuñada terminara las
místicas letanías de padrenuestros y avemarías y aprovechaba la reunión para
repetir las consignas que había oído a su madre cuando se encadenaba en las
rejas del Congreso en su presencia. Las mujeres la escuchaban risueñas y
avergonzadas,. por la misma razón por la cual rezaban con Férula: para no
disgustar a la patrona. Pero aquellas frases inflamadas les parecían cuentos de
locos. «Nunca se ha visto que un hombre no pueda golpear a su propia mujer,.
si no le pega es que no la quiere o que no es bien hombre;. dónde se ha visto
que lo que gana un hombre o lo que produce la tierra o ponen las gallinas, sea
de los dos, si el que manda es él;. dónde se ha visto que una mujer pueda hacer
las mismas cosas que un hombre,. si ella nació con marraqueta y sin cojones,
pues doña Clarita», alegaban. Clara desesperaba. Ellas se codeaban y sonreían
tímidas, con sus bocas desdentadas y sus ojos llenos de arrugas,. curtidas por el
sol y la mala vida, sabiendo de antemano que si tenían la peregrina idea de
poner en práctica los consejos de la patrona,. sus maridos les daban una zurra.
Y merecida, por cierto, como la misma Férula sostenía. Al poco tiempo
Esteban se enteró de la segunda parte de las reuniones para rezar y montó en
cólera. Era la primera vez que se enojaba con Clara y la primera que ella lo
veía en uno de sus famosos ataques de rabia. Esteban gritaba como un
enajenado,. paseándose por la sala a grandes trancos y dando puñetazos a los
muebles,. argumentando que si Clara pensaba seguir los pasos de su madre,. se
iba a encontrar con un macho bien plantado que le bajaría los calzones y le
daría una azotaina para que se le quitaran las malditas ganas de andar
arengando a la gente,. que le prohibía terminantemente las reuniones para rezar
o para cualquier otro fin y que él no era ningún pelele a quien su mujer pudiera
poner en ridículo. Clara lo dejó chillar y darle golpes a los muebles hasta que
se cansó y después,. distraída como siempre estaba, le preguntó si sabía mover
las orejas.
Las vacaciones se alargaron y las reuniones en la escuela continuaron.
Terminó el verano y el otoño cubrió de fuego y oro el campo, cambiando el
paisaje. Comenzaron los primeros días fríos, las lluvias y el barro, sin que
Clara diera señales de querer regresar a la capital, a pesar de la presión
sostenida de Férula, que detestaba el campo. En el verano se había quejado de
las tardes acaloradas espantando moscas,. de la tierra del patio, que empolvaba
la casa como si vivieran en el pozo de una mina, del agua sucia de la bañera,.
donde las sales perfumadas se convertían en una sopa de chinos, las
cucarachas voladoras que se metían entre las sábanas,. los caminos de ratones y
de hormigas, las arañas que amanecían pataleando en el vaso de agua sobre la
mesita de noche,. las gallinas insolentes que ponían huevos en los zapatos y se
cagaban en la ropa blanca del armario. Cuando cambió el clima, tuvo nuevas
calamidades que lamentar, el lodazal del patio, los días más cortos, a las cinco
estaba oscuro y no había nada más que hacer,. aparte de enfrentar la larga
noche solitaria, el viento y el resfrío, que ella combatía con cataplasmas de
eucalipto, sin poder evitar que se contagiaran unos a otros en una cadena sin
fin. Estaba harta de luchar contra los elementos sin más distracción que ver
crecer a Blanca,. que parecía un antropófago, como decía jugando con ese
chiquillo sucio, Pedro Tercero, que era el colmo que la niña no tuviera alguien
de su clase con quien mezclarse,. estaba adquiriendo malos modales, andaba
con las mejillas chapatozas y costrones secos en las rodillas, «miren como
habla, parece un indio, estoy cansada de quitarle piojos de la cabeza y ponerle
azul de metileno en la sarna». A pesar de sus murmuraciones, conservaba su
rígida dignidad, su moño inalterable, su blusa almidonada y el manojo de
llaves colgando de la cintura,. nunca sudaba, no se rascaba y mantenía siempre
su tenue aroma de lavanda y limón. Nadie pensaba que algo pudiera alterar su
autocontrol, hasta un día en que sintió picor en la espalda. Era una picazón tan
fuerte, que no pudo evitar rascarse con disimulo pero nada podía aliviarla. Por
último fue al baño y se quitó el corsé, que aun en los días de mayor trabajo,
llevaba puesto. Al soltar las tiras cayó al suelo un ratón aturdido que había
estado allí toda la mañana procurando inútilmente reptar hacia la salida,. entre
las barbas duras de la faja y la carne oprimida de su dueña. Férula tuvo la
primera crisis de nervios de su vida. A sus gritos acudieron todos y la
encontraron metida dentro de la bañera,. lívida de terror y todavía medio
desnuda, dando alaridos de maníaca y señalando con un dedo trémulo al
pequeño roedor,. que se ponía trabajosamente en pie y procuraba avanzar hacia
un lugar seguro. Esteban dijo que era la menopausia y que no había que
hacerle caso. Tampoco le hicieron caso cuando tuvo el segundo ataque. Era el
cumpleaños de Esteban. Amaneció un domingo asoleado y había mucha
agitación en la casa, porque por primera vez iban a dar una fiesta en Las Tres
Marías, desde los días olvidados en que doña Ester era una muchachita.
Invitaron a varios parientes y amigos, que hicieron el viaje en tren desde la
capital, y a todos los terratenientes de la zona, sin olvidar a los notables del
pueblo. Con una semana de anticipación prepararon el banquete:. media res
asada en el patio, pastel de riñones, cazuela de gallina, guisos de maíz, torta de
manjar blanco y lúcumas y los mejores vinos de la cosecha. A mediodía
comenzaron a llegar los invitados en coche o a caballo y la gran casa de adobe
se llenó de conversaciones y risas. Férula se distrajo un momento para correr
al baño,. uno de esos inmensos baños de la casa donde el excusado quedaba al
medio de la pieza, rodeado de un desierto de cerámicas blancas. Estaba
instalada en aquel asiento solitario como un trono, cuando se abrió la puerta y
entró uno de los invitados,. nada menos que el alcalde del pueblo,
desabrochándose la bragueta y algo achispado con el aperitivo. Al ver a la
señorita se quedó paralizado de confusión y sorpresa y cuando pudo
reaccionar,. lo único que se le ocurrió fue avanzar con una sonrisa torcida,
cruzar toda la habitación, extender la mano y saludarla con una venia.
—Zorobabel Blanco Jamasmié, a sus gratas órdenes —se presentó.
«¡Por Dios! Nadie puede vivir entre gentes tan rústicas. Si quieren se
quedan ustedes en este purgatorio de incivilizados, lo que es yo, me vuelvo a
la ciudad, quiero vivir como cristiana, como he vivido siempre», exclamó
Férula cuando pudo hablar del asunto sin ponerse a llorar. Pero no se fue. No
quería separarse de Clara, había llegado a adorar hasta el aire que ella
exhalaba y aunque ya no tenía ocasión de bañarla y dormir con ella,. procuraba
demostrarle su ternura con mil pequeños detalles a los cuales dedicaba su
existencia. Aquella mujer severa y tan poco complaciente consigo misma y
con los demás,. podía ser dulce y risueña con Clara y a veces, por extensión,
también con Blanca. Sólo con ella se permitía el lujo de ceder ante su
desbordante deseo de servir y de ser amada, con ella podía manifestar, aunque
fuera solapadamente, los más secretos y delicados anhelos de su alma. A lo
largo de tantos años de soledad y tristeza había ido decantando las emociones
y limpiando los sentimientos, hasta reducirlos a unas pocas terribles y
magníficas pasiones, que la ocupaban por completo. No tenía capacidad para
las pequeñas turbaciones, para los rencores mezquinos, las envidias
disimuladas, las obras de caridad, los cariños desteñidos, la cortesía amable o
las consideraciones cotidianas. Era uno de esos seres nacidos para la grandeza
de un solo amor, para el odio exagerado, para la venganza apocalíptica y para
el heroísmo más sublime,. pero no pudo realizar su destino a la medida de su
romántica vocación, y éste transcurrió chato y gris, entre las paredes de un
cuarto de enferma, en míseros conventillos, en tortuosas confesiones, donde
esa mujer grande, opulenta, de sangre ardiente, hecha para la maternidad, para
la abundancia, la acción y el ardor, se fue consumiendo. En esa época tenía
alrededor de cuarenta y cinco años, su espléndida raza y sus lejanos
antepasados moriscos, la mantenían tersa,. con el pelo todavía negro y sedoso,
con un solo mechón blanco en la frente, el cuerpo fuerte y delgado y el andar
resuelto de la gente sana, sin embargo, el desierto de su vida le daba un
aspecto mucho mayor. Tengo un retrato de Férula tomado en esos años,
durante un cumpleaños de Blanca. Es una vieja fotografía color sepia,
desteñida por el tiempo, donde, sin embargo, aún se la puede ver con claridad.
Era una regia matrona, pero tenía un rictus amargo en el rostro que delataba su
tragedia interior. Probablemente esos años junto a Clara fueron los únicos
felices para ella, porque sólo con Clara pudo intimar. Ella fue la depositaria de
sus más sutiles emociones y a ella pudo dedicar su enorme capacidad de
sacrificio y veneración. Una vez se atrevió a decírselo y Clara escribió en su
cuaderno de anotar la vida, que Férula la amaba mucho más de lo que ella
merecía o podía retribuir. Por ese amor desmesurado, Férula no quiso irse de
Las Tres Marías ni siquiera cuando cayó la plaga de las hormigas,. que empezó
con un ronroneo en los potreros, una sombra oscura que se deslizaba con
rapidez comiéndose todo, las mazorcas, los trigales, la alfalfa y la maravilla.
Las rociaban con gasolina y les prendían fuego, pero reaparecían con nuevos
bríos. Pintaban con cal viva los troncos de los árboles,. pero ellas subían sin
detenerse y no respetaban peras, manzanas ni naranjas, se metían en la huerta
y acababan con los melones, entraban en la lechería y la leche amanecía agria
y llena de minúsculos cadáveres,. se introducían en los gallineros y se
devoraban a los pollos vivos, dejando un desperdicio de plumas y unos
huesitos de lástima. Hacían caminos dentro de la casa, entraban por las
cañerías, se apoderaban de la despensa,. todo lo que se cocinaba había que
comérselo al instante, porque si quedaba unos minutos sobre la mesa, llegaban
en procesión y se lo zampaban. Pedro Segundo García las combatió con agua
y fuego y enterró esponjas empapadas en miel de abejas,. para que se juntaran
atraídas por el dulce y poderlas matar a mansalva, pero todo fue inútil. Esteban
Trueba se fue al pueblo y regresó cargado con pesticidas de todas las marcas
conocidas, en polvo, en líquido y en píldoras y echó tanto por todos lados,. que
no se podían comer las verduras porque daban retorcijones de barriga. Pero las
hormigas siguieron apareciendo y multiplicándose, cada día más insolentes y
decididas. Esteban se fue otra vez al pueblo y puso un telegrama a la capital.
Tres días después desembarcó en la estación míster Brown, un gringo enano,
provisto de una maleta misteriosa,. que Esteban presentó como técnico agrícola
experto en insecticidas. Después de refrescarse con una jarra de vino con
frutas, desplegó su maleta sobre la mesa. Extrajo un arsenal de instrumentos
nunca vistos y procedió a coger una hormiga y observarla detenidamente con
un microscopio.
—¿Qué le mira tanto, míster, si son todas iguales? —dijo Pedro Segundo
García.
El gringo no le contestó. Cuando acabó de identificar la raza, el estilo de
vida, la ubicación de sus madrigueras, sus hábitos y hasta sus más secretas
intenciones,. había pasado una semana y las hormigas se estaban metiendo en
las camas de los niños,. se habían comido las reservas de alimento para el
invierno y comenzaban a atacar a los caballos y a las vacas. Entonces míster
Brown explicó que había que fumigarlas con un producto de su invención que
volvía estériles a los machos,. con lo cual dejaban de multiplicarse y luego
debían rociarlas con otro veneno, también de su invención,. que provocaba una
enfermedad mortal en las hembras, y eso, aseguró, acabaría con el problema.
—¿En cuánto tiempo? —preguntó Esteban Trueba que de la impaciencia
estaba pasando a la furia.
—Un mes —dijo míster Brown.
—Para entonces ya se habrán comido hasta los humanos, míster—dijo
Pedro Segundo García—. Si me lo permite, patrón, voy a llamar a mi padre.
Hace tres semanas que me está diciendo que él conoce un remedio para la
plaga. Yo creo que son cosas de viejo, pero no perdemos nada con probar.
Llamaron al viejo Pedro García, que llegó arrastrando sus pies, tan oscuro,
empequeñecido y desdentado,. que Esteban se sobresaltó al comprobar el paso
del tiempo. El viejo escuchó con el sombrero en la mano, mirando el suelo y
masticando el aire con sus encías desnudas. Después pidió un pañuelo blanco,
que Férula le trajo del armario de Esteban, y salió de la casa, cruzó el patio y
se fue derecho al huerto,. seguido por todos los habitantes de la casa y por el
enano extranjero,. que sonreía con desprecio, ¡estos bárbaros, oh God!. El
anciano se encuclilló con dificultad y comenzó a juntar hormigas. Cuando
tuvo un puñado, las puso dentro del pañuelo, anudó las cuatro puntas y metió
el atadito en su sombrero.
—Les voy a mostrar el camino, para que se vayan, hormigas, y para que se
lleven a las demás —dijo.
El viejo se subió en un caballo y se fue al paso murmurando consejos y
recomendaciones para las hormigas, oraciones de sabiduría y fórmulas de
encantamiento. Lo vieron alejarse rumbo al límite de la propiedad. El gringo
se sentó en el suelo a reírse como un enajenado,. hasta que Pedro Segundo
García lo sacudió.
—Vaya a reírse de su abuela, míster, mire que el viejo es mi padre —le
advirtió.
Al atardecer regresó Pedro García. Desmontó lentamente, dijo al patrón
que había puesto a las hormigas en la carretera y se fue a su casa. Estaba
cansado. A la mañana siguiente vieron que no había hormigas en la cocina,
tampoco en la despensa,. buscaron en el granero, en el establo, en los
gallineros, salieron a los potreros, fueron hasta el río, revisaron todo y no
encontraron una sola, ni para muestra. El técnico se puso frenético.
—¡Tener que decirme cómo hacer eso! —clamaba.
—Hablándoles, pues, míster. Dígales que se vayan, que aquí están
molestando y ellas entienden —explicó Pedro García, el viejo.
Clara fue la única que consideró natural el procedimiento. Férula se aferró
a eso para decir que se encontraban en un hoyo, en una región inhumana,
donde no funcionaban las leyes de Dios ni el progreso de la ciencia,. que
cualquier día iban a empezar a volar en escobas, pero Esteban Trueba la hizo
callar: no quería que le metieran nuevas ideas en la cabeza a su mujer. En los
últimos días Clara había vuelto a sus quehaceres lunáticos,. a hablar con los
aparecidos y a pasar horas escribiendo en los cuadernos de anotar la vida.
Cuando perdió interés por la escuela, el taller de costura o los mítines
feministas y volvió a opinar que todo era muy bonito, comprendieron que otra
vez estaba encinta.
—¡Por culpa tuya! —gritó Férula a su hermano.
—Eso espero —contestó él.
Pronto fue evidente que Clara no estaba en condiciones de pasar el
embarazo en el campo y parir en el pueblo,. así es que organizaron el regreso a
la capital. Eso consoló un poco a Férula, que sentía la preñez de Clara como
una afrenta personal. Ella viajó antes con la mayor parte del equipaje y los
sirvientes,. para abrir la gran casa de la esquina y preparar la llegada de Clara.
Esteban acompañó días después a su mujer y a su hija de vuelta a la ciudad y
nuevamente dejó a Las Tres Marías en manos de Pedro Segundo García,. que
se había convertido en el administrador, aunque no por ello ganaba más
privilegio, sólo más trabajo.
El viaje de Las Tres Marías a la capital terminó de agotar las fuerzas de
Clara. Yo la veía cada vez más pálida, asmática, ojerosa. Con el bamboleo de
los caballos y después con el del tren, el polvo del camino y su natural
tendencia al mareo,. iba perdiendo las energías a ojos vistas y yo no podía
hacer mucho por ayudarla, porque cuando estaba mal prefería que no le
hablaran. Al bajarnos en la estación tuve que sostenerla, porque le flaqueaban
las piernas.
—Creo que me voy a elevar —dijo.
—¡Aquí no! —le grité espantado ante la idea de que saliera volando por
encima de las cabezas de los pasajeros en el andén.
Pero ella no se refería concretamente a la levitación, sino a subir a un nivel
que le permitiera desprenderse de la incomodidad, del peso de su embarazo y
de la profunda fatiga que se le estaba metiendo en los huesos. Entró en otro de
sus largos períodos de silencio, creo que le duró varios meses,. durante los
cuales se servía de la pizarrita, como en los tiempos de la mudez. En esa
ocasión no me alarmé, porque supuse que recuperaría la normalidad como
había ocurrido después del nacimiento de Blanca y, por otra parte,. había
llegado a comprender que el silencio era el último inviolable refugio de mi
mujer, y no una enfermedad mental, como sostenía el doctor Cuevas. Férula la
cuidaba de la misma forma obsesiva como antes cuidaba a nuestra madre,. la
trataba como si fuera una inválida, no quería dejarla nunca sola y había
descuidado a Blanca,. que lloraba todo el día porque quería regresar a Las Tres
Marías. Clara deambulaba como una sombra gorda y callada por la casa,. con
un desinterés budista por todo lo que la rodeaba. A mí ni siquiera me miraba,
pasaba por mi lado como si yo fuera un mueble y cuando le dirigía la palabra
se quedaba en la luna, como si no me oyera o no me conociera. No habíamos
vuelto a dormir juntos. Los días ociosos en la ciudad y la atmósfera irracional
que se respiraba en la casa me ponían los nervios de punta. Procuraba
mantenerme ocupado, pero no era suficiente: estaba siempre de mal humor.
Salía todos los días a vigilar mis negocios. En esa época empecé a especular
en la Bolsa de Comercio y pasaba horas estudiando los altibajos de los valores
internacionales,. me dediqué a invertir plata, a armar sociedades, a las
importaciones. Pasaba muchas horas en el Club. También comencé a
interesarme en la política y hasta entré en un gimnasio,. donde un gigantesco
entrenador me obligaba a ejercitar unos músculos que no sospechaba que tenía
en el cuerpo. Me habían recomendado que me diera masajes, pero nunca me
gustó eso: detesto que me toquen manos mercenarias. Pero nada de todo
aquello podía llenarme el día, estaba incómodo y aburrido,. quería volver al
campo, pero no me atrevía a dejar la casa, donde a todas luces se necesitaba la
presencia de un hombre razonable entre esas mujeres histéricas. Además,
Clara estaba engordando demasiado. Tenía una barriga descomunal que apenas
podía sostener en su frágil esqueleto. Le daba pudor que la viera desnuda, pero
era mi mujer y yo no iba a permitir que me tuviera vergüenza. La ayudaba a
bañarse, a vestirse, cuando Férula no se me adelantaba, y sentía una pena
infinita por ella, tan pequeña y delgada, con esa monstruosa panza,
acercándose peligrosamente al momento del parto. Muchas veces me desvelé
pensando que se podía morir al dar a luz y me encerraba con el doctor Cuevas
a discutir la mejor forma de ayudarla. Habíamos acordado que si las cosas no
se presentaban bien, era mejor hacerle otra cesárea,. pero yo no quería que la
llevaran a una clínica y él se negaba a practicarle otra operación como la
primera en el comedor de la casa. Decía que no había comodidades, pero en
esos tiempos las clínicas eran un foco de infecciones y allí eran más los que
morían que los que salvaban.
Un día, faltando poco para la fecha del parto, Clara descendió sin previo
aviso de su refugio brahmánico y volvió a hablar. Quiso una taza de chocolate
y me pidió que la llevara a pasear. El corazón me dio un vuelco. Toda la casa se
llenó de alegría, abrimos champán,. hice poner flores frescas en todos los
jarrones, le encargué camelias, sus flores preferidas y tapicé con ellas su
cuarto, hasta que le empezó a dar asma y tuvimos que sacarlas rápidamente.
Corrí a comprarle un broche de diamantes a la calle de los joyeros judíos.
Clara me lo agradeció efusivamente, lo encontró muy bonito, pero nunca se lo
vi puesto. Supongo que habrá ido a parar a algún lugar impensado donde lo
puso y luego lo olvidó,. como casi todas las alhajas que le compré a lo largo de
nuestra vida en común. Llamé al doctor Cuevas, quien se presentó con el
pretexto de tomar el té, pero en realidad venía a examinar a Clara. Se la llevó a
su habitación y después nos dijo a Férula y a mí que si bien parecía curada de
su crisis mental,. había que prepararse para un alumbramiento difícil, porque el
niño era muy grande. En ese momento entró Clara al salón y debe de haber
oído la última frase.
—Todo saldrá bien, no se preocupen —dijo.