Ella sintió el
calor de estufa que emanaba Wilkins, la áspera textura de su chaquetón
contra la mejilla, el peso reconfortante de su brazo, y descansó un par
de minutos, abrigada, aspirando su olor a cortesana, mientras él le daba
palmaditas en la espalda, como habría hecho con su nieto para
consolarlo.
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